viernes, 15 de abril de 2016

DOMINGO IV DE PASCUA




DOMINGO IV DE PASCUA

15-04-16 (Ciclo C) Jornada de oración por las vocaciones



       “Yo soy el Buen Pastor, dice el Señor, conozco a mis ovejas y ellas me conocen”. Con esta antífona previa a la proclamación del evangelio, acogemos el don de Dios que nos ha hecho hijos suyos, y sentimos la alegría de sabernos acompañados en todo momento por la presencia de Cristo resucitado, el Buen Pastor.



Y en este domingo de pascua, en el que seguimos celebrando la alegría de la fe en Cristo resucitado, la Iglesia nos invita a orar de forma especial por las vocaciones. Estas son un don de Dios para quienes son llamados por él a la misión evangelizadora, y un regalo también para las comunidades cristianas a las que son enviados.



En el tiempo pascual no sólo se nos cuenta la experiencia gozosa que vivieron aquellos discípulos ante la resurrección del Señor. Unida a ella está el nacimiento de la Iglesia como continuadora de la obra de Jesús.



En la resurrección de Cristo, y tras la recepción del Espíritu Santo, los creyentes adquieren su mayoría de edad y ahora nos toca a nosotros proseguir el camino trazado por el Señor viviendo conforme a su enseñanza y trabajando unidos para la transformación de este mundo. Así van surgiendo las primeras vocaciones entre los creyentes. Ese grupo que escucha a los Apóstoles narrar sus vivencias, se siente alentado a seguir sus mismos pasos y abrazan con entusiasmo la fe en Jesucristo. Todos son llamados a la fe. Todos han de ser convocados a participar de la misma comunidad creyente, vivir una misma esperanza y construir el Reino de Dios. Pero para esto hacen falta más brazos.



Dios nos llama a cada uno de forma personal, para lo cual se ayuda de mediaciones. Todos los creyentes hemos nacido a la fe por medio de la palabra y del testimonio de otros creyentes que nos han precedido. Nuestros padres, los catequistas y educadores que tuvimos, la misma comunidad cristiana en la que cada domingo celebramos la eucaristía, todos ellos son piedras vivas que sostienen y alimentan el edificio de nuestra personalidad creyente.

Ninguno de nosotros podría mantener su fe si no contara a su lado con otros hermanos que nos sostengan en la debilidad, fortalezcan en la adversidad y nos ayuden a compartir la misma esperanza.



Pues hoy la Iglesia se hace especial eco de una necesidad cada vez más interpelante. Hacen falta una clase muy peculiar de obreros en la mies del Señor. Si todos los brazos y vocaciones son igualmente importantes para la vida de la Iglesia, en nuestros días hay unas vocaciones que necesitan ser suscitadas con extraordinaria urgencia; la vocación a la vida religiosa y la sacerdotal.



La vocación religiosa es un estímulo de renovada humanidad. En medio de un mundo donde cada uno se preocupa de lo suyo, donde crece el individualismo y donde muchos ponen su esperanza en el materialismo, se puede contemplar también espacios humanos donde la comunidad, la generosidad y la disponibilidad se abren camino y se entregan al servicio de los demás.

En medio de la sequedad y del desierto, brotan oasis de vida que no piensan en sí mismos sino en los más necesitados. Que no se preocupan de su bienestar sino del bien de los más pobres, y que por encima de sus vidas ponen las vidas de aquellos a los que sirven con amor porque viven en el Amor de Jesucristo camino, verdad y vida.

No tenemos más que echar la mirada a los países más pobres donde tantos religiosos y religiosas han regado con su sangre la semilla de su entrega generosa. Y entre nosotros hay múltiples comunidades que encuentran su sentido en el servicio, tanto a los cristianos que atienden como a los más desterrados, pobres, enfermos, ancianos, niños abandonados, marginados... Son una muestra de la mano abierta y generosa de Dios que sigue entregando su amor al ser humano sin pedir nada a cambio, sin reproches ni condiciones, simplemente por amor.



Y junto a las vocaciones religiosas también está la vocación sacerdotal. Vocación esencial para la Iglesia, sin la cual ésta sería imposible. Si es verdad que en una época era un estado de vida reconocido socialmente y que muchas familias se alegraban de tener un hijo sacerdote, hoy es una posibilidad poco contemplada, generalmente rechazada e incluso vilipendiada.

Ser sacerdote hoy no conlleva ningún reconocimiento ni privilegio, y eso es bueno. El sacerdote ha de serlo para sostener y alentar la vida de los creyentes en medio de su comunidad, y en ese servicio debe encontrar su propia realización personal al vivir con gratitud el don recibido por Dios.



Nuestras comunidades necesitan de sacerdotes; quién si no las va a acompañar en su camino de vida y de fe, las va a confortar y sostener por medio de los sacramentos y las va a mantener unidas conforme a la voluntad del Señor. Los sacerdotes tenemos que ser reflejo del Buen Pastor, entregados al bien de la comunidad que se nos ha confiado, para que en el encuentro con Jesucristo, mediante nuestro anuncio y testimonio, construyamos la gran familia eclesial.



En un tiempo de conflictos, donde incluso en la Iglesia es fácil caer en la controversia y la división, necesitamos de personas que nos ayuden a encontrar lo fundamental de la fe y sean un referente de unidad comunitaria. La única manera de conservar viva esta llama es mantenernos unidos en la fe, la esperanza y la caridad, y si perdemos a las personas que pueden ayudarnos a ello, corremos un serio peligro de arbitrariedad y de egoísmo.



       El ministerio sacerdotal prolonga la vida del mismo Jesucristo en medio de la comunidad cristiana y de nuestro mundo. Su misión consiste en ser garantes de la autenticidad evangélica de y de la unidad comunitaria, sin la cual es imposible que la familia eclesial subsista y sea creíble.

