viernes, 11 de noviembre de 2016

DOMINGO XXXIII T.O. - DIA DE LA IGLESIA DIOCESANA



DOMINGO XXXIII TIEMPO ORDINARIO

13-11-16 (Ciclo C – Día de la Iglesia Diocesana)



Queridos hermanos todos. Celebramos en este domingo, día del Señor, una jornada de especial relevancia para nuestra vida comunitaria, el día de la Iglesia diocesana. Un día que nos invita a seguir a Jesús más firmemente y a ser servidores de su Evangelio. La invitación se dirige al corazón de cada miembro de la iglesia diocesana y, de manera especial, al de cada una de nuestras parroquias y comunidades, grupos y movimientos eclesiales. Es un día para celebrar la alegría de ser comunidad diocesana y para renovar nuestra vocación de serlo.                
Nadie sobra en la iglesia en su propósito de ser verdadero Cuerpo de Cristo y auténtico Pueblo de Dios. Todos los miembros somos necesarios para constituir este cuerpo vivo. Sin nuestra colaboración siempre le faltará algo. Por esta razón, es también un día para fortalecer nuestra implicación personal y comunitaria

La familia cristiana es mucho mayor que esta pequeña porción comunitaria en la que hemos nacido a la fe, y en la que de forma cotidiana la vivimos y enriquecemos por medio de los sacramentos y la actividad pastoral. Nuestra parroquia, esta de Santiago, y con ella todas las demás parroquias de Bizkaia, forman la Iglesia diocesana de Bilbao, que bajo la guía y el servicio apostólico de nuestro Obispo, desarrolla la misión evangelizadora y misionera que Nuestro Señor Jesucristo encomendó a los apóstoles.

Pero esta labor apostólica sólo puede realizarse en la comunión eclesial. Todo en la Iglesia es comunión, y sin ella nada pueda darse que podamos considerar auténtico. Los Obispos del mundo viven esa unidad en la comunión entre ellos y con el Papa, sucesor de Pedro y Pastor de la Iglesia universal; nosotros en la diócesis, sacerdotes, religiosos y seglares, también vivimos esa unidad de fe y de vida en la comunión entre nosotros y con nuestro Obispo diocesano, D. Mario.

Por ello podemos decir, que la jornada de la Iglesia diocesana es ante todo la fiesta de la familia que reaviva en su corazón los lazos de unidad, de afecto y de auténtica fraternidad, lazos fundamentales para construir una familia eclesial sana, abierta a todos y que vive en fidelidad al evangelio del Señor.

En esta tarea estamos todos involucrados, y de hecho el apóstol Pablo, como hemos escuchado en su carta, no escatima en esfuerzos para concienciar a todos los miembros de la comunidad para que asuman su responsabilidad en la Iglesia y en el mundo, “el que no trabaja que no coma”.  No podemos vivir nuestra vinculación eclesial con apatía o desidia, como si el desarrollo de su vida no fuera con nosotros. La pertenencia a la Iglesia ha de ser afectiva, con corazón y profundo sentimiento de que es mía, que es mi familia vital y existencial, y también con una pertenecía efectiva, es decir, que se nota su efecto en mi comportamiento, compromiso y desarrollo de toda mi existencia. Ser miembro de la Iglesia me hace hermano de los demás cristianos, seguidor y discípulo de Jesucristo, el Señor,  e hijo de Dios y heredero de su Reino. Un  Reino que sin tener en este mundo su plena realización, sí va emergiendo con la entrega personal de cada creyente que lo va transformando y regenerando desde la justicia, el amor y la paz.

En esto se manifiesta el ejercicio de nuestra vocación concreta, la llamada que de Dios hemos recibido y que con libertad y responsabilidad cada uno desarrolla en su vida cotidiana.

Todos somos responsables de que nuestras comunidades se sientan enriquecidas con los distintos ministerios y carismas que la hagan vigorosa y eficaz en la transmisión de la fe.

Por ello podemos sentir la estrecha vinculación entre Iglesia diocesana y las distintas vocaciones que puedan nacer para su servicio.

En tiempos donde la vocación sacerdotal y religiosa escasea, todos los miembros de la familia eclesial tenemos que ponernos en clave vocacional. Las familias cristianas deben ser semilleros de vocaciones, donde sientan con gozo y gratitud la llamada de uno de sus miembros al servicio pastoral y a la animación de la comunidad. Tener un hijo sacerdote o religiosa o religioso, no es una desgracia, sino una gracia que Dios nos ha hecho porque ha provocado que en nuestro hogar se haya gestado con su amor y su bendición, una vida al servicio de los demás con entera disponibilidad y dedicación.

Esta vocación de ser miembros activos de la iglesia vale para todos, y es necesario que saquemos también sus consecuencias en el campo del sostenimiento económico de nuestra Iglesia. Una de las claves para tomar conciencia de nuestra madurez eclesial es que la Iglesia debe ser sostenida económicamente por sus propios miembros. El Estado sólo debe entregar, aquello que los fieles han decidido compartir a través de sus impuestos, y así lo ha establecido la legislación vigente.

Nadie puede acusar a la Iglesia de vivir a costa de quienes no la quieren, aunque esta Iglesia nuestra, no haga distinción de credos a la hora de servir con generosidad a todas las personas a través de sus instituciones y de manera muy especial para con los pobres, a través de cáritas.

Cristo tampoco despreció al necesitado por no ser de fe judía. Al contrario, como buen Samaritano, nos llama para acercarnos al hermano que sufre para ejercer con él la misericordia que brota de su amor incondicional y universal.


