sábado, 25 de abril de 2026

DOMINGO IV DE PASCUA

 


DOMINGO IV DE PASCUA

26-04-26 (Ciclo A – Jornada por las vocaciones) 

En este domingo de pascua, en el que seguimos celebrando la alegría de la fe en Cristo resucitado, la Iglesia nos invita a orar de forma especial por las vocaciones. Estas son un don de Dios para quienes son llamados por él a la misión evangelizadora, y un regalo generoso para las comunidades cristianas a las que son enviados.

En el tiempo pascual no sólo se nos cuenta la experiencia gozosa que vivieron aquellos discípulos ante la resurrección del Señor. También recordamos el nacimiento de la Iglesia como fiel continuadora de la obra de Jesús, que él mismo nos encomendó.

En la resurrección de Cristo, los creyentes recibimos la fuerza alentadora del Espíritu Santo, y ahora nos toca a nosotros proseguir el camino trazado por el Señor viviendo conforme a su enseñanza. Así van surgiendo las primeras adhesiones al grupo de los creyentes. Aquellos que escuchan a Pedro narrar su vivencia, se sienten alentados a seguir sus mismos pasos y abrazan con entusiasmo la fe en Jesucristo. Todos son llamados a la fe. Todos son convocados a participar de la misma comunidad creyente, viviendo en una misma esperanza y construyendo el Reino de Dios. Y para esta tarea hacen falta muchos brazos.

Dios nos llama a cada uno de forma personal, pero sirviéndose de mediaciones. Todos los creyentes hemos nacido a la fe por medio de la palabra y del testimonio de otros creyentes que nos han precedido. Nuestros padres, los catequistas y educadores que tuvimos, la misma comunidad cristiana en la que cada domingo celebramos la eucaristía, todos ellos son piedras vivas que sostienen y alimentan el edificio de nuestra personalidad creyente y gracias a ellos hoy podemos mantener de forma adulta nuestra fe.

Ninguno de nosotros podría sostener su fe y su esperanza si no contáramos a nuestro lado con otros hermanos que nos conforten en la debilidad, fortalezcan en la adversidad y nos ayuden en medio de las dificultades de la vida. Siempre desde la acogida sincera y fraterna.

Pues hoy la Iglesia nos hace partícipes de una necesidad cada vez más interpelante. Hacen falta una clase muy específica de obreros en la mies del Señor. Si todos los brazos y carismas son igualmente importantes para la vida de la Iglesia, en nuestros días hay unas vocaciones que se necesitan suscitar con extraordinaria urgencia; la llamada a la vida religiosa y a la sacerdotal.

 

La vocación religiosa es en nuestros días un estímulo de renovada humanidad. En medio de un mundo donde cada uno se preocupa de lo suyo, en el que crece el individualismo y donde muchos ponen su esperanza en el materialismo, se pueden contemplar también espacios fraternos donde la vida comunitaria, la generosidad y la disponibilidad se abren camino y se entregan al servicio de los demás.

En medio de la sequedad y del desierto, brotan oasis de vida que no piensan en sí mismos sino en los más necesitados. Que no se preocupan de su bienestar sino del bien de los más pobres, y que por encima de sus vidas ponen las de aquellos a los que sirven con dedicación, porque en ellos aflora con frescura y generosidad, el manantial inagotable del amor de Dios.

No tenemos más que echar la mirada a los países más pobres donde tantos religiosos y religiosas han regado con su sangre la semilla de su entrega generosa. También entre nosotros hay múltiples comunidades que encuentran su sentido en el servicio a Dios y a los demás, desde la gran riqueza de sus carismas. Son una muestra de la mano abierta de Dios que sigue entregando su amor al ser humano sin pedir nada a cambio, sin reproches ni condiciones, simplemente por amor.

Y junto a las vocaciones religiosas también está la vocación sacerdotal. Si es verdad que en una época era un estado de vida respetado socialmente y que muchas familias se alegraban de tener un hijo sacerdote, hoy es una posibilidad poco contemplada e incluso rechazada, hasta por las familias cristianas.

Hoy nuestras comunidades cristianas necesitan de sacerdotes, que a ejemplo del Buen Pastor, acompañen la fe y la vida de los creyentes de manera que todos formemos una auténtica fraternidad, unida en la comunión, y viviendo en fidelidad al evangelio del Señor.

Jesús nos previene contra quienes pretenden entrar  en el aprisco de las ovejas por una puerta distinta de él. Aquellos que en vez de buscar el bien de los demás se preocupan del suyo propio, quienes en vez de anunciar la Palabra de Dios, pretenden imponer sus ideas, poniendo en peligro la unidad de la familia eclesial.

El sacerdote tiene como misión fundamental ser garante de la comunión en su comunidad concreta, desde la estrecha colaboración con su Obispo de quien ha recibido la ordenación sacramental. Y este servicio es en nuestros días de vital importancia en la Iglesia, donde tantas veces asistimos a expresiones confusas que en nada ayudan a la unidad deseada por el Señor.

En un tiempo de conflictos, donde incluso en la Iglesia es fácil caer en la controversia y la división, necesitamos de personas que nos ayuden a vivir conforme al evangelio de Jesucristo y sean un referente de unidad comunitaria. La única manera de conservar viva esta llama es mantenernos unidos en la fe, la esperanza y la caridad, y si perdemos a las personas que pueden ayudarnos a ello, corremos un serio peligro de arbitrariedad y de egoísmo.

       En esta eucaristía vamos a pedir que el Señor siga llamando al corazón de los jóvenes para que desde esa generosidad que ellos tienen se abran a su voz.

