sábado, 2 de mayo de 2015

V DOMINGO DE PASCUA


DOMINGO V DE PASCUA
3-5-15 (Ciclo B)

      “Yo soy la vid, vosotros los sarmientos; el que permanece en mí y yo en él, ese da fruto abundante”.

      Esta frase del evangelio, podemos acogerla hoy como el resumen de toda la Palabra proclamada, y además como el principio de la comunión en la Iglesia, nota fundamental de nuestro ser Pueblo de Dios.

      Durante estos días vamos celebrando con alegría el tiempo gozoso de la Pascua. En el que recordamos el núcleo de nuestra fe, la resurrección del Señor. Somos cristianos porque reconocemos en Jesús a nuestro salvador, el Dios con nosotros que ha vencido a la muerte y nos ha abierto el camino de la vida en plenitud.

      Toda la liturgia de este tiempo de gracia nos muestra cómo vivieron aquellos discípulos este momento tan importante. Unos se encontraron la tumba vacía, otros descubrieron a Jesús cuando huían hacia Emaús. Otros reciben su visita cuando encerrados por el miedo a los judíos más necesitaban de la fuerza del Señor.

      Hay quien a pesar de todo no lo cree y necesita tocar personalmente a Jesús para aceptarlo. Y también habrá quienes crean en él sin haberlo visto nunca y se fíen del testimonio de otros creyentes.

      Nuestra fe no es sólo la crédula aceptación de lo que otros dicen. Es una fe personalizada en nuestro encuentro personal con el Señor, y avalada por el compromiso auténtico de otros hermanos que a lo largo de los siglos han vivido la unidad de la fe, sabiendo compartir su esperanza y buscando honestamente la voluntad de Dios en cada momento.

      Aquí está la única garantía que los cristianos tenemos de andar por el camino de la verdad, la comunión eclesial. Todos somos libres para pensar, decidir y optar en la vida, pero todo ello ha de estar iluminado por nuestra fe cristiana, la cual será auténtica y verdadera si se vive en la plena unidad eclesial. La comunión entre los cristianos que formamos la Iglesia es la única garantía de autenticidad y fidelidad a Cristo.

      S. Pablo comprendió muy bien esta necesidad de comunión eclesial. El se sentía elegido por el mismo Jesús en aquel camino hacia Damasco. En su encuentro con el Resucitado experimenta una transformación vital, de modo que de perseguidor de los cristianos pasará a ser testigo cualificado de la fe. Elegido personalmente por el Señor para abrir el evangelio a los gentiles, a los alejados.

      Sin embargo, y pese a saberse enviado por el mismo Jesucristo, siente que le falta algo fundamental, el reconocimiento del grupo de los discípulos de Jesús, y en especial de aquellos que el mismo Señor colocó al frente de su pueblo, los Apóstoles con Pedro a la cabeza.

No se puede ser cristiano por libre, al margen de la Iglesia. Una cosa es creer en algo, y otra muy distinta creer en Jesucristo. Las creencias u opiniones subjetivas no conllevan la entrega de toda la vida. La fe en Jesús implica su seguimiento, la adhesión vital a su persona y la vinculación al grupo de sus seguidores que es la comunidad cristiana, la Iglesia, fraternidad de hermanos que comparten su fe, congregados en el amor.

      Así es como debemos vivir nuestra experiencia cristiana. Necesitamos de los demás para sentir de forma afectiva que somos parte de la gran familia cristiana. Por Jesús hemos descubierto el rostro paterno de Dios. En Jesús hemos sido adoptados como hijos por Dios y así nos reconocemos hermanos. Y es en esta fraternidad donde recibimos el envío misionero por el Espíritu Santo que se nos ha dado en el bautismo.

      Fuera de la Iglesia se hace muy difícil vivir la fe en Jesús; y al margen de ella, es imposible asegurar que esa fe nuestra sea auténticamente cristiana.

      La unidad entre la vid y los sarmientos es tan esencial, que si nos separamos del tronco que nutre la fe, que es Cristo, acabamos secando nuestra esperanza y vaciando de sentido nuestras opciones. Y esa unidad con Jesucristo sólo se puede garantizar si vivimos unidos entre quienes nos reconocemos sus discípulos y hermanos en el amor del Señor. Lo cual no es por capricho nuestro, sino por expreso mandato suyo.

      Para asegurar esta dimensión comunitaria, Jesús instituyó el grupo de los Doce. Aquellos discípulos del Señor que vivieron a su lado y recibieron de Él el envío de anunciar el Evangelio a todas las gentes, fueron sucedidos por otros hermanos en la fe, los obispos. Y en esta sucesión apostólica que llega hasta nuestros días, se sustenta la misión de velar por la unidad de la Iglesia, la comunión entre sus miembros y la garantía para que todos seamos realmente fieles seguidores de Cristo.

      Los ministerios en la Iglesia no son motivo de poder, ni de orgullo, ni de prestigio social. Son servicios para la unidad, la verdad y la esperanza de todos. Ni el Papa ni los Obispos han de ser vistos como modelos de jefes o mandatarios a la usanza del poder civil. La autoridad en la Iglesia no es sinónimo de poder sino de sacrificio y entrega a los demás, y en todo caso su ejercicio no es para un beneficio personal sino como disponibilidad y entrega para el bien de los hermanos.

      Cuando nos distanciamos del sentimiento unitario de la comunidad eclesial, y elevamos a categoría de absoluto nuestro propio pensamiento individual, cerrando la puerta al contraste y a la escucha de los hermanos, al final también nos cerramos a la palabra del mismo Dios. Y si perdemos esta necesaria referencia al evangelio de Jesús, convertiremos la fe en ideas sonoras, pero vacías de contenido real.

