viernes, 23 de febrero de 2024

DOMINGO II DE CUARESMA

 

DOMINGO II DE CUARESMA

25-02-24 (Ciclo B)

En este segundo domingo de cuaresma, podemos centrar nuestra atención en la Palabra de Dios desde la pregunta planteada por San Pablo al comienzo de su carta, "Si Dios está con nosotros, ¿Quién estará contra nosotros?", o dicho de otra forma, si Dios sostiene nuestra vida, y descansa en él nuestra esperanza, ¿Quién
podrá romper nuestra paz y nuestra ¿Dicha?

Y sin embargo, a pesar de sentir muchas veces con intensidad esta experiencia personal de encuentro con Dios en el que nuestra fe sale fortalecida, podemos experimentar también pruebas fuertes donde sentimos que todo se tambalea.

Así nos situamos en la experiencia de Abraham. Un hombre que, según nos relata, la Biblia lo dejó todo para seguir la voluntad de Dios. Abandonó su tierra, se despojó de sus seguridades y se lanzó a la aventura de la fe, puesta en un Dios cuya única promesa fue la de darle una descendencia numerosa. Ciertamente esa promesa lo era todo, porque no olvidemos que el valor de los hijos, de la familia y del número de descendientes era la gran riqueza anhelada por todo hombre de aquel tiempo.

Y cuando Dios cumple su palabra y le da un hijo, le pide un imposible, que se lo ofrezca en sacrificio. Y aunque el relato del A.T. no nos deja entrever ningún atisbo de duda, y Abraham se dispone a cumplir fielmente este terrible mandato, no se nos escapa la dureza de aquella experiencia que rompía su alma. Es el momento de afrontar la prueba de la fe.

Algo similar vivieron los discípulos del Señor. Ellos habían dejado todo para seguir con entusiasmo al Maestro. A su lado fueron descubriendo una nueva forma de vida basada en la confianza plena en Dios y que Jesús iba transmitiendo desde su experiencia familiar e íntima con él. A su vez ese entusiasmo crecía por las palabras y los signos extraordinarios que Jesús realizaba, lo que les hacía confiar plenamente en la intervención definitiva de Dios en la historia para salvarla y transformarla en el Reino anunciado por el Señor, el Mesías.

Sin embargo también llegan para los discípulos los momentos de dificultad, de duda y de abandono. Justo antes de este relato evangélico que acabamos de escuchar, Jesús ha anunciado por primera vez la cercanía de su pasión, se ha enfrentado duramente a Pedro que intentaba persuadirle para que tomara otro camino, y acaba de advertir a sus discípulos que el caminar a su lado conlleva sacrificio, sufrimiento y servicio, de tal manera que "si alguien quiere venirse en pos de mi, niéguese a sí mismo, tome su cruz y me siga. Porque quien quiera salvar su vida la perderá; pero quien pierda su vida por mí y por el Evangelio, la salvará".

Son momentos de incertidumbre, de sopesar las apuestas realizadas y de asumir opciones fundamentales en la vida. Y así Jesús, como nos narra el evangelio de hoy, toma consigo a sus más cercanos y en la intimidad más absoluta les enseña la realidad de su ser, se transfigura ante ellos. Es decir, les abre el alma hasta el punto de mostrarse tal y como es en su realidad humana y divina, en la verdad de su persona unida a la del Padre Dios. Y en esa experiencia que desborda su capacidad de entendimiento, ven junto a Jesús a dos personajes que sustentan los fundamentos de su vida espiritual, Elías quien representa la profecía, y Moisés, quien recibe la ley de Dios. Profecía y ley, convergen en Jesús, sólo él es el "Hijo amado" de Dios, a quién el señor nos manda acoger y escuchar. Ya no hay más profetas, no hay más intermediarios que disciernan los signos de los tiempos. En Jesús Dios lo ha hablado todo, y no se ha dejado ninguna palabra por decir. De modo que su persona es ahora, y por siempre la Encarnación divina.

Y si en esta larga historia humana, hemos necesitado un pedagogo que nos ayudará a caminar, como dirá S. Pablo, y esa ayuda era la ley que nos marcaba los límites para no salirnos del camino y caer en el abismo. Jesús ha superado la ley por el amor. Un amor entregado hasta la muerte, y donde el Padre Dios no encontró la compasión que sí halló Abrahán para con su hijo Isaac.

San Pablo, buen conocedor de la historia sagrada de su pueblo, y meditando este episodio del Génesis que hemos escuchado en la primera lectura, llega a la certeza de que Dios ha pagado por nosotros un rescate demasiado elevado como para dejarnos de la mano o permitir que alguien nos arrebate de su lado.

Dios nos ha engendrado desde la muerte y resurrección de su Hijo, y el precio de nuestro rescate es la sangre vertida en la cruz por aquel a quien presentó ante el mundo como su "Hijo amado".

Nada, mis queridos hermanos puede apartarnos del amor de Dios, no hay excusas que justifiquen nuestra lejanía de su lado. Sólo nosotros podemos tomar semejante decisión. Sí, el cristiano que ha vinculado su vida a la del Hijo amado de Dios, a nuestro Señor Jesucristo, no puede temer vivir alejado de él, salvo que libremente tome esta decisión.

Las dificultades de la vida, los sufrimientos y penurias por las que podamos atravesar en un momento dado, no son causa suficiente para apartarnos del amor de Dios, porque por esas mismas realidades ya ha caminado Jesús, y en ellas nos ha mostrado que es posible seguir confiando en Dios, ya que su amor nunca nos deja de la mano.

