viernes, 1 de julio de 2016

DOMINGO XIV T.O.




DOMINGO XIV TIEMPO ORDINARIO

3-7-16 (Ciclo C)



El evangelio que acabamos de escuchar es de los llamados vocacionales y misioneros. En él Jesús llama nuestra atención sobre la enorme magnitud de la misión que tiene por delante y lo escaso del número de los operarios “la mies es mucha y los obreros pocos”.

San Lucas sitúa este texto en el centro mismo de su evangelio, un momento en el que Jesús va teniendo discípulos y seguidores como otros muchos profetas que anteriores a él también hablaban en nombre de Dios. Sin embargo las peculiaridades y los matices de su predicación y sobre todo de su estilo de vida, son bien distintos. Él no es un profeta más, de hecho cuando alguien así le considera enseguida lo va a negar. Tampoco es un intérprete de la ley al modo de los escribas y fariseos, y mucho menos pretende ocupar un lugar de autoridad religiosa.

Sin embargo es reconocido por muchos como una persona que les habla con autoridad, en quien las palabras se hacen verdad en su vida, y cuya entrega en favor de los pobres, enfermos y excluidos, sin exigir ni pedir nada a cambio, le hacen entrañable y único.

Desde ese conocimiento que sus discípulos van adquiriendo de él, realizarán por medio de Pedro, una confesión sin precedentes y de consecuencias extraordinarias, “Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo”.

Ha llegado el momento pues, de lanzarse a la misión de anunciar el Reino de Dios de forma abierta y entregada. Y esa tarea tan vasta y ardua requiere de personas dispuestas y entregadas, por eso además de enviar a los que están a su lado con toda la autoridad que él mismo posee, les insta a que rueguen “al dueño de la mies que envíe obreros a su mies”. No se trata sólo de trabajar por el evangelio, también debemos suscitar vocaciones que desarrollen esta labor con entusiasmo y generosidad.

El envío del Señor a preparar el terreno en el que se ha de sembrar la semilla de su Reino, es una tarea necesaria ayer, hoy y siempre. Y tomar conciencia de nuestra responsabilidad en esta misión, resulta en nuestros días algo urgente y fundamental para la vida de nuestras comunidades cristianas.



Ciertamente esta llamada es a todos los cristianos por igual. Todos, en virtud de nuestro bautismo, tenemos la misión de anunciar el evangelio mediante el anuncio explícito de Jesucristo en aquellos ambientes donde nos movemos, y comenzando por nuestro propio hogar; denunciando las injusticias y todo el mal que en el mundo se origina y que por oprimir al ser humano va contra el mismo Dios; dando testimonio de Jesucristo con nuestra forma de vivir y de relacionarnos con los demás; comprometiéndonos activamente en la transformación de nuestro mundo, asumiendo responsabilidades en la vida pública desde los valores de la justicia, la libertad, la paz y la caridad.

Pero junto a esta misión fundamental del cristiano, existen otras que han de ser asumidas de forma estable y permanente para el bien de la comunidad entera. Y me refiero a la vocación sacerdotal, religiosa y misionera; vocaciones esenciales en la vida de la Iglesia y sin las cuales ésta languidece y muere.



El servicio ministerial ha sido instituido por el mismo Jesucristo para el desarrollo y el cumplimiento de su misión. La  misión de anunciar el evangelio fue entregada a los discípulos por el mismo Jesús, a la vez que les encargaba velar por la comunión de manera que vivan la auténtica fraternidad que por la acción del Espíritu Santo congregue a todos en la unidad del amor, de la fe y de la esperanza.



De este modo han recibido del Señor el encargo de celebrar de forma constante el sacramento del amor y de la reconciliación.

 Mandatos como, “Haced esto en memoria mía”, y “lo que ates en la tierra quedará atado en el cielo”, son para nosotros alimento y estímulo en el seguimiento de Jesucristo, que por los sacramentos se hace presente en medio de su pueblo para nuestra salvación.

Para ello es necesario que sigamos pidiendo al Dueño de la mies que envíe obreros a su mies. La falta de vocaciones no es culpa de Dios, sino nuestra. No es Dios quien se ha olvidado de nosotros sino nosotros quienes tal vez no pidamos con suficiente confianza, sencillez y entrega, aquello que tanto necesitamos.

Pedir a Dios vocaciones nos implica a todos. A la Iglesia entera que ha de estar en permanente escucha para discernir los signos de los tiempos en los que hoy nos habla el Señor. Porque Dios sigue llamando a nuestra vida para encontrar en ella la disponibilidad necesaria a fin de llevar adelante su proyecto de salvación.



También es una llamada a las familias, que al pedir vocaciones a Dios han de suscitar en su seno un estilo generoso y dispuesto para acoger entre sus hijos e hijas el don de la vocación. Para vosotros padres y madres no ha de ser una desgracia el que vuestro hijo o hija abrace la vocación sacerdotal o religiosa, sino un don de Dios, un regalo que además de hacer feliz a vuestros hijos os llene de gozo a vosotros.

Con todo mi afecto os digo, que si de entre vuestros hijos e hijas no surgen vocaciones, que se sientan amparadas y queridas por sus padres, si en los hogares y familias cristianas no se valora este don de la llamada de Dios, en ningún otro hogar surgirán.



