sábado, 11 de septiembre de 2021

DOMINGO XXIV TIEMPO ORDINARIO

 


DOMINGO XXIV TIEMPO ORDINARIO

12-09-21 (Ciclo B)


         Acabamos de escuchar un evangelio sobradamente conocido por todos ya que es de esas escenas que se repiten en los tres evangelistas llamados sinópticos (Mateo, Lucas y Marcos), y que en los tres ciclos litúrgicos se nos proclaman.

San Marcos sitúa este pasaje en el centro de su evangelio, justo cuando Jesús ha concluido el tiempo de anunciar el Reino de Dios junto a sus discípulos por tierras de Galilea, y se dispone a consumar su misión en Jerusalén. Por eso además de preguntarles sobre la imagen que de él tienen, les va a anunciar la proximidad de su pasión.

Situándonos nosotros en el centro del relato, y una vez interrogados sobre la persona del Señor, seguro que no hubiéramos diferido demasiado de la respuesta de Pedro “Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios”. Nuestra experiencia de fe, que en cada momento de la vida hemos ido madurando con la asistencia del Espíritu Santo, así nos lo revela. Jesús es el Hijo de Dios, nuestro Mesías y Salvador.

Pero la pregunta, Jesús la formula de manera más abierta. “¿Quién dice la gente que soy yo?” Y bien podríamos detenernos un momento en responderla desde nuestra realidad inmediata. Si preguntáramos a muchos que se consideran cristianos hoy en día, que están bautizados, y que en su momento asistieron a una primera iniciación cristiana, pero que a la vez se manifiestan como no practicantes, su respuesta no sería muy distinta de la de aquellos contemporáneos de Jesús. Para muchos, Jesús fue un buen hombre, que hizo cosas buenas, cuyos valores de justicia y solidaridad enganchan a muchos, y que murió en la cruz de manera injusta y cruel.

Y aún siendo verdad, es muy poco. Se queda en la superficie de una persona entregada a los demás pero que terminó en un estrepitoso fracaso. Hablan de un hombre, pero que realmente desconocen.

Por eso la pregunta directa a los discípulos es fundamental, es decir, la pregunta a cada uno de nosotros.

Y no basta con reconocer en Jesús a una persona excepcional, con unas cualidades humanas extraordinarias y que cautivan el corazón.

Pedro junto a sus hermanos apóstoles, ha experimentado esa atracción de Jesús desde los comienzos de su relación personal. A cada paso recorrido, más cautivado se sentía por este hombre que un día lo llamó junto al lago de Galilea. Pero lo que ha hecho que siga a su lado contra todos los inconvenientes y dificultades, no sólo es su humanidad, sino la naturaleza escondida en su ser y que revela a Alguien mucho mayor que un simple hombre. De ahí su confesión de fe y su adhesión más íntima “Tú eres el Mesías”.

Quienes hemos llegado a esta confesión en nuestra vida, podemos decir con sencillez y gratitud que hemos completado un primer camino de madurez cristiana. No somos seguidores de un profeta, ni de un buen hombre, sino discípulos del Señor, del Hijo de Dios.

Y llegar a esta conclusión conlleva consecuencias inmediatas, como las que tuvieron que experimentar aquellos apóstoles de la primera hora. Reconocer a Jesús como el Mesías, el Hijo de Dios nuestro Salvador y Señor, significa que también tenemos que entender su mesianismo de forma adecuada y conforme a su voluntad.

Cuando Jesús empieza a desgranar lo que aquella confesión de fe significaba en realidad, y cómo el Hijo de Dios ha de instaurar su reinado pasando por la cruz redentora, el proyecto que inicialmente había sido recibido con agrado se trunca en decepción. Y la tentación que tantas veces nos invade quiere evitar el camino que Jesús nos muestra para dar un rodeo que rechace la dura realidad de la cruz.

 Es más, al igual que Pedro pretendemos decirle al Señor cómo se deben hacer las cosas, y que tal vez sus modos no son los más acertados en nuestro tiempo.

Esta semana en la liturgia diaria hemos escuchado cómo Jesús llama dichosos a los pobres, a los que lloran y sufren o pasan cualquier penalidad por su causa. Hemos sido invitados a amar a los enemigos y a orar por quienes nos persiguen o violentan, y a no juzgar a los demás si no queremos ser juzgados con igual severidad. Y estas llamadas del Señor las realiza desde esa invitación a “ser perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto”.

El camino que el Señor ha de recorrer, y por el que somos invitados a  acompañarle, conlleva cargar con la propia cruz de cada día, siendo fieles a la misión por él confiada y adoptando en nuestro ser sus mismas actitudes de servicio, entrega, amor y sacrificio.

Tomar caminos alternativos, es separarnos del único que nos conduce hacia Él, rompiendo la unidad entre la fe en Jesucristo y la vida que de esa fe debe derivarse.

En definitiva se traduce en lo que el apóstol Santiago denuncia en su carta, “¿De qué le sirve a uno decir que tiene fe, si no tiene obras?”. ¿Es que podemos separar las prácticas religiosas de las consecuencias que de su vivencia se han de extraer?

