martes, 17 de marzo de 2026

DOMINGO V CUARESMA

 


DOMINGO V DE CUARESMA

22-03-26 (Ciclo A)

 

Llegamos al final de nuestro recorrido cuaresmal, con este evangelio que nos presenta S. Juan y que nos sirve de pórtico para la semana de pasión.

Estos cinco domingos nos han conducido desde la llamada a la conversión, hasta la revelación de Jesús convertida en promesa: “Yo soy la resurrección y la vida, el que cree en mí, aunque haya muerto vivirá”.

Cinco domingos en los que el Señor nos ha adelantado la experiencia del Reino en su transfiguración, ha calmado la sed de agua viva de la Samaritana y devuelto la vista al ciego de nacimiento.

 Todo un proceso de fe que culmina con este relato evangélico en el que la muerte, como realidad sufriente y amarga que trunca proyectos e ilusiones, se detiene ante la palabra de Jesús, “Lázaro, sal afuera”.

La muerte del amigo y el dolor de su familia, conmueven a Jesús. Esta experiencia toca profundamente su corazón porque ya no se trata del dolor de alguien alejado o desconocido. Lázaro es uno de sus íntimos, aquel que tantas veces le ha proporcionado momentos de paz y serenidad. Su hogar se le ofrecía al Señor como el propio y ahora está vacío y lleno de aflicción. Marta le ha mandado mensajes sobre la gravedad de su hermano y Jesús se ha retrasado, de ahí su reproche a la vez que su confianza, “si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto, aún así sé que todo lo que le pidas a Dios, él te lo concederá”.

En las palabras de Marta, se encuentran las soledades de tantas personas que mueren sin el cariño y la cercanía de los suyos. Tantos momentos de espera para reconciliarse y que llegan demasiado tarde.

La muerte, realidad dramática de por sí, muchas veces agudiza sus punzadas por la forma del morir. No es lo mismo llegar al final de la vida con paz y serenidad, tras una existencia suficientemente larga, que la vivida en años más tempranos por un accidente inesperado, por una enfermedad incurable, o la provocada por la violencia, la injusticia o el terror.

 Aunque toda muerte es una tragedia para los seres queridos que han de separarse para siempre, la manera de morir también debe de ser plenamente humana y humanizada.

Sabemos que la muerte vendrá para todos, y la aceptación cristiana de la misma nos ayuda a preparar el encuentro con el Señor, pero la muerte provocada por el hombre nunca puede ser aceptada ni asumida con resignación ya que va en contra de la naturaleza humana y de la voluntad divina.

Dios nos ha creado para que nuestra vida tenga un sentido y en ella podamos encontrarnos con el Creador a través del justo y digno desarrollo de la misma. Por eso debemos rebelarnos contra lo que atenta a su normal devenir y luchar responsablemente por la paz y el respeto a la dignidad de todos, estando de forma permanente al lado de los más débiles e indefensos.

Pero el evangelio de hoy, lejos de ser una narración mortuoria y descorazonadora, es una explosión de gozo y esperanza ante la vida que Jesús nos ofrece. La muerte de un ser querido, aunque siempre produzca dolor, necesite de la compañía y el afecto de los nuestros, además de la cercanía y el respeto de todos, sólo puede ser superada desde la esperanza en Cristo resucitado.

Las palabras y los gestos ayudan, pero es la fe firme en la promesa de vida que Jesús nos ofrece, la única que puede sanar el corazón roto por el dolor, de manera que vuelva a recuperar el ritmo de la vida agradecida a Dios por el don del amor compartido junto a nuestros seres queridos.

La muerte no tiene la última palabra sobre la Creación, y el Dios Creador nos ha llamado a la vida en plenitud por medio de su Hijo Jesucristo. “Yo soy la resurrección y la vida: el que muere y cree en mí, aunque haya muerto vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre. ¿Crees esto?”, ¿Creemos esto nosotros?

Este es el fundamento de nuestra fe cristiana. Los cristianos no sólo admiramos a Jesús, el hombre que pasó haciendo el bien por nuestra historia. Para esto ni tan siquiera hace falta ser cristiano, hay muchas personas que valoran la bondad humana sin más. Nuestra razón de ser cristianos es que creemos en Jesucristo resucitado que ha vencido a la muerte y nos ha abierto el camino de la vida para todos sin distinción.

Desde esta certeza que es más fuerte que las dudas y sinsabores de la vida, brota la confesión de Marta. Su fe en Jesús supera la densidad de su dolor, de modo que la confianza en Dios le ayuda a vencer la amargura del momento, y así confiesa que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo.