      Precisamente esta falta de atención a la voz de los hermanos y de los pastores de la Iglesia, es lo que nos lleva a situarnos ante problemas cruciales del presente de una forma superficial y excesivamente a-crítica, dejándonos llevar por la marea del pensamiento hedonista, y perdiendo capacidad de ser luz y referente para los demás.

La identidad cristiana ha de unir la confesión de la fe en Jesucristo con el testimonio de una vida que se desarrolla en coherencia con su Evangelio. Y cuando surgen dudas legítimas en el ejercicio cotidiano de nuestras responsabilidades familiares y sociales, es más que razonable el intentar dirimirlas a la luz de la fe, mediante el contraste con otros creyentes en la comunión eclesial.

Vamos a pedir hoy al Señor por esta unidad esencial en su Iglesia, para que en medio de tantos intereses personales e ideológicos, no olvidemos nuestra vocación de hijos de Dios en permanente atención a su llamada, y dejemos que sea Jesucristo, el Señor, quien nos ayude a descubrir que nuestra dicha está en este proyecto de hermanos que él nos ofrece.

Que sintamos siempre que la comunión eclesial es similar a la unidad del sarmiento a la vid, y así vivamos una fe vigorosa y fecunda en medio de nuestro mundo, siendo luz que ilumine con la verdad del evangelio, y sal que dé sabor por nuestro testimonio generoso y fiel.

sábado, 25 de abril de 2015

IV DOMINGO DE PASCUA-EL BUEN PASTOR


DOMINGO IV DE PASCUA
26-4-15 (Ciclo B)

      En este tiempo pascual vamos desgranando las diferentes experiencias gozosas de encuentro con el Señor resucitado. Y nosotros, como herederos de aquella primera vivencia que ponía en marcha la Iglesia de Jesucristo, también hoy nos fijamos en el rostro del Buen Pastor.

      Jesús es el Buen Pastor, el que da su vida por aquellos a los que ha congregado junto a él en el nuevo pueblo de Dios. El simbolismo que nos transmite esta imagen del pastor y sus ovejas, es uno más entre los muchos que nos muestran el amor incondicional de Jesús para con todos nosotros.

      Buen Pastor es el que da la vida por sus ovejas, el que camina delante para descubrir los pastos adecuados y evitar los peligros que acechan. Buen Pastor es el que conoce a su rebaño, y éste se siente seguro junto a quien lo pastorea.

      Utilizando la realidad cercana para aquellos que lo escuchaban, pues muchos eran pastores, Jesús marca nuevas metas a quienes han de asumir la responsabilidad de recoger su testigo en el servicio pastoral de su pueblo, los discípulos y sus sucesores.

      Llamados a entregar la vida por toda la comunidad cristiana, y fomentando la comunión, los pastores han de buscar la unidad en el amor y en la fe, desarrollando y proponiendo modelos de convivencia que mantengan en la auténtica fraternidad a quienes hemos sido constituidos hermanos e hijos del mismo Padre Dios.

      Esta es la misión fundamental de los Pastores de la Iglesia y por la que todos hemos de orar a fin de que el Pueblo de Dios siempre se mantenga unido en la fe, la esperanza y el amor. De este modo podrá dar testimonio de Jesucristo a todas las gentes.

      Pero la vocación de Jesús como Buen Pastor, no termina  en los límites de su rebaño. “Tengo, además, otras ovejas que no son de este redil; también a esas las tengo que traer”. Jesús sabe que aún falta mucho camino por andar para que la humanidad entera sea congregada en un mismo proyecto de hermanos e hijos del mismo Padre Dios, que  nos ha creado en el amor. Y hay que comenzar a construirla desde el presente donde este pueblo santo que es la Iglesia, naciendo con la vitalidad fecunda de la resurrección de nuestro Señor, ensanche su mirada y abra sus horizontes, para sentirse enviada a anunciar el Evangelio a todas las gentes sin distinción.

      El buen pastor de nuestros días, ha de asumir como un deber de su fe y de su misión, el acercamiento a los alejados, la preocupación por aquellas personas que todavía no conocen a Jesucristo, o que tienen una idea deficiente y difusa de él, y buscarán los modos y tiempos adecuados para poder proponer con sencillez y verdad el mensaje del Evangelio, “a tiempo y a destiempo”, impulsados por el Espíritu Santo.

      Hoy es un día en el que todos tenemos que pedir al Señor que siga enviando pastores buenos a su pueblo. Personas capaces de vivir con entrega y generosidad su fe y optar como proyecto de sus vidas por la construcción de la comunidad cristiana, su unidad fundamental en la comunión eclesial y su proyección misionera. Celebramos la Jornada mundial por las vocaciones, con la responsabilidad de quienes sabemos que aunque las vocaciones son un don de Dios, también nosotros lo debemos vivir como tarea apremiante ante la escasez de las mismas.

      No podemos contentarnos con decir que pertenecemos a la Iglesia de Cristo, eso no es suficiente. Asumir nuestra identidad cristiana supone además de construir la comunidad cada día, ensanchar sus muros y hacerla acogedora para otros muchos que aún no están en ella. Hemos de ser transmisores de la fe por medio del amor. Y la transmisión sólo es posible si hay discípulos vocacionados.

      Somos testigos de la fe en Jesucristo, el Señor, quien nos ha mostrado el rostro de Dios como Padre de todos, y que con su vida y su entrega absoluta, ha trazado un camino nuevo donde quienes lo siguen encuentran su dicha y completan su esperanza. Él es el Hijo único de Dios que superando la muerte, nos ha abierto a puerta de la vida en plenitud.

      El discípulo del Señor ha de conducir su vida por sendas de justicia y de solidaridad. Con las alforjas de la entrega y de la generosidad, y con las herramientas de la misericordia y del perdón que siempre son creadoras de esperanza en medio de las adversidades. Buscando el bien de los hermanos y renunciando a todo aquello que nos divide, enfrenta o separa. El buen pastor no necesita demasiadas cosas para desarrollar su labor, y el exceso de peso material siempre es un estorbo para la misión.

