viernes, 19 de febrero de 2021

DOMINGO I DE CUARESMA

 


DOMINGO I DE CUARESMA

21-2-2021 (Ciclo B)

       Un año más el año litúrgico nos ofrece vivir este tiempo cuaresmal como una nueva oportunidad para adentrarnos en el desierto y abrir nuestras vidas al Señor: “Se ha cumplido el plazo, está cerca el Reino de Dios. Convertíos y creed la Buena Noticia”.

       Conviene desde este primer domingo ir desgranando lo que va a ser nuestro recorrido cuaresmal, preparar esta entrada en el desierto de nuestras vidas para aprovechar el momento personal, social y eclesial a fin de transformar nuestros corazones y poder celebrar así el misterio central de la fe de forma plena y renovada.

       Nos adentramos en el desierto cuaresmal para que libres de lo superfluo, lo innecesario, aquello que tal vez nos estorba e incluso entorpece, podamos centrar nuestra mirada en Dios y acoger con gratitud su mensaje de esperanza.

       Esta ha de ser nuestra primera actitud cuaresmal, la gratitud.

       Para agradecer hay que recordar, recuperar la memoria personal, familiar y social, y ver que en medio de las penalidades de nuestra vida, a pesar de descubrir un mundo que no es ni mucho menos el Reino de Dios esperado y anhelado por la humanidad, sin embargo sí hemos tenido presencias del Señor que han suscitado en nosotros esperanza y gozo, y han fortalecido nuestra fe y sostenido el ánimo en medio de la adversidad.

       Con los ojos de la fe, los cristianos podemos descubrir que es Dios mismo quien nos alienta en cada circunstancia de la vida, y que sólo en él encontramos la razón para seguir caminando por el sendero de la justicia, la verdad y la paz, rechazando las tentaciones de optar por caminos que nos puedan hundir en el individualismo, la venganza o la indiferencia para con los demás.

Los cristianos tenemos por delante un tiempo en el que debemos mirar en profundidad nuestras vidas, desde la verdad y la confianza. No tenemos ninguna necesidad de enmascarar lo que somos, porque la única mirada que descansa sobre nosotros es la nuestra y la de Aquel que nos ama por encima de todo. Debemos reconocernos en la verdad de lo que somos para apuntalar bien nuestro edificio personal, descubriendo dónde están nuestros anhelos, cuáles son nuestras ambiciones, y en qué ponemos las ilusiones y los deseos. De este modo podremos descubrir si nuestra vida asienta sus cimientos sobre la roca de la fe en Jesucristo, o si por el contrario se sustenta sobre las arenas del egoísmo, donde lo material y el bienestar personal ocupan demasiado espacio en el corazón cerrándolo a Dios y a los hermanos.

Debemos preguntarnos también cuáles son nuestros sentimientos ante los problemas y retos del presente. Es la Palabra de Dios la que ilumina nuestras opciones personales, la toma de las decisiones, el ejercicio de nuestras responsabilidades sociales, o por el contrario nos dejamos fácilmente influenciar por los criterios individualistas o ideológicos ajenos a la fe y a los valores que del evangelio se desprenden.

Esta mirada sincera a la profundidad de nuestro ser nos ha de llevar a vivir este tiempo con confianza. La cuaresma no es el aguafiestas de la vida. No es un tiempo de prohibiciones ni de amarguras. Es el tiempo del encuentro gozoso con el Señor que nos ama y anima a vivir en plenitud la existencia que nos ha dado a cada uno de nosotros. Y porque nos ama, nos llama para que retomemos el camino hacia él.

Una llamada a renovar nuestra vida para que desarrollemos en ella todo lo bueno que el Creador nos ha regalado. No olvidemos, que al igual que a Jesús, es el Espíritu Santo el que nos empuja al desierto.

       Es el Espíritu de Dios quien nos mira y nos enfrenta ante el espejo de nuestro ser, no para reprochar infecundamente nuestra existencia, sino para motivar el cambio y el reencuentro con nuestra auténtica dignidad de hijos, y recuperar así la semejanza perdida por el pecado.

       Durante este tiempo busquemos espacios de soledad y recogimiento donde orar y escuchar la Palabra de Dios. El no condena ni humilla, no pide sacrificios ni imposibles, sólo espera que recuperemos las riendas de nuestra vida, nos liberemos de las ataduras que todavía nos sujetan a esta forma de vivir materialista y superflua, y nos dejemos conducir por su mano bondadosa a fin de recuperar nuestra libertad y responsabilidad ante Dios y ante los hermanos.

Tal vez la primera tentación que debemos superar es la de la apatía o el dejarnos llevar por la corriente ambiental. Ciertamente nuestro mundo presente no es muy dado a crear espacios de silencio y de reflexión personal, por eso el esfuerzo a realizar es mayor. El ruido que se impone en el ambiente, donde hay tantas palabras vacías e interesadas, nos envuelve y confunde. Por eso se hace tan necesario descansar nuestros oídos en Aquel que tiene palabras de vida eterna. Y un instrumento que en este tiempo puede ayudarnos a profundizar en el diálogo con el Señor, es su propia Palabra, la Sagrada Escritura cuya lectura y meditación son insustituibles en la vida espiritual de todo cristiano. Busquemos espacios tranquilos y sosegados para acercarnos a ella, tanto de manera personal como familiar.