El anuncio del Evangelio de Jesucristo a sus discípulos no es un compendio de ideas hermosas sobre Dios, ni teorías sobre una mejor marcha del mundo. El Evangelio es la Palabra de Dios encarnada, que materializa la transformación radical de toda la realidad asumiendo con fidelidad los costes, que una vida coherente con este plan salvador, requiere. Y Jesús nos invita a seguirle con la firme promesa de que él acompañará nuestro camino y nos sostendrá en la adversidad.

Si aceptamos su llamada con entrega y confianza, se notará de forma inmediata, ya que nuestra fe en Jesucristo se traducirá en obras de amor y misericordia para con los demás. Obras que en un mar de incertidumbre y penurias, como las que nuestra realidad actual vive, pueden parecer insuficientes, pero que si todos los discípulos del Señor las desarrolláramos con generosidad, seguro que se notaría.

La confesión de Jesucristo como el Mesías y el Salvador por parte de un grupo tan insignificante como aquellos Doce Apóstoles nada presagiaba en su tiempo. Es más el anuncio de la pasión y muerte de Jesús no hacía sino agudizar la sensación de fracaso.

Pero la última palabra de la historia no la pronuncian labios humanos, sino que es Palabra de Dios, y ciertamente la confesión de Pedro es hoy para nosotros fundamento de nuestra fe.

Hoy, en esta eucaristía, pedimos al Señor que nos sostenga en el camino que con confianza deseamos recorrer a su lado. Que al confesar su divinidad no olvidemos nunca la entrega de su persona en favor de los necesitados, los pobres y humildes. Y que aquellos que hoy viven alejados o al margen de la fe, puedan descubrir por la grandeza de nuestras obras el rostro de un Dios que les ama y les invita a ser miembros de su Pueblo Santo. De este modo no sólo viviremos con coherencia nuestra fe en Cristo, además lo estaremos anunciando con la elocuencia de nuestro comportamiento fraterno.

sábado, 4 de septiembre de 2021

DOMINGO XXIII TIEMPO ORDINARIO

 


DOMINGO XXIII TIEMPO ORDINARIO

05-09-21 (Ciclo B)

 

Acabamos de escuchar la Palabra de Dios, que como cada domingo y en toda celebración litúrgica, concentra el sentido y horizonte hacia el que nos llama la atención el Señor.

Y si algo podemos destacar de esta Palabra es la gran misericordia y ternura que Dios tiene para con los más necesitados. “Él mantiene su fidelidad perpetuamente, hace justicia a los oprimidos, da pan a los hambrientos y liberta a los cautivos. Abre los ojos al ciego, endereza a los que ya se doblan, ama a los justos y guarda a los peregrinos. Sustenta al huérfano y a la viuda y trastorna el camino de los malvados”. Así lo hemos escuchado en el salmo que sirve de puente entre el antiguo y nuevo testamento, y que es la oración del pueblo que confía desde siempre en el amor del Señor.

    La situación de enfermedad o limitación física que se nos narra en la Sagrada Escritura, viene a expresar algo mucho más profundo que lo estrictamente médico. No se trata sólo de una dolencia que mina nuestra salud, se trata de la dimensión precaria de toda nuestra vida. Por eso para los judíos enfermedad y pecado, iban tan estrechamente unidos. Si Dios nos había creado a su imagen y semejanza, nuestra persona debía reflejar esa naturaleza divina que el Creador había puesto en su criatura. Sin embargo cuando se produce una ruptura en la armonía de la creación, el ser del hombre se desmorona y el cuerpo refleja la discordia del alma.

    Jesús nos ayuda a comprender cómo, si bien es necesaria esa concordia existencial que nos unifique y nos posibilite una vida plenamente humana, a la vez es posible que las limitaciones físicas y las enfermedades no se produzcan por la propia responsabilidad sino por razón de nuestra debilidad física, que o bien se ve truncada por enfermedades o accedentes, o el tiempo  se encarga de menguar su vigor.

    Muchas veces hemos creído, especialmente en nuestro tiempo presente, que el ser humano había llegado a unas cotas de conocimiento y desarrollo tales que nos independizaran de Dios. Dios ya no es necesario para explicar nada porque nosotros somos principio y fundamento de todo lo existente. Superamos enfermedades, prolongamos la vida, somos capaces de manipular su génesis e incluso “fabricarla” en laboratorios. Podemos decidirlo casi todo, hasta si una vida humana debe nacer o no, o si su existencia nos es útil o carece de importancia.

    Sin embargo siguen existiendo personas cuya existencia se ve tocada por la enfermedad o la limitación, y cuya explicación no encuentra respuesta en la técnica ni son sanadas por la medicina. Y sin embargo el enfermo sigue experimentando en su ser el anhelo de una dignidad a la que tiene derecho en razón de su humanidad, una comprensión que exige en su condición de persona y un respeto que se le debe en razón de la misma precariedad física que padece.

    Jesús siempre supo estar tan cerca del sufrimiento humano que él mismo lo incorporaba a su experiencia de vida. De modo que el Reino de Dios se instauraba no porque fuera a desaparecer toda limitación física, sino porque en la acogida de su Palabra y en la asociación a su persona, las dolencias y enfermedades eran sanadas radicalmente, en la dignificación del enfermo expresado en la curación milagrosa.

 Es decir: en tiempos de Jesús había muchos cojos y ciegos, mudos y sordos, leprosos y dolientes de cualquier clase. Algunos de ellos sintieron la sanación física tras el contacto con el Señor, pero sobre todo experimentaron la salvación de todo su ser en el encuentro personal con el Salvador. Y esta realidad existencial vivida por unos pocos extendió su poder espiritual para la salud de muchos.