       Este evangelio de hoy se hace realidad cada vez que un creyente entrega en las manos del Señor a un ser querido. Es un evangelio convertido en profecía, porque a pesar de que muchas veces nos embargue la desolación y el desconsuelo, a pesar de que nuestra fe sea débil y nos cueste comprender el designio de Dios, por encima de todo ponemos nuestra confianza en el Señor.

El revivir temporal de Lázaro no fue más que un signo de la vida a la que estamos llamados. Devolvió la alegría a sus hermanas y además les mostraba el umbral necesario que todos debemos cruzar, la muerte física. Pero lo más importante es que en ella, se estaba prefigurando la resurrección gloriosa de Cristo, donde la muerte es vencida para siempre, y la vida en Dios se prolongará por toda la eternidad.

La muerte no debemos vivirla desde la rebelión contra Dios, tampoco con una resignación infecunda, hemos de asumirla como la entrega de la propia existencia por amor a Dios y a los hermanos. Si vivimos, vivimos para el Señor, si morimos, morimos para el Señor, en la vida y en la muerte, somos del Señor”, nos dice S. Pablo.

No hemos sido creados para terminar en la nada. Hemos sido creados a imagen y semejanza de Dios, quien en su Hijo Jesucristo, nos ha hecho hijos suyos, y por lo tanto herederos de su Reino.

Vivamos pues con esta firme convicción, “porque la vida de los que en ti creemos, Señor, no termina, se transforma”,  y de este modo podremos trasmitir a los demás la esperanza que no defrauda porque está asentada en la roca firme de Aquel que nos ha amado desde siempre.

Preparémonos en estos días que nos faltan para vivir con gozo la fiesta central de nuestra fe.

jueves, 12 de marzo de 2026

DOMINGO IV DE CUARESMA

 


DOMINGO IV DE CUARESMA

15-03-26 (Ciclo A)

 

Si el domingo pasado contemplábamos a Jesús como el agua viva, hoy se nos revela como la luz del mundo. Que importante en este tiempo de sombras, donde la situación de estas guerras en tantos lugares del mundo nos oscurece la mirada y retrae el ánimo, poder atisbar la luz de la esperanza que viene del Señor. Pues así en el evangelio que hemos escuchado se nos muestra algo más que la recuperación de la vista por parte de un ciego de nacimiento. La luz de Cristo devuelve la esperanza, la dignidad y el gozo. De hecho en este cuarto domingo de cuaresma, hacemos un paréntesis en la sobriedad propia del tiempo litúrgico, para dejar que se introduzca la luz de la alegría de la resurrección prometida. Hoy es el domingo de “Laetare”, de la alegría, por nuestro futuro en plenitud.

Y como tantas veces hemos escuchado en la Escritura, la vida de Jesús conlleva numerosos contrastes. Para aquel ciego será el Salvador, el Mesías prometido, para los fariseos será un trasgresor de la ley, ya que por encima de una curación sorprendente, que devuelva la vista o la vida a un ser humano, para ellos ha de  imponerse el cumplimiento estricto de la ley de Moisés, y de modo especial la observancia del sábado.

La luz de Dios pone al descubierto las actitudes más ocultas y también las obras más auténticas. Para quienes se dejan interpelar por los hechos, ven que un hombre impedido y marginado por su ceguera, ha recuperado su dignidad y la liberación de la enorme carga que de ella se derivaba. Ya no tiene que mendigar ni que depender de la caridad y misericordia de los demás. Para él se ha hecho la luz en su vida y desde ahora puede caminar sin tropezar en las piedras del camino, superando también los obstáculos que le impedían vivir con esperanza.

Este hecho extraordinario lo ha realizado otro hombre que nada ha exigido a cambio, cuyas palabras y obras lo preceden, ya que para muchos está suponiendo un aliento de ilusión en medio de sus vidas marcadas por el dolor, el abandono o el desprecio.

Está claro que Jesús tiene un don especial que a todos desconcierta y que a nadie deja indiferente.

Pero lo que más extraña de su actuar es que no busca beneficio personal, ni se pone al servicio de los poderosos que le pueden devolver el favor o promocionar su mensaje, su obrar va unido al anuncio del Reino de Dios, que expresa el deseo del Padre eterno de que todos sus hijos se salven. Cuantos gestos semejantes vemos en medio de las sombras cuando el corazón generosos y entregado de muchas personas se pone al servicio y cuidado de los demás.

La luz de Cristo busca iluminar nuestras vidas y darlas calor con su amor incondicional. Una experiencia que es regeneradora de los corazones desgarrados y que llena de alegría a todos los que se dejan sanar por su misericordia.

