domingo, 16 de febrero de 2020

DOMINGO VI TIEMPO ORDINARIO



DOMINGO VI TIEMPO ORDINARIO

16-2-20 (Ciclo A)



La temática que aborda en este domingo la Palabra de Dios, en especial la primera lectura y el evangelio, incide directamente en la manera de vivir hoy la fe por parte de muchos cristianos. “No he venido a abolir la ley, sino a darla cumplimiento”, dice Jesús en este largo Sermón de la montaña, y que desarrolla ese precioso proyecto de vida que contienen las Bienaventuranzas.

El ser humano establece sus relaciones con Dios y con los demás, no de forma arbitraria y caprichosa, sino desde un compendio de leyes y valores, que le ayudan a entender la propia vida y su manera de desarrollarla en la comunión fraterna y filial. Desde nuestro más temprano conocimiento vamos asumiendo unos principios morales que nos ayudan a favorecer el bien y a rechazar el mal. Y no como algo extrínseco y ajeno a nosotros, sino como la manera de conducirnos de forma libre y responsable, para un mejor crecimiento humano y espiritual.

Cuando nuestros padres corrigen y reprenden aquellas actitudes negativas nuestras, lo hacen desde sus propios valores, y sabiendo que es su obligación velar por nuestro bien, porque nos aman y desean lo mejor para nosotros.

Lo mismo sucede con Dios. Él no ha impuesto al ser humano una ley carente de humanidad, todo lo contrario. Si nos acercamos con madurez y responsabilidad a cada una de las Leyes divinas, vemos cómo son la condición de posibilidad de un desarrollo fraterno y auténtico entre nosotros. Para ello, es necesario que reconozcamos la primacía de Dios sobre todo lo demás. Sólo podemos aceptar la Ley de Dios, si amamos a Dios sobre todas las cosas, y si respetamos su nombre y su gloria desde el amor de hijos que él mismo nos tiene.

Es imposible vivir los valores del evangelio, y conducir nuestra vida bajo la guía de nuestro Señor Jesucristo, si previamente no reconocemos la autoridad absoluta de Dios en nuestra existencia personal y colectiva.

Como nos enseña el libro del Eclesiástico, “delante de nosotros está la vida y la muerte, elige lo que quieras”. Somos responsables de nuestro presente y de nuestro futuro. No podemos cargar sobre otros hombros la carga que cada uno debe llevar como consecuencia de sus actos y decisiones, de las cuales deberá dar cuentas ante Dios.



Es curioso cómo en nuestros días, si bien es verdad que cada vez más nos levantamos contra las injusticias y males que se cometen en el mundo, con mayor vehemencia juzgamos los comportamientos ajenos y con facilidad nos erigimos en jueces de la vida del vecino, sin embargo con mayor celo queremos proteger nuestro ámbito de decisiones y obras.

Podemos hablar y juzgar a los demás, pero a mí que nadie me toque, que soy libre para hacer lo que me da la gana. Incluso entre muchos creyentes se da la paradoja de si bien aceptan y dicen seguir con afecto a Jesús, en quien creen de corazón, sin embargo, la manera de vivir esa fe en Cristo la realizan “a su manera”; soy creyente, pero no practicante, yo me confieso directamente con Dios, no necesito de intermediaros humanos...



Y aquí es donde debemos volver a escuchar la voz del Señor; “no creáis que he venido a abolir la ley y los profetas; no he venido a abolir, sino a dar plenitud”.

Las herramientas que el Señor ha puesto en nuestro camino son una ayuda, y como tales debemos acogerlas. Claro que lo importante es la fe y la fidelidad a Cristo, claro que por encima del pecado está la gracia, que como nos dice S. Pablo sobreabunda con creces allí donde pretende imponerse el mal. Pero este ejercicio de conversión y de vida bajo la acción del Espíritu, no se da de forma casual ni individualista, y mucho menos autojustificando comportamientos comodones y caprichosos.

La ley y las normas que Dios ha establecido, han de ser acogidas como medios pedagógicos para conducirnos de manera personal y comunitaria, hacia una convivencia en el amor y en la comunión fraterna. Nunca son una carga si son acogidas en la libertad y responsabilidad de los hijos.

Jamás los consejos de nuestros padres, sus correcciones y hasta a veces los castigos, que sabemos han partido con certeza de su amor por nosotros, nos han causado ningún trauma ni odio hacia ellos, al contrario, precisamente porque nos han amado con toda su alma, han asumido su grave responsabilidad de evitarnos males mayores, educándonos primero en la responsabilidad para que un día hiciéramos el uso adecuado de nuestra libertad.



La conciencia rectamente formada, debe contemplar con claridad las consecuencias de cada decisión que tomamos. No es igual una que otra. Toda acción humana conlleva unas consecuencias para uno mismo y para los demás, y si por nuestro comportamiento hemos causado algún daño, debemos repararlo, tanto con el hermano herido como con Dios.

Para eso existe el sacramento del perdón, en el que el mismo Jesús ha querido vincular la misericordia divina mediante la mediación humana “lo que ates en la tierra, quedará atado en el cielo”, dirá a Pedro y demás apóstoles.

La Iglesia no es una institución sin más. Es la familia de los hijos de Dios que animada por el Espíritu Santo, sigue las huellas de Jesucristo nuestro Salvador.

Dios no ha querido que el ser humano camine en la oscuridad y el sin sentido, abandonado a su suerte y condenado a las consecuencias de su comportamiento irresponsable. “Dios predestinó la sabiduría antes de los siglos para nuestra gloria” nos ha dicho S. Pablo. No estamos solos. Tenemos la asistencia permanente del Señor quien nos ha dado una conciencia por la cual entramos en diálogo con él, y que formada desde el contraste y el discernimiento con el resto de la familia cristiana, nos ayuda a encontrar el camino de vuelta al Padre, cuando por cualquier causa nos hemos separado de él y de los hermanos.