    La Iglesia ha de ser siempre el corazón de la humanidad, el motor del amor fraterno que transforme y dinamice el desarrollo de unas relaciones más justas y solidarias donde sea posible que emerja el reino de Dios. Y nuestra pertenencia a la Iglesia ha de ser vivida con plena conciencia y gratitud ya que en ella hemos nacido a la vida en Cristo, y en ella fortalecemos nuestra espiritualidad que nos une a Dios y a los hermanos.



Que en este día gozoso sintamos la amorosa compañía de nuestra Madre Santa María. Que ella nos ayude a vivir con entera disponibilidad nuestra vocación, para que así podamos cantar con gozo las obras grandes que el Señor ha realizado en nuestras vidas.

sábado, 5 de noviembre de 2016

DOMINGO XXXII TIEMPO ORDINARIO



DOMINGO XXXII TIEMPO ORDINARIO

6-11-16 (Ciclo C)



       No es Dios de muertos sino de vivos; porque para él todos están vivos. Así de contundente se muestra Jesús en el evangelio que acabamos de escuchar, para zanjar una cuestión que dividía profundamente a la sociedad religiosa de su tiempo.



       Los cristianos hemos nacido a la fe en Jesucristo, precisamente tras el acontecimiento de su resurrección. Una realidad que supera toda comprensión humana, que desborda los límites de nuestra razón y a la que sólo podemos acercarnos desde la aceptación de la vida del Señor, de su entrega personal por fidelidad al amor de Dios, y de su muerte en la cruz como escándalo y fracaso ante los hombres.



       Si en el Calvario hubiera acabado todo, si en aquel primer Viernes Santo de nuestra historia se hubiera detenido la acción de Dios, jamás hubiéramos existido como Pueblo cristiano. La vida hubiera transcurrido en medio de las tinieblas de la desesperanza y las relaciones humanas seguramente hubieran sido más amargas.



       La resurrección de Jesús y su presencia alentadora en medio de la comunidad apostólica, van a configurar una humanidad nueva capaz de superar las limitaciones propias de nuestra condición. Porque ante la resurrección del Señor, nace la plena convicción de que la vida no termina se transforma, y al deshacerse nuestra morada terrenal adquirimos una mansión eterna en el cielo, como nos recuerda el prefacio de la misa de difuntos que tantas veces escuchamos ante la separación de nuestros seres queridos.

Los cristianos, aunque tenemos la gran suerte de haber experimentado este acontecimiento salvador en nuestro Señor Jesucristo muerto y resucitado, no hemos sido los únicos en acercarnos por la fe, a esta verdad revelada.



       Conforme a lo que hemos escuchado en la primera lectura del libro de los Macabeos, aquellos israelitas confiaban en la bondad de Dios, y que sus vidas no terminaban con esta vida conocida.



       Sólo desde esa convicción profunda, arraigada y vivida desde lo más hondo del alma, se puede entender que se dejaran matar por no rendir culto a otros ídolos. Las ideas personales las mantenemos con firmeza hasta un límite. Nadie, al margen del fanatismo, está dispuesto a morir por una idea vacía. Y precisamente lo que nos diferencia de ese fanatismo, es que los cristianos jamás podemos devolver mal por mal, ni morir matando. Sólo desde la certeza de la resurrección es comprensible la entrega de tantos mártires que prefirieron dejarse matar antes que renegar de su fe o defenderla de forma violenta. Porque bien sabían que aunque terminara la vida conocida de este mundo, se abría para ellos el Reino prometido por Jesucristo a los que creen en él.



       La resurrección de Cristo es la consecuencia de su entrega personal, paciente, humilde y servicial, arraigada en el amor incondicional a Dios Padre, y a los hombres y mujeres sus hermanos.

       Si su respuesta ante las injusticias sufridas hubiera sido agresiva y vengativa, no se hubiera diferenciado del resto de los seres humanos, que tantas veces respondemos con la misma injusticia que sufrimos.

       Jesucristo venció al odio desde el amor, a la venganza con el perdón, a la ira por medio de la misericordia y la compasión. Y ese es el camino capaz de traspasar la cruz y hacer que el seco madero de la muerte, se convierta en fértil árbol de vida y de esperanza.



       Muchas veces cuando nos enfrentamos ante la realidad de la muerte, nos pasa como a aquellos saduceos del evangelio. Nos presentamos al Señor con nuestros interrogantes buscando algo que nos dé pruebas suficientes de que esa resurrección prometida tiene una base razonable.

       Pruebas que escudriñamos en medio de las leyes y razones científicas a las que hemos dado rango de infalibilidad. Lo que dice la ciencia es lo único existente y lo demás pertenece al mundo de las ideas, a lo irreal.



       Sin embargo cuando nos planteamos los grandes interrogantes de nuestra existencia como son el sentido de la vida, su dignidad y valor inalienable, las relaciones de amor, de perdón y de solidaridad entre las personas, a éstas cuestiones no hay respuesta científica que las explique o determine, porque el ser humano no sólo es materia, sino que tiene un espíritu que lo anima, alienta y dignifica. Y es desde esta realidad trascendental de nuestro ser desde la que Jesús va a ofrecer su respuesta. Para ello sólo puede mostrar la prueba que brota de su experiencia personal. Los que sean juzgados dignos de la vida futura, serán hijos de Dios, porque participarán de la resurrección. (Nos dice en el evangelio)

       Y para alcanzar esa vida en plenitud hay que romper necesariamente con esta vida presente, que aunque sea muy necesaria y querida por todos, no deja de ser una vida limitada y donde tantas veces nos aferremos a ella como si no existiera otra esperanza. La vida hay que cuidarla y vivirla como anticipo de la vida futura y por eso no es indiferente nuestro actuar.

       La sociedad actual se caracteriza por frivolizar con todo aquello que resuena a religioso. Y no le importa burlarse de lo que antaño vivía con un temor desmesurado.

