SOLEMNIDAD DEL APÓSTOL SANTIAGO
25-7-12
Celebramos hoy con alegría la fiesta de nuestro Santo Patrón, el Apóstol Santiago. El primero de los apóstoles del Señor en sellar su fiel seguimiento de Cristo con el martirio. Como hemos escuchado en el texto de los Hechos de los Apóstoles, su tesón, su entrega y su lealtad por la causa de Jesucristo, hace que sufra las iras del rey Herodes y sea ejecutado.
Su muerte será el comienzo de una dura persecución contra los discípulos y seguidores de Jesús, pero que en vez de acabar con la llama de la fe, sería el riego fecundo de una tierra que vería crecer con vigor la semilla del Reino de Dios instaurado por Jesucristo, el Señor.
Desde aquellos tiempos apostólicos, hasta nuestros días, han transcurrido muchos siglos, con sus noches oscuras y días de luz para la historia de la Iglesia. Pero siempre, y a pesar de las dificultades y penurias por las que nuestra familia eclesial ha podido atravesar, la fe de los apóstoles, su vida y su obra, son el fundamento y el ejemplo de nuestro seguimiento actual de Jesucristo.
De Santiago sabemos muchas cosas; era pescador, el oficio de su familia, de posición acomodada dado que su padre Zebedeo tenía jornaleros; su recio carácter le hacía merecedor junto a su hermano Juan, del sobrenombre de “los hijos del trueno” (Boanergers). Como también hemos escuchado en el evangelio, su madre, Salomé pretendía situar a sus hijos en los puestos principales en ese reino prometido por Jesús. Lo cual les acarreó los recelos de los otros diez discípulos.
Y al margen de las anécdotas, lo fundamental es que era amigo del Señor. Santiago pertenecía junto a su hermano y Pedro, a ese círculo de los íntimos de Jesús. Él será testigo privilegiado de los hechos y acontecimientos más importantes en la vida del Maestro; asiste a la curación de la suegra de Pedro; está presente en el momento de la transfiguración, en el monte Tabor; es testigo de la resurrección de la hija de Jairo; y acompañará a Jesús en su agonía, en Getsemaní.
Pero Santiago también vivirá de cerca los momentos de amargura, el prendimiento de Jesús y la huída de todos ellos. Conocerá en su corazón el dolor de haber abandonado a su amigo y el don de su conversión motor y fuerza de una nueva vida entregada por completo al servicio del evangelio y a dar testimonio de la resurrección de su Señor.
La tradición que vincula a Santiago con nuestra tierra se remonta a los primeros tiempos de la expansión cristiana por el mundo, hasta hacer de su sepulcro en la ciudad Compostelana, lugar de encuentro universal de culturas y razas unidas por una misma fe.
Precisamente esta devoción popular nos ha situado a nosotros desde antes de la fundación de nuestra villa de Bilbao allá por el año 1300, en paso obligado a los que desde la costa peregrinaban a Compostela. Y así de los cimientos de aquella primitiva iglesia de Santiago, se edificaría la que hoy es nuestra Catedral, colocando el origen y el final de este largo camino, bajo el patrocinio del mismo apóstol haciéndolo oficial para el templo y la Villa en el año 1643.
Millones de peregrinos se acercan cada año hasta Santiago de Compostela para venerar las reliquias del apóstol, y en el esfuerzo de este largo camino, encontrar desde la soledad y el recogimiento, el sentido de la auténtica vida cristiana.
Santiago experimentó en su corazón una gran transformación que le llevó a cambiar su vida de forma radical para configurarse a Jesucristo. Su oficio de pescador lo cambió por el de misionero y pastor del pueblo a él encomendado. De aspiraciones y pretensiones de grandeza, pasó a buscar sólo la voluntad de Dios y ponerla por obra.
De esta forma el que en la vida buscaba la gloria llegó a alcanzarla aunque por un sendero bien distinto al soñado en su juventud.
En nuestros días muchos jóvenes son protagonistas de este camino compostelano. Jóvenes que también marchan buscando un sentido a su vida y un horizonte por el que les merezca la pena entregarse.
Hoy nos unimos a ellos y a todos los peregrinos que con ilusión inician un camino intenso. Que estos días les ayude a encontrarse con ellos mismos y con Dios, y que el santo apóstol les guíe por la senda de la concordia, la solidaridad y el amor fraterno entre culturas y pueblos.
En un tiempo donde los conflictos entre las naciones siguen sembrando de dolor y angustia a tantos inocentes, se hace muy necesario el fomento de estas experiencias de auténtica humanidad, donde la tolerancia y el respeto sean cauce de una comunicación fecunda entre los pueblos.
Por todo ello, hoy le pedimos a Santiago que siga velando por quienes honramos su memoria. Que nos ayude a fortalecer los vínculos fraternos entre todos los pueblos que lo celebran como su patrón, que nos anime en la construcción de la paz y la concordia, y que tomando su vida como ejemplo y estímulo, seamos fieles seguidores de Jesucristo, nuestro único Señor y Salvador.
La Catedral a vista de drone
lunes, 23 de julio de 2012
viernes, 20 de julio de 2012
HOMILIA DOMINGO XVI T.O.
DOMINGO XVI TIEMPO ORDINARIO
22-7-12 (Ciclo B)
“El Señor es mi Pastor, nada me falta”, acabamos de cantar en el salmo con la confianza puesta en el Buen Pastor que es Jesús.
Hoy su palabra nos invita a valorar este don inmenso que es para la humanidad el que en medio de ella se susciten personas capaces de encarnar los valores del buen pastor.
El profeta Jeremías, irrumpe con fuerza para denunciar precisamente la indignidad de quienes han pervertido esta imagen sagrada. Los pastores a los que se refiere el profeta no sólo son los vinculados a una dimensión religiosa, sino también civil. Para el pueblo de Israel, el Ungido de Dios era tanto el rey, como el sacerdote y como el profeta. Y ser ungido de Dios significa que en su nombre se realiza esa misión de enseñar, santificar y gobernar a su pueblo; se enseña la palabra de Dios, la cual no puede ser manipulada ni falseada conforme al capricho del profeta; santificar al pueblo en nombre de Dios es unirlo y vincularlo a Él para que se sienta confortado, fortalecido y bendecido en todas las dimensiones de su vida. El sacerdote no puede buscar su beneficio personal o familiar, sino entregarse servicialmente a quien se le ha encomendado. Y por último el rey, los que ejercen el poder temporal, han de administrarlo con la justicia de Dios, su misericordia y fidelidad, y no aprovecharse, oprimir y someter a quienes están subordinados a su autoridad.
Pues el profeta denuncia a todos estos estamentos, porque se han desviado de la ley del Señor, oprimiendo, engañando y sometiendo a u pueblo que se ha descarriado, y anda desorientado y perdido en medio de su desgracia. Un pueblo que acaba siendo pasto de del más fuerte, y que terminará sufriendo la deportación a Babilonia.
Pero no está todo perdido, el mismo profeta anuncia que llegará un día en el que el Señor desposeerá a aquellos la grey que se les confió, para entregársela a buenos pastores que sí cumplan su voluntad y apacienten como es debido a su Pueblo santo.
Esta es la imagen que retoma Jesús en el evangelio que hemos escuchado, sintiendo compasión de sus hermanos porque andan como ovejas sin pastor. Si malo es ser conducido por líderes y responsables indignos, igualmente malo es la soledad y el abandono que sumerge en la desolación y desesperanza.
Jesús es el Buen pastor, que dará su vida por las ovejas. Él no busca beneficiarse, ni aprovecharse de nadie, todo lo contrario, su palabra viene avalada por la autenticidad de su vida, su caminar precede por la senda a quien conduce a través de ella. Los peligros y sinsabores son asumidos por él, y no por quienes en él han confiado.
En última instancia será su propia vida la sacrificada en el altar de la cruz, y no tomará víctimas inocentes para sustituir su entrega personal.
Este es el único Pastor del que podemos fiarnos por completo, porque ha sido una vida gastada y entregada por amor, y con una generosidad sin medida.
Nuestro mundo ha desvinculado el ejercicio de la responsabilidad pública del cumplimiento de la voluntad de Dios, por lo menos de manera formal, si bien es cierto, que muchos de nuestros gobernantes desean vivir su tarea con auténtica vocación de servicio, lo cual es de agradecer y valorar por todos. Sin embargo, también en nuestros días abundan los tiranos que siguen oprimiendo y esclavizando a los pueblos, aprovechándose impunemente de los débiles y sembrando de terror y angustia a incontables inocentes. Dios también les pedirá cuentas de su injusto proceder.
