lunes, 18 de marzo de 2019

SOLEMNIDAD DE S. JOSÉ



SOLEMNIDAD DE S. JOSÉ

19-3-19



Dentro de la austeridad cuaresmal, celebramos hoy con solemnidad la fiesta de S. José. La humilde vida y obra de este hombre que supo desarrollar un papel fundamental en la historia de Jesús, ocupando un lugar discreto pero eficaz en la educación del Hijo de Dios.

Los relatos sobre S. José son muy escasos, sólo aparece en los evangelios llamados de la infancia, de S. Mateo y S. Lucas, los cuales nos narran varios aspectos de su vida y misión.

El primero su vocación, correspondiente al relato que hoy se nos ha proclamado; José comprometido en firme con María, al estilo propio de su tiempo en que tardaban un periodo en convivir juntos después de realizado el desposorio, se encuentra con la terrible sorpresa de que la mujer a la que ha unido su vida espera un hijo que no es suyo. La consecuencia inmediata de esto la describe el evangelista con absoluta claridad; ha de denunciarla a las autoridades y que la justicia de la ley de Moisés siga su curso.

Pero el narrador sagrado nos muestra un rasgo fundamental de José, era justo, era bueno. José entablaba su lucha interior entre la decepción sufrida y la decisión que ha de tomar, y opta por la que ocasione menor daño a la mujer que quiere, decidiendo repudiar en secreto a María. Así evitaría un juicio severo y una condena durísima para ella.



Sin embargo la última palabra no está dicha, y lo mismo que María se vio sorprendida por la irrupción de Dios en su historia personal, José va a ser llamado por Dios a una misión igualmente única e irrepetible, asumir la condición de padre de quien es el Hijo de Dios. El Señor ha tejido su proyecto de Encarnación con cuidadoso esmero, poniendo los pilares fundamentales sobre los cuales asentar su entrada en nuestra historia. La familia formada por José y María, gestada en el amor esponsal, desde la bondad y el respeto mutuos que les ha ayudado a vencer las dudas y los recelos, tiene la solidez necesaria para que en ella nazca el mismo Dios.

José es un eslabón necesario en la cadena sucesoria de David. Él es descendiente de esa genealogía citada en el evangelio, y ahora la profecía llega a su plenitud al nacer el renuevo del tronco de Jesé, el Mesías. José será el encargado de poner nombre al Hijo de Dios, un nombre cuyo significado contiene la esperanza del pueblo, Jesús, que significa “Dios salva”.



En el sueño envolvente que el trato con la divinidad conlleva, José comprende que el estado de María también responde al designio de Dios, y que la mujer a la que ha unido su existencia no le ha sido infiel, sino que es la elegida por el mismo Creador para llevar a su culmen la creación entera; “Mirad la virgen concebirá y dará a luz un hijo, a quien pondrán por nombre Enmanuel, que significa “Dios con nosotros”.



José responderá con su obrar fiel y confiado a la palabra que de Dios ha escuchado en su alma, y desde ese momento será para Jesús el padre que mejor representa la paternidad divina. Por su relación paterno-filial, Jesús llamará a Dios “Abbá”, término que con seguridad emplearía para dirigirse, cada día de su vida, al mismo José.



Otros rasgos que la Sagrada Escritura nos ofrece de S. José, los encontramos en el momento de tener que empadronarse con María, antes del nacimiento del niño. O cuando en medio del desconcierto ocasionado por quienes van a Belén para encontrarse con la gloria de Dios en el recién nacido, debe huir a Egipto para salvarlo de la persecución de Herodes.

La vivencia de la penuria y el desarraigo, la escasez y el desconcierto, no causan mella en la sencilla Familia Sagrada, al contrario, todo es vivido en la confianza de que Dios protege con su mano la obra que él mismo comenzó, y que a su vez ha colocado en las del humilde carpintero.

Un último rasgo de la vida de José lo encontramos en el episodio de la subida por la pascua al templo de Jerusalén, donde el niño es extraviado. Y aunque la elaboración del relato evangélico viene a mostrar el crecimiento de Jesús en su dimensión humana y espiritual, también puede representar otra experiencia vital en la persona de S. José. Ciertamente él era el padre de Jesús a los ojos de todos, su dedicación, educación y responsabilidad para con el niño no se diferenciaría demasiado de la de otros padres de familia.

En la experiencia de perderlo en medio de las multitudes que acuden a Jerusalén, el desasosiego y el temor se apoderarían de él. Bien podría sufrir el miedo al fracaso en la responsabilidad que asumió ante Dios de cuidarlo y educarlo. Y la sorpresa vencerá sus dudas ante la respuesta del niño recién encontrado y recriminado por su madre María; “¿No sabíais que yo debía ocuparme de las cosas de mi Padre?”. El obrar cotidiano de José tal vez le hubiera hecho olvidarse por algún momento de quién era el Padre de Jesús, porque su entrega y dedicación eran absolutas para con el niño como si fuera suyo. Claro que sí, que el niño ha de ocuparse de las cosas de su Padre, y aunque la respuesta sea un tanto difícil de comprender, y concluya el evangelio con que Jesús “bajó con ellos a Nazaret y vivía bajo su autoridad”, estaban asistiendo de forma misteriosa pero privilegiada, al crecimiento humano y divino del Hijo de Dios, quien “progresaba en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y los hombres”.

