viernes, 17 de marzo de 2017

DOMINGO III DE CUARESMA



DOMINGO III DE CUARESMA

19-03-17 (Ciclo A)



       “El que beba del agua que yo le daré, nunca más tendrá sed”.

Con este simbolismo del agua que acabamos de escuchar en el diálogo con la Samaritana, nos introduce la liturgia en un proceso catequético que nos preparará para vivir la experiencia pascual.

Estos últimos domingos de cuaresma, eran vividos en las primeras comunidades cristianas con una intensidad singular. Los catecúmenos, aquellos que se preparaban para su bautismo y plena participación en la vida de la Iglesia, acogían la enseñanza del evangelio en el que tres rasgos fundamentales de la persona de Jesús van a preparar su reconocimiento pascual como el Mesías, el Santo de Dios. Jesús es el agua viva, él es la luz del mundo, él nos trae la vida eterna.

El primero de ellos, Jesús el agua viva, es el que en este domingo se nos presenta, por medio del evangelista S. Juan.

La experiencia de la sed ha servido para iluminar la actitud de permanente búsqueda del ser humano, y la necesidad de saciar su alma en el encuentro pleno con Dios. El pueblo de Israel, que desde su origen toma conciencia de haber sido especialmente elegido por el Creador, vive su experiencia de liberación de la opresión de Egipto como una clara intervención de Dios en su historia. De hecho, la principal fiesta de su vida social y religiosa será la Pascua, el paso del Mar Rojo hacia la tierra prometida, el paso de la esclavitud a la libertad, recuperación de la vida y de la dignidad perdida.

Pero aquella vivencia intensa de encuentro de Dios con su pueblo, no está exento de dificultades, tensiones y dudas. El camino por el que Dios va llamando a sus elegidos tiene sus exigencias personales, y la primera liberación a la que somos urgidos es a la de nuestros propios egoísmos e individualismos, que tantas veces esclavizan la vida propia y ajena. El desierto cuaresmal nos enfrenta con nosotros mismos haciéndonos sentir con mayor profundidad nuestra sed de Dios y disponiéndonos a buscarle con sincero corazón.

Esta experiencia de búsqueda, es la que acerca a Jesús y aquella mujer de Samaria.

       El encuentro con el Señor va a suponer para ella el reconocimiento de su vida atormentada, la recuperación de la dignidad quebrantada, y una renovada ilusión por vivir. La sed de sentido queda saciada ante el descubrimiento de un Dios que se nos acerca, nos acepta como somos y nos invita a beber de su amor inagotable para transformarnos el corazón de modo radical. Ese amor hace crecer en nosotros una vida nueva que se desborda en favor de los demás y que nos ayuda a vivir la vida, en medio de las dificultades de este mundo, con un espíritu nuevo y gozoso.

       En el diálogo que entablan Jesús y la Samaritana surgen muchas cuestiones de la vida y de la fe. Vemos cómo el Señor dialoga con ella con toda libertad para situarla delante su propia vida y verdad, con lo que hay en ella de luz y de sombra. Pero sus palabras no encierran ningún juicio inmisericorde de manera que aquella mujer, tan maltratada por tantas circunstancias adversas, se siente a gusto hablando con el desconocido. Y en ese diálogo sincero y abierto también ella reprocha a los judíos su exclusivismo religioso y étnico, a lo que Jesús responde que esa división entre los hermanos por motivos de fe y de costumbres ha terminado, ya que los que quieran dar culto verdadero adorarán al Padre en espíritu y verdad, porque el Padre desea que le den culto así. Dios es espíritu, y los que le dan culto deban hacerlo en espíritu y verdad.

       En el diálogo cercano y amistoso, surgen también las confesiones más profunda e íntimas. Por una parte la que la mujer hace de su esperanza personal; Sé que va a venir el Mesías, el Cristo; cuando venga, él nos lo dirá todo.

       A lo que Jesús responde revelando su identidad; Yo soy.

       Él es el esperado del pueblo sediento de Dios. Él es el agua viva que apaga esa sed y colma todos nuestros anhelos. Pero para vivir la experiencia del encuentro gozoso con el Señor, también nosotros debemos acercarnos al pozo de donde mana esa agua viva y buscar con sencillez al único que la ofrece con ternura y amor.

El culto que Dios quiere ha de darse en espíritu y en verdad. Es decir, debe brotar del corazón de cada uno de nosotros y de la vida auténtica y fiel de toda la comunidad creyente. A Dios, que es espíritu y verdad, no podemos verle fuera de sus manifestaciones sacramentales y lugares de especial encuentro como son los pobres, los enfermos y los necesitados. Allí donde siempre ha querido estar, entre sus hijos más humildes, los que sufren la injusticia y claman permanentemente su misericordia y compasión.

       El culto que Dios quiere es el de un pueblo santo unido en la fe, la esperanza y el amor, lo que se expresa de forma activa por medio de la comunión eclesial y su dimensión caritativa. El amor de los hermanos y la unidad de su fe han de visibilizarse en la entrega a los necesitados, en el compromiso transformador de la realidad y en la construcción del reinado de Dios.

Ésta ha de ser para nuestra comunidad cristiana la experiencia cuaresmal. Un camino por la senda del Dios de la vida, en medio de la cual sentimos sed. Sed de justicia, de amor y de paz. Una sed que nos empuja a la búsqueda permanente de la voluntad del Señor, y que nos lleva a acercarnos al mismo pozo que aquella mujer samaritana para vivir el encuentro con nuestro Salvador.

       Que hoy, reconociendo la verdad de nuestra vida, mirando el pasado con ojos compasivos y aceptándonos como somos, estemos dispuestos para acoger el amor del Señor que  nos transforma y convierte de verdad, en auténticos hijos de Dios, y que esa renovación interior se manifieste en nuestro comportamiento y testimonio de vida.

viernes, 10 de marzo de 2017

DOMINGO II DE CUARESMA



II DOMINGO DE CUARESMA

12-03-17 (Ciclo A)



       En este segundo domingo de nuestro recorrido cuaresmal, la primera interpelación que brota de la Palabra de Dios que acabamos de escuchar, es la recibida por Abrahán, “sal de tu tierra y de la casa de tu padre hacia la tierra que te mostraré”.

