sábado, 19 de septiembre de 2015

DOMINGO XXV TIEMPO ORDINARIO


 
DOMINGO XXV TIEMPO ORDINARIO
20-09-15 (Ciclo B)

Un domingo más nos reunimos para celebrar nuestra fe, realizando la acción más importante que como cristianos podemos vivir, participar de la mesa del Señor, que reparte su Cuerpo entre nosotros, y derrama su Sangre como entrega absoluta en el amor.

Pero la Eucaristía se ha de centrar en la Palabra proclamada, y a la luz de ella, contemplar nuestra vida desde los ojos de Dios. Así hoy recibimos una clara llamada a vivir la fidelidad a Cristo asumiendo que conllevará también la aceptación de las dificultades y de la cruz.

Resulta extraordinaria la experiencia que el libro de la Sabiduría nos presenta. Con una sencillez nítida, nos expone la visión que el malvado tiene del justo. Según él, el justo se opone a las acciones del mal, lo denuncia y reprende la injusticia. El justo declara que conoce a Dios y se reconoce hijo de Dios. Lleva una vida distinta de los demás y su conducta es diferente, apartándose de las sendas por las que transita ese mal. Se gloría de tener a Dios como Padre, y sabe que su final es participar de su gloria. Una vida así da grima, y repugna a quien opta en su ser por el mal y vive sumido en él.

Es más, el libro de la Sabiduría prosigue mostrando la resolución que toma el malvado respecto del justo: “si el justo es hijo de Dios, Él lo auxiliará y lo librará del poder de sus enemigos; lo someteremos a la prueba, a la afrenta y a la tortura”.

Es terrible esta realidad, y sin embargo qué cierta se nos presenta en medio de nuestro mundo.

Este libro sagrado no hace más que mostrarnos en toda su radicalidad una de las realidades más claras y permanentes en nuestro vivir. La relación entre la fe y la vida del creyente, con el mal y la cruz como consecuencia del mismo.

Y desde una mirada superficial, parece claro que si Dios es tan bueno y nos ama, y nosotros somos sus hijos, ningún mal puede acechar nuestra existencia. O dicho con las palabras del hombre increyente, dado que el mal afecta a todos por igual, a buenos y malos, justos y pecadores, eso quiere decir que todos estamos sometidos a un mismo destino y que Dios no cuenta para nada en él.

Para poder comprender con vitalidad evangélica esta realidad humana y cristiana, tenemos que detener nuestra mirada en Jesucristo. En su subida a Jerusalén, anuncia sin reparos lo que el cumplimiento de la voluntad del Padre le va a suponer; “El Hijo del Hombre va a ser entregado en manos de los hombres, y lo matarán; y después de muerto, a los tres días resucitará”.

Jesús asume con libertad la totalidad de su existencia. Vivir desde Dios y para los demás, conlleva aceptar el sacrificio del amor. Porque amar de verdad y sin reservas, supone vivir desde el otro, entregando la totalidad de la vida y vaciándose por completo en favor de la persona amada.

Cristo no nos ha amado a medias, en los ratos libres de una vida reservada para sí. Cuando Jesús se acerca a las personas, su amor y misericordia lo vacían de sí mismo para llenar la existencia del enfermo, del esclavo, del pecador o del marginado, de una ternura y bondad tales, que transformará para siempre sus vidas sanando, liberando, perdonando y devolviendo la plena dignidad de los hijos de Dios.

Y cuando el amor se entrega de esta manera, también asume con libertad y fidelidad los costes que conlleva y que pasa por el servicio y el sacrificio. Porque el amor, cuando es verdadero, duele, y ese dolor lo damos por bien sufrido cuando es en favor de aquellos que amamos.

El anuncio de la Pasión de Jesús, sorprende a los discípulos hasta el punto de no atreverse a preguntarle. Sus palabras son tan radicales y la respuesta que le dio a Pedro cuando intentó disuadirle fue tan fulminante, que cualquiera se atreve ahora a decir nada al respecto. (No olvidemos que el domingo pasado, cuando Jesús les pregunta sobre lo que la gente dice a cerca de él, y les plantea quién es Jesús para ellos, Pedro muy resuelto le manifiesta que él es el Mesías. Pero cuando anuncia por primera vez su pasión, éste intenta disuadirle, a lo que Jesús responde con un rotundo “apártate de mí Satanás, porque tú piensas como los hombres no como Dios”).

Pues bien, en esta ocasión, al volverles a repetir que su vida, vivida en fidelidad y en profunda unidad con el Padre Dios, le va a llevar a tener que entregarla hasta sus últimas consecuencias, ellos prefieren desviar la atención sobre quién es el más importante en el Reino.

Y Jesús no reprocha su falta de sensibilidad, por no haberle hecho el menor caso en ese abrir su corazón al mostrarles su gran preocupación. Es más, dado que tanto les preocupa quién será el mayor en el reino de Dios, les va a contestar con paciencia y claridad: “quien quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos”. Y por si todavía no queda clara su respuesta, la acompaña de un gesto inequívoco al colocar en el centro a un niño. Todo lo que significa un niño de inocencia, dependencia, desvalimiento y ausencia de poder u honor, quién así se presenta ante Dios, con su debilidad y sencillez, ese será el primero.

