miércoles, 18 de julio de 2018

DOMINGO XVI TIEMPO ORDINARIO



DOMINGO XVI TIEMPO ORDINARIO

22-7-18 (Ciclo B)



“El Señor es mi Pastor, nada me falta”, acabamos de cantar en el salmo con la confianza puesta en el Buen Pastor que es Jesús.

Hoy su palabra nos invita a valorar este don inmenso que es para la humanidad el que en medio de ella se susciten personas capaces de encarnar los valores del buen pastor.

El profeta Jeremías, irrumpe con fuerza para denunciar precisamente la indignidad de quienes han pervertido esta imagen sagrada. Los pastores a los que se refiere el profeta no sólo son los vinculados a una dimensión religiosa, sino también civil. Para el pueblo de Israel, el Ungido de Dios era tanto el rey, como el sacerdote y como el profeta. Y ser ungido de Dios significa que en su nombre se realiza esa misión de enseñar, santificar y gobernar a su pueblo; se enseña la palabra de Dios, la cual no puede ser manipulada ni falseada conforme al capricho del profeta; santificar al pueblo en nombre de Dios es unirlo y vincularlo a Él para que se sienta confortado, fortalecido y bendecido en todas las dimensiones de su vida. El sacerdote no puede buscar su beneficio personal o familiar, sino entregarse servicialmente a quien se le ha encomendado. Y por último el rey, los que ejercen el poder temporal, han de administrarlo con la justicia de Dios, su misericordia y fidelidad, y no aprovecharse, oprimir y someter a quienes están subordinados a su autoridad.

Pues el profeta denuncia a todos estos estamentos, porque se han desviado de la ley del Señor, oprimiendo, engañando y sometiendo a un  pueblo que se ha descarriado, y anda desorientado y perdido en medio de su desgracia. Un pueblo que acaba siendo pasto  del más fuerte, y que terminará sufriendo la deportación a Babilonia.

Pero no está todo perdido, el mismo profeta anuncia que llegará un día en el que el Señor desposeerá a aquellos la grey que se les confió, para entregársela a buenos pastores que sí cumplan su voluntad y apacienten como es debido a su Pueblo santo.

Esta es la imagen que retoma Jesús en el evangelio que hemos escuchado, sintiendo compasión de sus hermanos porque andan como ovejas sin pastor. Si malo es ser conducido por líderes y responsables indignos, igualmente malo es la soledad y el abandono que sumerge en la desolación y desesperanza.

Jesús es el Buen pastor, que dará su vida por las ovejas. Él no busca beneficiarse, ni aprovecharse de nadie, todo lo contrario, su palabra viene avalada por la autenticidad de su vida, su caminar precede por la senda a quien conduce a través de ella. Los peligros y sinsabores son asumidos por él, y no por quienes en él han confiado.

En última instancia será su propia vida la sacrificada en el altar de la cruz, y no tomará víctimas inocentes para sustituir su entrega personal.



Este es el único Pastor del que podemos fiarnos por completo, porque ha sido una vida gastada y entregada por amor, y con una generosidad sin medida.

Nuestro mundo ha desvinculado el ejercicio de la responsabilidad pública del cumplimiento de la voluntad de Dios, por lo menos de manera formal, si bien es cierto, que muchos de nuestros gobernantes desean vivir su tarea con auténtica vocación de servicio, lo cual es de agradecer y valorar por todos. Sin embargo, también en nuestros días abundan los tiranos que siguen oprimiendo y esclavizando a los pueblos, aprovechándose impunemente de los débiles y sembrando de terror y angustia a incontables inocentes. Dios también les pedirá cuentas de su injusto proceder.

Pero no podemos quedarnos con enjuiciar el entorno de una manera ajena a nosotros. He mencionado tres dimensiones o tareas que han sido ungidas por Dios, sacerdocio, profecía y realeza. Las mismas que atribuimos a Cristo, y de las cuales participamos todos en razón de nuestro bautismo. El día en que fuimos incorporados a Cristo, se nos ungió con el Santo Crisma, y se nos hizo partícipes de esta triple función sacerdotal, profética y real. Hoy también nosotros somos responsables de santificar, enseñar y gobernar el presente con fidelidad a Dios, amor a los hermanos y espíritu de servicio y sacrificio, al igual que el Señor. Todos hemos sido constituidos servidores y garantes de la justicia, la solidaridad y la paz en medio del mundo, y aunque otros tengan mayores cotas de responsabilidad en razón de su puesto social, no por ello podemos desentendernos de la marcha de nuestro mundo.

Asimismo también debemos revisar como miembros de la Iglesia del Señor nuestra manera de vivir esta pertenencia familiar y vocacional. Los pastores en la Iglesia debemos ser testigos veraces, por nuestra palabra autorizada y nuestra vida coherente, de Aquel que nos ha llamado para esta misión de apacentar a su pueblo, conforme al Buen Pastor.

El Pueblo de Dios tiene derecho a exigir que los pastores que el Señor les ha enviado sean fieles, entregados, disponibles y generosos, de manera que además de dispensar los misterios de Cristo, lo hagan presente con sus vidas y sus obras.

Para ello debemos pedir con insistencia que el Señor envíe buenos pastores a su pueblo, máxime en estos tiempos de sequía vocacional.