El buen pastor, como señalaba antes, ha de vivir su vocación en la auténtica fraternidad ministerial y en la comunión eclesial. Los pastores de la Iglesia no somos dueños del rebaño, ni lo podemos conducir a nuestro antojo. Sólo hay un único Pastor que es Jesucristo, que ha confiado la misión de la unidad a su Iglesia bajo la guía Pedro y los apóstolos, y aquellos que legítimamente les han sucedido hasta nuestros días. La unidad en la Iglesia, vivida en fidelidad al evangelio de Cristo, es signo de autenticidad y de verdad.

      Qué sencillo parece y sin embargo cuanto nos cuesta mantenernos unidos. Cómo vamos dejando que las discordias y las diferencias se adueñen del ambiente que rodea las relaciones humanas. Unas veces por intereses ideológicos, otras materiales.

      La responsabilidad con el presente, nuestra vinculación en los asuntos temporales y las opciones ideológicas, no deben truncar nuestra vocación cristiana, ni la misión que en la comunidad hemos recibido por el envío apostólico.

      La fe ha de iluminar toda nuestra vida y sus concreciones en los diferentes ámbitos de la misma. Un cristiano no puede llamarse así y olvidar el dictado de su conciencia a la hora de tomar graves decisiones.

Hoy contemplamos al Buen Pastor, y ante él pedimos que nos siga enviando pastores que a su imagen, acompañen y animen la fe de su pueblo. En esta jornada pedimos especialmente por el Papa Francisco, sucesor del Apóstol Pedro en quien recaía la misión de sostener la fe de sus hermanos y congregarlos en la unidad. También pedimos por nuestro Obispo Mario, él ha recibido del Señor la misión de apacentar esta Iglesia de Bilbao, revitalizando sus raíces creyentes para iluminar nuestro mundo con la luz de la fe.

Que el Señor sigua enviando obreros a su pueblo, para que viviendo en plena unión con él, alienten la fe de los hermanos, y así podamos caminar juntos por sendas de justicia y de solidaridad hasta encontrarnos en su Reino de amor y de Paz.

sábado, 18 de abril de 2015

III DOMINGO DE PASCUA


DOMINGO III DE PASCUA
19-4-15 (Ciclo B)

El domingo pasado, destacábamos la actitud alegre como exponente de la realidad pascual que vivimos los creyentes. Una alegría serena y realista que sin perder de vista la verdad de nuestro mundo, con sus muchas oscuridades, no por ello se dejaba arrebatar el gozo que siente nuestro corazón al celebrar el triunfo de Cristo sobre la muerte.

Esta alegría pascual puede parecer empañarse ante la llamada a la conversión que la Palabra de Dios nos invita a vivir hoy. Y esto porque hemos reducido la realidad de la reconciliación a momentos puntuales como la cuaresma o el adviento, mientras que si profundizamos en la experiencia pascual, la verdadera conversión se suscita en el encuentro con Cristo resucitado.

Pedro en el relato de los Hechos de los Apóstoles inicia su predicación arrancando de la dramática realidad vivida ante el martirio del Señor. “Matasteis al autor de la vida”, con esta contundencia denuncia la responsabilidad de la que todos participan. Unos por ser instigadores, otros ejecutores y todos complacientes espectadores que sin hacer nada dejaron ajusticiar a Jesús, como si de un criminal se tratara.

La denuncia del apóstol exige una gran valentía para asumir por una parte, que él mismo lo había negado y por otra que el perdón de Dios se extiende a todos sin distinción, si con sinceridad asumimos nuestra vida y la reorientamos hacia el amor que Dios nos ofrece.

 

Pedro anuncia a Jesucristo muerto y resucitado, fin último del plan salvador de Dios anunciado desde antiguo, y en quien se han cumplido todas las promesas del Creador. Nuestro actuar humano está muchas veces empañado por la ignorancia, el miedo o la desidia. Pero la luz pascual ante la resurrección del Señor, nos ayuda a contemplar nuestras vidas con una actitud nueva, con esperanza y fidelidad.

Esperanza porque ahora nuestros temores han sido superados ante la experiencia de encuentro con Jesucristo resucitado, y confianza dado que sabemos que Dios no nos ha abandonado, y que su Espíritu permanece alentando la fe y el amor de su pueblo.

Así lo experimentaron aquellos discípulos del Señor en los diferentes encuentros con él vividos. Los evangelistas nos narran cómo muchas veces permanecía la duda o el temor, como la sorpresa les deja sin palabras y lo que les cuesta abrir el corazón para creer que su Maestro sigue vivo.

Pese a todo el saludo del Señor es siempre el mismo, “paz a vosotros”. No les reprocha ni su abandono ni su temor. Jesús comprende la dificultad humana para entender con tantos prejuicios como tenemos. Por eso necesitamos que él nos abra el entendimiento y que nos ayude a profundizar desde la fe, en el misterio del destino último de nuestras vidas.

Y aunque queramos acoger sin recelo la novedad de esta experiencia gozosa que nos ayuda a esperar un futuro en la plenitud de la vida divina, también debemos asumir que es necesario pasar por el trance de la cruz; “era necesario que el Mesías padeciera, resucitara de entre los muertos al tercer día, y en su nombre se predicara la conversión y el perdón de los pecados”.

Una tentación de todos nosotros es querer esquivar la cruz. A nadie le gusta el sufrimiento ni el dolor, como tampoco a Jesús. Cuando la comunidad cristiana habla de asumir la cruz, no lo hacemos como elección positiva, buscando el sufrimiento gratuito. Asumir la cruz significa afrontar con valor las consecuencias de una vida coherente con la fe confesada. Aceptar los costes que conllevan en nuestros días ser discípulos de Jesucristo, y no negarle o traicionarle como tantas veces, desde el comienzo mismo, hacemos los que a pesar de tener un corazón bien dispuesto, nos vence el temor o la duda.

