viernes, 17 de marzo de 2017

DOMINGO III DE CUARESMA



DOMINGO III DE CUARESMA

19-03-17 (Ciclo A)



       “El que beba del agua que yo le daré, nunca más tendrá sed”.

Con este simbolismo del agua que acabamos de escuchar en el diálogo con la Samaritana, nos introduce la liturgia en un proceso catequético que nos preparará para vivir la experiencia pascual.

Estos últimos domingos de cuaresma, eran vividos en las primeras comunidades cristianas con una intensidad singular. Los catecúmenos, aquellos que se preparaban para su bautismo y plena participación en la vida de la Iglesia, acogían la enseñanza del evangelio en el que tres rasgos fundamentales de la persona de Jesús van a preparar su reconocimiento pascual como el Mesías, el Santo de Dios. Jesús es el agua viva, él es la luz del mundo, él nos trae la vida eterna.

El primero de ellos, Jesús el agua viva, es el que en este domingo se nos presenta, por medio del evangelista S. Juan.

La experiencia de la sed ha servido para iluminar la actitud de permanente búsqueda del ser humano, y la necesidad de saciar su alma en el encuentro pleno con Dios. El pueblo de Israel, que desde su origen toma conciencia de haber sido especialmente elegido por el Creador, vive su experiencia de liberación de la opresión de Egipto como una clara intervención de Dios en su historia. De hecho, la principal fiesta de su vida social y religiosa será la Pascua, el paso del Mar Rojo hacia la tierra prometida, el paso de la esclavitud a la libertad, recuperación de la vida y de la dignidad perdida.

Pero aquella vivencia intensa de encuentro de Dios con su pueblo, no está exento de dificultades, tensiones y dudas. El camino por el que Dios va llamando a sus elegidos tiene sus exigencias personales, y la primera liberación a la que somos urgidos es a la de nuestros propios egoísmos e individualismos, que tantas veces esclavizan la vida propia y ajena. El desierto cuaresmal nos enfrenta con nosotros mismos haciéndonos sentir con mayor profundidad nuestra sed de Dios y disponiéndonos a buscarle con sincero corazón.

Esta experiencia de búsqueda, es la que acerca a Jesús y aquella mujer de Samaria.

       El encuentro con el Señor va a suponer para ella el reconocimiento de su vida atormentada, la recuperación de la dignidad quebrantada, y una renovada ilusión por vivir. La sed de sentido queda saciada ante el descubrimiento de un Dios que se nos acerca, nos acepta como somos y nos invita a beber de su amor inagotable para transformarnos el corazón de modo radical. Ese amor hace crecer en nosotros una vida nueva que se desborda en favor de los demás y que nos ayuda a vivir la vida, en medio de las dificultades de este mundo, con un espíritu nuevo y gozoso.

       En el diálogo que entablan Jesús y la Samaritana surgen muchas cuestiones de la vida y de la fe. Vemos cómo el Señor dialoga con ella con toda libertad para situarla delante su propia vida y verdad, con lo que hay en ella de luz y de sombra. Pero sus palabras no encierran ningún juicio inmisericorde de manera que aquella mujer, tan maltratada por tantas circunstancias adversas, se siente a gusto hablando con el desconocido. Y en ese diálogo sincero y abierto también ella reprocha a los judíos su exclusivismo religioso y étnico, a lo que Jesús responde que esa división entre los hermanos por motivos de fe y de costumbres ha terminado, ya que los que quieran dar culto verdadero adorarán al Padre en espíritu y verdad, porque el Padre desea que le den culto así. Dios es espíritu, y los que le dan culto deban hacerlo en espíritu y verdad.

       En el diálogo cercano y amistoso, surgen también las confesiones más profunda e íntimas. Por una parte la que la mujer hace de su esperanza personal; Sé que va a venir el Mesías, el Cristo; cuando venga, él nos lo dirá todo.

       A lo que Jesús responde revelando su identidad; Yo soy.

