sábado, 6 de abril de 2024

DOMINGO II DE PASCUA

 


DOMINGO II DE PASCUA

7-04-24 (Ciclo B)

 

       Estamos inmersos en este tiempo gozoso que es la Pascua del Señor. El tiempo primordial en el que surge la Iglesia y con ella la experiencia comunitaria de una vida llena de esperanza y de gracia. Cristo ha resucitado, y este anuncio resuena de forma permanente en el corazón de aquellos que se sienten desbordados por la alegría de su fe.

       Jesús, el Señor, sigue vivo y presente en medio de nosotros, y aunque las realidades cotidianas empañen esta mirada con sus sombras y oscuridades, en el tiempo de pascua recuperamos el impulso necesario para fortalecer nuestra fe y nuestra esperanza. Porque Cristo vive podemos esperar una vida semejante a la suya, donde la muerte no sea el final del camino, sino el paso a la vida definitiva para la que hemos sido creados en el amor del Padre.

       La fiesta de la pascua judía, que en otros momentos fue compartida por los discípulos con Jesús, es vista ahora con ojos bien distintos. Antes era el recuerdo de una liberación pasada, de una experiencia rememorada por generaciones para agradecer la misericordia de Dios con su pueblo.

Pero la nueva Pascua protagonizada por Jesús abre el paso permanente para la vida en plenitud, donde la muerte es vencida para siempre. En muchas ocasiones el Señor les había anunciado este acontecimiento. Él tenía que seguir el plan trazado por Dios quien le había ungido con la fuerza de su Espíritu para anunciar la buena noticia a los pobres, la libertad a los oprimidos y a todos la salvación. Era el anuncio de su propia entrega pascual, abriendo con ella el camino a la humanidad entera, de manera que sea posible el paso de la opresión a la libertad, de la violencia a la paz, del egoísmo al amor y a la justicia.

Y ese paso definitivo, su pascua, se producirá al asumir ese proyecto de vida con todas sus consecuencias, soportando el rechazo, la negación y la traición, el odio y la injusticia más absolutas, haciéndose solidario con los crucificados de este mundo y padeciendo su misma suerte y su misma muerte en la cruz.

       El silencio del viernes santo se rompe de forma definitiva ante el estruendo de la gran noticia; ¡Cristo ha resucitado!, y ya la muerte no oscurecerá el horizonte de la humanidad, sino que se abre para ella la puerta de la vida en plenitud, la vida que no tiene fin y que es la palabra definitiva de Dios como destino último de la historia.

       Esta experiencia humana que sólo se puede vivir si hemos sido tocados con el don de la fe, supone para los cristianos, el centro de nuestra vida. Somos discípulos del Señor Jesús, muerto y resucitado, y nuestro mensaje, el evangelio que somos impulsados a anunciar, se resume en la transmisión de esta verdad fundamental.

        Sabemos que no estamos exentos de dudas y de momentos de oscuridad. La experiencia de los apóstoles del Señor nos muestra cuántas veces atravesaron ellos mismos por esas tinieblas que desconciertan y que dejan a uno en la más absoluta de las incertidumbres. Tomás no era menos fiel que los otros discípulos. El también quería de corazón a Jesús y le seguía con el mismo entusiasmo y autenticidad. Pero la evidencia del Calvario se le presentaba como la imagen imborrable que desgarra y ensombrece el alma haciendo difícil albergar cualquier esperanza.

       Ahora salen sus hermanos con esa alegría extraña diciendo que se les ha aparecido Jesús de forma clara, en persona. Que ha resucitado. Cómo creer que es verdad cuando él mismo lo ha visto colgado en el madero de la cruz, expirando su último aliento. Cómo dejar paso a la esperanza cuando todos huyeron despavoridos ante el tormento de su amigo y Maestro.

       Y sin embargo son ellos mismos, los temerosos del Gólgota los que ahora se muestran entusiasmados, transformados y renovados en su ánimo.

       Las palabras de Tomás ante el encuentro con el Señor, se han quedado en la comunidad cristiana como expresión de confianza y gratitud, “Señor mío y Dios mío”.

Sólo el encuentro con Jesús resucitado cambia la propia vida y la rejuvenece para siempre. Y este encuentro que en aquel momento se produjo de forma única e irrepetible, llega hasta nosotros a través de la comunidad cristiana.

       La sucesión apostólica y la transmisión de este testimonio de generación en generación, es lo que nos hace herederos de esta fe y portadores de una misma esperanza por medio del amor.

       También nosotros anhelamos ser una única comunidad cristiana con un solo corazón y una misma fe, al estilo de aquellos primeros cristianos cuya vida se entregaba con generosidad y afecto.

       Para ello hemos de hacer que el saludo pascual de Jesús “paz a vosotros”, sea el centro de nuestra vida comunitaria. La paz en el hogar, en la Iglesia y en el mundo es cauce de fraternidad, camino eficaz en la construcción de un mundo de hermanos y base de toda justicia.

       La paz tantas veces alterada y nunca instaurada por completo en medio del mundo, es para los cristianos una tarea permanente y un deber fundamental de nuestra fe en Cristo resucitado.

Por ello debemos dejar que la luz pascual ilumine nuestras vidas para tender puentes de encuentro entre los alejados, y superar las barreras que todavía separan a quienes estamos llamados a compartir un mismo futuro en concordia.