Después de estos episodios descritos por el evangelio nada más sabemos de S. José. Sin embargo la devoción popular ha concluido la vida de este hombre singular de un modo natural y dichoso. José acabaría sus días y su misión antes de iniciarse la vida pública del Señor, ya que en el comienzo de su ministerio no hay ninguna referencia al Santo Varón. S. José ha sido por ello reconocido como el “abogado de la buena muerte”, porque tuvo la dicha de culminar su existencia asistido por el amor de su esposa y del Hijo amado de Dios.

Hoy en su fiesta solemne, celebramos no sólo su onomástica, sino desde hace muchos años, el día del padre. Qué enormes enseñanzas podemos recoger de la vida de este modelo de esposo y padre. Cuantos rasgos elocuentes para buscar nuestra identificación con quien es ejemplo de creyente y servidor confiado de Dios.

S. José supo abrir su corazón a la palabra de Dios y configurarlo por completo a imagen de la paternidad divina que se le proponía asumir con entrega y disponibilidad. Por esa intervención de Dios en su vida, pudo confiar en el amor prometido de su esposa frente a todas las sombras de duda que se cernían sobre él, superando así los temores, comprendiendo la misión que se le ofrecía, y asumiéndola con libertad, entrega y confianza.

S. José supo desprenderse del hijo que no era una propiedad suya, sino de Dios; que en Dios tuvo su origen y hacia Dios se orientaba su destino, y que su papel no debía interferir en la vocación del hijo querido, sino que por amarlo de verdad, debía dejarle “ocuparse de las cosas de su Padre”.

Hoy nosotros nos ponemos bajo su amparo. Y de manera especial quiero hacerlo yo, en el 25 aniversario de mi ordenación sacerdotal. Pido al Señor, por intercesión de S. José, que me siga bendiciendo con su amor y su misericordia, para que le sea siempre fiel en el ministerio que me ha confiado. Y pido también por todos los padres y esposos, para que encuentren en S. José el modelo perfecto, que les ayude a vivir con plenitud, y reciban por su intercesión el estímulo necesario para desarrollar su misión con entrega y dedicación en el amor.

jueves, 14 de marzo de 2019

DOMINGO II DE CUARESMA



DOMINGO II DE CUARESMA

17-03-19 (Ciclo C)



En nuestro itinerario hacia la pascua, vamos avanzando a la luz de la Palabra de Dios que cada domingo se nos proclama. Es el día del encuentro con el Señor y con los hermanos, que congregados entorno al altar, compartimos la vida cotidiana para que iluminada por el Evangelio y fortalecida con el Cuerpo del Señor, vuelva renovada a las tareas de cada día.

Y en este segundo domingo de cuaresma podemos detener nuestra mirada en la experiencia de los grandes personajes de la Sagrada Escritura. En todos ellos se nos muestra con sencillez y claridad, cómo ha sido su relación con Dios; una relación cercana, personal, fluida y entrañable. Relación que no sólo afectaba a los protagonistas principales de cada momento histórico, sino que era compartida por toda la comunidad creyente.

La historia de Abrahán que se nos narra en el Génesis, es mucho más que la experiencia de nuestro padre en la fe. Son los cimientos de una relación paterno-filial que en Jesús encontrará su momento culminante, pero que desde siempre ha distinguido la fe del pueblo de Israel.

Porque esa fe no se sustenta en un compendio de ideas y teorías sobre la divinidad, sino en la experiencia concreta, personal y comunitaria que nace de una relación existencial y vital. Ningún protagonista bíblico creía en el dios de otro por oídas, sino en el suyo propio con el que entraba en esa relación mística y personal. Una relación real que estaba fuera de toda duda, aunque  el fruto de la misma conllevara una respuesta confiada y radical.

Abrahán fue conducido por esa relación con Dios hacia caminos insospechados para él, y en ocasiones aparentemente contradictorios. Cuando Dios le promete una descendencia como las estrellas del cielo, y él asiente entregándose a la alianza, tendrá que vivir la prueba de ofrecer a su único hijo como sacrificio a Dios.

Sólo en la relación sólidamente edificada en el amor y la fe, es posible responder con generosidad y convicción.



Así nos lo muestra también el evangelio de este día. Los discípulos de Jesús van profundizando en el conocimiento del amigo que los ha llamado. Hasta este momento narrado por S. Lucas, han compartido momentos desconcertantes. Han visto y oído cosas totalmente nuevas y que superan su capacidad de entendimiento. Se van dando cuenta de que Jesús no es un maestro al uso, como los escribas y fariseos.

También viven con especial desconcierto esa actitud de Jesús en la que trata con una familiaridad inaudita al Dios de la Alianza, reinterpretando la Ley de Moisés de forma novedosa y, para algunos, escandalosa.

Unos versículos anteriores a los que hoy se nos han proclamado, el mismo Pedro, ante la pregunta que Jesús le lanza sobre su identidad, le responderá con firmeza; “tú eres el Mesías de Dios”. (v.20)

En este contexto, Jesús decide compartir su experiencia espiritual de forma especial con algunos de ellos, y tomando a los tres discípulos que van configurando el núcleo de los íntimos, Pedro, Santiago y Juan, sube al monte a orar.

Y en esa experiencia de intimidad con el Padre, el relato evangélico nos muestra a Jesús en su identidad divina, dentro de la relación intra-Trinitaria. Su rostro transfigurado, unido a la voz de Dios Padre que identifica y señala a su Hijo amado, reconocido como tal por la Ley y los profetas representados en Moisés y  Elías, envuelve la vida de los discípulos que se encuentran desbordados. Ellos sólo podían expresar lo bien que se sentían, y únicamente después del encuentro con el Resucitado pudieron entender en su profundidad esta experiencia.