Hoy pedimos al Señor por las vocaciones, para que los jóvenes se abran de corazón a su llamada, y encuentren en el seguimiento de Jesucristo la razón y el gozo de su existencia.

Que nuestra madre la Virgen María, acompañe y sostenga con su amor maternal la vida de los que se entregan al servicio apostólico.


sábado, 9 de abril de 2016

DOMINGO III DE PASCUA




DOMINGO III DE PASCUA

10-04-16 (Ciclo C)



Como vamos percibiendo a lo largo de este tiempo de Pascua, la Palabra de Dios nos va desvelando las diferentes formas con las que Jesús se manifestó a los suyos, de manera que pudieran comprender que tras esa nueva apariencia, gloriosa y desconcertante, estaba el mismo que había compartido sus vidas.

No hay ruptura entre el Jesús crucificado y el Cristo resucitado. Son la misma persona, y aunque la mente humana no tenga capacidad para escudriñar esta experiencia desbordante, la fe y la adhesión al Señor nos hace capaces de acoger y asimilar en lo más profundo de nuestro ser esta verdad que nos une y nos llena de gozo.

En este tercer relato de la presencia de Jesucristo en medio de los suyos, son varios los elementos que el evangelista San Juan ha querido dejarnos como testamento de vida. Primero la unidad entre los discípulos. Necesitan estar juntos porque han sido demasiado grandes y fuertes y las experiencias que acaban de compartir. En la soledad se dan demasiadas vueltas a la cabeza para nada, y aunque todos necesitan de un respiro que les ayude a asimilar todo lo vivido, se necesitan los unos a los otros para compartir sus temores, sus dudas y sobre todo esa ilusión que empieza a brotar con toda su fuerza.

Pedro, Natanael, Tomás, Juan, Santiago y los demás, compartirían esa mezcla de alegría e incertidumbre que la muerte y resurrección de Jesús les ha llevado a sus vidas. Y lo que han de seguir haciendo es continuar la tarea, van a pescar, que en el lenguaje evangélico de Juan significa echar la red en el mar del mundo para congregar a nuevos hermanos que sumar al Pueblo de Dios que es la Iglesia de Jesús.

Y en esa labor surgen los sinsabores y los fracasos. No han pescado nada. Por más que se esfuerzan en transmitir su experiencia y mostrar con el ejemplo de sus vidas que el reino de Dios ya ha llegado en la persona de Jesucristo, los comienzos apostólicos resultan infecundos.

Y en la oscuridad de la noche se hace presente el Señor, que les anima a volver a echar la red sin demora porque tarde o temprano habrá quien escuche en su corazón la llamada de Dios y acoja la invitación a formar parte de la comunidad eclesial. Alentados por el Señor resucitado, la pesca, nos narra el evangelista, se vuelve abundante y fecunda, 153 peces grandes, que en el mismo lenguaje simbólico del evangelio expresa todas las clases de peces existentes. Es como si el autor sagrado nos estuviera diciendo que con la presencia del Señor en la acción misionera de su Iglesia, todas las gentes y pueblos van a ser convocados a formar parte del único Pueblo de Dios. Nadie quedará excluido de esta invitación que transformará la vida del mundo porque el Reino del amor, de la paz y de la justicia ya ha sido plantado y sus frutos comienzan a emerger con vigor y fecundidad.

Y el tercer signo esencial del evangelio que hemos escuchado se nos muestra en la cena de los discípulos junto al Señor. Jesús toma el pan y se lo da, y lo mismo el pescado. Quedan en el recuerdo aquellas comidas donde en medio de la escasez se produjo el milagro de la abundancia. Y sobre todo aquella cena última en la vida de Jesús donde se nos entrega como alimento de salvación.

Desde entonces la comida fraterna junto al Señor no es un aspecto más de la vida cotidiana, es la Cena del Señor, la Eucaristía, el alimento que nos une a Jesucristo y a los hermanos, para ser en medio del mundo sacramento de salvación.

Este tiempo pascual nos va a ayudar de diferentes maneras a percibir estos aspectos fundamentales de nuestra fe. La necesaria unidad entre quienes formamos parte de la familia eclesial, y cómo en esa comunión existencial, en la manifestación explícita de nuestro ser hermanos los unos de los otros, es donde se hace presente el Señor. Jesucristo resucitado se ha vinculado de forma efectiva en medio de su comunidad de discípulos que le seguimos con fidelidad y esperanza. Y aunque entre nosotros puedan expresarse diferencias legítimas fruto de nuestra diversidad cultural, generacional e incluso ideológica, todas ellas han de ser revisadas a la luz del evangelio del amor y de la justicia que nos ha hecho hermanos en Cristo e hijos de Dios. Porque en la división y en la ruptura de la comunión eclesial no está presente el Señor.

Esa presencia de Jesús es la que nos anima una y otra vez a trabajar con generosidad y entrega en la misión evangelizadora a la que hemos sido enviados por nuestro bautismo. No somos portadores de una tradición inoperante. Somos testigos de Jesucristo resucitado, protagonistas de nuestra historia y colaboradores en la construcción del Reino de Dios, bajo la acción del Espíritu Santo.

Todo esto es lo que cada domingo vivimos y celebramos como comunidad cristiana entorno al altar del Señor. La Eucaristía es fuente y culmen de nuestra vida creyente. En ella recibimos la fuerza y el estímulo que Jesucristo nos entrega en su Cuerpo y su Sangre. Y a ella traemos nuestras vidas y las de nuestros hermanos más necesitados para que al ponerlas ante el Señor, él las transforme con su amor y nos llene de gozo y de esperanza.