Los sacramentos son medios eficaces por los que recibimos la gracia de Dios. En ellos se nos entrega el mismo Jesucristo que nos redime con su amor y nos envía a prolongar su obra salvadora.

Ningún cristiano puede prescindir de ellos, porque sin el bálsamo del perdón sacramental que sana y regenera nuestra vida cuando el pecado la ha degradado, y sin la fuerza renovadora del alimento que nos da la Eucaristía, Pan de vida eterna y Cáliz de eterna salvación, nuestra existencia espiritual languidece y muere. Y quien piense lo contrario se engaña inútilmente.

Uno de nuestros mayores males como cristianos en un primer mundo autocomplaciente, es la desidia e indolencia religiosa. Como nada nos cuesta ni tenemos que sufrir por vivir libremente la fe, corremos el riesgo de devaluarla y acomodarla a las modas del ambiente. Así tampoco chirría en medio de una sociedad opulenta y hedonista.



Pidamos en esta celebración, que el Señor nos conceda la fortaleza de nuestra identidad cristiana, para vivir nuestra fe con gozo y coherencia, de manera que seamos auténticos testigos de su amor, en medio de nuestro mundo.

jueves, 6 de febrero de 2020

DOMINGO V TIEMPO ORDINARIO




DOMINGO V TIEMPO ORDINARIO

9-2-20 (Ciclo A)



“Vosotros sois la sal de la tierra... vosotros sois la luz del mundo”.

Nada más concluir la proclamación de las bienaventuranzas, Jesús comienza a desgranar esta larga enseñanza en la que va a condensar el contenido de su proyecto de vida.

Y  lo hace con esta llamada a tomar conciencia de nuestra identidad en medio del mundo. Somos sal y luz en medio de un entorno que muchas veces ha perdido el rumbo, porque avanza en medio de sombras y tinieblas, y también carece de calidad y de sabor auténticamente humano.

Somos sal y luz para que, insertos en la masa del mundo, compartiendo sus anhelos y dificultades, podamos alumbrar con nuestra vida, y dar nuevo sabor con nuestra entrega, a quienes nos rodean y comparten el presente que nos toca vivir.



La imagen de la luz es en la Sagrada Escritura es imagen del mismo Dios. No olvidemos que ya en el libro del Génesis, lo primero que hace Dios es separar la luz de las tinieblas. El Sol es fuente vida, su luz hace que las cosas sean porque son percibidas y reconocidas, su calor genera el desarrollo de los seres vivos, y está claro que sin su existencia, la vida sería imposible.

En medio del caos de esa oscuridad, Dios hizo germinar su Creación, y en medio de ella estableció al ser humano, creado a su imagen y semejanza, para que con su existencia diera noticia cierta de su Creador.

El hombre caminando en medio de la luz conoce y acierta en alcanzar su destino, puede conducir su vida con verdad y reconocer a sus semejantes en la igualdad y el amor fraterno. La luz nos da certeza de lo que existe, asegura nuestros pasos, serena nuestras emociones y verifica las intenciones que pone al descubierto. En la claridad no hay lugar para el oscurantismo ni la mentira, porque precisamente todo lo pone al descubierto, y eso nos obliga a reconocernos en nuestra propia verdad.

Por el contrario es en la oscuridad donde se establece la inseguridad y el miedo, donde emerge la mentira y la amenaza porque en ella pretenden ocultarse los impulsos más bajos y egoístas que el pecado infringe en el corazón del hombre.

Por eso el antagonismo que Jesús establece entre luz y oscuridad, es el mismo que el que existe entre el bien y el mal, entre la gracia y el pecado.



Por otra parte, el segundo simbolismo que utiliza el Señor es el de la sal. La sal se nos ofrece en la misma naturaleza, no tenemos más que extraerla del agua del mar que la contiene o las salinas del interior. Esa sal, además de destacar el gusto propio de los alimentos, ayuda a su conservación y cuidado, de manera que se ha convertido en un elemento imprescindible en la vida del hombre.

Pero además la sal, bien utilizada, no se impone a lo que da sabor, ni se destaca en los alimentos que condimenta. Pasa aparentemente desapercibida, y sin embargo su presencia no se puede disimular.



Pues estos dos elementos que utiliza Jesús en su Palabra, son puestos como modelo de nuestras actitudes cristianas, para nosotros mismos y de cara a los demás.



Si Cristo es la luz del mundo, aquel de quien el anciano Simeón proclamó “Luz de las naciones y gloria de su pueblo Israel”, nosotros estamos llamados a vivir esta cualidad, tomando conciencia de la misión que se nos ha confiado.

La luz de la fe, si es vivida con auténtica coherencia, no puede ser ocultada, ni mitigada, porque entonces no ilumina ni nuestra vida, ni la de los demás.

Los cristianos no podemos tapar la vela que alumbra y calienta el corazón de los hombres, y si alguna llama es más tenue o débil, debe ser avivada por otras llamas más vivas, en vez de sofocada. La luz de los fuertes ha de animar y sostener la de los más enclenques.

Nuestro mundo necesita de personas que irradien la luz de Jesucristo, luz que viene animada por la cera de su Palabra, y la mecha del Espíritu Santo que anima cada corazón creyente. Una luz que ilumine la verdad de cada cosa, y ponga al descubierto la falsedad que, a su vez, quiere imponerse en medio del mundo.

La fe en Jesús nos ha de llevar a dar testimonio del Evangelio en medio de cada acontecimiento y circunstancia que nos toque vivir, sabiendo que las consecuencias pueden ser adversas para nosotros, como lo fueron para quien es el origen de toda luz, nuestro Señor. Pero si por miedo o desidia, si nos dejamos acomplejar por los ambientes  e ideologías dominantes, entonces estaremos poniendo la lámpara debajo del celemín.