Y por último me dirijo a los jóvenes y a aquellos que todavía no habéis tomado una opción definitiva en vuestra vida. Abrid vuestro corazón al Señor. Dejad que resuene en él su llamada a vivir una vida entregada en el amor y en el servicio.

Toda opción conlleva sus renuncias y todo proyecto importante en la vida tiene sus dificultades. Pero os garantizo que si esa llamada es auténtica y la acogéis con entrega y confianza, será mucho mayor el gozo y la alegría que cualquier dificultad.

Dios no llama para hacernos unos desgraciados en la vida. Nos llama para estar con él en la intimidad de su amistad, para ser sus testigos en medio del mundo y así alentar la fe y la esperanza de su pueblo, el que nos sea encomendado. Todo ello para acercar el Reino de Dios a la vida de nuestros hermanos.



Que pidamos el don de la vocación con insistencia al Señor, y que estemos dispuestos a acogerlo si nos lo concede. Que nuestra Madre María nos abra el corazón a la acción de Dios como ella misma ofreció el suyo, y que la llena de gracia, nos infunda su alegría, aquella que proclamó la grandeza del Señor, porque ha hecho maravillas en nosotros.

viernes, 24 de junio de 2016

DOMINGO XIII T.O.



DOMINGO XIII TIEMPO ORDINARIO

26-06-16 (Ciclo C)



       Un domingo más nos reunimos entorno al Altar de la Palabra y de la Eucaristía para compartir juntos nuestra fe en el Señor. Y como en tantas ocasiones esta Palabra proclamada nos sitúa en la senda del seguimiento de Jesús tomando como espejo del propio la vida de aquellos discípulos y gentes cercanas al Maestro.



       Nuestra apertura a la fe en Jesucristo, es un lento aprendizaje como sin duda lo fue para los apóstoles del Señor. De la curiosidad inicial por un personaje del que nos han contado muchas cosas, y que sin duda nos ha resultado atrayente, pasamos a la admiración y a la amistad profunda y verdadera través de su conocimiento más personal. Si nos fijamos en el recorrido de los discípulos, vemos cómo van encontrando en su Maestro a alguien diferente en la forma de hablar de Dios y sobre todo fiel en el cumplimiento de su voluntad que será su alimento y su dicha. Esta autenticidad que manifiesta Jesús es lo que engancha el corazón de sus seguidores; autenticidad que se demuestra en el amor profundo y entregado a los pobres, la libertad que brota de sus gestos y palabras, el valor para situar al ser humano por encima incluso de las leyes que lo tratan injustamente o recortan su dignidad absoluta, aunque todo ello le acarree persecuciones, rechazos y hasta la muerte.



       Pese a esta adhesión sincera por parte de los discípulos, Jesús deberá enseñar pacientemente a los suyos que el camino a seguir no se recorre por sendas anchas y sencillas sino por rutas más difíciles y estrechas que llevan consigo sacrificios y renuncias. El mensaje que él nos trae no se puede imponer ni presentarlo con prepotencia ante el mundo. El Reino de Dios emergerá de forma sencilla a través de la vida y el testimonio del creyente, y sólo de esa manera será creíble para los demás. De poco nos sirven los grandes discursos y las bellas palabras si éstas no van acompañadas de una vida auténtica y coherente con lo que sale de nuestra boca.



       Para ello es necesario no sólo tener un corazón dispuesto, sino vivir con profundidad nuestra fe a través de la oración y enriquecerla con la experiencia creyente de los hermanos en la celebración comunitaria de la fe. Si sólo nos dejamos llevar por el mero sentimiento individual, nos pasará como a aquel joven del evangelio que se acerca al Señor para decirle alegremente que le seguirá a donde él vaya, pero le falta realismo y fondo, y ante la primera dificultad que se le presenta renunciará a seguirle y se quedará frustrado en el camino.



       También nos puede suceder como a los apóstoles del Señor, que en su afán para que las cosas cambien y mejoren conforme al plan de Dios, crean que la mejor forma de hacerlo es mediante la imposición y la fuerza. Santiago y Juan son presentados como los apóstoles del valor y del genio. Simbolizan esa personalidad fuerte y vigorosa del creyente que anhela la venida del Reino de Dios, pero que a la vez caen en la tentación de confundir los medios corriendo el peligro del fundamentalismo religioso que resulta impaciente, intolerante y muy peligroso. Jesús regañará esa actitud y les irá presentando que el único camino que conduce al reinado de Dios es el que se realiza entregando la propia vida, y que los únicos medios legítimos para ello son los que provienen del amor, el servicio y la misericordia. “Sed esclavos unos de otros por amor”, nos dice S. Pablo.

Nuestra misión es anunciar a Jesucristo siempre y en todo lugar, primero con nuestra vida coherente, solidaria y fraterna, después con la palabra oportuna, clara y sencilla, que ofrezca generosamente el don recibido de la fe. Y junto a este testimonio personal y al anuncio explícito de Jesucristo que lo acompaña, debe el cristiano vivir el compromiso transformador de la realidad presente, a fin de luchar sin descanso por un mundo más justo y humano donde nazca el Reino de nuestro Dios.

       Hoy se celebra en la Iglesia una jornada de comunión y cercanía con el Papa. A punto de celebrar la fiesta de S. Pedro y S. Pablo el próximo martes 29, miramos al sucesor del pescador de Galilea que hoy está al frente de esta nave que es la Iglesia.