De modo que la enfermedad puede limitar las potencialidades humanas y resultar a los ojos del mundo un signo de ineficacia carente de utilidad, pero en ningún caso limita la dignidad de personas e hijos de Dios y es para el creyente un lugar teologal, de especial encuentro con la misericordia divina que acoge, comprende y conforta el corazón.

    Los creyentes en Jesucristo no podemos percibir la enfermedad del hombre como una barrera en el desarrollo de nuestra fe. Salvo las excepciones de aquellos que, irresponsablemente han llevado una vida llena de riesgos elegidos, la enfermedad no es algo adoptado conscientemente sino fruto de la materialidad limitada de nuestro cuerpo.

    La vivencia cristiana de la misma, nos ha de llevar a buscar en ella la configuración con Jesucristo en sus padecimientos y ofrecerlos como él por la construcción de su Reino al cual todos estamos convocados.

    Si los legítimos medios humanos nos ayudan a superar las enfermedades, bendito sea Dios que nos ha dado la razón y la capacidad para suscitar los instrumentos necesarios para un desarrollo más humano de nuestra vida. Los cuales han de ponerse al servicio de toda la humanidad sin distinción, evitando el lucro de unos a costa del dolor de otros o la discriminación egoísta entre pobres y ricos.

    Sin embargo, siempre debemos aceptar que la circunstancia de la materialidad humana no es eterna, y que precisamente nuestra corporeidad limitada nos ha de llevar a percibir que moramos en nuestra carne para un destino ulterior al que Cristo nos ha incorporado por nuestra vocación bautismal.

    La enfermedad personal no ha de ser comprendida nunca como consecuencia directa de nuestro pecado. Sería injusto juzgar moralmente a quien padece físicamente.

    Pero la enfermedad sí nos puede ayudar a comprender que nuestra finitud no es fruto del deseo de Dios sino consecuencia de la opción humana que un día creyó, y muchas veces sigue creyendo, que la vida al margen de Dios es posible y deseable.

    Jesús no juzga a los enfermos, los acoge y los ama sin medida. Se entrega a ellos dándose a sí mismo, de modo que por encima de la salud corporal vivan el encuentro gozoso con Aquel que les ha creado y cuyo destino salvífico ha preparado desde el origen del mundo.

    Desde esa experiencia recibida del Señor, los sordos oyen la palabra que les devuelve la esperanza y les llena de alegría, y por eso al sentir libre sus labios, no pueden por menos que alabar a Dios y darle gracias por su inmenso amor.

    Una vida sana es mucho más que gozar de salud física. Es vivir con la plena conciencia de que nuestra vida ha sido dignificada por  Dios y que nuestro ser está en sus manos para llevarnos a participar de su misma gloria.

    Que Santa María la Virgen, salud de los enfermos, les ayude a vivir con este espíritu cristiano la enfermedad, a quienes estáis cerca de ellos os llene de ternura y paciencia, para que los sepáis acompañar con amor y afecto, y que a toda la comunidad cristiana la haga sensible y cercana a su necesidad. 

viernes, 16 de julio de 2021

DOMINGO XVI TIEMPO ORDINARIO

 


DOMINGO XVI TIEMPO ORDINARIO

18-7-21 (Ciclo B)

 

“El Señor es mi Pastor, nada me falta”, acabamos de cantar en el salmo con la confianza puesta en el Buen Pastor que es Jesús.

Hoy su palabra nos invita a valorar este don inmenso que es para la humanidad el que en medio de ella se susciten personas capaces de encarnar los valores del Buen Pastor.

El profeta Jeremías, irrumpe con fuerza para denunciar precisamente la indignidad de quienes han pervertido esta imagen sagrada. Los pastores a los que se refiere el profeta no sólo son los vinculados a una dimensión religiosa, sino también civil. Para el pueblo de Israel, el Ungido de Dios era tanto el rey, como el sacerdote y como el profeta. Y ser ungido de Dios significa que en su nombre se realiza esa misión de enseñar, santificar y gobernar a su pueblo; se enseña la palabra de Dios, la cual no puede ser manipulada ni falseada conforme al capricho del profeta; santificar al pueblo en nombre de Dios es unirlo y vincularlo a Él para que se sienta confortado, fortalecido y bendecido en todas las dimensiones de su vida. El sacerdote no puede buscar su beneficio personal o familiar, sino entregarse servicialmente a quien se le ha encomendado. Y por último el rey, los que ejercen el poder temporal, han de administrarlo con la justicia de Dios, su misericordia y fidelidad, y no aprovecharse, oprimir y someter a quienes están subordinados a su autoridad.

Pues el profeta denuncia a todos estos estamentos, porque se han desviado de la ley del Señor, oprimiendo, engañando y sometiendo a un  pueblo que se ha descarriado, y anda desorientado y perdido en medio de su desgracia. Un pueblo que acaba siendo pasto  del más fuerte, y que terminará sufriendo la deportación a Babilonia.

Pero no está todo perdido, el mismo profeta anuncia que llegará un día en el que el Señor desposeerá a aquellos la grey que se les confió, para entregársela a buenos pastores que sí cumplan su voluntad y apacienten como es debido a su Pueblo santo.