Cuando la luz ilumina de verdad, emergen con fuerza las auténticas intenciones que sustentan la vida del hombre. En medio de la crisis económica, la luz pone al descubierto los fraudes, los egoísmos, las injusticias que tantas personas padecen. En medio del progreso del hombre, la luz pone al descubierto los ataques contra la vida humana, en su concepción y en la enfermedad, los abandonos de los débiles a su suerte, los malos tratos en el hogar, la violencia que padecen los más indefensos.

En medio de una sociedad hedonista y complaciente con sus propios vicios, los cuales airea con la intención de darles carta de naturalidad, la luz de Cristo nos habla de compromiso y fidelidad en el matrimonio, de respeto en las relaciones interpersonales, de educación y acompañamiento a las generaciones más jóvenes, de manera que no reproduzcan e incrementen los abusos y miserias de quienes, puestos en la palestra de los medios, se les quiere mostrar como modelos de identidad.



Es la luz de Dios la que debe guiar el camino del hombre, porque es en esa luz donde fue llamado a la vida para vivirla en la dignidad humana, y no en la mediocridad de una existencia condenada a la oscuridad del caos existente antes de la Creación.

La manera de vivir y desarrollar este don que hemos recibido es al modo de la sal. No debemos pretender los seguidores del Señor utilizar medios y caminos distintos de los suyos.

El Verbo eterno de Dios, por el misterio de la Encarnación, se hizo uno con nosotros en la persona de Jesús. Él nos fue mostrando con la sencillez de su vida, el camino de la fidelidad a la voluntad del Padre, viviendo y compartiendo su existencia como uno más, en medio de los suyos. Así ha de ser nuestra vocación cristiana. Ser uno con los hermanos, de manera que por nuestro testimonio personal de vida, y por el anuncio que explícitamente hagamos de Cristo, iluminemos las vidas de los demás, a fin de que experimenten también ellos, el gozo de sentir el amor inmenso de Dios.



Que hoy podamos sentir, por la fuerza del sacramento que estamos celebrando y que alimenta nuestra vida, ese deseo manifestado por el Señor al final del evangelio proclamado: “Brille así vuestra luz ante los hombres, para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en los cielos”.

viernes, 31 de enero de 2020

FIESTA DE LA PRESENTACIÓN DEL SEÑOR



FIESTA DE LA PRESENTACIÓN DEL SEÑOR

2-2-20 (Ciclo A)



Celebramos hoy la fiesta de la Presentación del Señor en el Templo, y en ella la Jornada de la Vida Consagrada.

José y María van a cumplir con lo establecido en le Ley de Moisés, y así a los ocho días de su nacimiento, es presentado en el Templo al Señor, ofreciendo para ello dos tórtolas.

Es la ofrenda de la acción de gracias a Dios por el hijo que ha nacido, y es la ofrenda de los pobres, ya que las familias más pudientes entregaban ofrendas más generosas.

Pero en este gesto sencillo y habitual, ocurren otros hechos que lo hacen excepcional. Un anciano que “aguardaba el consuelo de Israel”, es empujado por el Espíritu Santo a acercarse a ese niño insignificante, y se produce la primera revelación de su identidad. Es aquel de quien ya ha hablado el profeta Malaquías y que anunciaba que iba a “entrar en el Santuario, el Señor a quien vosotros esperáis”.

Simeón siente su vida colmada, y en sus días finales, vive con gozo el cumplimiento de la promesa de Dios que acaba de visitar a su pueblo de manera definitiva, por eso el anciano ora agradecido sabiendo que ya el Señor “puede dejar a su siervo irse en paz, porque sus ojos han visto a su Salvador, a quien ha presentado ante todos los pueblos”.

Junto a esta acción de gracias, Simeón profetiza el destino de este niño, que será “bandera discutida” y que pondrá al descubierto las intenciones de muchos corazones, haciendo que muchos caigan y se levanten.

Acoger al Señor supone la conversión total de nuestras vidas, las cuales han de pasar por una radical transformación que sólo será posible experimentarla desde la confianza y abandono en su amor.



Y los gozos de este momento en el que unos padres presentan a su hijo, son también teñidos por la sombra del dolor futuro; “a ti una espada te traspasará el alma”, le dice a la madre en medio de su alegría.

Poco sospecharía María el alcance de estas palabras, las cuales sólo comprendería al vivirlas a los pies de su hijo en la cruz.



 Los dos ancianos, Simeón y Ana, representan a la humanidad anhelante que espera confiada la intervención de Dios en la historia. Es el cumplimiento de la promesa del Señor, que se realiza para siempre en la persona del Hijo y que por él la humanidad entera es reconciliada en el amor.

Ahora es el momento de que pasemos de los anhelos a las concreciones, de las esperanzas a los compromisos, de los sueños, al ejercicio de la responsabilidad en el seguimiento fiel del Señor. Y ello conlleva asumir la vocación a la que Dios nos llama de manera que seamos con nuestra vida testigos de la Buena Noticia de su reinado.

En este día, la Iglesia celebra la Jornada de la Vida de especial consagración. Toda vida es consagrada al Señor, y este rito de las candelas, es lo que significa, que somos propiedad de Dios y que nuestra vida ha sido entregada a aquel de quien la hemos recibido, para que sea Él quien la bendiga y consagre.

Pero junto a esta celebración comunitaria, está la especial gratitud de la comunidad cristiana por el don de la vida religiosa. Hombres y mujeres, que por la acción del Espíritu Santo, entregan sus vidas al Señor, para vivirlas en torno a un carisma concreto que el mismo Espíritu ha suscitado en su Iglesia. Carismas que son dones, regalos de Dios, de manera que desarrollados en la comunión eclesial, y mediante la opción por la fraternidad vivida en castidad, pobreza y obediencia, promueven el anuncio del Evangelio de Cristo a todas las gentes y pueblos de la tierra.