Ellos vivieron por anticipado el encuentro con el Cristo glorioso pos-pascual, lo cual les ayudó a reconocerlo tras la dureza de la Cruz.

La oración de Jesús a la que en este momento asisten, deja en ellos un poso esencial en su vida y que más tarde se revitalizará en su propia experiencia personal. Sólo en la oración íntima, cercana y confiada, se produce el encuentro con Dios. Encuentro que transforma la existencia del hombre porque nunca le dejará indiferente.

Dios se da de forma plena al corazón que con sencillez y humildad se abre a su amor, y su gracia desborda de tal manera cualquier previsión humana, provocando en el hombre un cambio radical que lo transfigura, para configurarlo más profundamente al modelo de Hombre Nuevo que es Cristo.



Los discípulos que acompañaron al Señor en este momento de su vida, vieron experimentar en él un cambio inexplicable, pero en todo momento lo reconocieron con claridad. Era el mismo Jesús con quien compartían su vida cotidiana, pero a la vez, se abría entre ambos un abismo de identidades incapaces de comprender.



Compartir esa experiencia les convertía en unos privilegiados y a la vez en portadores de una tarea nueva. Su deseo de permanecer en ese ambiente divino que todo lo envuelve y conforta, contrasta con la misión de seguir anunciando la novedad del Reino de Dios, del cual ellos se han convertido en testigos oculares.



La transfiguración del Señor, revivida de forma vigorosa tras su resurrección, les ha llevado a comprender que su destino último, como nos enseña S. Pablo en su carta a los filipenses que hemos escuchado, es que “Cristo nos transformará, según el modelo de su cuerpo glorioso”. Es decir, que nuestro destino no está condenado al fracaso de la muerte, sino a la promesa cierta de nuestra futura inmortalidad.



Lo acontecido en este momento de la vida de Jesús y sus discípulos, nos ayudará a asumir el tramo que queda de camino hacia la Pascua. Para eso hay que bajar de la montaña sagrada, para introducirnos en la senda de la entrega y el servicio hasta el extremo.

Ahora hemos recuperado fuerzas en el encuentro con el Dios vivo y todopoderoso. Es momento de acompañar a Jesús, en su entrega salvadora.



Si el domingo pasado, el Señor vivió la dura experiencia de padecer la tentación humana que desconcierta y angustia, hoy recibe la fortaleza y el aliento que su relación con el Padre le infunde, de manera que pueda llevar hasta el final su proyecto de vida.



Nosotros también recibimos esta misma fortaleza en nuestra vida de discípulos, si como Jesús, dejamos que Dios nos inunde con su gracia. Si dejamos que la oración personal y comunitaria sea fundamento de nuestra vida; si nutrimos nuestra alma con el alimento vivificador de su Cuerpo y de su Sangre, sacramento de su redención.



Los discípulos del Señor, que vivimos en esta hora y tiempo, necesitamos de una espiritualidad asentada en los fundamentos de la experiencia personal de encuentro con Jesucristo, de lo contrario no podremos superar el camino hacia el Calvario al que cada envite de la vida nos introduce. Que sepamos buscar esos espacios vitales, para que reanimados y fortalecidos por su gracia, vivamos con gozo nuestra fe, y la transmitamos con generosidad a los demás.

viernes, 8 de marzo de 2019

DOMINGO I DE CUARESMA



DOMINGO I DE CUARESMA

10-03-19  (Ciclo C)



       Con el rito de la imposición de la ceniza, comenzábamos el pasado miércoles este tiempo de gracia que es la cuaresma. En él vamos a prepararnos personal y comunitariamente para que convirtiendo nuestra vida al Señor, podamos vivir la experiencia central de nuestra fe, la Pasión, muerte y resurrección de Jesucristo, fundamento de nuestra vida cristiana.

Ante nosotros tenemos cuarenta días en los que la Palabra de Dios busca empapar nuestros corazones, para que situados frente a nuestro propio ser nos veamos con sencillez y con verdad, descubriendo aquello que nos va alejando del amor de Dios y de la auténtica fraternidad con los demás.

Dios nos ayuda a contemplar la realidad de nuestra vida y sobre todo nos anima a asumirla con responsabilidad y gratitud. El Espíritu del Señor es el que nos introduce en nuestro desierto interior para descubrirnos tal y como somos con nuestras luces y sombras, fracasos y logros, situaciones de gracia y de pecado. En este desierto del alma, Dios sale a nuestro encuentro para llenarnos con su amor y misericordia, y así ayudarnos a entender la vida que cada uno tiene por delante como un proyecto que está por realizarse y que lo podemos desarrollar siguiendo el camino de su Hijo Jesús, nuestro Señor y Salvador.



       En este itinerario cuaresmal no estamos solos. Jesús nos abre el camino y se sitúa a nuestro lado para hablarnos al corazón y llenarlo con la fuerza de su Espíritu. Y qué mejor maestro que aquel que pasó por similares penalidades en su vida.



