DOMINGO III DE PASCUA
19-04-26 (Ciclo A)
El domingo pasado, destacábamos la actitud alegre como fruto de la experiencia pascual en la que vivimos los creyentes. Una alegría serena y realista que sin dejar de mirar la verdad de nuestro mundo, con sus permanentes oscuridades, no por ello se deja arrebatar el gozo que siente nuestro corazón al celebrar el triunfo de Cristo sobre la muerte.
Y esta alegría es
posible mantenerla viva si se alimenta
constantemente del don eucarístico que hoy nos narra el evangelio.
Dos discípulos de
Jesús, de quienes sabemos que uno se llamaba Cleofás, huyen de la Jerusalén
hostil donde han matado al Señor. En su huída se encuentran desconcertados ante
la compañía de un misterioso viajero que se les ha unido, y que les habla de la
Palabra de Dios. La Sagrada Escritura y los acontecimientos pasados, son
comprendidos e iluminados de una forma nueva y esperanzada, “les ardía el
corazón”. En el encuentro con el Resucitado, descubren que la vida y la muerte
de Jesús es el resultado de una absoluta
fidelidad a la voluntad de Dios, y Dios no puede dejar sucumbir el amor y la
entrega generosa de quien era su propio Hijo, el Señor.
Esas palabras del compañero desconocido van a ser acompañadas por un signo fundamental, “Sentados a la mesa con ellos tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio”. Entonces, nos cuenta el evangelista, “a ellos se les abrieron los ojos y lo reconocieron”.
En la fracción
del pan, reconocen a Jesús cuyo ser ha quedado para siempre vinculado al
sacramento de su amor.
Ahora se disipan
las dudas y los miedos, sabiendo que el compañero de camino no era otro que el
Señor resucitado, y ese encuentro fue tan real y evidente para ellos, que les
cambió la vida para siempre.
Los que huían
aterrados regresan a Jerusalén, porque el mensaje que deben dar a sus hermanos
es mucho más importante que sus propias vidas. De hecho tienen la certeza
existencial de que aunque esta vida conocida termine o se la arrebaten, Dios la
llevará a su plenitud por la misma entrega de Jesús, el Cristo.
Como nos ha recordado el mismo S. Pedro en su carta, “Por Cristo, vosotros creéis en Dios, que lo resucitó y le dio gloria, y así habéis puesto en Dios vuestra fe y vuestra esperanza”.
Nuestra fe se
asienta en esta experiencia pascual que renovó las vidas de los apóstoles
ayudándoles a superar las dudas y los miedos. Y es alimentada día tras día
mediante la acogida de la Palabra del Señor y la celebración comunitaria de la
fe cuya máxima expresión y vínculo con Cristo, se produce en la Eucaristía.
La Eucaristía, es
mucho más que un recuerdo de algo que sucedió en el pasado, es la actualización
en el presente de la muerte y resurrección de Jesucristo. Hoy y aquí, Jesús se
hace presente en el Pan y el Vino que mediante su consagración por medio de la
acción del Espíritu Santo y de las palabras que el Señor pronunció en aquella
tarde del Jueves Santo, se convierte
para nosotros en su Cuerpo y su Sangre entregados para nuestra salvación.
Por la escucha de
su palabra alimentamos nuestra vida, sostenemos la esperanza y fortalecemos la
fe que nos une. Compartir el pan que el Señor nos entrega, nos impulsa a asumir
el mismo compromiso que adquirieron los discípulos, volver a la Jerusalén de
nuestro entorno, y anunciar la Buena Noticia de la resurrección del Señor. Un
anuncio que implica todo nuestro testimonio personal, y la entrega generosa y
solidaria al servicio de nuestros hermanos más necesitados.
La comunidad eclesial que en este tiempo pascual vive gozosa la resurrección del Señor, no es ajena a la realidad sufriente de nuestro mundo. La alegría nunca puede ser plena cuando hay tantos rincones donde se padece y se sufre por causa de la injusticia, de la violencia y de la desigualdad.
Y para descubrir
estos espacios de oscuridad tampoco tenemos que ir demasiado lejos de nuestro
entorno. Entre nosotros siguen existiendo pobres. Personas sin los recursos
necesarios para subsistir con dignidad. Familias desesperanzadas por la falta
de un trabajo, inmigrantes que no encuentran la oportunidad buscada y que
muchas veces sufren el rechazo y la persecución, jóvenes esclavos de las drogas
que los arroja a un pozo de miseria y marginación de donde les resulta
imposible salir en su soledad, ancianos que soportan sus últimos años de vida
en la soledad y el abandono.
Todas estas
personas nos muestran el lado más doloroso y sufriente de la realidad, un
calvario permanente donde sigue en pie la cruz de Jesús que sufre y padece a su
lado.
En medio de ellos, Cáritas lucha con denodada entrega para hacer que germine en sus vidas la semilla de la esperanza. Y aunque siempre hay necesidades que nos superan, también es justo acoger los signos de vida que por medio de la generosa solidaridad de las comunidades cristianas, se van desarrollando cada día.
Compartir el pan de la Eucaristía que el Señor mismo nos reparte, es un gesto elocuente de la fraternidad que a todos nos une. Cristo resucitado sigue manifestando toda su misericordia y ternura en cada expresión de generosidad que nos lleva a compartir con aquellos que pasan necesidad.
Si nosotros reconocemos al Señor resucitado en este Pan Sagrado que cada día comulgamos ante su altar, pensemos que también nuestros hermanos necesitados le pueden reconocer con semejante claridad, si quienes nos confesamos cristianos prolongamos el amor de Cristo por medio de nuestra solidaridad para con ellos.
Esta
experiencia de fraterna comunión es lo que vamos a compartir en la eucaristía.
Porque cada vez que nos reunimos para celebrar el misterio de la fe, es
Jesucristo resucitado quien se hace presente en medio de nosotros. Que él siga
sosteniendo nuestra esperanza y acrecentando nuestro amor, para que podamos
entregarnos al servicio del evangelio, y así un día podamos participar de su
misma mesa en el Reino prometido a todos los que él ama.

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