DOMINGO II ADVIENTO
9-12-12 (Ciclo C)
Continuamos nuestro itinerario hacia la fiesta de la Encarnación del Hijo de Dios, en este tiempo de gracia que es el adviento, y este domingo se presenta ante nosotros la vocación del que va a ser el último gran profeta de Dios, Juan el Bautista.
En el relato del evangelista S. Lucas, tras situar al lector en el contexto histórico donde se van a producir estos acontecimientos tan esperados, pasa a relatar de forma breve y sencilla, la llamada de Dios a Juan.
Son tiempos difíciles para la historia de Israel. Su pueblo está ocupado por los romanos y la tiranía de aquellos reyezuelos como Herodes que, además de mantenerlos en la opresión, ejercen su autoridad de forma escandalosa, al margen de la ley y de la fe.
Hacía más de quinientos años de la muerte de los grandes profetas de Israel, Isaías, Jeremías o Ezequiel. Personas que habían anunciado la esperanza a su pueblo en medio de las mayores adversidades de su historia. Y al igual que a ellos, S. Lucas nos presenta a Juan de la misma forma que la Escritura Sagrada narra la experiencia vocacional de aquellos hombres de la antigüedad, “vino la Palabra de Dios sobre Juan, hijo de Zacarías, en el desierto”.
Dios es quien toma la iniciativa, y su intervención se realiza a través de una persona concreta. Aunque ciertamente esa elección no se realiza por casualidad. Juan desde su infancia ha ido construyendo una personalidad abierta a la acción de Dios.
Zacarías su padre es un sacerdote al servicio del templo, y su madre Isabel, pariente cercana de Santa María la Virgen, tiene una historia personal bendecida por Dios.
Juan nació y creció en un entrono bien dispuesto para percibir de forma clara las presencias de Dios en su vida. Su educación humana no estaba al margen de su desarrollo creyente, y aunque en esa realidad histórica que le tocó vivir, también existía la indiferencia religiosa por una parte, y el fanatismo por otra, él tenía muy claro que el Dios de la Alianza que había elegido a su pueblo como el preferido de entre las naciones de la tierra, no se había olvidado de ellos.
Es a esta persona dispuesta y abierta, a quien va a dirigir su palabra el Señor. Y por el relato que nos ofrece el evangelista, será una palabra que anuncia el tiempo definitivo, el momento culminante de la historia de la salvación donde Dios irrumpirá de forma plena. Y para que esta venida sea posible hay que “preparar el camino al Señor”. Hay que ponerse manos a la obra porque Dios cuenta con nosotros para que su Reino se instaure con toda su fuerza y vitalidad.
Estos días que nosotros estamos viviendo en el tiempo de adviento, nos han de ayudar a comprender cuantas personas en la historia han contribuido de forma extraordinaria para que nosotros hoy, sigamos confesando con gozo la fe que nos sostiene y fundamenta.
Los profetas del Antiguo Testamento, aunque enormemente alejados del tiempo de Jesús, con su palabra y testimonio iban apuntando hacia una meta en el horizonte de la historia en el que brillaría la luz de Dios. Ellos ciertamente no podían imaginar el alcance de sus palabras, pero con ellas construían un sendero por el que muchos hombres y mujeres condujeron sus vidas en fidelidad y esperanza, sintiéndose bajo la mano amorosa de Dios.
Nosotros en estos días volvemos a revivir a través de los textos sagrados el momento hacia el que todas las promesas apuntaban, y también las personas más relevantes de este final esperado.
De manera sobresaliente encontramos la vida de Santa María la Virgen, quien ante la propuesta de Dios se abre por completo a su llamada para ser la Madre del Salvador. Ella también había sido preparada desde siempre para hacerse “la esclava del Señor”, y entregar así por completo su existencia a su plan salvífico.
Hoy presenciamos la vocación de Juan, igualmente elegido por Dios para la tarea inmediata de preparar el camino a Jesús.
En ambos casos las aptitudes personales no han sido improvisadas ni suscitadas por la casualidad. Y este detalle es de vital importancia para todos nosotros. La transmisión de la fe por parte de sus padres, el entorno de un hogar religioso donde fluya con naturalidad la experiencia creyente como si del mismo aire que se respira se tratara, hace posible que el corazón de María, el de Juan y el de otros muchos en la historia, se hayan abierto a la acción de Dios para colaborar, a su modo, en esta etapa final de la historia de la salvación.
Hoy somos nosotros los que poseemos en herencia la responsabilidad de seguir transmitiendo esta fe a las nuevas generaciones. Y ciertamente lo hacemos en un entorno hostil por el ambiente que el laicismo exacerbado pretende imponer. Pero debemos ser conscientes de que contamos con un estímulo añadido y que ni Juan el Bautista, ni la misma Madre del Señor tuvieron en el origen de su vocación. Nosotros somos testigos del cumplimiento de esas promesas en la resurrección de Jesucristo. Juan no alcanzó en su vida a ver esta realidad, y María hubo de pasar primero por la experiencia del Calvario que la rasgaría el corazón.
Preparar el camino al Señor es una llamada que todos recibimos para acoger la presencia de Dios en nuestra vida. El viene para llenar con su gracia cada corazón dispuesto, y así hacernos partícipes de su plenitud en el amor.
Que sepamos irradiar a nuestros hermanos la luz de la fe. Dios está con nosotros y nos llama como a Juan, para ser en nuestros días, la voz que anuncia su presencia salvadora a toda la humanidad. Vivamos esta espera gozosa preparando su venida de forma visible, para que quienes se abran de corazón a su amor, sientan sus vidas transformadas y colmadas de esperanza. Y tengamos presente que los signos externos son un medio extraordinario, y muy necesario en nuestros días, para hacer que nuestro mundo despierte de su letargo e indiferencia.
En la navidad, el símbolo elocuente es el Belén que S. Francisco de Asís inauguró como icono de la Encarnación del Señor. Que no falte en nuestros hogares, esta ventana a la ternura de Dios que por su misericordia se ha hecho uno con nosotros.
La Catedral a vista de drone
viernes, 7 de diciembre de 2012
LA INMACULADA
SOLEMNIDAD DE LA INMACULADA CONCEPCIÓN DE
LA VIRGEN MARÍA
– DIA DEL SEMINARIO
Un año más, en medio de este itinerario gozoso y esperanzado hacia la
fiesta del nacimiento del Señor, la liturgia nos ofrece un alto en el camino
para ayudarnos a fijar la mirada en quien tan plenamente participó en la obra
salvadora del Creador, la Bienaventurada Virgen
María. Su vida y su plena entrega al servicio que Dios le
pedía, inserta en nuestra historia humana el momento culminante esperado desde
la creación del mundo.