Pidamos en esta Eucaristía que el Señor nos infunda su paz, y que nosotros la acojamos con confianza y sin recelos. De este modo mostraremos con nuestro testimonio personal el camino que conduce a una vida de hermanos que con un mismo corazón y una sola alma, comparten su futuro en paz y esperanza.

viernes, 15 de marzo de 2024

DOMINGO V DE CUARESMA

 


DOMINGO V DE CUARESMA

17-3-24 (Ciclo B)

 

Llegamos al último domingo de cuaresma para dar paso inmediato a los días más intensos del tiempo litúrgico, y así nos vamos preparando para vivir el acontecimiento central de nuestra fe en la pasión, muerte y resurrección de nuestro Señor Jesucristo.

La Palabra de Dios que hoy se nos proclama, nos deja apreciar con claridad esa preparación en la misma vida de Jesús para asumir con fidelidad la entrega absoluta de su vida por amor a los hombres, sus hermanos.

Así, mientras que algunos siguen interesados en su persona por la curiosidad que en ellos despiertan sus palabras y gestos, otros sentirán el peso de la radicalidad a la que son llamados, renunciando a seguirle y abandonando el grupo de los discípulos del Señor.

Jesús va a ir enfrentándose en los momentos finales de su vida a la incomprensión de casi todos y al rechazo de muchos. Aquel Nazareno que tanto entusiasmo despertó por sus palabras llenas de autoridad y por sus signos colmados de esperanza, es rechazado al mostrar el verdadero camino que conduce hasta el Padre, la entrega, la renuncia y el servicio. Para dar el fruto que Dios espera, es necesario entregarse sin condiciones a su plan salvador, porque "si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo".

No hay caminos alternativos ni atajos que nos eviten la entrega personal si queremos de verdad seguir a Jesucristo. Tomar el camino del sentimiento egoísta indiferente para con los demás y soberbio ante Dios, sólo conduce a perder la vida, su sentido último y su plenitud.

Para seguir a Jesús no hay otro sendero que el andado por él. El camino de la renuncia personal, la búsqueda permanente de la voluntad de Dios y el amor desinteresado para con los hermanos.

El simbolismo del grano de trigo cuya fecundidad depende de su muerte al plantarse en la tierra, se llena de contenido al contemplar a Jesús clavado en una cruz plantada en el Calvario. Cristo es el grano de trigo fecundo que va a colmar abundantemente las aspiraciones de la humanidad, y en medio de la agitación que siente su alma por la misión que ha de asumir en este momento fundamental de su vida, escucha con claridad el respaldo definitivo del Padre "lo he glorificado y volveré a glorificarlo". Quien ve a Jesús ve a Dios, quien se une vitalmente a Jesús crucificado compartirá el gozo de Cristo glorificado.

Esta experiencia de fe es importantísimo renovarla constantemente en nuestro corazón porque las dificultades de la vida, los momentos de adversidad y la prueba que debamos superar en cada recodo del camino nos llevarán a sentir también en nuestra alma esa agitación y desasosiego del mismo Señor. No pensemos que para él fue mucho más sencillo que para nosotros mantener firme su ánimo y superar el dolor de las rupturas o del abandono de los suyos. Jesús era plenamente hombre como cualquiera de nosotros y durante los días santos que se nos acercan contemplaremos la durísima realidad por él vivida.

Pero Jesús sí tenía un asidero indeleble sobre el que sostener su vida, el amor del Padre y su relación íntima con él. La unidad existencial entre Jesús y el Padre Dios que ha acompañado toda su vida, se hace ahora más necesaria y consistente. Y son para nosotros garantía de que Dios también actúa en nuestra vida si vivimos, como Jesús, completamente entregados a él.

Cuando Jesús nos llama al seguimiento en su servicio, lo hace con una promesa firme, "donde esté yo, allí también estará mi servidor; a quien me sirva, el Padre le premiará".

Jesús no nos llama para seguirle a un destino incierto, su llamada es la vida en plenitud, a participar de su misma gloria, a compartir para siempre la realidad del Reino prometido, en una fraternidad universal de hijos e hijas de Dios.

Esta es la meta de nuestra vida para la cual nos vamos preparando a lo largo de la misma sabiendo que muchas veces tendremos que caminar entre luces y sombras, gozos y pesares, dudas y certezas. Pero tengamos muy presente que este camino no lo iniciamos nosotros, sino que lo transitamos tras las huellas de Aquel que nos amó primero y que entregó su vida por el rescate de todos.

Cristo, "a pesar de ser Hijo, aprendió, sufriendo, a obedecer". Su obediencia incondicional y absoluta al plan de Dios fue vivida con entrega y disponibilidad, sin renunciar al sufrimiento que muchas veces llevaba consigo. Porque la obediencia, cuando es veraz y generosa, asume con libertad los costes de la misma por puro amor y en la confianza plena en Dios.

La obediencia de Jesús "llevado a la consumación, se ha convertido para todos los que le obedecen en autor de salvación eterna". No seguimos los cristianos a un fracasado de la historia. Somos discípulos del único que ha sellado con su vida la alianza definitiva, y cuya ley ha sido escrita en nuestros corazones para darnos vida eterna.

En muchos momentos, las adversidades y las angustias nos pondrán ante la tentación del abandono, o la búsqueda de soluciones inmediatas que muchas veces nos deshumanizan y destruyen. Es precisamente en el momento de la prueba donde se manifiesta con verdad la categoría del individuo. Es en medio de la debilidad donde más necesario se hace mostrar la fortaleza y la coherencia con nuestra fe.

