jueves, 13 de junio de 2024

DOMINGO XI TIEMPO ORDINARIO

 


DOMINGO XI TIEMPO ORDINARIO

16-6-24 (Ciclo B)

 

Con el Salmo de este domingo, se nos invita a vivir en actitud de acción de gracias, que es la que mejor puede responder a la vida del creyente.

Muchas veces caemos con facilidad en el desánimo, la desesperanza o el hastío por no percibir un futuro dichoso. La realidad de nuestro mundo en general, la sociedad en la que estamos inmersos o la propia situación personal, pueden llevarnos a una experiencia pesimista que nos haga complicado vivir en la esperanza y la dicha. Sobre todo si partimos de la idea de que todo debe ser controlado y proyectado desde nuestras ideas y sostenido con nuestras fuerzas.

Entonces está claro que el balance será deficiente. Si ponemos nuestra confianza en las propias posibilidades y criterios, el camino a recorrer se nos volverá muy difícil y en ocasiones insoportable. Sobre todo si contrariando la palabra del apóstol Pablo, confiamos en vivir sólo desde la visión, y no desde la fe.

El evangelio nos invita a todo lo contrario. “El reino de Dios se parece a un hombre que echa la semilla en la tierra. Él duerme de noche y se levanta de mañana; la semilla va creciendo, sin que él sepa cómo.”

Todos queremos cosechar los frutos de nuestros esfuerzos, necesitamos tener cierto control sobre las realidades presentes de manera que no tengamos que vivir siempre en la incertidumbre o el desasosiego. Pero tal vez hemos perdido la capacidad de confiar que no todo depende de nosotros. Que realmente nuestra existencia está en las manos de Dios, y que Él se preocupa de hacer crecer con vigor y generosidad la semilla que nosotros podemos sembrar con nuestro trabajo y entrega.

Y si bien es verdad que la actividad humana ha de estar ordenada al bien de la humanidad, nunca debe perder la perspectiva de que ese dinamismo no depende exclusivamente de él. Como nos enseña el Concilio Vaticano II, la autonomía de la realidad terrena y sus propias leyes y valores son un bien que el hombre debe descubrir y respetar, pero nunca desde una concepción de independencia respecto del Creador. “La criatura sin el Creador desaparece” (Cfr. GS 36, y es muy posible que en el fondo de todas las decepciones y sinsabores que la experiencia humana actual padece, se deba a haber puesto su única fe y esperanza en su dominio de la ciencia y de la técnica.

Y con ser todo ello un gran valor de nuestro desarrollo humano, muy a pesar de todos los logros alcanzados, la miseria de enormes comunidades humanas, las guerras fratricidas y las injusticias desoladoras nos dejan bien claro cuán grande es nuestro fracaso y soledad.

Expulsar a Dios de la vida del hombre y de los criterios que han de establecerse para una justas relaciones humanas, nos deja al libre albedrío de de los poderosos y de sus criterios y fuerzas.

No obstante, no por ello debemos perder la perspectiva de la fe. No por ello debemos caer en el desánimo infecundo y paralizante. Nuestro presente no dista mucho de otros momentos de la historia, ni de la experiencia vivida por nuestro Señor. Y sin embargo él siempre nos enseñó, que la última palabra es siempre de Dios, y es una palabra de vida y de esperanza.

No sabemos el cómo ni el cuándo de la manifestación de los signos de su reino de amor, de justicia y de paz. Es muy posible que nosotros nunca lo veamos en este mundo con sus contradicciones, pero tenemos asegurada la promesa de que ese Reino es una realidad que ya va emergiendo y que se manifiesta de forma más plena en aquellos espacios donde Dios es el centro y fundamente de la vida del hombre.

Lo que también necesitamos es estar más atentos a descubrirlos en medio de nuestras vidas cotidianas, allí donde se cuida la atención a los necesitados, donde el respeto de la vida de los demás es un precepto sagrado e irrenunciable, donde los modos de entender la economía y las relaciones profesionales se basan en la justicia y la honradez. Y eso es mucho más sencillo de sembrar de lo que a veces nos parece, basta con que cada uno introduzca ese grano de vida, en lo profundo de su corazón y deje que germine con vigor por la acción del Espíritu Santo.

El Señor nos ha mostrado lo pequeña que es la semilla de la mostaza, algo apenas apreciable, pero que sin embargo, se hace un arbusto grande donde anidan los pájaros. Esa es la dinámica del reino de Dios, que de lo pequeño, débil y sencillo, Él es capaz de generar  fortaleza y plenitud. Sólo es necesario que nosotros preparemos adecuadamente el terreno, lo desbrocemos de la maleza asfixiante de nuestros miedos y egoísmos, y esparzamos con generosidad la semilla de la acogida, el respeto, la solidaridad y la confianza. Especialmente esta última es fundamental ponerla en las manos de Dios porque es quien, desde su bondad y misericordia, sigue enviándonos a ser sembradores de amor y de esperanza. Que así lo vivamos cada día de nuestra vida porque de ese modo la estaremos llenando de sentido y de alegría, cualidades esenciales para una sana y gozosa felicidad.

viernes, 7 de junio de 2024

DOMINGO X TIEMPO ORDINARIO

 


DOMINGO X TIEMPO ORDINARIO

9-6-24 (Ciclo B)

 

Tras las fiestas pascuales y las solemnidades del Señor, que permanece entre nosotros de manera real y plena en su Cuerpo y su Sangre, volvemos a la vida cotidiana manifestada litúrgicamente en este tiempo llamado ordinario que ahora retomamos.