En tiempos difíciles, se percibe con mayor claridad las carencias de una sociedad; no sólo las económicas, también las morales y espirituales. Qué necesario es entonces percibir referentes en todos los ámbitos de la vida familiar, pública y eclesial.

Pues pidamos al Señor en esta eucaristía que nos siga suscitando servidores generosos y honrados que nos ayuden a vislumbrar un horizonte mejor. Y que también por su estilo de vida y su palabra oportuna, nos ayuden a transformar nuestro corazón de manera que sea acogedor y sensible a las necesidades de los más débiles.

sábado, 14 de julio de 2018

DOMINGO XV TIEMPO ORDINARIO



DOMINGO XV TIEMPO ORDINARIO

15-07-18 (Ciclo B)



         “Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo”. Así comienza esta carta que el apóstol Pablo escribe a los cristianos de la comunidad de Éfeso, con un himno de alabanza por el don de la fe que ha recibido.

         Es la conclusión de una experiencia vital que se ha ido forjando en el tiempo, a través de las dificultades, las oscuridades y la confianza en el Señor que le escogió para ser su apóstol y misionero.

         Ésta es de alguna forma la historia de todo discípulo de Jesucristo, que habiendo recibido la llamada a su seguimiento para estar con él, y respondiendo positivamente a ella, asume también con disponibilidad y confianza la misión de transmitir esa fe a los demás.

         San Marcos nos cuenta cómo Jesús va enviando a sus discípulos a una tarea que no precisa de demasiados medios materiales, sólo de lo indispensable, porque acoger el evangelio y mostrarlo con sencillez a los demás no exige de grandes cosas añadidas. De hecho el exceso de bienes suele dificultar la misión evangelizadora de los cristianos y de la Iglesia.

         Cuando Jesús nos envía a la tarea apostólica, a los hombres y mujeres con quienes compartimos la vida y la historia, no es con otra finalidad que la de entregarles, generosamente, la palabra salvadora del Evangelio. No podemos buscar otros fines ni albergar otras intenciones. El apóstol de Cristo no busca beneficios materiales, ni honores o grandezas personales. Sólo entregar con su testimonio sencillo, coherente y gozoso el tesoro de su fe, que como nos cuenta San Pablo, no tiene otra meta que la de descubrir que Dios “nos ha destinado en la persona de Cristo a ser sus hijos”. Y como hijos suyos, herederos de su reino y de su vida en plenitud.

         Si descubriéramos la dimensión auténtica de esta gracia, nuestras vidas cambiarían de forma radical. Vivir la consciencia de nuestro ser hijos de Dios, nos sitúa ante el mundo y sus problemas, sociales y personales, de una forma bien distinta.

         Ser hijos de Dios nos convierte en destinatarios de su misma vida, y por lo tanto portadores permanentes de una esperanza que supera las adversidades del presente de forma fecunda y positiva. Los hijos de Dios debemos albergar en nuestras entrañas los mismos sentimientos de Cristo, disponibilidad en el cumplimiento de la voluntad de Dios, solidaridad con los pobres, compasión por los que sufren, fidelidad a la verdad que muestra la vida como es con sus luces y sombras, y no se conforma con contemplarla de pasivamente, sino que busca transformarla según el plan de Dios, para dignificarla y renovarla desde el amor y la misericordia.

Esta experiencia es la que hemos de ofrecer a los demás como enviados por el Señor. Al igual que en el relato de San Marcos vemos cómo Jesús envió a sus discípulos otorgándoles su confianza y fortaleza, así también hoy nos envía a nosotros para transmitir nuestra fe desde la autoridad de nuestra vocación cristiana y la lealtad en la comunión eclesial.

Y para ofrecer algo a los demás, primero hemos de vivirlo nosotros de forma consciente y responsable. La fe no es un sentimiento que se expresa el domingo, o cuando nos acercamos a la Iglesia. La fe ha de penetrar toda la vida del creyente, nuestras relaciones familiares, personales, laborales y sociales. Ha de ser el ambiente en el que nos movemos y existimos, la luz que ilumina nuestras opciones y el crisol que purifica las decisiones.

Por la fe que confesamos en Jesucristo, sentimos que es el Señor quien acompaña nuestros pasos y nos anima en cada momento, sintiéndole como el amigo y el Maestro que nos ha precedido con su entrega y que nos muestra el sendero por el que seguirle cada día.

Y esta experiencia vivida con autenticidad, también nos señala nuestra responsabilidad misionera y evangelizadora.

No podemos guardárnosla para nosotros en el silencio del corazón. Los discípulos de Jesús somos enviados como comunidad creyente a anunciar a los demás nuestra fe, compartirla con ellos y mostrar con gozo que merece la pena vivir así.

Sin creernos mejores que nadie, pero sin disimular los valores  cristianos que orientan y fundamental nuestra existencia. Porque la fe confesada debe transparentar la bondad y la misericordia del Señor, y difícilmente podremos ser testigos de Cristo si por nuestra forma de vivir oscurecemos la luz de su amor.