Comunión fraterna en la unidad eclesial, entrega generosa en la misión evangelizadora de la Iglesia y participación plena en la celebración eucarística, son los pilares fundamentales de nuestra experiencia cristiana. En ellos se sustenta el sólido edificio de nuestra fe y por medio de ellos percibimos la clara presencia del Señor resucitado en nuestras vidas.

Que hoy, sintamos esa presencia del Señor que nos vuelve a pedir que echemos las redes de la esperanza, del amor y de la fe en medio de nuestro mundo, y que al realizar esta misión dentro de la comunión fraterna, podamos dar testimonio eficaz de nuestra fe en medio de nuestro mundo.



jueves, 10 de marzo de 2016

DOMINGO V DE CUARESMA



DOMINGO V DE CUARESMA

13-03-16 (Ciclo C)



El domingo pasado la parábola del hijo pródigo nos presentaba la misericordia de Dios ante la actitud arrepentida del hijo que vuelve. Se nos narraba a través de una historia conmovedora, cómo en el pecado del hijo menor y a pesar de haber llevado una vida alejada del hogar paterno, siempre hay lugar para el arrepentimiento, y si somos capaces de buscar en lo profundo de nuestro interior reconociendo la verdad de nuestra vida, encontraremos la misericordia de Dios que nos abre sus brazos para llenarnos de su amor.



Pero en este seguimiento de Jesús, todavía hay lugar para las sorpresas. Si la parábola del hijo pródigo nos muestra el colmo de la misericordia divina, la vida misma de Jesús se nos presenta como la realización actualizada y eficaz de ese perdón.

Y así hoy nos situamos ante un acontecimiento en la vida del Señor que no nos deja lugar a dudas sobre su compasión.



Según el relato evangélico, a Jesús le presentan una mujer sorprendida en un grave pecado. Y además se le recuerda, que la Ley de Moisés, fundamento de la vida social y religiosa del pueblo de Israel, deja clara la sentencia que cae sobre la pecadora, la muerte por lapidación.



Desde nuestra mentalidad actual, nos parece desproporcionada e injusta semejante sentencia. Pero no olvidemos que el momento y las circunstancias en las que se produce, hacía que esa ley fuera observada por todos como justa e indiscutible.



Sin embargo, ya el evangelista nos muestra la intencionalidad con la que los acusadores presentaban la cuestión a Jesús, no tanto para que prolongara la ley mosaica, sino para que como bien sospechaban, dictaminara una resolución contraria a ella y así tuvieran algo de qué acusarlo.



Realmente el pecado de adulterio les importaba menos que la posibilidad de tener algo serio contra Jesús, ya que su forma de vida y los argumentos de sus palabras, les descubría la falsedad de sus prácticas religiosas y la incoherencia de su proceder.



Y Jesús ciertamente no va a dejarse amedrentar, y aunque deba medir su intervención, lo que en ningún caso permitirá es que en el nombre de Dios se ajusticie a nadie, aunque la ley lo consienta. Y esta actitud no es irrelevante para nuestra experiencia de fe. La ley de Dios nos muestra el camino que conduce a la vida, desde la fidelidad, el amor y el respeto al prójimo, imagen y semejanza de Dios.

El mandamiento de la fidelidad matrimonial, lo que está custodiando ante todo es el núcleo del amor conyugal, donde han de favorecerse el desarrollo de la vida de los esposos y la transmisión de ese amor y educación a los hijos. Faltar a este principio no sólo supone un pecado ante Dios, sino que en cada ruptura provocada por el egoísmo de uno de los cónyuges, se hiere lo más íntimo del otro rompiendo la unidad familiar, la confianza depositada en ella, y perjudicando gravemente la vida y el desarrollo de los hijos.



El adulterio no es una anécdota en la vida del ser humano, es una traición a las promesas realizadas en libertad, y que rompe la armonía y la estabilidad de la vida de los afectados.

Pero de la aceptación de esta verdad y del compromiso que la pareja y la sociedad han de adquirir para cuidar el vínculo matrimonial, no se deriva que haya que preservarlo a costa de la vida de nadie. Y esto es lo que Jesús reprueba. No la verdad de la fidelidad matrimonial establecida y comprometida por el amor de Dios, sino la injusticia de la ley humana que la pretende custodiar.

Por eso quien se crea libre de todo pecado y debilidad que se atreva a arrojar la primera piedra. Cuando alguien en la vida tropieza y cae, comete un error por grave que sea y fracasa como ser humano, siempre hay que buscar la forma de recuperar su dignidad y de que vuelva a dirigir su vida conforme a los valores fundamentales que la fe en Dios nos propone.



Y Jesús ofrece esa posibilidad porque nos mira a cada uno desde el amor, no desde la condena. Aunque nuestro mal y nuestro pecado sean graves, él no retira su mirada de nosotros y busca siempre la conversión del pecador y no su aniquilación.



Qué fácil le hubiera sido a Dios desentenderse del hombre cuando en tan innumerables ocasiones le hemos vuelto la espalda. Qué necesidad tenía de buscar una y otra vez nuestra conversión, él no necesita nada de nosotros para seguir siendo Dios. Y sin embargo, si en vez de procurar en todo momento nuestro regreso al hogar paterno, hubiera deseado la ruptura definitiva con el hijo que lo abandona, para qué nos envió a su Hijo Jesucristo como camino de salvación, verdad que nos regenera y vida en plenitud.



“Dios no quiere la muerte del pecador, sino que se convierta y viva”, y si este es el deseo de Aquel que nos ha creado, nadie tiene potestad para modificar su vivificante desarrollo. La dinámica del perdón de Dios, manifestado en Jesús, nos regenera y nos rejuvenece. Nos ayuda a recuperar la mirada limpia y confiada, y sobre todo nos posibilita que al retornar a la casa del Padre, podamos acogernos como hermanos y sintamos la dicha del encuentro en fraternidad.

