viernes, 24 de febrero de 2017

DOMINGO VIII T.O.



DOMINGO VIII TIEMPO ORDINARIO

26-2-17 (Ciclo A)



Seguimos recorriendo la enseñanza de Jesús en este largo Sermón de la Montaña, que comenzando con las Bienaventuranzas, en las cuales el Señor nos muestra el sentido último de nuestra vida, prosigue entrando en los detalles cotidianos donde se aplican de forma concreta los valores adquiridos.

Fuimos llamados a ser sal y luz en medio de un mundo necesitado de un fermento nuevo que lo aliente y transforme; asumiendo la ley de Dios no como algo extrínseco a nosotros, sino como la ayuda necesaria para vivir una auténtica humanidad, sabiendo que debemos llevarla a su plenitud teniendo como modelo a Cristo. Esa llamada adquiere cotas de fraternidad plena en el perdón y la reconciliación, amando de corazón a todos, incluso a nuestros enemigos. Y hoy se nos invita a poner nuestra confianza en Dios, superando los agobios y los intereses inmediatos, por muy importantes que parezcan.



La idea fundamental, es que el ser humano es mucho más importante que sus necesidades materiales, por muy urgentes que sean éstas. Y no podemos olvidar que la palabra de Jesús está dicha en un entorno plagado de miseria, pobreza y carencia de lo esencial. El desapego material al que el Señor nos llama, no es escuchado por las gentes opulentas y satisfechas, sino precisamente por aquellas, que dada su precariedad, con mayor angustia viven esa situación, y que sin embargo son destinatarias de una promesa mayor: vosotros valéis mucho más que los pájaros y los lirios del campo.

Dios tiene perfecta cuenta de nuestras necesidades, Dios es conocedor de lo que necesitamos para subsistir con dignidad, y todo nos ha sido dado para poder desarrollar así nuestra vida, de modo que no estemos obsesionados con el dinero, idealizándolo y otorgándole una categoría que termina por oprimir el corazón desde el egoísmo y la ambición.

Vivir la libertad de los hijos de Dios conlleva el rechazo a cualquier ídolo que pretenda erigirse en tirano de nuestras vidas. Y no cabe la menor duda de que en tiempos de Jesús como, en el nuestro, el poderoso don dinero siempre ha querido constituirse en dueño y señor de quien sucumbe a su brillo tentador.



Así comienza el evangelio de hoy con esa llamada a tomar conciencia de a quien entregamos nuestra alma, porque no podemos servir a Dios y al dinero.



Pero la llamada que el Señor nos hace a experimentar esta libertad del corazón, de modo que sólo en él pongamos nuestra confianza, para tomar conciencia de nuestra dignidad de hijos e hijas de Dios, es asimismo un ejercicio de responsabilidad en la justa distribución de los bienes, de manera que por tener garantizado el sustento y demás necesidades que nos llevan a vivir con dignidad, estemos libres de la tiranía de la pobreza.

Para despreocuparnos de la ropa y del alimento, debemos estar alimentados y vestidos. Para vivir libres de los agobios materiales, debemos liberarnos de la angustia de ver a los nuestros en la miseria y precariedad, porque, cómo no va a agobiarse un  padre o una madre que ve cómo su hijo padece hambre corriendo peligro su vida.

Una cosa es vivir obsesionado con el dinero, y otra agobiado por su ausencia más básica, y nunca debemos pretender tranquilizar el ánimo de quien padece graves e injustas necesidades con falsos espiritualismos que nos despreocupen de nuestra responsabilidad para con la justicia y la solidaridad.



Nuestro mundo vive hoy las mayores cotas de desigualdad de la historia, donde la riqueza acumulada por unos pocos, daría de sobra para alimentar a la población mundial con creces. Es precisamente ese cúmulo desproporcionado de bienes en unas manos, el ansia de aumentarlos, y la defensa de los mismos, lo que lleva a la muerte y destrucción del hombre.

Y para desagracia de todos, de esta ambición desmesurada que  levanta barreras y abre abismos entre los seres humanos, no estamos libres nadie. Todos, ricos, y pobres, quienes carecen de lo básico o quienes viven sobradamente, corremos el riesgo de dejarnos llevar por caprichos superfluos que poco a poco se van convirtiendo en necesidades y en estilos de vida contrarios al evangelio. No olvidemos la primera de las bienaventuranzas que Jesús nos propone, “dichosos los pobres en el espíritu, porque de ellos es el Reino de los cielos”. Difícilmente nos haremos pobres en el espíritu si vivimos bajo el yugo de la abundancia insolidaria.



Dios no se olvida de sus hijos más necesitados, y aunque aquellos que deberían subsanar sus necesidades vitales los abandonen, el Señor no los abandona, como nos ha dicho la primera lectura.

Dios no los abandona porque nos ha hecho a todos responsables de las vidas de nuestros semejantes, de manera que lo que le sucede a un hermano, me debe interpelar para salir de inmediato en su socorro y protección. No caigamos en el grave pecado de Caín, que además de ser el homicida de su hermano, pretendía excusar su responsabilidad, diciéndole a Dios que “¿acaso soy yo el guardián de mi hermano?”.

Pues sí, somos los guardianes de nuestros hermanos, y sus vidas son también responsabilidad nuestra en una doble dimensión igualmente importante: primero en la satisfacción de sus necesidades más apremiantes de manera que puedan vivir sin peligro y en dignidad; y en segundo lugar, porque si dejamos que la pobreza se convierta en miseria oprimiendo su existencia, les estamos condenado a vivir en la marginación y en la degradación de sus personas.



San Pablo nos ha dicho que “el Señor pondrá al descubierto los designios del corazón”, y es en estas intenciones profundas es donde se van gestando las opciones fundamentales de nuestra vida, desde las cuales deberemos dar cuenta al Señor.

