viernes, 30 de septiembre de 2022

DOMINGO XXVII TIEMPO ORDINARIO

 


DOMINGO XXVII TIEMPO ORDINARIO

2-10-22 (Ciclo C)


La palabra de Dios que hoy se nos proclama contiene como tema central la fe. La fe como don recibido y que necesita de un permanente cuidado, y la fe como respuesta del ser humano hacia Dios y que nos lleva a vivir con responsabilidad y entrega el seguimiento de Jesucristo.

El evangelio comienza con una petición por parte de los apóstoles a Jesús, “auméntanos la fe”. Y el evangelista se ha cuidado bien de mostrar quienes son los que realizan esta petición. No son fariseos, ni escribas, ni nadie del pueblo que sigue con alegría el nuevo camino marcado por Jesús. Son los más íntimos, aquellos que comparten la mayor cercanía del maestro, los apóstoles, quienes sienten necesidad de fortalecer su fe. De tal calado es esta necesidad, que el mismo Jesús les responde que si su fe fuera como un granito de mostaza, sería más que suficiente.

Los momentos por los que atraviesan los apóstoles comienzan a complicarse. En Jesús han encontrado mucho más que a un líder. Sus palabras y gestos les hacen ver la cercanía de Dios en medio de ellos. Palabras que serenan el corazón, que les llenan de esperanza y consuelo y que vienen acompañadas de signos liberadores, que sanan a los enfermos, liberan a los oprimidos y devuelven la dignidad a los marginados.

Jesús les muestra el camino de la fraternidad y el amor, del servicio y el desprendimiento, la generosidad que se desborda en la entrega de la vida. Pero este camino no está exento de dificultades y sacrificios, de tal manera que tras el entusiasmo de muchos, está el abandono de algunos, y los recelos y dudas de casi todos.

De ahí que la petición de los discípulos sea más que pertinente. Se saben necesitados de una fortaleza mayor para poder mantener la fidelidad en el seguimiento de Jesús. Y ese don, cuando se pide de corazón y con entera disponibilidad, es concedido abundantemente por el Señor.

La fe no es una cualidad con la que se nace, ni se logra alcanzar por las fuerzas y méritos personales. La fe es un don de Dios, que siendo generosamente derramado por él, encuentra serias dificultades en el corazón humano para germinar y crecer, tan condicionado por la mundanidad.

Como nos muestra la parábola del sembrador, aunque sea esparcida con abundancia, no todos los suelos en los que cae están debidamente preparados para acogerla y darle vida.

Y cuando esa semilla de la fe cae en una tierra no debidamente cuidada y saneada, o donde se dejan crecer otros intereses que la ahogan y anulan, por mucho que hayamos recibido el don, por la desidia y descuido se va apagando lentamente. Ya S. Pablo en su carta a Timoteo nos lo advierte con insistencia “aviva el fuego de la gracia de Dios que recibiste”.

Cuantas veces vemos en nuestras comunidades cristianas que muchos jóvenes se acercan para solicitar un sacramento, bien sea el matrimonio o el bautismo de sus hijos, con una fe muy deficiente. Preguntados por su fe, muchos de ellos responden que sí creen en algo, o que les parece bien la educación que en su día recibieron, aunque ya no participen de la vida sacramental, ni celebren su fe, ni se acerquen a la Iglesia más que para cumplir con ritos sin darles su debido sentido y fundamento.

La fe no es creer en algo. La fe es creer en Jesucristo como nuestro Señor, quien nos ha mostrado el rostro de Dios, nuestro Padre, y que nos llama a formar parte de su Pueblo Santo que es la Iglesia, para así en fraterna comunión eclesial, trabajar con ilusión y entrega al servicio de su Reino de amor, justicia y paz.

Los cristianos no podemos dar respuestas indeterminadas sobre nuestra fe. Tenemos que saber con claridad quién en nuestro Señor, lo que supone él en nuestra vida, y sobre todo sentir su presencia alentadora y cercana en todos los momentos por muy difíciles que puedan ser.

Claro que necesitamos que aumente nuestra fe, pero sólo puede ser aumentado aquello que ya existe y de lo que uno, siendo consciente de su debilidad, ansía fortalecer poniendo todo lo que está en su mano para vivir con gozo su experiencia de amistad y amor para con Dios.

La participación en los sacramentos es el gran alimento de nuestra vida espiritual. Esa frase tan moderna y facilona de “soy creyente pero no practicante”, sólo demuestra dos cosas, la primera una pobreza argumental y la segunda una irresponsabilidad comodona.

La fe que no se celebra y se asienta en una práctica habitual se muere, carece de fundamento cierto y termina por convertirse en una ideología que adecúa las ideas a la forma de vivir. Una fe no vivida con los demás y contrastada en la comunidad cristiana termina por echar a Dios de nuestra vida dejando que entre otro ídolo más condescendiente con nuestros gustos, que nada nos critique ni exija conversión. Quien persiste en esta actitud, termina por hacerse un dios a su medida, pero que nada tiene que ver con el Dios Padre de nuestro Señor Jesucristo.

Y la segunda cuestión que apuntaba era la irresponsabilidad. Hay personas que no conocen a Jesucristo porque nadie les ha hablado de él. Su alejamiento de Dios no es fruto de su negación explícita sino de su desconocimiento. Pero muchos de los alejados de hoy sí oyeron hablar de Jesús, conocieron en un tiempo la vida del Señor e incluso recibieron su Cuerpo sacramental en la Eucaristía.

Sin embargo la apatía y comodidad de unos padres poco entusiastas de su fe en unos casos, el ambiente social que llena el tiempo de ocio de muchos adolescentes y jóvenes lejos de contextos religiosos, y la falta de testimonio coherente y entregado de muchos cristianos, han dificultado su crecimiento e inserción madura en la comunidad.

