jueves, 23 de julio de 2020

SOLEMNIDAD DEL APÓSTOL SANTIAGO



SOLEMNIDAD DEL APÓSTOL SANTIAGO
25-7-20
       Celebramos hoy con alegría la fiesta de nuestro Santo Patrono, el Apóstol Santiago, Titular del primer templo diocesano, esta S.I. Catedral, y de la Villa de Bilbao. El primero de los apóstoles del Señor en sellar su fiel seguimiento de Cristo con el martirio. Como hemos escuchado en el texto de los Hechos de los Apóstoles, su tesón, su entrega y su lealtad por la causa de Jesucristo, hace que sufra las iras del rey Herodes y sea ejecutado.
       Su muerte será el comienzo de una dura persecución contra los discípulos y seguidores de Jesús, pero que en vez de acabar con la llama de la fe, será el riego fecundo de una tierra que vería crecer con vigor la semilla del Reino de Dios instaurado por Jesucristo, el Señor.
       Desde aquellos tiempos apostólicos, hasta nuestros días, han transcurrido muchos siglos, con sus noches oscuras y días de luz para la historia de la Iglesia y de la humanidad entera. Pero siempre, y a pesar de las dificultades y penurias por las que nuestra familia eclesial ha podido atravesar, la fe de los apóstoles, su vida y su obra, son el fundamento y el ejemplo de nuestro seguimiento actual de Jesucristo.
       De Santiago sabemos muchas cosas conforme a los textos neotestamentarios; era pescador, el oficio de su familia, de posición acomodada dado que su padre Zebedeo tenía jornaleros; su recio carácter le hizo merecedor junto a su hermano Juan, del sobrenombre de “los hijos del trueno” (Boanergers). Como también hemos escuchado en el evangelio, su madre, Salomé pretendía situar a sus hijos en los puestos principales en ese reino prometido por Jesús y muy mal entendido por ella. Lo cual les acarreó las críticas de los otros diez discípulos, más por envidia que por virtud, ya que todavía no comprendían bien el alcance del mensaje del Señor.

       Y al margen de las anécdotas, lo fundamental es que era amigo del Señor. Santiago pertenecía junto a su hermano y Pedro, a ese círculo de los íntimos de Jesús. Él será testigo privilegiado de los hechos y acontecimientos más importantes en la vida del Maestro; asiste a la curación de la suegra de Pedro; está presente en el momento de la transfiguración, en el monte Tabor; es testigo de la resurrección de la hija de Jairo; y acompañará a Jesús en su agonía, en Getsemaní.
       Pero Santiago también vivirá de cerca los momentos de amargura, el prendimiento de Jesús y la huída de todos ellos. Conocerá en su corazón el dolor de haber abandonado a su amigo y el don de su conversión motor y fuerza de una nueva vida entregada por completo al servicio del evangelio y a dar testimonio de la resurrección de su Señor.
       La tradición que vincula a Santiago con nuestra tierra se remonta a los primeros tiempos de la expansión cristiana por el mundo, hasta hacer de su sepulcro en la ciudad  Compostelana, lugar de encuentro universal de culturas y razas unidas por una misma fe.
       Precisamente esta devoción popular nos ha situado a nosotros desde antes de la fundación de nuestra villa de Bilbao allá por el año 1300, en paso obligado a los que desde la costa peregrinaban a Compostela. Y así de los cimientos de aquella primitiva iglesia de Santiago, se edificaría la que hoy es nuestra Catedral, colocando el origen y el final de este largo peregrinar, bajo el patrocinio del mismo apóstol, quien por petición del Consistorio municipal al Papa Urbano VIII,  se convirtió en patrono principal de la Villa de Bilbao en el año 1643.
Y en un mundo como el nuestro tan necesitado de referentes que nos ayuden a conducir nuestro destino desde criterios de amor, de justicia y de paz, damos gracias al Señor por tener a su santo apóstol como intercesor.
       Santiago experimentó en su corazón una gran transformación que le llevó a cambiar su existencia de forma radical para configurarse a Jesucristo. Su oficio de pescador lo cambió por el de misionero y pastor del pueblo a él encomendado. De aspiraciones y pretensiones de grandeza, pasó a buscar sólo la voluntad de Dios y ponerla por obra.
       De esta forma el que en la vida buscaba la gloria llegó a alcanzarla aunque por un sendero bien distinto al soñado en sus años de juventud. Y el poder que en su momento ambicionó lo transformó en servicio y entrega generosa, en el amor a Dios y a los hermanos.
       Nadie es tan poderoso como aquel que siendo completamente libre y dueño de su vida, es capaz de entregarla a los demás movido, únicamente, por la fuerza del amor en el Espíritu del Señor. Las ambiciones, los honores y el prestigio son efímeros y muchas veces engañosos, porque nos hacen creernos superiores a los demás y en el peor de los casos, como nos ha advertido Jesús en el evangelio, el mal ejercicio de ese poder lleva a algunos a erigirse en tiranos y opresores.  Quienes son portadores del poder temporal deben ejercerlo con mayores cotas de responsabilidad, servicio y coherencia, ya que siempre deberán dar cuentas del mismo a su pueblo y a Dios. Y quienes anhelan servir de este modo a la sociedad, en el presente tan complejo que nos toca vivir, han de contar no sólo con el apoyo de sus conciudadanos, sino sobre todo con la fuerza y la sabiduría que proviene del Señor de la justicia, del amor y de la paz.
       En un tiempo donde los conflictos entre las personas y los pueblos siguen provocando dolor y angustia a tantos inocentes, se hace muy necesario el surgimiento de una auténtica vocación de servicio público que lejos de buscar el propio beneficio, se entregue de manera generosa a la consecución del bienestar de sus semejantes, siendo especialmente sensibles con los más indefensos y necesitados. Por eso pedimos con frecuencia por nuestros gobernantes, para que el Señor les ilumine en su difícil misión de ser quienes nos conduzcan por el camino del bien.
En esta fiesta nos congregamos no sólo los fieles cristianos que habitualmente celebramos nuestra fe en el hogar comunitario de la parroquia; hoy también nos reunimos representantes de instituciones públicas y privadas, del consistorio y de asociaciones relacionadas con la devoción a Santiago y su camino compostelano.
Todos compartimos los mismos deseos de trabajar por una sociedad construida sobre los valores irrenunciables de la libertad, la justicia y la paz, desde las legítimas y plurales ideas, siempre que sean cauce de cuidado y respeto a la dignidad de la persona. En esta labor no sobran brazos, y los cristianos tenemos además una razón de más que brota de nuestra fe en Jesucristo que nos envía a ser testigos de su amor y de su esperanza en medio de nuestro mundo.
       Todo ello hoy lo ponemos a los pies del apóstol Santiago para que siga velando por quienes honramos su memoria con filial devoción. Que nos ayude a fortalecer los vínculos de hermandad entre todos los pueblos que lo celebran como su patrón, que nos anime en la construcción de una convivencia en paz y concordia, y que tomando su vida como ejemplo y estímulo, seamos fieles seguidores de Jesucristo, nuestro único Señor y Salvador.



