sábado, 10 de septiembre de 2011

HOMILÍA DOMINICAL



DOMINGO XXIV TIEMPO ORDINARIO
11-9-11 (Ciclo A)

Si el domingo pasado Jesús nos enseñaba a corregir al hermano, desde esa actitud tan auténtica de la corrección fraterna, hoy el Señor realiza una llamada a la generosidad en el perdón. Un perdón que proviene de su amor y misericordia, y del que todos estamos necesitados por igual. De tal modo que si nuestro ánimo se deja llevar por la mezquindad, a la hora de acoger al hermano, ponemos en serio riesgo nuestra capacidad para acercarnos de forma auténtica al perdón de Dios.
En la pasad JMJ celebrada en Madrid, llamó especialmente la atención de los MM.C. el hecho de que en el parque del Retiro, se hubieran instalado más de 200 confesionarios. Y nada dijeron de las decenas de miles de jóvenes que hicieron buen uso de los mismos.
Y es que nos gusta quedarnos en la superficie de las cosas, costándonos profundizar de forma auténtica en las mismas.
La Palabra de Dios de hoy nos invita precisamente a tomar conciencia de nuestra común condición de pecadores, de manera que al asumir nuestra limitación y miseria, nos hagamos sensibles a las debilidades de los demás, y sobre todo, asumamos el serio compromiso de transformar nuestras vidas, en el camino de la conversión y del encuentro gozoso con Jesucristo que nos perdona setenta veces siete, es decir siempre que de corazón y verdad, acudamos a él.
Pero la triste realidad de nuestros días, y podemos volver al relato de las anécdotas, es que evitamos enfrentarnos de forma madura a nuestra propia verdad, justificando nuestros comportamientos y dulcificando las actitudes que en ellos se manifiestan para no asumir la responsabilidad que de los mismos se puedan derivar.
Y lo primero que hacemos en este sentido es devaluar la realidad del pecado. De hecho es una palabra que sólo se utiliza para ridiculizar las prácticas religiosas, creyendo que de este modo superamos sus efectos reales y alejamos de nosotros sus consecuencias.
Al rechazar y diluir en la vanalidad, los comportamientos contrarios a una recta moral, formada de forma adulta en los valores del evangelio, o de la misma ética social, el hombre de hoy se erige en paradigma de su comportamiento, rechazando cualquier intervención distinta de su antojo a la hora de valorar y decidir sus actos.
Y cuando esto ocurre, la decadencia personal y el desastre colectivo se abren paso de manera inexorable.
Es doctrina fundamental de nuestra fe, que Cristo murió por nuestros pecados, y que en la Cruz, Jesús redimió a la humanidad entera. Por lo tanto cuando un cristiano se permite el lujo de decir que él no tiene pecado, simplemente está rechazando la obra redentora de Cristo, y alejándose de su efecto salvador.

Todos, en virtud de nuestra común condición humana, estamos sometidos a las consecuencias del mal en nuestra vida, y ese mal tiene resultados para nosotros, bien como causantes del mismo o como víctimas de su efecto. Y hace falta una gran calidad humana, manifestada en la humildad del corazón, para aceptar con sencillez nuestra responsabilidad y acudir al Señor para acoger su misericordia y perdón.
El evangelio que acabamos de escuchar nos da una gran lección de lo que significa la misericordia divina, y del camino que nos conduce a ella, así como de las consecuencias letales que para el hombre tiene su rechazo y orgullosa obstinación.

Todos queremos que se nos mire con misericordia y bondad. Y por grandes que sean nuestras miserias, siempre buscamos la compasión y comprensión. Sin embargo cuanto nos cuesta ejercitar esas mismas actitudes con los demás. Jesús, buen conocedor del corazón humano, acoge la pregunta de Pedro para dar una lección de lo que significa el perdón, y nos ofrece el único camino que conduce hacia él.
En primer lugar, vemos como un gran deudor, o en términos morales, un gran pecador, se presenta ante su Señor a rendirle cuentas.
Y cuando es requerido ante el tribunal, y siendo consciente de la enorme pena que le será impuesta por su gran pecado, se humilla ante el Señor pidiendo clemencia. Y Dios, representado en aquel rey, se compadece de él perdonándole todo, devolviéndole su libertad.
Pero ésta persona lejos de haber vivido con auténtica conversión este regalo divino, manifiesta su desprecio del mismo cuando teniendo ante sí a un hermano que le adeuda una miseria, lo trata con implacable dureza y sin compasión.

El episodio narrado causa tanto desasosiego entre quienes lo contemplan que acuden al Señor a narrarle lo sucedido. Y el resultado es concluyente, así como has actuado tú con tu hermano, serás justificado o condenado.

No podemos presentarnos ante el Señor pidiendo su misericordia con auténtica actitud de conversión, si no somos capaces de vivir la compasión con nuestros hermanos. De hecho cuando ponemos en nuestros labios la oración que Jesús nos enseñó, y pedimos al Señor que perdone nuestras ofensas, seguidamente decimos “así como nosotros perdonamos a los que nos ofenden”, y si es verdad que el perdón de Dios no puede ser condicionado por la acción del hombre, difícilmente podremos aceptar el perdón divino, si no somos capaces de acoger y ofrecer el perdón humano.

