viernes, 8 de abril de 2011

Polémicas absurdas

Es lamentable la polémica baldía que se ha desatado en Bilbao, provocada por un grupo exiguo de sacerdotes pertenecientes al llamado “foro de curas de Bizkaia”, y que aglutina a algo más de 40, y recogida de forma desmesurada por algún medio de comunicación de amplia tirada. Y digo que es lamentable porque lo importante de la VI. Jornada de Católicos en la Vida Pública, al margen del grupo eclesial que la organice o se sienta más o menos identificado, es la importancia de la fe cristiana en la vida cotidiana de la sociedad. Cuando una determinada ideología, la que sea, pretende imponerse a las demás, sin darse cuenta de que se sustenta sobre planteamientos tan subjetivos e interesados como los de la otra parte que critica, por sí misma se deslegitima. Pero esta cuestión me parece mucho más grave al suceder dentro de la Iglesia, por parte de unos presbíteros que se creen el tarro de las esencias y con capacidad para enmendar la plana al Papa y los Obispos, acusando a estos últimos de realizar “una afrenta a Jesús crucificado cometida en los empobrecidos por el sistema económico y su última crisis”. También les critica que paseen la Cruz de la juventud por la ría lo que describen como “un espectáculo de dudoso gusto estético”, señalando además que “no contribuye a dar gloria al Dios de Jesús de Nazaret, sino a la efímera gloria de la Iglesia y su descrédito”. Ellos que tanto hablan de pluralidad y pasean por sus parroquias a sus estrellas “teológicas”, alguna de ellas canónicamente censurada, para que sigan confundiendo la fe de los fieles que con buena voluntad se acercan a escucharlos fiados de sus pastores, son los que ahora critican con beligerancia a otros grupos eclesiales. Ningún colectivo ni grupo eclesial contiene la totalidad de la sensibilidad creyente, cada uno se reúne y aglutina conforme a su piedad y modo de expresar la fe. Pero para que un grupo sea considerado dentro de la comunión de la Iglesia, ha de estar reconocido por ella, y casualmente quien organiza este encuentro sí lo está, y por ello cuenta con el respaldo de los responsables eclesiales, mientras que los autores de estas críticas actúan a sus espaldas y en contra de su legítima autoridad. Los sacerdotes, al recibir la ordenación presbiteral prometemos obediencia y respeto a nuestro Obispo, con absoluta libertad y disponibilidad. Lo hacemos con la conciencia de ser enviados a una comunidad cristiana para servirla en la fe, la esperanza y el amor, en fidelidad al Evangelio y a quien en nombre de Cristo apacienta su grey por la sucesión apostólica. Sin embargo cuando olvidamos esta responsabilidad y nos creemos en posesión de una verdad, que por partir de nuestros prejuicios personales y no del contraste eclesial, está contaminada de subjetividad e interés, en vez de realizar la sagrada misión que se nos encomendó, la manipulamos y distorsionamos, poniendo en serio riesgo la fe de nuestros hermanos. Todo grupo o movimiento es en sí mismo imperfecto por no poder abarcar la totalidad de los matices de la enorme riqueza que encierra la fe en Jesucristo, pero para eso estamos los ministros de la Iglesia, para cuidar, animar y orientar desde la fidelidad a Cristo y a la Tradición eclesial, al Pueblo de Dios que ansía vivir con coherencia y disponibilidad su fe, y sentirse fortalecidos en la esperanza. Hagámoslo desde nuestra capacidad personal, pero no confundamos nuestras sensibilidades particulares con la naturaleza fundamental de la fe, la cual ha de ser siempre contrastada y purificada desde el Evangelio del Señor y en la comunión eclesial.

sábado, 2 de abril de 2011

HOMILÍA DOMINICAL-CUARESMA


DOMINGO IV DE CUARESMA 3-04-11 (Ciclo A)


