jueves, 22 de abril de 2021

DOMINGO IV DE PASCUA

 


DOMINGO IV DE PASCUA

25-4-21 (Ciclo B)

      En este tiempo pascual vamos desgranando las diferentes experiencias gozosas de encuentro con el Señor resucitado. Y nosotros, como herederos de aquella primera vivencia que ponía en marcha la Iglesia de Jesucristo, también hoy nos fijamos en el rostro del Buen Pastor.

      Jesús es el Buen Pastor, el que da su vida por aquellos a los que ha congregado junto a él en el nuevo pueblo de Dios. El simbolismo que nos transmite esta imagen del pastor y sus ovejas, es uno más entre los muchos que nos muestran el amor incondicional de Jesús para con todos nosotros.

      Buen Pastor es el que da la vida por sus ovejas, el que camina delante para descubrir los pastos adecuados y evitar los peligros que acechan. Buen Pastor es el que conoce a su rebaño, y éste se siente seguro junto a quien lo pastorea.

      Utilizando la realidad cercana para aquellos que lo escuchaban, pues muchos eran pastores, Jesús marca nuevas metas a quienes han de asumir la responsabilidad de recoger su testigo en el servicio pastoral de su pueblo, los discípulos y sus sucesores.

      Llamados a entregar la vida por toda la comunidad cristiana, y fomentando la comunión, los pastores han de buscar la unidad en el amor y en la fe, desarrollando y proponiendo modelos de convivencia que mantengan en la auténtica fraternidad a quienes hemos sido constituidos hermanos e hijos del mismo Padre Dios.

      Esta es la misión fundamental de los Pastores de la Iglesia y por la que todos hemos de orar a fin de que el Pueblo de Dios siempre se mantenga unido en la fe, la esperanza y el amor. De este modo podrá dar testimonio de Jesucristo a todas las gentes.

      Pero la vocación de Jesús como Buen Pastor, no termina  en los límites de su rebaño. “Tengo, además, otras ovejas que no son de este redil; también a esas las tengo que traer”. Jesús sabe que aún falta mucho camino por andar para que la humanidad entera sea congregada en un mismo proyecto de hermanos e hijos del mismo Padre Dios, que  nos ha creado en el amor. Y hay que comenzar a construirla desde el presente donde este pueblo santo que es la Iglesia, naciendo con la vitalidad fecunda de la resurrección de nuestro Señor, ensanche su mirada y abra sus horizontes, para sentirse enviada a anunciar el Evangelio a todas las gentes sin distinción. 

      El buen pastor de nuestros días, ha de asumir como un deber de su fe y de su misión, el acercamiento a los alejados, la preocupación por aquellas personas que todavía no conocen a Jesucristo, o que tienen una idea deficiente y difusa de él, y buscarán los modos y tiempos adecuados para poder proponer con sencillez y verdad el mensaje del Evangelio, “a tiempo y a destiempo”, impulsados por el Espíritu Santo. 

      Hoy es un día en el que todos tenemos que pedir al Señor que siga enviando pastores buenos a su pueblo. Personas capaces de vivir con entrega y generosidad su fe y optar como proyecto de sus vidas por la construcción de la comunidad cristiana, su unidad fundamental en la comunión eclesial y su proyección misionera. Celebramos la Jornada mundial por las vocaciones, con la responsabilidad de quienes sabemos que aunque las vocaciones son un don de Dios, también nosotros lo debemos vivir como tarea apremiante ante la escasez de las mismas.

      No podemos contentarnos con decir que pertenecemos a la Iglesia de Cristo, eso no es suficiente. Asumir nuestra identidad cristiana supone además de construir la comunidad cada día, ensanchar sus muros y hacerla acogedora para otros muchos que aún no están en ella. Hemos de ser transmisores de la fe por medio del amor. Y la transmisión sólo es posible si hay discípulos vocacionados.

      Somos testigos de la fe en Jesucristo, el Señor, quien nos ha mostrado el rostro de Dios como Padre de todos, y que con su vida y su entrega absoluta, ha trazado un camino nuevo donde quienes lo siguen encuentran su dicha y completan su esperanza. Él es el Hijo único de Dios que superando la muerte, nos ha abierto a puerta de la vida en plenitud.

      El discípulo del Señor ha de conducir su vida por sendas de justicia y de solidaridad. Con las alforjas de la entrega y de la generosidad, y con las herramientas de la misericordia y del perdón que siempre son creadoras de esperanza en medio de las adversidades. Buscando el bien de los hermanos y renunciando a todo aquello que nos divide, enfrenta o separa. El buen pastor no necesita demasiadas cosas para desarrollar su labor, y el exceso de peso material siempre es un estorbo para la misión.

El buen pastor, como señalaba antes, ha de vivir su vocación en la auténtica fraternidad ministerial y en la comunión eclesial. Los pastores de la Iglesia no somos dueños del rebaño, ni lo podemos conducir a nuestro antojo. Sólo hay un único Pastor que es Jesucristo, que ha confiado la misión de la unidad a su Iglesia bajo la guía Pedro y los apóstolos, y aquellos que legítimamente les han sucedido hasta nuestros días. La unidad en la Iglesia, vivida en fidelidad al evangelio de Cristo, es signo de autenticidad y de verdad. 

      Qué sencillo parece y sin embargo cuanto nos cuesta mantenernos unidos. Cómo vamos dejando que las discordias y las diferencias se adueñen del ambiente que rodea las relaciones humanas. Unas veces por intereses ideológicos, otras materiales. 

      La responsabilidad con el presente, nuestra vinculación en los asuntos temporales y las opciones ideológicas, no deben truncar nuestra vocación cristiana, ni la misión que en la comunidad hemos recibido por el envío apostólico.