Y en este sentido todos debemos asumir nuestra responsabilidad en la transmisión de la fe. Si la fe es don de Dios, y por lo tanto su fuente y destino es sólo Dios, no cabe duda de que los medios de los que el Señor se sirve también están en nuestras manos.

Y los primeros transmisores de la fe son las familias, todos los que formamos el núcleo familiar tenemos que ayudar a las jóvenes generaciones a experimentar el amor de Dios y que conozcan a Jesús como a su amigo y Señor. Tarea para la cual cuentan con la eficaz colaboración de los equipos de catequistas de la parroquia, que no deja de realizar esfuerzos para favorecer este encuentro gozoso entre los más jóvenes y Jesús.

Y todos nosotros, la comunidad cristiana entera, tenemos que revisar nuestra vida y pedirle al Señor con humildad, que nos aumente este don de la fe que hemos recibido, para que seamos fieles testigos suyos, viviendo con coherencia y entrega, sin tener miedo de dar la cara por él, y tomando parte en los trabajos del evangelio conforme a las fuerzas que nos ha dado.

Hoy también nosotros, como aquellos apóstoles de Jesús, le pedimos que aumente nuestra fe, para que nutrida y fortalecida en la vida comunitaria de nuestra familia eclesial, sea ofrecida con amor y respeto en medio de todas las situaciones de nuestra vida, a fin de que otros muchos hermanos puedan compartir un día, la alegría del encuentro personal con Jesucristo nuestro Señor.

jueves, 22 de septiembre de 2022

DOMINGO XXVI TIEMPO ORDINARIO

 


DOMINGO XXVI DEL AÑO

25-9-22 (Ciclo C)

 

         Muchas veces encontramos a Jesús utilizando anécdotas o historias mediante las cuales profundizar en la vida de los que le escuchan y provocar en el oyente la conversión del corazón.

         Así hoy S. Lucas nos narra este momento de la vida del Señor en el que pone punto y final a toda una enseñanza de libertad ante la riqueza y de solidaridad para con los pobres.

         La semana pasada nos advertía de la imposibilidad de servir a dos señores, y menos cuando son tan opuestos como Dios y el dinero. Hoy insiste de nuevo para hacernos caer en la cuenta de algo fundamental. La bondad o la maldad del corazón no depende sólo del mal que hacemos, sino también del bien que dejamos de realizar a los demás.

         Esta enseñanza de Jesús va dirigida a los fariseos, es decir, a aquellos que son fieles a la fe judía, pero que se apegan en exceso al dinero, poniendo en él su deseo y confianza y olvidando la permanente llamada de Dios a la misericordia y compasión para con quienes carecen de todo.

         El rico del evangelio no es acusado por Jesús de nada en especial. No le llama pagano, ni malvado, ni destaca ningún defecto. Sin embargo se pone de manifiesto su condena, no por el mal que ha hecho sino por el necesario y urgente bien que debía hacer a un hermano del que se ha despreocupado con indiferencia.

         Ante la puerta de su hogar estaba el mendigo Lázaro, cubierto de miseria y debilidad. Era un indigente, marginado y abandonado de todos que ni tan siquiera podía acercarse a paliar su hambre comiendo las migajas de la mesa del rico, las sobras que se tiran a la basura o a los perros.

         No tenía tampoco ningún mérito especial, de él no nos dice S. Lucas que fuera bueno, ni piadoso, ni solidario, ni generoso, simplemente que era un pobre cubierto de llagas y tirado en la cuneta de la vida.

         Y para expresar con rotunda nitidez la dramática situación en la que se encontraba, nos dice el evangelista que nadie se apiadaba de él, y que sólo los perros lamían sus llagas. Es terrible la imagen que se nos presenta, y negar su enorme realismo y actualidad, es dulcificar falsamente una palabra veraz como la de Dios.

         Pues bien, aunque todos los que lo rodean ignoren su presencia, de este pobre miserable que el autor sagrado bautizó como Lázaro, hay alguien que no se olvida, Dios. Y de hecho, su nombre significa “el ayudado por Dios”, lo cual indica que ante Dios esta persona tenía una identidad escrita en el libro de la vida y rescatada por la misericordia divina. El anonimato del rico (llamado tradicionalmente “opulón”, no por ser su nombre, sino como signo de su opulencia y derroche), expresa también el olvido de Dios de aquellos que anteponen el ídolo del dinero al amor de quien les engendró a la vida. Para Dios, no es indiferente el sufrimiento humano. No pide ni méritos ni piedades, sólo se compadece ante la miseria y el dolor de todos sus hijos, buenos o malos, porque como dice el Salmo, “el Señor hace justicia a los oprimidos”.

         El hecho de no socorrer al necesitado, pudiendo hacerlo, es una agresión al mismo corazón de Dios. “Lo que no hicisteis con uno de estos mis hermanos pequeños, tampoco conmigo lo hicisteis” (nos recuerda S. Mateo).

         Hoy la Iglesia de Bizkaia eleva su oración para agradecer a Dios el servicio, la generosidad y la entrega desinteresada que tantos hombres y mujeres expresan en la solidaridad y el amor para con los débiles por medio de nuestras cáritas parroquiales y diocesana. Ellos son imagen del buen samaritano que, superando prejuicios y temores, se acercan con amor y compasión al hermano necesitado para curarle las heridas, conocer su necesidad y trabajar con responsabilidad para que pueda recuperar la dignidad perdida o arrebatada por este mundo injusto.

Por medio de ellos se extiende la mano amorosa del Señor que no hace distinción de personas y que a todos ama con inmensa ternura, misericordia y compasión.

