lunes, 14 de octubre de 2013

LOS MÁRTIRES NO SON MANIPULABLES

 
La beatificación, Montserrat y la benedictina (y unos cuantos insensatos)
Josep Miró i Ardèvol

 
La beatificación de 522 mártires, sacerdotes, religiosos y laicos en Tarragona el próximo domingo es un hecho extraordinario para la Iglesia, porque da testimonio de lo masivo de una fe. El martirio significa el reconocimiento de un testimonio que se mantiene hasta el final, hasta entregar la vida en condiciones extremas y que además muere en un acto cristiano, es decir perdonando.
No son los mártires de un bando político porque ninguno de ellos murió por una bandera de este signo. Murieron por la cruz y en su nombre. En la trágica Guerra Civil hubo otros muertos, hombres y mujeres de sólidas convicciones religiosas, pero que su ubicación política los excluía del ámbito del martirio ya que su asesinato no fue motivado por el odio a la fe sino por el odio político. Por eso, quienes asocian la beatificación a un determinado reconocimiento político, sea para criticarla, sea para intentar instrumentalizarla, están atacando directamente a la Iglesia en la memoria de sus mártires, y esto es muy grave. Las evidencias de que no son de un bando son escandalosas y solo una trivialidad maléfica, o una clara mala intención, pueden llevar a la confusión. Baste recordar solo dos datos: entre los mártires que se van a beatificar hay un grupo importante de monjes de Montserrat. ¿Quién puede pensar que el centro religioso de Cataluña, allí donde el sentimiento catalanista adquiere una dimensión espiritual, pertenecía al bando de Franco? Evidentemente, nadie. La CNT-FAI, que fueron los responsables de estos asesinatos, mataban a los monjes benedictinos por su condición religiosa, no porque llevaran ninguna bandera política. Y hubieran muerto muchos más si no hubieran huido a tiempo del Monasterio de Montserrat. Hubieran practicado un exterminio en masa. Y no solo eso, querían destruir materialmente el lugar a no ser por una intervención extrema, que en esta caso salió bien, porque su autoridad era muy reducida, de la propia Generalitat de Cataluña.
Hay otro caso masivo que no puede ser ignorado. Se trata de la Federació de Joves Cristians de Catalunya, un movimiento precursor de las Juventudes Católicas inspirado en lo que entonces era la nueva acción católica especializada, que alcanzó un gran éxito en pocos años. Cristo y Cataluña eran sus referencias. Carecían de toda orientación política y su común denominador era el de pertenencia a la Iglesia y la introducción de nuevas formas de hacer, que aportaban militancia y visibilidad a sus actos, y por esta razón católica fueron perseguidos. Antes de la guerra criminalizados incluso por la propia policía de la Generalitat, y cuando ésta empezó liquidados a mansalva. 312 de estos jóvenes fueron asesinados a causa de su fe y hay un buen número de ellos en proceso de beatificación, y habrá más. Tampoco se trataba de un grupo de elite, es decir que pudiera pertenecer a la dialéctica 'burgués-obrero', porque en su mayoría eran trabajadores. Pertenecían a la misma clase que los asesinos decían defender.
Esta es la realidad evidente, y que forma parte de otra más grande y poliédrica, compleja, que resume la del conjunto de los mártires, porque como en un brillante de innumerables facetas, complejas son las facetas del martirio que es capaz de mostrar la Iglesia.
En este contexto y una vez más, el afán desmedido de protagonismo y la ambición política desmesurada de la benedictina Teresa Forcades resulta censurable y doblemente impresentable. Lo es por el hecho en sí y por su condición de persona religiosa, a la que se presupone por tanto cultivada en la fe, y que sabe lo que significa el reconocimiento del martirio, que debe conocer bien la lista de los mártires que se beatifican, y todavía más censurable porque se trata de una benedictina de Montserrat, cuya congregación masculina, a escasos kilómetros de su monasterio, fue perseguida y parte de sus miembros exterminados. Su ataque a las beatificaciones es un ataque a la memoria de los monjes y de los jóvenes fejocistas que dieron su vida por pertenecer sin condiciones a la Iglesia. Me parece una vergüenza, para ella y para los miembros de su congregación religiosa, las monjas benedictinas de San Benet de Montserrat, que asumen, impávido el ademán, tales desafueros a sus propios hermanos.
Y, a todo esto, hay que contar los insensatos, pocos, pero que pueden verse magnificados por los medios de comunicación, que tengan la tentación de convertir un acto de todos en nombre del amor a Dios y a los hombres en una reivindicación política trasnochada, con la que también resulta impresentable intentar mezclarla. Al actuar así, quienes se dicen católicos en realidad están instrumentalizando y por lo tanto atacando a la Iglesia en nombre de su ideología.
La beatificación exige respeto, empezando por el de los propios católicos, respeto y reconocimiento a aquellos testimonios de nuestra fe.
 