La experiencia narrada en el libro del Génesis, es mucho más que una travesura de nuestros primeros padres. El desarrollo del incidente escuchado en la primera lectura nos muestra, lo fácil que es introducir la sospecha en la mente débil de quien tiene ambición, y cómo esa idea cala hasta el corazón para pervertir los sentimientos. Los que antes participaban de la vida divina en plenitud, aspiran a un nivel mayor en su soberbia, y eso les lleva temer al Dios que antes era padre y amigo, y a la propia carne la cual es inculpada como responsable del mal causado. Adán acusa a Eva y esta a la serpiente, la cual es maldecida. Así se narra el origen de ese pecado que a todos nos hermana y que nos hace solidariamente responsables. En el origen del mal está la inducción del poder del maligno, siempre poderoso y capaz de degenerar nuestra realidad humana. Algo que de diversas maneras acompañó la vida de Cristo, que tras ser tentado por el diablo en su peregrinar por el desierto, éste lo dejó hasta otras ocasiones.

El episodio de la vida del Señor que acabamos de escuchar a través de S. Marcos, puede resultar irrelevante en la vida de Jesús, y sin embargo es de gran trascendencia.

Jesús, entre las dificultades que deberá asumir, las incomprensiones y el rechazo por parte de muchos, se va a encontrar el de su propia familia, o por lo menos en parte de ella. Aquí nos topamos con que algunos parientes piensan que está fuera de sí y pretenden apartarlo para esconderlo o retenerlo lejos de la mirada pública y crítica de quienes rechazan su mensaje. Y además, si ya es grave que esos parientes lo rechacen y duden de ese modo, más trágico resulta aún que pretendan que su madre y los más cercanos intervengan para convencerlo.

La respuesta de Jesús es contundente. Acusarle de endemoniado, con lo que esa experiencia de sometimiento y vulnerabilidad suponía para muchas personas atrapadas bien en la demencia psíquica o en la esclavitud y sometimiento al maligno, era una desacreditación de su vida y de su palabra. No hay como acusar a un profeta de mentiroso, a un amigo de traidor o a un santo de pecador público, para mancillar su honor y pretender silenciar su voz.

De ahí la seria advertencia de Jesús, “todo se les podrá perdonar a los hombres; pero el que blasfeme contra el Espíritu Santo no tendrá perdón jamás”.

La acusación de que él actúa con el poder del demonio, con lo que eso supone de perversión absoluta, es algo que el Señor no puede tolerar.

Un reino dividido no puede subsistir, una familia dividida no puede subsistir. Y de ahí que blasfemar contra el Espíritu Santo, que es la Persona Amor “que procede del Padre y del Hijo, y que con el Padre y el Hijo recibe una misma adoración y Gloria”, es negar de forma absoluta y definitiva la misa existencia de Dios, y rechazar de igual modo cualquier posibilidad de salvación.

Jesús no sólo experimenta el rechazo de los indecisos, o los que dudan de su palabra, los contrarios más contumaces son aquellos que conociendo su identidad y vida, prefieren evitar la coherencia que conlleva sacrificios y vivir tranquilamente sin el estigma familiar de tener a un perturbado entre los suyos.

La pretensión de que María les ayudara en esta misión resulta igualmente demoniaca porque además del dolor que le ocasiona al hijo, rompe también el alma de su madre.

Y si bien la Stma. Virgen, conocedora excepcional de la procedencia de su hijo, jamás aceptaría esta manipulación, y ella es en verdad modelo de discipulado y de fidelidad al plan de Dios, Jesús deja claro qué es lo más grande de su vida; ésta es mi madre, la que escucha la palabra de Dios y la cumple. Esa es mi madre y mis hermanos.

Y así María, superando la realidad entrañable de la maternidad humana, la lleva a su plenitud con su fiel entrega en el discipulado y seguimiento de su Señor, algo que ya había decidido antes incluso de acoger en sus entrañas al Hijo del Altísimo.

En la vida del creyente, como en la de cualquier ser humano, hay momentos de verdad y de mentira, de bondad y maldad, de obras buenas que muestran nuestra calidad humana, y de experiencias malvadas que manifiestan nuestra debilidad.

Nosotros conocedores de estas realidades, reconocemos con humildad nuestros espacios oscuros y ante el Señor los colocamos para que Él con su misericordia nos vaya transformando con paciencia y amor.

Pero hay límites en la vida que jamás deben cruzarse, porque pueden ser de no retorno. Y esto conlleva decisiones definitivas las cuales conllevan también consecuencias concluyentes.

Ninguno de nosotros podemos asegurar hasta dónde llega la misericordia de Dios, y mucho menos aseverar que algún hermano pueda verse privado de ella; eso sólo corresponde al Señor. Pero sí sabemos que el mismo Jesús, que se entregó hasta la muerte por nuestra salvación, y que ya ha hecho todo cuanto podía por mostrarnos el amor infinito de su corazón, también nos previene frente a decisiones, que desde la libertad en la que hemos sido creados nos puedan conducir a la ruptura definitiva con Él.