       Esta llamada interior también la recibimos nosotros en este tiempo de gracia, para vivir en profundidad el sentido cuaresmal de la fe, que no es otro que el de ponernos en camino para desinstalarnos de nuestra forma de vida antigua y asumir un modo de vivir más acorde con el espíritu del Señor Jesús.

       El camino que Abrahán es invitado a recorrer necesita un equipaje ligero pero bien provisto de lo esencial. Deberá cargar su alma de confianza para afrontar las largas penalidades como son el cansancio, la aridez del desierto o la sensación de fracaso. Sólo la firmeza de su fe y el calor afectivo de su relación con Dios le van a prevenir ante el desaliento y la desesperanza futura.



       La promesa realizada por Dios de enriquecerle con una gran descendencia y de darle una tierra fértil y próspera, hay que creerla con toda el alma para mantener el rumbo de su vida. Y fue precisamente por haber creído hasta el final en aquella promesa de Dios, por lo que consideramos a Abrahán como el padre de todos los creyentes.



       Es importante recordar de vez en cuando de dónde brota la experiencia religiosa y hacer memoria de aquellos que nos han precedido en el camino de la fe. Sin embargo, esto no es suficiente para mantener nuestra propia experiencia, ni desde ella podemos dar razón a los demás de lo que somos y creemos cada uno de nosotros.

       Nuestra fe no se asienta sólo en las vivencias de personajes del pasado. Nuestra fe cristiana hunde sus raíces en aquella experiencia apostólica de encuentro con el Resucitado pero al igual que los apóstoles, necesitamos vivirla en primera persona para comprenderla en su profundidad.

        Hoy el evangelio nos narra un momento de la vida de Jesús compartido con los más íntimos del Señor. La transfiguración es el gran anuncio de la resurrección de Jesús, anticipo de su gloria y manifestación divina que le proclama como el hijo amado, el predilecto.

       Desde nuestra comprensión actual de la fe, podríamos decir que Pedro, Santiago y Juan vivieron una experiencia íntima, mística, de la realidad divina de Jesús, incapaces de comprenderla en ese momento y menos de narrarla a los demás, de ahí que fuera mejor que guardaran silencio y la madurasen en su corazón.



       San Mateo nos cuenta este episodio en la mitad de su evangelio, como queriendo decirnos que lo que a partir de ahora va a suceder, los últimos momentos de la predicación del Señor, su pasión y su muerte, no son más que el preámbulo para el gran acontecimiento de nuestra salvación; el Jesús de la historia, el Nazareno que ha ido anunciando la Buena Noticia del Reinado de Dios, aquel que pasó haciendo el bien y sembrando de esperanza los corazones desgarrados, que anunciaba la liberación de los oprimidos y devolvía la salud a los enfermos, es el Mesías, el Cristo, el Dios con nosotros.



       Y aunque los últimos momentos de la vida de Jesús, su prendimiento, tortura y muerte, dejara abatidos y en lo más frustrante de los fracasos a quienes habían puesto su vida y su esperanza en él, gracias a esa experiencia vivida a su lado, comprendieron que era él mismo quien ahora se acercaba hasta ellos, resucitado.

       La transfiguración del Señor fue como todos los momentos de la vida de Jesús única e irrepetible. Ninguno de nosotros puede acercarse a lo vivido por aquellos privilegiados de la historia. Pero por su testimonio y entrega, por la sucesión apostólica que llega hasta nuestros días, y por nuestra vivencia personal de encuentro con Jesucristo a través de la oración y del servicio a los demás, podemos comprender la experiencia del Tabor.



       Cada vez que en medio de nuestras penumbras buscamos momentos de soledad y oramos con confianza al Señor pidiéndole que nos ilumine, que nos fortalezca y ayude, sentimos el calor de su presencia que alienta y sostiene nuestra debilidad. Es como si también nosotros pudiéramos notarle cercano y accesible. Escuchando su palabra que nos anima a seguir adelante con confianza y serenidad.



       Los cristianos no creemos en una historia del pasado, aunque sus momentos históricos ocurrieran entonces. Nosotros seguimos a Jesucristo resucitado, a cuya vida nos acercarnos a través del testimonio que se nos ha transmitido y que de alguna manera también hemos experimentado personalmente, de manera que hoy somos nosotros los depositarios y testigos cualificados del Resucitado.



       El silencio que Jesús pidió a los apóstoles, fue para no adelantar acontecimientos que era necesario vivirlos en su cruda realidad. Pero el impulso misionero y evangelizador que brotó de la luz pascual, es ya imparable y está en nuestras manos mantenerlo vivo y fecundo.

       Como nos dice el apóstol Pablo en su segunda carta a Timoteo, tomad parte en los duros trabajos del Evangelio, según las fuerzas que Dios os . Esa es nuestra misión a la cual no podemos renunciar como cristianos, y menos en el presente de nuestra realidad actual, social y religiosa. Esta es la vida entregada de nuestros misioneros, quienes siguen haciendo brillar en medio del mundo la llama de la fe.

       En un tiempo como el presente, donde los cauces de información son tan extensos y veloces, y en el que las propuestas para vivir de determinadas maneras son tan diversas y en ocasiones tan contrarias a lo que nosotros entendemos como vida digna y realmente humana, se hace preciso y urgente que los cristianos manifestemos con tesón y valentía el estilo de vida que propone el evangelio del Señor y que nosotros estamos llamados a vivir con coherencia y gozo.