Pero no podemos quedarnos con enjuiciar el entorno de una manera ajena a nosotros. He mencionado tras dimensiones o tareas que han sido ungidas por Dios, sacerdocio, profecía y realeza. Las mismas que atribuimos a Cristo, y de las cuales participamos todos en razón de nuestro bautismo. El día en que fuimos incorporados a Cristo, se nos ungió con el Santo Crisma, y se nos hizo partícipes de esta triple función sacerdotal, profética y real. Hoy también nosotros somos responsables de santificar, enseñar y gobernar el presente con fidelidad a Dios, amor a los hermanos y espíritu de servicio y sacrificio, al igual que el Señor. Todos hemos sido constituidos servidores y garantes de la justicia, la solidaridad y la paz en medio del mundo, y aunque otros tengan mayores cotas de responsabilidad en razón de su puesto social, no por ello podemos desentendernos de la marcha de nuestro mundo.
Asimismo también debemos revisar como miembros de la Iglesia del Señor nuestra manera de vivir esta pertenencia familiar y vocacional. Los pastores en la Iglesia debemos ser testigos veraces, por nuestra palabra autorizada y nuestra vida coherente, de Aquel que nos ha llamado para esta misión de apacentar a su pueblo, conforme al Buen Pastor.
El Pueblo de Dios tiene derecho a exigir que los pastores que el Señor les ha enviado sean fieles, entregados, disponibles y generosos, de manera que además de dispensar los misterios de Cristo, lo hagan presente con sus vidas y sus obras.
Para ello debemos pedir con insistencia que el Señor envíe buenos pastores a su pueblo, máxime en estos tiempos de sequía vocacional.
En tiempos difíciles, se percibe con mayor claridad las carencias de una sociedad; no sólo las económicas, también las morales y espirituales. Qué necesario es entonces percibir referentes en todos los ámbitos de la vida familiar, pública y eclesial.
Pues pidamos al Señor en esta eucaristía que nos siga suscitando servidores generosos y honrados que nos ayuden a vislumbrar un horizonte mejor. Y que también por su estilo de vida y su palabra oportuna, nos ayuden a transformar nuestro corazón de manera que sea acogedor y sensible a las necesidades de los más débiles.
22-7-12 (Ciclo B)
“El Señor es mi Pastor, nada me falta”, acabamos de cantar en el salmo con la confianza puesta en el Buen Pastor que es Jesús.
Hoy su palabra nos invita a valorar este don inmenso que es para la humanidad el que en medio de ella se susciten personas capaces de encarnar los valores del buen pastor.
El profeta Jeremías, irrumpe con fuerza para denunciar precisamente la indignidad de quienes han pervertido esta imagen sagrada. Los pastores a los que se refiere el profeta no sólo son los vinculados a una dimensión religiosa, sino también civil. Para el pueblo de Israel, el Ungido de Dios era tanto el rey, como el sacerdote y como el profeta. Y ser ungido de Dios significa que en su nombre se realiza esa misión de enseñar, santificar y gobernar a su pueblo; se enseña la palabra de Dios, la cual no puede ser manipulada ni falseada conforme al capricho del profeta; santificar al pueblo en nombre de Dios es unirlo y vincularlo a Él para que se sienta confortado, fortalecido y bendecido en todas las dimensiones de su vida. El sacerdote no puede buscar su beneficio personal o familiar, sino entregarse servicialmente a quien se le ha encomendado. Y por último el rey, los que ejercen el poder temporal, han de administrarlo con la justicia de Dios, su misericordia y fidelidad, y no aprovecharse, oprimir y someter a quienes están subordinados a su autoridad.
Pues el profeta denuncia a todos estos estamentos, porque se han desviado de la ley del Señor, oprimiendo, engañando y sometiendo a u pueblo que se ha descarriado, y anda desorientado y perdido en medio de su desgracia. Un pueblo que acaba siendo pasto de del más fuerte, y que terminará sufriendo la deportación a Babilonia.
Pero no está todo perdido, el mismo profeta anuncia que llegará un día en el que el Señor desposeerá a aquellos la grey que se les confió, para entregársela a buenos pastores que sí cumplan su voluntad y apacienten como es debido a su Pueblo santo.
Esta es la imagen que retoma Jesús en el evangelio que hemos escuchado, sintiendo compasión de sus hermanos porque andan como ovejas sin pastor. Si malo es ser conducido por líderes y responsables indignos, igualmente malo es la soledad y el abandono que sumerge en la desolación y desesperanza.
Jesús es el Buen pastor, que dará su vida por las ovejas. Él no busca beneficiarse, ni aprovecharse de nadie, todo lo contrario, su palabra viene avalada por la autenticidad de su vida, su caminar precede por la senda a quien conduce a través de ella. Los peligros y sinsabores son asumidos por él, y no por quienes en él han confiado.
En última instancia será su propia vida la sacrificada en el altar de la cruz, y no tomará víctimas inocentes para sustituir su entrega personal.
Este es el único Pastor del que podemos fiarnos por completo, porque ha sido una vida gastada y entregada por amor, y con una generosidad sin medida.
Nuestro mundo ha desvinculado el ejercicio de la responsabilidad pública del cumplimiento de la voluntad de Dios, por lo menos de manera formal, si bien es cierto, que muchos de nuestros gobernantes desean vivir su tarea con auténtica vocación de servicio, lo cual es de agradecer y valorar por todos. Sin embargo, también en nuestros días abundan los tiranos que siguen oprimiendo y esclavizando a los pueblos, aprovechándose impunemente de los débiles y sembrando de terror y angustia a incontables inocentes. Dios también les pedirá cuentas de su injusto proceder.
Pero no podemos quedarnos con enjuiciar el entorno de una manera ajena a nosotros. He mencionado tras dimensiones o tareas que han sido ungidas por Dios, sacerdocio, profecía y realeza. Las mismas que atribuimos a Cristo, y de las cuales participamos todos en razón de nuestro bautismo. El día en que fuimos incorporados a Cristo, se nos ungió con el Santo Crisma, y se nos hizo partícipes de esta triple función sacerdotal, profética y real. Hoy también nosotros somos responsables de santificar, enseñar y gobernar el presente con fidelidad a Dios, amor a los hermanos y espíritu de servicio y sacrificio, al igual que el Señor. Todos hemos sido constituidos servidores y garantes de la justicia, la solidaridad y la paz en medio del mundo, y aunque otros tengan mayores cotas de responsabilidad en razón de su puesto social, no por ello podemos desentendernos de la marcha de nuestro mundo.
Asimismo también debemos revisar como miembros de la Iglesia del Señor nuestra manera de vivir esta pertenencia familiar y vocacional. Los pastores en la Iglesia debemos ser testigos veraces, por nuestra palabra autorizada y nuestra vida coherente, de Aquel que nos ha llamado para esta misión de apacentar a su pueblo, conforme al Buen Pastor.
El Pueblo de Dios tiene derecho a exigir que los pastores que el Señor les ha enviado sean fieles, entregados, disponibles y generosos, de manera que además de dispensar los misterios de Cristo, lo hagan presente con sus vidas y sus obras.
Para ello debemos pedir con insistencia que el Señor envíe buenos pastores a su pueblo, máxime en estos tiempos de sequía vocacional.
En tiempos difíciles, se percibe con mayor claridad las carencias de una sociedad; no sólo las económicas, también las morales y espirituales. Qué necesario es entonces percibir referentes en todos los ámbitos de la vida familiar, pública y eclesial.
Pues pidamos al Señor en esta eucaristía que nos siga suscitando servidores generosos y honrados que nos ayuden a vislumbrar un horizonte mejor. Y que también por su estilo de vida y su palabra oportuna, nos ayuden a transformar nuestro corazón de manera que sea acogedor y sensible a las necesidades de los más débiles.
viernes, 6 de julio de 2012
HOMILIA XIV TIEMPO ORDINARIO
DOMINGO XIV TIEMPO ORDINARIO
8-07-12 (Ciclo B)
“No desprecian a un profeta más que en su tierra”.
Esta frase con la termina el evangelio de hoy nos revela el amargo sentimiento de Jesús ante el rechazo de los suyos. Él que es bien recibido por las gentes de pueblos y ciudades lejanos de su tierra, vive sin embargo la desconfianza y la sospecha que suscita entre sus paisanos, lo cual no hace más que aumentar los sinsabores de su misión y sentir cómo son precisamente aquellos en quienes más confiaba los que le dan la espalda; “¿no es ese el hijo del carpintero?”.
