viernes, 2 de octubre de 2026

DOMINGO XXVII TIEMPO ORDINARIO

 


DOMINGO XXVII TIEMPO ORDINARIO

4-10-26 (Ciclo A)

 

       Después de escuchar durante las semanas pasadas, como Dios es compasivo y misericordioso, y que el perdón que siempre nos ofrece ha de ser compartido y vivido por todos nosotros, hoy la Palabra del Señor  nos invita a dar un paso más para que vivamos nuestra fe con autenticidad y coherencia.

       La fe en Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo no es una fe abstracta, pasiva, lejana o indiferente con el destino del mundo. La fe cristiana se autentifica en el seguimiento de Jesús, para vivir conforme a su estilo de vida y encarnar en nuestra realidad su mismo proyecto salvador. La fe verdadera, tiene consecuencias concretas para nuestra vida.

       La historia de Israel mirada a través de los ojos del profeta Isaías, y recogida por el mismo Jesús en el evangelio, es vista con dolor por su actitud de autocomplacencia e irresponsabilidad en aquellos que, debiendo ser agradecidos por los dones recibidos y por ello generosos con los demás, muchas veces han caído en el egoísmo y la soberbia de creerse los dueños del mundo y superiores respecto de otros pueblos.

       Ese mundo contemplado por el profeta, es descrito por Jesús, como la Viña de Dios. Una viña creada por amor, cuidada con esmero y preparada por Él, para que en ella se desarrolle la vida humana en su plenitud, y poniendo las condiciones necesarias para que sea el germen de donde brote su Reino de amor. Para ello, Dios ha confiado su desarrollo al ser humano, y la ha puesto en nuestras manos para que conforme a su plan, la vayamos sembrando de relaciones fraternas y solidarias y cosechemos frutos de paz, concordia y justicia entre todos y para todos, sabiendo que esta viña no es posesión privada de nadie sino un regalo, un don para cada uno de nosotros y para toda la humanidad.

       Sin embargo, no hay más que echar una mirada a la viña del mundo para ver el solar estéril en el que tantas veces la hemos convertido, y no porque Dios nos haya castigado conforme a la amenaza vertida por el profeta, sino por la perversión que ocasiona el pecado egoísta, que nos hace creernos dueños de la creación sometiéndola al capricho de los intereses particulares y esclavizando o eliminando a quienes desde su pobreza y necesidad, nos recuerdan lo injusto e inhumano de nuestro proceder.

       Y aunque ciertamente mayor responsabilidad tienen quienes más altos cargos ostentan y más bienes poseen, todos de alguna forma queremos vivir mejor y en nuestras ambiciones personales vamos olvidándonos de la caridad fraterna y la compasión por los demás.

El egoísmo del ser humano es la actitud que mejor muestra la idolatría que la sustenta. Porque no olvidemos que la denuncia del Señor en el evangelio, no sólo se debe a que aquellos jornaleros no dan los frutos debidos a su tiempo, sino que además de no aceptar a los enviados que el Dueño les manda, terminan por matar a su propio hijo.

En esta figura, quedará anunciada la propia entrega de Jesús, el Hijo amado del Padre, y que habiendo sido enviado para recoger el fruto de esta humanidad amada por Dios, en vez de recibirlo con gozo y gratitud, lo condenará a la muerte de cruz.

Jesús, por encima del egoísmo material, está denunciando la soberbia del corazón que lejos de reconocer al Dueño de nuestra vida, quien tanto nos ha amado y tantas veces buscado, le damos la espalda para echarnos en los brazos de los ídolos que satisfacen nuestras pasiones más mezquinas, disfrazándolas de deslumbrantes horizontes, como son el dinero, el prestigio o la fama, el poder o el placer, pero que tras su consecución inmediata, sólo dejan víctimas frustradas y fracasadas, con el alma vacía y la conciencia amordazada.

Por eso la llamada a la solidaridad con los demás es tan importante, porque en la medida en que nos hacemos conscientes de la enorme desigualdad e injusticia que existe en el mundo, podremos dejarnos interpelar por las necesidades de los demás, lo cual nos puede acercar a descubrir el rostro de Dios en los más pobres, avanzando hacia una plena conciencia de universal fraternidad.

Dios nos ha colmado de gracia y bendición, nos ha creado a su imagen y semejanza, nos ha llamado a la vida para vivirla con el gozo de sabernos sus hijos. Y esta realidad si es vivida con la gratitud debida, nos hace más dichosos y generosos con los demás. Quien se sabe muy afortunado por todos los dones recibidos, lleva una existencia en permanente acción de gracias, lo cual le llena el corazón de alegría, y eso se nota por sus consecuencias generosas para con los demás.

Por el contrario, quien en su vida la fe se va desdibujando, porque en ella entran intereses contrarios a la dignidad humana y por lo tanto ajenos a Dios, y se arroja en los brazos del materialismo y del hedonismo, endurece tanto su corazón para con sus semejantes, que termina por no reconocerse a sí mismo rompiéndose interiormente.