El sacramento de la reconciliación, donde nosotros acudimos con sencillez ante el Señor, presente en la persona del sacerdote, es cauce eficaz de la misericordia divina. No importa la gravedad o la levedad de nuestro pecado, lo importante es la actitud de autenticidad que en nuestra alma se vive, para presentarnos ante Dios con la verdad de nuestra vida.
Y tengamos presente una cosa, la mayor frecuencia en la recepción de esta gracia, nos ayuda a mejorar eficazmente nuestra vida, porque el don de Dios realiza su acción sanadora cuando dejamos que sea él quien nos orienta y estimula, ayudándonos a levantarnos después de la caída.

La práctica de la confesión ha descendido en nuestros días, especialmente en nuestras sociedades tan secularizadas. Y mirad, el hecho de no confesarnos no nos ha hecho mejores personas, ni ha mejorado las relaciones entre nosotros, más bien al contrario. Cuando impido que mi vida sea contemplada con otros ojos distintos de los míos, y cierro mis oídos a los consejos que desde el evangelio el ministro de la Iglesia me ofrece, para mi mejor provecho y conversión, al final voy expulsando a Dios de mi vida, para situarme yo en su lugar, constituyéndome en principio y fin de mis acciones y deseos.

Pidamos en esta Eucaristía la gracia de acoger la verdadera conversión que el Señor nos ofrece. Que nunca desconfiemos de Él que se acerca para restañar nuestras heridas con el bálsamo de su misericordia, y que sepamos encontrar en este sacramento de sanación la fuerza necesaria para aceptar la verdad de nuestra vida, presentarla con confianza ante el Señor, acoger su misericordia salvadora, y así comprender y perdonar a nuestros hermanos, como deseamos que Dios nos acoja y perdone a nosotros.

viernes, 5 de agosto de 2011

Esta Iglesia, sí es la mía; ¡Y a mucha honra!



Ante la próxima visita del papa a España dentro de la Jornada Mundial de la Juventud, están saliendo últimamente numerosas voces que ponen en tela de juicio, cuando no critican con acritud, este evento. Algunos lo hacen con eslóganes sonoros, “ni Papa ni Califa”, caso de los indignados, otros desmarcándose de la Iglesia “esta Iglesia no es la mía”… otros desde preguntas sobre los costes de la visita,… Así podemos encontrar todas las que los medios de comunicación quieran facilitar. Eso sí, silenciando las innumerables muestras de apoyo, alegría, esperanza, acogida y espíritu de sana fiesta, que esta Jornada suscita entre millones de personas, creyentes y también ciudadanas de pleno derecho, en este país.
Cuando nos visita una estrella de la música, del estilo que sea, y que sólo congrega unos pocos miles de fans, además de ser subvencionados por las arcas públicas, a nadie de otro estilo contrario se le ocurre salir a las calles a manifestarse en contra de ese concierto. Cuando en fiestas populares, como las Fallas en Valencia, se queman millones de euros en una noche, nadie se indigna contra ellas, y así podríamos repasar la geografía española y sus actos sociales, culturales y festivos para no acabar nunca.

La JMJ no ha costado un euro al erario público, y así se ha expuesto de forma clara por parte de los organizadores; son los jóvenes quienes en un 70% se costean este encuentro, y el 30% restante corre a cargo de patrocinadores particulares. Eso sí la ciudad de Madrid se va a beneficiar económicamente de este acontecimiento por la enorme cantidad de personas que congrega, y eso está muy bien.
Pero de todas las críticas que se escuchan, las que más sorprenden son las de aquellos que se autodenominan cristianos críticos. Pero son críticos con la jerarquía que tanta alergia les causa, no así con sus líderes políticos que mal gestionan la economía o desprotegen la vida humana más débil. Y lo curioso es que a quienes critican, son en nuestros días portadores de una palabra realmente novedosa, porque defienden a los más inocentes y necesitados, denuncian las injusticias y opresiones, acogen a los marginados y siempre ofrecen gestos de reconciliación, de amor y de paz.
O qué creen que van a escuchar de labios del Papa, ¿una arenga en favor de la muerte de quienes no son bien recibidos, por inesperados o indeseados?, ¿el abandono a su suerte de las personas desahuciadas por la ciencia médica?, ¿el cierre del bolsillo para con los parados y pobres?, ¿la bendición de un sistema económico agresivo e insolidario?, ¿la llamada a la violencia contra quienes no piensan como él? Pero si de esta clase hay decenas de líderes en el mundo que son jaleados por sus adeptos ante la pasividad de todos. Si fuera a decir algo de esto, ¡vaya novedad!. Pero no, todas las reivindicaciones sociales que algunos airean como novedosas y urgentes, hace años que han sido claramente exigidas por la doctrina social de la Iglesia. Se confunden de enemigo quienes apuntan al Papa y a la JMJ como si fueran la causa de todos los males.
Yo invitaría a tantos críticos con este encuentro fraterno y festivo, que lo vivieran para después opinar, que se acercaran a él sin los prejuicios de sus ideologías trasnochadas, y seguro que se sorprenderían de la exigencia personal que supone abrir el corazón a Jesucristo y reconocerle como el único Señor de nuestras vidas.
Este es el mensaje que lleva anunciando la Iglesia desde el día mismo de su fundación, siendo portadora de esperanza y de consuelo en medio de las dificultades cotidianas, comprometida con los más pobres y sufridos, perseguida y martirizada por su fidelidad y entrega. Y esta sí es mi Iglesia, la de mis padres y hermanos, y en la que me siento dichoso de pertenecer a ella, a la vez que agradecido por quienes la pastorean en la caridad y el servicio.