Las cuentas de Dios no son como las nuestras. El no mide ni valora su amor y su misericordia en función de nuestros parámetros o intereses. El seguimiento de Jesucristo supone vivir como el justo descrito en la primera lectura, poniendo toda nuestra vida en las manos del Señor, haciendo que sea Él el fundamento de la misma, a pesar de que también nosotros vamos a sufrir la incomprensión, la burla, el rechazo e incluso la persecución por parte de quienes no aceptan voces discordantes que denuncien su injusticia y maldad.

Así por ejemplo, cuando los cristianos defendemos la vida en medio de una cultura de muerte y egoísmo, y nos definimos con valentía contra el aborto, la eutanasia, y la opresión de los débiles, la necesidad de responder con urgencia a las personas que huyen de la guerra o de la miseria, debemos asumir los costes que nuestro compromiso creyente conlleva. Y si los gobiernos o los poderosos imponen leyes que en conciencia consideramos injustas, deberemos asumir los costes de su legítima desobediencia. Porque hay que obedecer antes a Dios que a los hombres.

Esta es la cruz que también nosotros debemos estar dispuestos a asumir como precio de nuestra fidelidad, porque la llevamos junto al Señor en el camino de la vida. Y podemos cargar con ella, porque es el mismo Cristo quien nos sostiene y conforta.

Pidamos en esta eucaristía, que la unidad de los hermanos nos sostenga en las adversidades, porque la fe compartida y vivida en comunión, sostiene la esperanza en medio de la prueba.

Que Santa María la Virgen nos ayude en esta lucha continua de vivir en coherencia nuestra fe, a pesar de las dificultades de la vida.

sábado, 12 de septiembre de 2015

DOMINGO XXIV TIEMPO ORDINARIO


DOMINGO XXIV TIEMPO ORDINARIO
13-09-15 (Ciclo B)


         Acabamos de escuchar un evangelio sobradamente conocido por todos ya que es de esas escenas que se repiten en los tres evangelistas llamados sinópticos (Mateo, Lucas y Marcos), y que en los tres ciclos litúrgicos se nos proclaman.

San Marcos sitúa este pasaje en el centro de su evangelio, justo cuando Jesús ha concluido el tiempo de anunciar el Reino de Dios junto a sus discípulos por tierras de Galilea, y se dispone a consumar su misión en Jerusalén. Por eso además de preguntarles sobre la imagen que de él tienen, les va a anunciar la proximidad de su pasión.

Situándonos nosotros en el centro del relato, y una vez interrogados sobre la persona del Señor, seguro que no hubiéramos diferido demasiado de la respuesta de Pedro “Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios”. Nuestra experiencia de fe, que en cada momento de la vida hemos ido madurando con la asistencia del Espíritu Santo, así nos lo revela. Jesús es el Hijo de Dios, nuestro Mesías y Salvador.

Pero la pregunta, Jesús la formula de manera más abierta. “¿Quién dice la gente que soy yo?” Y bien podríamos detenernos un momento en responderla desde nuestra realidad inmediata. Si preguntáramos a muchos que se consideran cristianos hoy en día, que están bautizados, y que en su momento asistieron a una primera iniciación cristiana, pero que a la vez se manifiestan como no practicantes, su respuesta no sería muy distinta de la de aquellos contemporáneos de Jesús. Para muchos, Jesús fue un buen hombre, que hizo cosas buenas, cuyos valores de justicia y solidaridad enganchan a muchos, y que murió en la cruz de manera injusta y cruel.

Y aún siendo verdad, es muy poco. Se queda en la superficie de una humanidad entregada a los demás pero que terminó en un estrepitoso fracaso. Hablan de un hombre, pero que realmente desconocen.

Por eso la pregunta directa a los discípulos es fundamental, es decir, la pregunta a cada uno de nosotros.

Y no basta con reconocer en Jesús a una persona excepcional, con unas cualidades humanas extraordinarias y que cautivan el corazón.

Pedro junto a sus hermanos apóstoles, ha experimentado esa atracción de Jesús desde los comienzos de su relación personal. A cada paso recorrido, más cautivado se sentía por este hombre que un día lo llamó junto al lago de Galilea. Pero lo que ha hecho que siga a su lado contra todos los inconvenientes y dificultades, no sólo es su humanidad, sino la naturaleza escondida en su ser y que revela a Alguien mucho mayor que un simple hombre. De ahí su confesión de fe y su adhesión más íntima “Tú eres el Mesías”.

Quienes hemos llegado a esta confesión en nuestra vida, podemos decir con sencillez y gratitud que hemos completado un primer camino de madurez cristiana. No somos seguidores de un profeta, ni de un buen hombre, sino discípulos del Señor, del Hijo de Dios.

Y llegar a esta conclusión conlleva consecuencias inmediatas, como las que tuvieron que experimentar aquellos apóstoles de la primera hora. Reconocer a Jesús como el Mesías, el Hijo de Dios nuestro Salvador y Señor, significa que también tenemos que entender su mesianismo de forma adecuada y conforme a su voluntad.

Cuando Jesús empieza a desgranar lo que aquella confesión de fe significaba en realidad, y cómo el Hijo de Dios ha de instaurar su reinado pasando por la cruz redentora, el proyecto que inicialmente había sido recibido con agrado se trunca en decepción. Y la tentación que tantas veces nos invade quiere evitar el camino que Jesús nos muestra para dar un rodeo que rechace la dura realidad de la cruz.