      La fe ha de iluminar toda nuestra vida y sus concreciones en los diferentes ámbitos de la misma. Un cristiano no puede llamarse así y olvidar el dictado de su conciencia a la hora de tomar graves decisiones.

Hoy contemplamos al Buen Pastor, y ante él pedimos que nos siga enviando pastores que a su imagen, acompañen y animen la fe de su pueblo. En esta jornada pedimos especialmente por el Papa Francisco, sucesor del Apóstol Pedro en quien recaía la misión de sostener la fe de sus hermanos y congregarlos en la unidad. También pedimos por el Obispo Ad. Diocesano D. Joseba, y de manera especial en este momento, pedimos para que pronto nos envíe un nuevo Obispo, que siendo el Pastor Bueno de esta porción del pueblo de Dios que peregrina por Bizkaia, revitalice sus raíces creyentes a fin de iluminar nuestro mundo con la luz de la fe, el amor y la esperanza.

Que el      Señor sigua enviando obreros a su pueblo, para que viviendo en plena unión con él, alienten la fe de los hermanos, y así podamos caminar juntos por sendas de justicia y de solidaridad hasta encontrarnos en su Reino de amor y de Paz.

 

miércoles, 14 de abril de 2021

 


DOMINGO III DE PASCUA

18-4-21 (Ciclo B)

 

El domingo pasado, destacábamos la actitud alegre como exponente de la realidad pascual que vivimos los creyentes. Una alegría serena y realista que sin perder de vista la verdad de nuestro mundo, con sus muchas oscuridades, no por ello se dejaba arrebatar el gozo que siente nuestro corazón al celebrar el triunfo de Cristo sobre la muerte.

Esta alegría pascual puede parecer empañarse ante la llamada a la conversión que la Palabra de Dios nos invita a vivir hoy. Y esto porque hemos reducido la realidad de la reconciliación a momentos puntuales como la cuaresma o el adviento, mientras que si profundizamos en la experiencia pascual, la verdadera conversión se suscita en el encuentro con Cristo resucitado.

Pedro en el relato de los Hechos de los Apóstoles inicia su predicación arrancando de la dramática realidad vivida ante el martirio del Señor. “Matasteis al autor de la vida”, con esta contundencia denuncia la responsabilidad de la que todos participan. Unos por ser instigadores, otros ejecutores y todos complacientes espectadores que sin hacer nada, dejaron ajusticiar a Jesús, como si de un criminal se tratara.

La denuncia del apóstol exige una gran valentía para asumir por una parte, que él mismo lo había negado y por otra que el perdón de Dios se extiende a todos sin distinción, si con sinceridad asumimos nuestra vida y la reorientamos hacia el amor que Dios nos ofrece.

Pedro anuncia a Jesucristo muerto y resucitado, fin último del plan salvador de Dios anunciado desde antiguo, y en quien se han cumplido todas las promesas del Creador. Nuestro actuar humano está muchas veces empañado por la ignorancia, el miedo o la desidia. Pero la luz pascual ante la resurrección del Señor, nos ayuda a contemplar nuestras vidas con una actitud nueva, con esperanza y fidelidad.

Esperanza porque ahora nuestros temores han sido superados ante la experiencia de encuentro con Jesucristo resucitado, y confianza dado que sabemos que Dios no nos ha abandonado, y que su Espíritu permanece alentando la fe y el amor de su pueblo.

Así lo experimentaron aquellos discípulos del Señor en los diferentes encuentros con él vividos. Los evangelistas nos narran cómo muchas veces permanecía la duda o el temor, cómo la sorpresa les deja sin palabras y lo que les cuesta abrir el corazón para creer que su Maestro sigue vivo.

Pese a todo el saludo del Señor es siempre el mismo, “paz a vosotros”. No les reprocha ni su abandono ni su temor. Jesús comprende la dificultad humana para entender con tantos prejuicios como tenemos. Por eso necesitamos que él nos abra el entendimiento y que nos ayude a profundizar desde la fe, en el misterio del destino último de nuestras vidas.

Y aunque queramos acoger sin recelo la novedad de esta experiencia gozosa que nos ayuda a esperar un futuro en la plenitud de la vida divina, también debemos asumir que es necesario pasar por el trance de la cruz; “era necesario que el Mesías padeciera, resucitara de entre los muertos al tercer día, y en su nombre se predicara la conversión y el perdón de los pecados”.

Una tentación de todos nosotros es querer esquivar la cruz. A nadie le gusta el sufrimiento ni el dolor, como tampoco a Jesús. Cuando la comunidad cristiana habla de asumir la cruz, no lo hacemos como elección positiva, buscando el sufrimiento gratuito. Asumir la cruz significa afrontar con valor las consecuencias de una vida coherente con la fe confesada. Aceptar los costes que conllevan en nuestros días ser discípulos de Jesucristo, y no negarle o traicionarle como tantas veces, desde el comienzo mismo, hacemos los que a pesar de tener un corazón bien dispuesto, nos vence el temor o la duda.

Eso es lo que aquellos discípulos, con Pedro a la cabeza, intentan transmitirnos. Ellos mismos siguieron al Señor con entusiasmo, lo conocieron y amaron como nadie, y sin embargo en el momento fundamental le fallaron. Ahora nos intentan transmitir con su predicación que estemos alerta en la vida, que nosotros no somos mejores que ellos ni tenemos una fortaleza especial por mucho que sepamos que Cristo ha triunfado sobre la muerte. De hecho podía parecer que para la comunidad nacida tras la resurrección de Jesús le sería más llevadero soportar las dificultades del camino porque conocía el final victorioso del Señor. Y sin embargo no fue así.