Josep Miró i Ardèvol, presidente de E-Cristians y miembro del Consejo Pontificio para los Laicos

 

viernes, 11 de octubre de 2013

DOMINGO XXVIII TIEMPO ORDINARIO


DOMINGO XXVIII TIEMPO ORDINARIO

13-10-13 (ciclo C)

Cada vez que nos reunimos para celebrar el Día del Señor, realizamos lo que el Apóstol Pablo recomienda a Timoteo en su carta, hacer “memoria de Jesucristo, el Señor, resucitado de entre los muertos”. En esto consiste precisamente la Eucaristía, en hacer memoria de nuestro Señor, muerto y resucitado, que sigue vivo en medio de su Iglesia alentando y sosteniendo la fe de sus hermanos.

Hacemos memoria de Jesucristo, no como quien recuerda a una persona o un acontecimiento del pasado, sino actualizando esa vida de Cristo en nuestro presente desde la experiencia profunda del encuentro personal con él. Un encuentro que siempre es gracia y gratuidad, como acabamos de escuchar en el evangelio de hoy.

No tenemos que esforzarnos demasiado para comprender lo que la lepra significaba en tiempos de Jesús. Si toda enfermedad o desgracia era entendida por la sociedad de entonces como un castigo de Dios por algún pecado que el afectado o sus antepasados habían cometido, la lepra constituía la marca más clara de estar maldito ante Dios y los hombres.

Un leproso estaba condenado a la marginación y el abandono por parte de todos, su vida discurría al margen de los pueblos y solo podían vivir de la caridad de los demás.

Cuando aquellos leprosos se encuentran fortuitamente con Jesús, nos cuenta el evangelista que se pararon a lo lejos. Ni tan siquiera ante quien creían su salvador se atrevían a acercarse.

Y desde aquella distancia, Jesús escuchó su lamento, “ten compasión de nosotros”.

Y la respuesta de Jesús, puede parecernos desconcertante. Les manda que vayan a presentarse ante los sacerdotes, los garantes de la fe y la pureza. Sólo creyendo que realmente se iban a curar, podían realizar ese camino. Ningún leproso se hubiera atrevido jamás a ir a Jerusalén, entrar en su templo sagrado y presentarse a los sacerdotes manteniendo su enfermedad, dado que semejante acción les costaría la vida.

La fe de aquellos hombres sanó sus vidas, pero hay algo más que es lo nuclear del evangelio, “Uno de ellos viendo que estaba curado, se volvió alabando a Dios a grandes gritos, y se echó por tierra a los pies de Jesús, dándole gracias”.

       Diez quedaron  curados, pero sólo uno experimentó el sentido de la gratuidad en el encuentro con Jesús y comprendió que si la salud es importante, mucho más lo es sentir que la vida de uno está “llena de gracia”.

 Cuántas veces nos dirigimos al Señor para presentarle nuestras necesidades, anhelos y preocupaciones, y cuántas, incluso le reprochamos los males que sufrimos.

Pero que escasas son nuestras oraciones agradecidas, gratuitas y generosas en las que contemplemos nuestra vida con sencillez y gratuidad para descubrir el inmenso amor que Dios ha puesto en ellas y la fuerza que la misma fe nos produce en el corazón.

La cultura presente no ayuda demasiado a la gratuidad. Nos hemos llegado a creer los amos del mundo y que todo lo que tenemos se debe a nuestros propios méritos y esfuerzos.

Además, por los sentidos se nos meten todo un  elenco de realidades superfluas que nos van creando necesidades inútiles y que nos hacen olvidar lo que realmente tiene importancia para nuestras vidas y las de los demás.

Sólo si tenemos la capacidad suficiente para echar una mirada a nuestro alrededor y darnos cuenta de cómo viven la inmensa mayoría de los seres humanos, nos daremos cuenta de la suerte que hemos tenido de nacer en este primer mundo y vivir como vivimos.

Al igual que a aquellos leprosos judíos del evangelio, les hizo falta que uno de ellos fuera extranjero para caer en la cuenta de su ingratitud, también a nosotros nos hace falta que sean precisamente los extranjeros, inmigrantes y necesitados, los que nos estén recordando continuamente nuestra privilegiada posición en la realidad mundial.

No hay más que observar cómo muchos inmigrantes valoran y agradecen lo poco que hacemos por ellos. Cómo los niños aprecian la comida y el vestido, cómo agradecen los juguetes que a otros les sobran.

La gratuidad brota más espontáneamente ante la necesidad. Quien está necesitado y se siente acogido, agradece los gestos de afecto y amor que se le brindan. Quien está harto de todo y no carece de nada, poco puede agradecer y menos ofrecer de corazón a los demás.

La fe en Jesucristo es pura gratuidad. Ninguno llega a creer por sus propios méritos ni por su esfuerzo intelectual. Sólo desde el encuentro personal, cercano y sincero, vivido en medio de la comunidad cristiana, y alimentado por la oración y los sacramentos, es posible vivir la gratuidad de la fe.