Como nos narra la Sagrada Escritura, Jesús tiene ante sí su futuro. Sabe que su existencia está marcada por esa relación cercana, personal e íntima con su Padre Dios. El siente que su persona entera está en las manos de Dios y nadie más que él puede ser dueño de la misma. Ni el poder, ni la gloria o el dinero, son lo suficientemente grandes como para traicionar a Dios. “Al Señor tu Dios adorarás y sólo a Él darás culto”. Con esta frase termina su lucha interior con el Tentador, y marca de forma definitiva el rumbo de su vida.

       Sólo Dios es el Señor, sólo a Él se le debe adoración, y sólo en Él está la vida en plenitud, aquella por la que merece la pena entregarse. Los señores de este mundo, los poderosos y satisfechos, sólo se sirven a sí mismos y se valen de los demás para detentar su gloria. Muchos son los que desean ocupar esos puestos, tal vez todos en el fondo de nuestro corazón vivamos más de una vez esa poderosa tentación. Pero no hay más que ver la realidad circundante para darnos cuenta de que es muy difícil unir justicia y verdad, con  el ansia de poder y riqueza; generalmente estas ambiciones son causa directa de la injusticia y de la violencia que sufren los débiles a manos de los fuertes, y están en la base de todas las desigualdades y opresiones.



       La cuaresma nos ha de ayudar a depurar nuestras intenciones profundas, descubrir la verdad de nuestra vida y orar con confianza a Dios para que sea Él quien nos oriente y acompañe en el camino hacia su Reino. No en vano las tres actitudes que tradicionalmente nos propone la Iglesia, ayuno, caridad y oración, son un medio muy adecuado y eficaz para este fin. La austeridad y el ayuno nos ayudará a comprender mejor las necesidades de los demás, a sentirnos cercanos a ellos y a liberarnos de tantas ataduras que nos van esclavizando y apropiándose de nuestros sentidos. El amor auténtico se concreta en obras de caridad para con los pobres y necesitados. No somos austeros para ahorrar sino para compartir con aquellos que pasan necesidad, reconociendo que los bienes que poseemos no son propiedad nuestra de forma exclusiva e individualista, sino que han de servir al bien de todos porque Dios ha puesto en nuestras manos su creación para que desarrollándola de forma justa y respetuosa, a todos nos aproveche por igual. Es el egoísmo instaurado en el corazón por el maligno, lo que tantas veces  infunde en nosotros deseos de acaparar, cayendo en la idolatría que nos somete y esclaviza.

Estas dos actitudes primeras, que el mismo Jesús va imponiendo frente al tentador que pretende desviarle de su camino, encuentran su fuerza y fundamento en la tercera, la oración. Toda la vida del Señor discurre bajo la acción del Espíritu de Dios. En Él descansa nuestra existencia, y sólo a Él pertenece nuestro ser. El mismo Espíritu que empujó a Jesús al desierto y que lo fortaleció constantemente en la búsqueda de la voluntad del Padre, es el que ahora nos ayuda a iniciar este recorrido cuaresmal.

Y lo debemos emprender desde nuestras realidades concretas, en el seno familiar, en el mundo laboral o de estudio, en nuestras relaciones afectivas y sociales; todo nuestro ser ha de ponerse en situación de vuelta hacia Dios. Porque de esta experiencia gozosa de encuentro personal con el Señor, sentiremos renovada nuestra fe para poder ser en medio del mundo testigos de la esperanza cristiana.

       Es verdad que cada vez resulta más complicado hablar de Dios en el ambiente actual. Muchas veces parecemos cristianos anónimos, o lo que es peor, vergonzantes. Podemos llegar a ocultar nuestra fe hasta en los ambientes de mayor confianza, como son el mismo núcleo familiar. Y sin embargo no cabe duda de que el testimonio personal y la constancia, junto con la conciencia dichosa de pertenecer a una comunidad eclesial en la que hemos nacido y crecido a la fe en Jesucristo, son el mejor ejemplo que podemos ofrecer para evangelizar.



 Cuantas veces debemos recordar esa frase del evangelio; “lo que rebosa en el corazón, lo habla la boca”. Esta es la muestra de una vida cristiana vivida con alegría y esperanza. Tal vez seamos menos los que nos confesamos creyentes hoy, pero no cabe duda de que en esa confesión valiente y sincera de muchos hermanos nuestros, se va robusteciendo la fe de los más débiles, consolidando la de quienes atraviesan por penumbras, y dando testimonio auténtico de Jesucristo.



       Estamos comenzando un tiempo privilegiado para volver la mirada hacia el Señor y descubrir lo que nos pide a cada uno en este momento. Todos necesitamos convertirnos: renunciar al odio, al egoísmo o la injusticia; no sólo evitar causar cualquier daño al prójimo, sino procurar siempre hacerle el bien.



La oportunidad de acercarnos a vivir sacramentalmente esta experiencia del perdón, es una puerta santa que se nos abre de forma preeminente en este tiempo. Para ello la Iglesia nos muestra el camino adecuado para celebrar la conversión; contemplar desde la verdad nuestra vida, reconocernos necesitados de la misericordia del Señor, y sentir con dolor el mal que hemos podido causar con mayor o menor responsabilidad. Acercarnos al sacerdote, ministro de la Iglesia, y a quien Jesucristo ha encomendado escuchar y acoger al pecador para transmitirle sacramentalmente su misericordia, es indispensable para poder celebrar con autenticidad este sacramento. En ese diálogo auténtico y sencillo, recibimos el consuelo del Señor, quien a través de su Iglesia nos estimula y la fortalece para cambiar de actitudes e iniciar una vida bajo la acción de su gracia.