Por eso es necesario mantener viva la confianza en la misericordia del Señor. Y la llamada a la conversión que hoy se nos hace es para aceptar con humildad el peso de nuestras cobardías y temores, y ponerlos ante el Señor para que él nos ayude a superarlos con valor.

Los discípulos de Jesús volvieron a mirar al Señor con entereza y sencillez. Y en el cruce de sus miradas no sólo no encontraron reproches ni condenas, sino una acogida llena de amor por parte de aquel que entregó su propia vida por ellos y por toda la humanidad.

También nosotros debemos saber levantarnos cada vez que tropezamos y caemos, sabiendo que si grande es el mal cometido o la distancia que nos separa de Dios, mayor es su amor y misericordia que todo lo vence y regenera para la vida eterna.

Si creemos de verdad que Cristo ha resucitado no podemos desconfiar de su poder salvador, que a todos nos acoge para reconciliarnos con él y entre nosotros.

Esta llamada pascual a la conversión, exige por nuestra parte dos actitudes esenciales, humildad y generosidad.

Sólo la humildad nos ayuda a reconocer la responsabilidad de las acciones cometidas y sus consecuencias para los demás. Los egoísmos, las violencias, los odios y rencores, todo ello precisa de grandes dosis de humildad para ser afrontadas con verdad por nuestra parte a fin de que el Señor las purifique y transforme.

Y la segunda actitud es la generosidad. Tal vez no nos cueste demasiado pedir perdón, pero ¿estamos también dispuestos a perdonar? ¿Somos generosos con los demás, en la misma medida en que deseamos que lo sean con nosotros?

Esta es la gran cuestión que a la luz de la Pascua debemos responder en lo profundo del alma. Cristo murió perdonando a quienes lo mataban, y en su resurrección no buscó la venganza divina. Al contrario. El perdón que descendía de la cruz, en la resurrección de Jesucristo regenera a la humanidad entera y le abre el camino de la vida en plenitud.

Pidamos al Señor en esta eucaristía que nos ayude a experimentar el don del perdón en nuestra vida, porque vivido como él nos ha enseñado, asentado en el amor sincero, es camino de encuentro y de reconciliación sanadora. Y así seremos los cristianos en medio de este mundo nuestro tan necesitado de esperanza, mensajeros de la vida y de la paz.

sábado, 10 de abril de 2021

DOMINGO II DE PASCUA

 


DOMINGO II DE PASCUA

11-04-21 (Ciclo B)

 

       Estamos inmersos en este tiempo gozoso que es la Pascua del Señor. El tiempo primordial en el que surge la Iglesia y con ella la experiencia comunitaria de una vida llena de esperanza y de gracia. Cristo ha resucitado, y este anuncio resuena de forma permanente en el corazón de aquellos que se sienten desbordados por la alegría de su fe.

       Jesús, el Señor, sigue vivo y presente en medio de nosotros, y aunque las realidades cotidianas empañen esta mirada con sus sombras y oscuridades, en el tiempo de pascua recuperamos el impulso necesario para fortalecer nuestra fe y nuestra esperanza. Porque Cristo vive podemos esperar una vida semejante a la suya, donde la muerte no sea el final del camino, sino el paso a la vida definitiva para la que hemos sido creados en el amor del Padre.

       La fiesta de pascua, que en otros momentos fue compartida por los discípulos con Jesús, es vista ahora con ojos bien distintos. Antes era el recuerdo de una liberación pasada, de una experiencia rememorada por generaciones para agradecer la misericordia de Dios con su pueblo.

Pero la nueva Pascua protagonizada por Jesús abre el paso permanente para la vida en plenitud, donde la muerte es vencida para siempre. En muchas ocasiones el Señor les había anunciado este acontecimiento. Él tenía que seguir el plan trazado por Dios quien le había ungido con la fuerza de su Espíritu para anunciar la buena noticia a los pobres, la libertad a los oprimidos y a todos la salvación. Era el anuncio de su propia entrega pascual, abriendo con ella el camino a la humanidad entera, de manera que sea posible el paso de la opresión a la libertad, de la violencia a la paz, del egoísmo al amor y a la justicia.

Y ese paso definitivo, su pascua, se producirá al asumir ese proyecto de vida con todas sus consecuencias, soportando el rechazo, la negación y la traición, el odio y la injusticia más absolutas, haciéndose solidario con los crucificados de este mundo y padeciendo su misma suerte y su misma muerte en la cruz.

       El silencio del viernes santo se rompe de forma definitiva ante el estruendo de la gran noticia; ¡Cristo ha resucitado!, y ya la muerte no oscurecerá el horizonte de la humanidad, sino que se abre para ella la puerta de la vida en plenitud, la vida que no tiene fin y que es la palabra definitiva de Dios como destino último de la historia.

       Esta experiencia humana que sólo se puede vivir si hemos sido tocados con el don de la fe, supone para los cristianos, el centro de nuestra vida. Somos discípulos del Señor Jesús, muerto y resucitado, y nuestro mensaje, el evangelio que somos impulsados a anunciar, se resume en la transmisión de esta verdad fundamental.

        Sabemos que no estamos exentos de dudas y de momentos de oscuridad. La experiencia de los apóstoles del Señor nos muestra cuántas veces atravesaron ellos mismos por esas tinieblas que desconciertan y que dejan a uno en la más absoluta de las incertidumbres. Tomás no era menos fiel que los otros discípulos. El también quería de corazón a Jesús y le seguía con el mismo entusiasmo y autenticidad. Pero la evidencia del Calvario se le presentaba como la imagen imborrable que desgarra y ensombrece el alma haciendo difícil albergar cualquier esperanza.

