sábado, 24 de junio de 2017

DOMINGO XII TIEMPO ORDINARIO



DOMINGO XII TIEMPO ORDINARIO

25-06-17 (Ciclo A)



Tres veces repite Jesús en el evangelio la misma frase, “no tengáis miedo”, y la primera de ellas nos muestra a qué no tenemos que temer, “a ellos”, a quienes unos versículos antes ha personificado en quienes nos persiguen, insultan, injurian…, haciéndonos saber, que el discípulo no es más que su maestro.

Efectivamente, en nuestros días podemos atravesar nuevas formas de persecución y de ridiculización de la fe, que hace de los creyentes, confesos o anónimos, el objeto de sus ataques o desprecios. Tal vez nos habíamos acostumbrado en nuestro entorno europeo tan cristianizado, a vivir una fe en plena libertad y sin demasiados sobresaltos. Y tal vez también esa ausencia de conflictividad religiosa, nos haya podido sumir en una actitud anodina ante la vida.

Una fe vivida en el mero ritualismo, sin una recia espiritualidad que conlleve implicaciones profundas en la vida personal y social, va adocenando la propia personalidad diluyendo la sal de la fe en el inmenso lago de la indiferencia religiosa.

Y esto que puede parecer insignificante, o incluso normal en los tiempos de la relatividad en que vivimos, donde todo vale en aras a una magnificada libertad individualista, tiene  consecuencias muy serias.

Primero para la persona creyente que va perdiendo la intensidad de su fe, de manera que le resulta casi innecesaria para vivir conforme a esos cánones hoy establecidos. Después para la misma comunidad eclesial que resulta irrelevante en medio de la sociedad, ya que no es capaz de mostrar ninguna nueva vía de esperanza, y por último para la misma sociedad que carece de referentes que promuevan una humanidad conforme a los valores del Reino de Dios, justa, fraterna y misericordiosa, asentada en la verdad y la justicia.

Y cuando surgen voces cristianas críticas con esta manera de vivir tanto dentro como fuera de la Iglesia, es entonces donde surge la violencia.

Mientras los cristianos estén callados o metidos en los muros de sus iglesias, o lo que sería peor, disimularan su fe mirando para otro lado, se les tolera. Pero en cuanto pretendan hacer oír su voz profética, en fidelidad al Evangelio de Jesucristo, con lo que conlleva de implicación en la vida pública, coherencia en la propia existencia, y denuncia de las injusticias que oprimen y esclavizan al ser humano, entonces se les persigue incluso a muerte.

Y es aquí, donde debemos escuchar con serenidad y esperanza la Palabra del Señor; “no tengáis miedo”.

No tengáis miedo a quien nada puede hacer para apartaros del amor de Dios y de su promesa de vida en plenitud. No tengáis miedo a quienes se sirven del terror para robarnos la libertad y la paz. No debemos dejarnos amedrentar por quienes pretenden atar nuestras manos o amordazarnos para silenciar la voz profética que requiere con urgencia nuestro mundo.

Porque si la voz se silencia, la palabra no puede escucharse. Si nos dejamos vencer por el miedo, quién llevará la esperanza y el consuelo a tantos hermanos necesitados de sentido y de justicia.

La rapidez con que los medios de comunicación nos acercan las malas noticias, y la permanente focalización de las mismas como si sólo existieran las sombras en el mundo, pueden provocar en nosotros el miedo irracional y exclavizante.

Y esto es dejarnos atrapar por la misma dinámica de la mentira, ya que no la hay mayor que aquella que se nutre de medias verdades.

Nuestro mundo sigue siendo el lugar donde Dios ha plantado su tienda, se ha encarnado con ternura, para compartir nuestra historia y transformarla con paciencia y misericordia. Dios no ha permitido la entrega de la vida de su Hijo amado, para dejarse vencer por el odio. Un odio que ya ha sido vencido precisamente por el amor infinito del Señor.

Y aunque las sombras de nuestro mundo muchas veces parezcan oscurecer el firmamento, la luz de Cristo brilla con mayor intensidad si encendemos en medio de esas tinieblas la humilde llama de la fe y la caridad.

No tengáis miedo! No merece la pena vivir en la permanente esclavitud del pánico. Y menos cuando muchas veces es fruto de la magnificación de los voceros, más que de la propia realidad de las cosas. Es verdad que a una religiosa la han agredido, y que una capilla ha sido pasto de las llamas. Pero cuantas religiosas y religiosos, sacerdotes y misioneros, seguimos realizando nuestra labor con confianza y entrega, superando dificultades y animando con ilusión la vida de nuestros hermanos.

Cuantas capillas, iglesias y lugares de oración, siguen siendo espacio de encuentro con el Señor, donde escuchamos su Palabra, nos nutrimos con la Eucaristía, y nos fortalecemos con sus sacramentos.

 Dejarnos vencer por el miedo, es permitir que se apropie de este mundo quien nada hace por él, quienes sólo se sirven de falsos discursos para mantener la mentira que les sustenta, quienes necesitan pervertir la verdad para vivir en su impostura.

Y la única voz capaz de denunciar y descubrir esa mentira, es la Palabra de la Verdad, y como nos dice el Señor, “la verdad os hará libres” (Jn 8, 32). Y cuando se experimenta con gozo la libertad, el miedo queda vencido para siempre. Por eso, “no les tengáis miedo”.

Los cristianos tenemos infinitas razones para vivir con alegría, tanto en los tiempos de bonanza como en las adversidades. Y es precisamente en medio de las dificultades, donde con mayor intensidad se experimenta el don de la fortaleza que proviene de la fe. El Espíritu Santo que actúa de forma permanente en nosotros, es el que nos llena con su gracia para afrontar esos momentos de debilidad. Porque una cosa es la tristeza y el dolor que podemos sentir en tantas circunstancias, y otra muy distinta dejarnos vencer por la desolación. Como nos dice S. Pablo, la fuerza de Dios, se realiza en la debilidad (Cfr. 2Cor 12,9).

Hoy se nos invita a recuperar la mirada positiva de la vida, en esta maravilla de mundo que el Señor ha puesto en nuestras manos. A tomar las riendas de nuestra historia para que sea regada con el fecundo rocío del amor de Dios, capaz de vencer para siempre cualquier atisbo de rencor o de mal.

Jesucristo es el Señor de la historia, y nada podrá impedir la instauración de su Reino de amor, de verdad, y de justica. Por eso podemos vivir con la plena confianza de que estamos en sus manos.

