sábado, 12 de noviembre de 2011

OPINIÓN: ¡Ya está bien con Mons. Iceta!



Ya está bien con Mons. Iceta

Parece que de un tiempo a esta parte, se ha recrudecido la oleada de informaciones, sesgadas e insidiosas contra nuestro Obispo diocesano D. Mario Iceta. Desde que el pasado mes de octubre cumpliera un año en la Sede de Bilbao, las noticias que tienen que ver con su persona se han multiplicado, y la inmensa mayoría de ellas para mostrar una imagen terrible del prelado; “ultraconservador, impositivo, de juego sucio, de intenciones ocultas, férreo...”, y somos muchos los sacerdotes de esta Iglesia local que estamos hartos de tanta falacia contra nuestro Pastor, promovida por miembros de ella y aireada por algunos medios de comunicación.

Los argumentos de los llamados “críticos” se limitan a reseñar, en síntesis, que D. Mario ha asumido el control de la Iglesia bilbaína. Pues claro que sí, porque es su obligación episcopal en fidelidad al ministerio que ha recibido. El Obispo no es la figura decorativa que adorna nuestras celebraciones si le llamamos porque nos cae bien, y se queda en su casa sin molestar si no es de nuestro agrado. El Obispo, en comunión con los demás obispos y el Papa, son sucesores del Colegio Apostólico, y por lo tanto garantes de la autenticidad de la fe católica, de su doctrina y magisterio, de la interpretación auténtica de la Palabra de Dios y los únicos que pueden proponer con autenticidad y autoridad, la verdad de la fe que los creyentes debemos aceptar.

Los teólogos, pensadores y estudiosos de otras ciencias, están al servicio de esta ingente labor de comprender, reflexionar y proponer caminos de actualización del mensaje de Cristo, pero no compete a ellos definir y decidir las conclusiones de este estudio. Mucho menos cuando algunos grupos se escoran exclusivamente hacia posiciones ideológicas muy determinadas.

En la Iglesia de Bilbao, durante mucho tiempo han estado condenadas al ostracismo grupos y movimientos que no eran del agrado de algunos responsables diocesanos. La respuesta de estos grupos ha sido el silencio y la sumisión. Tal vez porque tampoco tenían demasiada fuerza, pero en cualquier caso sí es sintomático que esos colectivos tachados de “neoconservadores”, acatan la autoridad imperante, mientras que los que se consideran abiertos, plurales y progresistas, cuando alguien les llama al orden o corrige sus posiciones excesivas, montan en cólera y no dudan en lanzarse a una campaña mediática de desprestigio contra su legítimo Pastor.

A D. Mario no le duelen prendas para escuchar a todos, así lo ha demostrado en los distintos consejos diocesanos de alguno de los cuales soy testigo. Ha tratado todos los temas que se le han propuesto, no se ha negado a hablar y reflexionar sobre ninguno de ellos. Ha expresado con sencillez sus argumentos, y si en algún caso, como él mismo ha manifestado, debiera tomar una postura contraria al parecer de la mayoría de sus consejeros, la tomará, pero explicando el porqué y asumiendo su responsabilidad.

Hemos tenido muy buenos obispos en esta Iglesia, a cada uno le ha tocado un tiempo y situación diversa, pero nadie les puede negar su entrega y generosidad en la labor realizada. Hoy también, gracias a Dios, tenemos un Obispo excelente, cercano, abierto a la escucha y al diálogo, que acoge a todo el que quiera plantearle cualquier cuestión. Un obispo joven, trabajador y enteramente entregado al servicio de este Pueblo de Dios. Ya está bien de hacer de nuestra comunidad eclesial un escenario de confrontación ideológica, en el que cada uno tira para su lado sin preocuparle la rotura que se puede provocar en la comunión eclesial. Los sacerdotes no somos los “dueños del cortijo”, hemos de dar cuenta a la comunidad eclesial en la persona de nuestro Obispo, que tampoco es dueño y nunca ha obrado como tal, pero que sí tiene la responsabilidad última de garantizar que esta Iglesia de Bilbao es la Iglesia que Jesús quiere, en la comunión eclesial y al servicio de la misión evangelizadora. Ayudémosle en su tarea, y busquemos con honestidad los caminos que nos conduzcan a la deseada fraternidad.

HOMILIA DOMINICAL




DOMINGO XXXIII DEL AÑO
13-11-11 (Ciclo A) Día de la Iglesia Diocesana





Como se nos ha indicado al comienzo de esta eucaristía, celebramos hoy el día de la Iglesia Diocesana, bajo el lema “La Iglesia contigo, con todos”. Una jornada especialmente indicada para renovar la conciencia eclesial y revitalizar nuestro compromiso comunitario y misionero.
La Iglesia de Jesucristo instaurada por él hace casi dos mil años y desarrollada por la predicación apostólica y pastoral de sus discípulos, llega hasta nuestros días con fidelidad y espíritu renovado. Queriendo ser fiel al mandato del Señor de anunciar su Evangelio a todos los pueblos, comparte el presente de las gentes de hoy con sus luces y sombras, gozos y esperanzas, y prepara el futuro de esta humanidad construyendo con ilusión y confianza el reinado de Dios; un reino de justicia, de amor y de paz.