 Es más, al igual que Pedro pretendemos decirle al Señor cómo se deben hacer las cosas, y que tal vez sus modos no son los más acertados en nuestro tiempo.

Esta semana en la liturgia diaria hemos escuchado cómo Jesús llama dichosos a los pobres, a los que lloran y sufren o pasan cualquier penalidad por su causa. Hemos sido invitados a amar a los enemigos y a orar por quienes nos persiguen o violentan, y a no juzgar a los demás si no queremos ser juzgados con igual severidad. Y estas llamadas del Señor las realiza desde esa invitación a “ser perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto”.

El camino que el Señor ha de recorrer, y por el que somos invitados a  acompañarle, conlleva cargar con la propia cruz de cada día, siendo fieles a la misión por él confiada y adoptando en nuestro ser sus mismas actitudes de servicio, entrega, amor y sacrificio.

Tomar caminos alternativos es separarnos del único que nos conduce hacia Él, rompiendo la unidad entre la fe en Jesucristo y la vida que de esa fe debe derivarse.

En definitiva se traduce en lo que el apóstol Santiago denuncia en su carta, “¿De qué le sirve a uno decir que tiene fe, si no tiene obras?”. ¿Es que podemos separar las prácticas religiosas de las consecuencias que de su vivencia se han de extraer?

El anuncio del Evangelio de Jesucristo a sus discípulos no es un compendio de ideas hermosas sobre Dios, ni teorías sobre una mejor marcha del mundo. El Evangelio es la Palabra de Dios encarnada, que materializa la transformación radical de toda la realidad asumiendo con fidelidad los costes, que una vida coherente con este plan salvador, requiere. Y Jesús nos invita a seguirle con la firme promesa de que él acompañará nuestro camino y nos sostendrá en la adversidad.

Si aceptamos su llamada con entrega y confianza, se notará de forma inmediata, ya que nuestra fe en Jesucristo se traducirá en obras de amor y misericordia para con los demás. Obras que en un mar de incertidumbre y penurias, como las que nuestra realidad actual vive, pueden parecer insuficientes, pero que si todos los discípulos del Señor las desarrolláramos con generosidad, seguro que se notaría.

La confesión de Jesucristo como el Mesías y el Salvador por parte de un grupo tan insignificante como aquellos Doce Apóstoles nada presagiaba en su tiempo. Es más el anuncio de la pasión y muerte de Jesús no hacía sino agudizar la sensación de fracaso.

Pero la última palabra de la historia no la pronuncian labios humanos, sino que es Palabra de Dios, y ciertamente la confesión de Pedro es hoy para nosotros fundamento de nuestra fe.

Hoy, en esta eucaristía, pedimos al Señor que nos sostenga en el camino que con confianza deseamos recorrer a su lado. Que al confesar su divinidad no olvidemos nunca la entrega de su persona en favor de los necesitados, los pobres y humildes. Y que aquellos que hoy viven alejados o al margen de la fe, puedan descubrir por la grandeza de nuestras obras el rostro de un Dios que les ama y les invita a ser miembros de su Pueblo Santo. De este modo no sólo viviremos con coherencia nuestra fe en Cristo, además lo estaremos anunciando con la elocuencia de nuestro comportamiento fraterno.

sábado, 5 de septiembre de 2015

DOMINGO XXIII TIEMPO ORDINARIO


DOMINGO XXIII TIEMPO ORDINARIO
06-09-15 (Ciclo B)

Acabamos de escuchar la Palabra de Dios, que como cada domingo y en toda celebración litúrgica, concentra el sentido y horizonte hacia el que nos llama la atención el Señor.

Y si algo podemos destacar de esta Palabra es la gran misericordia y ternura que Dios tiene para con los más necesitados. “Él mantiene su fidelidad perpetuamente, hace justicia a los oprimidos, da pan a los hambrientos y liberta a los cautivos. Abre los ojos al ciego, endereza a los que ya se doblan, ama a los justos y guarda a los peregrinos. Sustenta al huérfano y a la viuda y trastorna el camino de los malvados”. Así lo hemos escuchado en el salmo que sirve de puente entre el antiguo y nuevo testamento, y que es la oración del pueblo que confía desde siempre en el amor del Señor.

    La situación de enfermedad o limitación física que se nos narra en la Sagrada Escritura, viene a expresar algo mucho más profundo que lo estrictamente médico. No se trata sólo de una dolencia que mina nuestra salud, se trata de la dimensión precaria de toda nuestra vida. Por eso para los judíos enfermedad y pecado, iban tan estrechamente unidos. Si Dios nos había creado a su imagen y semejanza, nuestra persona debía reflejar esa naturaleza divina que el Creador había puesto en su criatura. Sin embargo cuando se produce una ruptura en la armonía de la creación, el ser del hombre se desmorona y el cuerpo refleja la discordia del alma.

    Jesús nos ayuda a comprender cómo, si bien es necesaria esa concordia existencial que nos unifique y nos posibilite una vida plenamente humana, a la vez es posible que las limitaciones físicas y las enfermedades no se produzcan por la propia responsabilidad sino por razón de nuestra condición humana.

    Muchas veces hemos creído, especialmente en nuestra era moderna, que el ser humano había llegado a unas cotas de conocimiento y desarrollo tales que nos independizaran de Dios. Dios ya no es necesario para explicar nada porque nosotros somos principio y fundamento de todo lo existente. Superamos enfermedades, prolongamos la vida, somos capaces de manipular su génesis e incluso “fabricarla” en laboratorios. Podemos decidirlo casi todo, hasta si una vida humana debe nacer o no, o si su existencia nos es útil o carece de importancia.

