jueves, 19 de noviembre de 2020

JESUCRISTO, REY DEL UNIVERSO

 


SOLEMNIDAD DE JESUCRISTO REY DEL UNIVERSO

22-11-20 (Ciclo A)


        El tiempo litúrgico llamado ordinario culmina en esta fiesta de Jesucristo Rey y Señor del Universo, y así la semana que viene comenzaremos el Adviento preparatorio de las fiestas de Navidad.

        La Palabra de Dios que hoy se nos proclama, nos evoca el final de todos los tiempos. Ese momento de la historia en el que toda la realidad sea acogida por el Creador y llevada a plenitud en su Reino. No conocemos el cuándo ni el cómo, pero sí sabemos que un día Dios reunirá en torno a sí a todos sus hijos para transformar de forma definitiva este mundo conocido y dar paso a esa realidad anunciada por Jesús, esperada por quienes formamos su Pueblo santo, y ya compartida junto al Señor, por los hermanos bienaventurados que nos precedieron.

        Proclamamos a Jesucristo como único Señor de nuestras vidas. Sólo a él le rendimos culto y sólo en él ponemos nuestras esperanzas y anhelos sabiendo que como Buen Pastor sale al encuentro de los perdidos y abandonados, para congregarnos a todos en una misma familia fraterna y abierta, donde descansen los agobiados, se reconcilien los enfrentados y juntos alabemos a Dios nuestro Padre por toda la eternidad.

        El reinado de Cristo comenzado en su vida mortal, se manifiesta también en cada corazón que lo acoge y en cada uno de sus discípulos, llamados a prolongar su obra y a anunciar la Buena Noticia de su Reino. Jesús nos habla siempre en cada situación cercana y próxima. Y nuestra dicha y bienaventuranza se hace realidad si somos capaces de reconocerlo en el hermano necesitado, en el enfermo y abatido, en el hambriento y marginado. Dios mismo se nos acerca a cada uno de nosotros con semblante humilde y frágil, y seremos dichosos si lo reconocemos tan real y tan humano.

El reinado de Cristo no se asemeja al de los poderosos de este mundo. Su trono se asienta en el calvario junto a las cruces y sufrimientos de todos los crucificados. Su corona se clava en sus sienes con las espinas de la opresión, la violencia y la injusticia que padecen tantos inocentes,  y cuyo dolor es recogido y elevado ante el Padre. Reconocer en Jesús crucificado el reinado de Dios emergente, implica de nosotros una respuesta solidaria y fraterna.

        Jesús llama bienaventurados a quienes son capaces de mirar con el corazón el rostro de los demás y superan sus prejuicios raciales, ideológicos o culturales, porque por encima de todo prevalece el amor al prójimo, al ser humano, al hermano. Cada vez que a uno de estos hacemos cualquier bien, que no cerramos nuestra puerta a su llamada ni volvemos el rostro a su mirada, a Dios mismo hemos asistido y jamás quedará en el olvido del Señor.

        Pero si en la generosidad y la solidaridad está nuestra ventura, en el odio o la indiferencia se encuentra nuestra desgracia. Cada vez que cerramos el corazón al necesitado y su llanto cae en el desprecio y en el olvido, es a Dios mismo a quien damos la espalda y aunque su amor todo lo puede y perdona al corazón arrepentido, igualmente escucha el sufrimiento de sus hijos a causa de la dureza de sus hermanos.

        Al proclamar hoy a Jesucristo como nuestro Señor, hemos de revisar con fidelidad el lugar que realmente ocupa en nuestras vidas, buscando esos espacios en los que todavía no ha podido entrar porque hemos dejado que los acaparen otros señores o ídolos.

        Nuestra cultura y forma de vida, son muy propicios para vivir en la fragmentación.

        Son muchos los que viven al margen de la fe; también hay quien la reduce a la práctica de unos ritos religiosos más o menos arraigados en nuestras costumbres, pero carentes de profundidad espiritual, lo cual conlleva la ruptura entre la fe y la vida, relegando la experiencia religiosa al ámbito de lo privado y evitando que toda nuestra existencia sea iluminada por ella.

Dejar que sea Cristo el centro de nuestra vida ha de suscitar en nosotros la necesidad natural de estar en diálogo permanente con Él. Llevando a la oración diaria lo que somos y sentimos, nuestros proyectos y problemas para que a la luz de su Palabra experimentemos el gozo de su cercanía y podamos seguir el camino que nos acerca a su persona, en el encuentro con los hermanos.

        Nuestra libertad y responsabilidad han de desarrollarse desde la comunión con el resto de la comunidad cristiana. Todos nosotros formamos parte del mismo grupo de creyentes y aunque no podamos conocernos unos a otros, sí nos sentimos cordialmente unidos en la misma alabanza y oración al Señor. Desde esta pertenencia comunitaria y fraterna, colaboramos mutuamente para atender a los más necesitados, acompañamos el crecimiento en la fe de los más jóvenes y celebramos una misma esperanza en el amor. Esta experiencia de la fe vivida en unidad va construyendo el reino de Dios por medio de su Iglesia presente y actuante en el mundo a través de la implicación comprometida de sus miembros. Algo que en este duro tiempo de pandemia se hace más vital.

        Jesús promovió con insistencia la experiencia de la auténtica fraternidad, un cristiano ante todo es hermano y hermana de los demás, debe asentar sus relaciones en el amor, y fundamentar sus opciones en la justicia, la solidaridad, la misericordia y la búsqueda del bien común. Y aunque la realidad de inseguridad y angustia se mantengan dramáticamente en nuestro mundo, no por ello podemos olvidar la esencia de nuestro ser creyente, porque si dejamos de vivir este principio fundamental que cada día repetimos en el Padre nuestro, Cristo será el sujeto de una bella idea, pero no el Señor de nuestras vidas.

