martes, 23 de julio de 2013

SOLEMNIDAD DEL APÓSTOL SANTIAGO


SOLEMNIDAD DEL APÓSTOL SANTIAGO

25-7-13

       Celebramos hoy con alegría la fiesta de nuestro Santo Patrono, el Apóstol Santiago, Titular del primer templo diocesano, esta S.I. Catedral, y de la Villa de Bilbao. El primero de los apóstoles del Señor en sellar su fiel seguimiento de Cristo con el martirio. Como hemos escuchado en el texto de los Hechos de los Apóstoles, su tesón, su entrega y su lealtad por la causa de Jesucristo, hace que sufra las iras del rey Herodes y sea ejecutado.

       Su muerte será el comienzo de una dura persecución contra los discípulos y seguidores de Jesús, pero que en vez de acabar con la llama de la fe, será el riego fecundo de una tierra que vería crecer con vigor la semilla del Reino de Dios instaurado por Jesucristo, el Señor.

       Desde aquellos tiempos apostólicos, hasta nuestros días, han transcurrido muchos siglos, con sus noches oscuras y días de luz para la historia de la Iglesia y de la humanidad entera. Pero siempre, y a pesar de las dificultades y penurias por las que nuestra familia eclesial ha podido atravesar, la fe de los apóstoles, su vida y su obra, son el fundamento y el ejemplo de nuestro seguimiento actual de Jesucristo.

       De Santiago sabemos muchas cosas conforme a los textos neotestamentarios; era pescador, el oficio de su familia, de posición acomodada dado que su padre Zebedeo tenía jornaleros; su recio carácter le hizo merecedor junto a su hermano Juan, del sobrenombre de “los hijos del trueno” (Boanergers). Como también hemos escuchado en el evangelio, su madre, Salomé pretendía situar a sus hijos en los puestos principales en ese reino prometido por Jesús y muy mal entendido por ella. Lo cual les acarreó las críticas de los otros diez discípulos, más por envidia que por virtud, ya que todavía no comprendían bien el alcance del mensaje del Señor.

       Y al margen de las anécdotas, lo fundamental es que era amigo del Señor. Santiago pertenecía junto a su hermano y Pedro, a ese círculo de los íntimos de Jesús. Él será testigo privilegiado de los hechos y acontecimientos más importantes en la vida del Maestro; asiste a la curación de la suegra de Pedro; está presente en el momento de la transfiguración, en el monte Tabor; es testigo de la resurrección de la hija de Jairo; y acompañará a Jesús en su agonía, en Getsemaní.

       Pero Santiago también vivirá de cerca los momentos de amargura, el prendimiento de Jesús y la huída de todos ellos. Conocerá en su corazón el dolor de haber abandonado a su amigo y el don de su conversión motor y fuerza de una nueva vida entregada por completo al servicio del evangelio y a dar testimonio de la resurrección de su Señor.

       La tradición que vincula a Santiago con nuestra tierra se remonta a los primeros tiempos de la expansión cristiana por el mundo, hasta hacer de su sepulcro en la ciudad  Compostelana, lugar de encuentro universal de culturas y razas unidas por una misma fe.

       Precisamente esta devoción popular nos ha situado a nosotros desde antes de la fundación de nuestra villa de Bilbao allá por el año 1300, en paso obligado a los que desde la costa peregrinaban a Compostela. Y así de los cimientos de aquella primitiva iglesia de Santiago, se edificaría la que hoy es nuestra Catedral, colocando el origen y el final de este largo peregrinar, bajo el patrocinio del mismo apóstol, quien por petición del Consistorio municipal al Papa Urbano VIII,  se convirtió en patrono principal de la Villa de Bilbao en el año 1643. Por lo tanto este año se cumple el 370 aniversario de la proclamación del Apóstol Santiago como nuestro guía y protector.

Y en un mundo como el nuestro tan necesitado de referentes que nos ayuden a conducir nuestro destino desde criterios de amor, de justicia y de paz, damos gracias al Señor por tener a su santo apóstol como intercesor.

       Santiago experimentó en su corazón una gran transformación que le llevó a cambiar su existencia de forma radical para configurarse a Jesucristo. Su oficio de pescador lo cambió por el de misionero y pastor del pueblo a él encomendado. De aspiraciones y pretensiones de grandeza, pasó a buscar sólo la voluntad de Dios y ponerla por obra.

       De esta forma el que en la vida buscaba la gloria llegó a alcanzarla aunque por un sendero bien distinto al soñado en sus años de juventud. Y el poder que en su momento ambicionó lo transformó en servicio y entrega generosa, en el amor a Dios y a los hermanos.

       Nadie es tan poderoso como aquel que siendo completamente libre y dueño de su vida, es capaz de entregarla a los demás movido, únicamente, por la fuerza del amor en el Espíritu del Señor. Las ambiciones, los honores y el prestigio son efímeros y muchas veces engañosos, porque nos hacen creernos superiores a los demás y en el peor de los casos, como nos ha advertido Jesús en el evangelio, el mal ejercicio de ese poder lleva a algunos a erigirse en tiranos y opresores.  Quienes son portadores del poder temporal deben ejercerlo con mayores cotas de responsabilidad, servicio y coherencia, ya que siempre deberán dar cuentas del mismo a su pueblo y a Dios. Y quienes anhelan servir de este modo a la sociedad, en el presente tan complejo que nos toca vivir, han de contar no sólo con el apoyo de sus conciudadanos, sino sobre todo con la fuerza y la sabiduría que proviene del Señor de la justicia, del amor y de la paz.

