sábado, 20 de mayo de 2023

SOLEMNIDAD DE LA ASCENSIÓN DEL SEÑOR

 


SOLEMNIDAD DE LA ASCENSION DEL SEÑOR

21-5-23 (Ciclo A)

 

Nos vamos acercando al final del tiempo de pascua. En esta fiesta de la Ascensión del Señor, la comunidad cristiana recuerda el momento en el que Jesucristo resucitado termina su misión entre nosotros y tras enviar a sus discípulos a continuar la obra evangelizadora, regresa al Padre a vivir la plenitud de su gloria.

       La liturgia de este día, nos quiere introducir en la profundidad del sentido último de nuestra vida. Es el final de la historia de la humanidad vista con los ojos de Dios, con esos ojos de Padre que se hunden en el amor hacia los hijos para quienes quiere siempre lo mejor.

       Y a esta marcha definitiva de Jesús, acudimos con el corazón bien distinto a lo que supuso la separación por la muerte. El tiempo de pascua ha supuesto una transformación radical en la vida de los discípulos del Señor. Queda muy atrás aquella tarde del viernes santo donde el fracaso y la frustración anegaban el corazón de estos hombres y mujeres. Parece  como si esa visión amarga hubiera sido borrada por completo de su mirada, porque la presencia de Jesús resucitado es tan evidente para todos, que hasta la experiencia de la muerte se ha visto resituada.

Ciertamente el momento de la separación ha llegado, pero la despedida, con ser definitiva para esta vida, y ya no vuelvan a compartir una presencia física con Él, saben que el Señor será fiel a su promesa y que siempre estará junto a ellos, hasta el final de los tiempos.

Jesús se va de su lado, pero esa marcha ya no será experimentada con la amargura de la muerte, sino con la esperanza gozosa del encuentro próximo en la plenitud de su Reino.

La fiesta de la Ascensión nos abre de par en par las puertas de la ilusión y la alegría. Porque Cristo sigue vivo y presente entre nosotros aunque su presencia sólo pueda ser percibida en lo profundo del corazón y en la bondad de nuestras obras, por la acción del Espíritu Santo que se nos ha enviado. No en vano la fiesta de Pentecostés vendrá a completar esta vivencia en el alma creyente, y así poder contemplar la vida entera a la luz de la resurrección de Jesucristo.

Sin embargo también tenemos que retomar el curso de la vida de cada día. La presencia pascual del Señor entre los suyos no sólo revitalizó la llama de la fe y consolidó su esperanza, sobre todo sirvió para reforzar los lazos en el amor fraterno y comunitario. Jesús les va a acompañar en un proceso, que nosotros hemos simbolizado en estos cincuenta días, de maduración personal y fortalecimiento de su vocación misionera y evangelizadora. Cristo es el maestro de la comunidad eclesial naciente, a la luz de su vida plena será releída toda la historia de la salvación, para que el plan trazado por Dios desde antiguo y realizado en Jesucristo, siga prolongando su mano misericordiosa por medio de nuestra acción personal y comunitaria.

La vida pascual compartida junto al Señor, nos impulsa a nosotros a no quedarnos parados mirando al cielo, como si la partida de Cristo al Padre nos dejara desamparados.

Porque hemos sido privilegiados con esta experiencia pascual, porque hemos recibido en la fuerza vital del Espíritu Santo, tenemos la seria responsabilidad de compartir esta condición de salvados con todos los hombres y mujeres de nuestro tiempo, y a quienes tenemos también que acoger como nuestros hermanos.

El tesoro de la fe, no es para deleite egoísta del creyente, sino un don que, tanto más engrandece a quien lo vive, cuanto más lo entrega generosamente a los demás.

Si aquellos testigos privilegiados que fueron los primeros discípulos del Señor, se hubieran guardado el don recibido, jamás la fe hubiera llegado a nosotros, y la pasión, muerte y resurrección de Cristo se hubiese quedado en el olvido.

Jesucristo, en la plenitud de su poder en el cielo y en la tierra, nos envía a hacer discípulos suyos a todas las gentes por medio del bautismo. Un bautismo que ya no sólo es remisión del pecado y por ello ha de lavarse en el agua, sino que sobre todo nos introduce en el amor Trinitario del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Por el bautismo somos llamados a vivir el amor pleno de Dios, y su lugar de realización privilegiado en este mundo es la comunidad eclesial que nos acoge, en la cual maduramos a una vida adulta en la fe, y desde la que somos enviados al mundo fortalecidos por la acción de los sacramentos, en especial la Eucaristía.

Sentir esta vinculación fraterna entre nosotros, y abrirla cordial y generosamente a otros, en especial a los pobres y necesitados, es la mejor muestra de que Cristo sigue actuando de forma constante en el tiempo presente. Nuestro mundo no está hoy más alejado de la fe que en otros tiempos, ni las dificultades que podemos encontrar los creyentes son más duras que antaño. Las piedras han existido siempre en medio del camino, y muchas veces han sido lanzadas contra el pueblo de Dios. De ahí el inmenso elenco de mártires que ha sembrado la historia con la fecundidad de su sangre.

Pero tal vez en nuestro tiempo sí tengamos el peligro añadido de la comodidad de la vida del bienestar, lo cual embota el alma, adormece el ánimo y aturde las opciones fundamentales, dando como resultado una vida cristiana poco comprometida y a veces frivolizada.