Hoy es un buen día para que desde lo más profundo de nuestro corazón demos gracias a Dios por todos los dones que él nos ha concedido. Para ello pedimos la intercesión de nuestra madre la Virgen María, la llena de gracia. Ella en su sencillez y humildad supo reconocer la presencia de Dios en su vida, ofreciéndose por entero a Él para participar de forma plena en su obra salvadora. Que nuestra vida pueda ser también un cántico de alabanza al Señor, que comparte nuestras penas, nos sostiene en la adversidad, y con amor generoso sale a nuestro encuentro para colmarnos de gracia y bendición.

sábado, 5 de octubre de 2013

DOMINGO XXVII TIEMPO ORDINARIO


DOMINGO XXVII TIEMPO ORDINARIO

6-10-13 (Ciclo C)


La palabra de Dios que hoy se nos proclama contiene como tema central la fe. La fe como don recibido y que necesita de un permanente cuidado, y la fe como respuesta del ser humano hacia Dios y que nos lleva a vivir con responsabilidad y entrega el seguimiento de Jesucristo.

El evangelio comienza con una petición por parte de los apóstoles a Jesús, “auméntanos la fe”. Y el evangelista se ha cuidado bien de mostrar quienes son los que realizan esta petición. No son fariseos, ni escribas, ni nadie del pueblo que sigue con alegría el nuevo camino marcado por Jesús. Son los más íntimos, aquellos que comparten la mayor cercanía del maestro, los apóstoles, quienes sienten necesidad de fortalecer su fe. De tal calado es esta necesidad, que el mismo Jesús les responde que si su fe fuera como un granito de mostaza, sería más que suficiente.

Los momentos por los que atraviesan los apóstoles comienzan a complicarse. En Jesús han encontrado mucho más que a un líder. Sus palabras y gestos les hacen ver la cercanía de Dios en medio de ellos. Palabras que serenan el corazón, que les llenan de esperanza y consuelo y que vienen acompañadas de signos liberadores, que sanan a los enfermos, liberan a los oprimidos y devuelven la dignidad a los marginados.

Jesús les muestra el camino de la fraternidad y el amor, del servicio y el desprendimiento, la generosidad que se desborda en la entrega de la vida. Pero este camino no está exento de dificultades y sacrificios, de tal manera que tras el entusiasmo de muchos, está el abandono de algunos, y los recelos y dudas de casi todos.

De ahí que la petición de los discípulos sea más que pertinente. Se saben necesitados de una fortaleza mayor para poder mantener la fidelidad en el seguimiento de Jesús. Y ese don, cuando se pide de corazón y con entera disponibilidad, es concedido abundantemente por el señor.

La fe no es una cualidad con la que se nace, ni se logra alcanzar por las fuerzas y méritos personales. La fe es un don de Dios, que siendo generosamente derramado por él, encuentra serias dificultades en el corazón humano para germinar y crecer.

Como nos muestra la parábola del sembrador, aunque sea esparcida con abundancia, no todos los suelos en los que cae están debidamente preparados para acogerla y darle vida.

Y cuando esa semilla de la fe cae en una tierra no debidamente cuidada y saneada, o donde se dejan crecer otros intereses que la ahogan y anulan, por mucho que hayamos recibido el don, por la desidia y descuido se va apagando lentamente. Ya S. Pablo en su carta a Timoteo nos lo advierte con insistencia “aviva el fuego de la gracia de Dios que recibiste”.

Cuantas veces vemos en nuestras comunidades cristianas que muchos jóvenes se acercan para solicitar un sacramento, bien sea el matrimonio o el bautismo de sus hijos, con una fe muy deficiente. Preguntados por su fe, muchos de ellos responden que sí creen en algo, o que les parece bien la educación que en su día recibieron, aunque ya no participen de la vida sacramental, ni celebren su fe, ni se acerquen a la Iglesia más que para cumplir con ritos sin darles su debido sentido y fundamento.

La fe no es creer en algo. La fe es creer en Jesucristo como nuestro Señor, quien nos ha mostrado el rostro de Dios, nuestro Padre, y que nos llama a formar parte de su Pueblo Santo que es la Iglesia, para así en fraterna comunión eclesial, trabajar con ilusión y entrega al servicio de su Reino de amor, justicia y paz.

Los cristianos no podemos dar respuestas indeterminadas sobre nuestra fe. Tenemos que saber con claridad quién en nuestro Señor, lo que supone él en nuestra vida, y sobre todo sentir su presencia alentadora y cercana en todos los momentos por muy difíciles que puedan ser.

Claro que necesitamos que aumente nuestra fe, pero sólo puede ser aumentado aquello que ya existe y de lo que uno, siendo consciente de su debilidad, ansía fortalecer poniendo todo lo que está en su mano para vivir con gozo su experiencia de amistad y amor para con Dios.

La participación en los sacramentos es el gran alimento de nuestra vida espiritual. Esa frase tan moderna y facilona de “soy creyente pero no practicante”, sólo demuestra dos cosas, la primera una pobreza argumental y la segunda una irresponsabilidad comodona.

La fe que no se celebra y se asienta en una práctica habitual se muere, carece de fundamento cierto y termina por convertirse en una ideología que adecua las ideas a la forma de vivir. Una fe no vivida con los demás y contrastada en la comunidad cristiana termina por echar a Dios de nuestra vida dejando que entre otro ídolo más condescendiente con nuestros gustos, que nada nos critique ni exija conversión. Quien persiste en esta actitud, termina por hacerse un dios a su medida, pero que nada tiene que ver con el Dios Padre de nuestro Señor Jesucristo.