Esta experiencia de gozo y de gracia, ha sido posible por pura
bendición de Dios, que en María la
Virgen obró de forma admirable para que desde el momento de
su concepción, estuviera preparado el camino a fin de posibilitar la Encarnación del Verbo
en medio de nuestra realidad humana. Por eso también nosotros hacemos nuestro
el gozo del apóstol Pablo expresado en este himno que la Carta a los Efesios nos
ofrece “Bendito sea Dios, Padre de
nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido en la persona de Cristo con toda
clase de bendiciones espirituales y celestiales”.
Porque si bien en la persona de Jesucristo encontramos el camino, la
verdad y la vida que nos trae la salvación, ofreciéndonos una existencia en
plenitud, la vida de su Madre santísima nos muestra un modelo de seguimiento
que ciertamente nos aproxima al discipulado y a la experiencia del encuentro
íntimo con el Señor.
Y es que toda la vida de María ha estado
especialmente bendecida por Dios. Siguiendo el contenido del evangelio que
acabamos de escuchar, el primer saludo del ángel la define como la “llena de gracia”. En ella Dios ha
depositado su amor de tal manera, que desde el momento de ser engendrada por
sus padres María fue preservada sólo para Dios. Seguro que desde su infancia
iría descubriendo la bondad y la misericordia del Señor. Seguro que en la
transmisión de la fe por parte de sus progenitores, María se abriría por
completo para acoger cuanto Dios le pidiera, y así podemos comprender cómo
María se sobrecoge ante la irrupción personal de Dios en su vida. Algo que por
mucho que se anhele y para lo que se esté preparado, siempre desborda nuestra capacidad
de comprensión.
María ha sido llamada por el mensajero de Dios “la llena de gracia”, y este saludo la
desconcierta, de tal manera que el ángel Gabriel debe aclarar la razón de su
visita, “no temas María, porque has
encontrado gracia ante Dios”.
Y en ese corazón joven, ilusionado ante la vida y
sobre todo abierto de par en par a la voluntad del Señor, se abre paso la
confianza y la plena disponibilidad, para acoger una propuesta única e
irrepetible en la
historia. Será la
Madre del Hijo de Dios, y aunque no acabe de entender el cómo
y el porqué de su elección, y sin sospechar las consecuencias de su respuesta,
ni el alcance que en la historia de la humanidad tendría la apertura de su
corazón a la propuesta divina, ella se pone en las manos del Señor sabiendo que
son manos buenas y que al abandonarse en ellas iba a encontrar una dicha sin
límites.
“Aquí está la esclava del Señor”. Las
dudas y los temores dejarán paso a la confianza y a la disponibilidad porque su
entrega no es una renuncia a vivir, sino una apuesta por hacerlo en plenitud,
teniendo a Dios como aliado, amigo y Señor. María no arruinó su vida al ponerla
en las manos de Dios sino que la vivió con responsabilidad siguiendo los pasos
de su Hijo Jesús porque en ellos estaban las huellas de Dios en nuestra
historia.
El sí de María no estuvo exento de dificultades.
Pero sin duda la prueba más dura llegará cuando teniendo que asumir la libertad
de su Hijo lo siga desde muy cerca como fiel discípula por un camino que la
llevará al pié de la cruz sin que nada pueda hacer para evitarlo.
Creyente
y madre se funden en un mismo sentimiento de dolor que busca en Dios la
respuesta al porqué de aquel final para quien es llamado “Hijo del Altísimo”.
María comprenderá entonces que los planes de Dios se realizan
en los corazones que como el de ella se dejan modelar por su amor. Y que la
semilla del reino de Dios ya ha sido plantada en la tierra fecunda de los
hombres y mujeres que a imagen de María se abren por entero a su amor.
Experiencia ésta que encontrará su realización gozosa tras la resurrección de
Jesús. “No está aquí, ¡ha resucitado!”;
este anuncio ante el sepulcro vacío, será el cumplimiento de aquellas palabras
que en su concepción recibió por parte del ángel, “su reino no tendrá fin”.
María
unida a la comunidad de los seguidores de Jesús recibirá la fuerza del Espíritu
Santo para seguir alentando al nuevo pueblo de Dios nacido en Pentecostés y del
cual todos nosotros somos sus herederos y destinatarios.
Ella sigue sosteniendo y alentando la familia
eclesial, y desde hace muchos años, la experiencia vocacional y en concreto la
vocación sacerdotal, ha sido puesta en nuestra diócesis bajo el amparo de la Inmaculada Concepción.
Nuestro
Seminario Diocesano celebra hoy su fiesta, y nosotros nos unimos a los
seminaristas, formadores y a quienes trabajan en la pastoral vocacional, para
orar insistentemente al Señor, por medio de María, para que siga llamando
trabajadores a su mies.
Nuestra Diócesis de Bilbao, al igual que otras muchas
Iglesias locales, atraviesa momentos de escasez en la disponibilidad de los
jóvenes para este ministerio fundamental en la Iglesia. Nuestro
presente y entorno, no son muy propicios para las decisiones valientes y
generosas que implican la existencia completa de cada uno en aras a ofrecer un
servicio entregado y permanente a los demás.
Sin embargo, hoy siguen haciendo falta sacerdotes
que acompañen con amor y fidelidad la vida de sus hermanos. No somos ministros
del evangelio para nosotros mismos. Los presbíteros ejercemos un ministerio que
proviene de Jesucristo, para prolongar su obra redentora en medio de la
humanidad por medio de la íntima comunión con él, entregándonos al servicio de
los hermanos, y manifestando esa unidad en la comunión eclesial.
Dios
sigue llamando hoy, como lo ha hecho tantas veces en la historia, a niños,
adolescentes y jóvenes que sienten en su corazón esa apertura y alegría que
brotan de una fe sincera y gozosa. Y esa llamada de Dios, requiere por nuestra
parte una respuesta generosa y valiente. Por eso, confiando en la intercesión
de nuestra Madre la
Virgen María , debemos seguir animando a nuestros jóvenes
cristianos a que se planteen su opción vocacional con confianza y generosidad.
Que nuestros hogares sean escuelas de experiencia
religiosa, donde se sienta como un don de Dios su llamada a nuestra puerta, a
la vez que se viva con entusiasmo la vocación sacerdotal entre nosotros.