sábado, 18 de julio de 2020

Artículo publicado en Periodista digital 18.7.2020 - ÍNTEgro

EL ENCIERRO DE SOCIEDADES ENTERAS FUE UNA DECISIÓN CATASTRÓFICA QUE CAUSÓ UN DAÑO ENORME Y NINGÚN BENEFICIO

Expertos de prestigio dicen que el Sars-Cov-2 no es un virus asesino y denuncian la campaña mediática para crear miedo

Expertos de prestigio dicen que el Sars-Cov-2 no es un virus asesino y denuncian la campaña mediática para crear miedo
La manipulación mediática hace más daño que la bomba atómica, porque destruye los cerebros”. Son palabras que Noam Chomsky pronunció hace años, pero que estos días adquieren un valor renovado por las bombas de racimo que día a día nos lanzan los medios de comunicación al servicio del sistema a propósito de la pandemia política. Me veo obligada a decir, una vez más, que estamos ante una crisis política, no sanitaria. Lo venimos advirtiendo hace tiempo, no porque seamos adivinos, sino por el mero análisis geopolítico de los acontecimientos. No hace falta saber mucho de virus para  deducir que toda esta situación no es sino un escenario ad hoc para la actuación del cuadro de actores dirigidos por los ejecutores del Nuevo Orden Mundial. ¡Es hora de despertar!
A lo largo de estos meses, hemos criticado en cada artículo las dosis de miedo insuflado en vena, día tras día, hora tras hora, con el número de muertos, la peligrosidad del Sars-Cov-2, responsable de la Covid-19, el uso de la mascarilla, el confinamiento, y los partes de guerra con señores de uniforme y galones para amenazarnos desde todos los ángulos: con la enfermedad y la muerte por un lado, y la policía y las multas por otro. Solo nos quedaba aplaudir por el balcón y ser obedientes para obtener el título de buen ciudadano, como en la hipotética república platónica o en la actual China totalitaria. ¡Es hora de despertar!
A estas alturas, no deben cuadrarles las cuentas y andan buscando contagiados y asintomáticos, señalando sospechosos y confinando edificios para mantener viva la mentira. Incluso han enviado al ejército, no sé si con tanques o solo con los fusiles. El caso es crear noticia y que el miedo no decaiga. Por eso la amenaza constante del rebrote y de otro posible confinamiento, cosa que, salvo algunos grupos “despiertos”, muchos ciudadanos están pidiendo a gritos para sentirse a salvo. Es la prueba de que la sociedad está muy enferma, sumida en la ignorancia, contagiada de otro tipo de virus, aparte de padecer un síndrome de Estocolmo agudo. ¡Es hora de despertar!
En estos meses extraños, paralelamente a nuestra visión de los hechos hemos ido dando opiniones de expertos, no de los expertos al servicio del sistema y los gobiernos de turno, sino expertos de verdad que solo se deben a su código deontológico y a la verdad. Ellos han ido dando a lo largo de estos largos meses, su visión científica –no interesada— sobre el uso de mascarillas, las cuarentenas y los confinamiento masivos, la psicosis colectiva, el miedo infundado, la letalidad del virus y la campaña de desinformación de los medios de comunicación. Vamos a refrescar estas ponderadas opiniones, que si bien ya nos hicimos eco de ellas y haber sido publicadas en otros medios, nunca está de más una pincelada de cordura, en medio de tanta sinrazón. Vamos con el panel de expertos:
Klaus Püschel, Jefe de Medicina Forense del Hospital Universitario Hamburgo-Eppendorf nos impresionó por sus palabras contundentes en dos entrevistas en sendos programas prime time de dos cadenas de TV de Alemania. El doctor, a diferencia de lo ocurrido en otros lugares, entre ellos España, hizo autopsias a todos los muertos con el virus en Hamburgo. Su conclusión es que la Covid-19 es una enfermedad mortal solo en casos excepcionales. En la mayoría de ellos es una infección viral mayormente inofensiva. Cuando la periodista de televisión le preguntó qué había encontrado en los cuerpos muertos por Covid-19, contestó con rotundidad que en el cien por cien de los casos había encontrado las patologías serias preexistentes que produjeron la muerte de los pacientes. Explicó que es completamente inapropiado hablar de un virus asesino o decir que esto es como una guerra. Asegura que el coronavirus está afectando a la sociedad de una manera completamente inapropiada y exagerada. “Es el miedo lo que siempre carcome a las almas”, dice,  y añade que no tenemos que estar especialmente atemorizados, ya que hay muchos otros peligros normales en la vida que nos afectan mucho más.
El profesor Joel Kettner dijo al respecto en una entrevista en la CBC: “Nunca había visto algo así, nada parecido a esto. No estoy hablando de la pandemia, porque he visto unas treinta, una cada año, se llama gripe… y otros virus de enfermedades respiratorias que no siempre sabemos cuáles son, pero nunca he visto esta reacción y estoy tratando de entender por qué. El profesor Kettner es Director Médico del Centro Internacional de Enfermedades Infecciosas de Manitoba y exdirector de Salud Pública.
El profesor Knut Wittkowsky es un destacado epidemiólogo de Alemania, que fue durante veinte años jefe de Bioestadística,  Epidemiologia y diseño de investigación en el Centro de Ciencias clínicas y relacionales en la Universidad Rockefeller, aparte de haber trabajado durante quince años con Klaus Dietz, destacado epidemiólogo de la Universidad de Tubinga. El profesor Wittkowsky fue de los primeros en decir que el peligro del Sars-Cov-2, causante de la Covid-19 es comparable al de una gripe. Sobre la cuarentena, dice que aparte de que el pico ya se había superado en la mayoría de los países antes de encerrar a los ciudadanos, insiste en que el encierro de sociedades enteras fue una decisión catastrófica que causó un daño enorme y ningún beneficio, puesto que todas la medidas fueron contraproducentes, y añade que en lugar de cuarentenas, distanciamiento social, cierre de escuelas, mascarillas, pruebas masivas y vacunas, la vida debería haber continuado con normalidad para desarrollar la inmunidad de la población lo más rápido posible. Apunta que la medida más importante es la protección de los hogares de ancianos. Preguntado sobre la vacuna dice que no es necesaria.
