sábado, 17 de junio de 2023

DOMINGO XI TIEMPO ORDINARIO

 


DOMINGO XI TIEMPO ORDINARIO

18-6-23 (Ciclo A)

Jesús, “al ver a las gentes se compadecía de ellas”. Con esta frase breve y sencilla, se ha iniciado la proclamación del evangelio de este domingo. Una frase que nos expresa el sentimiento más profundo de Jesús que brota de su fidelidad a Dios y su amor incondicional al ser humano.

De esa compasión que provoca la situación desamparada del hombre, su abandono y extravío en el mundo, su desorientación y búsqueda de sentido, Jesús comenzará su obra redentora y su entrega como el Buen Pastor que no abandona a su pueblo y cuya vida pondrá a su servicio.

La mirada que Jesús lanza a su entorno no se queda en la pena. La compasión da paso al compromiso. La misericordia a la búsqueda de la justicia; compadecerse de una persona no es otra cosa que situarse solidariamente a su lado, para compartir su vida y su esperanza y así, transformar el presente para que se abra un horizonte nuevo en el que todos tengamos una vida en dignidad y plenitud.

La compasión de Jesús le hace comprender que ha llegado el momento de enviar obreros a la mies de Dios. Que hay que suscitar enviados, discípulos que sientan como propia la situación de los hermanos y estos serán los primeros apóstoles del evangelio; aquellos que nos pasarán el testigo de la fe hasta nuestros días.

Hoy somos nosotros los herederos de esta misión. Al igual que los nombres de los doce quedaron escritos en el libro sagrado, también los nuestros están redactados en el libro de Dios. No pensemos que la misión apostólica terminó con los doce. Jesús sigue llamando y enviando a este mundo de tensiones, de injusticias y ambiciones, de  violencias y egoísmos, a cada uno de nosotros como discípulos suyos.

Y nos envía no por lo que tenemos o sabemos, sino tan sólo por lo que somos, sus seguidores y testigos. Todos hemos recibido de Dios unos talentos, unos dones, que han de ser puestos al servicio de los demás para que den fruto de vida abundante y desarrollen en cada uno de nosotros la obra que el Señor un día comenzó y que estamos llamados a terminar.

Él conoce las dificultades a las que nos hemos de enfrentar; nuestros miedos e incapacidades, la misma situación de desconcierto e indiferencia por la que atraviesan nuestros semejantes, el rechazo que en muchas ocasiones vamos a sufrir por confesar nuestra fe de forma pública y coherente. Aún así, no podemos dejar de anunciar el evangelio de Jesús, porque lo que hemos recibido gratis de parte de Dios, gratis hemos de ofrecerlo a los demás. De este modo podremos mostrar al mundo la gratuidad de la salvación que el Hijo de Dios vino a regalarnos.

El evangelio de hoy es para nosotros una llamada a ponernos en marcha en la tarea evangelizadora. Sin ingenuidades ni disimulos, sabiendo que la misión que hoy tenemos los cristianos no difiere mucho de aquella que se inició hace 2000 años.

Las caras de la injusticia y del pecado han podido cambiar con el tiempo, pero sus consecuencias son las mismas. Hoy también encontramos rostros abatidos y extenuados. Rostros que nos dejan ver el dolor y el sufrimiento, la desesperanza y la búsqueda de sentido a sus vidas. En medio de esta realidad, el Señor nos llama a sembrar la semilla de su Reino de amor y de esperanza.

La mies es mucha y los obreros pocos, rogad al dueño de la mies que envíe obreros a su mies”. Jesús nos deja el encargo de velar para que la atención pastoral se mantenga viva y fecunda. Debemos pedir insistentemente a Dios que provoque, en el corazón de todos, la generosidad para la misión. Y a la vez, que siga llamando, especialmente de entre los jóvenes, personas dispuestas a entregar su vida al servicio del evangelio como sacerdotes, religiosos y religiosas y misioneros.

Junto a ello, toda la comunidad cristiana recibe un encargo del Señor, orientar nuestros esfuerzos hacia “las ovejas descarriadas de Israel”, es decir, entre aquellos hermanos nuestros que habiendo recibido un día el bautismo y que en su infancia escucharon la Palabra de Dios, hoy por diversas causas se han ido alejando de la Iglesia y en muchas ocasiones renegando de ella.

No podemos juzgar su elección de rechazo de forma severa e injusta. Muchas veces ha podido ser el ambiente social en el que han vivido, la forma de vida incoherente de muchos cristianos, o una imagen errónea y distorsionada de la Iglesia, lo que ha hecho mella en su fe inmadura provocando su alejamiento.

Cristo nos envía en medio de nuestros hermanos, y aunque es más costoso recuperar a la oveja perdida que abrir nuevos caminos, sin embargo tenemos que ser profetas de Dios entre los nuestros, en la familia, entre los amigos, en el trabajo. Allí donde, precisamente porque nos conocen y saben que también nosotros tenemos nuestros fallos, nos puede ser más difícil confesar a Jesucristo. Pensemos que el Señor no nos envía a convencer con discursos teóricos, sino a contagiar el entusiasmo de una fe vivida personalmente y que se manifiesta en nuestra forma de ser con los demás, generosos, sinceros, valientes, auténticos.