Y la segunda cuestión que apuntaba era la irresponsabilidad. Hay personas que no conocen a Jesucristo porque nadie les ha hablado de él. Su alejamiento de Dios no es fruto de su negación explícita sino de su desconocimiento. Pero muchos de los alejados de hoy sí oyeron hablar de Jesús, conocieron en un tiempo la vida del Señor e incluso recibieron su Cuerpo sacramental en la Eucaristía.

Sin embargo la apatía y comodidad de unos padres poco entusiastas de su fe en unos casos, el ambiente social que llena el tiempo de ocio de muchos adolescentes y jóvenes lejos de contextos religiosos, y la falta de testimonio coherente y entregado de muchos cristianos, han dificultado su crecimiento e inserción madura en la comunidad.

Y en este sentido todos debemos asumir nuestra responsabilidad en la transmisión de la fe. Si la fe es don de Dios, y por lo tanto su fuente y destino es sólo Dios, no cabe duda de que los medios de los que el Señor se sirve también están en nuestras manos.

Y los primeros transmisores de la fe son las familias, todos los que formamos el núcleo familiar tenemos que ayudar a las jóvenes generaciones a experimentar el amor de Dios y que conozcan a Jesús como a su amigo y Señor. Tarea para la que la cuentan con la eficaz colaboración de los equipos de catequistas de la parroquia, que no deja de realizar esfuerzos para favorecer este encuentro gozoso entre los más jóvenes y Jesús.

Y todos nosotros, la comunidad cristiana entera, tenemos que revisar nuestra vida y pedirle al Señor con humildad, que nos aumente este don de la fe que hemos recibido, para que seamos fieles testigos suyos, viviendo con coherencia y entrega, sin tener miedo de dar la cara por él, y tomando parte en los trabajos del evangelio conforme a las fuerzas que nos ha dado.

Mañana la Iglesia celebrará la fiesta de Ntra. Sra., la Virgen del Rosario, pidamos a María, en su dimensión de mujer orante, que llevemos una vida intensa de oración, para que uniendo la fe y la vida, seamos fieles testigos del amor de Jesucristo que nos envía para ser sal y luz en medio de nuestro mundo. 

viernes, 27 de septiembre de 2013

DOMINGO XXVI TIEMPO ORDINARIO


DOMINGO XXVI DEL AÑO
29-9-2013 (Ciclo C)

 
         Muchas veces encontramos a Jesús utilizando anécdotas o historias mediante las cuales profundizar en la vida de los que le escuchan y provocar en el oyente la conversión del corazón.

         Así hoy S. Lucas nos narra este momento de la vida del Señor en el que pone punto y final a toda una enseñanza de libertad ante la riqueza y de solidaridad para con los pobres.

         La semana pasada nos advertía de la imposibilidad de servir a dos señores, y menos cuando son tan opuestos como Dios y el dinero. Hoy insiste de nuevo para hacernos caer en la cuenta de algo fundamental. La bondad o la maldad del corazón no depende sólo del mal que hacemos, sino también del bien que dejamos de realizar a los demás.

         Esta enseñanza de Jesús va dirigida a los fariseos, es decir, a aquellos que son fieles a la fe judía, pero que se apegan en exceso al dinero, poniendo en él su deseo y confianza y olvidando la permanente llamada de Dios a la misericordia y compasión para con quienes carecen de todo.

         El rico del evangelio no es acusado por Jesús de nada en especial. No le llama pagano, ni malvado, ni destaca ningún defecto. Sin embargo se pone de manifiesto su condena, no por el mal que ha hecho sino por el necesario y urgente bien que debía hacer a un hermano del que se ha despreocupado con indiferencia.

         Ante la puerta de su hogar estaba el mendigo Lázaro, cubierto de miseria y debilidad. Era un indigente, marginado y abandonado de todos que ni tan siquiera podía acercarse a paliar su hambre comiendo las migajas de la mesa del rico, las sobras que se tiran a la basura o a los perros.

         No tenía tampoco ningún mérito especial, de él no nos dice S. Lucas que fuera bueno, ni piadoso, ni solidario, ni generoso, simplemente que era un pobre cubierto de llagas y tirado en la cuneta de la vida.

         Y para expresar con rotunda nitidez la dramática situación en la que se encontraba, nos dice el evangelista que nadie se apiadaba de él, y que sólo los perros lamían sus llagas. Es terrible la imagen que se nos presenta, y negar su enorme realismo y actualidad, es dulcificar falsamente una palabra veraz como la de Dios.