       En un tiempo donde los conflictos entre las personas y los pueblos siguen provocando dolor y angustia a tantos inocentes, se hace muy necesario el surgimiento de una auténtica vocación de servicio público que lejos de buscar el propio beneficio, se entregue de manera generosa a la consecución del bienestar de sus semejantes, siendo especialmente sensibles con los más indefensos y necesitados. Por eso pedimos con frecuencia por nuestros gobernantes, para que el Señor les ilumine en su difícil misión de ser quienes nos conduzcan por el camino del bien.

En esta fiesta nos congregamos no sólo los fieles cristianos que habitualmente celebramos nuestra fe en el hogar comunitario de la parroquia; hoy también nos reunimos representantes de instituciones públicas y privadas, del consistorio y de asociaciones relacionadas con la devoción a Santiago y su camino compostelano.

Todos compartimos los mismos deseos de trabajar por una sociedad construida sobre los valores irrenunciables de la libertad, la justicia y la paz, desde las legítimas y plurales ideas, siempre que sean cauce de cuidado y respeto a la dignidad de la persona. En esta labor no sobran brazos, y los cristianos tenemos además una razón de más que brota de nuestra fe en Jesucristo que nos envía a ser testigos de su amor y de su esperanza en medio de nuestro mundo. El lema de la JMJ que se está celebrando estos días, invita a los jóvenes y a todos los discípulos del Señor a renovar el compromiso misionero y evangelizador, el lema “Id a todos los pueblos y anunciad el evangelio”, reaviva en nosotros la confianza que el Señor depositó en sus amigos de la primera hora, y a los cuales hoy sucedemos con gratitud y esperanza, nosotros.

       Todo ello hoy lo ponemos a los pies del apóstol Santiago para que siga velando por quienes honramos su memoria con filial devoción. Que nos ayude a fortalecer los vínculos de hermandad entre todos los pueblos que lo celebran como su patrón, que nos anime en la construcción de una convivencia en paz y concordia, y que tomando su vida como ejemplo y estímulo, seamos fieles seguidores de Jesucristo, nuestro único Señor y Salvador.

sábado, 20 de julio de 2013

DOMINGO XVI TIEMPO ORDINARIO


DOMINGO XVI TIEMPO ORDINARIO

21-07-13 (Ciclo C)

       Todo el evangelio es para los creyentes la gran escuela de nuestra fe. Textos que contienen la vida y la palabra del Señor y que nos van mostrando, desde la vida cotidiana de Jesús, diferentes situaciones por las que nosotros vamos pasando y que requieren de una adecuada comprensión de las mismas para vivirlas con toda su riqueza. Así nos encontramos con pasajes como el de hoy, donde la visita de Jesús a la casa de sus amigos nos va a dejar una gran enseñanza.

       San Lucas sabe muy bien que no sólo eran dos hermanas las que habitaban aquel hogar. También estaba Lázaro, gran amigo de Jesús, pero cuya importancia en este momento es de menor intensidad para el evangelista. A S. Lucas lo que realmente le interesa destacar es la actitud de Marta y María ante la visita del Maestro, por eso ni tan siquiera va a mencionar a su hermano mayor.

Marta como buena anfitriona se esmera en prepararlo todo para que no le falte de nada a Jesús. Las tareas se van multiplicando y es tanto lo que hay que hacer que no da abasto. Y reprocha a su hermana que no la acompañe en las faenas del hogar. Ciertamente podía ayudarla porque Jesús ya tendría la compañía de Lázaro, además era lo propio de las mujeres de aquel tiempo, organizar la casa y dejar a los hombres con sus cosas.

Sin embargo María no atiende a Jesús por el mero hecho de conversar, sino por el contenido de esa conversación. Se siente tan atrapada por la Palabra de Dios que Jesús anuncia, que no se da cuenta de nada más. El encuentro con Jesús no es uno de tantos encuentros con amigos o familiares. María ha ido descubriendo en él a alguien especial, que transmite una paz serena en medio de los desalientos de la vida y cuya palabra colma de dicha su corazón porque contiene la fuerza arrebatadora de Dios que colma de gozo el corazón del oyente, transformando por completo su existencia.

Jesús no es uno más dentro de su círculo de amistades, él es el Maestro, el Señor, y así lo confesarán las dos cuando ante la muerte de su hermano Lázaro y posterior resurrección, por fin descubran con sus propios ojos al Salvador del mundo.

Este pasaje del evangelio de hoy ha sido visto por la comunidad cristiana como las dos facetas esenciales de la vida creyente, la acción y la contemplación. Y es bueno caer en la cuenta de los peligros que podemos correr si nos olvidamos de la necesaria unidad entre ambas actitudes cristianas para una sana y fecunda espiritualidad.

Marta no va a ser desautorizada por Jesús por el hecho de que se afane en las tareas. Pero sí necesita comprender que el objetivo último de nuestra vida, y por lo tanto también de nuestros compromisos, no está en su finalidad inmediata, sino en compartir la vida de Dios.