       Esta es la misión que en nuestros días recibimos de Dios. Que él nos ayude para volver con las manos llenas y agradecidos a su presencia, dando gratis, lo que gratis hemos recibido.

viernes, 9 de junio de 2023

CORPUS CHRISTI

 


SOLEMNIDAD DEL CUERPO Y SANGRE DE CRISTO

CORPUS CHRISTI  11-06-23

 

       Un año más celebramos la fiesta del Cuerpo y la Sangre de Jesucristo. Memorial de su Pasión, muerte y resurrección, y Sacramento de su amor universal. Precisamente por ese amor entregado para nuestra salvación, podemos unir en esta fiesta del Corpus el día de la Caridad. Al compartir el alimento que nos une íntimamente a Cristo nos hacemos partícipes de su  mandato “haced esto en memoria mía”, aceptando su envío en medio de los más necesitados para compartir con ellos nuestra vida y nuestra fe.

En esta fiesta litúrgica de hoy, la Iglesia nos invita a profundizar en el don inmenso de la Eucaristía. Como nos enseña el Vaticano II, "Nuestro Salvador, en la última Cena, la noche en que fue entregado, instituyó el sacrificio eucarístico de su cuerpo y su sangre para perpetuar por los siglos, hasta su vuelta, el sacrificio de la cruz y confiar así a su Esposa amada, la Iglesia, el memorial de su muerte y resurrección, sacramento de piedad, signo de unidad, vínculo de amor, banquete pascual en el que se recibe a Cristo, el alma se llena de gracia y se nos da una prenda de la gloria futura" (SC 47).

Desde esta fidelidad al don recibido de manos del Señor, no podemos separar la eucaristía de la caridad. Los cristianos que nos reunimos para escuchar la palabra del Señor y compartir el pan de la vida que él nos da, hemos de prolongar esta fraternidad eucarística en el mundo nuestro, junto a los hermanos que carecen de afecto, de medios, de una vida digna y feliz.

       No todo el mundo vive dignamente, de hecho somos una minoría los que en el mundo actual podemos agradecer esta vida digna. La mayoría de la población mundial carece de los recursos necesarios para una subsistencia adecuada. Y en vez de acoger su precariedad para sentirnos solidarios con ellos, muchas veces nos fijamos en aquellos que se enriquecen con facilidad y rapidez poniéndolos como modelos a seguir, y hasta envidiándolos por su opulencia.

Una cosa es luchar legítimamente por alcanzar esa vida digna a la que todos tenemos derecho y otra muy distinta la ambición desmesurada que al final nos endurece el corazón hasta llevarnos al egoísmo y a la idolatría del dinero.

La entrega de Jesucristo en la cruz, nos abre la puerta de la redención. Y aquella entrega viene precedida de una vida sensible para con los necesitados, los enfermos, los pobres y los marginados.

A Jesucristo resucitado se llega por medio de una vida ungida por el Espíritu de Dios para anunciar la Buena Noticia a los pobres, la libertad a los oprimidos, la salud a los enfermos y la salvación para aquellos que acogen este don de Dios.

       Cristo nos dejó su testamento en el cual nos ha incluido a todos y no sólo a unos privilegiados. La vida en este mundo es injusta y desigual no porque Dios lo haya querido sino porque nosotros lo hemos causado. Dios no quiere que haya pobres y ricos, rechaza la injusticia que causa este mal, y nos llama a su seguimiento a través del camino de la auténtica fraternidad y solidaridad.

       Este testamento de Cristo lo actualizamos cada vez que nos acercamos a su altar. Su Cuerpo y su Sangre entregadas por nosotros, y compartidos con un sentimiento fraterno y solidario, nos unen a la persona de nuestro Señor Jesucristo y a su proyecto salvador. Por eso “cada vez que comemos de este pan y bebemos de este cáliz, anunciamos tu muerte y tu resurrección hasta que vuelvas”.

       Por eso, cada vez que comemos y bebemos el Cuerpo y la Sangre del Señor, nos unimos vitalmente a Cristo para prolongar con nuestra vida y entrega, su obra misericordiosa en medio de nuestros hermanos más necesitados, a los cuales somos enviados como testigos del amor de Dios.

       La caridad no se hace, se vive. No hacemos caridad cuando damos dinero a un pobre, vivimos la caridad cuando nos preocupamos por su vida, buscamos cómo atenderla mejor, y nos esforzamos por acompañarle a salir de su situación para siempre.

       Vivir la caridad es prolongar la Eucaristía del Señor, su cuerpo y su sangre derramada por amor a todos, para la salvación de todos. Las palabras que día tras día escuchamos en la Consagración nos muestran que Jesús no economizó su entrega sino que fue universal y por siempre.

       Desde aquel momento en el que nacía la Iglesia, ésta siempre tuvo como acción primera y fundamental, unida al anuncio de Jesucristo, la vivencia de la caridad.  Atender a los pobres y necesitados estaba unido a la oración y a la fracción del pan de tal manera que no se podía permitir que en la comunidad de los cristianos alguien pasara necesidad.

