martes, 23 de julio de 2019

SANTIAGO APÓSTOL



SOLEMNIDAD DEL APÓSTOL SANTIAGO

25-7-19

       Celebramos hoy con alegría la fiesta de nuestro Santo Patrono, el Apóstol Santiago, Titular del primer templo diocesano, esta S.I. Catedral, y de la Villa de Bilbao. El primero de los apóstoles del Señor en sellar su fiel seguimiento de Cristo con el martirio. Como hemos escuchado en el texto de los Hechos de los Apóstoles, su tesón, su entrega y su lealtad por la causa de Jesucristo, hace que sufra las iras del rey Herodes y sea ejecutado.

       Su muerte será el comienzo de una dura persecución contra los discípulos y seguidores de Jesús, pero que en vez de acabar con la llama de la fe, será el riego fecundo de una tierra que vería crecer con vigor la semilla del Reino de Dios instaurado por Jesucristo, el Señor.

       Desde aquellos tiempos apostólicos, hasta nuestros días, han transcurrido muchos siglos, con sus noches oscuras y días de luz para la historia de la Iglesia y de la humanidad entera. Pero siempre, y a pesar de las dificultades y penurias por las que nuestra familia eclesial ha podido atravesar, la fe de los apóstoles, su vida y su obra, son el fundamento y el ejemplo de nuestro seguimiento actual de Jesucristo.

       De Santiago sabemos muchas cosas conforme a los textos neotestamentarios; era pescador, el oficio de su familia, de posición acomodada dado que su padre Zebedeo tenía jornaleros; su recio carácter le hizo merecedor junto a su hermano Juan, del sobrenombre de “los hijos del trueno” (Boanergers). Como también hemos escuchado en el evangelio, su madre, Salomé pretendía situar a sus hijos en los puestos principales en ese reino prometido por Jesús y muy mal entendido por ella. Lo cual les acarreó las críticas de los otros diez discípulos, más por envidia que por virtud, ya que todavía no comprendían bien el alcance del mensaje del Señor.



       Y al margen de las anécdotas, lo fundamental es que era amigo del Señor. Santiago pertenecía junto a su hermano y Pedro, a ese círculo de los íntimos de Jesús. Él será testigo privilegiado de los hechos y acontecimientos más importantes en la vida del Maestro; asiste a la curación de la suegra de Pedro; está presente en el momento de la transfiguración, en el monte Tabor; es testigo de la resurrección de la hija de Jairo; y acompañará a Jesús en su agonía, en Getsemaní.

       Pero Santiago también vivirá de cerca los momentos de amargura, el prendimiento de Jesús y la huída de todos ellos. Conocerá en su corazón el dolor de haber abandonado a su amigo y el don de su conversión motor y fuerza de una nueva vida entregada por completo al servicio del evangelio y a dar testimonio de la resurrección de su Señor.

       La tradición que vincula a Santiago con nuestra tierra se remonta a los primeros tiempos de la expansión cristiana por el mundo, hasta hacer de su sepulcro en la ciudad  Compostelana, lugar de encuentro universal de culturas y razas unidas por una misma fe.

       Precisamente esta devoción popular nos ha situado a nosotros desde antes de la fundación de nuestra villa de Bilbao allá por el año 1300, en paso obligado a los que desde la costa peregrinaban a Compostela. Y así de los cimientos de aquella primitiva iglesia de Santiago, se edificaría la que hoy es nuestra Catedral, colocando el origen y el final de este largo peregrinar, bajo el patrocinio del mismo apóstol, quien por petición del Consistorio municipal al Papa Urbano VIII,  se convirtió en patrono principal de la Villa de Bilbao en el año 1643.

Y en un mundo como el nuestro tan necesitado de referentes que nos ayuden a conducir nuestro destino desde criterios de amor, de justicia y de paz, damos gracias al Señor por tener a su santo apóstol como intercesor.

       Santiago experimentó en su corazón una gran transformación que le llevó a cambiar su existencia de forma radical para configurarse a Jesucristo. Su oficio de pescador lo cambió por el de misionero y pastor del pueblo a él encomendado. De aspiraciones y pretensiones de grandeza, pasó a buscar sólo la voluntad de Dios y ponerla por obra.

       De esta forma el que en la vida buscaba la gloria llegó a alcanzarla aunque por un sendero bien distinto al soñado en sus años de juventud. Y el poder que en su momento ambicionó lo transformó en servicio y entrega generosa, en el amor a Dios y a los hermanos.

       Nadie es tan poderoso como aquel que siendo completamente libre y dueño de su vida, es capaz de entregarla a los demás movido, únicamente, por la fuerza del amor en el Espíritu del Señor. Las ambiciones, los honores y el prestigio son efímeros y muchas veces engañosos, porque nos hacen creernos superiores a los demás y en el peor de los casos, como nos ha advertido Jesús en el evangelio, el mal ejercicio de ese poder lleva a algunos a erigirse en tiranos y opresores.  Quienes son portadores del poder temporal deben ejercerlo con mayores cotas de responsabilidad, servicio y coherencia, ya que siempre deberán dar cuentas del mismo a su pueblo y a Dios. Y quienes anhelan servir de este modo a la sociedad, en el presente tan complejo que nos toca vivir, han de contar no sólo con el apoyo de sus conciudadanos, sino sobre todo con la fuerza y la sabiduría que proviene del Señor de la justicia, del amor y de la paz.