Que nosotros, padres, madres, catequistas y comunidad cristiana entera seamos tierra buena en la que la semilla de su fe y de su entrega se desarrolle adecuadamente. De su respuesta generosa y de nuestra aportación responsable depende nuestro futuro creyente y humano. Que lo que Dios haya sembrado en su corazón, cuente con nuestra ayuda y cuidado para que llegue a buen fin.

sábado, 18 de abril de 2026

DOMINGO III DE PASCUA

 


DOMINGO III DE PASCUA

19-04-26 (Ciclo A)

 

El domingo pasado, destacábamos la actitud alegre como fruto de la experiencia pascual en la que vivimos los creyentes. Una alegría serena y realista que sin dejar de mirar la verdad de nuestro mundo, con sus permanentes oscuridades, no por ello se deja arrebatar el gozo que siente nuestro corazón al celebrar el triunfo de Cristo sobre la muerte.

Y esta alegría es posible mantenerla viva  si se alimenta constantemente del don eucarístico que hoy nos narra el evangelio.

Dos discípulos de Jesús, de quienes sabemos que uno se llamaba Cleofás, huyen de la Jerusalén hostil donde han matado al Señor. En su huída se encuentran desconcertados ante la compañía de un misterioso viajero que se les ha unido, y que les habla de la Palabra de Dios. La Sagrada Escritura y los acontecimientos pasados, son comprendidos e iluminados de una forma nueva y esperanzada, “les ardía el corazón”. En el encuentro con el Resucitado, descubren que la vida y la muerte de Jesús  es el resultado de una absoluta fidelidad a la voluntad de Dios, y Dios no puede dejar sucumbir el amor y la entrega generosa de quien era su propio Hijo, el Señor.

 

Esas palabras del compañero desconocido van a ser acompañadas por un signo fundamental, “Sentados a la mesa con ellos tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio”. Entonces, nos cuenta el evangelista, “a ellos se les abrieron los ojos y lo reconocieron”.

En la fracción del pan, reconocen a Jesús cuyo ser ha quedado para siempre vinculado al sacramento de su amor.

Ahora se disipan las dudas y los miedos, sabiendo que el compañero de camino no era otro que el Señor resucitado, y ese encuentro fue tan real y evidente para ellos, que les cambió la vida para siempre.

Los que huían aterrados regresan a Jerusalén, porque el mensaje que deben dar a sus hermanos es mucho más importante que sus propias vidas. De hecho tienen la certeza existencial de que aunque esta vida conocida termine o se la arrebaten, Dios la llevará a su plenitud por la misma entrega de Jesús, el Cristo.

Como nos ha recordado el mismo S. Pedro en su carta, “Por Cristo, vosotros creéis en Dios, que lo resucitó y le dio gloria, y así habéis puesto en Dios vuestra fe y vuestra esperanza”.

Nuestra fe se asienta en esta experiencia pascual que renovó las vidas de los apóstoles ayudándoles a superar las dudas y los miedos. Y es alimentada día tras día mediante la acogida de la Palabra del Señor y la celebración comunitaria de la fe cuya máxima expresión y vínculo con Cristo, se produce en la Eucaristía.

La Eucaristía, es mucho más que un recuerdo de algo que sucedió en el pasado, es la actualización en el presente de la muerte y resurrección de Jesucristo. Hoy y aquí, Jesús se hace presente en el Pan y el Vino que mediante su consagración por medio de la acción del Espíritu Santo y de las palabras que el Señor pronunció en aquella tarde  del Jueves Santo, se convierte para nosotros en su Cuerpo y su Sangre entregados para nuestra salvación.

Por la escucha de su palabra alimentamos nuestra vida, sostenemos la esperanza y fortalecemos la fe que nos une. Compartir el pan que el Señor nos entrega, nos impulsa a asumir el mismo compromiso que adquirieron los discípulos, volver a la Jerusalén de nuestro entorno, y anunciar la Buena Noticia de la resurrección del Señor. Un anuncio que implica todo nuestro testimonio personal, y la entrega generosa y solidaria al servicio de nuestros hermanos más necesitados.

La comunidad eclesial que en este tiempo pascual vive gozosa la resurrección del Señor, no es ajena a la realidad sufriente de nuestro mundo. La alegría nunca puede ser plena cuando hay tantos rincones donde se padece y se sufre por causa de la injusticia, de la violencia y de la desigualdad.

Y para descubrir estos espacios de oscuridad tampoco tenemos que ir demasiado lejos de nuestro entorno. Entre nosotros siguen existiendo pobres. Personas sin los recursos necesarios para subsistir con dignidad. Familias desesperanzadas por la falta de un trabajo, inmigrantes que no encuentran la oportunidad buscada y que muchas veces sufren el rechazo y la persecución, jóvenes esclavos de las drogas que los arroja a un pozo de miseria y marginación de donde les resulta imposible salir en su soledad, ancianos que soportan sus últimos años de vida en la soledad y el abandono.

Todas estas personas nos muestran el lado más doloroso y sufriente de la realidad, un calvario permanente donde sigue en pie la cruz de Jesús que sufre y padece a su lado.

En medio de ellos, Cáritas lucha con denodada entrega para hacer que germine en sus vidas la semilla de la esperanza. Y aunque siempre hay necesidades que nos superan, también es justo acoger los signos de vida que por medio de la generosa solidaridad de las comunidades cristianas, se van desarrollando cada día.

Compartir el pan de la Eucaristía que el Señor mismo nos reparte, es un gesto elocuente  de la fraternidad que a todos nos une. Cristo resucitado sigue manifestando toda su misericordia y ternura en cada expresión de generosidad que nos lleva a compartir con aquellos que pasan necesidad.