La totalidad de las injusticias existentes, tienen en sus fundamentos la rebelión contra Dios, porque hay que echar a Dios de la vida del hombre, para que éste se convierta en su sustituto. Así actuaron los labradores de la parábola de hoy. Con su maldad y crimen, estaban diciéndole a su señor que ya no era dueño de sus vidas ni de su viña. Y cuando falta el legítimo señor, otro tirano usurpador lo sustituirá.

Hoy mis queridos hermanos, recibimos una llamada a la fidelidad. Dios nos sigue pidiendo frutos de vida y de amor, aquellos que él mismo sembró en nuestra alma y que cada día con su gracia quiere abonar para que demos una cosecha abundante y generosa. Y sabemos que bajo su mano amorosa es posible vivir con esta gratuidad.

Que nuestra vida cotidiana sea un testimonio elocuente de esta fe que tanto llena nuestra existencia. Y que por el modo de vivirla, con coherencia y autenticidad, sepamos transmitirla a los demás con alegría y sencillez.

Que nuestra Madre la Virgen, nos ayude en esta labor permanente, para que como ella, engendremos en nuestros corazones el fruto del amor de Dios, y así seamos en medio de nuestro mundo portadores de paz y de esperanza.

sábado, 19 de septiembre de 2026

DOMINGO XXV TIEMPO ORDINARIO

 


DOMINGO XXV TIEMPO ORDINARIO

20-9-26 (Ciclo A)

 

         Muchas veces al escuchar este evangelio nos fijamos en el comportamiento final de aquellos jornaleros que reprochaban a Jesús su trato de igualdad. Y tras las palabras del Señor comprendemos su llamada a la gratuidad con la que hemos de desempeñar nuestra misión y no hacer las cosas sólo por interés.

Dios va llamando a cada uno, en un momento determinado de su vida  para una misión conforme a sus talentos, y sólo a él corresponde decidir el salario justo que merecemos.

         Al contemplar esa generosidad desbordante de nuestro Padre Dios, vamos a centrar nuestra mirada no en la actitud del hombre, que siempre está limitada por su egoísmo y deseo de privilegios, sino en el obrar del Señor, en su llamada. Dios, en este simbolismo del dueño de la viña, sale continuamente a buscar operarios. Desde la primera hora de la mañana hasta la última del día. Dios se acerca a nuestra vida, desde el inicio de su existencia hasta el último momento de la misma, y siempre con igual afán, convocarnos a su Reino, a su construcción y desarrollo, a ser sembradores de su misericordia y de su amor, para que demos frutos de vida y de esperanza en medio de esta humanidad tan amada por él.

 

         Y la viña de Dios hay que comprenderla desde dos realidades. Su extensión territorial, el mundo entero, y su realidad comunitaria en la cual desarrolla su vocación, la Iglesia. Dios nos llama a trabajar por su Reino en el mundo, pero no de forma individual y solitaria, sino como grupo humano, el Pueblo escogido por él. La llamada de Dios no se produce al margen de la comunidad de los creyentes que es la Iglesia, y sólo en ella y a través de ella podemos discernir con fidelidad el camino que el Señor nos invita a recorrer.

En esta Iglesia de Jesús, a la que nosotros pertenecemos por nuestro bautismo, es en la que recibimos la llamada de Cristo para hacernos sus colaboradores en su proyecto de vida y de amor. En la medida en la que vamos tomando conciencia de nuestro ser cristianos y convencidos seguidores del Señor, también sentiremos su llamada para continuar su labor con entrega y fidelidad.

         El Señor nos llama a todos a una vocación concreta, bien en la vida familiar, religiosa, misionera, sacerdotal o  seglar, hombres y mujeres entregados a su proyecto salvador conforme a nuestras posibilidades y con la garantía de su presencia alentadora. Y a esta permanente llamada de Dios, que dura toda la vida,  se le ha de dar una respuesta. Nuestro seguimiento de Cristo, en ocasiones nos traerá el duro trabajo de soportar todo el día, como a los jornaleros de la primera hora, y en otras ocasiones, será más liviano. En cualquier caso, sabemos que en el presente es más probable tener que vivir las inclemencias de una sociedad indiferente e incluso hostil a la fe, que encontrar fáciles caminos por los que echar a andar.

         Todos convocados a la misma misión y por el mismo salario. Y es que no se puede esperar otra cosa del Señor más que una misma promesa y un mismo destino. Qué otro pago puede realizar un padre a sus hijos.  Qué otra cosa puede ofrecer Dios más que un mismo Reino en el que tengamos cabida por igual y donde se rompan para siempre las divisiones existentes entre los hombres y que tienen como base el egoísmo y la ambición que diferencia a unos de otros y oprime a los más débiles.

         Son curiosas las preguntas que Jesús pone en labios del Propietario de la viña dirigidas a quienes se quejan de que el salario sea para todos el mismo, ¿es que no tengo libertad para hacer lo que quiera en mis asuntos?, ¿o vas a tener tú envidia porque yo soy bueno?

Preguntas que muchas veces las debemos sentir dirigidas a nosotros porque consciente o inconscientemente podemos caer en una valoración mercantilista de nuestras acciones para con los demás. Tanto hago, tanto merezco, y nos gusta que se nos destaque igual que no aceptamos que nos equiparen a otros considerados menos dignos.