Que el Señor nos ayude para que este camino cuaresmal nos acerque más a él. De este modo podremos llegar a la experiencia pascual con el corazón renovado y vivir con gozo y gratitud la alegría de su resurrección, en la cual se fundamenta nuestra fe y nuestra esperanza.

miércoles, 20 de febrero de 2019

DOMINGO VII TIEMPO ORDINARIO



DOMINGO VII TIEMPO ORDINARIO

24-02-19 (Ciclo C)



Un domingo más nos reunimos como comunidad cristiana para celebrar nuestra fe. Qué necesario es en nuestros días poder contar con un espacio como este, donde con serenidad y apertura de corazón, podamos escuchar la Palabra de Dios, y compartir el Pan de la eucaristía que fortalece, anima y sostiene nuestra esperanza.



Una Palabra que de la mano del evangelista S. Lucas resuena con especial fuerza ya que nos confronta con la realidad de nuestras vidas.

“Sed compasivos, como vuestro Padre es compasivo”. Que evangelio tan entrañable y concreto, con qué claridad el Señor nos sitúa ante las actitudes más profundas de nuestra vida y nos revela a su vez las entrañas misericordiosas de Dios, nuestro Padre.



Jesús sabe perfectamente lo que a todos nos cuesta caminar por la senda de la perfección. Él mismo será blanco de críticas, se irá granjeando poderosos enemigos, sufrirá la injusticia y el desprecio, y a los ojos de cualquiera estaría más que justificado por su parte, emplear la misma moneda para pagar a quien tanto daño le causa.

Sin embargo, él entiende muy bien que su misión no es la de mantener la dinámica del “ojo por ojo y diente por diente”, tan empleada en las relaciones humanas. Ni tan siquiera la de juzgar a quien en su vida se introduce por esa senda del rencor y la venganza.

Jesús ha asumido una vocación que le llevará a instituir un camino nuevo, fresco y fecundo en el que la semilla de la misericordia y del perdón hará que germine el Reino de Dios al que dedicará toda su existencia. Porque la justificación de ese camino no viene dada por el derecho que el ser humano tiene de llevar una vida digna y buena, sino porque nuestro Padre es compasivo, a pesar de lo que nosotros podamos ser.

En esto consiste la fidelidad al mensaje evangélico. Muchas veces asistimos a críticas que se lanzan contra la Iglesia y sus pastores porque transmitimos un mensaje demasiado riguroso.

Cuando hablamos de la fidelidad matrimonial, del derecho a la vida y la dignidad inalienable de todo ser humano desde el momento de su concepción hasta el de su final natural; cuando se insiste en la necesidad de establecer las relaciones humanas desde la solidaridad, el respeto y la equitativa distribución de los bienes en pro de una real fraternidad. Y en este sentido se llama la atención sobre el peligro que encierra el individualismo que nos hace insolidarios, en el materialismo que nos lleva al egoísmo ambicioso, el hedonismo que esclaviza y nos hace dependientes de nuestras pasiones, entonces se mira para otro lado y se tacha este discurso de trasnochado y carente de realismo.



La exposición de la fe cristiana, en su integridad, jamás puede sustraerse al pueblo de Dios. Todos sabemos que el evangelio de Jesús tiene el listón muy alto, y que debemos introducirnos en un camino de permanente conversión para poder identificarnos cada día más con él. Pero esta verdad lejos de desanimarnos ha de suscitar en nosotros sentimientos de humildad y de autenticidad. Humildad para reconocer que necesitamos la ayuda del Señor en todos los momentos de nuestro caminar; que solos no podemos superar las dificultades de la vida y de la fe; y que su gracia puede más que nuestra debilidad. Pero también necesitamos ser auténticos, es decir, no falsear el evangelio para adecuarlo a nuestra realidad concreta. Somos nosotros los que tenemos que convertirnos, cambiar e ir integrando en nuestra vida los valores inalienables del evangelio de Jesús, y no adaptar éste a nuestra conveniencia personal, manipulándolo y falseando el mensaje del Señor para tranquilizar falsamente nuestras conciencias. No podemos adaptar el evangelio a nuestros intereses, porque entonces podrá ser palabra de hombres, pero no de Dios.

Y no olvidemos que esta humildad y autenticidad a quienes nos es más urgente y necesaria es a nosotros, a los miembros de la Iglesia, fieles, religiosos y pastores. Porque si quienes hemos recibido del Señor la misión de anunciar el evangelio en su integridad, no realizamos con fidelidad esta misión, quién la desarrollará por nosotros.



La fidelidad a la Palabra de Dios ha de estar siempre por encima de nuestra capacidad para vivirla. Y muchas veces cuando la expongamos nos sentiremos denunciados por ella ante la debilidad de nuestra vida concreta porque sentiremos con vergüenza que anunciamos una cosa y hacemos otra muy distinta. Pero si tenemos valor para anunciarla con fidelidad y apertura de corazón para escucharla con humildad, también el Señor nos ayudará para sentir la fuerza de su compasión que regenera nuestra vida y la redime con su amor.