La fe que hemos heredado de nuestros mayores, y que ha sido nutrida y madurada por una formación cristiana adecuada, hay que actualizarla en nuestra vida cotidiana. Si un día la abrazamos por la confianza que quienes nos la transmitieron nos merecía, sólo podemos mantenerla viva si hemos sido nosotros tocados por el corazón de Cristo, quien se nos ha revelado y nos sigue enviando a los hermanos de nuestro tiempo.

El tiempo de verano nos ofrece la posibilidad de estrechar las relaciones familiares y de amistad, y en ellas ha de tener un papel central la propia experiencia de Dios, para compartirla y vivirla en la comunión fraterna con aquellos que más queremos, y con los que a veces tanto nos cuesta hablar de estos sentimientos profundos. “Nadie es profeta en su tierra” escuchábamos el pesar de Jesús el domingo pasado. Sin embargo, precisamente por el amor que tenemos a los nuestros, mayor ha de ser el esfuerzo para procurar que la semilla de la fe emerja con fuerza en sus vidas y así las llene de gozo y de esperanza.

Pidamos en esta eucaristía al Señor, que nos ayude a saber discernir en cada momento la palabra oportuna y el gesto adecuado, y así podamos sembrar su Reino entre los nuestros, por medio de una vida confiada en su providencia y servicial con los hermanos.

jueves, 5 de julio de 2018

DOMINGO XIV TIEMPO ORDINARIO



DOMINGO XIV TIEMPO ORDINARIO

8-07-18 (Ciclo B)



      “No desprecian a un profeta más que en su tierra”.

      Esta frase con la que termina el evangelio de hoy nos revela el amargo sentimiento de Jesús ante el rechazo de los suyos. Él, que es bien recibido por las gentes de pueblos y ciudades lejanos de su tierra, vive sin embargo la desconfianza y la sospecha que suscita entre sus paisanos, lo cual no hace más que aumentar los sinsabores de su misión y sentir cómo son precisamente aquellos en quienes más confiaba los que le dan la espalda; “¿no es ese el hijo del carpintero?”.

      San Marcos nos muestra el lado más duro de la tarea profética; el desprecio y la indiferencia de los destinatarios del evangelio. Y aquel desánimo que vivieron Ezequiel, San Pablo y el mismo Jesús, sigue siendo una realidad presente hoy entre nosotros.

      Muchas veces queremos compartir nuestra experiencia de fe entre los nuestros, con nuestros familiares más cercanos y amigos, y esa falta de respuesta positiva por su parte, e incluso de respeto, hace que vivamos nuestra fe en silencio, ocultándola por miedo al rechazo o a la burla.

      Cuantas veces escuchamos a tantos padres y abuelos, el sufrimiento que sienten al no poder transmitir la fe que viven como un don de Dios, a sus hijos y nietos. Hasta os echáis la culpa como si dependiera sólo de vosotros.

      Nada más lejos de la realidad. Vuestro testimonio de vida, y vuestro anuncio explícito de Jesús aun cuando vivís la oposición del ambiente, demuestra que realmente Dios ocupa un lugar central en vuestra vida, y por eso lo celebramos en medio de la comunidad cristiana, para sentir la fuerza renovadora del Espíritu Santo que nos envía al mundo a seguir construyendo el Reino de Dios.

      Jesús, a pesar de todas las dificultades, seguía proponiendo un estilo de vida nuevo. Su palabra y su vida causaban extrañeza porque no era como la de los demás. En un mundo condicionado por los intereses particulares, donde los valores se centran en el poder, el dinero o el placer, él muestra otra senda distinta cargada de solidaridad y misericordia, y en la que el valor fundamental es el amor, semilla de justicia, de esperanza y de paz.

      Del mismo modo nosotros hoy, sólo necesitamos del aval de nuestra vida para vivir la fe con autenticidad. Aunque el mundo entero nos cuestione y critique, no podemos responderle con juicios y condenas. Desde el evangelio de Jesús sabemos que la fe es un don de Dios que hemos de proponer con sencillez y gratitud, pero nunca se ha de imponer con medios que violentan la libertad de la persona.

      Una fe impuesta carece de amor, y por lo tanto ni libera ni salva, sólo oprime y angustia. Quien vive un cristianismo intransigente, sin caridad ni esperanza, acabará convirtiéndose en  un fundamentalista. Cristo no entregó su vida para consagrar teorías ideológicas  y moralistas sino para que todos encontremos el camino de nuestra salvación, desde la respuesta libre y gozosa al amor que Dios nos tiene.

Por eso lo importante de la vivencia militante de la fe, no está en los frutos apostólicos que de nuestro testimonio se puedan derivar, sino de la misma alegría que surge en lo más profundo de nuestro corazón por el mismo hecho de sentirnos amados por Dios, y esto ciertamente emerge con fuerza mediante la entrega amorosa a los demás.

Jesús se desvivía para transmitir a las gentes el inmenso amor de Dios para con todos, en especial los más pobres y débiles, los últimos y marginados. Y su entrega era fortalecida no por la respuesta de los que pudieran seguirlo o rechazarlo, sino por ese amor de Dios que llenaba su corazón, fortalecía su esperanza y manifestaba con sencillez, pero viva elocuencia, que el Reino de Dios había llegado con Jesús.