Que esta experiencia de fe nos ayude en todos los momentos de nuestra vida, porque sólo a él corresponde el juicio de la historia, ya que vive y reina por los siglos de los siglos. Amén.

sábado, 17 de junio de 2017

CORPUS CHRISTI



SOLEMNIDAD DEL CUERPO Y SANGRE DE CRISTO

CORPUS CHRISTI  18-06-2017



       Un año más celebramos la fiesta del Cuerpo y la Sangre de Jesucristo. Memorial de su Pasión, muerte y resurrección, y Sacramento de su amor universal. Precisamente por ese amor entregado para nuestra salvación, podemos unir en esta fiesta del Corpus el día de la Caridad. Al compartir el alimento que nos une íntimamente a Cristo nos hacemos partícipes de su  mandato “haced esto en memoria mía”, aceptando su envío en medio de los más pobres para compartir con ellos nuestra vida y nuestra fe.



       No podemos separar la eucaristía de la caridad. Los cristianos que nos reunimos para escuchar la palabra del Señor y compartir el pan de la vida que él nos da, hemos de prolongar esta fraternidad eucarística en el mundo nuestro, junto a los hermanos que carecen de afecto, de medios, de una vida digna y feliz.



       No todo el mundo vive dignamente, de hecho somos una minoría los que en el mundo actual podemos agradecer esta vida digna. La mayoría de la población mundial carece de los recursos necesarios para una subsistencia adecuada. Y en vez de acoger su precariedad para sentirnos solidarios con ellos, muchas veces nos fijamos en aquellos que se enriquecen con facilidad y rapidez poniéndolos como modelos a seguir, y hasta envidiándolos por su opulencia.

Una cosa es luchar legítimamente por alcanzar esa vida digna a la que todos tenemos derecho y otra muy distinta la ambición desmesurada que al final nos endurece el corazón hasta llevarnos al egoísmo y a la idolatría del dinero.

La entrega de Jesucristo en la cruz, nos abre la puerta de la redención. Y aquella entrega viene precedida de una vida sensible para con los necesitados, los enfermos, los pobres y los marginados.

A Jesucristo resucitado se llega por medio de una vida ungida por el Espíritu de Dios para anunciar la Buena Noticia a los pobres, la libertad a los oprimidos, la salud a los enfermos y la salvación para aquellos que acogen este don de Dios.



       Cristo nos dejó su testamento en el cual nos ha incluido a todos y no sólo a unos privilegiados. La vida en este mundo es injusta y desigual no porque Dios lo haya querido sino porque nosotros lo hemos causado. Dios no quiere que haya pobres y ricos, rechaza la injusticia que causa este mal, y nos llama a su seguimiento a través del camino de la auténtica fraternidad y solidaridad.



       Este testamento de Cristo lo actualizamos cada vez que nos acercamos a su altar. Su Cuerpo y su Sangre entregadas por nosotros, y compartidos con un sentimiento fraterno y solidario, nos unen a la persona de nuestro Señor Jesucristo y a su proyecto salvador. Por eso “cada vez que comemos de este pan y bebemos de este cáliz, anunciamos tu muerte y tu resurrección hasta que vuelvas”.

      

       La caridad no se hace, se vive. No hacemos caridad cuando damos dinero a un pobre, vivimos la caridad cuando nos preocupamos por su vida, buscamos cómo atenderla mejor, y nos esforzamos por acompañarle a salir de su situación para siempre.

       Vivir la caridad es prolongar la Eucaristía del Señor, su cuerpo y su sangre derramada por amor a todos, para la salvación de todos. Las palabras que día tras día escuchamos en la Consagración nos muestran que Jesús no economizó su entrega sino que fue universal y por siempre.

       Desde aquel momento en el que nacía la Iglesia, ésta siempre tuvo como acción primera y fundamental, unida al anuncio de Jesucristo, la vivencia de la caridad.  Atender a los pobres y necesitados estaba unido a la oración y a la fracción del pan de tal manera que no se podía permitir que en la comunidad de los cristianos alguien pasara necesidad.



       Vamos a pedir en esta Eucaristía que el Señor nos ayude a recuperar nuestra capacidad solidaria y fraterna para poder compartir con autenticidad el pan de la unidad y del amor.


viernes, 9 de junio de 2017

SANTÍSIMA TRINIDAD



SOLEMNIDAD DE LA SANTISIMA TRINIDAD

11-6-17 (Ciclo A)



       Celebramos hoy la fiesta en la que la comunidad cristiana vive de forma unitaria el ser de nuestro Dios. Un Dios que es Padre, Hijo y Espíritu Santo.

       Diferentes Persona, presencias y maneras de actuar en la historia del mismo Dios que se hace uno con nosotros, acompaña nuestra vida y nos llena de sentido, alegría y esperanza.

       Muchas veces hemos escuchado que la Santísima Trinidad es un misterio. Y es verdad porque todo lo que hace referencia a Dios desborda nuestra comprensión y entendimiento. Todas las personas somos un misterio y siempre hay algo en el otro que nos queda por descubrir. Hemos sido creados distintos, libres, capaces de recrear nuestra realidad y forjarnos nuestro ser y nuestro futuro.

       Esta experiencia, siempre novedosa y distante, es inabarcable si nos referimos a Dios. Nadie puede acapararlo en su mente o en su corazón. Dios siempre escapa a nuestra capacidad de comprensión o de explicación.

       Nuestro mayor acercamiento a la realidad divina  sólo ha sido posible a través de Jesús. El es el Hijo de Dios, y como tal nos ha mostrado quién es ese Dios a quién él se dirigía como su Padre. El Dios revelado a nuestros antepasados en la fe, Abrahán, Moisés, David... y anunciado por los profetas, es el mismo a quién Jesús llama Abba, Padre.

       Así lo reconocieron los mismos discípulos de Jesús cuando le pidieron que les enseñara a orar. “Cuando oréis hacedlo así, Padre nuestro del cielo...”.

       Parecía que estaba claro que Dios era padre y sólo eso.

       Pero a medida que transcurría la vida de Jesús, aquellos discípulos fueron viendo en él la misma presencia e imagen de Dios. Él era el Hijo amado a quien había que escuchar, seguir y anunciar a todos los pueblos.

       La muerte y resurrección de Jesús, es el momento trascendental para aquel grupo de hombres y mujeres creyentes. Jesús no sólo era el Hijo de Dios sino que era el Dios con nosotros anunciado por el profeta Isaías. Dios mismo se había encarnado para asumir nuestra condición humana y así llevarla a su plenitud. Y esta experiencia vital hace de los discípulos testigos de la Buena Noticia a la cual entregar su vida con gozo y esperanza.