En esta fiesta debemos también recuperar la conciencia del don que el señor ha puesto en nuestras manos. La Eucaristía hace a la Iglesia y la Iglesia hace la Eucaristía (nos enseña el Concilio Vaticano II). Por eso la celebración eucarística trasciende nuestra realidad local y se une a la vivencia universal de la Iglesia. No podemos celebrar la eucaristía más que en la comunión eclesial, ya que es el Señor quien se hace presente en medio de su pueblo, congregado en la unidad del Espíritu por el vínculo de la paz.

       Vamos a pedir en esta Eucaristía que el Señor nos ayude a vivir con gratitud este don esencial para nuestra vida espiritual. Sin eucaristía no hay Iglesia, y por lo tanto la fe se descompone. Esforcémonos también, por recuperar nuestra capacidad solidaria y fraterna para poder compartir con autenticidad el pan de la unidad y del amor.

 

sábado, 3 de junio de 2023

SANTÍSIMA TRINIDAD

 


SOLEMNIDAD DE LA SANTISIMA TRINIDAD

4-6-23 (Ciclo A)

 

       Celebramos hoy la fiesta en la que la comunidad cristiana vive de forma unitaria el ser de nuestro Dios. Un Dios que es Padre, Hijo y Espíritu Santo.

       Diferentes Personas pero un mismo Dios, que se manifiesta y actúa en nuestra historia haciéndose uno con nosotros, acompañando nuestra vida y llenándola de sentido, alegría y esperanza.

       Muchas veces hemos escuchado que la Santísima Trinidad es un misterio. Y es verdad porque todo lo que hace referencia a Dios desborda nuestra comprensión y entendimiento. Todas las personas somos un misterio y siempre hay algo en el otro que nos queda por descubrir. Hemos sido creados distintos, libres, capaces de recrear nuestra realidad y forjarnos nuestro ser y nuestro futuro.

       Esta experiencia, siempre novedosa y distante, es inabarcable si nos referimos a Dios. Nadie puede acapararlo en su mente o en su corazón. Dios siempre escapa a nuestra capacidad de comprensión o de explicación.

       Nuestro mayor acercamiento a la realidad divina  sólo ha sido posible a través de Jesús. Él es el Hijo de Dios, y como tal nos ha mostrado quién es ese Dios a quién se dirigía como su Padre. El Dios revelado a nuestros antepasados en la fe, Abrahán, Moisés, David... y anunciado por los profetas, es el mismo a quién Jesús llama Abba, Padre.

       Así lo reconocieron los mismos discípulos del Señor cuando le pidieron que les enseñara a orar. “Cuando oréis hacedlo así, Padre nuestro del cielo...”.

       Parecía que estaba claro que Dios era padre y sólo eso.

       Pero a medida que transcurría la vida de Jesús, aquellos discípulos fueron viendo en él la misma presencia e imagen de Dios. Él era el Hijo amado a quien había que escuchar, seguir y anunciar a todos los pueblos.

       La muerte y resurrección de Jesús, es el momento trascendental para aquel grupo de hombres y mujeres creyentes. Jesús no sólo era el Hijo de Dios sino que era el Dios con nosotros anunciado por el profeta Isaías. Dios mismo se había encarnado para asumir nuestra condición humana y así llevarla a su plenitud. Y esta experiencia vital hace de los discípulos testigos de la Buena Noticia a la cual entregar su vida con gozo y esperanza.

       Pero ¿Cómo hemos podido nosotros, casi dos mil años después, llegar a comprender y acoger este don de Dios?. Y aquí resuena la promesa del Señor que tras su resurrección anuncia dos acontecimientos, el primero en forma de regalo “recibid el Espíritu Santo”, y el segundo en el momento de su Ascensión en forma de promesa, “yo estaré con vosotros todos los días hasta el fin del mundo”. El Espíritu Santo es la Persona Amor que permanece a nuestro lado para seguir animando nuestro peregrinar por este mundo.

       Es el Dios que nos orienta en la vida para dar testimonio de su palabra y de su gloria. El Espíritu Santo mantiene viva la llama de la esperanza frente a los momentos de temor, duda o angustia, y es el que nos une de forma vital al Padre Dios a través del Hijo Jesús.

       La llamada que cada uno recibimos no es la de elucubrar cómo es el misterio que encierra el ser de Dios en sí mismo, lo realmente importante para nuestras vidas, es descubrir cómo está actuando ese Dios que me ha hecho hijo e hija suyo, en mi vida, en mi entorno personal, familiar y social, y qué me pide en cada momento de mi existencia para entrar en plena comunión con él.

       La definición tradicional de la Santísima Trinidad como Tres Personas distintas y un solo Dios verdadero, podemos comprenderla mejor sintiendo que es el mismo Dios quien de manera distinta y a través de su ser paternal y fraterno entrega todo su amor en nuestra historia  para realizar en ella su obra salvadora.

       Nosotros hemos sido constituidos hijos de Dios, y como hijos, herederos de su Reino. Pero también somos mensajeros de su Buena Noticia y es aquí donde la fuerza de su Espíritu nos sigue animando e impulsando en el presente.