       Él es el esperado del pueblo sediento de Dios. Él es el agua viva que apaga esa sed y colma todos nuestros anhelos. Pero para vivir la experiencia del encuentro gozoso con el Señor, también nosotros debemos acercarnos al pozo de donde mana esa agua viva y buscar con sencillez al único que la ofrece con ternura y amor.

El culto que Dios quiere ha de darse en espíritu y en verdad. Es decir, debe brotar del corazón de cada uno de nosotros y de la vida auténtica y fiel de toda la comunidad creyente. A Dios, que es espíritu y verdad, no podemos verle fuera de sus manifestaciones sacramentales y lugares de especial encuentro como son los pobres, los enfermos y los necesitados. Allí donde siempre ha querido estar, entre sus hijos más humildes, los que sufren la injusticia y claman permanentemente su misericordia y compasión.

       El culto que Dios quiere es el de un pueblo santo unido en la fe, la esperanza y el amor, lo que se expresa de forma activa por medio de la comunión eclesial y su dimensión caritativa. El amor de los hermanos y la unidad de su fe han de visibilizarse en la entrega a los necesitados, en el compromiso transformador de la realidad y en la construcción del reinado de Dios.

Ésta ha de ser para nuestra comunidad cristiana la experiencia cuaresmal. Un camino por la senda del Dios de la vida, en medio de la cual sentimos sed. Sed de justicia, de amor y de paz. Una sed que nos empuja a la búsqueda permanente de la voluntad del Señor, y que nos lleva a acercarnos al mismo pozo que aquella mujer samaritana para vivir el encuentro con nuestro Salvador.

       Que hoy, reconociendo la verdad de nuestra vida, mirando el pasado con ojos compasivos y aceptándonos como somos, estemos dispuestos para acoger el amor del Señor que  nos transforma y convierte de verdad, en auténticos hijos de Dios, y que esa renovación interior se manifieste en nuestro comportamiento y testimonio de vida.

viernes, 10 de marzo de 2017

DOMINGO II DE CUARESMA



II DOMINGO DE CUARESMA

12-03-17 (Ciclo A)



       En este segundo domingo de nuestro recorrido cuaresmal, la primera interpelación que brota de la Palabra de Dios que acabamos de escuchar, es la recibida por Abrahán, “sal de tu tierra y de la casa de tu padre hacia la tierra que te mostraré”.

       Esta llamada interior también la recibimos nosotros en este tiempo de gracia, para vivir en profundidad el sentido cuaresmal de la fe, que no es otro que el de ponernos en camino para desinstalarnos de nuestra forma de vida antigua y asumir un modo de vivir más acorde con el espíritu del Señor Jesús.

       El camino que Abrahán es invitado a recorrer necesita un equipaje ligero pero bien provisto de lo esencial. Deberá cargar su alma de confianza para afrontar las largas penalidades como son el cansancio, la aridez del desierto o la sensación de fracaso. Sólo la firmeza de su fe y el calor afectivo de su relación con Dios le van a prevenir ante el desaliento y la desesperanza futura.



       La promesa realizada por Dios de enriquecerle con una gran descendencia y de darle una tierra fértil y próspera, hay que creerla con toda el alma para mantener el rumbo de su vida. Y fue precisamente por haber creído hasta el final en aquella promesa de Dios, por lo que consideramos a Abrahán como el padre de todos los creyentes.



       Es importante recordar de vez en cuando de dónde brota la experiencia religiosa y hacer memoria de aquellos que nos han precedido en el camino de la fe. Sin embargo, esto no es suficiente para mantener nuestra propia experiencia, ni desde ella podemos dar razón a los demás de lo que somos y creemos cada uno de nosotros.

       Nuestra fe no se asienta sólo en las vivencias de personajes del pasado. Nuestra fe cristiana hunde sus raíces en aquella experiencia apostólica de encuentro con el Resucitado pero al igual que los apóstoles, necesitamos vivirla en primera persona para comprenderla en su profundidad.

        Hoy el evangelio nos narra un momento de la vida de Jesús compartido con los más íntimos del Señor. La transfiguración es el gran anuncio de la resurrección de Jesús, anticipo de su gloria y manifestación divina que le proclama como el hijo amado, el predilecto.