 

         Dios es totalmente libre y plenamente dueño de desarrollar su providencia. Puede que muchas veces no comprendamos sus planes, y que nos sorprenda su palabra misericordiosa con todos por igual. De hecho cuando en el evangelio nos llama, una y otra vez, a perdonar siempre al hermano arrepentido, nos parece un tanto excesivo, y enseguida buscamos explicaciones que rebajen tanta gratuidad.

         Jesús, por medio de sus parábolas y enseñanzas,  nos va mostrando el gran corazón de Dios. Un rostro lleno de ternura y compasión que se desvive por congregar a todos sus hijos en su Reino de amor, de justicia y de paz.

         Esa generosidad inmensa nos desconcierta y muchas veces nos sonroja porque tenemos demasiados prejuicios e intereses que nos impiden asemejarnos a él. Sin embargo sigue llamándonos y confiando en nuestras posibilidades de cambio interior para acoger con mayor grandeza a los demás, de tal modo, que hagamos posible el crecimiento de la semilla de su Reino.

Que acojamos hoy esta llamada de Dios para servir con entrega en su viña. Es una llamada de amor que nos abre un camino de gozo y felicidad plenas, porque sólo en la respuesta generosa y favorable al plan de Dios puede el hombre sentirse realizado.

Que nuestra vocación vivida con fidelidad y alegría, sirvan de testimonio elocuente ante el mundo, de que el Señor sigue cuidando de su viña para que de frutos de auténtica justicia y misericordia en medio de este mundo tan necesitado de su amor.

sábado, 12 de septiembre de 2026

DOMINGO XXIV TIEMPO ORDINARIO

 

DOMINGO XXIV TIEMPO ORDINARIO

13-9-26 (Ciclo A)

 

       Si el domingo pasado Jesús nos enseñaba a corregir al hermano, desde esa actitud tan auténtica de la corrección fraterna, hoy el Señor realiza una llamada a la generosidad en el perdón. Un perdón que proviene de su amor y misericordia, y del que todos estamos necesitados por igual. De tal modo que si nuestro ánimo se deja llevar por la mezquindad, a la hora de acoger al hermano, ponemos en serio riesgo nuestra capacidad para acercarnos de forma auténtica al perdón de Dios.

La Palabra de Dios nos invita precisamente a tomar conciencia de nuestra común condición de pecadores, de manera que al asumir nuestra limitación y miseria, nos hagamos sensibles a las debilidades de los demás, y sobre todo, asumamos el serio compromiso de transformar nuestras vidas, en el camino de la conversión y del encuentro gozoso con Jesucristo que nos perdona setenta veces siete, es decir siempre que de corazón y verdad, acudamos a él.

Pero la triste realidad de nuestros días, es que evitamos enfrentarnos de forma madura a nuestra propia verdad, justificando nuestros comportamientos y dulcificando las actitudes que en ellos se manifiestan para no asumir la responsabilidad que de los mismos se puedan derivar.

Y lo primero que hacemos en este sentido es devaluar la realidad del pecado. De hecho es una palabra que sólo se utiliza para ridiculizar las prácticas religiosas, creyendo que de este modo superamos sus efectos reales y alejamos de nosotros sus consecuencias.

Al rechazar y diluir en la banalidad, los comportamientos contrarios a una recta moral, formada de manera adulta en los valores del evangelio, o de la misma ética social, el hombre de hoy se erige en paradigma de su comportamiento, rechazando cualquier intervención distinta de su antojo a la hora de valorar y decidir sus actos.

Y cuando esto ocurre, la decadencia personal y el desastre colectivo se abren paso de manera inexorable.

Es doctrina fundamental de nuestra fe, que Cristo murió por nuestros pecados, y que en la Cruz, Jesús redimió a la humanidad entera. Por lo tanto cuando un cristiano se permite el lujo de decir que él no tiene pecado, simplemente está rechazando la obra redentora de Cristo en su vida, y alejando de sí de su efecto salvador.

Todos, en virtud de nuestra común condición humana, estamos sometidos a las consecuencias del mal en nuestras vidas, y ese mal tiene efectos para nosotros, bien como causantes del mismo o como víctimas de su realidad. Y hace falta una gran calidad humana, manifestada en la humildad del corazón, para aceptar con sencillez nuestra responsabilidad y acudir al Señor para acoger su misericordia y perdón.

El evangelio que acabamos de escuchar nos da una gran lección de lo que significa la misericordia divina, y del camino que nos conduce a ella, así como de las consecuencias letales que para el hombre tiene su rechazo y orgullosa obstinación.

Todos queremos que se nos mire con misericordia y bondad. Y por grandes que sean nuestras miserias, siempre buscamos la compasión y comprensión. Sin embargo cuanto nos cuesta ejercitar esas mismas actitudes con los demás. Jesús, buen conocedor del corazón humano, acoge la pregunta de Pedro para dar una lección de lo que significa el perdón, y nos ofrece el único camino que conduce hacia él.