Por eso debemos atender también a la procedencia de aquellos estímulos o ideas que zarandean nuestras convicciones más profundas y las pueden poner con facilidad en crisis. No todo es aceptable en la vida presente, ni cualquier manera de vivir nos construye como personas y como familia humana. Necesitamos afianzar en el amor del Señor nuestro modo de desarrollar la vida propia y la convivencia social. Y así mostrar con gozo y verdad, de que la vida en Cristo es fuente de concordia y de auténtica fraternidad. Que el Espíritu Santo que habita en nosotros, nos ayude siempre y nos guíe.

viernes, 31 de mayo de 2024

CORPUS CHRISTI - SOLEMNIDAD

 


 SOLEMNIDAD DEL SANTISMO CUERPO Y SANGRE DE JESUCRISTO

CORPUS CHRISTI 2-06-24

 

       Un año más celebramos la fiesta del Cuerpo y la Sangre de Jesucristo. Memorial de su Pasión, muerte y resurrección, y Sacramento de su amor universal. Precisamente por ese amor entregado para nuestra salvación, podemos unir en esta fiesta del Corpus el día de la Caridad. Al compartir el alimento que nos une íntimamente a Cristo nos hacemos partícipes de su mandato "haced esto en memoria mía", aceptando su envío en medio de los más pobres para compartir con ellos nuestra vida y nuestra fe.

En esta fiesta litúrgica de hoy, la Iglesia nos invita a profundizar en el don inmenso de la Eucaristía. Como nos enseña el Vaticano II, "Nuestro Salvador, en la última Cena, la noche en que fue entregado, instituyó el sacrificio eucarístico de su cuerpo y su sangre para perpetuar por los siglos, hasta su vuelta, el sacrificio de la cruz y confiar así a su Esposa amada, la Iglesia, el memorial de su muerte y resurrección, sacramento de piedad, signo de unidad, vínculo de amor, banquete pascual en el que se recibe a Cristo, el alma se llena de gracia y se nos da una prenda de la gloria futura" (SC 47).

Desde esta fidelidad al don recibido de manos del Señor, no podemos separar la eucaristía de la caridad. Los cristianos que nos reunimos para escuchar la palabra del Señor y compartir el Pan de la vida que él nos da, hemos de prolongar esta fraternidad eucarística en el mundo nuestro, junto a los hermanos que carecen de afecto, de medios, de una vida digna y feliz.

No todo el mundo vive dignamente, de hecho somos una minoría los que en el mundo actual podemos agradecer esta vida digna. La mayoría de la población mundial carece de los recursos necesarios para una subsistencia adecuada. Y en vez de acoger su precariedad para sentirnos solidarios con ellos, muchas veces nos fijamos en aquellos que se enriquecen con facilidad y rapidez poniéndolos como modelos a seguir, y hasta envidiándolos por su opulencia.

Una cosa es luchar legítimamente por alcanzar esa vida digna a la que todos tenemos derecho y otra muy distinta la ambición desmesurada que al final nos endurece el corazón hasta llevarnos al egoísmo y a la idolatría del dinero.

La entrega de Jesucristo en la cruz, nos abre la puerta de la redención. Y aquella entrega viene precedida de una vida sensible para con los necesitados, los enfermos, los pobres y los marginados.

A Jesucristo resucitado se llega por medio de una vida ungida por el Espíritu de Dios para anunciar la Buena Noticia a los pobres, la libertad a los oprimidos, la salud a los enfermos y la salvación para aquellos que acogen este don de Dios.

Cristo nos dejó su testamento en el cual nos ha incluido a todos y no sólo a unos privilegiados. La vida en este mundo es injusta y desigual no porque Dios lo haya querido sino porque nosotros lo hemos causado. Dios no quiere que haya pobres y ricos, rechaza la injusticia que causa este mal, y nos llama a su seguimiento a través del camino de la auténtica fraternidad y solidaridad.

Este testamento de Cristo lo actualizamos cada vez que nos acercamos a su altar. Su Cuerpo y su Sangre entregadas por nosotros, y compartidos con un sentimiento fraterno y solidario, nos unen a la persona de nuestro Señor Jesucristo y a su proyecto salvador. Por eso "cada vez que comemos de este pan y bebemos de este cáliz, anunciamos tu muerte y tu resurrección hasta que vuelvas".

Por eso, cada vez que comemos y bebemos el Cuerpo y la Sangre del Señor, nos unimos vitalmente a Cristo para prolongar con nuestra vida y entrega, su obra misericordiosa en medio de nuestros hermanos más necesitados, a los cuales somos enviados como testigos del amor de Dios.

La caridad no se hace, se vive. No hacemos caridad cuando damos dinero a un pobre, vivimos la caridad cuando nos preocupamos por su vida, buscamos cómo atenderla mejor, y nos esforzamos por acompañarle a salir de su situación para siempre.

Vivir la caridad es prolongar la Eucaristía del Señor, su cuerpo y su sangre derramada por amor a todos, para la salvación de todos. Las palabras que día tras día escuchamos en la Consagración nos muestran que Jesús no economizó su entrega sino que fue universal y por siempre.

Desde aquel momento en el que nacía la Iglesia, ésta siempre tuvo como acción primera y fundamental, unida al anuncio de Jesucristo, la vivencia de la caridad. Atender a los pobres y necesitados estaba unido a la oración y a la fracción del pan de tal manera que no se podía permitir que en la comunidad de los cristianos alguien pasara necesidad.