Hoy como en cada eucaristía, volveremos a rezarlo justo antes de disponernos a compartir su Cuerpo entregado por nosotros. Hagamos un esfuerzo para sentir con autenticidad que somos hermanos, y aunque nos cueste muchas veces vivirlo, y tengamos que aceptar nuestra mala conciencia asumiendo nuestra necesidad de conversión por ello, no dejemos de repetir y anhelar día tras día, que el Dios Padre de todos, nos ayude a construir los puentes que nos acerquen y a evitar todo aquello que nos separe.

        La fe se transmite con la palabra unida al testimonio de la vida, que al ofrecérsela a los demás como el proyecto que merece la pena ser vivido por todos, lo avalemos siempre con la autenticidad de nuestro corazón que confiesa a Jesucristo como nuestro Señor y Salvador.

viernes, 13 de noviembre de 2020

DOMINGO XXXIII TIEMPO ORDINARIO - Jornada Mundial de los Pobres

 


DOMINGO XXXIII TIEMPO ORDINARIO

15-11-20 (Ciclo A)

Jornada Mundial de los Pobres

“Entra en el gozo de tu Señor”. Así premia el Jesús, en la parábola, a quien ha sido “fiel en lo poco”. Y esta realidad tan misericordiosa y llena de gracia es lo que debería quedar en nuestra memoria, más que el hecho mismo de poseer muchos o pocos talentos.

Dios siempre es mucho mayor que nuestros cálculos y prospecciones. Él colma con creces la mísera intervención de nuestras manos, y por muy poco que nos parezca lo que somos capaces de realizar con las escasas fuerzas que poseemos, si lo ofrecemos con confianza al Señor, siempre se multiplica con generosa abundancia.

Así deberíamos también acoger en este día la llamada del Papa Francisco a vivir la Jornada Mundial de los Pobres, más que desde la resignación infecunda de que no podemos hacer mucho por cambiar las graves injusticias que oprimen a gran parte de la humanidad, desde la confianza vigorosa de que cualquier acción orientada a promover la justicia y la dignidad de los necesitados, es ya bendecida por el amor desbordante del Señor.

El Papa no ignora las dificultades que plantean con fuerza los intereses del mercado, o la cultura del descarte, como él mismo ha denominado al ambiente que tantas veces se impone en nuestro mundo acomodado. Pero con los talentos que el Señor le entregó, como a cada uno de nosotros, se ha puesto en movimiento para multiplicarlos con su personal aportación.

La llamada del Santo Padre, con la autoridad apostólica que del Señor ha recibido, es para nosotros imperativo moral y ejemplo personal, que ha de manifestarse en la disposición de las comunidades cristianas, para acoger su preocupación y ocupación en la causa de los pobres. A estas alturas de su pontificado, todos percibimos gestos que denotan actitudes de vida profundas, en las que la opción preferencial del evangelio por los pobres, enfermos y necesitados, se han puesto en su vida en el centro de su existencia y de su misión pastoral.

Y al escuchar hoy este evangelio tan conocido, podemos hacernos varias preguntas que nos conduzcan a su mejor comprensión. Y la primera es acerca de los mismos talentos. Si bien era una moneda de enorme valor, más que su cuantía material está su dimensión simbólica. Los talentos son los bienes, materiales y espirituales con el que el Señor ha enriquecido nuestra vida, y que siempre han de ser tenidos como un don y no fruto de nuestros méritos. La riqueza material, las virtudes personales, la inteligencia y la personalidad de cada cual, no es algo que se adquiere en el mercado. Siempre son dones recibidos, y como nos enseña S. Pablo ¿Qué tienes que no lo hayas recibido? Y si lo has recibido, ¿a qué gloriarte como si no te lo hubieran dado?” (1 Co 4,7)

Pues una vez reconocido el origen de nuestros talentos, la otra pregunta, y ésta fundamental, es el para qué de los mismos. Y es pregunta vital, porque de cómo entendamos ese destino dependerá su uso egoísta o responsable. Un uso que conllevará entrar en el gozo del Señor por haber dado un fruto abundante y fraterno, o ser desechado por truncar estérilmente las esperanzas que Dios había puesto al entregar sus dones.

Cuando comprendemos que lo recibido del Señor es un regalo, nuestra vida se abre con normalidad a la de los demás, y eso nos lleva a ser agradecidos a la vez que sensibles. Integrando en nuestra vida el compromiso de acoger con calidad, y ofrecer con generosidad, lo que somos como comunidad humana y cristiana.

En nuestra Unidad Pastoral del Casco Viejo, el Señor ha derramado muchos dones. Y tomando hoy conciencia de ellos, los ponemos junto a su altar para darle gracias por tantos proyectos solidarios en el ámbito de la educación de los niños, de la acogida de cáritas, de la atención a personas con diferentes dependencias, acompañamiento a mayores… Todo ello animado y sustentado en la entrega amorosa de un generoso voluntariado que es el alma y corazón de nuestras comunidades parroquiales. Todos debemos tomar conciencia de nuestra común misión y colaboración. Unos toman parte de forma activa, otros lo apoyan con su aportación económica y material, todos con nuestra oración y preocupación sinceras. Estos son los talentos que el Señor ha puesto en esta comunidad eclesial del Casco Viejo, y que en este día le queremos presentar de forma agradecida.