         Pues bien, aunque todos los que lo rodean ignoren su presencia, de este pobre miserable que el autor sagrado bautizó como Lázaro, hay alguien que no se olvida, Dios. Y de hecho, su nombre significa “el ayudado por Dios”, lo cual indica que ante Dios esta persona tenía una identidad escrita en el libro de la vida y rescatada por la misericordia divina. El anonimato del rico (llamado tradicionalmente “opulón”, no por ser su nombre, sino como signo de su opulencia y derroche), expresa también el olvido de Dios de aquellos que anteponen el ídolo del dinero al amor de quien les engendró a la vida. Para Dios, no es indiferente el sufrimiento humano. No pide ni méritos ni piedades, sólo se compadece ante la miseria y el dolor de todos sus hijos, buenos o malos, porque como dice el Salmo, “el Señor hace justicia a los oprimidos”.

         El hecho de no socorrer al necesitado, pudiendo hacerlo, es una agresión al mismo corazón de Dios. “Lo que no hicisteis con uno de estos mis hermanos pequeños, tampoco conmigo lo hicisteis” (nos recuerda S. Mateo).

         Hoy la Iglesia de Bizkaia eleva su oración para agradecer a Dios el servicio, la generosidad y la entrega desinteresada que tantos hombres y mujeres expresan en la solidaridad y el amor para con los débiles por medio de nuestras cáritas parroquiales y diocesana. Ellos son imagen del buen samaritano que, superando prejuicios y temores, se acerca con amor y compasión al hermano necesitado para curarle las heridas, conocer su necesidad y trabajar con responsabilidad para que pueda recuperar la dignidad perdida o arrebatada por este mundo injusto.

Por medio de ellos se extiende la mano amorosa del Señor que no hace distinción de personas y que a todos ama con inmensa ternura, misericordia y compasión.

         Cáritas como realidad eclesial que es, quiere introducir en el mundo de la pobreza y de la precariedad humana, una aliento de esperanza, y en la comunidad creyente una llamada a la conversión personal para liberarnos de los ídolos que oprimen y manipulan para vivir la libertad de los hijos de Dios.

El dinero y los bienes materiales son necesarios para vivir, pero no pueden constituirse en la razón fundamental de nuestra vida. Los voluntarios y voluntarias de cáritas trabajan cada día con un único objetivo, dignificar la vida de los hermanos más desfavorecidos. Y este trabajo consiste en la promoción integral de las personas posibilitándoles las herramientas necesarias para la regeneración de las mismas.

Cáritas diocesana nos pide hoy junto a la aportación solidaria que en todas las iglesias de nuestra diócesis se realice, una súplica especial para compartir la oración y también nuestro tiempo. Hacen falta muchas manos más, capaces de agarrar el arado para sembrar en nuestra sociedad la necesaria semilla de la solidaridad que dé frutos de justicia. Eso es lo que pedimos al Señor. Que siga suscitando de entre nosotros voluntarios generosos que den parte de su tiempo a favor de los demás, y que toda nuestra comunidad sea siempre acogedora y generosa para con los más desfavorecidos.

         Y por último quiero destacar, que Cáritas no es una ONG más, ni su finalidad es el ejercicio de la filantropía. Dios es amor, es caridad. Por lo tanto el fin y el alma de la cáritas eclesial consisten en extender el amor y la misericordia divina entre todos aquellos hijos suyos y hermanos nuestros más desamparados. Por eso, aunque el ejercicio de esa misericordia esté por encima de credos e ideologías, el anuncio explícito de Jesucristo por medio de nuestra acción caritativa y del testimonio personal y comunitario, es algo irrenunciable y necesario. Cáritas no es sólo un dispensario de recursos materiales, es una puerta abierta para todos los hermanos más necesitados por la que entrar a formar parte de este pueblo de Dios, en el que todos nos sintamos hermanos y vivamos la auténtica fraternidad en el amor, la justicia y la paz. Porque la mayor miseria que existe, por encima incluso de la material, es carecer de fe, esperanza y amor, es decir, carecer de Dios en la conciencia de nuestra vida, que nos ayude a vivir el gozo de ser hijos suyos.

         Que el Señor bendiga con su gracia a todos los que desarrolláis vuestro compromiso cristiano en esta dimensión constitutiva de la Iglesia, y os siga animando y sosteniendo por la acción de su Espíritu para que seáis en medio de nosotros manifestación del amor de Dios y expresión de su infinita misericordia. Y que a todos nosotros nos ilumine la conciencia y  transforme el corazón, para crecer en sentimientos fraternos para con los hermanos más desamparados.

viernes, 20 de septiembre de 2013

DOMINGO XXV TIEMPO ORDINARIO


DOMINGO XXV TIEMPO ORDINARIO

22-09-13 (Ciclo C)

 
      La Palabra de Dios que cada domingo ilumina nuestra vida, nos presenta múltiples aspectos del pensamiento de Jesús y nos acerca a lo que realmente le importó, su enseñanza y testamento.

      Unas veces le veremos preocupado por ofrecer un rostro más auténtico de Dios Padre, otras insistirá en situar al ser humano, su vida y su dignidad, por encima de los comportamientos que lo oprimen, y siempre se alzará como defensor de los pobres y marginados, a la vez que se compadece de los enfermos y necesitados.

      Todo ello nos muestra que en el centro de la vida y del mensaje de Jesús se sitúa Dios, a quien debemos “amar con todo el corazón y con toda el alma”, y de ese amor creador y salvador, brota su entrega absoluta al servicio de los hombres sus hermanos, ya que el amor al prójimo como a uno mismo constituye la seña de autenticidad del amor a Dios.