Que don más grande poder vivir con esa actitud abierta, desprendida y despreocupada por el futuro que nos ha mostrado el evangelio de hoy. Qué felicidad sentir que nuestra existencia está en las manos de la Providencia y que Dios proveerá en cada situación, porque somos importantes para él. Pues que esta confianza sea una realidad en nosotros, porque ciertamente Dios nos ha creado para una vida en plenitud, y no para vivirla sometidos por el yugo de nuestras propias insatisfacciones.

viernes, 17 de febrero de 2017

DOMINGO VII T.O.



DOMINGO VII TIEMPO ORDINARIO

19-2-17 (Ciclo A)



Gracias a que el tiempo de cuaresma este año se retrasa tanto, podemos celebrar estos domingos que nos permiten acercarnos a la totalidad del Sermón de la montaña. Normalmente el tiempo cuaresmal interrumpe esta lectura continuada, pero este año no sucede así.

Y en este día, por más vueltas que queramos darle a la Palabra de Dios, sólo podemos sacar una conclusión evidente, la llamada a la perfección, la llamada a la santidad.

Jesús en el evangelio no reduce su llamada a una justicia retributiva, dar a cada uno lo que se merece; esa era la ley del talión “ojo por ojo y diente por diente”. Una justicia que no era mala en sí misma, ya que evitaba abusos y respuestas desproporcionadas por parte de quien era agraviado por otro. En definitiva esta ley mosaica, evitaba que el reo de un delito fuera abusivamente castigado.

Pero está claro que con ser un precepto muy arraigado, jamás provenía de la voluntad divina.

Ya el libro del levítico, hacía una clara advertencia por parte de Dios, y que sin embargo no tenía suficiente acogida; “no odiarás de corazón a tu hermano, pero reprenderás a tu prójimo para que no cargues tú con su pecado”.

Por grave que sea el mal sufrido, no podemos odiar de corazón es decir; una cosa es que ante la inminencia de la injusticia padecida, el sentimiento que instintivamente brota de nuestro impulso más primario sea la respuesta violenta; pensemos en tantos padres que han vivido el horror del asesinato de sus hijos; víctimas inocentes del odio y la violencia. Cómo no responder con furia y agresividad. Se puede comprender, porque tenemos ese afán instintivo de supervivencia y protección de los hijos.

Pero Dios va más allá de lo que es limitación de nuestra naturaleza, y habla del odio de corazón.

Es el odio que se retro-alimenta del rencor permanente, del recuerdo de la afrenta padecida que una y otra vez traemos a la memoria, de la vida asentada en la amargura constante de quien en su corazón sólo alberga un deseo, la venganza. Esto va contra nuestra vocación humana asentada en la imagen y semejanza divina.

Si se pueden comprender, aunque nunca justificar, las respuestas violentas inmediatas por quienes sufren una grave injusticia, jamás se puede consentir que se guarde esa respuesta para ocasiones futuras conservándolas en el tarro del resentimiento bañada en la hiel del odio fratricida.

“Sed santos, como yo, el Señor, soy Santo”. No somos hijos de la ira sino del amor, no superamos las limitaciones por medio de la venganza sino desde la misericordia y el perdón. Y aunque sí tenemos la grave responsabilidad de corregir a los demás, como nos pide el Señor, “reprenderás a tu prójimo, para que no cargues tú con su pecado”, no hemos sido puestos ni como jueces, ni mucho menos como verdugos de nadie.

Así Jesús, en el evangelio nos muestra el verdadero camino que nos lleva a una identificación más plena con él; “amad a vuestros enemigos y rezad por quienes os persiguen, para que seáis hijos de vuestro Padre celestial”.

Lo que nos identifica como hijos de Dios es la auténtica vivencia de la fraternidad perfecta. No se trata de hacer muchas cosas, sino del sentimiento del alma con que las hacemos.

Estamos llamados a asumir una responsabilidad para con los demás de manera que sus vidas no nos sean indiferentes y mucho menos amenazantes; estamos hablando de una convivencia de hermanos en el seno de la familia de los hijos de Dios, a la cual pertenecemos por el bautismo que nos incorporó a nuestro Señor Jesucristo y su Iglesia.

Corregir y acompañar, preocuparnos y sanar las heridas de los demás, es una responsabilidad de todo creyente, que debe velar constantemente por la salud de cada hermano y de toda la familia eclesial.

Muchas veces podemos preguntarnos ¿cómo hacer posible en nuestra vida este llamamiento de Jesús? ¿Cómo orar y pedir por aquellos que causan tanto dolor a los demás y que pocas veces vemos arrepentimiento en sus vidas y en sus actos? Esto además, adquiere cotas muy altas de escepticismo, cuando en casos como el de muchos terroristas, o pederastas, o criminales, además de no mostrar ningún sentimiento de conversión miran desafiantes a sus víctimas causándoles mayor humillación y daño.



Pues ciertamente es muy difícil forzar el corazón y llenar la razón con la sabiduría de Dios y con  su amor universal. De hecho es imposible que con nuestras propias fuerzas podamos superar ese abismo abierto por la brecha del odio que el mal ha sembrado en nosotros. Y porque sabemos que solos no podemos, debemos mirar con sencillez y humildad el rostro del Señor. Sólo en el corazón de Jesús, en su vida y su entrega en la cruz, podemos encontrar respuestas y recuperar las fuerzas para esta extraordinaria tarea de restañar las heridas y mirar al futuro con esperanza, paz y serenidad.



El demonio del mal, que se instala en el corazón que odia, tiene mucha fuerza, y su intención siempre será que ese odio esté bien alimentado, nutriéndolo con la justificación, y manteniéndolo por la frescura de los recuerdos más nefastos que podamos tener. El mal sólo subsiste en el mal, en el rencor, en la amargura del corazón, y su objetivo último es la destrucción del alma de la cual desea apropiarse para siempre.