Aquella Iglesia que nacía en Pentecostés con la fuerza del Espíritu Santo es la que hoy se hace realidad en los lugares concretos del mundo, congregadas entorno a un Obispo, sucesores de los apóstoles y animadas por los presbíteros colaboradores de éstos en corresponsabilidad con los laicos y religiosos, partícipes todos de la misión de la Iglesia por su bautismo.
La Iglesia Diocesana de Bizkaia, pastoreada por nuestro Obispo D. Mario, es nuestra Iglesia local en la que cada uno de nosotros vivimos y celebramos nuestra fe, compartimos nuestra esperanza y desde ella vamos construyendo el reino de Dios.


Todos nos sentimos Iglesia porque somos miembros de la misma familia-comunidad. Hijos del mismo Dios que nos congrega ante su altar, y hermanos llamados a vivir la auténtica fraternidad desde la vinculación eclesial y en comunión con ella.


La Iglesia es más que nuestra parroquia o unidad pastoral, aunque sea en su interior donde sentimos su calor y cercanía. La Iglesia la formamos todos los cristianos que caminamos en este pueblo y deseamos transformarlo para que sea más justo y fraterno, superando sus miserias y violencias y dejándolo mejor de lo que lo hemos encontrado. Como nos recuerda nuestro Obispo: “En Ella hemos nacido a la vida nueva, somos alimentados con el pan de la Eucaristía, sanados en nuestras heridas y levantados de nuestras caídas. En ella hemos conocido el amor, la misericordia, el perdón y la fraternidad. Formamos un solo Cuerpo con Jesús, una familia de hijos e hijas, discípulos de Jesús, escuchando su Palabra y sumergiéndonos en el misterio de su vida. Y somos enviados gozosamente, como testigos y misioneros, para hacer presente su misterio de salvación que redime y sostiene la dignidad de toda persona herida en los avatares y caminos de la vida”.


Desde esta experiencia eclesial vivimos nuestra pertenencia a la Iglesia de Bilbao con espíritu comunitario y responsable. Espíritu comunitario que estimula nuestra sensibilidad para con aquellas comunidades más necesitadas que las nuestras, bien por la debilidad de sus miembros o por las necesidades económicas por las que atraviesen. Las comunidades ricas han de compartir con las más pobres por eso la colecta de hoy será para equilibrar esas necesidades, de forma que ninguno padezca una penuria que debilite su apostolado.


Pero también hemos de compartir nuestra potencialidad pastoral, nuestros talentos de forma responsable. Es el Señor quien nos ha dotado a cada uno de capacidades esenciales que debemos desarrollar y poner al servicio de los demás. La fe no es una ideología egocéntrica ni una teoría individual sobre la vida. La fe es una experiencia de encuentro personal con Jesucristo de la cual brota espontáneamente la necesidad de vivirla y comunicarla en el seno de la comunidad cristiana y fuera de ella. En este sentido todos somos necesarios para desarrollar la misión de la Iglesia, cada uno desde sus capacidades, desde los dones que ha recibido del Señor, y viviendo la comunión fraterna para ser en medio del mundo testigos del amor de Dios y transmisores de su esperanza.


En este mundo nuestro, donde tantas veces podemos sentir la frialdad de un ambiente un tanto hostil para con la Iglesia, se hace más necesario vivir esta unidad de fe, de amor y esperanza. En este sentido nuestro Obispo nos anima para que “en esta comunión eclesial aprendemos a amar y a perdonar, a romper las barreras del egoísmo y volcarnos en los rostros sufrientes de nuestro mundo pregonando por todo el mundo el Evangelio, el advenimiento del Reino. El Señor en la Eucaristía se ha hecho don para que nosotros seamos también don para los demás. Llevar a todos los rincones del mundo la luz y esperanza de Dios, su Palabra y su Eucaristía, portar el abrazo del Padre, la vida del Hijo, el amor del Espíritu es la misión y tarea de la Iglesia y, consiguientemente de cada uno de nosotros. Hemos sido enviados a convidar a toda persona, especialmente a las más necesitadas, al banquete nuevo donde todo se nos ofrece como don: “todo es vuestro, vosotros de Cristo y Cristo de Dios” (1 Cor 3, 1)


En este día de nuestra Iglesia diocesana, debemos recuperar con vigor el sentimiento de la fraternidad cristiana. Por el bautismo fuimos un día incorporados a esta Iglesia, y aquel gesto que fue decisión de nuestros padres en coherencia con la fe que ellos profesaban y que nos han transmitido, lo debemos revitalizar y alimentar cada día con nuestra maduración personal. Porque ahora somos nosotros los que seguimos a Cristo, no sólo por lo que nos han contado nuestros mayores, sino porque de alguna manera hemos sido protagonistas del encuentro personal con Él en el seno de esta Iglesia de la que formamos parte y que nos ha ayudado a razonar, expresar y sobre todo vivir este don que llena nuestra vida con su gracia.


Terminando con palabras de nuestro Obispo D. Mario, imploramos la intercesión de nuestra Madre la Virgen. “María es Quien convierte la casa en hogar. Nuestra Madre es siempre acogida y ternura y Ella nos enseña a amar y edificar la Iglesia como familia. Os invito a dar gracias a Dios por este don, a participar en la vida de nuestra Iglesia diocesana, a purificarnos de todo aquello que impide que sea transparencia y sacramento de Dios en medio de nosotros, a colaborar en su sostenimiento y necesidades, y a participar en su caminar por los surcos de nuestra historia”.