Cuando Jesús envía a sus discípulos a las aldeas y ciudades de Palestina, es para que le preparen el terreno a él y a su Palabra. Cuando se despide definitivamente de los suyos, les envía a hacer discípulos de todas las gentes, por medio del bautismo.

Cuando nosotros vivimos comprometidos en tareas sociales o pastorales, atendiendo a los necesitados, luchando por la justicia, formando a las nuevas generaciones en la fe cristiana, atendiendo a los enfermos y necesitados, todo lo debemos hacer para favorecer el encuentro de nuestros hermanos con Jesucristo y suscitar en ellos su seguimiento gozoso y pleno. Y no sólo quedándonos en los aspectos materiales, por muy necesarios que estos puedan serlo.

Toda la vida de los creyentes ha de estar orientada al encuentro con Jesucristo, y nuestras acciones serán auténticamente evangélicas si contienen en sus medios los valores del evangelio, y buscan como su fin la alabanza y gloria del Señor.

Por eso a la dimensión activa y comprometida de la vivencia creyente, ha de estar unida la dimensión contemplativa de nuestra fe.

María disfrutaba escuchando a Jesús, y a Jesús le gustaba poder dialogar de esas cosas íntimas de Dios con aquellos que tenían un corazón bien dispuesto.

Como en cualquier realidad humana, la relación interpersonal de encuentro, diálogo, conocimiento del otro, intimidad y afecto, hacen que nos desarrollemos plenamente y que sintamos la dicha del auténtico amor que nos llena de felicidad. Y este es el objetivo último de cualquier ser humano, amar y sentirse amado, desarrollando así su vida de forma serena y gozosa.

Jesús agradece esa atención de María, y lo hace asegurando que ha escogido la mejor parte y que nadie se la va a quitar. Si el fin último de nuestra vida es contemplar a Dios y darle gloria por siempre en compañía de nuestros seres amados, María ya lo está experimentando en esta visita de Cristo a su casa y a su corazón.

De esta manera podemos comprender que si nosotros cuidamos ese espacio de cercanía e intimidad con el Señor, si buscamos los momentos de encuentro con él en la oración y escucha de su palabra, sabremos degustar el gozo de ese encuentro que nos ayudará a sobrellevar nuestra vida y a descubrir en ella aquello por lo que realmente merece la pena vivir y morir.

La contemplación de Jesucristo nos llevará al compromiso evangelizador. Nunca la oración es para desentendernos del mundo y sus problemas. Al contrario. Quien siente en su interior resonar la palabra del Señor, escuchará constantemente los lamentos de este mundo por el que él entregó su vida, y contemplando a Jesucristo crucificado, descubriremos a su lado los rostros de aquellos que hoy siguen sufriendo y que nos imploran compasión y ayuda.

De este modo uniremos fe y vida, acción y contemplación, y la vida de los cristianos será en medio de nuestro mundo, testimonio de Jesucristo y esperanza de nueva humanidad.

viernes, 12 de julio de 2013

DOMINGO XV TIEMPO ORDINARIO


DOMINGO XV TIEMPO ORDINARIO

14-07-13 (Ciclo C)

 

       “¿Qué tengo que hacer para heredar la vida eterna?”. Así comienza el evangelio que acabamos de escuchar, con esta pregunta aparentemente simple y que sin embargo encierra los anhelos más profundos de toda persona creyente.

       Heredar la vida eterna es para todos nosotros el fin último de nuestra existencia. Y por muy lejano que contemplemos ese momento de encuentro definitivo con Dios, sabemos que un día llegará y confiamos en que su amor nos recoja para comenzar a su lado la vida en plenitud.

       Por eso la pregunta de aquel personaje del evangelio, no es una pregunta retórica o lanzada para entablar una conversación con Jesús. La pregunta del escriba tenía como destinatario a alguien considerado especialmente tocado por Dios, y por lo tanto conocedor de sus designios y exigencias.

       Jesús le va a responder con la parte que mejor conoce el escriba, el cumplimiento de la ley. Esa ley recibida por Moisés y transmitida de generación en generación como el único camino cierto para mantener la alianza entre Dios y los hombres. Una ley que ha sido grabada en el corazón del ser humano y que está al alcance de todos, como hemos escuchado ya en la primera lectura del libro del Deuteronomio.

       El escriba desglosa los principios de la ley de Dios y recibe como respuesta la aprobación por parte de Jesús, “bien dicho, haz esto y tendrás la vida”. Pero no terminan aquí las dudas de aquel hombre. Le queda algo que tal vez desconozca de verdad, o que simplemente le sirva como excusa para desentenderse de los demás, lo cierto es que al preguntar “¿quién es mi prójimo?”, se le abrirá un horizonte nuevo.

       El escriba parecía comprender bien lo que significaba “amar a Dios con todo su corazón, con toda su alma y con todas sus fuerzas”, pero eso de amar al prójimo le resultaba confuso. Porque tal vez, en el fondo, sabía muy bien quién es el prójimo.

       El prójimo es el otro, la persona que tenemos a nuestro lado en cualquier momento, sin pararnos a pensar en sus ideas o convicciones, ni en su situación social o económica, ni en sus planteamientos éticos o morales, ni tan siquiera en su bondad o maldad.