No confundamos la realidad de nuestra limitación personal y como colectividad humana, con una dificultad insalvable para la fe. Porque la fe, cuando realmente existe, todo lo aguanta, lo soporta y lo supera, ya que la fe, como el amor, "cree sin límites, disculpa sin límites, aguanta sin límites", la fe que se sustenta en el amor, no pasa nunca.

La transfiguración del Señor, nos está ayudando, en medio de la pesadez del camino, a no dejar de centrar nuestra vida en la gozosa esperanza pascual. Si larga es la cuaresma de nuestra vida, y en ocasiones tendremos que soportar la amarga experiencia de la pasión, no dejemos de contemplar con confianza al "Hijo amado de Dios" que nos sigue sosteniendo y alentando desde su resurrección.

Así con esa serena esperanza, seguro que también podremos sentir lo "bien que se está aquí", a su lado, porque si centramos nuestra mirada en el Señor, y ponemos en sus manos nuestras vidas, seguro que las llevará a su plenitud.

Vivamos este tiempo de gracia de forma fecunda, para que así seamos en medio de nuestro mundo, fermento de esperanza y consuelo para nuestros hermanos.

viernes, 16 de febrero de 2024

DOMINGO I DE CUARESMA

 


DOMINGO I DE CUARESMA

18-2-2024 (Ciclo B)

       Un año más el año litúrgico nos ofrece vivir este tiempo cuaresmal como una nueva oportunidad para abrir nuestras vidas al Señor: “Se ha cumplido el plazo, está cerca el Reino de Dios. Convertíos y creed la Buena Noticia”.

       Conviene desde este primer domingo ir desgranando lo que va a ser nuestro recorrido cuaresmal, preparar esta entrada en el desierto de nuestras vidas para aprovechar el momento personal, social y eclesial a fin de transformar nuestros corazones y poder celebrar así el misterio central de la fe de forma plena y renovada.

       Nos adentramos en el desierto cuaresmal para que libres de lo superfluo, lo innecesario, aquello que tal vez nos estorba e incluso entorpece, podamos centrar nuestra mirada en Dios y acoger con gratitud su mensaje de esperanza.

       Esta ha de ser nuestra primera actitud cuaresmal, la gratitud.

       Para agradecer hay que recordar, recuperar la memoria personal, familiar y social, y ver que en medio de las penalidades de nuestra vida, a pesar de descubrir un mundo que no es ni mucho menos el Reino de Dios esperado y anhelado por la humanidad, sin embargo sí hemos tenido presencias del Señor que han suscitado en nosotros esperanza y gozo, y han fortalecido nuestra fe y sostenido el ánimo en medio de la adversidad.

       Con los ojos de la fe, los cristianos podemos descubrir que es Dios mismo quien nos alienta en cada circunstancia de la vida, y que sólo en él encontramos la razón para seguir caminando por el sendero de la justicia, la verdad y la paz, rechazando las tentaciones de optar por caminos que nos puedan hundir en el individualismo, la venganza o la indiferencia para con los demás.

Los cristianos tenemos por delante un tiempo en el que debemos mirar en profundidad nuestras vidas, desde la verdad y la confianza. No tenemos ninguna necesidad de enmascarar lo que somos, porque la única mirada que descansa sobre nosotros es la nuestra y la de Aquel que nos ama por encima de todo. Debemos reconocernos en la verdad de lo que somos para apuntalar bien nuestro edificio personal, descubriendo dónde están nuestros anhelos, cuáles son nuestras ambiciones, y en qué ponemos las ilusiones y los deseos. De este modo podremos descubrir si nuestra vida asienta sus cimientos sobre la roca de la fe en Jesucristo, o si por el contrario se sustenta sobre las arenas del egoísmo, donde lo material y el bienestar personal ocupan demasiado espacio en el corazón cerrándolo a Dios y a los hermanos.

Debemos preguntarnos también cuáles son nuestros sentimientos ante los problemas y retos del presente. Es la Palabra de Dios la que ilumina nuestras opciones personales, la toma de las decisiones, el ejercicio de nuestras responsabilidades sociales, o por el contrario nos dejamos fácilmente influenciar por los criterios individualistas o ideológicos ajenos a la fe y a los valores que del evangelio se desprenden.

Esta mirada sincera a la profundidad de nuestro ser nos ha de llevar a vivir este tiempo con confianza. La cuaresma no es el aguafiestas de la vida. No es un tiempo de prohibiciones ni de amarguras. Es el tiempo del encuentro gozoso con el Señor que nos ama y anima a vivir en plenitud la existencia que nos ha dado a cada uno de nosotros. Y porque nos ama, nos llama para que retomemos el camino hacia él.

Una llamada a renovar nuestra vida para que desarrollemos en ella todo lo bueno que el Creador nos ha regalado. No olvidemos, que al igual que a Jesús, es el Espíritu Santo el que nos empuja al desierto.

       Es el Espíritu de Dios quien nos mira y nos enfrenta ante el espejo de nuestro ser, no para reprochar infecundamente nuestra existencia, sino para motivar el cambio y el reencuentro con nuestra auténtica dignidad de hijos, y recuperar así la semejanza perdida por el pecado.