No queremos que por la comodidad de nuestras vidas, o por llevar una vida anodina, pueda llamarnos holgazanes y tomarnos cuentas del tiempo perdido. Porque una fe que no se vive con gratitud y generosa entrega, se degenera en complaciente ideología, que al final languidece y muere, de manera que se haga verdad que “al que tiene se le dará y le sobrará, y al que no tiene se le quitará hasta lo que tiene” (Mt 25, 29). Y no es una amenaza lanzada al viento para atemorizar las conciencias, es la advertencia a vivir nuestra vida cristiana con responsabilidad y consciencia, de manera que nuestro vivir y nuestro creer vayan unidos, porque unida ha de estar nuestra persona para que sea dichosa y equilibrada.

Esta Jornada Mundial de los Pobres nos ofrece la oportunidad de percibir mejor esta unidad existencial de cada creyente y de toda la Iglesia. Somos un Pueblo de Dios llamado a vivir en filial confianza y en fraternidad universal. Nuestro bienestar sabemos que es fruto de muchos esfuerzos positivos, pero también de grandes injusticias sociales, y esto no tiene porqué ser vivido con mala conciencia si va acompañado de un sano compromiso por la dignidad y la justa promoción de quienes padecen, poniendo cada cual sus dones al servicio de los demás, y sabiendo que lo que gratis hemos recibido, gratis debemos ofrecerlo.

Pidamos al Señor, en esta Eucaristía, que siempre seamos conscientes de sus dones para vivirlos con gratitud, a la vez de desarrollarlos con nuestra entrega generosa a fin de dar fruto abundante y ponerlos a disposición de los necesitados. 

viernes, 6 de noviembre de 2020

DOMINGO XXXII TIEMPO ORDINARIO

 


DOMINGO XXXII TIEMPO ORDINARIO

8-11-20 (Ciclo A)

       Este mes de noviembre está especialmente dedicado al recuerdo de nuestros seres queridos y que ya han pasado a vivir la plenitud de la gloria de Dios. Los textos de la Sagrada Escritura que en estos días se nos proclaman, desde la fiesta de Todos los Santos hasta el fin del tiempo litúrgico ordinario con la fiesta de Jesucristo Rey del Universo, nos invitan a traspasar con la mirada del corazón la realidad de esta vida presente para confiar en la promesa del Señor y esperar con confianza nuestro encuentro definitivo con él.

Nuestra vida ha de ser vivida con toda su intensidad y consciencia. Ella es un regalo de Dios, quien por su amor inmenso ha creado este mundo nuestro y en medio de él nos ha situado para que naciendo a la vida humana y asemejándonos a su Hijo Jesucristo, nazcamos a la vida divina a la que ha de tender toda la creación.

Así lo ha entendido el autor sagrado en su libro de la Sabiduría. A ella, que es una forma de expresar el ser de Dios la “ven los que la aman y la encuentran los que la buscan”. Nuestro Dios, por medio de diferentes formas y experiencias, ha buscado siempre relacionarse con el ser humano. Dios no es un ser lejano e impersonal que permanece al margen de la vida de sus criaturas de una forma indiferente. La experiencia de los Patriarcas y profetas descrita en el A.T., es para nosotros un testimonio de la relación personal, cercana y amorosa de Dios con su Pueblo.

Claro que la lejanía histórica y las diferentes realidades culturales nos pueden dificultar su comprensión, pero por muy alejada que esté de nuestra propia realidad aquellos hechos y experiencias narradas, sí nos queda suficientemente claro que nuestro Dios no es un personaje distante del hombre, sino su Principio y Fin fundamental, no en vano hemos sido creados a imagen y semejanza suya.

Sólo desde este sentimiento que nos vincula profundamente al Señor podemos cantar con el salmista “mi alma está sedienta de ti, Señor, Dios mío”. Sentir sed de Dios sólo es posible si también se experimenta la sequedad del corazón. Y en nuestra vida pasamos muchas veces por momentos de vacío, de oscuridad y también de frialdad espiritual. En ocasiones los vivimos de una forma más inconsciente, y nos aferramos a otras realidades creyendo que podemos llenar ese vacío con cosas materiales o ilusorias.

Cuando nos alejamos de Dios buscamos otros ídolos que llenen su hueco, y nos dejamos invadir por realidades que aunque aparentemente ocupan su lugar siempre nos dejan insatisfechos.

Tomar conciencia de esta verdad nos ayuda a recuperar un corazón sediento que nos orienta para estar en vela, esperando y anhelando al único que lo puede saciar plenamente.

Una experiencia similar es la que nos ofrece S. Mateo en el evangelio, y que en parte no hace más que narrar la suya propia. Él también estuvo preocupado de las cosas materiales, del dinero y del poder que le daban ser recaudador de impuestos. Su lámpara se vaciaba del aceite de la misericordia y de la compasión de los demás buscando satisfacer sus ambiciones y egoísmos, hasta que un día se topó con Jesús.

En ese encuentro descubrió su vacío interior y la riqueza humana que el desconocido le ofrecía. Ante Jesús, Mateo descubrió su pobreza y pequeñez en claro contraste con la vida plena que el Maestro le ofrecía. Y en ese seguimiento confiado y agradecido, fue llenando su lámpara del mismo aceite del Señor; el amor, la cercanía a los demás, el servicio generoso y la compasión ante los que sufren. Un aceite con el que encender la lámpara que ilumine a los hombres para mostrarles el camino que conduce a una existencia plena y gozosa.

La luz que irradia una vida así va despejando las tinieblas del egoísmo, la injusticia y la desesperanza. Ciertamente todos pasaremos en nuestra vida por momentos de mayor oscuridad, de dolor e incertidumbre, especialmente cuando tengamos que afrontar la prueba de la muerte.