Esta es la imagen que retoma Jesús en el evangelio que hemos escuchado, sintiendo compasión de sus hermanos porque andan como ovejas sin pastor. Si malo es ser conducido por líderes o responsables indignos, igualmente malo es la soledad y el abandono que sumerge en la desolación y la desesperanza.

Jesús es el Buen pastor, que dará su vida por las ovejas. Él no busca beneficiarse, ni aprovecharse de nadie, todo lo contrario, su palabra viene avalada por la autenticidad de su entrega, su caminar precede por la senda a quien conduce a través de ella. Los peligros y sinsabores son asumidos por él, y no por quienes en él han confiado.

En última instancia será su propia vida la sacrificada en el altar de la cruz, y no tomará víctimas inocentes para sustituir su entrega personal.

 

Este es el único Pastor del que podemos fiarnos por completo, porque ha sido una vida gastada y entregada por amor, y con una generosidad sin medida.

Nuestro mundo ha desvinculado el ejercicio de la responsabilidad pública del cumplimiento de la voluntad de Dios, por lo menos de manera formal, si bien es cierto, que muchos de nuestros gobernantes desean vivir su tarea con auténtica vocación de servicio, lo cual es de agradecer y valorar por todos. Sin embargo, también en nuestros días abundan los tiranos que siguen oprimiendo y esclavizando a los pueblos, aprovechándose impunemente de los débiles y sembrando de terror y angustia a incontables inocentes. Dios también les pedirá cuentas de su injusto proceder.

Pero no podemos quedarnos con enjuiciar el entorno de una manera ajena a nosotros. He mencionado tres dimensiones o tareas que han sido ungidas por Dios, sacerdocio, profecía y realeza. Las mismas que atribuimos a Cristo, y de las cuales participamos todos en razón de nuestro bautismo. El día en que fuimos incorporados a Cristo, se nos ungió con el Santo Crisma, y se nos hizo partícipes de esta triple función sacerdotal, profética y real. Hoy también nosotros somos responsables de santificar, enseñar y gobernar el presente con fidelidad a Dios, amor a los hermanos y espíritu de servicio y sacrificio, al igual que el Señor. Todos hemos sido constituidos servidores y garantes de la justicia, la solidaridad y la paz en medio del mundo, y aunque otros tengan mayores cotas de responsabilidad en razón de su puesto social, no por ello podemos desentendernos de la marcha de nuestro mundo.

Asimismo también debemos revisar como miembros de la Iglesia del Señor nuestra manera de vivir esta pertenencia familiar y vocacional. Los pastores en la Iglesia debemos ser testigos veraces, por nuestra palabra autorizada y nuestra vida coherente, de Aquel que nos ha llamado para esta misión de apacentar a su pueblo, conforme al Buen Pastor.

El Pueblo de Dios tiene derecho a exigir que los pastores que el Señor les ha enviado sean fieles, entregados, disponibles y generosos, de manera que además de dispensar los misterios de Cristo, lo hagan presente con sus vidas y sus obras.

Para ello debemos pedir con insistencia que el Señor envíe buenos pastores a su pueblo, máxime en estos tiempos de sequía vocacional.

En tiempos difíciles, se percibe con mayor claridad las carencias de una sociedad; no sólo las económicas, también las morales y espirituales. Qué necesario es entonces percibir referentes en todos los ámbitos de la vida familiar, pública y eclesial.

Pues pidamos al Señor en esta eucaristía que nos siga suscitando servidores generosos y honrados que nos ayuden a vislumbrar un horizonte mejor. Y que también por su estilo de vida y su palabra oportuna, nos ayuden a transformar nuestro corazón de manera que sea acogedor y sensible a las necesidades de los más débiles.

viernes, 2 de julio de 2021

DOMINGO XIV TIEMPO ORDINARIO

 


DOMINGO XIV TIEMPO ORDINARIO

4-07-21 (Ciclo B)

 

      “No desprecian a un profeta más que en su tierra”.

      Esta frase con la que termina el evangelio de hoy nos revela el amargo sentimiento de Jesús ante el rechazo de los suyos. Él, que es bien recibido por las gentes de pueblos y ciudades lejanos de su tierra, vive sin embargo la desconfianza y la sospecha que suscita entre sus paisanos, lo cual no hace más que aumentar los sinsabores de su misión y sentir cómo son precisamente aquellos en quienes más confiaba los que le dan la espalda; “¿no es ese el hijo del carpintero?”.

      San Marcos nos muestra el lado más duro de la tarea profética; el desprecio y la indiferencia de los destinatarios del evangelio. Y aquel desánimo que vivieron Ezequiel, San Pablo y el mismo Jesús, sigue siendo una realidad presente hoy entre nosotros.

      Muchas veces queremos compartir nuestra experiencia de fe entre los nuestros, con nuestros familiares más cercanos y amigos, y esa falta de respuesta positiva por su parte, e incluso de respeto, hace que vivamos nuestra fe en silencio, ocultándola por miedo al rechazo o a la burla.

      Cuantas veces escuchamos a tantos padres y abuelos, el sufrimiento que sienten al no poder transmitir la fe que viven como un don de Dios, a sus hijos y nietos. Hasta os echáis la culpa como si dependiera sólo de vosotros.