Nuestro
modelo de seguimiento de Cristo es María, nuestra Madre. Ella experimentó ese
amor de Dios de una forma extraordinaria, y aunque el camino por el que anduvo
Jesús muchas veces se muestre tortuoso y difícil, debemos saber que nunca nos
dejará solos. Él está con nosotros todos
los días hasta el fin del mundo, y su Iglesia, constituida sobre el
cimiento de los apóstoles, prevalecerá para ser en medio del mundo sal y luz, que irradie frescura y
calidad humana por medio del testimonio y de la entrega de todos los
cristianos.
Que Santa María la Virgen , siga protegiendo
bajo su amparo las vocaciones sacerdotales de nuestra diócesis de Bilbao, y que
al asumir la responsabilidad de transmitir la fe en Jesucristo a las
generaciones más jóvenes, también suscitemos con valor la pregunta por su
propia vocación como camino favorable de auténtica y plena felicidad.
lunes, 3 de diciembre de 2012
VICTIMISMO Y POLÍTICA
Victimismo y política
Hoy
3 de diciembre, en dos periódicos de alta difusión en Bizkaia como son Deia y
El País, aparecen las declaraciones del Delegado Episcopal de Pastoral Social
de la diócesis de Bilbao, D. José María Delclaux, expresando su opinión
(supongo que personal y no diocesana), sobre la actitud de las víctimas de ETA
y su implicación en política.
Algunas
de las frases entrecomilladas por estos diarios, dicen que las víctimas de ETA “no
deben hacer política con su victimismo”, y que esta actitud “hace un flaco favor”
y no ayuda a la convivencia. Además, para dar más fuerza a su argumentación, apela
a la autoridad de un hombre llamado Jesús de Nazaret que rechazó el sentimiento
del ojo por ojo, y cuestiona el hecho de que el gobierno mantenga “leyes
excepcionales” en estos momentos.
Me
gustaría considerar algunas cuestiones al respecto:
1. Las víctimas del terrorismo
tienen, por lo menos, el mismo derecho a intervenir en política como de facto
lo hacen aquellos que siempre han estado al lado de los criminales. Sólo
faltaba que partidos que justificaron, ampararon y defendieron los crímenes de
ETA gocen del apoyo de, por desgracia demasiadas personas, y subsistan gracias
a los impuestos que pagamos todos, paradójicamente también sus víctimas, y
éstas no puedan por lo menos alzar una voz en esta sociedad democrática. Es una
situación de locos. Los verdugos y criminales se pueden sentar en el
parlamento, dar conferencia, mítines y escribir sus panfletos propagandistas, y
las víctimas han de estar tranquilitas y sin rechistar.
2. Hablar del ojo por ojo y diente
por diente, apelando a Jesús, queriendo con ello condenar actitudes vengativas,
en aquellos que jamás alzaron la mano contra sus asesinos, ni llamaron a la
venganza, es un insulto a la inteligencia y a la decencia humana. Precisamente por esa actitud ejemplar del
sufrimiento desgarrador vivido en el silencio de tantas víctimas en más de 40
años y casi 1000 asesinados, es lo que les legitima para ahora elevar su voz
como les dé la gana.
3. Por último, “las leyes
excepcionales”, están para canalizar situaciones excepcionales y éstas se
aplican para aquellos que cometieron delitos de semejante magnitud. No creo que
se apliquen hoy esas leyes a quienes no cometen delitos de terrorismo, pero
esta lacra, aunque es cierto que parece haber terminado en lo que a su
expresión más cruel se refiere, no por ello siguen existiendo culpables que han
de pagar por sus crímenes. El ejercicio del perdón y de la generosidad de la
sociedad, depende primero de la autenticidad con que se solicita por parte del culpable,
y después de la disposición de la víctima para otorgarlo. Pero no podemos poner
en el mismo plano lo uno y lo otro. Quien ha causado el desastre es quien debe
expresar y dar pruebas objetivas de su arrepentimiento y conversión. No se puede
exigir a quien ha sufrido, causándole mayor pesar en su conciencia, que sea
ella quien tome la iniciativa. Lo mismo que la ley del talión fue abolida por
Jesucristo, y siempre nos llamó al perdón generoso que sana y regenera, del
mismo modo advierte de la condenación eterna para quien no se arrepiente y se
obstina en su camino de odio y destrucción.
Ojalá que esta experiencia tan
dolorosa de nuestra historia sea pronto superada, pero no olvidemos nunca que
en ella no todos sus protagonistas han tenido igual responsabilidad.
sábado, 1 de diciembre de 2012
I DOMINGO ADVIENTO CICLO C
DOMINGO I DE ADVIENTO
2-12-12 (Ciclo C)
“Levantaos, alzad la cabeza, se acerca vuestra liberación”. Con esta frase de Jesús como fuerte llamada para la esperanza, comenzamos este tiempo de Adviento. Cuatro domingos que nos irán acercando y preparando para acoger a Dios en nuestra vida de forma renovada y gozosa.
El adviento es ante todo expectación ante la proximidad de algo que desde hace mucho tiempo venimos anhelando; la entrada de Dios en la historia humana. No es una mera repetición ritual; hoy comienza para nosotros la cuenta atrás y por delante tenemos un tiempo precioso para preparar adecuadamente nuestra vida, a fin de favorecer el encuentro con el Hijo de Dios, Jesucristo.
Adviento supone disposición y compromiso para abrirnos a Dios y dejar que ciertamente libere nuestro ser y transforme el mundo instaurando su reinado. Todo ello en esta realidad que presenta tantas amarguras e injusticias.
Iniciamos el advenimiento de Dios con nosotros, cuando las divisiones y guerras entre los pueblos, la violencia y el terror en tantos hogares, la dura crisis económica y la miseria de millones de seres humanos, tiñen de desesperanza nuestra realidad más cercana haciendo increíble el que Dios pueda nacer en este entorno.
Los dirigentes del mundo no entienden que el camino de la paz pasa por la libertad y la justicia de todos los pueblos. Cada uno busca su interés económico o material aún a costa de vidas humanas, utilizando los medios de propaganda conforme a su ambición.
El evangelio de hoy nos muestra con un lenguaje lleno de simbolismo, la cantidad de catástrofes, miserias y violencias que este mundo soporta. Algunas de ellas responden a fenómenos naturales, en ocasiones provocados por el abuso y la destrucción de la naturaleza, pero en la mayoría se debe a la crueldad del hombre que en vez de haber buscado la fraternidad se ha convertido en fratricida y en vez de vivir la solidaridad se ha cegado por el egoísmo y la ambición. Cómo no ansiar una liberación que nos devuelva nuestra dignidad y alegría.