La vida religiosa es la riqueza de la comunidad cristiana, que por medio de la vocación de sus hijos e hijas, extiende la mano generosa de Dios, en la sencillez de la multitud de manos humanas serviciales y entregadas.

La efusión del Espíritu Santo en Pentecostés, no ha cesado de responder en cada momento de la historia a las necesidades de los hombres de cada tiempo y circunstancia.

Multitud de órdenes e institutos religiosos, de vida activa y contemplativa, han desarrollado el mandato del Señor de anunciar el Evangelio hasta los confines de la tierra.

Un anuncio que se ha concretado de manera especial compartiendo la vida de los más necesitados y de los espacios sociales más deprimidos.

Multitud de religiosos y religiosas dedicados a la educación de niños y jóvenes, a los enfermos y marginados, a los pobres y desheredados. Congregaciones cuya vida de acción se sustenta en la contemplación y oración, de la cual nutre su alma para entregarse de manera total y servicial a los hermanos.

La vida religiosa vive ya en este mundo la novedad del Reino de Dios, haciendo de sus comunidades concretas, espacios para la fraternidad auténtica, desde la sencillez y el respeto, creando espacios de auténtica libertad en la comunión y de rica pluralidad en la común misión.

Las comunidades religiosas nos enseñan que Dios regala una inmensa familia a quienes en su opción personal han renunciado a crear una propia, que da una gran riqueza por la libertad que supone el desprendimiento de quien abraza la pobreza, de que nadie es más dueño de sí mismo que quien entrega voluntariamente la capacidad de sus decisiones al acoger la voluntad de Dios mediante la obediencia confiada.

La vida religiosa es en nuestros días un semillero de auténtica humanidad, donde con sencillez y alegría se viven los valores del Evangelio de manera que cada día vayan configurándose con Jesucristo casto, pobre y obediente.

Hoy la Iglesia agradece al Señor este don inmenso de la vida religiosa, sin la cual sería impensable el desarrollo de la misión confiada a ella por el Jesús. Todos los carismas y ministerios, todas las vocaciones y estados de vida en la Iglesia, tienen una común convergencia, vivir con entusiasmo, fidelidad y entrega, la alegría del evangelio de Jesucristo. Todos estamos en la misma barca y con una común tarea; compartirla de manera consciente y agradecida, valorando a cada uno de nuestros hermanos y hermanas, nos ayuda a todos a agradecer el tesoro que hemos heredado de aquellos que nos precedieron y cuyo testimonio y entrega hoy agradecemos.

Pedimos al Señor que siga suscitando en su Iglesia muchas vocaciones a la vida religiosa y sacerdotal, para que sean en medio del mundo testigos y animadores de las distintas comunidades cristianas, para que la gran familia de los hijos e hijas de Dios, que es la Iglesia, desarrolle con amor y entrega la tarea que el Señor la ha confiado.

Que María, la mujer que aceptó siempre la voluntad del Señor, incluso cuando la espada del dolor atravesaba su alma, siga acompañando y protegiendo a quienes con semejante entrega desean escuchar la llamada de Dios en su vida.

viernes, 24 de enero de 2020

DOMINGO III TIEMPO ORDINARIO



DOMINGO III TIEMPO ORDINARIO

26-01-20 (Ciclo A)



     El evangelio que acabamos de escuchar, nos muestra el comienzo de la vida pública de Jesús. Y el evangelista San Mateo, discípulo del Señor, ha querido unir por medio del profeta Isaías, la misión que desempeñaba Juan el Bautista, con la que Jesús va a iniciar. “El pueblo que habitaba en tinieblas vio una luz grande; a los que habitaban en tierra de sombras de muerte una luz les brilló”.



Si el apresamiento de Juan suponía una gran decepción para el pueblo que había esperado en sus palabras, el comienzo de la misión de Jesús va a avivar la llama de la esperanza con una fuerza renovada. Y así la llamada a los primeros discípulos que acabamos de escuchar en el evangelio, nos sitúa en el origen del nuevo pueblo de Dios del cual somos hoy sus herederos. La invitación de Jesús a sus discípulos, personal y directa, se ha ido repitiendo a lo largo del tiempo hasta llegar a nosotros, con la misma propuesta de hacernos “pescadores de hombres”. Lo cual supone dejar nuestras redes y preocupaciones personales a un lado y asumir la nueva tarea que el Señor nos encomienda y que no es otra que la de transmitir la Buena Noticia del Evangelio a los demás.



Sin embargo en nuestros días esta misión eclesial, con ser labor importante, no está exenta de dificultades que afectan a su desarrollo. San Pablo en su primera carta a los corintios detecta un problema serio en el interior de la comunidad cristiana. Al ir creciendo el número de los creyentes y formar grupos comunitarios distintos, unos se ven más cercanos al estilo y predicación de algunos de sus líderes que al de otros. Y aunque las peculiaridades de cada persona son algo inevitable y hasta bueno, ya que no somos hechos a troquel, todos iguales, las cuestiones accesorias a veces se situaban en primer plano, llevando al olvido de la misión fundamental y creando discordias en la comunidad.

Las distintas maneras de exponer el mensaje de la fe, así como los destinatarios del mismo no pueden condicionar, hasta el punto de dividir, a la comunidad cristiana. Por eso Pablo, en el ejercicio de su ministerio apostólico, va a realizar una llamada a la unidad, que ante todo se ha de basar en la fidelidad al evangelio, del cual, el apóstol, es su servidor y fiel intérprete en la comunión con los demás apóstoles.



Y esta cuestión es de una relevancia y actualidad extraordinarias.