       Pero cómo hemos podido nosotros, casi dos mil años después, llegar a comprender y acoger este don de Dios. Y aquí resuena la promesa del Señor que tras su resurrección anuncia dos acontecimientos, el primero en forma de regalo “recibid el Espíritu Santo”, y el segundo en el momento de su Ascensión en forma de promesa, “yo estaré con vosotros todos los días hasta el fin del mundo”. El Espíritu Santo es el Dios que permanece a nuestro lado para seguir animando nuestro peregrinar por este mundo.

       Es el Dios que nos orienta en la vida para dar testimonio de su palabra y de su gloria. El Espíritu Santo mantiene viva la llama de la esperanza frente a los momentos de temor, duda o angustia, y es el que nos une de forma vital al Padre Dios a través del Hijo Jesús.

       La llamada que cada uno recibimos no es la de elucubrar cómo es el misterio que encierra el ser de Dios en sí mismo, lo realmente importante para nuestras vidas, es descubrir cómo está actuando ese Dios que me ha hecho hijo e hija suyo, en mi vida, en mi entorno personal, familiar y social, y qué me pide en cada momento de mi existencia para entrar en plena comunión con él.

       La definición tradicional de la Santísima Trinidad como Tres Personas distintas y un solo Dios verdadero, podemos comprenderla mejor sintiendo que es el mismo Dios quien de manera distinta y a través de su ser paternal y fraterno entrega todo su amor en nuestra historia  para realizar en ella su obra salvadora.



       Nosotros hemos sido constituidos hijos de Dios, y como hijos, herederos de su reino. Pero también somos mensajeros de su Buena Noticia y es aquí donde la fuerza de su Espíritu nos sigue animando e impulsando en el presente.

       Nuestra vida de oración nos ha de unir más a Cristo y a la comunidad para que podamos desarrollar nuestra misión, tal y como él nos la encomendó, “id al mundo entero y anunciad el Evangelio”.

       Por eso es de vital importancia la dimensión contemplativa y orante de la Iglesia. No en vano unida a la fiesta Trinitaria, está la vida de tantos hombres y mujeres cuya vida está dedicada a la oración por la Iglesia y la humanidad entera.

       Los monjes y monjas contemplativos han descubierto que en la escucha de la Palabra de Dios, en la profundización de su enseñanza y en el diálogo personal e íntimo con él se pueden realizar plenamente como personas y a la vez ofrecer un generoso servicio al Pueblo de Dios.

       Sin su testimonio y entrega vocacional, todos los servicios y compromisos apostólicos quedarían desvirtuados. No hay entrega cristiana si no viene animada por la acción del Espíritu que nos manifiesta en todo momento cuáles son los cimientos de la fe. Y este pilar central del edificio cristiano no es otro que la vida de oración y de escucha del Señor. Sólo así podremos orientar bien nuestra acción comprometida a favor del reino de Dios, y bebiendo de la fuente que es Jesucristo, podremos ofrecer a los demás el agua viva que sacia la sed de sentido y de esperanza que tanto ansían.

       Hoy pedimos por todas las vocaciones cristianas, solicitando al Señor que siga llamando obreros  a su mies, que con generosidad y confianza se entreguen al servicio de los hermanos. Damos gracias a Dios por el don precioso de la vocación contemplativa, que acerca los ruegos y necesidades de los hombres hasta Dios,  a la vez que va sembrando con sencillez la semilla del Reino de Dios en medio de este mundo, haciendo germinar espacios de esperanza, amor y paz.

       Que en esta fiesta del Señor, sintamos con agradecimiento el don de nuestra fe, y por medio de la oración confiada nos sintamos animados y alentados para ser sus testigos en medio de los hermanos. La fiesta que el próximo domingo celebraremos, nos recuerda dónde está el alimento fundamental de esta vida interior. Que cada vez que participamos del Cuerpo y Sangre de Cristo, sintamos nuestras vidas más unidas a él, y sepamos entregarlas al servicio de su reino.

miércoles, 31 de mayo de 2017

PENTECOSTÉS


DOMINGO DE PENTECOSTES
4-06-17 (Ciclo A)

       Celebramos hoy la fiesta de Pentecostés, el día en el que por la acción del Espíritu Santo la Iglesia de Cristo toma conciencia de su misión, y se siente llamada a ser evangelizadora de todos los pueblos.
       Si en la fiesta de la Ascensión del Señor recibíamos el mandato misionero, “Id por todo el mundo y anunciad el evangelio....”, hoy recibimos la fuerza necesaria para poder desarrollar esta misión desde la fidelidad al amor de Dios y en comunión con toda la Iglesia.

       Pentecostés es la fiesta del Espíritu Santo, el Dios siempre a nuestro lado que sostiene, anima y alienta nuestra fe y nuestra esperanza para que sea germen de inmensa alegría en nuestros corazones y estímulo para seguir siempre al Señor en cada momento de la vida.
       Muchos son los dones que del Espíritu recibimos, sabiduría, entendimiento, consejo, fortaleza, ciencia, piedad, santo temor de Dios, todos ellos orientados a la construcción del Reino de Dios en la comunión eclesial. El Espíritu  Santo es quien anima y da valor en los momentos de debilidad, quien sostiene y alienta ante la adversidad, quien mantiene viva la llama de la esperanza cuando todo parece oscurecerse en nuestra vida, quien nos inunda con un sentimiento de gozo interno desde el que contemplar la vida con ilusión y confianza.
       El Espíritu Santo es quien garantiza que nuestra fe está unida a la vida de Jesús que se hace presente en medio de su Pueblo santo, y quien en cada momento de nuestro existir nos conduce con mano amorosa para vivir el gozo del encuentro personal con él, fomentando la experiencia de la auténtica fraternidad entre todos los hermanos.
       El Espíritu Santo nos une al Padre a través de su amor, y nos hace conscientes de que hemos sido transformados en herederos de su Reino a través de su Hijo Jesús.
       Fue el Espíritu quien acompañó a Jesús en todos los momentos de su vida. El mismo Espíritu que lo proclama el Hijo amado de Dios en su bautismo. Fue el Espíritu Santo quien ayuda a comprender a los discípulos que aquel a quien siguen por Galilea no es un hombre cualquiera, sino que es el Salvador, el Mesías.
       Será el Espíritu Santo quien mantenga en la agonía de Jesús la fuerza para entregar en las manos del Padre el último aliento de su vida. Y es que el Espíritu Santo no deja jamás de su mano a quienes han sido constituidos hijos de Dios.