       La figura del Papa ha sido siempre fundamental para la comunidad cristiana. Él recogió de manos del Señor el testigo y  la responsabilidad de seguir manteniendo unida a su Iglesia. Hacer que la misión evangelizadora se desarrolle en todos los lugares del mundo y que la comunidad cristiana viva con fidelidad el mensaje recibido de su Señor. Para ello cuenta con el apoyo de sus hermanos Obispos (sucesores también de los apóstoles), y el aliento del Espíritu Santo.



       Todos somos misioneros y participamos por el bautismo recibido, de la misma misión de la Iglesia. Pero no cabe duda de que reconocemos en la figura del Papa Francisco hoy, como en la de sus antecesores, la grave tarea que ha de desempeñar y el apoyo que de todos los creyentes necesita. Nuestra oración por él y por el acierto en su misión, nuestra cooperación en la tarea de la Iglesia a través de nuestros compromisos que aquí desarrollamos, y la voluntaria aportación económica que hoy se realice, han de contribuir al fortalecimiento del Pueblo de Dios y de la fe de todos sus miembros.



       Cada vez que nos reunimos para alabar juntos al Señor, sale reconfortada nuestra fraternidad y fortalecida nuestra fe. Hoy nos sentimos especialmente unidos al Papa Francisco en su misión al frente de la Iglesia y pedimos al Señor que lo sostenga y lo anime en el desempeño de su pastoreo universal. Y que Dios que no ha abandonado nunca a su Iglesia, la siga protegiendo y alentando mediante la vida y la entrega de buenos pastores.

viernes, 17 de junio de 2016

DOMINGO XII T.O.



DOMINGO XII TIEMPO ORDINARIO

19-06-16 (Ciclo C)



Un domingo más somos invitados por el Señor para celebrar el inmenso don de la fe como comunidad de hermanos e hijos de Dios. En esto consiste el núcleo del domingo, el Día del Señor; una jornada que para los cristianos ha de estar centrada en esta Asamblea pascual, porque de ella vive y se nutre toda nuestra espiritualidad y existencia.

Y en este tiempo litúrgico ordinario, vamos acompañando a Jesús en los momentos cotidianos de su vida, para conocerle mejor, escuchar su enseñanza, recibir su llamada de a discípulos suyos y fortalecer nuestros vínculos de amor y amistad con él y con los hermanos.

En este día la Palabra de Dios nos invita precisamente a valorar esta actitud personal de ser seguidores del Señor. Algo que también tuvieron que discernir aquellos apóstoles de la primera hora, y que como a nosotros, no siempre les resultó fácil de comprender y asumir.



En el caminar diario junto a Jesús, han pasado por muchas etapas y superado muchos escollos. De la llamada inicial y la curiosidad que en ellos se despertó, tras el conocimiento personal y el afecto profundo, llega el momento de dar su respuesta personal y fundamental. Respuesta que cambiará toda su vida.



Jesús es consciente de que entre las muchas personas que le siguen ha despertado ilusiones y expectativas diversas. Y así cuando se encuentra a solas con sus amigos, les pregunta sobre esta cuestión; ¿qué dicen de mí?

Y en la respuesta de los discípulos se va dibujando las esperanzas de tantas personas sedientas de sentido y de una auténtica liberación, ya que los personajes con los cuales identificaban a Jesús, Juan el Bautista, Elías o uno de los profetas, eran precisamente aquellos que en su tiempo encarnaron la esperanza salvadora de Israel.

Y es de destacar, que Jesús no rechaza estas semejanzas para con su persona. De hecho él ha vivido totalmente volcado en el cumplimiento de la voluntad del Padre Dios, mostrando con su vida y su palabra un nuevo camino de vida y plenitud que suscita en quienes le siguen, la gracia y la paz.



Pero a Jesús lo que realmente le interesa es hasta dónde le han conocido sus más íntimos, aquellos con los que lleva tres años compartiendo la totalidad de su vida, su intimidad, su espiritualidad.

Y Pedro, quien tantas veces asume la representación de sus hermanos, da el mayor paso de toda su vida, “Tú eres el Mesías de Dios”. Pedro no define a la persona, Pedro confiesa al mismo Dios. Pedro ha realizado en su alma una transformación vital que ya no le dejará indiferente ni al margen de lo que suceda con su Señor. Y con Pedro los demás apóstoles que asienten lo definido por él.

Sin embargo todavía no se puede hablar abiertamente de esto, y así Jesús les impone el silencio. Y no porque sea errónea su experiencia, sino porque les falta asumir y aceptar la otra cara de su mesianismo y que inmediatamente les pasa a relatar; “El Hijo del hombre debe sufrir mucho y ser reprobado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, ser condenado a muerte y resucitar al tercer día”.

 La euforia de la confesión mesiánica de Jesús, se desvanece ante el anuncio del destino de su vida. Y les muestra que la única manera de confesar de forma auténtica que Jesús es el Mesías de Dios, pasa necesariamente por la aceptación del camino hacia el Calvario que debe tomar.

Este hecho no fue sencillo de asumir por aquellos discípulos, como tampoco lo es para nosotros. De hecho cuando S. Mateo narra en su cap. 16 este episodio, muestra como Pedro intenta disuadir a Jesús para que no tome ese camino de sacrificio absoluto, y cómo Jesús se enfrenta duramente a él porque “piensa como los hombres y no como Dios”.