La fe como nos enseñaba el Santo Papa Juan Pablo II, “no se impone, se propone”, y el único medio eficaz y veraz de transmisión es el testimonio personal acompañado del anuncio explícito de Cristo.



       Es verdad que muchas veces nos sentiremos injustamente tratados o incomprendidos, y que el ambiente social no es respetuoso con la Iglesia a la que pertenecemos y en la que compartimos nuestra esperanza, que incluso siguen existiendo zonas del mundo donde los cristianos exponen arriesgadamente su vida por confesar y vivir la fe. Pero no podemos quedarnos encerrados en los templos para vivir una fe en secreto y al calor de los nuestros, ya que una fe que no se comparte y tiene vocación de universalidad, no responde al mandato misionero de Jesús; “Id a todo el mundo y anunciad del Evangelio”.

       Que la fuerza y el amor del Señor Jesús nos ayuden a vivir el gozo de la fe y así la podamos transmitir a los demás con renovada esperanza.




miércoles, 1 de marzo de 2017

DOMINGO I DE CUARESMNA


DOMINGO I DE CUARESMA

5-03-17 (Ciclo A)

Con la imposición de la ceniza, iniciábamos el pasado miércoles este tiempo de gracia que es la cuaresma. Y digo tiempo de gracia, porque lo primero que tenemos que asumir en profundidad, es que en la cuaresma se derrama en nuestros corazones el amor y la misericordia de Dios de una forma extraordinaria. Porque el sentido fundamental de la cuaresma es precisamente provocar el encuentro entre Dios y nosotros, entre el Creador y su criatura. Así al acercarnos al relato de la creación, donde el ser humano constituye el centro y la obra más perfecta de Dios, dado que a su imagen y semejanza nos creó, los primeros versos dejan claro de quién procede todo y cuál es el sentido de lo cre
ado; “El Señor Dios modeló al hombre, sopló en él un aliento de vida”, y el hombre se convierte en ser vivo; el Señor Dios plantó un jardín donde el hombre podía vivir en plena comunión con él; y además nos dio todo lo necesario para nuestro desarrollo personal y social.

Sin embargo al ser humano no le pareció suficiente, y seducido por una ambición desmesurada, disfrazada por el diablo bajo la sospecha de la desconfianza divina, pretendió suplantar al Creador haciéndose a sí mismo principio y fin de la creación. No le bastó con sentirse criatura en referencia al Creador, no le parecía bastante vivir de manera privilegiada en al amor de un Dios que lo hacía semejante a él. Quería más, quería ser como Dios y cuanto más pretendía abarcar en su insolente ambición más se hundía en su soledad y vacío, hasta darse cuenta de que estaba completamente desnudo. Es más el deseo de suplantar a Dios y rechazar su oferta de vida, le lleva a desconfiar y dudar de todo, enfrentándose y acusando a los demás para justificarse a sí mismo. Ante la pregunta de Dios sobre el porqué de su actuar, Adán responderá inculpando a Eva y eludiendo toda responsabilidad.

Pues bien si en este relato de nuestro origen se acaba todo atisbo de esperanza, San Pablo en su carta a los Romanos va a proclamar con gozo que la historia humana no ha sido abandonada por Dios, todo lo contrario. En Cristo se nos ha devuelto la filiación divina, porque “lo mismo que por un solo hombre entró el pecado en el mundo, y por el pecado la muerte, y la muerte se propagó a todos, /.../ gracias a un solo hombre, Jesucristo, la benevolencia y el don de Dios desbordaron sobre todos”.

Y esta palabra de esperanza que Pablo lleva a la comunidad de Roma, se asienta en el relato del evangelio que acabamos de escuchar.

Jesús va a sentir en su propia vida las mismas dudas, conflictos y temores que nosotros. Dios no se ha encarnado a medias en nuestra humanidad. Dios en Jesús ha asumido la realidad de nuestra carne hasta sus últimas consecuencias, viviendo y padeciendo, gozando y sufriendo como uno más, de manera que en la vida de Jesús todos nos sintamos identificados y podamos mirarnos en clara igualdad.

El relato de las tentaciones, situado por los evangelistas al comienzo de su vida pública, nos muestra hasta qué punto Jesús tuvo que enfrentarse, como cualquiera de nosotros, a los miedos personales y las dificultades externas que se le presentaban a la hora de afrontar la verdad de su vida y su destino.

Y el evangelio muestra tres episodios que engloban toda la vida del Señor. Lo primero es destacar la decisión de Jesús de escuchar la voz de Dios. Se retira al desierto para volcarse por entero hacia Dios, de manera que el silencio, el ayuno y la oración, lo configuren totalmente para asumir la misión que Dios, su Padre, le encomiende.

Y las dos primeras tentaciones son las más punzantes, “si eres Hijo de Dios” convierte las piedras en pan, o tírate de lo alto del templo. No hacía nada que ante su bautismo el cielo había proclamado su ser Hijo de Dios: “Tú eres mi Hijo amado, en quien me complazco”. Jesús sentía esa identidad con gran claridad y asumía la voluntad del Padre. Cuestionar su ser Hijo de Dios, y hacerlo pidiéndole que pruebe alimento después del ayuno, resulta fácil y evidente, y ponía en evidencia al mismo Dios que lo había señalado ante todos. Y Jesús rechaza reducir su filiación divina a la realización de gestos o milagros, porque lo que realmente le identifica es vivir de la “Palabra que sale de la boca de Dios”. Su misión no va a consistir en hacer grandes cosas y prodigios, sino en transmitir una vida nueva que brota del mismo Dios por medio de su palabra creadora.

Y tampoco va a aceptar la tentación de orientar su misión por el camino del poder y la fuerza. Demostrar al mundo una omnipotencia manipulada, sería distanciarse de la realidad humana que Dios ha querido asumir, en su debilidad y limitación, pero también en libertad y capacidad de respuesta. Muchas veces también nosotros queremos manipular y apropiarnos de Dios a fin de que sea nuestro siervo. Le ofrecemos oraciones, ofrendas, promesas si es obediente y nos concede lo que necesitamos o simplemente anhelamos. Y Jesús responde, “no tentarás al Señor tu Dios”. Dejad a Dios ser Dios, porque de ese modo nuestra humanidad será más plena.