Si nosotros reconocemos al Señor resucitado en este Pan Sagrado que cada día comulgamos ante su altar, pensemos que también nuestros hermanos necesitados le pueden reconocer con semejante claridad, si quienes nos confesamos cristianos prolongamos el amor de Cristo por medio de nuestra solidaridad para con ellos.

       Esta experiencia de fraterna comunión es lo que vamos a compartir en la eucaristía. Porque cada vez que nos reunimos para celebrar el misterio de la fe, es Jesucristo resucitado quien se hace presente en medio de nosotros. Que él siga sosteniendo nuestra esperanza y acrecentando nuestro amor, para que podamos entregarnos al servicio del evangelio, y así un día podamos participar de su misma mesa en el Reino prometido a todos los que él ama.

martes, 17 de marzo de 2026

DOMINGO V CUARESMA

 


DOMINGO V DE CUARESMA

22-03-26 (Ciclo A)

 

Llegamos al final de nuestro recorrido cuaresmal, con este evangelio que nos presenta S. Juan y que nos sirve de pórtico para la semana de pasión.

Estos cinco domingos nos han conducido desde la llamada a la conversión, hasta la revelación de Jesús convertida en promesa: “Yo soy la resurrección y la vida, el que cree en mí, aunque haya muerto vivirá”.

Cinco domingos en los que el Señor nos ha adelantado la experiencia del Reino en su transfiguración, ha calmado la sed de agua viva de la Samaritana y devuelto la vista al ciego de nacimiento.

 Todo un proceso de fe que culmina con este relato evangélico en el que la muerte, como realidad sufriente y amarga que trunca proyectos e ilusiones, se detiene ante la palabra de Jesús, “Lázaro, sal afuera”.

La muerte del amigo y el dolor de su familia, conmueven a Jesús. Esta experiencia toca profundamente su corazón porque ya no se trata del dolor de alguien alejado o desconocido. Lázaro es uno de sus íntimos, aquel que tantas veces le ha proporcionado momentos de paz y serenidad. Su hogar se le ofrecía al Señor como el propio y ahora está vacío y lleno de aflicción. Marta le ha mandado mensajes sobre la gravedad de su hermano y Jesús se ha retrasado, de ahí su reproche a la vez que su confianza, “si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto, aún así sé que todo lo que le pidas a Dios, él te lo concederá”.

En las palabras de Marta, se encuentran las soledades de tantas personas que mueren sin el cariño y la cercanía de los suyos. Tantos momentos de espera para reconciliarse y que llegan demasiado tarde.

La muerte, realidad dramática de por sí, muchas veces agudiza sus punzadas por la forma del morir. No es lo mismo llegar al final de la vida con paz y serenidad, tras una existencia suficientemente larga, que la vivida en años más tempranos por un accidente inesperado, por una enfermedad incurable, o la provocada por la violencia, la injusticia o el terror.

 Aunque toda muerte es una tragedia para los seres queridos que han de separarse para siempre, la manera de morir también debe de ser plenamente humana y humanizada.

Sabemos que la muerte vendrá para todos, y la aceptación cristiana de la misma nos ayuda a preparar el encuentro con el Señor, pero la muerte provocada por el hombre nunca puede ser aceptada ni asumida con resignación ya que va en contra de la naturaleza humana y de la voluntad divina.

Dios nos ha creado para que nuestra vida tenga un sentido y en ella podamos encontrarnos con el Creador a través del justo y digno desarrollo de la misma. Por eso debemos rebelarnos contra lo que atenta a su normal devenir y luchar responsablemente por la paz y el respeto a la dignidad de todos, estando de forma permanente al lado de los más débiles e indefensos.

Pero el evangelio de hoy, lejos de ser una narración mortuoria y descorazonadora, es una explosión de gozo y esperanza ante la vida que Jesús nos ofrece. La muerte de un ser querido, aunque siempre produzca dolor, necesite de la compañía y el afecto de los nuestros, además de la cercanía y el respeto de todos, sólo puede ser superada desde la esperanza en Cristo resucitado.

Las palabras y los gestos ayudan, pero es la fe firme en la promesa de vida que Jesús nos ofrece, la única que puede sanar el corazón roto por el dolor, de manera que vuelva a recuperar el ritmo de la vida agradecida a Dios por el don del amor compartido junto a nuestros seres queridos.

La muerte no tiene la última palabra sobre la Creación, y el Dios Creador nos ha llamado a la vida en plenitud por medio de su Hijo Jesucristo. “Yo soy la resurrección y la vida: el que muere y cree en mí, aunque haya muerto vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre. ¿Crees esto?”, ¿Creemos esto nosotros?

Este es el fundamento de nuestra fe cristiana. Los cristianos no sólo admiramos a Jesús, el hombre que pasó haciendo el bien por nuestra historia. Para esto ni tan siquiera hace falta ser cristiano, hay muchas personas que valoran la bondad humana sin más. Nuestra razón de ser cristianos es que creemos en Jesucristo resucitado que ha vencido a la muerte y nos ha abierto el camino de la vida para todos sin distinción.

Desde esta certeza que es más fuerte que las dudas y sinsabores de la vida, brota la confesión de Marta. Su fe en Jesús supera la densidad de su dolor, de modo que la confianza en Dios le ayuda a vencer la amargura del momento, y así confiesa que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo.

       Este evangelio de hoy se hace realidad cada vez que un creyente entrega en las manos del Señor a un ser querido. Es un evangelio convertido en profecía, porque a pesar de que muchas veces nos embargue la desolación y el desconsuelo, a pesar de que nuestra fe sea débil y nos cueste comprender el designio de Dios, por encima de todo ponemos nuestra confianza en el Señor.