S. Pablo es muy consciente de ello y así nos invita,  en su carta a los hermanos de Tesalónica, a permanecer unidos desde la confianza en el Señor. Porque “si creemos que Jesús ha muerto y resucitado, del mismo modo a los que han muerto en Jesús, Dios los llevará con él”.

La lámpara de nuestra fe no sólo ha de alumbrar nuestra vida y calentar nuestra esperanza. Si somos luz en medio del mundo es para iluminar a los hermanos cuyas fuerza flaquean, y sostener en medio de las adversidades de la vida a quienes peor lo puedan pasar.

Ahora bien, sólo lograremos desarrollar esta misión si alimentamos nuestra experiencia de fe de forma continua y profunda. Difícilmente podremos acompañar y sostener a quien flaquea si nuestras fuerzas no nos sostienen a nosotros mismos. Eso es lo que reprocha Jesús en la parábola a quienes no han previsto alimentar su lámpara con el suficiente aceite. A veces nosotros podemos hacer muchas cosas por los demás, entregarnos apasionadamente a proyectos y empresas que busquen la promoción y la justicia entre los hombres, y eso es bueno y hay que hacerlo. Pero si a la vez no alimentamos el alma que sustenta esa acción, la vida interior de quienes nos entregamos puede ir apagándose hasta perder el sentido por el que actuamos, y así podremos hacer cosas, pero sin el fundamento de una fe que las anima y sostiene.

Hoy es un buen día para ir revisando cómo está la lámpara de nuestra espiritualidad. Si vivimos con el suficiente aceite que la alimenta y da vigor a la luz que desprende, o si por el contrario nos despreocupamos un poco de su cuidado interior. Así al celebrar esta jornada de nuestra Iglesia diocesana, podemos agradecer al Señor que nos haya integrado en esta familia de amor y esperanza, donde hemos nacido a la fe, y por ella nos hemos desarrollado como discípulos suyos en la comunión fraterna. Nuestra Iglesia de Bilbao, es nuestra casa, y en ella vivimos con gozo nuestra conciencia de hijos de Dios y de hermanos entre nosotros.

En la eucaristía encontramos los cristianos la fuente de la que beber para calmar la sed y reponer las fuerzas en el camino de la vida. En ella nos nutrimos y fortalecemos para la misión evangelizadora en medio de nuestro mundo y, alentados por la Palabra del Señor, sentimos cómo su Espíritu Santo nos sigue sosteniendo y animando para vivir con gozo y esperanza en las realidades cotidianas.

Pidamos en esta celebración para que compartiendo una misma esperanza, vivamos con ilusión nuestros compromisos pastorales y sociales, intentando transmitir a los demás la fe que nos hace hermanos e hijos de Dios.

sábado, 31 de octubre de 2020

SOLEMNIDAD DE TODOS LOS SANTOS

 


SOLEMNIDAD DE TODOS LOS SANTOS

 

Un año más celebramos la fiesta de todos los santos, la de aquellos que han recorrido el camino de la vida de forma sencilla y honesta, en fidelidad a Jesucristo y que son para nosotros ejemplo en el seguimiento del Señor. Es la fiesta de quienes ya gozan de la vida gloriosa prometida por Dios y de los cuales muchos han sido proclamados por la Iglesia como santos y modelos de creyentes, por su forma de vivir el evangelio de Cristo y de entregarse al servicio del Reino de Dios.

       Los santos son quienes han hecho realidad en sus vidas el espíritu de las bienaventuranzas que acabamos de escuchar, y que constituyen el proyecto de vida de quienes ponen en Dios el fin de su existencia, su horizonte y meta,  y que para encontrarse con él saben mirar de forma permanente y con amor, la realidad de los hermanos.

       Las bienaventuranzas son un proyecto que desconcierta a quienes basan su existencia en los fines de este mundo materialista, el poseer, dominar y brillar con luz propia olvidándose de los demás.

       Sin embargo ese es el camino por el que nos encontramos con el Señor y que muchos, en esta historia de salvación ya han recorrido y de forma ejemplar. Ellos son nuestros maestros de espiritualidad, testigos de un vivir para Dios y para los demás y ejemplo de serenidad y misericordia incluso en momentos donde sufrieron martirio y violencia.

      Pobre de espíritu es aquel que al margen de su situación material, buena o mala, siempre busca el rostro de quien peor lo pasa y sabe acercarse a la realidad del hermano para compartir su vida, sus bienes, su esperanza, su amor con aquellos que suplican nuestra solidaridad. La pobreza de espíritu no es ajena a la material. Es muy difícil la una sin la otra. Nunca seremos pobres en el espíritu si no sabemos acoger la pobreza material como estilo de vida austero y solidario.

       La sencillez y humildad posibilitan el tener un corazón limpio para mirar a los demás. Un alma lúcida para contemplar  a los otros con misericordia, sin reproches, sin exigencias, sin condenas. Es del corazón de donde brotan las acciones y deseos más humanos o más viles. Allí se albergan nuestras intenciones profundas y de nuestra libertad para asumir nuestra propia condición dependerá la comprensión y respeto de cara a los demás.

       Un corazón limpio regala permanentemente una nueva oportunidad; un corazón limpio hace posible el milagro del perdón y de la reconciliación, porque sabe que todos hemos sido reconciliados por el amor y la misericordia del Señor, y reconoce que nuestra masa no es diferente de la de los demás.