En nuestros días exponer el evangelio que hemos escuchado y hablar del amor a los enemigos y del perdón a quienes tanto mal nos causan, se vuelve para muchos escandaloso. Lo mismo ocurría en tiempos de Jesús. Sin embargo Él nos enseña a estar cerca de las víctimas del mal para acompañar con amor y ternura su dolor, ofrecerlas una palabra de consuelo y alivio capaz de regenerar con el bálsamo de la esperanza sus vidas injustamente rotas, y acompañarlas el tiempo que sea necesario para que recuperen las riendas de su vida y la puedan rehacer sobre las bases de la justicia, la verdad y la dignidad. Pero también esta palabra eclesial ha de ser propuesta con valor y firmeza, de forma que se ayude a evitar el odio y el rencor que lejos de regenerar la existencia humana la hunden en la venganza y la envilece.

Y esta tarea, que muchas veces resultará incomprendida y otras muchas criticada, no podemos eludirla por miedo o cobardía.

 La fidelidad a Jesucristo nos ha de llevar a proponer el mensaje  de su evangelio en su integridad, con valor y autenticidad. Respetando cada situación humana, no erigiéndonos nunca en jueces de nadie, pero sabiendo que por el bien de nuestros hermanos debemos ser fieles en la transmisión de la fe de la que somos testigos autorizados. Y que en el seguimiento de Jesucristo no vale cualquier manera de interpretar su palabra ni su vida, ya que la única que puede presentarse ante el mundo como voz autorizada por el Señor, para exponer con fidelidad su mensaje de salvación, es la de su Iglesia, fundada por él sobre el cimiento de los apóstoles y sus sucesores.



Que nuestra celebración comunitaria de la fe y el encuentro personal con el Señor en la oración de cada día, nos ayuden a vivir esta misión de discípulos en medio de nuestro mundo con entrega, valor y alegría de corazón.


viernes, 15 de febrero de 2019

DOMINGO VI TIEMPO ORDINARIO



DOMINGO VI TIEMPO ORDINARIO

17-02-19 (Ciclo C)



         “Bendito quien confía en el Señor y pone en el Señor su confianza”. Esta frase podría resumir la llamada que la Palabra de Dios que hemos escuchado nos realiza a cada uno de nosotros. La confianza en el Señor es principio y fin de nuestra fe, es una bendición para el alma que serena y pacifica nuestro ser, y es también el crisol por el que se manifiesta la autenticidad de nuestra esperanza.



         La confianza nos hace sentirnos seguros y queridos por Dios, es un sentimiento cálido y ofrece seguridad a nuestra vida. Todos necesitamos confiar en alguien y saber que esa confianza no va a quedar defraudada. La confianza es base del amor en el matrimonio, ejemplo y modelo para los hijos, y necesidad ineludible de la fe.

Pero la confianza, tanto en las personas como en Dios, hay que alentarla de forma permanente para que no caiga en la desidia y el sin sentido. Sólo se puede confiar desde el amor y la cercanía a través de una relación personal, madura y fiel.



         Así podremos entender la promesa que S. Lucas manifiesta en su evangelio. Son dichosos los pobres, los hambrientos, los que lloran, los perseguidos porque en su enorme necesidad sólo cabe encontrar consuelo en Dios. Ya no les queda otra esperanza que elevar los ojos al cielo y dejar actuar al Señor. Estos son dichosos porque Dios no desoye los lamentos de sus hijos, y menos los de aquellos que sufren de forma casi permanente, víctimas de la injusticia. De ahí la necesaria advertencia a los poderosos que mantienen su poder sobre la opresión de los pobres. En un mundo donde la ambición, el afán de poder y el egoísmo inhumano van agudizando las diferencias entre pobres y ricos, es necesario lanzar una clara advertencia desde la fe; ese no es el camino de la humanidad sino el de su corrupción.

         Quienes ponen su confianza en lo material olvidando las necesidades de los demás, ya han elegido su destino, y a éstos hay que advertirles que en su corazón se ha producido una ruptura fundamental, cambiando a Dios por los ídolos y rompiendo la armonía de la creación.

         Los cristianos confiamos en la Palabra del Señor, y nuestra confianza se mantiene incluso por encima de las evidencias del presente que muchas veces nos llenan de dolor y angustia. Confiamos ante la enfermedad de un ser querido, y es en nuestra cercanía amorosa donde también sentimos la compañía del mismo Dios.

Nuestra mayor muestra de la confianza en el Señor se manifiesta ante el acontecimiento de la muerte. Como nos enseña el apóstol San Pablo, en la resurrección de Jesucristo, todos tenemos abierta la puerta de la vida eterna, la vida en plenitud junto a Dios. Y es ante la muerte de nuestros seres amados donde con mayor intensidad sentimos la necesidad de confiar plenamente en la Palabra de Jesús “yo soy el camino, y la verdad y la vida, el que creen en mi vivirá para siempre”.



Esta es la esencia de nuestra fe. Lo exclusivamente genuino de ella y lo que llena de sentido todas las actitudes de solidaridad y compromiso a favor de los demás que todo creyente ha de desarrollar en su vida.

Porque confiamos en Jesucristo y anhelamos la vida en plenitud que él nos ofrece, sabemos que debemos llevar la dicha y la esperanza a los que sufren, a los pobres, a los que padecen cualquier injusticia y necesidad, a los que mueren de hambre y miseria por el egoísmo y la dureza de corazón de otras personas que, habiendo sido más afortunadas en la vida, se manifiestan frías e insensibles.

La confianza en Dios nos lleva a acoger y asumir su mismo proyecto liberador y solidario. Los cristianos tenemos que ser la voz que denuncie las injusticias que padecen nuestros hermanos, aún a riesgo de las críticas que puedan darse; no olvidemos la advertencia final del evangelio “¡Ay si todo el mundo habla bien de vosotros, eso mismo hacían vuestros padres con los falsos profetas!”.