Incluso los creyentes muchas veces nos fijamos sólo en la misericordia divina, desviando nuestra atención de las consecuencias de una libertad mal ejercida y así seguir retardando la asunción de responsabilidades y la urgencia de nuestra conversión personal y comunitaria.



       Dios nos ha creado a su imagen y semejanza, sí, pero también libres y responsables de nuestro destino inmediato y futuro. Y aunque la misericordia divina sea capaz de reconciliar a toda la creación con Él, los pasos para abrazar ese encuentro gozoso con el Padre Eterno han de ser personales e individuales. Cada uno de nosotros tendremos que dar cuentas ante Dios; así se lo advierten aquellas víctimas inocentes de la primera lectura a sus verdugos, y así lo seguimos advirtiendo a quienes en nuestros tiempos someten, oprimen y asesinan a tantos seres humanos condenados a su suerte por la ambición y el egoísmo de quienes han pervertido su corazón en el afán de poder.



       Por eso al confesar nuestra fe en Cristo resucitado y anhelar su mismo destino en una vida en plenitud, no podemos olvidar que nuestra construcción del Reino de Dios la estamos iniciando en el presente. Y que tanto en nuestra disposición personal a favor o en contra del plan de Dios como en las relaciones con nuestros hermanos, nos estamos jugando nuestro destino.



       Queridos hermanos, Cristo ha resucitado y esa es nuestra garantía de vida y de felicidad eterna. Por ello necesitamos  comenzar ya en el presente a desarrollar unas relaciones fraternas y auténticamente humanas entre todos. Que así lo vivamos en este mundo, y un día podamos disfrutarlo plenamente, en el Reino prometido por el Señor.


miércoles, 26 de octubre de 2016

DOMINGO XXXI TIEMPO ORDINARIO



DOMINGO XXXI TIEMPO ORDINARIO

30-10-16 (Ciclo C)



      “Amas a todos los seres y no odias nada de lo que has hecho; si hubieras odiado alguna cosa, no la habrías creado”.



      Con estas palabras llenas de ternura, el autor sagrado del libro de la Sabiduría, refleja los sentimientos más profundos de Dios, sus entrañas de amor y de misericordia.



      La eterna batalla entre el bien y el mal no sólo condiciona las relaciones humanas, también afecta profundamente a la conciencia creyente que busca una respuesta en la palabra de Dios. Cómo es posible que exista el mal, si es voluntad del Creador la armonía y la fraternidad entre todos los seres de la tierra.

      Cómo es posible que Dios permanezca aparentemente impasible ante el sufrimiento, la injusticia, la opresión y la muerte cruel de tantos inocentes a lo largo de la historia humana.



      Y lo que a nuestra mente parece ocultársele, la Palabra de Dios nos ofrece una puerta para comprender y situar nuestra propia vida y las relaciones que en ella entablamos con los demás.



      Ciertamente en la voluntad creadora de Dios jamás existió un lugar para el mal. Dios nos creó a su imagen y semejanza, reflejando en la criatura el mismo ser del Creador. Dios no nos creó para una existencia predeterminada, ni condicionada, sino que nos regaló el don de la libertad mediante la cual pudiéramos desarrollar nuestra vida asumiendo también la responsabilidad de nuestros actos.

      Y así se ha manifestado las enormes posibilidades del ser humano para proseguir la obra creadora de Dios. De tal manera que junto a las sombras existentes en la historia humana, podemos hablar de una bondad natural en el hombre, que le lleva a hacer el bien y a evitar el mal. Que en el ejercicio de esa bondad natural, encontramos nuestra felicidad y el pleno desarrollo de nuestro ser, sintiéndonos en armonía con nuestros semejantes y con Dios.



      Pero también es verdad, que junto a esta bondad natural, coexisten en la historia permanentes episodios de maldad que empañan la condición humana y que muchas veces determinan una mirada global de la historia. El egoísmo, la ambición, la envidia, el deseo insaciable de poder y riqueza, han sembrado de injusticias, dolor y muerte nuestra realidad, mostrándonos que si es verdad que el ser humano es capaz de prolongar la mano bondadosa de Dios, también puede ofrecer el rostro más opuesto a la divinidad, rompiendo su alianza filial y rechazando el amor que Dios le ofreció.



      Dios puso en nuestras manos el desarrollo de nuestro destino. Nos creó con la capacidad suficiente para tomar las riendas de nuestra vida y optar en cada momento por el camino que nos conduce hacia él, o por el que nos aleja de su lado. Y aunque es difícil realizar apuestas definitivas y más bien nos movemos entre los espacios intermedios que unas veces nos acercan a Dios y otras nos distancian de él, ciertamente depende de nosotros el cambiar y acoger su misericordia para recuperar nuestra dignidad de hijos de Dios y hermanos entre nosotros.

      No podemos culpar a Dios del mal existente en el mundo. Es una trampa más que nos pone nuestro propio egoísmo y pecado para evitar asumir la responsabilidad de nuestra libertad. La intervención de Dios ya se ha manifestado en la vida de Jesús. Por medio de él nos ha mostrado el camino que conduce a la vida en plenitud, y por el que podemos avanzar todos con la fuerza del Espíritu Santo que habita en nuestros corazones.



      De hecho el evangelio que acabamos de escuchar nos muestra cómo es posible cambiar la vida, por muy condicionada que se encuentre por cualquier causa, si confiamos en el Señor y nos dejamos moldear por su amor regenerador.



      Zaqueo representa a ese grupo de personas con un pasado ensombrecido por la ambición y el egoísmo. San Lucas lo define como jefe de publicanos y rico, es decir, como alguien que explota a los demás en beneficio propio, colaborando injustamente en el sometimiento del pueblo judío. Hasta su estatura física definía su baja calidad humana.

