DOMINGO XXVIII
TIEMPO ORDINARIO
9-10-22 (ciclo C)
Cada vez que nos reunimos
para celebrar el Día del Señor, realizamos lo que el Apóstol Pablo recomienda a
Timoteo en su carta, hacer “memoria de Jesucristo, el Señor,
resucitado de entre los muertos”. En esto consiste
precisamente la Eucaristía, en hacer memoria de nuestro Señor, muerto y
resucitado, que sigue vivo en medio de su Iglesia alentando y sosteniendo la fe
de sus hermanos.
Hacemos memoria de Jesucristo, no como quien recuerda a una persona o un acontecimiento del pasado, sino actualizando esa vida de Cristo en nuestro presente desde la experiencia profunda del encuentro personal con él. Un encuentro que siempre es gracia y gratuidad, como acabamos de escuchar en el evangelio de hoy.
No tenemos que esforzarnos demasiado para comprender lo que la lepra significaba en tiempos de Jesús. Si toda enfermedad o desgracia era entendida por la sociedad de entonces como un castigo de Dios por algún pecado que el afectado o sus antepasados habían cometido, la lepra constituía la marca más clara de estar maldito ante Dios y los hombres.
Un leproso estaba condenado a la marginación y el abandono por parte de todos, su vida discurría al margen de los pueblos y solo podían vivir de la caridad de los demás.
Cuando aquellos leprosos se
encuentran fortuitamente con Jesús, nos cuenta el evangelista que se pararon a
lo lejos. Ni tan siquiera ante quien creían su salvador se atrevían a
acercarse.
Y desde aquella distancia,
Jesús escuchó su lamento, “ten compasión de nosotros”.
Y la respuesta de Jesús, puede parecernos desconcertante. Les manda que vayan a presentarse ante los sacerdotes, los garantes de la fe y la pureza. Sólo creyendo que realmente se iban a curar, podían realizar ese camino. Ningún leproso se hubiera atrevido jamás a ir a Jerusalén, entrar en su templo sagrado y presentarse a los sacerdotes manteniendo su enfermedad, dado que semejante acción les costaría la vida.
La fe de aquellos hombres
sanó sus vidas, pero hay algo más que es lo nuclear del evangelio, “Uno
de ellos viendo que estaba curado, se volvió alabando a Dios a grandes gritos,
y se echó por tierra a los pies de Jesús, dándole gracias”.
Diez quedaron curados, pero sólo uno experimentó el sentido de la gratuidad en el encuentro con Jesús y comprendió que si la salud es importante, mucho más lo es sentir que la vida de uno está “llena de gracia”.
Cuántas veces nos dirigimos al Señor para
presentarle nuestras necesidades, anhelos y preocupaciones, y cuántas, incluso
le reprochamos los males que sufrimos.
Pero que escasas son nuestras oraciones agradecidas, gratuitas y generosas en las que contemplemos nuestra vida con sencillez y gratuidad para descubrir el inmenso amor que Dios ha puesto en ellas y la fuerza que la misma fe nos produce en el corazón.
La cultura presente no
ayuda demasiado a la gratuidad. Nos hemos llegado a creer los amos del mundo y
que todo lo que tenemos se debe a nuestros propios méritos y esfuerzos.
Además, por los sentidos se
nos meten todo un elenco de realidades superfluas
que nos van creando necesidades inútiles y que nos hacen olvidar lo que
realmente tiene importancia para nuestras vidas y las de los demás.
Sólo si tenemos la
capacidad suficiente para echar una mirada a nuestro alrededor y darnos cuenta
de cómo viven la inmensa mayoría de los seres humanos, nos daremos cuenta de la
suerte que hemos tenido de nacer en este primer mundo y vivir como vivimos.
Al igual que a aquellos
leprosos judíos del evangelio, les hizo falta que uno de ellos fuera extranjero
para caer en la cuenta de su ingratitud, también a nosotros nos hace falta que
sean precisamente los extranjeros, inmigrantes y necesitados, los que nos estén
recordando continuamente nuestra privilegiada posición en la realidad mundial.
No hay más que observar cómo muchos inmigrantes valoran y agradecen lo poco que hacemos por ellos. Cómo los niños aprecian la comida y el vestido, cómo agradecen los juguetes que a otros les sobran.
La gratuidad brota más espontáneamente ante la necesidad. Quien está necesitado y se siente acogido, agradece los gestos de afecto y amor que se le brindan. Quien está harto de todo y no carece de nada, poco puede agradecer y menos ofrecer de corazón a los demás.
La fe en Jesucristo es pura gratuidad. Ninguno llega a creer por sus propios méritos ni por su esfuerzo intelectual. Sólo desde el encuentro personal, cercano y sincero, vivido en medio de la comunidad cristiana, y alimentado por la oración y los sacramentos, es posible vivir la gratuidad de la fe.
Hoy es un buen día para que
desde lo más profundo de nuestro corazón demos gracias a Dios por todos los
dones que él nos ha concedido. Para ello pedimos la intercesión de nuestra
madre la Virgen María, la llena de gracia. Ella en su sencillez y humildad supo
reconocer la presencia de Dios en su vida, ofreciéndose por entero a Él para
participar de forma plena en su obra salvadora. Que nuestra vida pueda ser
también un cántico de alabanza al Señor, que comparte nuestras penas, nos
sostiene en la adversidad, y con amor generoso sale a nuestro encuentro para
colmarnos de gracia y bendición.
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