         Cáritas como realidad eclesial que es, quiere introducir en el mundo de la pobreza y de la precariedad humana, una aliento de esperanza, y en la comunidad creyente una llamada a la conversión personal para liberarnos de los ídolos que oprimen y manipulan para vivir la libertad de los hijos de Dios.

El dinero y los bienes materiales son necesarios para vivir, pero no pueden constituirse en la razón fundamental de nuestra vida. Los voluntarios y voluntarias de cáritas trabajan cada día con un único objetivo, dignificar la vida de los hermanos más desfavorecidos. Y este trabajo consiste en la promoción integral de las personas posibilitándoles las herramientas necesarias para la regeneración de las mismas 

Cáritas diocesana nos pide hoy junto a la aportación solidaria que en todas las iglesias de nuestra diócesis se realice, una súplica especial para compartir la oración y también nuestro tiempo. Hacen falta muchas manos más, capaces de agarrar el arado para sembrar en nuestra sociedad la necesaria semilla de la solidaridad que dé frutos de justicia. Eso es lo que pedimos al Señor. Que siga suscitando de entre nosotros voluntarios generosos que den parte de su tiempo a favor de los demás, y que toda nuestra comunidad sea siempre acogedora y generosa para con los más desfavorecidos.

         Y por último quiero destacar, que Cáritas no es una ONG más, ni su finalidad es el ejercicio de la filantropía. Dios es amor, es caridad. Por lo tanto el fin y el alma de la cáritas, como realidad eclesia, consisten en extender el amor y la misericordia divina entre todos aquellos hijos suyos y hermanos nuestros más desamparados. Por eso, aunque el ejercicio de esa misericordia esté por encima de credos e ideologías, el anuncio explícito de Jesucristo por medio de nuestra acción caritativa y del testimonio personal y comunitario, es algo irrenunciable y necesario. Cáritas no es sólo un dispensario de recursos materiales, es una puerta abierta para todos los hermanos más necesitados por la que entrar a formar parte de este pueblo de Dios, en el que todos nos sintamos hermanos y vivamos la auténtica fraternidad en el amor, la justicia y la paz. Porque la mayor miseria que existe, por encima incluso de la material, es carecer de fe, esperanza y amor, es decir, carecer de Dios en la conciencia de nuestra vida, que nos ayude a vivir el gozo de ser hijos suyos.

         Que el Señor bendiga con su gracia a todos los que desarrolláis vuestro compromiso cristiano en esta dimensión constitutiva de la Iglesia, y os siga animando y sosteniendo por la acción de su Espíritu para que seáis en medio de nosotros manifestación del amor de Dios y expresión de su infinita misericordia. Y que a todos nosotros nos ilumine la conciencia y  transforme el corazón, para crecer en sentimientos fraternos para con los hermanos más desamparados.

sábado, 17 de septiembre de 2022

DOMINGO XXV TIEMPO ORDINARIO

 


DOMINGO XXV TIEMPO ORDINARIO

18-09-22 (Ciclo C)

 

       La Palabra de Dios que cada domingo ilumina nuestra vida, nos presenta múltiples aspectos del pensamiento de Jesús y nos acerca a lo que realmente le importó, su enseñanza y testamento.

       Unas veces le veremos preocupado por ofrecer un rostro más auténtico de Dios Padre, otras insistirá en situar al ser humano, su vida y su dignidad, por encima de los comportamientos que lo oprimen, y siempre se alzará como defensor de los pobres y marginados, a la vez que se compadece de los enfermos y necesitados.

       Todo ello nos muestra que en el centro de la vida y del mensaje de Jesús se sitúa el Padre Dios, a quien debemos “amar con todo el corazón y con toda el alma”, y de ese amor creador y salvador, brota su entrega absoluta al servicio de los hombres sus hermanos, ya que el amor al prójimo como a uno mismo constituye la seña de autenticidad del amor a Dios.

       Desde esta experiencia vital del Señor, debemos comprender el evangelio de hoy y la llamada que nos hace a ir tomando opciones fundamentales en nuestra vida, “no podéis servir a Dios y al dinero”.

       Cuantas veces va a insistir Jesús, en la necesidad de superar ambiciones, egoísmos y materialismos desmesurados. Cuantas veces nos va a descubrir que tras los enfrentamientos, las violencias, la opresión, la pobreza y la desigualdad se encuentra ese poner al dinero como meta de nuestra vida que sustituye al único Dios verdadero, y que acaba por adueñarse de nuestro corazón porque se convierte en el ídolo al que sacrificamos nuestra libertad y dignidad, haciéndonos sus esclavos dependientes.

       Ya el profeta Amós, en el siglo VIII antes de Cristo, denuncia la opulencia de los poderosos frente a la miseria de los pobres. El Dios que se revela a su pueblo y que entabla una relación de amor y misericordia con él, a la vez manifiesta su rechazo y condena de todas las injusticias que oprimen a los débiles y que va sumiendo en el caos a la creación entera, al romper la armonía de la fraternidad humana.

       Y si ya aquel profeta del Antiguo Testamento, manifestaba la rotunda oposición de Dios por la marcha de este mundo sustentado sobre las diferencias sociales, hemos de contemplar cómo los tiempos modernos con todos sus adelantos y logros en el campo de la técnica, lejos de paliar esas desigualdades y sus efectos, los ha incrementado hasta el extremo haciendo que la gran mayoría de la población mundial esté sumida en la miseria y condenada a ella, sin remedio aparente.