       Nuestra vida de oración nos ha de unir más a Cristo y a la comunidad para que podamos desarrollar nuestra misión, tal y como él nos la encomendó, “id al mundo entero y anunciad el Evangelio”.

       Por eso es de vital importancia la dimensión contemplativa y orante de la Iglesia. No en vano unida a la fiesta Trinitaria, está la vida de tantos hombres y mujeres cuya vida está dedicada a la oración por la Iglesia y la humanidad entera.

       Los monjes y monjas contemplativos han descubierto que en la escucha de la Palabra de Dios, en la profundización de su enseñanza y en el diálogo personal e íntimo con él se pueden realizar plenamente como personas y a la vez ofrecer un generoso servicio al Pueblo de Dios.

       Sin su testimonio y entrega vocacional, todos los servicios y compromisos apostólicos quedarían desvirtuados. No hay entrega cristiana si no viene animada por la acción del Espíritu que nos manifiesta en todo momento cuáles son los cimientos de la fe. Y este pilar central del edificio cristiano no es otro que la vida de oración y de escucha del Señor. Sólo así podremos orientar bien nuestra acción comprometida a favor del reino de Dios, y bebiendo de la fuente que es Jesucristo, podremos ofrecer a los demás el agua viva que sacia la sed de sentido y de esperanza que tanto ansían.

sábado, 20 de mayo de 2023

SOLEMNIDAD DE LA ASCENSIÓN DEL SEÑOR

 


SOLEMNIDAD DE LA ASCENSION DEL SEÑOR

21-5-23 (Ciclo A)

 

Nos vamos acercando al final del tiempo de pascua. En esta fiesta de la Ascensión del Señor, la comunidad cristiana recuerda el momento en el que Jesucristo resucitado termina su misión entre nosotros y tras enviar a sus discípulos a continuar la obra evangelizadora, regresa al Padre a vivir la plenitud de su gloria.

       La liturgia de este día, nos quiere introducir en la profundidad del sentido último de nuestra vida. Es el final de la historia de la humanidad vista con los ojos de Dios, con esos ojos de Padre que se hunden en el amor hacia los hijos para quienes quiere siempre lo mejor.

       Y a esta marcha definitiva de Jesús, acudimos con el corazón bien distinto a lo que supuso la separación por la muerte. El tiempo de pascua ha supuesto una transformación radical en la vida de los discípulos del Señor. Queda muy atrás aquella tarde del viernes santo donde el fracaso y la frustración anegaban el corazón de estos hombres y mujeres. Parece  como si esa visión amarga hubiera sido borrada por completo de su mirada, porque la presencia de Jesús resucitado es tan evidente para todos, que hasta la experiencia de la muerte se ha visto resituada.

Ciertamente el momento de la separación ha llegado, pero la despedida, con ser definitiva para esta vida, y ya no vuelvan a compartir una presencia física con Él, saben que el Señor será fiel a su promesa y que siempre estará junto a ellos, hasta el final de los tiempos.

Jesús se va de su lado, pero esa marcha ya no será experimentada con la amargura de la muerte, sino con la esperanza gozosa del encuentro próximo en la plenitud de su Reino.

La fiesta de la Ascensión nos abre de par en par las puertas de la ilusión y la alegría. Porque Cristo sigue vivo y presente entre nosotros aunque su presencia sólo pueda ser percibida en lo profundo del corazón y en la bondad de nuestras obras, por la acción del Espíritu Santo que se nos ha enviado. No en vano la fiesta de Pentecostés vendrá a completar esta vivencia en el alma creyente, y así poder contemplar la vida entera a la luz de la resurrección de Jesucristo.

Sin embargo también tenemos que retomar el curso de la vida de cada día. La presencia pascual del Señor entre los suyos no sólo revitalizó la llama de la fe y consolidó su esperanza, sobre todo sirvió para reforzar los lazos en el amor fraterno y comunitario. Jesús les va a acompañar en un proceso, que nosotros hemos simbolizado en estos cincuenta días, de maduración personal y fortalecimiento de su vocación misionera y evangelizadora. Cristo es el maestro de la comunidad eclesial naciente, a la luz de su vida plena será releída toda la historia de la salvación, para que el plan trazado por Dios desde antiguo y realizado en Jesucristo, siga prolongando su mano misericordiosa por medio de nuestra acción personal y comunitaria.

La vida pascual compartida junto al Señor, nos impulsa a nosotros a no quedarnos parados mirando al cielo, como si la partida de Cristo al Padre nos dejara desamparados.

Porque hemos sido privilegiados con esta experiencia pascual, porque hemos recibido en la fuerza vital del Espíritu Santo, tenemos la seria responsabilidad de compartir esta condición de salvados con todos los hombres y mujeres de nuestro tiempo, y a quienes tenemos también que acoger como nuestros hermanos.

El tesoro de la fe, no es para deleite egoísta del creyente, sino un don que, tanto más engrandece a quien lo vive, cuanto más lo entrega generosamente a los demás.

Si aquellos testigos privilegiados que fueron los primeros discípulos del Señor, se hubieran guardado el don recibido, jamás la fe hubiera llegado a nosotros, y la pasión, muerte y resurrección de Cristo se hubiese quedado en el olvido.