      Nada más lejos de la realidad. Vuestro testimonio de vida, y vuestro anuncio explícito de Jesús aun cuando vivís la oposición del ambiente, demuestra que realmente Dios ocupa un lugar central en vuestra vida, y por eso lo celebramos en medio de la comunidad cristiana, para sentir la fuerza renovadora del Espíritu Santo que nos envía al mundo a seguir construyendo el Reino de Dios.

      Jesús, a pesar de todas las dificultades, seguía proponiendo un estilo de vida nuevo. Su palabra y su vida causaban extrañeza porque no era como la de los demás. En un mundo condicionado por los intereses particulares, donde los valores se centran en el poder, el dinero o el placer, él muestra otra senda distinta cargada de solidaridad y misericordia, y en la que el valor fundamental es el amor, semilla de justicia, de esperanza y de paz.

      Del mismo modo nosotros hoy, sólo necesitamos del aval de nuestra vida para vivir la fe con autenticidad. Aunque el mundo entero nos cuestione y critique, no podemos responderle con juicios y condenas. Desde el evangelio de Jesús sabemos que la fe es un don de Dios que hemos de proponer con sencillez y gratitud, pero nunca se ha de imponer con medios que violentan la libertad de la persona.

      Una fe impuesta carece de amor, y por lo tanto ni libera ni salva, sólo oprime y angustia. Quien vive un cristianismo intransigente, sin caridad ni esperanza, acabará convirtiéndose en  un fundamentalista. Cristo no entregó su vida para consagrar teorías ideológicas  y moralistas sino para que todos encontremos el camino de nuestra salvación, desde la respuesta libre y gozosa al amor que Dios nos tiene.

Por eso lo importante de la vivencia militante de la fe, no está en los frutos apostólicos que de nuestro testimonio se puedan derivar, sino de la misma alegría que surge en lo más profundo de nuestro corazón por el mismo hecho de sentirnos amados por Dios, y esto ciertamente emerge con fuerza mediante la entrega amorosa a los demás.

Jesús se desvivía para transmitir a las gentes el inmenso amor de Dios para con todos, en especial los más pobres y débiles, los últimos y marginados. Y su entrega era fortalecida no por la respuesta de los que pudieran seguirlo o rechazarlo, sino por ese amor de Dios que llenaba su corazón, fortalecía su esperanza y manifestaba con sencillez, pero viva elocuencia, que el Reino de Dios había llegado con Jesús.

      El evangelista S. Marcos termina su relato diciendo que Jesús no pudo hacer allí muchos milagros y que se extrañaba de su falta de fe. Sin embargo curó a quienes se abrieron a él y mostraron su confianza en el Señor.

      Cuando nosotros nos sintamos rechazados por la fe, bien por confesarla ante los demás o bien porque nuestros esfuerzos por transmitirla no sean suficientemente acogidos, no nos desanimemos ni perdamos la esperanza, Dios sabe cómo llevar adelante su obra, y en cualquier caso hemos de tener presente que no somos nosotros los dueños de la mies, sino él.

      Y sobre todo mantengamos fresco el ánimo del corazón, porque en cualquier caso, ser seguidores de Jesucristo es la mejor apuesta de nuestra vida, nos llena de gozo y nos sostiene en la adversidad. Si para muchos la Iglesia es una mera institución, para nosotros es nuestro hogar, el espacio vital en el que nos sentimos reconocidos y en el que podemos compartir la misma esperanza. En definitiva, el hogar familiar donde somos acogidos y respetados por lo que cada uno es, y no por lo que las expectativas del ambiente o de la moda exigen en cada momento.

      Por eso seguimos celebrando cada domingo la Eucaristía. Ella es el centro de la vida cristiana, fuente y culmen de nuestra fe, y ante el Altar, congregados como hermanos y hermanas, sentimos la presencia del Señor que nos sigue animando con su palabra y fortaleciendo con su Espíritu de amor.

      Pidamos en esta celebración al Señor, que siga alentando nuestra vocación evangelizadora. Que encontremos la manera oportuna de transmitir a los demás la fe que compartimos y que sintiendo el afecto y el estímulo de los demás cristianos, podamos dar testimonio de nuestra fe con el ejemplo de nuestras vidas.

viernes, 18 de junio de 2021

DOMINGO XII TIEMPO ORDINARIO

 

DOMINGO XII TIEMPO ORDINARIO

20-6-21 (Ciclo B)

 

La Palabra que acabamos de escuchar tanto en su primera lectura como en el evangelio es una llamada a la esperanza en medio de circunstancias adversas. La experiencia de Job, a quien la vida le ha vuelto la espalda, atraviesa por momentos de incertidumbre y zozobra. Él siempre había confiado en Dios, era un hombre justo y bondadoso, y sin saber porqué, su fortuna desaparece para perderlo absolutamente todo. La desgracia y la muerte de sus seres queridos, le lleva al borde de la desesperación, llegando a cuestionar en su interior la bondad del Dios en quien confiaba.

Y en esa lucha profunda, se da cuenta de que Dios nunca le ha fallado, que tal vez su silencio le confunda y que le gustaría sentirse confortado, pero su mirada personal queda empañada en la inmensidad de la mirada de Dios que supera y trasciende toda comprensión humana.

Dios sigue a su lado para acompañar su dolor y desgracia, para sostener su aliento y esperanza, para confortar su corazón y mantenerlo vivo y confiado en el amor sanador del Señor.