      Sin embargo la mera curiosidad hace que su vida se tropiece con la de Jesús, y probablemente sin pretenderlo se vio atrapado por las redes del amor de Dios. Y pese a la murmuración de los demás, Jesús se atreve a acercarse a él para ofrecerle una nueva oportunidad que transforme su vida para siempre.



      En el encuentro sincero y abierto con el Señor, se hace posible el milagro de la regeneración humana, del nacimiento a una nueva vida de verdad, justicia y paz que devuelve la dignidad con la que fuimos creados por Dios.

      La realidad sufriente de nuestro mundo, nos tiene que llevar a trabajar por su transformación más profunda mediante los valores cristianos de la conversión personal y el perdón.

      La conversión exige un cambio radical en la vida de la persona. No se puede exigir la cercanía, el perdón ni la comprensión de los demás, si quien viviendo en el mal y la injusticia no da muestras de arrepentimiento y sinceros deseos de cambio.

      No se puede exigir a las víctimas de este mundo, que den el primer paso en el camino de la reconciliación. Al igual que Zaqueo, o el hijo pródigo de la parábola, ese primer esfuerzo personal e interior de conversión, corresponde a quien vive sumido en el pecado.

      Pero también y los afectados directamente por el mal sufrido, deben estar abiertos a ofrecer una nueva oportunidad a quienes la solicitan con autenticidad y sincera conversión.

      Porque si Dios nos ha perdonado, y sigue manifestando su misericordia cada vez que acudimos a él con sencillez y verdad, no podemos tomar otra medida cuando somos nosotros los ofendidos y nos toca ejercitar esa misericordia con el prójimo.



      No olvidemos que cada día al rezar el Padrenuestro, pedimos que Dios perdone nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden, y si estas palabras están vacías o son dichas con falsedad, toda nuestra oración resulta falsa.



La eucaristía es el sacramento del amor. En ella celebramos el gozo del encuentro con Cristo que parte para nosotros el pan, y que nos convoca a su mesa para que vivamos como hermanos los unos con los otros. Que no endurezcamos nuestro corazón ante quien verdaderamente arrepentido, manifiesta su deseo de cambiar de vida y de volver a formar parte de la familia humana. De este modo la reconciliación favorecerá la auténtica convivencia fraterna, ganaremos terreno al mal de este mundo, y con la fuerza del Espíritu Santo se irá implantando el Reino de Dios.

viernes, 21 de octubre de 2016

DOMINGO XXX TIEMPO ORDINARIO



DOMINGO XXX TIEMPO ORDINARIO

JORNADA DEL DOMUND 23-10-16 (ciclo C)



      Un año más, unimos ante el altar del Señor la celebración de la Eucaristía, fuente y culmen de nuestra vida cristiana, con la acción misionera de la Iglesia, que brota del mandato de Jesucristo de anunciar el Evangelio a todas las gentes y pueblos de la tierra.



      La vocación misionera de la Iglesia, y por ella la de todos los que formamos parte del Pueblo de Dios, brota de forma natural de la mesa fraterna en la que convocados por el Señor Jesús, escuchamos su Palabra y compartimos el Pan de la vida.



      Es la Eucaristía la que nos impulsa a transmitir la fe a los demás, la que nos anima a proclamar con sencillez y fidelidad aquello que rebosa nuestro corazón, y que manifestamos como respuesta agradecida cada vez que celebramos el Sacrificio Eucarístico “anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección, ven Señor Jesús”. Y es este anuncio explícito de Jesucristo lo que en este día del Domund celebramos.

      Ya el Beato Pablo VI, en la fiesta de la Inmaculada del año 1975, entregó al mundo una magnífica Encíclica titulada “El anuncio del Evangelio” (Evangelii Nuntiandi). En ella nos señalaba que el fin de la Iglesia es evangelizar, es decir, anunciar la Buena Noticia de la Salvación a todas las gentes. E insistía el Papa, en que  esta misión fundamental recibida de nuestro Señor, es una tarea que nos concierne a todos por igual, pastores, religiosos y laicos. Todos hemos recibido el don de la fe, y si lo vivimos de corazón, con gozo y esperanza, es justo ofrecerlo a los demás como un proyecto de vida digno y capaz de colmarles de dicha y felicidad.



      El compromiso misionero de la Iglesia no es sólo el que se desarrolla en los países más remotos de la tierra. Ni tampoco es el anuncio que se realiza entre los más pobres y desheredados del mundo. La misión evangelizadora se realiza en todos los lugares y ambientes donde se desenvuelve nuestra vida, comenzando precisamente entre los más cercanos, aquí y ahora.



      Ciertamente la Iglesia ha desempeñado una labor ingente entre los más necesitados del mundo. Fiel al mandato del Señor, desde los comienzos mismos del cristianismo, los apóstoles y sus sucesores sintieron el empuje misionero que el Espíritu Santo les infundía en su corazón. Así el Apóstol Pablo abre la predicación evangélica a los pueblos paganos, y mediante el testimonio de los creyentes y su anuncio constante, se fue transmitiendo la fe en Jesucristo hasta nuestros días y nuestro mundo.



      Fieles a esta vocación misionera, muchos cristianos siguen hoy entregando sus vidas en los lugares más alejados y hostiles del mundo, compartiendo con los pobres sus destinos y muchas veces regando con su sangre la semilla de la fe que generosamente sembraron.

        Ellos son para nosotros ejemplo de servicio silencioso y fecundo, a la vez que estímulo para comprometernos desde nuestra realidad presente en su misma causa por el Reino de Dios.



      Y es que la vocación misionera no sólo se realiza marchando a tierras lejanas, también podemos y debemos desarrollarla en nuestro ambiente concreto, siendo testigos del evangelio de Jesucristo en nuestras familias, trabajo y demás lugares en los que vivimos.