Por qué no va a ser posible que comenzando por el núcleo familiar, y prosiguiendo en el entorno social de cada uno, se provoque el nacimiento de una nueva humanidad.
Pues bien, creemos que cabe la esperanza. Nosotros, los cristianos no podemos arruinar nuestro ánimo ni presentarnos ante el mundo derrotados en el desamor. Hemos de seguir esperando aún teniendo en contra situaciones desfavorables. Nos hemos fiado del Señor, y él mismo nos ha prometido su presencia hasta el fin de los tiempos.
La fe que profesamos debe colorear el presente infundiendo a nuestro alrededor un ambiente nuevo, solidario y fraterno capaz de generar esperanza en los demás. Dejar que nuestras ilusiones se apaguen o que nuestro compromiso decaiga, es sucumbir ante la adversidad y renunciar a ser luz en medio de las sombras de este mundo.
Necesitamos fortalecer nuestra vida de oración. Recurrir permanentemente al Señor para que nos muestre el camino a seguir y nos ayude a recorrerlo con la fuerza de su Espíritu. Pero rogar a Dios nos ha de llevar a poner de nuestra parte todo lo humanamente posible.
Las víctimas de este mundo se encuentran muchas veces tan abatidas que les es imposible salir adelante solas. Hemos de estar a su lado, acompañarlas en todo momento y comprometernos activamente por la transformación de su situación desde la denuncia de la injusticia y la búsqueda de su dignidad. Son signos elocuentes de esta grandeza humana, gestos como la disposición de viviendas para familias desahuciadas, y campañas como la recogida de alimentos.
En el adviento dirigimos nuestra mirada hacia el Dios-con-nosotros que está por llegar. En su nacimiento se regenera la vida y la esperanza, posibilitando que emerja una nueva creación. La cual resultará imposible si no se produce en cada uno de nosotros una verdadera renovación personal y espiritual.
La liberación a la que somos llamados por el Señor en este primer domingo, pasa por nuestra conversión personal. Por preparar adecuadamente el camino que nos acerca a su amor sabiendo que todavía son muchas las barreras que nos separan del encuentro pleno con él y con los hermanos.
Y el Señor nos hace una clara promesa por medio se su palabra; si somos capaces de favorecer este encuentro con él, “veremos la salvación de Dios”.
Al comenzar este adviento, podemos aceptar que el camino que tenemos por delante no es sencillo ni cómodo, pero con la fuerza de Dios y nuestra fidelidad a su amor desde el compromiso por los necesitados, es posible confiar en la victoria del Señor y de su Reino.
Fue en medio del desasosiego donde resonó la Palabra de Dios haciéndose carne en María. Fue en medio de la noche y lejos de la comodidad donde nacía el Hijo de Dios. Fue en las afueras de Jerusalén y en una cruz ensangrentada donde brilló la luz de la vida definitiva, de Cristo resucitado.
Este tiempo de adviento nos ha de ayudar a buscar caminos que nos conduzcan al Dios de la misericordia, que por amor se encarnó en nuestra historia y por su compasión la ha reconciliado para siempre.
Dios está con nosotros, y en esta cercana familiaridad nos sigue enviando a preparar su venida. Que su amor nos fortalezca y su misericordia nos impulse a transformar nuestro mundo, comenzando por nuestras familias que han de ser escuela de humanidad y fermento de paz.
2-12-12 (Ciclo C)
“Levantaos, alzad la cabeza, se acerca vuestra liberación”. Con esta frase de Jesús como fuerte llamada para la esperanza, comenzamos este tiempo de Adviento. Cuatro domingos que nos irán acercando y preparando para acoger a Dios en nuestra vida de forma renovada y gozosa.
El adviento es ante todo expectación ante la proximidad de algo que desde hace mucho tiempo venimos anhelando; la entrada de Dios en la historia humana. No es una mera repetición ritual; hoy comienza para nosotros la cuenta atrás y por delante tenemos un tiempo precioso para preparar adecuadamente nuestra vida, a fin de favorecer el encuentro con el Hijo de Dios, Jesucristo.
Adviento supone disposición y compromiso para abrirnos a Dios y dejar que ciertamente libere nuestro ser y transforme el mundo instaurando su reinado. Todo ello en esta realidad que presenta tantas amarguras e injusticias.
Iniciamos el advenimiento de Dios con nosotros, cuando las divisiones y guerras entre los pueblos, la violencia y el terror en tantos hogares, la dura crisis económica y la miseria de millones de seres humanos, tiñen de desesperanza nuestra realidad más cercana haciendo increíble el que Dios pueda nacer en este entorno.
Los dirigentes del mundo no entienden que el camino de la paz pasa por la libertad y la justicia de todos los pueblos. Cada uno busca su interés económico o material aún a costa de vidas humanas, utilizando los medios de propaganda conforme a su ambición.
El evangelio de hoy nos muestra con un lenguaje lleno de simbolismo, la cantidad de catástrofes, miserias y violencias que este mundo soporta. Algunas de ellas responden a fenómenos naturales, en ocasiones provocados por el abuso y la destrucción de la naturaleza, pero en la mayoría se debe a la crueldad del hombre que en vez de haber buscado la fraternidad se ha convertido en fratricida y en vez de vivir la solidaridad se ha cegado por el egoísmo y la ambición. Cómo no ansiar una liberación que nos devuelva nuestra dignidad y alegría.
Por qué no va a ser posible que comenzando por el núcleo familiar, y prosiguiendo en el entorno social de cada uno, se provoque el nacimiento de una nueva humanidad.
Pues bien, creemos que cabe la esperanza. Nosotros, los cristianos no podemos arruinar nuestro ánimo ni presentarnos ante el mundo derrotados en el desamor. Hemos de seguir esperando aún teniendo en contra situaciones desfavorables. Nos hemos fiado del Señor, y él mismo nos ha prometido su presencia hasta el fin de los tiempos.
La fe que profesamos debe colorear el presente infundiendo a nuestro alrededor un ambiente nuevo, solidario y fraterno capaz de generar esperanza en los demás. Dejar que nuestras ilusiones se apaguen o que nuestro compromiso decaiga, es sucumbir ante la adversidad y renunciar a ser luz en medio de las sombras de este mundo.
Necesitamos fortalecer nuestra vida de oración. Recurrir permanentemente al Señor para que nos muestre el camino a seguir y nos ayude a recorrerlo con la fuerza de su Espíritu. Pero rogar a Dios nos ha de llevar a poner de nuestra parte todo lo humanamente posible.