       Pero esta experiencia personal, profunda y desbordante, la tenemos que vivir en la Iglesia y a través de ella construir nuestra comunidad. Ningún don de Dios es para fomentar el egoísmo personal. Todo don del Espíritu está orientado a construir la comunidad desde la fe, la esperanza y el amor.
       Así vemos, según nos cuenta el libro de los Hechos de los Apóstoles, cómo al recibir el don del Espíritu Santo, los Apóstoles salen a anunciar la Buena Noticia a todos los congregados en Jerusalén, y lo hacen de modo que todos les comprendan.

       Desde el momento de la Creación ha sido voluntad de Dios, que todos sus hijos se salven, para lo cual fue acompañando bajo su mano amorosa a la humanidad de todos los tiempos. Y cuando llegó el momento culminante, envió a su Hijo amado para que por medio de su palabra, su testimonio y la entrega de su vida, todos sintiéramos el amor de Dios y acogiéramos ese don en nuestras vidas.
La vuelta del Hijo de Dios a su Reino, no nos deja abandonados, sigue con nosotros por medio del Espíritu Santo sosteniendo y alentando nuestra esperanza de manera que en nuestro corazón crezca cada día la certeza de participar un día de su promesa de vida eterna.
       Este sentimiento será más fuerte en la medida en que afiancemos en nosotros la comunión eclesial, la unidad fraterna entre los hermanos. La comunión, el sentimiento afectivo de unidad y concordia, es la garantía de que nuestra fe es auténtica. Donde hay división y enfrentamiento, no está el Espíritu Santo; el individualismo y la discordia no están alentados por el Espíritu Santo. Las palabras del Señor “que todos sean uno, como tu, Padre, y yo somos uno”, han de resonar siempre en el corazón de la Iglesia como el único camino para abrirnos al don del Espíritu Santo.

       Hoy volvemos a acoger este don que ya en nuestro bautismo recibimos de una vez y para siempre. En el Espíritu Santo hemos sido hechos hijos de Dios, y aunque ese amor jamás nos será arrebatado, de nosotros depende en gran medida que cada día crezca y madure en lo más hondo de nuestra alma. Así nos llenará de dicha y alegría, nos identificará ante los demás como seguidores de Jesucristo, y nos sostendrá en cada momento de nuestra existencia.

       Acojamos, pues con gratitud, el regalo del Espíritu Santo, y pidámosle que su fuerza regeneradora nos ayude a trabajar cada día en favor del reinado de Dios, de manera que contribuyamos con nuestra fe, amor y esperanza, a la emergencia de una sociedad nueva, en la que la dignidad humana, la libertad del corazón y la luz de la verdad, nos ayuden a acogernos como hermanos y a sentir el gozo de sabernos hijos de Dios.

sábado, 27 de mayo de 2017

SOLEMNIDAD DE LA ASCENSIÓN DEL SEÑOR



SOLEMNIDAD DE LA ASCENSION DEL SEÑOR

28-8-17 (Ciclo A)



Nos vamos acercando al final del tiempo de pascua. En esta fiesta de la Ascensión del Señor, la comunidad cristiana recuerda el momento en el que Jesucristo resucitado termina su misión entre nosotros y tras enviar a sus discípulos a continuar la obra evangelizadora, regresa al Padre a vivir la plenitud de su gloria.

       La liturgia de este día, nos quiere introducir en la profundidad del sentido último de nuestra vida. Es el final de la historia de la humanidad vista con los ojos de Dios, con esos ojos de Padre que se hunden en el amor hacia los hijos para quienes quiere siempre lo mejor.

       Y a esta marcha definitiva de Jesús, acudimos con el corazón bien distinto a lo que supuso la separación por la muerte. El tiempo de pascua ha supuesto una transformación radical en la vida de los discípulos del Señor. Queda muy atrás aquella tarde del viernes santo donde el fracaso y la frustración anegaban el corazón de estos hombres y mujeres. Parece  como si esa visión amarga hubiera sido borrada por completo de su mirada, porque la presencia de Jesús resucitado es tan evidente para todos, que hasta la experiencia de la muerte se ha visto resituada.



Ciertamente el momento de la separación ha llegado, pero la despedida, con ser definitiva y aunque en esta vida ya no vuelvan a compartir una presencia física, saben que el Señor será fiel a su promesa y que siempre estará junto a ellos, hasta el final de los tiempos.



Jesús se va de su lado, pero esa despedida ya no será experimentada con la amargura de la muerte, sino con la esperanza gozosa del encuentro próximo en la plenitud de su Reino.



La fiesta de la Ascensión nos abre de par en par la puerta de la ilusión y la alegría. Porque Cristo sigue vivo y presente entre nosotros aunque su presencia sólo pueda ser percibida en lo profundo del corazón, por la acción del Espíritu Santo que se nos ha enviado. No en vano la fiesta de Pentecostés vendrá a completar esta vivencia en el alma creyente, y así poder contemplar la vida entera a la luz de la resurrección de Jesucristo.



Sin embargo también tenemos que retomar el curso de la vida de cada día. La presencia pascual del Señor entre los suyos no sólo revitalizó la llama de la fe y consolidó su esperanza, sobre todo sirvió para reforzar los lazos en el amor fraterno y comunitario. Jesús les va a acompañar en un proceso, que nosotros hemos simbolizado en estos cincuenta días, de maduración personal y fortalecimiento de su vocación misionera y evangelizadora. Cristo es el maestro de la comunidad eclesial naciente, a la luz de su vida plena será releída toda la historia de la salvación, para que el plan trazado por Dios desde antiguo y realizado en Jesucristo, siga prolongando su mano misericordiosa por medio de nuestra acción personal y comunitaria.

La vida pascual compartida junto al Señor, nos impulsa a nosotros a no quedarnos parados mirando al cielo, como si la partida de Cristo al Padre nos dejara desamparados.

Porque hemos sido privilegiados con esta experiencia pascual, porque hemos recibido en la fuerza vital del Espíritu Santo, tenemos la seria responsabilidad de compartir esta condición de salvados con todos los hombres y mujeres de nuestro tiempo, y a quienes tenemos también que acoger como nuestros hermanos.

El tesoro de la fe, no es para consumo egoísta del creyente, sino un don que, tanto más engrandece a quien lo vive, cuanto más lo entrega generosamente a los demás.

Si aquellos testigos privilegiados que fueron los primeros discípulos del Señor, se hubieran guardado el don recibido, jamás la fe hubiera llegado a nosotros, y la pasión, muerte y resurrección de Cristo se hubiese quedado en el olvido.