Al celebrar hoy esta fiesta de la Ascensión del Señor concluyo con la oración que San Pablo en su carta a los Efesios nos ha regalado; “Que el Dios del Señor nuestro Jesucristo, el Padre de la gloria, os dé espíritu de sabiduría y revelación para conocerlo. Ilumine los ojos de vuestro corazón para que comprendáis cuál es la esperanza a la que os llama, cuál la riqueza de gloria que da en herencia a los santos y cuál la extraordinaria grandeza de su poder para nosotros, los que creemos”.

Que nuestra fe se asiente en un corazón agradecido para valorarla y muy generoso para transmitirla a los demás.

sábado, 13 de mayo de 2023

DOMINGO VI DE PASCUA

 


DOMINGO VI DE PASCUA

14-05-23 (Ciclo A – PASCUA DEL ENFERMO)

 

En este domingo de pascua, en el que seguimos celebrando con gozo la resurrección del Señor, la comunidad cristiana vive una jornada de solidaridad y cercanía con los enfermos. Hoy celebramos que también en medio de la debilidad, del dolor y la enfermedad, es posible vivir la esperanza en Jesucristo resucitado, Salud de los enfermos. Cómo no sentirnos especialmente conmovidos, ante esta situación terrible de la pandemia por coronavirus.

Los signos más frecuentes que acompañan la predicación de los Apóstoles continuadores de la obra del mismo Jesús, son la oración por los enfermos y su poder sanador. La palabra de Dios conforta y serena de tal modo que incluso en medio del sufrimiento y de la enfermedad emerge con vigor la esperanza y el sosiego.

La cercanía apostólica al mundo de los enfermos, los ancianos y los que sufren, extiende la misericordia de Dios y vincula estrechamente a los hermanos en el amor. Amar a Cristo resucitado conlleva necesariamente seguir sus pasos, imitando su entrega desde el servicio a los más necesitados.

Nuestro mundo moderno intenta maquillar la vida quitando las capas que la afean. Como si de una hortaliza se tratara, y empujados por simples criterios estéticos o de conveniencia, aquellas hojas que la hacen menos bella son separadas del tronco y apartadas de la vista. Las limitaciones humanas y entre ellas la enfermedad, nos incomodan e interpelan y al mostrarnos la realidad auténtica y en ocasiones dura de una parte de nuestro ser, la rechazamos o la alejamos de nosotros creyendo que así solucionamos el problema, o por lo menos lo distanciamos.

De esta manera vemos cómo cada vez más junto a los grandes logros de la medicina que han mejorado nuestro nivel de salud y vida, siguen existiendo la soledad y el abandono de muchos ancianos y enfermos que sufren su situación al margen de la sociedad y en ocasiones lejos del calor y del afecto del hogar.

Las situaciones de precariedad, nos interpelan a todos, y si nos es posible evitamos mirarlas de frente, como si de ese modo alejáramos de nuestro lado a la indeseable compañera que es la enfermedad.

La vida del ser humano, ha de ser contemplada más allá de sus posibilidades y fortalezas. Nuestra dignidad inalienable no está a merced de las capacidades físicas o psíquicas, de nuestra juventud o vejez, ya que esa dignidad nos viene de nuestra condición de hijos e hijas de Dios. El lema de este año, nos invita a vivir la experiencia del dolor humano desde la verdadera fraternidad que brota del amor auténtico. Nuestra vida vale sólo por el hecho de existir, porque nuestra existencia nunca es fruto de la casualidad, sino que es debida a la voluntad divina, la cual nos creó por amor, a su imagen y semejanza.

Si esta afirmación que se asienta en los fundamentos esenciales de nuestra fe en Jesucristo, la interiorizáramos hasta lo más profundo de nuestro ser, cómo cambiaría nuestra mirada para acompañar la vida de nuestros hermanos enfermos, y lo que es más importante, cómo nos ayudaría a asumir la propia situación de enfermedad.

En este día del enfermo, debemos a alumbrar con la luz de la esperanza y del amor la vida de los que sufren, la de sus familias y la nuestra propia. Las palabras de Jesús “no os dejaré desamparados”, se hacen realidad cada vez que le sentimos cercano y amigo, sosteniéndonos en medio del dolor, y también cuando prolongamos la mano sanadora y fraterna del Señor bien desde el ejercicio de una vocación profesional o desde el voluntariado. Todos sabemos lo importante que es encontrar buenos profesionales que acompañen la realidad del enfermo con su saber y con su afecto, poniendo a su servicio los cuidados médicos que la persona necesite, y sobre todo mostrando su lado más humano y cercano que respeta la dignidad del enfermo y su entorno familiar.

Pero igualmente importante para nosotros los creyentes es poder vivir en la fe esta realidad, sintiendo la cercanía del mismo Jesucristo por medio del amor y la oración. Así se nos ha transmitido desde los comienzos mismos del cristianismo, cada vez que algún hermano en la fe caía enfermo o su ancianidad lo acercaba a la muerte, los fieles se reunían en la oración acompañándole a él y a su familia, colaborando en sus cuidados y llevando a la celebración eucarística la vida de los enfermos de la comunidad. Los presbíteros acudían al hogar del enfermo para confortarle en la fe y sostener su esperanza. El sacramento de la Unción además de vincular al enfermo a la misma Pasión del Señor, le prepara para vivir con plenitud el momento del encuentro con Cristo.