El encuentro de Jesús con el ciego se da desde la compasión que le produce esa situación. Sus discípulos le preguntarán quién pecó él o sus padres. Porque según su mentalidad, arraigada en la tradición judía, cuando uno padecía una enfermedad de nacimiento tan grave, era por un pecado suyo o de sus antepasados. Era un castigo de Dios.

Sin embargo a Jesús no le preocupan tanto las razones morales, ya que el pecado del ciego o de sus padres también está llamado a ser redimido por la conversión de sus vidas, lo que en este momento le mueve es sólo la realidad de esclavitud y dependencia que aquel ser humano había padecido desde siempre, por causa de una ceguera de la que nadie tenía por qué ser culpable, y mucho menos ser fruto de un castigo divino.

Jesús desea que vuelva a brillar para aquel hombre la verdadera luz de Dios, restaurar la verdad divina que no es causante de ninguna desgracia ni vengadora del mal humano, y en su nombre le devuelve la vista y con ella la esperanza de iniciar una vida nueva.

Jesús es la luz del mundo. Y la primera claridad que busca instaurar es la de una imagen de Dios sana y auténtica. La historia humana ha manchado demasiado la imagen de Dios utilizando su nombre de forma arbitraria y alejándolo de los más necesitados como si estuvieran desamparados de su mano y de su amor. Nadie puede apropiarse del nombre de Dios, y esa es la primera lección que Jesús da a los fariseos y sacerdotes de su tiempo, lo cual le llevará a la persecución y a la muerte en la cruz.

Hoy somos nosotros quienes revivimos este pasaje del evangelio en nuestro recorrido cuaresmal. Y por ello nos convertimos en destinatarios de su enseñanza, que por una parte nos llama a acercarnos a los hermanos con compasión y misericordia, a la vez que nos exige vivir la fe desde su verdad más profunda y auténtica.

Una fe que ha de ser confesada por una vida coherente y misericordiosa. Una fe que se manifieste ante los demás con el testimonio personal, entregado, solidario y fraterno, buscando siempre hacer el bien al necesitado antes que preocuparnos por su forma de vivir y pensar.

La comunidad cristiana recibió del Señor un claro mandato de ser misionera; de anunciar al mundo la Buena Noticia del Reino de Dios desde el anuncio explícito de Jesucristo, la denuncia de las injusticias y el testimonio personal. Todo ello ha de verse reflejado cada vez que nos reunimos para celebrar la Eucaristía, ya que ésta es la mesa de la auténtica fraternidad, en la que presididos por el mismo Jesucristo, nos sentimos enviados con la fuerza de su Espíritu Santo a sembrar en el mundo su semilla de amor y de paz.

Junto a este mandato del Señor, también debemos escuchar otra exigencia evangélica que a todos nos iguala y a nadie lo eleva sobre los demás; “no juzguéis y no seréis juzgados, no condenéis y no seréis condenados, perdonad y seréis perdonados, la medida que uséis con los demás la usarán con vosotros”.

       Hoy es un buen día para que todos nos acerquemos a Cristo con nuestras cegueras personales y sociales, a fin de que él nos vaya sanando. Recordando el final del evangelio no hay peor ciego que aquel que no quiere ver. Que el Señor nos ayude para que iluminados por la luz del amor, veamos siempre con limpieza de corazón a los demás y así vivamos conforme a su voluntad, porque serán los limpios de corazón, los que verán el rostro de Dios.

viernes, 6 de marzo de 2026

DOMINGO III DE CUARESMA

 


DOMINGO III DE CUARESMA

8-03-26 (Ciclo A)

 

       “El que beba del agua que yo le daré, nunca más tendrá sed”.

Con este simbolismo del agua que acabamos de escuchar en el diálogo con la Samaritana, nos introduce la liturgia en un proceso catequético que nos preparará para vivir la experiencia pascual.

Estos últimos domingos de cuaresma, eran vividos en las primeras comunidades cristianas con una intensidad singular. Los catecúmenos, aquellos que se preparaban para su bautismo y plena participación en la vida de la Iglesia, acogían la enseñanza del evangelio en el que tres rasgos fundamentales de la persona de Jesús van a preparar su reconocimiento pascual como el Mesías, el Santo de Dios. Jesús es el agua viva, él es la luz del mundo, él nos trae la vida eterna.

El primero de ellos, Jesús el agua viva, es el que en este domingo se nos presenta, por medio del evangelista S. Juan.