La última tentación ya es el colmo del despropósito. No contento con negar la paternidad de Dios sobre Jesús, el tentador pretende suplantarlo, “Todo esto te daré si te postras y me adoras”. Cuantas promesas falsas como ésta escuchamos en nuestros días. Cuantas ilusiones vacías y proyectos viciados por el egoísmo se nos han ofrecido siempre por parte de los ídolos predominantes en cada momento histórico. En nuestros días, donde la sociedad del bienestar nos va esclavizando con sus redes consumistas, también los falsos dioses del saber, del poder y del placer nos lo ofrecen todo si nos postramos ante ellos y los adoramos. Nos regalan su falso paraíso en el que es muy fácil entrar, pero del que cuesta la vida salir, y en el que debemos pagar el alto precio de la propia libertad.

La respuesta de Jesús ante la seducción del Tentador es liberadora: “Al Señor, tu Dios, adorarás y a él sólo darás culto”.

Tener a Dios como único Señor, nos hace a todos libres e iguales. Nadie puede suplantar a Dios, y quien muestra esa pretensión debe ser rechazado de inmediato, porque lo único que ofrece es tiranía y opresión.

Sólo Dios puede disponer de su creación, porque es fruto de su amor creador. Nadie puede ofrecernos en su nombre lo que de hecho ya es nuestro, porque si Dios nos ha hecho sus hijos, en el Hijo Jesucristo, también nos ha constituido en herederos de su Reino.

Este tiempo cuaresmal ha de ayudarnos a revivir nuestra conciencia de hijos de Dios. Volver hacia Él nuestra mirada con gratitud, y tomar la seria decisión de liberarnos del yugo que nos esclaviza y nos hace dependientes de lo superfluo.

Iniciamos un camino de cuarenta días donde, siguiendo el ejemplo de Jesús, también nosotros debemos retirarnos al silencio interior de nuestra alma, orar con confianza al Padre que nos ama, ayunar de todo aquello que nos estorba en este camino de encuentro con Dios, y vivir la caridad con los más necesitados, de ese modo llegaremos a la Pascua con el corazón renovado y así podremos acoger el don de la redención en Cristo resucitado.

viernes, 24 de febrero de 2017

DOMINGO VIII T.O.



DOMINGO VIII TIEMPO ORDINARIO

26-2-17 (Ciclo A)



Seguimos recorriendo la enseñanza de Jesús en este largo Sermón de la Montaña, que comenzando con las Bienaventuranzas, en las cuales el Señor nos muestra el sentido último de nuestra vida, prosigue entrando en los detalles cotidianos donde se aplican de forma concreta los valores adquiridos.

Fuimos llamados a ser sal y luz en medio de un mundo necesitado de un fermento nuevo que lo aliente y transforme; asumiendo la ley de Dios no como algo extrínseco a nosotros, sino como la ayuda necesaria para vivir una auténtica humanidad, sabiendo que debemos llevarla a su plenitud teniendo como modelo a Cristo. Esa llamada adquiere cotas de fraternidad plena en el perdón y la reconciliación, amando de corazón a todos, incluso a nuestros enemigos. Y hoy se nos invita a poner nuestra confianza en Dios, superando los agobios y los intereses inmediatos, por muy importantes que parezcan.



La idea fundamental, es que el ser humano es mucho más importante que sus necesidades materiales, por muy urgentes que sean éstas. Y no podemos olvidar que la palabra de Jesús está dicha en un entorno plagado de miseria, pobreza y carencia de lo esencial. El desapego material al que el Señor nos llama, no es escuchado por las gentes opulentas y satisfechas, sino precisamente por aquellas, que dada su precariedad, con mayor angustia viven esa situación, y que sin embargo son destinatarias de una promesa mayor: vosotros valéis mucho más que los pájaros y los lirios del campo.

Dios tiene perfecta cuenta de nuestras necesidades, Dios es conocedor de lo que necesitamos para subsistir con dignidad, y todo nos ha sido dado para poder desarrollar así nuestra vida, de modo que no estemos obsesionados con el dinero, idealizándolo y otorgándole una categoría que termina por oprimir el corazón desde el egoísmo y la ambición.

Vivir la libertad de los hijos de Dios conlleva el rechazo a cualquier ídolo que pretenda erigirse en tirano de nuestras vidas. Y no cabe la menor duda de que en tiempos de Jesús como, en el nuestro, el poderoso don dinero siempre ha querido constituirse en dueño y señor de quien sucumbe a su brillo tentador.



Así comienza el evangelio de hoy con esa llamada a tomar conciencia de a quien entregamos nuestra alma, porque no podemos servir a Dios y al dinero.



Pero la llamada que el Señor nos hace a experimentar esta libertad del corazón, de modo que sólo en él pongamos nuestra confianza, para tomar conciencia de nuestra dignidad de hijos e hijas de Dios, es asimismo un ejercicio de responsabilidad en la justa distribución de los bienes, de manera que por tener garantizado el sustento y demás necesidades que nos llevan a vivir con dignidad, estemos libres de la tiranía de la pobreza.

Para despreocuparnos de la ropa y del alimento, debemos estar alimentados y vestidos. Para vivir libres de los agobios materiales, debemos liberarnos de la angustia de ver a los nuestros en la miseria y precariedad, porque, cómo no va a agobiarse un  padre o una madre que ve cómo su hijo padece hambre corriendo peligro su vida.

Una cosa es vivir obsesionado con el dinero, y otra agobiado por su ausencia más básica, y nunca debemos pretender tranquilizar el ánimo de quien padece graves e injustas necesidades con falsos espiritualismos que nos despreocupen de nuestra responsabilidad para con la justicia y la solidaridad.