Este es también nuestro deseo y así se lo pedimos al Señor con confianza y gratitud. Confiamos en que su Espíritu seguirá animando la misión de su Iglesia que camina por este pueblo nuestro con ilusión y esperanza, y agradecemos de corazón el don de la fe recibido por el testimonio de tantos hermanos que nos han precedido y supieron cimentar esta Iglesia nuestra sobre la roca de los apóstoles.

viernes, 4 de noviembre de 2011

HOMILÍA DOMINICAL



DOMINGO XXXII TIEMPO ORDINARIO
6-11-11 (Ciclo A)

Este mes de noviembre está especialmente dedicado al recuerdo de nuestros seres queridos y que ya han pasado a vivir la plenitud de la gloria de Dios. Los textos de la Sagrada Escritura que en estos días se nos proclaman, desde la fiesta de Todos los Santos hasta el fin del tiempo litúrgico ordinario con la fiesta de Jesucristo Rey del Universo, nos invitan a traspasar con la mirada del corazón la realidad de esta vida presente para confiar en la promesa del Señor y esperar con confianza nuestro encuentro definitivo con él.
Nuestra vida ha de ser vivida con toda su intensidad y consciencia. Ella es un regalo de Dios, quien por su amor inmenso ha creado este mundo nuestro y en medio de él nos ha situado para que naciendo a la vida humana y asemejándonos a su Hijo Jesucristo, nazcamos a la vida divina a la que ha de tender toda la creación.
Así lo ha entendido el autor sagrado en su libro de la Sabiduría. A ella, que es una forma de expresar el ser de Dios la “ven los que la aman y la encuentran los que la buscan”. Nuestro Dios, por medio de diferentes formas y experiencias, ha buscado siempre relacionarse con el ser humano. Dios no es un ser lejano e impersonal que permanece al margen de la vida de sus criaturas de una forma indiferente. La experiencia de los Patriarcas y profetas descrita en el A.T., es para nosotros un testimonio de la relación personal, cercana y amorosa de Dios con su Pueblo.
Claro que la lejanía histórica y las diferentes realidades culturales nos pueden dificultar su comprensión, pero por muy alejada que esté de nuestra propia realidad aquellos hechos y experiencias narradas, sí nos queda suficientemente claro que nuestro Dios no es un personaje distante del hombre, sino su Principio y Fin fundamental, no en vano hemos sido creados a imagen y semejanza suya.
Sólo desde ese sentimiento que nos vincula profundamente al Señor podemos cantar con el salmista “mi alma está sedienta de ti, Señor, Dios mío”. Sentir sed de Dios sólo es posible si también se experimenta la sequedad del corazón. Y en nuestra vida pasamos muchas veces por momentos de vacío, de oscuridad y también de frialdad espiritual. En ocasiones los vivimos de una forma más inconsciente, y nos aferramos a otras realidades creyendo que podemos llenar ese vacío con cosas materiales o ilusorias.
Cuando nos alejamos de Dios buscamos otros ídolos que llenen su hueco, y nos dejamos invadir de realidades que aunque aparentemente ocupan su lugar siempre nos dejan insatisfechos.
Tomar conciencia de esta realidad nos ayuda a recuperar un corazón sediento que nos ayuda a estar en vela, esperando y anhelando al único que lo puede saciar plenamente.
Una experiencia similar es la que nos ofrece S. Mateo en el evangelio, y que en parte no hace más que narrar la suya propia. El también estuvo preocupado de las cosas materiales, del dinero y del poder que le daban ser recaudador de impuestos. Su lámpara se vaciaba del aceite de la misericordia y de la compasión de los demás buscando satisfacer sus ambiciones y egoísmos, hasta que un día se topó con Jesús.
En ese encuentro descubrió su vacío interior y la riqueza humana que el desconocido le ofrecía. Ante Jesús, Mateo descubrió su pobreza y pequeñez en claro contraste con la vida plena que el Maestro le ofrecía. Y en ese seguimiento confiado y agradecido, fue llenando su lámpara del mismo aceite del Señor; el amor, la cercanía a los demás, el servicio generoso y la compasión ante los que sufren. Un aceite con el que encender la lámpara que ilumine a los demás para mostrarles el camino que conduce a una vida plena y gozosa.
La luz que irradia una vida así va despejando las tinieblas del egoísmo, la injusticia y la desesperanza. Ciertamente todos pasaremos en nuestra vida por momentos de mayor oscuridad, de dolor e incertidumbre, especialmente cuando tengamos que afrontar la prueba de la muerte.
S. Pablo es muy consciente de ello y así nos invita, en su carta a los hermanos de Tesalónica, a permanecer unidos desde la confianza en el Señor. Porque “si creemos que Jesús ha muerto y resucitado, del mismo modo a los que han muerto en Jesús, Dios los llevará con él”.
La lámpara de nuestra fe no sólo ha de alumbrar nuestra vida y calentar nuestra esperanza. Si somos luz en medio del mundo es para iluminar a los hermanos cuyas fuerza flaquean, y sostener en medio de las adversidades de la vida a quienes peor lo puedan pasar.
Ahora bien, sólo podremos desarrollar esta misión si alimentamos nuestra experiencia de fe de forma continua y profunda. Difícilmente podremos acompañar y sostener a quien flaquea si nuestras fuerzas no nos sostienen a nosotros mismos. Eso mismo reprocha Jesús en la parábola a quienes no han previsto alimentar su lámpara con el suficiente aceite. A veces nosotros podemos hacer muchas cosas por los demás, entregarnos apasionadamente a proyectos y empresas que busquen la promoción y la justicia entre los hombres, y eso es bueno y hay que hacerlo. Pero si a la vez no alimentamos el alma que sustenta esa acción, la vida interior de quienes nos entregamos puede ir apagándose hasta perder el sentido por el que actuamos, y así podremos hacer cosas, pero sin el fundamento de una fe que las anima y sostiene.
Hoy es un buen día para ir revisando cómo está la lámpara de nuestra espiritualidad. Si vivimos con el suficiente aceite que la alimenta y da vigor a la luz que desprende, o si por el contrario nos despreocupamos un poco de su cuidado interior.
En la eucaristía encontramos los cristianos la fuente de la que beber para calmar la sed y reponer las fuerzas en el camino de la vida. En ella nos confortamos como hermanos en una misma tarea y, alentados por la Palabra del Señor, sentimos cómo su Espíritu Santo nos sigue sosteniendo y animando para vivir con gozo y esperanza en medio del mundo.
Pidamos en esta celebración para que compartiendo una misma esperanza, vivamos con ilusión nuestros compromisos pastorales y sociales, intentando transmitir a los demás la fe que nos hace hermanos e hijos de Dios.