Pidamos en esta eucaristía, y en los días que nos quedan para vivir la alegría pascual, que el Señor cree en nosotros un corazón puro, como le hemos pedido en el salmo. Un corazón capaz de amar sin reservas a Dios, escuchando su llamada y poniendo por obra su voluntad. De este modo, con la vida renovada por completo, sentiremos de verdad la alegría de su salvación y así nos entregaremos con generosidad al servicio de nuestros hermanos, con quienes estamos llamados a transformar nuestro mundo en el reino de Dios.

sábado, 9 de marzo de 2024

DOMINGO IV DE CUARESMA - LAETARE

 



DOMINGO IV DE

CUARESMA

10-03-24 (Ciclo B)

"Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único, para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna".

En esta frase que hemos escuchado en el evangelio de hoy, se condensa con nitidez la obra y la misión de nuestro Señor Jesucristo, quien ha sido enviado por el Padre al mundo, no para condenarlo, sino para que se salve por él.

El cuarto domingo de cuaresma, llamado de laetare, "alegría", nos presenta en el horizonte la luz pascual donde se cumple de forma definitiva el plan salvador de Dios en la resurrección de Jesús.

Pero para llegar a la luz pascual antes hemos de superar el camino de las sombras y tinieblas, donde es preciso que vayamos transformando nuestra vida para posibilitar que emerja el hombre nuevo, cuya existencia se identifique plenamente con Cristo.

Vivimos sustentados por una promesa salvífica que nos ofrece la posibilidad de ser hijos de Dios. Esa promesa anunciada por los profetas y esperada por el pueblo de Israel, se ha hecho realidad en la persona de Jesús. "Él es el camino, la verdad y la vida". La Luz que pone al descubierto todas las obras y conductas del ser humano, para ayudarle a reconocer su desvío en el camino de forma que pueda retomar el rumbo que le conduzca hacia su plenitud en el amor.

La vida de Jesús ha sido un acompañamiento permanente en fraternidad. Asumiendo nuestra condición humana, el Hijo de Dios se hacía partícipe de nuestra debilidad, pero no para sucumbir bajo el peso del pecado y del mal, sino para mostrarnos que es posible superar esa realidad que nos deshumaniza si vivimos bajo la acción del Espíritu de Dios y nos dejamos modelar conforme a su voluntad de Padre.

Sin embargo en multitud de ocasiones hemos dado la espalda a su llamada. Hemos creído como el hijo pródigo que nuestra madurez se encuentra lejos del hogar paterno y que cuanto más lejos estamos de Dios más autónomos, libres e independientes somos. Nuestro egoísmo y soberbia nos llevan a vivir de espaldas a Dios ocultándonos de su mirada y huyendo de la luz que nos denuncia y delata.

Es la experiencia relatada en la primera lectura tomada del 2º libro de las Crónicas. El pueblo entero, con sus jefes y sacerdotes se habían pervertido con las costumbres paganas, viviendo al margen de la Alianza establecida con Dios, y creyendo que una vez llegado el tiempo del bienestar y bonanza, ya Dios no hace falta para nada.

En nuestros días bien podía esto asemejarse a la embriaguez de una sociedad acomodada en sus adelantos económicos y científicos, que se cree autora y dueña de la creación y que interviene sobre ella y sobre la misma humanidad conforme a los criterios que convengan en el momento. Así se va introduciendo en el camino de la insolidaridad para con los pobres, el proteccionismo egoísta de sus bienes, y la subordinación del valor de la vida humana conforme a los intereses del más fuerte.

Y cuando vivimos de espaldas a Dios, buscamos un ídolo al cual entregar nuestra voluntad y del que nos hacemos sus siervos. El ídolo del consumismo, de la violencia y del odio, que van transformando nuestra inteligencia en modas, nuestra libertad en esclavitud, nuestra ilusión en rutina vacía de esperanza.

En esta situación, somos llamados por el Señor a nacer de nuevo, a contemplar al Hijo del Hombre elevado como estandarte de salvación, "para que todo el que cree en él tenga vida eterna".

El hecho de que la voluntad universal de salvación que Dios nos ofrece sea obra de su amor gratuito, no nos exime de responsabilidades y de tener que dar una respuesta Clara a su favor.

La fe que nos salva es para nosotros tarea y compromiso; "el que cree en él, no será condenado; El que no cree, ya está condenado". Y estas palabras por muy duras que parezcan, no son sino la clarificación de las actitudes que a todos nos mueven.

El evangelio no habla de la increencia como algo involuntario en el hombre. Hay personas que no han conocido a Cristo, no por mala voluntad, sino porque nadie les ha anunciado el evangelio. A estos no se refiere el evangelista.

S. Juan con claridad expresa la causa de la condenación; "que la luz vino al mundo, y los hombres prefirieron la tiniebla a la luz, porque sus obras eran malas". Esta es la razón de su destino ajeno al amor de Dios.

Dios quiere que todos sus hijos se salven, pero ha puesto en nuestras manos la capacidad de tomar decisiones que abarquen toda nuestra existencia, y de las cuales somos los únicos responsables.

Hablar en nuestros días de pecado, de maldad, de condenación y perdición, parecen trasnochadas, e incluso en ambientes cristianos suscitan rechazo y se busca suavizarlas, cuando no relativizarlas. Y preferimos llevar una vida anodina que no nos produzca demasiados quebraderos de cabeza, y mucho menos nos meta el miedo en el cuerpo.

