viernes, 25 de septiembre de 2020

DOMINGO XXVI TIEMPO ORDINARIO

 


DOMINGO XXVI TIEMPO ORDINARIO

27-9-20 (Ciclo A)


Acabamos de escuchar la Palabra de Dios y como siempre es su núcleo fundamental el Evangelio de Jesús. En él vemos la respuesta de dos hijos a la petición de su padre, y la manera de concluir del Señor sobre lo que significa cumplir la voluntad de Dios.

Este es el tema central de este domingo, el cumplimiento de la voluntad de Dios, de lo cual va a depender toda nuestra vida.

A simple vista el hecho narrado no es nada novedoso, cuantas veces decimos una cosa y hacemos otra, unas para bien y otras para mal, pero de nuestros actos concretos podemos percibir las actitudes fundamentales que animan nuestra vida y sus opciones.

Cumplir la voluntad de Dios es la vocación a la que cada uno de nosotros hemos sido llamados en el amor. Dios no tiene una voluntad arbitraria y contraria a la dignidad del hombre. Precisamente la voluntad de Dios, tantas veces expresada por Jesús, es que todos sus hijos se salven y lleguemos a la plenitud de nuestra existencia en el amor. Los mandamientos divinos, no son normas de conducta contrarias a nuestra condición humana, sino precisamente la condición de posibilidad de que seamos plenamente personas, y por lo tanto imagen y semejanza de nuestro Creador. Dichos mandamientos Jesús los va a resumir en dos; amar a Dios con todo el corazón y con toda el alma, y al prójimo, nuestro hermano, como a nosotros mismos. En definitiva, la voluntad de Dios es que seamos perfectos en el amor, un amor que en Jesucristo ha encontrado su plena encarnación, porque en todo momento buscó y cumplió la voluntad del Padre.

En nuestros días, eso de ser orientados por otros, y no digamos cumplir la voluntad de un extraño, resulta a todas luces escandaloso. La exaltación de la autosuficiencia  y de la independencia como criterio fundamental para nuestra vida, es muy elevada.

Nuestra sociedad valora y exhibe la independencia y autonomía del hombre, sobre cualquier ente externo a él, como una máxima de su indiscutible libertad.

Y aunque ciertamente la libertad y autonomía del hombre es un gran valor, en tanto en cuanto le dignifica, su mala comprensión puede albergar en sí misma su mayor sometimiento y esclavitud.

Es más libre un niño, porque sus padres le permitan no comer lo que no le gusta? Es más libre un hombre porque las leyes le permitan acabar con una vida indeseada, como en el aborto, o ya enferma irreversible como en la eutanasia? Es más libre y autónoma una sociedad, carente de principios éticos y morales, y en la que priman  intereses de rendimiento económico o materiales?

La libertad humana es un instrumento al servicio de la dignidad de la persona, y como cauce para encontrar su pleno desarrollo en armonía con sigo mismo, con los demás y con Dios, su creador y Señor.

Echar de nuestro lado a Dios porque puede condicionar con su Palabra y sus llamadas nuestra independencia narcisista, concluye siempre con el arrojo de nuestra vida en manos de ídolos esclavizantes, que mediante ideologías vacías nos seducen y oprimen.

Descubrir que Dios sólo quiere el bien de sus hijos, que desde el momento de crearnos nos ha sellado con su amor paternal, y que jamás se desanima en la búsqueda de aquel que se le ha extraviado, es poner en nuestra vida la gran alegría de sabernos amados y protegidos por su divina Providencia.

Jesús, como nos dice el autor de la Carta a los Hebreos, también “aprendió sufriendo a obedecer”. No debemos entender esto como una experiencia impositiva en la vida del Señor, sino que conforme a su condición humana, y siendo semejante en todo a nosotros, supo lo que era optar por la voluntad de Dios y a la vez verse sometido a las fuerzas de nuestra concupiscencia, de nuestros deseos, de los estímulos del ambiente, del poder, de la riqueza, del prestigio. No olvidemos cómo el Señor, también fue tentado, como nos narra el evangelio.

No es fácil cumplir la voluntad de Dios. Y no lo es, no porque sea mala o contradictoria con nuestra naturaleza, todo lo contrario, como he dicho somos imagen y semejanza de Dios. Nos es difícil cumplir la voluntad de Dios porque estamos permanentemente influenciados por el poder del pecado. De ese pecado en el origen y del pecado que por nuestra permanente debilidad y condición tantas veces nos invade y somete. De nuestras debilidades personales y del ambiente que muchas veces pretende maquillar la verdad de las cosas, o simplemente pretende imponer su mentira. Somos víctima de nuestras propias contradicciones, que en vez en enfrentarlas, acomodan nuestra forma de vivir.

Cumplir la voluntad de Dios es la razón de nuestra existencia, porque si todos comprendemos con facilidad, que cualquier padre o madre desea lo mejor para su hijo, y que todo el amor y educación que le darán irá orientado al desarrollo pleno de su persona, desde unos valores humanos auténticos, con mucha más rotundidad debemos decir que ese amor y esa pedagogía de Dios para con nosotros, buscan nuestra plenitud personal y comunitaria desde el ejercicio de la auténtica libertad.

Para aceptar la voluntad de Dios es necesario poner en él nuestra confianza, nuestra esperanza y dejarnos modelar de nuevo.

Sólo bajo la acción de la gracia es posible escuchar atentamente lo que el Señor nos dice, y en el sacramento de la curación interior, de la reconciliación personal, encontramos el medio eficaz para ponernos en sintonía con Dios.