sábado, 23 de julio de 2011

HOMILÍA DOMINICAL



DOMINGO XVII TIEMPO ORDINARIO
24-07-11 (Ciclo A)




Con el evangelio que acabamos de escuchar, culminamos estos tres domingos donde a través de parábolas, Jesús nos habla del Reino de Dios.
Un Reino donde el sembrador siembra su semilla de amor, justicia y paz, un Reino donde muchas veces, y como fruto del egoísmo humano también crece la cizaña de la envidia, la violencia y la injusticia, y hoy el Señor nos habla en esta parábola de la necesidad de encontrar en el Reino de Dios, el sentido último de nuestra vida, el tesoro por el que merece la pena entregarlo todo.
Jesús nos muestra la necesidad que todos tenemos de encontrar el fundamento de nuestra vida. Y que si en ese horizonte de voluntades y anhelos ponemos a Dios, y con él su proyecto de auténtica humanidad, entonces habremos descubierto el núcleo de una vida dichosa, serena y bienaventurada.
No en vano, todas las comparaciones que el Señor va poniendo a sus discípulos tienen un único objetivo; que comprendan el gran amor que Dios nos tiene, desde el cual nos ha llamado a la vida, nos ha regalado este mundo para que en él convivamos desde una auténtica fraternidad, y así compartamos la armonía de la creación entre Dios y sus criaturas.
Para ello Jesús nos va desvelando el rostro de Dios. Un Dios que ante todo es Padre y nos ama, cuyas entrañas de misericordia se conmueven ante el dolor y el sufrimiento humano y que no duda en llamarnos a la conversión para desterrar de este mundo el odio y el mal que lo oprime y a todos nos conduce a la desolación.
Con todo, Jesús sabe que de poco sirven sus palabras si cada uno de aquellos que las escuchan no tienen una experiencia de encuentro personal y profundo con Dios. El Reino de Dios es un tesoro escondido, velado a la mirada apresurada e interesada.
El Reino de Dios no aparece en medio de las grandezas ni de los honores de este mundo. Más bien se encuentra en lo opuesto a todo ello, en los signos sencillos y humildes, en los gestos serviciales y generosos, en los anhelos solidarios y de fraterna universalidad.

El Reino de Dios no emerge en medio del interés individualista, comercial o ideológico, ni se puede proyectar para disfrute de unos pocos. El Reino de Dios no está cerca de quienes sólo se preocupan de sí mismos olvidándose de los demás. El Reino de Dios se aleja del corazón de los violentos, los egoístas y los soberbios, porque donde no hay amor se está negando el reinado de Dios.
Toda esta experiencia necesita ser descubierta de manera personal, por cada uno de nosotros. Quien reconoce la presencia y cercanía del Señor en su vida, sintiendo la fuerza del Espíritu Santo que le llena el corazón con su luz y ternura, ha descubierto el tesoro de una existencia plena de sentido y de dicha.
Entonces las demás cosas pasan a un segundo lugar. Los intereses quedan trastocados y aunque la vida siga trayendo sus dificultades y problemas, toda ella es contemplada con la esperanza de que Dios nos va conduciendo con su mano acogedora y paternal.

Este sentimiento profundo y verdadero, contrasta con la actitud de quien excluye a Dios de su vida, cerrando su corazón al diálogo permanente que el Creador establece con sus criaturas. Cuando el ser humano se cierra sobre sí mismo entendiéndose como el único fundamento y centro de la vida, todo lo demás lo subordina a su criterio subjetivo y personal a la vez que a sus afectos. Y aunque en el corazón de todo hombre fue sembrada por el Sembrador la semilla de la bondad, al no dejarse cuidar por el dueño de la viña, que es Cristo, pronto crecerá en su interior la cizaña del egoísmo que todo lo somete y acapara para su propio provecho.
Cuando alejamos a Dios de nuestras vidas creyendo que así nos constituimos en autónomos y mayores de edad, y nos deshacemos de Aquel que ordena y armoniza la creación en pro de una convivencia y desarrollo solidario y fraterno, lo que hacemos es erigirnos cada uno en dioses para nosotros y para los demás, y así nos comportamos con nuestros semejantes conforme a lo que en cada momento nos interesa, cayendo precisamente en lo que más nos deshumaniza.