Sin embargo el Espíritu de Dios también quiere actuar en nosotros con toda su fuerza regeneradora. Es Él quien nos insiste en lo más íntimo de nuestra conciencia de que ese no es el camino. Es Él quien por el remordimiento nos llama a cambiar de actitud. Es Él quien con su mansedumbre y ternura nos calma y sosiega para iniciar una nueva vida asentada en la confianza y la esperanza.

Y es también el Espíritu del Señor quien nos ayuda a comprender que sólo  a Dios corresponde en última instancia hacer justicia y tomar cuentas a quien tanto sufrimiento ha causado a los demás. Porque a Dios le duele el dolor de sus hijos, y nadie quedará impune si se mantiene en esta senda de muerte y destrucción.



No tenemos que tener la menor duda de que Dios vencerá al mal. Y de hecho ya lo va venciendo en cada corazón capaz de vivir en ese camino de santidad, de perfección, de superación de las adversidades desde la confianza y entrega al amor de Dios.

Y si meditamos unos momentos esta llamada de Jesús, por muy difícil que nos parezca, bien sabemos que es la única manera de poder superar las mayores adversidades y recuperar las riendas de nuestra vida, para vivirla en gracia y plenitud.



Pidamos hoy al Señor que nos ayude a ser verdaderamente hermanos, para corregir y alentar, para sostener y animar a quienes más sufren, reiniciando una y otra vez un mismo camino que a todos nos lleve a experimentar el gozo de sentirnos hijos del mismo Padre.

jueves, 9 de febrero de 2017

DOMINGO VI T.O.



DOMINGO VI TIEMPO ORDINARIO

12-2-17 (Ciclo A)



La temática que aborda en este domingo la Palabra de Dios, en especial la primera lectura y el evangelio, incide directamente en la manera de vivir hoy la fe por parte de muchos cristianos. “No he venido a abolir la ley, sino a darla cumplimiento”, dice Jesús en este largo Sermón de la montaña, y que desarrolla ese precioso proyecto de vida que contienen las Bienaventuranzas.

El ser humano establece sus relaciones con Dios y con los demás, no de forma arbitraria y caprichosa, sino desde un compendio de leyes y valores, que le ayudan a entender la propia vida y su manera de desarrollarla en la comunión fraterna y filial. Desde nuestro más temprano conocimiento vamos asumiendo unos principios morales que nos ayudan a favorecer el bien y a rechazar el mal. Y no como algo extrínseco y ajeno a nosotros, sino como la manera de conducirnos de forma libre y responsable, para un mejor crecimiento humano y espiritual.

Cuando nuestros padres corrigen y reprenden aquellas actitudes negativas nuestras, lo hacen desde sus propios valores, y sabiendo que es su obligación velar por nuestro bien, porque nos aman y desean lo mejor para nosotros.

Lo mismo sucede con Dios. Él no ha impuesto al ser humano una ley carente de humanidad, todo lo contrario. Si nos acercamos con madurez y responsabilidad a cada una de las Leyes divinas, vemos cómo son la condición de posibilidad de un desarrollo fraterno y auténtico entre nosotros. Para ello, es necesario que reconozcamos la primacía de Dios sobre todo lo demás. Sólo podemos aceptar la Ley de Dios, si amamos a Dios sobre todas las cosas, y si respetamos su nombre y su gloria desde el amor de hijos que él mismo nos tiene.

Es imposible vivir los valores del evangelio, y conducir nuestra vida bajo la guía de nuestro Señor Jesucristo, si previamente no reconocemos la autoridad absoluta de Dios en nuestra existencia personal y colectiva.

Como nos enseña el libro del Eclesiástico, “delante de nosotros está la vida y la muerte, elige lo que quieras”. Somos responsables de nuestro presente y de nuestro futuro. No podemos cargar sobre otros hombros la carga que cada uno debe llevar como consecuencia de sus actos y decisiones, de las cuales deberá dar cuentas ante Dios.



Es curioso cómo en nuestros días, si bien es verdad que cada vez más nos levantamos contra las injusticias y males que se cometen en el mundo, con mayor vehemencia juzgamos los comportamientos ajenos y con facilidad nos erigimos en jueces de la vida del vecino, sin embargo con mayor celo queremos proteger nuestro ámbito de decisiones y obras.

Podemos hablar y juzgar a los demás, pero a mí que nadie me toque, que soy libre para hacer lo que me da la gana. Incluso entre muchos creyentes se da la paradoja de si bien aceptan y dicen seguir con afecto a Jesús, en quien creen de corazón, sin embargo, la manera de vivir esa fe en Cristo la realizan “a su manera”; soy creyente, pero no practicante, yo me confieso directamente con Dios, no necesito de intermediaros humanos...



Y aquí es donde debemos volver a escuchar la voz del Señor; “no creáis que he venido a abolir la ley y los profetas; no he venido a abolir, sino a dar plenitud”.

Las herramientas que el Señor ha puesto en nuestro camino son una ayuda, y como tales debemos acogerlas. Claro que lo importante es la fe y la fidelidad a Cristo, claro que por encima del pecado está la gracia, que como nos dice S. Pablo sobreabunda con creces allí donde pretende imponerse el mal. Pero este ejercicio de conversión y de vida bajo la acción del Espíritu, no se da de forma casual ni individualista, y mucho menos autojustificando comportamientos comodones y caprichosos.

La ley y las normas que Dios ha establecido, han de ser acogidas como medios pedagógicos para conducirnos de manera personal y comunitaria, hacia una convivencia en el amor y en la comunión fraterna. Nunca son una carga si son acogidas en la libertad y responsabilidad de los hijos.