Si el domingo pasado contemplábamos a Jesús como el agua viva, hoy se nos revela como la luz del mundo. En el evangelio que hemos escuchado se nos muestra algo más que la recuperación de la vista por parte de un ciego de nacimiento. La luz de Cristo devuelve la esperanza, la dignidad y la alegría. De hecho en este cuarto domingo de cuaresma, hacemos un paréntesis en la sobriedad propia del tiempo litúrgico, para dejar que se introduzca la luz de la esperanza en la resurrección prometida. Hoy es el domingo de “Laetare”, de la alegría, por nuestro futuro en plenitud. Y como tantas veces hemos escuchado en la Escritura, la vida de Jesús conlleva numerosos contrastes. Para aquel ciego será el Salvador, el Mesías prometido, para los fariseos será un trasgresor de la ley, ya que por encima de una curación sorprendente, que devuelva la vista o la vida a un ser humano, para ellos ha de imponerse el cumplimiento estricto de la ley de Moisés, y de modo especial la observancia del sábado. La luz de Dios pone al descubierto las actitudes más ocultas y también las obras más auténticas. Para quienes se dejan interpelar por los hechos, ven que un hombre impedido y marginado por su ceguera, ha recuperado su dignidad y la liberación de la enorme carga que de ella se derivaba. Ya no tiene que mendigar ni que depender de la caridad y misericordia de los demás. Para él se ha hecho la luz en su vida y desde ahora puede caminar sin tropezar en las piedras del camino, superando también los obstáculos que le impedían vivir con esperanza. Este hecho extraordinario lo ha realizado otro hombre que nada ha exigido a cambio, cuyas palabras y obras lo preceden, ya que para muchos está suponiendo un aliento de ilusión en medio de sus vidas marcadas por el dolor, el abandono o el desprecio. Está claro que Jesús tiene un don especial que a todos desconcierta y que a nadie deja indiferente. Pero lo que más extraña de su actuar es que no busca beneficio personal, ni se pone al servicio de los poderosos que le pueden devolver el favor o promocionar su mensaje, su obrar va unido al anuncio del Reino de Dios, que expresa el deseo del Padre eterno de que todos sus hijos se salven. La luz de Cristo busca iluminar nuestras vidas y darlas calor con su amor incondicional. Una experiencia que es regeneradora de los corazones desgarrados y que llena de alegría a todos los que se dejan sanar por su misericordia. El encuentro de Jesús con el ciego se da desde la compasión que le produce esa situación. Sus discípulos le preguntarán quién pecó él o sus padres. Porque según su mentalidad, arraigada en la tradición judía, cuando uno padecía una enfermedad de nacimiento tan grave, era por un pecado suyo o de sus antepasados. Sin embargo a Jesús no le preocupan tanto las razones morales, ya que el pecado del ciego o de sus padres también está llamado a ser redimido por la conversión de sus vidas, lo que en este momento le mueve es sólo la realidad de esclavitud y dependencia que aquel ser humano había padecido desde siempre, por causa de una ceguera de la que nadie tenía porqué ser culpable, y mucho menos ser fruto de un castigo divino. Jesús desea que vuelva a brillar para aquel hombre la verdadera luz de Dios, restaurar la verdad divina que no es causante de ninguna desgracia ni vengadora del mal humano, y en su nombre le devuelve la vista y con ella la esperanza de iniciar una vida nueva. Jesús es la luz del mundo. Y la primera claridad que busca instaurar es la de una imagen de Dios sana y auténtica. La historia humana ha manchado demasiado la imagen de Dios utilizando su nombre de forma arbitraria y alejándolo de los más necesitados como si estuvieran desamparados de su mano y de su amor. Nadie puede apropiarse del nombre de Dios, y esa es la primera lección que Jesús da a los fariseos y sacerdotes de su tiempo, lo cual le llevará a la persecución y a la muerte en la cruz. Hoy somos nosotros quienes revivimos este pasaje del evangelio en nuestro recorrido cuaresmal. Y por ello nos convertimos en destinatarios de su enseñanza, que por una parte nos llama a acercarnos a los hermanos con compasión y misericordia, a la vez que nos exige vivir la fe desde su verdad más profunda y auténtica. Una fe que ha de ser confesada por una vida coherente y misericordiosa. Una fe que se manifieste ante los demás con el testimonio personal, entregado, solidario y fraterno, buscando siempre hacer el bien al necesitado antes que preocuparnos por su forma de vivir y pensar. La comunidad cristiana recibió del Señor un claro mandato de ser misionera; de anunciar al mundo la Buena Noticia del Reino de Dios desde el anuncio explícito de Jesucristo, la denuncia de las injusticias y el testimonio personal. Todo ello ha de verse reflejado cada vez que nos reunimos para celebrar la Eucaristía, ya que ésta es la mesa de la auténtica fraternidad, en la que presididos por el mismo Jesucristo, nos sentimos enviados con la fuerza de su Espíritu Santo a sembrar en el mundo su semilla de amor y de paz. Junto a este mandato del Señor, también debemos escuchar otra exigencia evangélica que a todos nos iguala y a nadie lo eleva sobre los demás; “no juzguéis y no seréis juzgados, no condenéis y no seréis condenados, perdonad y seréis perdonados, la medida que uséis con los demás la usarán con vosotros”. Hoy es un buen día para que todos nos acerquemos a Cristo con nuestras cegueras personales y sociales, a fin de que él nos vaya sanando. Recordando el final del evangelio no hay peor ciego que aquel que no quiere ver. Que el Señor nos ayude para que iluminados por la luz del amor, veamos siempre con limpieza de corazón a los demás y así vivamos conforme a su voluntad, porque serán los limpios de corazón, los que verán el rostro de Dios.