    Sin embargo siguen existiendo personas cuya existencia se ve tocada por la enfermedad o la limitación, y cuya explicación no encuentra respuesta en la técnica ni son sanadas por la medicina. Y sin embargo el enfermo sigue experimentando en su ser el anhelo de una dignidad a la que tiene derecho en razón de su humanidad, una comprensión que exige en su condición de persona y un respeto que se le debe en razón de la misma precariedad física que padece.

    Jesús siempre supo estar tan cerca del sufrimiento humano que él mismo lo incorporaba a su experiencia de vida. De modo que el Reino de Dios se instauraba no porque fuera a desaparecer toda limitación física, sino porque en la acogida de su Palabra y en la asociación a su persona, las dolencias y enfermedades eran sanadas radicalmente, en la dignificación del enfermo expresado en la curación milagrosa.

    Es decir: en tiempos de Jesús había muchos cojos y ciegos, mudos y sordos, leprosos y dolientes de cualquier clase. Algunos de ellos sintieron la sanación física tras el contacto con el Señor, pero sobre todo experimentaron la salvación de todo su ser en el encuentro personal con el Salvador. Y esta realidad existencial vivida por unos pocos extendió su poder espiritual para la salud de muchos.

De modo que la enfermedad puede limitar las potencialidades humanas y resultar a los ojos del mundo un signo de ineficacia carente de utilidad, pero en ningún caso limita la dignidad de personas e hijos de Dios y es para el creyente un lugar de especial encuentro con la misericordia divina que acoge, comprende y conforta el corazón.

    Los creyentes en Jesucristo no podemos percibir la enfermedad del hombre como una barrera en el desarrollo de nuestra fe. Salvo las excepciones de aquellos que han llevado una vida llena de riesgos elegidos, la enfermedad no es algo adoptado conscientemente sino fruto de la materialidad de nuestro cuerpo.

    La vivencia cristiana de la misma nos ha de llevar a buscar en ella la configuración con Jesucristo en sus padecimientos y ofrecerlos como él por la construcción de su Reino al cual todos estamos convocados.

    Si los legítimos medios humanos nos ayudan a superar las enfermedades, bendito sea Dios que nos ha dado la razón y la capacidad para suscitar los instrumentos necesarios para un desarrollo más humano de nuestra vida. Los cuales han de ponerse al servicio de toda la humanidad sin distinción, evitando el lucro de unos a costa del dolor de otros o la discriminación egoísta entre pobres y ricos.

    Sin embargo, siempre debemos aceptar que la circunstancia de la materialidad humana no es eterna, y que precisamente nuestra corporeidad limitada nos ha de llevar a percibir que moramos en nuestra carne para un destino ulterior al que Cristo nos ha incorporado por nuestra vocación bautismal.

    La enfermedad personal no ha de ser comprendida nunca como consecuencia directa de nuestro pecado. Sería injusto juzgar moralmente a quien padece físicamente.

    Pero la enfermedad sí nos puede ayudar a comprender que nuestra finitud no es fruto del deseo de Dios sino consecuencia de la opción humana que un día creyó, y muchas veces sigue creyendo, que la vida al margen de Dios es posible y deseable.

    Jesús no juzga a los enfermos, los acoge y los ama sin medida. Se entrega a ellos dándose a sí mismo, de modo que por encima de la salud corporal vivan el encuentro gozoso con Aquel que les ha creado y cuyo destino salvífico ha preparado desde el origen del mundo.

    Desde esa experiencia recibida del Señor, los sordos oyen la palabra que les devuelve la esperanza y les llena de alegría, y por eso al sentir libre sus labios, no pueden por menos que alabar a Dios y darle gracias por su inmenso amor.

    Una vida sana es mucho más que gozar de salud física. Es vivir con la plena conciencia de que nuestra vida ha sido dignificada por  Dios y que nuestro ser está en sus manos para llevarnos a participar de su misma gloria.

    Que Santa María la Virgen, salud de los enfermos, les ayude a vivir con este espíritu cristiano la enfermedad, a quienes estáis cerca de ellos los sepáis acompañar con amor y ternura, y que a toda la comunidad cristiana la haga sensible y cercana a su necesidad. 

 

miércoles, 22 de julio de 2015

SOLEMNIDAD DEL APOSTOL SANTIAGO


SOLEMNIDAD DEL APÓSTOL SANTIAGO
25-7-15

       Celebramos hoy con alegría la fiesta de nuestro Santo Patrón, el Apóstol Santiago. El primero de los apóstoles del Señor en sellar su fiel seguimiento de Cristo con el martirio. Como hemos escuchado en el texto de los Hechos de los Apóstoles, su tesón, su entrega y su lealtad por la causa de Jesucristo, hace que sufra las iras del rey Herodes y sea ejecutado.

       Su muerte será el comienzo de una dura persecución contra los discípulos y seguidores de Jesús, pero que en vez de acabar con la llama de la fe, sería el riego fecundo de una tierra que vería crecer con vigor la semilla del Reino de Dios instaurado por Jesucristo, el Señor.