       Ahora salen sus hermanos con esa alegría extraña diciendo que se les ha aparecido Jesús de forma clara, en persona. Que ha resucitado. Cómo creer que es verdad cuando él mismo lo ha visto colgado en el madero de la cruz, expirando su último aliento. Cómo dejar paso a la esperanza cuando todos huyeron despavoridos ante el tormento de su amigo y Maestro.

       Y sin embargo son ellos mismos, los temerosos del Gólgota los que ahora se muestran entusiasmados, transformados y renovados en su ánimo.

       Las palabras de Tomás ante el encuentro con el Señor, se han quedado en la comunidad cristiana como expresión de confianza y gratitud, “Señor mío y Dios mío”.

Sólo el encuentro con Jesús resucitado cambia la propia vida y la rejuvenece para siempre. Y este encuentro que en aquel momento se produjo de forma única e irrepetible, llega hasta nosotros a través de la comunidad cristiana.

       La sucesión apostólica y la transmisión de este testimonio de generación en generación, es lo que nos hace herederos de esta fe y portadores de una misma esperanza por medio del amor.

       También nosotros anhelamos ser una única comunidad cristiana con un solo corazón y una misma fe, al estilo de aquellos primeros cristianos cuya vida se entregaba con generosidad y afecto.

       Para ello hemos de hacer que el saludo pascual de Jesús “paz a vosotros”, sea el centro de nuestra vida comunitaria. La paz en el hogar, en la Iglesia y en el mundo es cauce de fraternidad, camino eficaz en la construcción de un mundo de hermanos y base de toda justicia.

       La paz tantas veces alterada y nunca instaurada por completo en medio del mundo, es para los cristianos una tarea permanente y un deber fundamental de nuestra fe en Cristo resucitado.

Por ello debemos dejar que la luz pascual ilumine nuestras vidas para tender puentes de encuentro entre los alejados, y superar las barreras que todavía separan a quienes estamos llamados a compartir un mismo futuro en concordia.

Pidamos en esta Eucaristía que el Señor nos infunda su paz, y que nosotros la acojamos con confianza y sin recelos. De este modo mostraremos con nuestro testimonio personal el camino que conduce a una vida de hermanos que con un mismo corazón y una sola alma, comparten su futuro en paz y esperanza.

sábado, 20 de marzo de 2021

DOMINGO V DE CUARESMA

 


DOMINGO V DE CUARESMA

21-3-21 (Ciclo B)


       Llegamos al último domingo de cuaresma para dar paso inmediato a los días más intensos del tiempo litúrgico, y así nos vamos preparando para vivir el acontecimiento central de nuestra fe en la pasión, muerte y resurrección de nuestro Señor Jesucristo. 

La Palabra de Dios que hoy se nos proclama, nos deja apreciar con claridad esa preparación en la misma vida de Jesús para asumir con fidelidad la entrega absoluta de su vida por amor a los hombres, sus hermanos.

Así, mientras que algunos siguen interesados en su persona por la curiosidad que en ellos despiertan sus palabras y gestos, otros sentirán el peso de la radicalidad a la que son llamados, renunciando a seguirle y abandonando el grupo de los discípulos del Señor.

Jesús va a ir enfrentándose en los momentos finales de su vida a la incomprensión de casi todos y al rechazo de muchos. Aquel joven nazareno que tanto entusiasmo despertó por sus palabras llenas de autoridad y por sus signos colmados de esperanza, es rechazado al mostrar el verdadero camino que conduce hasta el Padre, la entrega, la renuncia y el servicio. Para dar el fruto que Dios espera, es necesario entregarse sin condiciones a su plan salvador, porque “si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo”.

No hay caminos alternativos ni atajos que nos eviten la entrega personal si queremos de verdad seguir a Jesucristo. Tomar el camino del sentimiento egoísta indiferente para con los demás y soberbio ante Dios, sólo conduce a perder la vida, su sentido último y su plenitud.

Para seguir a Jesús no hay otro sendero que el andado por él. El camino de la renuncia personal, la búsqueda permanente de la voluntad de Dios y el amor desinteresado para con los hermanos.

El simbolismo del grano de trigo cuya fecundidad depende de su muerte al plantarse en la tierra, se llena de contenido al contemplar a Jesús clavado en una cruz plantada en el Calvario. Cristo es el grano de trigo fecundo que va a colmar abundantemente las aspiraciones de la humanidad, y en medio de la agitación que siente su alma por la misión que ha de asumir en este momento fundamental de su vida, escucha con claridad el respaldo definitivo del Padre “lo he glorificado y volveré a glorificarlo”. Quien ve a Jesús ve a Dios, quien se une vitalmente a Jesús crucificado compartirá el gozo de Cristo glorificado.

Esta experiencia de fe es importantísimo renovarla constantemente en nuestro corazón porque las dificultades de la vida, los momentos de adversidad y la prueba que debamos superar en cada recodo del camino nos llevarán a sentir también en nuestra alma esa agitación y desasosiego del mismo Señor. No pensemos que para él fue mucho más sencillo que para nosotros mantener firme su ánimo y superar el dolor de las rupturas o del abandono de los suyos. Jesús era plenamente hombre como cualquiera de nosotros y durante los días santos que se nos acercan contemplaremos la durísima realidad por él vivida.

Pero Jesús sí tenía un asidero indeleble sobre el que sostener su vida, el amor del Padre y su relación íntima con él. La unidad existencial entre Jesús y el Padre Dios que ha acompañado toda su vida, se hace ahora más necesaria y consistente. Y son para nosotros garantía de que Dios también actúa en nuestra vida si vivimos, como Jesús, completamente entregados a él.