lunes, 21 de marzo de 2011

EL CABILDO CATEDRAL


El pasado 26 de febrero, el Cabildo Catedral de Bilbao celebraba elecciones para designar nuevo Deán-Presidente, eligiéndome a mí para esta tarea. El 8 de marzo el Sr. Obispo mediante un Decreto confirmaba la elección y así me convertía en el VI. Deán del Cabildo Catedral de Bilbao.


Hace casi 60 años se constituía el primer capítulo de canónigos con el nombramiento del primer Deán, el Siervo de Dios D. José Pío Gurruchaga, fundador de las Auxiliares Parroquiales de Cristo Sacerdote, que sirven en nuestra S.I. Catedral y en muchas otras de toda España.

La primera desiganción de aquel entonces, correspondía al Jefe del Estado, quien lo proponía al Papa dentro de una terna. Desde entonces han cambiado las maneras de elección y designación, pero en todas ellas se mantiene el sentido de la misión que a esta figura se le encomienda.


El Cabildo Catedral, es una de las instituciones, si no la más, más antigua de la Iglesia. Su momento fundacional no consta, pero sí existen escritos donde los primeros sucesores de los Apóstoles, los Obispos que estaban al frente de las comunidades cristianas, celebraban la eucaristía en las casas de los fieles, acompañados por sus presbíteros y diáconos que les asistían.

Es decir, las primeras eucaristías no eran celebradas por los presbíteros, sino por los Apóstoles y sus sucesores, los Obispos. A éstos les asistía, tanto en la celebración eucarística como en los demás sacramentos, los presbíteros y diáconos existentes.

Fue mucho más tarde, cuando las comunidades crecieron lo suficiente y comenzaros a construirse iglesias, cuando los presbíteros empezaron a celebrar en solitario los sacramentos, salvo los reservados al Obispo, confirmación y órden sacerdotal.

La primeras escuelas que existieron, además de las monacales, eran las escuelas episcopales. lugares donde se formaba a los niños y futuros sacerdotes, dejando el Obispo esta labor a la figura del Maestrescuela (una de las dignidades del Cabildo).

En las ausencias del Obispo de su sede, dejaba a un sacerdote al frente de ella como delegado suyo, el Deán que era la primera dignidad del cabildo.


Los primeros escritos y normativas de cabildos datan del siglo IX, aunque existen múltiples referencias anteriores. En el caso de España, por ejemplo hay claros relatos sobre la participación de canónigos en los concilios de Toledo.


Lo más relevante de este Colegio de sacerdotes es su servicio y entrega a la Catedral. Su dedicación como responsables del culto y la oración, del mantenimeinto y cuidado de su riqueza cultural, la formación educativa y musical, la dedicación para hacer del primer templo diocesano un lugar de encuentro y referencia para la vida de toda la Iglesia local, han constituído siempre el fundamento de su labor y encomienda.

Hoy endía existen en nuestras diócesis departamentos que extienden esta tarea por toda la extensión del territorio diocesano, pero no es incompatible con el valor del Cabildo, que aunque mermado en sus fuerzas y gentes, sigue trabajando por cuidar del patrimonio pastoral y cultural que hemos heredado. Además sigue siendo misión del Cabildo, por Derecho y sus Estatutos, realzar la vida litúrgica (santificar), atender la acción pastoral (enseñar) y aconsejar al Obsipo en las cuestiones que éste le solicite (gobernar). En definite seguir colaborando con él en su misión evangelizadora.