Si algo nos ha estremecido en este trágico tiempo que vivimos, es la inmensa soledad en los hospitales y residencias, donde tantos ancianos enfermos han muerto en soledad. Hasta el momento de su sepelio se ha realizado en la distancia y reduciendo al mínimo la presencia de la familia. Tal vez hayan sido medidas sanitarias urgentes, pero ciertamente su inhumanidad también ha sido manifiesta.

No digamos ya la imposibilidad de ofrecer a los fieles en sus últimos momentos el auxilio espiritual. Muchas veces este derecho se ha cercenado conforme al criterio arbitrario de algunas autoridades y negligentes sanitarios. En otros casos, gracias a Dios, ha habido médicos, que ellos mismos han confortado espiritualmente al enfermo llevándole la Sagrada Comunión. 

La vida es un don que siempre hay que agradecer, en los buenos momentos y en los de mayor debilidad, y cuando nuestra existencia se va aproximando a su final en esta tierra, al margen de nuestra juventud o ancianidad, nos debemos preparar para entregarnos con serenidad y confianza a la Pascua definitiva, al paso de esta vida a la resurrección.

Una preparación que aún siendo personal, no cabe duda de su gran riqueza en la vivencia comunitaria de la fe.

La Pastoral de la Salud, que en este tiempo de pandemia no ha podido desarrollar su misión con la libertad y cercanía deseables, es la forma concreta por la que la comunidad cristiana desarrolla esta vinculación con los enfermos y sus familias.

En nuestras comunidades parroquiales, trabajan desde hace años personas especialmente vocacionadas para esta misión. Hombres y mujeres que forman un gran equipo humano y cristiano, cuya sensibilidad y espiritualidad les impulsa a dedicar parte de su tiempo al servicio de los ancianos y enfermos.

Su trabajo consiste en visitar a quienes lo desean acercándoles la realidad de la comunidad parroquial, acompañando sus vidas y las de sus familias, atendiendo sus necesidades y también llevándoles la comunión como expresión de su vinculación a la vida de la Iglesia a la que siguen vitalmente unidos.

Pidamos en esta eucaristía por todos los enfermos, sus familias y aquellos que les dedican sus cuidados. Para que el Señor siga asistiéndoles con su amor y predilección a la vez que suscite en medio de nuestras comunidades cristianas personas que se sientan especialmente llamadas para esta labor.

 

sábado, 6 de mayo de 2023

DOMINGO V DE PASCUA

 


DOMINGO V DE PASCUA

7-05-23 (Ciclo A)

 

       Durante estos domingos de pascua, junto a los relatos evangélicos que nos narran la experiencia de encuentro con Cristo resucitado vivida por los discípulos, también se nos recuerdan aquellos momentos previos a la Pasión del Señor que releídos con este espíritu pascual, adquieren un significado bien distinto.

       San Juan en el evangelio que acabamos de escuchar nos vuelve a situar en aquel instante de la última cena con el Señor. En esa tarde donde Jesús abría su alma a sus amigos de una forma totalmente nueva, donde los gestos y las palabras dichas adquieren un significado sagrado de amor y entrega absolutos, el Señor va a unir en su persona tres elementos esenciales de nuestra fe.

       En la mesa donde se comparte la cena, el pan y el vino van a ser constituidos en su Cuerpo y Sangre entregados por toda la humanidad. Una acción de gracias a Dios y una bendición en las que Jesús promete su asistencia para siempre a fin de sostener la fe y la esperanza de sus amigos.

       Si la cena pascual de los judíos produjo de forma inmediata la liberación del pueblo de Israel  hacia una tierra nueva, la nueva Pascua instaurada por Jesús también nos saca de nuestra vieja humanidad condicionada por las limitaciones y miserias, para llevarnos a la vida en plenitud que nos ofrece la comunión con Jesucristo el Señor.

       En esa misma cena narrada por S. Juan, Jesús unirá al hecho de compartir su mesa el gesto del servicio y la entrega a los demás. En el lavatorio de los pies,  no se perpetúa una costumbre antigua de la tradición judía, ante todo se instaura un nuevo mandato, el del amor, que nos lleva a hacernos servidores de los hermanos buscando con especial afecto y ternura a los últimos y más necesitados de todos.

       Compartir la mesa de los hermanos nos impulsa a la misión de construir un mundo fraterno y justo, y esta unidad es de tal entidad, que si nos desentendemos de esta necesaria actitud vital de servicio y de entrega a los demás tampoco nos podremos encontrar con Cristo en su mesa de una forma digna y plena.

       Y el tercer elemento vivido en aquella cena pascual es el que hemos escuchado en el evangelio de hoy, la llamada a la esperanza en la resurrección; “no tengáis miedo, no perdáis la calma”. Quienes hemos compartido su mesa y vivimos conforme a su proyecto de vida entregados al servicio de los hermanos, tenemos asegurada una morada en su Reino.

       La cena pascual es preparación y fortaleza para lo que está por venir. Es verdad que en muchas ocasiones perdemos de vista esa perspectiva global de la fe, y la inmediatez de nuestros problemas, dificultades y sufrimientos, pueden empañar la visión de nuestros ojos impidiéndonos alcanzar con la mirada el rostro del Señor que nos sigue sosteniendo y esperando con ternura.