La opinión del profesor Michael Osterholm, director del Centro de Investigación y Política de enfermedades infeccionas de la Universidad de Minnesota es muy similar. Insiste en que hay que proteger solamente a los vulnerables y dejar que el resto de la población con riesgo prácticamente nulo continúe con su ritmo normal de vida y vaya generando la llamada inmunidad de rebaño. Dice que la idea del confinamiento es insostenible y perjudicial.
Klaus Kohnlein, médico internista de la Universidad de Kiel, Alemania, declaró que las pruebas PCR no son fiables –como hemos apuntado en un artículo anterior— y asegura que son usadas para alimentar la falsa pandemia. Es autor del libro, publicado en 2007, Virus Mania. How the Medical Industry Continually Invents Epidemics, Making Billion-Dollar Profits at our Expense (Virus manía. Cómo la industria médica inventa continuamente epidemias y obtiene ganancias de miles de millones de dólares a nuestra costa. Grave. Sin más comentarios.
El doctor Pietro Vernazza, médico jefe de infectología de Suiza declaró que la epidemia es leve para la gran mayoría de las personas y que la mayoría de las muertes que figuran en la estadística no se deben únicamente al coronavirus sino al resto de patologías preexistentes. Hace hincapié en la protección individual de las personas de riesgo e incide en que alcanzar la inmunidad de grupo también protege a las personas vulnerables.
El doctor John Oxford es virólogo y profesor de la Universidad de Londres, además de un destacado experto en gripe, incluida la gripe aviar y la gripe española de 1918 y el VIH (sida). Dijo al respecto: “Veo este brote de Covid-19 como una epidemia fuerte de gripe”. Y reconoció que estamos  sufriendo una epidemia mediática.
El premio Nobel y profesor de biología de la Universidad de Stanford, doctor Michael Levitt, también dice que la cuarentena es un enorme error e insiste como sus colegas en la protección para las personas de riesgo.
El reconocido experto en Salud Pública de la Universidad  de Yale, doctor David I. Katz, explica que para salvar muchas más vidas en esta pandemia debemos remplazar la dañina cuarentena general por una estrategia de protección a los vulnerables y dejar trabajar y producir a los que tienen un riesgo prácticamente nulo.
El profesor Hendrik Streeck, epidemiólogo y Director del Instituto de Virología de la Universidad de Boom, Alemania, dice que la cuarentena se aplicó mal y que sus datos muestran que la tasa de letalidad de infección del Sars-Cov-2 es mucho menor que la supuesta. Opina que es erróneo esperar a una vacuna.
Scott Atlas es profesor médico investigador de la Universidad de Stanford. En un artículo de su puño y letra publicado en abril en el diario The Hill, con el título “Llegaron los datos, paren el pánico y acabemos con el aislamiento total”, compartido más de un millón de veces, dice que quienes piden continuar con el bloqueo, ignoran cinco puntos clave: 1) La gran mayoría de las personas no tienen un riesgo significativo de morir por Covid-19. 2) Proteger a las personas mayores en riesgo para eliminar el colapso de los hospitales. 3) Las políticas de confinamiento impiden conseguir la inmunidad de grupo prolongando el problema. 4) Hay personas muriendo porque no están recibiendo atención médica debido a “proyecciones hipotéticas”. 5) tenemos una población en riesgo claramente definida que puede ser protegida con medidas específicas.
El profesor Johan Giesecke, epidemiólogo de Suecia, fue durante años el primer jefe científico del Centro Europeo para la Prevención y el Control de Enfermedades, expresa en varios artículos de la prensa sueca que la cuarentena no es una medida que esté basada en la evidencia y, por tanto, no es una medida científica. Lo correcto es proteger a la pequeña minoría vulnerable, para propiciar la inmunidad de la sociedad, y añade que la Covid-19 es, en general, una enfermedad leve, similar a la gripe, y que fue la alarma creada lo que asustó a la gente.
El profesor Sucharit Bhakdi es médico especialista en microbiología y epidemiología de infecciones. Dirigió el Instituto de Microbiología e Higiene de la Universidad Johannes Gutenberg de Mainz, Alemania, durante 22 años, y es uno de los médicos investigadores más citados de Alemania. Dice al respecto: “Todas estas medidas están llevando a la autodestrucción y al suicidio colectivo por algo que es solo un fantasma”. Ha denunciado que la política y los medios de comunicación han llevado a cabo un intolerable alarde de miedo y una campaña de desinformación irresponsable. Asegura que la crisis fue provocada por políticos y que poco tiene que ver con el virus y que una vacuna contra el coronavirus es innecesaria y peligrosa. El profesor Bhakdi impulsó la creación de la “Asociación de profesionales médicos y científicos para la salud, la libertad y la democracia”.
La doctora Sunetra Gupta, profesora de epidemiología de la Universidad de Oxford, indica que la tasa de letalidad por infección es como máximo la de una temporada de gripe y que la evolución de la pandemia no parece estar afectada por las decisiones tomadas y lo explica así: “Diferentes países han tenido distintas políticas de cuarentena. Sin embargo, el patrón de comportamiento es prácticamente uniforme en casi todos los contextos. Hemos visto la epidemia crecer, remitir y desaparecer,  casi como un reloj mecánico”. Y añade: “Nos hubiera ido mejor si no hubiésemos hecho nada o hubiésemos hecho algo diferente, como prestar atención en proteger a los vulnerables. Según su opinión estar confinados fue el motivo por el que murieron 50 millones de persona durante la pandemia de gripe española.
