viernes, 23 de febrero de 2018

DOMINGO II DE CUARESMA



DOMINGO II DE CUARESMA

25-02-18 (Ciclo B)



En este segundo domingo de cuaresma, podemos centrar nuestra atención en la Palabra de Dios desde la pregunta planteada por San Pablo al comienzo de su carta, “Si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros?”, o dicho de otra forma, si Dios sostiene nuestra vida, y descansa en él nuestra esperanza, ¿quién podrá romper nuestra paz y nuestra dicha?

Y sin embargo, a pesar de sentir muchas veces con intensidad esta experiencia personal de encuentro con Dios en el que nuestra fe sale fortalecida, podemos experimentar también pruebas fuertes donde sentimos que todo se tambalea.

Así nos situamos en la experiencia de Abraham. Un hombre que según nos relata la Biblia lo dejó todo para seguir la voluntad de Dios. Abandonó su tierra, se despojó de sus seguridades y se lanzó a la aventura de la fe, puesta en un Dios cuya única promesa fue la de darle una descendencia numerosa. Ciertamente esa promesa lo era todo, porque no olvidemos que el valor de los hijos, de la familia y del número de descendientes era la gran riqueza anhelada por todo hombre de aquel tiempo.

Y cuando Dios cumple su palabra y le da un hijo, le pide un imposible, que se lo ofrezca en sacrificio. Y aunque el relato del A.T. no nos deja entrever ningún atisbo de duda, y Abraham se dispone a cumplir fielmente este terrible mandato, no se nos escapa la dureza de aquella experiencia que rompía su alma. Es el momento de afrontar la prueba de la fe.

Algo similar vivieron los discípulos del Señor. Ellos habían dejado todo para seguir con entusiasmo al Maestro. A su lado fueron descubriendo una nueva forma de vida basada en la confianza plena en Dios y que Jesús iba transmitiendo desde su experiencia familiar e íntima con él. A su vez ese entusiasmo crecía por las palabras y los signos extraordinarios que Jesús realizaba, lo que les hacía confiar plenamente en la intervención definitiva de Dios en la historia para salvarla y transformarla en el Reino anunciado por el Señor, el Mesías.

Sin embargo también llegan para los discípulos los momentos de dificultad, de duda y de abandono. Justo antes de este relato evangélico que acabamos de escuchar, Jesús ha anunciado por primera vez la cercanía de su pasión, se ha enfrentado duramente a Pedro que intentaba persuadirle para que tomara otro camino, y acaba de advertir a sus discípulos que el caminar a su lado conlleva sacrificio, sufrimiento y servicio, de tal manera que “si alguien quiere venirse en pos de mi, niéguese a sí  mismo, tome su cruz y me siga. Porque quien quiera salvar su vida la perderá; pero quien pierda su vida por mi y por el Evangelio, la salvará”.

Son momentos de incertidumbre, de sopesar las apuestas realizadas y de asumir opciones fundamentales en la vida. Y así Jesús, como nos narra el evangelio de hoy, toma consigo a sus más cercanos y en la intimidad más absoluta les enseña la realidad de su ser, se transfigura ante ellos. Es decir, les abre el alma hasta el punto de mostrarse tal y como es en su realidad humana y divina, en la verdad de su persona unida a la del Padre Dios. Y en esa experiencia que desborda su capacidad de entendimiento, ven junto a Jesús a dos personajes que sustentan los fundamentos de su vida espiritual, Elías quien representa la profecía, y Moisés, quien recibe la ley de Dios. Profecía y ley, convergen en Jesús, sólo él es el “Hijo amado” de Dios, a quién el señor nos manda acoger y escuchar. Ya no hay más profetas, no hay más intermediarios que disciernan los signos de los tiempos. En Jesús Dios lo ha hablado todo, y no se ha dejado ninguna palabra por decir. De modo que su persona es ahora, y por siempre la Encarnación divina.

Y si en esta larga historia humana, hemos necesitado un pedagogo que nos ayudara a caminar, como dirá S. Pablo, y esa ayuda era la ley que nos marcaba los límites para no salirnos del camino y caer en el abismo. Jesús ha superado la ley por el amor. Un amor entregado hasta la muerte, y donde el Padre Dios no encontró la compasión que sí halló Abrahám para con su hijo Isaac.

San Pablo, buen conocedor de la historia sagrada de su pueblo, y meditando este episodio del Génesis que hemos escuchado en la primera lectura, llega a la certeza de que Dios ha pagado por nosotros un rescate demasiado elevado como para dejarnos de la mano o permitir que alguien nos arrebate de su lado.

Dios nos ha engendrado desde la muerte y resurrección de su Hijo, y el precio de nuestro rescate es la sangre vertida en la cruz por aquel a quien presentó ante el mundo como su “Hijo amado”.

Nada, mis queridos hermanos puede apartarnos del amor de Dios, no hay excusas que justifiquen nuestra lejanía de su lado. Sólo nosotros podemos tomar semejante decisión. Sí, el cristiano que ha vinculado su vida a la del Hijo amado de Dios, a nuestro Señor Jesucristo, no puede temer vivir alejado de él, salvo que libremente tome esta decisión.

Las dificultades de la vida, los sufrimientos y penurias por las que podamos atravesar en un momento dado, no son causa suficiente para apartarnos del amor de Dios, porque por esas mismas realidades ya ha caminado Jesús, y en ellas nos ha mostrado que es posible seguir confiando en Dios, ya que su amor nunca nos deja de la mano.