Nosotros queremos tomar siempre el camino fácil, evitar los sacrificios, vivir en la permanente carcajada. Y sin embargo la vida real, nos guste o no, contiene sus muchas renuncias y conflictos que necesariamente se han de asumir para vivir en verdad y fidelidad.

La cruz de Jesús no fue urdida por Dios de forma inmisericorde. La cruz fue la consecuencia de la vida fiel, entregada y auténtica de aquel que buscó por encima de todo el Reinado de Dios y su justicia; el amor universal frente al odio; la misericordia y el perdón frente a la venganza; la caridad frente al egoísmo; la paz y la concordia frente a la violencia y la división.

Luchar contra el mal de este mundo y denunciar valientemente a quienes eran sus principales causantes, los poderosos y egoístas cuya ambición no tiene límites, fue la causa de la pasión del Señor. Pero al matar al Justo, no acabaron con el ansia de justicia, al crucificar al Santo, no exterminaron la santidad del Pueblo de Dios que sigue clamando al cielo ante el sufrimiento del ser humano. Porque lo mismo que han existido siempre quienes desean optar por el camino fácil de la manipulación y el triunfo individualista, también han brillado con fuerza quienes recibiendo la luz de Cristo, se han entregado y se entregan siguiendo fielmente su llamada en el amor.



Hoy somos nosotros quienes tenemos que seguir confesando a Jesús como nuestro Mesías y Salvador. Sabiendo que al igual que a los apóstoles del Señor, a nosotros también nos cuesta aceptar los sacrificios que la coherencia de una fe vivida en autenticidad conlleva.

Pero sobre todos debemos tener presente que la fuerza no reside en nuestras capacidades humanas. No fueron las dotes de los discípulos lo que les llevó a mantenerse fieles, de hecho en el momento de la verdad abandonaron al Señor. Fue la fuerza del Espíritu de Cristo resucitado la que revitalizó aquellas vidas heridas para lanzarlas con ímpetu a la evangelización del mundo entero. Y nosotros somos también portadores de este mismo Espíritu, que nos anima y mantiene fieles en la fe y la esperanza.

La Eucaristía es el alimento que renueva esta esperanza manteniéndonos unidos en el amor. Que hoy sintamos con gozo la presencia del Señor cercano y amigo, que nos sigue preguntando a cada uno quién es él para nosotros. De modo que viviendo esta genuina fraternidad, le respondamos con fe y convicción, “tú eres el Mesías”, nuestro Señor.

viernes, 10 de junio de 2016

DOMINGO XI T.O.



DOMINGO XI TIEMPO ORDINARIO

12-06-16 (Ciclo C)



Un domingo más nos reunimos la comunidad cristiana para celebrar juntos nuestra fe, donde la vida de Jesús y su quehacer cotidiano, nos va mostrando las actitudes de misericordia y amor que llenan su vida y su entrega a los demás.



Dos son las cuestiones que la Palabra escuchada nos invita a profundizar en nuestra vida. Por una parte la experiencia del perdón y el ejercicio de la misericordia, y por la otra la realidad de la fe como única fuente de salvación.

En la primera lectura, el breve texto escuchado del segundo libro de Samuel, nos muestra la infidelidad del rey David y su posterior conversión. David que lo posee todo, se deja vencer por el deseo carnal, cayendo en la corrupción y llegando a asesinar a uno de sus soldados para así adueñarse de su esposa y tapar el grave pecado de adulterio cometido con ella. Dios le confronta con severidad ante la perversión de su corazón, y el profeta Natán, le hace caer en la cuenta de su pecado.

David reconduce su vida, siente con amargura las consecuencias del mal cometido y pide humildemente perdón, de tal modo que el mismo profeta le devuelve la esperanza y le conforta por su conversión. En breves líneas, se nos transmite toda una experiencia de vida. No es tan fácil ni tan rápido provocar un cambio radical en la existencia de quienes han optado por la senda del mal. Y tampoco suscitar en el resto de los fieles entrañas de misericordia y acogida para con el hermano arrepentido. Con frecuencia nos quedamos sólo en la parte oscura de esas vidas criminales, y nos conformamos con que esa gente sea entregada a la justicia y cumpla su condena. Todo lo demás nos es indiferente. No nos importa su reinserción, ni su regeneración como persona, ni su conversión como cristiano. Y esta dinámica habitual de nuestro tiempo, en el fondo nos hace insensibles a los demás.

Nuestra fe en Jesucristo no puede quedarse en la condena del pecador. Sería una actitud contraria a la vida de Cristo que vino para salvar y no para condenar, y cuya muerte y resurrección son la fuente de la redención universal y gratuita de Dios.



Cuando hablamos del pecado y del perdón, debemos también aproximarnos a las vidas de quienes se han hundido en el mal y necesitan su regeneración humana y social. Y aunque la justicia sea necesaria y el cumplimiento de su penitencia deba ser proporcional al mal cometido, todo eso debe tener como horizonte fundamental la re-humanización de quien por su propia degeneración, consciente o inducida, ha caído en el mal de su perversión personal y criminal.