       Y es en esos momentos donde adquiere enorme importancia la vida de la comunidad cristiana. La fe vivida entre nosotros y compartida en cada encuentro oracional y celebrativo como este, nos ayuda a mantener viva la llama de la esperanza. Solos no podemos hacer nada, y una fe que se intenta esconder y vivir en soledad acaba por vaciarse de contenido y por perder su sentido vital.

       El tiempo pascual que estamos viviendo es también el tiempo de la Iglesia de Cristo. La experiencia narrada en los Hechos de los Apóstoles nos ayuda a comprender el porqué del empuje misionero y evangelizador de aquellos primeros discípulos del Señor. En ellos encontramos cómo las comunidades van creciendo, cuantos hermanos y hermanas se van sumando por la predicación apostólica, y cómo desde la unidad, la oración y la apertura al Espíritu Santo, es posible superar incluso las mayores penalidades de la vida.

       Hoy nosotros nos reconocemos herederos de esta verdad que con nuestra vida hemos de confesar y testimoniar a los demás. Las dificultades en las que nos vemos inmersos pueden ser similares o distintas a las de otras épocas, aunque en su raíz fundamental haya una clara coincidencia: la tentación de creernos autosuficientes y vivir prescindiendo de Dios.

       Por eso debemos también cuidar con esmero nuestra vinculación a la comunidad eclesial para evitar absolutizar los criterios personales, y buscar con honestidad la verdad que nos une como hermanos y nos ayuda a vivir con la dignidad de los hijos de Dios.

       Desde este sentimiento, agradecemos a Dios de forma especial el don del ministerio pastoral. La sucesión apostólica representa para la comunidad creyente la continuidad de la misión encargada por Cristo a su Iglesia, y la comunión entre los Pastores la garantía de la autenticidad evangélica.

       Hoy damos gracias de forma especial por nuestro Papa Francisco, por nuestro Obispo Joseba y por todos aquellos llamados para congregar a sus hermanos en la fe y el amor siguiendo así la misión encomendada por el Señor. Un servicio que conlleva una enorme entrega y sacrificio, y que sólo tiene sentido desde una fe profundamente asentada en Jesucristo y una confianza absoluta en la misericordia y el amor de Dios.

Que el Señor siga mandando obreros a su mies y todos vivamos nuestra vocación cristiana como un servicio a los demás de forma que germine, abundantemente, la semilla del Reino de Dios en medio de nuestro mundo.

sábado, 22 de abril de 2023

DOMINGO III DE PSCUA

 


DOMINGO III DE PASCUA

23-04-22 (Ciclo A)

 

El domingo pasado, destacábamos la actitud alegre como fruto de la experiencia pascual en la que vivimos los creyentes. Una alegría serena y realista que sin dejar de mirar la verdad de nuestro mundo, con sus permanentes oscuridades, no por ello se deja arrebatar el gozo que siente nuestro corazón al celebrar el triunfo de Cristo sobre la muerte.

Y esta alegría es posible mantenerla viva  si se alimenta constantemente del don eucarístico que hoy nos narra el evangelio.

Dos discípulos de Jesús, de quienes sabemos que uno se llamaba Cleofás, huyen de la Jerusalén hostil donde han matado al Señor. En su huída se encuentran desconcertados ante la compañía de un misterioso viajero que se les ha unido, y que les habla de la Palabra de Dios. La Sagrada Escritura y los acontecimientos pasados, son comprendidos e iluminados de una forma nueva y esperanzada, “les ardía el corazón”. En el encuentro con el Resucitado, descubren que la vida y la muerte de Jesús  es el resultado de una absoluta fidelidad a la voluntad de Dios, y Dios no dejará sucumbir el amor y la entrega generosa de quien era su propio Hijo, el Señor.

Esas palabras del compañero desconocido van a ser seguidas de un gesto fundamental, “Sentados a la mesa con ellos tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio”. Entonces, nos cuenta el evangelista, “a ellos se les abrieron los ojos y lo reconocieron”.

En la fracción del pan, reconocen a Jesús cuya Persona ha quedado para siempre vinculada al Sacramento de su amor.

Ahora se disipan las dudas y los miedos, sabiendo que el compañero de camino no era otro que el Señor resucitado, y ese encuentro fue tan real y evidente para ellos, que les cambió la vida para siempre.

Los que huían aterrados regresan a Jerusalén, porque el mensaje que deben dar a sus hermanos es mucho más importante que sus propias vidas. De hecho tienen la certeza existencial de que aunque esta vida conocida termine o se la arrebaten, Dios la llevará a su plenitud por la misma entrega de Jesús, el Cristo.

Como nos ha recordado el mismo S. Pedro en su carta, “Por Cristo, vosotros creéis en Dios, que lo resucitó y le dio gloria, y así habéis puesto en Dios vuestra fe y vuestra esperanza”. 

Nuestra fe se asienta en esta experiencia pascual que renovó las vidas de los apóstoles ayudándoles a superar las dudas y los miedos. Y es alimentada día tras día mediante la acogida de la Palabra del Señor y la celebración comunitaria de la fe cuya máxima expresión y vínculo con Cristo, se produce en la Eucaristía.