       Pidamos hoy al Señor que nos ayude a caminar por este desierto cuaresmal del mismo modo que él lo hizo, dejando hablar al Padre Dios, escuchando su voz y descubriéndole en los acontecimientos cotidianos. De este modo sentiremos la invitación de su llamada a la conversión personal, y acercándonos con humildad al sacramento de la reconciliación, bálsamo reparador por su amor, sanar toda nuestra vida con la fuerza de su misericordia.

Que la austeridad, la oración y la caridad actitudes que el evangelio nos urge a integrar en nuestra vida, nos ensanchen el corazón para vivir este tiempo con esperanza y provoque en nosotros signos fecundos de auténtica conversión, desde los cuales anunciar a Jesucristo en medio de nuestro mundo, con la fuerza y el gozo del Espíritu Santo.

 

 

Inmatriculaciones

 

Quiero acabar haciendo una breve referencia a unas noticias aparecidas sobre los bienes de la Iglesia y las llamadas inmatriculaciones.

 

La Iglesia tiene registrado como propiedad aquello que es exclusivamente suyo, bien por adquisición legítima, o lo recibido por donaciones de los fieles con absoluta transparencia.

A lo largo de la historia, y desde sus orígenes, han sido y son innumerables los cristianos que han puesto y ponen sus bienes al servicio de la comunidad cristiana para ayudar  a los necesitados y atender las necesidades pastorales y apostólicas de la Iglesia.

No es nueva esta polémica, y parece que su recurrencia por parte de algunos responsables políticos se deba más bien a intentar levantar una humareda que desvíe la atención de los problemas más graves que angustian a la sociedad y que ponen de manifiesto la deficiente solución de los mismos por su parte.

Como dijo hace unos días el Obispo Secretario Gral. de la CEE, “la Iglesia no quiere nada que no sea suyo”, y yo añado: pero tiene la obligación de custodiar con responsabilidad sus bienes, desde la gratitud a quienes en su día los entregaron para bien de los hermanos, especialmente los más pobres y necesitados.

miércoles, 10 de febrero de 2021

DOMINGO VI TIEMPO ORDINARIO

 


DOMINGO VI DEL TIEMPO ORDINARIO

14-2-2021 (Ciclo B)

       Celebramos en este domingo, la jornada anual de Manos Unidas. Una campaña donde la solidaridad cristiana se hace extensiva a los países más pobres y necesitados del mundo, a través de la acción misionera y evangelizadora de la Iglesia de Jesús. El lema “contagia solidaridad, para acabar con el hambre”, nos ayuda a tomar conciencia de nuestra misión en medio de las necesidades de tantos hermanos víctimas de las injusticias y de las limitaciones, entre las que el mundo de la enfermedad es siempre una llamada a la cercanía y la solidaridad.

       Y es precisamente este aspecto de implicación personal, lo que vamos a contemplar al celebrar nuestra fe. Y para ello necesitamos la luz del Señor que orienta nuestros pasos según su voluntad, y nos ayuda con la fuerza de su espíritu y el consuelo de su amor de Padre.

       La Palabra de Dios proclamada nos sitúa ante la realidad del estigma humano bajo la forma de lepra, que separa y margina al enfermo alejándolo de la comunidad y condenándole a vagar en soledad y desamparo. La ley de Moisés marca al leproso como impuro y por lo tanto fuera de todo derecho que asiste a cualquier miembro de la comunidad judía. Esa impureza era entendida como consecuencia del pecado personal o el de sus antepasados, ante lo cual Dios lo castigaba, marcándolo para siempre, de forma que todos vieran y temieran su pecado, y obligándolo a vivir en la exclusión.

       Así ha sido entendida durante mucho tiempo la pobreza en el mundo, unas veces como culpa de los pueblos que no saben administrarse, otras debido a la mala suerte de las catástrofes naturales, o como fruto de guerras y violencias. Y si bien esta forma de pensar ha cambiado y ya nadie se atrevería a decir que la pobreza es culpa de los pobres, igualmente cierto es que sus consecuencias siguen siendo las mismas. Los pobres son cada vez más pobres, su miseria es cada vez mayor y la hambruna, la violencia y las enfermedades son los estigmas a los que están condenados.

       Y en medio de esta situación que hoy se nos presenta a los cristianos de todo el mundo, resuena con fuerza el Evangelio de Marcos, en ese encuentro entre Jesús y el enfermo de lepra;

       “Si quieres puedes limpiarme. Sintiendo lástima, extendió la mano y lo tocó diciendo: `quiero; queda limpio”.

       El clamor del leproso llega a Jesús en forma de desgarradora petición “si quieres puedes limpiarme”. Un grito de desesperación unido a un acto de fe en el vacío que encuentra una respuesta salvadora quiero, queda limpio”.

El querer de Jesús lleva consigo mucho más que la buena voluntad. San Marcos nos muestra una actitud profunda del Señor, “sintió lástima”, se dejó afectar en lo más profundo de su ser por aquel hombre desesperado que acudía a su encuentro. Todo lo contrario a la pena infecunda que suscita en nosotros las imágenes lejanas del televisor y que en breves segundos son sustituidas por otras más agradables o superfluas. Jesús sintió lástima, el dolor que conmueve e indigna y que provoca su acción inmediata para cambiar radicalmente esa realidad injusta humanamente, y falsa en su implicación religiosa.

