sábado, 13 de septiembre de 2025

EXALTACION DE LA SANTA CRUZ - FIESDTA- DOMINGO XXIV TIEMPO ORDINARIO



DOMINGO XXIV TIEMPO ORDINARIO

FIESTA DE LA EXALTACIÓN DE LA SANTA CRUZ

14-09-25

 

       Dios no ha enviado a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por él”.

Con esta esperanzadora afirmación concluye el evangelio que acabamos de escuchar, y de esta forma tan sencilla, nos revela el evangelista el Plan salvador de Dios, la razón última por la cual asumió nuestra condición humana, para que el mundo se salve por medio de Jesucristo.

Y porque en aquel madero seco y terrible estuvo calvado el Hijo amado del Padre, es por lo que desde entonces podemos exaltar la Cruz, “escándalo para los judíos y necedad para los gentiles”.

       La fiesta de este día nos recuerda a todos nosotros la realidad más decisiva de la vida de Jesús. Una vida que fue sellada con su propia sangre, por amor a la humanidad entera y por fidelidad al Padre. Las palabras dichas, su forma de vivir y relacionarse con todos, en especial con los más pobres y necesitados, van a quedar avaladas en su autenticidad por la entrega de su vida, sin reservas ni reproches.

La liturgia de hoy nos ayuda a comprender cómo Dios ha ido escribiendo la historia de la salvación de una forma generosa y llena de misericordia. La conciencia que el pueblo creyente ha tomado de este hecho, se ha visto contrastada con sus respuestas negativas e incluso desleales para con su Creador. Siempre hemos vivido en nuestro interior esa lucha entre el bien y el mal, entre la vida de la gracia y la del pecado, entre vivir como hermanos o enfrentarnos como enemigos, rompiendo así la fraternidad que ha de brotar de nuestra común condición de hijos de Dios.

Esta permanente controversia va a quedar vencida para siempre por medio de Jesús, quien a pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios, al contrario, se despojó de su rango, pasando por uno de tantos. Así nos lo describe S. Pablo en este bello himno a los filipenses.

Cristo ha cambiado para siempre la dinámica infecunda e injusta que el mal provoca en el mundo. Si es verdad que ese mal persiste con obstinación y que sigue causando dolor y sufrimiento a tantos inocentes, igualmente cierto es que por medio de su entrega, de su pasión, muerte y resurrección, aquel instrumento de tortura que infringía  la peor de las muertes, va a ser desde entonces puerta de salvación.

       Una cruz que lejos de ser un adorno o talismán vacío de sentido, supone para los cristianos el signo de nuestra identidad y compromiso.

Al igual que la serpiente que causaba el desaliento entre los israelitas, se convertiría en estandarte de curación para quienes confían en Dios, la cruz tenida como el mayor de los suplicios va a ser desde aquel primer Viernes Santo, el signo identificador de quienes han seguido y seguimos a Jesucristo ayer, hoy y siempre.

Cada vez que contemplamos la cruz de Jesús, y en ella a Cristo crucificado, se nos llama a profundizar en nuestra vida de servicio y amor a los demás. La cruz es reverenciada cada vez que por fidelidad al Señor nos acercamos de forma fraterna y solidaria a los crucificados de nuestro mundo. Las cruces de esta vida nos dignifican, cuando al tener que sufrir cualquier adversidad somos capaces de unirnos a Cristo y lo ofrecemos por los demás.

En la cruz de Jesús se rompió para siempre la dinámica destructora del odio y del mal, que sólo engendran más dolor y rencor.

En la cruz, el Justo víctima de la injusticia, se compadece de todos los hombres y sella su entrega con el perdón. Con aquellas palabras de misericordia y compasión hacia quienes no éramos dignos de ellas, Jesús completa su misión salvadora, porque no vino al mundo para condenar el mundo sino para que el mundo se salve por él.

Esta es la luz que irradia la cruz de Cristo, y que para nosotros los discípulos del Señor se convierte en gracia y tarea.

Unidos todos en la cruz de Jesús, anhelamos la promesa de la vida en plenitud. Sabemos que la muerte no es el final, que aunque nos cueste cruzar el umbral de este mundo, nuestro futuro no es incierto sino promesa realizada ya en la multitud de los bienaventurados.

Y también en la cruz descubrimos nuestra tarea misionera y evangelizadora, a favor de todas las personas, en especial los más necesitados, siendo para ellos testigos de la Buena noticia de Jesús.

La tentación más frecuente que los creyentes solemos padecer es la de ocultar nuestra identidad para evitar la cruz de la incomprensión, el rechazo y la burla a la que tantas veces nos vemos sometidos. Caer en ella es como apagar la vela que ilumina el mundo. Si nosotros, que debemos ser la sal de la tierra nos volvemos sosos, quién dará sabor de auténtica humanidad a este mundo.

La fidelidad al evangelio sabemos que conlleva sus dificultades, no en vano el santo Papa Juan Pablo II entregó la cruz a los jóvenes a quienes convocaba a las Jornadas Mundiales de la juventud, para que en todo momento tuvieran presente a quién y por quién entregamos la vida. Sólo por Cristo.

Sólo en Jesús podemos descansar seguros y vencer las adversidades, porque cuando nos creemos capaces de superarlas por nosotros mismos, confiando sólo en nuestras fuerzas, es cuando más débiles somos y mayor es nuestro fracaso. Asumimos la cruz de Cristo no por nuestras capacidades personales, sino por la gracia de Dios que nos asiste y conforta en todo momento. El Señor la ha llevado primero, y como buen cireneo se acerca para compartir las nuestras y sostenernos con su amor.