Es imposible que quien está bajo la acción del mal, del pecado, pueda realizar la voluntad de Dios, si previamente no se arrepiente y cambia de vida. El mal sólo lleva al mal, y quien se introduce en ese camino, es un peligro para sí mismo y para los demás. Sólo la bondad saca de sí lo bueno, y quien tiene en su corazón esta grandeza, incluso cuando tropieza y cae, sabe buscar, con la ayuda de Dios, la salida a su debilidad.

Por eso la frase final del evangelio de Jesús. Hay personas que a pesar de sus debilidades y pecados, buscan siempre superarlos, y con el corazón arrepentido vuelven su mirada hacia Dios, para que él con su misericordia nos devuelva la salud del alma. Otras sin embargo, se mienten a sí mismas y a los demás para permanecer en su sitio, narcotizando con la frivolidad su permanente lucha interior.

Que nosotros estemos siempre abiertos a la conversión; que a pesar de decir muchas veces no, al Señor, abramos nuestra alma al arrepentimiento y acojamos el don de su misericordia y de su amor. Así viviremos en la dicha de los hijos de Dios, nos haremos comprensivos con los demás, y poco a poco, nos dejaremos transformar por la acción de su gracia.

Que nuestra madre, la Virgen Santa María, nos ayude a reblandecer la dureza de nuestro corazón, y nos haga humildes para escuchar la voluntad del Señor y ponerla en práctica.

viernes, 18 de septiembre de 2020

DOMINGO XXV DEL TIEMPO ORDINARIO

 


DOMINGO XXV TIEMPO ORDINARIO

20-9-20 Ciclo A)

 

         Muchas veces al escuchar este evangelio nos fijamos en el comportamiento final de aquellos jornaleros que reprochaban a Jesús su trato de igualdad. Y tras las palabras del Señor comprendemos su llamada a la gratuidad con la que hemos de desempeñar nuestra misión y no hacer las cosas sólo por interés.

Dios va llamando a cada uno, en un momento determinado de su vida  para una misión conforme a sus talentos, y sólo a él corresponde decidir el salario justo que merecemos.

 

         Al contemplar esa generosidad desbordante de nuestro Padre Dios, vamos a centrar nuestra mirada no en la actitud del hombre, que siempre está limitada por su egoísmo y deseo de privilegios, sino en el obrar del Señor, en su llamada. Dios, en este simbolismo del dueño de la viña, sale continuamente a buscar operarios. Desde la primera hora de la mañana hasta la última del día. Dios se acerca a nuestra vida, desde el inicio de su existencia hasta el último momento de la misma, y siempre con igual afán, convocarnos a su Reino, a su construcción y desarrollo, a ser sembradores de su misericordia y de su amor, para que demos frutos de vida y de esperanza en medio de esta humanidad tan amada por él.

 

         Y la viña de Dios hay que comprenderla desde dos realidades. Su extensión territorial, el mundo entero, y su realidad comunitaria en la cual desarrolla su vocación, la Iglesia. Dios nos llama a trabajar por su Reino en el mundo, pero no de forma individual y solitaria, sino como grupo humano, el Pueblo escogido por él. La llamada de Dios no se produce al margen de la comunidad de los creyentes que es la Iglesia, y sólo en ella y a través de ella podemos discernir con fidelidad el camino que el Señor nos invita a recorrer.

En esta Iglesia de Jesús, a la que nosotros pertenecemos por nuestro bautismo, es en la que recibimos la llamada de Cristo para hacernos sus colaboradores en su proyecto de vida y de amor. En la medida en la que vamos tomando conciencia de nuestro ser cristianos y convencidos seguidores del Señor, también sentiremos su llamada para continuar su labor con entrega y fidelidad.

 

         El Señor nos llama a todos a una vocación concreta, bien en la vida familiar, religiosa, misionera, sacerdotal o  seglar, hombres y mujeres entregados a su proyecto salvador conforme a nuestras posibilidades y con la garantía de su presencia alentadora. Y a esta permanente llamada de Dios, que dura toda la vida,  se le ha de dar una respuesta. Nuestro seguimiento de Cristo, en ocasiones nos traerá el duro trabajo de soportar todo el día, como a los jornaleros de la primera hora, y en otras ocasiones, será más liviano. En cualquier caso, sabemos que en el presente es más probable tener que vivir las inclemencias de una sociedad indiferente e incluso hostil a la fe, que encontrar fáciles caminos por los que echar a andar.

 

         Todos convocados a la misma misión y por el mismo salario. Y es que no se puede esperar otra cosa del Señor más que una misma promesa y un mismo destino. Qué otro pago puede realizar un padre a sus hijos.  Qué otra cosa puede ofrecer Dios más que un mismo Reino en el que tengamos cabida por igual y donde se rompan para siempre las divisiones existentes entre los hombres y que tienen como base el egoísmo y la ambición que diferencia a unos de otros y oprime a los más débiles.

 

         Son curiosas las preguntas que Jesús pone en labios del Propietario de la viña dirigidas a quienes se quejan de que el salario sea para todos el mismo, ¿es que no tengo libertad para hacer lo que quiera en mis asuntos?, ¿o vas a tener tú envidia porque yo soy bueno?

Preguntas que muchas veces las debemos sentir dirigidas a nosotros porque consciente o inconscientemente podemos caer en una valoración mercantilista de nuestras acciones para con los demás. Tanto hago, tanto merezco, y nos gusta que se nos destaque igual que no aceptamos que nos equiparen a otros considerados menos dignos.