Nuestro mundo vive hoy las mayores cotas de desigualdad de la historia, donde la riqueza acumulada por unos pocos, daría de sobra para alimentar a la población mundial con creces. Es precisamente ese cúmulo desproporcionado de bienes en unas manos, el ansia de aumentarlos, y la defensa de los mismos, lo que lleva a la muerte y destrucción del hombre.

Y para desagracia de todos, de esta ambición desmesurada que  levanta barreras y abre abismos entre los seres humanos, no estamos libres nadie. Todos, ricos, y pobres, quienes carecen de lo básico o quienes viven sobradamente, corremos el riesgo de dejarnos llevar por caprichos superfluos que poco a poco se van convirtiendo en necesidades y en estilos de vida contrarios al evangelio. No olvidemos la primera de las bienaventuranzas que Jesús nos propone, “dichosos los pobres en el espíritu, porque de ellos es el Reino de los cielos”. Difícilmente nos haremos pobres en el espíritu si vivimos bajo el yugo de la abundancia insolidaria.



Dios no se olvida de sus hijos más necesitados, y aunque aquellos que deberían subsanar sus necesidades vitales los abandonen, el Señor no los abandona, como nos ha dicho la primera lectura.

Dios no los abandona porque nos ha hecho a todos responsables de las vidas de nuestros semejantes, de manera que lo que le sucede a un hermano, me debe interpelar para salir de inmediato en su socorro y protección. No caigamos en el grave pecado de Caín, que además de ser el homicida de su hermano, pretendía excusar su responsabilidad, diciéndole a Dios que “¿acaso soy yo el guardián de mi hermano?”.

Pues sí, somos los guardianes de nuestros hermanos, y sus vidas son también responsabilidad nuestra en una doble dimensión igualmente importante: primero en la satisfacción de sus necesidades más apremiantes de manera que puedan vivir sin peligro y en dignidad; y en segundo lugar, porque si dejamos que la pobreza se convierta en miseria oprimiendo su existencia, les estamos condenado a vivir en la marginación y en la degradación de sus personas.



San Pablo nos ha dicho que “el Señor pondrá al descubierto los designios del corazón”, y es en estas intenciones profundas es donde se van gestando las opciones fundamentales de nuestra vida, desde las cuales deberemos dar cuenta al Señor.

Que don más grande poder vivir con esa actitud abierta, desprendida y despreocupada por el futuro que nos ha mostrado el evangelio de hoy. Qué felicidad sentir que nuestra existencia está en las manos de la Providencia y que Dios proveerá en cada situación, porque somos importantes para él. Pues que esta confianza sea una realidad en nosotros, porque ciertamente Dios nos ha creado para una vida en plenitud, y no para vivirla sometidos por el yugo de nuestras propias insatisfacciones.

viernes, 17 de febrero de 2017

DOMINGO VII T.O.



DOMINGO VII TIEMPO ORDINARIO

19-2-17 (Ciclo A)



Gracias a que el tiempo de cuaresma este año se retrasa tanto, podemos celebrar estos domingos que nos permiten acercarnos a la totalidad del Sermón de la montaña. Normalmente el tiempo cuaresmal interrumpe esta lectura continuada, pero este año no sucede así.

Y en este día, por más vueltas que queramos darle a la Palabra de Dios, sólo podemos sacar una conclusión evidente, la llamada a la perfección, la llamada a la santidad.

Jesús en el evangelio no reduce su llamada a una justicia retributiva, dar a cada uno lo que se merece; esa era la ley del talión “ojo por ojo y diente por diente”. Una justicia que no era mala en sí misma, ya que evitaba abusos y respuestas desproporcionadas por parte de quien era agraviado por otro. En definitiva esta ley mosaica, evitaba que el reo de un delito fuera abusivamente castigado.

Pero está claro que con ser un precepto muy arraigado, jamás provenía de la voluntad divina.

Ya el libro del levítico, hacía una clara advertencia por parte de Dios, y que sin embargo no tenía suficiente acogida; “no odiarás de corazón a tu hermano, pero reprenderás a tu prójimo para que no cargues tú con su pecado”.

Por grave que sea el mal sufrido, no podemos odiar de corazón es decir; una cosa es que ante la inminencia de la injusticia padecida, el sentimiento que instintivamente brota de nuestro impulso más primario sea la respuesta violenta; pensemos en tantos padres que han vivido el horror del asesinato de sus hijos; víctimas inocentes del odio y la violencia. Cómo no responder con furia y agresividad. Se puede comprender, porque tenemos ese afán instintivo de supervivencia y protección de los hijos.

Pero Dios va más allá de lo que es limitación de nuestra naturaleza, y habla del odio de corazón.

Es el odio que se retro-alimenta del rencor permanente, del recuerdo de la afrenta padecida que una y otra vez traemos a la memoria, de la vida asentada en la amargura constante de quien en su corazón sólo alberga un deseo, la venganza. Esto va contra nuestra vocación humana asentada en la imagen y semejanza divina.

Si se pueden comprender, aunque nunca justificar, las respuestas violentas inmediatas por quienes sufren una grave injusticia, jamás se puede consentir que se guarde esa respuesta para ocasiones futuras conservándolas en el tarro del resentimiento bañada en la hiel del odio fratricida.

“Sed santos, como yo, el Señor, soy Santo”. No somos hijos de la ira sino del amor, no superamos las limitaciones por medio de la venganza sino desde la misericordia y el perdón. Y aunque sí tenemos la grave responsabilidad de corregir a los demás, como nos pide el Señor, “reprenderás a tu prójimo, para que no cargues tú con su pecado”, no hemos sido puestos ni como jueces, ni mucho menos como verdugos de nadie.