Las Cofradías de la Sta. Vera Cruz, que hoy celebran su fiesta mayor, y con ella las demás hermandades penitenciales, encuentran en la Cruz de Cristo el baluarte desde el que vivir la fe, sabiendo que la entrega amorosa del Señor, demanda de nosotros una respuesta fiel y generosa para con nuestros hermanos, los hombres y mujeres de hoy, que necesitan una palabra de aliento y esperanza.

La fiesta de este día precede a la memoria de Ntra. Sra. de los Dolores que celebraremos mañana. Nadie como María supo acoger en su alma el contenido de la Pasión de su Hijo.

Que ella nos ayude a vivir en fidelidad a Jesucristo, sabiendo asumir las cruces de nuestra vida y también acompañar a quienes las padezcan, pero que sobre todo nos muestre siempre que la cruz no es la realidad definitiva, ya que la certeza de la resurrección es el fundamento de una espiritualidad auténticamente cristiana.

Jesús crucificado nos muestra el camino, la verdad y la vida, que en Cristo resucitado gozaremos para siempre, a él el honor y la gloria por los siglos de los siglos amén.


viernes, 5 de septiembre de 2025

DOMINGO XXIII TIEMPO ORDINARIO

 


DOMINGO XXIII TIEMPO ORDINARIO

7-9-25 (Ciclo C)

 

       Un día más hacemos un pequeño alto en nuestra actividad cotidiana y de descaso para dedicar nuestro tiempo al Señor. La Eucaristía es ante todo un encuentro gozoso con Jesucristo quien nos convoca a todos como hermanos para alimentar nuestra fe con su palabra y con el Pan eucarístico.

       Y esta palabra que acabamos de escuchar, como siempre, ha de ser encarnada en nuestra vida y en la realidad social que compartimos.

       En ese caminar de Jesús hacia Jerusalén, se da cuenta de que cada vez son más los que le siguen con entusiasmo, pero que necesitan depurar sus verdaderas intenciones. El seguimiento de Cristo no puede quedarse en los afectos superficiales, sino que ha de entrañar la disposición de toda la vida en las manos de Dios. Seguir a Jesucristo conlleva dificultades y riesgos que son necesarios conocer para que pongamos los medios adecuados a fin de superarlos con nuestra voluntad, y sobre todo, con la fuerza del Espíritu.

       Hay que cargar con la cruz de Jesús, que ciertamente no será hoy el madero del tormento, pero que en muchas ocasiones resultará tan dolorosa y amarga como la suya.

       Los cristianos seguimos los pasos del Señor luchando continuamente con nosotros mismos para vencer la comodidad o la apatía. Nos hemos de esforzar por mantener la tensión entre la verdad de la fe y la búsqueda de la justicia, frente a la tentación de vivir según los criterios egoístas e insolidarios del  mercado mundial. Hemos de asumir nuestra debilidad personal y eclesial y saber que también estamos urgidos a la permanente conversión para ser más auténticos y fieles con la fe que confesamos.

       Esto es lo que Jesús pide a quienes le siguen de corazón; por encima de nuestros criterios o deseos ha de estar la fidelidad al evangelio. Por encima del quedar bien con los demás, incluso con nuestros seres más queridos, está  la disponibilidad para con Dios y su proyecto de vida.

       Quien pone por delante de la fe en Jesucristo y del amor a los hermanos los intereses y seguridades individualistas no puede ser discípulo suyo.

       Y un ejemplo claro nos lo ofrece la carta de San Pablo a Filemón. En aquella sociedad romana, y según la ley establecida, un ciudadano de pleno derecho podía tener esclavos. De hecho el sistema económico y social se fundamentaba es esta posesión, y Filemón tiene varios entre los que se encuentra Onésimo.

       Como nos cuenta San Pablo, Onésimo escapa de esa situación de esclavitud convirtiéndose en un proscrito de la ley según la cual deberá pagar con su vida ese delito. Sin embargo, tanto él como Filemón se han convertido al cristianismo, y así S. Pablo les recuerda que según la ley de Cristo todos somos hijos de Dios, y por lo tanto la dignidad humana está por encima de cualquier ley. Filemón deberá acoger a Onésimo como a un hermano, y así lo hará porque su corazón ha sido transformado por la fe en el Señor. Onésimo ya no será esclavo sino libre, y con él, muchos creyentes darán los primeros pasos para defender la dignidad y la libertad de todo hijo de Dios.

Este relato tan breve, contiene una transformación social y religiosa de enorme magnitud. El nuevo camino establecido por Jesús y sus discípulos es el germen de una nueva humanidad, donde las relaciones entre las personas se basarán en la auténtica fraternidad, fruto de nuestra condición de hijos de Dios.

       En el presente, también tenemos muchos esclavos que liberar. Personas que viven sometidas por la opresión de las drogas, la miseria y pobreza, la enfermedad o el estigma de la inmigración, la marginación y la violencia.

       Personas que en ocasiones son víctimas de la irresponsabilidad y desorden de su propia vida, pero que en otras muchas lo son por el egoísmo y la insolidaridad de los demás. En cualquier caso los cristianos tenemos una seria responsabilidad para con ellos a fin de liberar y trabajar por la defensa de su plena dignidad, desarrollo y respeto.

