DOMINGO XXXIV SOLEMNIDAD
JESUCRISTO REY DEL UNIVERSO (20-11-22-
C)
Celebramos hoy la solemnidad de Jesucristo como Rey del universo. Una manera de acercarnos al final de la vida de Jesús con ojos de fe, y a la que unimos nuestra esperanza de participar un día en ese Reino de amor, de justicia y de paz instaurado por el Señor.
Toda la vida de Jesús ha estado
entregada al servicio de ese Reino de Dios. Su espiritualidad centrada en el
amor y obediencia al Padre, su desarrollo personal en el conocimiento y escucha
de la Palabra de Dios para ofrecerla a los demás con la autoridad de quien la
cumple, y sobre todo su pasión por los últimos de este mundo sin hacer
distinciones por motivos de raza, cultura e incluso religión, nos muestran a
una persona especialmente tocada por Dios hasta el punto de reconocer en él al
Mesías, al Hijo del Todopoderoso.
Esta
experiencia de fe que nosotros hoy compartimos y celebramos entorno al altar
del Señor, nos ha sido transmitida por el testimonio de otros creyentes.
Llegando en esta transmisión de la fe hasta los cimientos apostólicos.
Aquellos
primeros discípulos del Señor, nos han dejado como testamento este evangelio
que hemos escuchado y donde el Rey de los judíos aparece coronado de
espinas, revestido con el manto de su cuerpo torturado, y entronizado en el
patíbulo de la Cruz, para escándalo y fracaso de quienes lo seguían con
entusiasmo, pero que en la hora de la verdad lo abandonaron a su suerte.
Estas
fueron las insignias reales de Jesús a quien nosotros reconocemos como nuestro
único Señor.
Jesús no es rey al modo de la realeza
de este mundo. Ni sus formas personales, y mucho menos su comportamiento con
los demás, podrá llevarnos a confundir el contenido de su vida. Jesús se
enfrenta y condena la tiranía de los poderosos que someten y oprimen a los
pequeños. Rechaza la opulencia y el lujo egoísta que se desentiende de los
pobres, asumiendo un estilo de vida donde comparte su misma pobreza y se rebela
contra la injusticia que la sustenta. Y por último, lejos de imponer su poder
por la fuerza, subyugando a los opositores y contrarios, nos muestra el camino
de la entrega personal, del servicio y de la misericordia como el único
auténticamente humano por el que merece la pena vivir y morir.
La realeza de Jesús consiste en dar su vida, por cuya sangre hemos recibido la redención y de este modo, desautoriza cualquier intento de manipular su mensaje por parte de falsos mesías que autoproclamándose liberadores de los pueblos, en realidad los someten bajo el yugo del terror y del miedo.
Situada de esta forma nuestra
comprensión de Jesucristo como Rey del Universo, también podemos acercarnos
adecuadamente a lo que supone para nuestras vidas.
Seguir a Jesús por el camino del Reino de Dios nos lleva a distinguir con especial claridad los hitos que marcaron el recorrido de su vida, la cual se nos narra en el evangelio, y desde la que iluminamos nuestra existencia.
Aunque el reino de Dios no es de este mundo, en el sentido de que no se identifica con ninguna realización política temporal, este reino hemos de comenzar a construirlo en el presente.
El reino de Dios se basa en las
bienaventuranzas proclamadas por Jesús. Se sustenta en la misericordia y en el
perdón que nos reconcilia y nos hermana en el amor. El Reino de Dios se asienta
en la justicia que a todos dignifica y en la verdad que nos hace libres. El
reino de Dios rechaza el lucro egoísta y la opresión de los débiles,
favoreciendo al necesitado, al pobre y al oprimido. Reconoce la dignidad de
todo ser humano como imagen y semejanza del Creador, denunciando las
injusticias que se cometan contra él, y luchando siempre por su promoción y
desarrollo, con la conciencia de ser una única fraternidad.
Desde esta acogida del Reino de Dios,
los cristianos nos sentimos especialmente invitados a caminar de la mano de
nuestro Señor con la fuerza de su Espíritu Santo.
Así podemos entender la entrega desinteresada de tantos hombres y mujeres, que fieles a su vocación sacerdotal, religiosa y laical, van sembrando a su paso semillas de vida y de esperanza, descubriendo entre las sombras del presente, destellos de la luz de Dios que iluminan con su amor nuestros pasos y nos ayudan a confiar en un futuro mejor.
Quiero significar de forma especial un servicio que muchos cristianos desarrollan en su vida y mediante el cual van construyendo el Reino de Dios. Me refiero al compromiso social y político como expresión de la fe y vinculado a la vida de la comunidad eclesial.
No es fácil en un mundo tan
condicionado por los intereses de mercado, de prestigio, de poder, e incluso de
partido, desarrollar una labor entregada y auténtica, en fidelidad al evangelio
del Señor y en comunión con su Iglesia.
Muchas veces los cristianos en la vida
pública se sienten zarandeados entre las presiones de aquellos sectores de la
sociedad que desean ser privilegiados en sus intereses, y las exigencias que la
conciencia cristiana y la enseñanza de nuestra Iglesia les ofrece
respetuosamente, para un justo servicio al bien común.
Es muy difícil, a la vez que injusto,
marcar claves de conducta absolutas y generales, sobre todo en un ambiente
plural y libre como el sociopolítico. Pero tal vez sí debamos tener muy en
cuenta todos los cristianos que ser seguidores de Jesucristo conlleva la
fidelidad a su Palabra, recogida en el Evangelio y vivida a lo largo de la
historia por su Iglesia, y esta experiencia comunitaria de la fe ha de ser para
nosotros la primera escuela que forme nuestras conciencias y el hogar en el que
contrastar nuestras posiciones para poder tomar una decisión coherente con
nosotros mismos y en fidelidad a la verdad de nuestra fe.
Junto a esto, la comunidad cristiana, y en especial los responsables de la misma, debemos alentar, sostener y acompañar con afecto a quienes de forma generosa entregan su vida al servicio de los demás. A veces somos demasiado exigentes y críticos sin comprender las tensiones y dificultades que nuestros hermanos tienen que vivir cada día, además del riesgo que muchas veces sufren sus personas y familias.
Entregar la vida al servicio del bien común, en una sociedad multicultural, libre y democrática muchas veces conllevará sufrir la tensión interior entre lo posible y lo deseable. Tensión que sólo se puede vencer con una vida espiritual asentada en Dios, creador y defensor del ser humano, por medio del seguimiento de Jesucristo, único Señor a quien debemos servir, y animados con la fuerza del Espíritu Santo que nos mantiene unidos en la esperanza y en el amor.
Que
al celebrar hoy esta fiesta del Señor, revitalicemos nuestro compromiso por el
Reino de Dios, le demos gracias por quienes entregan su vida al servicio de los
demás y así un día podamos todos escuchar las palabras que Jesús, en su trono
del dolor prometió a quien compartía su agonía, Te lo aseguro, hoy estarás
conmigo en el Paraíso.
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