viernes, 10 de diciembre de 2021

DOMINGO III DE ADVIENTO

 


DOMINGO III DE ADVIENTO

12-12-21 (Ciclo C)


       Llegamos a este tercer domingo de Adviento y la invitación que recibimos a la luz de la Palabra de Dios es al gozo y a la esperanza. Hasta la liturgia quiere empaparse de este sentimiento, suavizando la sobriedad del color morado e invitando al canto y a la alabanza.

       Y es que por si nos habíamos despistado en la vivencia del adviento, este es un tiempo de esperanza y la esperanza siempre contiene ilusión, expectación y gozo interior. Así volvemos a escuchar en el evangelio el momento vivido por Juan el Bautista y lo que significaba para aquellos judíos creyentes.

       Juan no se desanima en su misión. Ha comprendido que su vida  ha de ponerla al servicio de Dios y que es el momento de provocar en medio de su realidad un cambio radical, una llamada a la conversión.

       Está a punto de suceder el mayor acontecimiento vivido jamás por la humanidad. Dios se va a manifestar cercano, humano y solidario con su creación, y nada hace presagiar este hecho porque nuestras vidas no han experimentado ningún cambio merecedor de este regalo de Dios. Sin embargo, por su amor y misericordia, Él quiere compartir de forma plena la vida del ser humano y así sembrar en ella la semilla fecunda de su Reino de amor, de justicia y de paz.

       Muchos de los que escuchaban a Juan, sintieron la necesidad interior de prepararse para este momento y así nos lo presenta el evangelio que hemos escuchado: “¿entonces qué hacemos?”, le preguntan todos, escribas, fariseos, publicanos, soldados. Y para todos hay una respuesta personal y concreta: que cada uno realice su tarea sin injusticias ni opresiones. Y al igual que aquellos que escuchaban al Bautista sintieron la necesidad del cambio personal, e iniciaron un proceso de conversión, nosotros estamos llamados a vivir también esta llamada del Señor.

La conversión personal es siempre semilla fecunda de transformación social y comunitaria, ya que del cambio de cada uno de nosotros se nutre la convivencia de todos.

Uno de los males que más afectan a nuestra sociedad es la falta de conciencia responsable. A ninguno nos gusta mirar con detenimiento nuestro interior y descubrir un rostro desfigurado por el pecado. Preferimos maquillar la realidad para adaptarla a nuestro gusto y así seguir contemplándola de forma superficial e infantil.

Pero a la hora de ver las vidas de los demás cómo cambia el matiz de nuestra mirada. Entonces sí percibimos con mayor claridad sus fallos y miserias, rebuscamos intenciones ocultas y sacamos conclusiones enjuiciando sin pudor sus vidas e incluso condenando aquello que nos disgusta. La desigualdad entre la tolerancia con uno mismo y la severidad con el prójimo es suficiente muestra del desajuste moral que cada uno podemos vivir.

Porque ¿Cómo puedo erigirme en juez de mi hermano, si no soy capaz de afrontar mi propia verdad con humildad y sencillez delante de Dios?

Por eso antes de atreverme a juzgar la vida de nadie, debo presentarme ante el evangelio proclamado y, como los personajes citados en él, preguntarle con respeto, ¿qué debo hacer?

Y lo primero que toda persona auténtica ha de hacer es mirar la propia vida con verdad. Pero no con la verdad del mundo que está empañada por sus intereses y ambiciones, sino con la verdad de Dios.

Dios nos ha creado en el amor, para establecer una relación paterno-filial con cada uno de nosotros, y muchas veces le hemos dado la espalda, buscando nuestra independencia y alejándonos de Él. Hemos creído que librándonos de Dios, nuestra condición humana brillaría con luz propia, y sin embargo caemos en las tinieblas del egoísmo.

       La mirada sincera nos abre la puerta del encuentro con nosotros mismos y con los demás, nos ayuda a caer en la cuenta de nuestra pequeñez y nos dispone para que acogiendo la misericordia que Dios nos ofrece con generosidad, demos un cambio a nuestra vida.

El efecto de esta conversión enseguida hace evidentes sus frutos; nos infunde una fuerza interior que sabemos parte de Dios y nos impulsa a seguir adelante en la vida. Sentimos cómo su amor nos reconstruye y armoniza para estar en paz con él y con los hermanos, y salimos confortados de una experiencia que ante todo expresa el encuentro gozoso con Dios nuestro Señor.

Este tiempo de adviento es una oportunidad extraordinaria de vivir el encuentro con Dios Padre misericordioso.

Un tiempo que nos ofrece la oportunidad de experimentar con ilusión un cambio real en nuestra vida, a fin preparar la llegada del Señor.  Cambiar los signos de violencia y de ruptura entre los hombres y los pueblos; superar los momentos de desesperanza y desánimo, porque Dios está con nosotros y nada ni nadie podrán apartarnos de su amor y misericordia.

       Así resuenan con esperanza las palabras del apóstol San Pablo, “hermanos, estad siempre alegres en el Señor”,... y en toda ocasión, en la oración, en la súplica o en la petición, confiad porque estáis en la presencia de Dios.

       Tengamos siempre presente que a pesar de todas nuestras limitaciones y debilidades el Señor no nos ha abandonado, y que por muy oscuro que veamos nuestro presente personal, familiar o social,  podemos decir con el salmo;  “Mi fuerza y mi poder es el Señor, el es mi salvación”.