       Hemos de apoyar a organizaciones que como cáritas se entregan y trabajan en favor de los desheredados, potenciando proyectos de integración o de atención para quienes más marginados y excluidos se encuentran en nuestro entorno. Así estaremos acercando la misericordia de Dios que sana y dignifica, y a la vez viviremos con mayor vigor la autenticidad de nuestra fe.

 

       Somos seguidores del Señor, y también hemos calculado nuestras fuerzas. Sabemos que no siempre tendremos el ánimo suficiente ni el valor necesario para seguirle sin vacilar. También nosotros somos esclavos de nuestros prejuicios y miedos y eso nos vuelve más egoístas de cara a los demás, en especial hacia aquellos que sentimos como amenaza.

Pero esto no nos justifica. Ante el miedo ha de situarse la confianza en Jesús, y ante los prejuicios contra los demás, la certeza de que somos hermanos e hijos del mismo Padre que nos llama a la caridad y a la misericordia.

       Sólo así estaremos en condiciones de participar en la mesa del Altar y compartir el pan que alimenta nuestra alma.

       Llegar a esta convicción del corazón sólo es posible por el conocimiento de la voluntad divina, que el libro de la Sabiduría nos invita a solicitar con fe. Los esclavos de este mundo, los pobres y marginados, claman a Dios y él los escucha. A nosotros nos pide que les abramos el corazón y que no les cerremos las pocas posibilidades que les quedan de vivir y morir con dignidad.

       En las manos de Ntra. Sra. la Virgen, cuya fiesta de su natividad mañana celebraremos, ponemos este deseo, pidiéndole que acompañe nuestros pasos y nos conduzca hasta el Señor. Ella que es Madre de los desamparados y consuelo de los afligidos nos ayude a todos a ser discípulos del amor y heraldos de la justicia, dando con nuestra calidad humana testimonio de Cristo, a quien confesamos como único Señor.

miércoles, 23 de julio de 2025

SOLEMNIDAD DEL APÓSTOL SANTIAGO

 


SOLEMNIDAD DEL APÓSTOL SANTIAGO

25-7-25

       Celebramos hoy con alegría la fiesta de nuestro Santo Patrono, el Apóstol Santiago, Titular del primer templo diocesano, esta S.I. Catedral, y de la Villa de Bilbao. El primero de los apóstoles del Señor en sellar su fiel seguimiento de Cristo con el martirio. Como hemos escuchado en el texto de los Hechos de los Apóstoles, su tesón, su entrega y su lealtad por la causa de Jesucristo, hace que sufra las iras del rey Herodes y sea ejecutado.

       Su muerte será el comienzo de una dura persecución contra los discípulos y seguidores de Jesús, pero que en vez de acabar con la llama de la fe, será el riego fecundo de una tierra que vería crecer con vigor la semilla del Reino de Dios instaurado por Jesucristo, el Señor.

       Desde aquellos tiempos apostólicos, hasta nuestros días, han transcurrido muchos siglos, con sus noches oscuras y días de luz para la historia de la Iglesia y de la humanidad entera. Pero siempre, y a pesar de las dificultades y penurias por las que nuestra familia eclesial ha podido atravesar, la fe de los apóstoles, su vida y su obra, son el fundamento y el ejemplo de nuestro seguimiento actual de Jesucristo.

       De Santiago sabemos muchas cosas conforme a los textos evangélicos; era pescador, el oficio de su familia, de posición acomodada dado que su padre Zebedeo tenía jornaleros; su recio carácter le hizo merecedor junto a su hermano Juan, del sobrenombre de “los hijos del trueno” (Boanergers). Como también hemos escuchado en el evangelio, su madre, Salomé pretendía situar a sus hijos en los puestos principales en ese reino prometido por Jesús y deficientemente entendido por ella. Lo cual les acarreó las críticas de los otros diez discípulos, más por envidia que por virtud, ya que todavía no comprendían bien el alcance del mensaje del Señor.

       Y al margen de las anécdotas, lo fundamental es que era amigo del Señor. Santiago pertenecía junto a su hermano y Pedro, a ese círculo de los íntimos de Jesús. Él será testigo privilegiado de los hechos y acontecimientos más importantes en la vida del Maestro; asiste a la curación de la suegra de Pedro; está presente en el momento de la transfiguración, en el monte Tabor; es testigo de la resurrección de la hija de Jairo; y acompañará a Jesús en su agonía, en Getsemaní.

       Pero Santiago también vivirá de cerca los momentos de amargura, el prendimiento de Jesús y la huída de todos ellos. Conocerá en su corazón el dolor de haber abandonado a su amigo y el don de su conversión motor y fuerza de una nueva vida entregada por completo al servicio del evangelio y a dar testimonio de la resurrección de su Señor.

       La tradición que vincula a Santiago con nuestra tierra se remonta a los primeros tiempos de la expansión cristiana por el mundo, hasta hacer de su sepulcro en la ciudad  Compostelana, lugar de encuentro universal de culturas y razas unidas por una misma fe.

       Precisamente esta devoción popular nos ha situado a nosotros desde antes de la fundación de nuestra villa de Bilbao allá por el año 1300, en paso obligado a los que desde la costa peregrinaban a Compostela. Y así de los cimientos de aquella primitiva iglesia de Santiago, se edificaría la que hoy es nuestra Catedral, colocando el origen y el final de este largo peregrinar, bajo el patrocinio del mismo apóstol, quien por petición del Consistorio municipal al Papa Urbano VIII,  se convirtió en patrono principal de la Villa de Bilbao en el año 1643.