Jamás los consejos de nuestros padres, sus correcciones y hasta a veces los castigos, que sabemos han partido con certeza de su amor por nosotros, nos han causado ningún trauma ni odio hacia ellos, al contrario, precisamente porque nos han amado con toda su alma, han asumido su grave responsabilidad de evitarnos males mayores, educándonos primero en la responsabilidad para que un día hiciéramos el uso adecuado de nuestra libertad.



La conciencia rectamente formada, debe contemplar con claridad las consecuencias de cada decisión que tomamos. No es igual una que otra. Toda acción humana conlleva unas consecuencias para uno mismo y para los demás, y si por nuestro comportamiento hemos causado algún daño, debemos repararlo, tanto con el hermano herido como con Dios.

Para eso existe el sacramento del perdón, en el que el mismo Jesús ha querido vincular la misericordia divina mediante la mediación humana “lo que ates en la tierra, quedará atado en el cielo”, dirá a Pedro y demás apóstoles.

La Iglesia no es una institución sin más. Es la familia de los hijos de Dios que animada por el Espíritu Santo, sigue las huellas de Jesucristo nuestro Salvador.

Dios no ha querido que el ser humano camine en la oscuridad y el sin sentido, abandonado a su suerte y condenado a las consecuencias de su comportamiento irresponsable. “Dios predestinó la sabiduría antes de los siglos para nuestra gloria” nos ha dicho S. Pablo. No estamos solos. Tenemos la asistencia permanente del Señor quien nos ha dado una conciencia por la cual entramos en diálogo con él, y que formada desde el contraste y el discernimiento con el resto de la familia cristiana, nos ayuda a encontrar el camino de vuelta al Padre, cuando por cualquier causa nos hemos separado de él y de los hermanos.

Los sacramentos son medios eficaces por los que recibimos la gracia de Dios. En ellos se nos entrega el mismo Jesucristo que nos redime con su amor y nos envía a prolongar su obra salvadora.

Ningún cristiano puede prescindir de ellos, porque sin el bálsamo del perdón sacramental que sana y regenera nuestra vida cuando el pecado la ha degradado, y sin la fuerza renovadora del alimento que nos da la Eucaristía, Pan de vida eterna y Cáliz de eterna salvación, nuestra existencia espiritual languidece y muere. Y quien piense lo contrario se engaña inútilmente.

Uno de nuestros mayores males como cristianos en un primer mundo autocomplaciente, es la desidia e indolencia religiosa. Como nada nos cuesta ni tenemos que sufrir por vivir libremente la fe, corremos el riesgo de devaluarla y acomodarla a las modas del ambiente. Así tampoco chirría en medio de una sociedad opulenta y hedonista.



Pidamos en esta celebración, que el Señor nos conceda la fortaleza de nuestra identidad cristiana, para vivir nuestra fe con gozo y coherencia, de manera que seamos auténticos testigos de su amor, en medio de nuestro mundo.

sábado, 4 de febrero de 2017



DOMINGO V TIEMPO ORDINARIO

5-2-17 (Ciclo A)



“Vosotros sois la sal de la tierra... vosotros sois la luz del mundo”.

Nada más concluir la proclamación de las bienaventuranzas, Jesús comienza a desgranar esta larga enseñanza en la que va a condensar el contenido de su proyecto de vida.

Y  lo hace con esta llamada a tomar conciencia de nuestra identidad en medio del mundo. Somos sal y luz en medio de un entorno que muchas veces ha perdido el rumbo, porque avanza en medio de sombras y tinieblas, y también carece de calidad y de sabor auténticamente humano.

Somos sal y luz para que, insertos en la masa del mundo, compartiendo sus anhelos y dificultades, podamos alumbrar con nuestra vida, y dar nuevo sabor con nuestra entrega, a quienes nos rodean y comparten el presente que nos toca vivir.



La imagen de la luz es en la Sagrada Escritura es imagen del mismo Dios. No olvidemos que ya en el libro del Génesis, lo primero que hace Dios es separar la luz de las tinieblas. El Sol es fuente vida, su luz hace que las cosas sean porque son percibidas y reconocidas, su calor genera el desarrollo de los seres vivos, y está claro que sin su existencia, la vida sería imposible.

En medio del caos de esa oscuridad, Dios hizo germinar su Creación, y en medio de ella estableció al ser humano, creado a su imagen y semejanza, para que con su existencia diera noticia cierta de su Creador.

El hombre caminando en medio de la luz conoce y acierta en alcanzar su destino, puede conducir su vida con verdad y reconocer a sus semejantes en la igualdad y el amor fraterno. La luz nos da certeza de lo que existe, asegura nuestros pasos, serena nuestras emociones y verifica las intenciones que pone al descubierto. En la claridad no hay lugar para el oscurantismo ni la mentira, porque precisamente todo lo pone al descubierto, y eso nos obliga a reconocernos en nuestra propia verdad.

Por el contrario es en la oscuridad donde se establece la inseguridad y el miedo, donde emerge la mentira y la amenaza porque en ella pretenden ocultarse los impulsos más bajos y egoístas que el pecado infringe en el corazón del hombre.

Por eso el antagonismo que Jesús establece entre luz y oscuridad, es el mismo que el que existe entre el bien y el mal, entre la gracia y el pecado.



Por otra parte, el segundo simbolismo que utiliza el Señor es el de la sal. La sal se nos ofrece en la misma naturaleza, no tenemos más que extraerla del agua del mar que la contiene o las salinas del interior. Esa sal, además de destacar el gusto propio de los alimentos, ayuda a su conservación y cuidado, de manera que se ha convertido en un elemento imprescindible en la vida del hombre.

Pero además la sal, bien utilizada, no se impone a lo que da sabor, ni se destaca en los alimentos que condimenta. Pasa aparentemente desapercibida, y sin embargo su presencia no se puede disimular.



Pues estos dos elementos que utiliza Jesús en su Palabra, son puestos como modelo de nuestras actitudes cristianas, para nosotros mismos y de cara a los demás.