 

         Dios es totalmente libre y plenamente dueño de desarrollar su providencia. Puede que muchas veces no comprendamos sus planes, y que nos sorprenda su palabra misericordiosa con todos por igual. De hecho cuando en el evangelio nos llama, una y otra vez, a perdonar siempre al hermano arrepentido, nos parece un tanto excesivo, y enseguida buscamos explicaciones que rebajen tanta gratuidad.

 

         Jesús, por medio de sus parábolas y enseñanzas,  nos va mostrando el gran corazón de Dios. Un rostro lleno de ternura y compasión que se desvive por congregar a todos sus hijos en su Reino de amor, de justicia y de paz.

         Esa generosidad inmensa nos desconcierta y muchas veces nos sonroja porque tenemos demasiados prejuicios e intereses que nos impiden asemejarnos a él. Sin embargo sigue llamándonos y confiando en nuestras posibilidades de cambio interior para acoger con mayor grandeza a los demás, de tal modo, que hagamos posible el crecimiento de la semilla de su Reino.

  

Que acojamos hoy esta llamada de Dios para servir con entrega en su viña. Es una llamada de amor que nos abre un camino de gozo y felicidad plenas, porque sólo en la respuesta generosa y favorable al plan de Dios puede el hombre sentirse realizado.

Que nuestra vocación vivida con fidelidad y alegría, sirvan de testimonio elocuente ante el mundo, de que el Señor sigue cuidando de su viña para que de frutos de auténtica justicia y misericordia en medio de este mundo tan necesitado de su amor.

viernes, 11 de septiembre de 2020

DOMINGO XXIV TIEMPO ORDINARIO

 


DOMINGO XXIV TIEMPO ORDINARIO

13-9-20 (Ciclo A)

 

       Si el domingo pasado Jesús nos enseñaba a corregir al hermano, desde esa actitud tan auténtica de la corrección fraterna, hoy el Señor realiza una llamada a la generosidad en el perdón. Un perdón que proviene de su amor y misericordia, y del que todos estamos necesitados por igual. De tal modo que si nuestro ánimo se deja llevar por la mezquindad, a la hora de acoger al hermano, ponemos en serio riesgo nuestra capacidad para acercarnos de forma auténtica al perdón de Dios.

La Palabra de Dios nos invita precisamente a tomar conciencia de nuestra común condición de pecadores, de manera que al asumir nuestra limitación y miseria, nos hagamos sensibles a las debilidades de los demás, y sobre todo, asumamos el serio compromiso de transformar nuestras vidas, en el camino de la conversión y del encuentro gozoso con Jesucristo que nos perdona setenta veces siete, es decir siempre que de corazón y verdad, acudamos a él.

 

Pero la triste realidad de nuestros días, es que evitamos enfrentarnos de forma madura a nuestra propia verdad, justificando nuestros comportamientos y dulcificando las actitudes que en ellos se manifiestan para no asumir la responsabilidad que de los mismos se puedan derivar.

Y lo primero que hacemos en este sentido es devaluar la realidad del pecado. De hecho es una palabra que sólo se utiliza para ridiculizar las prácticas religiosas, creyendo que de este modo superamos sus efectos reales y alejamos de nosotros sus consecuencias.

Al rechazar y diluir en la banalidad, los comportamientos contrarios a una recta moral, formada de manera adulta en los valores del evangelio, o de la misma ética social, el hombre de hoy se erige en paradigma de su comportamiento, rechazando cualquier intervención distinta de su antojo a la hora de valorar y decidir sus actos.

Y cuando esto ocurre, la decadencia personal y el desastre colectivo se abren paso de manera inexorable.

Es doctrina fundamental de nuestra fe, que Cristo murió por nuestros pecados, y que en la Cruz, Jesús redimió a la humanidad entera. Por lo tanto cuando un cristiano se permite el lujo de decir que él no tiene pecado, simplemente está rechazando la obra redentora de Cristo en su vida, y alejando de sí de su efecto salvador.

 

Todos, en virtud de nuestra común condición humana, estamos sometidos a las consecuencias del mal en nuestras vidas, y ese mal tiene resultados para nosotros, bien como causantes del mismo o como víctimas de su efecto. Y hace falta una gran calidad humana, manifestada en la humildad del corazón, para aceptar con sencillez nuestra responsabilidad y acudir al Señor para acoger su misericordia y perdón.

El evangelio que acabamos de escuchar nos da una gran lección de lo que significa la misericordia divina, y del camino que nos conduce a ella, así como de las consecuencias letales que para el hombre tiene su rechazo y orgullosa obstinación.

 

Todos queremos que se nos mire con misericordia y bondad. Y por grandes que sean nuestras miserias, siempre buscamos la compasión y comprensión. Sin embargo cuanto nos cuesta ejercitar esas mismas actitudes con los demás. Jesús, buen conocedor del corazón humano, acoge la pregunta de Pedro para dar una lección de lo que significa el perdón, y nos ofrece el único camino que conduce hacia él.

En primer lugar, vemos como un gran deudor, o en términos morales, un gran pecador, se presenta ante su Señor a rendirle cuentas.

Y cuando es requerido ante el tribunal, y siendo consciente de la enorme pena que le será impuesta por su gran pecado, se humilla ante el Señor pidiendo clemencia. Y Dios, representado en aquel rey, se compadece de él perdonándole todo, devolviéndole su dignidad y libertad.

Pero ésta persona lejos de haber vivido con auténtica conversión este regalo divino, manifiesta su desprecio del mismo cuando teniendo ante sí a un hermano que le adeuda una miseria, lo trata con implacable dureza y sin compasión.