      El evangelista S. Marcos termina su relato diciendo que Jesús no pudo hacer allí muchos milagros y que se extrañaba de su falta de fe. Sin embargo curó a quienes se abrieron a él y mostraron su confianza en el Señor.

      Cuando nosotros nos sintamos rechazados por la fe, bien por confesarla ante los demás o bien porque nuestros esfuerzos por transmitirla no sean suficientemente acogidos, no nos desanimemos ni perdamos la esperanza, Dios sabe cómo llevar adelante su obra, y en cualquier caso hemos de tener presente que no somos nosotros los dueños de la mies, sino él.

      Y sobre todo mantengamos fresco el ánimo del corazón, porque en cualquier caso, ser seguidores de Jesucristo es la mejor apuesta de nuestra vida, nos llena de gozo y nos sostiene en la adversidad. Si para muchos la Iglesia es una mera institución, para nosotros es nuestro hogar, el espacio vital en el que nos sentimos reconocidos y en el que podemos compartir la misma esperanza. En definitiva, el hogar familiar donde somos acogidos y respetados por lo que cada uno es, y no por lo que las expectativas del ambiente o de la moda exigen en cada momento.

      Por eso seguimos celebrando cada domingo la Eucaristía. Ella es el centro de la vida cristiana, fuente y culmen de nuestra fe, y ante el Altar, congregados como hermanos y hermanas, sentimos la presencia del Señor que nos sigue animando con su palabra y fortaleciendo con su Espíritu de amor.



      Pidamos en esta celebración al Señor, que siga alentando nuestra vocación evangelizadora. Que encontremos la manera oportuna de transmitir a los demás la fe que compartimos y que sintiendo el afecto y el estímulo de los demás cristianos, podamos dar testimonio de nuestra fe con el ejemplo de nuestras vidas.


jueves, 28 de junio de 2018

DOMINGO XIII TIEMPO ORDINARIO



DOMINGO XIII TIEMPO ORDINARIO

1-7-18 (Ciclo B)



Hay una frase de Jesús, que constituye el núcleo fundamental de la Palabra proclamada y, desde ella, de toda nuestra vida, la que dirige con firmeza a ese padre desesperado que acude a él para que cure a su niña: “No temas; basta que tengas fe”.

Lo mismo que reclamaba el domingo pasado a sus discípulos cuando aterrados creían ahogarse en medio de la tempestad, “¿es que todavía no tenéis fe?”

La fe es el fundamento de nuestra existencia. La fe es el tesoro más preciado que podemos tener, ya que constituye la roca sobre la que asentar nuestra vida, porque ante los momentos de adversidad, cuando los acontecimientos personales, familiares o sociales nos desestabilizan y parece que el suelo desaparece bajo nuestros pies, qué necesario nos resulta estar bien asentados en Jesús, roca y cimiento de nuestra vida.

Y desde esa fe en el Señor, vamos a profundizar en la Palabra que hoy nos propone la liturgia de la comunidad eclesial. Y así lo primero que debe resonar siempre con indudable insistencia es lo que nos dice el Libro de la Sabiduría: “Dios no ha hecho la muerte, ni se complace destruyendo a los vivos. /…/Dios creó al hombre incorruptible y lo hizo a imagen de su propio ser”

La muerte no es obra de Dios, por lo tanto cuando esta ocurre, y buscamos las causas que la provocaron, debemos encontrarlas fuera del ser de Dios en cuanto a su causa. Y la causa la da el mismo autor sagrado “mas por envidia del diablo entró la muerte en el mundo”. La muerte es siempre consecuencia del pecado, y aunque esta expresión sea tantas veces repetida, no siempre la comprendemos bien.

Existe una relación causa-efecto entre el mal y la muerte. Y estamos exhaustos de verlo con tanta frecuencia cerca y lejos de nuestra realidad vital. Asesinatos, guerras, terrorismo, crímenes de género, extorsiones, robos, secuestros, abusos y violaciones. Podríamos ampliar todo lo que nos da la mente para darnos cuenta de cuanta destrucción provoca el ser humano cuando su alma se pervierte, cuando el mal le ciega, cuando se deja seducir por un egoísmo y soberbia desmedida. Cómo es posible que si Dios nos ha creado a su imagen y nos ha hecho substancialmente buenos, insuflando en nosotros su espíritu de vida, podamos producir efectos tan destructores e inhumanos.

Y la respuesta que da la Sagrada Escritura apunta a la envidia del diablo como causa originaria de ese mal, y cuyo relato nos retrotrae a esa soberbia del hombre que se deja seducir para ser como Dios. En el relato del fruto prohibido del cual el hombre y la mujer comen, está el deseo de convertirnos en dueños de la vida y de la determinación del bien y del mal, en definitiva, sustituir a Dios por el hombre idolatrado.

Yo soy quien decide lo que es bueno y malo, lo que se puede o no hacer, lo que quiero en cada momento, y en última instancia la vida y la muerte. Porque cuando los intereses egoístas del hombre se topan con algún obstáculo, este se puede sortear conforme a mis intereses y criterios. Y si estos criterios carecen de cualquier referencia a Dios, porque yo mismo me he erigido en dueño de todo, el poder que ostento se hace absoluto y tirano.