LOS CONSEJOS DEL OBISPO


Hace bastante tiempo que no renuevo esta hoja abierta a quienes pueda interesar las opiniones de este sacerdote, y no porque no tuviera nada que opinar ni decir ante tantas informaciones eclesiales y sociales, sino porque me parecía que a veces el silencio, como en la música, también es significativo.

Hoy vuelvo a ponerme ante el teclado para hablar de los Consejos que recientemente ha cosntituido nuestro Obispo D. Mario, el Consejo Presbiteral, y el Colegio de Consultores, en ambos estoy yo representando en el primero al Cabildo Catedral, y por designación directa en el segundo.


Como su nombre ya nos indica, ambos son órganos de consejo para el hacer pastoral del Obispo. No son grupos de poder, ni meros comparsas. La Iglesia en su misión evangelizadora cuenta con la colaboración activa y leal de todos los fieles, y en especial con la colegialidad en la comunión de sus ministros.

El Concilio Vaticano II ya establecía cómo para el buen hacer del Pastor en su Iglesia Particular, le era muy necesaria la colaboración de sus sacerdotes y religiosos, servidores entregados por su vocación al servicio del Pueblo de Dios, para llevar adelante su misión de santificar, enseñar y gobernar a la porción de la grey que el Señor le había encomendado.


Para ello le apremiaba a constituir un "Senado o Consejo" de presbíteros, que representara a la totalidad de su presbiterio, de manera que acogiendo su consejo y sugerencias, pudiera ejercer mejor su labor pastoral.


El Consejo del Presbiterio recientemente creado, lo formamos unos 35 presbíteros y religiosos, unos cuantos como miembros natos (Vicarios, Deán del Cabildo, Rector del Seminario, Delegados de Misiones y del Clero), otros por elección de entre los sacerdotes y religiosos, y otros 6 por libre designación del Obispo. Nuestra misión, desde la comunión y fraternidad presbiteral, es la de colaborar con D. Mario en la acción pastoral para toda nuestra Diócesis, siendo en todo momento conscientes de nuestra responsabilidad.


El Colegio de Consultores tiene la misión de asesorar al Obispo en algunos temas, especialmente de índole económica, y de asumir la responsabilidad del Gobierno diocesano cuando la Sede queda vacante, nombrando a un Administrador Diocesano (si la Santa Sede no nombra a su Adminstrador Apostólico).


Pronto el Obispo va a constituir el Consejo de Pastoral Diocesano, en el que están representados religiosos, sacerdotes y laicos de toda la diócesis y áreas pastorales, de manera que la corresponsabilidad se extienda a toda la familia diocesana.


Que cada uno desde nuestra encomienda particular podamos contribuir de forma fiel y servicial al bien apostólico de todos, y de manera especial entre los más alejados; de este modo cumpliremos el mandato del Señor Jesucristo "Id y haced discípulos a todas las gentes..."

viernes, 18 de marzo de 2011

HOMILÍA - TIEMPO DE CUARESMA

II DOMINGO DE CUARESMA
20-03-11 (Ciclo A)

En este segundo domingo de nuestro recorrido cuaresmal, la primera interpelación que brota de la Palabra de Dios que acabamos de escuchar, es la recibida por Abrahán, “sal de tu tierra y de la casa de tu padre hacia la tierra que te mostraré”.
Esta llamada interior también la recibimos nosotros en este tiempo de gracia, para vivir en profundidad el sentido cuaresmal de la fe, que no es otro que el de ponernos en camino para desinstalarnos de nuestra forma de vida antigua y asumir un modo de vivir más acorde con el espíritu del Señor Jesús.
El camino que Abrahán es invitado a recorrer necesita un equipaje ligero pero bien provisto de lo esencial. Deberá cargar su alma de confianza para afrontar las largas penalidades como son el cansancio, la aridez del desierto o la sensación de fracaso. Sólo la firmeza de su fe y el calor afectivo de su relación con Dios le van a prevenir ante el desaliento y la desesperanza futura.

La promesa realizada por Dios de enriquecerle con una gran descendencia y de darle una tierra fértil y próspera, hay que creerla con toda el alma para mantener el rumbo de su vida. Y fue precisamente por haber creído hasta el final en aquella promesa de Dios, por lo que consideramos a Abrahán como el padre de todos los creyentes.