La Iglesia de Jesucristo extendida a lo largo y ancho del mundo ha demostrado su fidelidad a Dios y a la verdad de su mensaje, precisamente en medio de las personas más necesitas. Necesidad que no sólo se manifiesta en la precariedad material, sino en cualquier miseria que fracture su inalienable dignidad.



La confianza en Dios no es un privilegio de los pobres y abatidos. Ciertamente ellos están en condiciones tan precarias que lo único que les queda es elevar la mirada al cielo esperando la misericordia divina ante la ausencia de la humana.

Pero también nosotros hemos de ser agradecidos y renovar cada día nuestra confianza en el Señor. Dios nos ha regalado el don de nuestro mundo, y  entre las muchas posibilidades existentes, hemos tenido la enorme dicha de nacer en este tiempo y en circunstancias favorables. No pensemos que todo se debe a nuestro trabajo o esfuerzo personal, y mucho menos a que nos lo merezcamos más que otros, sino más bien a una enorme suerte que hemos de agradecer siempre al Señor.

Los ricos y afortunados no son los despreciados de Dios. Jesús miró con amor a aquel joven rico que se le acercó con interés por alcanzar la vida eterna. Pero ciertamente quienes en la vida han sido sonreídos con tanta ventura, tienen que dejarse empapar por la fría lluvia de quienes llaman a sus puertas clamando caridad. La abundancia de unos sólo encuentra su legitimidad en la apertura a la fraterna caridad para con los pobres. Sólo así pueden dar gracias a Dios con honestidad, porque su gratitud se deja traspasar por el crisol de la solidaridad y el amor.



Que esta gratitud se transforme en generosidad para con aquellos que sufren y que necesitan de una cercanía realmente fraterna, y que cada día vayamos ganando en capacidad de misericordia y compasión de tal manera que nos lleve a luchar por el bien común de todos los seres humanos. Esta será la prueba de nuestra confianza en Dios y de nuestra responsabilidad para con la obra de sus manos. Que así sea.

viernes, 8 de febrero de 2019

DOMINGO V TIEMPO ORDINARIO



DOMINGO V TIEMPO ORDINARIO

10-2-19 (Ciclo C)



       “En aquel tiempo, la gente se agolpada alrededor de Jesús para oír la Palabra de Dios”. Qué frase tan extraordinaria para centrar hoy nuestra celebración. Oír la Palabra de Dios era para aquellos hombres y mujeres del tiempo de Jesús, algo importante, necesario para sus vidas y por lo que merecía la pena dedicarle el tiempo suficiente.



       La Palabra de Dios es para el creyente alimento de vida que despierta los sentidos más humanos y nos sitúa en la senda del Señor. La Palabra de Dios es alentadora de nuestro vivir, horizonte de esperanza, bálsamo en medio del cansancio, noticia siempre nueva y buena, sentencia que se cumple de forma permanente, como experimentará el profeta que la anuncia con su vida fiel.



       La Palabra de Dios no es cualquier palabra. Es el mismo Dios quien entra en diálogo con nosotros para mostrarnos su ser creador y amoroso. Dios dialoga con sus hijos, a través de la oración y la escucha,  y se muestra cercano en todo lo que vivimos. No es una palabra vacía o falsa. No busca el halago o la complacencia. En su Palabra es Dios mismo quien se entrega y se vincula para siempre con su pueblo. La Palabra de Dios construye su reino en aquellos que la acogen y la viven con fidelidad.



        Cómo no querer escuchar esa Palabra cuando además es pronunciada por el mismo Hijo de Dios. Jesús ha ido mostrando a sus discípulos y a su pueblo, que su palabra va acompañada de obras que la avalan y ratifican como auténtica. Él no habla como los escribas o fariseos, habla con “autoridad”.



       En ese contexto, nos presenta el evangelista la labor cotidiana de sus discípulos que todavía se dedicaban a la pesca, y en aquella jornada de trabajo, sólo han sacado desasosiego y fracaso. No hay peces que pescar, y eso que eran expertos. Ante el asombro y desconcierto de Pedro, Jesús le pide que vuelva a echar las redes en el mar, y por su palabra lo hará, aunque algo cegado por las dudas.

       Fiarse de la Palabra de Dios provoca de inmediato sus frutos. Tras la pesca milagrosa, hay toda una enseñanza que será para aquellos discípulos el fundamento de su fe. La Palabra de Jesús cumple las promesas de Dios y con él ha llegado de forma definitiva su reinado. Ahora os toca a vosotros transformaros en pescadores, pero de hombres y mujeres que llenen las redes del Señor.



       A Jesús muchos lo buscaban por sus milagros, otros lo aclamaban por su lucha contra la injusticia y la opresión, pero sólo lo siguieron hasta el final y hasta nuestros días quienes acogiendo su Palabra nos hemos fiado de ella y por ella hemos descubierto la fe que profesamos como camino, verdad y vida en plenitud.



       Ser seguidores de Jesús es ante todo ser testigos de su vida, de su muerte y resurrección, y junto a ello mensajeros de su Palabra, la cual hemos de anunciar de forma permanente y explícita. Este es el testamento que hemos heredado de los Apóstoles, La Sagrada Escritura que es para el cristiano referencia permanente, fuente de la que ha de beber para nutrir con su riqueza las entrañas sedientas de verdad, amor, justicia y paz.