      De hecho tal vez hoy sea mucho más difícil y penoso evangelizar este primer mundo nuestro, en el que la indiferencia religiosa y muchas veces la hostilidad hacia la Iglesia, resultan especialmente beligerantes, que no en aquellos lugares donde la miseria y injusticia predisponen el corazón humano para abrirse confiadamente al Dios de la misericordia y el amor.



      Qué inútil parece anunciar un estilo de vida sencillo y solidario a quienes sólo piensan en poseer y triunfar. Cómo angustia defender la vida humana de todos los seres, cuando el ambiente se empeña en situar por delante el bienestar egoísta que degrada la dignidad de los más indefensos.

Y qué difícil resulta defender los valores morales cristianos, en medio de una sociedad mediatizada por la crítica fácil y mezquina contra la Iglesia y sus pastores, donde todo vale con tal de desprestigiar el mensaje ofendiendo al mensajero.



Esta es la realidad en la que nosotros tenemos que anunciar el evangelio de Jesús. Esta es la misión actual de toda la Iglesia, que a pesar de la incómoda indisposición de nuestra sociedad, es enviada por nuestro Señor a sembrar en ella su Palabra y su amor.



Ciertamente no podemos utilizar las mismas herramientas que en el pasado. Ya no estamos en una sociedad de cristiandad, sino en una realidad pagana, donde se presentan muchos ídolos y se abrazan estilos de vida y de convivencia muy alejados de nuestro modelo cristiano.

Sin embargo, es este mundo el que nos toca vivir y en él actúa el Espíritu Santo de Dios. Sus signos de justicia, de misericordia y de paz también se dan en él, aunque a veces aparezcan tenuemente o se entremezclen con la cizaña. Es nuestra tarea descubrir y potenciar todo lo bueno que hay en la sociedad actual, sus valores de libertad y de respeto a los derechos humanos, su capacidad para solidarizarse ante las tragedias y su ansia de paz y justicia.

Pero a la vez que valoramos lo bueno de nuestro mundo, no podemos callarnos ante las injusticias y los abusos que se cometen, incluso desde la legalidad de los poderosos.

Y aunque la fe no puede imponerse, tampoco puede dejar de proponerse por quienes la confesamos, porque no hay mayor enemigo para la Iglesia de Jesucristo que la apatía o la desidia de quienes la formamos.



Hoy es un día en el que oramos y valoramos agradecidos el trabajo y la entrega de nuestros misioneros en todo el mundo, pero la mejor manera de que ellos sientan nuestro apoyo y estímulo, es compartiendo su mismo entusiasmo por el Reino de Dios a través de nuestro trabajo aquí, siendo cristianos activos y comprometidos en el anuncio del evangelio del Señor.



Que de esta forma también podamos un día decir con el Apóstol San Pablo, “he combatido bien mi combate, he corrido hasta la meta, he mantenido la fe”.

jueves, 13 de octubre de 2016

DOMINGO XXIX TIEMPO ORDINARIO



DOMINGO XXIX TIEMPO ORDINARIO

16-10-16 (ciclo C)



El evangelio que acabamos de escuchar, nos muestra una situación de enorme desolación. Un juez “que ni le importa Dios ni los hombres”. Una muestra de corrupción personal absoluta, ante la que una pobre mujer viuda, totalmente desamparada y sin que nadie la ayude, se atreve a reclamar justicia.

A todas luces, aquella mujer echaba súplicas al vacío, ya que no tenía ninguna posibilidad de ser escuchada en su angustia. Y sin embargo el Señor utiliza esta escena para justificar la necesidad de pedir a Dios sin descanso, de no perder nunca la confianza en nuestro Padre.



Es verdad que existen situaciones de absoluta desolación, donde no hay lugar para ningún resquicio de esperanza y en las que parece que todo se ha terminado. Y muchos de esos desahucios del alma se deben a las injusticias cometidas por los hombres sin escrúpulos ni conciencia.

Y sin embargo hasta esa gente depravada puede tener alguna razón para hacer el bien hasta sin quererlo. Y es el ejemplo que pone Jesús del juez injusto, que es capaz de hacer justicia, aunque sólo sea para que dejen de molestarlo.

Y es aquí donde da el salto a la fe. Si eso es capaz de hacer un malvado, ¿cómo no va a escuchar nuestra súplicas nuestro Padre del Cielo?, cómo podemos dudar de que el Señor está atento a las necesidades de sus hijos y que nada de lo que nos acontece le es indiferente.

Y sin embargo, con la última frase del evangelio, Jesús pone en duda que Dios vaya a encontrar esta fe cuando llegue el final de los tiempos.

Por qué tiene el Señor esta duda sobre nosotros.

La experiencia vital que Jesús comparte junto a sus discípulos, le hace ver cuán débil son las opciones fundamentales de nuestra vida. Cuantas veces le han dicho “te seguiré a donde vayas”, “lo dejaré todo por ti”, “tú eres el Mesías de Dios”… Palabras que han pronunciado sus seguidores e incluso sus apóstoles, pero que van acompañadas de permanentes negaciones, dudas y temores.

En domingos pasados hemos escuchado cómo el Señor les decía que “si tuvierais fe como un granito de mostaza, diríais a esa morera arráncate y plántate en el mar, y os obedecería”. Y es que la fe es una experiencia que requiere permanentes cuidados para que no languidezca y muera, ya que son constantes las dificultades con las que se va a encontrar a lo largo de la vida del creyente.

La fe exige la adhesión al Señor de forma plena e incondicional. Creer contra toda dudad, esperar contra toda esperanza, amar en definitiva a Dios, y desde Él a los hermanos, de forma plena y libre.