Frente a esta realidad, fruto de una libertad mal entendida y peor ejercida, Jesús muestra una manera de vivir totalmente contraria y liberadora. Jesús sabe que Dios no es el autor del mal, ni de la muerte, sino el Dios de la vida y del amor, por medio del cual fuimos creados a imagen y semejanza suya, y que es permanente referencia de una auténtica humanidad.

Por esa razón siempre estará atento a las necesidades de los demás, vengan de donde vengan, bien sea del jefe de la sinagoga, como de aquella pobre mujer anónima que llevaba doce años enferma.

Una mujer que en medio de la muchedumbre busca desesperadamente encontrarse con Jesús en quien ha puesto su última esperanza de curación. O bien ese hombre llamado Jairo, quien no siente escuchadas sus oraciones y que acude ante el nuevo maestro que a todos desconcierta.

Y la respuesta de Jesús es la misma para los dos, tened fe. A la mujer su fe la ha curado, a Jairo le pide que no pierda su fe en Dios.

Cuantas personas hoy y siempre han acudido a Dios con ese deseo ferviente de encontrar una respuesta a su súplica; ante la enfermedad grave de un ser querido, ante la pérdida de un empleo siempre necesario para poder desarrollar dignamente la vida, ante cualquier tipo de sufrimiento que nos arrebata la paz. Y esa es una buena actitud si nuestra confianza permanece a pesar del resultado tantas veces contrario a lo deseado.

 Una cosa es acudir a Dios desde una fe confiada y otra muy distinta condicionar esa fe a la obtención de  los resultados requeridos. El amor siempre es incondicional, y hemos de asumir la limitación de nuestra condición humana, sabiendo que a pesar de la inocencia la dinámica del mal del mundo también impone su ley.

Pero una cosa es aceptar la finitud del presente y otra que Dios no tenga una palabra que decir al respecto.

El mal, el pecado, la muerte, se han hecho su sitio dentro de la historia humana, pero no tienen la última palabra sobre la misma. Y es lo que tantas veces Jesús ha intentado transmitirnos con su entrega absoluta al plan salvador de Dios. Ahí se sitúan sus milagros, no como algo discriminatorio, que a unos sana y a otros nos, a unos devuelve a la vida y otros se mueren. La acción de Jesús apunta a una realidad mucho más grande, donde la salvación universal es un deseo de Dios para todos sus hijos, y donde la respuesta del hombre a ese amor creador, le abre la puerta de la vida en plenitud.

Dios no nos ha abandonado, aunque en ocasiones la barbarie del hombre, nos pueda llevar al escándalo. Dios se hace partícipe del sufrimiento del hombre, experimentado en la muerte violenta de su Hijo Jesucristo. Pero el silencio de Dios ante el grito desesperado de sus hijos no es debilidad divina, sino espera respetuosa a la respuesta que el ser humano quiera darle como opción fundamental de su vida. Y si esta respuesta humana parte de la confianza, de la conversión y de la acogida agradecida al amor que de Él hemos recibido, nuestro sitio es el mismo que preparó desde siempre para todos los bienaventurados. Pero si la respuesta es la negación de Dios y la permanencia en el mal causado, no será posible que encuentre su sitio en la mesa del Reino de Dios.

Dios nos ha dado el don inmenso de la libertad, pero si no somos capaces de desarrollarlo conforme a su proyecto de vida, de amor y de paz, ese don se convertirá en cauce de perdición.

Que el Señor siga animando nuestra fe y nuestra esperanza, para que en medio de las dificultades de este mundo sigamos asentados en la confianza a su amor, que nunca nos defrauda.

jueves, 21 de junio de 2018

SAN JUAN BAUTISTA - SOLEMNIDAD



SOLEMNIDAD DE S. JUAN BAUTISTA

24-6-18



         Hoy es un día grande en la Iglesia, y en especial lo es para nuestra Unidad Pastoral que se siente unida a la alegría de celebrar a uno de nuestros santos Patronos, San Juan Bautista, titular junto a S. Juan Apóstol y Evangelista, titulares de la parroquia de los Santos Juanes. Solamente hay tres fiestas en el año que nos recuerden con solemnidad el nacimiento de alguien importante para nuestra vida de fe. La natividad del Señor, la de María y esta de Juan el Bautista. Cuando la comunidad cristiana destaca con esta relevancia a alguien distinto de Jesús y de María es porque su presencia en la historia de la salvación también ha sido fundamental.

         De Juan dirá Jesús, que no ha habido hombre nacido de mujer mayor que él. Juan será el puente entre dos mundos, el del antiguo testamento y el nuevo inaugurado por Jesús. Juan será quien movido por el Espíritu Santo señale al “Cordero de Dios que quita el pecado del mundo” e invite a sus seguidores a hacerse ahora discípulos del Señor.

         Juan también tendrá que asumir los costes de la fidelidad a la verdad y al amor de Dios. Su denuncia de la injusticia y de la opresión con la que los poderosos someten a los pobres y excluidos de la sociedad, le conducirán a la muerte, y su martirio servirá para que muchos encuentren en Jesús el camino, la verdad y la vida.