Que esta frase repetida con serenidad en lo hondo de nuestros corazones, sea el ambiente interior que mueva nuestras vidas, y así dispongamos la venida del Señor con una esperanza renovada. Que así sea.

sábado, 27 de noviembre de 2021

I DOMINGO DE ADVIENTO

 


DOMINGO I DE ADVIENTO

28-11-21 (Ciclo C)

 

       “Levantaos, alzad la cabeza, se acerca vuestra liberación”. Con esta frase de Jesús como fuerte llamada para la esperanza, comenzamos este tiempo de Adviento. Cuatro domingos que nos irán acercando y preparando para acoger a Dios en nuestra vida de forma renovada y gozosa.

       El adviento es ante todo expectación ante la proximidad de Alguien que desde hace mucho tiempo venimos esperando; la entrada de Dios en la historia humana. No es una mera repetición ritual; hoy comienza para nosotros la cuenta atrás y por delante tenemos un tiempo precioso para preparar adecuadamente nuestra vida, a fin de favorecer el encuentro con el Hijo de Dios, Jesucristo.

       Adviento supone disposición y compromiso para abrirnos a Dios y dejar que ciertamente libere nuestro ser y transforme el mundo instaurando su reinado. Todo ello en esta realidad que presenta tantas amarguras e injusticias.

       Iniciamos el advenimiento de Dios con nosotros, cuando las divisiones y guerras entre los pueblos, la violencia y el terror en tantos lugares, la dura crisis económica y la miseria de millones de seres humanos, tiñen de desesperanza nuestra realidad más cercana haciendo increíble el que Dios pueda nacer en este entorno.

       Los dirigentes del mundo no entienden que el camino de la paz pasa por la libertad y la justicia de todos los pueblos. Cada uno busca su interés económico o material aún a costa de vidas humanas, utilizando los medios de propaganda conforme a su ambición.

       El evangelio de hoy nos muestra con un lenguaje lleno de simbolismo, la cantidad de catástrofes, miserias y violencias que la humanidad soporta. Algunas de ellas responden a fenómenos naturales, en ocasiones provocados por el abuso y la destrucción de la naturaleza, pero en la mayoría se debe a la crueldad del hombre que en vez de haber buscado la fraternidad se ha convertido en fratricida y en vez de vivir la solidaridad se ha cegado por el egoísmo y la ambición. Cómo no ansiar una liberación que nos devuelva nuestra dignidad y alegría.

       Por qué no va a ser posible que comenzando por el núcleo familiar, y prosiguiendo en el entorno social de cada uno, se provoque el nacimiento de una nueva humanidad.

       Pues bien, creemos que cabe la esperanza. Nosotros, los cristianos no podemos arruinar nuestro ánimo ni presentarnos ante el mundo derrotados en el desamor. Hemos de seguir esperando aún teniendo en contra situaciones desfavorables. Nos hemos fiado del Señor, y él mismo nos ha prometido su presencia hasta el fin de los tiempos.

       La fe que profesamos debe colorear el presente infundiendo a nuestro alrededor un ambiente nuevo, solidario y fraterno capaz de generar esperanza en los demás. Dejar que nuestras ilusiones se apaguen o que nuestro compromiso decaiga, es sucumbir ante la adversidad y renunciar a ser luz en medio de las sombras de este mundo.

       Necesitamos fortalecer nuestra vida de oración. Recurrir permanentemente al Señor para que nos muestre el camino a seguir y nos ayude a recorrerlo con la fuerza de su Espíritu. Pero rogar a Dios nos ha de llevar a poner de nuestra parte todo lo humanamente posible.

       Las víctimas de este mundo se encuentran muchas veces tan abatidas que les es imposible salir adelante solas. Hemos de estar a su lado, acompañarlas en todo momento y comprometernos activamente por la transformación de su situación desde la denuncia de la injusticia y la búsqueda de su dignidad. Son signos elocuentes de esta grandeza humana, gestos como la disposición de viviendas para familias desahuciadas, y campañas como la recogida de alimentos.

En el adviento dirigimos nuestra mirada hacia el Dios-con-nosotros que está por llegar. En su nacimiento se regenera la vida y la esperanza, posibilitando que emerja una nueva creación. La cual resultará imposible si no se produce en cada uno de nosotros una verdadera renovación personal y espiritual.

La liberación a la que somos llamados por el Señor en este primer domingo, pasa por nuestra conversión personal. Por preparar adecuadamente el camino que nos acerca a su amor sabiendo que todavía son muchas las barreras que nos separan del encuentro pleno con él y con los hermanos.

Y el Señor nos hace una clara promesa por medio de su palabra; si somos capaces de favorecer este encuentro con él, “veremos la salvación de Dios”.

       Al comenzar este adviento, podemos aceptar que el camino que tenemos por delante no es sencillo ni cómodo, pero con la fuerza de Dios y nuestra fidelidad a su amor desde el compromiso por los necesitados, es posible confiar en la victoria del Señor y de su Reino.

       Fue en medio del desasosiego donde resonó la Palabra de Dios haciéndose carne en María. Fue en medio de la noche y lejos de la comodidad donde nacía el Hijo de Dios. Fue en las afueras de Jerusalén y en una cruz ensangrentada donde brilló la luz de la vida definitiva, de Cristo resucitado.

       Este tiempo de adviento nos ha de ayudar a buscar caminos que nos conduzcan al Dios de la misericordia, que por amor se encarnó en nuestra historia y por su compasión la ha reconciliado para siempre.