       Jesús rompe con la ley que impide acercarse y tocar a un leproso, “extendió la mano y lo tocó”. Por esa acción él mismo comprometía su vida ante los demás, porque según la ley, él también sería considerado impuro. Pero lejos de contentarse con ello, además le envía a presentarse ante los sacerdotes, guardianes de las normas de Moisés, para que cumpla lo prescrito por su purificación, de forma que se haga público todo lo sucedido. Así Jesús invalida públicamente aquel precepto que en nombre de Dios se había dictado y que excluía al enfermo de la comunidad, condenándolo a la miseria.

Sentir lástima ha de comprometer nuestro ser, llevándonos a implicarnos de forma activa y consecuente con la persona sufriente, de forma que nuestro gesto de solidaridad no humille a nadie y pueda regenerar la vida rota dignificándola para siempre. Y todo ello desde la gratuidad y la entrega desinteresada.

Los cristianos estamos llamados a ser en medio de nuestro mundo semilla de calidad humana. Los enfermos, los pobres y necesitados, las personas que sufren injusticias o cualquier debilidad, no son para nosotros invisibles ni podemos mostrarnos ante ellas con indiferencia. Son nuestros hermanos y hermanas, donde el mismo Señor se hace presente de forma sacramental, ya que él mismo nos indicó con indiscutible autoridad, que “lo que a estos hermanos necesitados hicisteis, a mí me lo hicisteis” (Mt 25)

       Este ha de ser hoy, por tanto,  el compromiso que brote de la mesa del amor fraterno. Mirar al hermano necesitado cercano o lejano con entrañas de misericordia. Mirarlos con compasión para ver el dolor del hambre, la enfermedad y la muerte, y descubrir el rostro de Dios que a través de ellos pide “si quieres puedes limpiarme”.

       Los misioneros, hombres y mujeres entregados a los demás, extienden su mano y ofrecen su vida para decir con ella “quiero, queda limpio”, y es a ellos a quienes hoy también acercamos a nuestra eucaristía para agradecerles su labor, alentarles en su misión y compartir solidariamente su compromiso a través de nuestras aportaciones económicas, y nuestra oración. Ellos son la mano de Dios que sigue sembrando esperanza y que nos recuerdan que es muy urgente hacer del mundo, la tierra de todos. Una mano que lejos de temer contagios, acoge con ternura, y entrega amor y misericordia.

Que el Espíritu del Señor nos de su luz para ver esta realidad necesitada, y fortalezca nuestra voluntad para intervenir en ella de forma justa, solidaria y fraterna.

jueves, 4 de febrero de 2021

DOMINGO V TIEMPO ORDINARIO

 


DOMINGO V DEL TIEMPO ORDINARIO

7-2-21 (Ciclo B)


       Hoy es el día del Señor, en el que nos acercamos a nuestra comunidad cristiana para sentir este remanso de paz que nos ofrece la Palabra de Dios y ante la cual contemplamos nuestras vidas desde el gozo inmenso que nos produce el seguimiento de Cristo.

       Así nos introducimos en la escena narrada en el evangelio, identificándonos con aquellos discípulos que acompañaban al Señor, descubriendo a un Jesús inagotable ante la ardua tarea de llevar la buena noticia de Dios a todos los rincones de su tierra. Un Jesús que escucha la voz de los necesitados, que se acerca a los enfermos y oprimidos, que libera y sana, y que permanentemente expulsa los demonios interiores que esclavizan y someten la voluntad del ser humano.

       Y en esta jornada que compartimos a su lado, también observamos a un Jesús contemplativo, que busca sus momentos para orar y estar más cerca del Padre Dios. Esa es la fuente en la que sacia su sed y donde repara sus fuerzas. Sólo desde la plena confianza e intimidad con Dios, podemos explicarnos el tesón con el que afronta su destino y la autoridad que en todo momento transmite desde la coherencia de su vida.

       La oración es para Jesús ese tiempo de encuentro y diálogo con Dios Padre. En ella relee cada día y cada acontecimiento, comparte su experiencia de gozo y de rechazo, se siente confortado para seguir adelante y a la vez pacificado para poder entregarse con absoluta libertad, a pesar de las amenazas y persecuciones que padezca.

       Al contemplar el rostro de Dios, pone en su presencia a todos sus hijos más débiles y a quienes va ganando para la causa del Reino. No está solo, sus discípulos y muchos más van acogiendo el proyecto de vida de las bienaventuranzas y toman como senda la justicia, la fraternidad y la paz. En la oración, Jesús pone ante Dios sus preocupaciones y dificultades, sus desvelos y abandonos, pero sobre todo en ese encuentro con Dios colma de dicha y de fortaleza su alma para seguir con entusiasmo y fidelidad la misión que se le ha encomendado.

       Esta experiencia también la hemos de vivir nosotros para poder sentirnos acompañados por el Señor en cada momento de nuestra vida, para ser fieles transmisores del evangelio de Jesucristo; “¡Ay de mí si no anuncio el Evangelio!” exclama el apóstol San Pablo en la segunda lectura que hemos escuchado. Esta es la misión fundamental de todo creyente. Anunciar la Buena Noticia de Jesucristo en cada acontecimiento y situación que nos toque vivir. Toda acción de la Iglesia ha de estar orientada a esta finalidad, a evangelizar. Nuestras reuniones de grupos, nuestros encuentros de formación, las acciones solidarias y caritativas, los compromisos sociales y políticos, las celebraciones litúrgicas y sacramentales, toda la vida de la Iglesia encuentra su razón de ser en el anuncio del Evangelio.