       Jesús le va a poner ante sus ojos un suceso cualquiera, pero concreto, donde se contempla la necesidad de una persona atacada violentamente, y las actitudes de quienes lo contemplan.

       Y no va a tomar al azar a los personajes de su historia. Un sacerdote y un levita pasan de largo, y un samaritano lo atiende.

       Los conocedores de la ley de Moisés, en la que explícitamente se ordena que hay que atender a los moribundos y necesitados, que no se puede pasar de largo ante un hombre abatido, que hay que dar sepultura a los muertos y acoger en el hogar a los extranjeros; estos los ilustrados y heraldos de la ley, la incumplen y lo abandonan.

Y sin embargo aquel hombre de Samaria, tierra de gente indeseable y repudiada por un buen judío, va a ser quien cumpla la ley de Dios cuya letra desconoce, pero que sin embargo atiende a sus deseos porque comprende el fundamento de la ley universal del amor.

       Queridos hermanos, esta parábola siempre es comprometedora. Desde aquel encuentro entre el escriba y Jesús, ya no nos sirven las excusas para atender o rechazar al hermano necesitado.

       El prójimo no es alguien ajeno a mí, aquel a quien tengo a mi lado ha de ser descubierto como un hermano y un hijo de Dios.

       Ser prójimo no consiste sólo en mirar a los demás, sino en contemplar mi propio corazón y descubrir si tengo en él la semilla del amor de Dios que me haga vivir la fraternidad con  la misma urgencia y afecto del buen samaritano.

       La pregunta no es quién es mi prójimo, como la formuló el escriba. La pregunta es ¿quién se comportó como prójimo del necesitado?, porque así la formuló Jesús, y a esta cuestión hemos de responder nosotros, implicando en ella nuestra vida y compromiso social.

       De esta manera daremos respuesta a la pregunta fundamental de nuestra existencia, con la que iniciábamos esta homilía, “¿qué he de hacer para heredar la vida eterna?”. La ley de Dios la tenemos escrita en el corazón, y es camino veraz que nos conduce hasta él, pero siempre ha de ser recorrido de la mano de los hermanos.

       Cuando nos parezca sencillo cumplir eso de amar a Dios, como le podía parecer a aquel escriba, preguntémonos si amamos igualmente a los hermanos, si somos prójimos de ellos sin hacer acepción de personas. Y si felizmente descubrimos que en nuestro corazón vivimos la misericordia y la compasión para con los demás, asistiéndoles en sus necesidades de forma generosa, entonces estaremos en la senda que nos conduce hacia esa vida ansiada junto a Dios. Porque de lo contrario nos estaremos alejando de Él.

       El amor a Dios sobre todas las cosas, y con todo nuestro corazón, sólo se puede probar y testimoniar, por los frutos que de ese amor se derivan y que necesariamente tendrán en el prójimo necesitado a su destinatario principal.

       Que esta eucaristía fortalezca nuestra capacidad de amar a los demás, y que el Señor nos conceda entrañas de misericordia que nos ayuden a conmovernos ante las necesidades de los hermanos, para de ese modo vivir con mayor intensidad nuestro ser hijos de Dios y herederos de su vida eterna.