       Desde nuestra comprensión actual de la fe, podríamos decir que Pedro, Santiago y Juan vivieron una experiencia íntima, mística, de la realidad divina de Jesús, incapaces de comprenderla en ese momento y menos de narrarla a los demás, de ahí que fuera mejor que guardaran silencio y la madurasen en su corazón.



       San Mateo nos cuenta este episodio en la mitad de su evangelio, como queriendo decirnos que lo que a partir de ahora va a suceder, los últimos momentos de la predicación del Señor, su pasión y su muerte, no son más que el preámbulo para el gran acontecimiento de nuestra salvación; el Jesús de la historia, el Nazareno que ha ido anunciando la Buena Noticia del Reinado de Dios, aquel que pasó haciendo el bien y sembrando de esperanza los corazones desgarrados, que anunciaba la liberación de los oprimidos y devolvía la salud a los enfermos, es el Mesías, el Cristo, el Dios con nosotros.



       Y aunque los últimos momentos de la vida de Jesús, su prendimiento, tortura y muerte, dejara abatidos y en lo más frustrante de los fracasos a quienes habían puesto su vida y su esperanza en él, gracias a esa experiencia vivida a su lado, comprendieron que era él mismo quien ahora se acercaba hasta ellos, resucitado.

       La transfiguración del Señor fue como todos los momentos de la vida de Jesús única e irrepetible. Ninguno de nosotros puede acercarse a lo vivido por aquellos privilegiados de la historia. Pero por su testimonio y entrega, por la sucesión apostólica que llega hasta nuestros días, y por nuestra vivencia personal de encuentro con Jesucristo a través de la oración y del servicio a los demás, podemos comprender la experiencia del Tabor.



       Cada vez que en medio de nuestras penumbras buscamos momentos de soledad y oramos con confianza al Señor pidiéndole que nos ilumine, que nos fortalezca y ayude, sentimos el calor de su presencia que alienta y sostiene nuestra debilidad. Es como si también nosotros pudiéramos notarle cercano y accesible. Escuchando su palabra que nos anima a seguir adelante con confianza y serenidad.



       Los cristianos no creemos en una historia del pasado, aunque sus momentos históricos ocurrieran entonces. Nosotros seguimos a Jesucristo resucitado, a cuya vida nos acercarnos a través del testimonio que se nos ha transmitido y que de alguna manera también hemos experimentado personalmente, de manera que hoy somos nosotros los depositarios y testigos cualificados del Resucitado.



       El silencio que Jesús pidió a los apóstoles, fue para no adelantar acontecimientos que era necesario vivirlos en su cruda realidad. Pero el impulso misionero y evangelizador que brotó de la luz pascual, es ya imparable y está en nuestras manos mantenerlo vivo y fecundo.

       Como nos dice el apóstol Pablo en su segunda carta a Timoteo, tomad parte en los duros trabajos del Evangelio, según las fuerzas que Dios os . Esa es nuestra misión a la cual no podemos renunciar como cristianos, y menos en el presente de nuestra realidad actual, social y religiosa. Esta es la vida entregada de nuestros misioneros, quienes siguen haciendo brillar en medio del mundo la llama de la fe.

       En un tiempo como el presente, donde los cauces de información son tan extensos y veloces, y en el que las propuestas para vivir de determinadas maneras son tan diversas y en ocasiones tan contrarias a lo que nosotros entendemos como vida digna y realmente humana, se hace preciso y urgente que los cristianos manifestemos con tesón y valentía el estilo de vida que propone el evangelio del Señor y que nosotros estamos llamados a vivir con coherencia y gozo.

La fe como nos enseñaba el Santo Papa Juan Pablo II, “no se impone, se propone”, y el único medio eficaz y veraz de transmisión es el testimonio personal acompañado del anuncio explícito de Cristo.