En esta fiesta debemos también recuperar la conciencia del don que el señor ha puesto en nuestras manos. La Eucaristía hace a la Iglesia y la Iglesia hace la Eucaristía (nos enseña el Concilio Vaticano II). Por eso la celebración eucarística trasciende nuestra realidad local y se une a la vivencia universal de la Iglesia. No podemos celebrar la eucaristía más que en la comunión eclesial, ya que es el Señor quien se hace presente en medio de su pueblo, congregado en la unidad del Espíritu por el vínculo de la paz.

Vamos a pedir en esta Eucaristía que el Señor nos ayude a vivir con gratitud este don esencial para nuestra vida espiritual. Sin eucaristía no hay Iglesia, y por lo tanto la fe se descompone. Esforcémonos también, por recuperar nuestra capacidad solidaria y fraterna para poder compartir con autenticidad el pan de la unidad y del amor.

sábado, 25 de mayo de 2024

SOLEMNIDAD DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD





SOLEMNIDAD DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD

26-5-24 (Ciclo B)

 

Celebramos hoy la fiesta en la que la comunidad cristiana vive de forma unitaria el ser de nuestro Dios. Un Dios que es Padre, Hijo y Espíritu Santo.

Diferentes Persona, presencias y maneras de actuar en la historia del mismo Dios que se hace uno con nosotros, acompaña nuestra vida y nos llena de sentido, alegría y esperanza.

Muchas veces hemos escuchado que la Santísima Trinidad es un misterio. Y es verdad porque todo lo que hace referencia a Dios desborda nuestra comprensión y entendimiento. Todas las personas somos un misterio y siempre hay algo en el otro que nos queda por descubrir. Hemos sido creados distintos, libres, capaces de recrear nuestra realidad y forjarnos nuestro ser y nuestro futuro.

Esta experiencia, siempre novedosa y distante, es mayor si nos referimos a Dios. Nadie puede acapararlo en su mente o en su corazón. Dios siempre escapa a nuestra capacidad de comprensión o de explicación.

Nuestro mayor acercamiento a la realidad divina sólo ha sido posible a través de Jesús. Él es el Hijo de Dios, y como tal nos ha mostrado quién es ese Dios a quién él se dirigía como su Padre. El Dios revelado a nuestros antepasados en la fe, Abrahán, Moisés, David... y anunciado por los profetas, es el mismo a quién Jesús llama Abba, Padre.

Así lo reconocieron los mismos discípulos de Jesús cuando le pidieron que les enseñara a orar. "Cuando oréis hacedlo así, Padre nuestro del cielo...".

Parecía que estaba claro que Dios era padre y sólo eso.

Pero a medida que transcurría la vida de Jesús, aquellos discípulos fueron viendo en él la misma presencia e imagen de Dios. Él era el Hijo amado a quien había que escuchar, seguir y anunciar a todos los pueblos.

La muerte y resurrección de Jesús, es el momento trascendental para aquel grupo de hombres y mujeres creyentes. Jesús no sólo era el Hijo de Dios sino que era el "Dios con nosotros" anunciado por el profeta Isaías. Dios mismo se había encarnado para asumir nuestra condición humana y así llevarla a su plenitud. Y esta experiencia vital hace de los discípulos testigos de la Buena Noticia a la cual entregar su vida con gozo y esperanza.

Pero cómo hemos podido nosotros, casi dos mil años después, llegar a comprender y acoger este don de Dios. Y aquí resuena la promesa del Señor que tras su resurrección anuncia dos acontecimientos, el primero en forma de regalo "recibid el Espíritu Santo", y el segundo en el momento de su Ascensión en forma de promesa, "yo estaré con vosotros todos los días hasta el fin del mundo". El Espíritu Santo es el Dios que permanece a nuestro lado para seguir animando nuestro peregrinar por este mundo.

Es el Dios que nos orienta en la vida para dar testimonio de su palabra y de su Gloria. El Espíritu Santo mantiene viva la llama de la esperanza frente a los momentos de temor, duda o angustia, y es el que nos une de forma vital al Padre Dios a través del Hijo Jesús.

La llamada que cada uno recibimos no es la de elucubrar cómo es el misterio que encierra el ser de Dios en sí mismo, lo realmente importante para nuestras vidas, es descubrir cómo está actuando ese Dios que me ha hecho hijo e hija suyo, en mi vida, en mi entorno personal, familiar y social, y qué me pide en cada momento de mi existencia para entrar en plena comunión con él.

La definición tradicional de la Santísima Trinidad como Tres Personas distintas y un solo Dios verdadero, podemos comprenderla mejor sintiendo que es el mismo Dios quien de manera distinta y a través de su ser paternal y fraterno entrega todo su amor en nuestra historia para realizar en ella su obra salvadora.

Nosotros hemos sido constituidos hijos de Dios, y como hijos, herederos de su reino. Pero también somos mensajeros de su Buena Noticia y es aquí donde la fuerza de su Espíritu Santo nos sigue animando e impulsando en el presente.

Nuestra vida de oración nos ha de unir más a Cristo y a la comunidad para que podamos desarrollar nuestra misión, tal y como él nos la encomendó, "id al mundo entero y anunciad el Evangelio".

por eso es de vital importancia la dimensión contemplativa y orante de la Iglesia. No en vano unida a la fiesta Trinitaria, está la vida de tantos hombres y mujeres cuya vida está dedicada a la oración por la Iglesia y la humanidad entera.