“Yo tampoco te condeno. Vete y no peques más”. Este fue el final del diálogo entre Jesús y la mujer. Seguro que ante lo sucedido y al verse salvada de la muerte, aquella volvería a nacer. Jesús no sólo la ha salvado de un morir certero, sobre todo experimenta cómo quien sí podía condenarla como Maestro y Mesías, no lo hace, “yo tampoco te condeno”. Y estas palabras pronunciadas hace más de dos mil años, hoy se nos siguen diciendo a nosotros cada vez que con humildad y confianza acudimos sacramentalmente al Señor para pedir su misericordia.



Que no desaprovechemos las oportunidades que él nos da. Este tiempo cuaresmal que pronto concluye, es un recorrido por la verdad de nuestra vida para que contemplada con los ojos misericordiosos del Señor, la sintamos regenerada por su amor y, con vitalidad nueva, se sienta impulsada para ser sus testigos en nuestro mundo.



Que al acoger el perdón del Señor en nuestra vida, abramos siempre el corazón para responder con semejante grandeza a nuestros  hermanos en vez de hacernos sus jueces y verdugos. Y nunca olvidemos que la misericordia que se recibe de verdad, ha de ser entregada a los demás con generosidad.

viernes, 4 de marzo de 2016

DOMINGO IV DE CUARESMA



DOMINGO IV DE CUARESMA

6-03-16 (Ciclo C)



Pasamos el ecuador de este tiempo cuaresmal en el domingo de “laetare”, de la alegría ante la proximidad de la Pascua del Señor. Y al caminar junto a él escuchamos en este día la que sin duda es el alma de las parábolas. Si el domingo pasado contemplábamos la paciencia del Viñador para con la higuera infecunda, por la cual se volverá a desvivir a fin de que dé frutos de vida, hoy nos sorprende ante la misericordia de un Padre que sufre la marcha del hijo, y que lo espera siempre con los brazos abiertos.

Muchas veces al escuchar este evangelio concedemos excesivo protagonismo al hijo menor, de hecho todos la conocemos como “la parábola del hijo pródigo”. Y sin embargo lo que Jesús nos está diciendo con ella es la inmensidad del amor del Padre, que tras sufrir el desprecio de un hijo que le exige en vida su parte de la herencia, se marcha de su lado para malvivir lejos de él.

El personaje citado, muchas veces representa con fidelidad nuestras actitudes ante Dios. Hemos recibido todo de Él, la vida que es su mayor don, el amor de la familia que nos ha acogido en su seno, la fe que se nos ha transmitido como fundamento de nuestra existencia y el seno de la comunidad eclesial en la que hemos crecido y profundizado en nuestra condición de hijos e hijas de Dios. Y como respuesta a este regalo del Señor, respondemos exigiendo nuestra parte de forma egoísta para dilapidarla viviendo perdidamente. Es decir: la vida regalada, la poseemos egoístamente como si nos perteneciera a nosotros, decidiendo la viabilidad y el destino de otros seres humanos, y subordinando su valor absoluto al interés particular, llegando a devaluarla si no me conviene su existencia.

La misma realidad familiar en la que todos subsistimos como personas de pleno derecho es despreciada y quebrada por el egoísmo y la violencia de algún miembro sobre los demás; rupturas entre esposos, imposiciones caprichosas de hijos malcriados o la violencia machista que subyuga a la mujer bajo la tiranía del hombre. La unidad familiar está siempre a merced de la entrega personal de sus miembros, y si alguno de ellos se impone de forma indigna, la dolorosa ruptura a todos afecta y amarga por igual.

O bien podemos asemejar la herencia derrochada por el hijo menor con nuestras actitudes de desafecto e incluso rechazo para con la comunidad eclesial a la que pertenecemos y en la que nacimos a la fe. Cuantas veces perdemos el tiempo y la paz discutiendo sobre ideologías particulares, creando problemas donde no existen y sospechando los unos de los otros. Cuantas veces fomentamos la división en el hogar eclesial avivando conflictos superfluos por las simpatías o rechazos que suscitan personajes de moda.

La fe sin comunión es pura falacia que concluye en el sectarismo y la ruptura de la unidad, sólo la unidad que nace del amor, de la comprensión y la acogida fiel del evangelio del Señor, es garantía de autenticidad en el seguimiento de Jesús.



Aquel hijo menor de la parábola, no sólo se marchaba de su casa a vivir una aventura personal fruto de una inmadurez existencial. Rompía los fundamentos de la vida familiar, humillaba al Padre que todo lo había puesto en sus manos, escandalizaba a los empleados que observaban la osadía de su acción, y abría un abismo de desencuentro con su hermano mayor, quien se presenta al final del relato evangélico con una dureza extrema, incapaz de perdonar su pecado, tal vez más por envidia que por virtud.



Y en toda esta realidad está la persona fundamental, el Padre que vive con dolor de corazón, tanto la actitud irresponsable de su hijo menor, a quien además lo pierde sin saber de su destino, y la amargura del hijo mayor quien se va desmoronando en un odio hacia su hermano lo que sume en mayor angustia si cabe al Padre de ambos.

Cómo afectan nuestras decisiones individualistas al conjunto del hogar. Cuán grande es la ruptura que provoca la acción de uno sólo y cómo repercute sobre la vida de todos. El Padre preocupado, dolorido y angustiado por el hijo que no ve por la distancia; y también sufriendo y sintiendo la pérdida del otro hijo que pese a estar a su lado vive como si no existiera para él.