       Es verdad que muchas veces nos sentiremos injustamente tratados o incomprendidos, y que el ambiente social no es respetuoso con la Iglesia a la que pertenecemos y en la que compartimos nuestra esperanza, que incluso siguen existiendo zonas del mundo donde los cristianos exponen arriesgadamente su vida por confesar y vivir la fe. Pero no podemos quedarnos encerrados en los templos para vivir una fe en secreto y al calor de los nuestros, ya que una fe que no se comparte y tiene vocación de universalidad, no responde al mandato misionero de Jesús; “Id a todo el mundo y anunciad del Evangelio”.

       Que la fuerza y el amor del Señor Jesús nos ayuden a vivir el gozo de la fe y así la podamos transmitir a los demás con renovada esperanza.




miércoles, 1 de marzo de 2017

DOMINGO I DE CUARESMNA


DOMINGO I DE CUARESMA

5-03-17 (Ciclo A)

Con la imposición de la ceniza, iniciábamos el pasado miércoles este tiempo de gracia que es la cuaresma. Y digo tiempo de gracia, porque lo primero que tenemos que asumir en profundidad, es que en la cuaresma se derrama en nuestros corazones el amor y la misericordia de Dios de una forma extraordinaria. Porque el sentido fundamental de la cuaresma es precisamente provocar el encuentro entre Dios y nosotros, entre el Creador y su criatura. Así al acercarnos al relato de la creación, donde el ser humano constituye el centro y la obra más perfecta de Dios, dado que a su imagen y semejanza nos creó, los primeros versos dejan claro de quién procede todo y cuál es el sentido de lo cre
ado; “El Señor Dios modeló al hombre, sopló en él un aliento de vida”, y el hombre se convierte en ser vivo; el Señor Dios plantó un jardín donde el hombre podía vivir en plena comunión con él; y además nos dio todo lo necesario para nuestro desarrollo personal y social.

Sin embargo al ser humano no le pareció suficiente, y seducido por una ambición desmesurada, disfrazada por el diablo bajo la sospecha de la desconfianza divina, pretendió suplantar al Creador haciéndose a sí mismo principio y fin de la creación. No le bastó con sentirse criatura en referencia al Creador, no le parecía bastante vivir de manera privilegiada en al amor de un Dios que lo hacía semejante a él. Quería más, quería ser como Dios y cuanto más pretendía abarcar en su insolente ambición más se hundía en su soledad y vacío, hasta darse cuenta de que estaba completamente desnudo. Es más el deseo de suplantar a Dios y rechazar su oferta de vida, le lleva a desconfiar y dudar de todo, enfrentándose y acusando a los demás para justificarse a sí mismo. Ante la pregunta de Dios sobre el porqué de su actuar, Adán responderá inculpando a Eva y eludiendo toda responsabilidad.

Pues bien si en este relato de nuestro origen se acaba todo atisbo de esperanza, San Pablo en su carta a los Romanos va a proclamar con gozo que la historia humana no ha sido abandonada por Dios, todo lo contrario. En Cristo se nos ha devuelto la filiación divina, porque “lo mismo que por un solo hombre entró el pecado en el mundo, y por el pecado la muerte, y la muerte se propagó a todos, /.../ gracias a un solo hombre, Jesucristo, la benevolencia y el don de Dios desbordaron sobre todos”.

Y esta palabra de esperanza que Pablo lleva a la comunidad de Roma, se asienta en el relato del evangelio que acabamos de escuchar.

Jesús va a sentir en su propia vida las mismas dudas, conflictos y temores que nosotros. Dios no se ha encarnado a medias en nuestra humanidad. Dios en Jesús ha asumido la realidad de nuestra carne hasta sus últimas consecuencias, viviendo y padeciendo, gozando y sufriendo como uno más, de manera que en la vida de Jesús todos nos sintamos identificados y podamos mirarnos en clara igualdad.

El relato de las tentaciones, situado por los evangelistas al comienzo de su vida pública, nos muestra hasta qué punto Jesús tuvo que enfrentarse, como cualquiera de nosotros, a los miedos personales y las dificultades externas que se le presentaban a la hora de afrontar la verdad de su vida y su destino.