El evangelio de Jesús nos sitúa ante una cuestión crucial, ¿quién es para nosotros nuestro Señor? Porque el dilema de servir a Dios o al dinero, no es una alternativa en el seguimiento de Cristo. Es la opción fundamental de nuestra vida ya que amar a Dios sobre todas las cosas, nos impulsa a reconocer a los demás como hermanos y a sentir que nuestro futuro tiene un mismo final de vida en dignidad y amor.

El texto del evangelio parte de una experiencia en la que se relata la vida de un empleado infiel. Se sabe sorprendido en su infidelidad y pretende reconciliarse con aquellos a los que había estafado previamente siendo generoso en las cuentas. Y concluye Jesús el episodio con una frase desconcertante “ganaos amigos con el dinero injusto”. Es decir, el dinero tiene como finalidad el servicio a la vida y a su justo desarrollo, tanto de aquellos que lo poseen como de los que carecen de él. Y si todos debemos abrir las manos para compartir generosamente con quien mayor necesidad padece, mucho más se exige esta actitud con aquellos cuya ganancia actual proviene por medios ilícitos. Es la manera de empezar a sanar su injusto egoísmo y ambición.

       Pero no es suficiente con la generosidad. Ésta puede resultar autocomplaciente y tranquilizadora de malas conciencias. El hecho fundamental donde Jesús pone la fuerza de su enseñanza está en, quién es tu Señor. A quién sirves y te entregas, ante quien rindes tu vida y te reconoces en sana dependencia de amor, ante el Dios Padre que te ha llamado a la vida, te ha conducido con ternura y siempre te acompaña con su misericordia y fidelidad, o ante el poderoso dinero que te hechiza y deslumbra con falsas promesas de felicidad inmediata haciéndote dependiente y esclavo de sus normas e intereses.

Y esta radicalidad en la respuesta no es cualquier cosa. Los medios que posee el mundo de la economía son extraordinarios, marcan con claridad las leyes y conductas sociales, y crean ideologías a su servicio que de una u otra forma condicionan los valores fundamentales en los que todos nos movemos y vivimos.

Los creyentes en Jesucristo, acogemos la propuesta que él nos hace y que conlleva un cambio radical en la vida más acorde con su evangelio.   

Sólo desde ese amor que alimenta el corazón del ser humano con la Palabra fecunda del evangelio de Jesucristo, es posible realizar el milagro de multiplicar los panes para que lleguen a más. Y aunque sabemos que nuestras pequeñas aportaciones  siempre serán escasas, no debemos despreciarla porque es precisamente la suma de los muchos pocos, lo que llena de esperanza a tantísimos hogares hasta los que llega la mano generosa y caritativa de la Iglesia, por medio de sus cáritas diocesanas.

Como nos enseña S. Pablo es su carta apostólica, debemos a la vez seguir orando al Señor, para que su Espíritu vaya ablandando la dureza del corazón de los poderosos a fin de que la justicia, la equidad y la paz lleguen a todos los rincones del mundo. Y aunque parezca poca cosa, la unión entre la oración y la acción de tantos creyentes en Jesucristo, es lo que va sembrando nuestro mundo de amor y de esperanza.

 “Sólo Dios basta”, decía Santa Teresa de Jesús al comprender que en el abandono de su vida en las manos amorosas de Dios, era como la había recuperado con generosa abundancia en amor, libertad y entrega.

Esta libertad es la que nos capacita para seguir a Cristo en la vocación a la que él nos llama, y por la cual alcanzamos el gozo y la dicha plenas.  Hoy, los cristianos no debemos dar pena por la vivencia de nuestra fe, todo lo contrario, lo que deberíamos dar es envidia por la experiencia gozosa que tenemos la suerte de compartir.

Porque si nuestro semblante transmite tristeza y agobio, difícilmente podremos convocar a nadie a esta comunidad eclesial, y a demás estaremos desvirtuando la autenticidad del mensaje de Jesucristo, que nos ha llamado a vivir la alegría de los hijos de Dios. Y esto sólo es posible, si de verdad Dios es nuestro Padre, amigo y único Señor.

Que María, la fiel esclava del Señor, que proclamaba con su vida y entrega la grandeza de Dios, nos ayude a nosotros a reconocer en Cristo y su evangelio de vida, al único Salvador.

sábado, 10 de septiembre de 2022

DOMINGO XXIV TIEMPO ORDINARIO

 


DOMINGO XXIV TIEMPO ORDINARIO

11-09-22 (Ciclo C)

 

La Palabra de Dios que hoy se nos proclama, vuelve a insistir en lo que sin duda es el corazón de la fe cristiana, la experiencia del perdón, como fruto del amor auténtico.

Y la liturgia de este día nos propone tres miradas distintas para aproximarnos a esta realidad tan necesaria para todos. La primera vendrá de la imagen que los israelitas tenían de Dios, la segunda nos mostrará la experiencia de San Pablo y por último, en el evangelio el auténtico rostro de Dios mostrado por su Hijo Jesús.

El pueblo de Israel ha vivido una intensa relación con Dios. Ellos se saben escogidos por él, y liberados de la esclavitud de Egipto, y a pesar de haber recibido tanto por parte del Señor, cuando comienzan a pasar dificultades, y ante la ausencia de líderes adecuados que les ayuden a caminar en la esperanza, se lanzan en las manos de los ídolos fabricados por sus manos.

Esta ofensa a Dios deberá tener un castigo ejemplar, y así nos narra el autor del libro del Éxodo ese diálogo entre Dios y Moisés, dando a entender que la ira de Dios sólo ha sido aplacada por la intervención del caudillo de aquel pueblo duro de cerviz.

Para los israelitas el justo castigo de Dios se ha convertido en perdón por la intervención generosa de Moisés que ha salido en su defensa. De ese modo comienza a cambiar la imagen del Dios justiciero y vengativo, y emerge el rostro de un Dios capaz de desdecirse y de mostrar misericordia y compasión, aunque el pueblo pecador no lo merezca.

