miércoles, 6 de febrero de 2019

GOYA A LA GRANDEZA HUMANA



No vi la gala de los Premios Goya celebrada este pasado sábado 2 de febrero, pero sí he podido ver la recogida del Goya al mejor Actor Revelación de D. Jesus Vidal y escuchar sus palabras de agradecimiento. Nunca antes he notado tanta gratitud, frescura y sencillez en alguien que recibe un premio, y seguro que la inmensa mayoría son muy merecidos.

Pero en este caso, después de sentir cómo se me iban empañando los ojos ante la emoción que este gran actor nos transmitía, concluyó con una frase sublime tras agradecer conmovido a sus padres, todo lo que de ellos había recibido: “A mí sí me gustaría tener un hijo como yo, porque tengo unos padres como vosotros. Muchísimas gracias”

Esta frase seguro que no la olvidaré jamás, porque no sólo muestra un sentimiento filial lleno de ternura y gratitud, sobre todo manifiesta una calidad humana extraordinaria tanto en esos padres que amaron, cuidaron y supieron llenar de dicha la vida de su hijo, como la clara conciencia del hijo de que su valor no lo determinó una situación de discapacidad, sino el amor que recibió en todos los momentos de su existencia.

En una sociedad tan acostumbrada al descarte de las personas distintas, y tan complaciente con quienes seleccionan entre sujetos posibilitando la vida de unos y la muerte de otros, escuchar esta voz sencilla, temblorosa y agradecida ha sido un regalo.

Jesús Vidal estaría entre los candidatos al descarte, pero algo ha hecho que se colara entre los candidatos al Goya. ¿Ha sido la casualidad, la excelencia, el error?  Da igual. Él lo ha dejado muy claro al final de su brillante discurso sin papel ni pinganillo. Su espontaneidad responde a la cuestión; él sabe que su vida y las de aquellos que son como él merece la pena, es plena en sí misma y nada de ella debe ser oscurecido, disimulado o extirpado, no por el gran valor de sus capacidades intelectuales, físicas  o por su belleza exterior, sino porque alguien le ha mirado con exclusividad, con ternura y con el suficiente amor, que le ha hecho único, irrepetible e indispensable. Jesús ha sentido en su vida que sus padres y hermana lo miraban como a nadie, que valía como nadie, que  podía lo que nadie y que su existencia les era necesaria para ellos poder vivir felices. Jesús no era prescindible para los suyos, era indefectible por la sencilla razón de que los parámetros con los que su vida era medida no se correspondían con los de una sociedad vacía y autocomplaciente.

Todos los hijos, niños y niñas, vienen a su casa, a una familia, a un entorno humano que sólo lo es si tiene cualidad de humanidad. Y Jesús nos lo ha descrito con una clarividencia formidable. Por eso él puede tener un hijo como él mismo, porque sabe que será recibido como lo fue él, será querido como lo quisieron a él, y será claro candidato al triunfo de su vida como ha triunfado él. Porque aunque no gane la cabeza de tan insigne pintor, habrá ganado el mayor premio que un ser humano puede recibir y que por suerte no depende de ninguna votación, ni legislación, ni ideologías dominantes, su inalienable DIGNIDAD.

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