La experiencia de fe de cada uno de nosotros, se basa además de en la relación personal con Dios por medio de la oración y la vida sacramental, en el conocimiento de la Sagrada Escritura y la tradición eclesial heredada. No somos los aquí presente los primeros creyentes de la historia, y formamos parte de un largo proceso de reflexión y profundización teológica que nos ha llevado a confesar un mismo Credo, compendio de las verdades que los cristianos creemos y que son fundamentales para nuestra fe.

De hecho como todos sabemos, las distintas interpretaciones que en momentos concretos de esa historia se han realizado por diferentes grupos eclesiales, han causado serias divisiones que todavía perduran entre nosotros.

Sin embargo la Iglesia Católica a la que pertenecemos, bajo la guía pastoral del sucesor de Pedro y en comunión con los demás obispos del mundo, ha compaginado el desarrollo teológico realizado por los distintos pensadores y maestros de la fe, con el cuidado permanente de la comunión. De tal manera que ante cuestiones novedosas, donde no ha existido una acogida suficientemente amplia por parte del pueblo de Dios, y que tampoco el evangelio explicita de forma clara, se ha preferido mantener la unidad antes que provocar la división.

Y esta garantía de unidad es la misión que los pastores de la Iglesia tienen especialmente encomendada. Muchas son las funciones que cada uno de los cristianos debemos ejercer, pero el ministerio de la comunión ha sido conferido a los Obispos, y éstos a sus colaboradores.

Este asunto adquiere mayor relevancia, cuando a través de los medios de comunicación hoy resulta sencillo acercarnos a un elenco de opiniones, que colocadas todas ellas en el mismo plano, carecen de una justa discriminación. Podemos escuchar argumentos sobre problemas de fe, tratados con el mismo rango a teólogos, obispos, políticos y personas de cualquier condición. Y si bien es verdad que como creyentes todos podemos y debemos expresar y compartir la fe, no tenemos que confundir lo que es opinar libremente sobre algo, de lo que supone proponer autorizadamente la verdad de la fe católica.

La libertad de expresión, no conlleva la autoridad moral sobre lo expresado, la cual proviene del ministerio legítimamente recibido en la comunión eclesial.

La fe y la tradición eclesiales son un bien común de todo el pueblo de Dios, y no le es lícito a nadie por su cuenta erigirse en portavoz universal de una interpretación meramente personal. Las opiniones individuales, por sí solas, no conducen a la construcción de la comunidad, y cuando éstas pretenden imponerse como verdades al margen de la fe común, generalmente son un fraude.



La comunión eclesial es la única garantía que podemos tener de vivir la fe en fidelidad al evangelio de Jesús. Una comunión que sostenida y alentada por el Espíritu Santo, busca siempre el bien común, la promoción de las personas y la construcción de la convivencia fraterna, en el amor y la esperanza.

El trabajo ferviente y paciente de tantos teólogos y pensadores cristianos a lo largo de los siglos, nos han ayudado a comprender mejor los designios del Señor. La fe necesita comprenderse, razonarse, y ser propuesta a los demás en un lenguaje actualizado a fin de que en diálogo con la cultura, podamos compartir un horizonte de justicia y dignidad humana para todos. Pero la fe siempre es don, y como tal no es algo de lo que el hombre pueda apropiarse egoístamente, llegando a manipularla para que responda a sus criterios individualistas e ideológicos. Como don que proviene de Dios, la fe siempre ha de estar referida a Él, y ha de ser vivida con gratitud y humildad, en la madurez de la vida comunitaria de la Iglesia.

La unidad eclesial es nuestra garantía de autenticidad. La división sólo conduce al ensoberbecimiento de uno mismo, al enfrentamiento teórico y existencial con los hermanos, y a la ruptura con el deseo de Cristo de que todos seamos uno, “como él y el Padre son uno”.



En la eucaristía es el Señor quien se entrega por todos, para que viviendo la auténtica fraternidad de forma gozosa y agradecida, seamos enviados al mundo para convocar a otros hermanos a esta mesa del amor. La unidad de los creyentes es la mejor visibilización y testimonio de fidelidad a Jesucristo, nos ayuda a sentirnos hijos de la Iglesia que él fundó, y favorece nuestra misión evangelizadora.



Que por medio de esta celebración, el Señor nos ayude a saber vivir con humildad y generosidad el don de la fe recibido, y así valorar con agradecimiento la unidad de la familia cristiana de la cual formamos parte por medio de nuestro bautismo.

viernes, 17 de enero de 2020

DOMINGO II TIEMPO ORDINARIO



DOMINGO II DEL AÑO

19-1-20 (Ciclo A)



        Una vez que hemos dejado atrás las fiestas navideñas, tras el Bautismo de Jesús damos comienzo a este tiempo litúrgico llamado “ordinario”, un espacio en el que se resalta la vida cotidiana del Señor, su palabra y su obra misionera de anuncio del Reino de Dios.

        Es el momento de marcar la diferencia con el estilo de vida y de fe vividos hasta entonces, y cuyo cambio va preparando el gran profeta Juan  con su llamada a la conversión.

        El va a ser el primero en señalar ante todos que el tiempo se ha cumplido, y que la promesa de Dios de instaurar su reinado, se ha realizado en Jesús; “Este es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo”. Una frase que para nosotros puede parecer extraña, pero que en aquel contexto enmarcado en la tradición judía, manifestaba claramente que ese Jesús, era el Hijo de Dios.

        El Cordero de Dios, en la simbología bíblica, muestra la inocencia, la pureza y la bondad más plenas. Los corderos sacrificados en el Templo de Jerusalén eran la mejor ofrenda a Dios, porque eran animales puros, sin mancha.

        Pues en esta experiencia religiosa, definir a uno como el Cordero de Dios era lo mismo que señalarlo como el enviado de Dios, el Mesías, el Salvador. El único capaz de salvar a su pueblo y de redimirlo de sus pecados. Y si es muy importante que sobre alguien recaiga esta señal, igualmente fundamental es quien lo señala.