Y en un mundo como el nuestro tan necesitado de referentes que nos ayuden a conducir nuestro destino desde criterios de amor, de justicia y de paz, damos gracias al Señor por tener a su santo apóstol como intercesor.

       Santiago experimentó en su corazón una gran transformación que le llevó a cambiar su existencia de forma radical para configurarse a Jesucristo. Su oficio de pescador lo cambió por el de misionero y pastor del pueblo a él encomendado. De aspiraciones y pretensiones de grandeza, pasó a buscar sólo la voluntad de Dios y ponerla por obra.

       De esta forma el que en la vida buscaba la gloria llegó a alcanzarla aunque por un sendero bien distinto al soñado en sus años de juventud. Y el poder que en su momento ambicionó lo transformó en servicio y entrega generosa, en el amor a Dios y a los hermanos.

       Nadie es tan poderoso como aquel que siendo completamente libre y dueño de su vida, es capaz de entregarla a los demás movido, únicamente, por la fuerza del amor en el Espíritu del Señor. Las ambiciones, los honores y el prestigio son efímeros y muchas veces engañosos, porque nos hacen creernos superiores a los demás y en el peor de los casos, como nos ha advertido Jesús en el evangelio, el mal ejercicio de ese poder lleva a algunos a erigirse en tiranos y opresores.  Quienes son portadores del poder temporal deben ejercerlo con mayores cotas de responsabilidad, servicio y coherencia, ya que siempre deberán dar cuentas del mismo a su pueblo y a Dios. Y quienes anhelan servir de este modo a la sociedad, en el presente tan complejo que nos toca vivir, han de contar no sólo con el apoyo de sus conciudadanos, sino sobre todo con la fuerza y la sabiduría que proviene del Señor de la justicia, del amor y de la paz.

       En un tiempo donde los conflictos entre las personas y los pueblos siguen provocando dolor y angustia a tantos inocentes, se hace muy necesario el surgimiento de una auténtica vocación de servicio público que lejos de buscar el propio beneficio, se entregue de manera generosa a la consecución del bienestar de sus semejantes, siendo especialmente sensibles con los más indefensos y necesitados. Por eso pedimos con frecuencia por nuestros gobernantes, para que el Señor les ilumine en su difícil misión de ser quienes nos conduzcan por el camino del bien.

En esta fiesta nos congregamos no sólo los fieles cristianos que habitualmente celebramos nuestra fe en el hogar comunitario de la parroquia; hoy también nos reunimos representantes de instituciones públicas y privadas, del consistorio y de asociaciones relacionadas con la devoción a Santiago y su camino compostelano.

Todos compartimos los mismos deseos de trabajar por una sociedad construida sobre los valores irrenunciables de la libertad, la justicia y la paz, desde las legítimas y plurales ideas, siempre que sean cauce de cuidado y respeto a la dignidad de la persona. En esta labor no sobran brazos, y los cristianos tenemos además una razón de más que brota de nuestra fe en Jesucristo que nos envía a ser testigos de su amor y de su esperanza en medio de nuestro mundo.

       Todo ello hoy lo ponemos a los pies del apóstol Santiago para que siga velando por quienes honramos su memoria con filial devoción. Que nos ayude a fortalecer los vínculos de hermandad entre todos los pueblos que lo celebran como su patrón, que nos anime en la construcción de una convivencia en paz y concordia, y que tomando su vida como ejemplo y estímulo, seamos fieles seguidores de Jesucristo, nuestro único Señor y Salvador.

 

viernes, 18 de julio de 2025

DOMINGO XVI TIEMPO ORDINARIO

 


DOMINGO XVI TIEMPO ORDINARIO

20-07-25 (Ciclo C)

 

       Todo el evangelio es para los creyentes la gran escuela de nuestra fe. Textos que contienen la vida y la palabra del Señor y que nos van mostrando, desde la realidad cotidiana de Jesús, diferentes situaciones por las que nosotros vamos pasando y que requieren de una adecuada comprensión de las mismas para vivirlas con toda su riqueza. Así nos encontramos con pasajes como el de hoy, donde la visita de Jesús a la casa de sus amigos nos va a dejar una gran enseñanza.

       San Lucas sabe muy bien que no sólo eran dos hermanas las que habitaban aquel hogar. También estaba Lázaro, gran amigo de Jesús, pero cuya importancia en este momento es de menor intensidad para el evangelista. A S. Lucas lo que realmente le interesa destacar es la actitud de Marta y María ante la visita del Maestro, por eso ni tan siquiera va a mencionar a su hermano mayor.

Marta como buena anfitriona se esmera en prepararlo todo para que no le falte de nada a Jesús. Las tareas se van multiplicando y es tanto lo que hay que hacer que no da abasto. Y reprocha a su hermana que no la acompañe en las faenas del hogar. Ciertamente podía ayudarla porque Jesús ya tendría la compañía de Lázaro, además era lo propio de las mujeres de aquel tiempo, organizar la casa y dejar a los hombres con sus cosas.

Sin embargo María no atiende a Jesús por el mero hecho de conversar, sino por el contenido de esa conversación. Se siente tan atrapada por la Palabra de Dios que Jesús anuncia, que no se da cuenta de nada más. El encuentro con Jesús no es uno de tantos encuentros con amigos o familiares. María ha ido descubriendo en él a alguien especial, que transmite una paz serena en medio de los desalientos de la vida y cuya palabra contiene la fuerza arrebatadora de Dios que llena de gozo el corazón del oyente, transformando por completo su existencia.