No confundamos la realidad de nuestra limitación personal y como colectividad humana, con una dificultad insalvable para la fe. Porque la fe, cuando realmente existe, todo lo aguanta, lo soporta y lo supera, ya que la fe, como el amor, “cree sin límites, disculpa sin límites, aguanta sin límites”, la fe que se sustenta en el amor, no pasa nunca.

La transfiguración del Señor, nos está ayudando, en medio de la pesadez del camino, a no dejar de centrar nuestra vida en la gozosa esperanza pascual. Si larga es la cuaresma de nuestra vida, y en ocasiones tendremos que soportar la amarga experiencia de la pasión, no dejemos de contemplar con confianza al “Hijo amado de Dios” que nos sigue sosteniendo y alentando desde su resurrección.

Así con esa serena esperanza, seguro que también podremos sentir lo “bien que se está aquí”, a su lado, porque si centramos nuestra mirada en el Señor, y ponemos en sus manos nuestras vidas, seguro que las llevará a su plenitud.

Vivamos este tiempo de gracia de forma fecunda, para que así seamos en medio de nuestro mundo, fermento de esperanza y consuelo para nuestros hermanos.

viernes, 9 de febrero de 2018

DOMINGO VI TIEMPO ORDINARIO



DOMINGO VI DEL TIEMPO ORDINARIO

11-2-2018 (Ciclo B)

       Celebramos en este domingo, la jornada anual de Manos Unidas. Una campaña donde la solidaridad cristiana se hace extensiva a los países más pobres y necesitados del mundo, a través de la acción misionera y evangelizadora de la Iglesia de Jesús. Este año, además, coincide con la Jornada Mundial del enfermo, al celebrar en este día la memoria de la Virgen de Lourdes. El lema “comparte lo que importa”, nos ayuda a tomar conciencia de nuestra misión en medio de las necesidades de tantos hermanos víctimas de las injusticias y de las limitaciones, entre las que el mundo del enfermo es siempre una llamada a la cercanía y la solidaridad.

       Y es precisamente este aspecto de implicación personal, lo que vamos a contemplar al celebrar nuestra fe. Y para ello necesitamos la luz del Señor que orienta nuestros pasos según su voluntad, y nos ayuda con la fuerza de su espíritu y el consuelo de su amor de Padre.

       La Palabra de Dios proclamada nos sitúa ante la realidad del estigma humano bajo la forma de lepra, que separa y margina al enfermo alejándolo de la comunidad y condenándole a vagar en soledad y desamparo. La ley de Moisés marca al leproso como impuro y por lo tanto fuera de todo derecho que asiste a cualquier miembro de la comunidad judía. Esa impureza era entendida como consecuencia del pecado personal o el de sus antepasados, ante lo cual Dios lo castigaba, marcándolo para siempre, de forma que todos vieran y temieran su pecado, y obligándolo a vivir en la exclusión.

       Así ha sido entendida durante mucho tiempo la pobreza en el mundo, unas veces como culpa de los pueblos que no saben administrarse, otras debido a la mala suerte de las catástrofes naturales, o como fruto de guerras y violencias. Y si bien esta forma de pensar ha cambiado y ya nadie se atrevería a decir que la pobreza es culpa de los pobres, igualmente cierto es que sus consecuencias siguen siendo las mismas. Los pobres son cada vez más pobres, su miseria es cada vez mayor y la hambruna, la violencia y las enfermedades son los estigmas a los que están condenados.

       Y en medio de esta situación que hoy se nos presenta a los cristianos de todo el mundo, resuena con fuerza el Evangelio de Marcos, en ese encuentro entre Jesús y el enfermo de lepra;

       “Si quieres puedes limpiarme. Sintiendo lástima, extendió la mano y lo tocó diciendo: `quiero; queda limpio”.

       El clamor del leproso llega a Jesús en forma de desgarradora petición “si quieres puedes limpiarme”. Un grito de desesperación unido a un acto de fe en el vacío que encuentra una respuesta salvadora “quiero, queda limpio”.

El querer de Jesús lleva consigo mucho más que la buena voluntad. San Marcos nos muestra una actitud profunda del Señor, “sintió lástima”, se dejó afectar en lo más profundo de su ser por aquel hombre desesperado que acudía a su encuentro. Todo lo contrario a la pena infecunda que suscita en nosotros las imágenes lejanas del televisor y que en breves segundos son sustituidas por otras más agradables o superfluas. Jesús sintió lástima, el dolor que conmueve e indigna y que provoca su acción inmediata para cambiar radicalmente esa realidad injusta humanamente, y falsa en su implicación religiosa.

       Jesús rompe con la ley que impide acercarse y tocar a un leproso, “extendió la mano y lo tocó”. Por esa acción él mismo comprometía su vida ante los demás, porque según la ley, él también sería considerado impuro. Pero lejos de contentarse con ello, además le envía a presentarse ante los sacerdotes, guardianes de las normas de Moisés, para que cumpla lo prescrito por su purificación, de forma que se haga público todo lo sucedido. Así Jesús invalida públicamente aquel precepto que en nombre de Dios se había dictado y que excluía al enfermo de la comunidad y lo condenándolo a la miseria.