Así Jesús, en el evangelio nos muestra el verdadero camino que nos lleva a una identificación más plena con él; “amad a vuestros enemigos y rezad por quienes os persiguen, para que seáis hijos de vuestro Padre celestial”.

Lo que nos identifica como hijos de Dios es la auténtica vivencia de la fraternidad perfecta. No se trata de hacer muchas cosas, sino del sentimiento del alma con que las hacemos.

Estamos llamados a asumir una responsabilidad para con los demás de manera que sus vidas no nos sean indiferentes y mucho menos amenazantes; estamos hablando de una convivencia de hermanos en el seno de la familia de los hijos de Dios, a la cual pertenecemos por el bautismo que nos incorporó a nuestro Señor Jesucristo y su Iglesia.

Corregir y acompañar, preocuparnos y sanar las heridas de los demás, es una responsabilidad de todo creyente, que debe velar constantemente por la salud de cada hermano y de toda la familia eclesial.

Muchas veces podemos preguntarnos ¿cómo hacer posible en nuestra vida este llamamiento de Jesús? ¿Cómo orar y pedir por aquellos que causan tanto dolor a los demás y que pocas veces vemos arrepentimiento en sus vidas y en sus actos? Esto además, adquiere cotas muy altas de escepticismo, cuando en casos como el de muchos terroristas, o pederastas, o criminales, además de no mostrar ningún sentimiento de conversión miran desafiantes a sus víctimas causándoles mayor humillación y daño.



Pues ciertamente es muy difícil forzar el corazón y llenar la razón con la sabiduría de Dios y con  su amor universal. De hecho es imposible que con nuestras propias fuerzas podamos superar ese abismo abierto por la brecha del odio que el mal ha sembrado en nosotros. Y porque sabemos que solos no podemos, debemos mirar con sencillez y humildad el rostro del Señor. Sólo en el corazón de Jesús, en su vida y su entrega en la cruz, podemos encontrar respuestas y recuperar las fuerzas para esta extraordinaria tarea de restañar las heridas y mirar al futuro con esperanza, paz y serenidad.



El demonio del mal, que se instala en el corazón que odia, tiene mucha fuerza, y su intención siempre será que ese odio esté bien alimentado, nutriéndolo con la justificación, y manteniéndolo por la frescura de los recuerdos más nefastos que podamos tener. El mal sólo subsiste en el mal, en el rencor, en la amargura del corazón, y su objetivo último es la destrucción del alma de la cual desea apropiarse para siempre.



Sin embargo el Espíritu de Dios también quiere actuar en nosotros con toda su fuerza regeneradora. Es Él quien nos insiste en lo más íntimo de nuestra conciencia de que ese no es el camino. Es Él quien por el remordimiento nos llama a cambiar de actitud. Es Él quien con su mansedumbre y ternura nos calma y sosiega para iniciar una nueva vida asentada en la confianza y la esperanza.

Y es también el Espíritu del Señor quien nos ayuda a comprender que sólo  a Dios corresponde en última instancia hacer justicia y tomar cuentas a quien tanto sufrimiento ha causado a los demás. Porque a Dios le duele el dolor de sus hijos, y nadie quedará impune si se mantiene en esta senda de muerte y destrucción.



No tenemos que tener la menor duda de que Dios vencerá al mal. Y de hecho ya lo va venciendo en cada corazón capaz de vivir en ese camino de santidad, de perfección, de superación de las adversidades desde la confianza y entrega al amor de Dios.

Y si meditamos unos momentos esta llamada de Jesús, por muy difícil que nos parezca, bien sabemos que es la única manera de poder superar las mayores adversidades y recuperar las riendas de nuestra vida, para vivirla en gracia y plenitud.



Pidamos hoy al Señor que nos ayude a ser verdaderamente hermanos, para corregir y alentar, para sostener y animar a quienes más sufren, reiniciando una y otra vez un mismo camino que a todos nos lleve a experimentar el gozo de sentirnos hijos del mismo Padre.

jueves, 9 de febrero de 2017

DOMINGO VI T.O.



DOMINGO VI TIEMPO ORDINARIO

12-2-17 (Ciclo A)



La temática que aborda en este domingo la Palabra de Dios, en especial la primera lectura y el evangelio, incide directamente en la manera de vivir hoy la fe por parte de muchos cristianos. “No he venido a abolir la ley, sino a darla cumplimiento”, dice Jesús en este largo Sermón de la montaña, y que desarrolla ese precioso proyecto de vida que contienen las Bienaventuranzas.

El ser humano establece sus relaciones con Dios y con los demás, no de forma arbitraria y caprichosa, sino desde un compendio de leyes y valores, que le ayudan a entender la propia vida y su manera de desarrollarla en la comunión fraterna y filial. Desde nuestro más temprano conocimiento vamos asumiendo unos principios morales que nos ayudan a favorecer el bien y a rechazar el mal. Y no como algo extrínseco y ajeno a nosotros, sino como la manera de conducirnos de forma libre y responsable, para un mejor crecimiento humano y espiritual.

Cuando nuestros padres corrigen y reprenden aquellas actitudes negativas nuestras, lo hacen desde sus propios valores, y sabiendo que es su obligación velar por nuestro bien, porque nos aman y desean lo mejor para nosotros.

Lo mismo sucede con Dios. Él no ha impuesto al ser humano una ley carente de humanidad, todo lo contrario. Si nos acercamos con madurez y responsabilidad a cada una de las Leyes divinas, vemos cómo son la condición de posibilidad de un desarrollo fraterno y auténtico entre nosotros. Para ello, es necesario que reconozcamos la primacía de Dios sobre todo lo demás. Sólo podemos aceptar la Ley de Dios, si amamos a Dios sobre todas las cosas, y si respetamos su nombre y su gloria desde el amor de hijos que él mismo nos tiene.

Es imposible vivir los valores del evangelio, y conducir nuestra vida bajo la guía de nuestro Señor Jesucristo, si previamente no reconocemos la autoridad absoluta de Dios en nuestra existencia personal y colectiva.