Qué nos enseña la fe en Jesucristo, ante esta realidad del mal y el pecado. Que por una parte tenemos la responsabilidad de hacer consciente al hermano del mal que ha cometido, y por otra vencer nuestro afán de venganza y de justicia desencarnada para favorecer la sanación del pecador, y todo ello desde la absoluta confianza en la acción salvífica del amor de Dios capaz de provocar la auténtica conversión del pecador y su rescate para la vida en plenitud.



Los fariseos del evangelio le reprochan a Jesús el que se deje contaminar por el contacto con la pecadora. Ponen en tela de juicio su honestidad y autenticidad de palabra y obra, porque no repudia a quien ha pecado gravemente.

Y Jesús no necesita justificar su actitud, lo que hace es plantear una cuestión muy sencilla y evidente; a quien mucho se le perdona mucho tiene que agradecer porque ha recibido mucho amor.

Pero a quien poco se le perdona, poco ama.

Y ante todo nos deja bien claro que es la gratuidad del amor de Dios lo que en este caso se pone en juego. “Tu fe te ha salvado”. No son el cumplimiento de las normas y las leyes, o el ejercicio de grandes obras y misiones lo que nos trae la salvación, sino la fe en Jesucristo. Es la fe y sólo la fe, lo que conduce a una vida nueva porque nos regenera y nos transforma.

Si fueran nuestras obras la fuente de la gracia, Dios nos sobraría. No necesitaríamos de Dios para nada, ya que sería la capacidad humana la única necesaria para la salvación. Pero que necedad opinar así. Por mucho que nos esforcemos y por grandes que sean las obras de las que podemos ser autores, la verdad es que el amor de Dios es gracia y don. Dios nos ha amado primero sin necesidad de que nosotros hagamos nada para corresponderle, y la única razón de nuestra respuesta está en el gozo que sentimos al sabernos amados por él.

Un padre o una madre, aman a sus hijos mucho antes de que estos siquiera hayan nacido, y mucho antes de que puedan recibir ninguna respuesta a su amor. El amor de Dios es igualmente gratuito e inmenso, y ese amor es el que nos hace hijos suyos, criaturas de su propiedad y destinatarios de su salvación.



Nuestras obras son necesarias como respuesta a ese amor. La única manera de sentir el amor es correspondiendo de la misma manera; porque “amor, con amor se paga”. Y además ninguna otra respuesta, que no sean el amor y la fe, es agradable a Dios.



Muchas veces caemos en la tentación de creer que nuestro cristianismo depende de las obras que hacemos. De nuestro compromiso a favor de la justicia y del bien de los demás. Y aunque las buenas obras hablan bien de quienes las realizan, en ellas no está la fuente de la fe. La única fuente y su fundamento es Jesucristo, y sólo él. Por muchas obras buenas que realicemos, si nos falta este fundamento de nada nos sirven. Y este es un riesgo que en nuestro mundo materialista podemos correr con facilidad. Tendemos a materializarlo e instrumentalizarlo todo, hasta el amor y la fe. Y estas son realidades absolutamente gratuitas.

Hoy es un día de acción de gracias, y esta gratitud encuentra su mejor expresión en la vivencia de la Eucaristía, perfecta acción de gracias a Dios por el don de Jesucristo que se nos entrega como alimento de salvación.

Que sepamos acoger con gratitud este don del amor del Señor, y que al vivirlo de forma fraterna, extendamos con generosa abundancia sus frutos, para el bien de nuestros hermanos.


jueves, 26 de mayo de 2016

CORPUS CHRISTI



SOLEMNIDAD DEL CUERPO Y SANGRE DE CRISTO

CORPUS CHRISTI  29-05-16



       Un año más celebramos la fiesta del Cuerpo y la Sangre de Jesucristo. Memorial de su Pasión, muerte y resurrección, y Sacramento de su amor universal. Precisamente por ese amor entregado para nuestra salvación, podemos unir en esta fiesta del Corpus el día de la Caridad. Al compartir el alimento que nos une íntimamente a Cristo nos hacemos partícipes de su  mandato “haced esto en memoria mía”, aceptando su envío en medio de los más pobres para compartir con ellos nuestra vida y nuestra fe.

En esta fiesta litúrgica de hoy, la Iglesia nos invita a profundizar en el don inmenso de la Eucaristía. Como nos enseña el Vaticano II, "Nuestro Salvador, en la última Cena, la noche en que fue entregado, instituyó el sacrificio eucarístico de su cuerpo y su sangre para perpetuar por los siglos, hasta su vuelta, el sacrificio de la cruz y confiar así a su Esposa amada, la Iglesia, el memorial de su muerte y resurrección, sacramento de piedad, signo de unidad, vínculo de amor, banquete pascual en el que se recibe a Cristo, el alma se llena de gracia y se nos da una prenda de la gloria futura" (SC 47).

Desde esta fidelidad al don recibido de manos del Señor, no podemos separar la eucaristía de la caridad. Los cristianos que nos reunimos para escuchar la palabra del Señor y compartir el pan de la vida que él nos da, hemos de prolongar esta fraternidad eucarística en el mundo nuestro, junto a los hermanos que carecen de afecto, de medios, de una vida digna y feliz.

       No todo el mundo vive dignamente, de hecho somos una minoría los que en el mundo actual podemos agradecer esta vida digna. La mayoría de la población mundial carece de los recursos necesarios para una subsistencia adecuada. Y en vez de acoger su precariedad para sentirnos solidarios con ellos, muchas veces nos fijamos en aquellos que se enriquecen con facilidad y rapidez poniéndolos como modelos a seguir, y hasta envidiándolos por su opulencia.