Sentir lástima ha de comprometer nuestro ser, llevándonos a implicarnos de forma activa y consecuente con la persona sufriente, de forma que nuestro gesto de solidaridad no humille a nadie y pueda regenerar la vida rota dignificándola para siempre. Y todo ello desde la gratuidad y la entrega desinteresada.

Los cristianos estamos llamados a ser en medio de nuestro mundo semilla de calidad humana. Los enfermos, los pobres y necesitados, las personas que sufren injusticias o cualquier debilidad, no son para nosotros invisibles ni podemos mostrarnos ante ellas con indiferencia. Son nuestros hermanos y hermanas, donde el mismo Señor se hace presente de forma sacramental, ya que él mismo nos indicó con indiscutible autoridad, que “lo que a estos hermanos necesitados hicisteis, a mí me lo hicisteis” (Mt 25)

       Este ha de ser hoy, por tanto,  el compromiso que brote de la mesa del amor fraterno. Mirar al hermano necesitado cercano o lejano con entrañas de misericordia. Mirarlos con compasión para ver el dolor del hambre, la enfermedad y la muerte, y descubrir el rostro de Dios que a través de ellos pide “si quieres puedes limpiarme”.

       Los misioneros, hombres y mujeres entregados a los demás, extienden su mano y ofrecen su vida para decir con ella “quiero, queda limpio”, y es a ellos a quienes hoy también acercamos a nuestra eucaristía para agradecerles su labor, alentarles en su misión y compartir solidariamente su compromiso a través de nuestras aportaciones económicas, y nuestra oración. Ellos son la mano de Dios que sigue sembrando esperanza y que nos recuerdan que es muy urgente hacer del mundo, la tierra de todos.

Que Dios nos de fuerza para ver esa realidad necesitada, y mucho amor para intervenir en ella de forma justa, solidaria y fraterna.

lunes, 22 de enero de 2018

DOMINGO IV TIEMPO ORDINARIO



DOMINGO IV DEL TIEMPO ORDINARIO

28-01-2018 (Ciclo B)

       “Este enseñar con autoridad es nuevo”. En esta frase se expresa el sentir de quienes acogen la Palabra de Dios con un corazón abierto y confiado. Jesús va despertando entre las gentes algo más que la admiración o el asombro. Va calando en lo profundo de sus corazones por la unidad existente entre su vida y su palabra, entre lo que dice y lo que hace.

       Ya en el antiguo testamento se nos muestra esta necesaria coherencia entre la palabra que en nombre de Dios se pronuncia y la vida de quien la transmite. “Suscitaré un profeta de entre tus hermanos, pondré mis palabras en su boca y les dirá lo que yo le mande”. Dios ha puesto en nuestras manos una misión extraordinaria, una tarea apasionante: transmitir con fidelidad y valor su palabra salvadora. No somos dueños de ella ni podemos subordinarla a nuestros intereses. De ahí que la severa advertencia resulte amenazante para el profeta infiel que manipula, utiliza o profana la palabra de Dios, “el profeta que tenga la arrogancia de decir en mi nombre lo que yo no le haya mandado, o hable en nombre de dioses extranjeros, es reo de muerte”.

       Dios es celoso de su palabra y no puede consentir que en su nombre se pervierta la justicia y la verdad. Dios jamás bendice ni ampara la injusticia que tanto dolor provoca y se rebela contra quienes en su nombre oprimen, esclavizan o causan sufrimiento a los demás.

       Esa fidelidad absoluta a la palabra de Dios es la narrada en el evangelio de hoy. Jesús manifiesta la plena unidad entre la palabra y el obrar de Dios, entre lo que Dios anuncia y su acción salvadora. Es a la luz de esta vida de Jesús donde nosotros hemos de asentar nuestro testimonio evangelizador.

       La palabra de Dios transmitida con fidelidad siempre será una palabra consoladora, una palabra de esperanza, de sosiego y de paz. Una palabra que denuncia la injusticia y la muerte, la violencia y el egoísmo, el sufrimiento que unos infringen a otros.

       La palabra de Dios es liberadora de toda opresión, y así el evangelista nos narra cómo Jesús devuelve la vida a quien la tenía arrebatada, liberándolo de las ataduras del maligno.

El personaje del endemoniado que de tantas maneras aparece en el evangelio como un claro caso de marginación social y denigración personal, no sólo está sometido a la imposición de un ser opresor, se encuentra bajo el dominio de su voluntad perdiendo cualquier capacidad de decisión sobre sí mismo y obrando bajo la influencia del pecado y el mal.

La sanación que Jesús ofrece abarca a toda la persona. Sus gestos de acogida y misericordia, nos muestran ante todo el gran amor que Dios nos tiene y que en medio de nuestras limitaciones no nos abandona y nos sigue llamando a una vida digna y dichosa. Para ello el primer gesto que realiza es liberar al hombre de su opresor, imponiendo el silencio a quien usa la palabra para engañar y someter; “cállate y sal de él”.

Cuando la mentira y la falsedad se abren camino en medio de nuestro mundo, y pretenden ocupar el lugar de los valores fundamentales que conducen nuestra vida, entramos en una pendiente que nos va hundiendo como personas y como sociedad. Las palabras que en otro tiempo tenían claros significados y nos ayudaban a configurar un estilo de convivencia, ahora se desvirtúan y relativizan.