La Eucaristía, es mucho más que un recuerdo de algo que sucedió en el pasado, es la actualización en este momento de la historia, de la muerte y resurrección de Jesucristo. Hoy y aquí, Jesús se hace presente en el Pan y el Vino que mediante su consagración por medio de la acción del Espíritu Santo y de las palabras que el Señor pronunció en aquella tarde  del Jueves Santo, se convierte para nosotros en su Cuerpo y su Sangre entregados para nuestra salvación.

Por la escucha de su palabra alimentamos nuestra vida, sostenemos la esperanza y fortalecemos la fe que nos une. Compartir el pan que el Señor nos entrega, nos impulsa a asumir el mismo compromiso que adquirieron los discípulos, volver a la Jerusalén de nuestro entorno, y anunciar la Buena Noticia de la resurrección del Señor. Un anuncio que implica todo nuestro testimonio personal, y la entrega generosa y fraterna al servicio de nuestros hermanos más necesitados.

La comunidad eclesial que en este tiempo pascual vive gozosa la resurrección del Señor, no es ajena a la realidad sufriente de nuestro mundo. La alegría nunca puede ser plena cuando hay tantos rincones donde se padece y se sufre por causa de la injusticia, de la violencia y de la desigualdad.      

Y para descubrir estos espacios de oscuridad tampoco tenemos que ir demasiado lejos de nuestro entorno. Entre nosotros siguen existiendo pobres. Personas sin los recursos necesarios para subsistir con dignidad. Familias desesperanzadas por la falta de un trabajo, inmigrantes que no encuentran la oportunidad buscada y que muchas veces sufren el rechazo y la persecución, jóvenes esclavos de las drogas que los arroja a un pozo de miseria y marginación de donde les resulta imposible salir en su soledad, ancianos que soportan sus últimos años de vida en la soledad y el abandono.

Todas estas personas nos muestran el lado más doloroso y sufriente de la realidad, un calvario permanente donde sigue en pie la cruz de Jesús que sufre y padece a su lado.

En medio de ellos, los cristianos luchamos con denodada entrega para hacer que germine en sus vidas la semilla de la esperanza. Y aunque siempre hay necesidades que nos superan, también es justo acoger los signos de vida que por medio de la generosa solidaridad de las comunidades cristianas, se van desarrollando cada día.

Compartir el pan de la Eucaristía que el Señor mismo nos reparte, es un gesto elocuente  de la fraternidad que a todos nos une. Cristo resucitado sigue manifestando toda su misericordia y ternura en cada expresión de generosidad que nos lleva a compartir con aquellos que pasan necesidad.

Si nosotros reconocemos al Señor resucitado en este Pan Sagrado que cada día comulgamos ante su altar, pensemos que también nuestros hermanos necesitados le pueden reconocer con semejante claridad, si quienes nos confesamos cristianos prolongamos el amor de Cristo por medio de nuestra solidaridad para con ellos.

       Esta experiencia de fraterna comunión es lo que vamos a compartir en la eucaristía. Porque cada vez que nos reunimos para celebrar el misterio de la fe, es Jesucristo resucitado quien se hace presente en medio de nosotros. Que él siga sosteniendo nuestra esperanza y acrecentando nuestro amor, para que podamos entregarnos al servicio del evangelio, y así un día podamos participar de su misma mesa en el Reino prometido a todos los que él ama.

viernes, 24 de marzo de 2023

DOMINGO V DE CUARESMA

 


DOMINGO V DE CUARESMA

26-03-23 (Ciclo A)

 

Llegamos al final de nuestro recorrido cuaresmal, con este evangelio que nos presenta S. Juan y que nos sirve de pórtico para la semana de pasión.

Estos cinco domingos nos han conducido desde la llamada a la conversión, hasta la revelación de Jesús convertida en promesa: “Yo soy la resurrección y la vida, el que cree en mí, aunque haya muerto vivirá”.

Cinco domingos en los que el Señor nos ha adelantado la experiencia del Reino en su transfiguración, ha calmado la sed de agua viva de la Samaritana y devuelto la vista al ciego de nacimiento.

 Todo un proceso de fe que culmina con este relato evangélico en el que la muerte, como realidad sufriente y amarga que trunca proyectos e ilusiones, se detiene ante la palabra de Jesús, “Lázaro, sal afuera”.

La muerte del amigo y el dolor de su familia, conmueven a Jesús. Esta experiencia toca profundamente su corazón porque ya no se trata del dolor de alguien alejado o desconocido. Lázaro es uno de sus íntimos, aquel que tantas veces le ha proporcionado momentos de paz y serenidad. Su hogar se le ofrecía al Señor como el propio y ahora está vacío y lleno de aflicción. Marta le ha mandado mensajes sobre la gravedad de su hermano y Jesús se ha retrasado, de ahí su reproche a la vez que su confianza, “si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto, aún así sé que todo lo que le pidas a Dios, él te lo concederá”.

En las palabras de Marta, se encuentran las soledades de tantas personas que mueren sin el cariño y la cercanía de los suyos. Tantos momentos de espera para reconciliarse y que llegan demasiado tarde.

La muerte, realidad dramática de por sí, muchas veces agudiza sus punzadas por la forma del morir. No es lo mismo llegar al final de la vida con paz y serenidad, tras una existencia suficientemente larga, que la sufrida en años más tempranos por un accidente inesperado, por una enfermedad incurable, o la provocada por la violencia, la injusticia o el odio.

 Aunque toda muerte es una tragedia para los seres queridos que han de separarse para siempre, la manera de morir también debe de ser plenamente humana y humanizada.