viernes, 5 de julio de 2013

XIV DOMINGO ORDINARIO

DOMINGO XIV TIEMPO ORDINARIO
7-7-13 (Ciclo C)
El evangelio que acabamos de escuchar es de los llamados vocacionales y misioneros. En él Jesús llama nuestra atención sobre la enorme magnitud de la misión que tiene por delante y lo escaso del número de los operarios “la mies es mucha y los obreros pocos”.
San Lucas sitúa este texto en el centro mismo de su evangelio, un momento en el que Jesús va teniendo discípulos y seguidores como otros muchos profetas que anteriores a él también hablaban en nombre de Dios. Sin embargo las peculiaridades y los matices de su predicación y sobre todo de su estilo de vida, son bien distintos. Él no es un profeta más, de hecho cuando alguien así le considera enseguida lo va a negar. Tampoco es un intérprete de la ley al modo de los escribas y fariseos, y mucho menos pretende ocupar un lugar de autoridad religiosa.
Sin embargo es reconocido por muchos como una persona que les habla con autoridad, en quien las palabras se hacen verdad en su vida, y cuya entrega en favor de los pobres, enfermos y excluidos, sin exigir ni pedir nada a cambio, le hacen entrañable y único.
Desde ese conocimiento que sus discípulos van adquiriendo de él, realizarán por medio de Pedro, una confesión sin precedentes y de consecuencias extraordinarias, “Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo”.
Ha llegado el momento pues, de lanzarse a la misión de anunciar el Reino de Dios de forma abierta y entregada. Y esa tarea tan vasta y ardua requiere de personas dispuestas y entregadas, por eso además de enviar a los que están a su lado con toda la autoridad que él mismo posee, les insta a que rueguen “al dueño de la mies que envíe obreros a su mies”. No se trata sólo de trabajar por el evangelio, también debemos suscitar vocaciones que desarrollen esta labor con entusiasmo y generosidad.
El envío del Señor a preparar el terreno en el que se ha de sembrar la semilla de su Reino, es una tarea necesaria ayer, hoy y siempre. Y tomar conciencia de nuestra responsabilidad en esta misión, resulta en nuestros días algo urgente y fundamental para la vida de nuestras comunidades cristianas.
Ciertamente esta llamada es a todos los cristianos por igual. Todos, en virtud de nuestro bautismo, tenemos la misión de anunciar el evangelio mediante el anuncio explícito de Jesucristo en aquellos ambientes donde nos movemos, y comenzando por nuestro propio hogar; denunciando las injusticias y todo el mal que en el mundo se origina y que por oprimir al ser humano va contra el mismo Dios; dando testimonio de Jesucristo con nuestra forma de vivir y de relacionarnos con los demás; comprometiéndonos activamente en la transformación de nuestro mundo, asumiendo responsabilidades en la vida pública desde los valores de la justicia, la libertad, la paz y la caridad.
Pero junto a esta misión fundamental del cristiano, existen otras que han de ser asumidas de forma estable y permanente para el bien de la comunidad entera. Y me refiero a la vocación sacerdotal, religiosa y misionera; vocaciones esenciales en la vida de la Iglesia y sin las cuales ésta languidece y muere.
El servicio ministerial ha sido instituido por el mismo Jesucristo para el desarrollo y el cumplimiento de su misión. La  misión de anunciar el evangelio fue entregada a los discípulos por el mismo Jesús, a la vez que les encargaba velar por la comunión de manera que vivan la auténtica fraternidad que por la acción del Espíritu Santo congregue a todos en la unidad del amor, de la fe y de la esperanza.
De este modo han recibido del Señor el encargo de celebrar de forma constante el sacramento del amor y de la reconciliación.
 Mandatos como, “Haced esto en memoria mía”, y “lo que ates en la tierra quedará atado en el cielo”, son para nosotros alimento y estímulo en el seguimiento de Jesucristo, que por los sacramentos se hace presente en medio de su pueblo para nuestra salvación.
Para ello es necesario que sigamos pidiendo al Dueño de la mies que envíe obreros a su mies. La falta de vocaciones no es culpa de Dios, sino nuestra. No es Dios quien se ha olvidado de nosotros sino nosotros quienes tal vez no pidamos con suficiente confianza, sencillez y entrega, aquello que tanto necesitamos.
Pedir a Dios vocaciones nos implica a todos. A la Iglesia entera que ha de estar en permanente escucha para discernir los signos de los tiempos en los que hoy nos habla el Señor. Porque Dios sigue llamando a nuestra vida para encontrar en ella la disponibilidad necesaria a fin de llevar adelante su proyecto de salvación.
También es una llamada a las familias, que al pedir vocaciones a Dios han de suscitar en su seno un estilo generoso y dispuesto para acoger entre sus hijos e hijas el don de la vocación. Para vosotros padres y madres no ha de ser una desgracia el que vuestro hijo o hija abrace la vocación sacerdotal o religiosa, sino un don de Dios, un regalo que además de hacer feliz a vuestros hijos os llene de gozo a vosotros.
Con todo mi afecto os digo, que si de entre vuestros hijos e hijas no surgen vocaciones, que se sientan amparadas y queridas por sus padres, si en los hogares y familias cristianas no se valora este don de la llamada de Dios, en ningún otro hogar surgirán.
Y por último me dirijo a los jóvenes y a aquellos que todavía no habéis tomado una opción definitiva en vuestra vida. Abrir vuestro corazón al Señor. Dejad que resuene en él su llamada a vivir una vida entregada en el amor y en el servicio.
Toda opción conlleva sus renuncias y todo proyecto importante en la vida tiene sus dificultades. Pero os garantizo que si esa llamada es auténtica y la acogéis con entrega y confianza, será mucho mayor el gozo y la alegría que cualquier dificultad.
Dios no llama para hacernos unos desgraciados en la vida. Nos llama para estar con él en la intimidad de su amistad, para ser sus testigos en medio del mundo y así alentar la fe y la esperanza de su pueblo, el que nos sea encomendado. Todo ello para acercar el Reino de Dios a la vida de nuestros hermanos.
Que pidamos el don de la vocación con insistencia al Señor, y que estemos dispuestos a acogerlo si nos lo concede. Que nuestra Madre María nos abra el corazón a la acción de Dios como ella misma ofreció el suyo, y que la llena de gracia, nos infunda su alegría, aquella que proclamó la grandeza del Señor, porque ha hecho maravillas en nosotros.

sábado, 22 de junio de 2013

DOMINGO XII TIEMPO ORDINARIO


DOMINGO XII TIEMPO ORDINARIO

23-06-13 (Ciclo C)


Un domingo más somos invitados por el Señor para celebrar el inmenso don de la fe como comunidad de hermanos e hijos de Dios. En esto consiste el núcleo del domingo, el Día del Señor; una jornada que para los cristianos ha de estar centrada en esta Asamblea pascual, porque de ella vive y se nutre toda nuestra espiritualidad y existencia.

Y en este tiempo litúrgico ordinario, vamos acompañando a Jesús en los momentos cotidianos de su vida, para conocerle mejor, escuchar su enseñanza, recibir su llamada de ser discípulos suyos y fortalecer nuestros vínculos de amor y amistad con él y con los hermanos.