Conceptos tan esenciales como la familia, el matrimonio, la concepción de la vida, la violencia y el terrorismo, la solidaridad en tiempos de crisis, todos ellos tan de actualidad, o son contemplados e interiorizados a la luz del evangelio de Jesucristo, o serán manipulados conforme  a los intereses de las ideologías dominantes. De manera que lo que ayer tenía un valor absoluto hoy se pueda relativizar o suprimir si con ello se recaudan los votos necesarios.

Jesús nos muestra un camino nuevo basado en el amor de Dios, pero a la vez construido sobre las bases de la fidelidad y la entrega personal para mantener siempre viva la dignidad inalienable de la persona creada a su imagen y semejanza.

Dios nos avala con su autoridad cada vez que nos entregamos al servicio de los demás transmitiendo con nuestra palabra y testimonio la verdad de la fe que profesamos. Y aunque sintamos la incomprensión o el rechazo de quienes desean imponer su propia amoralidad, el Espíritu del Señor nos anima y sostiene para que compartiendo el don de la unidad seamos fieles testigos del evangelio en medio del mundo.

Somos portadores de una palabra de vida y de esperanza, y con esa convicción debemos ofrecerla a nuestros hermanos “a tiempo y a destiempo”. Eso sí con la sencillez y el respeto de quienes saben que sólo tenemos capacidad para proponer y no para imponer. Los medios por los cuales hemos de anunciar el evangelio jamás pueden desdecirse de su contenido esencial, que son la fe, la esperanza y el amor.

Hoy recibimos del Señor una llamada a la fidelidad. La Palabra de Dios no puede subordinarse a nuestros intereses. Y en nuestros días podemos caer en el riesgo de querer reinterpretar el evangelio para adaptarlo a la conveniencia del oyente moderno, lo cual puede llevarnos a ofrecer una palabra agradable al oído autocomplaciente de nuestra sociedad de bienestar, pero que nada tiene que ver con el Evangelio de Cristo. El único modo de evitar este riesgo, y la garantía de autenticidad a la que todos tenemos derecho está en la comunión eclesial, que animada por el amor, la comprensión y la búsqueda fiel de la voluntad del Señor, se nos transmite por medio de nuestros pastores, sucesores de los apóstoles del Señor.

Pidamos en esta eucaristía el don del Espíritu Santo. Que Él nos ayude a vivir la fe de tal manera, que demos testimonio auténtico de Jesucristo, y transmitiendo con generosidad su evangelio, pueda ser reconocido por todos como su único Señor y salvador.

viernes, 19 de enero de 2018

DOMINGO III TIEMPO ORDINARIO - ORACIÓN POR LA UNIDAD



DOMINGO III TIEMPO ORDINARIO

21-1-18 (Ciclo B – JORNADA DE ORACIÓN POR LA UNIDAD DE LOS CRISTIANOS)



       Como hemos escuchado desde el comienzo de la eucaristía, celebramos hoy la Jornada de oración por la Unidad de los Cristianos, con el lema “Para que todos sean uno”. La unidad es un don que se experimenta y desarrolla a la luz de la Palabra de Dios cuando se escucha y se vive de verdad. 

       Las lecturas de hoy nos dejan tres invitaciones importantes; conversión, disponibilidad y seguimiento de Jesús.

       La conversión, se nos presenta en la primera lectura, como una llamada del mismo Dios. El estilo de vida llevado por el pueblo de Nínive, donde la injusticia y las ambiciones personales hacen imposible la convivencia,  son un desafío para Dios. En ese lenguaje bíblico  entablado entre Dios y Jonás, el profeta entiende la importancia de su misión. Ha sido elegido para ayudar a sus hermanos a caer en la cuenta del abismo al que se acercan, Dios no quiere la destrucción de sus hijos, ni puede abandonarlos a su suerte, pero si no toman otro camino su forma de vida les llevará a la ruina.



       La palabra de Dios es escuchada y se inicia una transformación en todo el pueblo, de manera que vuelve la esperanza. Cuando nuestra forma de vida nos va llevando a la amargura y al individualismo, y somos capaces de aceptar la ayuda de otros para salir de ese bache, se contempla la vida con otro optimismo e ilusión.



       La conversión deja paso a la disponibilidad, segunda invitación de hoy. San Pablo entiende que el momento que están viviendo es apremiante. Los creyentes vivimos en este mundo pero sabemos que no es nuestro destino definitivo. Por esa razón no debemos absolutizar las cosas materiales o los proyectos personales. Sólo hay un absoluto que es Dios,  todo lo demás está subordinado a él.

De esta convicción nace la auténtica libertad porque no nos sometemos a nada ni a nadie.

       La disponibilidad del cristiano, de cada uno de nosotros, nos ha de llevar a la tercera invitación, el seguimiento de Jesús.



       Al comienzo de su vida adulta, Jesús comprende que el anuncio de la Buena noticia del Reinado de Dios, no va a terminar con su persona. Aquellos que la escuchen y la acojan con entusiasmo serán los futuros evangelizadores. Pero previamente es necesario crear un grupo unido, fraterno, en plena comunión con él, y que comience a vivir y experimentar una realidad humana nueva, basada en el amor, la comprensión, la misericordia y la libertad de los hijos de Dios. Así llama a estos cuatro primeros discípulos, Pedro, Andrés, Santiago y Juan.