Los cristianos tenemos que ser mensajeros de la Buena noticia que hemos recibido del Señor y que es donde se asienta nuestra esperanza. Un anuncio que comienza por el testimonio personal, que debe explicitarse con claridad en la transmisión de nuestra fe, y que además se ha de materializar en el compromiso de nuestra vida para la construcción del Reinado de Dios.

Es muy importante hacer muchas cosas, pero lo fundamental es el porqué las hacemos y quién anima nuestra fe y caridad.

       Somos mensajeros del amor de Dios manifestado en Jesucristo, y que a través de su palabra hemos de seguir ofreciéndolo al mundo como camino, verdad y vida. Este ha sido el testimonio de los santos y de los mártires a quienes tantas veces recurrimos como intercesores y ejemplos de vida. Ellos dieron su vida por amor a Cristo y a los hermanos, especialmente a los más necesitados, y esa entrega es para la Iglesia, modelo de vida y de seguimiento del Señor.

       El creyente en Jesús ha de vivir esas actitudes del maestro; entregarse a los necesitados, a los pobres y enfermos, a los más desamparados y marginados. Pero ha de ser este un servicio y una entrega que se nutren de la oración y del encuentro personal con Dios. Jesús mantenía esa relación estrecha con el Padre, y a través de la oración encontraba luz en su camino y fortaleza para entregar toda su vida a los demás.

Descubrir nuestro ser creyente en la tarea evangelizadora nos llenará de gozo y nos mostrará la fecundidad del amor de Dios en la entrega a los hermanos.

Necesitamos hoy quien acoja esta labor con entusiasmo y confianza. Desde la clara conciencia de que no somos dueños del evangelio sino sus servidores, pero siendo conscientes también de la necesidad de nuestro trabajo, “porque la mies es mucha y los obreros pocos”. Por esta razón debemos seguir animando a tantos hermanos nuestros con quienes compartimos la fe, que se animen a entregar parte de su tiempo al servicio de la comunidad eclesial. Porque todos somos necesarios en esta tarea evangelizadora y es el mismo Jesús quien nos envía como misioneros en medio de nuestras familias, trabajo y ambiente social.

Pidamos también al Señor que siga suscitando personas entregadas a la comunidad para el bien de los hermanos. Hombres y mujeres que desde la llamada a la vida religiosa y al sacerdocio ministerial se entreguen al servicio de las comunidades cristianas para congregarlas en la fe, animarlas en la esperanza y mantenerlas siempre en el amor y la comunión eclesial. Personas que haciéndose cercanas a los demás, y en especial a quienes sufren, sean siempre un testimonio del amor y la entrega de Jesucristo en favor de toda la humanidad.

Pidamos hoy al Señor que nos ayude a tener los mismos sentimientos que S. Pablo; vivir la fe con la plena conciencia de nuestra responsabilidad y con el gozo de sentirnos agraciados por el amor de Dios que siempre nos acompaña y fortalece. Porque como nos enseña el apóstol “todo lo que hacemos por el evangelio, nos ayuda para participar también nosotros de sus bienes”.

 

viernes, 29 de enero de 2021

DOMINGO IV TIEMPO ORDINARIO

 


DOMINGO IV DEL TIEMPO ORDINARIO

31-01-2021 (Ciclo B)

       “Este enseñar con autoridad es nuevo”. En esta frase se expresa el sentir de quienes acogen la Palabra de Dios con un corazón abierto y confiado. Jesús va despertando entre las gentes algo más que la admiración o el asombro. Va calando en lo profundo de sus corazones por la unidad existente entre su vida y su palabra, entre lo que dice y lo que hace.

       Ya en el antiguo testamento se nos muestra esta necesaria coherencia entre la palabra que en nombre de Dios se pronuncia y la vida de quien la transmite. “Suscitaré un profeta de entre tus hermanos, pondré mis palabras en su boca y les dirá lo que yo le mande”. Dios ha puesto en nuestras manos una misión extraordinaria, una tarea apasionante: transmitir con fidelidad y valor su palabra salvadora. No somos dueños de ella ni podemos subordinarla a nuestros intereses. De ahí que la severa advertencia resulte amenazante para el profeta infiel que manipula, utiliza o profana la palabra de Dios, “el profeta que tenga la arrogancia de decir en mi nombre lo que yo no le haya mandado, o hable en nombre de dioses extranjeros, es reo de muerte”.

       Dios es celoso de su palabra y no puede consentir que en su nombre se pervierta la justicia y la verdad. Dios jamás bendice ni ampara la injusticia que tanto dolor provoca y se rebela contra quienes en su nombre oprimen, esclavizan o causan sufrimiento a los demás.

       Esa fidelidad absoluta a la palabra de Dios es la narrada en el evangelio de hoy. Jesús manifiesta la plena unidad entre la palabra y el obrar de Dios, entre lo que Dios anuncia y su acción salvadora. Es a la luz de esta vida de Jesús donde nosotros hemos de asentar nuestro testimonio evangelizador.

       La palabra de Dios transmitida con fidelidad siempre será una palabra consoladora, una palabra de esperanza, de sosiego y de paz. Una palabra que denuncia la injusticia y la muerte, la violencia y el egoísmo, el sufrimiento que unos infringen a otros.

       La palabra de Dios es liberadora de toda opresión, y así el evangelista nos narra cómo Jesús devuelve la vida a quien la tenía arrebatada, liberándolo de las ataduras del maligno.

El personaje del endemoniado que de tantas maneras aparece en el evangelio como un claro caso de marginación social y denigración personal, no sólo está sometido a la imposición de un ser opresor, se encuentra bajo el dominio de su voluntad perdiendo cualquier capacidad de decisión sobre sí mismo y obrando bajo la influencia del pecado y el mal.