       Dios está con nosotros, y en esta cercana familiaridad nos sigue enviando a preparar su venida. Que su amor nos fortalezca y su misericordia nos impulse a transformar nuestro mundo, comenzando por nuestras familias que han de ser escuela de humanidad y fermento de paz.

 

viernes, 19 de noviembre de 2021

SOLEMNIDAD DE JESUCRISTO REY DEL UNIVERSO

 




DOMINGO XXXIV TIEMPO ORDINARIO

JESUCRISTO REY DEL UNIVERSO 21-11-21 (Ciclo B)

 

Terminamos el tiempo litúrgico ordinario con esta solemnidad de Jesucristo Rey del Universo. Una fiesta en la que reconocemos a Jesús como nuestro Señor, y en la que anhelamos la instauración de su Reino entre nosotros; el nuevo Pueblo de Dios que animado por el Espíritu Santo va desarrollando una humanidad reconciliada donde todos, sin exclusión, vivamos la auténtica fraternidad de los hijos de Dios.

El Evangelio que hemos escuchado, narra una experiencia en la que la realeza es sinónimo de poder absoluto. Poncio Pilato con sus preguntas cargadas de recelo y descrédito busca desenmascarar a un rival; sin embargo se encuentra ante un hombre sencillo, despreciado y humillado que le desconcierta, porque en su debilidad reside su fuerza y su palabra señala la verdad: “Mi reino no es de este mundo”, responde Jesús ante la insistencia del gobernador.

El reino que Dios quiere, no encuentra en este mundo su lugar apropiado. Y no es porque no se haya esforzado el Creador en poner todo de su parte para que germinara ese proyecto de vida en plenitud tan deseado para sus hijos. Su Reino no germina por la dureza de una tierra que no se deja empapar, donde la terquedad del corazón humano sometido a sus ambiciones, siembra de injusticia la realidad.

Dios ha enviado sus mensajeros delante de él, hasta a su propio Hijo Jesús;  y como vemos en el evangelio que hemos escuchado, será sentenciado a muerte. El rechazo de Dios y de su reinado es la realidad a la que ha de enfrentarse el Señor antes de morir. 

Y sin embargo nosotros hoy seguimos confesando a Cristo como el Rey del universo y nos sentimos llamados a favorecer el desarrollo de su reinado desde los valores permanentes e irrenunciables del amor, la justicia, la verdad, la libertad y la paz.

Y es que Dios ha puesto este mundo en nuestras manos y con ello nos está invitando a proseguir su obra creadora. A través de nuestro compromiso con el presente, de nuestra implicación en los asuntos temporales, hemos de avanzar en la consecución del reinado de Dios como meta y horizonte de nuestras vidas. El Reino de Dios ha de germinar en todos los ámbitos de la sociedad por medio de la implicación de los cristianos en aquellas realidades donde se decide el destino del ser humano. Es decir, en la vida pública.

Por eso, cuando los cristianos se comprometen en el mundo social y político, y siendo elegidos de forma libre y democrática reciben la confianza de sus conciudadanos, no tienen un cheque en blanco para hacer lo que les venga en gana subordinando sus convicciones a los intereses ideológicos, sino para que siendo fieles a su fe, y a los principios morales que de ella se derivan, pongan todos sus esfuerzos y sacrificios al servicio del bien común, la defensa de la vida humana, la promoción y el desarrollo de los más necesitados, y la concordia y la paz entre todos los pueblos desde la auténtica solidaridad.

Los cristianos comprometidos en la vida pública no lo están para mimetizarse con el entorno, sino para que con su voz, sus propuestas y trabajos, inserten una llama de esperanza y una bocanada de frescura que proviniendo de su fe en Jesucristo, renueve los pilares de la tierra cimentándola con los valores del evangelio.

Muchas veces se sentirán incomprendidos y enfrentados a sus propios compañeros de grupo, otras sentirán la presión de la comunidad eclesial que les exige más compromiso. Ciertamente no resulta sencillo comprometerse con la realidad presente, pero esa es la vocación de todos los cristianos, que según nuestras capacidades debemos asumir con coherencia y fidelidad al Señor.

Para ello cuentan con el apoyo y la oración de toda la Iglesia, y el estímulo fecundo del Espíritu Santo que los alienta en su misión.

El reinado de Dios se va sembrando en cada gesto de misericordia y compasión para con los más pobres y necesitados. Ésta ha de ser una labor constante de toda comunidad creyente y ha de marcar el corazón de la vida social y de las leyes que la regulan de manera que éstas sean realmente justas.

Los signos del Reino de Dios no pueden ser percibidos si a nuestro alrededor se impone la desigualdad, la marginación o la violencia. Y en los tiempos de especial dificultad social y económica, como los presentes, mayores han de ser los esfuerzos por sembrar la semilla de la esperanza desde el compromiso activo con los más desfavorecidos.

Por último, si algo destaca con vigor la llegada el Reinado de nuestro Dios y así se ha podido escuchar siempre a través de su extensa Palabra revelada, es la paz. Desde el momento del nacimiento de Cristo hasta su muerte, Dios ha sembrado la paz en la tierra. “Gloria a Dios en el cielo, y en la tierra paz a los hombres que ama el Señor”.

La paz es el saludo y el deseo más entrañable que se puede ofrecer. Una paz que sellada con el perdón de Jesús, agonizante en el tormento de la cruz, abre la puerta a la reconciliación y a la salvación de todos.