         También nosotros somos llamados a descubrir nuestra vocación en medio de la vida. Como nos enseña el profeta Isaías, antes de formarnos en el vientre materno Dios nos llama a la vida en plenitud desde su seguimiento. Dios está detrás de cada acontecimiento que marca positivamente la vida de las personas. El don de la fe que hemos recibido se convierte en tarea personal y comunitaria. Todos hemos de descubrir cuál es nuestra misión y como Juan “preparar el camino del Señor”, para que en medio de nuestro mundo, hogar, trabajo, familia y amigos, seamos profetas del Altísimo.

El profeta no es alguien que sólo transmite calamidades y amenazas. El profeta no es un ave de mal agüero. El profeta es ante todo un sembrador de esperanza que va preparando el terreno para que la semilla del Reino pueda germinar, crecer y desarrollarse superando adversidades y confiando siempre en la Palabra de vida dada por Dios.

         Nuestro mundo actual sigue necesitando voces que lleven la esperanza a los demás. Hombres y mujeres que se rebelen contra la injusticia y la denuncien; que no sucumban ante las seducciones de las riquezas y los honores del poder.

         Denunciar hoy situaciones que atentan contra los derechos de las personas aunque éstas vengan de lejos y tengan otra raza y cultura, supone enfrentarse a leyes injustas que deciden quienes son personas con derechos y quiénes han de ser considerados ilegales.

         Queridos hermanos, el tirano del presente no está disfrazado de persona regia (como Herodes), sino que viene oculto tras actitudes colectivas y personales que fomentan la exclusión, se aferran a la intolerancia y generan cada vez mayores bolsas de marginación y miseria. El “Herodes” de hoy encarnado en el poder omnipresente de multinacionales también corta las cabezas de aquellos que luchan por la dignidad del ser humano sin diferenciar razas, ni culturas, ni credos. Cada vez que alguien eleva su voz para denunciar la injusticia, renace el espíritu de S. Juan; cada vez que una persona defiende los derechos de los inmigrantes, de los marginados, de los pobres, de las mujeres maltratadas, de los colectivos humanos que padecen cualquier situación contraria a su dignidad, renace la vida del Profeta de Dios.

         Con Juan terminaron los profetas de la Antigua Alianza, pero comenzaron los precursores de esta etapa final de la historia. Nosotros somos herederos de esta tarea y es bueno que en este día en el que destacamos la vida de este hombre, pidamos al Señor que su Espíritu nos ayude a vivir con su misma vitalidad y entrega.

         Todavía son necesarios los profetas, hombres y mujeres que sigan señalando con su ejemplo y testimonio el camino que conduce hacia una auténtica humanidad. Los gestos de solidaridad que vamos haciendo, la denuncia de la injusticia que realizamos aún a costa de nuestro propio prestigio y aceptación, son signos de que el Señor sigue pasando a nuestro lado.

         Hoy sigue siendo necesario que los cristianos alcemos nuestra voz contra la cultura de la desigualdad y de la muerte. Señalando los espacios donde la vida débil e inocente se ve amenaza, bien por el egoísmo destructor, o por ideologías que descartan al débil.

         Disponer adecuadamente el camino al Señor es tarea de todos los discípulos de Cristo, para que Jesús pueda acercarse con su misericordia sanadora a tantas personas necesitadas de un sentido nuevo en sus vidas, que les lleve a vivirlas con resp0onsabilidad y plenitud.

         Que esta fiesta que nos recuerda el nacimiento de S. Juan, nos ayude a todos a compartir su ejemplo de tal modo que podamos con nuestra vida preparar el camino al Señor y señalarlo vivo y presente en medio de nuestro mundo.

viernes, 1 de junio de 2018

CORPUS CHRISTI



SOLEMNIDAD DEL CUERPO Y SANGRE DE CRISTO

CORPUS CHRISTI  3-06-18



       Un año más celebramos la fiesta del Cuerpo y la Sangre de Jesucristo. Memorial de su Pasión, muerte y resurrección, y Sacramento de su amor universal. Precisamente por ese amor entregado para nuestra salvación, podemos unir en esta fiesta del Corpus el día de la Caridad. Al compartir el alimento que nos une íntimamente a Cristo nos hacemos partícipes de su  mandato “haced esto en memoria mía”, aceptando su envío en medio de los más pobres para compartir con ellos nuestra vida y nuestra fe.

En esta fiesta litúrgica de hoy, la Iglesia nos invita a profundizar en el don inmenso de la Eucaristía. Como nos enseña el Vaticano II, "Nuestro Salvador, en la última Cena, la noche en que fue entregado, instituyó el sacrificio eucarístico de su cuerpo y su sangre para perpetuar por los siglos, hasta su vuelta, el sacrificio de la cruz y confiar así a su Esposa amada, la Iglesia, el memorial de su muerte y resurrección, sacramento de piedad, signo de unidad, vínculo de amor, banquete pascual en el que se recibe a Cristo, el alma se llena de gracia y se nos da una prenda de la gloria futura" (SC 47).

Desde esta fidelidad al don recibido de manos del Señor, no podemos separar la eucaristía de la caridad. Los cristianos que nos reunimos para escuchar la palabra del Señor y compartir el pan de la vida que él nos da, hemos de prolongar esta fraternidad eucarística en el mundo nuestro, junto a los hermanos que carecen de afecto, de medios, de una vida digna y feliz.