San Marcos nos muestra el lado más duro de la tarea profética; el desprecio y la indiferencia de los destinatarios del evangelio. Y aquel desánimo que vivieron Ezequiel, San Pablo y el mismo Jesús, sigue siendo una realidad presente hoy entre nosotros.
Muchas veces queremos compartir nuestra experiencia de fe entre los nuestros, con nuestros familiares más cercanos y amigos, y esa falta de respuesta positiva por su parte, nos hace que vivamos nuestra fe en silencio, ocultándola por miedo al rechazo o a la burla.
Cuantas veces escuchamos a tantos padres y abuelos, el sufrimiento que sienten al no poder transmitir la fe que viven como un don de Dios, a sus hijos y nietos. Hasta os echáis la culpa como si dependiera sólo de vosotros.
Nada más lejos de la realidad. Vuestro testimonio de vida, y vuestro anuncio explícito de Jesús aun cuando vivís la oposición del ambiente, demuestra que realmente Dios ocupa un lugar central en vuestra vida, y por eso lo celebramos en medio de la comunidad cristiana, para sentir la fuerza renovadora del Espíritu Santo que nos envía al mundo a seguir construyendo el Reino de Dios.
Jesús, a pesar de todas las dificultades, seguía proponiendo un estilo de vida nuevo. Su palabra y su vida causaban extrañeza porque no era como la de los demás. En un mundo condicionado por los intereses particulares, donde los valores se centran en el poder y el dinero, él muestra otra senda distinta cargada de solidaridad y misericordia, y en la que el valor fundamental es el amor, semilla de justicia, de esperanza y de paz.
Del mismo modo nosotros hoy, sólo necesitamos del aval de nuestra vida para vivir la fe con autenticidad. Aunque el mundo entero nos cuestione y critique, no podemos responderle con juicios y condenas. Desde el evangelio de Jesús sabemos que la fe es un don de Dios que hemos de proponer con sencillez y gratitud, pero nunca se ha de imponer con medios que violentan la libertad de la persona.
Una fe impuesta carece de amor, y por lo tanto ni libera ni salva, sólo oprime y angustia. Quien vive un cristianismo intransigente, sin caridad ni esperanza, acabará convirtiéndose en un fundamentalista. Cristo no entregó su vida para consagrar teorías sobre la vida y la moral de los cristianos, sino para que todos encontremos el camino de nuestra salvación.
El evangelista S. Marcos termina su relato diciendo que Jesús no pudo hacer allí muchos milagros y que se extrañaba de su falta de fe. Sin embargo curó a quienes se abrieron a él y mostraron su confianza en el Señor.
Cuando nosotros nos sintamos rechazados por la fe, bien por confesarla ante los demás o bien porque nuestros esfuerzos por transmitirla no sean suficientemente acogidos, no nos desanimemos ni perdamos la esperanza, Dios sabe cómo llevar adelante su obra, y en cualquier caso hemos de tener presente que no somos nosotros los dueños de la mies, sino él.
Y sobre todo mantengamos fresco el ánimo del corazón, porque en cualquier caso, ser seguidores de Jesucristo es la mejor apuesta de nuestra vida, nos llena de gozo y nos sostiene en la adversidad. Si para muchos la Iglesia es una mera institución, para nosotros es nuestro hogar, el espacio en el que nos sentimos reconocidos y en el que podemos compartir la misma esperanza.
Por eso seguimos celebrando cada domingo la Eucaristía. Ella es el centro de la vida cristiana, fuente y culmen de nuestra fe, y ante el Altar, congregados como hermanos y hermanas, sentimos la presencia del Señor que nos sigue animando con su palabra y fortaleciendo con su Espíritu de amor.
Pidamos en esta celebración al Señor, que siga alentando nuestra vocación evangelizadora. Que encontremos la manera oportuna de transmitir a los demás la fe que compartimos y que sintiendo el afecto y el estímulo de los demás cristianos, podamos dar testimonio de nuestra fe con el ejemplo de nuestras vidas.
8-07-12 (Ciclo B)
“No desprecian a un profeta más que en su tierra”.
Esta frase con la termina el evangelio de hoy nos revela el amargo sentimiento de Jesús ante el rechazo de los suyos. Él que es bien recibido por las gentes de pueblos y ciudades lejanos de su tierra, vive sin embargo la desconfianza y la sospecha que suscita entre sus paisanos, lo cual no hace más que aumentar los sinsabores de su misión y sentir cómo son precisamente aquellos en quienes más confiaba los que le dan la espalda; “¿no es ese el hijo del carpintero?”.
San Marcos nos muestra el lado más duro de la tarea profética; el desprecio y la indiferencia de los destinatarios del evangelio. Y aquel desánimo que vivieron Ezequiel, San Pablo y el mismo Jesús, sigue siendo una realidad presente hoy entre nosotros.
Muchas veces queremos compartir nuestra experiencia de fe entre los nuestros, con nuestros familiares más cercanos y amigos, y esa falta de respuesta positiva por su parte, nos hace que vivamos nuestra fe en silencio, ocultándola por miedo al rechazo o a la burla.
Cuantas veces escuchamos a tantos padres y abuelos, el sufrimiento que sienten al no poder transmitir la fe que viven como un don de Dios, a sus hijos y nietos. Hasta os echáis la culpa como si dependiera sólo de vosotros.
Nada más lejos de la realidad. Vuestro testimonio de vida, y vuestro anuncio explícito de Jesús aun cuando vivís la oposición del ambiente, demuestra que realmente Dios ocupa un lugar central en vuestra vida, y por eso lo celebramos en medio de la comunidad cristiana, para sentir la fuerza renovadora del Espíritu Santo que nos envía al mundo a seguir construyendo el Reino de Dios.
Jesús, a pesar de todas las dificultades, seguía proponiendo un estilo de vida nuevo. Su palabra y su vida causaban extrañeza porque no era como la de los demás. En un mundo condicionado por los intereses particulares, donde los valores se centran en el poder y el dinero, él muestra otra senda distinta cargada de solidaridad y misericordia, y en la que el valor fundamental es el amor, semilla de justicia, de esperanza y de paz.
Del mismo modo nosotros hoy, sólo necesitamos del aval de nuestra vida para vivir la fe con autenticidad. Aunque el mundo entero nos cuestione y critique, no podemos responderle con juicios y condenas. Desde el evangelio de Jesús sabemos que la fe es un don de Dios que hemos de proponer con sencillez y gratitud, pero nunca se ha de imponer con medios que violentan la libertad de la persona.
Una fe impuesta carece de amor, y por lo tanto ni libera ni salva, sólo oprime y angustia. Quien vive un cristianismo intransigente, sin caridad ni esperanza, acabará convirtiéndose en un fundamentalista. Cristo no entregó su vida para consagrar teorías sobre la vida y la moral de los cristianos, sino para que todos encontremos el camino de nuestra salvación.
El evangelista S. Marcos termina su relato diciendo que Jesús no pudo hacer allí muchos milagros y que se extrañaba de su falta de fe. Sin embargo curó a quienes se abrieron a él y mostraron su confianza en el Señor.
Cuando nosotros nos sintamos rechazados por la fe, bien por confesarla ante los demás o bien porque nuestros esfuerzos por transmitirla no sean suficientemente acogidos, no nos desanimemos ni perdamos la esperanza, Dios sabe cómo llevar adelante su obra, y en cualquier caso hemos de tener presente que no somos nosotros los dueños de la mies, sino él.
Y sobre todo mantengamos fresco el ánimo del corazón, porque en cualquier caso, ser seguidores de Jesucristo es la mejor apuesta de nuestra vida, nos llena de gozo y nos sostiene en la adversidad. Si para muchos la Iglesia es una mera institución, para nosotros es nuestro hogar, el espacio en el que nos sentimos reconocidos y en el que podemos compartir la misma esperanza.
Por eso seguimos celebrando cada domingo la Eucaristía. Ella es el centro de la vida cristiana, fuente y culmen de nuestra fe, y ante el Altar, congregados como hermanos y hermanas, sentimos la presencia del Señor que nos sigue animando con su palabra y fortaleciendo con su Espíritu de amor.
Pidamos en esta celebración al Señor, que siga alentando nuestra vocación evangelizadora. Que encontremos la manera oportuna de transmitir a los demás la fe que compartimos y que sintiendo el afecto y el estímulo de los demás cristianos, podamos dar testimonio de nuestra fe con el ejemplo de nuestras vidas.
sábado, 2 de junio de 2012
SOLEMNIDAD DE LA SANTISIMA TRINIDAD
3-6-12 (Ciclo B)
Celebramos hoy la fiesta en la que la comunidad cristiana vive de forma unitaria el ser de nuestro Dios. Un Dios que es Padre, Hijo y Espíritu Santo.