Jesús no es uno más dentro de su círculo de amistades, él es el Maestro, el Señor, y así lo confesarán las dos cuando ante la muerte de su hermano Lázaro y posterior vuelta a la vida de este mundo, por fin descubran con sus propios ojos al Salvador.

Este pasaje del evangelio de hoy ha sido visto por la comunidad cristiana como las dos facetas esenciales de la vida creyente, la acción y la contemplación. Y es bueno caer en la cuenta de los peligros que podemos correr si nos olvidamos de la necesaria unidad entre ambas actitudes cristianas para una sana y fecunda espiritualidad.

Marta no va a ser desautorizada por Jesús por el hecho de que se afane en las tareas. Pero sí necesita comprender que el objetivo último de nuestra vida, y por lo tanto también de nuestros compromisos, no está en su finalidad inmediata, sino en compartir la vida de Dios.

Cuando Jesús envía a sus discípulos a las aldeas y ciudades de su entorno, es para que le preparen el terreno a él y a su Palabra. Cuando se despide definitivamente de los suyos, les envía a hacer discípulos de todas las gentes, por medio del bautismo.

Cuando nosotros vivimos comprometidos en tareas sociales o pastorales, atendiendo a los necesitados, luchando por la justicia, formando a las nuevas generaciones en la fe cristiana, atendiendo a los enfermos y necesitados, todo lo debemos hacer para favorecer el encuentro de nuestros hermanos con Jesucristo y suscitar en ellos su seguimiento gozoso y pleno. Y no sólo quedándonos en los aspectos materiales, por muy necesarios que estos puedan serlo.

La vida de los creyentes ha de estar orientada al encuentro con Jesucristo, y nuestras acciones serán auténticamente evangélicas si contienen en sus medios los valores del evangelio, y buscan como su fin la alabanza y gloria del Señor.

Por eso a la dimensión activa y comprometida de la vivencia creyente, ha de estar unida la dimensión contemplativa de nuestra fe.

María disfrutaba escuchando a Jesús, y a Jesús le gustaba poder dialogar de esas cosas íntimas de Dios con aquellos que tenían un corazón bien dispuesto.

Como en cualquier realidad humana, la relación interpersonal de encuentro, diálogo, conocimiento del otro, intimidad y afecto, hacen que nos desarrollemos plenamente y que sintamos la dicha del auténtico amor que nos llena de felicidad. Y este es el objetivo último de cualquier ser humano, amar y sentirse amado, desarrollando así su vida de forma serena y gozosa.

Jesús agradece esa atención de María, y lo hace asegurando que ha escogido la mejor parte y que nadie se la va a quitar. Si el fin último de nuestra vida es contemplar a Dios y darle gloria por siempre en compañía de nuestros seres amados, María ya lo está experimentando en esta visita de Cristo a su casa y a su corazón.

De esta manera podemos comprender que si nosotros cuidamos ese espacio de cercanía e intimidad con el Señor, si buscamos los momentos de encuentro con él en la oración y escucha de su palabra, sabremos degustar el gozo de ese encuentro que nos ayudará a sobrellevar nuestra vida y a descubrir en ella aquello por lo que realmente merece la pena vivir y morir.

La contemplación de Jesucristo nos llevará al compromiso evangelizador. Nunca la oración es para desentendernos del mundo y sus problemas. Al contrario. Quien siente en su interior resonar la palabra del Señor, escuchará constantemente los lamentos del mismo por el que él entregó su vida, y contemplando a Jesucristo crucificado, descubriremos a su lado los rostros de aquellos que hoy siguen sufriendo y que nos imploran compasión y ayuda.

De este modo uniremos fe y vida, acción y contemplación, y la vida de los cristianos será en medio de su vida cotidiana, testimonio de Jesucristo y esperanza de nueva humanidad.

sábado, 12 de julio de 2025

DOMINGO XV TIEMPO ORDINARIO

 


DOMINGO XV TIEMPO ORDINARIO

13-07-25 (Ciclo C)

 

       “¿Qué tengo que hacer para heredar la vida eterna?”. Así comienza el evangelio que acabamos de escuchar, con esta pregunta aparentemente simple y que sin embargo encierra los anhelos más profundos de toda persona creyente.

       Heredar la vida eterna es para todos nosotros el fin último de nuestra existencia. Y por muy lejano que contemplemos ese momento de encuentro definitivo con Dios, sabemos que un día llegará y confiamos en que su amor nos recoja para comenzar a su lado la vida en plenitud.

       Por eso la pregunta de aquel personaje del evangelio, no es una pregunta retórica o lanzada para entablar una conversación con Jesús. La pregunta del escriba tenía como destinatario a alguien considerado especialmente tocado por Dios, y por lo tanto conocedor de sus designios y exigencias.

       Jesús comienza a responderle con la parte que mejor conoce el escriba, el cumplimiento de la ley. Esa ley recibida por Moisés y transmitida de generación en generación como el único camino cierto para mantener la alianza entre Dios y los hombres. Una ley que ha sido grabada en el corazón del ser humano y que está al alcance de todos, como hemos escuchado ya en la primera lectura del libro del Deuteronomio.