Jesucristo, en la plenitud de su poder en el cielo y en la tierra, nos envía a hacer discípulos suyos a todas las gentes por medio del bautismo. Un bautismo que ya no sólo es remisión del pecado y por ello ha de lavarse en el agua, sino que sobre todo nos introduce en el amor Trinitario del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Por el bautismo somos llamados a vivir el amor pleno de Dios, y su lugar de realización privilegiado en este mundo es la comunidad eclesial que nos acoge, en la cual maduramos a una vida adulta en la fe, y desde la que somos enviados al mundo fortalecidos por la acción de los sacramentos, en especial la Eucaristía.

Sentir esta vinculación fraterna entre nosotros, y abrirla cordial y generosamente a otros, en especial a los pobres y necesitados, es la mejor muestra de que Cristo sigue actuando de forma constante en el tiempo presente. Nuestro mundo no está hoy más alejado de la fe que en otros tiempos, ni las dificultades que podemos encontrar los creyentes son más duras que antaño. Las piedras han existido siempre en medio del camino, y muchas veces han sido lanzadas contra el pueblo de Dios. De ahí el inmenso elenco de mártires que ha sembrado la historia con la fecundidad de su sangre.

Pero tal vez en nuestro tiempo sí tengamos el peligro añadido de la comodidad de la vida del bienestar, lo cual embota el alma, adormece el ánimo y aturde las opciones fundamentales, dando como resultado una vida cristiana poco comprometida y a veces frivolizada.

Al celebrar hoy esta fiesta de la Ascensión del Señor concluyo con la oración que San Pablo en su carta a los Efesios nos ha regalado; “Que el Dios del Señor nuestro Jesucristo, el Padre de la gloria, os dé espíritu de sabiduría y revelación para conocerlo. Ilumine los ojos de vuestro corazón para que comprendáis cuál es la esperanza a la que os llama, cuál la riqueza de gloria que da en herencia a los santos y cuál la extraordinaria grandeza de su poder para nosotros, los que creemos”.

Que nuestra fe se asiente en un corazón agradecido para valorarla y muy generoso para transmitirla a los demás.

sábado, 13 de mayo de 2023

DOMINGO VI DE PASCUA

 


DOMINGO VI DE PASCUA

14-05-23 (Ciclo A – PASCUA DEL ENFERMO)

 

En este domingo de pascua, en el que seguimos celebrando con gozo la resurrección del Señor, la comunidad cristiana vive una jornada de solidaridad y cercanía con los enfermos. Hoy celebramos que también en medio de la debilidad, del dolor y la enfermedad, es posible vivir la esperanza en Jesucristo resucitado, Salud de los enfermos. Cómo no sentirnos especialmente conmovidos, ante esta situación terrible de la pandemia por coronavirus.

Los signos más frecuentes que acompañan la predicación de los Apóstoles continuadores de la obra del mismo Jesús, son la oración por los enfermos y su poder sanador. La palabra de Dios conforta y serena de tal modo que incluso en medio del sufrimiento y de la enfermedad emerge con vigor la esperanza y el sosiego.

La cercanía apostólica al mundo de los enfermos, los ancianos y los que sufren, extiende la misericordia de Dios y vincula estrechamente a los hermanos en el amor. Amar a Cristo resucitado conlleva necesariamente seguir sus pasos, imitando su entrega desde el servicio a los más necesitados.

Nuestro mundo moderno intenta maquillar la vida quitando las capas que la afean. Como si de una hortaliza se tratara, y empujados por simples criterios estéticos o de conveniencia, aquellas hojas que la hacen menos bella son separadas del tronco y apartadas de la vista. Las limitaciones humanas y entre ellas la enfermedad, nos incomodan e interpelan y al mostrarnos la realidad auténtica y en ocasiones dura de una parte de nuestro ser, la rechazamos o la alejamos de nosotros creyendo que así solucionamos el problema, o por lo menos lo distanciamos.

De esta manera vemos cómo cada vez más junto a los grandes logros de la medicina que han mejorado nuestro nivel de salud y vida, siguen existiendo la soledad y el abandono de muchos ancianos y enfermos que sufren su situación al margen de la sociedad y en ocasiones lejos del calor y del afecto del hogar.

Las situaciones de precariedad, nos interpelan a todos, y si nos es posible evitamos mirarlas de frente, como si de ese modo alejáramos de nuestro lado a la indeseable compañera que es la enfermedad.

La vida del ser humano, ha de ser contemplada más allá de sus posibilidades y fortalezas. Nuestra dignidad inalienable no está a merced de las capacidades físicas o psíquicas, de nuestra juventud o vejez, ya que esa dignidad nos viene de nuestra condición de hijos e hijas de Dios. El lema de este año, nos invita a vivir la experiencia del dolor humano desde la verdadera fraternidad que brota del amor auténtico. Nuestra vida vale sólo por el hecho de existir, porque nuestra existencia nunca es fruto de la casualidad, sino que es debida a la voluntad divina, la cual nos creó por amor, a su imagen y semejanza.