La sanación que Jesús ofrece abarca a toda la persona. Sus gestos de acogida y misericordia, nos muestran ante todo el gran amor que Dios nos tiene y que en medio de nuestras limitaciones no nos abandona y nos sigue llamando a una vida digna y dichosa. Para ello el primer gesto que realiza es liberar al hombre de su opresor, imponiendo el silencio a quien usa la palabra para engañar y someter; “cállate y sal de él”.

Cuando la mentira y la falsedad se abren camino en medio de nuestro mundo, y pretenden ocupar el lugar de los valores fundamentales que conducen nuestra vida, entramos en una pendiente que nos va hundiendo como personas y como sociedad. Las palabras que en otro tiempo tenían claros significados y nos ayudaban a configurar un estilo de convivencia, ahora se desvirtúan y relativizan.

Conceptos tan esenciales como la familia, el matrimonio, la concepción de la vida, la violencia y el fanatismo, la solidaridad en tiempos de crisis, todos ellos tan de actualidad, o son contemplados e interiorizados a la luz del evangelio de Jesucristo, o serán manipulados conforme  a los intereses de las ideologías dominantes. De manera que lo que ayer tenía un valor absoluto hoy se pueda relativizar o suprimir si con ello se recaudan los votos necesarios.

Jesús nos muestra un camino nuevo basado en el amor de Dios, pero a la vez construido sobre las bases de la fidelidad y la entrega personal para mantener siempre viva la dignidad inalienable de la persona creada a su imagen y semejanza.

Dios nos avala con su autoridad cada vez que nos entregamos al servicio de los demás transmitiendo con nuestra palabra y testimonio la verdad de la fe que profesamos. Y aunque sintamos la incomprensión o el rechazo de quienes desean imponer su propia amoralidad, el Espíritu del Señor nos anima y sostiene para que compartiendo el don de la unidad seamos fieles testigos del evangelio en medio del mundo.

Somos portadores de una palabra de vida y de esperanza, y con esa convicción debemos ofrecerla a nuestros hermanos “a tiempo y a destiempo”. Eso sí con la sencillez y el respeto de quienes saben que sólo tenemos capacidad para proponer y no para imponer. Los medios por los cuales hemos de anunciar el evangelio jamás pueden desdecirse de su contenido esencial, que son la fe, la esperanza y el amor.

Hoy recibimos del Señor una llamada a la fidelidad. La Palabra de Dios no puede subordinarse a nuestros intereses. Y en nuestros días podemos caer en el riesgo de querer reinterpretar el evangelio para adaptarlo a la conveniencia del oyente moderno, lo cual puede llevarnos a ofrecer una palabra agradable al oído autocomplaciente de nuestra sociedad de bienestar, pero que nada tiene que ver con el Evangelio de Cristo. El único modo de evitar este riesgo, y la garantía de autenticidad a la que todos tenemos derecho está en la comunión eclesial, que animada por el amor, la comprensión y la búsqueda fiel de la voluntad del Señor, se nos transmite por medio de nuestros pastores, sucesores de los apóstoles del Señor.

Pidamos en esta eucaristía el don del Espíritu Santo. Que Él nos ayude a vivir la fe de tal manera, que demos testimonio auténtico de Jesucristo, y transmitiendo con generosidad su evangelio, pueda ser reconocido por todos como su único Señor y salvador.

viernes, 22 de enero de 2021

DOMINGO III TIEMPO ORDINARIO

 


DOMINGO III TIEMPO ORDINARIO

24-1-21 (Ciclo B – JORNADA DE ORACIÓN POR LA UNIDAD DE LOS CRISTIANOS)


       Como hemos escuchado desde el comienzo de la eucaristía, celebramos hoy la Jornada de oración por la Unidad de los Cristianos, con el lema “Permaneced en mi amor y daréis fruto abundante”. La unidad es un don que se experimenta y desarrolla a la luz de la Palabra de Dios cuando se escucha y se vive de verdad. 

       Las lecturas de hoy nos dejan tres invitaciones importantes; conversión, disponibilidad y seguimiento de Jesús.

       La conversión, se nos presenta en la primera lectura, como una llamada del mismo Dios. El estilo de vida llevado por el pueblo de Nínive, donde la injusticia y las ambiciones personales hacen imposible la convivencia,  son un desafío para Dios. En ese lenguaje bíblico  entablado entre Dios y Jonás, el profeta entiende la importancia de su misión. Ha sido elegido para ayudar a sus hermanos a caer en la cuenta del abismo al que se acercan, Dios no quiere la destrucción de sus hijos, ni puede abandonarlos a su suerte, pero si no toman otro camino su forma de vida les llevará a la ruina.

       La palabra de Dios es escuchada y se inicia una transformación en todo el pueblo, de manera que vuelve la esperanza. Cuando nuestra forma de vida nos va llevando a la amargura y al individualismo, y somos capaces de aceptar la ayuda de otros para salir de ese bache, se contempla la vida con otro optimismo e ilusión.

       La conversión deja paso a la disponibilidad, segunda invitación de hoy. San Pablo entiende que el momento que están viviendo es apremiante. Los creyentes vivimos en este mundo pero sabemos que no es nuestro destino definitivo. Por esa razón no debemos absolutizar las cosas materiales o los proyectos personales. Sólo hay un absoluto que es Dios,  todo lo demás está subordinado a él.