       En un tiempo donde los conflictos entre las personas y los pueblos siguen provocando dolor y angustia a tantos inocentes, se hace muy necesario el surgimiento de una auténtica vocación de servicio público que lejos de buscar el propio beneficio, se entregue de manera generosa a la consecución del bienestar de sus semejantes, siendo especialmente sensibles con los más indefensos y necesitados. Por eso pedimos con frecuencia por nuestros gobernantes, para que el Señor les ilumine en su difícil misión de ser quienes nos conduzcan por el camino del bien.

En esta fiesta nos congregamos no sólo los fieles cristianos que habitualmente celebramos nuestra fe en el hogar comunitario de la parroquia; hoy también nos reunimos representantes de instituciones públicas y privadas, del consistorio y de asociaciones relacionadas con la devoción a Santiago y su camino compostelano.

Todos compartimos los mismos deseos de trabajar por una sociedad construida sobre los valores irrenunciables de la libertad, la justicia y la paz, desde las legítimas y plurales ideas, siempre que sean cauce de cuidado y respeto a la dignidad de la persona. En esta labor no sobran brazos, y los cristianos tenemos además una razón de más que brota de nuestra fe en Jesucristo que nos envía a ser testigos de su amor y de su esperanza en medio de nuestro mundo.

       Todo ello hoy lo ponemos a los pies del apóstol Santiago para que siga velando por quienes honramos su memoria con filial devoción. Que nos ayude a fortalecer los vínculos de hermandad entre todos los pueblos que lo celebran como su patrón, que nos anime en la construcción de una convivencia en paz y concordia, y que tomando su vida como ejemplo y estímulo, seamos fieles seguidores de Jesucristo, nuestro único Señor y Salvador.

jueves, 18 de julio de 2019

DOMINGO XVI TIEMPO ORDINARIO



DOMINGO XVI TIEMPO ORDINARIO

21-07-19 (Ciclo C)

       Todo el evangelio es para los creyentes la gran escuela de nuestra fe. Textos que contienen la vida y la palabra del Señor y que nos van mostrando, desde la realidad cotidiana de Jesús, diferentes situaciones por las que nosotros vamos pasando y que requieren de una adecuada comprensión de las mismas para vivirlas con toda su riqueza. Así nos encontramos con pasajes como el de hoy, donde la visita de Jesús a la casa de sus amigos nos va a dejar una gran enseñanza.

       San Lucas sabe muy bien que no sólo eran dos hermanas las que habitaban aquel hogar. También estaba Lázaro, gran amigo de Jesús, pero cuya importancia en este momento es de menor intensidad para el evangelista. A S. Lucas lo que realmente le interesa destacar es la actitud de Marta y María ante la visita del Maestro, por eso ni tan siquiera va a mencionar a su hermano mayor.

Marta como buena anfitriona se esmera en prepararlo todo para que no le falte de nada a Jesús. Las tareas se van multiplicando y es tanto lo que hay que hacer que no da abasto. Y reprocha a su hermana que no la acompañe en las faenas del hogar. Ciertamente podía ayudarla porque Jesús ya tendría la compañía de Lázaro, además era lo propio de las mujeres de aquel tiempo, organizar la casa y dejar a los hombres con sus cosas.

Sin embargo María no atiende a Jesús por el mero hecho de conversar, sino por el contenido de esa conversación. Se siente tan atrapada por la Palabra de Dios que Jesús anuncia, que no se da cuenta de nada más. El encuentro con Jesús no es uno de tantos encuentros con amigos o familiares. María ha ido descubriendo en él a alguien especial, que transmite una paz serena en medio de los desalientos de la vida y cuya palabra colma de dicha su corazón porque contiene la fuerza arrebatadora de Dios que llena de gozo el corazón del oyente, transformando por completo su existencia.

Jesús no es uno más dentro de su círculo de amistades, él es el Maestro, el Señor, y así lo confesarán las dos cuando ante la muerte de su hermano Lázaro y posterior vuelta a la vida de este mundo, por fin descubran con sus propios ojos al Salvador.

Este pasaje del evangelio de hoy ha sido visto por la comunidad cristiana como las dos facetas esenciales de la vida creyente, la acción y la contemplación. Y es bueno caer en la cuenta de los peligros que podemos correr si nos olvidamos de la necesaria unidad entre ambas actitudes cristianas para una sana y fecunda espiritualidad.

Marta no va a ser desautorizada por Jesús por el hecho de que se afane en las tareas. Pero sí necesita comprender que el objetivo último de nuestra vida, y por lo tanto también de nuestros compromisos, no está en su finalidad inmediata, sino en compartir la vida de Dios.

Cuando Jesús envía a sus discípulos a las aldeas y ciudades de Palestina, es para que le preparen el terreno a él y a su Palabra. Cuando se despide definitivamente de los suyos, les envía a hacer discípulos de todas las gentes, por medio del bautismo.

Cuando nosotros vivimos comprometidos en tareas sociales o pastorales, atendiendo a los necesitados, luchando por la justicia, formando a las nuevas generaciones en la fe cristiana, atendiendo a los enfermos y necesitados, todo lo debemos hacer para favorecer el encuentro de nuestros hermanos con Jesucristo y suscitar en ellos su seguimiento gozoso y pleno. Y no sólo quedándonos en los aspectos materiales, por muy necesarios que estos puedan serlo.