En este día la Palabra de Dios nos invita precisamente a valorar esta actitud personal de ser seguidores del Señor. Algo que también tuvieron que discernir aquellos apóstoles de la primera hora, y que como a nosotros, no siempre les resultó fácil de comprender y asumir.

En el caminar diario junto a Jesús, han pasado por muchas etapas y superado muchos escollos. De la llamada inicial y la curiosidad que en ellos se despertó, tras el conocimiento personal y el afecto profundo, llega el momento de dar su respuesta personal y fundamental. Respuesta que cambiará toda su vida.

Jesús es consciente de que entre las muchas personas que le siguen ha despertado ilusiones y expectativas diversas. Y así cuando se encuentra a solas con sus amigos, les pregunta sobre esta cuestión; ¿qué dicen de mí?

Y en la respuesta de los discípulos se va dibujando las esperanzas de tantas personas sedientas de sentido y de una auténtica liberación, ya que los personajes con los cuales identificaban a Jesús, Juan el Bautista, Elías o uno de los profetas, eran precisamente aquellos que en su tiempo encarnaron la esperanza salvadora de Israel.

Y es de destacar, que Jesús no rechaza estas semejanzas para con su persona. De hecho él ha vivido totalmente volcado en el cumplimiento de la voluntad del Padre Dios, mostrando con su vida y su palabra un nuevo camino de vida y plenitud que suscita en quienes le siguen, la gracia y la paz.

Pero a Jesús lo que realmente le interesa es hasta dónde le han conocido sus más íntimos, aquellos con los que lleva tres años compartiendo la totalidad de su vida, su intimidad, su espiritualidad.

Y Pedro, quien tantas veces asume la representación de sus hermanos, da el mayor paso de toda su vida, “Tú eres el Mesías de Dios”. Pedro no define a la persona, Pedro confiesa al mismo Dios. Pedro ha realizado en su alma una transformación vital que ya no le dejará indiferente ni al margen de lo que suceda con su Señor. Y con Pedro los demás apóstoles que asienten lo definido por él.

Sin embargo todavía no se puede hablar abiertamente de esto, y así Jesús les impone el silencio. Y no porque sea errónea su experiencia, sino porque les falta asumir y aceptar la otra cara de su mesianismo y que inmediatamente les pasa a relatar; “El Hijo del hombre debe sufrir mucho y ser reprobado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, ser condenado a muerte y resucitar al tercer día”.

 La euforia de la confesión mesiánica de Jesús, se desvanece ante el anuncio del destino de su vida. Y les muestra que la única manera de confesar de forma auténtica que Jesús es el Mesías de Dios, pasa necesariamente por la aceptación del camino hacia el Calvario que debe tomar.

Este hecho no fue sencillo de asumir por aquellos discípulos, como tampoco lo es para nosotros. De hecho cuando S. Mateo narra en su cap. 16 este episodio, muestra como Pedro intenta disuadir a Jesús para que no tome ese camino de sacrificio absoluto, y cómo Jesús se enfrenta duramente a él porque “piensa como los hombres y no como Dios”.

Nosotros queremos tomar siempre el camino fácil, evitar los sacrificios, vivir en la permanente carcajada. Y sin embargo la vida real, nos guste o no, contiene sus muchas renuncias y sacrificios que necesariamente se han de asumir para vivir en verdad y fidelidad.

La cruz de Jesús no fue urdida por Dios de forma inmisericorde. La cruz fue la consecuencia de la vida fiel, entregada y auténtica de aquel que buscó por encima de todo el Reinado de Dios y su justicia; el amor universal frente al odio; la misericordia y el perdón frente a la venganza; la caridad frente al egoísmo; la paz y la concordia frente a la violencia y la división.

Luchar contra el mal de este mundo y denunciar valientemente a quienes eran sus principales causantes, los poderosos y egoístas cuya ambición no tiene límites, fue la causa de la pasión del Señor. Pero al matar al Justo, no acabaron con el ansia de justicia, al crucificar al Santo, no exterminaron la santidad del Pueblo de Dios que sigue clamando al cielo ante el sufrimiento del ser humano. Porque lo mismo que han existido siempre quienes desean optar por el camino fácil de la manipulación y el triunfo individualista, también han brillado con fuerza quienes recibiendo la luz de Cristo, se han entregado y se entregan siguiendo fielmente su llamada en el amor.

Hoy somos nosotros quienes tenemos que seguir confesando a Jesús como nuestro Mesías y Salvador. Sabiendo que al igual que a los apóstoles del Señor, a nosotros también nos cuesta aceptar los sacrificios que la coherencia de una fe vivida en autenticidad conlleva.

Pero sobre todos debemos tener presente que la fuerza no reside en nuestras capacidades humanas. No fueron las dotes de los discípulos lo que les llevó a mantenerse fieles, de hecho en el momento de la verdad abandonaron al Señor. Fue la fuerza del Espíritu de Cristo resucitado la que revitalizó aquellas vidas heridas para lanzarlas con ímpetu a la evangelización del mundo entero. Y nosotros somos también portadores de este mismo Espíritu, que nos anima y mantiene fieles en la fe y la esperanza.