Como nos enseña el libro del Eclesiástico, “delante de nosotros está la vida y la muerte, elige lo que quieras”. Somos responsables de nuestro presente y de nuestro futuro. No podemos cargar sobre otros hombros la carga que cada uno debe llevar como consecuencia de sus actos y decisiones, de las cuales deberá dar cuentas ante Dios.



Es curioso cómo en nuestros días, si bien es verdad que cada vez más nos levantamos contra las injusticias y males que se cometen en el mundo, con mayor vehemencia juzgamos los comportamientos ajenos y con facilidad nos erigimos en jueces de la vida del vecino, sin embargo con mayor celo queremos proteger nuestro ámbito de decisiones y obras.

Podemos hablar y juzgar a los demás, pero a mí que nadie me toque, que soy libre para hacer lo que me da la gana. Incluso entre muchos creyentes se da la paradoja de si bien aceptan y dicen seguir con afecto a Jesús, en quien creen de corazón, sin embargo, la manera de vivir esa fe en Cristo la realizan “a su manera”; soy creyente, pero no practicante, yo me confieso directamente con Dios, no necesito de intermediaros humanos...



Y aquí es donde debemos volver a escuchar la voz del Señor; “no creáis que he venido a abolir la ley y los profetas; no he venido a abolir, sino a dar plenitud”.

Las herramientas que el Señor ha puesto en nuestro camino son una ayuda, y como tales debemos acogerlas. Claro que lo importante es la fe y la fidelidad a Cristo, claro que por encima del pecado está la gracia, que como nos dice S. Pablo sobreabunda con creces allí donde pretende imponerse el mal. Pero este ejercicio de conversión y de vida bajo la acción del Espíritu, no se da de forma casual ni individualista, y mucho menos autojustificando comportamientos comodones y caprichosos.

La ley y las normas que Dios ha establecido, han de ser acogidas como medios pedagógicos para conducirnos de manera personal y comunitaria, hacia una convivencia en el amor y en la comunión fraterna. Nunca son una carga si son acogidas en la libertad y responsabilidad de los hijos.

Jamás los consejos de nuestros padres, sus correcciones y hasta a veces los castigos, que sabemos han partido con certeza de su amor por nosotros, nos han causado ningún trauma ni odio hacia ellos, al contrario, precisamente porque nos han amado con toda su alma, han asumido su grave responsabilidad de evitarnos males mayores, educándonos primero en la responsabilidad para que un día hiciéramos el uso adecuado de nuestra libertad.



La conciencia rectamente formada, debe contemplar con claridad las consecuencias de cada decisión que tomamos. No es igual una que otra. Toda acción humana conlleva unas consecuencias para uno mismo y para los demás, y si por nuestro comportamiento hemos causado algún daño, debemos repararlo, tanto con el hermano herido como con Dios.

Para eso existe el sacramento del perdón, en el que el mismo Jesús ha querido vincular la misericordia divina mediante la mediación humana “lo que ates en la tierra, quedará atado en el cielo”, dirá a Pedro y demás apóstoles.

La Iglesia no es una institución sin más. Es la familia de los hijos de Dios que animada por el Espíritu Santo, sigue las huellas de Jesucristo nuestro Salvador.

Dios no ha querido que el ser humano camine en la oscuridad y el sin sentido, abandonado a su suerte y condenado a las consecuencias de su comportamiento irresponsable. “Dios predestinó la sabiduría antes de los siglos para nuestra gloria” nos ha dicho S. Pablo. No estamos solos. Tenemos la asistencia permanente del Señor quien nos ha dado una conciencia por la cual entramos en diálogo con él, y que formada desde el contraste y el discernimiento con el resto de la familia cristiana, nos ayuda a encontrar el camino de vuelta al Padre, cuando por cualquier causa nos hemos separado de él y de los hermanos.

Los sacramentos son medios eficaces por los que recibimos la gracia de Dios. En ellos se nos entrega el mismo Jesucristo que nos redime con su amor y nos envía a prolongar su obra salvadora.

Ningún cristiano puede prescindir de ellos, porque sin el bálsamo del perdón sacramental que sana y regenera nuestra vida cuando el pecado la ha degradado, y sin la fuerza renovadora del alimento que nos da la Eucaristía, Pan de vida eterna y Cáliz de eterna salvación, nuestra existencia espiritual languidece y muere. Y quien piense lo contrario se engaña inútilmente.

Uno de nuestros mayores males como cristianos en un primer mundo autocomplaciente, es la desidia e indolencia religiosa. Como nada nos cuesta ni tenemos que sufrir por vivir libremente la fe, corremos el riesgo de devaluarla y acomodarla a las modas del ambiente. Así tampoco chirría en medio de una sociedad opulenta y hedonista.



Pidamos en esta celebración, que el Señor nos conceda la fortaleza de nuestra identidad cristiana, para vivir nuestra fe con gozo y coherencia, de manera que seamos auténticos testigos de su amor, en medio de nuestro mundo.

sábado, 4 de febrero de 2017



DOMINGO V TIEMPO ORDINARIO

5-2-17 (Ciclo A)



“Vosotros sois la sal de la tierra... vosotros sois la luz del mundo”.

Nada más concluir la proclamación de las bienaventuranzas, Jesús comienza a desgranar esta larga enseñanza en la que va a condensar el contenido de su proyecto de vida.

Y  lo hace con esta llamada a tomar conciencia de nuestra identidad en medio del mundo. Somos sal y luz en medio de un entorno que muchas veces ha perdido el rumbo, porque avanza en medio de sombras y tinieblas, y también carece de calidad y de sabor auténticamente humano.

Somos sal y luz para que, insertos en la masa del mundo, compartiendo sus anhelos y dificultades, podamos alumbrar con nuestra vida, y dar nuevo sabor con nuestra entrega, a quienes nos rodean y comparten el presente que nos toca vivir.