Cuando Jesús nos llama al seguimiento en su servicio, lo hace con una promesa firme, “donde esté yo, allí también estará mi servidor; a quien me sirva, el Padre le premiará”.

Jesús no nos llama para seguirle a un destino incierto, su llamada es la vida en plenitud, a participar de su misma gloria, a compartir para siempre la realidad del Reino prometido, en una fraternidad universal de hijos e hijas de Dios.

Esta es la meta de nuestra vida para la cual nos vamos preparando a lo largo de la misma sabiendo que muchas veces tendremos que caminar entre luces y sombras, gozos y pesares, dudas y certezas. Pero tengamos muy presente que este camino no lo iniciamos nosotros, sino que lo transitamos tras las huellas de Aquel que nos amó primero y que entregó su vida por el rescate de todos.

Cristo, “a pesar de ser Hijo, aprendió, sufriendo, a obedecer”. Su obediencia incondicional y absoluta al plan de Dios fue vivida con entrega y disponibilidad, sin renunciar al sufrimiento que muchas veces llevaba consigo. Porque la obediencia, cuando es veraz y generosa, asume con libertad los costes de la misma por puro amor y en la confianza plena en Dios.

La obediencia de Jesús “llevado a la consumación, se ha convertido para todos los que le obedecen en autor de salvación eterna”. No seguimos los cristianos a un fracasado de la historia. Somos discípulos del único que ha sellado con su vida la alianza definitiva, y cuya ley ha sido escrita en nuestros corazones para darnos vida eterna.

En muchos momentos, las adversidades y las angustias nos pondrán ante la tentación del abandono, o la búsqueda de soluciones inmediatas que muchas veces nos deshumanizan y destruyen. Es precisamente en el momento de la prueba donde se manifiesta con verdad la categoría del individuo. Es en medio de la debilidad donde más necesario se hace mostrar la fortaleza y la coherencia con nuestra fe.

Pidamos en esta eucaristía, y en los días que nos quedan para vivir la alegría pascual, que el Señor cree en nosotros un corazón puro, como le hemos pedido en el salmo. Un corazón capaz de amar sin reservas a Dios, escuchando su llamada y poniendo por obra su voluntad. De este modo, con la vida renovada por completo, sentiremos de verdad la alegría de su salvación y así nos entregaremos con generosidad al servicio de nuestros hermanos, con quienes estamos llamados a transformar nuestro mundo en el reino de Dios.

SOLEMNIDAD DE S. JOSÉ

 


SOLEMNIDAD DE SAN JOSÉ

19 de marzo de 2021

150º Aniversario de su declaración como Patrono de la Iglesia Universal


         Celebramos hoy la Solemnidad de S. José, el “Custodio del Redentor y esposo de la Virgen María”, como lo declara el Papa Francisco al comienzo de la oración para este día.

         La vida de S. José es más conocida por lo que la devoción popular ha ido acogiendo a lo largo de los siglos, que por los relatos bíblicos sobre su persona, que son muy escasos. Con todo sí podemos acercarnos a su persona y su vida, por lo que en él realizó de manera extraordinaria la mano bondadosa de Dios.

         José de Belén, sería un joven como cualquiera de su tiempo, que al igual que María de Nazaret vivía con profunda intensidad su fe en Dios. Hijos de un pueblo creyente, sabedor de su elección divina a lo largo de los siglos, experimentarían desde su infancia el amor y la misericordia que Yahvé había derramado sobre ellos y desde la cual proyectarían su vida. Así José enamorado de María, y ésta de él, unirían sus vidas en esa aventura que es el matrimonio desde la cual fundamentar su familia y anhelar unir sus vidas para siempre en el amor esponsal.

         Esta decisión, bendecida sin duda por el Señor, pronto va a ser también traspasada por la mano del Todopoderoso. Su proyecto de amor será bendecido de una manera única y sobrenatural por Dios, de manera que María “la esclava del Señor” dará su sí a la propuesta de ser la Madre del Hijo de Dios, lo cual tendrá también consecuencias para la vida y la fe de José.

         La decisión de María romperá inicialmente el corazón de José, quien sin comprender lo acontecido pero confiando en su alma en María, decide apartarse de su vida con discreción. Sin embargo, las decisiones humanas que se toman conforme a la voluntad divina, como era el caso de su unión matrimonial, no quedará abandonada de la mano del Señor. Y nuevamente será Dios quien intervenga para que de la duda surja la luz de la verdad, de la sospecha la confianza absoluta y del cambio de rumbo la vuelta a la senda por la que transitan los designios de Dios.

         José supo acoger con confianza la voluntad de Dios, y por ella reencontrarse de nuevo con el amor de su vida para compartir a su lado, y desde una paternidad otorgada por Dios, el amor, el cuidado y la educación del Redentor.

         Nunca es fácil abrirse a los caminos que muestra el Señor en nuestras vidas, y muchas veces nos empeñamos en hacer las cosas a nuestra manera y conforme a nuestros prejuicios. Sin embargo, la experiencia de los santos y de los grandes testigos de la fe, nos muestran que cuando dejamos actuar a Dios y nos abandonamos confiadamente a su voluntad, Él realiza obras capaces superar cualquier expectativa colmándonos de amor.

         San José nos sigue mostrando hoy este camino de confianza y de abandono en el Señor, él además de ser patrono de la Iglesia, desde siempre fue tenido como el garante de la buena muerte, porque dejó este mundo con el cuidado y consuelo de Jesús y de María. Una familia sagrada que es para todos modelo de intimidad, de respeto y de amor. El Papa Francisco, en este preciso día, ha promulgado el año de la Familia poniéndolo bajo el amparo y protección de S. José.       