Eso es lo que aquellos discípulos, con Pedro a la cabeza, intentan transmitirnos. Ellos mismos siguieron al Señor con entusiasmo, lo conocieron y amaron como nadie, y sin embargo en el momento fundamental le fallaron. Ahora nos intentan transmitir con su predicación que estemos alerta en la vida, que nosotros no somos mejores que ellos ni tenemos una fortaleza especial por mucho que sepamos que Cristo ha triunfado sobre la muerte. De hecho podía parecer que para la comunidad nacida tras la resurrección de Jesús le sería más llevadero soportar las dificultades del camino porque conocía el final victorioso del Señor. Y sin embargo no fue así.

Por eso es necesario mantener viva la confianza en la misericordia del Señor. Y la llamada a la conversión que hoy se nos hace es para aceptar con humildad el peso de nuestras cobardías y temores, y ponerlos ante el Señor para que él nos ayude a superarlos con valor.

Los discípulos de Jesús volvieron a mirar al Señor con entereza y sencillez. Y en el cruce de sus miradas no sólo no encontraron reproches ni condenas, sino una acogida llena de amor por parte de aquel que entregó su propia vida por ellos y por toda la humanidad.

También nosotros debemos saber levantarnos cada vez que tropezamos y caemos, sabiendo que si grande es el mal cometido o la distancia que nos separa de Dios, mayor es su amor y misericordia que todo lo vence y regenera para la vida eterna.

Si creemos de verdad que Cristo ha resucitado no podemos desconfiar de su poder salvador, que a todos nos acoge para reconciliarnos con él y entre nosotros.

Esta llamada pascual a la conversión, exige por nuestra parte dos actitudes esenciales, humildad y generosidad.

Sólo la humildad nos ayuda a reconocer la responsabilidad de las acciones cometidas y sus consecuencias para los demás. Los egoísmos, las violencias, los odios y rencores, todo ello precisa de grandes dosis de humildad para ser afrontadas con verdad por nuestra parte a fin de que el Señor las purifique y transforme.

Y la segunda actitud es la generosidad. Tal vez no nos cueste demasiado pedir perdón, pero ¿estamos también dispuestos a perdonar? ¿Somos generosos con los demás, en la misma medida en que deseamos que lo sean con nosotros?

Esta es la gran cuestión que a la luz de la Pascua debemos responder en lo profundo del alma. Cristo murió perdonando a quienes lo mataban, y en su resurrección no buscó la venganza divina. Al contrario. El perdón que descendía de la cruz, en la resurrección de Jesucristo regenera a la humanidad entera y le abre el camino de la vida en plenitud.

Pidamos al Señor en esta eucaristía que nos ayude a experimentar el don del perdón en nuestra vida, porque vivido como él nos ha enseñado, asentado en el amor sincero, es camino de encuentro y de reconciliación sanadora. Y así seremos los cristianos en medio de este mundo nuestro tan necesitado de esperanza, mensajeros de la vida y de la paz.

sábado, 21 de marzo de 2015

V DOMINGO DE CUARESMA


DOMINGO V DE CUARESMA
22-3-15 (Ciclo B)

       Llegamos al final de la cuaresma para dar paso inmediato a los días más intensos del tiempo litúrgico, y así nos vamos preparando para vivir el acontecimiento central de nuestra fe en la pasión, muerte y resurrección de nuestro Señor Jesucristo.

La Palabra de Dios que hoy se nos proclama, nos deja apreciar con claridad esa preparación en la misma vida de Jesús para asumir con fidelidad la entrega absoluta de su vida por amor a los hombres, sus hermanos.

Así, mientras que algunos siguen interesados en su persona por la curiosidad que en ellos despiertan sus palabras y gestos, otros sentirán el peso de la radicalidad a la que son llamados, renunciando a seguirle y abandonando el grupo de los discípulos del Señor.

Jesús va a ir enfrentándose en los momentos finales de su vida a la incomprensión de casi todos y al rechazo de muchos. Aquel joven nazareno que tanto entusiasmo despertó por sus palabras llenas de autoridad y por sus signos colmados de esperanza, es rechazado al mostrar el verdadero camino que conduce hasta el Padre, la entrega, la renuncia y el servicio. Para dar el fruto que Dios espera, es necesario entregarse sin condiciones a su plan salvador, porque “si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo”.

No hay caminos alternativos ni atajos que nos eviten la entrega personal si queremos de verdad seguir a Jesucristo. Tomar el camino del amor egoísta indiferente para con los demás y soberbio ante Dios, sólo conduce a perder la vida, su sentido último y su plenitud.

Para seguir a Jesús no hay otro camino que el andado por él. El camino de la renuncia personal, la búsqueda permanente de la voluntad de Dios y el amor desinteresado para con los hermanos.

El simbolismo del grano de trigo cuya fecundidad depende de su muerte al plantarse en la tierra, se llena de contenido al contemplar a Jesús clavado en una cruz plantada en el Calvario. Cristo es el grano de trigo fecundo que va a colmar abundantemente las aspiraciones de la humanidad, y en medio de la agitación que siente su alma por la misión que ha de asumir en este momento fundamental de su vida, escucha con claridad el respaldo definitivo del Padre “lo he glorificado y volveré a glorificarlo”. Quien ve a Jesús ve a Dios, quien se une vitalmente a Jesús crucificado compartirá el gozo de Cristo glorificado.

Esta experiencia de fe es importantísimo renovarla constantemente en nuestro corazón porque las dificultades de la vida, los momentos de adversidad y la prueba que debamos superar en cada recodo del camino nos llevarán a sentir también en nuestra alma esa agitación y desasosiego del mismo Señor. No pensemos que para él fue mucho más sencillo que para nosotros mantener firme su ánimo y superar el dolor de las rupturas o del abandono de los suyos. Jesús era plenamente hombre como cualquiera de nosotros y durante los días santos que se nos acercan contemplaremos la durísima realidad por él vivida.

