viernes, 17 de julio de 2026

DOMINGO XVI TIEMPO ORDINARIO

 

DOMINGO XVI TIEMPO
ORDINARIO

19-07-26 (Ciclo A)

      

El domingo pasado escuchábamos en el evangelio de S. Mateo la parábola del Sembrador. En ella se nos mostraba el trabajo de quien siembra y la necesidad de que lo sembrado caiga en buena tierra para que de fruto. Todo ello con la confianza de que el dueño de la mies la hará germinar en la tierra buena que hay a nuestro lado.

Pero el evangelista continúa el relato con este pasaje de hoy, donde se nos muestra que a pesar de la bondad y fertilidad del terreno en el que cae la semilla, y en contra de todo lo previsto, crece también la cizaña.

Cómo es posible que en medio de la buena tierra y habiendo sembrado la semilla adecuada crezca también la cizaña.

La simbología de la siembra nos ayuda a comprender lo que tantas veces sucede en la vida cotidiana y real. En medio de la familia y de la sociedad, por muy buena que sea la tierra y lo sembrado, muchas veces vemos con tristeza crecer el mal.

Hay padres que sufren con impotencia ante el mal de sus hijos. A pesar de sus desvelos y de la excelente educación que les dieron, ellos tomaron otro rumbo y han abandonado hogar, amigos y valores, para adentrarse en el mundo de la droga, la delincuencia o la violencia.

También sienten el reproche disimulado de quienes les preguntan “¿no sembraste buena semilla?” (Como al Sembrador del evangelio). Viviendo con dolor la incomprensión de los demás.

Aunque todos somos responsables para sembrar el bien, la justicia y la concordia en el mundo, no podemos cargar con las consecuencias  del mal hacer de otros. La libertad de la que todos gozamos conlleva la grave responsabilidad de ejercerla para el bien personal y común, y quienes optan por caminos de perdición son los que han de dar cuentas de ello y no sus progenitores, educadores o la misma comunidad.

También podemos caer en la tentación de querer eliminar la cizaña a golpe de fuerza. Arrancarla de raíz y echarla fuera. Y el Sembrador nos dice que no, que hay que esperar hasta que todo haya madurado, entonces se verá con claridad cada cosa y el mal caerá por su propio peso.                                

Qué bien lo narra el libro de la Sabiduría que hemos escuchado en la primera lectura. “No hay más Dios que tu, que cuidas de todo, para demostrar que no juzgas injustamente”.

Ante los problemas que vive el mundo en general y nuestro entorno más cercano en particular, muchas veces nos constituimos en jueces de los demás. Y antes de comprender la realidad de los acontecimientos en su complejidad ya hemos dictado nuestra dura sentencia.

Sin embargo Dios, “poderoso Soberano, juzga con moderación y nos gobierna con gran indulgencia”.

La parábola del sembrador junto con el evangelio que hoy escuchamos, no sólo es una llamada a ser tierra buena y apartar de nosotros aquellos matojos y estorbos que impiden crecer con vigor el buen grano. Es también una llamada a sembrar siempre paz y concordia, bondad y esperanza, consuelo y misericordia entre todos para que no dejemos nunca que crezca la mala hierba de la envidia, el rencor, la violencia o la división entre quienes estamos  llamados a compartir un mismo presente y preparar un futuro mejor.

Con todo sabemos, que pese a nuestros esfuerzos y desvelos, el mal es una realidad que quiere imponerse y que su aceptación es imposible. Que un campo tenga cizaña es una cosa, pero que esta crezca en el hogar, en la familia y en la sociedad, con el silencio resignado y la apatía infecunda,  es otra muy distinta. La actitud frente al mal, es combatirlo con el bien.

Y una manera eficaz, es tener la capacidad suficiente para sembrar las reglas de una convivencia adecuada desde el respeto, y saber ofrecer oportunidades para la conversión sincera, lo que constituye un reto para todos y a la vez una tarea a desarrollar con esperanza.

Como nos dice el libro de la Sabiduría, “el justo debe ser humano”. Y Dios nos ha dado “la dulce esperanza de que, en el pecado, da lugar al arrepentimiento”.

La justicia sin corazón y sin misericordia se convierte a la larga en revancha. Y si no ofrecemos al pecador o malhechor una oportunidad para la conversión jamás podremos hablar de un Reino de Dios entre nosotros tal y como lo entendió Cristo.   

Con todo no olvidemos que el evangelio termina con una clara advertencia. Al final la cizaña será cortada y echada al fuego. Cada uno dará cuenta de sí ante Dios, y el hecho de que su amor ofrezca siempre una nueva oportunidad para la conversión y el perdón, no mitiga la clara y rotunda advertencia a quien persiste en el mal, que de seguir así y no convertirse, acabará de la misma manera.

La misericordia de Dios dura por siempre, pero no se impone al obstinado que decida arrojar su vida por el abismo alejándose de él por el camino del odio y la muerte.