       Durante este tiempo busquemos espacios de soledad y recogimiento donde orar y escuchar la Palabra de Dios. El no condena ni humilla, no pide sacrificios ni imposibles, sólo espera que recuperemos las riendas de nuestra vida, nos liberemos de las ataduras que todavía nos sujetan a esta forma de vivir materialista y superflua, y nos dejemos conducir por su mano bondadosa a fin de recuperar nuestra libertad y responsabilidad ante Dios y ante los hermanos.

Tal vez la primera tentación que debemos superar es la de la apatía o el dejarnos llevar por la corriente ambiental. Ciertamente nuestro mundo presente no es muy dado a crear espacios de silencio y de reflexión personal, por eso el esfuerzo a realizar es mayor. El ruido que se impone en el ambiente, donde hay tantas palabras vacías e interesadas, nos envuelve y confunde. Por eso se hace tan necesario descansar nuestros oídos en Aquel que tiene palabras de vida eterna. Y un instrumento que en este tiempo puede ayudarnos a profundizar en el diálogo con el Señor, es su propia Palabra, la Sagrada Escritura cuya lectura y meditación son insustituibles en la vida espiritual de todo cristiano. Busquemos espacios tranquilos y sosegados para acercarnos a ella, tanto de manera personal como familiar.

       Pidamos hoy al Señor que nos ayude a caminar por este desierto cuaresmal del mismo modo que él lo hizo, dejando hablar al Padre Dios, escuchando su voz y descubriéndole en los acontecimientos cotidianos. De este modo sentiremos la invitación de su llamada a la conversión personal, y acercándonos con humildad al sacramento de la reconciliación, bálsamo reparador por su amor, sanar toda nuestra vida con la fuerza de su misericordia.

Que la austeridad, la oración y la caridad actitudes que el evangelio nos urge a integrar en nuestra vida, nos ensanchen el corazón para vivir este tiempo con esperanza y provoque en nosotros signos fecundos de auténtica conversión, desde los cuales anunciar a Jesucristo en medio de nuestro mundo, con la fuerza y el gozo del Espíritu Santo.

 

jueves, 1 de febrero de 2024

DOMINGO V TIEMPO ORDINARIO

 


DOMINGO V DEL TIEMPO ORDINARIO

4-2-24 (Ciclo B)

 

Hoy es el día del Señor, en el que nos acercamos a nuestra comunidad cristiana para sentir este remanso de paz que nos ofrece la Palabra de Dios y ante la cual contemplamos nuestras vidas desde el gozo inmenso que nos produce el seguimiento de Cristo.

Así nos introducimos en la escena narrada en el evangelio, identificándonos con aquellos discípulos que acompañaban al Señor, descubriendo a un Jesús inagotable ante la ardua tarea de llevar la buena noticia de Dios a todos los rincones de su tierra. Un Jesús que escucha la voz de los necesitados, que se acerca a los enfermos y oprimidos, que libera y sana, y que permanentemente expulsa los demonios interiores que esclavizan y someten la voluntad del ser humano.

Y en esta jornada que compartimos a su lado, también observamos a un Jesús contemplativo, que busca sus momentos para orar y estar más cerca del Padre Dios. Esa es la fuente en la que sacia su sed y donde repara sus fuerzas. Sólo desde la plena confianza e intimidad con Dios, podemos explicarnos el tesón con el que afronta su destino y la autoridad que en todo momento transmite desde la coherencia de su vida.

La oración es para Jesús ese tiempo de encuentro y diálogo con Dios Padre. En ella relee cada día y cada acontecimiento, comparte su experiencia de gozo y de rechazo, se siente confortado para seguir adelante y a la vez pacificado para poder entregarse con absoluta libertad, a pesar de las amenazas y persecuciones que padezca.

Al contemplar el rostro de Dios, pone en su presencia a todos sus hijos más débiles y a quienes va ganando para la causa del Reino. No está solo, sus discípulos y muchos más van acogiendo el proyecto de vida de las bienaventuranzas y toman como senda la justicia, la fraternidad y la paz. En la oración, Jesús pone ante Dios sus preocupaciones y dificultades, sus desvelos y abandonos, pero sobre todo en ese encuentro con Dios colma de dicha y de su fortaleza alma para seguir con entusiasmo y fidelidad la misión que se le ha encomendado.

Esta experiencia también la hemos de vivir nosotros para poder sentirnos acompañados por el Señor en cada momento de nuestra vida, para ser fieles transmisores del evangelio de Jesucristo; "¡Ay de mí si no anuncio el Evangelio!" exclama el apóstol San Pablo en la segunda lectura que hemos escuchado. Esta es la misión fundamental de todo creyente. Anunciar la Buena Noticia de Jesucristo en cada acontecimiento y situación que nos toque vivir. Toda acción de la Iglesia ha de estar orientada a esta finalidad, a evangelizar. Nuestras reuniones de grupos, nuestros encuentros de formación, las acciones solidarias y caritativas, los compromisos sociales y políticos, las celebraciones litúrgicas y sacramentales, toda la vida de la Iglesia encuentra su razón de ser en el anuncio del Evangelio.

Los cristianos tenemos que ser mensajeros de la Buena noticia que hemos recibido del Señor y que es donde se asienta nuestra esperanza. Un anuncio que comienza por el testimonio personal, que debe explicitarse con claridad en la transmisión de nuestra fe, y que además se ha de materializar en el compromiso de nuestra vida para la construcción del Reinado de Dios.