       Y los llama para una tarea concreta, ser “pescadores de hombres”. Una pesca que no se realiza con las redes que apresan por la fuerza, sino con otros medios muy distintos, el respeto, la paciencia y sobre todo el propio testimonio de sus vidas.



       Los discípulos de Jesús van a iniciar un largo proceso de crecimiento en la fe y en la esperanza hasta llegar a confesarle como el Señor, y asumir su mensaje como el proyecto de sus vidas.



       En este encuentro personal de Cristo con aquellos hombres, da comienzo la comunidad cristiana, la Iglesia como familia humana bendecida y acompañada siempre por su Señor, que no la abandona ni se desentiende de ella a pesar de las muchas dificultades que atraviese en cada momento de su historia. Y de aquellos primeros discípulos somos nosotros sus herederos. Los pastores y los fieles.

       Todos somos llamados al seguimiento de Jesús, cada uno con una tarea distinta pero todos unidos para un mismo fin, transformar este mundo nuestro en el Reino anunciado y ya instaurado por el mismo Jesucristo. Desde la infancia hasta la madurez, todos somos misioneros en una misma comunión eclesial.



       Y es muy importante que cada uno entienda cual es su misión, y a quién debe permanecer siempre unido desde los vínculos de la fraternidad y la comunión. Especialmente en nuestros días, donde el riesgo de subordinar la fe a otros intereses es tan grande.



       Cada uno tiene sus ideas sociales y políticas, somos hijos de un tiempo y de unas circunstancias que nos han configurado de una manera determinada. Los seglares tenéis el derecho, y en ocasiones el deber, de asumir responsabilidades en la vida pública a través del ejercicio político, pero éste, como todas las facetas de nuestra existencia, ha de ser iluminado por los valores del evangelio y las concreciones éticas que de él se puedan derivar.



       Hoy, al sentirnos llamados por el Señor para la misión evangelizadora, vamos a pedir que nos ayude a ser fieles a su voluntad. Que todos fomentemos la unidad de los cristianos porque de ella dependerá la autenticidad de nuestro mensaje y el ejemplo de vida que dejemos a los más pequeños. En esta jornada miramos también con afecto a las demás confesiones cristianas, y pedimos al Señor que nos ayude a tender puentes de encuentro, de manera que unidos en la caridad también podamos vivir un día la plena comunión deseada por Cristo y animada por su Espíritu Santo. Se lo pedimos por intercesión de S. Pablo, por cuya conversión se sirvió el Señor, para anunciar la Buena nueva del Evangelio a los gentiles, y realizar la unión entre todos los pueblos de la tierra en una misma fe y un mismo amor. Que así sea.


viernes, 12 de enero de 2018

DOMINGO II TIEMPO ORDINARIO



DOMINGO II DEL TIEMPO ORDINARIO

14-1-2018 (Ciclo  B)

       Inmersos ya en el tiempo ordinario, tras las fiestas navideñas, la Palabra de Dios nos muestra la vida adulta del Señor y su misión al servicio del Reino de Dios. Para lo cual va a ir llamando de forma distinta, pero siempre cercana y personal a sus primeros discípulos.

       Desde la Palabra que hemos escuchado varias son las llamadas que recibimos. La primera de ellas parte del mismo Dios, quien se acerca a nuestro lado con respeto y delicadeza, esperando que lo acojamos con entera disponibilidad.

Samuel, uno de los grandes profetas del Antiguo testamento puede representar a tantas personas en búsqueda de Dios y que necesitan de alguien que les ayude a discernir dónde está realmente el Señor. Cada uno de nosotros, en distintos momentos de nuestra vida podemos sentir alguna llamada y creer que Dios nos habla en lo más íntimo de nuestro ser; pero necesitamos de personas que nos acompañen a discernir lo que nuestro corazón y mente van sintiendo, personas honestas y autorizadas, verdaderos guías del espíritu, que nos ayuden a reconocer a Dios a nuestro lado, a saber escuchar su voz, e interiorizar su palabra para acoger su voluntad. Toda nuestra espiritualidad va a depender de ello, y en la medida en la que me sienta acompañado por Dios y así lo celebre con el resto de los hermanos creyentes, mi fe se verá reforzada.

       Dios ha querido entrar en diálogo con el ser humano, y ese momento encuentra su realización plena en la vida de Jesús, el Hijo amado del Padre. Él nos llama a cada uno de nosotros como lo hizo con aquellos discípulos suyos. Y al igual que ellos, también nosotros necesitamos saber dónde está él, “¿Señor, dónde vives?”. Pregunta que se hace más urgente en los momentos de oscuridad o de cansancio espiritual por el que tantas veces podemos pasar en la vida.

       La respuesta de Jesús es una invitación a seguirle y conocerle personalmente: “venid y lo veréis”. En ese seguimiento vamos descubriendo la entrañable persona de Jesús. Un hombre capaz de implicarse en la vida de los demás compadeciéndose de los que sufren, comprensivo con los débiles, que no rechaza a los excluidos sino que come con ellos. Un Jesús que sana el corazón abatido por la vida y que ama a todos sin distinción mostrando el camino de la entrega, el perdón y la reconciliación como garantía de encuentro con Dios y recuperación de nuestra más auténtica humanidad.

