viernes, 2 de diciembre de 2016

DOMINGO II DE ADVIENTO



DOMINGO II DE ADVIENTO

4-12-16 (Ciclo A)



       “Preparad el camino del Señor”. Esta llamada del último gran profeta del Antiguo Testamento, Juan el Bautista, nos sitúa hoy ante la cercana venida del Señor. Así la Palabra de Dios que se nos anuncia nos invita a vivir desde la conversión este tiempo de gracia y de esperanza.



       El profeta Isaías, en medio del exilio de su pueblo, cuando parece que ya se han perdido las razones para mirar al futuro con optimismo, lanza una palabra de aliento, “brotará un renuevo del tronco de Jesé”. Es decir, de este pueblo abatido y humillado, similar a un palo seco y muerto donde no cabe ninguna posibilidad para que crezca nada, Dios hará posible una vida nueva y fecunda.

       Su mirada hacia el futuro nace de la confianza en ese Dios cuyo reinado va a transformar para siempre la realidad presente. “De las espadas forjarán arados y de las lanzas podaderas”, allí donde hoy sólo vemos violencia y muerte, nacerá con vigor la paz y la justicia. Este es el gran acontecimiento de nuestra historia de salvación. El primer canto que tras el nacimiento del Señor se va a escuchar de boca de los ángeles hacia los pastores será “Gloria a Dios en el cielo, y en la tierra paz a los hombres que Dios ama”.



       Es por eso que no resulta extraño que todo el canto de Isaías sea un himno de paz. La paz es un don de Dios; la paz supera nuestras intenciones personales e individuales porque siempre es cosa de dos. Necesitamos esa paz y para ello todos hemos de preparar el camino, como nos dice Juan el Bautista en el evangelio.



       La paz sólo será posible si viene de la mano de la justicia y de la misericordia. Así lo anuncia el profeta, dejando claro que en el corazón de Dios no hay olvido posible del desamparado. El Dios de la paz es ante todo el Señor de la misericordia que se fija en el dolor y el sufrimiento de los pobres, en el llanto de las víctimas de este mundo insolidario y egoísta. El Dios de la paz nos hace ver que en la raíz de los conflictos, violencias e injusticias, está el abandono y el desprecio hacia los más necesitados.



       Un mundo como el nuestro dividido entre el norte y el sur, entre pobres y ricos, jamás conocerá la paz mientras no trabaje por la justicia y la solidaridad que brotan de la conciencia fraterna entre todos los hombres y pueblos. Y esta conciencia de fraternidad universal sólo se puede sustentar sobre la base del amor de Dios, Señor de la historia.

       Dios no juzgará por apariencias, ni sentenciará de oídas, nos dice el profeta. Una sociedad como la que nos rodea, en la que tanto sufrimiento se genera por el egoísmo y la violencia, no queda desamparada de Dios. Y aunque el presente de nuestro mundo nos sobrecoja muchas veces, debemos seguir manteniendo la esperanza a la vez que nos esforzamos para cambiarlo y mejorarlo.



Los cristianos tenemos una difícil tarea para preparar la venida del Señor a nuestras vidas. Primero hemos de superar las resistencias personales por las que todos atravesamos. No es fácil mirarse a uno mismo y reconocer el gran camino que nos falta para vivir con coherencia el mensaje del Evangelio. Cuanto nos cuesta vivir con honestidad la llamada del Señor a ser prójimos los unos de los otros, y por lo tanto hermanos.



En segundo lugar también nos debemos al compromiso por la conversión y transformación del entorno.

Los creyentes en Cristo debemos elevar nuestra voz en aquellas situaciones donde los derechos de las personas y la dignidad de los más débiles están en peligro. El miedo a la crítica y el enfrentamiento, por muy natural que sea no nos justifica. La fidelidad al mensaje de Jesucristo requiere del creyente un claro posicionamiento en favor de los más pobres y abandonados, y esto exigirá de nosotros ir en muchas ocasiones en contra de intereses económicos o incluso de nuestro bienestar personal.



       Celebrar la fe cada domingo nos ha de ayudar a identificarnos con esos sentimientos de Cristo donde por encima de sus miedos y de los rechazos sufridos, está la fidelidad al Padre Dios que le ha enviado a anunciar la buena noticia a los pobres, la liberación de los oprimidos, el año de gracia del Señor.



       Y este deseo se ha de concretar en lo cotidiano de nuestra vida, asumiendo nuestro compromiso en la transmisión de la fe y sabiendo acertar a la hora de explicitarla a los demás. Este tiempo cercano a la Navidad, donde se puede percibir un mundo cada vez más secularizado y alejado de la fe, en el que muchos se pueden preguntar el porqué de estas fiestas, su sentido y razón, los cristianos debemos expresar su fundamento y origen con sencillez y naturalidad.

Las luces y adornos navideños sólo encuentran su sentido en la realidad de la Encarnación de Dios, en el nacimiento de un Niño que para nosotros es el Salvador, aunque para el mundo entero sea sólo Jesús de Nazaret.



Los cristianos no podemos limitarnos a celebrar un tiempo al modo del mundo pagano, debemos expresar con gestos y símbolos la autenticidad de lo que celebramos, y para ello debemos preparar nuestro interior personal y el exterior social que nos rodea. Nuestros adornos y expresiones externos han de manifestar a quién esperamos con ilusión y alegría, y que no es otro que a Dios hecho hombre, en la sencillez y pequeñez de un Niño, ante quien oramos, y a quien adoramos porque en él reconocemos al Hijo de Dios, nuestro Señor.



Que este tiempo que nos queda por delante sea provechoso para todos, y nos ayude a preparar la venida del Señor a nuestra vida, a nuestros hogares y a este mundo que tanto ansía, aunque a veces sin saberlo, a su Salvador.

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