Si Cristo es la luz del mundo, aquel de quien el anciano Simeón proclamó “Luz de las naciones y gloria de su pueblo Israel”, nosotros estamos llamados a vivir esta cualidad, tomando conciencia de la misión que se nos ha confiado.

La luz de la fe, si es vivida con auténtica coherencia, no puede ser ocultada, ni mitigada, porque entonces no ilumina ni nuestra vida, ni la de los demás.

Los cristianos no podemos tapar la vela que alumbra y calienta el corazón de los hombres, y si alguna llama es más tenue o débil, debe ser avivada por otras llamas más vivas, en vez de sofocada. La luz de los fuertes ha de animar y sostener la de los más enclenques.

Nuestro mundo necesita de personas que irradien la luz de Jesucristo, luz que viene animada por la cera de su Palabra, y la mecha del Espíritu Santo que anima cada corazón creyente. Una luz que ilumine la verdad de cada cosa, y ponga al descubierto la falsedad que, a su vez, quiere imponerse en medio del mundo.

La fe en Jesús nos ha de llevar a dar testimonio del Evangelio en medio de cada acontecimiento y circunstancia que nos toque vivir, sabiendo que las consecuencias pueden ser adversas para nosotros, como lo fueron para quien es el origen de toda luz, nuestro Señor. Pero si por miedo o desidia, si nos dejamos acomplejar por los ambientes  e ideologías dominantes, entonces estaremos poniendo la lámpara debajo del celemín.

Cuando la luz ilumina de verdad, emergen con fuerza las auténticas intenciones que sustentan la vida del hombre. En medio de la crisis económica, la luz pone al descubierto los fraudes, los egoísmos, las injusticias que tantas personas padecen. En medio del progreso del hombre, la luz pone al descubierto los ataques contra la vida humana, en su concepción y en la enfermedad, los abandonos de los débiles a su suerte, los malos tratos en el hogar, la violencia que padecen los más indefensos.

En medio de una sociedad hedonista y complaciente con sus propios vicios, los cuales airea con la intención de darles carta de naturalidad, la luz de Cristo nos habla de compromiso y fidelidad en el matrimonio, de respeto en las relaciones interpersonales, de educación y acompañamiento a las generaciones más jóvenes, de manera que no reproduzcan e incrementen los abusos y miserias de quienes, puestos en la palestra de los medios, se les quiere mostrar como modelos de identidad.



Es la luz de Dios la que debe guiar el camino del hombre, porque es en esa luz donde fue llamado a la vida para vivirla en la dignidad humana, y no en la mediocridad de una existencia condenada a la oscuridad del caos existente antes de la Creación.

La manera de vivir y desarrollar este don que hemos recibido es al modo de la sal. No debemos pretender los seguidores del Señor utilizar medios y caminos distintos de los suyos.

El Verbo eterno de Dios, por el misterio de la Encarnación, se hizo uno con nosotros en la persona de Jesús. Él nos fue mostrando con la sencillez de su vida, el camino de la fidelidad a la voluntad del Padre, viviendo y compartiendo su existencia como uno más, en medio de los suyos. Así ha de ser nuestra vocación cristiana. Ser uno con los hermanos, de manera que por nuestro testimonio personal de vida, y por el anuncio que explícitamente hagamos de Cristo, iluminemos las vidas de los demás, a fin de que experimenten también ellos, el gozo de sentir el amor inmenso de Dios.



Que hoy podamos sentir, por la fuerza del sacramento que estamos celebrando y que alimenta nuestra vida, ese deseo manifestado por el Señor al final del evangelio proclamado: “Brille así vuestra luz ante los hombres, para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en los cielos”.


viernes, 27 de enero de 2017

DOMINGO IV TIEMPO ORDINARIO



DOMINGO IV TIEMPO ORDINARIO

29-01-17(Ciclo A)



Acabamos de escuchar una de las páginas más hermosas del Evangelio, el Sermón de la montaña, donde el evangelista San Mateo nos muestra la imagen de Jesús junto a sus discípulos, y rodeado de una muchedumbre hambrienta de una palabra de esperanza. Como nos enseña el Catecismo de la Iglesia Católica; Las bienaventuranzas están en el centro de la predicación de Jesús. Con ellas Jesús recoge las promesas hechas al pueblo elegido desde Abraham; pero las perfecciona ordenándolas no sólo a la posesión de una tierra, sino al Reino de los cielos” (1716)



La liturgia eucarística nos propone este pasaje evangélico tras el bautismo del Señor y el inicio de su vida pública. Es como si nos presentara el proyecto de vida que Jesús va a desarrollar y el contenido de su misión como centro del anuncio del Reino de Dios.

Y lo primero que puede llamar nuestra atención es que ese centro lo van a ocupar los pobres, los que sufren y lloran, los mansos y limpios de corazón, quienes pasan hambre de justicia y son perseguidos por esta causa, los que buscan y trabajan por la paz, aquellos que son misericordiosos y en definitiva quien es o será perseguido por su causa.

A todos ellos les llama benditos, dichosos, bienaventurados, no por los padecimientos que están soportando, sino por el horizonte que se les abre en el amor y la bondad de Dios, ya que han sido hechos hijos y herederos de su Reino.



Las bienaventuranzas son el camino por el que nos encontramos con el Señor y que muchos hermanos nuestros, en esta historia de salvación, ya han recorrido de forma ejemplar. Ellos son nuestros maestros de espiritualidad, testigos de un vivir para Dios y para los demás y ejemplo de serenidad y misericordia incluso en momentos donde sufrieron martirio y violencia.



     Todas las bienaventuranzas entrelazan un proyecto de vida unitario y que nos acerca de forma plena a la vida de Jesús, pero voy a destacar tres, en las cuales descansan las demás porque son el núcleo fundamental de la vida de Cristo; la pobreza, la limpieza de corazón y la búsqueda de la paz.