Hoy celebramos y confesamos a Jesucristo como el verdadero y el único Señor del Universo lo cual nos ha de llevar a trabajar por su reinado, con entrega y confianza. Sabiendo que este Reino no es obra de nuestras manos, sino don de su amor y misericordia, y que aún siendo conscientes de que el Reino de Dios no se puede dar de manera plena en el presente, sometido al mal y al pecado, no por ello dejamos de entregar nuestra vida para que de alguna manera vaya emergiendo, porque el Señor ha puesto en nosotros su confianza.

Jesús no impuso su palabra ni sus convicciones. Sólo las propuso con sencillez y eso sí, acompañadas en todo momento con la autenticidad de su propia vida. Ni en los momentos más duros de su predicación ni ante el abandono de los más cercanos cae en la tentación de los atajos falsos, la ira o la condena a este mundo hostil. Su respuesta siempre fue la mirada limpia para perdonar, el corazón dispuesto para amar y los brazos abiertos para acoger a los demás.

Así iba sembrando su reino, y convocando a él a ese Pueblo Santo que tomó forma de comunidad de seguidores, la Iglesia, y que a pesar de los muchos avatares por los que ha pasado en la historia, podemos sentir que su presencia alentadora sigue entre nosotros y nos anima a mantenernos fieles a su amor.

Hoy damos gracias al Señor por conservar fiel su promesa de estar a nuestro lado todos los días de nuestra vida, y confiamos en que la fuerza de su Espíritu Santo seguirá animando nuestros corazones para colaborar en la construcción de su reinado hasta que lo vivamos plenamente junto a él en la Gloria eterna. Que así sea.

sábado, 6 de noviembre de 2021

DOMINGO XXXII TIEMPO ORDINARIO

 


DOMINGO XXXII TIEMPO ORDINARIO

7-11-21 (Ciclo B)


Al escuchar las lecturas de hoy, lo primero que nos sugieren es el sentido de la generosidad. Qué es ser realmente generosos. Y descubrimos que la generosidad no es solamente la cantidad de lo que se da, sino que entran otros factores mucho más importantes a los ojos de Dios. Los cuales los podemos resumir en esta pregunta: ¿Qué parte de mí, implico en lo que doy? Jesús dice: “los demás han echado de lo que les sobra”. Al dar, ellos no han tenido que darse. Lo que ellos dan tiene una implicación muy baja, muy pobre en sus vidas, en cambio, las dos viudas que han aparecido en las lecturas de hoy, aquella viuda de Sarepta, con el profeta y esta otra viuda anónima del evangelio, al dar han tenido que implicar su propia subsistencia, han puesto sus vidas en riesgo.         

La generosidad, la verdadera generosidad está en el darse y sabemos que hemos empezado a darnos cuando eso mismo que somos lo entregamos y nos lleva a la inseguridad. Decía la bienaventurada Madre Teresa de Calcuta: “dar hasta que duela, dar hasta que te afecte, dar hasta que tú mismo seas cambiado por la ofrenda que das”. Esta es la clase de generosidad a la que nos invita el Señor, y por supuesto, uno podría preguntarse: ¿cuál es el sentido de ese dar? ¿Por qué se nos reclama tanto?      

Observemos que si uno baja un poco la medida, si uno baja la exigencia, no es tan difícil encontrar gente que aporte. Hay en la naturaleza humana, no solamente un impulso para acumular y para retener, también existe la alegría de ofrecer. Esa alegría que es como natural y espontánea, es lo que se llama la filantropía. Prácticamente todos los seres humanos sienten en algún momento de sus vidas, o en muchos, que es bueno hacer algo por alguien, por los demás.   

Nuestra personalidad está hecha de tal manera que sentimos gozo, nos sentimos bien cuando compartimos con una persona que lo necesita. Pero aquí estamos hablando casi de lo contrario. Porque según lo que la Madre Teresa de Calcuta decía, hay que dar casi hasta que te sientas mal, hasta que te duela.         

O conforme a lo escuchado en el evangelio, no es dar de lo que nos sobra, sino dar de lo que tenemos para vivir. Y eso produce riesgo, produce inseguridad, y tal vez produzca incluso preocupación. La generosidad, la genuina caridad cristiana, en su expresión más fuerte, no es filantropía, no se trata de dar un poquito, de sentirse uno bien sin ponerse en riesgo.     
La caridad cristiana conlleva la entrega de uno mismo en aquello que comparte o realiza en favor de los demás, sin calcular los riesgos que comporta, y sintiendo como único motor, el amor fraterno que mana de nuestra propia espiritualidad y vocación.    

Dos son las enseñanzas que hoy recibimos: La primera, cuál es el sentido de la generosidad, cuál es el sentido del dar y esto se resuelve con una pregunta: ¿Qué tanto de mí está implicado en esa entrega? Y lo segundo que hemos dicho hoy es que esa generosidad va mucho más allá de la filantropía, aunque podamos preguntarnos ¿Qué obtengo con eso?   

Si uno lo mira desde un punto de vista solamente humano como que no tiene mucho sentido, pero la clave está en lo que sucede en nuestra vida cuando descubre primero la generosidad de Dios. La generosidad de mi donación me pone en riesgo, pero también me pone en las manos del Dios generoso.   