       Desde aquellos tiempos apostólicos, hasta nuestros días, han transcurrido muchos siglos, con sus noches oscuras y días de luz para la historia de la Iglesia. Pero siempre, y a pesar de las dificultades y penurias por las que nuestra familia eclesial ha podido atravesar, la fe de los apóstoles, su vida y su obra, son el fundamento y el ejemplo de nuestro seguimiento actual de Jesucristo.

       De Santiago sabemos muchas cosas; era pescador, el oficio de su familia, de posición acomodada dado que su padre Zebedeo tenía jornaleros; su recio carácter le hacía merecedor junto a su hermano Juan, del sobrenombre de “los hijos del trueno” (Boanergers). Como también hemos escuchado en el evangelio, su madre, Salomé pretendía situar a sus hijos en los puestos principales en ese reino prometido por Jesús. Lo cual les acarreó los recelos de los otros diez discípulos.

       Y al margen de las anécdotas, lo fundamental es que era amigo del Señor. Santiago pertenecía junto a su hermano y Pedro, a ese círculo de los íntimos de Jesús. Él será testigo privilegiado de los hechos y acontecimientos más importantes en la vida del Maestro; asiste a la curación de la suegra de Pedro; está presente en el momento de la transfiguración, en el monte Tabor; es testigo de la resurrección de la hija de Jairo; y acompañará a Jesús en su agonía, en Getsemaní.

       Pero Santiago también vivirá de cerca los momentos de amargura, el prendimiento de Jesús y la huída de todos ellos. Conocerá en su corazón el dolor de haber abandonado a su amigo y el don de su conversión motor y fuerza de una nueva vida entregada por completo al servicio del evangelio y a dar testimonio de la resurrección de su Señor.

       La tradición que vincula a Santiago con nuestra tierra se remonta a los primeros tiempos de la expansión cristiana por el mundo, hasta hacer de su sepulcro en la ciudad  Compostelana, lugar de encuentro universal de culturas y razas unidas por una misma fe.

       Precisamente esta devoción popular nos ha situado a nosotros desde antes de la fundación de nuestra villa de Bilbao allá por el año 1300, en paso obligado a los que desde la costa peregrinaban a Compostela. Y así de los cimientos de aquella primitiva iglesia de Santiago, se edificaría la que hoy es nuestra Catedral, colocando el origen y el final de este largo camino, bajo el patrocinio del mismo apóstol haciéndolo oficial para el templo y la Villa en el año 1643.

Millones de peregrinos se acercan cada año hasta Santiago de Compostela para venerar las reliquias del apóstol, y en el esfuerzo de este largo camino, encontrar desde la soledad y el recogimiento, el sentido de la auténtica vida cristiana.

       Santiago experimentó en su corazón una gran transformación que le llevó a cambiar su vida de forma radical para configurarse a Jesucristo. Su oficio de pescador lo cambió por el de misionero y pastor del pueblo a él encomendado. De aspiraciones y pretensiones de grandeza, pasó a buscar sólo la voluntad de Dios y ponerla por obra.

       De esta forma el que en la vida buscaba la gloria llegó a alcanzarla aunque por un sendero bien distinto al soñado en su juventud.

       En nuestros días muchos jóvenes son protagonistas de este camino compostelano. Jóvenes que también marchan buscando un sentido a su vida y un horizonte por el que les merezca la pena entregarse.

       Hoy nos unimos a ellos y a todos los peregrinos que con ilusión inician un camino intenso. Que estos días les ayude a encontrarse con ellos mismos y con Dios, y que el santo apóstol les guíe por la senda de la concordia, la solidaridad y el amor fraterno entre culturas y pueblos.

       En un tiempo donde los conflictos entre las naciones siguen sembrando de dolor y angustia a tantos inocentes, se hace muy necesario el fomento de estas experiencias de auténtica humanidad, donde la tolerancia y el respeto sean cauce de una comunicación  fecunda entre los pueblos.

       Por todo ello, hoy le pedimos a Santiago que siga velando por quienes honramos su memoria. Que nos ayude a fortalecer los vínculos fraternos entre todos los pueblos que lo celebran como su patrón, que nos anime en la construcción de la paz y la concordia, y que tomando su vida como ejemplo y estímulo, seamos fieles seguidores de Jesucristo, nuestro único Señor y Salvador.

sábado, 18 de julio de 2015

DOMINGO XVI TIEMPO ORDINARIO


DOMINGO XVI TIEMPO ORDINARIO
19-7-15 (Ciclo B)

“El Señor es mi Pastor, nada me falta”, acabamos de cantar en el salmo con la confianza puesta en el Buen Pastor que es Jesús.

Hoy su palabra nos invita a valorar este don inmenso que es para la humanidad el que en medio de ella se susciten personas capaces de encarnar los valores del buen pastor.

El profeta Jeremías, irrumpe con fuerza para denunciar precisamente la indignidad de quienes han pervertido esta imagen sagrada. Los pastores a los que se refiere el profeta no sólo son los vinculados a una dimensión religiosa, sino también civil. Para el pueblo de Israel, el Ungido de Dios era tanto el rey, como el sacerdote y como el profeta. Y ser ungido de Dios significa que en su nombre se realiza esa misión de enseñar, santificar y gobernar a su pueblo; se enseña la palabra de Dios, la cual no puede ser manipulada ni falseada conforme al capricho del profeta; santificar al pueblo en nombre de Dios es unirlo y vincularlo a Él para que se sienta confortado, fortalecido y bendecido en todas las dimensiones de su vida. El sacerdote no puede buscar su beneficio personal o familiar, sino entregarse servicialmente a quien se le ha encomendado. Y por último el rey, los que ejercen el poder temporal, han de administrarlo con la justicia de Dios, su misericordia y fidelidad, y no aprovecharse, oprimir y someter a quienes están subordinados a su autoridad.