Muchas de las cosas que hacemos son importantes, pero lo fundamental es el porqué las hacemos y quién anima nuestra fe y caridad.

Somos mensajeros del amor de Dios manifestado en Jesucristo, y que a través de su palabra hemos de seguir ofreciéndolo al mundo como camino, verdad y vida. Este ha sido el testimonio de los santos y de los mártires a quienes tantas veces recurrimos como intercesores y ejemplos de vida. Ellos dieron su vida por amor a Cristo y a los hermanos, especialmente a los más necesitados, y esa entrega es para la Iglesia, modelo de vida y de seguimiento del Señor.

El creyente en Jesús ha de vivir esas actitudes del maestro; entregarse a los necesitados, a los pobres y enfermos, a los más desamparados y marginados. Pero ha de ser este un servicio y una entrega que se nutren de la oración y del encuentro personal con Dios. Jesús mantenía esa relación estrecha con el Padre, y a través de la oración encontraba luz en su camino y fortaleza para entregar toda su vida a los demás.

Descubrir nuestro ser creyente en la tarea evangelizadora nos llenará de gozo y nos mostrará la fecundidad del amor de Dios en la entrega a los hermanos. Descubrir nuestro ser creyente en la tarea evangelizadora nos llenará de gozo y nos mostrará la fecundidad del amor de Dios en la entrega a los hermanos.

Necesitamos hoy quien acoja esta labor con entusiasmo y confianza. Desde la clara conciencia de que no somos dueños del evangelio sino sus servidores, pero siendo conscientes también de la necesidad de nuestro trabajo, "porque la mies es mucha y los obreros pocos". Por esta razón debemos seguir alentando a tantos hermanos nuestros con quienes compartimos la fe, que se animen a entregar parte de su tiempo al servicio de la comunidad eclesial. Porque todos somos necesarios en esta tarea evangelizadora y es el mismo Jesús quien nos envía como misioneros en medio de nuestras familias, trabajo y ambiente social.

Pidamos también al Señor que siga suscitando personas entregadas a la comunidad para el bien de los hermanos. Hombres y mujeres que desde la llamada a la vida religiosa y al Ministerio Sacerdotal se entreguen al servicio de las comunidades cristianas para congregarlas en la fe, animarlas en la esperanza y mantenerlas siempre en el amor y la comunión eclesial. Personas que haciéndose cercanas a los demás, y en especial a quienes sufren, sean siempre un testimonio del amor y la entrega de Jesucristo en favor de toda la humanidad.

Pidamos hoy al Señor que nos ayude a tener los mismos sentimientos que S. Pablo; vivir la fe con la plena conciencia de nuestra responsabilidad y con el gozo de sentirnos agraciados por el amor de Dios que siempre nos acompaña y fortalece. Porque Como nos enseña el apóstol "todo lo que hacemos por el evangelio, nos ayuda para participar también nosotros de sus bienes".

viernes, 26 de enero de 2024

DOMINGO IV TIEMPO ORDINARIO

 


DOMINGO IV DEL TIEMPO ORDINARIO

28-01-2024 (Ciclo B)

"Este enseñar con autoridad es nuevo". En esta frase se expresa el sentir de quienes acogen la Palabra de Dios con un corazón abierto y confiado. Jesús va despertando entre las gentes algo más que la admiración o el asombro. Va calando en lo profundo de sus corazones por la unidad existente entre su vida y su palabra, entre lo que dice y lo que hace.

Ya en el antiguo testamento se nos muestra esta necesaria coherencia entre la palabra que en nombre de Dios se pronuncia y la vida de quien la transmite. "Suscitaré un profeta de entre tus hermanos, pondré mis palabras en su boca y les dirá lo que yo le mande". Dios ha puesto en nuestras manos una misión extraordinaria, una tarea apasionante: transmitir con fidelidad y valor su palabra salvadora. No somos dueños de ella ni podemos subordinarla a nuestros intereses. De ahí que la severa advertencia resulte amenazante para el profeta infiel que manipula, utiliza o profana la palabra de Dios, "el profeta que tenga la arrogancia de decir en mi nombre lo que yo no le haya mandado, o hable en nombre de dioses extranjeros, es reo de muerte".

Dios es celoso de su palabra y no puede consentir que en su nombre se pervierta la justicia y la verdad. Dios jamás bendice ni ampara la injusticia que tanto dolor provoca y se rebela contra quienes en su nombre oprimen, esclavizan o causan sufrimiento a los demás.

Esa fidelidad absoluta a la palabra de Dios es la narrada en el evangelio de hoy. Jesús manifiesta la plena unidad entre la palabra y el obrar de Dios, entre lo que Dios anuncia y su acción salvadora. Es a la luz de esta vida de Jesús donde nosotros hemos de asentar nuestro testimonio evangelizador.

La palabra de Dios transmitida con fidelidad siempre será una palabra consoladora, una palabra de esperanza, de Sosiego y de Paz. Una palabra que denuncia la injusticia y la muerte, la violencia y el egoísmo, el sufrimiento que unos infringen a otros. Una palabra de verdad.

La palabra de Dios es liberadora de toda opresión, y así el evangelista nos narra cómo Jesús devuelve la vida a quien la tenía arrebatada, liberándolo de las ataduras del maligno.