        Juan no es un personaje cualquiera, es el profeta del momento, con gran ascendencia sobre un pueblo sediento de Dios.

        Su palabra no dejaba indiferente a nadie, ni tan siquiera a los poderosos alejados de la fe. Hijo de un gran sacerdote, Zacarías, Juan va a constituir el nexo de unión entre los tiempos en los que Dios enviaba mensajeros delante de él, hasta este momento central de la historia donde él mismo va a irrumpir en la persona de su Hijo amado.

        Al señalar al Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, Juan está anunciando que la entrada de Dios en la historia  ya se ha hecho realidad, y que ahora es cuestión de seguir a su elegido porque su bautismo no será sólo de agua, sino que el mismo Espíritu Santo se derramará sobre todos realizando en ellos la salvación.



        Aquel anuncio de Juan tuvo consecuencias inmediatas. Sus seguidores comenzaron a acercarse a Jesús haciéndose sus discípulos. Ya no necesitaban de alguien que les hablara de los designios de Dios porque Jesús transparentaba su amor y su misericordia.

        Juan aceptó el final de su misión, y supo menguar en su protagonismo personal para favorecer el seguimiento de Jesús por parte de todos, para que encontraran en él, el único camino, verdad y vida.

        Jesús asume así su papel en la historia, comenzando como uno de tantos al recibir el bautismo, signo de su misión, y aceptando el testimonio que Juan ha dado de él, sabiendo que su vida ya no será la misma. El tiempo se ha cumplido y ahora con su vida va a mostrar que el Dios con nosotros camina al lado de sus hijos para llevar la creación a su plenitud.



        Este comienzo de la vida pública del Señor, en el que nuevamente se remarca el papel fundamental de Juan, nos ayuda a comprender la importancia de las mediaciones en la transmisión de la fe.

        Al igual que Juan el Bautista, también nosotros tenemos que señalar al Cordero de Dios que pasa a nuestro lado, favoreciendo el encuentro de los hermanos con él, y ayudando a que muchas personas alejadas de la fe puedan sentir que Dios les ama y les llama.

        Esta vocación misionera y evangelizadora es un don de Dios que siempre debemos agradecer como comunidad cristiana. Una gratitud que hacemos extensiva a tantos hombres y mujeres que desde los diferentes servicios y ministerios comparten su vida y su fe con los demás; catequistas, monitores, animadores de grupos de jóvenes, adultos, matrimonios, liturgia. Y junto a ellos también destacamos el servicio tan necesario para con los más pobres, enfermos y necesitados, a través de cáritas y pastoral de la salud.



        Pero no acaba en estos servicios eclesiales la misión de la Iglesia. Todos los cristianos estamos llamados a anunciar la Buena Noticia de Jesucristo en cualesquiera de los ambientes de nuestra vida, personal, familiar y social, para que el don de la fe que hemos recibido sea también experimentado por aquellos que buscan a Dios en sus vidas. Por eso debemos vivir nuestra fe con sencillez y verdad.

        Sencillez porque no podemos ni debemos tratar de imponer nada a nadie. La fe para que sea auténtica ha de nacer de la libertad de la persona.



        Pero también hemos de ser cristianos en verdad, es decir, sin temor ni vergüenza ante nadie. No tenemos una fe para ocultarla a los demás, ni para devaluarla a fin de que sea aceptada por todos. Seguir a Cristo exige del cristiano fidelidad y coherencia, y porque sabemos que ambas virtudes nos cuestan, por las limitaciones de nuestra condición humana, no debemos caer en la cobardía de quienes siempre quieren quedar bien ocultando los fundamentos de su vida para no ser criticados. La fe que no se vive, se muere, y los valores que se disimulan no convencen.

        Cuando S. Juan anunciaba la presencia del Mesías, no era una mera información; era una invitación a seguirle a él y sólo a él. Y esta misión de señalar al Señor en medio de nuestra vida para que le puedan reconocer los demás, la hemos de acoger como propia en nuestro corazón. Hoy somos nosotros los testigos de Jesucristo en medio de nuestra sociedad.

        De este modo, cada vez que nos reunimos para celebrar nuestra fe, le sentimos presente en medio de nosotros, y por eso antes de recibirle en el Sacramento de la Eucaristía le reconocemos como el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Que este sacramento que a todos nos une como hermanos, nos ayude a seguir los pasos de Jesucristo con esperanza, y con la fuerza de su Espíritu seamos testigos de su amor en el mundo.

jueves, 9 de enero de 2020

BAUTISMO DEL SEÑOR - FIESTA



FIESTA DEL BAUTISMO DEL SEÑOR

12-1-2020 (Ciclo A)

       La fiesta del Bautismo del Señor cierra este tiempo de gracia que es la navidad. El anuncio que los ángeles ofrecieron a los pastores “en la ciudad de Belén os ha nacido un Salvador”, es hoy ratificado por el mismo Dios, “Tú eres mi Hijo amado, mi preferido”. El Dios que tantas veces se manifestó ante su pueblo por medio de sus profetas y enviados, habla ahora por sí mismo en el Hijo adulto que se dispone a asumir su vocación y misión en perfecta fidelidad al Padre.

       El bautismo de Jesús supone el comienzo de su vida pública y ministerial. Hasta ahora ha vivido en su pueblo, junto a su familia y seres queridos, completando su formación humana y espiritual; un tiempo discreto y silencioso que ha ido construyendo su ser y madurando su personalidad.

       De este espacio entre su infancia y madurez, no tenemos más que un pequeño relato, donde S. Lucas nos muestra a un Jesús adolescente en el Templo entre los doctores de la Ley. Aquel niño perdido y encontrado por sus padres regresa con ellos a Nazaret, y el evangelista terminará diciendo, que “Iba creciendo en estatura y en gracia ante Dios”. Es decir, que la vida del Jesús adulto viene precedida por todo un tiempo largo de maduración personal, vivencia interior y riqueza espiritual. Y así, comienza su tarea con un gesto simbólico, su bautismo.