         Cuánto necesitamos encomendarnos a él en estos momentos de nuestra historia. Ayer mismo el Congreso aprobaba la ley de Eutanasia, y lo hacía creyendo que con ello ofrecía una respuesta óptima a las demandas de tantas familias que atraviesan la dura experiencia de la enfermedad, el sufrimiento y la agonía en cotas ciertamente insoportables. Nadie debe juzgar a quienes tanto sufren en su cuerpo, en su mente y en su ámbito familiar.

         Sin embargo nosotros los cristianos, nunca podemos aceptar la muerte provocada como respuesta y solución al deterioro extremo de la vida. Sin juzgar a nadie, sí podemos ofrecer un camino de vida y de esperanza, porque acogemos la vida como don de Dios, y sabemos que sólo a Él le corresponde completar su tránsito por este mundo, aunque los momentos finales de la misma nos resulten trágicos.

         Para nosotros, los cristianos, también la experiencia de la enfermedad mortal, además de conllevar muchas veces dolor y angustia, vemos que afecta no sólo al enfermo sino también a su entorno más cercano. Pero es en este momento decisivo de nuestra existencia cuando más necesitamos de la ayuda del Señor para vivirlo con profunda humanidad y confianza. El enfermo que padece esta situación, sabe que está atravesando el último tramo de su vida, y que camina junto a la cruz del Señor, apoyándose en él para recorrer su vía crucis final. No podemos engañar a los enfermos con falsas promesas de sanación cuando se acerca su momento crucial, debemos ayudarle a prepararse para el encuentro con el Señor, sosteniéndole en su esperanza y confortándole con el sacramento que le unge en el amor misericordioso de Dios. Por eso morir dignamente no sólo está en las manos del enfermo, también depende y mucho de su entorno.

         La familia, los amigos, todos los seres queridos quedan concernidos en esta experiencia humana, de manera que nuestra compañía, afecto, cercanía y comunicación de sentimientos se hace extraordinariamente necesaria. Sabiendo que para lo que a otros la ley puede permitir a nosotros nos está vetado, y que la muerte digna que otros postulan, para nosotros resulta un asesinato.

         Cada cual ha de tomar decisiones responsables en la vida, y sabemos que estas no son siempre sencillas ni simples. Conllevan muchas veces la apuesta fundamental de nuestra existencia que nos acerca o nos separa de Dios y de los hermanos.

         Lo que sí tenemos que pedir como cristianos y ciudadanos a nuestros gobernantes, son los cuidados paliativos necesarios para evitar por una parte en encarnizamiento terapéutico y por la otra los dolores insoportables propios de una enfermedad grave. Las familias quieren cuidar y atender a sus enfermos, en su entorno, en su hogar. Pero para ello necesitan ayudas que les faciliten esta responsabilidad irrenunciable, y no propuestas de atajos que deshumanizan a quienes los toman y pretenden ocultar la realidad tan humana de la enfermedad.

         Hoy pedimos a San José que nos ayude también en la dura hora de la prueba a mantener nuestra confianza en el Señor. A pedir a Dios su gracia y su misericordia para que nos sostenga siempre en su amor, y que el respeto, la ternura y la fortaleza de los sanos, ayude siempre a recorrer el tramo angosto del final de nuestra vida, cuando ésta nos llegue.

Concluyo con la oración de S. José que el Papa no propone en este día:

 

         Salve, custodio del Redentor y esposo de la Virgen María.

         A ti Dios confió a su Hijo, en ti María depositó su confianza,

        contigo Cristo se forjó como hombre.

         Oh, bienaventurado José, muéstrate padre también a nosotros y guíanos en el camino de la vida.

         Concédenos gracia, misericordia y valentía, y defiéndenos de todo mal.   Amén


 

sábado, 13 de marzo de 2021

DOMINGO IV DE CUARESMA

 


DOMINGO IV DE CUARESMA

14-03-21 (Ciclo B)

“Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único, para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna”.

En esta frase que hemos escuchado en el evangelio de hoy, se condensa con nitidez la obra y la misión de nuestro Señor Jesucristo, quien ha sido enviado por el Padre al mundo, no para condenarlo, sino para que se salve por él.

El cuarto domingo de cuaresma, llamado de laetare, “alegría”, nos presenta en el horizonte la luz pascual donde se cumple de forma definitiva el plan salvador de Dios en la resurrección de Jesús.

Pero para llegar a la luz pascual antes hemos de superar el camino de las sombras y tinieblas, donde es preciso que vayamos transformando nuestra vida para posibilitar que emerja el hombre nuevo cuya existencia se identifique plenamente con Cristo.

Vivimos sustentados por una promesa salvífica que nos ofrece la posibilidad de ser hijos de Dios. Esa promesa anunciada por los profetas y esperada por el pueblo de Israel, se ha hecho realidad en la persona de Jesús. “Él es el camino, la verdad y la vida”. La Luz que pone al descubierto todas las obras y conductas del ser humano, para ayudarle a reconocer su desvío en el camino de forma que pueda retomar el rumbo que le conduzca hacia su plenitud en el amor.

La vida de Jesús ha sido un permanente acompañamiento en fraternidad. Asumiendo nuestra condición humana, el Hijo de Dios se hacía partícipe de nuestra debilidad, pero no para sucumbir bajo el peso del pecado y del mal, sino para mostrarnos que es posible superar esa realidad que nos deshumaniza si vivimos bajo la acción del Espíritu de Dios y nos dejamos modelar conforme a su voluntad de Padre.