     Pobre de espíritu es aquel que al margen de su situación material, buena o mala, siempre busca el rostro de Dios. Jesús emplea la palabra «pobres» (anawim en hebreo) en el sentido que le dieron los profetas del Antiguo Testamento, en particular los tardíos como Sofonías: los humillados y sumisos a la voluntad de Dios (2.3). Jesús, quién desde niño conocía muy bien las Escrituras, como todos sabemos, debe haber tenido en mente la frase de Isaías: «En ese pondré mis ojos, en el humilde y abatido.» (66.2). La unión de estos dos términos: «abatido» y «humilde», nos da el sentido en que Jesús emplea la palabra «pobre». «Pobre» es el que se humilla ante Dios, el que reconoce su pobreza y necesidad espiritual, su pobreza en el reino del espíritu, aunque tenga medios materiales. Pobre es el manso, el piadoso, el que está disponible ante Dios.

Claro que la pobreza de espíritu no puede ser ajena a la material. De hecho es casi imposible la una sin la otra. Nunca viviremos la pobreza espiritual si no sabemos acoger la pobreza material como estilo de vida austero y solidario.

     El ser humano tiene una unidad en sí mismo y es imposible mantener una espiritualidad sencilla y humilde llevando una vida opulenta y egoísta, desentendida de la debilidad y penuria ajena.

     Vivir de forma sencilla y sobria, además de hacernos solidarios con los demás, sobre todo configura nuestro ser para acoger con disponibilidad la voluntad de Dios.

     Esa sencillez y humildad, expresión de nuestra pobreza espiritual, posibilitan también la segunda bienaventuranza, el tener un corazón limpio para mirar a los demás. La limpieza de corazón genera en nosotros una vida lúcida para contemplar  a los otros con misericordia. Es del corazón de donde brotan las acciones y deseos más humanos o más viles.



     Un corazón limpio regala permanentemente una nueva oportunidad; un corazón limpio hace posible el milagro del perdón y de la reconciliación, porque sabe que todos hemos sido reconciliados por el amor y la misericordia del Señor, y reconoce que nuestra masa no es diferente de la de los demás.

     Que costoso es mantener viva esa mirada limpia. Qué pronto dejamos que aniden en nuestra alma las sospechas, los recelos, las dudas. Es como si al encontrarnos con el otro buscásemos primero sus fallos antes que sus virtudes, y sintiéramos más alegría por sus debilidades que por sus triunfos.

     Sin embargo bien sabemos cuánto nos duele que se confundan con nosotros, que alguien hable mal de uno. Y es que la mirada que no está limpia deja fácilmente paso a la calumnia y a la mentira, sustrato del que se alimentan el odio y el rencor.



     Por último, nos fijamos en una bienaventuranza de permanente actualidad; Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados los hijos de Dios”. Cada una de las bienaventuranzas conlleva para quien la vive un premio, los pobres poseerán el reino de Dios, los misericordiosos alcanzan misericordia, los que lloran son consolados...etc. Pero en este trabajar por la paz, la promesa de Jesús va mucho más allá, “ellos serán llamados los hijos de Dios”. La paz constituye el signo de la filiación divina, vivir en la paz verdadera es sinónimo de estar en plena armonía con los hombres, nuestros hermanos, con la creación entera y con Dios.

Porque el trabajo por la paz implica vivir una existencia calmada, exenta de violencias, egoísmos y rencores, al estilo de Jesús.

     La realidad que nos toca vivir, está teñida de sangre y surcada por el lamento permanente de las víctimas de la violencia y el terror. Violencia generada por la ambición, el egoísmo, las ideologías, el fanatismo, en definitiva, el poder que se desea ejercer sobre el otro, sea ajeno o miembro del propio hogar.

     Trabajar por la paz es responsabilidad de todos. Primero de aquellos que tienen en sus manos la grave tarea de dirigir y gobernar nuestro presente evitando las divisiones injustas en las que se alimenta el odio. Pero también es nuestra responsabilidad como cristianos, potenciando las actitudes de reconciliación y de perdón, que como hijos de Dios hemos de vivir cada día, y poniendo nuestra semilla de esperanza en medio de las dificultades y tensiones.

     Vivir el espíritu de las bienaventuranzas conllevará muchas veces participar de la última de ellas, “dichosos cuando os persigan por mi causa”. Pero pensemos que es mucho mejor ser criticados por nuestra fidelidad a Jesucristo que por nuestra desidia e incoherencia de vida.

viernes, 20 de enero de 2017

DOMINGO III TIEMPO ORDINARIO



DOMINGO III TIEMPO ORDINARIO

22-01-17 (Ciclo A)



     El evangelio que acabamos de escuchar, nos muestra el comienzo de la vida pública de Jesús. Y el evangelista San Mateo, discípulo del Señor, ha querido unir por medio del profeta Isaías, la misión que desempeñaba Juan el Bautista, con la que Jesús va a iniciar. “El pueblo que habitaba en tinieblas vio una luz grande; a los que habitaban en tierra de sombras de muerte una luz les brilló”.



Si el apresamiento de Juan suponía una gran decepción para el pueblo que había esperado en sus palabras, el comienzo de la misión de Jesús va a avivar la llama de la esperanza con una fuerza renovada. Y así la llamada a los primeros discípulos que acabamos de escuchar en el evangelio, nos sitúa en el origen del nuevo pueblo de Dios del cual somos hoy sus herederos. La invitación de Jesús a sus discípulos, personal y directa, se ha ido repitiendo a lo largo del tiempo hasta llegar a nosotros, con la misma propuesta de hacernos pescadores de hombres. Lo cual supone dejar nuestras redes y preocupaciones personales a un lado y asumir la nueva tarea que el Señor nos encomienda y que no es otra que la de transmitir la Buena Noticia del Evangelio a los demás.