Dios no es un rival para el hombre, al igual que un buen padre no lo es para su hijo. Todo lo contrario, como nos recuerda S. Ireneo, la gloria de Dios consiste en que el hombre viva, y la vida del hombre consiste en la visión de Dios. Dios es el mejor aliado del ser humano, porque por voluntad suya y como fruto de su amor, nos ha llamado a la vida en plenitud, de la cual gozaremos para siempre en su Reino.

Quien descubre esta realidad en su vida, ha encontrado el mayor de los tesoros por el que merece la pena entregarse y vivir. Y como signo visible de haberlo encontrado estará nuestro estilo de vida; una existencia gozosa y serena, abierta a los demás, donde la experiencia de oración personal y comunitaria se viva de forma intensa y profunda, como el motor de todo nuestro ser.
Que nosotros, al haber encontrado el tesoro de nuestra vida en Cristo, sepamos cuidarlo y compartirlo con los demás transmitiendo el gozo de la fe y la esperanza con generosidad.

sábado, 9 de julio de 2011

HOMILIA DOMINICAL



DOMINGO XV TIEMPO ORDINARIO
10-07-11 (Ciclo A)

El domingo pasado escuchábamos en el evangelio, cómo Jesús daba gracias a Dios porque se había revelado a los sencillos y humildes, y no a los que se tienen por sabios y entendidos. Esa revelación divina, se nos ofrece por medio de la palabra del Señor, quien adaptaba su lenguaje para que pudieran entenderle todos, utilizando parábolas, ejemplos de la vida concreta y cercana que cada uno podía comprender con mayor facilidad.
Durante estos domingos Jesús nos va a hablar del Reino de Dios, ese va a ser el centro de su mensaje, a la vez que el motivo principal de su misión, procurar que ese Reino vaya emergiendo en medio de nosotros y su búsqueda se convierta en el objetivo fundamental de nuestras vidas.
Y lo primero que nos enseña el Señor, es que para posibilitar el desarrollo del Reino de Dios, es prioritario preparar el terreno donde su semilla debe germinar, para lo cual nos propone esta hermosa parábola que acabamos de escuchar, y que no por muy oída acaba de calar en nuestro ser.
Ante todo Jesús nos muestra cómo ese Reino de Dios no es obra del hacer humano, ni tan siquiera por mucho que lo anhele su corazón. El Reino de Dios es un regalo que se nos da por pura gratuidad y generosidad de Aquel que nos ha creado para compartir su misma vida en plenitud. Y como nos cuenta la parábola, es el Sembrador quien sale a sembrar, y su semilla es esparcida por toda la tierra con idéntica abundancia y generosidad.
El Sembrador no escatima en su esfuerzo, y no repara en gastos a la hora de procurar que sobreabunde el fruto en la tierra. Y como nos ha recordado el profeta Isaías en la primera lectura, Dios confía en que al igual que como baja la lluvia y la nieve del cielo, y no vuelven allá, sino después de empapar la tierra, de fecundarla y hacerla germinar,…, así será su palabra que sale de su boca, no volverá a él vacía sino que hará su voluntad.
Sin embargo, como sigue diciendo Jesús, parte de esa semilla cae al borde del camino, o en terreno pedregoso, o entre zarzas. En unos casos será pisada por la gente o alimento para pájaros, en otros se secará por falta de profundidad y en otros casos la fuerza de las zarzas que la rodean la ahogarán antes de que se desarrolle.
Así siente Jesús que está resultando la siembra de su Palabra en medio de su pueblo. Un pueblo que inicialmente parecía estar abierto y dispuesto a escucharle, que animados por el testimonio de Juan el Bautista y ante el asesinato de éste, van en busca de Jesús para sentir revitalizada su esperanza, pero que ante las dificultades que comienzan a surgir, las aspiraciones que se habían creado y que no llegan a cumplirse, y la presión de los poderosos que atemorizan y amenazan cualquier atisbo de cambio y de justicia, hacen que se pierdan por el camino y comiencen a abandonar el entusiasmo original.
La semilla del Reino de Dios no desarrolla su fruto de forma inmediata e inminente. Requiere también de nuestro trabajo confiado y paciente, para lo cual es imprescindible que hunda sus raíces en la profundidad de una tierra buena, fértil, fecunda, limpia de otras yerbas o intereses creados que puedan ahogarla antes de crecer.
Y esa tierra también ha sido encontrada por el Sembrador dando fruto abundante y generoso.
Los creyentes debemos ser buena tierra donde germine con vigor la semilla del Reino de Dios, porque en la vida concreta del cristiano es donde han de darse los frutos del amor, la misericordia y el servicio que transformen por completo toda la realidad social y eclesial. Esta tierra humana y limitada que somos, ha de velar para protegerse de dos peligros siempre presentes, uno externo y otro interno.
El externo no es otro que las dificultades que se derivan de este mundo nuestro tan materialista e indiferente ante las necesidades de los demás. En él la semilla de la fe encuentra la aridez de una tierra que sólo se preocupa del bienestar egoísta y donde los valores de la generosidad y la sencillez difícilmente pueden arraigarse ante la dureza del corazón.
Pero también se encuentra con dificultades internas y que al igual que la cizaña amenazan con ahogar los espíritus débiles e inmaduros. En ocasiones los mismos cristianos ponemos graves dificultades al desarrollo del Reino de Dios. Fomentamos la división entre nosotros, acogemos ideologías contrarias al evangelio y facilitamos con nuestro silencio propuestas deshumanizadoras. Los proyectos legales que atentan contra la dignidad del ser humano, la amenaza a los no nacidos y a quienes padecen la debilidad extrema de su vida, van configurando un clima social donde sólo tienen derechos los fuertes, los sanos y quienes producen. Y ante esta realidad no podemos estar callados, ofreciendo un silencio infecundo y a la larga cómplice de la injusticia. La semilla del Reino de Dios que hoy nosotros debemos esparcir con generosidad y en abundancia requiere de permanentes cuidados para que, limpia de obstáculos, germine en frutos de vida y de esperanza.
Hoy también nosotros debemos salir como sembradores a sembrar. Sembrar la semilla de la fe en el hogar y en el trabajo, entre nuestros niños, jóvenes y mayores. Sembrar una palabra de denuncia de las injusticias que atentan contra la dignidad del ser humano y el respeto de las vidas más débiles. Sembrar la esperanza gozosa de Cristo resucitado, para que encuentre corazones dispuestos donde el Señor haga germinar abundantemente su gracia y su amor, y así el fruto que cada uno coseche, redunde en beneficio de la humanidad entera. Que él bendiga nuestro servicio generoso, arraigándolo en la tierra fecunda de nuestros corazones, y lo premie con el gozo inmenso de sabernos fieles colaboradores suyos en la instauración de su Reino de amor, de justicia y de paz.