Es importante recordar de vez en cuando de dónde brota la experiencia religiosa y hacer memoria de aquellos que nos han precedido en el camino de la fe. Pero no es suficiente para mantener nuestra propia experiencia ni desde ella podemos dar razón a los demás de lo que somos y creemos cada uno de nosotros.
Nuestra fe no se asienta sólo en las vivencias de personajes del pasado. Nuestra fe cristiana hunde sus raíces en aquella experiencia apostólica de encuentro con el Resucitado pero al igual que los apóstoles, necesitamos vivirla en primera persona para comprenderla en su profundidad.
Hoy el evangelio nos narra un momento de la vida de Jesús compartido con los más íntimos del Señor. La transfiguración es el gran anuncio de la resurrección de Jesús, anticipo de su gloria y manifestación divina que le proclama como el hijo amado, el predilecto.
Desde nuestra comprensión actual de la fe, podríamos decir que Pedro, Santiago y Juan vivieron una experiencia íntima de la realidad divina de Jesús, incapaces de comprenderla en ese momento y menos de narrarla a los demás, de ahí que fuera mejor que guardaran silencio y la madurasen en su corazón.

San Mateo nos cuenta este episodio en la mitad de su evangelio, como queriendo decirnos que lo que a partir de ahora va a suceder, los últimos momentos de la predicación del Señor, su pasión y su muerte, no son más que el preámbulo para el gran acontecimiento de nuestra salvación; el Jesús de la historia, el Nazareno que ha ido anunciando la Buena Noticia del Reinado de Dios, aquel que pasó haciendo el bien y sembrando de esperanza los corazones desgarrados, que anunciaba la liberación de los oprimidos y devolvía la salud a los enfermos, es el Mesías, el Cristo, el Dios con nosotros.

Y aunque los últimos momentos de la vida de Jesús, su prendimiento, tortura y muerte, dejara abatidos y en lo más frustrante de los fracasos a quienes habían puesto su vida y su esperanza en él, gracias a esa experiencia vivida a su lado, comprendieron que era él mismo quien ahora se acercaba hasta ellos resucitado.
La transfiguración del Señor fue como todos los momentos de la vida de Jesús única e irrepetible. Ninguno de nosotros puede acercarse a lo vivido por aquellos privilegiados de la historia. Pero por su testimonio y entrega, por la sucesión apostólica que llega hasta nuestros días, y por nuestra vivencia personal de encuentro con Jesucristo a través de la oración y del servicio a los demás, podemos comprender la experiencia del Tabor.

Cada vez que en medio de nuestras penumbras buscamos momentos de soledad y oramos con confianza al Señor pidiéndole que nos ilumine, que nos fortalezca y ayude, sentimos el calor de su presencia que alienta y sostiene nuestra debilidad. Es como si también nosotros pudiéramos notarle cercano y accesible. Escuchando su palabra que nos anima a seguir adelante con confianza y serenidad.

Los cristianos no creemos en una historia del pasado, aunque sus momentos históricos ocurrieran entonces. Nosotros seguimos a Jesucristo resucitado, a cuya vida nos acercarnos a través del testimonio que se nos ha transmitido y que de alguna manera también hemos experimentado personalmente, de manera que hoy somos nosotros los depositarios y testigos cualificados del Resucitado.

El silencio que Jesús pidió a los apóstoles, fue para no adelantar acontecimientos que eran necesario vivirlos en su cruda realidad. Pero el impulso misionero y evangelizador que brotó de la luz pascual, es ya imparable y está en nuestras manos mantenerlo vivo y fecundo.
Como nos dice el apóstol Pablo en su segunda carta a Timoteo, tomad parte en los duros trabajos del Evangelio, según las fuerzas que Dios os de. Esa es nuestra misión a la cual no podemos renunciar como cristianos, y menos en el presente de nuestra realidad actual, social y religiosa. Esta es la vida entregada de nuestros misioneros, quienes siguen haciendo brillar en medio del mundo la llama de la fe.
En un tiempo como el presente, donde los cauces de información son tan extensos y veloces, y en el que las propuestas para vivir de determinadas maneras son tan diversas y en ocasiones tan contrarias a lo que nosotros entendemos como vida digna y realmente humana, se hace preciso y urgente que los cristianos manifestemos con tesón y valentía el estilo de vida que propone el evangelio del Señor y que nosotros estamos llamados a vivir con coherencia y gozo.
La fe como nos enseñaba el Venerable Juan Pablo II, “no se impone, se propone”, y el único medio eficaz y veraz de transmisión es el testimonio personal acompañado del anuncio explícito de Cristo.