Pero hay algo mucho más impresionante. En el  seguimiento de Jesús los discípulos van descubriendo el rostro de ese Dios al que él llama Padre. Es un Dios misericordioso y compasivo, pero que se revela ante la injusticia y cualquier clase de opresión, máxime cuando se comete contra los más indefensos. El Dios de Jesús no se desentiende del mundo, no puede abandonar la obra de su amor, y por ese mismo amor creador se ha encarnado en él. Ese es el gran descubrimiento que transforma por entero nuestra existencia, no el haber encontrado sólo a un hombre extraordinario, sino sobre todo haber encontrado a Dios hecho hombre en la persona de Jesucristo nuestro Señor y Salvador.

Desde esta experiencia fundamental escuchamos una vez más una carta apostólica de San Pablo. Pablo que vivió esa experiencia de encuentro con Jesucristo sintió la transformación de su existencia, de modo que todo su ser y la comprensión de la realidad que le rodeaba quedarán traspasados por la fe en el Señor. Así afronta en esta carta que hemos escuchado un tema de permanente actualidad, y con el valor de quien se sabe asistido por el Espíritu de Dios realiza una seria llamada a la renovación de las relaciones interpersonales más íntimas y que han de estar orientadas a la mutua donación de los esposos desde el amor sincero, respetuoso y libre, propio del matrimonio entre el hombre y la mujer.

Si miramos cómo está siendo tratado este tema en nuestros días, podemos darnos cuenta de que se siguen cometiendo abusos que lejos de humanizarnos nos envilecen. La sexualidad se ha banalizado tanto que se quiere mostrar como algo normal lo que en el fondo a todos nos abochorna y escandaliza.

Matrimonios rotos por la infidelidad de los esposos. Mujeres inmigrantes explotadas y oprimidas sacadas de sus países bajo engaño de trabajo digno y que al llegar aquí se ven condenadas a la prostitución. El comercio de la pornografía infantil que destruye la infancia y marca para siempre la vida de niños y niñas por dar enormes beneficios a sujetos aparentemente respetables, pero carentes de escrúpulos. La frivolidad del modo de vida de algunos famosos que airean su vida más íntima buscando la fama a cambio de su propia dignidad.

       Todo esto va configurando un modelo de sociedad donde se pierden los valores más elementales, de respeto a uno mismo y a los demás cambiándolos por el hedonismo egoísta e irresponsable.

       Ante esta situación, la voz de la Iglesia ha de anunciar el evangelio de la vida, desde el amor a Cristo y a los hombres. Y al igual que S. Pablo también nosotros debemos ofrecer una palabra acorde a la moral cristiana, que ilumine toda nuestra vida así como las relaciones que establezcamos con los demás, desde la verdad y la fidelidad para con los fundamentos de nuestra fe.

Un cristiano no puede llevar una vida disoluta e inmoral, tan semejante a los modelos del ambiente que en nada se diferencie de los demás. Porque para eso qué tiene de especial su supuesta fe. Nada.

San Pablo nos enseña cómo ha de ser Cristo quien viva en nosotros, abriendo nuestra vida a su amor y misericordia para dejarnos transformar por él y favorecer que emerja el hombre nuevo al que estamos llamados a convertirnos por su gracia.

La vida cristiana debe iluminar con su autenticidad la totalidad de  nuestras relaciones, y por la forma de vivir la vocación matrimonial se ha de transparentar el amor puro y verdadero del Señor, que en la fidelidad de los esposos expresa su permanencia y cercanía.

En la escuela del hogar, los niños y los jóvenes se abren a la vida, a sus posibilidades futuras y al modo como orientar su existencia desde el modelo integrado desde pequeños por el amor recibido. Crecer en un entorno familiar sano y equilibrado, donde los roles de la maternidad y paternidad están claramente definidos y asumidos, experimentando que el amor, el respeto y la fidelidad de sus progenitores son valores que asientan y fundamentan la felicidad del núcleo familiar, es la mejor garantía para un desarrollo adecuado de sus personas.

Todos necesitamos de acompañantes que nos ayuden a madurar en la vida, personas que desde la cercanía, el amor, el respeto y la comprensión nos acerquen a Jesús nuestro maestro. Él nos habla al corazón e ilumina nuestra vida con su amor, para que vivamos la dignidad de los hijos de Dios.



Que el Señor nos ayude para vivir con madurez nuestra experiencia cristiana, desde la coherencia y la fidelidad con el evangelio que anunciamos.     


jueves, 21 de diciembre de 2017

DOMINGO IV DE ADVIENTO



DOMINGO IV DE ADVIENTO

24-12-17 (Ciclo B)



       Al llegar al final de este tiempo de Adviento, la Palabra de Dios nos regala con una de las páginas más bellas de la Escritura. El diálogo entre el enviado de Dios y María, nos descubre una experiencia llena de ternura, de confianza y de disponibilidad.

       Alégrate llena de gracia”; con este saludo tan denso, el ángel se presenta ante María, una humilde joven de Nazaret, que del anonimato más absoluto, va a pasar a ser protagonista fundamental de la Historia de la Salvación.

       La vida de María, desde el momento de su nacimiento, ha estado bendecida por Dios. Y es la profundidad de su vida espiritual, su experiencia de fe y su capacidad de servicio, lo que capacita a María para recibir esta propuesta de Dios con responsabilidad y entera disponibilidad.