Las víctimas de este mundo se encuentran muchas veces tan abatidas que les es imposible salir adelante solas. Hemos de estar a su lado, acompañarlas en todo momento y comprometernos activamente por la transformación de su situación desde la denuncia de la injusticia y la búsqueda de su dignidad. Son signos elocuentes de esta grandeza humana, gestos como la disposición de viviendas para familias desahuciadas, y campañas como la recogida de alimentos.
En el adviento dirigimos nuestra mirada hacia el Dios-con-nosotros que está por llegar. En su nacimiento se regenera la vida y la esperanza, posibilitando que emerja una nueva creación. La cual resultará imposible si no se produce en cada uno de nosotros una verdadera renovación personal y espiritual.
La liberación a la que somos llamados por el Señor en este primer domingo, pasa por nuestra conversión personal. Por preparar adecuadamente el camino que nos acerca a su amor sabiendo que todavía son muchas las barreras que nos separan del encuentro pleno con él y con los hermanos.
Y el Señor nos hace una clara promesa por medio se su palabra; si somos capaces de favorecer este encuentro con él, “veremos la salvación de Dios”.
Al comenzar este adviento, podemos aceptar que el camino que tenemos por delante no es sencillo ni cómodo, pero con la fuerza de Dios y nuestra fidelidad a su amor desde el compromiso por los necesitados, es posible confiar en la victoria del Señor y de su Reino.
Fue en medio del desasosiego donde resonó la Palabra de Dios haciéndose carne en María. Fue en medio de la noche y lejos de la comodidad donde nacía el Hijo de Dios. Fue en las afueras de Jerusalén y en una cruz ensangrentada donde brilló la luz de la vida definitiva, de Cristo resucitado.
Este tiempo de adviento nos ha de ayudar a buscar caminos que nos conduzcan al Dios de la misericordia, que por amor se encarnó en nuestra historia y por su compasión la ha reconciliado para siempre.
Dios está con nosotros, y en esta cercana familiaridad nos sigue enviando a preparar su venida. Que su amor nos fortalezca y su misericordia nos impulse a transformar nuestro mundo, comenzando por nuestras familias que han de ser escuela de humanidad y fermento de paz.
sábado, 24 de noviembre de 2012
SOLEMNIDAD JESUCRISTO REY DEL UNIVERSO
DOMINGO XXXIV TIEMPO ORDINARIO
JESUCRISTO REY DEL UNIVERSO 25-11-12 (Ciclo B)
Terminamos el tiempo litúrgico ordinario
con esta solemnidad de Jesucristo Rey del Universo. Una fiesta en la que
reconocemos a Jesús como nuestro Señor, y en la que anhelamos la instauración
de su Reino entre nosotros; el nuevo Pueblo de Dios que animado por el Espíritu
Santo va desarrollando una humanidad nueva donde todos, sin exclusión, vivamos
la auténtica fraternidad de los hijos de Dios.
El Evangelio que hemos escuchado, narra
una experiencia en la que la realeza es sinónimo de poder absoluto. Poncio
Pilato con sus preguntas cargadas de recelo y descrédito busca desenmascarar a
un rival; sin embargo se encuentra ante un hombre sencillo, despreciado y humillado
que le desconcierta, porque en su debilidad reside su fuerza y su palabra
señala la verdad: “Mi reino no es de este mundo”, responde Jesús ante la
insistencia del gobernador.
El reino que Dios quiere, no encuentra en
este mundo su lugar apropiado. Y no es porque no se haya esforzado el Creador
en poner todo de su parte para que germinara ese proyecto de vida en plenitud
tan deseado para sus hijos. Su Reino no germina por la dureza de una tierra que
no se deja empapar, donde la terquedad del corazón humano sometido a sus
ambiciones, siembra de injusticia la realidad.
Dios ha enviado sus mensajeros delante de
él, hasta a su propio Hijo Jesús; y como
vemos en el evangelio que hemos escuchado, será sentenciado a muerte. El
rechazo de Dios y de su reinado es la realidad a la que ha de enfrentarse el
Señor antes de morir.
Y sin embargo nosotros hoy seguimos
confesando a Cristo como el Rey del universo y nos sentimos llamados a
favorecer el desarrollo de su reinado desde los valores permanentes e
irrenunciables del amor, la justicia, la verdad, la libertad y la paz.
Y es que Dios ha puesto este mundo en
nuestras manos y con ello nos está invitando a proseguir su obra creadora. A
través de nuestro compromiso con el presente, de nuestra implicación en los
asuntos temporales, hemos de avanzar en la consecución del reinado de Dios como
meta y horizonte de nuestras vidas. El Reino de Dios ha de germinar en todos
los ámbitos de la sociedad por medio de la implicación de los cristianos en
aquellas realidades donde se decide el destino del ser humano. Es decir, en la
vida pública.
Por eso, cuando los cristianos se
comprometen en el mundo sindical, o el de la política, y siendo elegidos de
forma libre y democrática reciben la confianza de sus conciudadanos, no reciben
un cheque en blanco para hacer lo que les venga en gana subordinando sus
convicciones a los intereses ideológicos, sino para que siendo fieles a su fe,
y a los principios morales que de ella se derivan, pongan todos sus esfuerzos y
sacrificios al servicio del bien común, la defensa de la vida humana, la
promoción y el desarrollo de los más necesitados, y la concordia y la paz entre
todos los pueblos desde la auténtica solidaridad.
Los cristianos comprometidos en la vida
pública no lo están para mimetizarse con el entorno, sino para que con su voz,
sus propuestas y trabajos, inserten una llama de esperanza y una bocanada de
frescura que proviniendo de su fe en Jesucristo, renueve los pilares de la
tierra cimentándola con los valores del evangelio.
Muchas veces se sentirán incomprendidos y
enfrentados a sus propios compañeros de grupo, otras sentirán la presión de la
comunidad eclesial que les exige más compromiso. Ciertamente no resulta
sencillo comprometerse con la realidad presente, pero esa es la vocación de todos
los cristianos, que según nuestras capacidades debemos asumir con coherencia y
fidelidad al Señor.
Para ello cuentan con el apoyo y la
oración de toda la Iglesia, y el estímulo fecundo del Espíritu Santo que los
alienta en su misión.
El reinado de Dios se va sembrando en
cada gesto de misericordia y compasión para con los más pobres y necesitados.