Ningún otro dios de los conocidos en su entorno aceptaría perdonar al pueblo sin recibir nada a cambio. Y el Dios de Israel, por la intercesión de Moisés, acoge la debilidad humana y se compadece de él.

La segunda experiencia es la vivida por el mismo San Pablo. Él conocía la capacidad de perdonar de Dios por razón de su fe judía, pero tras su encuentro con Jesucristo a quien con tanto fanatismo perseguía, experimenta en sí mismo el amor y la misericordia de Dios. Como el mismo apóstol cuenta, él era un blasfemo, un perseguidor y violento, no creía en Jesús y con toda su ira atacaba a los cristianos. Y a pesar de todo el dolor que había causado a su alrededor entre los que ahora eran sus hermanos, ha sentido la misericordia de Dios y en el encuentro amoroso con Jesucristo ha vuelto a renacer.

San Pablo no olvida sus orígenes, ni niega la realidad de su pasado, pero tras su conversión profunda y verdadera, ese recuerdo no es algo paralizante ni doloroso, sino el resorte desde el que vivir una vida nueva, gozosa y plena en el seguimiento de Jesucristo.

Esta experiencia es muy importante para nosotros, porque muchas veces, a pesar de celebrar el sacramento de la reconciliación y de sabernos perdonados por el Señor, seguimos acercando a  nuestra memoria y corazón, los remordimientos del pasado, como si no nos creyéramos que Dios nos ha perdonado de verdad, y dejando que nuestra desconfianza en el Señor nos paralice y agobie.

Si Dios nos ha perdonado, debemos perdonarnos también nosotros. Si Dios no nos reclama nada, ni nos echa en cara nada, tampoco nosotros debemos mantenernos en el pasado, sino que acogiendo su gracia y su fuerza, miremos al futuro con confianza. Como nos dice San Pablo en su carta: “podéis fiaros y aceptar sin reservas lo que os digo: que Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores”.

Y si eso no es suficiente tenemos el relato del evangelio en el que el mismo Jesús nos muestra la intimidad del amor de Dios nuestro Padre: “habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta, que por noventa y nueve justos que no necesitan convertirse”. Sentimientos que nos muestran el amor universal e incondicional de Dios para con sus criaturas. Porque a ningún padre le sobra uno solo de sus hijos. Ningún hogar se siente pleno cuando en él existen asientos vacíos. Ninguna familia está sana cuando las rupturas y los abandonos agudizan la ausencia de alguno de sus miembros.

Por eso la alegría de Dios por la vuelta y el encuentro con sus hijos alejados se comprende con claridad si de alguna forma vivimos esa experiencia paterna o fraterna.

Sólo cuando se ama de verdad sin complejos ni condiciones, duelen las distancias de los nuestros. Cuando el otro no nos importa y su vida nos resulta indiferente tampoco nos preocupa su distanciamiento y olvido.

Dios nos llama a vivir con responsabilidad nuestra realidad de hijos y hermanos. Lo cual no quiere decir que todo valga, y que los malos comportamientos de unos carezcan de consecuencias para los demás. Cuando alguien rompe la sana armonía, necesaria en toda convivencia y lo hace de forma tan grave como lo es la violencia, el abuso o el crimen, no podemos hablar de perdón y olvido como si nada hubiera ocurrido. Una cosa es salir en busca de quien se pierde en el camino por errores y fracasos comunes a todos, y otra muy distinta tener que ir tras aquel que ni se arrepiente del mal provocado ni pide perdón a quien con tanta inquina ha herido. El perdón, que siempre es gratuito, necesita de la actitud sincera de la conversión y de la reparación por parte del pecador, y así además de recibir el gozo del perdón divino, podrá experimentar también la auténtica acogida del hermano y su plena regeneración y sanación.

La verdad, que ha de iluminar nuestros actos, nos lleva a reconocer nuestra responsabilidad, y así aceptar con humildad las consecuencias de los mismos.

Pero lo mismo que sin la actitud de conversión no es posible sanar la propia vida, sin la apertura al perdón por quien ha sufrido el mal tampoco curará su herida que por el contrario se infectará. El rencor, el odio y el deseo de venganza, lejos de solucionar nada, a quien primero destruye es a quien lo integra en su vida como la razón de su lucha.

Ninguna relación humana puede asentarse en la venganza, y además de ser lo más contrario a la ley del amor instaurada por Jesús, olvida su entrega salvadora en la cruz.

El perdón es lo más genuino y grandioso de la fe cristiana. Ella nos exige una y otra vez abrirnos a la reconciliación con los demás, a superar nuestros rencores y a establecer cimientos de  misericordia y compasión. Que seamos capaces de aceptar siempre este estilo de vida, y cuando sintamos serias dificultades para ello, recordemos las palabras del Señor, por cuyo perdón en todos hemos sido salvados.

sábado, 16 de julio de 2022

DOMINGO XVI TIEMPO ORDINARIO

 


DOMINGO XVI TIEMPO ORDINARIO

17-07-21 (Ciclo C)

       Todo el evangelio es para los creyentes la gran escuela de nuestra fe. Textos que contienen la vida y la palabra del Señor y que nos van mostrando, desde la realidad cotidiana de Jesús, diferentes situaciones por las que nosotros vamos pasando y que requieren de una adecuada comprensión de las mismas para vivirlas con toda su riqueza. Así nos encontramos con pasajes como el de hoy, donde la visita de Jesús a la casa de sus amigos nos va a dejar una gran enseñanza.