El revivir temporal de Lázaro no fue más que un signo de la vida a la que estamos llamados. Devolvió la alegría a sus hermanas y además les mostraba el umbral necesario que todos debemos cruzar, la muerte física. Pero lo más importante es que en ella, se estaba prefigurando la resurrección gloriosa de Cristo, donde la muerte es vencida para siempre, y la vida en Dios se prolongará por toda la eternidad.

La muerte no debemos vivirla desde la rebelión contra Dios, tampoco con una resignación infecunda, hemos de asumirla como la entrega de la propia existencia por amor a Dios y a los hermanos. Si vivimos, vivimos para el Señor, si morimos, morimos para el Señor, en la vida y en la muerte, somos del Señor”, nos dice S. Pablo.

No hemos sido creados para terminar en la nada. Hemos sido creados a imagen y semejanza de Dios, quien en su Hijo Jesucristo, nos ha hecho hijos suyos, y por lo tanto herederos de su Reino.

Vivamos pues con esta firme convicción, “porque la vida de los que en ti creemos, Señor, no termina, se transforma”,  y de este modo podremos trasmitir a los demás la esperanza que no defrauda porque está asentada en la roca firme de Aquel que nos ha amado desde siempre.

Preparémonos en estos días que nos faltan para vivir con gozo la fiesta central de nuestra fe.

jueves, 12 de marzo de 2026

DOMINGO IV DE CUARESMA

 


DOMINGO IV DE CUARESMA

15-03-26 (Ciclo A)

 

Si el domingo pasado contemplábamos a Jesús como el agua viva, hoy se nos revela como la luz del mundo. Que importante en este tiempo de sombras, donde la situación de estas guerras en tantos lugares del mundo nos oscurece la mirada y retrae el ánimo, poder atisbar la luz de la esperanza que viene del Señor. Pues así en el evangelio que hemos escuchado se nos muestra algo más que la recuperación de la vista por parte de un ciego de nacimiento. La luz de Cristo devuelve la esperanza, la dignidad y el gozo. De hecho en este cuarto domingo de cuaresma, hacemos un paréntesis en la sobriedad propia del tiempo litúrgico, para dejar que se introduzca la luz de la alegría de la resurrección prometida. Hoy es el domingo de “Laetare”, de la alegría, por nuestro futuro en plenitud.

Y como tantas veces hemos escuchado en la Escritura, la vida de Jesús conlleva numerosos contrastes. Para aquel ciego será el Salvador, el Mesías prometido, para los fariseos será un trasgresor de la ley, ya que por encima de una curación sorprendente, que devuelva la vista o la vida a un ser humano, para ellos ha de  imponerse el cumplimiento estricto de la ley de Moisés, y de modo especial la observancia del sábado.

La luz de Dios pone al descubierto las actitudes más ocultas y también las obras más auténticas. Para quienes se dejan interpelar por los hechos, ven que un hombre impedido y marginado por su ceguera, ha recuperado su dignidad y la liberación de la enorme carga que de ella se derivaba. Ya no tiene que mendigar ni que depender de la caridad y misericordia de los demás. Para él se ha hecho la luz en su vida y desde ahora puede caminar sin tropezar en las piedras del camino, superando también los obstáculos que le impedían vivir con esperanza.

Este hecho extraordinario lo ha realizado otro hombre que nada ha exigido a cambio, cuyas palabras y obras lo preceden, ya que para muchos está suponiendo un aliento de ilusión en medio de sus vidas marcadas por el dolor, el abandono o el desprecio.

Está claro que Jesús tiene un don especial que a todos desconcierta y que a nadie deja indiferente.

Pero lo que más extraña de su actuar es que no busca beneficio personal, ni se pone al servicio de los poderosos que le pueden devolver el favor o promocionar su mensaje, su obrar va unido al anuncio del Reino de Dios, que expresa el deseo del Padre eterno de que todos sus hijos se salven. Cuantos gestos semejantes vemos en medio de las sombras cuando el corazón generosos y entregado de muchas personas se pone al servicio y cuidado de los demás.

La luz de Cristo busca iluminar nuestras vidas y darlas calor con su amor incondicional. Una experiencia que es regeneradora de los corazones desgarrados y que llena de alegría a todos los que se dejan sanar por su misericordia.

El encuentro de Jesús con el ciego se da desde la compasión que le produce esa situación. Sus discípulos le preguntarán quién pecó él o sus padres. Porque según su mentalidad, arraigada en la tradición judía, cuando uno padecía una enfermedad de nacimiento tan grave, era por un pecado suyo o de sus antepasados. Era un castigo de Dios.

Sin embargo a Jesús no le preocupan tanto las razones morales, ya que el pecado del ciego o de sus padres también está llamado a ser redimido por la conversión de sus vidas, lo que en este momento le mueve es sólo la realidad de esclavitud y dependencia que aquel ser humano había padecido desde siempre, por causa de una ceguera de la que nadie tenía por qué ser culpable, y mucho menos ser fruto de un castigo divino.

Jesús desea que vuelva a brillar para aquel hombre la verdadera luz de Dios, restaurar la verdad divina que no es causante de ninguna desgracia ni vengadora del mal humano, y en su nombre le devuelve la vista y con ella la esperanza de iniciar una vida nueva.

Jesús es la luz del mundo. Y la primera claridad que busca instaurar es la de una imagen de Dios sana y auténtica. La historia humana ha manchado demasiado la imagen de Dios utilizando su nombre de forma arbitraria y alejándolo de los más necesitados como si estuvieran desamparados de su mano y de su amor. Nadie puede apropiarse del nombre de Dios, y esa es la primera lección que Jesús da a los fariseos y sacerdotes de su tiempo, lo cual le llevará a la persecución y a la muerte en la cruz.