El profesor Karol Sikora, profesor de medicina de la Universidad de Buckingham,  exdirector del programa de cáncer de la OMS y uno de los directores del Rutherford Healh, dijo que “el miedo es más letal que el virus” y señala que cuando se escriba la historia el miedo habrá matado a muchas más personas que el virus. Reivindica volver a la vieja normalidad, no a una “nueva normalidad”.  Respecto al confinamiento, asegura que la epidemia ha tenido los mismos resultados en países que aplicaron cuarentenas como en los que no la aplicaron, y que la mejor medida para enfrentar cualquier pandemia es ayudar a las personas que tienen el virus, es decir, actuar como se debería hacer con la gripe cada año. También declaró que no es necesaria una vacuna.
El doctor John P. A. Ioannidis es profesor de medicina, epidemiología y Salud Pública  de la Universidad de Stanford y un destacado investigador de la investigación científica. Es codirector del Meta-research Innovation Center de Stanford y uno de los científicos más citados de todos los tiempos. Ha hecho múltiples contribuciones a la medicina basada en evidencia, a la epidemiología y a la investigación clínica. Es famoso dentro del mundo académico por haber demostrado que una gran proporción de las publicaciones científicas no cumplen con el rigor necesario. Por esto, el British Medical Journal lo calificó como “el flagelo de la ciencia descuidada”. Se puede decir, sin riesgo a caer en la exageración, que Ioannidis es uno de los epidemiólogos más destacados de nuestros días. En cuanto a la epidemia, en el mes de marzo, Ioannidis señaló que no existía evidencia de que el nuevo coronavirus representara una amenaza extraordinaria y que ni mucho menos era tan extraordinaria como se anunció en un principio. Un mes después, en abril, tras observar el desarrollo de la enfermedad reafirmó que esta pandemia es relativamente ordinaria, comparable a la de la gripe, para la población general. Sí resaltó que los residentes en lugares de ancianos y los pacientes de hospitales deben recibir protección adicional. También se posicionó sobre la destructiva reacción del mundo ante el coronavirus con estas palabras: “Es como un elefante atacado por un gato doméstico; frustrado e intentando evitar al gato, el elefante salta de un acantilado y muere”. El ejemplo no puede ser más expresivo. Recordó que encerrar a personas sanas y sin riesgo y transferir pacientes con Covid-19 a hogares de ancianos fue absurdo. Esto se hizo particularmente en Italia y en Estados Unidos. Es una explicación al número de muertes, pero también hay que tener en cuenta la picaresca. Es lamentable, pero en algunos hospitales de Estados Unidos si se certificaba muerte por neumonía el centro facturaba 5.000 dólares, si la causa era Covid-19, el monto ascendía a 13.000 dólares, pero si además se había utilizado respirador la suma se elevaba 30.000 dólares. Por increíble que parezca, es cierto. Son los riesgos del laicismo, que trae consigo la deshumanización.
De todos los expertos, el argentino Pablo Goldschmidt, reputado virólogo, bioquímico y farmacéutico, aparte de invitado de universidades de todo el mundo, es quizá quien más claro habla y quien tiene una visión más panorámica del asunto. Sin pelos en la lengua declaró al periódico Clarín que la sociedad se estaba volviendo loca con algo que no tiene sentido. “Cuando alguien le mete miedo al pueblo, hace lo que quiere con él”, manifestó.  Dice que se creó un pánico que hace de circulo vicioso,   culpa a la Organización Mundial de la Salud de generar la psicosis colectiva que estamos viviendo y opina que no podemos seguir siendo víctimas de la presión internacional. Se refiere tanto a la OMS como a los organismos oscuros que han organizado el plan maquiavélico de carácter político, disfrazado de sanitario, para esclavizar a la humanidad.
Como acabamos de ver, los expertos llegan prácticamente a las mismas conclusiones: que el Sars-Cov-2 no es un virus asesino, que la Covid-19, en cuanto a peligro, es comparable a la gripe estacional, que el miedo es injustificado, que la cuarentena era innecesaria, que el uso de la mascarilla salvo en casos muy puntuales es perjudicial, que la mayoría de las muertes relacionadas con el nuevo coronavirus no fueron causadas por el virus sino con el virus, y que el grupo más vulnerable, es decir, los mayores o personas con enfermedades serias preexistentes podría haber sido protegido con las medidas convencionales. El mejor estadístico del Reino Unido, David Spiegelhalter,  presidente del Centro Winton para el “Entendimiento público de riesgos y evidencias”, del laboratorio de estadística de la Universidad de Cambridge, dice que la posibilidad de que una persona mayor se enferme de Covid-19 es la misma que la de enfermarse de cualquier otra cosa. Añade que el nivel de ansiedad de la gente debe ser proporcional a los riesgos que enfrenta, y condena a los medios por jugar con los números presentando una situación alejada de la realidad.
¿Se atreverá nuestro inefable doctor Simón o el ministro Illa, tan acostumbrados a no admitir preguntar y a mentir, a mantener un cara a cara público con alguno de los expertos citados? ¿Quizá pedirán el comodín de la llamada y los auxiliará alguno de los misteriosos expertos que nunca hemos tenido el gusto de conocer?  Lo cierto es que, mientras los científicos aludidos dan la epidemia por remitida y Alemania se prepara para eliminar el uso de la mascarilla el 4 de agosto, y en la mayoría de ciudades europeas se circula libremente, aquí siguen amenazando con los contagiados, las pruebas, los rebrotes, los asintomáticos, los positivos y el confinamiento. ¿Se reconocerá algún día que todo fue una farsa, que además de mala praxis, negligencia y otros imponderables, a los médicos se les engañó con el protocolo y que muchos mayores murieron hiperventilados mientras se reclamaban más respiradores? ¿Se reconocerá públicamente que se aplicó el triaje de guerra y que muchos mayores fueron sedados directamente? Dudo que todo esto llegue a reconocerse algún día. Lo peor de todo es que, anclados como están en la desinformación y la mentira, parece que le han tomado gusto a la representación.