 

El episodio narrado causa tanto espanto entre quienes lo contemplan que acuden al Señor a narrarle lo sucedido. Y el resultado es concluyente, así como has actuado tú con tu hermano, serás justificado o condenado.

 

No podemos presentarnos ante el Señor pidiendo su misericordia con auténtica actitud de conversión, si no somos capaces de vivir la compasión con nuestros hermanos. De hecho cuando ponemos en nuestros labios la oración que Jesús nos enseñó, y pedimos al Señor que perdone nuestras ofensas, seguidamente decimos “así como nosotros perdonamos a los que nos ofenden”, y si es verdad que el perdón de Dios no puede ser condicionado por la acción del hombre, resulta en la práctica del todo imposible, poder aceptar el perdón divino, si no somos capaces de acoger y ofrecer el perdón humano.

 

El sacramento de la reconciliación, donde nosotros acudimos con sencillez ante el Señor, presente en la persona del sacerdote, es cauce ordinario y eficaz de la misericordia divina. No importa la gravedad o la levedad de nuestro pecado, lo importante es la actitud de autenticidad que en nuestra alma se vive, para presentarnos ante Dios con la verdad de nuestra vida.

Y tengamos presente una cosa, la mayor frecuencia en la recepción de esta gracia, nos ayuda a mejorar eficazmente nuestro ser, porque el don de Dios realiza su acción sanadora cuando dejamos que sea él quien nos orienta y estimula, ayudándonos a levantarnos después de la caída.

 

La práctica de la confesión ha descendido en nuestros días, de forma alarmante, especialmente en nuestras sociedades tan secularizadas. Y mirad, el hecho de no confesarnos no nos ha hecho mejores personas, ni ha mejorado las relaciones entre nosotros, más bien al contrario. Cuando impido que mi vida sea contemplada con otros ojos distintos de los míos, y cierro mis oídos a los consejos que desde el evangelio el ministro de la Iglesia me ofrece, para mi mejor provecho y conversión, al final voy expulsando a Dios de mi vida, para situarme yo en su lugar, constituyéndome en principio y fin de mis acciones y deseos.

 

Pidamos en esta Eucaristía la gracia de acoger la verdadera conversión que el Señor nos ofrece. Que nunca desconfiemos de Él que se acerca para restañar nuestras heridas con el bálsamo de su misericordia, y que sepamos encontrar en este sacramento de sanación la fuerza necesaria para aceptar la verdad de nuestra existencia, presentarla con confianza ante el Señor, acoger su misericordia salvadora, y así comprender y perdonar a nuestros hermanos, como deseamos que Dios nos acoja y perdone a nosotros.

jueves, 23 de julio de 2020

SOLEMNIDAD DEL APÓSTOL SANTIAGO



SOLEMNIDAD DEL APÓSTOL SANTIAGO
25-7-20
       Celebramos hoy con alegría la fiesta de nuestro Santo Patrono, el Apóstol Santiago, Titular del primer templo diocesano, esta S.I. Catedral, y de la Villa de Bilbao. El primero de los apóstoles del Señor en sellar su fiel seguimiento de Cristo con el martirio. Como hemos escuchado en el texto de los Hechos de los Apóstoles, su tesón, su entrega y su lealtad por la causa de Jesucristo, hace que sufra las iras del rey Herodes y sea ejecutado.
       Su muerte será el comienzo de una dura persecución contra los discípulos y seguidores de Jesús, pero que en vez de acabar con la llama de la fe, será el riego fecundo de una tierra que vería crecer con vigor la semilla del Reino de Dios instaurado por Jesucristo, el Señor.
       Desde aquellos tiempos apostólicos, hasta nuestros días, han transcurrido muchos siglos, con sus noches oscuras y días de luz para la historia de la Iglesia y de la humanidad entera. Pero siempre, y a pesar de las dificultades y penurias por las que nuestra familia eclesial ha podido atravesar, la fe de los apóstoles, su vida y su obra, son el fundamento y el ejemplo de nuestro seguimiento actual de Jesucristo.
       De Santiago sabemos muchas cosas conforme a los textos neotestamentarios; era pescador, el oficio de su familia, de posición acomodada dado que su padre Zebedeo tenía jornaleros; su recio carácter le hizo merecedor junto a su hermano Juan, del sobrenombre de “los hijos del trueno” (Boanergers). Como también hemos escuchado en el evangelio, su madre, Salomé pretendía situar a sus hijos en los puestos principales en ese reino prometido por Jesús y muy mal entendido por ella. Lo cual les acarreó las críticas de los otros diez discípulos, más por envidia que por virtud, ya que todavía no comprendían bien el alcance del mensaje del Señor.