De la misma manera que todos aquellos hombres y mujeres animados por el mensaje de Juan quieren prepararse para acoger el don de Dios, Jesús se pone en la fila de los pecadores para cambiar el rumbo de nuestra historia. Y aunque no necesite del bautismo como remisión de los pecados, sí nos muestra que por este gesto, el mismo Dios se nos manifiesta como Padre y nos agrega a su pueblo santo.

Los bautizados somos incorporados a la familia de Dios, nos hacemos hijos suyos por medio de su Hijo Jesucristo, y asumimos la misión de anunciar el evangelio que vivimos, entregándonos en la construcción del reino de Dios en medio de nuestro mundo y ofreciendo nuestras vidas al Señor para ser portadores de su esperanza desde el servicio a los más pobres y necesitados.

Cada uno de los cristianos debemos este nombre a nuestra vinculación a Cristo, sacerdote, profeta y rey, y que nos une a la gran familia de la Iglesia. El pueblo santo de Dios existe mucho antes de nuestra incorporación personal al mismo, y al ser admitidos en su seno por el bautismo, como miembro de pleno derecho,  nos comprometemos a configurarnos junto a todos los hermanos, conforme a la persona de Jesucristo  nuestro Señor.

       El sacramento del bautismo, por unirnos a la comunidad cristiana, también compromete a ésta para el desarrollo y maduración de la fe de sus miembros. Y asimismo la acogida eclesial que se les hace es motivo de alegría por la gozosa experiencia del nacimiento de una nueva vida, fruto del amor de sus padres y sacramento del amor creador de Dios.

       Hoy es la fiesta de nuestro bautismo, y al recordarla también podemos mirar cómo está siendo nuestra vivencia espiritual. Vamos a recuperar la fuerza de Dios en nuestra vida y así vivir animados por él para entregarnos a los demás. No nos vayamos apagando poco a poco cayendo en la rutina y perdiendo el sentido de nuestra fe.

       Muchos somos los bautizados y no tantos los que vivimos con plena conciencia este don gratuitamente recibido. De hecho en nuestros días nos ha de causar enorme tristeza contemplar cuantos hermanos nuestros han ido abandonando su vivencia religiosa desde la desafección eclesial, y cómo algunos incluso lo justifican diciendo que son creyentes pero no practicantes. La planta de la fe que no se nutre con el riego fecundo de la Palabra de Dios, alimentándose frecuentemente con el pan de la eucaristía, se va degradando progresivamente y muere de forma irremediable.

       Es misión de nuestras comunidades eclesiales, favorecer el retorno a la comunidad de aquellos que por cualquier causa se han distanciado de ella, desde un proceso de acogida y de recuperación de su experiencia espiritual.

       El bautismo de los niños siempre se celebra condicionado a la fe de sus padres o tutores, y con el acompañamiento permanente de la comunidad cristiana que lo alienta y sostiene. Un sacramento celebrado por el mero interés o costumbre social, no favorece a nadie además de poner en serio peligro  su autenticidad.

La gracia de Dios se ofrece a todos, pero vivir bajo la acción del Espíritu sólo es posible si acogemos el don de Dios y lo vamos desarrollando con nuestra disponibilidad y entrega. Para ello está la comunidad eclesial, que como madre y maestra, acompaña y fortalece la fe de sus hijos para que sean discípulos de Cristo en el mundo.

       Al igual que el bautismo de un adulto ha de ir precedido de un tiempo de formación que le ayude a recibir la Palabra de Dios y acogerla en su corazón, los niños necesitan de un entorno familiar donde les sea posible conocer a Dios, aprender a dirigirse a él con la confianza de los hijos e ir sintiéndolo como el amigo cercano que nunca falla. De la transmisión de la fe de los mayores depende la apertura a la misma de los pequeños. Porque como bien sabemos, de la buena siembra, depende la abundante cosecha.

       Que en esta fiesta del bautismo de Jesús, recuperemos la alegría de sentirnos parte de su familia y pueblo. Que podamos recuperar la fuerza misionera en nuestras vidas y así vivir con ilusión nuestro ser cristianos.

Ser cristianos no es algo vergonzante o a ocultar, no es como muchas veces se nos quiere hacer creer una experiencia privada y condenada a vivir en el ocultamiento. Ser cristiano significa ser discípulo de Jesucristo nuestro Señor, a quien nos gloriamos de confesar como nuestro Dios y Salvador, y este don tan inmenso no puede ser silenciado por nada, porque “de lo que rebosa el corazón habla la boca”.

En la fiesta del Bautismo del Señor, reconocemos la gracia de este don de Dios, y nos hacemos conscientes de la necesidad urgente de comunicarlo a los demás con nuestro testimonio y con nuestro anuncio explícito. Se nos tiene que notar desde lejos que vivimos gozosos por nuestra fe, y que Jesucristo colma de dicha nuestra vida y esperanza.

       Pidamos en esta eucaristía que Dios nos ayude para que día tras día vivamos esta fe con ilusión, con gratitud y con generosa entrega a los demás, y en especial a nuestros niños y jóvenes. De ese modo estaremos impregnando la vida de nuestros pequeños del rocío copioso que los ayudará a crecer con vigor, no sólo en estatura y fortaleza física, sino sobre todo en la gracia de Dios.

sábado, 14 de diciembre de 2019

III DOMINGO DE ADVIENTO "Gaudete"



DOMINGO III DE ADVIENTO

15-12-19 (Ciclo A)



       El tercer domingo de adviento que hoy celebramos, es vivido por la comunidad cristiana como el domingo del gozo “Gaudete”.