       Esta es nuestra esperanza y nuestra responsabilidad, confiar siempre en la bondad y misericordia del Señor, y poner todo de nuestra parte para que su Reino crezca entre nosotros. Que su Espíritu nos ayude para seguir sembrando su evangelio en medio de este mundo, sumido en la injusticia, el odio y las guerras.

sábado, 4 de julio de 2026

DOMINGO XIV TIEMPO ORDINARIO

 


DOMINGO XIV TIEMPO ORDINARIO

5-07-26 (Ciclo A)

 

El evangelio que acabamos de escuchar, es toda una acción de gracias que brota del corazón gozoso de Jesús ante la acogida que entre los más sencillos va teniendo su Palabra. Jesús da gracias al Padre porque se ha revelado a los últimos de este mundo, mostrando su amor y misericordia para con los sencillos y humildes. No en vano el mismo Jesús nos invita a aprender de él que es “manso y humilde de corazón”.

La mansedumbre y la humildad de Jesús no se contraponen a su misión de anunciar el Reino de Dios con rotundidad y entrega.  Su fidelidad a la misión encomendada por el Padre, le hace seguir su camino sin desvíos ni flaquezas, y la contundencia con la que denuncia la injusticia y el sufrimiento de sus hermanos, los hombres y mujeres más débiles, va siempre acompañado de este sentimiento acogedor y sencillo para con todos.

Que necesario se hace en nuestros días asumir las actitudes del Señor. Sometidos a los modos y maneras del mundo, los cristianos corremos el riesgo de comportarnos más según las reglas del mercado, del poder o del bienestar egoísta, que conforme al espíritu fraterno, sencillo y misericordioso de Jesús.

Desde niños se nos enseña a competir y pelear. Competimos en los estudios, en las artes y la cultura, en el deporte y en el ocio. Peleamos por ser más que los demás, superarnos respecto de nuestros padres y mayores, y nos olvidamos que la justa promoción humana y el valor de la superación para mejorar, ha de ir siempre acompañada de la sencillez y la humildad para reconocernos limitados y necesitados de los demás.

No sólo hemos de educar a los niños y jóvenes en esta dimensión generosa, servicial y fraterna. Nosotros los mayores debemos reeducarnos también, y recuperar a la luz de la fe, el verdadero carácter cristiano con el que construir nuestras relaciones interpersonales desde valores que nos unan y no nos enfrenten.

La mansedumbre y la humildad son el sustrato necesario para el perdón y la reconciliación. Sólo los corazones sencillos y humildes saben acoger y perdonar con verdad. Podemos recordar ese pasaje del evangelio de S. Lucas donde el Padre espera ansioso la vuelta del hijo pródigo que se había marchado de su lado. No era él el culpable de su marcha y lo sabía, pero lo importante no era buscar culpables. Lo fundamental consistía en recuperar a su hijo perdido, y si para eso tenía que sacrificar cualquier orgullo o reproche no dudaba en hacerlo de corazón y abrazarlo lleno de gozo.

Cuantos de vosotros padres y madres no habéis experimentado el silencio y la paciencia, la humillación y la tolerancia como el medio más eficaz para la reconciliación conyugal y el acercamiento a los hijos. Y por muy grande que haya sido la ofensa sufrida, ¿no ha sido mayor el gozo del reencuentro recuperando así la armonía familiar?  

La sociedad necesita de espacios de auténtica humanidad, donde el respeto y la confianza se vayan abriendo paso a la hora de enjuiciar las vidas de quienes nos rodean desde comportamientos más sencillos y menos orgullosos.

Es verdad que en demasiadas ocasiones abrimos brechas en la convivencia que resultan casi insalvables. La intolerancia, la violencia en la sociedad y en el hogar, el egoísmo explotador de los más débiles, todo ello se abre como un abismo de dolor y rencor que es lo más contrario al Reino de Dios que Jesús nos presenta como proyecto de vida. Descubrir la urgencia de ir sanando este mundo desde el amor, y poner todo nuestro esfuerzo en construir puentes de encuentro que favorezcan la fraternidad, es una exigencia de nuestra fe, y un motivo de esperanza para todos.

Jesús nos dice en el evangelio que su yugo es llevadero y su carga ligera. A esta conclusión sólo puede llegar quien asume su misión y condición desde el amor y la entrega a los demás. El yugo de la familia y sus cargas son llevaderos si se viven desde el amor, el respeto y el servicio. El yugo de la amistad y sus cargas, se soportan desde la confianza y la sinceridad. Y así podemos seguir con todo en la vida descubriendo que según cómo nos enfrentemos a cada aspecto de la misma, viviremos en un ambiente interior de gozo y serenidad, o por el contrario desde la amargura y el resentimiento.

Hemos de reconocer que en la mayoría de las ocasiones, nuestra forma de afrontar la vida va a determinar el cómo la vivamos. Si nos movemos en un ambiente interior de paz y esperanza, es más fácil transmitir esa paz en todo lo que hacemos. Si por el contrario caemos con facilidad en los prejuicios, en la envidia o en el mal pensar de los demás, también sembraremos a nuestro lado discordia y malestar. No olvidemos que una de las bienaventuranzas del Señor es “dichosos los limpios de corazón porque ellos verán a Dios”.

Es lo que en esta eucaristía le pedimos al Señor. Que él nos ayude a tener limpieza en el mirar y en el sentir, para que el corazón goce de una salud que nos ayude a ser comprensivos y misericordiosos con quienes nos rodean, y que vayamos creando entre todos un estilo de relaciones humanas basadas en la humildad y la sencillez para podernos reconocer como hermanos y así vivir el gozo de nuestra condición de hijos de Dios.