Sin embargo en multitud de ocasiones hemos dado la espalda a su llamada. Hemos creído como el hijo pródigo que nuestra madurez se encuentra lejos del hogar paterno y que cuanto más lejos estamos de Dios más autónomos, libres e independientes somos. Nuestro egoísmo y soberbia nos llevan a vivir de espaldas a Dios ocultándonos de su mirada y huyendo de la luz que nos denuncia y delata.

Es la experiencia relatada en la primera lectura tomada del 2º libro de las Crónicas. El pueblo entero, con sus jefes y sacerdotes se habían pervertido con las costumbres paganas, viviendo al margen de la Alianza establecida con Dios, y creyendo que una vez llegado el tiempo del bienestar y bonanza, ya Dios no hace falta para nada.

En nuestros días bien podía esto asemejarse a la embriaguez de una sociedad acomodada en sus adelantos económicos y científicos, que se cree autora y dueña de la creación y que interviene sobre ella y sobre la misma humanidad conforme a los criterios que convengan en el momento. Así se va introduciendo en el camino de la insolidaridad para con los pobres, el proteccionismo egoísta de sus bienes, y la subordinación del valor de la vida humana conforme a los intereses del más fuerte.

Y cuando vivimos de espaldas a Dios, buscamos un ídolo al cual entregar nuestra voluntad y del que nos hacemos sus siervos. El ídolo del consumismo, de la violencia y del odio, que van transformando nuestra inteligencia en modas, nuestra libertad en esclavitud, nuestra ilusión en rutina vacía de esperanza.

En esta situación, somos llamados por el Señor a nacer de nuevo, a contemplar al Hijo del Hombre elevado como estandarte de salvación, “para que todo el que cree en él tenga vida eterna”.

El hecho de que la voluntad universal de salvación que Dios nos ofrece sea obra de su amor gratuito, no nos exime de responsabilidades y de tener que dar una respuesta clara a su favor.

La fe que nos salva es para nosotros tarea y compromiso; “el que cree en él, no será condenado; el que no cree, ya está condenado”. Y estas palabras por muy duras que parezcan, no son sino la clarificación de las actitudes que a todos nos mueven.

El evangelio no habla de la increencia como algo involuntario en el hombre. Hay personas que no han conocido a Cristo, no por mala voluntad, sino porque nadie les ha anunciado el evangelio. A estos no se refiere el evangelista.

S. Juan con claridad expresa la causa de la condenación; “que la luz vino al mundo, y los hombres prefirieron la tiniebla a la luz, porque sus obras eran malas”. Esta es la razón de su destino ajeno al amor de Dios.

Dios quiere que todos sus hijos se salven, pero ha puesto en nuestras manos la capacidad de tomar decisiones que abarquen toda nuestra existencia, y de las cuales somos los únicos responsables.

Hablar en nuestros días de pecado, de maldad, de condenación y perdición, parecen trasnochadas, e incluso en ambientes cristianos suscitan rechazo y se busca suavizarlas, cuando no evitarlas. Y preferimos llevar una vida anodina que no nos produzca demasiados quebraderos de cabeza, y mucho menos nos meta el miedo en el cuerpo.

Cuando somos llamados a la conversión no se nos realiza una invitación al miedo o al terror, sino que somos convidados a vivir la alegría del encuentro en el amor y en la paz para con Dios y con los hermanos. Nadie ama por miedo. El amor sólo puede emerger desde la confianza, el afecto, la libertad y el respeto. Y la prueba del amor incondicional de Dios está en que ha enviado a su Hijo al mundo como camino de salvación. Pero a nadie le va a imponer seguir ese camino en contra de su voluntad.

La respuesta del hombre ha de ser libre y responsable, y si bien en su acogida afirmativa al amor de Dios encuentra su dicha y su gloria, en la negación está su condena, por duro que nos parezca el así decirlo.

Los cristianos participamos de la misma misión de Cristo. Y hemos de sentir como propia la tarea salvadora que el Señor inició con la instauración de su Reino. Si creemos de verdad que el Hijo de Dios ha venido al mundo para que el mundo se salve por él, nosotros, hijos de Dios en Cristo, debemos empeñar nuestra vida en esta misma labor, ser portadores de esperanza y de vida para nuestros hermanos.

Que él nos ayude para anunciar con ilusión su evangelio, de modo que por los frutos de nuestra entrega, otros puedan encontrarse con Aquel que tiene palabras de vida eterna.

martes, 2 de marzo de 2021

DOMINGO III CUARESMA

 


DOMINGO III CUARESMA

7-3-21 (Ciclo B)

 

En nuestro recorrido cuaresmal, llegamos ya al ecuador de este tiempo de gracia, y en él, Jesús, que ha sido declarado el Hijo amado de Dios, va a vincular su cuerpo con el Templo del Señor, a la vez que anuncia su próxima muerte y resurrección.

Palabras que todavía no son comprendidas por sus oyentes, ya que lejos de interiorizar en su corazón el mensaje liberador de Jesús, siguen inmersos en sus cálculos, intereses y formas de vida ajenas al amor verdadero, y alejados de una auténtica conversión.

El gesto enojado de Jesús, echando duramente a los mercaderes del templo de Jerusalén, causa una enorme conmoción en la sociedad y en el entorno religioso, ya que templo y sacrificios, sacrificios y víctimas, víctimas y negocio, estaban profundamente unidos y en ocasiones seriamente confundidos.