Los monjes y monjas contemplativos han descubierto que en la escucha de la Palabra de Dios, en la profundización de su enseñanza y en el diálogo personal e íntimo con él se pueden realizar plenamente como personas y a la vez ofrecer un generoso servicio al Pueblo de Dios.

Pecado su testimonio y entrega vocacional, todos los servicios y compromisos apostólicos quedarían desvirtuados. No hay entrega cristiana si no viene animada por la acción del Espíritu Santo que nos manifiesta en todo momento cuáles son los cimientos de la fe. Y este pilar central del edificio cristiano no es otro que la vida de oración y de escucha del Señor. Sólo así podremos orientar bien nuestra acción comprometida a favor del Reino de Dios, y bebiendo de la fuente que es Jesucristo, podremos ofrecer a los demás el agua viva que sacia la sed de sentido y de esperanza que tanto ansían.

Hoy pedimos por todas las vocaciones cristianas, solicitando al Señor que siga llamando obreros a su mies, que con generosidad y confianza se entreguen al servicio de los hermanos. Damos gracias a Dios por el don precioso de la vocación contemplativa, que acerca los ruegos y necesidades de los hombres hasta Dios, a la vez que va sembrando con sencillez la semilla del Reino de Dios en medio de este mundo, haciendo germinar espacios de esperanza, amor y paz.

Que en esta fiesta del Señor, sintamos con agradecimiento el don de nuestra fe, y por medio de la oración confiada nos sintamos animados y alentados para ser sus testigos en medio de los hermanos. La fiesta que el próximo domingo celebraremos, nos recuerda dónde está el alimento fundamental de esta vida interior. Que cada vez que participamos del Cuerpo y Sangre de Cristo, sintamos nuestras vidas más unidas a él, y sepamos entregarlas al servicio de su reino.

sábado, 18 de mayo de 2024

SOLEMNIDAD DE PENTECOSTÉS

 


DOMINGO DE PENTECOSTES

19-05-24 (Ciclo B)

 

          Celebramos hoy la fiesta de Pentecostés, el día en el que por la acción del Espíritu Santo la Iglesia de Cristo recibe la gracia necesaria para desarrollar su misión, y es enviada a llevar la Buena noticia del Evangelio de todos los pueblos.

          Si en la fiesta de la Ascensión del Señor recibíamos el mandato misionero, “Id por todo el mundo y anunciad el evangelio....”, hoy recibimos el don del Espíritu Santo de quien dimana la fuerza necesaria para poder desarrollar esta misión desde la fidelidad al amor de Dios y en comunión con toda la Iglesia.

          Pentecostés es la fiesta del Espíritu Santo, el Dios siempre a nuestro lado que sostiene, anima y alienta nuestra fe y nuestra esperanza para que sea germen de inmensa alegría en nuestros corazones y estímulo para seguir siempre al Señor en cada momento de la vida.

          Muchos son los dones que del Espíritu recibimos, sabiduría, entendimiento, consejo, fortaleza, ciencia, piedad, santo temor de Dios, todos ellos orientados a la construcción del Reino de Dios en la comunión eclesial. El Espíritu  Santo es quien anima y da valor en los momentos de debilidad, quien sostiene y alienta ante la adversidad, quien mantiene viva la llama de la esperanza cuando todo parece oscurecerse en nuestra vida, quien nos inunda con un sentimiento de gozo interno desde el que contemplar la vida con ilusión y confianza.

          El Espíritu Santo es quien garantiza que nuestra fe está unida a la vida de Jesús que se hace presente en medio de su Pueblo santo, y quien en cada momento de nuestro existir nos conduce con mano amorosa para vivir el gozo del encuentro personal con él, fomentando la experiencia de la auténtica fraternidad entre todos los hermanos.

          El Espíritu Santo nos une al Padre a través de su amor, y nos hace conscientes de que hemos sido transformados en herederos de su Reino a través de su Hijo Jesús.

          Fue el Espíritu quien acompañó a Jesús en todos los momentos de su vida. El mismo Espíritu que lo proclama el Hijo amado de Dios en su bautismo. Fue el Espíritu Santo quien ayuda a comprender a los discípulos que aquel a quien siguen por Galilea no es un hombre cualquiera, sino que es el Salvador, el Mesías.

          Será el Espíritu Santo quien mantenga en la agonía de Jesús la fuerza para entregar en las manos del Padre el último aliento de su vida. Y es que el Espíritu Santo no deja jamás de su mano a quienes han sido constituidos hijos de Dios.

          Pero esta experiencia personal, profunda y desbordante, la tenemos que vivir en la Iglesia y a través de ella construir nuestra comunidad. Ningún don de Dios es para fomentar el egoísmo personal. Todo don del Espíritu está orientado a construir la comunidad desde la fe, la esperanza y el amor.

          Así vemos, según nos cuenta el libro de los Hechos de los Apóstoles, cómo al recibir el don del Espíritu Santo, los Apóstoles salen a anunciar la Buena Noticia a todos los congregados en Jerusalén, y lo hacen de modo que todos les comprendan.

          Desde el momento de la Creación ha sido voluntad de Dios, que todos sus hijos se salven, para lo cual fue acompañando bajo su mano amorosa a la humanidad de todos los tiempos. Y cuando llegó el momento culminante, envió a su Hijo amado para que por medio de su palabra, su testimonio y la entrega de su vida, todos sintiéramos el amor de Dios y acogiéramos ese don en nuestras vidas.