       Y al margen de las anécdotas, lo fundamental es que era amigo del Señor. Santiago pertenecía junto a su hermano y Pedro, a ese círculo de los íntimos de Jesús. Él será testigo privilegiado de los hechos y acontecimientos más importantes en la vida del Maestro; asiste a la curación de la suegra de Pedro; está presente en el momento de la transfiguración, en el monte Tabor; es testigo de la resurrección de la hija de Jairo; y acompañará a Jesús en su agonía, en Getsemaní.
       Pero Santiago también vivirá de cerca los momentos de amargura, el prendimiento de Jesús y la huída de todos ellos. Conocerá en su corazón el dolor de haber abandonado a su amigo y el don de su conversión motor y fuerza de una nueva vida entregada por completo al servicio del evangelio y a dar testimonio de la resurrección de su Señor.
       La tradición que vincula a Santiago con nuestra tierra se remonta a los primeros tiempos de la expansión cristiana por el mundo, hasta hacer de su sepulcro en la ciudad  Compostelana, lugar de encuentro universal de culturas y razas unidas por una misma fe.
       Precisamente esta devoción popular nos ha situado a nosotros desde antes de la fundación de nuestra villa de Bilbao allá por el año 1300, en paso obligado a los que desde la costa peregrinaban a Compostela. Y así de los cimientos de aquella primitiva iglesia de Santiago, se edificaría la que hoy es nuestra Catedral, colocando el origen y el final de este largo peregrinar, bajo el patrocinio del mismo apóstol, quien por petición del Consistorio municipal al Papa Urbano VIII,  se convirtió en patrono principal de la Villa de Bilbao en el año 1643.
Y en un mundo como el nuestro tan necesitado de referentes que nos ayuden a conducir nuestro destino desde criterios de amor, de justicia y de paz, damos gracias al Señor por tener a su santo apóstol como intercesor.
       Santiago experimentó en su corazón una gran transformación que le llevó a cambiar su existencia de forma radical para configurarse a Jesucristo. Su oficio de pescador lo cambió por el de misionero y pastor del pueblo a él encomendado. De aspiraciones y pretensiones de grandeza, pasó a buscar sólo la voluntad de Dios y ponerla por obra.
       De esta forma el que en la vida buscaba la gloria llegó a alcanzarla aunque por un sendero bien distinto al soñado en sus años de juventud. Y el poder que en su momento ambicionó lo transformó en servicio y entrega generosa, en el amor a Dios y a los hermanos.
       Nadie es tan poderoso como aquel que siendo completamente libre y dueño de su vida, es capaz de entregarla a los demás movido, únicamente, por la fuerza del amor en el Espíritu del Señor. Las ambiciones, los honores y el prestigio son efímeros y muchas veces engañosos, porque nos hacen creernos superiores a los demás y en el peor de los casos, como nos ha advertido Jesús en el evangelio, el mal ejercicio de ese poder lleva a algunos a erigirse en tiranos y opresores.  Quienes son portadores del poder temporal deben ejercerlo con mayores cotas de responsabilidad, servicio y coherencia, ya que siempre deberán dar cuentas del mismo a su pueblo y a Dios. Y quienes anhelan servir de este modo a la sociedad, en el presente tan complejo que nos toca vivir, han de contar no sólo con el apoyo de sus conciudadanos, sino sobre todo con la fuerza y la sabiduría que proviene del Señor de la justicia, del amor y de la paz.
       En un tiempo donde los conflictos entre las personas y los pueblos siguen provocando dolor y angustia a tantos inocentes, se hace muy necesario el surgimiento de una auténtica vocación de servicio público que lejos de buscar el propio beneficio, se entregue de manera generosa a la consecución del bienestar de sus semejantes, siendo especialmente sensibles con los más indefensos y necesitados. Por eso pedimos con frecuencia por nuestros gobernantes, para que el Señor les ilumine en su difícil misión de ser quienes nos conduzcan por el camino del bien.
En esta fiesta nos congregamos no sólo los fieles cristianos que habitualmente celebramos nuestra fe en el hogar comunitario de la parroquia; hoy también nos reunimos representantes de instituciones públicas y privadas, del consistorio y de asociaciones relacionadas con la devoción a Santiago y su camino compostelano.
Todos compartimos los mismos deseos de trabajar por una sociedad construida sobre los valores irrenunciables de la libertad, la justicia y la paz, desde las legítimas y plurales ideas, siempre que sean cauce de cuidado y respeto a la dignidad de la persona. En esta labor no sobran brazos, y los cristianos tenemos además una razón de más que brota de nuestra fe en Jesucristo que nos envía a ser testigos de su amor y de su esperanza en medio de nuestro mundo.
       Todo ello hoy lo ponemos a los pies del apóstol Santiago para que siga velando por quienes honramos su memoria con filial devoción. Que nos ayude a fortalecer los vínculos de hermandad entre todos los pueblos que lo celebran como su patrón, que nos anime en la construcción de una convivencia en paz y concordia, y que tomando su vida como ejemplo y estímulo, seamos fieles seguidores de Jesucristo, nuestro único Señor y Salvador.



sábado, 18 de julio de 2020

Artículo publicado en Periodista digital 18.7.2020 - ÍNTEgro

EL ENCIERRO DE SOCIEDADES ENTERAS FUE UNA DECISIÓN CATASTRÓFICA QUE CAUSÓ UN DAÑO ENORME Y NINGÚN BENEFICIO

Expertos de prestigio dicen que el Sars-Cov-2 no es un virus asesino y denuncian la campaña mediática para crear miedo