       Bienaventurados los que trabajan por la paz, y los que tienen hambre y sed de la justicia. Cómo resuena en nuestros tiempos esta voz de Cristo en medio de los abusos e injusticias que tantos inocentes sufren a lo largo del mundo. Guerras, violencias, terrorismo, tantas formas de explotación que muestran la vileza a la que podemos llegar e incluso justificar con ideologías engañosas y mezquinas.

El ser humano es capaz de hacer las cosas más grandes y también las más viles. Pues los santos son aquellos que aun a riesgo de su propia vida jamás favorecieron la violencia y sus vidas entregadas supieron sembrar concordia y paz.

       Trabajar por la justicia, y padecer por ella, les llevó a afrontar en su vida la persecución y el rechazo por fidelidad a Cristo. Y esta es una cualidad que casi todos compartieron, experimentando el valor de la última bienaventuranza “dichosos vosotros cuando os insulten y os injurien y os persigan por mi causa”.

El perseguido por causa de Cristo y su evangelio es un bienaventurado, un ser dichoso porque su recompensa es el Reino de Dios.

Y esta llamada que nuestros hermanos acogieron y a la que respondieron de forma heroica, hoy también se nos hace a nosotros.

Nuestra coherencia cristiana se ha de explicitar con firmeza en momentos de clara injusticia personal o social, respondiendo con valor a los ataques contra la vida y la dignidad que con tanta frecuencia se realizan y amparan desde proyectos políticos, incluso desde los partidos que han contado con nuestro apoyo.

Ser cristiano en medio de esta asamblea eucarística es fácil y evidente. Ser cristiano en medio de la agrupación vecinal, o del partido político o del ambiente social en general, es mucho más complejo y debemos saber que si nos posicionamos como cristianos muchas veces nos van a criticar e incluso perseguir. Pero callar nuestra voz en medio de las injusticias y la falsedad, nos hace cómplices de ellas.

Los cristianos hemos de vivir nuestra fe encarnada en el mundo, como lo han hecho aquellos que nos precedieron y cuya fiesta hoy celebramos. Y vivir esa fe con coherencia implica dar la cara por Jesucristo y por nuestro prójimo a quien hemos de amar como a nosotros mismos.

Todos estamos llamados hoy a seguir el camino de la santidad. La santidad no es sólo la meta a alcanzar, es también la tarea cotidiana por la que merece la pena vivir y entregarse, siguiendo las huellas de Jesucristo, camino verdad y vida, de manera que vayamos construyendo su reino de amor, y así podamos vivir todos como hijos de Dios y hermanos entre nosotros. De este modo y tras el recorrido de la vida que cada uno deba realizar, podamos descansar en las manos de Dios por haber sabido combatir las penalidades desde la fe, la esperanza y el amor.

       Estas son las virtudes comunes a todos los santos; una fe que mantiene siempre la confianza en Dios por encima de cualquier dificultad. Una esperanza que se asienta en la convicción de que  nuestra vida está en las manos de Dios y que se siente siempre acompañada por Aquel que nos creó según su imagen y semejanza. Y todo ello vivido desde el amor, que es lo mejor que posee el ser humano y que nos hace libres capacitándonos para el perdón y la construcción de un mundo fraterno.

     Que la alegría que hoy comparte la comunidad cristiana al recordar y agradecer la vida de tantas mujeres y hombres que a lo largo de los siglos han dado autenticidad a nuestra Iglesia sea para todos nosotros estímulo en el seguimiento de Jesucristo. Que el Espíritu Santo nos impulse a vivir con gozo e ilusión porque “el amor que nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios”, nos convierte en herederos de su gloria y en portadores de su esperanza.

martes, 20 de octubre de 2020

DOMINGO XXX TIEMPO ORDINARIO

 


DOMINGO XXX DEL AÑO

25-10-20 (Ciclo A)

 

Al igual que el domingo pasado, en el breve relato del evangelio de hoy, vemos como la intención de la pregunta, tan importante por cierto, que plantean a Jesús, no es tanto el contenido de la respuesta, sino ponerlo a prueba. El domingo pasado esa prueba consistía en arrinconar a Jesús ante el delicado tema de pagar el impuesto al imperio romano; una cuestión más política que moral. Pero hoy el paso dado es más grande. Ahora se trata de que Jesús se defina ante la cuestión fundamental para un judío, cuál es el mandamiento más importante de la ley.

Y Jesús contesta resumiendo la ley de Moisés en dos preceptos fundamentales, y que además los equipara por su semejanza. Lo primero amar a Dios con todo el corazón, con toda la mente, con todas las fuerzas (alma, corazón y vida). Y al prójimo como a uno mismo, este segundo ya está en la Ley de Moisés que narra el Levítico. (Lev 19)

Amar a Dios y al prójimo desde el sentimiento y la empatía, desde la razón y la consciencia, desde la justicia y la verdad. No se trata de palabras vacías, sino de tomar postura ante la opción fundamental de nuestra vida, y situarla bajo la mano amorosa de Dios orientándola a la vez, a vivir ese amor en la auténtica fraternidad. Y Jesús no une estos mandamientos por casualidad, de hecho en el libro del Éxodo que hemos escuchado en la primera lectura, después de que el Señor entregara el Decálogo con los mandamientos de la Ley, los desarrolla concretando su contenido en el texto que hemos escuchado. “No maltratarás ni oprimirás al emigrante, pues emigrantes fuisteis vosotros /…/ No explotarás a viudas ni a huérfanos. Si los explotas y gritan a mí, yo escucharé su clamor, /…/ Si prestas dinero a alguien de mi pueblo, a un pobre que habita contigo, no serás con él un usurero cargándolo de intereses”. Y concluye “Si gritan a mí yo los escucharé porque soy compasivo.”