La imagen de la luz es en la Sagrada Escritura es imagen del mismo Dios. No olvidemos que ya en el libro del Génesis, lo primero que hace Dios es separar la luz de las tinieblas. El Sol es fuente vida, su luz hace que las cosas sean porque son percibidas y reconocidas, su calor genera el desarrollo de los seres vivos, y está claro que sin su existencia, la vida sería imposible.

En medio del caos de esa oscuridad, Dios hizo germinar su Creación, y en medio de ella estableció al ser humano, creado a su imagen y semejanza, para que con su existencia diera noticia cierta de su Creador.

El hombre caminando en medio de la luz conoce y acierta en alcanzar su destino, puede conducir su vida con verdad y reconocer a sus semejantes en la igualdad y el amor fraterno. La luz nos da certeza de lo que existe, asegura nuestros pasos, serena nuestras emociones y verifica las intenciones que pone al descubierto. En la claridad no hay lugar para el oscurantismo ni la mentira, porque precisamente todo lo pone al descubierto, y eso nos obliga a reconocernos en nuestra propia verdad.

Por el contrario es en la oscuridad donde se establece la inseguridad y el miedo, donde emerge la mentira y la amenaza porque en ella pretenden ocultarse los impulsos más bajos y egoístas que el pecado infringe en el corazón del hombre.

Por eso el antagonismo que Jesús establece entre luz y oscuridad, es el mismo que el que existe entre el bien y el mal, entre la gracia y el pecado.



Por otra parte, el segundo simbolismo que utiliza el Señor es el de la sal. La sal se nos ofrece en la misma naturaleza, no tenemos más que extraerla del agua del mar que la contiene o las salinas del interior. Esa sal, además de destacar el gusto propio de los alimentos, ayuda a su conservación y cuidado, de manera que se ha convertido en un elemento imprescindible en la vida del hombre.

Pero además la sal, bien utilizada, no se impone a lo que da sabor, ni se destaca en los alimentos que condimenta. Pasa aparentemente desapercibida, y sin embargo su presencia no se puede disimular.



Pues estos dos elementos que utiliza Jesús en su Palabra, son puestos como modelo de nuestras actitudes cristianas, para nosotros mismos y de cara a los demás.



Si Cristo es la luz del mundo, aquel de quien el anciano Simeón proclamó “Luz de las naciones y gloria de su pueblo Israel”, nosotros estamos llamados a vivir esta cualidad, tomando conciencia de la misión que se nos ha confiado.

La luz de la fe, si es vivida con auténtica coherencia, no puede ser ocultada, ni mitigada, porque entonces no ilumina ni nuestra vida, ni la de los demás.

Los cristianos no podemos tapar la vela que alumbra y calienta el corazón de los hombres, y si alguna llama es más tenue o débil, debe ser avivada por otras llamas más vivas, en vez de sofocada. La luz de los fuertes ha de animar y sostener la de los más enclenques.

Nuestro mundo necesita de personas que irradien la luz de Jesucristo, luz que viene animada por la cera de su Palabra, y la mecha del Espíritu Santo que anima cada corazón creyente. Una luz que ilumine la verdad de cada cosa, y ponga al descubierto la falsedad que, a su vez, quiere imponerse en medio del mundo.

La fe en Jesús nos ha de llevar a dar testimonio del Evangelio en medio de cada acontecimiento y circunstancia que nos toque vivir, sabiendo que las consecuencias pueden ser adversas para nosotros, como lo fueron para quien es el origen de toda luz, nuestro Señor. Pero si por miedo o desidia, si nos dejamos acomplejar por los ambientes  e ideologías dominantes, entonces estaremos poniendo la lámpara debajo del celemín.

Cuando la luz ilumina de verdad, emergen con fuerza las auténticas intenciones que sustentan la vida del hombre. En medio de la crisis económica, la luz pone al descubierto los fraudes, los egoísmos, las injusticias que tantas personas padecen. En medio del progreso del hombre, la luz pone al descubierto los ataques contra la vida humana, en su concepción y en la enfermedad, los abandonos de los débiles a su suerte, los malos tratos en el hogar, la violencia que padecen los más indefensos.

En medio de una sociedad hedonista y complaciente con sus propios vicios, los cuales airea con la intención de darles carta de naturalidad, la luz de Cristo nos habla de compromiso y fidelidad en el matrimonio, de respeto en las relaciones interpersonales, de educación y acompañamiento a las generaciones más jóvenes, de manera que no reproduzcan e incrementen los abusos y miserias de quienes, puestos en la palestra de los medios, se les quiere mostrar como modelos de identidad.



Es la luz de Dios la que debe guiar el camino del hombre, porque es en esa luz donde fue llamado a la vida para vivirla en la dignidad humana, y no en la mediocridad de una existencia condenada a la oscuridad del caos existente antes de la Creación.

La manera de vivir y desarrollar este don que hemos recibido es al modo de la sal. No debemos pretender los seguidores del Señor utilizar medios y caminos distintos de los suyos.

El Verbo eterno de Dios, por el misterio de la Encarnación, se hizo uno con nosotros en la persona de Jesús. Él nos fue mostrando con la sencillez de su vida, el camino de la fidelidad a la voluntad del Padre, viviendo y compartiendo su existencia como uno más, en medio de los suyos. Así ha de ser nuestra vocación cristiana. Ser uno con los hermanos, de manera que por nuestro testimonio personal de vida, y por el anuncio que explícitamente hagamos de Cristo, iluminemos las vidas de los demás, a fin de que experimenten también ellos, el gozo de sentir el amor inmenso de Dios.



Que hoy podamos sentir, por la fuerza del sacramento que estamos celebrando y que alimenta nuestra vida, ese deseo manifestado por el Señor al final del evangelio proclamado: “Brille así vuestra luz ante los hombres, para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en los cielos”.