Pues el profeta denuncia a todos estos estamentos, porque se han desviado de la ley del Señor, oprimiendo, engañando y sometiendo a un  pueblo que se ha descarriado, y anda desorientado y perdido en medio de su desgracia. Un pueblo que acaba siendo pasto  del más fuerte, y que terminará sufriendo la deportación a Babilonia.

Pero no está todo perdido, el mismo profeta anuncia que llegará un día en el que el Señor desposeerá a aquellos la grey que se les confió, para entregársela a buenos pastores que sí cumplan su voluntad y apacienten como es debido a su Pueblo santo.

Esta es la imagen que retoma Jesús en el evangelio que hemos escuchado, sintiendo compasión de sus hermanos porque andan como ovejas sin pastor. Si malo es ser conducido por líderes y responsables indignos, igualmente malo es la soledad y el abandono que sumerge en la desolación y desesperanza.

Jesús es el Buen pastor, que dará su vida por las ovejas. Él no busca beneficiarse, ni aprovecharse de nadie, todo lo contrario, su palabra viene avalada por la autenticidad de su vida, su caminar precede por la senda a quien conduce a través de ella. Los peligros y sinsabores son asumidos por él, y no por quienes en él han confiado.

En última instancia será su propia vida la sacrificada en el altar de la cruz, y no tomará víctimas inocentes para sustituir su entrega personal.

Este es el único Pastor del que podemos fiarnos por completo, porque ha sido una vida gastada y entregada por amor, y con una generosidad sin medida.

Nuestro mundo ha desvinculado el ejercicio de la responsabilidad pública del cumplimiento de la voluntad de Dios, por lo menos de manera formal, si bien es cierto, que muchos de nuestros gobernantes desean vivir su tarea con auténtica vocación de servicio, lo cual es de agradecer y valorar por todos. Sin embargo, también en nuestros días abundan los tiranos que siguen oprimiendo y esclavizando a los pueblos, aprovechándose impunemente de los débiles y sembrando de terror y angustia a incontables inocentes. Dios también les pedirá cuentas de su injusto proceder.

Pero no podemos quedarnos con enjuiciar el entorno de una manera ajena a nosotros. He mencionado tres dimensiones o tareas que han sido ungidas por Dios, sacerdocio, profecía y realeza. Las mismas que atribuimos a Cristo, y de las cuales participamos todos en razón de nuestro bautismo. El día en que fuimos incorporados a Cristo, se nos ungió con el Santo Crisma, y se nos hizo partícipes de esta triple función sacerdotal, profética y real. Hoy también nosotros somos responsables de santificar, enseñar y gobernar el presente con fidelidad a Dios, amor a los hermanos y espíritu de servicio y sacrificio, al igual que el Señor. Todos hemos sido constituidos servidores y garantes de la justicia, la solidaridad y la paz en medio del mundo, y aunque otros tengan mayores cotas de responsabilidad en razón de su puesto social, no por ello podemos desentendernos de la marcha de nuestro mundo.

Asimismo también debemos revisar como miembros de la Iglesia del Señor nuestra manera de vivir esta pertenencia familiar y vocacional. Los pastores en la Iglesia debemos ser testigos veraces, por nuestra palabra autorizada y nuestra vida coherente, de Aquel que nos ha llamado para esta misión de apacentar a su pueblo, conforme al Buen Pastor.

El Pueblo de Dios tiene derecho a exigir que los pastores que el Señor les ha enviado sean fieles, entregados, disponibles y generosos, de manera que además de dispensar los misterios de Cristo, lo hagan presente con sus vidas y sus obras.

Para ello debemos pedir con insistencia que el Señor envíe buenos pastores a su pueblo, máxime en estos tiempos de sequía vocacional.

En tiempos difíciles, se percibe con mayor claridad las carencias de una sociedad; no sólo las económicas, también las morales y espirituales. Qué necesario es entonces percibir referentes en todos los ámbitos de la vida familiar, pública y eclesial.

Pues pidamos al Señor en esta eucaristía que nos siga suscitando servidores generosos y honrados que nos ayuden a vislumbrar un horizonte mejor. Y que también por su estilo de vida y su palabra oportuna, nos ayuden a transformar nuestro corazón de manera que sea acogedor y sensible a las necesidades de los más débiles.

jueves, 9 de julio de 2015

DOMINGO XV TIEMPO ORDINARIO


DOMINGO XV TIEMPO ORDINARIO
12-07-15 (Ciclo B)

 

         “Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo”. Así comienza esta carta que el apóstol Pablo escribe a los cristianos de la comunidad de Éfeso, con un himno de alabanza por el don de la fe que ha recibido.

         Es la conclusión de una experiencia vital que se ha ido forjando en el tiempo, a través de las dificultades, las oscuridades y la confianza en el Señor que le escogió para ser su apóstol y misionero.

         Ésta es de alguna forma la historia de todo discípulo de Jesucristo, que habiendo recibido la llamada a su seguimiento para estar con él, y respondiendo positivamente a ella, asume también con disponibilidad y confianza la misión de transmitir esa fe a los demás.