Expertos de prestigio dicen que el Sars-Cov-2 no es un virus asesino y denuncian la campaña mediática para crear miedo
La manipulación mediática hace más daño que la bomba atómica, porque destruye los cerebros”. Son palabras que Noam Chomsky pronunció hace años, pero que estos días adquieren un valor renovado por las bombas de racimo que día a día nos lanzan los medios de comunicación al servicio del sistema a propósito de la pandemia política. Me veo obligada a decir, una vez más, que estamos ante una crisis política, no sanitaria. Lo venimos advirtiendo hace tiempo, no porque seamos adivinos, sino por el mero análisis geopolítico de los acontecimientos. No hace falta saber mucho de virus para  deducir que toda esta situación no es sino un escenario ad hoc para la actuación del cuadro de actores dirigidos por los ejecutores del Nuevo Orden Mundial. ¡Es hora de despertar!
A lo largo de estos meses, hemos criticado en cada artículo las dosis de miedo insuflado en vena, día tras día, hora tras hora, con el número de muertos, la peligrosidad del Sars-Cov-2, responsable de la Covid-19, el uso de la mascarilla, el confinamiento, y los partes de guerra con señores de uniforme y galones para amenazarnos desde todos los ángulos: con la enfermedad y la muerte por un lado, y la policía y las multas por otro. Solo nos quedaba aplaudir por el balcón y ser obedientes para obtener el título de buen ciudadano, como en la hipotética república platónica o en la actual China totalitaria. ¡Es hora de despertar!
A estas alturas, no deben cuadrarles las cuentas y andan buscando contagiados y asintomáticos, señalando sospechosos y confinando edificios para mantener viva la mentira. Incluso han enviado al ejército, no sé si con tanques o solo con los fusiles. El caso es crear noticia y que el miedo no decaiga. Por eso la amenaza constante del rebrote y de otro posible confinamiento, cosa que, salvo algunos grupos “despiertos”, muchos ciudadanos están pidiendo a gritos para sentirse a salvo. Es la prueba de que la sociedad está muy enferma, sumida en la ignorancia, contagiada de otro tipo de virus, aparte de padecer un síndrome de Estocolmo agudo. ¡Es hora de despertar!
En estos meses extraños, paralelamente a nuestra visión de los hechos hemos ido dando opiniones de expertos, no de los expertos al servicio del sistema y los gobiernos de turno, sino expertos de verdad que solo se deben a su código deontológico y a la verdad. Ellos han ido dando a lo largo de estos largos meses, su visión científica –no interesada— sobre el uso de mascarillas, las cuarentenas y los confinamiento masivos, la psicosis colectiva, el miedo infundado, la letalidad del virus y la campaña de desinformación de los medios de comunicación. Vamos a refrescar estas ponderadas opiniones, que si bien ya nos hicimos eco de ellas y haber sido publicadas en otros medios, nunca está de más una pincelada de cordura, en medio de tanta sinrazón. Vamos con el panel de expertos:
Klaus Püschel, Jefe de Medicina Forense del Hospital Universitario Hamburgo-Eppendorf nos impresionó por sus palabras contundentes en dos entrevistas en sendos programas prime time de dos cadenas de TV de Alemania. El doctor, a diferencia de lo ocurrido en otros lugares, entre ellos España, hizo autopsias a todos los muertos con el virus en Hamburgo. Su conclusión es que la Covid-19 es una enfermedad mortal solo en casos excepcionales. En la mayoría de ellos es una infección viral mayormente inofensiva. Cuando la periodista de televisión le preguntó qué había encontrado en los cuerpos muertos por Covid-19, contestó con rotundidad que en el cien por cien de los casos había encontrado las patologías serias preexistentes que produjeron la muerte de los pacientes. Explicó que es completamente inapropiado hablar de un virus asesino o decir que esto es como una guerra. Asegura que el coronavirus está afectando a la sociedad de una manera completamente inapropiada y exagerada. “Es el miedo lo que siempre carcome a las almas”, dice,  y añade que no tenemos que estar especialmente atemorizados, ya que hay muchos otros peligros normales en la vida que nos afectan mucho más.
El profesor Joel Kettner dijo al respecto en una entrevista en la CBC: “Nunca había visto algo así, nada parecido a esto. No estoy hablando de la pandemia, porque he visto unas treinta, una cada año, se llama gripe… y otros virus de enfermedades respiratorias que no siempre sabemos cuáles son, pero nunca he visto esta reacción y estoy tratando de entender por qué. El profesor Kettner es Director Médico del Centro Internacional de Enfermedades Infecciosas de Manitoba y exdirector de Salud Pública.
El profesor Knut Wittkowsky es un destacado epidemiólogo de Alemania, que fue durante veinte años jefe de Bioestadística,  Epidemiologia y diseño de investigación en el Centro de Ciencias clínicas y relacionales en la Universidad Rockefeller, aparte de haber trabajado durante quince años con Klaus Dietz, destacado epidemiólogo de la Universidad de Tubinga. El profesor Wittkowsky fue de los primeros en decir que el peligro del Sars-Cov-2, causante de la Covid-19 es comparable al de una gripe. Sobre la cuarentena, dice que aparte de que el pico ya se había superado en la mayoría de los países antes de encerrar a los ciudadanos, insiste en que el encierro de sociedades enteras fue una decisión catastrófica que causó un daño enorme y ningún beneficio, puesto que todas la medidas fueron contraproducentes, y añade que en lugar de cuarentenas, distanciamiento social, cierre de escuelas, mascarillas, pruebas masivas y vacunas, la vida debería haber continuado con normalidad para desarrollar la inmunidad de la población lo más rápido posible. Apunta que la medida más importante es la protección de los hogares de ancianos. Preguntado sobre la vacuna dice que no es necesaria.