sábado, 29 de octubre de 2011

HOMILÍA DOMINICAL



DOMINGO XXXI DEL TIEMPO ORDINARIO
30-10-11 (Ciclo A)




Un domingo más somos invitados a compartir este don gratuito de Dios que nos congrega como familia eclesial, para fortalecer nuestra fe y unirnos en la esperanza.
Y la Palabra de Dios que se nos ha proclamado hoy, nos invita a la reflexión profunda sobre nuestra forma de vivir la responsabilidad pastoral y apostólica. El evangelio siempre nos confronta con la vida y en unos casos nos demandará mayor solidaridad para con los pobres, en otros autenticidad en la vida personal y social, o bien una mayor generosidad y profundidad en la dimensión espiritual y vida de oración. Todos sacamos consecuencias prácticas para nuestra vida si con apertura de corazón y humildad acogemos esa palabra del Señor.
Pero en este día, tanto Jesús en el evangelio como el profeta Malaquías en la primera lectura, nos ayudan a mirar con verdad la vida de quienes tienen la misión especial de ser guías y maestros en el conocimiento y aceptación de la voluntad de Dios, los sacerdotes. Y si bien es verdad que todos los cristianos debemos dar fiel testimonio de Jesucristo a través de una vida coherente, no cabe duda de que esta fidelidad ha de ser especialmente cuidada por quienes han asumido una responsabilidad sagrada ante la comunidad eclesial.
En la historia de Israel han existido grandes hombres entregados y generosos, que han dedicado sus vidas por entero al servicio de Dios con dedicación a su pueblo. Ellos han contribuido con claridad a preparar el camino al Señor y disponer debidamente a su pueblo para acogerlo con gozo.
También en la vida de la Iglesia han sido y son innumerables los ministros del evangelio que se han entregado con entusiasmo y dedicación a anunciar el Reino de Dios, sin buscar nada que no fuera la alegría de compartir junto a los hermanos una misma fe y esperanza, y dentro de unos días celebraremos la fiesta de los innumerables santos que han completado su carrera hacia Dios. Gracias a ellos hoy nosotros podemos vivir nuestro seguimiento de Cristo, porque por su testimonio sencillo y fraterno nos han abierto a la fe transmitiéndonos su alegría y avalando con su generosidad y sacrificios la palabra testimoniada.
Sin embargo Jesús y el profeta nos muestran también el lado oscuro del mal ejercicio de este ministerio. “En la cátedra de Moisés se han sentado los letrados y fariseos: haced y cumplid lo que os digan, pero no hagáis lo que ellos hacen, porque ellos no hacen lo que dicen”. Que dura crítica, pero con qué claridad es dicha.
Jesús se enfrenta a quienes aprovechándose de su posición ante la comunidad creyente, reducen su misión a la imposición de normas y preceptos o a la condena inmisericorde de quienes los quebrantan, sobre todo por su incoherencia y falsedad. Situándose al amparo de la posición que ostentan se han convertido en jueces de los demás, pero sus vidas quedan al margen de sus juicios, y esto el pueblo entero lo descubre cayendo en el error de valorar los principios de la fe en función de la forma de vida de quienes los enuncian. Es decir, que si un sacerdote nos dice que en la vida hay que ser misericordioso y solidario con los demás, pero él es egoísta y ruin, es que entonces su palabra no sirve de nada. De este modo la misma fe se hace depender de la autenticidad de vida de quien la profesa.
Y aunque en gran medida esto es así, y si nos falta coherencia personal y eclesial difícilmente haremos creíble el mensaje que anunciamos, ante todo debemos saber separar la verdad de la fe de las limitaciones de la vida de quienes la proponen. Y esta es una tarea en la que todos los cristianos tenemos igual responsabilidad.
En nuestro tiempo presente es mucho más destacable la entrega absoluta y desinteresada de los servidores de la comunidad eclesial que sus pretensiones personales. Claro que entre tantos siempre habrá quienes busquen su beneficio personal, o los que reduzcan su labor ministerial a la doctrina desencarnada y carente de compasión, pero no creo que sea ni destacable.
Sin embargo sí es notable el hecho de magnificar cualquier tipo de escándalo eclesial, y dar una imagen generalizada de ese hecho que por muy deleznable que sea sólo responde a la acción de un sujeto y nunca al desarrollo de la vida eclesial. El caso es que esta imagen, en parte real pero también enormemente distorsionada, genera una opinión en algunos sectores de la sociedad e incluso de la propia Iglesia de que o bien todo vale, o no hay que fiarse de nadie.
Y es entonces cuando hay que volver a escuchar la voz del Señor, “haced y cumplid lo que os digan, pero no hagáis lo que ellos hacen”. El hecho de que la vida de algunos vaya en contra de lo que sus labios profesan, no quita valor a la fe anunciada, sino sólo a la autenticidad de sus vidas. Y esto que en los sacerdotes y Obispos adquiere notas mayores, también sirve para el conjunto de los cristianos.
Todos somos responsables de la acción evangelizadora por lo que si conforme a nuestra manera de vivir estamos poniendo en riesgo la veracidad de esa misión, debemos saber acoger la justa crítica que se nos pueda hacer e iniciar un camino de conversión. No podemos pretender ser seguidores de Jesús, anunciar su Palabra, proponer su proyecto de vida y llevar nosotros un estilo contrario a los fundamentos de la misma. En este sentido debemos ser humildes y saber aceptar la justa denuncia que se nos pueda hacer por parte de los creyentes y de cualquier otra persona.
Pero junto a esto, también debemos tener clara conciencia de que a pesar de nuestras infidelidades y fracasos, la verdad del Evangelio no depende de nuestra forma de vivir, sino que viene avalada por Aquel que se entregó por nosotros, y con su sangre mostró al mundo el amor de Dios que a todos ofrece su salvación y vida en plenitud.
El evangelio, mis queridos hermanos, a todos nos confronta con la verdad del Señor, y por mucho que nos resistamos, al final esa verdad prevalece y resplandece con intensidad. El que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido, dice el Señor.
Pidamos con humildad al Señor, el don de la fidelidad y de la coherencia, para que los cristianos llevemos siempre una vida acorde a nuestra fe, y de esa forma podamos dar un testimonio creíble Jesucristo en medio de nuestro mundo, tan necesitado de amor y de esperanza.