Cuando somos llamados a la conversión no se nos realiza una invitación al miedo o al terror, sino que somos convidados a vivir la alegría del encuentro en el amor y en la paz para con Dios y con los hermanos. Nadie ama por miedo. El amor sólo puede emerger desde la confianza, el afecto, la libertad y el respeto. Y la prueba del amor incondicional de Dios está en que ha enviado a su Hijo al mundo como camino de salvación. Pero a nadie le va a imponer seguir ese camino en contra de su voluntad.

La respuesta del hombre ha de ser libre y responsable, y si bien en su acogida afirmativa al amor de Dios encuentra su dicha y su gloria, en la negación está su condena, por duro que nos parezca el así decirlo.

Los cristianos participamos de la misma misión de Cristo. Y hemos de sentir como propia la tarea salvadora que el Señor inició con la instauración de su Reino. Si creemos de verdad que el Hijo de Dios ha venido al mundo para que el mundo se salve por él, nosotros, hijos de Dios en Cristo, debemos empeñar nuestra vida en esta misma labor, ser portadores de esperanza y de vida para nuestros hermanos.

Que él nos ayude para anunciar con ilusión su evangelio, de modo que por los frutos de nuestra entrega, otros puedan encontrarse con Aquel que tiene palabras de vida eterna.

sábado, 2 de marzo de 2024

DOMINGO III DE CUARESMA

 


DOMINGO III CUARESMA

3-3-24 (Ciclo B)

En nuestro recorrido cuaresmal, llegamos ya al ecuador de este tiempo de gracia, y en él, Jesús, que ha sido declarado el Hijo amado de Dios, va a vincular su cuerpo con el Templo del Señor, a la vez que anuncia su próxima muerte y resurrección.

Palabras que todavía no son comprendidas por sus oyentes, ya que lejos de interiorizar en su corazón el mensaje liberador de Jesús, siguen inmersos en sus cálculos, intereses y formas de vida ajenas al amor verdadero, y alejados de una auténtica conversión.

El gesto enojado de Jesús, echando duramente a los mercaderes del templo de Jerusalén, causa una enorme conmoción en la sociedad y en el entorno religioso, ya que templo y sacrificios, sacrificios y víctimas, víctimas y negocio, estaban profundamente unidos y en ocasiones seriamente confundidos.

Jesús no critica la práctica de la ofrenda a Dios, cumpliendo así la ley de Moisés en su autenticidad. Lo que no puede tolerar de ninguna manera, es el que esa práctica religiosa, que ante todo lo que debe buscar es reconocer la suprema voluntad divina y la escucha de la misma por parte del hombre, se haya convertido en un negocio que mancilla la ofrenda por la perversión de la actitud del oferente, que pretende negociar con Dios su propia salvación. "Habéis convertido mi casa en una cueva de bandidos". La casa de Dios, lugar de encuentro con el Señor, de oración y de caridad, de amor fraterno y de acogida de la Palabra de Dios para vivirla en fidelidad y coherencia, se había convertido en el mercado del cumplimiento vacío de unas prácticas, por las cuales se creían cumplir suficientemente con el Señor, olvidando el amor a los demás y la obediencia a la voluntad divina. Es la tentación permanente de cosificar a Dios y hacerle un instrumento a mi servicio.

La acción de Jesús viene a reivindicar la recuperación de la auténtica ley mosaica, poniendo al hombre en su sitio en su relación con Dios, y que se sintetiza en la misma afirmación divina; "Yo soy el Señor tu Dios... no tendrás otros dioses frente a mí".

Sin embargo, precisamente ha sido la continua tentación a echarse en manos de otros dioses, cayendo en el pecado de idolatría, lo que ha caracterizado la actitud humana.

Cuantas veces el hombre ha sustituido a Dios por los ídolos; Cuantas veces nos hemos erigido nosotros mismos en absolutos frente a Dios y a los demás. Con cuanta frecuencia escuchamos expresiones como "yo soy el dueño de mi vida, yo hago lo que quiero; yo determino el criterio ético y moral,..." Cuantas veces el hombre ha creído que su completa autonomía está lejos de Dios, como si éste fuera su enemigo.

Y sin embargo, cuanto mayor es la distancia que nos separa de Dios, mayor es el vacío, el sinsentido y el egoísmo que ahoga nuestra existencia. Porque si expulsamos a Dios de nuestra vida, inmediatamente abrimos las puertas a los ídolos que con falsas promesas de satisfacción inmediata, nos someten y esclavizan, a la vez que nos enfrenta y enemista con nuestros semejantes.

Sólo Dios puede ser tenido por absoluto si de verdad el hombre quiere sentirse libre y realizado, porque en la medida en que nos reconozcamos como criaturas fruto del amor del Creador, seremos plenamente aquello para lo que fuimos por él creados; ser hijos de Dios, en su Hijo Jesucristo y por lo tanto co-herederos de su Reino de amor y de paz.

Manipular la fe, comerciar con las cosas de Dios, pretender utilizar la fe para lograr algún beneficio, lejos de situarnos en el camino del seguimiento de Cristo, nos aleja de él.

Las prácticas religiosas, las ofrendas y las tradiciones, han de ser un vehículo para vivir una fe madura y auténtica, y no cosificarla.

La relación que el hombre establece con Dios, es una relación de amor paterno-filial, en la que la iniciativa siempre la ha tomado el Señor, y a la que nosotros hemos de responder con gratitud y confianza. Dios no nos ha creado para una relación de esclavos, sino de hijos, y por eso tampoco nosotros podemos acoger su llamada a la vida para vivirla desde el interés o el utilitarismo. Sólo una sana relación de respeto, de amor y de confiada obediencia al Señor, nos realiza como personas y como creyentes. Así la vivió el mismo Jesús, nuestro modelo y maestro.