La opinión del profesor Michael Osterholm, director del Centro de Investigación y Política de enfermedades infeccionas de la Universidad de Minnesota es muy similar. Insiste en que hay que proteger solamente a los vulnerables y dejar que el resto de la población con riesgo prácticamente nulo continúe con su ritmo normal de vida y vaya generando la llamada inmunidad de rebaño. Dice que la idea del confinamiento es insostenible y perjudicial.
Klaus Kohnlein, médico internista de la Universidad de Kiel, Alemania, declaró que las pruebas PCR no son fiables –como hemos apuntado en un artículo anterior— y asegura que son usadas para alimentar la falsa pandemia. Es autor del libro, publicado en 2007, Virus Mania. How the Medical Industry Continually Invents Epidemics, Making Billion-Dollar Profits at our Expense (Virus manía. Cómo la industria médica inventa continuamente epidemias y obtiene ganancias de miles de millones de dólares a nuestra costa. Grave. Sin más comentarios.
El doctor Pietro Vernazza, médico jefe de infectología de Suiza declaró que la epidemia es leve para la gran mayoría de las personas y que la mayoría de las muertes que figuran en la estadística no se deben únicamente al coronavirus sino al resto de patologías preexistentes. Hace hincapié en la protección individual de las personas de riesgo e incide en que alcanzar la inmunidad de grupo también protege a las personas vulnerables.
El doctor John Oxford es virólogo y profesor de la Universidad de Londres, además de un destacado experto en gripe, incluida la gripe aviar y la gripe española de 1918 y el VIH (sida). Dijo al respecto: “Veo este brote de Covid-19 como una epidemia fuerte de gripe”. Y reconoció que estamos  sufriendo una epidemia mediática.
El premio Nobel y profesor de biología de la Universidad de Stanford, doctor Michael Levitt, también dice que la cuarentena es un enorme error e insiste como sus colegas en la protección para las personas de riesgo.
El reconocido experto en Salud Pública de la Universidad  de Yale, doctor David I. Katz, explica que para salvar muchas más vidas en esta pandemia debemos remplazar la dañina cuarentena general por una estrategia de protección a los vulnerables y dejar trabajar y producir a los que tienen un riesgo prácticamente nulo.
El profesor Hendrik Streeck, epidemiólogo y Director del Instituto de Virología de la Universidad de Boom, Alemania, dice que la cuarentena se aplicó mal y que sus datos muestran que la tasa de letalidad de infección del Sars-Cov-2 es mucho menor que la supuesta. Opina que es erróneo esperar a una vacuna.
Scott Atlas es profesor médico investigador de la Universidad de Stanford. En un artículo de su puño y letra publicado en abril en el diario The Hill, con el título “Llegaron los datos, paren el pánico y acabemos con el aislamiento total”, compartido más de un millón de veces, dice que quienes piden continuar con el bloqueo, ignoran cinco puntos clave: 1) La gran mayoría de las personas no tienen un riesgo significativo de morir por Covid-19. 2) Proteger a las personas mayores en riesgo para eliminar el colapso de los hospitales. 3) Las políticas de confinamiento impiden conseguir la inmunidad de grupo prolongando el problema. 4) Hay personas muriendo porque no están recibiendo atención médica debido a “proyecciones hipotéticas”. 5) tenemos una población en riesgo claramente definida que puede ser protegida con medidas específicas.
El profesor Johan Giesecke, epidemiólogo de Suecia, fue durante años el primer jefe científico del Centro Europeo para la Prevención y el Control de Enfermedades, expresa en varios artículos de la prensa sueca que la cuarentena no es una medida que esté basada en la evidencia y, por tanto, no es una medida científica. Lo correcto es proteger a la pequeña minoría vulnerable, para propiciar la inmunidad de la sociedad, y añade que la Covid-19 es, en general, una enfermedad leve, similar a la gripe, y que fue la alarma creada lo que asustó a la gente.
El profesor Sucharit Bhakdi es médico especialista en microbiología y epidemiología de infecciones. Dirigió el Instituto de Microbiología e Higiene de la Universidad Johannes Gutenberg de Mainz, Alemania, durante 22 años, y es uno de los médicos investigadores más citados de Alemania. Dice al respecto: “Todas estas medidas están llevando a la autodestrucción y al suicidio colectivo por algo que es solo un fantasma”. Ha denunciado que la política y los medios de comunicación han llevado a cabo un intolerable alarde de miedo y una campaña de desinformación irresponsable. Asegura que la crisis fue provocada por políticos y que poco tiene que ver con el virus y que una vacuna contra el coronavirus es innecesaria y peligrosa. El profesor Bhakdi impulsó la creación de la “Asociación de profesionales médicos y científicos para la salud, la libertad y la democracia”.
La doctora Sunetra Gupta, profesora de epidemiología de la Universidad de Oxford, indica que la tasa de letalidad por infección es como máximo la de una temporada de gripe y que la evolución de la pandemia no parece estar afectada por las decisiones tomadas y lo explica así: “Diferentes países han tenido distintas políticas de cuarentena. Sin embargo, el patrón de comportamiento es prácticamente uniforme en casi todos los contextos. Hemos visto la epidemia crecer, remitir y desaparecer,  casi como un reloj mecánico”. Y añade: “Nos hubiera ido mejor si no hubiésemos hecho nada o hubiésemos hecho algo diferente, como prestar atención en proteger a los vulnerables. Según su opinión estar confinados fue el motivo por el que murieron 50 millones de persona durante la pandemia de gripe española.