Eso aparece muy bien en la primera lectura, la viuda se pone en riesgo, esto era todo lo que tenia para ella y para su hijo y eso se lo va a dar al hombre de Dios, al profeta. Es como una ofrenda religiosa realmente, ¿qué gana ella con eso? Gana la experiencia de la generosidad de Dios, el acento no hay que ponerlo en todo lo que uno puede llegar a perder, que puede ser hasta la vida, nos lo muestran los mártires, sino que el acento está en lo que uno puede llegar a ganar cuando entra en el ámbito de la generosidad de Dios.  

A través de esa entrega personal y total, que en el fondo es un acto de confianza por el que yo me regalo a las manos de Dios, estoy descubriendo cómo el Señor es un Dios generoso, que desborda su gracia y su amor en todas sus criaturas y que me llama a prolongar esa actitud vital con todos los hombres, mis hermanos más necesitados.
De este modo podemos comprender el asombro de Jesús ante el gesto casi insignificante de aquella pobre mujer del evangelio. Lo que a los ojos de cualquiera pasa desapercibido, e incluso resulta despreciable, para él contiene todo el germen de la generosidad de Dios.    

Pero no sólo eso, Jesús nos enseña a mirar la realidad con los ojos de Dios. El no desprecia a quienes han dado de lo que les sobra, también es de agradecer el gesto de aquellos que entregan parte de lo que tienen, y nadie debe sentirse mal por compartir generosamente de lo que le sobra. Todo lo contrario. Pero lo que Jesús destaca para quienes hemos tomado en nuestra vida la opción de seguirle siendo discípulos suyos, es que debemos vivir las actitudes humanas transformadas por el amor generoso y desbordante de Dios.   

Un amor que tiene su más clara expresión en la entrega absoluta de Jesús, cuya donación personal nos muestra hasta dónde ha estado Dios dispuesto a darse, ciertamente hasta el vaciarse por completo para que todos tengamos vida en plenitud.      

Ese amor testimoniado a lo largo de la historia por tantos hombres y mujeres que se han dado por completo en favor de los demás, sigue siendo en nuestros días testimonio de auténtica caridad cristiana. No se trata de la cantidad material de lo entregado, sino la calidad vital que en ello se contiene. Y la caridad que se ejerce desde el amor, siempre resulta liberadora y fecunda.

Dar parte de lo que nos sobra se convierte en donación generosa de uno mismo cuando en ello ponemos también nuestra solidaridad, compasión y afecto, para con aquella persona hacia a la que acerco a mi vida por el hecho de poder compartir con ella lo que tengo y lo que soy. Y esto lo podemos realizar con frecuencia sin arriesgar en exceso nuestra existencia. 

Hoy somos invitados a experimentar cada uno, en nuestro propio estado de vida, la generosidad de Dios. Nuestro Dios es un Dios generoso en amor y en alegría, generoso en dones y en perdón, generoso en espíritu, en sabiduría y en palabra. Y esa generosidad también ha sido derramada en nuestros corazones para que se desborde en favor de los demás.      

Que el poder del Evangelio se adueñe de nuestras vidas y, que por medio del Espíritu de caridad que hemos recibido, lo sepamos ofrecer a muchos más.

sábado, 23 de octubre de 2021

DOMINGO XXX TIEMPO ORDINARIO

 


DOMINGO XXX DEL TIEMPO ORDINARIO

24-10-21 (Ciclo B) Domund


       El canto de júbilo que el profeta Jeremías nos proclama, introduce el gozo que se produce ante el encuentro sanador con Jesús. “Gritad de alegría por Jacob,... porque el Señor ha salvado a su pueblo”.

       El pueblo al que anuncia Jeremías esta visión se encuentra en el destierro. Abatido por la esclavitud a la que se ve sometido y humillado por la injusticia que está sufriendo.

       Ante esto el profeta no deja que su pueblo se hunda en la desesperación; Dios ha dicho una palabra salvadora, y su promesa pronto se cumplirá. Tal vez el momento sea desolador, tal vez el sufrimiento del presente nos debilite la esperanza, tal vez la tragedia de tantos hermanos sufrientes nos conduzca hacia el desengaño por el futuro. Es en esta situación donde se necesitan profetas del consuelo y de la misericordia que devuelvan la ilusión y el vigor para cambiar el presente. Dios nos congrega como pueblo suyo para vivir la dicha de la salvación.

       Así escuchamos el relato de Marcos que nos muestra una escena de la vida de Cristo donde el encuentro con Bartimeo va a cambiar para siempre la existencia de éste.

       La pobreza y la enfermedad en tiempos de Jesús eran situaciones excluyentes de la vida del pueblo. Los leprosos, los ciegos, sordos, mudos, deficientes, eran alejados del centro de la vida social y condenados a mendigar para subsistir. La enfermedad no sólo era sinónimo de exclusión social, sino también de castigo de Dios por algún pecado propio o de familia.

       Cómo no va a gritar ese hombre, Bartimeo, cuando escucha que Jesús, el hijo de David, el Salvador, va a pasar a su lado. Cómo no aferrarse a ese “salvavidas” que se aproxima cuando todo el mundo habla de que Jesús hace maravillas entre los pobres y excluidos.

       No puede dejar pasar esta oportunidad única. Sus fuerzas las orienta a hacerse notar por el Señor, y aunque todas las voces del mundo lo recriminen y quieran silenciarlo, él gritará más y más hasta ser oído. Es la señal de socorro de un náufrago en medio del mar que ve acercarse un barco, su salvación.