La vuelta del Hijo de Dios a su Reino, no nos deja abandonados, sigue con nosotros por medio del Espíritu Santo sosteniendo y alentando nuestra esperanza de manera que en nuestro corazón crezca cada día la certeza de participar un día de su promesa de vida eterna.

          Este sentimiento será más fuerte en la medida en que afiancemos en nosotros la comunión eclesial, la unidad fraterna entre los hermanos. La comunión, el sentimiento afectivo de unidad y concordia, es la garantía de que nuestra fe es auténtica. Donde hay división y enfrentamiento, no está el Espíritu Santo; el individualismo y la discordia no están alentados por el Espíritu Santo. Las palabras del Señor “que todos sean uno, como tú, Padre, y yo somos uno”, han de resonar siempre en el corazón de la Iglesia como el único camino para abrirnos al don del Espíritu Santo.

          Hoy volvemos a acoger este don que ya en nuestro bautismo recibimos de una vez y para siempre. En el Espíritu Santo hemos sido hechos hijos de Dios, y aunque ese amor jamás nos será arrebatado, de nosotros depende en gran medida que cada día crezca y madure en lo más hondo de nuestra alma. Así nos llenará de dicha y alegría, nos identificará ante los demás como seguidores de Jesucristo, y nos sostendrá en cada momento de nuestra existencia.

 No en vano en esta solemnidad, celebramos también el día del Apostolado seglar. Multitud de fieles organizados en movimientos y asociaciones laicales, van sembrando el Evangelio de Cristo a lo largo y ancho del mundo, animados por el Espíritu del Señor y deseando vivir con coherencia su fe, celebrándola entorno al Sacramento del Amor de Dios que es la Eucaristía, para que en ella, y desde ella, se vaya configurando una humanidad nueva y esperanzada.

Los cristianos tenemos que vivir con plena consciencia nuestra fe, conociendo en profundidad sus contenidos, en especial la vida del Señor, acercándonos a la Sagrada Escritura con la frecuencia de quien se siente hambriento de la Palabra de Dios, porque sólo Él puede aplacar nuestra sed. Y sobre todo nutrirnos del Pan de Vida que es Cristo que se nos entrega en el Sacramento eucarístico.

 

jueves, 9 de mayo de 2024

SOLEMNIDAD DE LA ASCENSIÓN DEL SEÑOR

 


SOLEMNIDAD DE LA ASCENSION DEL SEÑOR

12-05-23 (Ciclo B)

 

       Con la fiesta de la Ascensión termina la presencia del Señor entre los suyos y nos abrimos a la misión evangelizadora de la Iglesia animados por el Espíritu que recibiremos en Pentecostés. Es esta una fiesta en la que la comunidad cristiana recuerda el momento en el que Jesucristo resucitado culmina su misión en el mundo y regresa al Padre para vivir la plenitud de su gloria.

       El simbolismo de este día, nos quiere introducir en la profundidad del sentido último de nuestra existencia de la cual Cristo es primicia y fundamento. En la Ascensión del Señor, y su vuelta a la plenitud de su gloria antes de su Encarnación, se ilumina el final de la historia de la humanidad donde Dios nos acogerá con su amor de Padre. Jesucristo nos abre el camino, y nos preparará un sitio, para que donde esté él, estemos también nosotros, como nos anunció en su vida terrenal. En la fiesta de la Ascensión, podemos descubrir el final del camino, de la verdad y de la vida del Señor, que nos ha abierto las puertas de la eternidad de forma amplia y generosa.

       Pero a este final glorioso se llega a través de la vida concreta, limitada y frágil, a la vez que confiada y gozosa, de nuestra historia humana. Una historia traspasada muchas veces por el dolor y el sufrimiento que provoca la injusticia, y otras sostenida por la  esperanza de la entrega y la solidaridad de tantas personas que aman de verdad a sus semejantes. Pero sobre todo, una historia compartida por nuestro Dios en la persona de su Hijo, Jesús, camino, verdad y vida, que nos acompaña y sostiene en nuestro peregrinar hacia la meta prometida por el Padre.

       El tiempo pascual que los discípulos del Señor vivieron junto a Él, y que se nos ha aproximado durante estos días a través de la Palabra de Dios proclamada, ha sido ante todo un tiempo de formación personal y espiritual, para afrontar el gran reto que ahora se les presenta. Ser ellos testigos y misioneros del evangelio.

       La muerte de Jesús y su posterior resurrección, fueron dos hechos de tal magnitud que hacía falta un proceso para poder asimilarlo, comprenderlo y confesarlo con fe y gratitud. Los primeros momentos del tiempo pascual nos mostraban las grandes dificultades que tenían para aceptar esa verdad. Las dudas de Pedro y Juan que van corriendo al sepulcro para ver si es verdad lo que dice María Magdalena; Las palabras incrédulas de Tomás que necesita palpar y ver para creer. El silencio de los demás que no se atreven a preguntar en medio de sus dudas e incertidumbres.

       Todo eso requiere ser madurado en el corazón, contrastado por la experiencia de los hermanos y acompañado por el Maestro que sigue vivo, animando y sosteniendo la fe de los suyos. Jesús realiza esta labor catequética para ayudarles a entender y prometerles la gran ayuda permanente del Espíritu Santo que pronto recibirán.