Si esta afirmación que se asienta en los fundamentos esenciales de nuestra fe en Jesucristo, la interiorizáramos hasta lo más profundo de nuestro ser, cómo cambiaría nuestra mirada para acompañar la vida de nuestros hermanos enfermos, y lo que es más importante, cómo nos ayudaría a asumir la propia situación de enfermedad.

En este día del enfermo, debemos a alumbrar con la luz de la esperanza y del amor la vida de los que sufren, la de sus familias y la nuestra propia. Las palabras de Jesús “no os dejaré desamparados”, se hacen realidad cada vez que le sentimos cercano y amigo, sosteniéndonos en medio del dolor, y también cuando prolongamos la mano sanadora y fraterna del Señor bien desde el ejercicio de una vocación profesional o desde el voluntariado. Todos sabemos lo importante que es encontrar buenos profesionales que acompañen la realidad del enfermo con su saber y con su afecto, poniendo a su servicio los cuidados médicos que la persona necesite, y sobre todo mostrando su lado más humano y cercano que respeta la dignidad del enfermo y su entorno familiar.

Pero igualmente importante para nosotros los creyentes es poder vivir en la fe esta realidad, sintiendo la cercanía del mismo Jesucristo por medio del amor y la oración. Así se nos ha transmitido desde los comienzos mismos del cristianismo, cada vez que algún hermano en la fe caía enfermo o su ancianidad lo acercaba a la muerte, los fieles se reunían en la oración acompañándole a él y a su familia, colaborando en sus cuidados y llevando a la celebración eucarística la vida de los enfermos de la comunidad. Los presbíteros acudían al hogar del enfermo para confortarle en la fe y sostener su esperanza. El sacramento de la Unción además de vincular al enfermo a la misma Pasión del Señor, le prepara para vivir con plenitud el momento del encuentro con Cristo.

Si algo nos ha estremecido en este trágico tiempo que vivimos, es la inmensa soledad en los hospitales y residencias, donde tantos ancianos enfermos han muerto en soledad. Hasta el momento de su sepelio se ha realizado en la distancia y reduciendo al mínimo la presencia de la familia. Tal vez hayan sido medidas sanitarias urgentes, pero ciertamente su inhumanidad también ha sido manifiesta.

No digamos ya la imposibilidad de ofrecer a los fieles en sus últimos momentos el auxilio espiritual. Muchas veces este derecho se ha cercenado conforme al criterio arbitrario de algunas autoridades y negligentes sanitarios. En otros casos, gracias a Dios, ha habido médicos, que ellos mismos han confortado espiritualmente al enfermo llevándole la Sagrada Comunión. 

La vida es un don que siempre hay que agradecer, en los buenos momentos y en los de mayor debilidad, y cuando nuestra existencia se va aproximando a su final en esta tierra, al margen de nuestra juventud o ancianidad, nos debemos preparar para entregarnos con serenidad y confianza a la Pascua definitiva, al paso de esta vida a la resurrección.

Una preparación que aún siendo personal, no cabe duda de su gran riqueza en la vivencia comunitaria de la fe.

La Pastoral de la Salud, que en este tiempo de pandemia no ha podido desarrollar su misión con la libertad y cercanía deseables, es la forma concreta por la que la comunidad cristiana desarrolla esta vinculación con los enfermos y sus familias.

En nuestras comunidades parroquiales, trabajan desde hace años personas especialmente vocacionadas para esta misión. Hombres y mujeres que forman un gran equipo humano y cristiano, cuya sensibilidad y espiritualidad les impulsa a dedicar parte de su tiempo al servicio de los ancianos y enfermos.

Su trabajo consiste en visitar a quienes lo desean acercándoles la realidad de la comunidad parroquial, acompañando sus vidas y las de sus familias, atendiendo sus necesidades y también llevándoles la comunión como expresión de su vinculación a la vida de la Iglesia a la que siguen vitalmente unidos.

Pidamos en esta eucaristía por todos los enfermos, sus familias y aquellos que les dedican sus cuidados. Para que el Señor siga asistiéndoles con su amor y predilección a la vez que suscite en medio de nuestras comunidades cristianas personas que se sientan especialmente llamadas para esta labor.

 

sábado, 6 de mayo de 2023

DOMINGO V DE PASCUA

 


DOMINGO V DE PASCUA

7-05-23 (Ciclo A)

 

       Durante estos domingos de pascua, junto a los relatos evangélicos que nos narran la experiencia de encuentro con Cristo resucitado vivida por los discípulos, también se nos recuerdan aquellos momentos previos a la Pasión del Señor que releídos con este espíritu pascual, adquieren un significado bien distinto.

       San Juan en el evangelio que acabamos de escuchar nos vuelve a situar en aquel instante de la última cena con el Señor. En esa tarde donde Jesús abría su alma a sus amigos de una forma totalmente nueva, donde los gestos y las palabras dichas adquieren un significado sagrado de amor y entrega absolutos, el Señor va a unir en su persona tres elementos esenciales de nuestra fe.

       En la mesa donde se comparte la cena, el pan y el vino van a ser constituidos en su Cuerpo y Sangre entregados por toda la humanidad. Una acción de gracias a Dios y una bendición en las que Jesús promete su asistencia para siempre a fin de sostener la fe y la esperanza de sus amigos.