       El escriba desglosa los principios fundamentales de la ley de Dios y recibe como respuesta la aprobación por parte de Jesús, “bien dicho, haz esto y tendrás la vida”. Pero no terminan aquí las dudas de aquel hombre. Le queda algo que tal vez desconozca de verdad, o que simplemente le sirva como excusa para desentenderse de los demás, lo cierto es que al preguntar “¿quién es mi prójimo?”, se le abrirá un horizonte nuevo.

       El escriba parecía comprender bien lo que significaba “amar a Dios con todo su corazón, con toda su alma y con todas sus fuerzas”, pero eso de amar al prójimo le resultaba confuso. Porque tal vez, en el fondo, sabía muy bien quién es el prójimo.

       El prójimo es el otro, la persona que tenemos a nuestro lado en cualquier momento, sin pararnos a pensar en sus ideas o convicciones, ni en su situación social o económica, ni en sus planteamientos éticos o morales, ni tan siquiera en su bondad o maldad.

       Jesús le va a poner ante sus ojos un suceso cualquiera, pero concreto, donde se contempla la necesidad de una persona atacada violentamente, y las actitudes de quienes lo contemplan.

       Y no va a tomar al azar a los personajes de su historia. Un sacerdote y un levita pasan de largo, y un samaritano lo atiende.

       Los conocedores de la ley de Moisés, en la que explícitamente se ordena que hay que atender a los moribundos y necesitados, que no se puede pasar de largo ante un hombre abatido, que hay que dar sepultura a los muertos y acoger en el hogar a los extranjeros; estos los ilustrados y heraldos de la ley, la incumplen y lo abandonan.

Y sin embargo aquel hombre de Samaria, tierra de gente indeseable y repudiada por un buen judío, va a ser quien cumpla la ley de Dios cuya letra desconoce, pero que sin embargo atiende a sus deseos porque comprende el fundamento de la ley universal del amor.

       Queridos hermanos, esta parábola siempre es comprometedora. Desde aquel encuentro entre el escriba y Jesús, ya no nos sirven las excusas para atender o rechazar al hermano necesitado.

       El prójimo no es alguien ajeno a mí, aquel a quien tengo a mi lado ha de ser descubierto como un hermano y un hijo de Dios.

       Ser prójimo no consiste sólo en mirar a los demás, sino en contemplar mi propio corazón y descubrir si tengo en él la semilla del amor de Dios que me haga vivir la fraternidad con  la misma urgencia y afecto del buen samaritano.

       La pregunta no es quién es mi prójimo, como la formuló el escriba. La pregunta es ¿quién se comportó como prójimo del necesitado?, porque así la formuló Jesús, y a esta cuestión hemos de responder nosotros, implicando en ella nuestra vida y compromiso social.

       De esta manera daremos respuesta a la pregunta fundamental de nuestra existencia, con la que iniciábamos esta homilía, “¿qué he de hacer para heredar la vida eterna?”. La ley de Dios la tenemos escrita en el corazón, y es camino veraz que nos conduce hasta él, pero siempre ha de ser recorrido de la mano de los hermanos.

       Cuando nos parezca sencillo cumplir eso de amar a Dios, como le podía parecer a aquel escriba, preguntémonos si amamos igualmente a los hermanos, si somos prójimos de ellos sin hacer acepción de personas. Y si felizmente descubrimos que en nuestro corazón vivimos la misericordia y la compasión para con los demás, asistiéndoles en sus necesidades de forma generosa, entonces estaremos en la senda que nos conduce hacia esa vida ansiada junto a Dios. Porque de lo contrario nos estaremos alejando de Él.

       El amor a Dios sobre todas las cosas, y con todo nuestro corazón, sólo se puede probar y testimoniar, por los frutos que de ese amor se derivan y que necesariamente tendrán en el prójimo necesitado a su destinatario principal.

       Que esta eucaristía fortalezca nuestra capacidad de amar a los demás, y que el Señor nos conceda entrañas de misericordia que nos ayuden a conmovernos ante las necesidades de los hermanos, para de ese modo vivir con mayor intensidad nuestro ser hijos de Dios y herederos de su vida eterna.

viernes, 4 de julio de 2025

DOMINGO XIV TIEMPO ORDINARIO

 


DOMINGO XIV TIEMPO ORDINARIO

6-7-25 (Ciclo C)

 

El evangelio que acabamos de escuchar es de los llamados vocacionales y misioneros. En él Jesús llama nuestra atención sobre la enorme magnitud de la misión que tiene por delante y lo escaso del número de los operarios “la mies es mucha y los obreros pocos”.

San Lucas sitúa este texto en el centro mismo de su evangelio, un momento en el que Jesús va teniendo discípulos y seguidores como otros muchos profetas que anteriores a él también hablaban en nombre de Dios. Sin embargo las peculiaridades y los matices de su predicación y sobre todo de su estilo de vida, son bien distintos. Él no es un profeta más, de hecho cuando alguien así le considera enseguida lo va a negar. Tampoco es un intérprete de la ley al modo de los escribas y fariseos, y mucho menos pretende ocupar un lugar de poder religioso.

Sin embargo es reconocido por muchos como una persona que les habla con autoridad, en quien las palabras se hacen verdad en su vida, y cuya entrega en favor de los pobres, enfermos y excluidos, sin exigir ni pedir nada a cambio, le hacen entrañable y único.

Desde ese conocimiento que sus discípulos van adquiriendo de él, realizarán por medio de Pedro, una confesión sin precedentes y de consecuencias extraordinarias, “Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo”.