El personaje del endemoniado que de tantas maneras aparece en el evangelio como un claro caso de marginación social y denigración personal, no sólo está sometido a la imposición de un ser opresor, se encuentra bajo el dominio de su voluntad perdiendo cualquier capacidad de decisión sobre sí mismo y obrando bajo la influencia del pecado y el mal.

La sanación que Jesús ofrece abarca a toda la persona. Sus gestos de acogida y misericordia, nos muestran ante todo el gran amor que Dios nos tiene y que en medio de nuestras limitaciones no nos abandona y nos sigue llamando a una vida digna y dichosa. Para ello el primer gesto que realiza es liberar al hombre de su opresor, imponiendo el silencio a quien usa la palabra para engañar y someter; "Cállate y sal de él".

Cuando la mentira y la falsedad se abren camino en medio de nuestro mundo, y pretenden ocupar el lugar de los valores fundamentales que conducen nuestra vida, entramos en una pendiente que nos va hundiendo como personas y como sociedad. Las palabras que en otro tiempo tenían claros significados y nos ayudaban a configurar un estilo de convivencia, ahora se desvirtúan y relativizan.

Conceptos tan esenciales como la familia, el matrimonio, la dignidad de la vida humana, la violencia y el terrorismo, la solidaridad en tiempos de crisis, todos ellos tan de actualidad, o son contemplados e interiorizados a la luz del evangelio de Jesucristo, o serán manipulados conforme a los intereses de las ideologías dominantes, a las ansias de permanecer en el poder a costa de todo, usando la mentira con descaro y persiguiendo las voces discordantes con métodos indignos. De manera que lo que ayer tenía un valor absoluto hoy se pueda relativizar o cambiar de opinión, si con ello se recaudan los apoyos necesarios.

Jesús nos muestra un camino nuevo basado en el amor de Dios, pero a la vez construido sobre las bases de la verdad, la fidelidad y la entrega personal para mantener siempre viva la dignidad inalienable de la persona creada a su imagen y semejanza.

Dios nos avala con su autoridad cada vez que nos entregamos al servicio de los demás transmitiendo con nuestra palabra y testimonio la verdad de la fe que profesamos. Y aunque sintamos la incomprensión o el rechazo de quienes desean imponer su propia amoralidad, el Espíritu del Señor nos anima y sostiene para que compartiendo el Don de la unidad seamos fieles testigos del evangelio en medio del mundo.

Somos portadores de una palabra de vida y de esperanza, y con esa convicción debemos ofrecerla a nuestros hermanos "a tiempo y a destiempo". Eso sí con la sencillez y el respeto de quienes saben que sólo tenemos capacidad para proponer y no para imponer. Los medios por los cuales hemos de anunciar el evangelio jamás pueden desdecirse de su contenido esencial, que son la fe, la esperanza y el amor.

Hoy recibimos del Señor una llamada a la fidelidad. La Palabra de Dios no puede subordinarse a nuestros intereses. Y en nuestros días podemos caer en el riesgo de querer reinterpretar el evangelio para adaptarlo a la conveniencia del oyente, lo cual puede llevarnos a ofrecer una palabra agradable al oído autocomplaciente de nuestra sociedad de bienestar, pero que nada tiene que ver con el Evangelio de Cristo y su propuesta en amor y fidelidad.

Pidamos en esta eucaristía el don del Espíritu Santo. Que Él nos ayude a vivir la fe de tal manera, que demos testimonio auténtico de Jesucristo, y transmitiendo con generosidad su evangelio, pueda ser reconocido por todos como su único Señor y Salvador.

miércoles, 10 de enero de 2024

DOMINGO II TIEMPO ORDINARIO

 


DOMINGO II DEL TIEMPO ORDINARIO

14-1-2024 (Ciclo  B)

     

¿Qué buscáis? Una pregunta de sólo dos palabras, sin ambigüedades ni distracciones. Concreta y al centro del alma de quien la escucha. ¿Qué buscamos? cuando nos acercamos a Jesús.

No cabe duda de que todos nosotros hemos sido introducidos en la fe por la religiosidad de otras personas, nuestros padres, abuelos, tal vez amigos, siempre siguiendo la estela de una corriente cristiana vivida en el ambiente social en el que la inmensa mayoría de los presentes hemos nacido y crecido.

Pero esto hace tiempo que cambió. Ni el ambiente ya es cristiano, ni nuestras familias viven la fe con esa naturalidad casi diaria y compartida, y muchas veces nosotros mismos nos damos cuenta de que seguimos una rutina interiorizada, que es verdad nos ayuda a vivir con esperanza, pero que no siempre es debidamente integrada, meditada y saboreada desde la interioridad espiritual del encuentro con Cristo.

Por eso me parece que la pregunta de Jesús hoy es tan novedosa y radical como la realizada a sus primeros apóstoles. ¿Qué buscáis?

Y ellos, como nosotros, no sabían qué buscaban, pero tuvieron la curiosidad de saber dónde vivía Jesús, y es su respuesta en forma de pregunta, eso sí ya con una intuición sobre a quién preguntaban ya que lo llaman Maestro. Maestro, ¿dónde vives?

Y el Señor ante cualquier respuesta positiva hacia su persona provoca el encuentro más profundo, “venid y veréis”.

Ciertamente no asistimos a un diálogo al uso, de larga conversación y cuestiones formales. Es un encuentro en diálogo conciso y concreto; qué buscáis, dónde vives, venid y veréis.