Sabemos que la muerte vendrá para todos, y la aceptación cristiana de la misma nos ayuda a preparar el encuentro con el Señor, pero la muerte provocada por el hombre nunca puede ser aceptada ni asumida con resignación ya que va en contra de la naturaleza humana y de la voluntad divina.

Dios nos ha creado para que nuestra vida tenga un sentido y en ella podamos encontrarnos con el Creador a través del justo y digno desarrollo de la misma. Por eso debemos rebelarnos contra lo que atenta a su normal devenir y luchar responsablemente por la paz y el respeto a la dignidad de todos, estando de forma permanente al lado de los más débiles e indefensos.

Pero el evangelio de hoy, lejos de ser una narración mortuoria y descorazonadora, es una explosión de gozo y esperanza ante la vida que Jesús nos ofrece. La muerte de un ser querido, aunque siempre produzca dolor, necesite de la compañía y el afecto de los nuestros, además de la cercanía y el respeto de todos, sólo puede ser superada desde la esperanza en Cristo resucitado.

Las palabras y los gestos ayudan, pero es la fe firme en la promesa de vida que Jesús nos ofrece, la única que puede sanar el corazón roto por el dolor, de manera que vuelva a recuperar el ritmo de la vida agradecida a Dios por el don del amor compartido junto a nuestros seres queridos.

La muerte no tiene la última palabra sobre la Creación, y el Dios Creador nos ha llamado a la vida en plenitud por medio de su Hijo Jesucristo. “Yo soy la resurrección y la vida: el que muere y cree en mí, aunque haya muerto vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre. ¿Crees esto?”, ¿Creemos esto nosotros?

Este es el fundamento de nuestra fe cristiana. Los cristianos no sólo admiramos a Jesús, el hombre que pasó haciendo el bien por nuestra historia. Para esto ni tan siquiera hace falta ser cristiano, hay muchas personas que valoran la bondad humana sin más. Nuestra razón de ser cristianos es que creemos en Jesucristo resucitado que ha vencido a la muerte y nos ha abierto el camino de la vida para todos sin distinción.

Desde esta certeza que es más fuerte que las dudas y sinsabores de la vida, brota la confesión de Marta. Su fe en Jesús supera la densidad de su dolor, de modo que la confianza en Dios le ayuda a vencer la amargura del momento, y así confiesa que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo.

       Este evangelio de hoy se hace realidad cada vez que un creyente entrega en las manos del Señor a un ser querido. Es un evangelio convertido en profecía, porque a pesar de que muchas veces nos embargue la desolación y el desconsuelo, a pesar de que nuestra fe sea débil y nos cueste comprender el designio de Dios, por encima de todo ponemos nuestra confianza en el Señor.

El revivir temporal de Lázaro no fue más que un signo de la vida a la que estamos llamados. Devolvió la alegría a sus hermanas y además les mostraba el umbral necesario que todos debemos cruzar, la muerte física. Pero lo más importante es que en ella, se estaba prefigurando la resurrección gloriosa de Cristo, donde la muerte es vencida para siempre, y la vida en Dios se extenderá por toda la eternidad.

La muerte no debemos vivirla desde la rebelión contra Dios, tampoco con una resignación infecunda, hemos de asumirla como la entrega de la propia existencia por amor a Dios y a los hermanos. Si vivimos, vivimos para el Señor, si morimos, morimos para el Señor, en la vida y en la muerte, somos del Señor”, nos dice S. Pablo.

No hemos sido creados para terminar en la nada. Hemos sido creados a imagen y semejanza de Dios, quien en su Hijo Jesucristo, nos ha hecho hijos suyos, y por lo tanto coherederos de su Reino.

Vivamos pues con esta firme convicción, “porque la vida de los que en ti creemos, Señor, no termina, se transforma”,  y de este modo podremos trasmitir a los demás la esperanza que no defrauda porque está asentada en la roca firme de Aquel que nos ha amado desde siempre.

Preparémonos en estos días que nos faltan para vivir con gozo la fiesta central de nuestra fe.

viernes, 17 de marzo de 2023

DOMINGO IV DE CUARESMA

 


DOMINGO IV DE CUARESMA

19-03-23 (Ciclo A)

 

Si el domingo pasado contemplábamos a Jesús como el agua viva, hoy se nos revela como la luz del mundo. Que importante en este tiempo de sombras, donde las distintas situaciones personales y sociales nos oscurecen la mirada y retraen el ánimo, poder atisbar la luz de la esperanza que viene del Señor. Pues así en el evangelio que hemos escuchado se nos muestra algo más que la recuperación de la vista por parte de un ciego de nacimiento. La luz de Cristo devuelve la esperanza, la dignidad y el gozo. De hecho en este cuarto domingo de cuaresma, hacemos un paréntesis en la sobriedad propia del tiempo litúrgico, para dejar que se introduzca la luz de la alegría de la resurrección prometida. Hoy es el domingo de “Laetare”, de la alegría, por nuestro futuro en plenitud.

Y como tantas veces hemos escuchado en la Escritura, la vida de Jesús conlleva numerosos contrastes. Para aquel ciego será el Salvador, el Mesías prometido, para los fariseos será un trasgresor de la ley, ya que por encima de una curación sorprendente, que devuelva la vista o la vida a un ser humano, para ellos ha de  imponerse el cumplimiento estricto de la ley de Moisés, y de modo especial la observancia del sábado.