Ha llegado el momento pues, de lanzarse a la misión de anunciar el Reino de Dios de forma abierta y entregada. Y esa tarea tan vasta y ardua requiere de personas dispuestas y entregadas, por eso además de enviar a los que están a su lado con toda la autoridad que él mismo posee, les insta a que rueguen “al dueño de la mies que envíe obreros a su mies”. No se trata sólo de trabajar por el evangelio, también debemos suscitar vocaciones que desarrollen esta labor con entusiasmo y generosidad.

El envío del Señor a preparar el terreno en el que se ha de sembrar la semilla de su Reino, es una tarea necesaria ayer, hoy y siempre. Y tomar conciencia de nuestra responsabilidad en esta misión, resulta en nuestros días algo urgente y fundamental para la vida de nuestras comunidades cristianas.

Ciertamente esta llamada es a todos los cristianos por igual. Todos, en virtud de nuestro bautismo, tenemos la misión de anunciar el evangelio mediante el anuncio explícito de Jesucristo en aquellos ambientes donde nos movemos, y comenzando por nuestro propio hogar; denunciando las injusticias y todo el mal que en el mundo se origina y que por oprimir al ser humano va contra el mismo Dios; dando testimonio de Jesucristo con nuestra forma de vivir y de relacionarnos con los demás; comprometiéndonos activamente en la transformación de nuestro mundo, asumiendo responsabilidades en la vida pública con honestidad y desde los valores de la justicia, la libertad, la paz y la caridad.

Pero junto a esta misión fundamental del cristiano, existen otras que han de ser asumidas de forma estable y permanente para el bien de la comunidad entera. Y me refiero a la vocación sacerdotal, religiosa y misionera; vocaciones esenciales en la vida de la Iglesia y sin las cuales ésta languidece y muere.

El servicio ministerial ha sido instituido por el mismo Jesucristo para el desarrollo y el cumplimiento de su misión. La  misión de anunciar el evangelio fue entregada a los discípulos por el mismo Jesús, a la vez que les encargaba velar por la comunión de manera que vivan la auténtica fraternidad que por la acción del Espíritu Santo congregue a todos en la unidad del amor, de la fe y de la esperanza.

De este modo han recibido del Señor el encargo de celebrar de forma constante el sacramento del amor y de la reconciliación.

 Mandatos como, “Haced esto en memoria mía”, y “lo que ates en la tierra quedará atado en el cielo”, son para nosotros alimento y estímulo en el seguimiento de Jesucristo, que por los sacramentos se hace presente en medio de su pueblo para nuestra salvación.

Para ello es necesario que sigamos pidiendo al Dueño de la mies que envíe obreros a su mies. La falta de vocaciones no es culpa de Dios, sino nuestra. No es Dios quien se ha olvidado de nosotros sino nosotros quienes tal vez no pidamos con suficiente confianza, sencillez y entrega, aquello que tanto necesitamos.

Pedir a Dios vocaciones nos implica a todos. A la Iglesia entera que ha de estar en permanente escucha para discernir los signos de los tiempos en los que hoy nos habla el Señor. Porque Dios sigue llamando a nuestra vida para encontrar en ella la disponibilidad necesaria a fin de llevar adelante su proyecto de salvación.

También es una llamada a las familias, que al pedir vocaciones a Dios han de suscitar en su seno un estilo generoso y dispuesto para acoger entre sus hijos e hijas el don de la vocación. Para vosotros padres y madres no ha de ser una desgracia el que vuestro hijo o hija abrace la vocación sacerdotal o religiosa, sino un don de Dios, un regalo que además de hacer feliz a vuestros hijos os llene de gozo a vosotros.

Con todo mi afecto os digo, que si de entre vuestros hijos e hijas no surgen vocaciones, que se sientan amparadas y queridas por sus padres, si en los hogares y familias cristianas no se valora este don de la llamada de Dios, en ningún otro hogar surgirán.

Y por último me dirijo a los jóvenes y a aquellos que todavía no habéis tomado una opción definitiva en vuestra vida. Abrid vuestro corazón al Señor. Dejad que resuene en él su llamada a vivir una vida entregada en el amor y en el servicio.

Toda opción conlleva sus renuncias y todo proyecto importante en la vida tiene sus dificultades. Pero os garantizo que si esa llamada es auténtica y la acogéis con entrega y confianza, será mucho mayor el gozo y la alegría que cualquier dificultad.

Dios no llama para hacernos unos desgraciados en la vida. Nos llama para estar con él en la intimidad de su amistad, para ser sus testigos en medio del mundo y así alentar la fe y la esperanza de su pueblo, el que nos sea encomendado. Todo ello para acercar el Reino de Dios a la vida de nuestros hermanos.

Que pidamos el don de la vocación con insistencia al Señor, y que estemos dispuestos a acogerlo si nos lo concede. Que nuestra Madre María nos abra el corazón a la acción de Dios como ella misma ofreció el suyo, y que la llena de gracia, nos infunda su alegría, aquella que proclamó la grandeza del Señor, porque ha hecho maravillas en nosotros.

jueves, 19 de junio de 2025

CORPUS CHRISTI - SOLEMNIDAD DEL SANTÍSIMO CUERPO Y SANGRE DE JESUCRISTO

 


SOLEMNIDAD DEL CUERPO Y SANGRE DE CRISTO

CORPUS CHRISTI  22-06-25

 

       Un año más celebramos la fiesta del Cuerpo y la Sangre de Jesucristo. Memorial de su Pasión, muerte y resurrección, y Sacramento de su amor universal. Precisamente por ese amor entregado para nuestra salvación, podemos unir en esta fiesta del Corpus el día de la Caridad. Al compartir el alimento que nos une íntimamente a Cristo nos hacemos partícipes de su  mandato “haced esto en memoria mía”, aceptando su envío en medio de los más pobres para compartir con ellos nuestra vida y nuestra fe.