       No todo el mundo vive dignamente, de hecho somos una minoría los que en el mundo actual podemos agradecer esta vida digna. La mayoría de la población mundial carece de los recursos necesarios para una subsistencia adecuada. Y en vez de acoger su precariedad para sentirnos solidarios con ellos, muchas veces nos fijamos en aquellos que se enriquecen con facilidad y rapidez poniéndolos como modelos a seguir, y hasta envidiándolos por su opulencia.

Una cosa es luchar legítimamente por alcanzar esa vida digna a la que todos tenemos derecho y otra muy distinta la ambición desmesurada que al final nos endurece el corazón hasta llevarnos al egoísmo y a la idolatría del dinero.

La entrega de Jesucristo en la cruz, nos abre la puerta de la redención. Y aquella entrega viene precedida de una vida sensible para con los necesitados, los enfermos, los pobres y los marginados.

A Jesucristo resucitado se llega por medio de una vida ungida por el Espíritu de Dios para anunciar la Buena Noticia a los pobres, la libertad a los oprimidos, la salud a los enfermos y la salvación para aquellos que acogen este don de Dios.

       Cristo nos dejó su testamento en el cual nos ha incluido a todos y no sólo a unos privilegiados. La vida en este mundo es injusta y desigual no porque Dios lo haya querido sino porque nosotros lo hemos causado. Dios no quiere que haya pobres y ricos, rechaza la injusticia que causa este mal, y nos llama a su seguimiento a través del camino de la auténtica fraternidad y solidaridad.

       Este testamento de Cristo lo actualizamos cada vez que nos acercamos a su altar. Su Cuerpo y su Sangre entregadas por nosotros, y compartidos con un sentimiento fraterno y solidario, nos unen a la persona de nuestro Señor Jesucristo y a su proyecto salvador. Por eso “cada vez que comemos de este pan y bebemos de este cáliz, anunciamos tu muerte y tu resurrección hasta que vuelvas”.

       Por eso, cada vez que comemos y bebemos el Cuerpo y la Sangre del Señor, nos unimos vitalmente a Cristo para prolongar con nuestra vida y entrega, su obra misericordiosa en medio de nuestros hermanos más necesitados, a los cuales somos enviados como testigos del amor de Dios.

       La caridad no se hace, se vive. No hacemos caridad cuando damos dinero a un pobre, vivimos la caridad cuando nos preocupamos por su vida, buscamos cómo atenderla mejor, y nos esforzamos por acompañarle a salir de su situación para siempre.

       Vivir la caridad es prolongar la Eucaristía del Señor, su cuerpo y su sangre derramada por amor a todos, para la salvación de todos. Las palabras que día tras día escuchamos en la Consagración nos muestran que Jesús no economizó su entrega sino que fue universal y por siempre.

       Desde aquel momento en el que nacía la Iglesia, ésta siempre tuvo como acción primera y fundamental, unida al anuncio de Jesucristo, la vivencia de la caridad.  Atender a los pobres y necesitados estaba unido a la oración y a la fracción del pan de tal manera que no se podía permitir que en la comunidad de los cristianos alguien pasara necesidad.

En esta fiesta debemos también recuperar la conciencia del don que el señor ha puesto en nuestras manos. La Eucaristía hace a la Iglesia y la Iglesia hace la Eucaristía (nos enseña el Concilio Vaticano II). Por eso la celebración eucarística trasciende nuestra realidad local y se une a la vivencia universal de la Iglesia. No podemos celebrar la eucaristía más que en la comunión eclesial, ya que es el Señor quien se hace presente en medio de su pueblo, congregado en la unidad del Espíritu por el vínculo de la paz.

       Vamos a pedir en esta Eucaristía que el Señor nos ayude a vivir con gratitud este don esencial para nuestra vida espiritual. Sin eucaristía no hay Iglesia, y por lo tanto la fe se descompone. Esforcémonos también, por recuperar nuestra capacidad solidaria y fraterna para poder compartir con autenticidad el pan de la unidad y del amor.


sábado, 26 de mayo de 2018

SANTÍSIMA TRINIDAD



SOLEMNIDAD DE LA SANTISIMA TRINIDAD

27-5-18 (Ciclo B)



       Celebramos hoy la fiesta en la que la comunidad cristiana vive de forma unitaria el ser de nuestro Dios. Un Dios que es Padre, Hijo y Espíritu Santo.

       Diferentes Persona, presencias y maneras de actuar en la historia del mismo Dios que se hace uno con nosotros, acompaña nuestra vida y nos llena de sentido, alegría y esperanza.

       Muchas veces hemos escuchado que la Santísima Trinidad es un misterio. Y es verdad porque todo lo que hace referencia a Dios desborda nuestra comprensión y entendimiento. Todas las personas somos un misterio y siempre hay algo en el otro que nos queda por descubrir. Hemos sido creados distintos, libres, capaces de recrear nuestra realidad y forjarnos nuestro ser y nuestro futuro.

       Esta experiencia, siempre novedosa y distante, es mayor si nos referimos a Dios. Nadie puede acapararlo en su mente o en su corazón. Dios siempre escapa a nuestra capacidad de comprensión o de explicación.