       San Lucas sabe muy bien que no sólo eran dos hermanas las que habitaban aquel hogar. También estaba Lázaro, gran amigo de Jesús, pero cuya importancia en este momento es de menor intensidad para el evangelista. A S. Lucas lo que realmente le interesa destacar es la actitud de Marta y María ante la visita del Maestro, por eso ni tan siquiera va a mencionar a su hermano mayor.

Marta como buena anfitriona se esmera en prepararlo todo para que no le falte de nada a Jesús. Las tareas se van multiplicando y es tanto lo que hay que hacer que no da abasto. Y reprocha a su hermana que no la acompañe en las faenas del hogar. Ciertamente podía ayudarla porque Jesús ya tendría la compañía de Lázaro, además era lo propio de las mujeres de aquel tiempo, organizar la casa y dejar a los hombres con sus cosas.

Sin embargo María no atiende a Jesús por el mero hecho de conversar, sino por el contenido de esa conversación. Se siente tan atrapada por la Palabra de Dios que Jesús anuncia, que no se da cuenta de nada más. El encuentro con Jesús no es uno de tantos encuentros con amigos o familiares. María ha ido descubriendo en él a alguien especial, que transmite una paz serena en medio de los desalientos de la vida y cuya palabra contiene la fuerza arrebatadora de Dios que llena de gozo el corazón del oyente, transformando por completo su existencia.

Jesús no es uno más dentro de su círculo de amistades, él es el Maestro, el Señor, y así lo confesarán las dos cuando ante la muerte de su hermano Lázaro y posterior vuelta a la vida de este mundo, por fin descubran con sus propios ojos al Salvador.

Este pasaje del evangelio de hoy ha sido visto por la comunidad cristiana como las dos facetas esenciales de la vida creyente, la acción y la contemplación. Y es bueno caer en la cuenta de los peligros que podemos correr si nos olvidamos de la necesaria unidad entre ambas actitudes cristianas para una sana y fecunda espiritualidad.

Marta no va a ser desautorizada por Jesús por el hecho de que se afane en las tareas. Pero sí necesita comprender que el objetivo último de nuestra vida, y por lo tanto también de nuestros compromisos, no está en su finalidad inmediata, sino en compartir la vida de Dios.

Cuando Jesús envía a sus discípulos a las aldeas y ciudades de Palestina, es para que le preparen el terreno a él y a su Palabra. Cuando se despide definitivamente de los suyos, les envía a hacer discípulos de todas las gentes, por medio del bautismo.

Cuando nosotros vivimos comprometidos en tareas sociales o pastorales, atendiendo a los necesitados, luchando por la justicia, formando a las nuevas generaciones en la fe cristiana, atendiendo a los enfermos y necesitados, todo lo debemos hacer para favorecer el encuentro de nuestros hermanos con Jesucristo y suscitar en ellos su seguimiento gozoso y pleno. Y no sólo quedándonos en los aspectos materiales, por muy necesarios que estos puedan serlo.

La vida de los creyentes ha de estar orientada al encuentro con Jesucristo, y nuestras acciones serán auténticamente evangélicas si contienen en sus medios los valores del evangelio, y buscan como su fin la alabanza y gloria del Señor.

Por eso a la dimensión activa y comprometida de la vivencia creyente, ha de estar unida la dimensión contemplativa de nuestra fe.

María disfrutaba escuchando a Jesús, y a Jesús le gustaba poder dialogar de esas cosas íntimas de Dios con aquellos que tenían un corazón bien dispuesto.

Como en cualquier realidad humana, la relación interpersonal de encuentro, diálogo, conocimiento del otro, intimidad y afecto, hacen que nos desarrollemos plenamente y que sintamos la dicha del auténtico amor que nos llena de felicidad. Y este es el objetivo último de cualquier ser humano, amar y sentirse amado, desarrollando así su vida de forma serena y gozosa.

Jesús agradece esa atención de María, y lo hace asegurando que ha escogido la mejor parte y que nadie se la va a quitar. Si el fin último de nuestra vida es contemplar a Dios y darle gloria por siempre en compañía de nuestros seres amados, María ya lo está experimentando en esta visita de Cristo a su casa y a su corazón.

De esta manera podemos comprender que si nosotros cuidamos ese espacio de cercanía e intimidad con el Señor, si buscamos los momentos de encuentro con él en la oración y escucha de su palabra, sabremos degustar el gozo de ese encuentro que nos ayudará a sobrellevar nuestra vida y a descubrir en ella aquello por lo que realmente merece la pena vivir y morir.

La contemplación de Jesucristo nos llevará al compromiso evangelizador. Nunca la oración es para desentendernos del mundo y sus problemas. Al contrario. Quien siente en su interior resonar la palabra del Señor, escuchará constantemente los lamentos del mismo por el que él entregó su vida, y contemplando a Jesucristo crucificado, descubriremos a su lado los rostros de aquellos que hoy siguen sufriendo y que nos imploran compasión y ayuda.

De este modo uniremos fe y vida, acción y contemplación, y la vida de los cristianos será en medio de su vida cotidiana, testimonio de Jesucristo y esperanza de nueva humanidad.

miércoles, 6 de julio de 2022

DOMINGO XV TIEMPO ORDINARIO

 


DOMINGO XV TIEMPO ORDINARIO

10-07-22 (Ciclo C)

 

       “¿Qué tengo que hacer para heredar la vida eterna?”. Así comienza el evangelio que acabamos de escuchar, con esta pregunta aparentemente simple y que sin embargo encierra los anhelos más profundos de toda persona creyente.

       Heredar la vida eterna es para todos nosotros el fin último de nuestra existencia. Y por muy lejano que contemplemos ese momento de encuentro definitivo con Dios, sabemos que un día llegará y confiamos en que su amor nos recoja para comenzar a su lado la vida en plenitud.

