DOMINGO VI DE PASCUA
10-05-26 (Ciclo A – PASCUA DEL ENFERMO)
En este domingo
de pascua, en el que seguimos celebrando con gozo la resurrección del Señor, la
comunidad cristiana vive una jornada de solidaridad y cercanía con los
enfermos. Hoy celebramos que también en medio de la debilidad, del dolor y la
enfermedad, es posible vivir la esperanza en Jesucristo resucitado, Salud de
los enfermos. Cómo no sentirnos especialmente conmovidos, ante esta situación
terrible de la pandemia por coronavirus.
Los signos más
frecuentes que acompañan la predicación de los Apóstoles continuadores de la
obra del mismo Jesús, son la oración por los enfermos y su poder sanador. La
palabra de Dios conforta y serena de tal modo que incluso en medio del
sufrimiento y de la enfermedad emerge con vigor la esperanza y el sosiego.
La cercanía
apostólica al mundo de los enfermos, los ancianos y los que sufren, extiende la
misericordia de Dios y vincula estrechamente a los hermanos en el amor. Amar a
Cristo resucitado conlleva necesariamente seguir sus pasos, imitando su entrega
desde el servicio a los más necesitados.
Nuestro mundo
moderno intenta maquillar la vida quitando las capas que la afean. Como si de
una hortaliza se tratara, y empujados por simples criterios estéticos o de
conveniencia, aquellas hojas que la hacen menos bella son separadas del tronco
y apartadas de la vista. Las limitaciones humanas y entre ellas la enfermedad,
nos incomodan e interpelan y al mostrarnos la realidad auténtica y en ocasiones
dura de una parte de nuestro ser, la rechazamos o la alejamos de nosotros
creyendo que así solucionamos el problema, o por lo menos lo distanciamos.
De esta manera
vemos cómo cada vez más junto a los grandes logros de la medicina que han
mejorado nuestro nivel de salud y vida, siguen existiendo la soledad y el
abandono de muchos ancianos y enfermos que sufren su situación al margen de la
sociedad y en ocasiones lejos del calor y del afecto del hogar.
Las situaciones
de precariedad, nos interpelan a todos, y si nos es posible evitamos mirarlas
de frente, como si de ese modo alejáramos de nuestro lado a la indeseable
compañera que es la enfermedad.
La vida del ser
humano, ha de ser contemplada más allá de sus posibilidades y fortalezas.
Nuestra dignidad inalienable no está a merced de las capacidades físicas o
psíquicas, de nuestra juventud o vejez, ya que esa dignidad nos viene de
nuestra condición de hijos e hijas de Dios. El lema de este año: “La compasión del samaritano: amar llevando
el dolor del otro”, nos invita a
vivir la experiencia del dolor humano desde la verdadera fraternidad que brota
del amor auténtico. Nuestra vida vale sólo por el hecho de existir, porque
nuestra existencia nunca es fruto de la casualidad, sino que es debida a la voluntad
divina, la cual nos creó por amor, a su imagen y semejanza.
Si esta
afirmación que se asienta en los fundamentos esenciales de nuestra fe en
Jesucristo, la interiorizáramos hasta lo más profundo de nuestro ser, cómo
cambiaría nuestra mirada para acompañar la vida de nuestros hermanos enfermos,
y lo que es más importante, cómo nos ayudaría a asumir la propia situación de
enfermedad.
En este día del
enfermo, debemos a alumbrar con la luz de la esperanza y del amor la vida de
los que sufren, la de sus familias y la nuestra propia. Las palabras de Jesús
“no os dejaré desamparados”, se hacen realidad cada vez que le sentimos cercano
y amigo, sosteniéndonos en medio del dolor, y también cuando prolongamos la
mano sanadora y fraterna del Señor bien desde el ejercicio de una vocación
profesional o desde el voluntariado. Todos sabemos lo importante que es
encontrar buenos profesionales que acompañen la realidad del enfermo con su
saber y con su afecto, poniendo a su servicio los cuidados médicos que la
persona necesite, y sobre todo mostrando su lado más humano y cercano que
respeta la dignidad del enfermo y su entorno familiar.
Pero igualmente
importante para nosotros los creyentes es poder vivir en la fe esta realidad,
sintiendo la cercanía del mismo Jesucristo por medio del amor y la oración. Así
se nos ha transmitido desde los comienzos mismos del cristianismo, cada vez que
algún hermano en la fe caía enfermo o su ancianidad lo acercaba a la muerte,
los fieles se reunían en la oración acompañándole a él y a su familia,
colaborando en sus cuidados y llevando a la celebración eucarística la vida de
los enfermos de la comunidad. Los presbíteros acudían al hogar del enfermo para
confortarle en la fe y sostener su esperanza. El sacramento de la Unción además
de vincular al enfermo a la misma Pasión del Señor, le prepara para vivir con
plenitud el momento del encuentro con Cristo.
Si algo nos ha
estremecido en este trágico tiempo que vivimos, es la inmensa soledad en los
hospitales y residencias, donde tantos ancianos enfermos han muerto en soledad.
Hasta el momento de su sepelio se ha realizado en la distancia y reduciendo al
mínimo la presencia de la familia. Tal vez hayan sido medidas sanitarias
urgentes, pero ciertamente su inhumanidad también ha sido manifiesta.
No digamos ya la
imposibilidad de ofrecer a los fieles en sus últimos momentos el auxilio
espiritual. Muchas veces este derecho se ha cercenado conforme al criterio
arbitrario de algunas autoridades y negligentes sanitarios. En otros casos,
gracias a Dios, ha habido médicos, que ellos mismos han confortado
espiritualmente al enfermo llevándole la Sagrada Comunión.
La vida es un don
que siempre hay que agradecer, en los buenos momentos y en los de mayor
debilidad, y cuando nuestra existencia se va aproximando a su final en esta
tierra, al margen de nuestra juventud o ancianidad, nos debemos preparar para
entregarnos con serenidad y confianza a la Pascua definitiva, al paso de esta
vida a la resurrección.
Una preparación
que aún siendo personal, no cabe duda de su gran riqueza en la vivencia
comunitaria de la fe.
La Pastoral de la
Salud, que en este tiempo de pandemia no ha podido desarrollar su misión con la
libertad y cercanía deseables, es la forma concreta por la que la comunidad
cristiana desarrolla esta vinculación con los enfermos y sus familias.
En nuestras
comunidades parroquiales, trabajan desde hace años personas especialmente
vocacionadas para esta misión. Hombres y mujeres que forman un gran equipo
humano y cristiano, cuya sensibilidad y espiritualidad les impulsa a dedicar
parte de su tiempo al servicio de los ancianos y enfermos.
Su trabajo
consiste en visitar a quienes lo desean acercándoles la realidad de la
comunidad parroquial, acompañando sus vidas y las de sus familias, atendiendo
sus necesidades y también llevándoles la comunión como expresión de su
vinculación a la vida de la Iglesia a la que siguen vitalmente unidos.
Pidamos en esta
eucaristía por todos los enfermos, sus familias y aquellos que les dedican sus
cuidados. Para que el Señor siga asistiéndoles con su amor y predilección a la
vez que suscite en medio de nuestras comunidades cristianas personas que se
sientan especialmente llamadas para esta labor.