Toda la vida de los creyentes ha de estar orientada al encuentro con Jesucristo, y nuestras acciones serán auténticamente evangélicas si contienen en sus medios los valores del evangelio, y buscan como su fin la alabanza y gloria del Señor.

Por eso a la dimensión activa y comprometida de la vivencia creyente, ha de estar unida la dimensión contemplativa de nuestra fe.

María disfrutaba escuchando a Jesús, y a Jesús le gustaba poder dialogar de esas cosas íntimas de Dios con aquellos que tenían un corazón bien dispuesto.

Como en cualquier realidad humana, la relación interpersonal de encuentro, diálogo, conocimiento del otro, intimidad y afecto, hacen que nos desarrollemos plenamente y que sintamos la dicha del auténtico amor que nos llena de felicidad. Y este es el objetivo último de cualquier ser humano, amar y sentirse amado, desarrollando así su vida de forma serena y gozosa.

Jesús agradece esa atención de María, y lo hace asegurando que ha escogido la mejor parte y que nadie se la va a quitar. Si el fin último de nuestra vida es contemplar a Dios y darle gloria por siempre en compañía de nuestros seres amados, María ya lo está experimentando en esta visita de Cristo a su casa y a su corazón.

De esta manera podemos comprender que si nosotros cuidamos ese espacio de cercanía e intimidad con el Señor, si buscamos los momentos de encuentro con él en la oración y escucha de su palabra, sabremos degustar el gozo de ese encuentro que nos ayudará a sobrellevar nuestra vida y a descubrir en ella aquello por lo que realmente merece la pena vivir y morir.

La contemplación de Jesucristo nos llevará al compromiso evangelizador. Nunca la oración es para desentendernos del mundo y sus problemas. Al contrario. Quien siente en su interior resonar la palabra del Señor, escuchará constantemente los lamentos del mismo por el que él entregó su vida, y contemplando a Jesucristo crucificado, descubriremos a su lado los rostros de aquellos que hoy siguen sufriendo y que nos imploran compasión y ayuda.

De este modo uniremos fe y vida, acción y contemplación, y la vida de los cristianos será en medio de su vida cotidiana, testimonio de Jesucristo y esperanza de nueva humanidad.


viernes, 12 de julio de 2019

DOMINGO XV TIEMPO ORDINARIO



DOMINGO XV TIEMPO ORDINARIO

14-07-19 (Ciclo C)



       “¿Qué tengo que hacer para heredar la vida eterna?”. Así comienza el evangelio que acabamos de escuchar, con esta pregunta aparentemente simple y que sin embargo encierra los anhelos más profundos de toda persona creyente.

       Heredar la vida eterna es para todos nosotros el fin último de nuestra existencia. Y por muy lejano que contemplemos ese momento de encuentro definitivo con Dios, sabemos que un día llegará y confiamos en que su amor nos recoja para comenzar a su lado la vida en plenitud.

       Por eso la pregunta de aquel personaje del evangelio, no es una pregunta retórica o lanzada para entablar una conversación con Jesús. La pregunta del escriba tenía como destinatario a alguien considerado especialmente tocado por Dios, y por lo tanto conocedor de sus designios y exigencias.

       Jesús le va a responder con la parte que mejor conoce el escriba, el cumplimiento de la ley. Esa ley recibida por Moisés y transmitida de generación en generación como el único camino cierto para mantener la alianza entre Dios y los hombres. Una ley que ha sido grabada en el corazón del ser humano y que está al alcance de todos, como hemos escuchado ya en la primera lectura del libro del Deuteronomio.

       El escriba desglosa los principios de la ley de Dios y recibe como respuesta la aprobación por parte de Jesús, “bien dicho, haz esto y tendrás la vida”. Pero no terminan aquí las dudas de aquel hombre. Le queda algo que tal vez desconozca de verdad, o que simplemente le sirva como excusa para desentenderse de los demás, lo cierto es que al preguntar “¿quién es mi prójimo?”, se le abrirá un horizonte nuevo.

       El escriba parecía comprender bien lo que significaba “amar a Dios con todo su corazón, con toda su alma y con todas sus fuerzas”, pero eso de amar al prójimo le resultaba confuso. Porque tal vez, en el fondo, sabía muy bien quién es el prójimo.

       El prójimo es el otro, la persona que tenemos a nuestro lado en cualquier momento, sin pararnos a pensar en sus ideas o convicciones, ni en su situación social o económica, ni en sus planteamientos éticos o morales, ni tan siquiera en su bondad o maldad.

       Jesús le va a poner ante sus ojos un suceso cualquiera, pero concreto, donde se contempla la necesidad de una persona atacada violentamente, y las actitudes de quienes lo contemplan.

       Y no va a tomar al azar a los personajes de su historia. Un sacerdote y un levita pasan de largo, y un samaritano lo atiende.

       Los conocedores de la ley de Moisés, en la que explícitamente se ordena que hay que atender a los moribundos y necesitados, que no se puede pasar de largo ante un hombre abatido, que hay que dar sepultura a los muertos y acoger en el hogar a los extranjeros; estos los ilustrados y heraldos de la ley, la incumplen y lo abandonan.

Y sin embargo aquel hombre de Samaria, tierra de gente indeseable y repudiada por un buen judío, va a ser quien cumpla la ley de Dios cuya letra desconoce, pero que sin embargo atiende a sus deseos porque comprende el fundamento de la ley universal del amor.