DOMINGO XVI TIEMPO ORDINARIO



DOMINGO XVI TIEMPO ORDINARIO
19-07-20 (Ciclo A)
      
El domingo pasado escuchábamos en el evangelio de S. Mateo la parábola del Sembrador. En ella se nos mostraba el trabajo de quien siembra y la necesidad de que lo sembrado caiga en buena tierra para que de fruto. Todo ello con la confianza de que el dueño de la mies la hará germinar en la tierra buena que hay a nuestro lado.

Pero el evangelista continúa el relato con este pasaje de hoy, donde se nos muestra que a pesar de la bondad y fertilidad del terreno en el que cae la semilla, y en contra de todo lo previsto, crece también la cizaña.

Cómo es posible que en medio de la buena tierra y habiendo sembrado la semilla adecuada crezca también la cizaña.
La simbología de la siembra nos ayuda a comprender lo que tantas veces sucede en la vida cotidiana y real. En medio de la familia y de la sociedad, por muy buena que sea la tierra y lo sembrado, muchas veces vemos con tristeza crecer el mal.

Hay padres que sufren con impotencia ante el mal de sus hijos. A pesar de sus desvelos y de la excelente educación que les dieron, ellos tomaron otro rumbo y han abandonado hogar, amigos y valores, para adentrarse en el mundo de la droga, la delincuencia o la violencia.

También sienten el reproche disimulado de quienes les preguntan “¿no sembraste buena semilla?” (Como al Sembrador del evangelio). Viviendo con dolor la incomprensión de los demás.

Aunque todos somos responsables para sembrar el bien, la justicia y la concordia en el mundo, no podemos cargar con las consecuencias  del mal hacer de otros. La libertad de la que todos gozamos conlleva la grave responsabilidad de ejercerla para el bien personal y común, y quienes optan por caminos de perdición son los que han de dar cuentas de ello y no sus progenitores, educadores o la misma comunidad.

También podemos caer en la tentación de querer eliminar la cizaña a golpe de fuerza. Arrancarla de raíz y echarla fuera. Y el Sembrador nos dice que no, que hay que esperar hasta que todo haya madurado, entonces se verá con claridad cada cosa y el mal caerá por su propio peso.
      
Qué bien lo narra el libro de la Sabiduría que hemos escuchado en la primera lectura. “No hay más Dios que tu, que cuidas de todo, para demostrar que no juzgas injustamente”.

Ante los problemas que vive el mundo en general y nuestro entorno más cercano en particular, muchas veces nos constituimos en jueces de los demás. Y antes de comprender la realidad de los acontecimientos en su complejidad ya hemos dictado nuestra dura sentencia.
Sin embargo Dios, “poderoso Soberano, juzga con moderación y nos gobierna con gran indulgencia”.
La parábola del sembrador junto con el evangelio que hoy escuchamos, no sólo es una llamada a ser tierra buena y apartar de nosotros aquellos matojos y estorbos que impiden crecer con vigor el buen grano. Es también una llamada a sembrar siempre paz y concordia, bondad y esperanza, consuelo y misericordia entre todos para que no dejemos nunca que crezca la mala hierba de la envidia, el rencor, la violencia o la división entre quienes estamos  llamados a compartir un mismo presente y preparar un futuro mejor.
Con todo sabemos, que pese a nuestros esfuerzos y desvelos, el mal es una realidad que quiere imponerse y que su aceptación es imposible. Que un campo tenga cizaña es una cosa, pero que esta crezca en el hogar, en la familia y en la sociedad, con el silencio resignado y la apatía infecunda,  es otra muy distinta. La actitud frente al mal, es combatirlo con el bien.
Y una manera eficaz, es tener la capacidad suficiente para sembrar las reglas de una convivencia adecuada desde el respeto, y saber ofrecer oportunidades para la conversión sincera, lo que constituye un reto para todos y a la vez una tarea a desarrollar con esperanza.

Como nos dice el libro de la Sabiduría, “el justo debe ser humano”. Y Dios nos ha dado “la dulce esperanza de que, en el pecado, da lugar al arrepentimiento”.
La justicia sin corazón y sin misericordia se convierte a la larga en revancha. Y si no ofrecemos al pecador o malhechor una oportunidad para la conversión jamás podremos hablar de un Reino de Dios entre nosotros tal y como lo entendió Cristo.
      
Con todo no olvidemos que el evangelio termina con una clara advertencia. Al final la cizaña será cortada y echada al fuego. Cada uno dará cuenta de sí ante Dios, y el hecho de que su amor ofrezca siempre una nueva oportunidad para la conversión y el perdón, no mitiga la clara y rotunda advertencia a quien persiste en el mal, que de seguir así y no convertirse, acabará de la misma manera.

La misericordia de Dios dura por siempre, pero no se impone al obstinado que decida arrojar su vida por el abismo alejándose de él por el camino del odio y la muerte.