       Y se produce el encuentro, primero el diálogo y la acogida, ¿qué quieres que haga por ti?  Jesús no rechaza a nadie, mira de frente reconociendo la dignidad de todos. Para él, Bartimeo no es un excluido sino un hermano que clama su misericordia y su amor. “Señor, que pueda ver”; tu fe te ha curado.

       La fe, que no es otra cosa que acoger el don del amor de Dios y agradecerlo con la propia vida de entrega y servicio a Dios y a los hermanos, es lo que nos salva, nos cura, nos llena de vida y de gozo eterno. Así, Bartimeo se convierte en discípulo de Cristo, le sigue por el camino dando gloria a Dios y ofreciendo su testimonio a favor del Señor con quien se ha encontrado.

       Esa es también nuestra historia de salvación. Todos tenemos pasajes de nuestra vida en los cuales hemos notado de forma especial que Cristo nos ha abierto los ojos. Ante un problema familiar grave, la muerte de un ser querido, la enfermedad de un hijo o tal vez su adicción a las drogas. Todo eso puesto en las manos de Dios nos ha ayudado a seguir luchando y a ir dando pasos de sosiego y paz a nuestra vida.

       Tal vez no hayamos visto una curación milagrosa entre nosotros. Pero sí es cierto que el milagro se ha producido en nuestro corazón al ser capaces de seguir adelante con esperanza y amor.

Las situaciones de mayor precariedad pueden ser para nosotros espacios de especial encuentro con Dios. Allí donde todas las señales nos muestran desolación y amargura, es posible dejar que emerja la esperanza si escuchamos la palabra salvadora de Jesucristo.

Son tantos los hermanos que necesitan escuchar esta palabra iluminadora de la vida, que los cristianos debemos tomarnos muy en serio nuestra dimensión misionera.

Bartimeo gritó a Jesús porque sabía quién era y el contenido de su mensaje. Difícilmente pueden poner sus esperanzas en el Señor quienes desconocen su existencia. Por eso debemos ser nosotros quienes fieles a la misión recibida del Señor anunciemos con valor y fidelidad su Reino de amor, de justicia y de paz.

Y después igualmente importante es no poner barreras al encuentro personal con él. A Bartimeo le insistían para que se callase y no molestara al Maestro. Nadie molesta al Señor, al contrario, él desea el encuentro con sus hermanos para compartir generosamente su gracia salvadora.

Todas nuestras acciones apostólicas y proyectos pastorales, han de estar abiertos a esta posibilidad de encuentro del creyente con Jesús. Y los medios son buenos en tanto en cuanto nos ayudan a este objetivo.

Hoy celebramos una nueva campaña del Domund, la acción misionera de la Iglesia, para seguir anunciando la Buena noticia de Jesucristo en todo el mundo, y en especial en los lugares más necesitados de esperanza. Compartir la fe, implica la totalidad de nuestra vida, también a la solidaridad económica con los pobres. Pues bien, mis queridos hermanos, vivamos este momento como una oportunidad nueva de encuentro con el Señor. Y con la llamada que nos hace a ser sus testigos en medio de nuestro mundo, especialmente entre los alejados y los necesitados por cualquier causa.

Que el gozo de nuestra fe, y su vivencia coherente en medio de nuestro mundo, sea para nosotros motivo de alegría, y para aquellos a quienes somos enviados como discípulos de Jesús, una razón nueva para encontrar consuelo y esperanza en medio de sus dificultades.

viernes, 8 de octubre de 2021

DOMINGO XXVIII TIEMPO ORDINARIO

 


DOMINGO XXVIII TIEMPO ORDINARIO

10-10-21 (Ciclo B)


         “Maestro bueno, ¿qué haré para heredar la vida eterna?”. En esta pregunta se resume la gran preocupación de todo ser humano, aquello que realmente nos importa. El joven que se acerca corriendo al Maestro, tenía claro cuál era el centro de sus preocupaciones “heredar la vida eterna”, y buscaba quien lo orientara y diera una palabra de esperanza.

         Jesús le muestra cómo la bondad reside sólo en Dios, y que el camino que nos conduce hasta él pasa por vivir según nos ha enseñado. Los mandamientos de la  Ley de Dios, que Jesús le va desgranando, no son meras normas morales o preceptos, sino un camino de vida, que dignifica a la persona y nos hace conscientes de nuestro valor absoluto ante cualquier tentación de utilizar o agredir a un ser humano.

         En este diálogo con Jesús, el joven se descubre en sintonía con él. Aquello que es importante para Dios también lo ha sido en su propia vida desde siempre. Fue educado en un ambiente religioso y ha sabido cuidar los valores fundamentales de su tradición judía. Por ello Jesús le mira con cariño, porque ve sinceridad y honestidad en sus ojos.

         Este joven estaba preparado para dar un paso más en su vida, lo cual exigía mucho más que la mera observancia religiosa; “vende todo lo que tienes, dáselo a los pobres y sígueme”. O lo que es lo mismo, “cambia de estilo de vida y conviértete en mi discípulo”.

         Y ante una llamada así, surgen los temores, dudas y rechazos. Una cosa es creer en Dios, cumplir sus mandamientos, rezar con frecuencia nuestras oraciones, y otra muy distinta acoger la llamada que nos hace seguidores de su Hijo Jesús. El seguimiento de Cristo pasa por opciones fundamentales que implican todo nuestro ser y nuestra voluntad.