       Queridos hermanos, esta parábola siempre es comprometedora. Desde aquel encuentro entre el escriba y Jesús, ya no nos sirven las excusas para atender o rechazar al hermano necesitado.

       El prójimo no es alguien ajeno a mí, aquel a quien tengo a mi lado ha de ser descubierto como un hermano y un hijo de Dios.

       Ser prójimo no consiste sólo en mirar a los demás, sino en contemplar mi propio corazón y descubrir si tengo en él la semilla del amor de Dios que me haga vivir la fraternidad con  la misma urgencia y afecto del buen samaritano.

       La pregunta no es quién es mi prójimo, como la formuló el escriba. La pregunta es ¿quién se comportó como prójimo del necesitado?, porque así la formuló Jesús, y a esta cuestión hemos de responder nosotros, implicando en ella nuestra vida y compromiso social.

       De esta manera daremos respuesta a la pregunta fundamental de nuestra existencia, con la que iniciábamos esta homilía, “¿qué he de hacer para heredar la vida eterna?”. La ley de Dios la tenemos escrita en el corazón, y es camino veraz que nos conduce hasta él, pero siempre ha de ser recorrido de la mano de los hermanos.

       Cuando nos parezca sencillo cumplir eso de amar a Dios, como le podía parecer a aquel escriba, preguntémonos si amamos igualmente a los hermanos, si somos prójimos de ellos sin hacer acepción de personas. Y si felizmente descubrimos que en nuestro corazón vivimos la misericordia y la compasión para con los demás, asistiéndoles en sus necesidades de forma generosa, entonces estaremos en la senda que nos conduce hacia esa vida ansiada junto a Dios. Porque de lo contrario nos estaremos alejando de Él.

       El amor a Dios sobre todas las cosas, y con todo nuestro corazón, sólo se puede probar y testimoniar, por los frutos que de ese amor se derivan y que necesariamente tendrán en el prójimo necesitado a su destinatario principal.



       Que esta eucaristía fortalezca nuestra capacidad de amar a los demás, y que el Señor nos conceda entrañas de misericordia que nos ayuden a conmovernos ante las necesidades de los hermanos, para de ese modo vivir con mayor intensidad nuestro ser hijos de Dios y herederos de su vida eterna.

miércoles, 5 de junio de 2019

PENTECOSTÉS



DOMINGO DE PENTECOSTES

9-06-19 (Ciclo C)



       Celebramos hoy la fiesta de Pentecostés, el día en el que Dios vuelve a entregarse a nosotros en la Tercera Persona de la Santísima Trinidad, el Espíritu Santo. Por medio de Él, la Iglesia de Cristo toma conciencia de su misión, y se siente llamada a ser evangelizadora de todos los pueblos.

       Si en la fiesta de la Ascensión del Señor recibíamos el mandato misionero de Cristo resucitado, “Id por todo el mundo y anunciad el evangelio....”, hoy recibimos se nos otorga el Don, la fuerza necesaria, para poder desarrollar esta misión desde la fidelidad al amor de Dios y en comunión con toda la Iglesia.

       Pentecostés es la fiesta del Espíritu Santo, el Dios siempre a nuestro lado que sostiene, anima y alienta nuestra fe y nuestra esperanza para que sea germen de inmensa alegría en nuestros corazones y estímulo para seguir siempre al Señor en cada momento de la vida.

       Muchos son los dones que del Espíritu recibimos, sabiduría, entendimiento, consejo, fortaleza, ciencia, piedad, santo temor de Dios, todos ellos orientados a nuestra vinculación íntima con Dios, la construcción de su Reino y todo ello manifestado en la comunión eclesial, expresión de nuestra vinculación con Jesucristo. El Espíritu  Santo es quien anima y da valor en los momentos de debilidad, quien sostiene y alienta ante la adversidad, quien mantiene viva la llama de la esperanza cuando todo parece oscurecerse en nuestra vida, quien nos inunda con un sentimiento de gozo interno desde el que contemplar la vida con ilusión y confianza.

       El Espíritu Santo es quien garantiza que nuestra fe está unida a la vida de Jesús que se hace presente en medio de su Pueblo santo, y quien en cada momento de nuestro existir nos conduce con mano amorosa para vivir el gozo del encuentro personal con él, fomentando la experiencia de la auténtica fraternidad entre todos los hermanos.

       El Espíritu Santo nos une al Padre a través de su amor, y nos hace conscientes de que hemos sido transformados en herederos de su Reino a través de su Hijo Jesús.

       Fue el Espíritu quien acompañó a Jesús en todos los momentos de su vida. El mismo Espíritu que lo proclama “el Hijo amado” de Dios en su bautismo. Fue el Espíritu Santo quien ayuda a comprender a los discípulos que aquel a quien siguen por Galilea no es un hombre cualquiera, sino que es el Salvador, el Mesías.

       Será el Espíritu Santo quien mantenga en la agonía de Jesús la fuerza para entregar en las manos del Padre el último aliento de su vida. Y es que el Espíritu Santo no deja jamás de su mano a quienes han sido constituidos hijos de Dios.

       Pero esta experiencia personal, profunda y desbordante, la tenemos que vivir en la Iglesia y a través de ella construir nuestra comunidad. Ningún don de Dios es para fomentar el egoísmo personal. Todo don del Espíritu está orientado a construir la comunidad desde la fe, la esperanza y el amor.