Es verdad que muchas veces nos sentiremos injustamente tratados o incomprendidos, y que el ambiente social no es respetuoso con la Iglesia a la que pertenecemos y en la que compartimos nuestra esperanza, que incluso siguen existiendo zonas del mundo donde los cristianos exponen arriesgadamente su vida por confesar y vivir la fe. Pero no podemos quedarnos encerrados en los templos para vivir una fe en secreto y al calor de los nuestros, ya que una fe que no se comparte y tiene vocación de universalidad, no responde al mandato misionero de Jesús; “Id a todo el mundo y anunciad del Evangelio”.
Que la fuerza y el amor del Señor Jesús nos ayuden a vivir el gozo de la fe y así la podamos transmitir a los demás con renovada esperanza. Y que esta eucaristía, en la que tenemos muy presentes a nuestros misioneros, sea también oración confiada al Señor por las vocaciones sacerdotales, tan necesarias en nuestro tiempo.

jueves, 18 de marzo de 2010

ACTUALIDAD


YA TENEMOS NUEVOS VICARIOS EN LA DIÓCESIS
Comunicado de nuestro Obispo D. Mario:
Queridos hermanos y hermanas.
Tras haber iniciado el pasado 11 de octubre el ministerio como obispo de Bilbao, era necesario constituir el consejo episcopal que colaborara conmigo en el gobierno pastoral. Una vez recogidos todos los datos que me habéis aportado por medio de la consulta que estimé oportuno realizar en la diócesis, he reflexionado largamente sobre ellos y meditado profundamente ante el Señor con el fin de conocer su voluntad.
Estimo que en este momento es prioritario cuidar y reforzar la comunión a todos los niveles en el seno de nuestra diócesis. Así mismo, nos encontramos inmersos en el proceso de remodelación pastoral, aspecto decisivo para revitalizar la vida de fe de nuestra comunidad diocesana y retomar un nuevo impulso evangelizador. Todo ello sin olvidar la puesta en práctica de los objetivos que nos propusimos en nuestro IV Plan de Evangelización.
Teniendo en cuenta estos tres aspectos fundamentales, tras haberlo llevado a la oración, y tras las consultas necesarias y el diálogo con los candidatos, me parece oportuno nombrar vicarios generales (como en otras ocasiones se ha dado en nuestra diócesis) a Don Angel Maria Unzueta y a Don Félix Alonso. Ejercerán conjuntamente este ministerio, si bien cada uno de ellos será responsable en los ámbitos preferentes (no exclusivos) que he tenido a bien proponerles y que gustosamente han aceptado. Así mismo, me ha parecido oportuno encomendar las vicarías I y II a Don Kerman López, las III y VII a Don Antón Rey, las IV y V a Don José Agustín Maíz y la VI a Don Félix Larrondo.
Quisiera agradecer a todos vuestra oración y ayuda inestimable. Del mismo modo, quisiera expresar mi reconocimiento y gratitud a Don José Luis Atxotegui y a Don José Luis Iza, por el servicio prestado como vicarios, y por su compañía en los primeros compases de mi ministerio como obispo diocesano, así como a los vicarios que continúan formando parte del Consejo episcopal. También quiero expresar mi gratitud a quienes comienzan este ministerio, por haber aceptado la responsabilidad de colaborar conmigo en el gobierno pastoral de nuestra diócesis. En breve os podré comunicar la fecha en la que iniciará su andadura el nuevo Consejo. Os pido que recordéis vivamente a todos en vuestra oración y que les ayudéis en el servicio que les he confiado.
Así mismo, os comunico que iniciaremos de modo inmediato el proceso de constitución del Consejo del Presbiterio y del Consejo Pastoral Diocesano. Me gustaría que pudiéramos tener la sesión constitutiva del Consejo del Presbiterio durante la primera quincena de marzo, y del Consejo Diocesano de Pastoral en la primera quincena de abril. Vuelvo a rogaros vuestra colaboración en espíritu de comunión, fraternidad y responsabilidad, proponiendo a quienes mejor puedan servir a la importante y delicada misión que estos Consejos desempeñan.
Que el Señor, en compañía de María, nos ayude a vivir con fidelidad la vocación que hemos recibido y a renovar nuestro compromiso de ser testigos del amor de Dios. Que el Señor os bendiga. Recibid un abrazo fraterno.