sábado, 25 de junio de 2011

SOLEMNIDAD DEL CORPUS CHRISTI



SOLEMNIDAD DEL CORPUS CHRISTI
26-06-11


Un año más celebramos la fiesta del Santísimo Cuerpo y Sangre de Jesucristo. Memorial de su Pasión, muerte y resurrección, y Sacramento de su amor universal. Precisamente por ese amor entregado para nuestra salvación, podemos unir en esta fiesta del Corpus el día de la Caridad. Al compartir el alimento que nos une íntimamente a Jesucristo nos hacemos partícipes de su mandato “haced esto en memoria mía”, aceptando su envío en medio de los más pobres para compartir con ellos nuestra vida y nuestra fe.
En esta fiesta litúrgica de hoy, la Iglesia nos invita a profundizar en el don inmenso de la Eucaristía. Como nos enseña el Vaticano II, "Nuestro Salvador, en la última Cena, la noche en que fue entregado, instituyó el sacrificio eucarístico de su cuerpo y su sangre para perpetuar por los siglos, hasta su vuelta, el sacrificio de la cruz y confiar así a su Esposa amada, la Iglesia, el memorial de su muerte y resurrección, sacramento de piedad, signo de unidad, vínculo de amor, banquete pascual en el que se recibe a Cristo, el alma se llena de gracia y se nos da una prenda de la gloria futura" (SC 47).
Y así también el Catecismo de la Iglesia nos recuerda la tradición que hemos recibido:
(C.I. 1376) El Concilio de Trento resume la fe católica cuando afirma: "Porque Cristo, nuestro Redentor, dijo que lo que ofrecía bajo la especie de pan era verdaderamente su Cuerpo, se ha mantenido siempre en la Iglesia esta convicción, que declara de nuevo el Santo Concilio: por la consagración del pan y del vino se opera el cambio de toda la substancia del pan en la substancia del Cuerpo de Cristo nuestro Señor y de toda la substancia del vino en la substancia de su sangre; la Iglesia católica ha llamado justa y apropiadamente a este cambio transubstanciación" (DS 1642).
(C.I.1377) La presencia eucarística de Cristo comienza en el momento de la consagración y dura todo el tiempo que subsistan las especies eucarísticas. Cristo está todo entero presente en cada una de las especies y todo entero en cada una de sus partes, de modo que la fracción del pan no divide a Cristo (cf Cc. de Trento: DS 1641).
(C.I.1378) Sobre el culto de la Eucaristía. En la liturgia de la misa expresamos nuestra fe en la presencia real de Cristo bajo las especies de pan y de vino, entre otras maneras, arrodillándonos o inclinándonos profundamente en señal de adoración al Señor. "La Iglesia católica ha dado y continua dando este culto de adoración que se debe al sacramento de la Eucaristía no solamente durante la misa, sino también fuera de su celebración: conservando con el mayor cuidado las hostias consagradas, presentándolas a los fieles para que las veneren con solemnidad, llevándolas en procesión" (MF 56), como será el caso en este día del Corpus Christi.
Desde esta fidelidad al don recibido de manos del Señor, no podemos separar la eucaristía de la caridad. Los cristianos que nos reunimos para escuchar la palabra del Señor y compartir el pan de la vida que él nos da, hemos de prolongar esta fraternidad eucarística en el mundo nuestro, junto a los hermanos que carecen de afecto, de medios, de una vida digna y feliz.