       Así vemos, según nos cuenta el libro de los Hechos de los Apóstoles, cómo al recibir el don del Espíritu Santo, los Apóstoles salen a anunciar la Buena Noticia a todos los congregados en Jerusalén, y lo hacen de modo que todos les comprendan.



       Desde el momento de la Creación ha sido voluntad de Dios, que todos sus hijos se salven, para lo cual fue acompañando bajo su mano amorosa a la humanidad de todos los tiempos. Y cuando llegó el momento culminante, envió a su Hijo amado para que por medio de su palabra, su testimonio y la entrega de su vida, todos sintiéramos el amor de Dios y acogiéramos ese don en nuestras vidas.

La vuelta del Hijo de Dios a su Reino, no nos deja abandonados, sigue con nosotros por medio del Espíritu Santo sosteniendo y alentando nuestra esperanza de manera que en nuestro corazón crezca cada día la certeza de participar un día de su promesa de vida eterna.

       Este sentimiento será más fuerte en la medida en que afiancemos en nosotros la comunión eclesial, la unidad fraterna entre los hermanos. La comunión, el sentimiento afectivo de unidad y concordia, es la garantía de que nuestra fe es auténtica. Donde hay división y enfrentamiento, no está el Espíritu Santo; el individualismo y la discordia no están alentados por el Espíritu Santo. Las palabras del Señor “que todos sean uno, como tú, Padre, y yo somos uno”, han de resonar siempre en el corazón de la Iglesia como el único camino para abrirnos al don del Espíritu Santo.



       Hoy volvemos a acoger este don que ya en nuestro bautismo recibimos de una vez y para siempre. En el Espíritu Santo hemos sido hechos hijos de Dios, y aunque ese amor jamás nos será arrebatado, de nosotros depende en gran medida que cada día crezca y madure en lo más hondo de nuestra alma. Así nos llenará de dicha y alegría, nos identificará ante los demás como seguidores de Jesucristo, y nos sostendrá en cada momento de nuestra existencia.

       Acojamos, pues con gratitud, el regalo del Espíritu Santo, y pidámosle que su fuerza regeneradora nos ayude a trabajar cada día en favor del reinado de Dios, de manera que contribuyamos con nuestra fe, amor y esperanza, a la emergencia de una sociedad nueva, en la que la dignidad humana, la libertad del corazón y la luz de la verdad, nos ayuden a acogernos como hermanos y a sentir el gozo de sabernos hijos de Dios.


viernes, 31 de mayo de 2019

ASCENSIÓN DEL SEÑOR



SOLEMNIDAD DE LA ASCENSION DEL SEÑOR

2-06-19 (Ciclo C)



       Con la fiesta de la Ascensión termina la presencia del Señor resucitado entre los suyos y nos abrimos a la misión evangelizadora de la Iglesia animados por el Espíritu que recibiremos en Pentecostés. Es ésta una fiesta en la que la comunidad cristiana recuerda el momento en el que Jesucristo resucitado culmina su misión en el mundo y regresa al Padre para vivir la plenitud de su gloria.

       El simbolismo de este día, nos quiere introducir en la profundidad del sentido último de nuestra existencia de la cual Cristo es primicia y fundamento. En la Ascensión del Señor, y su vuelta a la gloria de la Trinidad antes de su Encarnación, se ilumina el final de la historia de la humanidad donde Dios nos acogerá con su amor de Padre. Jesucristo nos abre el camino, y nos preparará un sitio, para que donde esté él, estemos también nosotros, como nos anunció en su vida terrenal. En la fiesta de la Ascensión, podemos descubrir la culminación del camino, de la verdad y de la vida del Señor, que nos ha abierto las puertas de la eternidad de forma amplia y generosa.

       Pero a este culmen glorioso se llega a través de la vida concreta, limitada y frágil, a la vez que confiada y gozosa, de nuestra historia humana. Una historia traspasada muchas veces por el dolor y el sufrimiento que provoca la injusticia, y otras sostenida por la  esperanza de la entrega y la solidaridad de tantas personas que aman de verdad a sus semejantes. Pero sobre todo, una historia compartida por nuestro Dios en la persona de su Hijo, Jesús, camino, verdad y vida, que nos acompaña y sostiene en nuestro peregrinar hacia la meta prometida por el Padre.

       El tiempo pascual que los discípulos del Señor vivieron junto a Él, y que se nos ha aproximado durante estos días a través de la Palabra de Dios proclamada, ha sido ante todo un tiempo de profunda formación personal y espiritual, para afrontar el gran reto que ahora se les presenta. Ser ellos testigos y misioneros del evangelio.

       La muerte de Jesús y su posterior resurrección, fueron dos hechos de tal magnitud que hacía falta un proceso denso para poder asimilarlo, comprenderlo y confesarlo con fe y gratitud. Los primeros momentos del tiempo pascual nos mostraban las grandes dificultades que tenían para aceptar esa verdad. Las dudas de Pedro y Juan que van corriendo al sepulcro para ver si es verdad lo que dice María Magdalena; Las palabras incrédulas de Tomás que necesita palpar y ver para creer. El silencio de los demás que no se atreven a preguntar en medio de sus dudas e incertidumbres.