Acudimos a Dios, a nuestro buen y fiel Juez, cuando nos vemos necesitados en la enfermedad, en la necesidad o en la debilidad de la vida, y muchas veces vemos que nuestra situación física y material se mantiene intacta. Que no nos hemos curado nosotros o los nuestros, que seguimos en la necesidad material que tanto apremia nuestros hogares y seres queridos, que no se produce el milagro tan anhelado y necesitado. Entonces surge la duda o el reproche, ¿por qué, Señor?

Y esto nos sucede porque nuestra mirada y nuestra esperanza está puesta en el bien reclamado, y no en el encuentro personal con el Señor por medio del cual sienta mi vida sanada y salvada, más allá de lo físico o material.

Se puede vivir digna y plenamente en medio de la necesidad, porque ella es intrínseca a nuestra naturaleza humana, y sin embargo no es lo constitutivo de la misma. Nuestra vida es mucho más que sus límites, ante todo es imagen y semejanza del Creador, que nos ha llamado a una vida en plenitud más allá de las circunstancias del presente, aunque ellas hayan de ser transformadas y sanadas cada día con nuestra entrega personal.

Dios no nos desampara porque no experimentemos un resultado positivo en nuestras preces, todo lo contrario. Nuestra petición auténtica ha de estar orientada a solicitar de su misericordia el don de su Espíritu Santo, para poder experimentar su presencia alentadora y su fuerza victoriosa en medio de cualquier adversidad. Y esto nos lo asegura el Señor.

El gran peligro que corremos en este tiempo de adelantos, logros y éxitos humanos en todos los campos de la ciencia y del saber, es creernos inmunes a cualquier indigencia. Se impone con sutileza la imagen de que el destino y la gloria están en nuestras manos poderosas y autosuficientes. No necesitamos de nada ni de nadie más allá de nosotros mismos, y el hombre sólo tiene que escuchar y obedecer sus propios deseos que serán lo que le haga grande y feliz.

Pero es en este horizonte embrujado donde lo único que encontramos es la frustración y  el desamparo. Combatís y hacéis la guerra. No tenéis porque no pedís. Pedís y no recibís porque pedís mal, con la intención de malgastarlo en vuestras pasiones” (St. 4, 2b-3) Nos dice el apóstol Santiago en su carta. Vemos con desilusión que aquello que muchas veces deseamos nos resulta inalcanzable, y que incluso aunque estuviera al alcance de nuestra mano no sería el colmo de nuestra dicha.

Sólo la fe purificada y acrisolada en el abandono absoluto en las manos de Dios, es lo que fortalece nuestra esperanza, nos colma en el amor y nos otorga la dicha y el gozo.

Pero para ello ha de liberarse de muchas ataduras que la constriñen y debilitan, porque no hay nada que más hunda al ser humano que la ausencia de esperanza, a lo cual sólo se llega si se pierden el amor y la fe.

Por eso el Señor teme que nos dejemos arrastrar por falsos ideales, o lo que es semejante, que vayamos en pos de ídolos que prometen felicidades inmediatas a cambio de subyugar nuestra libertad. Y para ello, anima el Apóstol Pablo en su carta a Timoteo y a todos los discípulos del Señor, que en todo momento proclamen la Palabra de Dios, insistiendo “a tiempo y a destiempo, arguye, reprocha, exhorta con toda magnanimidad y doctrina. Porque vendrá un tiempo en que no soportarán la sana doctrina, sino que se rodearán de maestros a la medida de sus propios deseos y de los que les gusta oír”. Y qué gran vacío cuando al pervertirse el mensaje no queda nada de lo auténtico, de lo verdadero.

La mentira ha existido siempre, y es la mejor argucia que ha utilizado el Maligno para confundir las sanas conciencias.

Ese “relativismo epistemológico” de nuestros días que nos lleva a considerar que todo nuestro conocimiento depende de la perspectiva cultural, ideológica o institucional de los sujetos, y que no es en sí mismo verdadero o falso, sino que depende únicamente de las opiniones subjetivas, es lo que nos lleva a negar en última instancia, al mismo Dios.



Y San Pablo, conocedor de esas corrientes del pensamiento, nos previene para que buscando la verdad intrínseca de los seres y de las cosas, seamos capaces de reconocer en ellas la bondad misericordiosa del Señor.



Hoy somos nosotros los que debemos anunciar a Cristo a tiempo y a destiempo, sabiendo que somos los discípulos el Señor en este momento de nuestra historia. Y si es verdad que la Palabra debe ser permanentemente anunciada, no cabe duda de que el mejor anuncio es el testimonio personal de nuestras vidas.

viernes, 7 de octubre de 2016

DOMINGO XXVIII TIEMPO ORDINARIO



DOMINGO XXVIII TIEMPO ORDINARIO

9-10-16 (ciclo C)



Cada vez que nos reunimos para celebrar el Día del Señor, realizamos lo que el Apóstol Pablo recomienda a Timoteo en su carta, hacer “memoria de Jesucristo, el Señor, resucitado de entre los muertos”. En esto consiste precisamente la Eucaristía, en hacer memoria de nuestro Señor, muerto y resucitado, que sigue vivo en medio de su Iglesia alentando y sosteniendo la fe de sus hermanos.

Hacemos memoria de Jesucristo, no como quien recuerda a una persona o un acontecimiento del pasado, sino actualizando esa vida de Cristo en nuestro presente desde la experiencia profunda del encuentro personal con él. Un encuentro que siempre es gracia y gratuidad, como acabamos de escuchar en el evangelio de hoy.



No tenemos que esforzarnos demasiado para comprender lo que la lepra significaba en tiempos de Jesús. Si toda enfermedad o desgracia era entendida por la sociedad de entonces como un castigo de Dios por algún pecado que el afectado o sus antepasados habían cometido, la lepra constituía la marca más clara de estar maldito ante Dios y los hombres.