         El evangelista nos hace ver que aquel joven tenía muchos bienes, era rico. En este lenguaje bíblico, riqueza y bienes son sinónimos de seguridad, bienestar, apoyo, satisfacción. Por eso hemos de entender esta llamada de Jesús como algo más que la renuncia a lo material. Tal vez nuestras seguridades sean el trabajo seguro, la salud; tal vez nuestro apoyo sean las cosas que poseemos; tal vez nuestro horizonte lo hayamos puesto en la búsqueda del prestigio o el poder ante los demás.

         Dejar estos apoyos y seguridades para seguir al Señor, sobre todo exige una gran confianza: Una confianza que se va gestando en una vida espiritual completa y gozosa, a la vez que en unas actitudes de servicio y entrega a los demás.

         Si por el contrario nuestra confianza la ponemos en lo material, en los bienes, en tener la vida resuelta, la salud asentada y así nos sentimos satisfechos, no necesitamos de Dios más que para cumplir con unos ritos o mandatos que no exijan ningún cambio que nos incomode. Dios queda para el templo, las oraciones y las peticiones, pero apagamos su voz para que no nos pida más.

         Pese a todo, como nos recuerda el apóstol S. Pablo, “La Palabra de Dios es viva y eficaz”. Y por eso si la escuchamos con un sentimiento sincero y abierto, podemos ir descubriendo nuestra capacidad de cambio y conversión.

Por muy sujetos que estemos a los intereses de este mundo, siempre es posible liberarse de ellos si dejamos que el Señor vaya entrando en nuestro corazón. Aquel joven rico “se marchó entristecido”, nos cuenta el evangelio. Al cerrarse a la llamada de Jesús volvió a su vida de siempre, pero sabiendo que algo importante había rechazado y que tal vez jamás encontraría el “tesoro” que ansiaba su alma. Y es que como el mismo Jesús señala a sus discípulos, “qué difícil les es entrar en el Reino de Dios a los que ponen su confianza en el dinero”.

         Qué difícil lo tienen aquellos que en un mundo tan injustamente repartido, ponen su confianza en el dinero hasta el punto de absolutizarlo, y  se dejan llevar hasta de medios inhumanos para mantener su poder matando incluso a sus hermanos.

         El dinero divide familias, enfrenta a hermanos, cambia la generosidad en egoísmo y la solidaridad en avaricia.

         No es cualquier cosa la palabra del evangelio. Es verdad que Jesús concluye dando un respiro a sus apóstoles, asustados por lo tajante de su advertencia; “es imposible salvarse para los hombres, no para Dios”.

         Aún así no deja de ser una tragedia para nosotros que pasemos por esta vida sin habernos enterado de que ese Dios camina a nuestro lado cuando compartimos, perdonamos y nos mostramos solidarios con los demás. Hace falta la sabiduría de Dios para vencer el egoísmo y la ambición tan metidos en nuestras conciencias bajo proposiciones de éxito, triunfo y falsa felicidad.

         Hoy es un buen día para que todos veamos dónde está nuestra seguridad; sobre qué roca apoyo mi vida y mi esperanza; soy discípulo del Señor o me atraen otros ídolos.

         Y en la medida en que sepa asentar la vida sobre la roca del amor, tendré la garantía de una vida que se va colmando de serena felicidad. El amor que proviene del mismo Dios y nos lleva a dignificar la existencia humana. Ese amor generoso que nos empuja a acoger la llamada del Señor, y que en nuestra respuesta confiada descubrimos que Él nos devuelve mucho más de lo que somos capaces de renunciar.

         Pidamos la sabiduría de Dios para que sea ella la que nos haga libres en el amor, fuertes en la esperanza y hermanos en la verdadera fe.

viernes, 1 de octubre de 2021

DOMINGO XXVII TIEMPO ORDINARIO

 


DOMINGO XXVII TIEMPO ORDINARIO

3-10-21 (Ciclo B)


Las lecturas de este domingo, en especial la primera y el evangelio, centran su atención sobre lo que constituye el núcleo de la realidad familiar, el amor de los esposos, la relación establecida por Dios entre el hombre y la mujer, en aras a la complementariedad de sus vidas y al mutuo desarrollo de su existencia.

Tema de permanente actualidad, porque ese deseo de Dios expresado en el libro del Génesis como origen de la creación, donde se establece la alianza nupcial entre el hombre y la mujer, ha sido en nuestros días seriamente transformado.

Desde cualquier planteamiento antropológico, y ciertamente desde las realidades culturales más antiguas, podemos observar cómo la institución familiar pasó por momentos de aceptación de la poligamia, para asentarse de forma definitiva en una realidad monógama, donde la unión entre un hombre y una mujer, no sólo garantiza la supervivencia de la especie, sino que ha sido entendida como la complementariedad que ambos sexos necesitan para su pleno desarrollo humano.

De tal modo ha sido importante esta realidad matrimonial que costumbres, tradiciones y leyes han avalado y protegido este vínculo, conscientes de su trascendencia social y humana.

Así nosotros, herederos de una tradición bíblica e iluminados por la palabra de Jesucristo, seguimos valorando la unión entre el hombre y la mujer, como el fundamento de la existencia humana, y la manifestación visible del amor generoso y entregado del uno para con el otro, que encuentra su máxima expresión en la transmisión de la vida a los hijos, fruto de ese amor.