       Todo eso requiere ser madurado en el corazón, contrastado por la experiencia de los hermanos y acompañado por el Maestro que sigue vivo, animando y sosteniendo la fe de los suyos. Jesús realiza esta labor catequética para ayudarles a entender y prometerles la gran ayuda permanente del Espíritu Santo que pronto recibirán.

       Este Espíritu completará en ellos la acción salvadora de Dios transformando sus temores en confianza y cambiando sus miedos por el compromiso misionero y evangelizador del mundo.

       En la fiesta de la ascensión de Cristo, se nos está mostrando el destino último de nuestras vidas, el cielo y la tierra se unen en la persona de Jesucristo, y el camino que nos conduce a su gloria se nos ofrece como posibilidad futura y cierta.

       Jesucristo desaparece de su mirada, pero no de sus vidas. El Señor que promete su presencia entre nosotros hasta el fin del mundo, será quien aliente sus trabajos y desvelos.

       Ahora les toca a ellos proseguir con su misión; anunciar la Buena noticia a los pobres, la libertad a los cautivos, la salud a los enfermos y proclamar el año de gracia del Señor. El mismo proyecto que Jesús ya anunció en aquella sinagoga de Nazaret.

       Y esta misión evangelizadora cuenta con un gran potencial, la experiencia de ser testigos de lo acontecido. Ellos no hablan por idealismo ni defienden una idea vacía; ellos son testigos de una persona con la que han compartido su vida y que los ha transformado interiormente llenándoles de gozo y de esperanza, y haciendo de ellos hombres y mujeres nuevos, libres, entregados y dichosos.

       Todo ello desde la convicción de que el Reino de Dios no es de este mundo, y por eso Jesús vuelve al lugar que le corresponde. Pero sabiendo que ese Reino comienza en este mundo y que lo que pasa en la tierra no le es indiferente al Creador. Por eso no podemos desentendernos del presente ya que esa falta de amor y entrega a la obra realizada por Dios, nos haría indignos herederos de su promesa.

       “Vosotros sois testigos de esto”. Testigos de la vida de Jesús, de su entrega, de su palabra y de su resurrección. Jesús nos envía ahora a cada uno de nosotros para prolongar su reinado cambiando radicalmente el presente para acercarlo al proyecto de Dios.

       Jesús abrió con su vida un camino de esperanza y al acoger en su cruz a todos los crucificados por el sufrimiento y la injusticia, nos introduce en su mismo reino de amor y de paz. Esta esperanza que nos mantiene y fortalece se verá sostenida y fundamentada por la acción del Espíritu Santo que recibiremos en Pentecostés.

Que él nos ayude para seguir trabajando por transmitir esta fe a nuestros hermanos más alejados  a fin de que ellos también sientan el gozo y la alegría que nos da el Señor. Y que nuestra entrega generosa y confiada sirva para sembrar la paz y la justicia entre nosotros, sabiendo que el Señor está y estará junto a nuestro lado todos los días hasta el fin del mundo.

viernes, 24 de mayo de 2019

DOMINGO VI DE PASCUA - PASCUA DEL ENFERMO



DOMINGO VI DE PASCUA

26-05-19 (Ciclo C – PASCUA DEL ENFERMO)



En este domingo de pascua, en el que seguimos celebrando con gozo la resurrección del Señor, la comunidad cristiana vive una jornada de solidaridad y cercanía con los enfermos. Hoy es la Pascua del enfermo, del hermano que sufre las limitaciones y la falta de salud, y que está muy presente en el corazón de la Iglesia orante.



Los signos más frecuentes que acompañan la predicación de los Apóstoles y que continúan la obra del mismo Jesús son la oración por los enfermos y su eficacia sanadora. La palabra de Dios conforta y serena de tal modo que incluso en medio del sufrimiento y de la enfermedad es posible la paz y el sosiego, signo de una esperanza y de un ánimo saludable, base de cualquier recuperación física.

La cercanía apostólica al mundo de los enfermos, los ancianos y los que sufren, extiende la misericordia de Dios y vincula estrechamente a los hermanos en el amor. Amar a Cristo resucitado conlleva necesariamente seguir sus pasos, imitando su entrega desde el servicio a los más débiles de la comunidad eclesial.



Nuestra cultura actual intenta maquillar y embellecer la vida, quitando las capas que la afean. Como si de una hortaliza se tratara, aquellas hojas que la hacen menos bella son separadas del tronco y echadas fuera. Las limitaciones humanas y entre ellas las enfermedades, nos incomodan e interpelan y al mostrarnos la realidad amarga y dura de una parte de nuestro ser, la rechazamos o la alejamos de nosotros creyendo que así no nos tocará pasar por ella.

De esta manera vemos cómo cada vez más, junto a los grandes logros de la medicina que han mejorado nuestro nivel de salud y vida, contemplamos la soledad y el abandono de muchos ancianos y enfermos que padecen su situación lejos del calor y del afecto del hogar.

Sin embargo en este día del enfermo, vamos a alumbrar con la luz de la ilusión y del amor, la vida de nuestros hermanos y sus familias. Las palabras de Jesús “La paz os dejo, mi paz os doy”, se hacen realidad cada vez que muchas personas,  mediante su entrega servicial y generosa, llenan de afecto y armonía los momentos de incertidumbre y dolor que las limitaciones de la enfermedad a todos nos traen.