La experiencia de la sed ha servido para iluminar la actitud de permanente búsqueda del ser humano, y la necesidad de saciar su alma en el encuentro pleno con Dios. El pueblo de Israel, que desde su origen toma conciencia de haber sido especialmente elegido por el Creador, vive su experiencia de liberación de la opresión de Egipto como una clara intervención de Dios en su historia. De hecho, la principal fiesta de su vida social y religiosa será la Pascua, el paso del Mar Rojo hacia la tierra prometida, el paso de la esclavitud a la libertad, recuperación de la vida y de la dignidad perdida.

Pero aquella vivencia intensa de encuentro de Dios con su pueblo, no está exento de dificultades, tensiones y dudas. El camino por el que Dios va llamando a sus elegidos tiene sus exigencias personales, y la primera liberación a la que somos urgidos es a la de nuestros propios egoísmos e individualismos, que tantas veces esclavizan la vida propia y ajena. El desierto cuaresmal nos enfrenta con nosotros mismos haciéndonos sentir con mayor profundidad nuestra sed de Dios y disponiéndonos a buscarle con sincero corazón.

Esta experiencia de búsqueda, es la que acerca a Jesús y aquella mujer de Samaria.

       El encuentro con el Señor va a suponer para ella el reconocimiento de su vida atormentada, la recuperación de la dignidad quebrantada, y una renovada ilusión por vivir. La sed de sentido queda saciada ante el descubrimiento de un Dios que se nos acerca, nos acepta como somos y nos invita a beber de su amor inagotable para transformarnos el corazón de modo radical. Ese amor hace crecer en nosotros una vida nueva que se desborda en favor de los demás y que nos ayuda a vivir la vida, en medio de las dificultades de este mundo, con un espíritu nuevo y gozoso.

       En el diálogo que entablan Jesús y la Samaritana surgen muchas cuestiones de la vida y de la fe. Vemos cómo el Señor dialoga con ella con toda libertad para situarla delante su propia vida y verdad, con lo que hay en ella de luz y de sombra. Pero sus palabras no encierran ningún juicio inmisericorde de manera que aquella mujer, tan maltratada por tantas circunstancias adversas, se siente a gusto hablando con el desconocido. Y en esa conversación sincera y abierta también ella reprocha a los judíos su exclusivismo religioso y étnico, a lo que Jesús responde que esa división entre los hermanos por motivos de fe y de costumbres ha terminado, ya que los que quieran dar culto verdadero adorarán al Padre en espíritu y verdad, porque el Padre desea que le den culto así. Dios es espíritu, y los que le dan culto deban hacerlo en espíritu y verdad.

       En ese encuentro cercano y amistoso, surgen también las confesiones más profunda e íntimas. Por una parte la que la mujer hace de su esperanza personal; Sé que va a venir el Mesías, el Cristo; cuando venga, él nos lo dirá todo.

       A lo que Jesús responde revelando su identidad; Yo soy.

       Él es el esperado del pueblo sediento de Dios. Él es el agua viva que apaga esa sed y colma todos nuestros anhelos. Pero para vivir la experiencia del encuentro gozoso con el Señor, también nosotros debemos acercarnos al pozo de donde mana esa agua viva y buscar con sencillez al único que la ofrece con ternura y amor.

El culto que Dios quiere ha de darse en espíritu y en verdad. Es decir, debe brotar del corazón de cada uno de nosotros y de la vida auténtica y fiel de toda la comunidad creyente. A Dios, que es espíritu y verdad, no podemos verle fuera de sus manifestaciones sacramentales y lugares de especial encuentro como son los pobres, los enfermos y los necesitados. Allí donde siempre ha querido estar, entre sus hijos más humildes, los que sufren la injusticia y claman permanentemente su misericordia y compasión.

       El culto que Dios quiere es el de un pueblo santo unido en la fe, la esperanza y el amor, lo que se expresa de forma activa por medio de la comunión eclesial y su dimensión caritativa. El amor de los hermanos y la unidad de su fe han de visibilizarse en la entrega a los necesitados, en el compromiso transformador de la realidad y en la construcción del reinado de Dios.

Ésta ha de ser para nuestra comunidad cristiana la experiencia cuaresmal. Un camino por la senda del Dios de la vida, en medio de la cual sentimos sed. Sed de justicia, de amor y de paz. Una sed que nos empuja a la búsqueda permanente de la voluntad del Señor, y que nos lleva a acercarnos al mismo pozo que aquella mujer samaritana para vivir el encuentro con nuestro Salvador.

       Que hoy, reconociendo la verdad de nuestra vida, mirando el pasado con ojos compasivos y aceptándonos como somos, estemos dispuestos para acoger el amor del Señor que  nos transforma y convierte de verdad, en auténticos hijos de Dios, y que esa renovación interior se manifieste en nuestro comportamiento y testimonio de vida.