Hoy somos nosotros quienes revivimos este pasaje del evangelio en nuestro recorrido cuaresmal. Y por ello nos convertimos en destinatarios de su enseñanza, que por una parte nos llama a acercarnos a los hermanos con compasión y misericordia, a la vez que nos exige vivir la fe desde su verdad más profunda y auténtica.

Una fe que ha de ser confesada por una vida coherente y misericordiosa. Una fe que se manifieste ante los demás con el testimonio personal, entregado, solidario y fraterno, buscando siempre hacer el bien al necesitado antes que preocuparnos por su forma de vivir y pensar.

La comunidad cristiana recibió del Señor un claro mandato de ser misionera; de anunciar al mundo la Buena Noticia del Reino de Dios desde el anuncio explícito de Jesucristo, la denuncia de las injusticias y el testimonio personal. Todo ello ha de verse reflejado cada vez que nos reunimos para celebrar la Eucaristía, ya que ésta es la mesa de la auténtica fraternidad, en la que presididos por el mismo Jesucristo, nos sentimos enviados con la fuerza de su Espíritu Santo a sembrar en el mundo su semilla de amor y de paz.

Junto a este mandato del Señor, también debemos escuchar otra exigencia evangélica que a todos nos iguala y a nadie lo eleva sobre los demás; “no juzguéis y no seréis juzgados, no condenéis y no seréis condenados, perdonad y seréis perdonados, la medida que uséis con los demás la usarán con vosotros”.

       Hoy es un buen día para que todos nos acerquemos a Cristo con nuestras cegueras personales y sociales, a fin de que él nos vaya sanando. Recordando el final del evangelio no hay peor ciego que aquel que no quiere ver. Que el Señor nos ayude para que iluminados por la luz del amor, veamos siempre con limpieza de corazón a los demás y así vivamos conforme a su voluntad, porque serán los limpios de corazón, los que verán el rostro de Dios.

viernes, 6 de marzo de 2026

DOMINGO III DE CUARESMA

 


DOMINGO III DE CUARESMA

8-03-26 (Ciclo A)

 

       “El que beba del agua que yo le daré, nunca más tendrá sed”.

Con este simbolismo del agua que acabamos de escuchar en el diálogo con la Samaritana, nos introduce la liturgia en un proceso catequético que nos preparará para vivir la experiencia pascual.

Estos últimos domingos de cuaresma, eran vividos en las primeras comunidades cristianas con una intensidad singular. Los catecúmenos, aquellos que se preparaban para su bautismo y plena participación en la vida de la Iglesia, acogían la enseñanza del evangelio en el que tres rasgos fundamentales de la persona de Jesús van a preparar su reconocimiento pascual como el Mesías, el Santo de Dios. Jesús es el agua viva, él es la luz del mundo, él nos trae la vida eterna.

El primero de ellos, Jesús el agua viva, es el que en este domingo se nos presenta, por medio del evangelista S. Juan.

La experiencia de la sed ha servido para iluminar la actitud de permanente búsqueda del ser humano, y la necesidad de saciar su alma en el encuentro pleno con Dios. El pueblo de Israel, que desde su origen toma conciencia de haber sido especialmente elegido por el Creador, vive su experiencia de liberación de la opresión de Egipto como una clara intervención de Dios en su historia. De hecho, la principal fiesta de su vida social y religiosa será la Pascua, el paso del Mar Rojo hacia la tierra prometida, el paso de la esclavitud a la libertad, recuperación de la vida y de la dignidad perdida.

Pero aquella vivencia intensa de encuentro de Dios con su pueblo, no está exento de dificultades, tensiones y dudas. El camino por el que Dios va llamando a sus elegidos tiene sus exigencias personales, y la primera liberación a la que somos urgidos es a la de nuestros propios egoísmos e individualismos, que tantas veces esclavizan la vida propia y ajena. El desierto cuaresmal nos enfrenta con nosotros mismos haciéndonos sentir con mayor profundidad nuestra sed de Dios y disponiéndonos a buscarle con sincero corazón.

Esta experiencia de búsqueda, es la que acerca a Jesús y aquella mujer de Samaria.

       El encuentro con el Señor va a suponer para ella el reconocimiento de su vida atormentada, la recuperación de la dignidad quebrantada, y una renovada ilusión por vivir. La sed de sentido queda saciada ante el descubrimiento de un Dios que se nos acerca, nos acepta como somos y nos invita a beber de su amor inagotable para transformarnos el corazón de modo radical. Ese amor hace crecer en nosotros una vida nueva que se desborda en favor de los demás y que nos ayuda a vivir la vida, en medio de las dificultades de este mundo, con un espíritu nuevo y gozoso.

       En el diálogo que entablan Jesús y la Samaritana surgen muchas cuestiones de la vida y de la fe. Vemos cómo el Señor dialoga con ella con toda libertad para situarla delante su propia vida y verdad, con lo que hay en ella de luz y de sombra. Pero sus palabras no encierran ningún juicio inmisericorde de manera que aquella mujer, tan maltratada por tantas circunstancias adversas, se siente a gusto hablando con el desconocido. Y en esa conversación sincera y abierta también ella reprocha a los judíos su exclusivismo religioso y étnico, a lo que Jesús responde que esa división entre los hermanos por motivos de fe y de costumbres ha terminado, ya que los que quieran dar culto verdadero adorarán al Padre en espíritu y verdad, porque el Padre desea que le den culto así. Dios es espíritu, y los que le dan culto deban hacerlo en espíritu y verdad.