La labor de los “apóstoles de la salud” sensibilizados para dedicarse con amor y paciencia al mundo de los enfermos, es un don de Dios que nos humaniza y nos demuestra la grandeza del corazón humano.

Todos sabemos lo importante que es encontrar buenos profesionales que acompañen la realidad del enfermo. Personas que traten a sus pacientes desde el respeto y el afecto, evitando caer en la rutina o la indiferencia porque lo que hay entre sus manos son vidas humanas que mantienen intacta su dignidad y que merecen ser cuidadas como quisiéramos que un día lo hicieran con nosotros, llegado el caso.



Pero no lo es menos el contar con la proximidad de quienes compartimos una misma esperanza. La enfermedad y la ancianidad nos van acercando al ocaso de nuestra existencia, y es muy importante para nosotros los creyentes poder vivir desde la fe, este acontecimiento que completa nuestra vida y nos abre la puerta del Reino de Dios. Así lo ha entendido desde siempre la comunidad cristiana que ha acompañado con confianza y amor la vida de los enfermos y de sus familias.



Desde los comienzos mismos del cristianismo, cada vez que algún hermano en la fe caía enfermo o su ancianidad lo acercaba a la muerte, los fieles se reunían en la oración acompañándole a él y a su familia, colaborando en sus cuidados y llevando a la celebración eucarística la vida de los enfermos de la comunidad. Los presbíteros acudían a sus hogares para confortarles en la fe y sostenerles en su esperanza. Y por el sacramento de la Unción además de vincular al enfermo a la misma Pasión del Señor, le preparaba para vivir con plenitud el momento del encuentro con Cristo, Salud de los enfermos.

La vida es un don que siempre hay que agradecer, y cuando ésta llega a su final en esta tierra, ha de ser preparada para entregarse con serenidad a la Pascua definitiva.



Este hacer comunitario se ha prolongado hasta nuestros días, y hoy la comunidad eclesial sigue desarrollando su labor entre los ancianos y enfermos por medio de la Pastoral de la Salud.

En nuestra Unidad Pastoral del Casco Viejo, trabajan desde hace muchos años personas especialmente vocacionadas para esta misión. Hombres y mujeres, seglares y religiosas, que forman parte de un excelente equipo humano y cristiano, cuya sensibilidad y espiritualidad les impulsa a dedicar parte de su tiempo al servicio de los ancianos y enfermos de nuestro entorno más cercano.

Su trabajo consiste en visitar a quienes lo desean llevándoles las experiencias de la vida de la comunidad parroquial, acompañando su soledad, atendiendo sus necesidades y haciéndoles partícipes del Sacramento Eucarístico como expresión de su vinculación a la gran familia parroquial.



Los enfermos y ancianos que no pueden acercarse hasta las parroquias viven su comunión eclesial por medio de estos enviados de la comunidad así, además de la atención humana que puedan necesitar, también comparten su fe y su esperanza con los hermanos en Cristo.

Hoy vamos a pedir por los enfermos y en especial por los que más necesitan la compañía y el afecto. Por los que están solos o se sienten solos. Por sus familias y quienes les cuidan. Podéis contar con nosotros, con vuestra comunidad parroquial que no olvida a sus hijos más queridos. El grupo de Pastoral de la Salud se pone a vuestro servicio y en la medida de sus posibilidades atenderá vuestras necesidades.

Y quiero hacer una llamada muy especial, para que facilitéis a quienes lo deseen el Sacramento de la Unción. Los cristianos necesitamos vivir todos los acontecimientos de nuestra vida en comunión con Cristo, máxime cuando se trata de recorrer los últimos momentos de este existir. Sentir el amor de Jesucristo que por medio de sus sacramentos nos dispensa, es algo que fortalece el espíritu y serena el corazón de quien padece. El Sacramento de la Unción nos reconcilia plenamente con Cristo, quien en su misericordia nos perdona todos nuestros pecados, preparando así el encuentro gozoso en la plenitud de su amor. Que nadie nos quite este derecho por razón de sus ideas, sino que piense con generosidad en el deseo de quien ha vivido en la fe de la Iglesia y desea morir como hijo de ella, en la esperanza.



Queridos hermanos, necesitamos más brazos que se unan para esta labor. Seguro que entre todos nosotros habrá quienes tengan una especial vocación y sensibilidad para el mundo de los ancianos y enfermos. Si es así dad gracias a Dios por el don que habéis recibido porque sois el rostro viviente de Jesucristo que sigue realizando su obra salvadora a través de vuestra entrega a los enfermos.



Que él bendiga a quienes se dedican con amor a los enfermos y a todos nos anime para acompañar y sostener al hermano en medio de su debilidad.

sábado, 11 de mayo de 2019

DOMINGO IV DE PASCUA



DOMINGO IV DE PASCUA

12-05-19 (Ciclo C) Jornada de oración por las vocaciones



       “Yo soy el Buen Pastor, dice el Señor, conozco a mis ovejas y ellas me conocen”. Con esta antífona previa a la proclamación del evangelio, acogemos el don de Dios que nos ha hecho hijos suyos, y sentimos la alegría de sabernos acompañados en todo momento por la presencia de Cristo resucitado, el Buen Pastor.



Y en este domingo de pascua, en el que seguimos celebrando la alegría de la resurrección del Señor, la Iglesia nos invita a orar de forma especial por las vocaciones. Estas son un don de Dios para quienes son llamados por él a la misión evangelizadora, y un regalo también para las comunidades cristianas a las que son enviados.