Sólo la conversión sincera y auténtica cimienta la nueva relación. Cuando el hijo vuelve, tras reconocer su maldad y la indignidad de su vida, lo hace de corazón. Él sabe que no es digno de ser hijo, y que lo justo será tratarlo como a un sirviente.

Pero una vez más es el Padre quien nos sorprende; el dolor y la injusticia sufrida no le han dañado el corazón. Él ante todo es su Padre y eso nada puede cambiarlo, y como tal lo acoge con un amor inmenso, que supera cualquier comprensión. Ciertamente el pequeño merecerá cualquier castigo por su acción; pero cuando un hijo muerto vuelve a la vida, un hijo perdido es recuperado, lo único que cabe es celebrarlo por todo lo alto, porque se ha vuelto a restañar la unidad familiar, y el gozo de la conversión es mucho mayor que el dolor del pecado.



De hecho la actitud del hijo mayor nos deja bien claro lo infecundo e inútil del rencor. Su rechazo a compartir la fiesta por su hermano recuperado expresa el resquemor de su alma en esta historia. En realidad, y a tenor de sus palabras, él también vivía lejos de su padre aunque compartiera el mismo techo; no había sido capaz de sentirle cerca y de vivir como un auténtico heredero ya que al reprocharle que no le hubiera dado nunca un cabrito para celebrar algo con sus amigos, en el fondo reconocía su desafecto filial.

De qué le servía vivir como hijo, si en realidad se comportaba como un esclavo. Por qué ahora aprovecha para reprochar la generosidad de su padre cuando él no ha sabido cogerla diariamente en su vida.

Además el mayor abunda en su mezquindad al rechazar al hermano diciendo “ese hijo tuyo”. Si el padre había acogido a su hijo, el hermano lo sigue rechazando, y por eso no puede entrar en la fiesta común. El relato del evangelio se queda aquí. No nos dice el final de la historia, si hubo abrazo fraterno, o el padre sigue sufriendo la ausencia de uno de sus hijos.



Nosotros somos quienes debemos terminar esta historia en cada momento de nuestra vida. No tenemos nada que envidiar a los hermanos de la parábola; sus actitudes por una u otra parte son causantes del dolor del Padre y de la fractura familiar. Sólo la vida del Padre es digna de ser compartida; una vida de amor, de búsqueda, de espera, de misericordia y de perdón. Una vida que genera gozo y que construye la unidad esencial del hogar donde todos podamos tener sitio en la misma mesa donde se celebra el único banquete pascual.



Si no somos capaces de perdonarnos no podremos compartir la misma fiesta. Que este tiempo cuaresmal nos ayude a purificar nuestras actitudes personales y comunitarias, de manera que nos lleven a una auténtica conversión para volver al hogar como hijos de Dios y hermanos entre nosotros.

viernes, 26 de febrero de 2016

DOMINGO III DE CUARESMA



DOMINGO III DE CUARESMA

28-2-16 (Ciclo C)



         El centro de la Palabra de Dios que acabamos de escuchar es su radical llamada a la conversión, al cambio de vida y a la toma de conciencia de nuestra responsabilidad en la marcha de este mundo.

Jesús tiene una clara percepción de la realidad que lo rodea, de cómo la acción de las personas repercute de forma directa en su situación vital, para bien y para mal. Y junto a ello también percibe cómo la conciencia humana ha ido alejando de sí esa responsabilidad pasándosela incluso a Dios como explicación de los males y de los bienes. Si a uno le va bien en la vida, eso quiere decir que su comportamiento moral es el adecuado y que Dios le premia con bienes materiales, con salud, con prosperidad. Pero si por el contrario la vida de una persona está marcada por la desgracia, la enfermedad, la miseria y la marginación será que algo habrá hecho mal y que su situación es consecuencia y castigo por ese pecado cometido, bien por él o incluso por sus antepasados. El bien se premia y el mal se castiga. Este pensamiento estaba profundamente metido en la experiencia religiosa del pueblo de Israel, de tal manera que Jesús con su pregunta “¿pensáis que esos galileos eran más pecadores que los demás galileos para acabar así?” va a afrontar la cuestión de forma directa y clara.

Y lo primero que deja fuera de toda duda es que las desgracias del ser humano, las catástrofes naturales y cualquier mal que afecte al hombre no son la respuesta vengativa de un Dios justiciero que nos paga según nuestro obrar. Lo que nos sucede a nosotros, es fundamentalmente consecuencia de lo que hacemos o dejamos hacer a nosotros mismos, a otras personas o al entorno natural.

         El ser humano es responsable de lo que sucede a su alrededor y nuestro trabajo cotidiano va asentando y cimentando el futuro de nuestra vida, para bien o para mal.

         En el relato del libro del Éxodo,  Moisés va a descubrir algo asombroso, e insospechado, Dios se preocupa por el sufrimiento de su pueblo. Dios padece con él y se compadece de él; no se mantiene ajeno a la historia del hombre, y el lamento del oprimido ha llegado hasta su presencia. Esa situación se le hace insoportable y en el clamor del oprimido la creación entera se está lamentando. Por eso hay que actuar, pero no de forma ajena al desarrollo de la historia, interviniendo de manera sobrenatural y al margen de la libertad de las personas. Dios va a intervenir por medio de su criatura, el hombre, imagen y semejanza suya, para que asumiendo su propia responsabilidad y tomando conciencia de su ser, regenere la humanidad y la libere de sus opresores.  Y así Moisés va a comprender que por encima de sus limitaciones y temores, por encima de sus capacidades y virtudes, está la mano bondadosa de Dios que le anima, sostiene y fortalece para asumir su responsabilidad de hermano y lidere la liberación de su pueblo.