       Esta es nuestra esperanza y nuestra responsabilidad, confiar siempre en la bondad y misericordia del Señor, y poner todo de nuestra parte para que su Reino crezca entre nosotros. Que su Espíritu nos ayude para seguir sembrando su evangelio en medio de este mundo, sumido en la injusticia, el odio y las guerras.

martes, 7 de julio de 2020

DOMINGO XV TIEMPO ORDINARIO



DOMINGO XV TIEMPO ORDINARIO
12-07-20 (Ciclo A)

       El domingo pasado escuchábamos en el evangelio, cómo Jesús daba gracias a Dios porque se había revelado a los sencillos y humildes, y no a los que se tienen por sabios y entendidos. Esa revelación divina, se nos ofrece por medio de la palabra del Señor, quien adaptaba su lenguaje para que pudieran entenderle todos, utilizando parábolas, ejemplos de la vida concreta y cercana que cada uno podía comprender con mayor facilidad.
       Durante estos domingos Jesús nos va a hablar del Reino de Dios, ese va a ser el centro de su mensaje, a la vez que el motivo principal de su misión, procurar que ese Reino vaya emergiendo en medio de nosotros y su búsqueda se convierta en el objetivo fundamental de nuestras vidas.
       Y lo primero que nos enseña el Señor, es que para posibilitar el desarrollo del Reino de Dios, es prioritario preparar el terreno donde su semilla debe germinar, para lo cual nos propone esta hermosa parábola que acabamos de escuchar, y que no por muy oída acaba de calar en nuestro ser.
       Ante todo Jesús nos muestra cómo ese Reino de Dios no es obra del hacer humano, ni tan siquiera por mucho que lo anhele su corazón. El Reino de Dios es un regalo que se nos da por pura gratuidad y generosidad de Aquel que nos ha creado para compartir su misma vida en plenitud. Y como nos cuenta la parábola, es el Sembrador quien sale a sembrar, y su semilla es esparcida por toda la tierra con idéntica abundancia y generosidad.
       El Sembrador no escatima en su esfuerzo, y no repara en gastos a la hora de procurar que sobreabunde el fruto en la tierra. Y como nos ha recordado el profeta Isaías en la primera lectura, Dios confía en que al igual que como baja la lluvia y la nieve del cielo, y no vuelven allá, sino después de empapar la tierra, de fecundarla y hacerla germinar,…, así será su palabra que sale de su boca, no volverá a él vacía sino que hará su voluntad.
       Sin embargo, como sigue diciendo Jesús, parte de esa semilla cae al borde del camino, o en terreno pedregoso, o entre zarzas. En unos casos será pisada por la gente o alimento para pájaros, en otros se secará por falta de profundidad y en otros casos la fuerza de las zarzas que la rodean la ahogarán antes de que se desarrolle.
       Así siente Jesús que está resultando la siembra de su Palabra en medio de su pueblo. Un pueblo que inicialmente parecía estar abierto y dispuesto a escucharle, que animados por el testimonio de Juan el Bautista y ante el asesinato de éste, van en busca de Jesús para sentir revitalizada su esperanza, pero que ante las dificultades que comienzan a surgir, las expectativas que se habían creado y que nada tenían que ver con el mensaje de amor y entrega del Señor, y la presión de los poderosos que atemorizan y amenazan cualquier atisbo de cambio y de justicia, hacen que se pierdan por el camino y comiencen a abandonar el entusiasmo original.
       La semilla del Reino de Dios no desarrolla su fruto de forma inmediata e inminente. Requiere también de nuestro trabajo confiado y paciente, para lo cual es imprescindible que hunda sus raíces en la profundidad de una tierra buena, fértil, fecunda, limpia de otras yerbas o intereses creados que puedan ahogarla antes de crecer.
       Y esa tierra también ha sido encontrada por el Sembrador dando fruto abundante y generoso.
       Los creyentes debemos ser buena tierra donde germine con vigor la semilla del Reino de Dios, porque en la vida concreta del cristiano es donde han de darse los frutos del amor, la misericordia y el servicio que transformen por completo toda la realidad social y eclesial. Esta tierra humana y limitada que somos, ha de velar para protegerse de dos peligros siempre presentes, uno externo y otro interno.
El externo no es otro que las dificultades que se derivan de este mundo nuestro tan materialista e indiferente ante las necesidades de los demás. En él la semilla de la fe encuentra la aridez de una tierra que sólo se preocupa del bienestar egoísta y donde los valores de la generosidad y la sencillez difícilmente pueden arraigarse ante la dureza del corazón.
Pero también se encuentra con dificultades internas y que al igual que la cizaña amenazan con ahogar los espíritus débiles e inmaduros. En ocasiones los mismos cristianos ponemos graves dificultades  al desarrollo del Reino de Dios. Fomentamos la división entre nosotros, acogemos ideologías contrarias  al evangelio y facilitamos con nuestro silencio propuestas deshumanizadoras. Es verdad que muchas veces las presiones del ambiente nos hacen experimentar la debilidad de nuestras convicciones, pero estas sólo sucumben cuando han perdido sus sustento y fundamento, es decir cuando nos lanzamos a los brazos de otros dioses que nos han deslumbrado con su brillo superficial. Si nuestra fe es débil, y no la alimentamos adecuadamente, pronto se diluirá en la nada. La semilla del Reino de Dios que hoy nosotros debemos esparcir con generosidad y en abundancia requiere de permanentes cuidados para que, limpia de obstáculos, arraigue primero en nuestro ser, y así germine en frutos de vida y de esperanza.
Hoy también nosotros debemos salir como sembradores a sembrar. Sembrar la semilla de la fe en el hogar y en el trabajo, entre nuestros niños, jóvenes y mayores. Sembrar una palabra de denuncia de las injusticias que atentan contra la dignidad del ser humano y el respeto de las vidas más débiles. Sembrar la esperanza gozosa de Cristo resucitado, para que encuentre corazones dispuestos donde el Señor haga germinar abundantemente su gracia y su amor, y así el fruto que cada uno coseche, redunde en beneficio de la humanidad entera. Que él bendiga nuestro servicio generoso, arraigándolo en la tierra fecunda de nuestros corazones, y lo premie con el gozo inmenso de sabernos fieles colaboradores suyos en la instauración de su Reino de amor, de justicia y de paz.



viernes, 12 de junio de 2020

CORPUS CHRISTI



SOLEMNIDAD DEL CUERPO Y SANGRE DE CRISTO

CORPUS CHRISTI  14-06-20



       Un año más celebramos la fiesta del Cuerpo y la Sangre de Jesucristo. Memorial de su Pasión, muerte y resurrección, y Sacramento de su amor universal. Precisamente por ese amor entregado para nuestra salvación, podemos unir en esta fiesta del Corpus el día de la Caridad. Al compartir el alimento que nos une íntimamente a Cristo nos hacemos partícipes de su  mandato “haced esto en memoria mía”, aceptando su envío en medio de los más necesitados para compartir con ellos nuestra vida y nuestra fe.