       En ese encuentro cercano y amistoso, surgen también las confesiones más profunda e íntimas. Por una parte la que la mujer hace de su esperanza personal; Sé que va a venir el Mesías, el Cristo; cuando venga, él nos lo dirá todo.

       A lo que Jesús responde revelando su identidad; Yo soy.

       Él es el esperado del pueblo sediento de Dios. Él es el agua viva que apaga esa sed y colma todos nuestros anhelos. Pero para vivir la experiencia del encuentro gozoso con el Señor, también nosotros debemos acercarnos al pozo de donde mana esa agua viva y buscar con sencillez al único que la ofrece con ternura y amor.

El culto que Dios quiere ha de darse en espíritu y en verdad. Es decir, debe brotar del corazón de cada uno de nosotros y de la vida auténtica y fiel de toda la comunidad creyente. A Dios, que es espíritu y verdad, no podemos verle fuera de sus manifestaciones sacramentales y lugares de especial encuentro como son los pobres, los enfermos y los necesitados. Allí donde siempre ha querido estar, entre sus hijos más humildes, los que sufren la injusticia y claman permanentemente su misericordia y compasión.

       El culto que Dios quiere es el de un pueblo santo unido en la fe, la esperanza y el amor, lo que se expresa de forma activa por medio de la comunión eclesial y su dimensión caritativa. El amor de los hermanos y la unidad de su fe han de visibilizarse en la entrega a los necesitados, en el compromiso transformador de la realidad y en la construcción del reinado de Dios.

Ésta ha de ser para nuestra comunidad cristiana la experiencia cuaresmal. Un camino por la senda del Dios de la vida, en medio de la cual sentimos sed. Sed de justicia, de amor y de paz. Una sed que nos empuja a la búsqueda permanente de la voluntad del Señor, y que nos lleva a acercarnos al mismo pozo que aquella mujer samaritana para vivir el encuentro con nuestro Salvador.

       Que hoy, reconociendo la verdad de nuestra vida, mirando el pasado con ojos compasivos y aceptándonos como somos, estemos dispuestos para acoger el amor del Señor que  nos transforma y convierte de verdad, en auténticos hijos de Dios, y que esa renovación interior se manifieste en nuestro comportamiento y testimonio de vida.

martes, 17 de febrero de 2026

DOMINGO I DE CUARESMA

 


DOMINGO I DE CUARESMA

22-02-26 (Ciclo A)

Con la imposición de la ceniza, iniciábamos el pasado miércoles este tiempo de gracia que es la cuaresma. Y digo tiempo de gracia, porque lo primero que tenemos que asumir en profundidad, es que en la cuaresma se derrama en nuestros corazones el amor y la misericordia de Dios de una forma extraordinaria. Porque el sentido fundamental de la cuaresma es precisamente provocar el encuentro entre Dios y nosotros, entre el Creador y su criatura. Así al acercarnos al relato de la creación, donde el ser humano constituye el centro y la obra más perfecta de Dios, dado que a su imagen y semejanza nos creó, los primeros versos dejan claro de quién procede todo y cuál es el sentido de lo creado; “El Señor Dios modeló al hombre, sopló en él un aliento de vida”, y el hombre se convierte en ser vivo; el Señor Dios plantó un jardín donde el hombre podía vivir en plena comunión con él; y además nos dio todo lo necesario para nuestro desarrollo personal y social.

Sin embargo al ser humano no le pareció suficiente, y seducido por una ambición desmesurada, disfrazada por el diablo bajo la sospecha de la desconfianza divina, pretendió suplantar al Creador haciéndose a sí mismo principio y fin de la creación. No le bastó con sentirse criatura en referencia al Creador, no le parecía bastante vivir de manera privilegiada en al amor de un Dios que lo hacía semejante a él. Quería más, quería ser como Dios y cuanto más pretendía abarcar en su insolente ambición más se hundía en su soledad y vacío, hasta darse cuenta de que estaba completamente desnudo. Es más el deseo de suplantar a Dios y rechazar su oferta de vida, le lleva a desconfiar y dudar de todo, enfrentándose y acusando a los demás para justificarse a sí mismo. Ante la pregunta de Dios sobre el porqué de su actuar, Adán responderá inculpando a Eva y eludiendo toda responsabilidad.

Pues bien si en este relato de nuestro origen se acaba todo atisbo de esperanza, San Pablo en su carta a los Romanos va a proclamar con gozo que la historia humana no ha sido abandonada por Dios, todo lo contrario. En Cristo se nos ha devuelto la filiación divina, porque “lo mismo que por un solo hombre entró el pecado en el mundo, y por el pecado la muerte, y la muerte se propagó a todos, /.../ gracias a un solo hombre, Jesucristo, la benevolencia y el don de Dios desbordaron sobre todos”.

Y esta palabra de esperanza que Pablo lleva a la comunidad de Roma, se asienta en el relato del evangelio que acabamos de escuchar.

Jesús va a sentir en su propia vida las mismas dudas, conflictos y temores que nosotros. Dios no se ha encarnado a medias en nuestra humanidad. Dios en Jesús ha asumido la realidad de nuestra carne hasta sus últimas consecuencias, viviendo y padeciendo, gozando y sufriendo como uno más, de manera que en la vida de Jesús todos nos sintamos identificados y podamos mirarnos en clara igualdad.

El relato de las tentaciones, situado por los evangelistas al comienzo de su vida pública, nos muestra hasta qué punto Jesús tuvo que enfrentarse, como cualquiera de nosotros, a los miedos personales y las dificultades externas que se le presentaban a la hora de afrontar la verdad de su vida y su destino.