Un leproso estaba condenado a la marginación y el abandono por parte de todos, su vida discurría al margen de los pueblos y solo podían vivir de la caridad de los demás.



Cuando aquellos leprosos se encuentran fortuitamente con Jesús, nos cuenta el evangelista que se pararon a lo lejos. Ni tan siquiera ante quien creían su salvador se atrevían a acercarse.

Y desde aquella distancia, Jesús escuchó su lamento, “ten compasión de nosotros”.

Y la respuesta de Jesús, puede parecernos desconcertante. Les manda que vayan a presentarse ante los sacerdotes, los garantes de la fe y la pureza. Sólo creyendo que realmente se iban a curar, podían realizar ese camino. Ningún leproso se hubiera atrevido jamás a ir a Jerusalén, entrar en su templo sagrado y presentarse a los sacerdotes manteniendo su enfermedad, dado que semejante acción les costaría la vida.



La fe de aquellos hombres sanó sus vidas, pero hay algo más que es lo nuclear del evangelio, “Uno de ellos viendo que estaba curado, se volvió alabando a Dios a grandes gritos, y se echó por tierra a los pies de Jesús, dándole gracias”.

       Diez quedaron  curados, pero sólo uno experimentó el sentido de la gratuidad en el encuentro con Jesús y comprendió que si la salud es importante, mucho más lo es sentir que la vida de uno está “llena de gracia”.



 Cuántas veces nos dirigimos al Señor para presentarle nuestras necesidades, anhelos y preocupaciones, y cuántas, incluso le reprochamos los males que sufrimos.

Pero que escasas son nuestras oraciones agradecidas, gratuitas y generosas en las que contemplemos nuestra vida con sencillez y gratuidad para descubrir el inmenso amor que Dios ha puesto en ellas y la fuerza que la misma fe nos produce en el corazón.



La cultura presente no ayuda demasiado a la gratuidad. Nos hemos llegado a creer los amos del mundo y que todo lo que tenemos se debe a nuestros propios méritos y esfuerzos.

Además, por los sentidos se nos meten todo un  elenco de realidades superfluas que nos van creando necesidades inútiles y que nos hacen olvidar lo que realmente tiene importancia para nuestras vidas y las de los demás.

Sólo si tenemos la capacidad suficiente para echar una mirada a nuestro alrededor y darnos cuenta de cómo viven la inmensa mayoría de los seres humanos, nos daremos cuenta de la suerte que hemos tenido de nacer en este primer mundo y vivir como vivimos.

Al igual que a aquellos leprosos judíos del evangelio, les hizo falta que uno de ellos fuera extranjero para caer en la cuenta de su ingratitud, también a nosotros nos hace falta que sean precisamente los extranjeros, inmigrantes y necesitados, los que nos estén recordando continuamente nuestra privilegiada posición en la realidad mundial.

No hay más que observar cómo muchos inmigrantes valoran y agradecen lo poco que hacemos por ellos. Cómo los niños aprecian la comida y el vestido, cómo agradecen los juguetes que a otros les sobran.



La gratuidad brota más espontáneamente ante la necesidad. Quien está necesitado y se siente acogido, agradece los gestos de afecto y amor que se le brindan. Quien está harto de todo y no carece de nada, poco puede agradecer y menos ofrecer de corazón a los demás.



La fe en Jesucristo es pura gratuidad. Ninguno llega a creer por sus propios méritos ni por su esfuerzo intelectual. Sólo desde el encuentro personal, cercano y sincero, vivido en medio de la comunidad cristiana, y alimentado por la oración y los sacramentos, es posible vivir la gratuidad de la fe.



Hoy es un buen día para que desde lo más profundo de nuestro corazón demos gracias a Dios por todos los dones que él nos ha concedido. Para ello pedimos la intercesión de nuestra madre la Virgen María, la llena de gracia. Ella en su sencillez y humildad supo reconocer la presencia de Dios en su vida, ofreciéndose por entero a Él para participar de forma plena en su obra salvadora. Que nuestra vida pueda ser también un cántico de alabanza al Señor, que comparte nuestras penas, nos sostiene en la adversidad, y con amor generoso sale a nuestro encuentro para colmarnos de gracia y bendición.

sábado, 1 de octubre de 2016

DOMINGO XXVII TIEMPO ORDINARIO



DOMINGO XXVII TIEMPO ORDINARIO

2-10-16 (Ciclo C)



La palabra de Dios que hoy se nos proclama contiene como tema central la fe. La fe como don recibido y que necesita de un permanente cuidado, y la fe como respuesta del ser humano hacia Dios y que nos lleva a vivir con responsabilidad y entrega el seguimiento de Jesucristo.



El evangelio comienza con una petición por parte de los apóstoles a Jesús, “auméntanos la fe”. Y el evangelista se ha cuidado bien de mostrar quienes son los que realizan esta petición. No son fariseos, ni escribas, ni nadie del pueblo que sigue con alegría el nuevo camino marcado por Jesús. Son los más íntimos, aquellos que comparten la mayor cercanía del maestro, los apóstoles, quienes sienten necesidad de fortalecer su fe. De tal calado es esta necesidad, que el mismo Jesús les responde que si su fe fuera como un granito de mostaza, sería más que suficiente.



Los momentos por los que atraviesan los apóstoles comienzan a complicarse. En Jesús han encontrado mucho más que a un líder. Sus palabras y gestos les hacen ver la cercanía de Dios en medio de ellos. Palabras que serenan el corazón, que les llenan de esperanza y consuelo y que vienen acompañadas de signos liberadores, que sanan a los enfermos, liberan a los oprimidos y devuelven la dignidad a los marginados.