       Si la cena pascual de los judíos produjo de forma inmediata la liberación del pueblo de Israel  hacia una tierra nueva, la nueva Pascua instaurada por Jesús también nos saca de nuestra vieja humanidad condicionada por las limitaciones y miserias, para llevarnos a la vida en plenitud que nos ofrece la comunión con Jesucristo el Señor.

       En esa misma cena narrada por S. Juan, Jesús unirá al hecho de compartir su mesa el gesto del servicio y la entrega a los demás. En el lavatorio de los pies,  no se perpetúa una costumbre antigua de la tradición judía, ante todo se instaura un nuevo mandato, el del amor, que nos lleva a hacernos servidores de los hermanos buscando con especial afecto y ternura a los últimos y más necesitados de todos.

       Compartir la mesa de los hermanos nos impulsa a la misión de construir un mundo fraterno y justo, y esta unidad es de tal entidad, que si nos desentendemos de esta necesaria actitud vital de servicio y de entrega a los demás tampoco nos podremos encontrar con Cristo en su mesa de una forma digna y plena.

       Y el tercer elemento vivido en aquella cena pascual es el que hemos escuchado en el evangelio de hoy, la llamada a la esperanza en la resurrección; “no tengáis miedo, no perdáis la calma”. Quienes hemos compartido su mesa y vivimos conforme a su proyecto de vida entregados al servicio de los hermanos, tenemos asegurada una morada en su Reino.

       La cena pascual es preparación y fortaleza para lo que está por venir. Es verdad que en muchas ocasiones perdemos de vista esa perspectiva global de la fe, y la inmediatez de nuestros problemas, dificultades y sufrimientos, pueden empañar la visión de nuestros ojos impidiéndonos alcanzar con la mirada el rostro del Señor que nos sigue sosteniendo y esperando con ternura.

       Y es en esos momentos donde adquiere enorme importancia la vida de la comunidad cristiana. La fe vivida entre nosotros y compartida en cada encuentro oracional y celebrativo como este, nos ayuda a mantener viva la llama de la esperanza. Solos no podemos hacer nada, y una fe que se intenta esconder y vivir en soledad acaba por vaciarse de contenido y por perder su sentido vital.

       El tiempo pascual que estamos viviendo es también el tiempo de la Iglesia de Cristo. La experiencia narrada en los Hechos de los Apóstoles nos ayuda a comprender el porqué del empuje misionero y evangelizador de aquellos primeros discípulos del Señor. En ellos encontramos cómo las comunidades van creciendo, cuantos hermanos y hermanas se van sumando por la predicación apostólica, y cómo desde la unidad, la oración y la apertura al Espíritu Santo, es posible superar incluso las mayores penalidades de la vida.

       Hoy nosotros nos reconocemos herederos de esta verdad que con nuestra vida hemos de confesar y testimoniar a los demás. Las dificultades en las que nos vemos inmersos pueden ser similares o distintas a las de otras épocas, aunque en su raíz fundamental haya una clara coincidencia: la tentación de creernos autosuficientes y vivir prescindiendo de Dios.

       Por eso debemos también cuidar con esmero nuestra vinculación a la comunidad eclesial para evitar absolutizar los criterios personales, y buscar con honestidad la verdad que nos une como hermanos y nos ayuda a vivir con la dignidad de los hijos de Dios.

       Desde este sentimiento, agradecemos a Dios de forma especial el don del ministerio pastoral. La sucesión apostólica representa para la comunidad creyente la continuidad de la misión encargada por Cristo a su Iglesia, y la comunión entre los Pastores la garantía de la autenticidad evangélica.

       Hoy damos gracias de forma especial por nuestro Papa Francisco, por nuestro Obispo Joseba y por todos aquellos llamados para congregar a sus hermanos en la fe y el amor siguiendo así la misión encomendada por el Señor. Un servicio que conlleva una enorme entrega y sacrificio, y que sólo tiene sentido desde una fe profundamente asentada en Jesucristo y una confianza absoluta en la misericordia y el amor de Dios.

Que el Señor siga mandando obreros a su mies y todos vivamos nuestra vocación cristiana como un servicio a los demás de forma que germine, abundantemente, la semilla del Reino de Dios en medio de nuestro mundo.

sábado, 22 de abril de 2023

DOMINGO III DE PSCUA

 


DOMINGO III DE PASCUA

23-04-22 (Ciclo A)

 

El domingo pasado, destacábamos la actitud alegre como fruto de la experiencia pascual en la que vivimos los creyentes. Una alegría serena y realista que sin dejar de mirar la verdad de nuestro mundo, con sus permanentes oscuridades, no por ello se deja arrebatar el gozo que siente nuestro corazón al celebrar el triunfo de Cristo sobre la muerte.

Y esta alegría es posible mantenerla viva  si se alimenta constantemente del don eucarístico que hoy nos narra el evangelio.