Y el evangelio muestra tres episodios que engloban toda la vida del Señor. Lo primero es destacar la decisión de Jesús de escuchar la voz de Dios. Se retira al desierto para volcarse por entero hacia Dios, de manera que el silencio, el ayuno y la oración, lo configuren totalmente para asumir la misión que Dios, su Padre, le encomiende.

Y las dos primeras tentaciones son las más punzantes, “si eres Hijo de Dios” convierte las piedras en pan, o tírate de lo alto del templo. No hacía nada que ante su bautismo el cielo había proclamado su ser Hijo de Dios: “Tú eres mi Hijo amado, en quien me complazco”. Jesús sentía esa identidad con gran claridad y asumía la voluntad del Padre. Cuestionar su ser Hijo de Dios, y hacerlo pidiéndole que pruebe alimento después del ayuno, resulta fácil y evidente, y ponía en evidencia al mismo Dios que lo había señalado ante todos. Y Jesús rechaza reducir su filiación divina a la realización de gestos o milagros, porque lo que realmente le identifica es vivir de la “Palabra que sale de la boca de Dios”. Su misión no va a consistir en hacer grandes cosas y prodigios, sino en transmitir una vida nueva que brota del mismo Dios por medio de su palabra creadora.

Y tampoco va a aceptar la tentación de orientar su misión por el camino del poder y la fuerza. Demostrar al mundo una omnipotencia manipulada, sería distanciarse de la realidad humana que Dios ha querido asumir, en su debilidad y limitación, pero también en libertad y capacidad de respuesta. Muchas veces también nosotros queremos manipular y apropiarnos de Dios a fin de que sea nuestro siervo. Le ofrecemos oraciones, ofrendas, promesas si es obediente y nos concede lo que necesitamos o simplemente anhelamos. Y Jesús responde, “no tentarás al Señor tu Dios”. Dejad a Dios ser Dios, porque de ese modo nuestra humanidad será más plena.

La última tentación ya es el colmo del despropósito. No contento con negar la paternidad de Dios sobre Jesús, el tentador pretende suplantarlo, “Todo esto te daré si te postras y me adoras”. Cuantas promesas falsas como ésta escuchamos en nuestros días. Cuantas ilusiones vacías y proyectos viciados por el egoísmo se nos han ofrecido siempre por parte de los ídolos predominantes en cada momento histórico. En nuestros días, donde la sociedad del bienestar nos va esclavizando con sus redes consumistas, también los falsos dioses del saber, del poder y del placer nos lo ofrecen todo si nos postramos ante ellos y los adoramos. Nos regalan su falso paraíso en el que es muy fácil entrar, pero del que cuesta la vida salir, y en el que debemos pagar el alto precio de la propia libertad.

La respuesta de Jesús ante la seducción del Tentador es liberadora: “Al Señor, tu Dios, adorarás y a él sólo darás culto”.

Tener a Dios como único Señor, nos hace a todos libres e iguales. Nadie puede suplantar a Dios, y quien muestra esa pretensión debe ser rechazado de inmediato, porque lo único que ofrece es tiranía y opresión.

Sólo Dios puede disponer de su creación, porque es fruto de su amor creador. Nadie puede ofrecernos en su nombre lo que de hecho ya es nuestro, porque si Dios nos ha hecho sus hijos, en el Hijo Jesucristo, también nos ha constituido en herederos de su Reino.

Este tiempo cuaresmal ha de ayudarnos a revivir nuestra conciencia de hijos de Dios. Volver hacia Él nuestra mirada con gratitud, y tomar la seria decisión de liberarnos del yugo que nos esclaviza y nos hace dependientes de lo superfluo.

Iniciamos un camino de cuarenta días donde, siguiendo el ejemplo de Jesús, también nosotros debemos retirarnos al silencio interior de nuestra alma, orar con confianza al Padre que nos ama, ayunar de todo aquello que nos estorba en este camino de encuentro con Dios, y vivir la caridad con los más necesitados, de ese modo llegaremos a la Pascua con el corazón renovado y así podremos acoger el don de la redención en Cristo resucitado.

viernes, 13 de febrero de 2026

DOMINGO VI TIEMPO ORDINARIO

 


DOMINGO VI TIEMPO ORDINARIO

15-2-26 (Ciclo A)

 

La temática que aborda en este domingo la Palabra de Dios, en especial la primera lectura y el evangelio, incide directamente en la manera de vivir hoy la fe por parte de muchos cristianos. “No he venido a abolir la ley, sino a darla cumplimiento”, dice Jesús en este largo Sermón de la montaña, y que desarrolla ese precioso proyecto de vida que contienen las Bienaventuranzas.

El ser humano establece sus relaciones con Dios y con los demás, no de forma arbitraria y caprichosa, sino desde un compendio de leyes y valores, que le ayudan a entender la propia vida y su manera de desarrollarla en la comunión fraterna y filial. Desde nuestro más temprano raciocinio vamos asumiendo unos principios morales que nos ayudan a favorecer el bien y a rechazar el mal. Y no como algo extrínseco y ajeno a nosotros, sino como la manera de conducirnos de forma libre y responsable, para un mejor crecimiento humano y espiritual.

Cuando nuestros padres corrigen y reprenden aquellas actitudes negativas nuestras, lo hacen desde sus propios valores, y sabiendo que es su obligación velar por nuestro bien, porque nos aman y desean lo mejor para nosotros.