Jesús siempre se nos ha manifestado en plena armonía con el Padre Dios, buscando los momentos de encuentro personal con él, en la oración de escucha y contemplación, atendiendo a su Palabra y viviendo conforme a su voluntad, porque como él mismo nos dice no ha venido para hacer su voluntad, sino la voluntad del que lo envió. (Cfr. Jn 5, 30b) Sólo a través de Jesús podemos establecer esta relación con Dios, y sólo la manera de relacionarse Jesús con el Padre es la adecuada para nosotros.

No busquemos otros sustitutos en el camino del encuentro con Dios. No nos engañemos pensando que al margen de Jesús, o por otra ruta distinta de él y de su Iglesia, podemos entablar una relación madura y auténtica con el Señor. No busquemos otros sustitutos en el camino del encuentro con Dios. No nos engañemos pensando que al margen de Jesús, o por otra ruta distinta de él y de su Iglesia, podemos entablar una relación madura y auténtica con el Señor.

Quien cree que su libertad y autonomía le impide aceptar una palabra distinta de la suya propia, lejos de abrir su corazón al amor, lo está cerrando a su egoísmo. Quien cree que su libertad y autonomía le impide aceptar una palabra distinta de la suya propia, lejos de abrir su corazón al amor, lo está cerrando a su egoísmo.

La ley dada a Moisés por Dios en el Sinaí, ha sido llevada a su plenitud por Jesús, que la ha superado con su entrega y amor absoluto a la voluntad del Padre. Ese amor que S. Pablo nos invita a vivir dando testimonio personal con nuestra vida.

La fe en Cristo es muchas veces necedad para quienes se sienten satisfechos con sus bienes materiales y sus logros personales.

Para otros que se han construido un dios a su medida, autocomplaciente y mudo, resulta escandaloso aceptar al Dios de Jesús que siempre nos interpela para liberarnos y vivir nuestra verdadera vocación humana.

Qué difícil es, mis queridos hermanos, para el corazón soberbio aceptar el don de Dios. Qué difícil para quien pretende ser él mismo el dueño de su vida abrir su corazón para que otro pueda entrar en él. Y sin embargo, cuando el hombre no se postra ante Dios que le ama como a un hijo, acaba arrodillándose ante la bestia que lo somete como a un esclavo.

Pidamos en este tiempo cuaresmal, que el Señor siga infundiendo en nuestra alma la sed de encontrarnos con él. Que nos ayude a retomar el camino hacia él, para vivir así una auténtica vida en plenitud, una vida asentada en la libertad de los hijos de Dios. Que nuestra Madre Sta. María, nos guíe en este caminar cuaresmal, para vivir la conversión personal y sentir el gozo del encuentro con el Señor y con los hermanos.

viernes, 23 de febrero de 2024

DOMINGO II DE CUARESMA

 

DOMINGO II DE CUARESMA

25-02-24 (Ciclo B)

En este segundo domingo de cuaresma, podemos centrar nuestra atención en la Palabra de Dios desde la pregunta planteada por San Pablo al comienzo de su carta, "Si Dios está con nosotros, ¿Quién estará contra nosotros?", o dicho de otra forma, si Dios sostiene nuestra vida, y descansa en él nuestra esperanza, ¿Quién
podrá romper nuestra paz y nuestra ¿Dicha?

Y sin embargo, a pesar de sentir muchas veces con intensidad esta experiencia personal de encuentro con Dios en el que nuestra fe sale fortalecida, podemos experimentar también pruebas fuertes donde sentimos que todo se tambalea.

Así nos situamos en la experiencia de Abraham. Un hombre que, según nos relata, la Biblia lo dejó todo para seguir la voluntad de Dios. Abandonó su tierra, se despojó de sus seguridades y se lanzó a la aventura de la fe, puesta en un Dios cuya única promesa fue la de darle una descendencia numerosa. Ciertamente esa promesa lo era todo, porque no olvidemos que el valor de los hijos, de la familia y del número de descendientes era la gran riqueza anhelada por todo hombre de aquel tiempo.

Y cuando Dios cumple su palabra y le da un hijo, le pide un imposible, que se lo ofrezca en sacrificio. Y aunque el relato del A.T. no nos deja entrever ningún atisbo de duda, y Abraham se dispone a cumplir fielmente este terrible mandato, no se nos escapa la dureza de aquella experiencia que rompía su alma. Es el momento de afrontar la prueba de la fe.

Algo similar vivieron los discípulos del Señor. Ellos habían dejado todo para seguir con entusiasmo al Maestro. A su lado fueron descubriendo una nueva forma de vida basada en la confianza plena en Dios y que Jesús iba transmitiendo desde su experiencia familiar e íntima con él. A su vez ese entusiasmo crecía por las palabras y los signos extraordinarios que Jesús realizaba, lo que les hacía confiar plenamente en la intervención definitiva de Dios en la historia para salvarla y transformarla en el Reino anunciado por el Señor, el Mesías.

Sin embargo también llegan para los discípulos los momentos de dificultad, de duda y de abandono. Justo antes de este relato evangélico que acabamos de escuchar, Jesús ha anunciado por primera vez la cercanía de su pasión, se ha enfrentado duramente a Pedro que intentaba persuadirle para que tomara otro camino, y acaba de advertir a sus discípulos que el caminar a su lado conlleva sacrificio, sufrimiento y servicio, de tal manera que "si alguien quiere venirse en pos de mi, niéguese a sí mismo, tome su cruz y me siga. Porque quien quiera salvar su vida la perderá; pero quien pierda su vida por mí y por el Evangelio, la salvará".