El resultado de aquél encuentro tuvo consecuencias radicales para la vida de Andrés y su compañero, de manera que esa vida cambió y provocó el encuentro de Jesús con Pedro y la posterior llamada del Señor a su seguimiento definitivo. Pero sigue siendo hoy muy importante lo que cada uno busca en la relación con Jesús.

Unos pueden moverse por la curiosidad hacia un personaje relevante en la historia de la humanidad, estos pronto dejarán ese interés y pasarán a otros más de moda y actuales. Otros que nacieron en un ambiente familiar religioso pueden buscar el consuelo en medio de las adversidades, la respuesta a muchas de sus incertidumbres, o la bendición de sus opciones vitales para mantener tranquila la conciencia.

Porque de alguna manera todos conocemos muchos rasgos de la vida de Jesús, y subrayamos con especial énfasis aquellos que muestran su misericordia, su acogida incondicional a todos, su cercanía a los pobres y enfermos, su lucha por la justicia que posibilite una auténtica fraternidad universal, su entrega personal hasta dar la vida por amor a los suyos.

Pero tal vez no seamos suficientemente conscientes de que precisamente ese amor a los suyos parte de algo mucho más profundo como el amor al Padre y la búsqueda permanente del cumplimiento de su voluntad.

Y si a la pregunta de qué buscáis, respondemos desde nuestras situaciones limitadas, imperfectas y necesidades humanas, en el encuentro con él, si realmente se produce en la aceptación de su palabra y obra, pronto seremos llevados hacia su centro de interés que es el de la referencia permanente al cumplimiento de la voluntad del Padre.

No son nuestras situaciones tantas veces autorreferenciales (como nos dice el Papa Francisco), las que desarrollan el encuentro con Jesús, sino seguir al “Cordero de Dios que quita el pecado del mundo”, que es como Juan el Bautista lo señaló ante sus propios discípulos y lo que suscitó su puesta en el camino del encuentro con Cristo.

Así lo vivió S. Pablo en su propia carne. Él buscaba acabar con ese nuevo movimiento religioso naciente y en su lucha cayó derrotado ante la irrupción del amor de Jesús resucitado en su vida personal y de fe. Y eso le llevó a un cambio existencial transformándolo todo y poniendo la totalidad de su vida en plena referencia a Dios Padre de Jesucristo.

Y en medio de una sociedad gentil greco-romana, que en eso se parece mucho a la nuestra, donde había un determinado modo más o menos aceptado de vivir las relaciones personales de manera contraria a la fe judía y también cristiana, él no duda en establecer una enseñanza acorde a la fe que desde llame a la coherencia en el desarrollo de esas relaciones. ¡Glorificad a Dios con vuestro cuerpo!

El ambiente pansexual de nuestros días, donde ya hemos podido ver de todo y poco puede quedar por sorprendernos, es para el cristiano un campo de minas. Es muy difícil avanzar en las relaciones interpersonales con un criterio firme conforme a la madurez de nuestra fe. Y si bien nadie puede juzgar la vida de los demás, y el debido respeto a todos ha de ser el suelo sobre el que establecer esas relaciones con los demás, eso no conlleva que para nosotros cualquier modo de vida sea igualmente lícito desde nuestra fe.

Y con igual libertad y coherencia debemos ofrecer una palabra que ilumine la vida de quienes realmente busquen a Jesús, porque una cosa es que el Señor acoja y bendiga a todo ser humano y otra muy distinta que lo haga a sus comportamientos o decisiones. Bendecir a las personas para que Dios nuestro Padre les ayude y oriente en el cumplimiento de su voluntad es una cosa y otra muy distinta que busquemos con ella, la aprobación de nuestros comportamientos y opciones cuando son contrarios a su plan de salvación.

Esto nos remite al comienzo de lo expuesto, y ciertamente cada uno debe responder a la pregunta sencilla de Jesús con la verdad de su vida, ¿qué buscas? Y la única respuesta que podemos ofrecer es la de aquellos que se conformaban con conocer dónde vivía. Porque dejándonos invitar por Jesús para acompañarlo en su jornada, también lo descubriremos como nuestro Mesías y Salvador. El Cordero de Dios que quita el pecado del mundo y que con su amor nos ayuda a ir dando respuesta coherente cada día de nuestra vida a fin de cumplir en ella la voluntad de Dios.

Que como hemos cantado al comienzo, “vivamos nuestra fe con la ayuda del Señor”, porque sin esa ayuda es imposible encontrar el camino que nos conduce hasta él.

 

viernes, 22 de diciembre de 2023

DOMINGO IV DE ADVIENTO

 


DOMINGO IV DE ADVIENTO

24-12-23 (Ciclo B)

 

       Al llegar al final de este tiempo de Adviento, la Palabra de Dios nos regala con una de las páginas más bellas de la Escritura. El diálogo entre el enviado de Dios y María, nos descubre una experiencia llena de ternura, de confianza y de disponibilidad.

       Alégrate llena de gracia”; con este saludo tan denso, el ángel se presenta ante María, una humilde joven de Nazaret, que del anonimato más absoluto, va a pasar a ser protagonista fundamental de la Historia de la Salvación.

       La vida de María, desde el momento de su nacimiento, ha estado bendecida por Dios. Y es la profundidad de su vida espiritual, su experiencia de fe y su capacidad de servicio, lo que capacita a María para recibir esta propuesta de Dios con responsabilidad y entera disponibilidad.