Una cosa es luchar legítimamente por alcanzar esa vida digna a la que todos tenemos derecho y otra muy distinta la ambición desmesurada que al final nos endurece el corazón hasta llevarnos al egoísmo y a la idolatría del dinero.

La entrega de Jesucristo en la cruz, nos abre la puerta de la redención. Y aquella entrega viene precedida de una vida sensible para con los necesitados, los enfermos, los pobres y los marginados.

A Jesucristo resucitado se llega por medio de una vida ungida por el Espíritu de Dios para anunciar la Buena Noticia a los pobres, la libertad a los oprimidos, la salud a los enfermos y la salvación para aquellos que acogen este don de Dios.

       Cristo nos dejó su testamento en el cual nos ha incluido a todos y no sólo a unos privilegiados. La vida en este mundo es injusta y desigual no porque Dios lo haya querido sino porque nosotros lo hemos causado. Dios no quiere que haya pobres y ricos, rechaza la injusticia que causa este mal, y nos llama a su seguimiento a través del camino de la auténtica fraternidad y solidaridad.

       Este testamento de Cristo lo actualizamos cada vez que nos acercamos a su altar. Su Cuerpo y su Sangre entregadas por nosotros, y compartidos con un sentimiento fraterno y solidario, nos unen a la persona de nuestro Señor Jesucristo y a su proyecto salvador. Por eso “cada vez que comemos de este pan y bebemos de este cáliz, anunciamos tu muerte y tu resurrección hasta que vuelvas”.

       Por eso, cada vez que comemos y bebemos el Cuerpo y la Sangre del Señor, nos unimos vitalmente a Cristo para prolongar con nuestra vida y entrega, su obra misericordiosa en medio de nuestros hermanos más necesitados, a los cuales somos enviados como testigos del amor de Dios.

       La caridad no se hace, se vive. No hacemos caridad cuando damos dinero a un pobre, vivimos la caridad cuando nos preocupamos por su vida, buscamos cómo atenderla mejor, y nos esforzamos por acompañarle a salir de su situación para siempre.

       Vivir la caridad es prolongar la Eucaristía del Señor, su cuerpo y su sangre derramada por amor a todos, para la salvación de todos. Las palabras que día tras día escuchamos en la Consagración nos muestran que Jesús no economizó su entrega sino que fue universal y por siempre.

       Desde aquel momento en el que nacía la Iglesia, ésta siempre tuvo como acción primera y fundamental, unida al anuncio de Jesucristo, la vivencia de la caridad.  Atender a los pobres y necesitados estaba unido a la oración y a la fracción del pan de tal manera que no se podía permitir que en la comunidad de los cristianos alguien pasara necesidad.

En esta fiesta debemos también recuperar la conciencia del don que el señor ha puesto en nuestras manos. La Eucaristía hace a la Iglesia y la Iglesia hace la Eucaristía (nos enseña el Concilio Vaticano II). Por eso la celebración eucarística trasciende nuestra realidad local y se une a la vivencia universal de la Iglesia. No podemos celebrar la eucaristía más que en la comunión eclesial, ya que es el Señor quien se hace presente en medio de su pueblo, congregado en la unidad del Espíritu por el vínculo de la paz.

       Vamos a pedir en esta Eucaristía que el Señor nos ayude a vivir con gratitud este don esencial para nuestra vida espiritual. Sin eucaristía no hay Iglesia, y por lo tanto la fe se descompone. Esforcémonos también, por recuperar nuestra capacidad solidaria y fraterna para poder compartir con autenticidad el pan de la unidad y del amor.

sábado, 21 de mayo de 2016

SOLEMNIDAD DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD



SOLEMNIDAD DE LA SANTISIMA TRINIDAD

22-5-16 (Ciclo C)



       Celebramos hoy la fiesta de la Santísima Trinidad, en la que vivimos y contemplamos de forma unitaria la realidad de nuestro Dios. Un Dios que es Padre, Hijo y Espíritu Santo.

       Tres Personas distintas y Un solo Dios verdadero, que nos enseña la doctrina eclesial. Tres Personas divinas diferentes, con sus maneras de actuar en la historia del ser humano, pero que son el mismo Dios único en quien creemos y que se hace uno con nosotros, acompaña nuestra vida y nos llena de sentido, alegría y esperanza.

       Muchas veces hemos escuchado que la Santísima Trinidad es un misterio. Y es verdad porque todo lo que hace referencia a Dios desborda nuestra comprensión y entendimiento. Las mismas personas somos un misterio y siempre hay algo en el otro, por muy bien que le conozcamos, que nos queda por descubrir. Hemos sido creados distintos, únicos e irrepetibles, libres, capaces de recrear nuestro ser y forjarnos nuestro futuro.

       Esta realidad siempre novedosa y distante es mayor si nos referimos a Dios. Nadie puede acapararlo en su mente o en su corazón. Dios siempre escapa a nuestra capacidad de comprensión o de explicación.

       El mayor acercamiento que hemos podido tener para con la realidad divina ha sido posible a través de Jesús. Todo el evangelio nos narra la experiencia de Dios que vivía Jesús. Una experiencia intensa, íntima y tan profunda, que sólo podía definirse y explicarse mediante una palabra Padre “Abba”.