       Pero seguimos desgranando este Evangelio tan hermoso; Ante el sobresalto de María, por esta presencia inesperada, el enviado de Dios, Gabriel, prosigue con el contenido fundamental de su misión. María es la elegida por Dios para ser la puerta de su Encarnación en la historia. Y aunque todos los elementos humanos estén en contra de esta posibilidad, el ángel explica cómo acontecerá esta acción divina: “la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el que va a nacer se llamará Hijo de Dios”.



       Para Dios nada hay imposible, no tiene más que mirar la situación de su prima Isabel. Ella también ha sido elegida por Dios para que de sus entrañas nazca quien preparará el camino al Señor.



       Y el diálogo concluye con esta frase que tantos creyentes han ido repitiendo a lo largo de su vida, “aquí está la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra”.

       En un texto tan breve, se condensa toda una vida orientada por entero al Señor. Y ante el inmenso amor que María siente por parte de Dios, se llena de ilusión y de esperanza al recibir de su mano la misión más importante que jamás nadie haya recibido.

       Ser la madre de Jesús, el Mesías, el Salvador, se contempla ahora como una bella responsabilidad, llena de gozo y de futuro esperanzador.

       La vida de la madre estará siempre unida a la de su hijo, vivirá pendiente de su suerte y se convertirá en víctima inocente del mismo destino que a él le aguarda. Desde el momento de su concepción y hasta el pié de la cruz en el Calvario, María acompañará a su hijo, compartiendo su misma vida y su misma muerte.



       En María todos hemos puesto nuestra mirada como modelo de creyente. Ella nos muestra el camino que conduce hasta su Hijo, nos alienta en todos los momentos de nuestra vida y nos sostiene ante las dificultades.

       El pueblo de Dios la ha otorgado los más hermosos títulos que adornan su figura, y también aquellos por los que busca su amparo. Ella es abogada nuestra, aquella que vuelve sus ojos misericordiosos en medio de este valle de lágrimas.



Y en ella encontramos los cristianos a la madre que el mismo Señor Jesús nos regaló para que alentara nuestra fe y nuestra esperanza.



En nuestros días siguen siendo muchas las personas que a ejemplo de María entregan su vida al servicio de los demás. Con su generosa disponibilidad van sembrando de amor y de ilusión este mundo nuestro a través de múltiples servicios dentro y fuera de la Iglesia.



Esta es la respuesta que todos debemos dar al Señor en medio de nuestra vida, que se haga siempre su voluntad. El no nos va a pedir cosas imposibles ni que superen nuestras capacidades. Y si se fija en nosotros para una tarea concreta bien en la vida laical, sacerdotal o religiosa no es para complicarnos la existencia, sino para hacernos responsables de ella siendo plenamente felices en la entrega generosa al servicio de su Reino.



La fe no es una realidad que pueda reducirse al ámbito de lo privado, al silencio y oculto del corazón. Ciertamente es una experiencia de encuentro personal con Dios, pero que de forma inmediata se pone en camino, en apertura a los demás y en comunión fraterna con quienes sentimos arder en el alma la misma llama del amor del Señor. No en vano la colecta de este día es la gran llamada a la solidaridad que todos recibimos desde la urgencia de quienes padecen el sufrimiento que la pobreza y el abandono les ocasiona. Hoy es el día de mirar más allá de lo individual y sentir la necesidad de ser generosos con los necesitados, porque en ellos Dios nos llama a socorrer su necesidad.



       Queridos hermanos. Estamos a la puerta de vivir el nacimiento del Señor. Y año tras año lo rememoramos con la ilusión y la esperanza de  que por fin sea una navidad de paz y de felicidad para todos. Pero este deseo permanente depende en gran medida de nuestra disposición personal, de nuestra acogida a la llamada que Dios nos hace y a la que debemos responder con generosidad. El nos señala con su estrella el camino que nos conduce a su presencia para que lo recorramos unidos en una misma fraternidad. De este modo podremos cantar la gloria de Dios, que llena de paz la vida de los hombres de buena voluntad.



Que María, la mujer que se hizo servidora del Señor, y desarrolló plenamente su libertad al ponerla confiadamente en las manos amorosas de Dios, nos enseñe a vivir la entrega personal desde la confianza y así podamos como ella alegrarnos en Dios nuestro Salvador, cuya misericordia cantamos por siempre, dando testimonio con nuestra vida de Jesucristo, cuya venida a nuestras vidas anhelamos.

miércoles, 13 de diciembre de 2017

DOMINGO III DE ADVIENTO



DOMINGO III DE AVDIENTO

17-12-17 (Ciclo B)



       “Estad siempre alegres en el Señor”, este domingo llamado precisamente así, “Gaudete”, el del gozo, nos sitúa ante la cercana venida del Señor. Cómo no estar gozosos cuando sentimos cada vez más próximo el nacimiento del Salvador. Es el gozo de aquellos a los que van destinadas las palabras del profeta Isaías, los pobres, los cautivos, los enfermos. Estad alegres en el Señor porque en medio de la oscuridad e incertidumbre, hemos de hacer brillar la luz de la esperanza que se sostiene sobre la siempre viva antorcha de la solidaridad.



       El adviento cristiano debe preparar la venida del Señor de forma efectiva y para todos. Al igual que Juan el Bautista hace dos mil años, nosotros hoy somos los precursores, los que allanamos el camino al Señor. Y allanar el camino al Salvador supone rellenar los huecos y recortar las montañas.