       Por eso la pregunta de aquel personaje del evangelio, no es una pregunta retórica o lanzada para entablar una conversación con Jesús. La pregunta del escriba tenía como destinatario a alguien considerado especialmente tocado por Dios, y por lo tanto conocedor de sus designios y exigencias.

       Jesús comienza a responderle con la parte que mejor conoce el escriba, el cumplimiento de la ley. Esa ley recibida por Moisés y transmitida de generación en generación como el único camino cierto para mantener la alianza entre Dios y los hombres. Una ley que ha sido grabada en el corazón del ser humano y que está al alcance de todos, como hemos escuchado ya en la primera lectura del libro del Deuteronomio.

       El escriba desglosa los principios fundamentales de la ley de Dios y recibe como respuesta la aprobación por parte de Jesús, “bien dicho, haz esto y tendrás la vida”. Pero no terminan aquí las dudas de aquel hombre. Le queda algo que tal vez desconozca de verdad, o que simplemente le sirva como excusa para desentenderse de los demás, lo cierto es que al preguntar “¿quién es mi prójimo?”, se le abrirá un horizonte nuevo.

       El escriba parecía comprender bien lo que significaba “amar a Dios con todo su corazón, con toda su alma y con todas sus fuerzas”, pero eso de amar al prójimo le resultaba confuso. Porque tal vez, en el fondo, sabía muy bien quién es el prójimo.

       El prójimo es el otro, la persona que tenemos a nuestro lado en cualquier momento, sin pararnos a pensar en sus ideas o convicciones, ni en su situación social o económica, ni en sus planteamientos éticos o morales, ni tan siquiera en su bondad o maldad.

       Jesús le va a poner ante sus ojos un suceso cualquiera, pero concreto, donde se contempla la necesidad de una persona atacada violentamente, y las actitudes de quienes lo contemplan.

       Y no va a tomar al azar a los personajes de su historia. Un sacerdote y un levita pasan de largo, y un samaritano lo atiende.

       Los conocedores de la ley de Moisés, en la que explícitamente se ordena que hay que atender a los moribundos y necesitados, que no se puede pasar de largo ante un hombre abatido, que hay que dar sepultura a los muertos y acoger en el hogar a los extranjeros; estos los ilustrados y heraldos de la ley, la incumplen y lo abandonan.

Y sin embargo aquel hombre de Samaria, tierra de gente indeseable y repudiada por un buen judío, va a ser quien cumpla la ley de Dios cuya letra desconoce, pero que sin embargo atiende a sus deseos porque comprende el fundamento de la ley universal del amor.

       Queridos hermanos, esta parábola siempre es comprometedora. Desde aquel encuentro entre el escriba y Jesús, ya no nos sirven las excusas para atender o rechazar al hermano necesitado.

       El prójimo no es alguien ajeno a mí, aquel a quien tengo a mi lado ha de ser descubierto como un hermano y un hijo de Dios.

       Ser prójimo no consiste sólo en mirar a los demás, sino en contemplar mi propio corazón y descubrir si tengo en él la semilla del amor de Dios que me haga vivir la fraternidad con  la misma urgencia y afecto del buen samaritano.

       La pregunta no es quién es mi prójimo, como la formuló el escriba. La pregunta es ¿quién se comportó como prójimo del necesitado?, porque así la formuló Jesús, y a esta cuestión hemos de responder nosotros, implicando en ella nuestra vida y compromiso social.

       De esta manera daremos respuesta a la pregunta fundamental de nuestra existencia, con la que iniciábamos esta homilía, “¿qué he de hacer para heredar la vida eterna?”. La ley de Dios la tenemos escrita en el corazón, y es camino veraz que nos conduce hasta él, pero siempre ha de ser recorrido de la mano de los hermanos.

       Cuando nos parezca sencillo cumplir eso de amar a Dios, como le podía parecer a aquel escriba, preguntémonos si amamos igualmente a los hermanos, si somos prójimos de ellos sin hacer acepción de personas. Y si felizmente descubrimos que en nuestro corazón vivimos la misericordia y la compasión para con los demás, asistiéndoles en sus necesidades de forma generosa, entonces estaremos en la senda que nos conduce hacia esa vida ansiada junto a Dios. Porque de lo contrario nos estaremos alejando de Él.

       El amor a Dios sobre todas las cosas, y con todo nuestro corazón, sólo se puede probar y testimoniar, por los frutos que de ese amor se derivan y que necesariamente tendrán en el prójimo necesitado a su destinatario principal.

       Que esta eucaristía fortalezca nuestra capacidad de amar a los demás, y que el Señor nos conceda entrañas de misericordia que nos ayuden a conmovernos ante las necesidades de los hermanos, para de ese modo vivir con mayor intensidad nuestro ser hijos de Dios y herederos de su vida eterna.

sábado, 2 de julio de 2022

DOMINGO XIV TIEMPO ORDINARIO

 


DOMINGO XIV TIEMPO ORDINARIO

3-7-22 (Ciclo C)

El evangelio que acabamos de escuchar es de los llamados vocacionales y misioneros. En él Jesús llama nuestra atención sobre la enorme magnitud de la misión que tiene por delante y lo escaso del número de los operarios “la mies es mucha y los obreros pocos”.

San Lucas sitúa este texto en el centro mismo de su evangelio, un momento en el que Jesús va teniendo discípulos y seguidores como otros muchos profetas que anteriores a él también hablaban en nombre de Dios. Sin embargo las peculiaridades y los matices de su predicación y sobre todo de su estilo de vida, son bien distintos. Él no es un profeta más, de hecho cuando alguien así le considera enseguida lo va a negar. Tampoco es un intérprete de la ley al modo de los escribas y fariseos, y mucho menos pretende ocupar un lugar de autoridad religiosa.