¿Con quién es Dios compasivo?, con el emigrante y con el necesitado.

Dios manifiesta su ira y su justicia frente a quienes oprimen y explotan a su pueblo. Y estas palabras dichas hace más de tres mil años, siguen siendo la voz de Dios en el presente, y una responsabilidad para quienes hoy somos sus testigos y discípulos.

Porque también en nuestros días hay emigrantes, hay viudas y huérfanos, hay oprimidos por los intereses usureros, hay personas desahuciadas que no tienen donde caerse muertas. Y podemos correr el riesgo de contentarnos con explicar la situación por la crisis epidemiológica y económica y quedarnos tan anchos, mientras la injusticia subyacente a la misma se mantiene.

Cada vez más los gobiernos pretenden blindar sus fronteras para reprimir al inmigrante. Nosotros mismos amparamos y compartimos esas leyes buscando con ellas proteger nuestro nivel de vida y bienestar, olvidando que hubo un tiempo en el que también tuvimos que salir de nuestra tierra para buscarnos la vida en otros lugares.

A medida que ganamos en cotas de progreso personal y familiar, tenemos bienes suficientes y buena posición social, en vez de vivir una mayor solidaridad, nos encerramos egoístamente creyendo que así nos aseguramos para siempre el futuro.

Estamos perdiendo la capacidad de ver en el rostro del otro a un hermano, para considerarlo una amenaza.

Y mientras unos pocos se han enriquecido por medio del robo a espuertas y sin ningún rubor por su parte, millones de familias soportan la miseria viendo a sus hijos pasar toda clase de necesidades y penurias.

Pues la Palabra de Dios de antaño, sigue resonando con fuerza en medio de su Iglesia hoy y siempre, mientras nosotros tomemos conciencia de que nunca nuestra cómoda posición puede silenciar la verdad ni acotar los límites de la justicia de Dios.

 

Repetimos con suma frecuencia, que Dios es compasivo y misericordioso, pero la compasión de Dios no es algo con lo que se pueda jugar o  tomarse a la ligera. Porque como hemos escuchado, la primera compasión de Dios es para con los que sufren y claman a él en medio de las injusticias padecidas. Y Dios escucha ese clamor prometiendo su justicia, la cual caerá, casi implacable, sobre los causantes de tanto sufrimiento. ¿Qué es lo que aplaca esa ira de Dios, y que hace que también sea misericordioso? el arrepentimiento y la conversión.

 

En nuestra sociedad frívola y superficial, podemos caer en el error de confundir a Dios con un títere a nuestro antojo, y que viviendo como nos dé la gana, él siempre nos perdona, creyendo que eso significa tolerancia total. Y no, mis queridos hermanos, tolerancia cero contra la injusticia y el abuso. Tolerancia cero contra la soberbia y la opresión. Tolerancia cero contra la explotación y la rapiña para con los más débiles del mundo. Dios perdona al pecador arrepentido, pero es implacable contra el pecado. Así que tomando las palabras de S. Pablo que hemos escuchado, ya podemos empezar a ser “un modelo para todos los creyentes, convirtiéndonos a Dios, abandonar los ídolos y servir al Dios vivo y verdadero” acogiendo con amor y solidaridad a nuestros hermanos más necesitados.

 

La comunidad eclesial de la que formamos parte, estamos llamados a ser sal y luz en medio del mundo.

Y eso significa caminar entre la fidelidad al evangelio y la mirada crítica a nuestro entorno. Dios nos llama a vivir en el amor auténtico y fecundo que brota de la vida de Jesús. El amó por encima de todo, con todo el corazón, con toda la mente y con toda el alma, al Padre cuya voluntad buscó cumplir siempre. Y esa voluntad del Padre se encarnaba en el amor al prójimo hasta entregar la vida por él.

Que también nosotros podamos vivir esa espiritualidad encarnada que además de ser la única auténticamente cristiana, es la que puede dar de verdad sentido a nuestra vida.

jueves, 8 de octubre de 2020

 


SOLEMNIDAD DE NTRA. SRA. LA VIRGEN DE BEGOÑA

11-10-20 (DOMINGO XXVIII T.O.)

 

En este domingo celebramos la solemnidad de la Madre de Dios de Begoña, y así tenemos la ocasión de poder venerar y honrar a la que sin duda es tenida por todos los cristianos de Bikaia como Madre y Patrona.

Esta vinculación profunda de todos nosotros con Ntra. Sra. de Begoña, se debe ante todo al afecto y el cariño que nuestras madres y padres nos han sabido transmitir hacia ella desde nuestra más tierna infancia. Sigue siendo costumbre elocuente, el que cada 15 de agosto, al celebrar la Asunción de la Virgen, miles de vizcaínos nos congreguemos a lo largo de la jornada ante nuestra Amatxo, para presentarle nuestras vidas con amor y sencillez, confiando con filial afecto en que ella sigue extendiendo su manto para darnos protección y cobijo. Y es muy significativo que a esta fiesta acudan familias enteras, padres con sus hijos, en un gesto que además de mantener una entrañable tradición, transmite de generación en generación el tesoro precioso de la fe.

La Virgen de Begoña es para nuestra diócesis de Bilbao la principal advocación mariana, símbolo de fraternidad cristiana y modelo en el seguimiento de Jesucristo. Es la imagen que transmite de forma permanente y serena que el contenido de la fe es el fruto bendito de su vientre que a todos nos muestra desde su regazo. La Madre de Dios de Begoña nos presenta en toda ocasión al Señor Jesucristo, que en su imagen de niño, acoge con misericordia y ternura a todos los que peregrinamos en este valle de lágrimas y esperanzas.