La Eucaristía es el alimento que renueva esta esperanza manteniéndonos unidos en el amor. Que hoy sintamos con gozo la presencia del Señor cercano y amigo, que nos sigue preguntando a cada uno quién es él para nosotros. De modo que viviendo esta genuina fraternidad, le respondamos con fe y convicción, “tú eres el Mesías”, nuestro Señor.

viernes, 14 de junio de 2013

DOMINGO XI TIEMPO ORDINARIO


DOMINGO XI TIEMPO ORDINARIO
16-06-13 (Ciclo C)

Un domingo más nos reunimos la comunidad cristiana para celebrar juntos nuestra fe, donde la vida de Jesús y su quehacer cotidiano, nos va mostrando las actitudes de misericordia y amor que llenan su vida y su entrega a los demás.

Dos son las cuestiones que la Palabra escuchada nos invita a profundizar en nuestra vida. Por una parte la experiencia del perdón y el ejercicio de la misericordia, y por la otra la realidad de la fe como única fuente de salvación.

En la primera lectura, el breve texto escuchado del segundo libro de Samuel, nos muestra la infidelidad del rey David y su posterior conversión. David que lo posee todo, se deja vencer por el deseo carnal, cayendo en la corrupción y llegando a asesinar a uno de sus soldados para así adueñarse de su esposa y tapar el grave pecado de adulterio cometido con ella. Dios le confronta con severidad ante la perversión de su corazón, y el profeta Natán, le hace caer en la cuenta de su pecado.

David reconduce su vida, siente con amargura las consecuencias del mal cometido y pide humildemente perdón, de tal modo que el mismo profeta le devuelve la esperanza y le conforta por su conversión. En breves líneas, se nos transmite toda una experiencia de vida. No es tan fácil ni tan rápido provocar un cambio radical en la existencia de quienes han optado por la senda del mal. Y tampoco suscitar en el resto de los fieles entrañas de misericordia y acogida para con el hermano arrepentido. Con frecuencia nos quedamos sólo en la parte oscura de esas vidas criminales, y nos conformamos con que esa gente sea entregada a la justicia y cumpla su condena. Todo lo demás nos es indiferente. No nos importa su reinserción, ni su regeneración como persona, ni su conversión como cristiano. Y esta dinámica habitual de nuestro tiempo, en el fondo nos hace insensibles a los demás.

Nuestra fe en Jesucristo no puede quedarse en la condena del pecador. Sería una actitud contraria a la vida de Cristo que vino para salvar y no para condenar, y cuya muerte y resurrección son la fuente de la redención universal y gratuita de Dios.

Cuando hablamos del pecado y del perdón, debemos también aproximarnos a las vidas de quienes se han hundido en el mal y necesitan su regeneración humana y social. Y aunque la justicia sea necesaria y el cumplimiento de su penitencia deba ser proporcional al mal cometido, todo eso debe tener como horizonte fundamental la re-humanización de quien por su propia degeneración, consciente o inducida, ha caído en el mal de su perversión personal y criminal.

Qué nos enseña la fe en Jesucristo, ante esta realidad del mal y el pecado. Que por una parte tenemos la responsabilidad de hacer consciente al hermano del mal que ha cometido, y por otra vencer nuestro afán de venganza y de justicia desencarnada para favorecer la sanación del pecador, y todo ello desde la absoluta confianza en la acción salvífica del amor de Dios capaz de provocar la auténtica conversión del pecador y su rescate para la vida en plenitud.

Los fariseos del evangelio le reprochan a Jesús el que se deje contaminar por el contacto con la pecadora. Ponen en tela de juicio su honestidad y autenticidad de palabra y obra, porque no repudia a quien ha pecado gravemente.

Y Jesús no necesita justificar su actitud, lo que hace es plantear una cuestión muy sencilla y evidente; a quien mucho se le perdona mucho tiene que agradecer porque ha recibido mucho amor.

Pero a quien poco se le perdona, poco ama.

Y ante todo nos deja bien claro que es la gratuidad del amor de Dios lo que en este caso se pone en juego. “Tu fe te ha salvado”. No son el cumplimiento de las normas y las leyes, o el ejercicio de grandes obras y misiones lo que nos trae la salvación, sino la fe en Jesucristo. Es la fe y sólo la fe, lo que conduce a una vida nueva porque nos regenera y nos transforma.

Si fueran nuestras obras la fuente de la gracia, Dios nos sobraría. No necesitaríamos de Dios para nada, ya que sería la capacidad humana la única necesaria para la salvación. Pero que necedad opinar así. Por mucho que nos esforcemos y por grandes que sean las obras de las que podemos ser autores, la verdad es que el amor de Dios es gracia y don. Dios nos ha amado primero sin necesidad de que nosotros hagamos nada para corresponderle, y la única razón de nuestra respuesta está en el gozo que sentimos al sabernos amados por él.

Un padre o una madre, aman a sus hijos mucho antes de que estos siquiera hayan nacido, y mucho antes de que puedan recibir ninguna respuesta a su amor. El amor de Dios es igualmente gratuito e inmenso, y ese amor es el que nos hace hijos suyos, criaturas de su propiedad y destinatarios de su salvación.