       Nuestro mayor acercamiento a la realidad divina  sólo ha sido posible a través de Jesús. El es el Hijo de Dios, y como tal nos ha mostrado quién es ese Dios a quién él se dirigía como su Padre. El Dios revelado a nuestros antepasados en la fe, Abrahán, Moisés, David... y anunciado por los profetas, es el mismo a quién Jesús llama Abba, Padre.

       Así lo reconocieron los mismos discípulos de Jesús cuando le pidieron que les enseñara a orar. “Cuando oréis hacedlo así, Padre nuestro del cielo...”.

       Parecía que estaba claro que Dios era padre y sólo eso.

       Pero a medida que transcurría la vida de Jesús, aquellos discípulos fueron viendo en él la misma presencia e imagen de Dios. Él era el Hijo amado a quien había que escuchar, seguir y anunciar a todos los pueblos.

       La muerte y resurrección de Jesús, es el momento trascendental para aquel grupo de hombres y mujeres creyentes. Jesús no sólo era el Hijo de Dios sino que era el Dios con nosotros anunciado por el profeta Isaías. Dios mismo se había encarnado para asumir nuestra condición humana y así llevarla a su plenitud. Y esta experiencia vital hace de los discípulos testigos de la Buena Noticia a la cual entregar su vida con gozo y esperanza.

       Pero cómo hemos podido nosotros, casi dos mil años después, llegar a comprender y acoger este don de Dios. Y aquí resuena la promesa del Señor que tras su resurrección anuncia dos acontecimientos, el primero en forma de regalo “recibid el Espíritu Santo”, y el segundo en el momento de su Ascensión en forma de promesa, “yo estaré con vosotros todos los días hasta el fin del mundo”. El Espíritu Santo es el Dios que permanece a nuestro lado para seguir animando nuestro peregrinar por este mundo.

       Es el Dios que nos orienta en la vida para dar testimonio de su palabra y de su gloria. El Espíritu Santo mantiene viva la llama de la esperanza frente a los momentos de temor, duda o angustia, y es el que nos une de forma vital al Padre Dios a través del Hijo Jesús.

       La llamada que cada uno recibimos no es la de elucubrar cómo es el misterio que encierra el ser de Dios en sí mismo, lo realmente importante para nuestras vidas, es descubrir cómo está actuando ese Dios que me ha hecho hijo e hija suyo, en mi vida, en mi entorno personal, familiar y social, y qué me pide en cada momento de mi existencia para entrar en plena comunión con él.

       La definición tradicional de la Santísima Trinidad como Tres Personas distintas y un solo Dios verdadero, podemos comprenderla mejor sintiendo que es el mismo Dios quien de manera distinta y a través de su ser paternal y fraterno entrega todo su amor en nuestra historia  para realizar en ella su obra salvadora.

       Nosotros hemos sido constituidos hijos de Dios, y como hijos, herederos de su reino. Pero también somos mensajeros de su Buena Noticia y es aquí donde la fuerza de su Espíritu nos sigue animando e impulsando en el presente.

       Nuestra vida de oración nos ha de unir más a Cristo y a la comunidad para que podamos desarrollar nuestra misión, tal y como él nos la encomendó, “id al mundo entero y anunciad el Evangelio”.

       Por eso es de vital importancia la dimensión contemplativa y orante de la Iglesia. No en vano unida a la fiesta Trinitaria, está la vida de tantos hombres y mujeres cuya vida está dedicada a la oración por la Iglesia y la humanidad entera.

       Los monjes y monjas contemplativos han descubierto que en la escucha de la Palabra de Dios, en la profundización de su enseñanza y en el diálogo personal e íntimo con él se pueden realizar plenamente como personas y a la vez ofrecer un generoso servicio al Pueblo de Dios.

       Sin su testimonio y entrega vocacional, todos los servicios y compromisos apostólicos quedarían desvirtuados. No hay entrega cristiana si no viene animada por la acción del Espíritu que nos manifiesta en todo momento cuáles son los cimientos de la fe. Y este pilar central del edificio cristiano no es otro que la vida de oración y de escucha del Señor. Sólo así podremos orientar bien nuestra acción comprometida a favor del reino de Dios, y bebiendo de la fuente que es Jesucristo, podremos ofrecer a los demás el agua viva que sacia la sed de sentido y de esperanza que tanto ansían.

       Hoy pedimos por todas las vocaciones cristianas, solicitando al Señor que siga llamando obreros  a su mies, que con generosidad y confianza se entreguen al servicio de los hermanos. Damos gracias a Dios por el don precioso de la vocación contemplativa, que acerca los ruegos y necesidades de los hombres hasta Dios,  a la vez que va sembrando con sencillez la semilla del Reino de Dios en medio de este mundo, haciendo germinar espacios de esperanza, amor y paz.

       Que en esta fiesta del Señor, sintamos con agradecimiento el don de nuestra fe, y por medio de la oración confiada nos sintamos animados y alentados para ser sus testigos en medio de los hermanos. La fiesta que el próximo domingo celebraremos, nos recuerda dónde está el alimento fundamental de esta vida interior. Que cada vez que participamos del Cuerpo y Sangre de Cristo, sintamos nuestras vidas más unidas a él, y sepamos entregarlas al servicio de su reino.