De esta convicción nace la auténtica libertad porque no nos sometemos a nada ni a nadie.

       La disponibilidad del cristiano, de cada uno de nosotros, nos ha de llevar a la tercera invitación, el seguimiento de Jesús.

       Al comienzo de su vida adulta, Jesús comprende que el anuncio de la Buena noticia del Reinado de Dios, no va a terminar con su persona. Aquellos que la escuchen y la acojan con entusiasmo serán los futuros evangelizadores. Pero previamente es necesario crear un grupo unido, fraterno, en plena comunión con él, y que comience a vivir y experimentar una realidad humana nueva, basada en el amor, la comprensión, la misericordia y la libertad de los hijos de Dios. Así llama a estos cuatro primeros discípulos, Pedro, Andrés, Santiago y Juan.

       Y los llama para una tarea concreta, ser “pescadores de hombres”. Una pesca que no se realiza con las redes que apresan por la fuerza, sino con otros medios muy distintos, el respeto, la paciencia y sobre todo el propio testimonio de sus vidas.

       Los discípulos de Jesús van a iniciar un largo proceso de crecimiento en la fe y en la esperanza hasta llegar a confesarle como el Señor, y asumir su mensaje como el proyecto de sus vidas.

       En este encuentro personal de Cristo con aquellos hombres, da comienzo la comunidad cristiana, la Iglesia como familia humana bendecida y acompañada siempre por su Señor, que no la abandona ni se desentiende de ella a pesar de las muchas dificultades que atraviese en cada momento de su historia. Y de aquellos primeros discípulos somos nosotros sus herederos. Los pastores y los fieles.

       Todos somos llamados al seguimiento de Jesús, cada uno con una tarea distinta pero todos unidos para un mismo fin, transformar este mundo nuestro en el Reino anunciado y ya instaurado por el mismo Jesucristo. Desde la infancia hasta la madurez, todos somos misioneros en una misma comunión eclesial.

       Y es muy importante que cada uno entienda cual es su misión, y a quién debe permanecer siempre unido desde los vínculos de la fraternidad y la comunión. Especialmente en nuestros días, donde el riesgo de subordinar la fe a otros intereses es tan grande.

       Cada uno tiene sus ideas sociales y políticas, somos hijos de un tiempo y de unas circunstancias que nos han configurado de una manera determinada. Los seglares tenéis el derecho, y en ocasiones el deber, de asumir responsabilidades en la vida pública a través del ejercicio político, pero éste, como todas las facetas de nuestra existencia, ha de ser iluminado por los valores del evangelio y las concreciones éticas que de él se puedan derivar.

       Hoy, al sentirnos llamados por el Señor para la misión evangelizadora, vamos a pedir que nos ayude a ser fieles a su voluntad. Que todos fomentemos la unidad de los cristianos porque de ella dependerá la autenticidad de nuestro mensaje y el ejemplo de vida que dejemos a los más pequeños. En esta jornada miramos también con afecto a las demás confesiones cristianas, y pedimos al Señor que nos ayude a tender puentes de encuentro, de manera que unidos en la caridad también podamos vivir un día la plena comunión deseada por Cristo y animada por su Espíritu Santo. Se lo pedimos por intercesión de S. Pablo, por cuya conversión se sirvió el Señor, para anunciar la Buena nueva del Evangelio a los gentiles, y realizar la unión entre todos los pueblos de la tierra en una misma fe y un mismo amor. Que así sea.

viernes, 15 de enero de 2021

DOMINGO II TIEMPO ORDINARIO

 


DOMINGO II DEL TIEMPO ORDINARIO

17-1-2021 (Ciclo  B)

       Inmersos ya en el tiempo ordinario, la Palabra de Dios nos muestra la vida adulta del Señor y su misión al servicio del Reino de Dios. Para lo cual va a ir llamando de forma distinta, pero siempre cercana y personal a sus primeros discípulos.

       Desde la Palabra que hemos escuchado varias son las llamadas que recibimos. La primera de ellas parte del mismo Dios, quien se acerca a nuestro lado con respeto y delicadeza, esperando que lo acojamos con entera disponibilidad.

Samuel, uno de los grandes profetas del Antiguo testamento puede representar a tantas personas en búsqueda de Dios y que necesitan de alguien que les ayude a discernir dónde está realmente el Señor. Cada uno de nosotros, en distintos momentos de nuestra vida podemos sentir alguna llamada y creer que Dios nos habla en lo más íntimo de nuestro ser; pero necesitamos de personas que nos acompañen a discernir lo que nuestro corazón y mente van sintiendo, personas honestas y autorizadas, verdaderos guías del espíritu, que nos ayuden a reconocer a Dios a nuestro lado, a saber escuchar su voz, e interiorizar su palabra para acoger su voluntad. Toda nuestra espiritualidad va a depender de ello, y en la medida en la que me sienta acompañado por Dios y así lo celebre con el resto de los hermanos creyentes, mi fe se verá reforzada.

       Dios ha querido entrar en diálogo con el ser humano, y ese momento encuentra su realización plena en la vida de Jesús, el Hijo amado del Padre. Él nos llama a cada uno de nosotros como lo hizo con aquellos discípulos suyos. Y al igual que ellos, también nosotros necesitamos saber dónde está él, “¿Señor, dónde vives?”. Pregunta que se hace más urgente en los momentos de oscuridad o de cansancio espiritual por el que tantas veces podemos pasar en la vida.