La luz de Dios pone al descubierto las actitudes más ocultas y también las obras más auténticas. Para quienes se dejan interpelar por los hechos, ven que un hombre impedido y marginado por su ceguera, ha recuperado su dignidad y la liberación de la enorme carga que de ella se derivaba. Ya no tiene que mendigar ni que depender de la caridad y misericordia de los demás. Para él se ha hecho la luz en su vida y desde ahora puede caminar sin tropezar en las piedras del camino, superando también los obstáculos que le impedían vivir con esperanza.

Este hecho extraordinario lo ha realizado otro hombre que nada ha exigido a cambio, cuyas palabras y obras lo preceden, ya que para muchos está suponiendo un aliento de ilusión en medio de sus vidas marcadas por el dolor, el abandono o el desprecio.

Está claro que Jesús tiene un don especial que a todos desconcierta y que a nadie deja indiferente.

Pero lo que más extraña de su actuar es que no busca beneficio personal, ni se pone al servicio de los poderosos que le pueden devolver el favor o promocionar su mensaje, su obrar va unido al anuncio del Reino de Dios, que expresa el deseo del Padre eterno de que todos sus hijos se salven.

La luz de Cristo busca iluminar nuestras vidas y darlas calor con su amor incondicional. Una experiencia que es regeneradora de los corazones desgarrados y que llena de alegría a todos los que se dejan sanar por su misericordia.

El encuentro de Jesús con el ciego se da desde la compasión que le produce esa situación. Sus discípulos le preguntarán quién pecó él o sus padres. Porque según su mentalidad, arraigada en la tradición judía, cuando uno padecía una enfermedad de nacimiento tan grave, era por un pecado personal o familiar.

Sin embargo a Jesús no le preocupan tanto las razones morales, ya que el pecado del ciego o de sus padres también está llamado a ser redimido por la conversión de sus vidas, lo que en este momento le mueve es sólo la realidad de esclavitud y dependencia que aquel ser humano había padecido desde siempre, por causa de una ceguera de la que nadie tenía por qué ser culpable, y mucho menos ser fruto de un castigo divino.

Jesús desea que vuelva a brillar para él la verdadera luz de Dios, restaurar la verdad divina que no es causante de ninguna desgracia ni vengadora del mal humano, y en su nombre le devuelve la vista y con ella la esperanza de iniciar una vida nueva.

Jesús es la luz del mundo. Y la primera claridad que busca instaurar es la de una imagen de Dios sana y auténtica. La historia humana ha manchado demasiado la imagen de Dios utilizando su nombre de forma arbitraria y alejándolo de los más necesitados como si estuvieran desamparados de su mano y de su amor. Nadie puede apropiarse del nombre de Dios, y esa es la primera lección que Jesús da a los fariseos y sacerdotes de su tiempo, lo cual le llevará a la persecución y a la muerte en la cruz.

Hoy somos nosotros quienes revivimos este pasaje del evangelio en nuestro recorrido cuaresmal. Y por ello nos convertimos en destinatarios de su enseñanza, que por una parte nos llama a acercarnos a los hermanos con compasión y misericordia, a la vez que nos exige vivir la fe desde su verdad más profunda y auténtica.

Una fe que ha de ser confesada por una vida coherente y misericordiosa. Una fe que se manifieste ante los demás con el testimonio personal, entregado, solidario y fraterno, buscando siempre hacer el bien al necesitado antes que preocuparnos por su forma de vivir y pensar.

La comunidad cristiana recibió del Señor un claro mandato de ser misionera; de anunciar al mundo la Buena Noticia del Reino de Dios desde el anuncio explícito de Jesucristo, la denuncia de las injusticias y el testimonio personal. Todo ello ha de verse reflejado cada vez que nos reunimos para celebrar la Eucaristía, ya que ésta es la mesa de la auténtica fraternidad, en la que presididos por el mismo Jesucristo, nos sentimos enviados con la fuerza de su Espíritu Santo a sembrar en el mundo su semilla de amor y de paz.

Junto a este mandato del Señor, también debemos escuchar otra exigencia evangélica que a todos nos iguala y a nadie lo eleva sobre los demás; “no juzguéis y no seréis juzgados, no condenéis y no seréis condenados, perdonad y seréis perdonados, la medida que uséis con los demás la usarán con vosotros”.

       Hoy es un buen día para que todos nos acerquemos a Cristo con nuestras cegueras personales y sociales, a fin de que él nos vaya sanando. Recordando el final del evangelio no hay peor ciego que aquel que no quiere ver. Que el Señor nos ayude para que iluminados por la luz del amor, veamos siempre con limpieza de corazón a los demás y así vivamos conforme a su voluntad, porque serán los limpios de corazón, los que verán el rostro de Dios.

miércoles, 8 de marzo de 2023

DOMINGO III DE CUARESMA

 


DOMINGO III DE CUARESMA

12-03-23 (Ciclo A)

 

       “El que beba del agua que yo le daré, nunca más tendrá sed”.

Con este simbolismo del agua que acabamos de escuchar en el diálogo con la Samaritana, nos introduce la liturgia en un proceso catequético que nos preparará para vivir la experiencia pascual.