Esta ha de ser una labor constante de toda comunidad creyente y ha de marcar el
corazón de la vida social y de las leyes que la regulan de manera que éstas
sean realmente justas.
Los signos del Reino de Dios no pueden
ser percibidos si a nuestro alrededor se impone la desigualdad, la marginación o
la violencia. Y en los tiempos de especial dificultad social y económica, como los
presentes, mayores han de ser los esfuerzos por sembrar la semilla de la
esperanza desde el compromiso activo con los más desfavorecidos.
Por último, si algo destaca con vigor la
llegada el Reinado de nuestro Dios y así se ha podido escuchar siempre a través
de su extensa Palabra revelada, es la paz. Desde el momento del nacimiento de
Cristo hasta su muerte, Dios ha sembrado la paz en la tierra. “Gloria a Dios en
el cielo y paz en la tierra a toda la humanidad amada por Dios”.
La paz es el saludo y el deseo más
entrañable que se puede ofrecer. Una paz que sellada con el perdón de Jesús,
agonizante en el tormento de la cruz, abre la puerta a la reconciliación y a la
salvación de todos.
Hoy celebramos y confesamos a Jesucristo
como el verdadero y el único Señor del Universo lo cual nos ha de llevar a trabajar
por su reinado, con entrega y confianza. Sabiendo que este Reino no es obra de
nuestras manos, sino don de su amor y misericordia, y que aún siendo
conscientes de que el Reino de Dios no se puede dar de manera plena en el
presente, sometido al mal y al pecado, no por ello dejamos de entregar nuestra
vida para que de alguna manera vaya emergiendo, porque el Señor ha puesto en
nosotros su confianza.
Jesús no impuso su palabra ni sus
convicciones. Sólo las propuso con sencillez y eso sí, acompañadas en todo
momento con la autenticidad de su propia vida. Ni en los momentos más duros de
su predicación ni ante el abandono de los más cercanos cae en la tentación de
los atajos falsos, la ira o la condena a este mundo hostil. Su respuesta siempre
fue la mirada limpia para perdonar, el corazón dispuesto para amar y los brazos
abiertos para acoger a los demás.
Así iba sembrando su reino, y convocando
a él a ese Pueblo Santo que tomó forma de comunidad de seguidores, la Iglesia,
y que a pesar de los muchos avatares por los que ha pasado en la historia,
podemos sentir que su presencia alentadora sigue entre nosotros y nos anima a
mantenernos fieles a su amor.
Hoy damos gracias al Señor por conservar
fiel su promesa de estar a nuestro lado todos los días de nuestra vida, y
confiamos en que la fuerza de su Espíritu Santo seguirá animando nuestros
corazones para colaborar en la construcción de su reinado hasta que lo vivamos
plenamente junto a él en la Gloria eterna. Que así sea.
sábado, 17 de noviembre de 2012
HOMILIA DOMINGO XXXIII T.O.
18-11-12 (Ciclo B)
Este mes de noviembre se caracteriza por varias realidades unidas en un sentido cristiano común. Lo comenzamos con la fiesta de todos los santos, seguido del recuerdo de los fieles difuntos, y concluye con la fiesta del próximo domingo, la solemnidad de Jesucristo Rey del Universo.
Todo ello, a la luz de la Palabra de Dios que hoy se nos proclama, nos ayuda a percibir, la realidad presente como un tiempo en camino, para conducirnos al encuentro con Dios nuestro Padre. Y así Jesús nos anima a poner nuestra confianza en ese amor de Dios por el que hemos sido creados a esta vida, y lo que es mucho mayor, a no perder la esperanza de compartir a su lado la vida en plenitud, en su reino de amor, de justicia y de paz.
Y este domingo tiene además una cualidad que lo hace realmente especial. Es la jornada de la Iglesia diocesana, algo que a primera vista puede dejarnos indiferentes, pero que a mi juicio nos introduce en la clave para entender nuestra identidad cristiana.
No me voy a detener en la opinión que la gente tiene de la Iglesia, porque de verdad, me importa poco. Lo que realmente me resulta esencial, es lo que para mí significa la Iglesia, y con ello os invito a que también vosotros realicéis este camino de identificación en el amor.
La misma Iglesia se autodefine como Madre y Maestra. Y dentro de poco, al confesar nuestra fe, de ella diremos que es UNA, SANTA, CATÓLICA Y APOSTÓLICA.
Pues desde esta fe confesada, y sobre todo vivida, os digo con todo orgullo de hijo, que la Iglesia es mi madre, nuestra madre. Ella me engendró a la vida por medio del amor de unos padres unidos en el sacramento del matrimonio. A ella me unieron para siempre por el bautismo que además de hijo de Dios me hacía hermano vuestro. En ella, por la educación cristiana recibida en el hogar y en la parroquia, pude descubrir a Jesús, hermano, amigo y Señor a quien merece la pena seguir, y su proyecto de vida imitar.
En esta Iglesia he descubierto la riqueza de una gran familia con sus luces y sombras, pero donde la pequeñez de algunos de los hermanos, y sus miserias, es muy superada por la santidad y el amor de los más.
En esta Iglesia, yo como vosotros, hemos descubierto nuestra vocación, la opción de nuestra vida desde la que vivir felices y realizarnos bien en la vida matrimonial, misionera, seglar, religiosa o sacerdotal.
Es en esta Iglesia donde Dios se nos revela por medio de su Palabra, diariamente escuchada y donde nos alimentamos con su Cuerpo para seguir caminando con esperanza y sembrando la semilla fecunda del evangelio.
Es en la Iglesia donde la cercanía de los hermanos, el consuelo de los cercanos y la fortaleza de los robustos nos han ayudado a superar enormes dificultades e incluso desgracias personales, porque su fe vigorosa, ha sostenido la nuestra en los momentos de mayor incertidumbre y desconsuelo.
Es esta Iglesia, la que como maestra nos ayuda a responder en cada circunstancia de la vida, no desde nuestros egoísmos personales, sino con criterios evangélicos lo que mejor conviene a mi vida y a la de los demás. Y es esta Iglesia la que incluso cuando me confundo, tropiezo y me introduzco en caminos de desolación, me ayuda a recuperar el rumbo, me corrige y me ofrece el perdón de Dios, auténtico bálsamo que sana las heridas más profundas de nuestro corazón.