Experiencias similares podemos haberlas pasado todos, o sin duda alguna que podremos vivirlas algún día. Cuando la vida nos sonríe y gozamos de salud y felicidad, nos sale espontáneamente la gratitud hacia Dios, sintiéndonos afortunados por todo, incluso por la fe que confesamos. Pero cuando la vida se vuelve del revés, y la penuria material o la precariedad física aparecen en nosotros o en nuestros seres queridos, todo se tiñe de oscuridad y también la fe se ve afectada.

Es el momento de la duda y el reproche, haciéndole a Dios responsable de nuestra situación y exigiéndole de alguna forma que la repare de forma inmediata.

La experiencia de Job nos ayuda a comprender que nuestro Dios no es un protagonista arbitrario de la historia humana. Su acción salvadora no puede modificar de forma mágica el desarrollo natural de las cosas. La enfermedad, el dolor y la muerte, forman parte de nuestra realidad existencial, y aunque a veces podamos atajar sus consecuencias mediante los adelantos científicos y las cualidades humanas, sabemos que todos caminamos hacia el umbral de la vida en plenitud, a la cual sólo podemos llegar a través de la muerte a este mundo conocido y al que tanto nos aferramos.

Jesucristo también vivió su vida de forma intensa y responsable. Su abandonarse en las manos de Dios, su Padre, no era una manera de saltarse los sinsabores y sufrimientos de su vida terrena. Como cualquiera de nosotros, sintió la alegría y la tristeza, la dicha y la angustia, la fortaleza del espíritu y la debilidad del abandono de todos.

Sin embargo no dejó de confiarse a los brazos del Padre entregando su vida con una frase que cierra toda su existencia; “en tus manos encomiendo mi espíritu”. Unas manos que lo acogieron y que vencieron la muerte con la vida en plenitud, porque las manos de Dios son manos creadoras de vida y de esperanza.

El evangelio que hemos escuchado nos muestra otra experiencia de duda y confianza. La barca zarandeada por el mar y en la cual los apóstoles del Señor sienten peligrar sus vidas, ha sido interpretada como signo de la vida de la misma Iglesia. Muchas veces los cristianos sentimos que la vida personal y apostólica se tambalea. Las dificultades personales y las críticas ambientales nos afectan a todos.

Ante esta situación de inseguridad, podemos caer en la tentación  de silenciar y ocultar nuestra identidad cristiana por miedo o comodidad, o lo que es más grave, diluir sus fundamentos en las modas del momento sucumbiendo a las ideologías dominantes.

Y si dejamos que nuestro testimonio cristiano se diluya en el silencio con la excusa del miedo o por la comodidad del anonimato entonces no hace falta que el oleaje zarandee la barca de la Iglesia, porque nosotros mismos la estaremos hundiendo.

Jesucristo nos ha asegurado su permanencia a nuestro lado “todos los días hasta el fin del mundo”, y esta promesa debe confortar nuestra vida e impulsar la misión evangelizadora de los discípulos actuales del Señor. Tomando conciencia de que en esta barca eclesial todos debemos remar en la misma dirección siguiendo el rumbo que nos marca Jesús con su Palabra, y que en cada momento la Iglesia discierne desde los carismas y responsabilidades recibidos por el Señor.

La cobardía de los apóstoles es recriminada por Jesús, no por el hecho de sentir el temor, algo natural en la condición humana, sino por carecer de fe, de confianza en quien siempre está en la barca y la custodia. Nada puede apartarnos del amor de Dios, y sólo una profunda experiencia personal de oración y encuentro con Cristo puede llevarnos a experimentar esta confianza vital, tan necesaria para poder vivir con coherencia nuestra condición de seguidores de Jesucristo, quien nos pide que nos introduzcamos en el mar del mundo y que nos entreguemos con generosidad para sanarlo por el amor y la concordia.

Las dificultades de la fe, como las de la vida en general, sólo pueden vencerse afrontándolas con fortaleza y confianza. Jesús sigue a nuestro lado y aunque en ocasiones pensemos que no nos escucha, él se encuentra en medio de su barca para sostener y confortar nuestra esperanza.

Que siempre tengamos esta conciencia de la presencia cercana del Señor, porque con él a nuestro lado nada debemos de temer, su amor y fortaleza nos acompañan siempre para que seamos en medio el mundo testigos de su Buena Noticia.

jueves, 3 de junio de 2021

CORPUS CHRISTI

 


SOLEMNIDAD DEL CUERPO Y SANGRE DE CRISTO

CORPUS CHRISTI  6-06-21

 

       Un año más celebramos la fiesta del Cuerpo y la Sangre de Jesucristo. Memorial de su Pasión, muerte y resurrección, y Sacramento de su amor universal. Precisamente por ese amor entregado para nuestra salvación, podemos unir en esta fiesta del Corpus el día de la Caridad. Al compartir el alimento que nos une íntimamente a Cristo nos hacemos partícipes de su  mandato “haced esto en memoria mía”, aceptando su envío en medio de los más pobres para compartir con ellos nuestra vida y nuestra fe.