Son momentos de incertidumbre, de sopesar las apuestas realizadas y de asumir opciones fundamentales en la vida. Y así Jesús, como nos narra el evangelio de hoy, toma consigo a sus más cercanos y en la intimidad más absoluta les enseña la realidad de su ser, se transfigura ante ellos. Es decir, les abre el alma hasta el punto de mostrarse tal y como es en su realidad humana y divina, en la verdad de su persona unida a la del Padre Dios. Y en esa experiencia que desborda su capacidad de entendimiento, ven junto a Jesús a dos personajes que sustentan los fundamentos de su vida espiritual, Elías quien representa la profecía, y Moisés, quien recibe la ley de Dios. Profecía y ley, convergen en Jesús, sólo él es el "Hijo amado" de Dios, a quién el señor nos manda acoger y escuchar. Ya no hay más profetas, no hay más intermediarios que disciernan los signos de los tiempos. En Jesús Dios lo ha hablado todo, y no se ha dejado ninguna palabra por decir. De modo que su persona es ahora, y por siempre la Encarnación divina.

Y si en esta larga historia humana, hemos necesitado un pedagogo que nos ayudará a caminar, como dirá S. Pablo, y esa ayuda era la ley que nos marcaba los límites para no salirnos del camino y caer en el abismo. Jesús ha superado la ley por el amor. Un amor entregado hasta la muerte, y donde el Padre Dios no encontró la compasión que sí halló Abrahán para con su hijo Isaac.

San Pablo, buen conocedor de la historia sagrada de su pueblo, y meditando este episodio del Génesis que hemos escuchado en la primera lectura, llega a la certeza de que Dios ha pagado por nosotros un rescate demasiado elevado como para dejarnos de la mano o permitir que alguien nos arrebate de su lado.

Dios nos ha engendrado desde la muerte y resurrección de su Hijo, y el precio de nuestro rescate es la sangre vertida en la cruz por aquel a quien presentó ante el mundo como su "Hijo amado".

Nada, mis queridos hermanos puede apartarnos del amor de Dios, no hay excusas que justifiquen nuestra lejanía de su lado. Sólo nosotros podemos tomar semejante decisión. Sí, el cristiano que ha vinculado su vida a la del Hijo amado de Dios, a nuestro Señor Jesucristo, no puede temer vivir alejado de él, salvo que libremente tome esta decisión.

Las dificultades de la vida, los sufrimientos y penurias por las que podamos atravesar en un momento dado, no son causa suficiente para apartarnos del amor de Dios, porque por esas mismas realidades ya ha caminado Jesús, y en ellas nos ha mostrado que es posible seguir confiando en Dios, ya que su amor nunca nos deja de la mano.

No confundamos la realidad de nuestra limitación personal y como colectividad humana, con una dificultad insalvable para la fe. Porque la fe, cuando realmente existe, todo lo aguanta, lo soporta y lo supera, ya que la fe, como el amor, "cree sin límites, disculpa sin límites, aguanta sin límites", la fe que se sustenta en el amor, no pasa nunca.

La transfiguración del Señor, nos está ayudando, en medio de la pesadez del camino, a no dejar de centrar nuestra vida en la gozosa esperanza pascual. Si larga es la cuaresma de nuestra vida, y en ocasiones tendremos que soportar la amarga experiencia de la pasión, no dejemos de contemplar con confianza al "Hijo amado de Dios" que nos sigue sosteniendo y alentando desde su resurrección.

Así con esa serena esperanza, seguro que también podremos sentir lo "bien que se está aquí", a su lado, porque si centramos nuestra mirada en el Señor, y ponemos en sus manos nuestras vidas, seguro que las llevará a su plenitud.

Vivamos este tiempo de gracia de forma fecunda, para que así seamos en medio de nuestro mundo, fermento de esperanza y consuelo para nuestros hermanos.

viernes, 16 de febrero de 2024

DOMINGO I DE CUARESMA

 


DOMINGO I DE CUARESMA

18-2-2024 (Ciclo B)

       Un año más el año litúrgico nos ofrece vivir este tiempo cuaresmal como una nueva oportunidad para abrir nuestras vidas al Señor: “Se ha cumplido el plazo, está cerca el Reino de Dios. Convertíos y creed la Buena Noticia”.

       Conviene desde este primer domingo ir desgranando lo que va a ser nuestro recorrido cuaresmal, preparar esta entrada en el desierto de nuestras vidas para aprovechar el momento personal, social y eclesial a fin de transformar nuestros corazones y poder celebrar así el misterio central de la fe de forma plena y renovada.

       Nos adentramos en el desierto cuaresmal para que libres de lo superfluo, lo innecesario, aquello que tal vez nos estorba e incluso entorpece, podamos centrar nuestra mirada en Dios y acoger con gratitud su mensaje de esperanza.

       Esta ha de ser nuestra primera actitud cuaresmal, la gratitud.

       Para agradecer hay que recordar, recuperar la memoria personal, familiar y social, y ver que en medio de las penalidades de nuestra vida, a pesar de descubrir un mundo que no es ni mucho menos el Reino de Dios esperado y anhelado por la humanidad, sin embargo sí hemos tenido presencias del Señor que han suscitado en nosotros esperanza y gozo, y han fortalecido nuestra fe y sostenido el ánimo en medio de la adversidad.