Estos últimos domingos de cuaresma, eran vividos en las primeras comunidades cristianas con una intensidad singular. Los catecúmenos, aquellos que se preparaban para su bautismo y plena participación en la vida de la Iglesia, acogían la enseñanza del evangelio en el que tres rasgos fundamentales de la persona de Jesús van a preparar su reconocimiento pascual como el Mesías, el Santo de Dios. Jesús es el agua viva, él es la luz del mundo, él nos trae la vida eterna.

El primero de ellos, Jesús el agua viva, es el que en este domingo se nos presenta, por medio del evangelista S. Juan.

La experiencia de la sed ha servido para iluminar la actitud de permanente búsqueda del ser humano, y la necesidad de saciar su alma en el encuentro pleno con Dios. El pueblo de Israel, que desde su origen toma conciencia de haber sido especialmente elegido por el Creador, vive su experiencia de liberación de la opresión de Egipto como una clara intervención de Dios en su historia. De hecho, la principal fiesta de su vida social y religiosa será la Pascua, el paso del Mar Rojo hacia la tierra prometida, el paso de la esclavitud a la libertad, recuperación de la vida y de la dignidad perdida.

Pero aquella vivencia intensa de encuentro de Dios con su pueblo, no está exento de dificultades, tensiones y dudas. El camino por el que Dios va llamando a sus elegidos tiene sus exigencias personales, y la primera liberación a la que somos urgidos es a la de nuestros propios egoísmos e individualismos, que tantas veces esclavizan la vida propia y ajena. El desierto cuaresmal nos enfrenta con nosotros mismos haciéndonos sentir con mayor profundidad nuestra sed de Dios y disponiéndonos a buscarle con sincero corazón.

Esta experiencia de búsqueda, es la que acerca a Jesús y aquella mujer de Samaria.

       El encuentro con el Señor va a suponer para ella el reconocimiento de su vida atormentada, la recuperación de la dignidad quebrantada, y una renovada ilusión por vivir. La sed de sentido queda saciada ante el descubrimiento de un Dios que se nos acerca, nos acepta como somos y nos invita a beber de su amor inagotable para transformarnos el corazón de modo radical. Ese amor hace crecer en nosotros una vida nueva que se desborda en favor de los demás y que nos ayuda a vivir la vida, en medio de las dificultades de este mundo, con un espíritu nuevo y gozoso.

       En el diálogo que entablan Jesús y la Samaritana surgen muchas cuestiones de la vida y de la fe. Vemos cómo el Señor dialoga con ella con toda libertad para situarla delante su propia vida y verdad, con lo que hay en ella de luz y de sombra. Pero sus palabras no encierran ningún juicio inmisericorde de manera que aquella mujer, tan maltratada por tantas circunstancias adversas, se siente a gusto hablando con el desconocido. Y en esa conversación sincera y abierta también ella reprocha a los judíos su exclusivismo religioso y étnico, a lo que Jesús responde que esa división entre los hermanos por motivos de fe y de costumbres ha terminado, ya que los que quieran dar culto verdadero adorarán al Padre en espíritu y verdad, porque el Padre desea que le den culto así. Dios es espíritu, y los que le dan culto deban hacerlo en espíritu y verdad.

       En ese encuentro cercano y amistoso, surgen también las confesiones más profunda e íntimas. Por una parte la que la mujer hace de su esperanza personal; Sé que va a venir el Mesías, el Cristo; cuando venga, él nos lo dirá todo.

       A lo que Jesús responde revelando su identidad; Yo soy.

       Él es el esperado del pueblo sediento de Dios. Él es el agua viva que apaga esa sed y colma todos nuestros anhelos. Pero para vivir la experiencia del encuentro gozoso con el Señor, también nosotros debemos acercarnos al pozo de donde mana esa agua viva y buscar con sencillez al único que la ofrece con ternura y amor.

El culto que Dios quiere ha de darse en espíritu y en verdad. Es decir, debe brotar del corazón de cada uno de nosotros y de la vida auténtica y fiel de toda la comunidad creyente. A Dios, que es espíritu y verdad, no podemos verle fuera de sus manifestaciones sacramentales y lugares de especial encuentro como son los pobres, los enfermos y los necesitados. Allí donde siempre ha querido estar, entre sus hijos más humildes, los que sufren la injusticia y claman permanentemente su misericordia y compasión.

       El culto que Dios quiere es el de un pueblo santo unido en la fe, la esperanza y el amor, lo que se expresa de forma activa por medio de la comunión eclesial y su dimensión caritativa. El amor de los hermanos y la unidad de su fe han de visibilizarse en la entrega a los necesitados, en el compromiso transformador de la realidad y en la construcción del reinado de Dios.

Ésta ha de ser para nuestra comunidad cristiana la experiencia cuaresmal. Un camino por la senda del Dios de la vida, en medio de la cual sentimos sed. Sed de justicia, de amor y de paz. Una sed que nos empuja a la búsqueda permanente de la voluntad del Señor, y que nos lleva a acercarnos al mismo pozo que aquella mujer samaritana para vivir el encuentro con nuestro Salvador.

       Que hoy, reconociendo la verdad de nuestra vida, mirando el pasado con ojos compasivos y aceptándonos como somos, estemos dispuestos para acoger el amor del Señor que  nos transforma y convierte de verdad, en auténticos hijos de Dios, y que esa renovación interior se manifieste en nuestro comportamiento y testimonio de vida.