Jesucristo, en la plenitud de su poder en el cielo y en la tierra, nos envía a hacer discípulos suyos a todas las gentes por medio del bautismo. Un bautismo que ya no sólo es remisión del pecado y por ello ha de lavarse en el agua, sino que sobre todo nos introduce en el amor Trinitario del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Por el bautismo somos llamados a vivir el amor pleno de Dios, y su lugar de realización privilegiado en este mundo es la comunidad eclesial que nos acoge, en la cual maduramos a una vida adulta en la fe, y desde la que somos enviados al mundo fortalecidos por la acción de los sacramentos, en especial la Eucaristía.



Sentir esta vinculación fraterna entre nosotros, y abrirla cordial y generosamente a otros, en especial a los pobres y necesitados, es la mejor muestra de que Cristo sigue actuando de forma constante en el tiempo presente. Nuestro mundo no está hoy más alejado de la fe que en otros tiempos, ni las dificultades que podemos encontrar los creyentes son más duras que antaño. Las piedras han existido siempre en medio del camino, y muchas veces han sido lanzadas contra el pueblo de Dios. De ahí el inmenso elenco de mártires que ha sembrado la historia con la fecundidad de su sangre.

Pero tal vez en nuestro tiempo sí tengamos el peligro añadido de la comodidad de la vida del bienestar, lo cual embota el alma, adormece el ánimo y aturde las opciones fundamentales, dando como resultado una vida cristiana poco comprometida y a veces frivolizada.

Al celebrar hoy esta fiesta de la Ascensión del Señor concluyo con la oración que San Pablo en su carta a los Efesios nos ha regalado; “Que el Dios del Señor nuestro Jesucristo, el Padre de la gloria, os dé espíritu de sabiduría y revelación para conocerlo. Ilumine los ojos de vuestro corazón para que comprendáis cuál es la esperanza a la que os llama, cuál la riqueza de gloria que da en herencia a los santos y cuál la extraordinaria grandeza de su poder para nosotros, los que creemos”.

Que nuestra fe se asiente en un corazón agradecido para valorarla y muy generoso para transmitirla a los demás.


jueves, 18 de mayo de 2017

DOMINGO VI DE PASCUA - PASCUA DEL ENFERMO



DOMINGO VI DE PASCUA

21-05-17 (Ciclo A – PASCUA DEL ENFERMO)



En este domingo de pascua, en el que seguimos celebrando con gozo la resurrección del Señor, la comunidad cristiana vive una jornada de solidaridad y cercanía con los enfermos. Hoy celebramos que también en medio de la debilidad, del dolor y la enfermedad, es posible vivir la esperanza en Jesucristo resucitado, Salud de los enfermos.



Los signos más frecuentes que acompañan la predicación de los Apóstoles continuadores de la obra del mismo Jesús, son la oración por los enfermos y su poder sanador. La palabra de Dios conforta y serena de tal modo que incluso en medio del sufrimiento y de la enfermedad emerge con vigor la esperanza y el sosiego.

La cercanía apostólica al mundo de los enfermos, los ancianos y los que sufren, extiende la misericordia de Dios y vincula estrechamente a los hermanos en el amor. Amar a Cristo resucitado conlleva necesariamente seguir sus pasos, imitando su entrega desde el servicio a los más necesitados.



Nuestro mundo moderno intenta maquillar la vida quitando las capas que la afean. Como si de una hortaliza se tratara, y empujados por simples criterios estéticos o de conveniencia, aquellas hojas que la hacen menos bella son separadas del tronco y apartadas de la vista. Las limitaciones humanas y entre ellas la enfermedad, nos incomodan e interpelan y al mostrarnos la realidad auténtica y en ocasiones dura de una parte de nuestro ser, la rechazamos o la alejamos de nosotros creyendo que así solucionamos el problema, o por lo menos lo distanciamos.

De esta manera vemos cómo cada vez más junto a los grandes logros de la medicina que han mejorado nuestro nivel de salud y vida, siguen existiendo la soledad y el abandono de muchos ancianos y enfermos que sufren su situación al margen de la sociedad y en ocasiones lejos del calor y del afecto del hogar.

Las situaciones de precariedad nos interpelan a todos, y si nos es posible evitamos mirarlas de frente, como si de ese modo alejáramos de nuestro lado a la indeseable compañera que es la enfermedad.

La vida del ser humano, ha de ser contemplada más allá de sus posibilidades y fortalezas. Nuestra dignidad inalienable no está a merced de las capacidades físicas o psíquicas, de nuestra juventud o vejez, ya que esa dignidad nos viene de nuestra condición de hijos e hijas de Dios. El lema de este año “salud para ti, salud para tu casa”, nos invita a vivir la experiencia del dolor humano desde la verdadera fraternidad que brota del amor auténtico. Nuestra vida vale sólo por el hecho de existir, porque nuestra existencia nunca es fruto de la casualidad, sino que es debida a la voluntad divina, la cual nos creó por amor, a su imagen y semejanza.

Si esta afirmación que se asienta en los fundamentos esenciales de nuestra fe en Jesucristo, la interiorizáramos hasta lo más profundo de nuestro ser, cómo cambiaría nuestra mirada para acompañar la vida de nuestros hermanos enfermos, y lo que es más importante, cómo nos ayudaría a asumir la propia situación de enfermedad.



En este día del enfermo, debemos a alumbrar con la luz de la esperanza y del amor la vida de los que sufren, la de sus familias y la nuestra propia. Las palabras de Jesús “no os dejaré desamparados”, se hacen realidad cada vez que le sentimos cercano y amigo, sosteniéndonos en medio del dolor, y también cuando prolongamos la mano sanadora y fraterna del Señor bien desde el ejercicio de una vocación profesional o desde el voluntariado. Todos sabemos lo importante que es encontrar buenos profesionales que acompañen la realidad del enfermo con su saber y con su afecto, poniendo a su servicio los cuidados médicos que la persona necesite, y sobre todo mostrando su lado más humano y cercano que respeta la dignidad del enfermo y su entorno familiar.



Pero igualmente importante para nosotros los creyentes es poder vivir en la fe esta realidad, sintiendo la cercanía del mismo Jesucristo por medio del amor y la oración. Así se nos ha transmitido desde los comienzos mismos del cristianismo, cada vez que algún hermano en la fe caía enfermo o su ancianidad lo acercaba a la muerte, los fieles se reunían en la oración acompañándole a él y a su familia, colaborando en sus cuidados y llevando a la celebración eucarística la vida de los enfermos de la comunidad. Los presbíteros acudían al hogar del enfermo para confortarle en la fe y sostener su esperanza. El sacramento de la Unción además de vincular al enfermo a la misma Pasión del Señor, le prepara para vivir con plenitud el momento del encuentro con Cristo.