La Iglesia nos ha acompañado todos los días de nuestra vida, desde el momento de entrar en ella por medio del santo bautismo, hasta el instante en que ungidos con el óleo de los enfermos, nos prepara para ser recibidos por el Señor. Ella nos despide con el mismo amor y respeto con el que nos recibió, y lo mismo que un día se alegraba con nuestra vida emergente, se siente afectada cuando nos llega el ocaso, aunque el dolor del corazón humano, no es suficiente para acallar nuestra esperanza y sentir el consuelo de la promesa que en Cristo es certeza de vida eterna.
Esta es la Iglesia en la que todos nosotros nos encontramos; UNA, porque a pesar de las diferentes culturas, razas y lenguas, toda ella alaba unida a su Señor, y es congregada bajo la guía de un único Pastor, Cristo. La unidad en la Iglesia es su razón de ser y la garantía de autenticidad. Es un don de Dios que los distintos y distantes, podamos congregarnos con un solo corazón y una sola alma, para bendecir al mismo Dios. Es SANTA, no por nuestros méritos y logros, que bien sabemos de nuestra miseria y limitación, sino porque en ella habita el Santo, Jesucristo, quien prometió su presencia todos los días hasta el fin del mundo. Y nada ni nadie, como nos enseña San Pablo ha podido ni podrá apartarnos del amor del Señor. Precisamente porque en la Iglesia está presente Jesús, debemos orientar nuestra vida cada día para hacer que toda ella resplandezca en medio del mundo como fiel testigo del Señor.
La Iglesia es CATOLICA porque su vocación es llegar a todos los rincones del orbe. El mandato del Señor “id y haced discípulos de todos los pueblos”, nos obliga a sembrar de manera incansable la semilla del evangelio con nuestro testimonio personal, nuestro anuncio explícito de Cristo y el compromiso transformador. Labor que sigue siendo necesaria en el presente, en medio de las jóvenes generaciones y entre los alejados.
Y la Iglesia es APOSTÓLICA, porque los que hoy somos los testigos del presente, somos herederos de una fe y tradición que nace con aquellos apóstoles del Señor, y son para nosotros modelos normativos en el seguimiento actual de Jesucristo. La Iglesia no se reinventa con cada nueva moda o generación. La Iglesia para que pueda mantener estas cualidades esenciales que he mencionado, debe custodiar y vivir conforme al depósito de la fe que hemos heredado y que es para nosotros don y tarea.
Don porque gratuitamente lo hemos recibido, y tarea porque al acogerlo y vincular nuestra vida a Cristo, asumimos la misión que él mismo nos ha confiado.
Pues esta Iglesia, hoy celebra su fiesta de una manera más explícita, y nos llama a vivir con consciencia y coherencia nuestra pertenencia a ella.
Cuanto tenemos que agradecer a esta familia el haber nacido en ella, pero sobre todo, cuanto tenemos que reconocer el enorme bien que nos hace permanecer unidos a ella.
Hoy damos gracias a Dios por este regalo inmenso que nos ha hecho la llamarnos a formar parte de su Pueblo Santo, y pensemos una cosa importante, lo que no nos gusta de ella no es por culpa de la familia eclesial, sino por la indignidad de algunos de sus miembros.
En una ocasión alguien preguntó a la Beata Madre Teresa de Calcuta: ¿Cambiaría algo de la Iglesia?, y ella respondió “Sí, dos cosas, primero yo, y luego tu”.
Que la Virgen María, Madre de la Iglesia, nos ayude a vivir con gozo nuestra vinculación eclesial, y dar testimonio con nuestra vida de que merece la pena vivir en ella.
viernes, 9 de noviembre de 2012
HOMILIA DOMINGO XXXII T.O.
DOMINGO XXXII TIEMPO ORDINARIO
11-11-12 (Ciclo B)
Queridos hermanos:
Al escuchar las lecturas de hoy, lo primero que nos sugieren es el sentido de la generosidad. ¿Qué es ser realmente generosos? Y descubrimos que la generosidad no es solamente la cantidad de lo que se da, sino que entran otros factores mucho más importantes a los ojos de Dios. Los cuales los podemos resumir en esta pregunta: ¿Qué parte de mí, implico en lo que doy? Jesús dice: “los demás han echado de lo que les sobra”. Al dar, ellos no han tenido que darse. Lo que ellos dan tiene una implicación muy baja, muy pobre en sus vidas, en cambio, las dos viudas que han aparecido en las lecturas de hoy, aquella viuda de Sarepta, con el profeta y esta otra viuda anónima del evangelio, al dar han tenido que implicar su propia subsistencia, han puesto sus vidas en peligro.
La generosidad, la verdadera generosidad está en el darse y sabemos que hemos empezado a darnos cuando eso mismo que somos, cuando lo que tenemos, llega el momento en que nos desestabiliza, nos lleva al riesgo. Decía la bienaventurada Madre Teresa de Calcuta: “dar hasta que duela, dar hasta que te afecte, dar hasta que tú mismo seas cambiado por la ofrenda que das”. Esta es la clase de generosidad a la que nos invita el Señor, y por supuesto, uno podría preguntarse: ¿cuál es el sentido de ese dar? ¿Por qué se nos reclama tanto?
Observemos que si uno baja un poco la medida, si uno baja la exigencia, no es tan difícil encontrar gente que aporte. Hay en la naturaleza humana, no solamente un impulso para acumular y para retener, también existe la alegría de dar. Esa alegría que es como natural y espontánea, es lo que se llama la filantropía. Prácticamente todos los seres humanos sienten en algún momento de sus vidas, o en muchos momentos, que es bueno hacer algo por alguien.
Nuestra naturaleza está hecha de tal manera que sentimos gozo, nos sentimos bien cuando compartimos con una persona que lo necesita. Pero aquí estamos hablando casi de lo contrario. Porque según lo que la Madre Teresa de Calcuta decía, hay que dar casi hasta que te sientas mal, hasta que te duela.
O conforme a lo escuchado en el evangelio, no es dar de lo que nos sobra, sino dar de lo que tenemos para vivir. Y eso produce riesgo, produce inseguridad, y tal vez produzca incluso preocupación. La generosidad, la genuina caridad cristiana, en su expresión más fuerte, no es filantropía, no es esta alegría de dar un poquito, de sentirse uno bien sin ponerse en riesgo.
La caridad cristiana conlleva la entrega de uno mismo en aquello que comparte o realiza en favor de los demás, sin calcular los riesgos que comporta, y sintiendo como único motor, el amor fraterno que mana de nuestra propia espiritualidad y vocación.