       Con los ojos de la fe, los cristianos podemos descubrir que es Dios mismo quien nos alienta en cada circunstancia de la vida, y que sólo en él encontramos la razón para seguir caminando por el sendero de la justicia, la verdad y la paz, rechazando las tentaciones de optar por caminos que nos puedan hundir en el individualismo, la venganza o la indiferencia para con los demás.

Los cristianos tenemos por delante un tiempo en el que debemos mirar en profundidad nuestras vidas, desde la verdad y la confianza. No tenemos ninguna necesidad de enmascarar lo que somos, porque la única mirada que descansa sobre nosotros es la nuestra y la de Aquel que nos ama por encima de todo. Debemos reconocernos en la verdad de lo que somos para apuntalar bien nuestro edificio personal, descubriendo dónde están nuestros anhelos, cuáles son nuestras ambiciones, y en qué ponemos las ilusiones y los deseos. De este modo podremos descubrir si nuestra vida asienta sus cimientos sobre la roca de la fe en Jesucristo, o si por el contrario se sustenta sobre las arenas del egoísmo, donde lo material y el bienestar personal ocupan demasiado espacio en el corazón cerrándolo a Dios y a los hermanos.

Debemos preguntarnos también cuáles son nuestros sentimientos ante los problemas y retos del presente. Es la Palabra de Dios la que ilumina nuestras opciones personales, la toma de las decisiones, el ejercicio de nuestras responsabilidades sociales, o por el contrario nos dejamos fácilmente influenciar por los criterios individualistas o ideológicos ajenos a la fe y a los valores que del evangelio se desprenden.

Esta mirada sincera a la profundidad de nuestro ser nos ha de llevar a vivir este tiempo con confianza. La cuaresma no es el aguafiestas de la vida. No es un tiempo de prohibiciones ni de amarguras. Es el tiempo del encuentro gozoso con el Señor que nos ama y anima a vivir en plenitud la existencia que nos ha dado a cada uno de nosotros. Y porque nos ama, nos llama para que retomemos el camino hacia él.

Una llamada a renovar nuestra vida para que desarrollemos en ella todo lo bueno que el Creador nos ha regalado. No olvidemos, que al igual que a Jesús, es el Espíritu Santo el que nos empuja al desierto.

       Es el Espíritu de Dios quien nos mira y nos enfrenta ante el espejo de nuestro ser, no para reprochar infecundamente nuestra existencia, sino para motivar el cambio y el reencuentro con nuestra auténtica dignidad de hijos, y recuperar así la semejanza perdida por el pecado.

       Durante este tiempo busquemos espacios de soledad y recogimiento donde orar y escuchar la Palabra de Dios. El no condena ni humilla, no pide sacrificios ni imposibles, sólo espera que recuperemos las riendas de nuestra vida, nos liberemos de las ataduras que todavía nos sujetan a esta forma de vivir materialista y superflua, y nos dejemos conducir por su mano bondadosa a fin de recuperar nuestra libertad y responsabilidad ante Dios y ante los hermanos.

Tal vez la primera tentación que debemos superar es la de la apatía o el dejarnos llevar por la corriente ambiental. Ciertamente nuestro mundo presente no es muy dado a crear espacios de silencio y de reflexión personal, por eso el esfuerzo a realizar es mayor. El ruido que se impone en el ambiente, donde hay tantas palabras vacías e interesadas, nos envuelve y confunde. Por eso se hace tan necesario descansar nuestros oídos en Aquel que tiene palabras de vida eterna. Y un instrumento que en este tiempo puede ayudarnos a profundizar en el diálogo con el Señor, es su propia Palabra, la Sagrada Escritura cuya lectura y meditación son insustituibles en la vida espiritual de todo cristiano. Busquemos espacios tranquilos y sosegados para acercarnos a ella, tanto de manera personal como familiar.

       Pidamos hoy al Señor que nos ayude a caminar por este desierto cuaresmal del mismo modo que él lo hizo, dejando hablar al Padre Dios, escuchando su voz y descubriéndole en los acontecimientos cotidianos. De este modo sentiremos la invitación de su llamada a la conversión personal, y acercándonos con humildad al sacramento de la reconciliación, bálsamo reparador por su amor, sanar toda nuestra vida con la fuerza de su misericordia.

Que la austeridad, la oración y la caridad actitudes que el evangelio nos urge a integrar en nuestra vida, nos ensanchen el corazón para vivir este tiempo con esperanza y provoque en nosotros signos fecundos de auténtica conversión, desde los cuales anunciar a Jesucristo en medio de nuestro mundo, con la fuerza y el gozo del Espíritu Santo.

 

jueves, 1 de febrero de 2024

DOMINGO V TIEMPO ORDINARIO

 


DOMINGO V DEL TIEMPO ORDINARIO

4-2-24 (Ciclo B)

 

Hoy es el día del Señor, en el que nos acercamos a nuestra comunidad cristiana para sentir este remanso de paz que nos ofrece la Palabra de Dios y ante la cual contemplamos nuestras vidas desde el gozo inmenso que nos produce el seguimiento de Cristo.

Así nos introducimos en la escena narrada en el evangelio, identificándonos con aquellos discípulos que acompañaban al Señor, descubriendo a un Jesús inagotable ante la ardua tarea de llevar la buena noticia de Dios a todos los rincones de su tierra. Un Jesús que escucha la voz de los necesitados, que se acerca a los enfermos y oprimidos, que libera y sana, y que permanentemente expulsa los demonios interiores que esclavizan y someten la voluntad del ser humano.