Y el evangelio muestra tres episodios que engloban toda la vida del Señor. Lo primero es destacar la decisión de Jesús de escuchar la voz de Dios. Se retira al desierto para volcarse por entero hacia Dios, de manera que el silencio, el ayuno y la oración, lo configuren totalmente para asumir la misión que Dios, su Padre, le encomiende.

Y las dos primeras tentaciones son las más punzantes, “si eres Hijo de Dios” convierte las piedras en pan, o tírate de lo alto del templo. No hacía nada que ante su bautismo el cielo había proclamado su ser Hijo de Dios: “Tú eres mi Hijo amado, en quien me complazco”. Jesús sentía esa identidad con gran claridad y asumía la voluntad del Padre. Cuestionar su ser Hijo de Dios, y hacerlo pidiéndole que pruebe alimento después del ayuno, resulta fácil y evidente, y ponía en evidencia al mismo Dios que lo había señalado ante todos. Y Jesús rechaza reducir su filiación divina a la realización de gestos o milagros, porque lo que realmente le identifica es vivir de la “Palabra que sale de la boca de Dios”. Su misión no va a consistir en hacer grandes cosas y prodigios, sino en transmitir una vida nueva que brota del mismo Dios por medio de su palabra creadora.

Y tampoco va a aceptar la tentación de orientar su misión por el camino del poder y la fuerza. Demostrar al mundo una omnipotencia manipulada, sería distanciarse de la realidad humana que Dios ha querido asumir, en su debilidad y limitación, pero también en libertad y capacidad de respuesta. Muchas veces también nosotros queremos manipular y apropiarnos de Dios a fin de que sea nuestro siervo. Le ofrecemos oraciones, ofrendas, promesas si es obediente y nos concede lo que necesitamos o simplemente anhelamos. Y Jesús responde, “no tentarás al Señor tu Dios”. Dejad a Dios ser Dios, porque de ese modo nuestra humanidad será más plena.

La última tentación ya es el colmo del despropósito. No contento con negar la paternidad de Dios sobre Jesús, el tentador pretende suplantarlo, “Todo esto te daré si te postras y me adoras”. Cuantas promesas falsas como ésta escuchamos en nuestros días. Cuantas ilusiones vacías y proyectos viciados por el egoísmo se nos han ofrecido siempre por parte de los ídolos predominantes en cada momento histórico. En nuestros días, donde la sociedad del bienestar nos va esclavizando con sus redes consumistas, también los falsos dioses del saber, del poder y del placer nos lo ofrecen todo si nos postramos ante ellos y los adoramos. Nos regalan su falso paraíso en el que es muy fácil entrar, pero del que cuesta la vida salir, y en el que debemos pagar el alto precio de la propia libertad.

La respuesta de Jesús ante la seducción del Tentador es liberadora: “Al Señor, tu Dios, adorarás y a él sólo darás culto”.

Tener a Dios como único Señor, nos hace a todos libres e iguales. Nadie puede suplantar a Dios, y quien muestra esa pretensión debe ser rechazado de inmediato, porque lo único que ofrece es tiranía y opresión.

Sólo Dios puede disponer de su creación, porque es fruto de su amor creador. Nadie puede ofrecernos en su nombre lo que de hecho ya es nuestro, porque si Dios nos ha hecho sus hijos, en el Hijo Jesucristo, también nos ha constituido en herederos de su Reino.

Este tiempo cuaresmal ha de ayudarnos a revivir nuestra conciencia de hijos de Dios. Volver hacia Él nuestra mirada con gratitud, y tomar la seria decisión de liberarnos del yugo que nos esclaviza y nos hace dependientes de lo superfluo.

Iniciamos un camino de cuarenta días donde, siguiendo el ejemplo de Jesús, también nosotros debemos retirarnos al silencio interior de nuestra alma, orar con confianza al Padre que nos ama, ayunar de todo aquello que nos estorba en este camino de encuentro con Dios, y vivir la caridad con los más necesitados, de ese modo llegaremos a la Pascua con el corazón renovado y así podremos acoger el don de la redención en Cristo resucitado.