Diferentes Persona, presencias y maneras de actuar en la historia del mismo Dios que se hace uno con nosotros, acompaña nuestra vida y nos llena de sentido, alegría y esperanza.
Muchas veces hemos escuchado que la Santísima Trinidad es un misterio. Y es verdad porque todo lo que hace referencia a Dios desborda nuestra comprensión y entendimiento. Todas las personas somos un misterio y siempre hay algo en el otro que nos queda por descubrir. Hemos sido creados distintos, libres, capaces de recrear nuestra realidad y forjarnos nuestro ser y nuestro futuro.
Esta experiencia, siempre novedosa y distante, es mayor si nos referimos a Dios. Nadie puede acapararlo en su mente o en su corazón. Dios siempre escapa a nuestra capacidad de comprensión o de explicación.
Nuestro mayor acercamiento a la realidad divina sólo ha sido posible a través de Jesús. El es el Hijo de Dios, y como tal nos ha mostrado quién es ese Dios a quién él se dirigía como su Padre. El Dios revelado a nuestros antepasados en la fe, Abrahán, Moisés, David... y anunciado por los profetas, es el mismo a quién Jesús llama Abba, Padre.
Así lo reconocieron los mismos discípulos de Jesús cuando le pidieron que les enseñara a orar. “Cuando oréis hacedlo así, Padre nuestro del cielo...”.
Parecía que estaba claro que Dios era padre y sólo eso.
Pero a medida que transcurría la vida de Jesús, aquellos discípulos fueron viendo en él la misma presencia e imagen de Dios. El era el Hijo amado a quien había que escuchar, seguir y anunciar a todos los pueblos.
La muerte y resurrección de Jesús, es el momento trascendental para aquel grupo de hombres y mujeres creyentes. Jesús no sólo era el Hijo de Dios sino que era el Dios con nosotros anunciado por el profeta Isaías. Dios mismo se había encarnado para asumir nuestra condición humana y así llevarla a su plenitud. Y esta experiencia vital hace de los discípulos testigos de la Buena Noticia a la cual entregar su vida con gozo y esperanza.
Pero cómo hemos podido nosotros, casi dos mil años después, llegar a comprender y acoger este don de Dios. Y aquí resuena la promesa del Señor que tras su resurrección anuncia dos acontecimientos, el primero en forma de regalo “recibid el Espíritu Santo”, y el segundo en el momento de su Ascensión en forma de promesa, “yo estaré con vosotros todos los días hasta el fin del mundo”. El Espíritu Santo es el Dios que permanece a nuestro lado para seguir animando nuestro peregrinar por este mundo.
Es el Dios que nos orienta en la vida para dar testimonio de su palabra y de su gloria. El Espíritu Santo mantiene viva la llama de la esperanza frente a los momentos de temor, duda o angustia, y es el que nos une de forma vital al Padre Dios a través del Hijo Jesús.
La llamada que cada uno recibimos no es la de elucubrar cómo es el misterio que encierra el ser de Dios en sí mismo, lo realmente importante para nuestras vidas, es descubrir cómo está actuando ese Dios que me ha hecho hijo e hija suyo, en mi vida, en mi entorno personal, familiar y social, y qué me pide en cada momento de mi existencia para entrar en plena comunión con él.
La definición tradicional de la Santísima Trinidad como Tres Personas distintas y un solo Dios verdadero, podemos comprenderla mejor sintiendo que es el mismo Dios quien de manera distinta y a través de su ser paternal y fraterno entrega todo su amor en nuestra historia para realizar en ella su obra salvadora.
Nosotros hemos sido constituidos hijos de Dios, y como hijos, herederos de su reino. Pero también somos mensajeros de su Buena Noticia y es aquí donde la fuerza de su Espíritu nos sigue animando e impulsando en el presente.
Nuestra vida de oración nos ha de unir más a Cristo y a la comunidad para que podamos desarrollar nuestra misión, tal y como él nos la encomendó, “id al mundo entero y anunciad el Evangelio”.
Por eso es de vital importancia la dimensión contemplativa y orante de la Iglesia. No en vano unida a la fiesta Trinitaria, está la vida de tantos hombres y mujeres cuya vida está dedicada a la oración por la Iglesia y la humanidad entera.
Los monjes y monjas contemplativos han descubierto que en la escucha de la Palabra de Dios, en la profundización de su enseñanza y en el diálogo personal e íntimo con él se pueden realizar plenamente como personas y a la vez ofrecer un generoso servicio al Pueblo de Dios.
Sin su testimonio y entrega vocacional, todos los servicios y compromisos apostólicos quedarían desvirtuados. No hay entrega cristiana si no viene animada por la acción del Espíritu que nos manifiesta en todo momento cuáles son los cimientos de la fe. Y este pilar central del edificio cristiano no es otro que la vida de oración y de escucha del Señor. Sólo así podremos orientar bien nuestra acción comprometida a favor del reino de Dios, y bebiendo de la fuente que es Jesucristo, podremos ofrecer a los demás el agua viva que sacia la sed de sentido y de esperanza que tanto ansían.
Hoy pedimos por todas las vocaciones cristianas, solicitando al Señor que siga llamando obreros a su mies, que con generosidad y confianza se entreguen al servicio de los hermanos. Damos gracias a Dios por el don precioso de la vocación contemplativa, que acerca los ruegos y necesidades de los hombres hasta Dios, a la vez que va sembrando con sencillez la semilla del Reino de Dios en medio de este mundo, haciendo germinar espacios de esperanza, amor y paz.
Que en esta fiesta del Señor, sintamos con agradecimiento el don de nuestra fe, y por medio de la oración confiada nos sintamos animados y alentados para ser sus testigos en medio de los hermanos. La fiesta que el próximo domingo celebraremos, nos recuerda dónde está el alimento fundamental de esta vida interior. Que cada vez que participamos del Cuerpo y Sangre de Cristo, sintamos nuestras vidas más unidas a él, y sepamos entregarlas al servicio de su reino.
3-6-12 (Ciclo B)
Celebramos hoy la fiesta en la que la comunidad cristiana vive de forma unitaria el ser de nuestro Dios. Un Dios que es Padre, Hijo y Espíritu Santo.
Diferentes Persona, presencias y maneras de actuar en la historia del mismo Dios que se hace uno con nosotros, acompaña nuestra vida y nos llena de sentido, alegría y esperanza.
Muchas veces hemos escuchado que la Santísima Trinidad es un misterio. Y es verdad porque todo lo que hace referencia a Dios desborda nuestra comprensión y entendimiento. Todas las personas somos un misterio y siempre hay algo en el otro que nos queda por descubrir. Hemos sido creados distintos, libres, capaces de recrear nuestra realidad y forjarnos nuestro ser y nuestro futuro.
Esta experiencia, siempre novedosa y distante, es mayor si nos referimos a Dios. Nadie puede acapararlo en su mente o en su corazón. Dios siempre escapa a nuestra capacidad de comprensión o de explicación.
Nuestro mayor acercamiento a la realidad divina sólo ha sido posible a través de Jesús. El es el Hijo de Dios, y como tal nos ha mostrado quién es ese Dios a quién él se dirigía como su Padre. El Dios revelado a nuestros antepasados en la fe, Abrahán, Moisés, David... y anunciado por los profetas, es el mismo a quién Jesús llama Abba, Padre.
Así lo reconocieron los mismos discípulos de Jesús cuando le pidieron que les enseñara a orar. “Cuando oréis hacedlo así, Padre nuestro del cielo...”.
Parecía que estaba claro que Dios era padre y sólo eso.
Pero a medida que transcurría la vida de Jesús, aquellos discípulos fueron viendo en él la misma presencia e imagen de Dios. El era el Hijo amado a quien había que escuchar, seguir y anunciar a todos los pueblos.
La muerte y resurrección de Jesús, es el momento trascendental para aquel grupo de hombres y mujeres creyentes. Jesús no sólo era el Hijo de Dios sino que era el Dios con nosotros anunciado por el profeta Isaías. Dios mismo se había encarnado para asumir nuestra condición humana y así llevarla a su plenitud. Y esta experiencia vital hace de los discípulos testigos de la Buena Noticia a la cual entregar su vida con gozo y esperanza.