       Pero seguimos desgranando este Evangelio tan hermoso; Ante el sobresalto de María, por esta presencia inesperada, el enviado de Dios, Gabriel, prosigue con el contenido fundamental de su misión. María es la elegida por Dios para ser la puerta de su Encarnación en la historia. Y aunque todos los elementos humanos estén en contra de esta posibilidad, el ángel explica cómo acontecerá esta acción divina: “la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el que va a nacer se llamará Hijo de Dios”.

       Para Dios nada hay imposible, no tiene más que mirar la situación de su prima Isabel. Ella también ha sido elegida por Dios para que de sus entrañas nazca quien preparará el camino al Señor.

       Y el diálogo concluye con esta frase que tantos creyentes han ido repitiendo a lo largo de su vida, “aquí está la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra”.

       En un texto tan breve, se condensa toda una vida orientada por entero al Señor. Y ante el inmenso amor que María siente por parte de Dios, se llena de ilusión y de esperanza al recibir de su mano la misión más importante que jamás nadie haya recibido.

       Ser la madre de Jesús, el Mesías, el Salvador, se contempla ahora como una bella responsabilidad, llena de gozo y de futuro esperanzador.

       La vida de la madre estará siempre unida a la de su hijo, vivirá pendiente de su suerte y se convertirá en víctima inocente del mismo destino que a él le aguarda. Desde el momento de su concepción y hasta el pié de la cruz en el Calvario, María acompañará a su hijo, compartiendo su misma vida y su misma muerte.

       En María todos hemos puesto nuestra mirada como modelo de creyente. Ella nos muestra el camino que conduce hasta su Hijo, nos alienta en todos los momentos de nuestra vida y nos sostiene ante las dificultades.

       El pueblo de Dios la ha otorgado los más hermosos títulos que adornan su figura, y también aquellos por los que busca su amparo. Ella es abogada nuestra, aquella que vuelve sus ojos misericordiosos en medio de este valle de lágrimas. 

Y en ella encontramos los cristianos a la madre que el mismo Señor Jesús nos regaló para que alentara nuestra fe y nuestra esperanza. 

En nuestros días siguen siendo muchas las personas que a ejemplo de María entregan su vida al servicio de los demás. Con su generosa disponibilidad van sembrando de amor y de ilusión este mundo nuestro a través de múltiples servicios dentro y fuera de la Iglesia. 

Esta es la respuesta que todos debemos dar al Señor en medio de nuestra vida, que se haga siempre su voluntad. El no nos va a pedir cosas imposibles ni que superen nuestras capacidades. Y si se fija en nosotros para una tarea concreta bien en la vida laical, sacerdotal o religiosa no es para complicarnos la existencia, sino para hacernos responsables de ella siendo plenamente felices en la entrega generosa al servicio de su Reino. 

La fe no es una realidad que pueda reducirse al ámbito de lo privado, al silencio y oculto del corazón. Ciertamente es una experiencia de encuentro personal con Dios, pero que de forma inmediata se pone en camino, en apertura a los demás y en comunión fraterna con quienes sentimos arder en el alma la misma llama del amor del Señor. No en vano la colecta de este día es la gran llamada a la solidaridad que todos recibimos desde la urgencia de quienes padecen el sufrimiento que la pobreza y el abandono les ocasiona. Hoy es el día de mirar más allá de lo individual y sentir la necesidad de ser generosos con los necesitados, porque en ellos Dios nos llama a socorrer su necesidad.

       Queridos hermanos. Estamos a la puerta de vivir el nacimiento del Señor. Y año tras año lo rememoramos con la ilusión y la esperanza de  que por fin sea una navidad de paz y de felicidad para todos. Pero este deseo permanente depende en gran medida de nuestra disposición personal, de nuestra acogida a la llamada que Dios nos hace y a la que debemos responder con generosidad. El nos señala con su estrella el camino que nos conduce a su presencia para que lo recorramos unidos en una misma fraternidad. De este modo podremos cantar la gloria de Dios, que llena de paz la vida de los hombres de buena voluntad.

Que María, la mujer que se hizo servidora del Señor, y desarrolló plenamente su libertad al ponerla confiadamente en las manos amorosas de Dios, nos enseñe a vivir la entrega personal desde la confianza y así podamos como ella alegrarnos en Dios nuestro Salvador, cuya misericordia cantamos por siempre, dando testimonio con nuestra vida de Jesucristo, cuya venida a nuestras vidas anhelamos.

viernes, 15 de diciembre de 2023

DOMINGO TERCERO DE ADVIENTO - GAUDETE

 


DOMINGO III DE AVDIENTO

17-12-23 (Ciclo B)

 

       “Estad siempre alegres en el Señor”, este domingo llamado precisamente así, “Gaudete”, el del gozo, nos sitúa ante la cercana venida del Señor. Cómo no estar gozosos cuando sentimos cada vez más próximo el nacimiento del Salvador. Es el gozo de aquellos a los que van destinadas las palabras del profeta Isaías, los pobres, los cautivos, los enfermos. Estad alegres en el Señor porque en medio de la oscuridad e incertidumbre, hemos de hacer brillar la luz de la esperanza que se sostiene sobre la siempre viva antorcha de la solidaridad.

       El adviento cristiano debe preparar la venida del Señor de forma efectiva y para todos. Al igual que Juan el Bautista hace dos mil años, nosotros hoy somos los precursores, los que allanamos el camino al Señor. Y allanar el camino al Salvador supone rellenar los huecos y recortar las montañas.