      Desde esta experiencia vital del Señor, debemos comprender el evangelio de hoy y la llamada que nos hace a ir tomando opciones fundamentales en nuestra vida, “no podéis servir a Dios y al dinero”.

      Cuantas veces va a insistir Jesús, en la necesidad de superar ambiciones, egoísmos y materialismos desmesurados. Cuantas veces nos va a descubrir que tras los enfrentamientos, las violencias, la opresión, la pobreza y la desigualdad se encuentra ese poner al dinero como meta de nuestra vida que sustituye al único Dios verdadero, y que acaba por adueñarse de nuestro corazón porque se convierte en el ídolo al que sacrificamos nuestra libertad y dignidad, haciéndonos sus esclavos dependientes.

      Ya el profeta Amós, en el siglo VIII antes de Cristo, denuncia la opulencia de los poderosos frente a la miseria de los pobres. El Dios que se revela a su pueblo y que entabla una relación de amor y misericordia con él, a la vez manifiesta su rechazo y condena de todas las injusticias que oprimen a los débiles y que va sumiendo en el caos a la creación entera, al romper la armonía de la fraternidad humana.

      Y si ya aquel profeta del Antiguo Testamento, manifestaba la rotunda oposición de Dios por la marcha de este mundo sustentado sobre las diferencias sociales, hemos de contemplar cómo los tiempos modernos con todos sus adelantos y logros en el campo de la técnica, lejos de paliar esas desigualdades y sus efectos, los ha incrementado hasta el extremo haciendo que la gran mayoría de la población mundial esté sumida en la miseria y condenada a ella, sin remedio aparente.

El evangelio de Jesús nos sitúa ante una cuestión crucial, ¿quién es para nosotros nuestro Señor? Porque el dilema de servir a Dios o al dinero, no es una alternativa en el seguimiento de Cristo. Es la opción fundamental de nuestra vida ya que amar a Dios sobre todas las cosas, nos impulsa a reconocer a los demás como hermanos y a sentir que nuestro futuro tiene un mismo final de vida en dignidad y amor.

El texto del evangelio parte de una experiencia en la que se relata la vida de un empleado infiel. Se sabe sorprendido en su infidelidad y pretende reconciliarse con aquellos a los que había estafado previamente siendo generoso en las cuentas. Y concluye Jesús el episodio con una frase desconcertante “ganaos amigos con el dinero injusto”. Es decir, el dinero tiene como finalidad el servicio a la vida y a su justo desarrollo, tanto de aquellos que lo poseen como de los que carecen de él. Y si todos debemos abrir las manos para compartir generosamente con quien mayor necesidad padece, mucho más se exige esta actitud con aquellos cuya ganancia actual proviene por medios ilícitos. Es la manera de empezar a sanar su injusto egoísmo y ambición.

      Pero no es suficiente con la generosidad. Esta puede resultar autocomplaciente y tranquilizadora de malas conciencias. El hecho fundamental donde Jesús pone la fuerza de su enseñanza está en, quién es tu Señor. A quién sirves y te entregas, ante quien rindes tu vida y te reconoces en sana dependencia de amor, ante el Dios Padre que te ha llamado a la vida, te ha conducido con ternura y siempre te acompaña con su misericordia y fidelidad, o ante el poderoso dinero que te hechiza y deslumbra con falsas promesas de felicidad inmediata haciéndote dependiente y esclavo de sus normas e intereses.

Y esta radicalidad en la respuesta no es cualquier cosa. Los medios que posee el mundo de la economía son extraordinarios, marcan con claridad las leyes y conductas sociales, y crean ideologías a su servicio que de una u otra forma condicionan los valores fundamentales en los que todos nos movemos y vivimos.

Los creyentes en Jesucristo, acogemos la propuesta que él nos hace y que conlleva un cambio radical en la vida más acorde con su evangelio.

Sólo desde ese amor que alimenta el corazón del ser humano con la Palabra fecunda del evangelio de Jesucristo, es posible realizar el milagro de multiplicar los panes para que lleguen a más. Y aunque sabemos que nuestras pequeñas aportaciones  siempre serán escasas, no debemos despreciarla porque es precisamente la suma de los muchos pocos, lo que llena de esperanza a tantísimos hogares hasta los que llega la mano generosa y caritativa de la Iglesia, por medio de sus cáritas diocesanas.

Como nos enseña S. Pablo es su carta apostólica, debemos a la vez seguir orando al Señor, para que su Espíritu vaya ablandando la dureza del corazón de los poderosos a fin de que la justicia, la equidad y la paz lleguen a todos los rincones del mundo. Y aunque parezca poca cosa, la unión entre la oración y la acción de tantos creyentes en Jesucristo, es lo que va sembrando nuestro mundo de amor y de esperanza.

 “Sólo Dios basta”, decía Santa Teresa de Jesús al comprender que en el abandono de su vida en las manos amorosas de Dios, era como la había recuperado con generosa abundancia en amor, libertad y entrega.