Pero cómo hemos podido nosotros, casi dos mil años después, llegar a comprender y acoger este don de Dios. Y aquí resuena la promesa del Señor que tras su resurrección anuncia dos acontecimientos, el primero en forma de regalo “recibid el Espíritu Santo”, y el segundo en el momento de su Ascensión en forma de promesa, “yo estaré con vosotros todos los días hasta el fin del mundo”. El Espíritu Santo es el Dios que permanece a nuestro lado para seguir animando nuestro peregrinar por este mundo.
Es el Dios que nos orienta en la vida para dar testimonio de su palabra y de su gloria. El Espíritu Santo mantiene viva la llama de la esperanza frente a los momentos de temor, duda o angustia, y es el que nos une de forma vital al Padre Dios a través del Hijo Jesús.
La llamada que cada uno recibimos no es la de elucubrar cómo es el misterio que encierra el ser de Dios en sí mismo, lo realmente importante para nuestras vidas, es descubrir cómo está actuando ese Dios que me ha hecho hijo e hija suyo, en mi vida, en mi entorno personal, familiar y social, y qué me pide en cada momento de mi existencia para entrar en plena comunión con él.
La definición tradicional de la Santísima Trinidad como Tres Personas distintas y un solo Dios verdadero, podemos comprenderla mejor sintiendo que es el mismo Dios quien de manera distinta y a través de su ser paternal y fraterno entrega todo su amor en nuestra historia para realizar en ella su obra salvadora.
Nosotros hemos sido constituidos hijos de Dios, y como hijos, herederos de su reino. Pero también somos mensajeros de su Buena Noticia y es aquí donde la fuerza de su Espíritu nos sigue animando e impulsando en el presente.
Nuestra vida de oración nos ha de unir más a Cristo y a la comunidad para que podamos desarrollar nuestra misión, tal y como él nos la encomendó, “id al mundo entero y anunciad el Evangelio”.
Por eso es de vital importancia la dimensión contemplativa y orante de la Iglesia. No en vano unida a la fiesta Trinitaria, está la vida de tantos hombres y mujeres cuya vida está dedicada a la oración por la Iglesia y la humanidad entera.
Los monjes y monjas contemplativos han descubierto que en la escucha de la Palabra de Dios, en la profundización de su enseñanza y en el diálogo personal e íntimo con él se pueden realizar plenamente como personas y a la vez ofrecer un generoso servicio al Pueblo de Dios.
Sin su testimonio y entrega vocacional, todos los servicios y compromisos apostólicos quedarían desvirtuados. No hay entrega cristiana si no viene animada por la acción del Espíritu que nos manifiesta en todo momento cuáles son los cimientos de la fe. Y este pilar central del edificio cristiano no es otro que la vida de oración y de escucha del Señor. Sólo así podremos orientar bien nuestra acción comprometida a favor del reino de Dios, y bebiendo de la fuente que es Jesucristo, podremos ofrecer a los demás el agua viva que sacia la sed de sentido y de esperanza que tanto ansían.
Hoy pedimos por todas las vocaciones cristianas, solicitando al Señor que siga llamando obreros a su mies, que con generosidad y confianza se entreguen al servicio de los hermanos. Damos gracias a Dios por el don precioso de la vocación contemplativa, que acerca los ruegos y necesidades de los hombres hasta Dios, a la vez que va sembrando con sencillez la semilla del Reino de Dios en medio de este mundo, haciendo germinar espacios de esperanza, amor y paz.
Que en esta fiesta del Señor, sintamos con agradecimiento el don de nuestra fe, y por medio de la oración confiada nos sintamos animados y alentados para ser sus testigos en medio de los hermanos. La fiesta que el próximo domingo celebraremos, nos recuerda dónde está el alimento fundamental de esta vida interior. Que cada vez que participamos del Cuerpo y Sangre de Cristo, sintamos nuestras vidas más unidas a él, y sepamos entregarlas al servicio de su reino.
viernes, 25 de mayo de 2012
DOMINGO DE PENTECOSTES
27-05-12 (Ciclo B)
Celebramos hoy la fiesta de Pentecostés, el día en el que por la acción del Espíritu Santo la Iglesia de Cristo toma conciencia de su misión, y se siente llamada a ser evangelizadora de todos los pueblos.
Si en la fiesta de la Ascensión del Señor recibíamos el mandato misionero, “Id por todo el mundo y anunciad el evangelio....”, hoy recibimos la fuerza necesaria para poder desarrollar esta misión desde la fidelidad al amor de Dios y en comunión con toda la Iglesia.
Pentecostés es la fiesta del Espíritu Santo, el Dios siempre a nuestro lado que sostiene, anima y alienta nuestra fe y nuestra esperanza para que sea germen de inmensa alegría en nuestros corazones y estímulo para seguir siempre al Señor en cada momento de la vida.
Muchos son los dones que del Espíritu recibimos, sabiduría, entendimiento, consejo, fortaleza, ciencia, piedad, santo temor de Dios, todos ellos orientados a la construcción del Reino de Dios en la comunión eclesial. El Espíritu Santo es quien anima y da valor en los momentos de debilidad, quien sostiene y alienta ante la adversidad, quien mantiene viva la llama de la esperanza cuando todo parece oscurecerse en nuestra vida, quien nos inunda con un sentimiento de gozo interno desde el que contemplar la vida con ilusión y confianza.
El Espíritu Santo es quien garantiza que nuestra fe está unida a la vida de Jesús que se hace presente en medio de su Pueblo santo, y quien en cada momento de nuestro existir nos conduce con mano amorosa para vivir el gozo del encuentro personal con él, fomentando la experiencia de la auténtica fraternidad entre todos los hermanos.
El Espíritu Santo nos une al Padre a través de su amor, y nos hace conscientes de que hemos sido transformados en herederos de su Reino a través de su Hijo Jesús.
Fue el Espíritu quien acompañó a Jesús en todos los momentos de su vida. El mismo Espíritu que lo proclama el Hijo amado de Dios en su bautismo. Fue el Espíritu Santo quien ayuda a comprender a los discípulos que aquel a quien siguen por Galilea no es un hombre cualquiera, sino que es el Salvador, el Mesías.
Será el Espíritu Santo quien mantenga en la agonía de Jesús la fuerza para entregar en las manos del Padre el último aliento de su vida. Y es que el Espíritu Santo no deja jamás de su mano a quienes han sido constituidos hijos de Dios.
Pero esta experiencia personal, profunda y desbordante, la tenemos que vivir en la Iglesia y a través de ella construir nuestra comunidad. Ningún don de Dios es para fomentar el egoísmo personal. Todo don del Espíritu está orientado a construir la comunidad desde la fe, la esperanza y el amor.
Así vemos, según nos cuenta el libro de los Hechos de los Apóstoles, cómo al recibir el don del Espíritu Santo, los Apóstoles salen a anunciar la Buena Noticia a todos los congregados en Jerusalén, y lo hacen de modo que todos les comprendan.
Desde el momento de la Creación ha sido voluntad de Dios, que todos sus hijos se salven, para lo cual fue acompañando bajo su mano amorosa a la humanidad de todos los tiempos. Y cuando llegó el momento culminante, envió a su Hijo amado para que por medio de su palabra, su testimonio y la entrega de su vida, todos sintiéramos el amor de Dios y acogiéramos ese don en nuestras vidas.
La vuelta del Hijo de Dios a su Reino, no nos deja abandonados, sigue con nosotros por medio del Espíritu Santo sosteniendo y alentando nuestra esperanza de manera que en nuestro corazón crezca cada día la certeza de participar un día de su promesa de vida eterna.
Este sentimiento será más fuerte en la medida en que afiancemos en nosotros la comunión eclesial, la unidad fraterna entre los hermanos. La comunión, el sentimiento afectivo de unidad y concordia, es la garantía de que nuestra fe es auténtica. Donde hay división y enfrentamiento, no está el Espíritu Santo; el individualismo y la discordia no están alentados por el Espíritu Santo. Las palabras del Señor “que todos sean uno, como tu, Padre, y yo somos uno”, han de resonar siempre en el corazón de la Iglesia como el único camino para abrirnos al don del Espíritu Santo.
Hoy volvemos a acoger este don que ya en nuestro bautismo recibimos de una vez y para siempre. En el Espíritu Santo hemos sido hechos hijos de Dios, y aunque ese amor jamás nos será arrebatado, de nosotros depende en gran medida que cada día crezca y madure en lo más hondo de nuestra alma. Así nos llenará de dicha y alegría, nos identificará ante los demás como seguidores de Jesucristo, y nos sostendrá en cada momento de nuestra existencia.