         San Marcos nos cuenta cómo Jesús va enviando a sus discípulos a una tarea que no precisa de demasiados medios materiales, sólo de lo indispensable, porque acoger el evangelio y mostrarlo con sencillez a los demás no exige de grandes cosas añadidas. De hecho el exceso de bienes suele dificultar la misión evangelizadora de los cristianos y de la Iglesia.

         Cuando Jesús nos envía a la tarea apostólica, a los hombres y mujeres con quienes compartimos la vida y la historia, no es con otra finalidad que la de entregarles, generosamente, la palabra salvadora del Evangelio. No podemos buscar otros fines ni albergar otras intenciones. El apóstol de Cristo no busca beneficios materiales, ni honores o grandezas personales. Sólo transmitir con su testimonio sencillo, coherente y gozoso el tesoro de su fe, que como nos cuenta San Pablo, no tiene otra meta que la de descubrir que Dios “nos ha destinado en la persona de Cristo a ser sus hijos”. Y como hijos suyos, herederos de su reino y de su vida en plenitud.

         Si descubriéramos la dimensión auténtica de esta gracia, nuestras vidas cambiarían de forma radical. Vivir la consciencia de nuestro ser hijos de Dios, nos sitúa ante el mundo y sus problemas, sociales y personales, de una forma bien distinta.

         Ser hijos de Dios nos convierte en destinatarios de su misma vida, y por lo tanto portadores permanentes de una esperanza que supera las adversidades del presente de forma fecunda y positiva. Los hijos de Dios debemos albergar en nuestras entrañas los mismos sentimientos de Cristo, disponibilidad en el cumplimiento de la voluntad de Dios, solidaridad con los pobres, compasión por los que sufren, fidelidad a la verdad que muestra la vida como es con sus luces y sombras, y no se conforma con contemplarla de pasivamente, sino que busca transformarla según el plan de Dios, para dignificarla y renovarla desde el amor y la misericordia.

Esta experiencia es la que hemos de ofrecer a los demás como enviados por el Señor. Al igual que en el relato de San Marcos vemos cómo Jesús envió a sus discípulos otorgándoles su confianza y fortaleza, así también hoy nos envía a nosotros para transmitir nuestra fe desde la autoridad de nuestra vocación cristiana y la lealtad en la comunión eclesial.

Y para transmitir algo a los demás, primero hemos de vivirlo nosotros de forma consciente y responsable. La fe no es un sentimiento que se expresa el domingo, o cuando nos acercamos a la Iglesia. La fe ha de penetrar toda la vida del creyente, nuestras relaciones familiares, personales, laborales y sociales. Ha de ser el ambiente en el que nos movemos y existimos, la luz que ilumina nuestras opciones y el crisol que purifica las decisiones.

Por la fe que confesamos en Jesucristo, sentimos que es el Señor quien acompaña nuestros pasos y nos anima en cada momento, sintiéndole como el amigo y el Maestro que nos ha precedido con su entrega y que nos muestra el sendero por el que seguirle cada día.

Y esta experiencia vivida con autenticidad, también nos señala nuestra responsabilidad misionera y evangelizadora.

No podemos guardárnosla para nosotros en el silencio del corazón. Los discípulos de Jesús somos enviados como comunidad creyente a anunciar a los demás nuestra fe, compartirla con ellos y mostrar con gozo que merece la pena vivir así.

Sin creernos mejores que nadie, pero sin disimular los valores  cristianos que orientan y fundamental nuestra existencia. Porque la fe confesada debe transparentar la bondad y la misericordia del Señor, y difícilmente podremos ser testigos de Cristo si por nuestra forma de vivir oscurecemos la luz de su amor.

La fe que hemos heredado de nuestros mayores, y que ha sido nutrida y madurada por una formación cristiana adecuada, hay que actualizarla en nuestra vida cotidiana. Si un día la abrazamos por la confianza que quienes nos la transmitieron nos merecía, sólo podemos mantenerla viva si hemos sido nosotros tocados por el corazón de Cristo, quien se nos ha revelado y nos sigue enviando a los hermanos de nuestro tiempo.

El tiempo de verano nos ofrece la posibilidad de estrechar las relaciones familiares y de amistad, y en ellas ha de tener un papel central la propia experiencia de Dios, para compartirla y vivirla en la comunión fraterna con aquellos que más queremos, y con los que a veces tanto nos cuesta hablar de estos sentimientos profundos. “Nadie es profeta en su tierra” escuchábamos el pesar de Jesús el domingo pasado. Sin embargo, precisamente por el amor que tenemos a los nuestros, mayor ha de ser el esfuerzo para procurar que la semilla de la fe emerja con fuerza en sus vidas y así las llene de gozo y de esperanza.

Pidamos en esta eucaristía al Señor, que nos ayude a saber discernir en cada momento la palabra oportuna y el gesto adecuado, y así podamos sembrar su Reino entre los nuestros, por medio de una vida confiada en su providencia y servicial con los hermanos.

jueves, 2 de julio de 2015

DOMINGO XIV TIEMPO ORDINARIO


DOMINGO XIV TIEMPO ORDINARIO
5-07-15 (Ciclo B)

      “No desprecian a un profeta más que en su tierra”.