Esta libertad es la que nos capacita para seguir a Cristo en la vocación a la que él nos llama, y por la cual alcanzamos el gozo y la dicha plenas.  Hoy, los cristianos no debemos dar pena por la vivencia de nuestra fe, todo lo contrario, lo que deberíamos dar es envidia por la experiencia gozosa que tenemos la suerte de compartir.

Porque si nuestro semblante transmite tristeza y agobio, difícilmente podremos convocar a nadie a esta comunidad eclesial, y a demás estaremos desvirtuando la autenticidad del mensaje de Jesucristo, que nos ha llamado a vivir la alegría de los hijos de Dios. Y esto sólo es posible, si de verdad Dios es nuestro Padre, amigo y único Señor.

Que María, la fiel esclava del Señor, que proclamaba con su vida y entrega la grandeza de Dios, nos ayude a nosotros a reconocer en Cristo y su evangelio de vida, al único Salvador.

sábado, 14 de septiembre de 2013

DOMINGO XXIV TIEMPO ORDINARIO


 

DOMINGO XXIV TIEMPO ORDINARIO

14-09-13 (Ciclo C)

 

La Palabra de Dios que hoy se nos proclama, vuelve a insistir en lo que sin duda es el corazón de la fe cristiana, la experiencia del perdón, como fruto del amor auténtico.

Y la liturgia de este día nos propone tres miradas distintas para aproximarnos a esta realidad tan necesaria para todos. La primera vendrá de la imagen que los israelitas tenían de Dios, la segunda nos mostrará la experiencia de San Pablo y por último, en el evangelio el auténtico rostro de Dios mostrado por su Hijo Jesús.

El pueblo de Israel ha vivido una intensa relación con Dios. Ellos se saben escogidos por él, y liberados de la esclavitud de Egipto, y a pesar de haber recibido tanto por parte del Señor, cuando comienzan a pasar dificultades, y ante la ausencia de líderes adecuados que les ayuden a caminar en la esperanza, se lanzan en las manos de los ídolos fabricados por sus manos.

Esta ofensa a Dios deberá tener un castigo ejemplar, y así nos narra el autor del libro del Éxodo ese diálogo entre Dios y Moisés, dando a entender que la ira de Dios sólo ha sido aplacada por la intervención del caudillo de aquel pueblo duro de cerviz.

Para los israelitas el justo castigo de Dios se ha convertido en perdón por la intervención generosa de Moisés que ha salido en su defensa. De ese modo comienza a cambiar la imagen del Dios justiciero y vengativo, y emerge el rostro de un Dios capaz de desdecirse y de mostrar misericordia y compasión, aunque el pueblo pecador no lo merezca.

Ningún otro dios de los conocidos en su entorno aceptaría perdonar al pueblo sin recibir nada a cambio. Y el Dios de Israel, por la intercesión de Moisés, comprende la debilidad humana y se compadece de él.

La segunda experiencia es la vivida por el mismo San Pablo. Él conocía la capacidad de perdonar de Dios por razón de su fe judía, pero tras su encuentro con Jesucristo a quien con tanto fanatismo perseguía, experimenta en sí mismo el amor y la misericordia de Dios. Como el mismo apóstol cuenta, él era un blasfemo, un perseguidor y violento, no creía en Jesús y con toda su ira atacaba a los cristianos. Y a pesar de todo el dolor que había causado a su alrededor entre los que ahora eran sus hermanos, ha sentido la misericordia de Dios y en el encuentro amoroso con Jesucristo ha vuelto a renacer.

San Pablo no olvida sus orígenes, ni niega la realidad de su pasado, pero tras su conversión profunda y verdadera, ese recuerdo no es algo paralizante ni doloroso, sino el resorte desde el que vivir una vida nueva, gozosa y plena en el seguimiento de Jesucristo.

Esta experiencia es muy importante para nosotros, porque muchas veces, a pesar de celebrar el sacramento de la reconciliación y de sabernos perdonados por el Señor, seguimos acercando a  nuestra memoria y corazón, los remordimientos del pasado, como si no nos creyéramos que Dios nos ha perdonado de verdad, y dejando que nuestra desconfianza en el Señor nos paralice y agobie.

Si Dios nos ha perdonado, debemos perdonarnos también nosotros. Si Dios no nos reclama nada, ni nos echa en cara nada, tampoco nosotros debemos mantenernos en el pasado, sino que acogiendo su gracia y su fuerza, miremos al futuro con confianza. Como nos dice San Pablo en su carta: “podéis fiaros y aceptar sin reservas lo que os digo: que Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores”.

Y si eso no es suficiente tenemos el relato del evangelio en el que el mismo Jesús nos muestra la intimidad del amor de Dios nuestro Padre: “habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta, que por noventa y nueve justos que no necesitan convertirse”. Sentimientos que nos muestran el amor universal e incondicional de Dios para con sus criaturas. Porque a ningún padre le sobra uno solo de sus hijos. Ningún hogar se siente pleno cuando en él existen asientos vacíos. Ninguna familia está sana cuando las rupturas y los abandonos agudizan la ausencia de alguno de sus miembros.