         Y lo primero que debe hacer es observar la realidad con los mismos ojos de Dios, lo cual exige una primera conversión. Por mucho que pretendamos sintonizar con Dios, si no somos capaces de salir de nosotros mismos, lo único que conseguiremos será moralizar esa mirada, pero no se verá transformada. Ver con los ojos de Dios es situarse al lado del que sufre, del oprimido, del pobre para escuchar sus lamentos y compartir sus sentimientos. De lo contrario nos pasará como a Moisés que se resiste a la llamada de Dios.



         La resistencia de Moisés nos revela que muchas veces nosotros también ponemos excusas para vivir tranquilos, sin meternos a fondo en la realidad. Pero a la vez, sabemos igual que Moisés, que una vez que nos hemos dejado atrapar el corazón por Dios, ya no nos pertenece porque le pertenece a él, y una y otra vez le sentimos que insiste para que colaboremos generosamente en su obra de salvación.

Cuántas veces sentimos que el alma se nos conmueve ante las injusticias del mundo y que aunque apaguemos el televisor o cerremos el periódico, esa realidad nos atormenta. Sentimos la impotencia de no saber qué hacer, el miedo al futuro que se nos va presentando, la intranquilidad de saber que este mundo no es el que Dios quiere para el desarrollo de sus hijos.

Por eso Jesús asume su misión como una urgente llamada a la toma de conciencia de sus hermanos, haciéndonos saber que el mal y el bien de este mundo no es obra directa de Dios, sino nuestra, y aunque él se empeñe en sembrar el amor, la justicia y la paz, si nosotros nos empeñamos podemos sofocar su crecimiento y favorecer el germen del odio, la injusticia y el terror.



Ante esta situación, no podemos quedarnos cruzados de brazos, porque “tres años llevo viniendo a buscar fruto en esta higuera y no lo encuentro, así que córtala”.

La parábola de Jesús no es una amenaza vacía y gratuita, es una seria advertencia de lo que está por llegar. Si bien es cierto que la salvación de nuestras vidas viene por la fe en Jesucristo, igualmente cierto es que esa fe ha de manifestar su autenticidad a través de las obras que realiza. O dicho con palabras del apóstol Santiago, “muéstrame tu fe sin obras, y yo por las obras te mostraré mi fe”.

         La paciencia de Dios llega a su culmen en la entrega de su Hijo, quien una y otra vez ha ido intercediendo en nuestro favor como el viñador de la misma parábola “déjala todavía este año”. Pero esa intercesión de Jesús tiene destinatarios concretos, aquellos que aunque sea tarde, estén dispuestos a acoger la llamada a la conversión y den los frutos propios del árbol de la vida en el que han sido insertados. Todas las personas podemos superar nuestros egoísmos y acoger la misericordia de Dios. Y si ese cambio real se produce, y abrimos las puertas de nuestro corazón a los demás dejándonos conmover por sus necesidades, entonces daremos el fruto esperado.

Ahora bien, quien se obstine en mantener la miseria de sus hermanos oprimiendo y ultrajando su dignidad, destruyendo hasta lo más sagrado que es su vida, por la ambición y la opulencia, entonces tendrá que afrontar la misma sentencia del Señor, “córtala”. Porque si a pesar de los esfuerzos del Hijo de Dios por salvar el corazón enfermo de odio y de egoísmo de aquellos que han puesto su confianza en el ídolo del poder y de la riqueza, no se suscita en ellos el cambio y la conversión, entonces se han forjado su destino, que tal vez en esta vida les deslumbre con un falso brillo, pero cuyas consecuencias deberán asumir ante Dios.



Vivimos en una realidad donde la idolatría se abre paso como una nueva religión. Los diferentes ídolos, a los que de una u otra forma podemos rendir culto, se unen para hacernos creer que somos como dioses, y que todo lo podemos con nuestras propias fuerzas. Provocando que el corazón se nos vaya muriendo al amor, y responda solamente a los impulsos de su egoísmo.

Sin embargo Dios no está dispuesto a perder la gran obra de su creación que es el ser humano, por eso una y otra vez sale a nuestro encuentro para llamarnos y atraernos hacia sí. Cómo no va a derrochar en esfuerzos el que no escatimó la entrega de su propio Hijo para que fuéramos rescatados por su amor.



Queridos hermanos. La Palabra del Señor ilumina siempre nuestra vida, aunque a veces lo que nos descubre esa luz no sea de nuestro agrado. Eso quiere decir que el Espíritu Santo sigue actuando en nosotros y que de forma constante y fecunda, trabaja nuestro corazón para transformarlo. Que sigamos viviendo este tiempo cuaresmal con gratitud y confianza para poder llegar a la Pascua con una vida renovada en esperanza y caridad.


jueves, 18 de febrero de 2016

DOMINGO II DE CUARESMA



DOMINGO II DE CUARESMA

21-02-16 (Ciclo C)



En nuestro itinerario hacia la pascua, vamos avanzando a la luz de la Palabra de Dios que cada domingo se nos proclama. Es el día del encuentro con el Señor y con los hermanos, que congregados entorno al altar, compartimos la vida cotidiana para que iluminada por el Evangelio y fortalecida con el Cuerpo del Señor, vuelva renovada a las tareas de cada día.

Y en este segundo domingo de cuaresma podemos detener nuestra mirada en la experiencia de los grandes personajes de la Sagrada Escritura. En todos ellos se nos muestra con sencillez y claridad, cómo ha sido su relación con Dios; una relación cercana, personal, fluida y entrañable. Relación que no sólo afectaba a los protagonistas principales de cada momento histórico, sino que era compartida por toda la comunidad creyente.