Al escuchar las lecturas de hoy, lo primero que nos sugieren es el sentido de la generosidad. ¿Qué es ser realmente generosos? Y descubrimos que la generosidad no es solamente la cantidad de lo que se da, sino que entran otros factores mucho más importantes a los ojos de Dios. Los cuales los podemos resumir en esta pregunta: ¿Qué parte de mí, implico en lo que doy? Jesús dice: “los demás han echado de lo que les sobra”. Al dar, ellos no han tenido que darse. Lo que ellos dan tiene una implicación muy baja, muy pobre en sus vidas, en cambio, las dos viudas que han aparecido en las lecturas de hoy, aquella viuda de Sarepta, con el profeta y esta otra viuda anónima del evangelio, al dar han tenido que implicar su propia subsistencia, han puesto sus vidas en peligro.
La generosidad, la verdadera generosidad está en el darse y sabemos que hemos empezado a darnos cuando eso mismo que somos, cuando lo que tenemos, llega el momento en que nos desestabiliza, nos lleva al riesgo. Decía la bienaventurada Madre Teresa de Calcuta: “dar hasta que duela, dar hasta que te afecte, dar hasta que tú mismo seas cambiado por la ofrenda que das”. Esta es la clase de generosidad a la que nos invita el Señor, y por supuesto, uno podría preguntarse: ¿cuál es el sentido de ese dar? ¿Por qué se nos reclama tanto?
Observemos que si uno baja un poco la medida, si uno baja la exigencia, no es tan difícil encontrar gente que aporte. Hay en la naturaleza humana, no solamente un impulso para acumular y para retener, también existe la alegría de dar. Esa alegría que es como natural y espontánea, es lo que se llama la filantropía. Prácticamente todos los seres humanos sienten en algún momento de sus vidas, o en muchos momentos, que es bueno hacer algo por alguien.
Nuestra naturaleza está hecha de tal manera que sentimos gozo, nos sentimos bien cuando compartimos con una persona que lo necesita. Pero aquí estamos hablando casi de lo contrario. Porque según lo que la Madre Teresa de Calcuta decía, hay que dar casi hasta que te sientas mal, hasta que te duela.
O conforme a lo escuchado en el evangelio, no es dar de lo que nos sobra, sino dar de lo que tenemos para vivir. Y eso produce riesgo, produce inseguridad, y tal vez produzca incluso preocupación. La generosidad, la genuina caridad cristiana, en su expresión más fuerte, no es filantropía, no es esta alegría de dar un poquito, de sentirse uno bien sin ponerse en riesgo.
La caridad cristiana conlleva la entrega de uno mismo en aquello que comparte o realiza en favor de los demás, sin calcular los riesgos que comporta, y sintiendo como único motor, el amor fraterno que mana de nuestra propia espiritualidad y vocación.
Dos son las enseñanzas que hoy recibimos: La primera, cuál es el sentido de la generosidad, cuál es el sentido del dar y esto se resuelve con una pregunta: ¿Qué tanto de mí está implicado en esa entrega? Y lo segundo que hemos dicho hoy es que esa generosidad va mucho más allá de la filantropía, aunque podamos preguntarnos ¿Qué obtengo con eso?
Si uno lo mira desde un punto de vista solamente humano como que no tiene mucho sentido, pero la clave está en lo que sucede en nuestra vida cuando descubre primero la generosidad de Dios. La generosidad de mi donación me pone en riesgo, pero también me pone en las manos del Dios generoso.
Eso aparece muy bien en la primera lectura, la viuda se pone en riesgo, esto era todo lo que tenia para ella y para su hijo y eso se lo va a dar al hombre de Dios, al profeta. Es como una ofrenda religiosa realmente, ¿qué gana ella con eso? Gana la experiencia de la generosidad de Dios, el acento no hay que ponerlo en todo lo que uno puede llegar a perder, que puede ser hasta la vida, nos lo muestran los mártires, sino que el acento está en lo que uno puede llegar a ganar cuando entra en el ámbito de la generosidad de Dios.
A través de esa entrega personal y total, que en el fondo es un acto de confianza por el que yo me regalo a las manos de Dios, estoy descubriendo cómo el Señor es un Dios generoso, que desborda su gracia y su amor en todas sus criaturas y que me llama a prolongar esa actitud vital con todos los hombres, mis hermanos más necesitados.
De este modo podemos comprender el asombro de Jesús ante el gesto casi insignificante de aquella pobre mujer del evangelio. Lo que a los ojos de cualquiera pasa desapercibido, e incluso resulta despreciable, para él contiene todo el germen de la generosidad de Dios.
Pero no sólo eso, Jesús nos enseña a mirar la realidad con los ojos de Dios. El no desprecia a quienes han dado de lo que les sobra, también es de agradecer el gesto de aquellos que entregan parte de lo que tienen, y nadie debe sentirse mal por compartir generosamente de lo que le sobra. Todo lo contrario. Pero lo que Jesús destaca para quienes hemos tomado en nuestra vida la opción de seguirle siendo discípulos suyos, es que debemos vivir las actitudes humanas transformadas por el amor generoso y desbordante de Dios.
Un amor que tiene su más clara expresión en la entrega absoluta de Jesús, cuya donación personal nos muestra hasta dónde ha estado Dios dispuesto a darse, ciertamente hasta el vaciarse por completo para que todos tengamos vida en plenitud.
Ese amor testimoniado a lo largo de la
historia por tantos hombres y mujeres que se han dado por completo en favor de
los demás, sigue siendo en nuestros días testimonio de auténtica caridad
cristiana. No se trata de la cantidad material de lo entregado, sino la calidad
vital que en ello se contiene. Y la caridad que se ejerce desde el amor,
siempre resulta liberadora y fecunda.
Hoy somos invitados a experimentar cada uno, en su propio estado de vida, la generosidad de Dios. Nuestro Dios es un Dios generoso en amor y en alegría, generoso en dones y en perdón, generoso en espíritu, en sabiduría y en palabra. Y esa generosidad también ha sido derramada en nuestros corazones para que se desborde en favor de los demás.
Que el poder del Evangelio se adueñe de nuestras vidas y que por medio del Espíritu de caridad que hemos recibido, la hagamos contagiosa a muchos más.
Hoy somos invitados a experimentar cada uno, en su propio estado de vida, la generosidad de Dios. Nuestro Dios es un Dios generoso en amor y en alegría, generoso en dones y en perdón, generoso en espíritu, en sabiduría y en palabra. Y esa generosidad también ha sido derramada en nuestros corazones para que se desborde en favor de los demás.
Que el poder del Evangelio se adueñe de nuestras vidas y que por medio del Espíritu de caridad que hemos recibido, la hagamos contagiosa a muchos más.
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