No en vano en esta solemnidad, celebramos también el día del Apostolado seglar. Multitud de fieles organizados en movimientos y asociaciones laicales, van sembrando el Evangelio de Cristo a lo largo y ancho del mundo, animados por el Espíritu del Señor y deseando vivir con coherencia su fe, celebrándola entorno al Sacramento del Amor de Dios que es la Eucaristía, para que en ella, y desde ella, se vaya configurando una humanidad nueva y esperanzada.
Los cristianos tenemos que vivir con plena consciencia nuestra fe, conociendo en profundidad sus contenidos, en especial la vida del Señor, acercándonos a la Sagrada Escritura con la frecuencia de quien se siente hambriento de la Palabra de Dios, porque sólo Él puede aplacar nuestra sed. Y sobre todo nutrirnos del Pan de Vida que es Cristo que se nos entrega en el Sacramento eucarístico.
La vocación al apostolado surge del envío del Señor resucitado, quien por medio de su Espíritu nos anima y sostiene para vivir esta llamada en la comunión eclesial, garantía de autenticidad y permanencia.
Acojamos, pues con gratitud, el regalo del Espíritu Santo, y pidámosle que su fuerza regeneradora nos ayude a trabajar cada día en favor del reinado de Dios, de manera que contribuyamos con nuestra fe, amor y esperanza, a la emergencia de una sociedad nueva, en la que la dignidad humana, la libertad del corazón y la luz de la verdad, nos ayuden a acogernos como hermanos y a sentir el gozo de sabernos hijos de Dios.
27-05-12 (Ciclo B)
Celebramos hoy la fiesta de Pentecostés, el día en el que por la acción del Espíritu Santo la Iglesia de Cristo toma conciencia de su misión, y se siente llamada a ser evangelizadora de todos los pueblos.
Si en la fiesta de la Ascensión del Señor recibíamos el mandato misionero, “Id por todo el mundo y anunciad el evangelio....”, hoy recibimos la fuerza necesaria para poder desarrollar esta misión desde la fidelidad al amor de Dios y en comunión con toda la Iglesia.
Pentecostés es la fiesta del Espíritu Santo, el Dios siempre a nuestro lado que sostiene, anima y alienta nuestra fe y nuestra esperanza para que sea germen de inmensa alegría en nuestros corazones y estímulo para seguir siempre al Señor en cada momento de la vida.
Muchos son los dones que del Espíritu recibimos, sabiduría, entendimiento, consejo, fortaleza, ciencia, piedad, santo temor de Dios, todos ellos orientados a la construcción del Reino de Dios en la comunión eclesial. El Espíritu Santo es quien anima y da valor en los momentos de debilidad, quien sostiene y alienta ante la adversidad, quien mantiene viva la llama de la esperanza cuando todo parece oscurecerse en nuestra vida, quien nos inunda con un sentimiento de gozo interno desde el que contemplar la vida con ilusión y confianza.
El Espíritu Santo es quien garantiza que nuestra fe está unida a la vida de Jesús que se hace presente en medio de su Pueblo santo, y quien en cada momento de nuestro existir nos conduce con mano amorosa para vivir el gozo del encuentro personal con él, fomentando la experiencia de la auténtica fraternidad entre todos los hermanos.
El Espíritu Santo nos une al Padre a través de su amor, y nos hace conscientes de que hemos sido transformados en herederos de su Reino a través de su Hijo Jesús.
Fue el Espíritu quien acompañó a Jesús en todos los momentos de su vida. El mismo Espíritu que lo proclama el Hijo amado de Dios en su bautismo. Fue el Espíritu Santo quien ayuda a comprender a los discípulos que aquel a quien siguen por Galilea no es un hombre cualquiera, sino que es el Salvador, el Mesías.
Será el Espíritu Santo quien mantenga en la agonía de Jesús la fuerza para entregar en las manos del Padre el último aliento de su vida. Y es que el Espíritu Santo no deja jamás de su mano a quienes han sido constituidos hijos de Dios.
Pero esta experiencia personal, profunda y desbordante, la tenemos que vivir en la Iglesia y a través de ella construir nuestra comunidad. Ningún don de Dios es para fomentar el egoísmo personal. Todo don del Espíritu está orientado a construir la comunidad desde la fe, la esperanza y el amor.
Así vemos, según nos cuenta el libro de los Hechos de los Apóstoles, cómo al recibir el don del Espíritu Santo, los Apóstoles salen a anunciar la Buena Noticia a todos los congregados en Jerusalén, y lo hacen de modo que todos les comprendan.
Desde el momento de la Creación ha sido voluntad de Dios, que todos sus hijos se salven, para lo cual fue acompañando bajo su mano amorosa a la humanidad de todos los tiempos. Y cuando llegó el momento culminante, envió a su Hijo amado para que por medio de su palabra, su testimonio y la entrega de su vida, todos sintiéramos el amor de Dios y acogiéramos ese don en nuestras vidas.
La vuelta del Hijo de Dios a su Reino, no nos deja abandonados, sigue con nosotros por medio del Espíritu Santo sosteniendo y alentando nuestra esperanza de manera que en nuestro corazón crezca cada día la certeza de participar un día de su promesa de vida eterna.
Este sentimiento será más fuerte en la medida en que afiancemos en nosotros la comunión eclesial, la unidad fraterna entre los hermanos. La comunión, el sentimiento afectivo de unidad y concordia, es la garantía de que nuestra fe es auténtica. Donde hay división y enfrentamiento, no está el Espíritu Santo; el individualismo y la discordia no están alentados por el Espíritu Santo. Las palabras del Señor “que todos sean uno, como tu, Padre, y yo somos uno”, han de resonar siempre en el corazón de la Iglesia como el único camino para abrirnos al don del Espíritu Santo.
Hoy volvemos a acoger este don que ya en nuestro bautismo recibimos de una vez y para siempre. En el Espíritu Santo hemos sido hechos hijos de Dios, y aunque ese amor jamás nos será arrebatado, de nosotros depende en gran medida que cada día crezca y madure en lo más hondo de nuestra alma. Así nos llenará de dicha y alegría, nos identificará ante los demás como seguidores de Jesucristo, y nos sostendrá en cada momento de nuestra existencia.
No en vano en esta solemnidad, celebramos también el día del Apostolado seglar. Multitud de fieles organizados en movimientos y asociaciones laicales, van sembrando el Evangelio de Cristo a lo largo y ancho del mundo, animados por el Espíritu del Señor y deseando vivir con coherencia su fe, celebrándola entorno al Sacramento del Amor de Dios que es la Eucaristía, para que en ella, y desde ella, se vaya configurando una humanidad nueva y esperanzada.
Los cristianos tenemos que vivir con plena consciencia nuestra fe, conociendo en profundidad sus contenidos, en especial la vida del Señor, acercándonos a la Sagrada Escritura con la frecuencia de quien se siente hambriento de la Palabra de Dios, porque sólo Él puede aplacar nuestra sed. Y sobre todo nutrirnos del Pan de Vida que es Cristo que se nos entrega en el Sacramento eucarístico.
La vocación al apostolado surge del envío del Señor resucitado, quien por medio de su Espíritu nos anima y sostiene para vivir esta llamada en la comunión eclesial, garantía de autenticidad y permanencia.
Acojamos, pues con gratitud, el regalo del Espíritu Santo, y pidámosle que su fuerza regeneradora nos ayude a trabajar cada día en favor del reinado de Dios, de manera que contribuyamos con nuestra fe, amor y esperanza, a la emergencia de una sociedad nueva, en la que la dignidad humana, la libertad del corazón y la luz de la verdad, nos ayuden a acogernos como hermanos y a sentir el gozo de sabernos hijos de Dios.
sábado, 19 de mayo de 2012
SOLEMNIDAD DE LA ASCENSION DEL SEÑOR
20-05-12 (Ciclo B)
Con la fiesta de la Ascensión termina la presencia del Señor entre los suyos y nos abrimos a la misión evangelizadora de la Iglesia animados por el Espíritu que recibiremos en Pentecostés. Es esta una fiesta en la que la comunidad cristiana recuerda el momento en el que Jesucristo resucitado culmina su misión en el mundo y regresa al Padre para vivir la plenitud de su gloria.
El simbolismo de este día, nos quiere introducir en la profundidad del sentido último de nuestra existencia de la cual Cristo es primicia y fundamento. En la Ascensión del Señor, y su vuelta a la plenitud de su gloria antes de su Encarnación, se ilumina el final de la historia de la humanidad donde Dios nos acogerá con su amor de Padre. Jesucristo nos abre el camino, y nos preparará un sitio, para que donde esté él, estemos también nosotros, como nos anunció en su vida terrenal. En la fiesta de la Ascensión, podemos descubrir el final del camino, de la verdad y de la vida del Señor, que nos ha abierto las puertas de la eternidad de forma amplia y generosa.