La historia de Abrahán que se nos narra en el Génesis, es mucho más que la experiencia de nuestro padre en la fe. Son los cimientos de una relación paterno-filial que en Jesús encontrará su momento culminante, pero que desde siempre ha distinguido la fe del pueblo de Israel.

Porque esa fe no se sustenta en un compendio de ideas y teorías sobre la divinidad, sino en la experiencia concreta, personal y comunitaria que nace de una relación existencial y vital. Ningún protagonista bíblico creía en el dios de otro por oídas, sino en el suyo propio con el que entraba en esa relación mística y eficaz. Una relación real que estaba fuera de toda duda, aunque  el fruto de la misma conllevara una respuesta confiada y radical.

Abrahán fue conducido por esa relación con Dios hacia caminos insospechados para él, y en ocasiones aparentemente contradictorios. Cuando Dios le promete una descendencia como las estrellas del cielo, y él asiente entregándose a la alianza, tendrá que vivir la prueba de ofrecer a su único hijo como sacrificio a Dios.

Sólo en la relación sólidamente edificada en el amor y la fe, es posible responder con generosidad y convicción.



Así nos lo muestra también el evangelio de este día. Los discípulos de Jesús van profundizando en el conocimiento del amigo que los ha llamado. Hasta este momento narrado por S. Lucas, han compartido momentos desconcertantes. Han visto y oído cosas totalmente nuevas y que superan su capacidad de entendimiento. Se van dando cuenta de que Jesús no es un maestro al uso, como los escribas y fariseos.

También viven con especial desconcierto esa actitud de Jesús en la que trata con una familiaridad inaudita al Dios de la Alianza, reinterpretando la Ley de Moisés de forma novedosa y, para algunos, escandalosa.

Unos versículos anteriores a los que hoy se nos han proclamado, el mismo Pedro, ante la pregunta que Jesús le lanza sobre su identidad, le responderá con firmeza; “tú eres el Mesías de Dios”. (v.20)

En este contexto, Jesús decide compartir su experiencia espiritual de forma especial con algunos de ellos, y tomando a los tres discípulos que van configurando el núcleo de los íntimos, Pedro, Santiago y Juan, sube al monte a orar.

Y en esa experiencia de intimidad con el Padre, el relato evangélico nos muestra a Jesús en su identidad divina, dentro de la relación intra-Trinitaria. Su rostro transfigurado, unido a la voz de Dios Padre que identifica y señala a su Hijo amado, reconocido como tal por la Ley y los profetas representados en Moisés y  Elías, envuelve la vida de los discípulos que se encuentran desbordados. Ellos sólo podían expresar lo bien que se sentían, y únicamente después del encuentro con el Resucitado pudieron entender en su profundidad esta experiencia.

Ellos vivieron por anticipado el encuentro con el Cristo glorioso pos-pascual, lo cual les ayudó a reconocerlo tras la dureza de la Cruz.

La oración de Jesús a la que en este momento asisten, deja en ellos un poso esencial en su vida y que más tarde se revitalizará en su propia experiencia personal. Sólo en la oración íntima, cercana y confiada, se produce el encuentro con Dios. Encuentro que transforma la existencia del hombre porque nunca le dejará indiferente.

Dios se da de forma plena al corazón que con sencillez y humildad se abre a su amor, y su gracia desborda de tal manera cualquier previsión humana, provocando en el hombre un cambio radical que lo transfigura, para configurarlo más profundamente al modelo de Hombre Nuevo que es Cristo.



Los discípulos que acompañaron al Señor en este momento de su vida, vieron experimentar en él un cambio inexplicable, pero en todo momento lo reconocieron con claridad. Era el mismo Jesús con quien compartían su vida cotidiana, pero a la vez, se abría entre ambos un abismo de identidades incapaces de comprender.



Compartir esa experiencia les convertía en unos privilegiados y a la vez en portadores de una tarea nueva. Su deseo de permanecer en ese ambiente divino que todo lo envuelve y conforta, contrasta con la misión de seguir anunciando la novedad del Reino de Dios, del cual ellos se han convertido en testigos oculares.



La transfiguración del Señor, revivida de forma vigorosa tras su resurrección, les ha llevado a comprender que su destino último, como nos enseña S. Pablo en su carta a los filipenses que hemos escuchado, es que “Cristo nos transformará, según el modelo de su cuerpo glorioso”. Es decir, que nuestro destino no está condenado al fracaso de la muerte, sino a la promesa cierta de nuestra futura inmortalidad.



Lo acontecido en este momento de la vida de Jesús y sus discípulos, nos ayudará a asumir el tramo que queda de camino hacia la Pascua. Para eso hay que bajar de la montaña sagrada, para introducirnos en la senda de la entrega y el servicio hasta el extremo.

Ahora hemos recuperado fuerzas en el encuentro con el Dios vivo y todopoderoso. Es momento de acompañar a Jesús, en su entrega salvadora.



Si el domingo pasado, el Señor vivió la dura experiencia de padecer la tentación humana que desconcierta y angustia, hoy recibe la fortaleza y el aliento que su relación con el Padre le infunde, de manera que pueda llevar hasta el final su proyecto de vida.



Nosotros también recibimos esta misma fortaleza en nuestra vida de discípulos, si como Jesús, dejamos que Dios nos inunde con su gracia. Si dejamos que la oración personal y comunitaria sea fundamento de nuestra vida; si nutrimos nuestra alma con el alimento vivificador de su Cuerpo y de su Sangre, sacramento de su redención.