En esta fiesta litúrgica de hoy, la Iglesia nos invita a profundizar en el don inmenso de la Eucaristía. Como nos enseña el Vaticano II, "Nuestro Salvador, en la última Cena, la noche en que fue entregado, instituyó el sacrificio eucarístico de su cuerpo y su sangre para perpetuar por los siglos, hasta su vuelta, el sacrificio de la cruz y confiar así a su Esposa amada, la Iglesia, el memorial de su muerte y resurrección, sacramento de piedad, signo de unidad, vínculo de amor, banquete pascual en el que se recibe a Cristo, el alma se llena de gracia y se nos da una prenda de la gloria futura" (SC 47).

Desde esta fidelidad al don recibido de manos del Señor, no podemos separar la eucaristía de la caridad. Los cristianos que nos reunimos para escuchar la palabra del Señor y compartir el pan de la vida que él nos da, hemos de prolongar esta fraternidad eucarística en el mundo nuestro, junto a los hermanos que carecen de afecto, de medios, de una vida digna y feliz.

       No todo el mundo vive dignamente, de hecho somos una minoría los que en el mundo actual podemos agradecer esta vida digna. La mayoría de la población mundial carece de los recursos necesarios para una subsistencia adecuada. Y en vez de acoger su precariedad para sentirnos solidarios con ellos, muchas veces nos fijamos en aquellos que se enriquecen con facilidad y rapidez poniéndolos como modelos a seguir, y hasta envidiándolos por su opulencia.

Una cosa es luchar legítimamente por alcanzar esa vida digna a la que todos tenemos derecho y otra muy distinta la ambición desmesurada que al final nos endurece el corazón hasta llevarnos al egoísmo y a la idolatría del dinero.

La entrega de Jesucristo en la cruz, nos abre la puerta de la redención. Y aquella entrega viene precedida de una vida sensible para con los necesitados, los enfermos, los pobres y los marginados.

A Jesucristo resucitado se llega por medio de una vida ungida por el Espíritu de Dios para anunciar la Buena Noticia a los pobres, la libertad a los oprimidos, la salud a los enfermos y la salvación para aquellos que acogen este don de Dios.

       Cristo nos dejó su testamento en el cual nos ha incluido a todos y no sólo a unos privilegiados. La vida en este mundo es injusta y desigual no porque Dios lo haya querido sino porque nosotros lo hemos causado. Dios no quiere que haya pobres y ricos, rechaza la injusticia que causa este mal, y nos llama a su seguimiento a través del camino de la auténtica fraternidad y solidaridad.

       Este testamento de Cristo lo actualizamos cada vez que nos acercamos a su altar. Su Cuerpo y su Sangre entregadas por nosotros, y compartidos con un sentimiento fraterno y solidario, nos unen a la persona de nuestro Señor Jesucristo y a su proyecto salvador. Por eso “cada vez que comemos de este pan y bebemos de este cáliz, anunciamos tu muerte y tu resurrección hasta que vuelvas”.

       Por eso, cada vez que comemos y bebemos el Cuerpo y la Sangre del Señor, nos unimos vitalmente a Cristo para prolongar con nuestra vida y entrega, su obra misericordiosa en medio de nuestros hermanos más necesitados, a los cuales somos enviados como testigos del amor de Dios.

       La caridad no se hace, se vive. No hacemos caridad cuando damos dinero a un pobre, vivimos la caridad cuando nos preocupamos por su vida, buscamos cómo atenderla mejor, y nos esforzamos por acompañarle a salir de su situación para siempre.

       Vivir la caridad es prolongar la Eucaristía del Señor, su cuerpo y su sangre derramada por amor a todos, para la salvación de todos. Las palabras que día tras día escuchamos en la Consagración nos muestran que Jesús no economizó su entrega sino que fue universal y por siempre.

       Desde aquel momento en el que nacía la Iglesia, ésta siempre tuvo como acción primera y fundamental, unida al anuncio de Jesucristo, la vivencia de la caridad.  Atender a los pobres y necesitados estaba unido a la oración y a la fracción del pan de tal manera que no se podía permitir que en la comunidad de los cristianos alguien pasara necesidad.

En esta fiesta debemos también recuperar la conciencia del don que el señor ha puesto en nuestras manos. La Eucaristía hace a la Iglesia y la Iglesia hace la Eucaristía (nos enseña el Concilio Vaticano II). Por eso la celebración eucarística trasciende nuestra realidad local y se une a la vivencia universal de la Iglesia. No podemos celebrar la eucaristía más que en la comunión eclesial, ya que es el Señor quien se hace presente en medio de su pueblo, congregado en la unidad del Espíritu por el vínculo de la paz.

       Vamos a pedir en esta Eucaristía que el Señor nos ayude a vivir con gratitud este don esencial para nuestra vida espiritual. Sin eucaristía no hay Iglesia, y por lo tanto la fe se descompone. Esforcémonos también, por recuperar nuestra capacidad solidaria y fraterna para poder compartir con autenticidad el pan de la unidad y del amor.

sábado, 6 de junio de 2020

SANTÍSIMA TRINIDAD




SOLEMNIDAD DE LA SANTISIMA TRINIDAD

7-6-20 (Ciclo A)



       Celebramos hoy la fiesta en la que la comunidad cristiana vive de forma unitaria el ser de nuestro Dios. Un Dios que es Padre, Hijo y Espíritu Santo.