No todo el mundo vive dignamente, de hecho somos una minoría los que en el mundo actual podemos agradecer esta vida digna. La mayoría de la población mundial carece de los recursos necesarios para una subsistencia adecuada. Y en vez de acoger su precariedad para sentirnos solidarios con ellos, muchas veces nos fijamos en aquellos que se enriquecen con facilidad y rapidez poniéndolos como modelos a seguir, y hasta envidiándolos por su opulencia.
La entrega de Jesucristo en la cruz, nos abre la puerta de la redención. Y aquella entrega viene precedida de una vida sensible para con los necesitados, los enfermos, los pobres y los marginados.
A Jesucristo resucitado se llega por medio de una vida ungida por el Espíritu de Dios para anunciar la Buena Noticia a los pobres, la libertad a los oprimidos, la salud a los enfermos y la salvación para aquellos que acogen este don de Dios.

Cristo nos dejó su testamento en el cual nos ha incluido a todos y no sólo a unos privilegiados. La vida en este mundo es injusta y desigual no porque Dios lo haya querido sino porque nosotros lo hemos causado. Dios no quiere que haya pobres y ricos, rechaza la injusticia que causa este mal, y nos llama a su seguimiento a través del camino de la auténtica fraternidad y solidaridad.

Este testamento de Cristo lo actualizamos cada vez que nos acercamos a su altar. Su Cuerpo y su Sangre entregadas por nosotros, y compartidos con un sentimiento fraterno y solidario, nos unen a la persona de nuestro Señor Jesucristo y a su proyecto salvador. Por eso “cada vez que comemos de este pan y bebemos de este cáliz, anunciamos tu muerte y tu resurrección hasta que vuelvas”.

La caridad no se hace, se vive. No hacemos caridad cuando damos dinero a un pobre, vivimos la caridad cuando nos preocupamos por su vida, buscamos cómo atenderla mejor, y nos esforzamos por acompañarle a salir de su situación para siempre.
Vivir la caridad es prolongar la Eucaristía del Señor, su cuerpo y su sangre derramada por amor a todos, para la salvación de todos. Las palabras que día tras día escuchamos en la Consagración nos muestran que Jesús no economizó su entrega sino que fue universal y por siempre.
Desde aquel momento en el que nacía la Iglesia, ésta siempre tuvo como acción primera y fundamental, unida al anuncio de Jesucristo, la vivencia de la caridad. Atender a los pobres y necesitados estaba unido a la oración y a la fracción del pan de tal manera que no se podía permitir que en la comunidad de los cristianos alguien pasara necesidad.

Vamos a pedir en esta Eucaristía que el Señor nos ayude a recuperar nuestra capacidad solidaria y fraterna para poder compartir con autenticidad el pan de la unidad y del amor.

sábado, 18 de junio de 2011

HOMILÍA - SANTÍSIMA TRINIDAD



SOLEMNIDAD DE LA SANTISIMA TRINIDAD
19-6-11 (Ciclo A)