El profesor Karol Sikora, profesor de medicina de la Universidad de Buckingham,  exdirector del programa de cáncer de la OMS y uno de los directores del Rutherford Healh, dijo que “el miedo es más letal que el virus” y señala que cuando se escriba la historia el miedo habrá matado a muchas más personas que el virus. Reivindica volver a la vieja normalidad, no a una “nueva normalidad”.  Respecto al confinamiento, asegura que la epidemia ha tenido los mismos resultados en países que aplicaron cuarentenas como en los que no la aplicaron, y que la mejor medida para enfrentar cualquier pandemia es ayudar a las personas que tienen el virus, es decir, actuar como se debería hacer con la gripe cada año. También declaró que no es necesaria una vacuna.
El doctor John P. A. Ioannidis es profesor de medicina, epidemiología y Salud Pública  de la Universidad de Stanford y un destacado investigador de la investigación científica. Es codirector del Meta-research Innovation Center de Stanford y uno de los científicos más citados de todos los tiempos. Ha hecho múltiples contribuciones a la medicina basada en evidencia, a la epidemiología y a la investigación clínica. Es famoso dentro del mundo académico por haber demostrado que una gran proporción de las publicaciones científicas no cumplen con el rigor necesario. Por esto, el British Medical Journal lo calificó como “el flagelo de la ciencia descuidada”. Se puede decir, sin riesgo a caer en la exageración, que Ioannidis es uno de los epidemiólogos más destacados de nuestros días. En cuanto a la epidemia, en el mes de marzo, Ioannidis señaló que no existía evidencia de que el nuevo coronavirus representara una amenaza extraordinaria y que ni mucho menos era tan extraordinaria como se anunció en un principio. Un mes después, en abril, tras observar el desarrollo de la enfermedad reafirmó que esta pandemia es relativamente ordinaria, comparable a la de la gripe, para la población general. Sí resaltó que los residentes en lugares de ancianos y los pacientes de hospitales deben recibir protección adicional. También se posicionó sobre la destructiva reacción del mundo ante el coronavirus con estas palabras: “Es como un elefante atacado por un gato doméstico; frustrado e intentando evitar al gato, el elefante salta de un acantilado y muere”. El ejemplo no puede ser más expresivo. Recordó que encerrar a personas sanas y sin riesgo y transferir pacientes con Covid-19 a hogares de ancianos fue absurdo. Esto se hizo particularmente en Italia y en Estados Unidos. Es una explicación al número de muertes, pero también hay que tener en cuenta la picaresca. Es lamentable, pero en algunos hospitales de Estados Unidos si se certificaba muerte por neumonía el centro facturaba 5.000 dólares, si la causa era Covid-19, el monto ascendía a 13.000 dólares, pero si además se había utilizado respirador la suma se elevaba 30.000 dólares. Por increíble que parezca, es cierto. Son los riesgos del laicismo, que trae consigo la deshumanización.
De todos los expertos, el argentino Pablo Goldschmidt, reputado virólogo, bioquímico y farmacéutico, aparte de invitado de universidades de todo el mundo, es quizá quien más claro habla y quien tiene una visión más panorámica del asunto. Sin pelos en la lengua declaró al periódico Clarín que la sociedad se estaba volviendo loca con algo que no tiene sentido. “Cuando alguien le mete miedo al pueblo, hace lo que quiere con él”, manifestó.  Dice que se creó un pánico que hace de circulo vicioso,   culpa a la Organización Mundial de la Salud de generar la psicosis colectiva que estamos viviendo y opina que no podemos seguir siendo víctimas de la presión internacional. Se refiere tanto a la OMS como a los organismos oscuros que han organizado el plan maquiavélico de carácter político, disfrazado de sanitario, para esclavizar a la humanidad.
Como acabamos de ver, los expertos llegan prácticamente a las mismas conclusiones: que el Sars-Cov-2 no es un virus asesino, que la Covid-19, en cuanto a peligro, es comparable a la gripe estacional, que el miedo es injustificado, que la cuarentena era innecesaria, que el uso de la mascarilla salvo en casos muy puntuales es perjudicial, que la mayoría de las muertes relacionadas con el nuevo coronavirus no fueron causadas por el virus sino con el virus, y que el grupo más vulnerable, es decir, los mayores o personas con enfermedades serias preexistentes podría haber sido protegido con las medidas convencionales. El mejor estadístico del Reino Unido, David Spiegelhalter,  presidente del Centro Winton para el “Entendimiento público de riesgos y evidencias”, del laboratorio de estadística de la Universidad de Cambridge, dice que la posibilidad de que una persona mayor se enferme de Covid-19 es la misma que la de enfermarse de cualquier otra cosa. Añade que el nivel de ansiedad de la gente debe ser proporcional a los riesgos que enfrenta, y condena a los medios por jugar con los números presentando una situación alejada de la realidad.
¿Se atreverá nuestro inefable doctor Simón o el ministro Illa, tan acostumbrados a no admitir preguntar y a mentir, a mantener un cara a cara público con alguno de los expertos citados? ¿Quizá pedirán el comodín de la llamada y los auxiliará alguno de los misteriosos expertos que nunca hemos tenido el gusto de conocer?  Lo cierto es que, mientras los científicos aludidos dan la epidemia por remitida y Alemania se prepara para eliminar el uso de la mascarilla el 4 de agosto, y en la mayoría de ciudades europeas se circula libremente, aquí siguen amenazando con los contagiados, las pruebas, los rebrotes, los asintomáticos, los positivos y el confinamiento. ¿Se reconocerá algún día que todo fue una farsa, que además de mala praxis, negligencia y otros imponderables, a los médicos se les engañó con el protocolo y que muchos mayores murieron hiperventilados mientras se reclamaban más respiradores? ¿Se reconocerá públicamente que se aplicó el triaje de guerra y que muchos mayores fueron sedados directamente? Dudo que todo esto llegue a reconocerse algún día. Lo peor de todo es que, anclados como están en la desinformación y la mentira, parece que le han tomado gusto a la representación.