Pero Jesús sí tenía un asidero indeleble sobre el que sostener su vida, el amor del Padre y su relación íntima con él. La unidad existencial entre Jesús y el Padre Dios que ha acompañado toda su vida, se hace ahora más necesaria y consistente. Y son para nosotros garantía de que Dios también actúa en nuestra vida si vivimos, como Jesús, completamente entregados a él.

Cuando Jesús nos llama al seguimiento en su servicio, lo hace con una promesa firme, “donde esté yo, allí también estará mi servidor; a quien me sirva, el Padre le premiará”.

Jesús no nos llama para seguirle a un destino incierto, su llamada es la vida en plenitud, a participar de su misma gloria, a compartir para siempre la realidad del Reino prometido, en una fraternidad universal de hijos e hijas de Dios.

Esta es la meta de nuestra vida para la cual nos vamos preparando a lo largo de la misma sabiendo que muchas veces tendremos que caminar entre luces y sombras, gozos y pesares, dudas y certezas. Pero tengamos muy presente que este camino no lo iniciamos nosotros, sino que lo transitamos tras las huellas de Aquel que nos amó primero y que entregó su vida por el rescate de todos.

Cristo, “a pesar de ser Hijo, aprendió, sufriendo, a obedecer”. Su obediencia incondicional y absoluta al plan de Dios fue vivida con entrega y disponibilidad, sin renunciar al sufrimiento que muchas veces llevaba consigo. Porque la obediencia, cuando es veraz y generosa, asume con libertad los costes de la misma por puro amor y en la confianza plena en Dios.

La obediencia de Jesús “llevado a la consumación, se ha convertido para todos los que le obedecen en autor de salvación eterna”. No seguimos los cristianos a un fracasado de la historia. Somos discípulos del único que ha sellado con su vida la alianza definitiva, y cuya ley ha sido escrita en nuestros corazones para darnos vida eterna.

Pidamos en esta eucaristía, y en los días que nos quedan para vivir la alegría pascual, que el Señor cree en nosotros un corazón puro, como le hemos pedido en el salmo. Un corazón capaz de amar sin reservas a Dios, escuchando su llamada y poniendo por obra su voluntad. De este modo, con la vida renovada por completo, sentiremos de verdad la alegría de su salvación y así nos entregaremos con generosidad al servicio de nuestros hermanos, con quienes estamos llamados a transformar nuestro mundo en el reino de Dios.

Este miércoles celebramos la solemnidad de la Anunciación del Señor. Con María Stma. nos abrimos de par en par al don de la vida, que en Cristo ha sido dignificada de tal modo, que nos ha hecho a todos hijos de Dios. Que la Virgen nos ayude a vivir en fidelidad al evangelio de su hijo, y seamos portadores de vida y de esperanza en medio de nuestro mundo.

miércoles, 18 de marzo de 2015

SAN JOSÉ, el esposo de la Virgen María


SOLEMNIDAD DE S. JOSÉ
19-3-15

Dentro de la austeridad cuaresmal, celebramos hoy con solemnidad la fiesta de S. José. La humilde vida y obra de este hombre que supo desarrollar un papel fundamental en la historia de Jesús, ocupando un lugar discreto pero eficaz en la educación del Hijo de Dios.

Los relatos sobre S. José son muy escasos, sólo aparece en los evangelios llamados de la infancia, de S. Mateo y S. Lucas, los cuales nos narran varios aspectos de su vida y misión.

El primero su vocación, correspondiente al relato que hoy se nos ha proclamado; José comprometido en firme con María, al estilo propio de su tiempo en que tardaban un periodo en convivir juntos después de realizado el desposorio, se encuentra con la terrible sorpresa de que la mujer a la que ha unido su vida espera un hijo que no es suyo. La consecuencia inmediata de esto la describe el evangelista con absoluta claridad; ha de denunciarla a las autoridades y que la justicia de la ley de Moisés siga su curso.

Pero el narrador sagrado nos muestra un rasgo fundamental de José, era justo, era bueno. José entablaba su lucha interior entre la decepción sufrida y la decisión que ha de tomar, y opta por la que ocasione menor daño a la mujer que quiere, decidiendo repudiar en secreto a María. Así evitaría un juicio severo y una condena durísima para ella.

Sin embargo la última palabra no está dicha, y lo mismo que María se vio sorprendida por la irrupción de Dios en su historia personal, José va a ser llamado por Dios a una misión igualmente única e irrepetible, asumir la condición de padre de quien es el Hijo de Dios. El Señor ha tejido su proyecto de Encarnación con cuidadoso esmero, poniendo los pilares fundamentales sobre los cuales asentar su entrada en nuestra historia. La familia formada por José y María, gestada en el amor esponsal, desde la bondad y el respeto mutuos que les ha ayudado a vencer las dudas y los recelos, tiene la solidez necesaria para que en ella nazca el mismo Dios.

José es un eslabón necesario en la cadena sucesoria de David. Él es descendiente de esa genealogía citada en el evangelio, y ahora la profecía llega a su plenitud al nacer el renuevo del tronco de Jesé, el Mesías. José será el encargado de poner nombre al Hijo de Dios, un nombre cuyo significado contiene la esperanza del pueblo, Jesús, que significa “Dios salva”.

En el sueño envolvente que el trato con la divinidad conlleva, José comprende que el estado de María también responde al designio de Dios, y que la mujer a la que ha unido su existencia no le ha sido infiel, sino que es la elegida por el mismo Creador para llevar a su culmen la creación entera; “Mirad la virgen concebirá y dará a luz un hijo, a quien pondrán por nombre Enmanuel, que significa “Dios con nosotros”.