       Cuántas palabras escuchamos y leemos carentes de sentido, que sólo distraen nuestra mente o enturbian los sentimientos del corazón. Cuantas veces escuchamos palabras hirientes, acusadoras, insultantes que destruyen al ser humano y envilece ese maravilloso medio de la comunicación interpersonal.

       La Palabra de Dios es creadora y transformadora. Quien la escucha con fe, sale confortado en su ser más profundo y es capaz de ir cambiando el rumbo de su vida si así se lo pide el Señor.



       Hoy damos gracias a Dios por su Palabra, especialmente por aquella en la que se resume todo el ser del mismo Dios, Jesucristo, Palabra eterna del Padre. Y también le damos gracias por este don que tenemos los cristianos y que hemos leído y cuidado durante casi dos mil años. La Sagrada Escritura debe ser el libro que jamás falte en nuestros hogares y no para decorar la estantería, sino para colmar con su vitalidad renovadora los estantes de nuestra alma.

       Leer diariamente un pasaje del evangelio o de las cartas apostólicas nos ayudará a entender mejor a Jesús, conocerle y amarle. Leer pasajes del Antiguo Testamento, nos mostrará cómo era la misma oración de Jesús. A través de los salmos, el pueblo creyente ha plasmado sus sentimientos religiosos, unas veces suplicantes, otras agradecidas y otras muchas sufrientes. Son retazos de nuestra vida con lenguaje a veces complejo, pero que encierra toda una historia de Dios con su Pueblo.



       Pedro cambió su vida por esa Palabra de Jesús, de pescador pasó a evangelizador y pastor del Pueblo de Dios. Porque sólo desde el conocimiento y la vivencia coherente de la Palabra del Señor se puede ser discípulo suyo. Sabiendo que va realizando su transformación regeneradora en nuestra propia vida. Hoy se nos han presentado tres personajes principales, Isaías, Pablo y Pedro; tres personas que se reconocen limitadas y pecadoras, pero en los que la gracia de Dios, transformará sus vidas renovándolas y preparándolas para su misión profética y evangelizadora.

 Que también nosotros podamos vivir la dicha del encuentro con el Señor a través de su palabra, y que ésta nos ilumine en el camino de nuestra vida hasta el encuentro definitivo con él.

miércoles, 6 de febrero de 2019

GOYA A LA GRANDEZA HUMANA



No vi la gala de los Premios Goya celebrada este pasado sábado 2 de febrero, pero sí he podido ver la recogida del Goya al mejor Actor Revelación de D. Jesus Vidal y escuchar sus palabras de agradecimiento. Nunca antes he notado tanta gratitud, frescura y sencillez en alguien que recibe un premio, y seguro que la inmensa mayoría son muy merecidos.

Pero en este caso, después de sentir cómo se me iban empañando los ojos ante la emoción que este gran actor nos transmitía, concluyó con una frase sublime tras agradecer conmovido a sus padres, todo lo que de ellos había recibido: “A mí sí me gustaría tener un hijo como yo, porque tengo unos padres como vosotros. Muchísimas gracias”

Esta frase seguro que no la olvidaré jamás, porque no sólo muestra un sentimiento filial lleno de ternura y gratitud, sobre todo manifiesta una calidad humana extraordinaria tanto en esos padres que amaron, cuidaron y supieron llenar de dicha la vida de su hijo, como la clara conciencia del hijo de que su valor no lo determinó una situación de discapacidad, sino el amor que recibió en todos los momentos de su existencia.

En una sociedad tan acostumbrada al descarte de las personas distintas, y tan complaciente con quienes seleccionan entre sujetos posibilitando la vida de unos y la muerte de otros, escuchar esta voz sencilla, temblorosa y agradecida ha sido un regalo.

Jesús Vidal estaría entre los candidatos al descarte, pero algo ha hecho que se colara entre los candidatos al Goya. ¿Ha sido la casualidad, la excelencia, el error?  Da igual. Él lo ha dejado muy claro al final de su brillante discurso sin papel ni pinganillo. Su espontaneidad responde a la cuestión; él sabe que su vida y las de aquellos que son como él merece la pena, es plena en sí misma y nada de ella debe ser oscurecido, disimulado o extirpado, no por el gran valor de sus capacidades intelectuales, físicas  o por su belleza exterior, sino porque alguien le ha mirado con exclusividad, con ternura y con el suficiente amor, que le ha hecho único, irrepetible e indispensable. Jesús ha sentido en su vida que sus padres y hermana lo miraban como a nadie, que valía como nadie, que  podía lo que nadie y que su existencia les era necesaria para ellos poder vivir felices. Jesús no era prescindible para los suyos, era indefectible por la sencilla razón de que los parámetros con los que su vida era medida no se correspondían con los de una sociedad vacía y autocomplaciente.

Todos los hijos, niños y niñas, vienen a su casa, a una familia, a un entorno humano que sólo lo es si tiene cualidad de humanidad. Y Jesús nos lo ha descrito con una clarividencia formidable. Por eso él puede tener un hijo como él mismo, porque sabe que será recibido como lo fue él, será querido como lo quisieron a él, y será claro candidato al triunfo de su vida como ha triunfado él. Porque aunque no gane la cabeza de tan insigne pintor, habrá ganado el mayor premio que un ser humano puede recibir y que por suerte no depende de ninguna votación, ni legislación, ni ideologías dominantes, su inalienable DIGNIDAD.