En primer lugar, vemos como un gran deudor, o en términos morales, un gran pecador, se presenta ante su Señor a rendirle cuentas.

Y cuando es requerido ante el tribunal, y siendo consciente de la enorme pena que le será impuesta por su gran pecado, se humilla ante el Señor pidiendo clemencia. Y Dios, representado en aquel rey, se compadece de él perdonándole todo, devolviéndole su dignidad y libertad.

Pero ésta persona lejos de haber vivido con auténtica conversión este regalo divino, manifiesta su desprecio del mismo cuando teniendo ante sí a un hermano que le adeuda una miseria, lo trata con implacable dureza y sin compasión.

El episodio narrado causa tanto espanto entre quienes lo contemplan que acuden al Señor a narrarle lo sucedido. Y el resultado es concluyente, así como has actuado tú con tu hermano, serás justificado o condenado.

No podemos presentarnos ante el Señor pidiendo su misericordia con auténtica actitud de conversión, si no somos capaces de vivir la compasión con nuestros hermanos. De hecho cuando ponemos en nuestros labios la oración que Jesús nos enseñó, y pedimos al Señor que perdone nuestras ofensas, seguidamente decimos “así como nosotros perdonamos a los que nos ofenden”, y si es verdad que el perdón de Dios no puede ser condicionado por la acción del hombre, resulta en la práctica del todo imposible, poder aceptar el perdón divino, si no somos capaces de acoger y ofrecer el perdón humano.

El sacramento de la reconciliación, donde nosotros acudimos con sencillez ante el Señor, presente en la persona del sacerdote, es cauce ordinario y eficaz de la misericordia divina. No importa la gravedad o la levedad de nuestro pecado, lo importante es la actitud de autenticidad que en nuestra alma se vive, para presentarnos ante Dios con la verdad de nuestra vida.

Y tengamos presente una cosa, la mayor frecuencia en la recepción de esta gracia, nos ayuda a mejorar eficazmente nuestro ser, porque el don de Dios realiza su acción sanadora cuando dejamos que sea él quien nos orienta y estimula, ayudándonos a levantarnos después de la caída.

La práctica de la confesión ha descendido en nuestros días, de forma alarmante, especialmente en nuestras sociedades tan secularizadas. Y mirad, el hecho de no confesarnos no nos ha hecho mejores personas, ni ha mejorado las relaciones entre nosotros, más bien al contrario. Cuando impido que mi vida sea contemplada con otros ojos distintos de los míos, y cierro mis oídos a los consejos que desde el evangelio el ministro de la Iglesia me ofrece, para mi mejor provecho y conversión, al final voy expulsando a Dios de mi vida, para situarme yo en su lugar, constituyéndome en principio y fin de mis acciones y deseos.

Pidamos en esta Eucaristía la gracia de acoger la verdadera conversión que el Señor nos ofrece. Que nunca desconfiemos de Él que se acerca para restañar nuestras heridas con el bálsamo de su misericordia, y que sepamos encontrar en este sacramento de sanación la fuerza necesaria para aceptar la verdad de nuestra existencia, presentarla con confianza ante el Señor, acoger su misericordia salvadora, y así comprender y perdonar a nuestros hermanos, como deseamos que Dios nos acoja y perdone a nosotros.

sábado, 5 de septiembre de 2026

DOMINGO XXIII TIEMPO ORDINARIO

 


DOMINGO XXIII TIEMPO ORDINARIO

6-09-26 (Ciclo A)

 

Un domingo más somos convocados por el Señor a compartir el don de la fe que de Él hemos recibido, para que alimentados con el pan de su Palabra y de la Eucaristía nos siga fortaleciendo en la esperanza y el amor.

Y así, entre las labores que debemos asumir de forma permanente, está la que recibimos por parte del Señor, que nos envía en medio de los hermanos para ser mensajeros de su Buena Noticia. Así nos lo recuerda a través del profeta Ezequiel “a ti, hijo de Adán, te he puesto de atalaya en la casa de Israel”.

Los cristianos debemos de vivir nuestra fe en medio del mundo con la plena consciencia de compartir una misión personal y comunitaria consistente en ser mensajeros de Jesucristo para bien de toda la humanidad.

Como hemos visto tantas veces a través del Antiguo Testamento, los profetas sentían muchas veces la desazón por el desprecio y la indiferencia de los suyos. Ellos entregados a propagar la palabra de Dios en medio de su pueblo, eran rechazados, perseguidos y maltratados cuando sus profecías no eran del agrado del oyente. El desánimo calará tan hondo en su ser, que la Sagrada Escritura nos muestra cómo Jeremías, Isaías y Jonás llegarán a pedir a Dios que les retire de esa misión, que no cargue sobre sus hombros un peso tan difícil de llevar y que les causa tanto sufrimiento.

Sin embargo el Señor les anima a continuar con esa labor porque si ellos tampoco se entregan al servicio de los demás, nadie sembrará en medio del mundo la semilla del Reino de Dios.