José responderá con su obrar fiel y confiado a la palabra que de Dios ha escuchado en su alma, y desde ese momento será para Jesús el padre que mejor representa la paternidad divina. Por su relación paterno-filial, Jesús llamará a Dios “Abbá”, término que posiblemente emplearía para dirigirse, cada día de su vida, al mismo José.

Otros rasgos que la Sagrada Escritura nos ofrece de S. José, los encontramos en el momento de tener que empadronarse con María, antes del nacimiento del niño. O cuando en medio del desconcierto ocasionado por quienes van a Belén para encontrarse con la gloria de Dios en el recién nacido, debe huir a Egipto para salvarlo de la persecución de Herodes.

La vivencia de la penuria y el desarraigo, la escasez y el desconcierto, no causan mella en la sencilla Familia Sagrada, al contrario, todo es vivido en la confianza de que Dios protege con su mano la obra que él mismo comenzó, y que a su vez ha colocado en las del humilde carpintero.

Un último rasgo de la vida de José lo encontramos en el episodio de la subida por la pascua al templo de Jerusalén, donde el niño es extraviado. Y aunque la elaboración del relato evangélico viene a mostrar el crecimiento de Jesús en su dimensión humana y espiritual, también puede representar otra experiencia vital en la persona de S. José. Ciertamente él era el padre de Jesús a los ojos de todos, su dedicación, educación y responsabilidad para con el niño no se diferenciaría demasiado de la de otros padres de familia.

En la experiencia de perderlo en medio de las multitudes que acuden a Jerusalén, el desasosiego y el temor se apoderarían de él. Bien podría sufrir el miedo al fracaso en la responsabilidad que asumió ante Dios de cuidarlo y educarlo. Y la sorpresa vencerá sus dudas ante la respuesta del niño recién encontrado y recriminado por su madre María; “¿No sabíais que yo debía ocuparme de las cosas de mi Padre?”. El obrar cotidiano de José tal vez le hubiera hecho olvidarse por algún momento de quién era el Padre de Jesús, porque su entrega y dedicación eran absolutas para con el niño como si fuera suyo. Claro que sí, que el niño ha de ocuparse de las cosas de su Padre, y aunque la respuesta sea un tanto difícil de comprender, y concluya el evangelio con que Jesús “bajó con ellos a Nazaret y vivía bajo su autoridad”, estaban asistiendo de forma misteriosa pero privilegiada, al crecimiento humano y divino del Hijo de Dios, quien “progresaba en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y los hombres”.

Después de estos episodios descritos por el evangelio nada más sabemos de S. José. Sin embargo la devoción popular ha concluido la vida de este hombre singular de un modo natural y dichoso. José acabaría sus días y su misión antes de iniciarse la vida pública del Señor, ya que en el comienzo de su ministerio no hay ninguna referencia al Santo Varón. S. José ha sido por ello reconocido como el “abogado de la buena muerte”, porque tuvo la dicha de culminar su existencia asistido por el amor de su esposa y del Hijo amado de Dios.

Hoy en su fiesta solemne, celebramos no sólo su onomástica, sino desde hace muchos años, el día del padre. Qué enormes enseñanzas podemos recoger de la vida de este modelo de esposo y padre. Cuantos rasgos elocuentes para buscar nuestra identificación con quien es ejemplo de creyente y servidor confiado de Dios.

S. José supo abrir su corazón a la palabra de Dios y configurarlo por completo a imagen de la paternidad divina que se le proponía asumir con entrega y disponibilidad. Por esa intervención de Dios en su vida, pudo confiar en el amor prometido de su esposa frente a todas las sombras de duda que se cernían sobre él, superando así los temores, comprendiendo la misión que se le ofrecía, y asumiéndola con libertad, entrega y confianza.

S. José supo desprenderse del hijo que no era una propiedad suya, sino de Dios; que en Dios tuvo su origen y hacia Dios se orientaba su destino, y que su papel no debía interferir en la vocación del hijo querido, sino que por amarlo de verdad, debía dejarle “ocuparse de las cosas de su Padre”.

Hoy nosotros nos ponemos bajo su amparo. Pedimos por nuestras familias, por nuestros padres, por sus trabajos y desvelos, por sus sacrificios y pesares. Para que encuentren en S. José el modelo de hombre, de esposo y de padre, que les ayude a vivir con plenitud, y reciban por su intercesión el estímulo necesario para desarrollar su misión con entrega y dedicación en el amor.

viernes, 13 de marzo de 2015

IV DOMINGO DE CUARESMA


DOMINGO IV DE CUARESMA

14-03-15 (Ciclo B)

“Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único, para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna”.

En esta frase que hemos escuchado en el evangelio de hoy, se condensa con nitidez la obra y la misión de nuestro Señor Jesucristo, quien ha sido enviado por el Padre al mundo, no para condenarlo, sino para que se salve por él.

El cuarto domingo de cuaresma, llamado de laetare, “alegría”, nos presenta en el horizonte la luz pascual donde se cumple de forma definitiva el plan salvador de Dios en la resurrección de Jesús.

Pero para llegar a la luz pascual antes hemos de superar el camino de las sombras y tinieblas, donde es preciso que vayamos transformando nuestra vida para posibilitar que emerja el hombre nuevo cuya viva se identifique plenamente con Cristo.

Vivimos sustentados por una promesa salvífica que nos ofrece la posibilidad de ser hijos de Dios. Esa promesa anunciada por los profetas y esperada por el pueblo de Israel, se ha hecho realidad en la persona de Jesús. “Él es el camino, la verdad y la vida”. La Luz que pone al descubierto todas las obras y conductas del ser humano, para ayudarle a reconocer su desvío en el camino de forma que pueda retomar el rumbo que le conduzca hacia su plenitud en el amor.