viernes, 21 de octubre de 2011

HOMILÍA DOMINICAL



DOMINGO XXX TIEMPO ORDINARIO
23-10-11 (Ciclo A)

Hoy es el día del Señor, y como cada domingo, la comunidad cristiana nos reunimos para vivir juntos la alegría de nuestra fe en Cristo resucitado, que nos convoca para compartir la mesa de su palabra y de su misma vida.
Y en esta jornada del Domund, donde la Iglesia universal celebra su misión evangelizadora y misionera, resuena con intensidad las palabras que Dios dice de sí mismo; “Yo soy compasivo”. Así concluye el relato del libro del Éxodo que hemos escuchado. Nuestro Dios es compasivo, es decir, se deja conmover por la situación de sus hijos, ya que su amor y ternura le hacen sensible a sus necesidades y penurias.
El autor sagrado, nos ha relatado con nitidez aquello que Dios reprueba en el comportamiento humano, la avaricia, el egoísmo, la violencia y usura. Todo lo que oprime al pobre y débil y en cuya opresión se sustenta la opulencia y prepotencia de los grandes y fuertes.
Dios no es indiferente a lo que sucede en este mundo. El ha querido participar activamente de su destino, y nos ha abierto un camino de solidaria fraternidad por el que la humanidad entera pueda encontrarse con él, a la vez que reconocerse como hermanos.
El mismo Jesús en el evangelio, nos muestra cuáles son los preceptos fundamentales y que resume la ley entera; el amor incondicional y absoluto a Dios, nuestro único Señor, y el amor al prójimo nuestro hermano, a quien debemos tratar como nos gustaría que nos trataran a nosotros, porque en eso consiste el amarlo como a uno mismo.

Esta es la nota fundamental de la jornada mundial de la propagación de la fe que hoy vivimos. El Domund no es sólo una fiesta de la solidaridad material en la que los cristianos compartimos nuestros bienes con los más necesitados de la tierra, que también. Ante todo festejamos que la fe que hemos recibido de la comunidad cristiana, y a la que por la gracia de Dios nos hemos abrazado con consciencia y gratitud, es un don que debemos transmitir con entrega y generosidad.
Somos seguidores de Jesucristo, quien nos envía a anunciar a todos los pueblos y gentes, el gran don del amor de Dios. Un amor universal y gratuito, donde no existen límites raciales ni culturales.
Donde el amor es el gran don que hemos recibido y la tarea por la que debemos entregar la vida cada día.

El mundo está repleto de situaciones donde ese amor es constantemente agredido y silenciado. El odio, las guerras, el terror y la violencia parecen no mitigarse ni tener intenciones de extinguirse. Por eso los signos de pacificación que podemos vivir, han de ser por todos acogidos con intensa responsabilidad y esperanza. Y en este sentido, debo referirme al último acontecimiento que esperemos cierre una historia de terror para abrir una etapa de reconciliación y paz.