Por otra parte, debemos caer en la cuenta, de que la fe es una experiencia personal pero no individualista; íntima pero no exclusivista; basada en el encuentro personal con Dios, pero siempre por medio de Jesucristo, de su palabra y de su vida,  y que animados por la acción del Espíritu Santo, nos impulsa a vivir la comunión entre los hermanos de forma solidaria y fraterna.

De este modo podemos comprender la profundidad que la Palabra de Dios contiene, y que es ante todo una llamada a vivir la fe con responsabilidad y fidelidad.

Nuestra condición de seguidores de Jesucristo nos lleva a asumir la misión que él nos ha encomendado y que tiene claras consecuencias para la vida cotidiana. No podemos pasar por la vida como si lo que en ella ocurre no fuera con nosotros. No podemos dejar abandonada a su suerte a esta humanidad de la que formamos parte, y por eso debemos sentir con fuerza la necesidad de hacer partícipes a los demás de este proyecto de nueva humanidad, cuyos valores se asientan en el Evangelio de Cristo.

Para que la experiencia cristiana pueda ser vivida por otros, necesita de testigos y transmisores que muestren con su vida que vale la pena abrazar este camino. Si los cristianos no nos convertimos en maestros de la fe, difícilmente convenceremos a nadie del sentido auténtico de nuestra vida.

Por lo tanto, proponer explícitamente nuestra fe a los demás, con verdad y sencillez, no es un favor que hacemos al mundo, sino una exigencia que brota de nuestro bautismo por el cual hemos sido constituidos en discípulos del Señor y evangelizadores de la sociedad.

Esta misión evangelizadora ha de vivirse en fidelidad al Señor, siendo conscientes de que la verdad del evangelio, al confrontarse con la realidad presente, va a provocar por nuestra parte una clara denuncia de las injusticias aunque eso nos comporte conflictos e incomprensiones.

No podemos sustraernos de las cuestiones que afectan a la persona actual sobre los temas más diversos y controvertidos que se suscitan, especialmente aquellos que inciden de forma injusta sobre los más indefensos, la protección y respeto de toda vida humana desde su origen hasta su final natural, la libertad religiosa tan denostada en tantos países y lugares de nuestro entrono, la defensa de la institución familiar, fundamento y pilar de una sociedad fraterna y solidaria,  la acogida y el respeto a las vidas de quienes se ven obligados a salir de su tierra en busca de una vida más digna y dichosa, todo ello exige de nosotros ser la voz que sobre los mismos ha de expresar la Iglesia en fidelidad a Jesucristo.

Y debemos manifestar públicamente nuestra clara oposición a aquellas cuestiones que atentan contra la dignidad del ser humano, por muy maquilladas que se presenten bajo falsas formas de derechos inexistentes.

Los cristianos no podemos silenciar nuestra voz por miedo a la crítica, a la manipulación  o a la incomprensión que podamos sufrir por parte de quienes optan por otra forma de vida. Ni debemos apoyar con nuestro silencio complaciente a quienes dirigen los destinos de nuestro pueblo, cuando no se hacen dignos de esa confianza.

Cuando un hermano nuestro atenta tan gravemente contra la vida de otro, debemos ayudarle a retomar el camino de la conversión y el arrepentimiento, así si nos escucha, habremos colaborado en la salvación de nuestro hermano. Y si persiste en su camino de violencia, muerte y rechazo de Dios, él será quien de deba dar cuentas por ello.

Qué necesidad tenemos de escuchar la voz del Señor. Una voz de amor y de misericordia que si bien reprende con firmeza el pecado y se resiste ante el mal, con mayor ternura se apiada del arrepentido y de aquel que humildemente desea retomar la senda del bien y de la vida.

Dios no quiere la muerte del pecador, sino que se arrepienta y viva.

Hoy es un buen momento para reconvertir nuestro corazón, y así comenzar este periodo nuevo que pastoralmente iniciamos con una ilusión renovada y asentada en Cristo, que nos ama y nos envía para ser testigos de su amor en medio del mundo.

 

viernes, 17 de julio de 2026

DOMINGO XVI TIEMPO ORDINARIO

 

DOMINGO XVI TIEMPO
ORDINARIO

19-07-26 (Ciclo A)

      

El domingo pasado escuchábamos en el evangelio de S. Mateo la parábola del Sembrador. En ella se nos mostraba el trabajo de quien siembra y la necesidad de que lo sembrado caiga en buena tierra para que de fruto. Todo ello con la confianza de que el dueño de la mies la hará germinar en la tierra buena que hay a nuestro lado.

Pero el evangelista continúa el relato con este pasaje de hoy, donde se nos muestra que a pesar de la bondad y fertilidad del terreno en el que cae la semilla, y en contra de todo lo previsto, crece también la cizaña.

Cómo es posible que en medio de la buena tierra y habiendo sembrado la semilla adecuada crezca también la cizaña.

La simbología de la siembra nos ayuda a comprender lo que tantas veces sucede en la vida cotidiana y real. En medio de la familia y de la sociedad, por muy buena que sea la tierra y lo sembrado, muchas veces vemos con tristeza crecer el mal.