       El Espíritu del Señor ha sido derramado sobre nosotros para anunciar la Buena noticia a los que sufren, vendar los corazones desagarrados, proclamar la libertad a los cautivos y el año de gracia del Señor.

       De esta forma vamos preparando el camino por el que el Mesías quiere acercarse a cada ser humano para morar de forma permanente en él y colmar así de esperanza y dicha  su existencia.

       Pero como decía, hemos de rellenar los huecos y vacíos que hay en nuestro entorno y a la vez tirar abajo aquellos muros o montes que dificultan el desarrollo del reinado de Dios.

       En estas fechas donde tanto se consume, hemos de vivir la caridad cristiana con los hogares vacíos de lo imprescindible para subsistir. En momentos donde nos deseamos de corazón los mejores sentimientos entre los amigos y familiares, tenemos que llenar de fraternidad y de misericordia el desarraigo que la marginación provoca en tantas personas alejadas de sus seres queridos.

       Pero también hay que derruir lo que nos impide ver el horizonte de Dios. Ante los muros que levantan la violencia y el odio, hay que cimentar la justicia y la paz desde bases sólidas de convivencia y respeto en la solidaridad con las víctimas. Ante las barreras que suponen los miedos y recelos para con aquellos que viven excluidos y en la calle, hemos de limpiar la mirada del corazón y descubrir en ellos a unos hijos de Dios, y por lo tanto a hermanos nuestros.

       La vida de Juan el bautista fue acogida por muchos como un don de Dios. Su llamada a la conversión y a recibir un bautismo que abriera la puerta a un estilo de vida nuevo, basado en la misericordia y en el amor, fue seguido por muchas personas que anhelaban una vida más digna y fraterna.

       Pero la voz de Juan no sólo anunciaba la cercanía del Salvador. También denunciaba la injusticia y la opresión; tanto en el plano de la vida pública, como en los comportamientos morales individuales donde se gestan las acciones que condicionan nuestra vida y las de los demás.

       Preparar el camino al Señor para favorecer que su reinado se implante en nuestras vidas, no será posible si no conlleva la conversión individual, la de todos sin excepción.

       Ciertamente que la meta no es quedarnos en el intimismo. Que la fe ha de vivirse y desarrollarse en comunión con los hermanos de forma que sus frutos redunden en la transformación de toda la realidad. Pero la única manera de poder transformar este mundo nuestro e implantar en él el reino de Dios, es haciendo que primero Dios reine en nuestros corazones y así, con nuestra vida renovada en su totalidad, transparente y testimonie la verdad de una existencia totalmente entregada al servicio del Señor y de los hermanos.

Esta llamada a la conversión y al cambio radical de nuestras vidas, también va a encontrar serios detractores. Personas que como a Juan nos cuestionen con qué autoridad nos permitimos los cristianos denunciar comportamientos asumidos socialmente e incluso justificados y amparados legalmente.

Cuando la Iglesia, a través de sus pastores, ofrece una palabra iluminadora de la vida cotidiana, sus primeros destinatarios somos los cristianos, pero no los únicos. También se ofrece a todo el que lo desee una palabra de esperanza y unos principios éticos y morales que ayuden a vivir en plenitud.

Y el hecho de que otros dirijan sus vidas por caminos distintos e incluso  contrarios, no nos desautoriza en absoluto, sino que nos diferencia, lo cual además de bueno es necesario.

En una sociedad como la nuestra que tantas veces atenta contra la vida y la dignidad de las personas, no sólo tenemos que denunciar las agresiones que padecen quienes gozan de plenos derechos; tenemos que defender con valor a los indefensos y a los sin voz. Así lo hacemos cada vez que nos situamos frente al odio y la violencia, contra los malos tratos que tantas mujeres padecen a manos de los hombres, cada vez que alzamos nuestra voz en contra de los atentados contra la vida. No es más digna una vida por el hecho de haber concluido su proceso de gestación, o por gozar de buena salud, o por contribuir al bien común. La vida o tiene dignidad siempre, porque así se la ha dado su Creador, o nadie puede otorgársela de forma arbitraria.

La llamada del adviento a nuestra propia conversión, exige de nosotros una conciencia clara de nuestra responsabilidad personal y social. Y por muchas que sean las dificultades que hoy encuentran quienes se comprometen en esta defensa de la persona en su totalidad, no por ello su misión se ve deslegitimada o desprotegida. La comunidad cristiana la bendice, sostiene y anima con su oración y aliento.

El tiempo de adviento canta constantemente “Ven Señor Jesús”. Y Jesús ya vino hace dos milenios, viene hoy en nuestro presente concreto, y vendrá a nuestro encuentro en la consumación de nuestra vida. Pero su venida sólo es gozosa si es acogida. Pedirle al Señor que venga, supone abrir nuestra vida para que entre en ella, de modo que habitados por su Espíritu, prolonguemos con nuestros gestos sencillos pero eficaces, su obra de salvación.

       Dios sigue enviando su mensajero delante de los hombres para prepararle el camino. Y lo mismo que antaño Juan el Bautista se entregó con eficacia y valor, anunciando a tiempo y a destiempo la venida del Salvador, ese mensajero hoy somos cada uno nosotros. Que el Señor nos sostenga en este empeño y nos dejemos sorprender por su venida, para que así nos sintamos renovados en la esperanza y en el amor.