En el tiempo pascual no sólo se nos cuenta la experiencia gozosa que vivieron aquellos discípulos ante la resurrección del Señor. Unida a ella está el nacimiento de la Iglesia como continuadora de la obra de Jesús.



En la resurrección de Cristo, y tras la recepción del Espíritu Santo, los creyentes adquieren su madurez espiritual y ahora nos toca a nosotros proseguir el camino trazado por el Señor viviendo conforme a su enseñanza y trabajando unidos para la transformación de este mundo. Así van surgiendo las primeras vocaciones entre los creyentes. Ese grupo que escucha a los Apóstoles narrar sus vivencias, se siente alentado a seguir sus mismos pasos y abrazan con entusiasmo la fe en Jesucristo. Todos son llamados a la fe. Todos han de ser convocados a participar de la misma comunidad creyente, vivir una misma esperanza y construir el Reino de Dios. Pero para esto hacen falta más brazos.



Dios nos llama a cada uno de forma personal, para lo cual se ayuda de mediaciones. Todos los creyentes hemos nacido a la fe por medio de la palabra y del testimonio de otros creyentes que nos han precedido. Nuestros padres, los catequistas y educadores que tuvimos, la misma comunidad cristiana en la que cada domingo celebramos la eucaristía, todos ellos son piedras vivas que sostienen y alimentan el edificio de nuestra personalidad creyente.

Ninguno de nosotros podría mantener su fe si no contara a su lado con otros hermanos que nos sostengan en la debilidad, fortalezcan en la adversidad y nos ayuden a compartir la misma esperanza.



Pues hoy la Iglesia se hace especial eco de una necesidad cada vez más interpelante. Hacen falta una clase muy peculiar de obreros en la mies del Señor. Si todos los brazos y vocaciones son igualmente importantes para la vida de la Iglesia, en nuestros días hay unas vocaciones que necesitan ser suscitadas con extraordinaria urgencia; la vocación a la vida religiosa y la sacerdotal.



La vocación religiosa es un estímulo de renovada humanidad. En medio de un mundo donde cada uno se preocupa de lo suyo, donde crece el individualismo y donde muchos ponen su esperanza en el materialismo, se puede contemplar también espacios humanos donde la comunidad, la generosidad y la disponibilidad se abren camino y se entregan al servicio de los demás.

En medio de la sequedad del desierto, brotan oasis de vida que no piensan en sí mismos sino en los más necesitados. Que no se preocupan de su bienestar sino del bien de los más pobres, y que por encima de sus vidas ponen las vidas de aquellos a los que sirven con amor porque viven en el Amor de Jesucristo camino, verdad y vida.

No tenemos más que echar la mirada a los países más pobres donde tantos religiosos y religiosas han regado con su sangre la semilla de su entrega generosa. Y entre nosotros hay múltiples comunidades que encuentran su sentido en el servicio, tanto a los cristianos que atienden como a los más desterrados, pobres, enfermos, ancianos, niños abandonados, marginados... Son una muestra de la mano abierta y generosa de Dios que sigue entregando su amor al ser humano sin pedir nada a cambio, sin reproches ni condiciones, simplemente por amor.



Y junto a las vocaciones religiosas también está la vocación sacerdotal. Vocación esencial para la Iglesia, sin la cual ésta sería imposible. Si es verdad que en una época era un estado de vida reconocido socialmente y que muchas familias se alegraban de tener un hijo sacerdote, hoy es una posibilidad poco contemplada, generalmente rechazada e incluso vilipendiada.

Ser sacerdote hoy no conlleva ningún reconocimiento ni privilegio, y eso es bueno. El sacerdote ha de serlo para sostener y alentar la vida de los creyentes en medio de su comunidad, y en ese servicio debe encontrar su propia realización personal al vivir con gratitud el don recibido por Dios.



Nuestras comunidades necesitan de sacerdotes; quién si no las va a acompañar en su camino de vida y de fe, las va a confortar y sostener por medio de los sacramentos y las va a mantener unidas conforme a la voluntad del Señor. Los sacerdotes tenemos que ser reflejo del Buen Pastor, entregados al bien de la comunidad que se nos ha confiado, para que en el encuentro con Jesucristo, mediante nuestro anuncio y testimonio, construyamos la gran familia eclesial.



En un tiempo de conflictos, donde incluso en la Iglesia es fácil caer en la controversia y la división, necesitamos de personas que nos ayuden a encontrar lo fundamental de la fe y sean un referente de unidad comunitaria. La única manera de conservar viva esta llama es mantenernos unidos en la fe, la esperanza y la caridad, y si perdemos a las personas que pueden ayudarnos a ello, corremos un serio peligro de arbitrariedad y de egoísmo.



       El ministerio sacerdotal prolonga la vida del mismo Jesucristo en medio de la comunidad cristiana y de nuestro mundo. Su misión consiste en ser garantes de la autenticidad evangélica de y de la unidad comunitaria, sin la cual es imposible que la familia eclesial subsista y sea creíble.

Hoy pedimos al Señor por las vocaciones, para que los jóvenes se abran de corazón a su llamada, y encuentren en el seguimiento de Jesucristo la razón y el gozo de su existencia.

Que nuestra madre la Virgen María, acompañe y sostenga con su amor maternal la vida de los que se entregan al servicio apostólico.