Sin embargo en nuestros días esta misión eclesial, con ser labor importante, no está exenta de dificultades que afectan a su desarrollo. San Pablo en su primera carta a los corintios detecta un problema serio en el interior de la comunidad cristiana. Al ir creciendo el número de los creyentes y formar grupos comunitarios distintos, unos se ven más cercanos al estilo y predicación de algunos de sus líderes que al de otros. Y aunque las peculiaridades de cada persona son algo inevitable y hasta bueno, ya que no somos hechos a troquel, todos iguales, las cuestiones accesorias a veces se situaban en primer plano, llevando al olvido de la misión fundamental y creando discordias en la comunidad.

Las distintas maneras de exponer el mensaje de la fe, así como los destinatarios del mismo no pueden condicionar, hasta el punto de dividir, a la comunidad cristiana. Por eso Pablo, en el ejercicio de su ministerio apostólico, va a realizar una llamada a la unidad, que ante todo se ha de basar en la fidelidad al evangelio, del cual, el apóstol, es su servidor y fiel intérprete en la comunión con los demás apóstoles.



Y esta cuestión es de una relevancia y actualidad extraordinarias.

La experiencia de fe de cada uno de nosotros, se basa además de en la relación personal con Dios por medio de la oración y la vida sacramental, en el conocimiento de la Sagrada Escritura y la tradición eclesial heredada. No somos los aquí presente los primeros creyentes de la historia, y formamos parte de un largo proceso de reflexión y profundización teológica que nos ha llevado a confesar un mismo Credo, compendio de las verdades que los cristianos creemos y que son fundamentales para nuestra fe.

De hecho como todos sabemos, las distintas interpretaciones que en momentos concretos de esa historia se han realizado por diferentes grupos eclesiales, han causado serias divisiones que todavía perduran entre nosotros.

Sin embargo la Iglesia Católica a la que pertenecemos, bajo la guía pastoral del sucesor de Pedro y en comunión con los demás obispos del mundo, ha compaginado el desarrollo teológico realizado por los distintos pensadores y maestros de la fe, con el cuidado permanente de la comunión. De tal manera que ante cuestiones novedosas, donde no ha existido una acogida suficientemente amplia por parte del pueblo de Dios, y que tampoco el evangelio explicita de forma clara, se ha preferido mantener la unidad antes que provocar la división.

Y esta garantía de unidad es la misión que los pastores de la Iglesia tienen especialmente encomendada. Muchas son las funciones que cada uno de los cristianos debemos ejercer, pero el ministerio de la comunión ha sido conferido a los Obispos, y éstos a sus colaboradores.

Este asunto adquiere mayor relevancia, cuando a través de los medios de comunicación hoy resulta sencillo acercarnos a un elenco de opiniones, que colocadas todas ellas en el mismo plano, carecen de una justa discriminación. Podemos escuchar argumentos sobre problemas de fe, tratados con el mismo rango a teólogos, obispos, políticos y personas de cualquier condición. Y si bien es verdad que como creyentes todos podemos y debemos expresar y compartir la fe, no tenemos que confundir lo que es opinar libremente sobre algo, de lo que supone proponer autorizadamente la verdad de la fe católica.

La libertad de expresión, no conlleva la autoridad moral sobre lo expresado, la cual proviene del ministerio legítimamente recibido en la comunión eclesial. 

La fe y la tradición eclesiales son un bien común de todo el pueblo de Dios, y no le es lícito a nadie por su cuenta erigirse en portavoz universal de una interpretación meramente personal. Las opiniones individuales, por sí solas, no conducen a la construcción de la comunidad, y cuando éstas pretenden imponerse como verdades al margen de la fe común, generalmente son un fraude.



La comunión eclesial es la única garantía que podemos tener de vivir la fe en lealtad al evangelio de Jesús. Una comunión que sostenida y alentada por el Espíritu Santo, busca siempre el bien común, la promoción de las personas y la construcción de la convivencia fraterna, en el amor y la esperanza.

El trabajo ferviente y paciente de tantos teólogos y pensadores cristianos a lo largo de los siglos, nos han ayudado a comprender mejor los designios del Señor. La fe necesita comprenderse, razonarse, y ser propuesta a los demás en un lenguaje actualizado a fin de que en diálogo con la cultura, podamos compartir un horizonte de justicia y dignidad humana para todos. Pero la fe siempre es don, y como tal no es algo de lo que el hombre pueda apropiarse egoístamente, llegando a manipularla para que responda a sus criterios individualistas e ideológicos. Como don que proviene de Dios, la fe siempre ha de estar referida a Él, y ha de ser vivida con gratitud y humildad, en la madurez de la vida comunitaria de la Iglesia.

La unidad eclesial es nuestra garantía de autenticidad. La división sólo conduce al ensoberbecimiento de uno mismo, al enfrentamiento teórico y existencial con los hermanos, y a la ruptura con el deseo de Cristo de que todos seamos uno, “como él y el Padre son uno”.



En la eucaristía es el Señor quien se entrega por todos, para que viviendo la auténtica fraternidad de forma gozosa y agradecida, seamos enviados al mundo para convocar a otros hermanos a esta mesa del amor. La unidad de los creyentes es la mejor visibilización y testimonio de fidelidad a Jesucristo, nos ayuda a sentirnos hijos de la Iglesia que él fundó, y favorece nuestra misión evangelizadora.



Que por medio de esta celebración, el Señor nos ayude a saber vivir con humildad y generosidad el don de la fe recibido, y así valorar con agradecimiento la unidad de la familia cristiana de la cual formamos parte por medio de nuestro bautismo.

viernes, 13 de enero de 2017

DOMINGO II TIEMPO ORDINARIO



DOMINGO II DEL AÑO

15-1-17 (Ciclo A)



        Una vez que hemos dejado atrás las fiestas navideñas, tras el Bautismo de Jesús damos comienzo a este tiempo litúrgico llamado “ordinario”, un espacio en el que se resalta la vida cotidiana del Señor, su palabra y su obra misionera de anuncio del Reino de Dios.