       Dios era para Jesús el Padre. Ese Dios que se había manifestado en la historia a los patriarcas y a los profetas, ahora interviene de una forma personal y cercana en el Hijo Jesús. Así lo va experimentando el Señor a lo largo de su vida, y a través de esa unidad entre el Padre y el Hijo se pueden comprender las palabras y los gestos que Jesús manifestaba. Su predilección por los últimos, su cercanía a los enfermos y necesitados, su defensa de los oprimidos y marginados, todo ello no es más que parte de esa vida de Dios que se desborda para llevar a su plenitud la obra por él creada. La cual culminará en la entrega de la propia vida para la salvación de todos. Porque en la muerte y resurrección del Hijo Jesús, todos hemos sido constituidos hijos de Dios.

       Esta experiencia se transmite a los apóstoles, testigos privilegiados de esa relación paterno-filial entre Dios y Jesús. Pero sólo llegarán a su comprensión, y a su posterior anuncio universal cuando conforme a la promesa del Señor, reciban el Espíritu Santo. Entonces, como escuchábamos el pasado domingo en la fiesta de Pentecostés, se les abrirá el entendimiento y se les llenará el corazón de alegría para salir al mundo entero y anunciar la Buena Noticia de Jesucristo, haciendo que llegue hasta nosotros.

       Todos podemos vivir y celebrar esta experiencia de la fe. Sentirnos profundamente unidos al Padre, mediante la acción del Espíritu Santo en el seguimiento de Jesucristo, el Señor. Esta experiencia se fundamente en la oración y en la contemplación, y por eso en esta fiesta de la Stma. Trinidad celebramos también la vida de nuestros hermanos y hermanas religiosos de vida contemplativa. Personas entregadas a la oración, para acercar a Dios las vidas de los hombres y a todos nosotros señalarnos que nuestra meta definitiva está más allá del presente.

       Muchas veces nos preguntarnos, ¿qué hacen esas personas? ¿no serían más útiles atendiendo a los necesitados, o en misiones...? Y a veces lo preguntamos con la sana intención de comprender, otras con la excusa de no implicarnos nosotros. Ante determinadas conductas y formas de vida merece la pena buscar la fuente de donde manan.

       Hay comportamientos que nos sorprenden. ¿Por qué el religioso Maximiliano Kolbe pidió ocupar el lugar de un padre de familia condenado a muerte en el campo de exterminio de Auschwitz? ¿Por qué la madre Teresa de Calcuta se entregó enteramente a cuidar a los más pobres entre los pobres?

       La vida religiosa encuentra su explicación en la misma fuente, en Dios. Hay comportamientos que sólo se explican desde la fe, “solo Dios basta” dirá Teresa de Jesús. Su vocación se debe al amor, un amor que encuentra su fuente en Dios, para entregarse enteramente al servicio de los hermanos y así dejar que el manantial de la fe llegue hasta límites insospechados.

       Las vidas de tantos hombres y mujeres dedicados a la oración, sin otra meta que no sea la búsqueda de Dios en el silencio, la soledad, la pobreza y sobriedad, la vida de comunidad y el trabajo para vivir y ayudar a otras personas, es en nuestros días una permanente llamada de atención sobre nuestras aspiraciones y metas.

       La vida contemplativa es “testimonio de la primacía absoluta de Dios y es signo de esperanza en la dimensión trascendente de la existencia humana”. Y esta vida en medio de un mundo como el nuestro donde el éxito, la comodidad, y la posesión de bienes constituyen valores supremos, choca de forma clara, y es para los cristianos una permanente llamada a recuperar el horizonte de los valores fundamentales de la fe.

       Hoy tenemos que dar las gracias a Dios por seguir llamando a la vocación contemplativa a personas de nuestro tiempo. Hombres y mujeres conocedores de los grandes problemas que subyugan al mundo y cuya solución supera nuestra voluntad y capacidad. Necesitamos de estos hermanos y hermanas que se preocupen de nosotros en su oración, y en cuyos desvelos nos tienen siempre presentes.

       La vida de oración de nuestros monasterios no es para disfrute de sus moradores sino para beneficio de toda la Iglesia y de la humanidad entera. Ningún cristiano puede dedicar su vida a huir del mundo, en todo caso se enfrentará a él de forma radical con las armas del amor, del el servicio y de la oración confiada. Y si bien es verdad que no todos podemos ser llamados a la misma tarea, y que cada uno ha de encontrar su vocación para sentirse plenamente realizado, igualmente cierto es que todos nos necesitamos y que las vocaciones de los demás complementan la mía propia.

       Ser conscientes de esto y dar gracias a Dios por ello, a todos nos enriquece y nos ayuda a valorarnos mutuamente desde el afecto, el respeto y la gratitud.

       En la fiesta de la Stma. Trinidad, pedimos al Padre que siga enviando obreros a su mies, donde podamos seguir los pasos y el ejemplo de vida del Hijo, construyendo con la fuerza del Espíritu Santo el Reino de Dios.

jueves, 12 de mayo de 2016

PENTECOSTÉS



DOMINGO DE PENTECOSTES

15-05-16 (Ciclo C)



      Celebramos hoy la fiesta de Pentecostés, el día en el que Dios vuelve a entregarse a nosotros en la Tercera Persona de la Santísima Trinidad, el Espíritu Santo. Por medio de Él, la Iglesia de Cristo toma conciencia de su misión, y se siente llamada a ser evangelizadora de todos los pueblos.