+ Mario Iceta Gabicagogeascoa
Obispo de Bilbao

sábado, 16 de enero de 2010

No tenían sino un solo corazón y una sola alma...


Esta frase tomada de los hechos de los Apóstoles (4, 32), y que en este tiempo pascual se nos recuerda en la liturgia, siempre resulta paradigmática para la vida de la Iglesia.
Por muy ejemplar y anhelada que fuere, sabemos por la experiencia que en muchos momentos no nos hemos destacado por vivirla en plenitud, tampoco en nuestros días. Podemos pensar que el autor sagrado expresó más bien un deseo antes que la plasmación de una realidad consumada y permanente. Sin embargo nadie puede negar la veracidad de este episodio narrado y su experiencia ejemplarizante para la Iglesia de todos los tiempos.
Ciertamente ocurrió que tras la resurrección del Señor, el pequeño grupo de los creyentes experimentaron una fuerza nueva, renovadora y creativa, que les llevó a vivir de forma fraterna. No es una quimera que S. Lucas se sacara de la manga. Era posible iniciar unas relaciones humanas, que por la acción del Espíritu Santo dejaran emerger signos elocuentes de la presencia del Resucitado en medio de su pueblo.
Si las apariciones de Cristo fortalecieron la fe de sus discípulos congregando nuevamente a los dispersados por el miedo, impulsándoles al anuncio misionero, la experiencia comunitaria y fraterna va a ser el signo y fundamento de esa presencia del Señor en medio de los suyos.
Por eso necesitamos recordarla con frecuencia, no como una meta inalcanzable, sino como una posibilidad real que si bien ha de ser alentada por el Espíritu del Señor, no se nos niega cuando nos dejamos transformar por él.

El ideal comunitario ha de ser hoy para nuestra Iglesia una meta a promover y buscar sin descanso. Ante todo por fidelidad al deseo del Señor, que quiso que todos fuéramos uno, como lo eran él y el Padre (Cfr. Jn 17). La comunión eclesial no es un acuerdo entre diferentes ideas o proyectos para una convivencia pacífica. La comunión eclesial es una vinculación afectiva, fundamentada en el amor y la entrega mutuos, que conlleva una unidad efectiva, fecunda y generosa, capaz de regenerar el corazón humano y el tejido social.
Las legítimas diferencias que nos distinguen a cada persona y miembro del pueblo de Dios, no pueden ser escollo insalvable en el camino del encuentro, sino oferta enriquecedora de la vida común. Y si lo particular en alguna ocasión, en vez de favorecer la unidad la distorsiona o pone en peligro, debemos de ser generosos para que, renunciando a lo propio salvemos lo común.
Lo mismo que en una familia que quiera permanecer unida, se sacrifica lo que enfrenta en favor de lo que une, así en la Iglesia debemos aprender a relativizar aquello que no es esencial para un desarrollo comunitario gozoso y un compromiso misionero fecundo.
Ciertamente cabe siempre la pregunta sobre qué es lo esencial y cómo arbitrar las diferencias. Cuestión que se agudiza cuando no estamos dispuestos a renunciar a nuestros principios personales. Por esta razón es tan necesario el ministerio apostólico.
Aquellas comunidades que vivían y lo tenían todo en común, se configuraban entorno a los Apóstoles del Señor. Ellos eran principio y fundamento de comunión, y desde ellos hoy nuestra Iglesia, por la sucesión Apostólica, cuenta con el servicio de los Obispos, bajo la guía del Papa, sucesor de Pedro.

Cuando surgen cuestiones que ponen en riesgo la unidad eclesial, es el Colegio Episcopal el que en última instancia debe dirimirlas, y ofrecer al Pueblo de Dios, del que ellos también forman parte, una respuesta acorde a la enseñanza del Evangelio, bajo la guía del Espíritu Santo.
El Evangelio es lo que constituye el centro de la vida eclesial, y sus valores el modo de articular nuestras relaciones fraternas, las cuales se perciben y manifiestan en la vida comunitaria.

Nuestra proximidad o lejanía del ideal anhelado será expresión de nuestra fidelidad o fracaso. No podemos achacar la responsabilidad a otros cuando nosotros en vez de fomentar la unidad sembramos la discordia.
Vivir y tenerlo todo en común, hasta el punto de configurarnos en “una sola alma”, será el espejo en el que se reflecten las actitudes profundas de una vida en el amor de Jesucristo resucitado.