      

La vida es un don que siempre hay que agradecer, en los buenos momentos y en los de mayor debilidad, y cuando nuestra existencia se va aproximando a su final en esta tierra, al margen de nuestra juventud o ancianidad, nos debemos preparar para entregarnos con serenidad y confianza a la Pascua definitiva, al paso de esta vida a la resurrección.

Una preparación que aún siendo personal, no cabe duda de su gran riqueza en la vivencia comunitaria de la fe. La Pastoral de la Salud es la forma concreta por la que la comunidad cristiana desarrolla esta vinculación con los enfermos y sus familias.

En nuestras comunidades parroquiales, trabajan desde hace años personas especialmente vocacionadas para esta misión. Hombres y mujeres que forman un gran equipo humano y cristiano, cuya sensibilidad y espiritualidad les impulsa a dedicar parte de su tiempo al servicio de los ancianos y enfermos.

Su trabajo consiste en visitar a quienes lo desean acercándoles la realidad de la comunidad parroquial, acompañando sus vidas y las de sus familias, atendiendo sus necesidades y también llevándoles la comunión como expresión de su vinculación a la vida de la Iglesia a la que siguen vitalmente unidos.



Estas visitas se hacen tanto en los domicilios como en las residencias y hospitales. Por eso junto a la enorme importancia de las familias, también debemos reconocer la labor de los profesionales, enfermeras, cuidadores, médicos, personas que en ocasiones llegan a sustituir con su afecto y ternura el vacío que algunos sufren en sus vidas. De hecho la vocación médica, responsablemente asumida y servicialmente entregada, está llamada a colaborar en el desarrollo integral de la persona en su parte corporal sin descuidar la espiritual.



Pidamos en esta eucaristía por todos los enfermos, sus familias y aquellos que les dedican sus cuidados. Para que el Señor siga asistiéndoles con su amor y predilección a la vez que suscite en medio de nuestras comunidades cristianas personas que se sientan especialmente llamadas para esta labor.

viernes, 5 de mayo de 2017

DOMINGO IV DE PASCUA



DOMINGO IV DE PASCUA

7-05-17 (Ciclo A – Jornada por las vocaciones)



En este domingo de pascua, en el que seguimos celebrando la alegría de la fe en Cristo resucitado, la Iglesia nos invita a orar de forma especial por las vocaciones. Estas son un don de Dios para quienes son llamados por él a la misión evangelizadora, y un regalo generoso para las comunidades cristianas a las que son enviados.



En el tiempo pascual no sólo se nos cuenta la experiencia gozosa que vivieron aquellos discípulos ante la resurrección del Señor. También recordamos el nacimiento de la Iglesia como fiel continuadora de la obra de Jesús, que él mismo nos encomendó.

En la resurrección de Cristo, los creyentes recibimos la fuerza alentadora del Espíritu Santo, y ahora nos toca a nosotros proseguir el camino trazado por el Señor viviendo conforme a su enseñanza. Así van surgiendo las primeras adhesiones al grupo de los creyentes. Aquellos que escuchan a Pedro narrar su vivencia, se sienten alentados a seguir sus mismos pasos y abrazan con entusiasmo la fe en Jesucristo. Todos son llamados a la fe. Todos son convocados a participar de la misma comunidad creyente, viviendo en una misma esperanza y construyendo el Reino de Dios. Y para esta tarea hacen falta muchos brazos.



Dios nos llama a cada uno de forma personal, pero sirviéndose de mediaciones. Todos los creyentes hemos nacido a la fe por medio de la palabra y del testimonio de otros creyentes que nos han precedido. Nuestros padres, los catequistas y educadores que tuvimos, la misma comunidad cristiana en la que cada domingo celebramos la eucaristía, todos ellos son piedras vivas que sostienen y alimentan el edificio de nuestra personalidad creyente y gracias a ellos hoy podemos mantener de forma adulta nuestra fe.

Ninguno de nosotros podría sostener su fe y su esperanza si no contáramos a nuestro lado con otros hermanos que nos conforten en la debilidad, fortalezcan en la adversidad y nos ayuden en medio de las dificultades de la vida.



Pues hoy la Iglesia nos hace partícipes de una necesidad cada vez más interpelante. Hacen falta una clase muy específica de obreros en la mies del Señor. Si todos los brazos y carismas son igualmente importantes para la vida de la Iglesia, en nuestros días hay unas vocaciones que se necesitan suscitar con extraordinaria urgencia; la llamada a la vida religiosa y a la sacerdotal.



La vocación religiosa es en nuestros días un estímulo de renovada humanidad. En medio de un mundo donde cada uno se preocupa de lo suyo, en el que crece el individualismo y donde muchos ponen su esperanza en el materialismo, se pueden contemplar también espacios fraternos donde la vida comunitaria, la generosidad y la disponibilidad se abren camino y se entregan al servicio de los demás.

En medio de la sequedad y del desierto, brotan oasis de vida que no piensan en sí mismos sino en los más necesitados. Que no se preocupan de su bienestar sino del bien de los más pobres, y que por encima de sus vidas ponen las de aquellos a los que sirven con dedicación, porque en ellos aflora con frescura y generosidad, el manantial inagotable del amor de Dios.

No tenemos más que echar la mirada a los países más pobres donde tantos religiosos y religiosas han regado con su sangre la semilla de su entrega generosa. También entre nosotros hay múltiples comunidades que encuentran su sentido en el servicio a Dios y a los demás, desde la gran riqueza de sus carismas. Son una muestra de la mano abierta de Dios que sigue entregando su amor al ser humano sin pedir nada a cambio, sin reproches ni condiciones, simplemente por amor.



Y junto a las vocaciones religiosas también está la vocación sacerdotal. Si es verdad que en una época era un estado de vida respetado socialmente y que muchas familias se alegraban de tener un hijo sacerdote, hoy es una posibilidad poco contemplada e incluso rechazada, hasta por las familias cristianas.



Hoy nuestras comunidades cristianas necesitan de sacerdotes, que a ejemplo del Buen Pastor, acompañen la fe y la vida de los creyentes de manera que todos formemos una auténtica fraternidad, unida en la comunión, y viviendo en fidelidad al evangelio del Señor.

Jesús nos previene contra quienes pretenden entrar  en el aprisco de las ovejas por una puerta distinta de él. Aquellos que en vez de buscar el bien de los demás se preocupan del suyo propio, quienes en vez de anunciar la Palabra de Dios, pretenden imponer sus ideas, poniendo en peligro la unidad de la familia eclesial.

El sacerdote tiene como misión fundamental ser garante de la comunión en su comunidad concreta, desde la estrecha colaboración con su Obispo de quien ha recibido la ordenación sacramental. Y este servicio es en nuestros días de vital importancia en la Iglesia, donde tantas veces asistimos a expresiones confusas que en nada ayudan a la unidad deseada por el Señor.