La vida de Jesús ha sido un permanente acompañamiento en fraternidad. Asumiendo nuestra condición humana, el Hijo de Dios se hacía partícipe de nuestra debilidad, pero no para sucumbir bajo el peso del pecado y del mal, sino para mostrarnos que es posible superar esa realidad que nos deshumaniza si vivimos bajo la acción del Espíritu de Dios y nos dejamos modelar conforme a su voluntad de Padre.

Sin embargo en multitud de ocasiones hemos dado la espalda a su llamada. Hemos creído como el hijo pródigo que nuestra madurez se encuentra lejos del hogar paterno y que cuanto más lejos estamos de Dios más autónomos, libres e independientes somos. Nuestro egoísmo y soberbia nos llevan a vivir de espaldas a Dios ocultándonos de su mirada y huyendo de la luz que nos denuncia y delata.

Es la experiencia relatada en la primera lectura tomada del 2º libro de las Crónicas. El pueblo entero, con sus jefes y sacerdotes se habían pervertido con las costumbres paganas, viviendo al margen de la Alianza establecida con Dios, y creyendo que una vez llegado el tiempo del bienestar y bonanza, ya Dios no hace falta para nada.

En nuestros días bien podía esto asemejarse a la embriaguez de una sociedad acomodada en sus adelantos económicos y científicos, que se cree autora y dueña de la creación y que interviene sobre ella y sobre la misma humanidad conforme a los criterios que convengan en el momento. Así se va introduciendo en el camino de la insolidaridad para con los pobres, el proteccionismo egoísta de sus bienes, y la subordinación del valor de la vida humana conforme a los intereses del más fuerte.

Y cuando vivimos de espaldas a Dios, buscamos un ídolo al cual entregar nuestra voluntad y del que nos hacemos sus siervos. El ídolo del consumismo, de la violencia y del odio, que van transformando nuestra inteligencia en modas, nuestra libertad en esclavitud, nuestra ilusión en rutina vacía de esperanza.

En esta situación, somos llamados por el Señor a nacer de nuevo, a contemplar al Hijo del Hombre elevado como estandarte de salvación, “para que todo el que cree en él tenga vida eterna”.

El hecho de que la voluntad universal de salvación que Dios nos ofrece sea obra de su amor gratuito, no nos exime de responsabilidades y de tener que dar una respuesta clara en su favor.

La fe que nos salva es para nosotros tarea y compromiso; “el que cree en él, no será condenado; el que no cree, ya está condenado”. Y estas palabras por muy duras que parezcan, no son sino la clarificación de las actitudes que a todos nos mueven.

El evangelio no habla de la increencia como algo involuntario en el hombre. Hay personas que no han conocido a Cristo, no por mala voluntad, sino porque nadie les ha anunciado el evangelio. A estos no se refiere el evangelista.

S. Juan con claridad expresa la causa de la condenación; “que la luz vino al mundo, y los hombres prefirieron la tiniebla a la luz, porque sus obras eran malas”. Esta es la razón de su destino ajeno al amor de Dios.

Dios quiere que todos sus hijos se salven, pero ha puesto en nuestras manos la capacidad de tomar decisiones que abarquen toda nuestra existencia, y de las cuales somos los únicos responsables.

Hablar en nuestros días de pecado, de maldad, de condenación y perdición, parecen trasnochadas, e incluso en ambientes cristianos suscitan rechazo y se busca suavizarlas, cuando no evitarlas. Y preferimos llevar una vida anodina que no nos produzca demasiados quebraderos de cabeza, y mucho menos nos meta el miedo en el cuerpo.

Cuando somos llamados a la conversión no se nos realiza una invitación al miedo o al terror, sino que somos convidados a vivir la alegría del encuentro en el amor y en la paz para con Dios y con los hermanos. Nadie ama por miedo. El amor sólo puede emerger desde la confianza, el afecto, la libertad y el respeto. Y la prueba del amor incondicional de Dios está en que ha enviado a su Hijo al mundo como camino de salvación. Pero a nadie le va a imponer seguir ese camino en contra de su voluntad.

La respuesta del hombre ha de ser libre y responsable, y si bien en su acogida afirmativa al amor de Dios encuentra su dicha y su gloria, en la negación está su condena, por duro que nos parezca el así decirlo.

Los cristianos participamos de la misma misión de Cristo. Y hemos de sentir como propia la tarea salvadora que el Señor inició con la instauración de su Reino. Si creemos de verdad que el Hijo de Dios ha venido al mundo para que el mundo se salve por él, nosotros, hijos de Dios en Cristo, debemos empeñar nuestra vida en esta misma labor, ser portadores de esperanza y de vida para nuestros hermanos.

Que él nos ayude para anunciar con ilusión su evangelio, de modo que por los frutos de nuestra entrega, otros puedan encontrarse con Aquel que tiene palabras de vida eterna.

viernes, 6 de marzo de 2015

III DOMINGO DE CUARESMA


DOMINGO III CUARESMA
8-3-15 (Ciclo B)

En nuestro recorrido cuaresmal, llegamos ya al ecuador de este tiempo de gracia, y en él, Jesús, que ha sido declarado el Hijo amado de Dios, va a vincular su cuerpo con el Templo del Señor, a la vez que anuncia su próxima muerte y resurrección.

Palabras que todavía no son comprendidas por sus oyentes, ya que lejos de interiorizar en su corazón el mensaje liberador de Jesús, siguen inmersos en sus cálculos, intereses y formas de vida ajenas al amor verdadero, y alejados de una auténtica conversión.

El gesto enojado de Jesús, echando duramente a los mercaderes del templo de Jerusalén, causa una enorme conmoción en la sociedad y en el entorno religioso, ya que templo y sacrificios, sacrificios y víctimas, víctimas y negocio, estaban profundamente unidos y en ocasiones seriamente confundidos.