       El Espíritu del Señor ha sido derramado sobre nosotros para anunciar la Buena noticia a los que sufren, vendar los corazones desagarrados, proclamar la libertad a los cautivos y el año de gracia del Señor.

       De esta forma vamos preparando el camino por el que el Mesías quiere acercarse a cada ser humano para morar de forma permanente en él y colmar así de esperanza y dicha  su existencia.

       Pero como decía, hemos de rellenar los huecos y vacíos que hay en nuestro entorno y a la vez tirar abajo aquellos muros o montes que dificultan el desarrollo del reinado de Dios.

       En estas fechas donde tanto se consume, hemos de vivir la caridad cristiana con los hogares vacíos de lo imprescindible para subsistir. En momentos donde nos deseamos de corazón los mejores sentimientos entre los amigos y familiares, tenemos que llenar de fraternidad y de misericordia los huecos que la marginación y el desarraigo provocan en tantas personas alejadas de sus seres queridos.

       Pero también hay que derruir lo que nos impide ver el horizonte de Dios. Ante los muros que levantan la violencia y el odio, hay que cimentar la justicia y la paz desde bases sólidas de convivencia y respeto en la solidaridad con las víctimas. Ante las barreras que suponen los miedos y recelos para con aquellos que viven excluidos y en la calle, hemos de limpiar la mirada del corazón y descubrir en ellos a unos hijos de Dios, y por lo tanto a hermanos nuestros.



       La vida de Juan el bautista fue acogida por muchos como un don de Dios. Su llamada a la conversión y a recibir un bautismo que abriera la puerta a un estilo de vida nuevo, basado en la misericordia y en el amor, fue seguido por muchas personas que anhelaban una vida más digna y fraterna.

       Pero la voz de Juan no sólo anunciaba la cercanía del Salvador. También denunciaba la injusticia y la opresión; tanto en el plano de la vida pública, como en los comportamientos morales individuales donde se gestan las acciones que condicionan nuestra vida y las de los demás.



       Preparar el camino al Señor para favorecer que su reinado se implante en nuestras vidas, no será posible si no conlleva la conversión individual, la de todos sin excepción.

       Ciertamente que la meta no es quedarnos en el intimismo. Que la fe ha de vivirse y desarrollarse en comunión con los hermanos de forma que sus frutos redunden en la transformación de toda la realidad. Pero la única manera de poder transformar este mundo nuestro e implantar en él el reino de Dios, es haciendo que primero Dios reine en nuestros corazones y así, con nuestra vida renovada en su totalidad, transparente y testimonie la verdad de una existencia totalmente entregada al servicio del Señor y de los hermanos.

Esta llamada a la conversión y al cambio radical de nuestras vidas, también va a encontrar serios detractores. Personas que como a Juan nos cuestionen con qué autoridad nos permitimos los cristianos denunciar comportamientos asumidos socialmente e incluso justificados y amparados legalmente.

Cuando la Iglesia, a través de sus pastores, ofrece una palabra iluminadora de la vida cotidiana, sus primeros destinatarios somos los cristianos, pero no los únicos. También se ofrece a todo el que lo desee una palabra de esperanza y unos principios éticos y morales que ayuden a vivir en plenitud.

Y el hecho de que otros dirijan sus vidas por caminos distintos e incluso  contrarios, no nos desautoriza en absoluto, sino que nos diferencia, lo cual además de bueno es necesario.



En una sociedad como la nuestra que tantas veces atenta contra la vida y la dignidad de las personas, no sólo tenemos que denunciar las agresiones que padecen quienes gozan de plenos derechos; tenemos que defender con valor a los indefensos y a los sin voz. Así lo hacemos cada vez que nos situamos frente al odio y la violencia, contra los malos tratos que tantas mujeres padecen a manos de los hombres, cada vez que alzamos nuestra voz en contra de los atentados contra la vida. No es más digna una vida por el hecho de haber concluido su proceso de gestación, o por gozar de buena salud, o por contribuir al bien común. La vida o tiene dignidad siempre, porque así se la ha dado su Creador, o nadie puede otorgársela de forma arbitraria.



La llamada del adviento a nuestra propia conversión, exige de nosotros una conciencia clara de nuestra responsabilidad personal y social. Y por muchas que sean las dificultades que hoy encuentran quienes se comprometen en esta defensa de la persona en su totalidad, no por ello su misión se ve deslegitimada o desprotegida. La comunidad cristiana la bendice, sostiene y anima con su oración y aliento.

El tiempo de adviento canta constantemente “Ven Señor Jesús”. Y Jesús ya vino hace dos milenios, viene hoy en nuestro presente concreto, y vendrá a nuestro encuentro en la consumación de nuestra vida. Pero su venida sólo es gozosa si es acogida. Pedirle al Señor que venga, supone abrir nuestra vida para que entre en ella, de modo que habitados por su Espíritu, prolonguemos con nuestros gestos sencillos pero eficaces, su obra de salvación.



       Dios sigue enviando su mensajero delante de los hombres para prepararle el camino. Y lo mismo que antaño Juan el Bautista se entregó con eficacia y valor, anunciando a tiempo y a destiempo la venida del Salvador, ese mensajero hoy somos cada uno nosotros. Que el Señor nos sostenga en este empeño y nos dejemos sorprender por su venida, para que así nos sintamos renovados en la esperanza y en el amor.