Lo mismo sucede con Dios. Él no ha impuesto al ser humano una ley carente de humanidad, todo lo contrario. Si nos acercamos con madurez y responsabilidad a cada una de las Leyes divinas, vemos cómo son la condición de posibilidad de un desarrollo fraterno y auténtico entre nosotros. Para ello, es necesario que reconozcamos la primacía de Dios sobre todo lo demás. Sólo podemos aceptar la Ley de Dios, si amamos a Dios sobre todas las cosas, y si respetamos su nombre y su gloria desde el amor de hijos que él mismo nos tiene.

Es imposible vivir los valores del evangelio, y conducir nuestra vida bajo la guía de nuestro Señor Jesucristo, si previamente no reconocemos la autoridad absoluta de Dios en nuestra existencia personal y colectiva.

Como nos enseña el libro del Eclesiástico, “delante de nosotros está la vida y la muerte, elige lo que quieras”. Somos responsables de nuestro presente y de nuestro futuro. No podemos cargar sobre otros hombros el peso que cada uno debe soportar como consecuencia de sus actos y decisiones, de las cuales deberá dar cuenta ante Dios.

Es curioso cómo en nuestros días, si bien es verdad que cada vez más nos levantamos contra las injusticias y males que se cometen en el mundo, con mayor vehemencia juzgamos los comportamientos ajenos y con facilidad nos erigimos en jueces de la vida del vecino, sin embargo con mayor celo queremos proteger nuestro ámbito de decisiones y obras.

Podemos hablar y juzgar a los demás, pero a mí que nadie me toque, que soy libre para hacer lo que me da la gana. Incluso entre muchos creyentes se da la paradoja de si bien aceptan y dicen seguir con afecto a Jesús, en quien creen de corazón, sin embargo, la manera de vivir esa fe en Cristo la realizan “a su modo”; soy creyente, pero no practicante, yo me confieso directamente con Dios, no necesito de intermediaros humanos...

Y aquí es donde debemos volver a escuchar la voz del Señor; “no creáis que he venido a abolir la ley y los profetas; no he venido a abolir, sino a dar plenitud”.

Las herramientas que el Señor ha puesto en nuestro camino son una ayuda, y como tales debemos acogerlas. Claro que lo importante es la fe y la fidelidad a Cristo, claro que por encima del pecado está la gracia, que como nos dice S. Pablo sobreabunda con creces allí donde pretende imponerse el mal. Pero este ejercicio de conversión y de vida bajo la acción del Espíritu, no se da de forma casual ni individualista, y mucho menos autojustificando comportamientos comodones y caprichosos.

La ley y las normas que Dios ha establecido, han de ser acogidas como medios pedagógicos para conducirnos de manera personal y comunitaria, hacia una convivencia en el amor y en la comunión fraterna. Nunca son una carga si son acogidas en la libertad y responsabilidad de los hijos.

Jamás los consejos de nuestros padres, sus correcciones y hasta a veces los castigos, que sabemos han partido con certeza de su amor por nosotros, nos han causado ningún trauma ni odio hacia ellos, al contrario, precisamente porque nos han amado con toda su alma, han asumido su grave responsabilidad de evitarnos males mayores, educándonos primero en la responsabilidad para que un día hiciéramos el uso adecuado de nuestra libertad.

La conciencia rectamente formada, debe contemplar con claridad las consecuencias de cada decisión que tomamos. No es igual una que otra. Toda acción humana conlleva unas secuelas para uno mismo y para los demás, y si por nuestro comportamiento hemos causado algún daño, debemos repararlo, tanto con el hermano herido como con Dios.

Para eso existe el sacramento del perdón, en el que el mismo Jesús ha querido vincular la misericordia divina mediante la mediación humana “lo que ates en la tierra, quedará atado en el cielo”, dirá a Pedro y demás apóstoles.

La Iglesia no es una institución sin más. Es la familia de los hijos de Dios que animada por el Espíritu Santo, sigue las huellas de Jesucristo nuestro Salvador.

Dios no ha querido que el ser humano camine en la oscuridad y el sin sentido, abandonado a su suerte y condenado a las consecuencias de su comportamiento irresponsable. “Dios predestinó la sabiduría antes de los siglos para nuestra gloria” nos ha dicho S. Pablo. No estamos solos. Tenemos la asistencia permanente del Señor quien nos ha dado una conciencia por la cual entramos en diálogo con él, y que formada desde el contraste y el discernimiento con el resto de la familia cristiana, nos ayuda a encontrar el camino de vuelta al Padre, cuando por cualquier causa nos hemos separado de él y de los hermanos.

Los sacramentos son medios eficaces por los que recibimos la gracia de Dios. En ellos se nos entrega el mismo Jesucristo que nos redime con su amor y nos envía a prolongar su obra salvadora.

Ningún cristiano puede prescindir de ellos, porque sin el bálsamo del perdón sacramental que sana y regenera nuestra vida cuando el pecado la ha degradado, y sin la fuerza renovadora del alimento que nos da la Eucaristía, Pan de vida eterna y Cáliz de eterna salvación, nuestra existencia espiritual languidece y muere. Y quien crea encontrar otro camino que prescinda de esta interacción sacramental se confunde de sendero y se va separando de la vida comunitaria.

Uno de nuestros mayores males como cristianos en un primer mundo autocomplaciente, es la desidia e indolencia religiosa. Como nada nos cuesta ni tenemos que sufrir por vivir libremente la fe, corremos el riesgo de devaluarla y acomodarla a las modas del ambiente. Así tampoco chirría en medio de una sociedad opulenta y hedonista.

Pidamos en esta celebración, que el Señor nos conceda la fortaleza de nuestra identidad cristiana, para vivir nuestra fe con gozo y coherencia, de manera que seamos auténticos testigos de su amor, en medio de nuestro mundo.