Jesús les muestra el camino de la fraternidad y el amor, del servicio y el desprendimiento, la generosidad que se desborda en la entrega de la vida. Pero este camino no está exento de dificultades y sacrificios, de tal manera que tras el entusiasmo de muchos, está el abandono de algunos, y los recelos y dudas de casi todos.

De ahí que la petición de los discípulos sea más que pertinente. Se saben necesitados de una fortaleza mayor para poder mantener la fidelidad en el seguimiento de Jesús. Y ese don, cuando se pide de corazón y con entera disponibilidad, es concedido abundantemente por el señor.



La fe no es una cualidad con la que se nace, ni se logra alcanzar por las fuerzas y méritos personales. La fe es un don de Dios, que siendo generosamente derramado por él, encuentra serias dificultades en el corazón humano para germinar y crecer.

Como nos muestra la parábola del sembrador, aunque sea esparcida con abundancia, no todos los suelos en los que cae están debidamente preparados para acogerla y darle vida.



Y cuando esa semilla de la fe cae en una tierra no debidamente cuidada y saneada, o donde se dejan crecer otros intereses que la ahogan y anulan, por mucho que hayamos recibido el don, por la desidia y descuido se va apagando lentamente. Ya S. Pablo en su carta a Timoteo nos lo advierte con insistencia “aviva el fuego de la gracia de Dios que recibiste”.

Cuantas veces vemos en nuestras comunidades cristianas que muchos jóvenes se acercan para solicitar un sacramento, bien sea el matrimonio o el bautismo de sus hijos, con una fe muy deficiente. Preguntados por su fe, muchos de ellos responden que sí creen en algo, o que les parece bien la educación que en su día recibieron, aunque ya no participen de la vida sacramental, ni celebren su fe, ni se acerquen a la Iglesia más que para cumplir con ritos sin darles su debido sentido y fundamento.



La fe no es creer en algo. La fe es creer en Jesucristo como nuestro Señor, quien nos ha mostrado el rostro de Dios, nuestro Padre, y que nos llama a formar parte de su Pueblo Santo que es la Iglesia, para así en fraterna comunión eclesial, trabajar con ilusión y entrega al servicio de su Reino de amor, justicia y paz.



Los cristianos no podemos dar respuestas indeterminadas sobre nuestra fe. Tenemos que saber con claridad quién en nuestro Señor, lo que supone él en nuestra vida, y sobre todo sentir su presencia alentadora y cercana en todos los momentos por muy difíciles que puedan ser.

Claro que necesitamos que aumente nuestra fe, pero sólo puede ser aumentado aquello que ya existe y de lo que uno, siendo consciente de su debilidad, ansía fortalecer poniendo todo lo que está en su mano para vivir con gozo su experiencia de amistad y amor para con Dios.



La participación en los sacramentos es el gran alimento de nuestra vida espiritual. Esa frase tan moderna y facilona de “soy creyente pero no practicante”, sólo demuestra dos cosas, la primera una pobreza argumental y la segunda una irresponsabilidad comodona.



La fe que no se celebra y se asienta en una práctica habitual se muere, carece de fundamento cierto y termina por convertirse en una ideología que adecua las ideas a la forma de vivir. Una fe no vivida con los demás y contrastada en la comunidad cristiana termina por echar a Dios de nuestra vida dejando que entre otro ídolo más condescendiente con nuestros gustos, que nada nos critique ni exija conversión. Quien persiste en esta actitud, termina por hacerse un dios a su medida, pero que nada tiene que ver con el Dios Padre de nuestro Señor Jesucristo.

Y la segunda cuestión que apuntaba era la irresponsabilidad. Hay personas que no conocen a Jesucristo porque nadie les ha hablado de él. Su alejamiento de Dios no es fruto de su negación explícita sino de su desconocimiento. Pero muchos de los alejados de hoy sí oyeron hablar de Jesús, conocieron en un tiempo la vida del Señor e incluso recibieron su Cuerpo sacramental en la Eucaristía.

Sin embargo la apatía y comodidad de unos padres poco entusiastas de su fe en unos casos, el ambiente social que llena el tiempo de ocio de muchos adolescentes y jóvenes lejos de contextos religiosos, y la falta de testimonio coherente y entregado de muchos cristianos, han dificultado su crecimiento e inserción madura en la comunidad.



Y en este sentido todos debemos asumir nuestra responsabilidad en la transmisión de la fe. Si la fe es don de Dios, y por lo tanto su fuente y destino es sólo Dios, no cabe duda de que los medios de los que el Señor se sirve también están en nuestras manos.

Y los primeros transmisores de la fe son las familias, todos los que formamos el núcleo familiar tenemos que ayudar a las jóvenes generaciones a experimentar el amor de Dios y que conozcan a Jesús como a su amigo y Señor. Tarea para la que la cuentan con la eficaz colaboración de los equipos de catequistas de la parroquia, que no deja de realizar esfuerzos para favorecer este encuentro gozoso entre los más jóvenes y Jesús.

Y todos nosotros, la comunidad cristiana entera, tenemos que revisar nuestra vida y pedirle al Señor con humildad, que nos aumente este don de la fe que hemos recibido, para que seamos fieles testigos suyos, viviendo con coherencia y entrega, sin tener miedo de dar la cara por él, y tomando parte en los trabajos del evangelio conforme a las fuerzas que nos ha dado.

Esta semana la Iglesia celebrará la fiesta de Ntra. Sra., la Virgen del Rosario, pidamos a María, en su dimensión de mujer orante, que llevemos una vida intensa de oración, para que uniendo la fe y la vida, seamos fieles testigos del amor de Jesucristo que nos envía para ser sal y luz en medio de nuestro mundo.