Celebramos hoy la fiesta en la que la comunidad cristiana vive de forma unitaria el ser de nuestro Dios. Un Dios que es Padre, Hijo y Espíritu Santo.
Diferentes Persona, presencias y maneras de actuar en la historia del mismo Dios que se hace uno con nosotros, acompaña nuestra vida y nos llena de sentido, alegría y esperanza.
Muchas veces hemos escuchado que la Santísima Trinidad es un misterio. Y es verdad porque todo lo que hace referencia a Dios desborda nuestra comprensión y entendimiento. Todas las personas somos un misterio y siempre hay algo en el otro que nos queda por descubrir. Hemos sido creados distintos, libres, capaces de recrear nuestra realidad y forjarnos nuestro ser y nuestro futuro.
Esta experiencia, siempre novedosa y distante, es mayor si nos referimos a Dios. Nadie puede acapararlo en su mente o en su corazón. Dios siempre escapa a nuestra capacidad de comprensión o de explicación.
Nuestro mayor acercamiento a la realidad divina sólo ha sido posible a través de Jesús. El es el Hijo de Dios, y como tal nos ha mostrado quién es ese Dios a quién él se dirigía como su Padre. El Dios revelado a nuestros antepasados en la fe, Abrahán, Moisés, David... y anunciado por los profetas, es el mismo a quién Jesús llama Abba, Padre.
Así lo reconocieron los mismos discípulos de Jesús cuando le pidieron que les enseñara a orar. “Cuando oréis hacedlo así, Padre nuestro del cielo...”.
Parecía que estaba claro que Dios era padre y sólo eso.
Pero a medida que transcurría la vida de Jesús, aquellos discípulos fueron viendo en él la misma presencia e imagen de Dios. El era el Hijo amado a quien había que escuchar, seguir y anunciar a todos los pueblos.
La muerte y resurrección de Jesús, es el momento trascendental para aquel grupo de hombres y mujeres creyentes. Jesús no sólo era el Hijo de Dios sino que era el Dios con nosotros anunciado por el profeta Isaías. Dios mismo se había encarnado para asumir nuestra condición humana y así llevarla a su plenitud. Y esta experiencia vital hace de los discípulos testigos de la Buena Noticia a la cual entregar su vida con gozo y esperanza.
Pero cómo hemos podido nosotros, casi dos mil años después, llegar a comprender y acoger este don de Dios. Y aquí resuena la promesa del Señor que tras su resurrección anuncia dos acontecimientos, el primero en forma de regalo “recibid el Espíritu Santo”, y el segundo en el momento de su Ascensión en forma de promesa, “yo estaré con vosotros todos los días hasta el fin del mundo”. El Espíritu Santo es el Dios que permanece a nuestro lado para seguir animando nuestro peregrinar por este mundo.
Es el Dios que nos orienta en la vida para dar testimonio de su palabra y de su gloria. El Espíritu Santo mantiene viva la llama de la esperanza frente a los momentos de temor, duda o angustia, y es el que nos une de forma vital al Padre Dios a través del Hijo Jesús.
La llamada que cada uno recibimos no es la de elucubrar cómo es el misterio que encierra el ser de Dios en sí mismo, lo realmente importante para nuestras vidas, es descubrir cómo está actuando ese Dios que me ha hecho hijo e hija suyo, en mi vida, en mi entorno personal, familiar y social, y qué me pide en cada momento de mi existencia para entrar en plena comunión con él.
La definición tradicional de la Santísima Trinidad como Tres Personas distintas y un solo Dios verdadero, podemos comprenderla mejor sintiendo que es el mismo Dios quien de manera distinta y a través de su ser paternal y fraterno entrega todo su amor en nuestra historia para realizar en ella su obra salvadora.

Nosotros hemos sido constituidos hijos de Dios, y como hijos, herederos de su reino. Pero también somos mensajeros de su Buena Noticia y es aquí donde la fuerza de su Espíritu nos sigue animando e impulsando en el presente.
Nuestra vida de oración nos ha de unir más a Cristo y a la comunidad para que podamos desarrollar nuestra misión, tal y como él nos la encomendó, “id al mundo entero y anunciad el Evangelio”.
Por eso es de vital importancia la dimensión contemplativa y orante de la Iglesia. No en vano unida a la fiesta Trinitaria, está la vida de tantos hombres y mujeres cuya vida está dedicada a la oración por la Iglesia y la humanidad entera.
Los monjes y monjas contemplativos han descubierto que en la escucha de la Palabra de Dios, en la profundización de su enseñanza y en el diálogo personal e íntimo con él se pueden realizar plenamente como personas y a la vez ofrecer un generoso servicio al Pueblo de Dios.
Sin su testimonio y entrega vocacional, todos los servicios y compromisos apostólicos quedarían desvirtuados. No hay entrega cristiana si no viene animada por la acción del Espíritu que nos manifiesta en todo momento cuáles son los cimientos de la fe. Y este pilar central del edificio cristiano no es otro que la vida de oración y de escucha del Señor. Sólo así podremos orientar bien nuestra acción comprometida a favor del reino de Dios, y bebiendo de la fuente que es Jesucristo, podremos ofrecer a los demás el agua viva que sacia la sed de sentido y de esperanza que tanto ansían.
Hoy pedimos por todas las vocaciones cristianas, solicitando al Señor que siga llamando obreros a su mies, que con generosidad y confianza se entreguen al servicio de los hermanos. Damos gracias a Dios por el don precioso de la vocación contemplativa, que acerca los ruegos y necesidades de los hombres hasta Dios, a la vez que va sembrando con sencillez la semilla del Reino de Dios en medio de este mundo, haciendo germinar espacios de esperanza, amor y paz.
Que en esta fiesta del Señor, sintamos con agradecimiento el don de nuestra fe, y por medio de la oración confiada nos sintamos animados y alentados para ser sus testigos en medio de los hermanos. La fiesta que el próximo domingo celebraremos, nos recuerda dónde está el alimento fundamental de esta vida interior. Que cada vez que participamos del Cuerpo y Sangre de Cristo, sintamos nuestras vidas más unidas a él, y sepamos entregarlas al servicio de su reino.

viernes, 10 de junio de 2011

HOMILIA DOMINGO DE PENTECOSTÉS



DOMINGO DE PENTECOSTES
12-06-11 (Ciclo A)

Celebramos hoy la fiesta de Pentecostés, el día en el que por la acción del Espíritu Santo la Iglesia de Cristo toma conciencia de su misión, y se siente llamada a ser evangelizadora de todos los pueblos.
Si en la fiesta de la Ascensión del Señor recibíamos el mandato misionero, “Id por todo el mundo y anunciad el evangelio....”, hoy recibimos la fuerza necesaria para poder desarrollar esta misión desde la fidelidad al amor de Dios y en comunión con toda la Iglesia.