Pero a este final glorioso se llega a través de la vida concreta, limitada y frágil, a la vez que confiada y gozosa, de nuestra historia humana. Una historia traspasada muchas veces por el dolor y el sufrimiento que provoca la injusticia, y otras sostenida por la esperanza de la entrega y la solidaridad de tantas personas que aman de verdad a sus semejantes. Pero sobre todo, una historia compartida por nuestro Dios en la persona de su Hijo, Jesús, camino, verdad y vida, que nos acompaña y sostiene en nuestro peregrinar hacia la meta prometida por el Padre.
El tiempo pascual que los discípulos del Señor vivieron junto a Él, y que se nos ha aproximado durante estos días a través de la Palabra de Dios proclamada, ha sido ante todo un tiempo de formación personal y espiritual, para afrontar el gran reto que ahora se les presenta. Ser ellos testigos y misioneros del evangelio.
La muerte de Jesús y su posterior resurrección, fueron dos hechos de tal magnitud que hacía falta un proceso para poder asimilarlo, comprenderlo y confesarlo con fe y gratitud. Los primeros momentos del tiempo pascual nos mostraban las grandes dificultades que tenían para aceptar esa verdad. Las dudas de Pedro y Juan que van corriendo al sepulcro para ver si es verdad lo que dice María Magdalena; Las palabras incrédulas de Tomás que necesita palpar y ver para creer. El silencio de los demás que no se atreven a preguntar en medio de sus dudas e incertidumbres.
Todo eso requiere ser madurado en el corazón, contrastado por la experiencia de los hermanos y acompañado por el Maestro que sigue vivo, animando y sosteniendo la fe de los suyos. Jesús realiza esta labor catequética para ayudarles a entender y prometerles la gran ayuda permanente del Espíritu Santo que pronto recibirán.
Este Espíritu completará en ellos la acción salvadora de Dios transformando sus temores en confianza y cambiando sus miedos por el compromiso misionero y evangelizador del mundo.
En la fiesta de la ascensión de Cristo, se nos está mostrando el destino último de nuestras vidas, el cielo y la tierra se unen en la persona de Jesucristo, y el camino que nos conduce a su gloria se nos ofrece como posibilidad futura y cierta.
Jesucristo desaparece de su mirada, pero no de sus vidas. El Señor que promete su presencia entre nosotros hasta el fin del mundo, será quien aliente sus trabajos y desvelos.
Ahora les toca a ellos proseguir con su misión; anunciar la Buena noticia a los pobres, la libertad a los cautivos, la salud a los enfermos y proclamar el año de gracia del señor. El mismo proyecto que Jesús ya anunció en aquella sinagoga de Nazaret.
Y esta misión evangelizadora cuenta con un gran potencial, la experiencia de ser testigos de lo acontecido. Ellos no hablan por puro sentimentalismo, ni defienden una idea vacía; ellos son testigos de una persona con la que han compartido su vida y que los ha transformado interiormente llenándoles de gozo de esperanza y haciendo de ellos hombres y mujeres nuevos, libres, entregados y dichosos.
Todo ello desde la convicción de que el Reino de Dios no es de este mundo, y por eso Jesús vuelve al lugar que le corresponde. Pero sabiendo que ese Reino ha comenzar en este mundo y que lo que pasa en la tierra no le es indiferente al Creador. Por eso no podemos desentendernos del presente ya que esa falta de amor y entrega a la obra realizada por Dios, nos haría indignos herederos de su promesa.
“Vosotros sois testigos de esto”. Testigos de la vida de Jesús, de su entrega, de su palabra y de su resurrección. Jesús nos envía ahora a cada uno de nosotros para prolongar su reinado cambiando radicalmente el presente para acercarlo al proyecto de Dios.
Jesús abrió con su vida un camino de esperanza y al acoger en su cruz a todos los crucificados por el sufrimiento y la injusticia, nos introduce en su mismo reino de amor y de paz. Esta esperanza que nos mantiene y fortalece se verá sostenida y fundamentada por la acción del Espíritu Santo que recibiremos en Pentecostés.
Que él nos ayude para seguir trabajando por transmitir esta fe a nuestros hermanos más alejados a fin de que ellos también sientan el gozo y la alegría que nos da el Señor. Y que nuestra entrega generosa y confiada sirva para sembrar la paz y la justicia entre nosotros, sabiendo que el Señor está y estará junto a nuestro lado todos los días hasta el fin del mundo.
20-05-12 (Ciclo B)
Con la fiesta de la Ascensión termina la presencia del Señor entre los suyos y nos abrimos a la misión evangelizadora de la Iglesia animados por el Espíritu que recibiremos en Pentecostés. Es esta una fiesta en la que la comunidad cristiana recuerda el momento en el que Jesucristo resucitado culmina su misión en el mundo y regresa al Padre para vivir la plenitud de su gloria.
El simbolismo de este día, nos quiere introducir en la profundidad del sentido último de nuestra existencia de la cual Cristo es primicia y fundamento. En la Ascensión del Señor, y su vuelta a la plenitud de su gloria antes de su Encarnación, se ilumina el final de la historia de la humanidad donde Dios nos acogerá con su amor de Padre. Jesucristo nos abre el camino, y nos preparará un sitio, para que donde esté él, estemos también nosotros, como nos anunció en su vida terrenal. En la fiesta de la Ascensión, podemos descubrir el final del camino, de la verdad y de la vida del Señor, que nos ha abierto las puertas de la eternidad de forma amplia y generosa.
Pero a este final glorioso se llega a través de la vida concreta, limitada y frágil, a la vez que confiada y gozosa, de nuestra historia humana. Una historia traspasada muchas veces por el dolor y el sufrimiento que provoca la injusticia, y otras sostenida por la esperanza de la entrega y la solidaridad de tantas personas que aman de verdad a sus semejantes. Pero sobre todo, una historia compartida por nuestro Dios en la persona de su Hijo, Jesús, camino, verdad y vida, que nos acompaña y sostiene en nuestro peregrinar hacia la meta prometida por el Padre.
El tiempo pascual que los discípulos del Señor vivieron junto a Él, y que se nos ha aproximado durante estos días a través de la Palabra de Dios proclamada, ha sido ante todo un tiempo de formación personal y espiritual, para afrontar el gran reto que ahora se les presenta. Ser ellos testigos y misioneros del evangelio.
La muerte de Jesús y su posterior resurrección, fueron dos hechos de tal magnitud que hacía falta un proceso para poder asimilarlo, comprenderlo y confesarlo con fe y gratitud. Los primeros momentos del tiempo pascual nos mostraban las grandes dificultades que tenían para aceptar esa verdad. Las dudas de Pedro y Juan que van corriendo al sepulcro para ver si es verdad lo que dice María Magdalena; Las palabras incrédulas de Tomás que necesita palpar y ver para creer. El silencio de los demás que no se atreven a preguntar en medio de sus dudas e incertidumbres.
Todo eso requiere ser madurado en el corazón, contrastado por la experiencia de los hermanos y acompañado por el Maestro que sigue vivo, animando y sosteniendo la fe de los suyos. Jesús realiza esta labor catequética para ayudarles a entender y prometerles la gran ayuda permanente del Espíritu Santo que pronto recibirán.
Este Espíritu completará en ellos la acción salvadora de Dios transformando sus temores en confianza y cambiando sus miedos por el compromiso misionero y evangelizador del mundo.
En la fiesta de la ascensión de Cristo, se nos está mostrando el destino último de nuestras vidas, el cielo y la tierra se unen en la persona de Jesucristo, y el camino que nos conduce a su gloria se nos ofrece como posibilidad futura y cierta.
Jesucristo desaparece de su mirada, pero no de sus vidas. El Señor que promete su presencia entre nosotros hasta el fin del mundo, será quien aliente sus trabajos y desvelos.
Ahora les toca a ellos proseguir con su misión; anunciar la Buena noticia a los pobres, la libertad a los cautivos, la salud a los enfermos y proclamar el año de gracia del señor. El mismo proyecto que Jesús ya anunció en aquella sinagoga de Nazaret.