      Esta frase con la que termina el evangelio de hoy nos revela el amargo sentimiento de Jesús ante el rechazo de los suyos. Él, que es bien recibido por las gentes de pueblos y ciudades lejanos de su tierra, vive sin embargo la desconfianza y la sospecha que suscita entre sus paisanos, lo cual no hace más que aumentar los sinsabores de su misión y sentir cómo son precisamente aquellos en quienes más confiaba los que le dan la espalda; “¿no es ese el hijo del carpintero?”.

      San Marcos nos muestra el lado más duro de la tarea profética; el desprecio y la indiferencia de los destinatarios del evangelio. Y aquel desánimo que vivieron Ezequiel, San Pablo y el mismo Jesús, sigue siendo una realidad presente hoy entre nosotros.

      Muchas veces queremos compartir nuestra experiencia de fe entre los nuestros, con nuestros familiares más cercanos y amigos, y esa falta de respuesta positiva por su parte, e incluso de respeto, hace que vivamos nuestra fe en silencio, ocultándola por miedo al rechazo o a la burla.

      Cuantas veces escuchamos a tantos padres y abuelos, el sufrimiento que sienten al no poder transmitir la fe que viven como un don de Dios, a sus hijos y nietos. Hasta os echáis la culpa como si dependiera sólo de vosotros.

      Nada más lejos de la realidad. Vuestro testimonio de vida, y vuestro anuncio explícito de Jesús aun cuando vivís la oposición del ambiente, demuestra que realmente Dios ocupa un lugar central en vuestra vida, y por eso lo celebramos en medio de la comunidad cristiana, para sentir la fuerza renovadora del Espíritu Santo que nos envía al mundo a seguir construyendo el Reino de Dios.

      Jesús, a pesar de todas las dificultades, seguía proponiendo un estilo de vida nuevo. Su palabra y su vida causaban extrañeza porque no era como la de los demás. En un mundo condicionado por los intereses particulares, donde los valores se centran en el poder, el dinero o el placer, él muestra otra senda distinta cargada de solidaridad y misericordia, y en la que el valor fundamental es el amor, semilla de justicia, de esperanza y de paz.

      Del mismo modo nosotros hoy, sólo necesitamos del aval de nuestra vida para vivir la fe con autenticidad. Aunque el mundo entero nos cuestione y critique, no podemos responderle con juicios y condenas. Desde el evangelio de Jesús sabemos que la fe es un don de Dios que hemos de proponer con sencillez y gratitud, pero nunca se ha de imponer con medios que violentan la libertad de la persona.

      Una fe impuesta carece de amor, y por lo tanto ni libera ni salva, sólo oprime y angustia. Quien vive un cristianismo intransigente, sin caridad ni esperanza, acabará convirtiéndose en  un fundamentalista. Cristo no entregó su vida para consagrar teorías ideológicas  y moralistas sino para que todos encontremos el camino de nuestra salvación, desde la respuesta libre y gozosa al amor que Dios nos tiene.

Por eso lo importante de la vivencia militante de la fe, no está en los frutos apostólicos que de nuestro testimonio se puedan derivar, sino de la misma alegría que surge en lo más profundo de nuestro corazón por el mismo hecho de sentirnos amados por Dios, y esto ciertamente emerge con fuerza mediante la entrega amorosa a los demás.

Jesús se desvivía para transmitir a las gentes el inmenso amor de Dios para con todos, en especial los más pobres y débiles, los últimos y marginados. Y su entrega era fortalecida no por la respuesta de los que pudieran seguirlo o rechazarlo, sino por ese amor de Dios que llenaba su corazón, fortalecía su esperanza y manifestaba con sencillez, pero viva elocuencia, que el Reino de Dios había llegado con Jesús.

      El evangelista S. Marcos termina su relato diciendo que Jesús no pudo hacer allí muchos milagros y que se extrañaba de su falta de fe. Sin embargo curó a quienes se abrieron a él y mostraron su confianza en el Señor.

      Cuando nosotros nos sintamos rechazados por la fe, bien por confesarla ante los demás o bien porque nuestros esfuerzos por transmitirla no sean suficientemente acogidos, no nos desanimemos ni perdamos la esperanza, Dios sabe cómo llevar adelante su obra, y en cualquier caso hemos de tener presente que no somos nosotros los dueños de la mies, sino él.

      Y sobre todo mantengamos fresco el ánimo del corazón, porque en cualquier caso, ser seguidores de Jesucristo es la mejor apuesta de nuestra vida, nos llena de gozo y nos sostiene en la adversidad. Si para muchos la Iglesia es una mera institución, para nosotros es nuestro hogar, el espacio vital en el que nos sentimos reconocidos y en el que podemos compartir la misma esperanza. En definitiva, el hogar familiar donde somos acogidos y respetados por lo que cada uno es, y no por lo que las expectativas del ambiente o de la moda exigen en cada momento.

      Por eso seguimos celebrando cada domingo la Eucaristía. Ella es el centro de la vida cristiana, fuente y culmen de nuestra fe, y ante el Altar, congregados como hermanos y hermanas, sentimos la presencia del Señor que nos sigue animando con su palabra y fortaleciendo con su Espíritu de amor.

      Pidamos en esta celebración al Señor, que siga alentando nuestra vocación evangelizadora. Que encontremos la manera oportuna de transmitir a los demás la fe que compartimos y que sintiendo el afecto y el estímulo de los demás cristianos, podamos dar testimonio de nuestra fe con el ejemplo de nuestras vidas.