Esa paz parece abrirse paso entre nosotros, tras el último comunicado de ETA, y si bien no tenemos nada que agradecerles por su disolución, ya que nadie debe agradecer al asesino que deje de asesinar, ni al violento que cese en su violencia, sí debemos potenciar aquello que nos ayude a cimentar sobre la roca de la verdad y la justicia, la construcción de una paz auténtica y definitiva.
Para ello es imprescindible en primer lugar, agradecer a las víctimas de esta etapa más dolorosa de nuestra historia, su ejemplar comportamiento. Muchas de ellas, además de haber sufrido la muerte de un ser querido, lo han tenido que vivir en silencio y soledad, sintiendo que la misma sociedad atenazada por el miedo, y en ocasiones la misma Iglesia, no les apoyaba lo suficiente. Que sepan perdonarnos esta falta de valor y de justa solidaridad.
En segundo lugar, y para ser garantes de la verdad, hay que decir que en esta secuencia de terror sólo hay unos responsables de la misma, y son los terroristas, quienes para conseguir sus fines utilizaron la vida humana como moneda de intercambio y presión, algo que es del todo inmoral y perverso.
En tercer lugar, y para asentar desde claves de justicia cualquier futuro de libertad y esperanza, los causantes de este mal han de dar cuenta del mismo a la sociedad entera a través de los legítimos cauces existentes en nuestro ordenamiento jurídico. De lo contrario el mal causado jamás será sanado ni reconducido hacia un horizonte de auténtica reconciliación.
Y por último, esta nueva situación requiere de todos la toma de conciencia del momento para no poner obstáculos innecesarios en el camino. Si las víctimas nunca utilizaron la violencia como respuesta, ni alentaron la venganza como solución, debemos saber mirar el futuro con serenidad y firmeza para sembrar adecuadamente los caminos por los que iniciar esta nueva andadura. Apoyando por una parte a nuestros gobernantes para que realicen su tarea con la debida altura de miras, garantizando el escrupuloso respeto a la memoria de las víctimas, y por otra, nosotros los cristianos, seamos en medio de nuestra sociedad vehículo de concordia y reconciliación.

La Iglesia, mis queridos hermanos no es la institución que marca el ritmo de los acontecimientos, pero los que formamos la Iglesia sí debemos comprometernos en cuanto afecta y condiciona la vida social, que en definitiva es la de todos nosotros.
En este sentido los cristianos tenemos el gran valor de nuestra fe en Jesucristo, la cual es del todo normativa y fundamental para nuestro comportamiento personal y social.
Hoy estamos llamados a propagar nuestra fe no sólo a los pueblos lejanos y desconocedores de Jesucristo. Somos ante todo evangelizadores de nuestro entorno más cercano, y así se abre ante nosotros una misión apasionante que ha de germinar en la renovación de nuestra sociedad, para que en ella emerja con toda su fuerza el Reino de Dios, un reino de amor, de justicia y de paz.

sábado, 8 de octubre de 2011

HOMILÍA DOMINICAL



DOMINGO XXVIII TIEMPO ORDINARIO
9-10-11 (Ciclo A)

A lo largo del evangelio son varias las comparaciones con las que Jesús describe las características del Reino de Dios, y una de las más expresivas es la de la comida festiva.
El profeta Isaías ya anunciaba que Dios prepara un banquete generoso y universal, donde todos somos invitados para vivir el gozo de la salvación. Una alegría que hemos cantado con el salmo 22, sintiendo cómo el Señor nos va conduciendo hacia su Reino de amor y de paz, a través de “fuentes tranquilas en las que repara nuestras fuerzas”.
De este modo entendía el pueblo judío su propia historia, donde toda ella era fruto del amor de Dios que les había elegido como su Pueblo santo y preferido.

Sin embargo el apego y acomodo a las realidades temporales, muchas veces provocan en nosotros la ingratitud al creernos autosuficientes, y así el evangelio de hoy nos lanza una llamada de atención frente a la apatía y la desidia en la que muchas veces cae el pueblo creyente.
San Mateo dirige su evangelio a la comunidad judía. El conoce muy bien su tradición personal y comunitaria y sabe en qué terreno se mueve. Tras manifestar con claridad que el Reino de Dios es un don, fruto del amor y de la misericordia divina, pasa con igual verdad a mostrar su exigencia y la respuesta personal que Dios nos pide a su llamada.

Jesús nos ha transmitido el verdadero rostro de Dios. En su persona se ha hecho realidad lo ya anunciado por los profetas, de manera que su reinado ha comenzado a emerger entre nosotros. Un reino al que todos somos convocados para colaborar en su construcción, bien a primera hora del día o a última, pero con el mismo salario. Un reino donde no existan barreras que nos separen egoístamente, porque todos somos invitados con igual generosidad por parte del Señor, pero como hemos escuchado en el evangelio no siempre acogemos la invitación con entusiasmo ni gratitud.
Jesús reprocha a sus oyentes esa actitud mezquina y prepotente de quienes se creen merecedores del don de Dios. Un don que siempre es gratuito y que brota del amor que Dios nos tiene, pero que ni es fruto de nuestros méritos ni un derecho que podamos exigir.
El Señor manifiesta su tristeza por la falta de respuesta en aquellos que han sido elegidos por Dios. Ese pueblo suyo que tantas veces ha experimentado las pruebas del amor de Dios y que sin embargo sigue endureciendo el corazón ante sus llamadas, cerrándose a la conversión y prefiriendo caminar por la senda del egoísmo y la indiferencia para con los demás. Una actitud que S. Mateo les recuerda con dureza ya que muchas veces ese pueblo escogido, en vez de aceptar y escuchar la palabra de Dios expresada por boca de sus profetas y mensajeros, los han despreciado, maltratado y asesinado.