Y esta misión evangelizadora cuenta con un gran potencial, la experiencia de ser testigos de lo acontecido. Ellos no hablan por puro sentimentalismo, ni defienden una idea vacía; ellos son testigos de una persona con la que han compartido su vida y que los ha transformado interiormente llenándoles de gozo de esperanza y haciendo de ellos hombres y mujeres nuevos, libres, entregados y dichosos.
Todo ello desde la convicción de que el Reino de Dios no es de este mundo, y por eso Jesús vuelve al lugar que le corresponde. Pero sabiendo que ese Reino ha comenzar en este mundo y que lo que pasa en la tierra no le es indiferente al Creador. Por eso no podemos desentendernos del presente ya que esa falta de amor y entrega a la obra realizada por Dios, nos haría indignos herederos de su promesa.
“Vosotros sois testigos de esto”. Testigos de la vida de Jesús, de su entrega, de su palabra y de su resurrección. Jesús nos envía ahora a cada uno de nosotros para prolongar su reinado cambiando radicalmente el presente para acercarlo al proyecto de Dios.
Jesús abrió con su vida un camino de esperanza y al acoger en su cruz a todos los crucificados por el sufrimiento y la injusticia, nos introduce en su mismo reino de amor y de paz. Esta esperanza que nos mantiene y fortalece se verá sostenida y fundamentada por la acción del Espíritu Santo que recibiremos en Pentecostés.
Que él nos ayude para seguir trabajando por transmitir esta fe a nuestros hermanos más alejados a fin de que ellos también sientan el gozo y la alegría que nos da el Señor. Y que nuestra entrega generosa y confiada sirva para sembrar la paz y la justicia entre nosotros, sabiendo que el Señor está y estará junto a nuestro lado todos los días hasta el fin del mundo.
viernes, 4 de mayo de 2012
HOMILIA V DE PASCUA
DOMINGO V DE PASCUA
6-5-12 (Ciclo B)
“Yo soy la vid, vosotros los sarmientos; el que permanece en mí y yo en él, ese da fruto abundante”.
Esta frase del evangelio, podemos acogerla hoy como el resumen de toda la Palabra proclamada, y además como el principio de la comunión en la Iglesia, nota fundamental de nuestro ser Pueblo de Dios.
Durante estos días vamos celebrando con alegría el tiempo gozoso de la Pascua. En el que recordamos el núcleo de nuestra fe, la resurrección del Señor. Somos cristianos porque reconocemos en Jesús a nuestro salvador, el Dios con nosotros que ha vencido a la muerte y nos ha abierto el camino de la vida en plenitud.
Toda la liturgia de este tiempo de gracia nos muestra cómo vivieron aquellos discípulos este momento tan importante. Unos se encontraron la tumba vacía, otros descubrieron a Jesús cuando huían hacia Emaús. Otros reciben su visita cuando encerrados por el miedo a los judíos más necesitaban de la fuerza del Señor.
Hay quien a pesar de todo no lo cree y necesita tocar personalmente a Jesús para aceptarlo. Y también habrá quienes crean en él sin haberlo visto nunca y se fíen del testimonio de otros creyentes.
Nuestra fe no es sólo la crédula aceptación de lo que otros dicen. Es una fe personalizada en nuestro encuentro personal con el Señor, y avalada por el compromiso auténtico de otros hermanos que a lo largo de los siglos han vivido la unidad de la fe, sabiendo compartir su esperanza y buscando honestamente la voluntad de Dios en cada momento.
Aquí está la única garantía que los cristianos tenemos de andar por el camino de la verdad, la comunión eclesial. Todos somos libres para pensar, decidir y optar en la vida, pero todo ello ha de estar iluminado por nuestra fe cristiana, la cual será auténtica y verdadera si se vive en la plena unidad eclesial. La comunión entre los cristianos que formamos la Iglesia es la única garantía de autenticidad y fidelidad a Cristo.
S. Pablo comprendió muy bien esta necesidad de comunión eclesial. El se sentía elegido por el mismo Jesús en aquel camino hacia Damasco. En su encuentro con el Resucitado experimenta una transformación vital, de modo que de perseguidor de los cristianos pasará a ser testigo cualificado de la fe. Elegido personalmente por el Señor para abrir el evangelio a los gentiles, a los alejados.
Sin embargo, y pese a saberse enviado por el mismo Jesucristo, siente que le falta algo fundamental, el reconocimiento del grupo de los discípulos de Jesús, y en especial de aquellos que el mismo Señor colocó al frente de su pueblo, los Apóstoles con Pedro a la cabeza.
No se puede ser cristiano por libre, al margen de la Iglesia. Una cosa es creer en algo, y otra muy distinta creer en Jesucristo. Las creencias u opiniones subjetivas no conllevan la entrega de toda la vida. La fe en Jesús implica su seguimiento, la adhesión vital a su persona y la vinculación al grupo de sus seguidores que es la comunidad cristiana, la Iglesia, fraternidad de hermanos que comparten su fe, congregados en el amor.
Así es como debemos vivir nuestra experiencia cristiana. Necesitamos de los demás para sentir de forma afectiva que somos parte de la gran familia cristiana. Por Jesús hemos descubierto el rostro paterno de Dios. En Jesús hemos sido adoptados como hijos por Dios y así nos reconocemos hermanos. Y es en esta fraternidad donde recibimos el envío misionero por el Espíritu Santo que se nos ha dado en el bautismo.
Fuera de la Iglesia se hace muy difícil vivir la fe en Jesús; y al margen de ella, es imposible asegurar que esa fe nuestra sea auténticamente cristiana.
La unidad entre la vid y los sarmientos es tan esencial, que si nos separamos del tronco que nutre la fe, que es Cristo, acabamos secando nuestra esperanza y vaciando de sentido nuestras opciones. Y esa unidad con el Jesucristo sólo se puede garantizar si vivimos unidos entre quienes nos reconocemos sus discípulos y hermanos en el amor del Señor. Lo cual no es por capricho nuestro, sino por expreso mandato suyo.
Para asegurar esta dimensión comunitaria, Jesús instituyó el grupo de los Doce. Aquellos discípulos del Señor que vivieron a su lado y recibieron de Él el envío de anunciar el Evangelio a todas las gentes, fueron sucedidos por otros hermanos en la fe, los obispos. Y en esta sucesión apostólica que llega hasta nuestros días, se sustenta la misión de velar por la unidad de la Iglesia, la comunión entre sus miembros y la garantía para que todos seamos realmente fieles seguidores de Cristo.
Los ministerios en la Iglesia no son motivo de poder, ni de orgullo, ni de prestigio social. Son servicios para la unidad, la verdad y la esperanza de todos. Ni el Papa ni los Obispos han de ser vistos como modelos de jefes o mandatarios a la usanza del poder civil. La autoridad en la Iglesia no es sinónimo de poder sino de sacrificio y entrega a los demás, y en todo caso su ejercicio no es para un beneficio personal sino como disponibilidad y entrega para el bien de los hermanos.
Cuando nos distanciamos del sentimiento unitario de la comunidad eclesial, y elevamos a categoría de absoluto nuestro propio pensamiento individual, cerrando la puerta al contraste y a la escucha de los hermanos, al final también nos cerramos a la palabra del mismo Dios. Y si perdemos esta necesaria referencia al evangelio de Jesús, convertiremos la fe en ideas sonoras, pero vacías de contenido real.
Precisamente esta falta de atención a la voz de los hermanos y de los pastores de la Iglesia, es lo que nos lleva a situarnos ante problemas cruciales del presente de una forma superficial y excesivamente a-crítica, dejándonos llevar por la marea del pensamiento hedonista, y perdiendo capacidad de ser luz y referente para los demás.
La identidad cristiana ha de unir la confesión de la fe en Jesucristo con el testimonio de una vida que se desarrolla en coherencia con su Evangelio. Y cuando surgen dudas legítimas en el ejercicio cotidiano de nuestras responsabilidades familiares y sociales, es más que razonable el intentar dirimirlas a la luz de la fe, mediante el contraste con otros creyentes en la comunión eclesial.
Vamos a pedir hoy al Señor por esta unidad esencial en su Iglesia, para que en medio de tantos intereses personales e ideológicos, no olvidemos nuestra vocación de hijos de Dios en permanente atención a su llamada, y dejemos que sea Jesucristo, el Señor, quien nos ayude a descubrir que nuestra dicha está en este proyecto de hermanos que él nos ofrece.
Que sintamos siempre que la comunión eclesial es similar a la unidad del sarmiento a la vid, y así vivamos una fe vigorosa y fecunda en medio de nuestro mundo, siendo luz que ilumine con la verdad del evangelio, y sal que dé sabor por nuestro testimonio generoso y fiel.
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