Hay padres que sufren con impotencia ante el mal de sus hijos. A pesar de sus desvelos y de la excelente educación que les dieron, ellos tomaron otro rumbo y han abandonado hogar, amigos y valores, para adentrarse en el mundo de la droga, la delincuencia o la violencia.

También sienten el reproche disimulado de quienes les preguntan “¿no sembraste buena semilla?” (Como al Sembrador del evangelio). Viviendo con dolor la incomprensión de los demás.

Aunque todos somos responsables para sembrar el bien, la justicia y la concordia en el mundo, no podemos cargar con las consecuencias  del mal hacer de otros. La libertad de la que todos gozamos conlleva la grave responsabilidad de ejercerla para el bien personal y común, y quienes optan por caminos de perdición son los que han de dar cuentas de ello y no sus progenitores, educadores o la misma comunidad.

También podemos caer en la tentación de querer eliminar la cizaña a golpe de fuerza. Arrancarla de raíz y echarla fuera. Y el Sembrador nos dice que no, que hay que esperar hasta que todo haya madurado, entonces se verá con claridad cada cosa y el mal caerá por su propio peso.                                

Qué bien lo narra el libro de la Sabiduría que hemos escuchado en la primera lectura. “No hay más Dios que tu, que cuidas de todo, para demostrar que no juzgas injustamente”.

Ante los problemas que vive el mundo en general y nuestro entorno más cercano en particular, muchas veces nos constituimos en jueces de los demás. Y antes de comprender la realidad de los acontecimientos en su complejidad ya hemos dictado nuestra dura sentencia.

Sin embargo Dios, “poderoso Soberano, juzga con moderación y nos gobierna con gran indulgencia”.

La parábola del sembrador junto con el evangelio que hoy escuchamos, no sólo es una llamada a ser tierra buena y apartar de nosotros aquellos matojos y estorbos que impiden crecer con vigor el buen grano. Es también una llamada a sembrar siempre paz y concordia, bondad y esperanza, consuelo y misericordia entre todos para que no dejemos nunca que crezca la mala hierba de la envidia, el rencor, la violencia o la división entre quienes estamos  llamados a compartir un mismo presente y preparar un futuro mejor.

Con todo sabemos, que pese a nuestros esfuerzos y desvelos, el mal es una realidad que quiere imponerse y que su aceptación es imposible. Que un campo tenga cizaña es una cosa, pero que esta crezca en el hogar, en la familia y en la sociedad, con el silencio resignado y la apatía infecunda,  es otra muy distinta. La actitud frente al mal, es combatirlo con el bien.

Y una manera eficaz, es tener la capacidad suficiente para sembrar las reglas de una convivencia adecuada desde el respeto, y saber ofrecer oportunidades para la conversión sincera, lo que constituye un reto para todos y a la vez una tarea a desarrollar con esperanza.

Como nos dice el libro de la Sabiduría, “el justo debe ser humano”. Y Dios nos ha dado “la dulce esperanza de que, en el pecado, da lugar al arrepentimiento”.

La justicia sin corazón y sin misericordia se convierte a la larga en revancha. Y si no ofrecemos al pecador o malhechor una oportunidad para la conversión jamás podremos hablar de un Reino de Dios entre nosotros tal y como lo entendió Cristo.   

Con todo no olvidemos que el evangelio termina con una clara advertencia. Al final la cizaña será cortada y echada al fuego. Cada uno dará cuenta de sí ante Dios, y el hecho de que su amor ofrezca siempre una nueva oportunidad para la conversión y el perdón, no mitiga la clara y rotunda advertencia a quien persiste en el mal, que de seguir así y no convertirse, acabará de la misma manera.

La misericordia de Dios dura por siempre, pero no se impone al obstinado que decida arrojar su vida por el abismo alejándose de él por el camino del odio y la muerte.

       Esta es nuestra esperanza y nuestra responsabilidad, confiar siempre en la bondad y misericordia del Señor, y poner todo de nuestra parte para que su Reino crezca entre nosotros. Que su Espíritu nos ayude para seguir sembrando su evangelio en medio de este mundo, sumido en la injusticia, el odio y las guerras.

sábado, 4 de julio de 2026

DOMINGO XIV TIEMPO ORDINARIO

 


DOMINGO XIV TIEMPO ORDINARIO

5-07-26 (Ciclo A)

 

El evangelio que acabamos de escuchar, es toda una acción de gracias que brota del corazón gozoso de Jesús ante la acogida que entre los más sencillos va teniendo su Palabra. Jesús da gracias al Padre porque se ha revelado a los últimos de este mundo, mostrando su amor y misericordia para con los sencillos y humildes. No en vano el mismo Jesús nos invita a aprender de él que es “manso y humilde de corazón”.

La mansedumbre y la humildad de Jesús no se contraponen a su misión de anunciar el Reino de Dios con rotundidad y entrega.  Su fidelidad a la misión encomendada por el Padre, le hace seguir su camino sin desvíos ni flaquezas, y la contundencia con la que denuncia la injusticia y el sufrimiento de sus hermanos, los hombres y mujeres más débiles, va siempre acompañado de este sentimiento acogedor y sencillo para con todos.