       La respuesta de Jesús es una invitación a seguirle y conocerle personalmente: “venid y lo veréis”. En ese seguimiento vamos descubriendo la entrañable persona de Jesús. Un hombre capaz de implicarse en la vida de los demás compadeciéndose de los que sufren, comprensivo con los débiles, que no rechaza a los excluidos sino que come con ellos. Un Jesús que sana el corazón abatido por la vida y que ama a todos sin distinción mostrando el camino de la entrega, el perdón y la reconciliación como garantía de encuentro con Dios y recuperación de nuestra más auténtica humanidad.

Pero hay algo mucho más impresionante. En el  seguimiento de Jesús los discípulos van descubriendo el rostro de ese Dios al que él llama Padre. Es un Dios misericordioso y compasivo, pero que se revela ante la injusticia y cualquier clase de opresión, máxime cuando se comete contra los más indefensos. El Dios de Jesús no se desentiende del mundo, no puede abandonar la obra de su amor, y por ese mismo amor creador se ha encarnado en él. Ese es el gran descubrimiento que transforma por entero nuestra existencia, no el haber encontrado sólo a un hombre extraordinario, sino sobre todo haber encontrado a Dios hecho hombre en la persona de Jesucristo nuestro Señor y Salvador.

Desde esta experiencia fundamental escuchamos una vez más una carta apostólica de San Pablo. Pablo que vivió esa experiencia de encuentro con Jesucristo sintió la transformación de su existencia, de modo que todo su ser y la comprensión de la realidad que le rodeaba quedarán traspasados por la fe en el Señor. Así afronta en esta carta que hemos escuchado un tema de permanente actualidad, y con el valor de quien se sabe asistido por el Espíritu de Dios realiza una seria llamada a la renovación de las relaciones interpersonales más íntimas y que han de estar orientadas a la mutua donación de los esposos desde el amor sincero, respetuoso y libre, propio del matrimonio entre el hombre y la mujer.

Si miramos cómo está siendo tratado este tema en nuestros días, podemos darnos cuenta de que se siguen cometiendo abusos que lejos de humanizarnos nos envilecen. La sexualidad se ha banalizado tanto que se quiere mostrar como algo normal lo que en el fondo a todos nos abochorna y escandaliza.

Matrimonios rotos por la infidelidad de los esposos. Mujeres inmigrantes explotadas y oprimidas sacadas de sus países bajo engaño de trabajo digno y que al llegar aquí se ven condenadas a la prostitución. El comercio de la pornografía infantil que destruye la infancia y marca para siempre la vida de niños y niñas por dar enormes beneficios a sujetos aparentemente respetables, pero carentes de escrúpulos. La frivolidad del modo de vida de algunos famosos que airean su vida más íntima buscando la fama a cambio de su propia dignidad.

       Todo esto va configurando un modelo de sociedad donde se pierden los valores más elementales, de respeto a uno mismo y a los demás cambiándolos por el hedonismo egoísta e irresponsable.

       Ante esta situación, la voz de la Iglesia ha de anunciar el evangelio de la vida, desde el amor a Cristo y a los hombres. Y al igual que S. Pablo también nosotros debemos ofrecer una palabra acorde a la moral cristiana, que ilumine toda nuestra vida así como las relaciones que establezcamos con los demás, desde la verdad y la fidelidad para con los fundamentos de nuestra fe.

Un cristiano no puede llevar una vida disoluta e inmoral, tan semejante a los modelos del ambiente que en nada se diferencie de los demás. Porque para eso qué tiene de especial su supuesta fe. Nada.

San Pablo nos enseña cómo ha de ser Cristo quien viva en nosotros, abriendo nuestra vida a su amor y misericordia para dejarnos transformar por él y favorecer que emerja el hombre nuevo al que estamos llamados a convertirnos por su gracia.

La vida cristiana debe iluminar con su autenticidad la totalidad de  nuestras relaciones, y por la forma de vivir la vocación matrimonial se ha de transparentar el amor puro y verdadero del Señor, que en la fidelidad de los esposos expresa su permanencia y cercanía.

En la escuela del hogar, los niños y los jóvenes se abren a la vida, a sus posibilidades futuras y al modo como orientar su existencia desde el modelo integrado desde pequeños por el amor recibido. Crecer en un entorno familiar sano y equilibrado, donde los roles de la maternidad y paternidad están claramente definidos y asumidos, experimentando que el amor, el respeto y la fidelidad de sus progenitores son valores que asientan y fundamentan la felicidad del núcleo familiar, es la mejor garantía para un desarrollo adecuado de sus personas.

Todos necesitamos de acompañantes que nos ayuden a madurar en la vida, personas que desde la cercanía, el amor, el respeto y la comprensión nos acerquen a Jesús nuestro maestro. Él nos habla al corazón e ilumina nuestra vida con su amor, para que vivamos la dignidad de los hijos de Dios.

Que el Señor nos ayude para vivir con madurez nuestra experiencia cristiana, desde la coherencia y la fidelidad con el evangelio que anunciamos.     

 

sábado, 9 de enero de 2021

BAUTISMO DEL SEÑOR - FIESTA

 


FIESTA DEL BAUTISMO DEL SEÑOR

10-1-2021 (Ciclo B)

       La fiesta del Bautismo del Señor cierra este tiempo de gracia que es la navidad. Aquel anuncio que los ángeles ofrecían a los pastores “en la ciudad de Belén os ha nacido un Salvador”, es hoy ratificado por el mismo Dios, “Tú eres mi Hijo amado, mi preferido”. El Dios que tantas veces se manifestó ante su pueblo por medio de sus profetas y enviados, habla ahora por sí mismo ante el Hijo adulto que se dispone a asumir su vocación y misión en perfecta fidelidad al Padre.