Y en esta jornada que compartimos a su lado, también observamos a un Jesús contemplativo, que busca sus momentos para orar y estar más cerca del Padre Dios. Esa es la fuente en la que sacia su sed y donde repara sus fuerzas. Sólo desde la plena confianza e intimidad con Dios, podemos explicarnos el tesón con el que afronta su destino y la autoridad que en todo momento transmite desde la coherencia de su vida.

La oración es para Jesús ese tiempo de encuentro y diálogo con Dios Padre. En ella relee cada día y cada acontecimiento, comparte su experiencia de gozo y de rechazo, se siente confortado para seguir adelante y a la vez pacificado para poder entregarse con absoluta libertad, a pesar de las amenazas y persecuciones que padezca.

Al contemplar el rostro de Dios, pone en su presencia a todos sus hijos más débiles y a quienes va ganando para la causa del Reino. No está solo, sus discípulos y muchos más van acogiendo el proyecto de vida de las bienaventuranzas y toman como senda la justicia, la fraternidad y la paz. En la oración, Jesús pone ante Dios sus preocupaciones y dificultades, sus desvelos y abandonos, pero sobre todo en ese encuentro con Dios colma de dicha y de su fortaleza alma para seguir con entusiasmo y fidelidad la misión que se le ha encomendado.

Esta experiencia también la hemos de vivir nosotros para poder sentirnos acompañados por el Señor en cada momento de nuestra vida, para ser fieles transmisores del evangelio de Jesucristo; "¡Ay de mí si no anuncio el Evangelio!" exclama el apóstol San Pablo en la segunda lectura que hemos escuchado. Esta es la misión fundamental de todo creyente. Anunciar la Buena Noticia de Jesucristo en cada acontecimiento y situación que nos toque vivir. Toda acción de la Iglesia ha de estar orientada a esta finalidad, a evangelizar. Nuestras reuniones de grupos, nuestros encuentros de formación, las acciones solidarias y caritativas, los compromisos sociales y políticos, las celebraciones litúrgicas y sacramentales, toda la vida de la Iglesia encuentra su razón de ser en el anuncio del Evangelio.

Los cristianos tenemos que ser mensajeros de la Buena noticia que hemos recibido del Señor y que es donde se asienta nuestra esperanza. Un anuncio que comienza por el testimonio personal, que debe explicitarse con claridad en la transmisión de nuestra fe, y que además se ha de materializar en el compromiso de nuestra vida para la construcción del Reinado de Dios.

Muchas de las cosas que hacemos son importantes, pero lo fundamental es el porqué las hacemos y quién anima nuestra fe y caridad.

Somos mensajeros del amor de Dios manifestado en Jesucristo, y que a través de su palabra hemos de seguir ofreciéndolo al mundo como camino, verdad y vida. Este ha sido el testimonio de los santos y de los mártires a quienes tantas veces recurrimos como intercesores y ejemplos de vida. Ellos dieron su vida por amor a Cristo y a los hermanos, especialmente a los más necesitados, y esa entrega es para la Iglesia, modelo de vida y de seguimiento del Señor.

El creyente en Jesús ha de vivir esas actitudes del maestro; entregarse a los necesitados, a los pobres y enfermos, a los más desamparados y marginados. Pero ha de ser este un servicio y una entrega que se nutren de la oración y del encuentro personal con Dios. Jesús mantenía esa relación estrecha con el Padre, y a través de la oración encontraba luz en su camino y fortaleza para entregar toda su vida a los demás.

Descubrir nuestro ser creyente en la tarea evangelizadora nos llenará de gozo y nos mostrará la fecundidad del amor de Dios en la entrega a los hermanos. Descubrir nuestro ser creyente en la tarea evangelizadora nos llenará de gozo y nos mostrará la fecundidad del amor de Dios en la entrega a los hermanos.

Necesitamos hoy quien acoja esta labor con entusiasmo y confianza. Desde la clara conciencia de que no somos dueños del evangelio sino sus servidores, pero siendo conscientes también de la necesidad de nuestro trabajo, "porque la mies es mucha y los obreros pocos". Por esta razón debemos seguir alentando a tantos hermanos nuestros con quienes compartimos la fe, que se animen a entregar parte de su tiempo al servicio de la comunidad eclesial. Porque todos somos necesarios en esta tarea evangelizadora y es el mismo Jesús quien nos envía como misioneros en medio de nuestras familias, trabajo y ambiente social.

Pidamos también al Señor que siga suscitando personas entregadas a la comunidad para el bien de los hermanos. Hombres y mujeres que desde la llamada a la vida religiosa y al Ministerio Sacerdotal se entreguen al servicio de las comunidades cristianas para congregarlas en la fe, animarlas en la esperanza y mantenerlas siempre en el amor y la comunión eclesial. Personas que haciéndose cercanas a los demás, y en especial a quienes sufren, sean siempre un testimonio del amor y la entrega de Jesucristo en favor de toda la humanidad.

Pidamos hoy al Señor que nos ayude a tener los mismos sentimientos que S. Pablo; vivir la fe con la plena conciencia de nuestra responsabilidad y con el gozo de sentirnos agraciados por el amor de Dios que siempre nos acompaña y fortalece. Porque Como nos enseña el apóstol "todo lo que hacemos por el evangelio, nos ayuda para participar también nosotros de sus bienes".