Por eso al contemplar hoy a Ntra. Señora, lo hacemos a la luz de la Palabra de Dios que se nos acaba de proclamar. María junto a su esposo y su hijo, acude a las fiestas de Pascua en Jerusalén, y al regresar de las mismas hacia su pueblo, se encuentra con que han perdido a Jesús. La angustia experimentada la recoge el evangelista S. Lucas: “Hijo, ¿por qué nos has tratado así? Mira que tu padre y yo te buscábamos angustiados”.

Y la respuesta del niño no es ni mucho menos un desplante hacia los padres, sino una constatación de lo que va a ser el desarrollo de su vida y misión: “¿No sabíais que yo debía estar en la casa de mi Padre?”

El texto concluye con la actitud vital de María ante las cosas de Dios; “Su madre conservaba todo esto en su corazón”.

S. Lucas es el evangelista que más nos habla de María. Comienza su evangelio con la intervención de Dios en la historia preparando la Encarnación de su Hijo. Después de abrir el camino al nacimiento de Juan el Bautista, su precursor, se va a dirigir a María para llamarla a una vocación, por una parte muy normal y común, la maternidad, pero por otra una vocación única e irrepetible, la Maternidad Divina.

Sus planes de formar una familia junto a José no son en absoluto despreciados por Dios, pero sí van a ser transformados de forma radical. Lo primero porque ella ha encontrado gracia ante Dios, de tal manera que su vida está colmada de dicha en el Señor. La adolescente que desde niña había crecido en el ambiente del amor divino, ahora se encuentra preparada para acoger con confianza la propuesta de su Señor, de modo que puede decir con libertad y entereza, “aquí está la esclava del Señor”.

Después de este episodio el evangelista narrará la visita a su prima Isabel, la cual la llamará “bendita entre las mujeres”. Tras el nacimiento de Jesús y el asombro ante lo que los pastores y los Magos profetizan de su hijo, se verá forzada a vivir la huída y el exilio por la amenaza de perderlo a manos de Herodes.

María como cualquier madre lucha sin dudarlo por su hijo. Pero además se va haciendo consciente de que la misión anunciada por el ángel en el momento de concebirlo se ha de abrir paso de forma silenciosa e inevitable. Por eso las palabras del niño, aunque probablemente le sorprendieran, no le extrañaron tanto. Más bien se preparaba para comprenderlas en toda su amplitud y así poder seguir los pasos de su hijo desde el pesebre de Belén hasta el patíbulo de la Cruz en Jerusalén.

Contemplar de este modo a María nos ha de llevar a descubrir en ella no sólo la grandeza de su maternidad divina, sino sobre todo la fidelidad y entrega de su discipulado. Ninguno de nosotros podremos experimentar jamás los sentimientos de la Madre de Dios, pero sí podemos compartir con semejante alegría y confianza su experiencia de discípula del Señor.

María recibió de manos de su Hijo el testamento de ser la Madre de todos los creyentes. En la hora de la muerte y cuando apenas quedaban momentos para dar instrucciones a nadie, Jesús dona con generosidad a su propia madre para que nos acoja a nosotros como a él mismo. “Mujer ahí tienes a tu hijo,/.../ ahí tienes a tu madre” (Jn 19,26-27)

En la entrega de María como madre nuestra, Jesús no sólo intercedía para que también ella perdonara a los causantes de su suplicio, además le encargaba que nos acogiera con el mismo amor y misericordia que sentía hacia él. Y María aceptaba una vez más la nueva misión que Dios le solicitaba por medio de su Hijo, aunque este nuevo escenario fuera tan radicalmente distinto de aquel de Nazaret donde dio su primer sí.

Qué gran intercesora y compañera de camino nos ha dado el Señor. Cuanto amor podemos tener la dicha de sentir quienes somos hijos de María, porque ella nos ha engendrado con los dolores de la Pasión de su Hijo, mucho mayores que los sufridos para darle a luz a él.

Por eso podemos tener la absoluta confianza de que si bien la salvación nos viene sólo por la muerte y resurrección de Jesucristo nuestro Señor, quien nos puede preparar adecuadamente para acogerla con un corazón bien dispuesto es la mujer en quien esa gracia se ha dado de manera desbordante.

Los cristianos no estamos solos en el camino de la fe. El Señor camina a nuestro lado “todos los días hasta el fin del mundo” (Mt 28, 20), y además nos ha entregado a su Madre Santísima como apoyo y pilar en esta apasionante experiencia de ser discípulos del Señor resucitado.

Hoy nos sentimos agradecidos por la Madre de Dios de Begoña, quien a lo largo de los siglos ha acompañado y sostenido la fe de nuestro pueblo. Una fe que a pesar de las dificultades de antaño y de las del presente, sigue queriendo vivir en fidelidad a Jesucristo para el bien de nuestros hermanos.

Por eso con filial confianza podemos pedir a la Virgen de Begoña una vez más, que mire a su pueblo que sube hasta sus plantas, y que lo mire y lo proteja con amor.

viernes, 2 de octubre de 2020

 


DOMINGO XXVII TIEMPO ORDINARIO

4-10-20 (Ciclo A)


       Después de escuchar durante las semanas pasadas, como Dios es compasivo y misericordioso, y que el perdón que siempre nos ofrece ha de ser compartido y vivido por todos nosotros, hoy la Palabra del Señor  nos invita a dar un paso más para que vivamos nuestra fe con autenticidad y coherencia.