Dos discípulos de Jesús, de quienes sabemos que uno se llamaba Cleofás, huyen de la Jerusalén hostil donde han matado al Señor. En su huída se encuentran desconcertados ante la compañía de un misterioso viajero que se les ha unido, y que les habla de la Palabra de Dios. La Sagrada Escritura y los acontecimientos pasados, son comprendidos e iluminados de una forma nueva y esperanzada, “les ardía el corazón”. En el encuentro con el Resucitado, descubren que la vida y la muerte de Jesús  es el resultado de una absoluta fidelidad a la voluntad de Dios, y Dios no dejará sucumbir el amor y la entrega generosa de quien era su propio Hijo, el Señor.

Esas palabras del compañero desconocido van a ser seguidas de un gesto fundamental, “Sentados a la mesa con ellos tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio”. Entonces, nos cuenta el evangelista, “a ellos se les abrieron los ojos y lo reconocieron”.

En la fracción del pan, reconocen a Jesús cuya Persona ha quedado para siempre vinculada al Sacramento de su amor.

Ahora se disipan las dudas y los miedos, sabiendo que el compañero de camino no era otro que el Señor resucitado, y ese encuentro fue tan real y evidente para ellos, que les cambió la vida para siempre.

Los que huían aterrados regresan a Jerusalén, porque el mensaje que deben dar a sus hermanos es mucho más importante que sus propias vidas. De hecho tienen la certeza existencial de que aunque esta vida conocida termine o se la arrebaten, Dios la llevará a su plenitud por la misma entrega de Jesús, el Cristo.

Como nos ha recordado el mismo S. Pedro en su carta, “Por Cristo, vosotros creéis en Dios, que lo resucitó y le dio gloria, y así habéis puesto en Dios vuestra fe y vuestra esperanza”. 

Nuestra fe se asienta en esta experiencia pascual que renovó las vidas de los apóstoles ayudándoles a superar las dudas y los miedos. Y es alimentada día tras día mediante la acogida de la Palabra del Señor y la celebración comunitaria de la fe cuya máxima expresión y vínculo con Cristo, se produce en la Eucaristía.

La Eucaristía, es mucho más que un recuerdo de algo que sucedió en el pasado, es la actualización en este momento de la historia, de la muerte y resurrección de Jesucristo. Hoy y aquí, Jesús se hace presente en el Pan y el Vino que mediante su consagración por medio de la acción del Espíritu Santo y de las palabras que el Señor pronunció en aquella tarde  del Jueves Santo, se convierte para nosotros en su Cuerpo y su Sangre entregados para nuestra salvación.

Por la escucha de su palabra alimentamos nuestra vida, sostenemos la esperanza y fortalecemos la fe que nos une. Compartir el pan que el Señor nos entrega, nos impulsa a asumir el mismo compromiso que adquirieron los discípulos, volver a la Jerusalén de nuestro entorno, y anunciar la Buena Noticia de la resurrección del Señor. Un anuncio que implica todo nuestro testimonio personal, y la entrega generosa y fraterna al servicio de nuestros hermanos más necesitados.

La comunidad eclesial que en este tiempo pascual vive gozosa la resurrección del Señor, no es ajena a la realidad sufriente de nuestro mundo. La alegría nunca puede ser plena cuando hay tantos rincones donde se padece y se sufre por causa de la injusticia, de la violencia y de la desigualdad.      

Y para descubrir estos espacios de oscuridad tampoco tenemos que ir demasiado lejos de nuestro entorno. Entre nosotros siguen existiendo pobres. Personas sin los recursos necesarios para subsistir con dignidad. Familias desesperanzadas por la falta de un trabajo, inmigrantes que no encuentran la oportunidad buscada y que muchas veces sufren el rechazo y la persecución, jóvenes esclavos de las drogas que los arroja a un pozo de miseria y marginación de donde les resulta imposible salir en su soledad, ancianos que soportan sus últimos años de vida en la soledad y el abandono.

Todas estas personas nos muestran el lado más doloroso y sufriente de la realidad, un calvario permanente donde sigue en pie la cruz de Jesús que sufre y padece a su lado.

En medio de ellos, los cristianos luchamos con denodada entrega para hacer que germine en sus vidas la semilla de la esperanza. Y aunque siempre hay necesidades que nos superan, también es justo acoger los signos de vida que por medio de la generosa solidaridad de las comunidades cristianas, se van desarrollando cada día.

Compartir el pan de la Eucaristía que el Señor mismo nos reparte, es un gesto elocuente  de la fraternidad que a todos nos une. Cristo resucitado sigue manifestando toda su misericordia y ternura en cada expresión de generosidad que nos lleva a compartir con aquellos que pasan necesidad.

Si nosotros reconocemos al Señor resucitado en este Pan Sagrado que cada día comulgamos ante su altar, pensemos que también nuestros hermanos necesitados le pueden reconocer con semejante claridad, si quienes nos confesamos cristianos prolongamos el amor de Cristo por medio de nuestra solidaridad para con ellos.

       Esta experiencia de fraterna comunión es lo que vamos a compartir en la eucaristía. Porque cada vez que nos reunimos para celebrar el misterio de la fe, es Jesucristo resucitado quien se hace presente en medio de nosotros. Que él siga sosteniendo nuestra esperanza y acrecentando nuestro amor, para que podamos entregarnos al servicio del evangelio, y así un día podamos participar de su misma mesa en el Reino prometido a todos los que él ama.