       Este Espíritu completará en ellos la acción salvadora de Dios transformando sus temores en confianza y cambiando sus miedos por el compromiso misionero y evangelizador del mundo.

       En la fiesta de la ascensión de Cristo, se nos está mostrando el destino último de nuestras vidas, el cielo y la tierra se unen en la persona de Jesucristo, y el camino que nos conduce a su gloria se nos ofrece como posibilidad futura y cierta.

       Jesucristo desaparece de su mirada, pero no de sus vidas. El Señor que promete su presencia entre nosotros hasta el fin del mundo, será quien aliente sus trabajos y desvelos.

       Ahora les toca a ellos proseguir con su misión; anunciar la Buena noticia a los pobres, la libertad a los cautivos, la salud a los enfermos y proclamar el año de gracia del señor. El mismo proyecto que Jesús ya anunció en aquella sinagoga de Nazaret.

       Y esta misión evangelizadora cuenta con un gran potencial, la experiencia de ser testigos de lo acontecido. Ellos no hablan por puro sentimentalismo, ni defienden una idea vacía; ellos son testigos de una persona con la que han compartido su vida y que los ha transformado interiormente llenándoles de gozo  de esperanza y haciendo de ellos hombres y mujeres, nuevos, libres, entregados y dichosos.

       Todo ello desde la convicción de que el Reino de Dios no es de este mundo, y por eso Jesús vuelve al lugar que le corresponde. Pero sabiendo que ese Reino ha de comenzar en este mundo y que lo que pasa en la tierra no le es indiferente al Creador. Por eso no podemos desentendernos del presente ya que esa falta de amor y entrega a la obra realizada por Dios, nos haría indignos herederos de su promesa.

       “Vosotros sois testigos de esto”. Testigos de la vida de Jesús, de su entrega, de su palabra y de su resurrección. Jesús nos envía ahora a cada uno de nosotros para prolongar su reinado cambiando radicalmente el presente para acercarlo al proyecto de Dios.

       Jesús abrió con su vida un camino de esperanza y al acoger en su cruz a todos los crucificados por el sufrimiento y la injusticia, nos introduce en su mismo reino de amor y de paz. Esta esperanza que nos mantiene y fortalece se verá sostenida y fundamentada por la acción del Espíritu Santo que recibiremos en Pentecostés.

Que él nos ayude para seguir trabajando por transmitir esta fe a nuestros hermanos más alejados  a fin de que ellos también sientan el gozo y la alegría que nos da el Señor. Y que nuestra entrega generosa y confiada sirva para sembrar la paz y la justicia entre nosotros, sabiendo que el Señor está y estará junto a nuestro lado todos los días hasta el fin del mundo.

miércoles, 1 de mayo de 2024

DOMINGO VI DE PASCUA - PASCUA DEL ENFERMO

 


DOMINGO VI DE PASCUA

5-05-24(Ciclo B) Pascua del Enfermo

 

El tiempo pascual que estamos viviendo camina hacia su punto culminante que será la fiesta de Pentecostés, y desde la perspectiva de los domingos que hemos celebrado, podemos recordar lo esencial de este camino. Los tres primeros domingos de pascua nos mostraban la alegría del encuentro con Cristo resucitado. Desde diferentes experiencias personales y comunitarias, los discípulos dispersados por el miedo y la frustración, vuelven a reunirse tras su encuentro con el Resucitado y la evidencia de que el Señor está vivo. El triunfo de Jesús sobre la muerte, será el núcleo de su mensaje, el fundamento de sus vidas y la única verdad por la que merece la pena entregar su existencia.

Así van caminando inicialmente de la mano del Señor quien les ayuda a comprender los gestos y las palabras expresadas y realizadas en su vida mortal.

Los siguientes domingos nos han ido mostrando, a la luz de esa experiencia pascual el rostro del Buen Pastor que da la vida por sus ovejas, y la necesidad de permanecer unidos a Jesucristo como el sarmiento a la vid, ya que sólo desde esa unidad esencial y fecunda, podremos dar fruto abundante y mantener vivas nuestra fe y esperanza.

Hoy la palabra de Dios nos abre la puerta a una experiencia aún más profunda en este camino de encuentro con el Señor, mostrándonos la esencia misma de Dios. “Dios es amor”. Y todo lo demás que podamos decir de nuestro Dios deberá ser interpretado a la luz de esta certeza fundamental. Dios es amor, y por eso comprendemos que su desvelo por el ser humano, hechura de sus manos, le llevara a encarnarse en nuestra naturaleza e historia para compartirla y redimirla para siempre.

Que Dios es amor nos lo ha estado repitiendo incansablemente Jesús en todos los momentos de su vida, cuando se acercaba a los enfermos, o bien acogía a los marginados. Cuando reinterpretando los preceptos y leyes enseñaba que el centro de toda conducta ha de estar en hacer el bien a los demás y evitarles cualquier mal.

Que Dios es amor se transparentaba en su mirada cuando conmovido por el dolor de los débiles, se entregaba a ellos en cuerpo y alma. Así se entienden con toda verdad sus palabras que aún resuenan en nuestra mente, “Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos”, y es que Jesús sí entregó su vida, pero no sólo por sus amigos, sino por todos, incluso por quienes provocaron su condena y jalearon su muerte.