Jesús no critica la práctica de la ofrenda a Dios, cumpliendo así la ley de Moisés en su autenticidad. Lo que no puede tolerar de ninguna manera, es el que esa práctica religiosa, que ante todo lo que debe buscar es reconocer la suprema voluntad divina y la escucha de la misma por parte del hombre, se haya convertido en un negocio que mancilla la ofrenda por la perversión de la actitud del oferente, que pretende negociar con Dios su propia salvación. “Habéis convertido mi casa en una cueva de bandidos”. La casa de Dios, lugar de encuentro con el Señor, de oración y de caridad, de amor fraterno y de acogida de la Palabra de Dios para vivirla en fidelidad y coherencia, se había convertido en el mercado del cumplimiento vacío de unas prácticas, por las cuales se creían cumplir suficientemente con el Señor, olvidando el amor a los demás y la obediencia a la voluntad divina. Es la tentación permanente de cosificar a Dios y hacerle un instrumento a mi servicio.

La acción de Jesús viene a reivindicar la recuperación de la auténtica ley mosaica, poniendo al hombre en su sitio en su relación con Dios, y que se sintetiza en la misma afirmación divina; “Yo soy el Señor tu Dios...no tendrás otros dioses frente a mí”.

Sin embargo precisamente ha sido la continua tentación a echarse en manos de otros dioses, cayendo en el pecado de idolatría, lo que ha caracterizado la actitud humana.

Cuantas veces el hombre ha sustituido a Dios por los ídolos; cuantas veces nos hemos erigido nosotros mismos en absolutos frente a Dios y a los demás. Con cuanta frecuencia escuchamos expresiones como “yo soy el dueño de mi vida, yo hago lo que quiero; yo determino el criterio ético y moral,...” Cuantas veces el hombre ha creído que su completa autonomía está lejos de Dios, como si éste fuera su enemigo.

Y sin embargo cuanto mayor es la distancia que nos separa de Dios, mayor es el vacío, el sinsentido y el egoísmo que ahoga nuestra existencia. Porque si expulsamos a Dios de nuestra vida, inmediatamente abrimos las puertas a los ídolos que con falsas promesas de satisfacción inmediata, nos someten y esclavizan, a la vez que nos enfrenta y enemista con nuestros semejantes.

Sólo Dios puede ser tenido por absoluto si de verdad el hombre quiere sentirse libre y realizado, porque en la medida en que nos reconozcamos como criaturas fruto del amor del Creador, seremos plenamente aquello para lo que fuimos por él creados; ser hijos de Dios, en su Hijo Jesucristo y por lo tanto co-herederos de su Reino de amor y de paz.

Manipular la fe, comerciar con las cosas de Dios, pretender utilizar la fe para lograr algún beneficio, lejos de situarnos en el camino del seguimiento de Cristo, nos aleja de él.

Las prácticas religiosas, las ofrendas y las tradiciones, han de ser un vehículo para vivir una fe madura y auténtica, y no cosificarla.

La relación que el hombre establece con Dios, es una relación de amor paterno-filial, en la que la iniciativa siempre la ha tomado el Señor, y a la que nosotros hemos de responder con gratitud y confianza. Dios no nos ha creado para una relación de esclavos, sino de hijos, y por eso tampoco nosotros podemos acoger su llamada a la vida para vivirla desde el interés o el utilitarismo. Sólo una sana relación de respeto, de amor y de confiada obediencia al Señor, nos realiza como personas y como creyentes. Así la vivió el mismo Jesús nuestro modelo y maestro.

Jesús siempre se nos ha manifestado en plena armonía con el Padre Dios, buscando los momentos de encuentro personal con él, en la oración de escucha y contemplación, atendiendo a su Palabra y viviendo conforme a su voluntad, porque como él mismo nos dice no ha venido para hacer su voluntad, sino la voluntad del que lo envió. (Cfr. Jn 5, 30b) Sólo a través de Jesús podemos establecer esta relación con Dios, y sólo la manera de relacionarse Jesús con el Padre es la adecuada para nosotros.

No busquemos otros sustitutos en el camino del encuentro con Dios. No nos engañemos pensando que al margen de Jesús, o por otra ruta distinta de él y de su Iglesia, podemos entablar una relación madura y auténtica con el Señor.

Quien cree que su libertad y autonomía le impide aceptar una palabra distinta de la suya propia, lejos de abrir su corazón al amor, lo está cerrando a su egoísmo.

La ley dada a Moisés por Dios en el Sinaí, ha sido llevada a su plenitud por Jesús, que la ha superado con su entrega y amor absoluto a la voluntad del Padre. Ese amor que S. Pablo nos invita a vivir dando testimonio personal con nuestra vida.

La fe en Cristo es muchas veces necedad para quienes se sienten satisfechos con sus bienes materiales y sus logros personales.

Para otros que se han construido un dios a su medida, autocomplaciente y mudo, resulta escandaloso aceptar al Dios de Jesús que siempre nos interpela para liberarnos y vivir nuestra verdadera vocación humana.

Qué difícil es, mis queridos hermanos, para el corazón soberbio aceptar el don de Dios. Qué difícil para quien pretende ser él mismo el dueño de su vida abrir su corazón para que otro pueda entrar en él. Y sin embargo, cuando el hombre no se postra ante Dios que le ama como a un hijo, acaba arrodillándose ante la bestia que lo somete como a un esclavo.

Pidamos en este tiempo cuaresmal, que el Señor siga infundiendo en  nuestra alma la sed de encontrarnos con él. Que nos ayude a retomar el camino hacia él, para vivir así una auténtica vida en plenitud, una vida asentada en la libertad de los hijos de Dios. Que nuestra Madre Sta. María, que cantó con su vida las maravillas del Señor, nos guíe en este caminar cuaresmal, para vivir la conversión personal y sentir el gozo del encuentro con el Señor y con los hermanos.