Nuestras obras son necesarias como respuesta a ese amor. La única manera de sentir el amor es correspondiendo de la misma manera; porque “amor, con amor se paga”. Y además ninguna otra respuesta, que no sean el amor y la fe, es agradable a Dios.

Muchas veces caemos en la tentación de creer que nuestro cristianismo depende de las obras que hacemos. De nuestro compromiso a favor de la justicia y del bien de los demás. Y aunque las buenas obras hablan bien de quienes las realizan, en ellas no está la fuente de la fe. La única fuente y su fundamento es Jesucristo, y sólo él. Por muchas obras buenas que realicemos, si nos falta este fundamento de nada nos sirven. Y este es un riesgo que en nuestro mundo materialista podemos correr con facilidad. Tendemos a materializarlo e instrumentalizarlo todo, hasta el amor y la fe. Y estas son realidades absolutamente gratuitas.

Hoy es un día de acción de gracias, y esta gratitud encuentra su mejor expresión en la vivencia de la Eucaristía, perfecta acción de gracias a Dios por el don de Jesucristo que se nos entrega como alimento de salvación.

Que sepamos acoger con gratitud este don del amor del Señor, y que al vivirlo de forma fraterna, extendamos con generosa abundancia sus frutos, para el bien de nuestros hermanos.

sábado, 1 de junio de 2013


SOLEMNIDAD DEL CUERPO Y SANGRE DE CRISTO

CORPUS CHRISTI  2-06-13


        Un año más celebramos la fiesta del Cuerpo y la Sangre de Jesucristo. Memorial de su Pasión, muerte y resurrección, y Sacramento de su amor universal. Precisamente por ese amor entregado para nuestra salvación, podemos unir en esta fiesta del Corpus el día de la Caridad. Al compartir el alimento que nos une íntimamente a Cristo nos hacemos partícipes de su  mandato “haced esto en memoria mía”, aceptando su envío en medio de los más pobres para compartir con ellos nuestra vida y nuestra fe.

        No podemos separar la eucaristía de la caridad. Los cristianos que nos reunimos para escuchar la palabra del Señor y compartir el pan de la vida que él nos da, hemos de prolongar esta fraternidad eucarística en el mundo nuestro, junto a los hermanos que carecen de afecto, de medios, de una vida digna y feliz.

        No todo el mundo vive dignamente, de hecho somos una minoría los que en el mundo actual podemos agradecer esta vida digna. La mayoría de la población mundial carece de los recursos necesarios para una subsistencia adecuada. Y en vez de acoger su precariedad para sentirnos solidarios con ellos, muchas veces nos fijamos en aquellos que se enriquecen con facilidad y rapidez poniéndolos como modelos a seguir, y hasta envidiándolos por su opulencia.

Una cosa es luchar legítimamente por alcanzar esa vida digna a la que todos tenemos derecho y otra muy distinta la ambición desmesurada que al final nos endurece el corazón hasta llevarnos al egoísmo y a la idolatría del dinero.

La entrega de Jesucristo en la cruz, nos abre la puerta de la redención. Y aquella entrega viene precedida de una vida sensible para con los necesitados, los enfermos, los pobres y los marginados.

A Jesucristo resucitado se llega por medio de una vida ungida por el Espíritu de Dios para anunciar la Buena Noticia a los pobres, la libertad a los oprimidos, la salud a los enfermos y la salvación para aquellos que acogen este don de Dios.

        Cristo nos dejó su testamento en el cual nos ha incluido a todos y no sólo a unos privilegiados. La vida en este mundo es injusta y desigual no porque Dios lo haya querido sino porque nosotros lo hemos causado. Dios no quiere que haya pobres y ricos, rechaza la injusticia que causa este mal, y nos llama a su seguimiento a través del camino de la auténtica fraternidad y solidaridad.

        Este testamento de Cristo lo actualizamos cada vez que nos acercamos a su altar. Su Cuerpo y su Sangre entregadas por nosotros, y compartidos con un sentimiento fraterno y solidario, nos unen a la persona de nuestro Señor Jesucristo y a su proyecto salvador. Por eso “cada vez que comemos de este pan y bebemos de este cáliz, anunciamos tu muerte y tu resurrección hasta que vuelvas”.

        La caridad no se hace, se vive. No hacemos caridad cuando damos dinero a un pobre, vivimos la caridad cuando nos preocupamos por su vida, buscamos cómo atenderla mejor, y nos esforzamos por acompañarle a salir de su situación para siempre.

        Vivir la caridad es prolongar la Eucaristía del Señor, su cuerpo y su sangre derramada por amor a todos, para la salvación de todos. Las palabras que día tras día escuchamos en la Consagración nos muestran que Jesús no economizó su entrega sino que fue universal y por siempre.

        Desde aquel momento en el que nacía la Iglesia, ésta siempre tuvo como acción primera y fundamental, unida al anuncio de Jesucristo, la vivencia de la caridad.  Atender a los pobres y necesitados estaba unido a la oración y a la fracción del pan de tal manera que no se podía permitir que en la comunidad de los cristianos alguien pasara necesidad.

        Vamos a pedir en esta Eucaristía que el Señor nos ayude a recuperar nuestra capacidad solidaria y fraterna para poder compartir con autenticidad el pan de la unidad y del amor.