       Y es que el camino que nos conduce a la celebración del nacimiento del Señor, cada vez es más corto, y esa cercanía la debemos vivir con ese sentimiento profundo de gozo y esperanza. El mismo sentimiento que llenaba de dicha la penuria de Juan en la cárcel, anhelando la manifestación del Esperado de los pueblos.



       El evangelio de hoy centra su contenido en la persona del Bautista, el mayor nacido de mujer, según el mismo Jesús.

       Juan fue de esas personas especialmente tocadas por Dios. Desde niño acogió en su alma la fe que sus padres Isabel y Zacarías le transmitieron. No en vano ellos mismos se habían visto agraciados por Dios en su ancianidad al recibir el gran regalo de su hijo.

       Los relatos del nacimiento de Juan lo asemejan mucho al del mismo Jesús. Y su madre Isabel va a comprender que este don de Dios tiene una misión concreta, ser el precursor del Mesías.

       En el encuentro entre María e Isabel, se entabla un diálogo profundamente creyente; ahora comparten algo más que el parentesco de la sangre. Por su fe se han hecho merecedoras de portar en sus entrañas la obra salvadora de Dios, Isabel dará a luz a quien anuncie al Salvador, María será la llena de gracia, porque de ella nacerá el Dios con nosotros, Jesucristo el Señor.

       Juan comprendió por esa fe recibida y madurada en su alma, que Dios le llamaba a una misión especial. Según nos relata el evangelio, pronto vivió la soledad del desierto y en austeridad para entrar en una comunión más plena con Dios, conocer su voluntad y proclamar su palabra. Retomar la misión de otro gran profeta del Antiguo Testamento, Isaías, y volver a clamar, “en el desierto preparar el camino al Señor”.

       Una preparación que a todos alcanza y urge para cambiar la vida y así acoger de corazón el don que Dios hace a la humanidad entera, a su propio Hijo encarnado en la persona de Jesús y por quien toda la creación será reconciliada para siempre con su Creador.

       La vida de Juan fue acogida por muchos como una bendición de Dios. Su llamada a la conversión y a recibir un bautismo que abriera la puerta a un estilo de vida nuevo, basado en la misericordia y en el amor, fue seguido por aquellos que anhelaban una vida más digna y fraterna.

       Pero la voz de Juan no sólo anunciaba la cercanía del Salvador. También denunciaba la injusticia y la opresión; y no sólo en el plano de la vida social, también se enfrentará al mismo rey Herodes por llevar una conducta indigna de quien ha de ser modelo y ejemplo para los demás.

       Juan no será encarcelado por su anuncio del Reino de Dios. Ni por llamar a la conversión de los pecadores, o señalar próximo al Mesías.

       Juan será apresado y ejecutado por denunciar la infidelidad matrimonial de un rey, y entrar así con su denuncia en la dimensión moral de la vida personal y privada de quienes por su cargo debían de ser ejemplares para los demás.

       Preparar el camino al Señor para favorecer que su reinado se implante en nuestras vidas, no será posible si no conlleva la conversión individual, la de todos sin excepción.

       Ciertamente que la meta no es quedarnos en el intimismo. Que la fe ha de vivirse y desarrollarse en comunión con los demás de forma que sus frutos redunden en la transformación de toda la realidad. Pero la única manera de poder transformar este mundo nuestro y posibilitar la emergencia el Reino de Dios, es haciendo que primero Dios reine en nuestros corazones y así, con nuestra vida renovada en su totalidad, transparente y testimonie la verdad de una existencia totalmente entregada al servicio del Señor y de los hermanos.



       Jesús termina diciendo en el evangelio escuchado, que no ha nacido de mujer uno más grande que Juan el Bautista. De nadie ha dicho jamás cosa semejante. La admiración que mostraba Jesús por la obra y la vida de Juan, nos hacen ver la gran importancia que tuvo para el desarrollo del plan salvador de Dios.

       Sin embargo Jesús concluye, que el más pequeño en el Reino de los cielos es más grande que él. Una afirmación que debemos entenderla como el anuncio de una nueva era que se abre ante el mundo y que va a ser instaurada por él. Con Jesús ha llegado el Reino de Dios tantas veces anunciado, y sus signos ya van apuntando a una nueva humanidad; los ciegos ven, los inválidos andad, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los muertos resucitan, y a los pobres se les anuncia la Buena Noticia.

       Juan vivía angustiado en su cautiverio por no poder seguir sembrando el camino por el que venga el Salvador. Pero ante la respuesta de Jesús a aquellos discípulos por él enviados, le hará comprender que su vida y su muerte han tenido un sentido, y ciertamente ha merecido la pena dedicar su existencia a preparar el camino al Señor. De ese modo hizo verdad lo que anunció a sus discípulos, “yo tengo que menguar, para que él crezca”.

       Esa alegría de Juan es la que hoy celebramos y es preludio de lo que estamos llamados a vivir con el nacimiento de Jesús.

       Nosotros debemos acoger  con ilusión los mismos rasgos de la esperanza del Bautista. Posiblemente nunca lleguemos a ver realizados nuestros sueños de una humanidad renovada, fraterna y solidaria. Pero seguro que si nos dejamos transformar por el Espíritu de Dios contemplaremos grandes signos de su amor en nuestra vida y en nuestro entorno, familiar y social.

El tiempo de adviento canta constantemente “Ven Señor Jesús”. Y Jesús ya vino hace dos milenios, viene hoy en nuestro presente concreto, y vendrá a nuestro encuentro en la consumación de nuestra vida. Pero su venida sólo es gozosa si es acogida. Pedirle al Señor que venga, supone abrir nuestra vida para que entre en ella y así habitados por su Espíritu, prolonguemos con nuestros gestos sencillos pero eficaces, su obra de salvación.

       Dios sigue enviando su mensajero delante de los hombres para prepararle el camino. Y ese mensajero somos cada uno nosotros. Que nos dejemos sorprender por su venida y así nos sintamos renovados en la esperanza y el amor.