En un tiempo de conflictos, donde incluso en la Iglesia es fácil caer en la controversia y la división, necesitamos de personas que nos ayuden a vivir conforme al evangelio de Jesucristo y sean un referente de unidad comunitaria. La única manera de conservar viva esta llama es mantenernos unidos en la fe, la esperanza y la caridad, y si perdemos a las personas que pueden ayudarnos a ello, corremos un serio peligro de arbitrariedad y de egoísmo.

       En esta eucaristía vamos a pedir que el Señor siga llamando al corazón de los jóvenes para que desde esa generosidad que ellos tienen se abran a su voz.

Que nosotros, padres, madres, catequistas y comunidad cristiana entera seamos tierra buena en la que la semilla de su fe y de su entrega se desarrolle adecuadamente. De su respuesta generosa y de nuestra aportación responsable depende nuestro futuro creyente y humano. Que lo que Dios haya sembrado en su corazón, cuente con nuestra ayuda y cuidado para que llegue a buen fin.


jueves, 30 de marzo de 2017

DOMINGO V DE CUARESMA



DOMINGO V DE CUARESMA

2-04-17 (Ciclo A)



Llegamos al final de nuestro recorrido cuaresmal, con este evangelio que nos presenta S. Juan y que nos sirve de pórtico para la semana de pasión.

Estos cinco domingos nos han conducido desde la llamada a la conversión, hasta la revelación de Jesús convertida en promesa: “Yo soy la resurrección y la vida, el que cree en mí, aunque haya muerto vivirá”.

Cinco domingos en los que el Señor nos ha adelantado la experiencia del Reino en su transfiguración, ha calmado la sed de agua viva de la Samaritana y devuelto la vista al ciego de nacimiento.

 Todo un proceso de fe que culmina con este relato evangélico en el que la muerte, como realidad sufriente y amarga que trunca proyectos e ilusiones, se detiene ante la palabra de Jesús, “Lázaro, sal afuera”.



La muerte del amigo y el dolor de su familia, conmueven a Jesús. Esta experiencia toca profundamente su corazón porque ya no se trata del dolor de alguien alejado o desconocido. Lázaro es uno de sus íntimos, aquel que tantas veces le ha proporcionado momentos de paz y serenidad. Su hogar se le ofrecía al Señor como el propio y ahora está vacío y lleno de aflicción. Marta le ha mandado mensajes sobre la gravedad de su hermano y Jesús se ha retrasado, de ahí su reproche a la vez que su confianza, “si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto, aún así sé que todo lo que le pidas a Dios, él te lo concederá”.



En las palabras de Marta, se encuentran las soledades de tantas personas que mueren sin el cariño y la cercanía de los suyos. Tantos momentos de espera para reconciliarse y que llegan demasiado tarde.

La muerte, realidad dramática de por sí, muchas veces agudiza sus punzadas por la forma del morir. No es lo mismo llegar al final de la vida con paz y serenidad, tras una existencia suficientemente larga, que la vivida en años más tempranos por un accidente inesperado, por una enfermedad incurable, o la provocada por la violencia, la injusticia o el terror.

 Aunque toda muerte es una tragedia para los seres queridos que han de separarse para siempre, la manera de morir también debe de ser plenamente humana y humanizada.

Sabemos que la muerte vendrá para todos, y la aceptación cristiana de la misma nos ayuda a preparar el encuentro con el Señor, pero la muerte provocada por el hombre nunca puede ser aceptada ni asumida con resignación ya que va en contra de la naturaleza humana y de la voluntad divina.

Dios nos ha creado para que nuestra vida tenga un sentido y en ella podamos encontrarnos con el Creador a través del justo y digno desarrollo de la misma. Por eso debemos rebelarnos contra lo que atenta a su normal devenir y luchar responsablemente por la paz y el respeto a la dignidad de todos, estando de forma permanente al lado de los más débiles e indefensos.

Pero el evangelio de hoy, lejos de ser una narración mortuoria y descorazonadora, es una explosión de gozo y esperanza ante la vida que Jesús nos ofrece. La muerte de un ser querido, aunque siempre produzca dolor, necesite de la compañía y el afecto de los nuestros, además de la cercanía y el respeto de todos, sólo puede ser superada desde la esperanza en Cristo resucitado.

Las palabras y los gestos ayudan, pero es la fe firme en la promesa de vida que Jesús nos ofrece, la única que puede sanar el corazón roto por el dolor, de manera que vuelva a recuperar el ritmo de la vida agradecida a Dios por el don del amor compartido junto a nuestros seres queridos.



La muerte no tiene la última palabra sobre la Creación, y el Dios Creador nos ha llamado a la vida en plenitud por medio de su Hijo Jesucristo. “Yo soy la resurrección y la vida: el que muere y cree en mí, aunque haya muerto vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre. ¿Crees esto?”, ¿Creemos esto nosotros?

Este es el fundamento de nuestra fe cristiana. Los cristianos no sólo admiramos a Jesús, el hombre que pasó haciendo el bien por nuestra historia. Para esto ni tan siquiera hace falta ser cristiano, hay muchas personas que valoran la bondad humana sin más. Nuestra razón de ser cristianos es que creemos en Jesucristo resucitado que ha vencido a la muerte y nos ha abierto el camino de la vida para todos sin distinción.



Desde esta certeza que es más fuerte que las dudas y sinsabores de la vida, brota la confesión de Marta. Su fe en Jesús supera la densidad de su dolor, de modo que la confianza en Dios le ayuda a vencer la amargura del momento, y así confiesa que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo.



       Este evangelio de hoy se hace realidad cada vez que un creyente entrega en las manos del Señor a un ser querido. Es un evangelio convertido en profecía, porque a pesar de que muchas veces nos embargue la desolación y el desconsuelo, a pesar de que nuestra fe sea débil y nos cueste comprender el designio de Dios, por encima de todo ponemos nuestra confianza en el Señor.

El revivir temporal de Lázaro no fue más que un signo de la vida a la que estamos llamados. Devolvió la alegría a sus hermanas y además les mostraba el umbral necesario que todos debemos cruzar, la muerte física. Pero lo más importante es que en ella, se estaba prefigurando la resurrección gloriosa de Cristo, donde la muerte es vencida para siempre, y la vida en Dios se prolongará por toda la eternidad.

La muerte no debemos vivirla desde la rebelión contra Dios, tampoco con una resignación infecunda, hemos de asumirla como la entrega de la propia existencia por amor a Dios y a los hermanos. Si vivimos, vivimos para el Señor, si morimos, morimos para el Señor, en la vida y en la muerte, somos del Señor”, nos dice S. Pablo.