Sin embargo es reconocido por muchos como una persona que les habla con autoridad, en quien las palabras se hacen verdad en su vida, y cuya entrega en favor de los pobres, enfermos y excluidos, sin exigir ni pedir nada a cambio, le hacen entrañable y único.

Desde ese conocimiento que sus discípulos van adquiriendo de él, realizarán por medio de Pedro, una confesión sin precedentes y de consecuencias extraordinarias, “Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo”.

Ha llegado el momento pues, de lanzarse a la misión de anunciar el Reino de Dios de forma abierta y entregada. Y esa tarea tan vasta y ardua requiere de personas dispuestas y entregadas, por eso además de enviar a los que están a su lado con toda la autoridad que él mismo posee, les insta a que rueguen “al dueño de la mies que envíe obreros a su mies”. No se trata sólo de trabajar por el evangelio, también debemos suscitar vocaciones que desarrollen esta labor con entusiasmo y generosidad.

El envío del Señor a preparar el terreno en el que se ha de sembrar la semilla de su Reino, es una tarea necesaria ayer, hoy y siempre. Y tomar conciencia de nuestra responsabilidad en esta misión, resulta en nuestros días algo urgente y fundamental para la vida de nuestras comunidades cristianas.

Ciertamente esta llamada es a todos los cristianos por igual. Todos, en virtud de nuestro bautismo, tenemos la misión de anunciar el evangelio mediante el anuncio explícito de Jesucristo en aquellos ambientes donde nos movemos, y comenzando por nuestro propio hogar; denunciando las injusticias y todo el mal que en el mundo se origina y que por oprimir al ser humano va contra el mismo Dios; dando testimonio de Jesucristo con nuestra forma de vivir y de relacionarnos con los demás; comprometiéndonos activamente en la transformación de nuestro mundo, asumiendo responsabilidades en la vida pública desde los valores de la justicia, la libertad, la paz y la caridad.

Pero junto a esta misión fundamental del cristiano, existen otras que han de ser asumidas de forma estable y permanente para el bien de la comunidad entera. Y me refiero a la vocación sacerdotal, religiosa y misionera; vocaciones esenciales en la vida de la Iglesia y sin las cuales ésta languidece y muere.

El servicio ministerial ha sido instituido por el mismo Jesucristo para el desarrollo y el cumplimiento de su misión. La  misión de anunciar el evangelio fue entregada a los discípulos por el mismo Jesús, a la vez que les encargaba velar por la comunión de manera que vivan la auténtica fraternidad que por la acción del Espíritu Santo congregue a todos en la unidad del amor, de la fe y de la esperanza.

De este modo han recibido del Señor el encargo de celebrar de forma constante el sacramento del amor y de la reconciliación.

 Mandatos como, “Haced esto en memoria mía”, y “lo que ates en la tierra quedará atado en el cielo”, son para nosotros alimento y estímulo en el seguimiento de Jesucristo, que por los sacramentos se hace presente en medio de su pueblo para nuestra salvación.

Para ello es necesario que sigamos pidiendo al Dueño de la mies que envíe obreros a su mies. La falta de vocaciones no es culpa de Dios, sino nuestra. No es Dios quien se ha olvidado de nosotros sino nosotros quienes tal vez no pidamos con suficiente confianza, sencillez y entrega, aquello que tanto necesitamos.

Pedir a Dios vocaciones nos implica a todos. A la Iglesia entera que ha de estar en permanente escucha para discernir los signos de los tiempos en los que hoy nos habla el Señor. Porque Dios sigue llamando a nuestra vida para encontrar en ella la disponibilidad necesaria a fin de llevar adelante su proyecto de salvación.

También es una llamada a las familias, que al pedir vocaciones a Dios han de suscitar en su seno un estilo generoso y dispuesto para acoger entre sus hijos e hijas el don de la vocación. Para vosotros padres y madres no ha de ser una desgracia el que vuestro hijo o hija abrace la vocación sacerdotal o religiosa, sino un don de Dios, un regalo que además de hacer feliz a vuestros hijos os llene de gozo a vosotros.

Con todo mi afecto os digo, que si de entre vuestros hijos e hijas no surgen vocaciones, que se sientan amparadas y queridas por sus padres, si en los hogares y familias cristianas no se valora este don de la llamada de Dios, en ningún otro hogar surgirán.

Y por último me dirijo a los jóvenes y a aquellos que todavía no habéis tomado una opción definitiva en vuestra vida. Abrid vuestro corazón al Señor. Dejad que resuene en él su llamada a vivir una vida entregada en el amor y en el servicio.

Toda opción conlleva sus renuncias y todo proyecto importante en la vida tiene sus dificultades. Pero os garantizo que si esa llamada es auténtica y la acogéis con entrega y confianza, será mucho mayor el gozo y la alegría que cualquier dificultad.

Dios no llama para hacernos unos desgraciados en la vida. Nos llama para estar con él en la intimidad de su amistad, para ser sus testigos en medio del mundo y así alentar la fe y la esperanza de su pueblo, el que nos sea encomendado. Todo ello para acercar el Reino de Dios a la vida de nuestros hermanos.

Que pidamos el don de la vocación con insistencia al Señor, y que estemos dispuestos a acogerlo si nos lo concede. Que nuestra Madre María nos abra el corazón a la acción de Dios como ella misma ofreció el suyo, y que la llena de gracia, nos infunda su alegría, aquella que proclamó la grandeza del Señor, porque ha hecho maravillas en nosotros.