       El bautismo de Jesús supone el comienzo de su vida pública y ministerial. Hasta ahora ha vivido en su pueblo, junto a su familia y seres queridos, completando su formación humana y espiritual; un tiempo discreto y silencioso que ha ido construyendo su ser y madurando su personalidad.

       De este espacio entre su infancia y madurez, no tenemos más que un pequeño relato, donde S. Lucas nos muestra a un Jesús adolescente en el Templo entre los doctores de la Ley. Aquel niño perdido y encontrado por sus padres regresa con ellos a Nazaret, y el evangelista terminará diciendo, que “iba creciendo en estatura y en gracia ante Dios”. Es decir, que la vida del Jesús adulto viene precedida por todo un tiempo largo de maduración personal, vivencia interior y riqueza espiritual. Y así, comienza su tarea con un gesto simbólico, su bautismo.

De la misma manera que todos aquellos hombres y mujeres animados por el mensaje de Juan quieren prepararse para acoger el don de Dios, Jesús se pone en la fila de los pecadores para cambiar el rumbo de nuestra historia. Y aunque no necesite del bautismo como remisión de los pecados, sí nos muestra que por este gesto, el mismo Dios se nos manifiesta como Padre y nos agrega a su pueblo santo.

Los bautizados somos incorporados a la familia de Dios, nos hacemos hijos suyos por medio de su Hijo Jesucristo, y asumimos la misión de anunciar el evangelio que vivimos, entregándonos en la construcción del reino de Dios en medio de nuestro mundo y ofreciendo nuestras vidas al Señor para ser portadores de su esperanza desde el servicio a los más necesitados.

Cada uno de los cristianos debemos este nombre a nuestra vinculación a Cristo, sacerdote, profeta y rey, y que nos une a la gran familia de la Iglesia. El pueblo santo de Dios existe mucho antes de mi incorporación personal al mismo, y al ser admitido por el bautismo, como miembro de pleno derecho en él, me comprometo a configurarme junto a mis hermanos, conforme a la persona de Jesucristo  nuestro Señor.

       El sacramento del bautismo, por unirnos a la comunidad cristiana, también implica a ésta para el desarrollo y maduración de la fe de sus miembros.

       Hoy es la fiesta de nuestro bautismo, y al recordarla también podemos mirar cómo está siendo nuestra vivencia de fe. Vamos a recuperar la fuerza de Dios en nuestra vida y así vivir animados por él para entregarnos a los demás. No nos vayamos apagando poco a poco cayendo en la rutina y perdiendo el sentido de nuestra fe.

       Muchos somos los bautizados y no tantos los que vivimos con plena conciencia este don gratuitamente recibido. De hecho en nuestros días nos ha de causar enorme tristeza contemplar cuantos hermanos nuestros han ido abandonando su vivencia eclesial, y cómo algunas incluso lo justifican diciendo que son creyentes pero no practicantes. La planta de la fe que no se nutre con el riego de la Palabra de Dios y se alimenta con el pan de la Eucaristía, se muere de forma irremediable.

       Es misión de nuestras comunidades eclesiales, favorecer el retorno a la comunidad de aquellos que por cualquier causa se han distanciado de ella, desde un proceso de acogida y de recuperación de su experiencia espiritual.

       El bautismo de los niños siempre se celebra condicionado a la fe de sus padres o tutores, y con el acompañamiento permanente de la comunidad cristiana que lo alienta y sostiene. Un sacramento celebrado por el mero interés o costumbre social, no favorece a nadie además de poner en serio peligro  su autenticidad.

La gracia de Dios se ofrece a todos, pero vivir bajo la acción del Espíritu sólo es posible si acogemos el don de Dios y lo vamos desarrollando con nuestra disponibilidad y entrega. Para ello está la comunidad eclesial, que como madre y maestra, acompaña y fortalece la fe de sus hijos para que sean discípulos de Cristo en el mundo.

       Al igual que el bautismo de un adulto ha de ir precedido de un tiempo de formación que le ayude a recibir la Palabra de Dios y acogerla en su corazón, los niños necesitan de un entorno familiar donde les sea posible conocer a Dios, aprender a dirigirse a él con la confianza de los hijos e ir sintiéndolo como el amigo cercano que nunca falla. De la transmisión de la fe de los mayores depende la apertura a la misma de los pequeños. De la buena siembra, depende la abundante cosecha.

       Que en esta fiesta del bautismo de Jesús, recuperemos la alegría de sentirnos parte de su familia y pueblo. Que podamos recuperar la fuerza misionera en nuestras vidas y así vivir con ilusión nuestro ser cristianos.

Ser cristianos no es algo vergonzante o a ocultar, sino un don de Dios que hemos de comunicar con nuestro testimonio y con nuestra palabra agradecida. Se nos tiene que notar desde lejos que vivimos gozosos por nuestra fe, y que Jesucristo colma de dicha nuestra vida y esperanza.

       Que Dios nos ayude para que día tras día vivamos esta fe con ilusión, con gratitud y con generosa entrega a los demás. De ese modo estaremos impregnando la vida de nuestros pequeños del rocío fecundo que los ayudará a crecer no sólo en estatura y fortaleza física, sino sobre todo en la gracia de Dios.