Jesús no critica la práctica de la ofrenda a Dios, cumpliendo así la ley de Moisés en su autenticidad. Lo que no puede tolerar de ninguna manera, es el que esa práctica religiosa, que ante todo lo que debe buscar es reconocer la suprema voluntad divina y la escucha de la misma por parte del hombre, se haya convertido en un negocio que mancilla la ofrenda por la perversión de la actitud del oferente, que pretende negociar con Dios su propia salvación. “Habéis convertido mi casa en una cueva de bandidos”. La casa de Dios, lugar de encuentro con el Señor, de oración y de caridad, de amor fraterno y de acogida de la Palabra de Dios para vivirla en fidelidad y coherencia, se había convertido en el mercado del cumplimiento vacío de unas prácticas, por las cuales se creían cumplir suficientemente con el Señor, olvidando el amor a los demás y la obediencia a la voluntad divina. Es la tentación permanente de cosificar a Dios y hacerle un instrumento a mi servicio.

La acción de Jesús viene a reivindicar la recuperación de la auténtica ley mosaica, poniendo al hombre en su sitio en su relación con Dios, y que se sintetiza en la misma afirmación divina; “Yo soy el Señor tu Dios...no tendrás otros dioses frente a mí”.

Sin embargo precisamente ha sido la continua tentación a echarse en manos de otros dioses, cayendo en el pecado de idolatría, lo que ha caracterizado la actitud humana.

Cuantas veces el hombre ha sustituido a Dios por los ídolos; cuantas veces nos hemos erigido nosotros mismos en absolutos frente a Dios y a los demás. Con cuanta frecuencia escuchamos expresiones como “yo soy el dueño de mi vida, yo hago lo que quiero; yo determino el criterio ético y moral,...” Cuantas veces el hombre ha creído que su completa autonomía está lejos de Dios, como si éste fuera su enemigo.

Y sin embargo cuanto mayor es la distancia que nos separa de Dios, mayor es el vacío, el sinsentido y el egoísmo que ahoga nuestra existencia. Porque si expulsamos a Dios de nuestra vida, inmediatamente abrimos las puertas a los ídolos que con falsas promesas de satisfacción inmediata, nos someten y esclavizan, a la vez que nos enfrenta y enemista con nuestros semejantes.

Sólo Dios puede ser tenido por absoluto si de verdad el hombre quiere sentirse libre y realizado, porque en la medida en que nos reconozcamos como criaturas fruto del amor del Creador, seremos plenamente aquello para lo que fuimos por él creados; ser hijos de Dios, en su Hijo Jesucristo y por lo tanto co-herederos de su Reino de amor y de paz.

Manipular la fe, comerciar con las cosas de Dios, pretender utilizar la fe para lograr algún beneficio, lejos de situarnos en el camino del seguimiento de Cristo, nos aleja de él.

Las prácticas religiosas, las ofrendas y las tradiciones, han de ser un vehículo para vivir una fe madura y auténtica, y no cosificarla.

La relación que el hombre establece con Dios, es una relación de amor paterno-filial, en la que la iniciativa siempre la ha tomado el Señor, y a la que nosotros hemos de responder con gratitud y confianza. Dios no nos ha creado para una relación de esclavos, sino de hijos, y por eso tampoco nosotros podemos acoger su llamada a la vida para vivirla desde el interés o el utilitarismo. Sólo una sana relación de respeto, de amor y de confiada obediencia al Señor, nos realiza como personas y como creyentes. Así la vivió el mismo Jesús nuestro modelo y maestro.

Jesús siempre se nos ha manifestado en plena armonía con el Padre Dios, buscando los momentos de encuentro personal con él, en la oración de escucha y contemplación, atendiendo a su Palabra y viviendo conforme a su voluntad, porque como él mismo nos dice no ha venido para hacer su voluntad, sino la voluntad del que lo envió. (Cfr. Jn 5, 30b) Sólo a través de Jesús podemos establecer esta relación con Dios, y sólo la manera de relacionarse Jesús con el Padre es la adecuada para nosotros.

No busquemos otros sustitutos en el camino del encuentro con Dios. No nos engañemos pensando que al margen de Jesús, o por otra ruta distinta de él y de su Iglesia, podemos entablar una relación madura y auténtica con el Señor.

Quien cree que su libertad y autonomía le impide aceptar una palabra distinta de la suya propia, lejos de abrir su corazón al amor, lo está cerrando a su egoísmo.

La ley dada a Moisés por Dios en el Sinaí, ha sido llevada a su plenitud por Jesús, que la ha superado con su entrega y amor absoluto a la voluntad del Padre. Ese amor que S. Pablo nos invita a vivir dando testimonio personal con nuestra vida.

La fe en Cristo es muchas veces necedad para quienes se sienten satisfechos con sus bienes materiales y sus logros personales.

Para otros que se han construido un dios a su medida, autocomplaciente y mudo, resulta escandaloso aceptar al Dios de Jesús que siempre nos interpela para liberarnos y vivir nuestra verdadera vocación humana.

Qué difícil es, mis queridos hermanos, para el corazón soberbio aceptar el don de Dios. Qué difícil para quien pretende ser él mismo el dueño de su vida abrir su corazón para que otro pueda entrar en él. Y sin embargo, cuando el hombre no se postra ante Dios que le ama como a un hijo, acaba arrodillándose ante la bestia que lo somete como a un esclavo.

Pidamos en este tiempo cuaresmal, que el Señor siga infundiendo en  nuestra alma la sed de encontrarnos con él. Que nos ayude a retomar el camino hacia él, para vivir así una auténtica vida en plenitud, una vida asentada en la libertad de los hijos de Dios. Que nuestra Madre Sta. María, que cantó con su vida las maravillas del Señor, nos guíe en este caminar cuaresmal, para vivir la conversión personal y sentir el gozo del encuentro con el Señor y con los hermanos.