       La fe en Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo no es una fe abstracta, pasiva, lejana o indiferente con el destino del mundo. La fe cristiana se autentifica en el seguimiento de Jesús, para vivir conforme a su estilo de vida y encarnar en nuestra realidad su mismo proyecto salvador. La fe verdadera, tiene consecuencias concretas para nuestra vida.

       La historia de Israel mirada a través de los ojos del profeta Isaías, y recogida por el mismo Jesús en el evangelio, es denuncia por su actitud de autocomplacencia e irresponsabilidad en aquellos que, debiendo ser agradecidos por los dones recibidos y por ello generosos con los demás, muchas veces han caído en el egoísmo y la soberbia de creerse los dueños del mundo y superiores respecto de otros pueblos.

       Ese mundo contemplado por el profeta, es descrito por Jesús, como la Viña de Dios. Una viña creada por amor, cuidada con esmero y preparada por Él, para que en ella se desarrolle la vida humana en su plenitud, y poniendo las condiciones necesarias para que sea el germen de donde brote su Reino de amor. Para ello, Dios ha confiado su desarrollo al ser humano, y la ha puesto en nuestras manos para que conforme a su plan, la vayamos sembrando de relaciones fraternas y solidarias y cosechemos frutos de paz, concordia y justicia entre todos y para todos, sabiendo que esta viña no es posesión privada de nadie sino un regalo, un don para cada uno de nosotros y para toda la humanidad.

       Sin embargo, no hay más que echar una mirada a la viña del mundo para ver el solar estéril en el que tantas veces la hemos convertido, y no porque Dios nos haya castigado conforme a la amenaza vertida por el profeta, sino por la perversión que ocasiona el pecado egoísta, que nos hace creernos dueños de la creación sometiéndola al capricho de los intereses particulares y esclavizando o eliminando a quienes desde su pobreza y necesidad, nos recuerdan lo injusto e inhumano de nuestro proceder.

       Y aunque ciertamente mayor responsabilidad tienen quienes más altos cargos ostentan y más bienes poseen, todos de alguna forma queremos vivir mejor y en nuestras ambiciones personales vamos olvidándonos de la caridad fraterna y la compasión por los demás.

El egoísmo del ser humano es la actitud que mejor muestra la idolatría que la sustenta. Porque no olvidemos que la denuncia del Señor en el evangelio, no sólo se debe a que aquellos jornaleros no dan los frutos debidos a su tiempo, sino que además de no aceptar a los enviados que el Dueño les envía, terminan por matar a su propio hijo.

En esta figura, quedará anunciada la propia entrega de Jesús, el Hijo amado del Padre, y que habiendo sido enviado para recoger el fruto de esta humanidad amada por Dios, en vez de recibirlo con gozo y gratitud, lo condenará a la muerte de cruz.

Jesús, por encima del egoísmo material, está denunciando la soberbia del corazón que lejos de reconocer al Dueño de nuestra vida, quien tanto nos ha amado y tantas veces buscado, le damos la espalda para echarnos en los brazos de los ídolos que satisfacen nuestras pasiones más mezquinas, disfrazándolas de deslumbrantes horizontes, como son el dinero, el prestigio o la fama, el poder o el placer, pero que tras su consecución inmediata, sólo dejan víctimas frustradas y fracasadas, con el alma vacía y la conciencia amordazada.

Por eso la llamada a la solidaridad con los demás es tan importante, porque en la medida en que nos hacemos conscientes de la enorme desigualdad e injusticia que existe en el mundo, podremos dejarnos interpelar por las necesidades de los demás, lo cual nos puede acercar a descubrir el rostro de Dios en los más pobres, avanzando hacia una plena conciencia de universal fraternidad.

Dios nos ha colmado de gracia y bendición, nos ha creado a su imagen y semejanza, nos ha llamado a la vida para vivirla con el gozo de sabernos sus hijos. Y esta realidad si es vivida con la gratitud debida, nos hace más dichosos y generosos con los demás. Quien se sabe muy afortunado por todos los dones recibidos, lleva una existencia en permanente acción de gracias, lo cual le llena el corazón de alegría, y eso se nota por sus consecuencias para con los demás.

Por el contrario, quien en su vida la fe se va desdibujando, porque en ella entran intereses contrarios a la dignidad humana y por lo tanto ajenos a Dios, y se arroja en los brazos del materialismo y del hedonismo, endurece tanto su corazón para con sus semejantes, que termina por no reconocerse a sí mismo rompiéndose interiormente.

La totalidad de las injusticias existentes, tienen en sus fundamentos la rebelión contra Dios, porque hay que echar a Dios de la vida del hombre, para que éste se convierta en su sustituto. Así actuaron los labradores de la parábola de hoy. Con su maldad y crimen, estaban diciéndole a su señor que ya no era dueño de sus vidas ni de su viña. Y cuando falta el legítimo señor, otro tirano usurpador lo sustituirá.

Hoy mis queridos hermanos, recibimos una llamada a la fidelidad. Dios nos sigue pidiendo frutos de vida y de amor, aquellos que él mismo sembró en nuestra alma y que cada día con su gracia quiere abonar para que demos una cosecha abundante y generosa. Y sabemos que bajo su mano amorosa es posible vivir con esta gratuidad.

Que nuestra vida cotidiana sea un testimonio elocuente de esta fe que tanto llena nuestra existencia. Y que por el modo de vivirla, con coherencia y autenticidad, sepamos transmitirla a los demás con alegría y sencillez.

Que nuestra Madre la Virgen, nos ayude en esta labor permanente, para que como ella, engendremos en nuestros corazones el fruto del amor de Dios, y así seamos en medio de nuestro mundo portadores de paz y de esperanza.