No hemos sido creados para terminar en la nada. Hemos sido creados a imagen y semejanza de Dios, quien en su Hijo Jesucristo, nos ha hecho hijos suyos, y por lo tanto herederos de su Reino.

Vivamos pues con esta firme convicción, “porque la vida de los que en ti creemos, Señor, no termina, se transforma”,  y de este modo podremos trasmitir a los demás la esperanza que no defrauda porque está asentada en la roca firme de Aquel que nos ha amado desde siempre.

Preparémonos en estos días que nos faltan para vivir con gozo la fiesta central de nuestra fe.


viernes, 24 de marzo de 2017

DOMINGO IV DE CUARESMA



DOMINGO IV DE CUARESMA

26-03-17 (Ciclo A)



Si el domingo pasado contemplábamos a Jesús como el agua viva, hoy se nos revela como la luz del mundo. En el evangelio que hemos escuchado se nos muestra algo más que la recuperación de la vista por parte de un ciego de nacimiento. La luz de Cristo devuelve la esperanza, la dignidad y la alegría. De hecho en este cuarto domingo de cuaresma, hacemos un paréntesis en la sobriedad propia del tiempo litúrgico, para dejar que se introduzca la luz de la alegría de la resurrección prometida. Hoy es el domingo de “Laetare”, de la alegría, por nuestro futuro en plenitud.

Y como tantas veces hemos escuchado en la Escritura, la vida de Jesús conlleva numerosos contrastes. Para aquel ciego será el Salvador, el Mesías prometido, para los fariseos será un trasgresor de la ley, ya que por encima de una curación sorprendente, que devuelva la vista o la vida a un ser humano, para ellos ha de  imponerse el cumplimiento estricto de la ley de Moisés, y de modo especial la observancia del sábado.

La luz de Dios pone al descubierto las actitudes más ocultas y también las obras más auténticas. Para quienes se dejan interpelar por los hechos, ven que un hombre impedido y marginado por su ceguera, ha recuperado su dignidad y la liberación de la enorme carga que de ella se derivaba. Ya no tiene que mendigar ni que depender de la caridad y misericordia de los demás. Para él se ha hecho la luz en su vida y desde ahora puede caminar sin tropezar en las piedras del camino, superando también los obstáculos que le impedían vivir con esperanza.

Este hecho extraordinario lo ha realizado otro hombre que nada ha exigido a cambio, cuyas palabras y obras lo preceden, ya que para muchos está suponiendo un aliento de ilusión en medio de sus vidas marcadas por el dolor, el abandono o el desprecio.

Está claro que Jesús tiene un don especial que a todos desconcierta y que a nadie deja indiferente.

Pero lo que más extraña de su actuar es que no busca beneficio personal, ni se pone al servicio de los poderosos que le pueden devolver el favor o promocionar su mensaje, su obrar va unido al anuncio del Reino de Dios, que expresa el deseo del Padre eterno de que todos sus hijos se salven.

 

La luz de Cristo busca iluminar nuestras vidas y darlas calor con su amor incondicional. Una experiencia que es regeneradora de los corazones desgarrados y que llena de alegría a todos los que se dejan sanar por su misericordia.



El encuentro de Jesús con el ciego se da desde la compasión que le produce esa situación. Sus discípulos le preguntarán quién pecó él o sus padres. Porque según su mentalidad, arraigada en la tradición judía, cuando uno padecía una enfermedad de nacimiento tan grave, era por un pecado suyo o de sus antepasados.

Sin embargo a Jesús no le preocupan tanto las razones morales, ya que el pecado del ciego o de sus padres también está llamado a ser redimido por la conversión de sus vidas, lo que en este momento le mueve es sólo la realidad de esclavitud y dependencia que aquel ser humano había padecido desde siempre, por causa de una ceguera de la que nadie tenía por qué ser culpable, y mucho menos ser fruto de un castigo divino.

Jesús desea que vuelva a brillar para aquel hombre la verdadera luz de Dios, restaurar la verdad divina que no es causante de ninguna desgracia ni vengadora del mal humano, y en su nombre le devuelve la vista y con ella la esperanza de iniciar una vida nueva.

Jesús es la luz del mundo. Y la primera claridad que busca instaurar es la de una imagen de Dios sana y auténtica. La historia humana ha manchado demasiado la imagen de Dios utilizando su nombre de forma arbitraria y alejándolo de los más necesitados como si estuvieran desamparados de su mano y de su amor. Nadie puede apropiarse del nombre de Dios, y esa es la primera lección que Jesús da a los fariseos y sacerdotes de su tiempo, lo cual le llevará a la persecución y a la muerte en la cruz.

Hoy somos nosotros quienes revivimos este pasaje del evangelio en nuestro recorrido cuaresmal. Y por ello nos convertimos en destinatarios de su enseñanza, que por una parte nos llama a acercarnos a los hermanos con compasión y misericordia, a la vez que nos exige vivir la fe desde su verdad más profunda y auténtica.

Una fe que ha de ser confesada por una vida coherente y misericordiosa. Una fe que se manifieste ante los demás con el testimonio personal, entregado, solidario y fraterno, buscando siempre hacer el bien al necesitado antes que preocuparnos por su forma de vivir y pensar.

La comunidad cristiana recibió del Señor un claro mandato de ser misionera; de anunciar al mundo la Buena Noticia del Reino de Dios desde el anuncio explícito de Jesucristo, la denuncia de las injusticias y el testimonio personal. Todo ello ha de verse reflejado cada vez que nos reunimos para celebrar la Eucaristía, ya que ésta es la mesa de la auténtica fraternidad, en la que presididos por el mismo Jesucristo, nos sentimos enviados con la fuerza de su Espíritu Santo a sembrar en el mundo su semilla de amor y de paz.

Junto a este mandato del Señor, también debemos escuchar otra exigencia evangélica que a todos nos iguala y a nadie lo eleva sobre los demás; “no juzguéis y no seréis juzgados, no condenéis y no seréis condenados, perdonad y seréis perdonados, la medida que uséis con los demás la usarán con vosotros”.



       Hoy es un buen día para que todos nos acerquemos a Cristo con nuestras cegueras personales y sociales, a fin de que él nos vaya sanando. Recordando el final del evangelio no hay peor ciego que aquel que no quiere ver. Que el Señor nos ayude para que iluminados por la luz del amor, veamos siempre con limpieza de corazón a los demás y así vivamos conforme a su voluntad, porque serán los limpios de corazón, los que verán el rostro de Dios.