Todos somos conscientes del valor de la familia, de esa matriz personal en la que hemos nacido a la vida, en la que también hemos crecido rodeados del amor de nuestros padres, y desde la que nos hemos desarrollado como personas adultas. Todos sabemos lo que supone tener un padre y una madre que nos han querido, y también comprendemos la enorme pérdida que supone el carecer de alguno de ellos, sobre todo en las edades más tempranas.

Por todo ello la Iglesia, en su grave responsabilidad de iluminar la vida de los creyentes a la luz del Evangelio de Jesucristo, no ha cesado en hacer múltiples llamamientos en defensa de la familia, de la protección que hace de la vida de sus miembros desde el momento de su concepción hasta su muerte natural, y en la sacramentalidad del matrimonio como algo propio y exclusivo entre un hombre y una mujer.

Y es que la comunidad eclesial ni es dueña de la Palabra de Dios, ni puede interpretarla conforme a su voluntad y mucho menos manipularla por la presión que pueda infringir una determinada ideología imperante. Porque  una cosa es que tengamos que respetar las diversas formas de entender la vida, y otra muy distinta anular la realidad familiar en aras a una ideologizada defensa de derechos más que cuestionables.

Todos tenemos, ciertamente, derecho a vivir conforme a nuestros principios morales y antropológicos, y nadie puede juzgar ni marginar por ello, a quienes han optado por una convivencia distinta a la suya. Las marginaciones homófobas y excluyentes están fuera de toda justificación, y el respeto a la dignidad de los demás es una exigencia cristiana.

Pero una cosa es el derecho a desarrollar la vida adulta como cada uno lo considere conforme a sus convicciones, y otra muy distinta el derecho a la paternidad o maternidad. La vida humana es un don de Dios, un regalo fruto del amor de los padres que han podido transmitir esa vida distinta de la suya y que no les pertenece. Por esta razón no existe ningún derecho natural a ser padre o madre, sino que en cualquier caso es un regalo que supera su voluntad.

 Este respeto a la vida del nuevo ser, nos ha de llevar a evitar cualquier manipulación que ponga en peligro su normal desarrollo, porque desde el momento en el que ha sido concebido, ya no es una parte del cuerpo femenino sino alguien distinto de él, y que en su debilidad y dependencia necesita y merece mayor respeto y cuidado.

Ciertamente hay matrimonios que no pueden tener hijos, y que sienten esa falta con gran dolor por el mucho amor que podían entregar y que la naturaleza se lo ha denegado. Para ellos el camino de la adopción se abre como una puerta de esperanza, en la que no sólo van a encontrar el desarrollo de toda su capacidad de padres, sino que además, y pensando en el niño, van a dar un hogar y un entorno familiar digno a unas criaturas que carecían de ello.

Porque no olvidemos que si bien no es un derecho del adulto el ser padre o madre, sí es un derecho del niño el tener padre y madre que le quieran, le cuiden y le ayuden en su desarrollo como persona.

Los gobiernos tienen la capacidad de hacer las leyes, pero dicha capacidad legislativa no siempre conlleva la justicia, y su autoridad moral queda seriamente dañada cuando al querer otorgar derechos sustentados en ideologías subjetivas, malogra y perjudica derechos objetivos, fundamentales y universales.

Ciertamente la realidad matrimonial y familiar pasa por momentos de grandes dificultades. Cada vez son más frecuentes las rupturas entre los esposos y las uniones con nuevas parejas. Los niños reparten su tiempo entre el padre y la madre. Y por muy acostumbrados que podamos estar a ello, sabemos que siempre, detrás de cada ruptura hay dolor y sufrimiento para todos, y en este sentido la comunidad cristiana debe saber acompañar para en la medida de lo posible ayudar a superar las dificultades, y también acoger a quien atraviesa por ellas con sencillez y comprensión.

Como nos dice Jesús en su evangelio, muchas veces es la dureza de nuestro corazón la que nos impide reconciliarnos y superar las barreras que nosotros mismos ponemos en el camino del amor.

Los egoísmos, las individualidades, la falta de comunicación, la frivolidad e irresponsabilidad, nos llevan a situaciones irreversibles que no sólo nos cuestan la felicidad a los adultos, sobre todo tiene graves consecuencias para los hijos que se convierten en las víctimas silenciosas de todo ello, y a veces en instrumento de agresión en las manos adultas.

La familia es el gran tesoro que todos poseemos, y por el que merece la pena entregarse a fondo perdido. De su salud depende nuestra dicha y si ésta nos falta nuestra desgracia es inmensa.

De esta realidad familiar no podemos excluir a Dios. Si ante los problemas y dificultades prescindimos de él, nuestra soledad y debilidad son absolutas, y las soluciones claramente deficientes.

Dios bendice la unión de los esposos cuando éstos se prometen amor, fidelidad y respeto, y si el matrimonio es vivido desde esta conciencia de ser bendición de Dios, y cada día en medio de la oración de los esposos es presentado al Señor con confianza, seguro que las dificultades se superan fortaleciendo aún más los vínculos de ese amor prometido.

Si todas las bodas son hermosas porque en ellas se enuncia el amor como proyecto confiado, mucho más lo son las celebraciones de las bodas de plata y oro, manifestación del camino recorrido, expresión de un amor probado y gratitud por el don recibido del Señor.

Hoy vamos a pedir a Dios por todos los matrimonios, para que sean vividos como la preciosa vocación a la que han sido llamados. Que el Señor fortalezca sus momentos de debilidad, y que puedan encontrar en la comunidad cristiana el espacio donde alimentar su fe, esperanza y amor conyugal.