De esta forma el evangelista apunta a la misma vida de Jesús. Él ha sido el Dios con nosotros, y sin embargo “los suyos no lo recibieron”.

Por todo ello la invitación inicialmente ofrecida al pueblo elegido, se entregará a “otro pueblo que de sus frutos a su tiempo”, el nuevo pueblo de Dios que somos la Iglesia. En ella toda la humanidad es convocada al Reino de Dios llegando hasta los confines del mundo para que nadie quede excluido de su proyecto salvador.

Los cristianos debemos tener clara conciencia de ser el nuevo Pueblo de Dios instaurado por Jesucristo. Sin rechazar a nadie y sin creernos más que nadie, pero sintiendo con gozo y vitalidad fecunda, que el Señor camina a nuestro lado y que somos portadores de una misión evangelizadora, que ha de transmitirse a los demás con generosidad y respeto, pero ante todo con fidelidad y valentía.
Desde esta toma de conciencia de nuestra vocación cristiana, acogemos la llamada que hoy se nos realiza para ver en qué medida no nos hemos acomodado también al bienestar del presente, cayendo en el mismo pecado que nuestros padres en la fe.
¿Somos los cristianos auténticos mensajeros de la vida del Señor, viviendo los valores del evangelio en medio de nuestra sociedad, o por el contrario también estamos cayendo en la desidia y superficialidad que nos aleja de una vida auténticamente cristiana?

El Papa Benedicto XVI ya ha expresado en varias ocasiones, y así lo expuso en Colonia ante miles de jóvenes en el año de su elección como Sucesor de Pedro, que nuestro mundo moderno se ha acostumbrado a consumir religión, pero que cada vez se aleja más de Dios. La moderna sociedad ha convertido el fenómeno religioso en otro producto de consumo, pero carente de contenido y hondura para la vida del ser humano.

Hay quien consume sacramentos como expresión de una costumbre social, o por la mera belleza de lo estético, desvinculándolo de su profundo sentido, y pervirtiendo así su contenido esencial.
Es como el invitado a la fiesta del evangelio, a quien el Señor le reprocha su vestido. “¿Cómo has entrado aquí sin vestirte de fiesta?”. Cuantas veces asistimos a celebraciones matrimoniales, bautismales o eucarísticas donde una gran parte de los invitados, e incluso de los protagonistas principales, viven al margen de la fe. Y no lo digo desde el punto de vista moral, que todos somos pecadores y estamos necesitados de la misericordia de Dios, sino desde una realidad existencial de pertenencia auténtica a la familia eclesial.
Es una gran desgracia para la vivencia cristiana, el que la celebración de los misterios de la fe se convierta en un mero signo ornamental. Un matrimonio celebrado sin fe es inválido, lo mismo que el bautismo que recibe un niño, sin el concurso de la fe de sus padres, resulta a la larga infecundo. Para vivir plenamente la fiesta del banquete del Señor debemos estar vestidos adecuadamente para la ocasión.
Vestido que no es otro que el de nuestra actitud interior. La fe no es cosa de apariencia externa, sino de autenticidad interna. Celebramos los sacramentos porque en ellos sentimos la presencia de Dios, quien por medio del bautismo nos acoge en su familia eclesial haciéndonos hijos suyos, por medio de su Palabra y de la Eucaristía nos nutre con el pan de la vida, y que también bendice el amor conyugal cuando los esposos comprometen sus vidas para siempre.
Desde esta fe recibida y vivida con autenticidad y coherencia vemos cómo en todos los momentos fundamentales de nuestra vida Dios se hace presente para alentarnos y colmarnos con su amor, sintiendo cómo su gracia nos conforma cada día teniendo como único modelo a Jesucristo nuestro Señor.

Hoy le pedimos por intercesión de Ntra. Madre de Dios de Begoña, cuya solemnidad celebraremos este martes, que nos ayude siempre para hacer de la comunidad cristiana fermento de una humanidad nueva y entregada al servicio de su Reino, y que los seguidores de Jesús llevemos siempre el traje de fiesta, propio de quienes han acogido y agradecido el don de la fe.

domingo, 2 de octubre de 2011

HOMILIA DOMINICAL



DOMINGO XXVII TIEMPO ORDINARIO
2-10-11 (Ciclo A)

Después de escuchar durante las semanas pasadas, como Dios es compasivo y misericordioso, y que el perdón que siempre nos ofrece ha de ser compartido y vivido por todos nosotros, hoy la Palabra del Señor nos invita a dar un paso más para que vivamos nuestra fe con autenticidad y coherencia.

La fe en Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo no es una fe abstracta, pasiva, lejana o indiferente con el destino del mundo. La fe cristiana se autentifica en el seguimiento de Jesús, para vivir conforme a su estilo de vida y encarnar en nuestra realidad su mismo proyecto salvador. La fe verdadera, tiene consecuencias concretas para nuestra vida.