       Diferentes Personas pero un mismo Dios, que se manifiesta y actúa en nuestra historia haciéndose uno con nosotros, acompañando nuestra vida y llenándola de sentido, alegría y esperanza.

       Muchas veces hemos escuchado que la Santísima Trinidad es un misterio. Y es verdad porque todo lo que hace referencia a Dios desborda nuestra comprensión y entendimiento. Todas las personas somos un misterio y siempre hay algo en el otro que nos queda por descubrir. Hemos sido creados distintos, libres, capaces de recrear nuestra realidad y forjarnos nuestro ser y nuestro futuro.

       Esta experiencia, siempre novedosa y distante, es inabarcable si nos referimos a Dios. Nadie puede acapararlo en su mente o en su corazón. Dios siempre escapa a nuestra capacidad de comprensión o de explicación.

       Nuestro mayor acercamiento a la realidad divina  sólo ha sido posible a través de Jesús. Él es el Hijo de Dios, y como tal nos ha mostrado quién es ese Dios a quién se dirigía como su Padre. El Dios revelado a nuestros antepasados en la fe, Abrahán, Moisés, David... y anunciado por los profetas, es el mismo a quién Jesús llama Abba, Padre.

       Así lo reconocieron los mismos discípulos del Señor cuando le pidieron que les enseñara a orar. “Cuando oréis hacedlo así, Padre nuestro del cielo...”.

       Parecía que estaba claro que Dios era padre y sólo eso.

       Pero a medida que transcurría la vida de Jesús, aquellos discípulos fueron viendo en él la misma presencia e imagen de Dios. Él era el Hijo amado a quien había que escuchar, seguir y anunciar a todos los pueblos.

       La muerte y resurrección de Jesús, es el momento trascendental para aquel grupo de hombres y mujeres creyentes. Jesús no sólo era el Hijo de Dios sino que era el Dios con nosotros anunciado por el profeta Isaías. Dios mismo se había encarnado para asumir nuestra condición humana y así llevarla a su plenitud. Y esta experiencia vital hace de los discípulos testigos de la Buena Noticia a la cual entregar su vida con gozo y esperanza.

       Pero ¿cómo hemos podido nosotros, casi dos mil años después, llegar a comprender y acoger este don de Dios?. Y aquí resuena la promesa del Señor que tras su resurrección anuncia dos acontecimientos, el primero en forma de regalo “recibid el Espíritu Santo”, y el segundo en el momento de su Ascensión en forma de promesa, “yo estaré con vosotros todos los días hasta el fin del mundo”. El Espíritu Santo es la Persona Amor que permanece a nuestro lado para seguir animando nuestro peregrinar por este mundo.

       Es el Dios que nos orienta en la vida para dar testimonio de su palabra y de su gloria. El Espíritu Santo mantiene viva la llama de la esperanza frente a los momentos de temor, duda o angustia, y es el que nos une de forma vital al Padre Dios a través del Hijo Jesús.

       La llamada que cada uno recibimos no es la de elucubrar cómo es el misterio que encierra el ser de Dios en sí mismo, lo realmente importante para nuestras vidas, es descubrir cómo está actuando ese Dios que me ha hecho hijo e hija suyo, en mi vida, en mi entorno personal, familiar y social, y qué me pide en cada momento de mi existencia para entrar en plena comunión con él.

       La definición tradicional de la Santísima Trinidad como Tres Personas distintas y un solo Dios verdadero, podemos comprenderla mejor sintiendo que es el mismo Dios quien de manera distinta y a través de su ser paternal y fraterno entrega todo su amor en nuestra historia  para realizar en ella su obra salvadora.



       Nosotros hemos sido constituidos hijos de Dios, y como hijos, herederos de su Reino. Pero también somos mensajeros de su Buena Noticia y es aquí donde la fuerza de su Espíritu nos sigue animando e impulsando en el presente.

       Nuestra vida de oración nos ha de unir más a Cristo y a la comunidad para que podamos desarrollar nuestra misión, tal y como él nos la encomendó, “id al mundo entero y anunciad el Evangelio”.

       Por eso es de vital importancia la dimensión contemplativa y orante de la Iglesia. No en vano unida a la fiesta Trinitaria, está la vida de tantos hombres y mujeres cuya vida está dedicada a la oración por la Iglesia y la humanidad entera.

       Los monjes y monjas contemplativos han descubierto que en la escucha de la Palabra de Dios, en la profundización de su enseñanza y en el diálogo personal e íntimo con él se pueden realizar plenamente como personas y a la vez ofrecer un generoso servicio al Pueblo de Dios.

       Sin su testimonio y entrega vocacional, todos los servicios y compromisos apostólicos quedarían desvirtuados. No hay entrega cristiana si no viene animada por la acción del Espíritu que nos manifiesta en todo momento cuáles son los cimientos de la fe. Y este pilar central del edificio cristiano no es otro que la vida de oración y de escucha del Señor. Sólo así podremos orientar bien nuestra acción comprometida a favor del reino de Dios, y bebiendo de la fuente que es Jesucristo, podremos ofrecer a los demás el agua viva que sacia la sed de sentido y de esperanza que tanto ansían.

       Hoy pedimos por todas las vocaciones cristianas, solicitando al Señor que siga llamando obreros  a su mies, que con generosidad y confianza se entreguen al servicio de los hermanos. Damos gracias a Dios por el don precioso de la vocación contemplativa, que acerca los ruegos y necesidades de los hombres hasta Dios,  a la vez que va sembrando con sencillez la semilla del Reino de Dios en medio de este mundo, haciendo germinar espacios de esperanza, amor y paz.

       Que en esta fiesta del Señor, sintamos con agradecimiento el don de nuestra fe, y por medio de la oración confiada nos sintamos animados y alentados para ser sus testigos en medio de los hermanos. La fiesta que el próximo domingo celebraremos, nos recuerda dónde está el alimento fundamental de esta vida interior. Que cada vez que participamos del Cuerpo y Sangre de Cristo, sintamos nuestras vidas más unidas a él, y sepamos entregarlas al servicio de su reino.