Pentecostés es la fiesta del Espíritu Santo, el Dios siempre a nuestro lado que sostiene, anima y alienta nuestra fe y nuestra esperanza para que sea germen de inmensa alegría en nuestros corazones y estímulo para seguir siempre al Señor en cada momento de la vida.
Muchos son los dones que del Espíritu recibimos, sabiduría, entendimiento, consejo, fortaleza, ciencia, piedad, santo temor de Dios, todos ellos orientados a la construcción del Reino de Dios en la comunión eclesial. El Espíritu Santo es quien anima y da valor en los momentos de debilidad, quien sostiene y alienta ante la adversidad, quien mantiene viva la llama de la esperanza cuando todo parece oscurecerse en nuestra vida, quien nos inunda con un sentimiento de gozo interno desde el que contemplar la vida con ilusión y confianza.
El Espíritu Santo es quien garantiza que nuestra fe está unida a la vida de Jesús que se hace presente en medio de su Pueblo santo, y quien en cada momento de nuestro existir nos conduce con mano amorosa para vivir el gozo del encuentro personal con él, fomentando la experiencia de la auténtica fraternidad entre todos los hermanos.
El Espíritu Santo nos une al Padre a través de su amor, y nos hace conscientes de que hemos sido transformados en herederos de su Reino a través de su Hijo Jesús.
Fue el Espíritu quien acompañó a Jesús en todos los momentos de su vida. El mismo Espíritu que lo proclama el Hijo amado de Dios en su bautismo. Fue el Espíritu Santo quien ayuda a comprender a los discípulos que aquel a quien siguen por Galilea no es un hombre cualquiera, sino que es el Salvador, el Mesías.
Será el Espíritu Santo quien mantenga en la agonía de Jesús la fuerza para entregar en las manos del Padre el último aliento de su vida. Y es que el Espíritu Santo no deja jamás de su mano a quienes han sido constituidos hijos de Dios.

Pero esta experiencia personal, profunda y desbordante, la tenemos que vivir en la Iglesia y a través de ella construir nuestra comunidad. Ningún don de Dios es para fomentar el egoísmo personal. Todo don del Espíritu está orientado a construir la comunidad desde la fe, la esperanza y el amor.
Así vemos, según nos cuenta el libro de los Hechos de los Apóstoles, cómo al recibir el don del Espíritu Santo, los Apóstoles salen a anunciar la Buena Noticia a todos los congregados en Jerusalén, y lo hacen de modo que todos les comprendan.

Desde el momento de la Creación ha sido voluntad de Dios, que todos sus hijos se salven, para lo cual fue acompañando bajo su mano amorosa a la humanidad de todos los tiempos. Y cuando llegó el momento culminante, envió a su Hijo amado para que por medio de su palabra, su testimonio y la entrega de su vida, todos sintiéramos el amor de Dios y acogiéramos ese don en nuestras vidas.
La vuelta del Hijo de Dios a su Reino, no nos deja abandonados, sigue con nosotros por medio del Espíritu Santo sosteniendo y alentando nuestra esperanza de manera que en nuestro corazón crezca cada día la certeza de participar un día de su promesa de vida eterna.
Este sentimiento será más fuerte en la medida en que afiancemos en nosotros la comunión eclesial, la unidad fraterna entre los hermanos. La comunión, el sentimiento afectivo de unidad y concordia, es la garantía de que nuestra fe es auténtica. Donde hay división y enfrentamiento, no está el Espíritu Santo; el individualismo y la discordia no están alentados por el Espíritu Santo. Las palabras del Señor “que todos sean uno, como tu, Padre, y yo somos uno”, han de resonar siempre en el corazón de la Iglesia como el único camino para abrirnos al don del Espíritu Santo.

Hoy volvemos a acoger este don que ya en nuestro bautismo recibimos de una vez y para siempre. En el Espíritu Santo hemos sido hechos hijos de Dios, y aunque ese amor jamás nos será arrebatado, de nosotros depende en gran medida que cada día crezca y madure en lo más hondo de nuestra alma. Así nos llenará de dicha y alegría, nos identificará ante los demás como seguidores de Jesucristo, y nos sostendrá en cada momento de nuestra existencia.

Acojamos, pues con gratitud, el regalo del Espíritu Santo, y pidámosle que su fuerza regeneradora nos ayude a trabajar cada día en favor del reinado de Dios, de manera que contribuyamos con nuestra fe, amor y esperanza, a la emergencia de una sociedad nueva, en la que la dignidad humana, la libertad del corazón y la luz de la verdad, nos ayuden a acogernos como hermanos y a sentir el gozo de sabernos hijos de Dios.