DOMINGO XVI TIEMPO ORDINARIO
21-07-19 (Ciclo C)
Todo el
evangelio es para los creyentes la gran escuela de nuestra fe. Textos que
contienen la vida y la palabra del Señor y que nos van mostrando, desde la
realidad cotidiana de Jesús, diferentes situaciones por las que nosotros vamos
pasando y que requieren de una adecuada comprensión de las mismas para vivirlas
con toda su riqueza. Así nos encontramos con pasajes como el de hoy, donde la
visita de Jesús a la casa de sus amigos nos va a dejar una gran enseñanza.
San Lucas
sabe muy bien que no sólo eran dos hermanas las que habitaban aquel hogar.
También estaba Lázaro, gran amigo de Jesús, pero cuya importancia en este
momento es de menor intensidad para el evangelista. A S. Lucas lo que realmente
le interesa destacar es la actitud de Marta y María ante la visita del Maestro,
por eso ni tan siquiera va a mencionar a su hermano mayor.
Marta como buena anfitriona se esmera en prepararlo
todo para que no le falte de nada a Jesús. Las tareas se van multiplicando y es
tanto lo que hay que hacer que no da abasto. Y reprocha a su hermana que no la
acompañe en las faenas del hogar. Ciertamente podía ayudarla porque Jesús ya
tendría la compañía de Lázaro, además era lo propio de las mujeres de aquel
tiempo, organizar la casa y dejar a los hombres con sus cosas.
Sin embargo María no atiende a Jesús por el mero hecho
de conversar, sino por el contenido de esa conversación. Se siente tan atrapada
por la Palabra de Dios que Jesús anuncia, que no se da cuenta de nada más. El
encuentro con Jesús no es uno de tantos encuentros con amigos o familiares.
María ha ido descubriendo en él a alguien especial, que transmite una paz
serena en medio de los desalientos de la vida y cuya palabra colma de dicha su
corazón porque contiene la fuerza arrebatadora de Dios que llena de gozo el
corazón del oyente, transformando por completo su existencia.
Jesús no es uno más dentro de su círculo de amistades,
él es el Maestro, el Señor, y así lo confesarán las dos cuando ante la muerte
de su hermano Lázaro y posterior vuelta a la vida de este mundo, por fin
descubran con sus propios ojos al Salvador.
Este pasaje del evangelio de hoy ha sido visto por la
comunidad cristiana como las dos facetas esenciales de la vida creyente, la
acción y la contemplación. Y es bueno caer en la cuenta de los peligros que
podemos correr si nos olvidamos de la necesaria unidad entre ambas actitudes
cristianas para una sana y fecunda espiritualidad.
Marta no va a ser desautorizada por Jesús por el hecho
de que se afane en las tareas. Pero sí necesita comprender que el objetivo
último de nuestra vida, y por lo tanto también de nuestros compromisos, no está
en su finalidad inmediata, sino en compartir la vida de Dios.
Cuando Jesús envía a sus discípulos a las aldeas y
ciudades de Palestina, es para que le preparen el terreno a él y a su Palabra.
Cuando se despide definitivamente de los suyos, les envía a hacer discípulos de
todas las gentes, por medio del bautismo.
Cuando nosotros vivimos comprometidos en tareas
sociales o pastorales, atendiendo a los necesitados, luchando por la justicia,
formando a las nuevas generaciones en la fe cristiana, atendiendo a los
enfermos y necesitados, todo lo debemos hacer para favorecer el encuentro de
nuestros hermanos con Jesucristo y suscitar en ellos su seguimiento gozoso y
pleno. Y no sólo quedándonos en los aspectos materiales, por muy necesarios que
estos puedan serlo.
Toda la vida de los creyentes ha de estar orientada al
encuentro con Jesucristo, y nuestras acciones serán auténticamente evangélicas
si contienen en sus medios los valores del evangelio, y buscan como su fin la
alabanza y gloria del Señor.
Por eso a la dimensión activa y comprometida de la
vivencia creyente, ha de estar unida la dimensión contemplativa de nuestra fe.
María disfrutaba escuchando a Jesús, y a Jesús le
gustaba poder dialogar de esas cosas íntimas de Dios con aquellos que tenían un
corazón bien dispuesto.
Como en cualquier realidad humana, la relación
interpersonal de encuentro, diálogo, conocimiento del otro, intimidad y afecto,
hacen que nos desarrollemos plenamente y que sintamos la dicha del auténtico
amor que nos llena de felicidad. Y este es el objetivo último de cualquier ser
humano, amar y sentirse amado, desarrollando así su vida de forma serena y
gozosa.
Jesús agradece esa atención de María, y lo hace
asegurando que ha escogido la mejor parte y que nadie se la va a quitar. Si el
fin último de nuestra vida es contemplar a Dios y darle gloria por siempre en
compañía de nuestros seres amados, María ya lo está experimentando en esta
visita de Cristo a su casa y a su corazón.
De esta manera podemos comprender que si nosotros
cuidamos ese espacio de cercanía e intimidad con el Señor, si buscamos los
momentos de encuentro con él en la oración y escucha de su palabra, sabremos
degustar el gozo de ese encuentro que nos ayudará a sobrellevar nuestra vida y
a descubrir en ella aquello por lo que realmente merece la pena vivir y morir.
La contemplación de Jesucristo nos llevará al
compromiso evangelizador. Nunca la oración es para desentendernos del mundo y
sus problemas. Al contrario. Quien siente en su interior resonar la palabra del
Señor, escuchará constantemente los lamentos del mismo por el que él entregó su
vida, y contemplando a Jesucristo crucificado, descubriremos a su lado los
rostros de aquellos que hoy siguen sufriendo y que nos imploran compasión y
ayuda.
De este modo uniremos fe y vida, acción y
contemplación, y la vida de los cristianos será en medio de su vida cotidiana,
testimonio de Jesucristo y esperanza de nueva humanidad.
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