      Si en la fiesta de la Ascensión del Señor recibíamos el mandato misionero de Cristo resucitado, “Id por todo el mundo y anunciad el evangelio....”, hoy recibimos se nos otorga el Don, la fuerza necesaria, para poder desarrollar esta misión desde la fidelidad al amor de Dios y en comunión con toda la Iglesia.

      Pentecostés es la fiesta del Espíritu Santo, el Dios siempre a nuestro lado que sostiene, anima y alienta nuestra fe y nuestra esperanza para que sea germen de inmensa alegría en nuestros corazones y estímulo para seguir siempre al Señor en cada momento de la vida.

      Muchos son los dones que del Espíritu recibimos, sabiduría, entendimiento, consejo, fortaleza, ciencia, piedad, santo temor de Dios, todos ellos orientados a nuestra vinculación íntima con Dios, la construcción de su Reino y todo ello manifestado en la comunión eclesial, expresión de nuestra vinculación con Jesucristo. El Espíritu  Santo es quien anima y da valor en los momentos de debilidad, quien sostiene y alienta ante la adversidad, quien mantiene viva la llama de la esperanza cuando todo parece oscurecerse en nuestra vida, quien nos inunda con un sentimiento de gozo interno desde el que contemplar la vida con ilusión y confianza.

      El Espíritu Santo es quien garantiza que nuestra fe está unida a la vida de Jesús que se hace presente en medio de su Pueblo santo, y quien en cada momento de nuestro existir nos conduce con mano amorosa para vivir el gozo del encuentro personal con él, fomentando la experiencia de la auténtica fraternidad entre todos los hermanos.

      El Espíritu Santo nos une al Padre a través de su amor, y nos hace conscientes de que hemos sido transformados en herederos de su Reino a través de su Hijo Jesús.

      Fue el Espíritu quien acompañó a Jesús en todos los momentos de su vida. El mismo Espíritu que lo proclama “el Hijo amado” de Dios en su bautismo. Fue el Espíritu Santo quien ayuda a comprender a los discípulos que aquel a quien siguen por Galilea no es un hombre cualquiera, sino que es el Salvador, el Mesías.

      Será el Espíritu Santo quien mantenga en la agonía de Jesús la fuerza para entregar en las manos del Padre el último aliento de su vida. Y es que el Espíritu Santo no deja jamás de su mano a quienes han sido constituidos hijos de Dios.

      Pero esta experiencia personal, profunda y desbordante, la tenemos que vivir en la Iglesia y a través de ella construir nuestra comunidad. Ningún don de Dios es para fomentar el egoísmo personal. Todo don del Espíritu está orientado a construir la comunidad desde la fe, la esperanza y el amor.

      Así vemos, según nos cuenta el libro de los Hechos de los Apóstoles, cómo al recibir el don del Espíritu Santo, los Apóstoles salen a anunciar la Buena Noticia a todos los congregados en Jerusalén, y lo hacen de modo que todos les comprendan.



      Desde el momento de la Creación ha sido voluntad de Dios, que todos sus hijos se salven, para lo cual fue acompañando bajo su mano amorosa a la humanidad de todos los tiempos. Y cuando llegó el momento culminante, envió a su Hijo amado para que por medio de su palabra, su testimonio y la entrega de su vida, todos sintiéramos el amor de Dios y acogiéramos ese don en nuestras vidas.

La vuelta del Hijo de Dios a su Reino, no nos deja abandonados, sigue con nosotros por medio del Espíritu Santo sosteniendo y alentando nuestra esperanza de manera que en nuestro corazón crezca cada día la certeza de participar un día de su promesa de vida eterna.

      Este sentimiento será más fuerte en la medida en que afiancemos en nosotros la comunión eclesial, la unidad fraterna entre los hermanos. La comunión, el sentimiento afectivo de unidad y concordia, es la garantía de que nuestra fe es auténtica. Donde hay división y enfrentamiento, no está el Espíritu Santo; el individualismo y la discordia no están alentados por el Espíritu Santo. Las palabras del Señor “que todos sean uno, como tu, Padre, y yo somos uno”, han de resonar siempre en el corazón de la Iglesia como el único camino para abrirnos al don del Espíritu Santo.



      Hoy volvemos a acoger este don que ya en nuestro bautismo recibimos de una vez y para siempre. En el Espíritu Santo hemos sido hechos hijos de Dios, y aunque ese amor jamás nos será arrebatado, de nosotros depende en gran medida que cada día crezca y madure en lo más hondo de nuestra alma. Así nos llenará de dicha y alegría, nos identificará ante los demás como seguidores de Jesucristo, y nos sostendrá en cada momento de nuestra existencia.

      Acojamos, pues con gratitud, el regalo del Espíritu Santo, y pidámosle que su fuerza regeneradora nos ayude a trabajar cada día en favor del reinado de Dios, de manera que contribuyamos con nuestra fe, amor y esperanza, a la emergencia de una sociedad nueva, en la que la dignidad humana, la libertad del corazón y la luz de la verdad, nos ayuden a acogernos como hermanos y a sentir el gozo de sabernos hijos de Dios.