En esta fiesta litúrgica de hoy, la Iglesia nos invita a profundizar en el don inmenso de la Eucaristía. Como nos enseña el Vaticano II, "Nuestro Salvador, en la última Cena, la noche en que fue entregado, instituyó el sacrificio eucarístico de su cuerpo y su sangre para perpetuar por los siglos, hasta su vuelta, el sacrificio de la cruz y confiar así a su Esposa amada, la Iglesia, el memorial de su muerte y resurrección, sacramento de piedad, signo de unidad, vínculo de amor, banquete pascual en el que se recibe a Cristo, el alma se llena de gracia y se nos da una prenda de la gloria futura" (SC 47).

Desde esta fidelidad al don recibido de manos del Señor, no podemos separar la eucaristía de la caridad. Los cristianos que nos reunimos para escuchar la palabra del Señor y compartir el pan de la vida que él nos da, hemos de prolongar esta fraternidad eucarística en el mundo nuestro, junto a los hermanos que carecen de afecto, de medios, de una vida digna y feliz.

       No todo el mundo vive dignamente, de hecho somos una minoría los que en el mundo actual podemos agradecer esta vida digna. La mayoría de la población mundial carece de los recursos necesarios para una subsistencia adecuada. Y en vez de acoger su precariedad para sentirnos solidarios con ellos, muchas veces nos fijamos en aquellos que se enriquecen con facilidad y rapidez poniéndolos como modelos a seguir, y hasta envidiándolos por su opulencia.

Una cosa es luchar legítimamente por alcanzar esa vida digna a la que todos tenemos derecho y otra muy distinta la ambición desmesurada que al final nos endurece el corazón hasta llevarnos al egoísmo y a la idolatría del dinero.

La entrega de Jesucristo en la cruz, nos abre la puerta de la redención. Y aquella entrega viene precedida de una vida sensible para con los necesitados, los enfermos, los pobres y los marginados.

A Jesucristo resucitado se llega por medio de una vida ungida por el Espíritu de Dios para anunciar la Buena Noticia a los pobres, la libertad a los oprimidos, la salud a los enfermos y la salvación para aquellos que acogen este don de Dios.

       Cristo nos dejó su testamento en el cual nos ha incluido a todos y no sólo a unos privilegiados. La vida en este mundo es injusta y desigual no porque Dios lo haya querido sino porque nosotros lo hemos causado. Dios no quiere que haya pobres y ricos, rechaza la injusticia que causa este mal, y nos llama a su seguimiento a través del camino de la auténtica fraternidad y solidaridad.

       Este testamento de Cristo lo actualizamos cada vez que nos acercamos a su altar. Su Cuerpo y su Sangre entregadas por nosotros, y compartidos con un sentimiento fraterno y solidario, nos unen a la persona de nuestro Señor Jesucristo y a su proyecto salvador. Por eso “cada vez que comemos de este pan y bebemos de este cáliz, anunciamos tu muerte y tu resurrección hasta que vuelvas”.

       Por eso, cada vez que comemos y bebemos el Cuerpo y la Sangre del Señor, nos unimos vitalmente a Cristo para prolongar con nuestra vida y entrega, su obra misericordiosa en medio de nuestros hermanos más necesitados, a los cuales somos enviados como testigos del amor de Dios.

       La caridad no se hace, se vive. No hacemos caridad cuando damos dinero a un pobre, vivimos la caridad cuando nos preocupamos por su vida, buscamos cómo atenderla mejor, y nos esforzamos por acompañarle a salir de su situación para siempre.

       Vivir la caridad es prolongar la Eucaristía del Señor, su cuerpo y su sangre derramada por amor a todos, para la salvación de todos. Las palabras que día tras día escuchamos en la Consagración nos muestran que Jesús no economizó su entrega sino que fue universal y por siempre.

       Desde aquel momento en el que nacía la Iglesia, ésta siempre tuvo como acción primera y fundamental, unida al anuncio de Jesucristo, la vivencia de la caridad.  Atender a los pobres y necesitados estaba unido a la oración y a la fracción del pan de tal manera que no se podía permitir que en la comunidad de los cristianos alguien pasara necesidad.

En esta fiesta debemos también recuperar la conciencia del don que el señor ha puesto en nuestras manos. La Eucaristía hace a la Iglesia y la Iglesia hace la Eucaristía (nos enseña el Concilio Vaticano II). Por eso la celebración eucarística trasciende nuestra realidad local y se une a la vivencia universal de la Iglesia. No podemos celebrar la eucaristía más que en la comunión eclesial, ya que es el Señor quien se hace presente en medio de su pueblo, congregado en la unidad del Espíritu por el vínculo de la paz.

       Vamos a pedir en esta Eucaristía que el Señor nos ayude a vivir con gratitud este don esencial para nuestra vida espiritual. Sin eucaristía no hay Iglesia, y por lo tanto la fe se descompone. Esforcémonos también, por recuperar nuestra capacidad solidaria y fraterna para poder compartir con autenticidad el pan de la unidad y del amor.