Que necesario se hace en nuestros días asumir las actitudes del Señor. Sometidos a los modos y maneras del mundo, los cristianos corremos el riesgo de comportarnos más según las reglas del mercado, del poder o del bienestar egoísta, que conforme al espíritu fraterno, sencillo y misericordioso de Jesús.

Desde niños se nos enseña a competir y pelear. Competimos en los estudios, en las artes y la cultura, en el deporte y en el ocio. Peleamos por ser más que los demás, superarnos respecto de nuestros padres y mayores, y nos olvidamos que la justa promoción humana y el valor de la superación para mejorar, ha de ir siempre acompañada de la sencillez y la humildad para reconocernos limitados y necesitados de los demás.

No sólo hemos de educar a los niños y jóvenes en esta dimensión generosa, servicial y fraterna. Nosotros los mayores debemos reeducarnos también, y recuperar a la luz de la fe, el verdadero carácter cristiano con el que construir nuestras relaciones interpersonales desde valores que nos unan y no nos enfrenten.

La mansedumbre y la humildad son el sustrato necesario para el perdón y la reconciliación. Sólo los corazones sencillos y humildes saben acoger y perdonar con verdad. Podemos recordar ese pasaje del evangelio de S. Lucas donde el Padre espera ansioso la vuelta del hijo pródigo que se había marchado de su lado. No era él el culpable de su marcha y lo sabía, pero lo importante no era buscar culpables. Lo fundamental consistía en recuperar a su hijo perdido, y si para eso tenía que sacrificar cualquier orgullo o reproche no dudaba en hacerlo de corazón y abrazarlo lleno de gozo.

Cuantos de vosotros padres y madres no habéis experimentado el silencio y la paciencia, la humillación y la tolerancia como el medio más eficaz para la reconciliación conyugal y el acercamiento a los hijos. Y por muy grande que haya sido la ofensa sufrida, ¿no ha sido mayor el gozo del reencuentro recuperando así la armonía familiar?  

La sociedad necesita de espacios de auténtica humanidad, donde el respeto y la confianza se vayan abriendo paso a la hora de enjuiciar las vidas de quienes nos rodean desde comportamientos más sencillos y menos orgullosos.

Es verdad que en demasiadas ocasiones abrimos brechas en la convivencia que resultan casi insalvables. La intolerancia, la violencia en la sociedad y en el hogar, el egoísmo explotador de los más débiles, todo ello se abre como un abismo de dolor y rencor que es lo más contrario al Reino de Dios que Jesús nos presenta como proyecto de vida. Descubrir la urgencia de ir sanando este mundo desde el amor, y poner todo nuestro esfuerzo en construir puentes de encuentro que favorezcan la fraternidad, es una exigencia de nuestra fe, y un motivo de esperanza para todos.

Jesús nos dice en el evangelio que su yugo es llevadero y su carga ligera. A esta conclusión sólo puede llegar quien asume su misión y condición desde el amor y la entrega a los demás. El yugo de la familia y sus cargas son llevaderos si se viven desde el amor, el respeto y el servicio. El yugo de la amistad y sus cargas, se soportan desde la confianza y la sinceridad. Y así podemos seguir con todo en la vida descubriendo que según cómo nos enfrentemos a cada aspecto de la misma, viviremos en un ambiente interior de gozo y serenidad, o por el contrario desde la amargura y el resentimiento.

Hemos de reconocer que en la mayoría de las ocasiones, nuestra forma de afrontar la vida va a determinar el cómo la vivamos. Si nos movemos en un ambiente interior de paz y esperanza, es más fácil transmitir esa paz en todo lo que hacemos. Si por el contrario caemos con facilidad en los prejuicios, en la envidia o en el mal pensar de los demás, también sembraremos a nuestro lado discordia y malestar. No olvidemos que una de las bienaventuranzas del Señor es “dichosos los limpios de corazón porque ellos verán a Dios”.

Es lo que en esta eucaristía le pedimos al Señor. Que él nos ayude a tener limpieza en el mirar y en el sentir, para que el corazón goce de una salud que nos ayude a ser comprensivos y misericordiosos con quienes nos rodean, y que vayamos creando entre todos un estilo de relaciones humanas basadas en la humildad y la sencillez para podernos reconocer como hermanos y así vivir el gozo de nuestra condición de hijos de Dios.

jueves, 4 de junio de 2026

SOLEMNIDAD DEL SANTÍSIMO CUERPO Y SANGRE DE NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO

 


SOLEMNIDAD DEL CUERPO Y SANGRE DE CRISTO

CORPUS CHRISTI  7-06-26

 

       Un año más celebramos la fiesta del Cuerpo y la Sangre de Jesucristo. Memorial de su Pasión, muerte y resurrección, y Sacramento de su amor universal. Precisamente por ese amor entregado para nuestra salvación, podemos unir en esta fiesta del Corpus el día de la Caridad. Al compartir el alimento que nos une íntimamente a Cristo nos hacemos partícipes de su  mandato “haced esto en memoria mía”, aceptando su envío en medio de los más necesitados para compartir con ellos nuestra vida y nuestra fe.