La historia de Israel mirada a través de los ojos del profeta Isaías, y recogida por el mismo Jesús en el evangelio, es denuncia por su actitud de autocomplacencia e irresponsabilidad en aquellos que, debiendo ser agradecidos por los dones recibidos y por ello generosos con los demás, muchas veces han caído en el egoísmo y la soberbia de creerse los dueños del mundo y superiores respecto de otros pueblos.

Ese mundo contemplado por el profeta, es descrito por Jesús, como la Viña de Dios. Una viña creada por amor, cuidada con esmero y preparada por Él, para que en ella se desarrolle la vida humana en su plenitud, y poniendo las condiciones necesarias para que sea el germen de donde brote su Reino de amor. Para ello, Dios ha confiado su desarrollo al ser humano, y la ha puesto en nuestras manos para que conforme a su plan, la vayamos sembrando de relaciones fraternas y solidarias y cosechemos frutos de paz, concordia y justicia entre todos y para todos, sabiendo que esta viña no es posesión privada de nadie sino un regalo, un don para cada uno de nosotros y para toda la humanidad.
Sin embargo, no hay más que echar una mirada a la viña del mundo para ver el solar estéril en el que tantas veces la hemos convertido, y no porque Dios nos haya castigado conforme a la amenaza vertida por el profeta, sino por la perversión que ocasiona el pecado egoísta, que nos hace creernos dueños de la creación sometiéndola al capricho de los intereses particulares y esclavizando o eliminando a quienes desde su pobreza y necesidad, nos recuerdan lo injusto e inhumano de nuestro proceder.

Y aunque ciertamente mayor responsabilidad tienen quienes más altos cargos ostentan y más bienes poseen, todos de alguna forma queremos vivir mejor y en nuestras ambiciones personales vamos olvidándonos de la caridad fraterna y la compasión por los demás.

El egoísmo del ser humano es la actitud que mejor muestra la idolatría que la sustenta. Porque no olvidemos que la denuncia del Señor en el evangelio, no sólo se debe a que aquellos jornaleros no dan los frutos debidos a su tiempo, sino que además de no aceptar a los enviados que el Dueño les envía, terminan por matar a su propio hijo.
En esta figura, quedará anunciada la propia entrega de Jesús, el Hijo amado del Padre, y que habiendo sido enviado para recoger el fruto de esta humanidad amada por Dios, en vez de recibirlo con gozo y gratitud, lo condenará a la muerte de cruz.

Jesús, por encima del egoísmo material, está denunciando la soberbia del corazón que lejos de reconocer al Dueño de nuestra vida, quien tanto nos ha amado y tantas veces buscado, le damos la espalda para echarnos en los brazos de los ídolos que satisfacen nuestras pasiones más superfluas, disfrazándolas de deslumbrantes horizontes, como son el dinero, el prestigio o la fama, el poder o el placer, pero que tras su consecución inmediata, sólo dejan víctimas frustradas y fracasadas, con el alma vacía y la conciencia amordazada.
Por eso la llamada a la solidaridad con los demás es tan importante, porque en la medida en que nos hacemos conscientes de la enorme desigualdad e injusticia que existe en el mundo, podremos dejarnos interpelar por las necesidades de los demás, lo cual nos puede acercar a descubrir el rostro de Dios en los más pobres, avanzando hacia una plena conciencia de universal fraternidad.

Dios nos ha colmado de gracia y bendición, nos ha creado a su imagen y semejanza, nos ha llamado a la vida para vivirla con el gozo de sabernos sus hijos. Y esta realidad si es vivida con la gratitud debida, nos hace más dichosos y generosos con los demás. Quien se sabe muy afortunado por todos los dones recibidos, lleva una existencia en permanente acción de gracias, lo cual le llena el corazón de alegría, y eso se nota por sus consecuencias para con los demás.
Por el contrario, quien en su vida la fe se va desdibujando, porque en ella entran intereses contrarios a la dignidad humana y por lo tanto ajenos a Dios, y se arroja en los brazos del materialismo y del hedonismo, endurece tanto su corazón para con sus semejantes, que termina por no reconocerse a sí mismo rompiéndose interiormente.

La totalidad de las injusticias existentes, tienen en sus fundamentos la rebelión contra Dios, porque hay que echar a Dios de la vida del hombre, para que éste se convierta en su sustituto. Así actuaron los labradores de la parábola de hoy. Con su maldad y crimen, estaban diciéndole a su señor que ya no era dueño de sus vidas ni de su viña. Y cuando falta el legítimo señor, otro usurpador lo sustituirá.

Hoy mis queridos hermanos, recibimos una llamada a la fidelidad. Dios nos sigue pidiendo frutos de vida y de amor, aquellos que él mismo sembró en nuestra alma y que cada día con su gracia quiere abonar para que demos una cosecha abundante y generosa. Y sabemos que bajo su mano amorosa es posible vivir con esta gratuidad.
Que nuestra vida cotidiana sea un testimonio elocuente de esta fe que tanto llena nuestra existencia. Y que por el modo de vivirla, con coherencia y autenticidad, sepamos transmitirla a los demás con alegría y sencillez.
Que nuestra Madre la Virgen, nos ayude en esta labor permanente, para que como ella, engendremos en nuestros corazones el fruto del amor de Dios, y así seamos en medio de nuestro mundo portadores de paz y de esperanza.