Los discípulos del Señor, que vivimos en esta hora y tiempo, necesitamos de una espiritualidad asentada en los fundamentos de la experiencia personal de encuentro con Jesucristo, de lo contrario no podremos superar el camino hacia el Calvario al que cada envite de la vida nos introduce. Que sepamos buscar esos espacios vitales, para que reanimados y fortalecidos por su gracia, vivamos con gozo nuestra fe, y la transmitamos con generosidad a los demás.


sábado, 6 de febrero de 2016

DOMINGO V TIEMPO ORDINARIO


DOMINGO V TIEMPO ORDINARIO
7-2-16 (Ciclo C)

       “En aquel tiempo, la gente se agolpada alrededor de Jesús para oír la Palabra de Dios”. Qué frase tan extraordinaria para centrar hoy nuestra celebración. Oír la Palabra de Dios era para aquellos hombres y mujeres del tiempo de Jesús, algo importante, necesario para sus vidas y por lo que merecía la pena dedicarle el tiempo suficiente.

       La Palabra de Dios es para el creyente alimento de vida que despierta los sentidos más humanos y nos sitúa en la senda del Señor. La Palabra de Dios es alentadora de nuestro vivir, horizonte de esperanza, bálsamo en medio del cansancio, noticia siempre nueva y buena, sentencia que se cumple de forma permanente, como experimentará el profeta que la anuncia con su vida fiel.

       La Palabra de Dios no es cualquier palabra. Es el mismo Dios quien entra en diálogo con nosotros para mostrarnos su ser creador y amoroso. Dios dialoga con sus hijos, a través de la oración y la escucha,  y se muestra cercano en todo lo que vivimos. No es una palabra vacía o falsa. No busca el halago o la complacencia. En su Palabra es Dios mismo quien se entrega y se vincula para siempre con su pueblo. La Palabra de Dios construye su reino en aquellos que la acogen y la viven con fidelidad.

        Cómo no querer escuchar esa Palabra cuando además es pronunciada por el mismo Hijo de Dios. Jesús ha ido mostrando a sus discípulos y a su pueblo, que su palabra va acompañada de obras que la avalan y ratifican como auténtica. Él no habla como los escribas o fariseos, habla con “autoridad”.

       En ese contexto, nos presenta el evangelista la labor cotidiana de sus discípulos que todavía se dedicaban a la pesca, y en aquella jornada de trabajo, sólo han sacado desasosiego y fracaso. No hay peces que pescar, y eso que eran expertos. Ante el asombro y desconcierto de Pedro, Jesús le pide que vuelva a echar las redes en el mar, y por su palabra lo hará, aunque algo cegado por las dudas.

       Fiarse de la Palabra de Dios provoca de inmediato sus frutos. Tras la pesca milagrosa, hay toda una enseñanza que será para aquellos discípulos el fundamento de su fe. La Palabra de Jesús cumple las promesas de Dios y con él ha llegado de forma definitiva su reinado. Ahora os toca a vosotros transformaros en pescadores, pero de hombres y mujeres que llenen las redes del Señor.

       A Jesús muchos lo buscaban por sus milagros, otros lo aclamaban por su lucha contra la injusticia y la opresión, pero sólo lo siguieron hasta el final y hasta nuestros días quienes acogiendo su Palabra nos hemos fiado de ella y por ella hemos descubierto la fe que profesamos como camino, verdad y vida en plenitud.

       Ser seguidores de Jesús es ante todo ser testigos de su vida, de su muerte y resurrección, y junto a ello mensajeros de su Palabra, la cual hemos de anunciar de forma permanente y explícita. Este es el testamento que hemos heredado de los Apóstoles, La Sagrada Escritura es para el cristiano referencia permanente, fuente de la que ha de beber para nutrir con su riqueza las entrañas sedientas de verdad, amor, justicia y paz.

       Cuántas palabras escuchamos y leemos carentes de sentido, que sólo distraen nuestra mente o enturbian los sentimientos del corazón. Cuantas veces escuchamos palabras hirientes, acusadoras, insultantes que destruyen al ser humano y envilece ese maravilloso medio de la comunicación interpersonal.

       La Palabra de Dios es creadora y transformadora. Quien la escucha con fe, sale confortado en su ser más profundo y es capaz de ir cambiando el rumbo de su vida si así se lo pide el Señor.

       Hoy damos gracias a Dios por su Palabra, especialmente por aquella en la que se resume todo el ser del mismo Dios, Jesucristo, Palabra eterna del Padre. Y también le damos gracias por este don que tenemos los cristianos y que hemos leído y cuidado durante casi dos mil años. La Sagrada Escritura debe ser el libro que jamás falte en nuestros hogares y no para decorar la estantería, sino para colmar con su vitalidad renovadora los estantes de nuestra alma.

       Leer diariamente un pasaje del evangelio o de las cartas apostólicas nos ayudará a entender mejor a Jesús, conocerle y amarle. Leer pasajes del Antiguo Testamento, nos mostrará cómo era la misma oración de Jesús. A través de los salmos, el pueblo creyente ha plasmado sus sentimientos religiosos, unas veces suplicantes, otras agradecidas y otras muchas sufrientes. Son retazos de nuestra vida con lenguaje a veces complejo, pero que encierra toda una historia de Dios con su Pueblo.

       Pedro cambió su vida por esa Palabra de Jesús, de pescador pasó a evangelizador y pastor del Pueblo de Dios. Porque sólo desde el conocimiento y la vivencia coherente de la Palabra del Señor se puede ser discípulo suyo. Sabiendo que va realizando su transformación regeneradora en nuestra propia vida. Hoy se nos han presentado tres personajes principales, Isaías, Pablo y Pedro; tres personas que se reconocen limitadas y pecadoras, pero en los que la gracia de Dios, transformará sus vidas renovándolas y preparándolas para su misión profética y evangelizadora.

 Que también nosotros podamos vivir la dicha del encuentro con el Señor a través de su palabra, y que ésta nos ilumine en el camino de nuestra vida hasta el encuentro definitivo con él.