En esta fiesta litúrgica de hoy, la Iglesia nos invita a profundizar en el don inmenso de la Eucaristía. Como nos enseña el Vaticano II, "Nuestro Salvador, en la última Cena, la noche en que fue entregado, instituyó el sacrificio eucarístico de su cuerpo y su sangre para perpetuar por los siglos, hasta su vuelta, el sacrificio de la cruz y confiar así a su Esposa amada, la Iglesia, el memorial de su muerte y resurrección, sacramento de piedad, signo de unidad, vínculo de amor, banquete pascual en el que se recibe a Cristo, el alma se llena de gracia y se nos da una prenda de la gloria futura" (SC 47).

Desde esta fidelidad al don recibido de manos del Señor, no podemos separar la eucaristía de la caridad. Los cristianos que nos reunimos para escuchar la palabra del Señor y compartir el pan de la vida que él nos da, hemos de prolongar esta fraternidad eucarística en el mundo nuestro, junto a los hermanos que carecen de afecto, de medios, de una vida digna y feliz.

       No todo el mundo vive dignamente, de hecho somos una minoría los que en el mundo actual podemos agradecer esta vida digna. La mayoría de la población mundial carece de los recursos necesarios para una subsistencia adecuada. Y en vez de acoger su precariedad para sentirnos solidarios con ellos, muchas veces nos fijamos en aquellos que se enriquecen con facilidad y rapidez poniéndolos como modelos a seguir, y hasta envidiándolos por su opulencia.

Una cosa es luchar legítimamente por alcanzar esa vida digna a la que todos tenemos derecho y otra muy distinta la ambición desmesurada que al final nos endurece el corazón hasta llevarnos al egoísmo y a la idolatría del dinero.

La entrega de Jesucristo en la cruz, nos abre la puerta de la redención. Y aquella entrega viene precedida de una vida sensible para con los necesitados, los enfermos, los pobres y los marginados.

A Jesucristo resucitado se llega por medio de una vida ungida por el Espíritu de Dios para anunciar la Buena Noticia a los pobres, la libertad a los oprimidos, la salud a los enfermos y la salvación para aquellos que acogen este don de Dios.

       Cristo nos dejó su testamento en el cual nos ha incluido a todos y no sólo a unos privilegiados. La vida en este mundo es injusta y desigual no porque Dios lo haya querido sino porque nosotros lo hemos causado. Dios no quiere que haya pobres y ricos, rechaza la injusticia que causa este mal, y nos llama a su seguimiento a través del camino de la auténtica fraternidad y solidaridad.

       Este testamento de Cristo lo actualizamos cada vez que nos acercamos a su altar. Su Cuerpo y su Sangre entregadas por nosotros, y compartidos con un sentimiento fraterno y solidario, nos unen a la persona de nuestro Señor Jesucristo y a su proyecto salvador. Por eso “cada vez que comemos de este pan y bebemos de este cáliz, anunciamos tu muerte y tu resurrección hasta que vuelvas”.

       Por eso, cada vez que comemos y bebemos el Cuerpo y la Sangre del Señor, nos unimos vitalmente a Cristo para prolongar con nuestra vida y entrega, su obra misericordiosa en medio de nuestros hermanos más necesitados, a los cuales somos enviados como testigos del amor de Dios.

       La caridad no se hace, se vive. No hacemos caridad cuando damos dinero a un pobre, vivimos la caridad cuando nos preocupamos por su vida, buscamos cómo atenderla mejor, y nos esforzamos por acompañarle a salir de su situación para siempre. Vivir la caridad es prolongar la Eucaristía del Señor, su cuerpo y su sangre derramada por amor a todos, para la salvación de todos. Las palabras que día tras día escuchamos en la Consagración nos muestran que Jesús no economizó su entrega sino que fue universal y por siempre.

       Desde aquel momento en el que nacía la Iglesia, ésta siempre tuvo como acción primera y fundamental, unida al anuncio de Jesucristo, la vivencia de la caridad.  Atender a los pobres y necesitados estaba unido a la oración y a la fracción del pan de tal manera que no se podía permitir que en la comunidad de los cristianos alguien pasara necesidad.

En esta fiesta debemos también recuperar la conciencia del don que el Señor ha puesto en nuestras manos. La Eucaristía hace a la Iglesia y la Iglesia hace la Eucaristía (nos enseña el Concilio Vaticano II). Por eso la celebración eucarística trasciende nuestra realidad local y se une a la vivencia universal de la Iglesia. No podemos celebrar la eucaristía más que en la comunión eclesial, ya que es el Señor quien se hace presente en medio de su pueblo, congregado en la unidad del Espíritu por el vínculo de la paz.

       Vamos a pedir en esta Eucaristía que el Señor nos ayude a vivir con gratitud este don esencial para nuestra vida espiritual. Sin eucaristía no hay Iglesia, y por lo tanto la fe se descompone. Esforcémonos también, por recuperar nuestra capacidad solidaria y fraterna para poder compartir con autenticidad el pan de la unidad y del amor.