Esta seña de identidad de Jesús no sólo es un rasgo de su persona, es además para todos nosotros mandamiento novedoso y esencial de la fe; “esto os mando: que os améis unos a otros”. La vida y la muerte de Jesús no son una representación para los anales de la historia humana. Para muchos que no han encontrado al resucitado en sus vidas sí se ha quedado en las notas de la vida de un hombre del pasado. Por eso andan tan preocupados en buscar sólo su humanidad y si no tienen suficientes datos que les agraden se los inventan dándolos al mundo como primicias de sus propias proyecciones.

Pero la vida y la muerte de Jesús han de ser contempladas a la luz de su resurrección. Porque es desde ella como podemos entender que sus palabras y sus obras tienen sentido y siguen siendo camino, verdad y vida para todos nosotros.

Jesús nos ha amado como el Padre le amó a él. Sin límites ni condiciones, con absoluto desprendimiento de sí mismo y con entera disposición para entregar la propia vida. Y como medio eficaz para poder desarrollar ese amor sólo nos muestra un camino, cumplir la voluntad de Dios, sus mandamientos, condición de posibilidad para lograr una auténtica humanidad. Los mandamientos de Dios no son un código de normas desencarnadas; para amar a Dios sobre todo, y al prójimo como a uno mismo, debemos antes recorrer un camino de respeto, de mirada limpia y corazón honesto, que nos haga capaces de reconocernos como hermanos e hijos del mismo Padre Dios.

Los mandamientos de Dios no son un tratado para mentes infantiles, son el reconocimiento adulto y maduro de que aquello que haga a los demás o deje de hacer por ellos, repercute de forma positiva o negativa en mí mismo y en quienes me rodean, haciéndome responsable de ello, para bien y para mal.

Para amar a Dios debo conocerle, y para conocerle necesito escuchar su palabra y contemplar sus obras en la persona de quien es claro reflejo de su ser, Jesucristo su Hijo amado. Si desconozco la vida de Cristo, si no me acerco a su evangelio narrado por aquellos que compartieron su vida y que fue escrito poco después de su muerte y resurrección para alimentar y sostener la fe de las comunidades cristianas nacientes, si no dejo que el testimonio de aquellos creyentes que entregaron su vida por amor al Señor vaya calando en mi vida, entonces seguiremos caminando como ovejas descarriadas, a merced de los lobos que destrozan y dispersan el rebaño del Buen Pastor.

Todas las palabras y las obras de Jesús, tienen una única finalidad: “os he hablado de esto para que mi alegría esté en vosotros, y vuestra alegría llegue a plenitud”.

El amor del Señor es de tal magnitud y pureza, que no se ha guardado nada de su experiencia de Dios. Su deseo más intenso es que nosotros, sus discípulos y amigos, lleguemos a experimentar en nuestra vida sus mismos sentimientos, gozos y horizontes; compartiendo junto a él una vida verdaderamente plena en la que nuestra humanidad se identifique tanto con la de Cristo, que participemos de la plenitud de su vida divina.

Este es el verdadero amor, el que no se racionaliza ni se sopesa, el que no calcula sus beneficios o se resguarda ante posibles agresiones. El amor de Dios, como nos recuerda el apóstol S. Pablo, “disculpa sin límites, cree sin límites, espera sin límites, aguanta sin límites. El amor no pasa nunca”. (1 Co 13,7-8a)

Hoy celebramos también la Pascua del enfermo. La Iglesia desde siempre ha tenido especial cuidado y ternura para con sus miembros más necesitados y débiles, conforme al estilo de vida de Cristo, salud de los enfermos.

Es en las situaciones de mayor debilidad, de sacrificio y penuria donde se manifiestan los verdaderos amores. Amar al sufriente, al dependiente, a quien nada puede hacer ni tan siquiera por sí mismo. Amar, cuidar y compartir la vida de nuestros enfermos, es abrir el evangelio del Señor y mostrar al mundo lo que significa la sacrosanta palabra “amor”.

Y esta experiencia cristiana de proteger y amar a los débiles, es en nuestros días un clamor irrenunciable. Cuando pervertimos la mirada sobre el otro, y condicionamos su existencia a nuestro bienestar o beneficio, entonces se resquebraja el valor de la vida humana hasta denigrarla y hacer de ella un medio para mis fines; de tal manera que si me sirve la conservo y si me estorba la suprimo, silenciando la propia conciencia que denuncia la crueldad de esta agresión mediante leyes ideológicas e inmorales que amparan la supresión del indefenso. Quienes promulgan estas leyes, o las consienten con su silencio cómplice, pretenderán justificar este crimen como el ejercicio de un derecho, pero la evidente maldad de aniquilar una vida humana indefensa, deja a la intemperie la realidad de su mentira e injusticia.

Dios, que es amor, nos ha creado en el amor, para que al ser amados primero por Él, vivamos en la dinámica creadora del amor al prójimo como a uno mismo. Porque el amor a los demás es el crisol del amor auténtico ya que “Si alguno dice: “Amo a Dios”, y aborrece a su hermano, es un mentiroso; pues quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios a quien no ve”. (1Jn 4,20)

Que el Señor nos ayude para saber dar siempre razón de nuestra fe, no sólo de palabra, sino especialmente con las obras del amor a los hermanos más débiles, a fin de que nuestro compromiso por su defensa y dignidad, les llene de vida y de esperanza.