En esta fiesta litúrgica de hoy, la Iglesia nos invita a profundizar en el don inmenso de la Eucaristía. Como nos enseña el Vaticano II, "Nuestro Salvador, en la última Cena, la noche en que fue entregado, instituyó el sacrificio eucarístico de su cuerpo y su sangre para perpetuar por los siglos, hasta su vuelta, el sacrificio de la cruz y confiar así a su Esposa amada, la Iglesia, el memorial de su muerte y resurrección, sacramento de piedad, signo de unidad, vínculo de amor, banquete pascual en el que se recibe a Cristo, el alma se llena de gracia y se nos da una prenda de la gloria futura" (SC 47).

Desde esta fidelidad al don recibido de manos del Señor, no podemos separar la eucaristía de la caridad. Los cristianos que nos reunimos para escuchar la palabra del Señor y compartir el pan de la vida que él nos da, hemos de prolongar esta fraternidad eucarística en el mundo nuestro, junto a los hermanos que carecen de afecto, de medios, de una vida digna y feliz.

       No todo el mundo vive dignamente, de hecho somos una minoría los que en el mundo actual podemos agradecer esta vida digna. La mayoría de la población mundial carece de los recursos necesarios para una subsistencia adecuada. Y en vez de acoger su precariedad para sentirnos solidarios con ellos, muchas veces nos fijamos en aquellos que se enriquecen con facilidad y rapidez poniéndolos como modelos a seguir, y hasta envidiándolos por su opulencia.

Una cosa es luchar legítimamente por alcanzar esa vida digna a la que todos tenemos derecho y otra muy distinta la ambición desmesurada que al final nos endurece el corazón hasta llevarnos al egoísmo y a la idolatría del dinero.

La entrega de Jesucristo en la cruz, nos abre la puerta de la redención. Y aquella entrega viene precedida de una vida sensible para con los necesitados, los enfermos, los pobres y los marginados.

A Jesucristo resucitado se llega por medio de una vida ungida por el Espíritu de Dios para anunciar la Buena Noticia a los pobres, la libertad a los oprimidos, la salud a los enfermos y la salvación para aquellos que acogen este don de Dios.

       Cristo nos dejó su testamento en el cual nos ha incluido a todos y no sólo a unos privilegiados. La vida en este mundo es injusta y desigual no porque Dios lo haya querido sino porque nosotros lo hemos causado. Dios no quiere que haya pobres y ricos, rechaza la injusticia que causa este mal, y nos llama a su seguimiento a través del camino de la auténtica fraternidad y solidaridad.

       Este testamento de Cristo lo actualizamos cada vez que nos acercamos a su altar. Su Cuerpo y su Sangre entregadas por nosotros, y compartidos con un sentimiento fraterno y solidario, nos unen a la persona de nuestro Señor Jesucristo y a su proyecto salvador. Por eso “cada vez que comemos de este pan y bebemos de este cáliz, anunciamos tu muerte y tu resurrección hasta que vuelvas”.

       Por eso, cada vez que comemos y bebemos el Cuerpo y la Sangre del Señor, nos unimos vitalmente a Cristo para prolongar con nuestra vida y entrega, su obra misericordiosa en medio de nuestros hermanos más necesitados, a los cuales somos enviados como testigos del amor de Dios.

       La caridad no se hace, se vive. No hacemos caridad cuando damos dinero a un pobre, vivimos la caridad cuando nos preocupamos por su vida, buscamos cómo atenderla mejor, y nos esforzamos por acompañarle a salir de su situación para siempre.

       Vivir la caridad es prolongar la Eucaristía del Señor, su cuerpo y su sangre derramada por amor a todos, para la salvación de todos. Las palabras que día tras día escuchamos en la Consagración nos muestran que Jesús no economizó su entrega sino que fue universal y por siempre.

       Desde aquel momento en el que nacía la Iglesia, ésta siempre tuvo como acción primera y fundamental, unida al anuncio de Jesucristo, la vivencia de la caridad.  Atender a los pobres y necesitados estaba unido a la oración y a la fracción del pan de tal manera que no se podía permitir que en la comunidad de los cristianos alguien pasara necesidad.

En esta fiesta debemos también recuperar la conciencia del don que el señor ha puesto en nuestras manos. La Eucaristía hace a la Iglesia y la Iglesia hace la Eucaristía (nos enseña el Concilio Vaticano II). Por eso la celebración eucarística trasciende nuestra realidad local y se une a la vivencia universal de la Iglesia. No podemos celebrar la eucaristía más que en la comunión eclesial, ya que es el Señor quien se hace presente en medio de su pueblo, congregado en la unidad del Espíritu por el vínculo de la paz.

       Vamos a pedir en esta Eucaristía que el Señor nos ayude a vivir con gratitud este don esencial para nuestra vida espiritual. Sin eucaristía no hay Iglesia, y por lo tanto la fe se descompone. Esforcémonos también, por recuperar nuestra capacidad solidaria y fraterna para poder compartir con autenticidad el pan de la unidad y del amor.

sábado, 22 de mayo de 2021

SOLEMNIDAD DE PENTECOSTÉS

 


SOLEMNIDAD DE PENTECOSTES

23-05-21 (Ciclo B)

 

      Celebramos hoy la fiesta de Pentecostés, el día en el que por la acción del Espíritu Santo la Iglesia de Cristo toma conciencia de su misión, y se siente llamada a ser evangelizadora de todos los pueblos.

      Si en la fiesta de la Ascensión del Señor recibíamos el mandato misionero, “Id por todo el mundo y anunciad el evangelio....”, hoy recibimos el don del Espíritu Santo de quien dimana la fuerza necesaria para poder desarrollar esta misión desde la fidelidad al amor de Dios y en comunión con toda la Iglesia.

