DOMINGO V DEL TIEMPO ORDINARIO
7-2-21 (Ciclo B)
Hoy es el día del Señor, en el que nos acercamos a nuestra comunidad cristiana para sentir este remanso de paz que nos ofrece la Palabra de Dios y ante la cual contemplamos nuestras vidas desde el gozo inmenso que nos produce el seguimiento de Cristo.
Así nos introducimos en la escena narrada en el evangelio, identificándonos con aquellos discípulos que acompañaban al Señor, descubriendo a un Jesús inagotable ante la ardua tarea de llevar la buena noticia de Dios a todos los rincones de su tierra. Un Jesús que escucha la voz de los necesitados, que se acerca a los enfermos y oprimidos, que libera y sana, y que permanentemente expulsa los demonios interiores que esclavizan y someten la voluntad del ser humano.
Y en esta jornada que compartimos a su lado, también observamos a un Jesús contemplativo, que busca sus momentos para orar y estar más cerca del Padre Dios. Esa es la fuente en la que sacia su sed y donde repara sus fuerzas. Sólo desde la plena confianza e intimidad con Dios, podemos explicarnos el tesón con el que afronta su destino y la autoridad que en todo momento transmite desde la coherencia de su vida.
La oración es para Jesús ese tiempo de encuentro y diálogo con Dios Padre. En ella relee cada día y cada acontecimiento, comparte su experiencia de gozo y de rechazo, se siente confortado para seguir adelante y a la vez pacificado para poder entregarse con absoluta libertad, a pesar de las amenazas y persecuciones que padezca.
Al contemplar el rostro de Dios, pone en su presencia a todos sus hijos más débiles y a quienes va ganando para la causa del Reino. No está solo, sus discípulos y muchos más van acogiendo el proyecto de vida de las bienaventuranzas y toman como senda la justicia, la fraternidad y la paz. En la oración, Jesús pone ante Dios sus preocupaciones y dificultades, sus desvelos y abandonos, pero sobre todo en ese encuentro con Dios colma de dicha y de fortaleza su alma para seguir con entusiasmo y fidelidad la misión que se le ha encomendado.
Esta experiencia también la hemos de vivir nosotros para poder sentirnos acompañados por el Señor en cada momento de nuestra vida, para ser fieles transmisores del evangelio de Jesucristo; “¡Ay de mí si no anuncio el Evangelio!” exclama el apóstol San Pablo en la segunda lectura que hemos escuchado. Esta es la misión fundamental de todo creyente. Anunciar la Buena Noticia de Jesucristo en cada acontecimiento y situación que nos toque vivir. Toda acción de la Iglesia ha de estar orientada a esta finalidad, a evangelizar. Nuestras reuniones de grupos, nuestros encuentros de formación, las acciones solidarias y caritativas, los compromisos sociales y políticos, las celebraciones litúrgicas y sacramentales, toda la vida de la Iglesia encuentra su razón de ser en el anuncio del Evangelio.
Los cristianos tenemos que ser
mensajeros de la Buena noticia que hemos recibido del Señor y que es donde se
asienta nuestra esperanza. Un anuncio que comienza por el testimonio personal,
que debe explicitarse con claridad en la transmisión de nuestra fe, y que
además se ha de materializar en el compromiso de nuestra vida para la
construcción del Reinado de Dios.
Es muy importante hacer muchas cosas,
pero lo fundamental es el porqué las hacemos y quién anima nuestra fe y
caridad.
Somos
mensajeros del amor de Dios manifestado en Jesucristo, y que a través de su
palabra hemos de seguir ofreciéndolo al mundo como camino, verdad y vida. Este
ha sido el testimonio de los santos y de los mártires a quienes tantas veces
recurrimos como intercesores y ejemplos de vida. Ellos dieron su vida por amor
a Cristo y a los hermanos, especialmente a los más necesitados, y esa entrega
es para la Iglesia, modelo de vida y de seguimiento del Señor.
El
creyente en Jesús ha de vivir esas actitudes del maestro; entregarse a los
necesitados, a los pobres y enfermos, a los más desamparados y marginados. Pero
ha de ser este un servicio y una entrega que se nutren de la oración y del
encuentro personal con Dios. Jesús mantenía esa relación estrecha con el Padre,
y a través de la oración encontraba luz en su camino y fortaleza para entregar
toda su vida a los demás.
Descubrir nuestro ser creyente en la
tarea evangelizadora nos llenará de gozo y nos mostrará la fecundidad del amor
de Dios en la entrega a los hermanos.
Necesitamos hoy quien acoja esta labor
con entusiasmo y confianza. Desde la clara conciencia de que no somos dueños
del evangelio sino sus servidores, pero siendo conscientes también de la
necesidad de nuestro trabajo, “porque la mies es mucha y los obreros pocos”.
Por esta razón debemos seguir animando a tantos hermanos nuestros con quienes
compartimos la fe, que se animen a entregar parte de su tiempo al servicio de
la comunidad eclesial. Porque todos somos necesarios en esta tarea
evangelizadora y es el mismo Jesús quien nos envía como misioneros en medio de
nuestras familias, trabajo y ambiente social.
Pidamos también al Señor que siga
suscitando personas entregadas a la comunidad para el bien de los hermanos.
Hombres y mujeres que desde la llamada a la vida religiosa y al sacerdocio
ministerial se entreguen al servicio de las comunidades cristianas para
congregarlas en la fe, animarlas en la esperanza y mantenerlas siempre en el
amor y la comunión eclesial. Personas que haciéndose cercanas a los demás, y en
especial a quienes sufren, sean siempre un testimonio del amor y la entrega de
Jesucristo en favor de toda la humanidad.
Pidamos hoy al Señor que nos ayude a
tener los mismos sentimientos que S. Pablo; vivir la fe con la plena conciencia
de nuestra responsabilidad y con el gozo de sentirnos agraciados por el amor de
Dios que siempre nos acompaña y fortalece. Porque como nos enseña el apóstol
“todo lo que hacemos por el evangelio, nos ayuda para participar también
nosotros de sus bienes”.
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