        Es el momento de marcar la diferencia con el estilo de vida y de fe vividos hasta entonces, y cuyo cambio va preparando el gran profeta Juan  con su llamada a la conversión.

        El va a ser el primero en señalar ante todos que el tiempo se ha cumplido, y que la promesa de Dios de instaurar su reinado, se ha realizado en Jesús; “Este es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo”. Una frase que para nosotros puede parecer extraña, pero que en aquel contexto enmarcado en la tradición judía, manifestaba claramente que ese Jesús, era el Hijo de Dios.

        El Cordero de Dios, en la simbología bíblica, muestra la inocencia, la pureza y la bondad más plenas. Los corderos sacrificados en el Templo de Jerusalén eran la mejor ofrenda a Dios, porque eran animales puros, sin mancha.

        Pues en esta experiencia religiosa, definir a uno como el Cordero de Dios era lo mismo que señalarlo como el enviado de Dios, el Mesías, el Salvador. El único capaz de salvar a su pueblo y de redimirlo de sus pecados. Y si es muy importante que sobre alguien recaiga esta señal, igualmente fundamental es quien lo señala.

        Juan no es un personaje cualquiera, es el profeta del momento, con gran ascendencia sobre un pueblo sediento de Dios.

        Su palabra no dejaba indiferente a nadie, ni tan siquiera a los poderosos alejados de la fe. Hijo de un gran sacerdote, Zacarías, Juan va a constituir el nexo de unión entre los tiempos en los que Dios enviaba mensajeros delante de él, hasta este momento central de la historia donde él mismo va a irrumpir en la persona de su Hijo amado.

        Al señalar al Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, Juan está anunciando que la entrada de Dios en la historia  ya se ha hecho realidad, y que ahora es cuestión de seguir a su elegido porque su bautismo no será sólo de agua, sino que el mismo Espíritu Santo se derramará sobre todos realizando en ellos la salvación.



        Aquel anuncio de Juan tuvo consecuencias inmediatas. Sus seguidores comenzaron a acercarse a Jesús haciéndose sus discípulos. Ya no necesitaban de alguien que les hablara de los designios de Dios porque Jesús transparentaba su amor y su misericordia.

        Juan aceptó el final de su misión, y supo menguar en su protagonismo personal para favorecer el seguimiento de Jesús por parte de todos, para que encontraran en él, el único camino, verdad y vida.

        Jesús asume así su papel en la historia, comenzando como uno de tantos al recibir el bautismo, signo de su misión, y aceptando el testimonio que Juan ha dado de él, sabiendo que su vida ya no será la misma. El tiempo se ha cumplido y ahora con su vida va a mostrar que el Dios con nosotros camina al lado de sus hijos para llevar la creación a su plenitud.



        Este comienzo de la vida pública del Señor, en el que nuevamente se remarca el papel fundamental de Juan, nos ayuda a comprender la importancia de las mediaciones en la transmisión de la fe.

        Al igual que Juan el Bautista, también nosotros tenemos que señalar al Cordero de Dios que pasa a nuestro lado, favoreciendo el encuentro de los hermanos con él, y ayudando a que muchas personas alejadas de la fe puedan sentir que Dios les ama y les llama.

        Esta vocación misionera y evangelizadora es un don de Dios que siempre debemos agradecer como comunidad cristiana. Una gratitud que hacemos extensiva a tantos hombres y mujeres que desde los diferentes servicios y ministerios comparten su vida y su fe con los demás; catequistas, monitores, animadores de grupos de jóvenes, adultos, matrimonios, liturgia. Y junto a ellos también destacamos el servicio tan necesario para con los más pobres, enfermos y necesitados, a través de cáritas y pastoral de la salud.



        Pero no acaba en estos servicios eclesiales la misión de la Iglesia. Todos los cristianos estamos llamados a anunciar la Buena Noticia de Jesucristo en cualesquiera de los ambientes de nuestra vida, personal, familiar y social, para que el don de la fe que hemos recibido sea también experimentado por aquellos que buscan a Dios en sus vidas. Por eso debemos vivir nuestra fe con sencillez y verdad.

        Sencillez porque no podemos ni debemos tratar de imponer nada a nadie. La fe para que sea auténtica ha de nacer de la libertad de la persona.



        Pero también hemos de ser cristianos en verdad, es decir, sin temor ni vergüenza ante nadie. No tenemos una fe para ocultarla a los demás, ni para devaluarla a fin de que sea aceptada por todos. Seguir a Cristo exige del cristiano fidelidad y coherencia, y porque sabemos que ambas virtudes nos cuestan, por las limitaciones de nuestra condición humana, no debemos caer en la cobardía de quienes siempre quieren quedar bien ocultando los fundamentos de su vida para no ser criticados. La fe que no se vive, se muere, y los valores que se disimulan no convencen.

        Cuando S. Juan anunciaba la presencia del Mesías, no era una mera información; era una invitación a seguirle a él y sólo a él. Y esta misión de señalar al Señor en medio de nuestra vida para que le puedan reconocer los demás, la hemos de acoger como propia en nuestro corazón. Hoy somos nosotros los testigos de Jesucristo en medio de nuestra sociedad.

        De este modo, cada vez que nos reunimos para celebrar nuestra fe, le sentimos presente en medio de nosotros, y por eso antes de recibirle en el Sacramento de la Eucaristía le reconocemos como el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Que este sacramento que a todos nos une como hermanos, nos ayude a seguir los pasos de Jesucristo con esperanza, y con la fuerza de su Espíritu seamos testigos de su amor en el mundo.