      Pentecostés es la fiesta del Espíritu Santo, el Dios siempre a nuestro lado que sostiene, anima y alienta nuestra fe y nuestra esperanza para que sea germen de inmensa alegría en nuestros corazones y estímulo para seguir siempre al Señor en cada momento de la vida.

      Muchos son los dones que del Espíritu recibimos, sabiduría, entendimiento, consejo, fortaleza, ciencia, piedad, santo temor de Dios, todos ellos orientados a la construcción del Reino de Dios en la comunión eclesial. El Espíritu  Santo es quien anima y da valor en los momentos de debilidad, quien sostiene y alienta ante la adversidad, quien mantiene viva la llama de la esperanza cuando todo parece oscurecerse en nuestra vida, quien nos inunda con un sentimiento de gozo interno desde el que contemplar la vida con ilusión y confianza.

      El Espíritu Santo es quien garantiza que nuestra fe está unida a la vida de Jesús que se hace presente en medio de su Pueblo santo, y quien en cada momento de nuestro existir nos conduce con mano amorosa para vivir el gozo del encuentro personal con él, fomentando la experiencia de la auténtica fraternidad entre todos los hermanos.

      El Espíritu Santo nos une al Padre a través de su amor, y nos hace conscientes de que hemos sido transformados en herederos de su Reino a través de su Hijo Jesús.

      Fue el Espíritu quien acompañó a Jesús en todos los momentos de su vida. El mismo Espíritu que lo proclama el Hijo amado de Dios en su bautismo. Fue el Espíritu Santo quien ayuda a comprender a los discípulos que aquel a quien siguen por Galilea no es un hombre cualquiera, sino que es el Salvador, el Mesías.

      Será el Espíritu Santo quien mantenga en la agonía de Jesús la fuerza para entregar en las manos del Padre el último aliento de su vida. Y es que el Espíritu Santo no deja jamás de su mano a quienes han sido constituidos hijos de Dios.

      Pero esta experiencia personal, profunda y desbordante, la tenemos que vivir en la Iglesia y a través de ella construir nuestra comunidad. Ningún don de Dios es para fomentar el egoísmo personal. Todo don del Espíritu está orientado a construir la comunidad desde la fe, la esperanza y el amor.

      Así vemos, según nos cuenta el libro de los Hechos de los Apóstoles, cómo al recibir el don del Espíritu Santo, los Apóstoles salen a anunciar la Buena Noticia a todos los congregados en Jerusalén, y lo hacen de modo que todos les comprendan.

      Desde el momento de la Creación ha sido voluntad de Dios, que todos sus hijos se salven, para lo cual fue acompañando bajo su mano amorosa a la humanidad de todos los tiempos. Y cuando llegó el momento culminante, envió a su Hijo amado para que por medio de su palabra, su testimonio y la entrega de su vida, todos sintiéramos el amor de Dios y acogiéramos ese don en nuestras vidas.

La vuelta del Hijo de Dios a su Reino, no nos deja abandonados, sigue con nosotros por medio del Espíritu Santo sosteniendo y alentando nuestra esperanza de manera que en nuestro corazón crezca cada día la certeza de participar un día de su promesa de vida eterna.

      Este sentimiento será más fuerte en la medida en que afiancemos en nosotros la comunión eclesial, la unidad fraterna entre los hermanos. La comunión, el sentimiento afectivo de unidad y concordia, es la garantía de que nuestra fe es auténtica. Donde hay división y enfrentamiento, no está el Espíritu Santo; el individualismo y la discordia no están alentados por el Espíritu Santo. Las palabras del Señor “que todos sean uno, como tú, Padre, y yo somos uno”, han de resonar siempre en el corazón de la Iglesia como el único camino para abrirnos al don del Espíritu Santo.

      Hoy volvemos a acoger este don que ya en nuestro bautismo recibimos de una vez y para siempre. En el Espíritu Santo hemos sido hechos hijos de Dios, y aunque ese amor jamás nos será arrebatado, de nosotros depende en gran medida que cada día crezca y madure en lo más hondo de nuestra alma. Así nos llenará de dicha y alegría, nos identificará ante los demás como seguidores de Jesucristo, y nos sostendrá en cada momento de nuestra existencia.

 No en vano en esta solemnidad, celebramos también el día del Apostolado seglar. Multitud de fieles organizados en movimientos y asociaciones laicales, van sembrando el Evangelio de Cristo a lo largo y ancho del mundo, animados por el Espíritu del Señor y deseando vivir con coherencia su fe, celebrándola entorno al Sacramento del Amor de Dios que es la Eucaristía, para que en ella, y desde ella, se vaya configurando una humanidad nueva y esperanzada.

Los cristianos tenemos que vivir con plena consciencia nuestra fe, conociendo en profundidad sus contenidos, en especial la vida del Señor, acercándonos a la Sagrada Escritura con la frecuencia de quien se siente hambriento de la Palabra de Dios, porque sólo Él puede aplacar nuestra sed. Y sobre todo nutrirnos del Pan de Vida que es Cristo que se nos entrega en el Sacramento eucarístico.

Que en este día de Pentecostés, vivamos con gratitud y entrega, el inmenso don, que de Dios hemos recibido.