Por eso la alegría de Dios por la vuelta y el encuentro con sus hijos alejados se comprende con claridad si de alguna forma vivimos esa experiencia paterna o fraterna.

Sólo cuando se ama de verdad sin complejos ni condiciones, duelen las distancias de los nuestros. Cuando el otro no nos importa y su vida nos resulta indiferente tampoco nos preocupa su distanciamiento y olvido.

Dios nos llama a vivir con responsabilidad nuestra realidad de hijos y hermanos. Lo cual no quiere decir que todo valga, y que los malos comportamientos de unos carezcan de consecuencias para los demás. Cuando alguien rompe la sana armonía, necesaria en toda convivencia y lo hace de forma tan grave como lo es la violencia, la opresión y la muerte, no podemos hablar de perdón y olvido como si nada hubiera ocurrido. Una cosa es salir en busca de quien se pierde en el camino por errores y fracasos comunes a todos, y otra muy distinta tener que ir tras aquel que ni se arrepiente del mal provocado ni pide perdón a quien con tanta gravedad ha herido. El perdón, que siempre es gratuito, necesita de la actitud sincera de la conversión y de la reparación por parte del pecador, y así además de recibir el gozo del perdón divino, podrá experimentar también la auténtica acogida del hermano y su plena regeneración.

La verdad, que ha de iluminar nuestros actos, nos lleva a reconocer nuestra responsabilidad, y así aceptar con humildad las consecuencias de los mismos.

Pero lo mismo que sin la actitud de conversión no es posible sanar la propia vida, sin la apertura al perdón por quien ha sufrido el mal tampoco curará su herida. El rencor, el odio y el deseo de venganza, lejos de solucionar nada, a quien primero destruye es a quien lo siente.

Ninguna relación humana puede asentarse en la venganza, y además de ser lo más contrario a la ley del amor instaurada por Jesús, olvida su entrega salvadora en la cruz.

El perdón es lo más genuino y grandioso de la fe cristiana. Ella nos exige una y otra vez abrirnos a la reconciliación con los demás, a superar nuestros rencores y a establecer cimientos de  misericordia y compasión. Que seamos capaces de aceptar siempre este estilo de vida, y cuando sintamos serias dificultades para ello, recordemos las palabras del Señor, por cuyo perdón en todos hemos sido salvados.

viernes, 6 de septiembre de 2013

DOMINGO XXIII TIEMPO ORDINARIO


DOMINGO XXIII TIEMPO ORDINARIO
8-9-13 (Ciclo C)
 
     Un día más hacemos un pequeño alto en nuestra actividad cotidiana y de descaso para dedicar nuestro tiempo al Señor. La Eucaristía es ante todo un encuentro gozoso con Jesucristo quien nos convoca a todos como hermanos para alimentar nuestra fe con su palabra y con el Pan eucarístico.
     Y esta palabra que acabamos de escuchar, como siempre, ha de ser encarnada en nuestra vida y en la realidad social que compartimos.
     En ese caminar de Jesús hacia Jerusalén, se da cuenta de que cada vez son más los que le siguen con entusiasmo, pero que necesitan depurar sus verdaderas intenciones. El seguimiento de Cristo no puede quedarse en los afectos superficiales, sino que ha de entrañar la disposición de toda la vida en las manos de Dios. Seguir a Jesucristo conlleva dificultades y riesgos que son necesarios conocer para que pongamos los medios adecuados a fin de superarlos con la fuerza del Espíritu.
     Hay que cargar con la cruz de Jesús, que ciertamente no será hoy de madera, pero que en muchas ocasiones resultará tan dolorosa y amarga como la suya.
     Los cristianos seguimos los pasos del Señor luchando continuamente con nosotros mismos para vencer la comodidad o la apatía. Nos hemos de esforzar por mantener la tensión entre la verdad de la fe y la búsqueda de la justicia, frente a la tentación de vivir según los criterios egoístas e insolidarios del  mercado mundial. Hemos de asumir nuestra debilidad personal y eclesial y saber que también estamos urgidos a la permanente conversión para ser más auténticos y fieles con la fe que confesamos.
     Esto es lo que Jesús pide a quienes le siguen de corazón; por encima de nuestros criterios o deseos ha de estar la fidelidad al evangelio. Por encima del quedar bien con los demás, incluso con nuestros seres más queridos, está  la disponibilidad para con Dios y su proyecto de vida.
     Quien pone por delante de la fe en Jesucristo y del amor a los hermanos los intereses y seguridades individualistas no puede ser discípulo suyo.
 
     Y un ejemplo claro nos lo ofrece la carta de San Pablo a Filemón. En aquella sociedad romana, y según la ley establecida, un ciudadano de pleno derecho podía tener esclavos. De hecho el sistema económico y social se fundamentaba es esta posesión, y Filemón tiene varios entre los que se encuentra Onésimo.
     Como nos cuenta San Pablo, Onésimo escapa de esa situación de esclavitud convirtiéndose en un proscrito de la ley según la cual deberá pagar con su vida ese delito. Sin embargo, tanto él como Filemón se han convertido al cristianismo, y así S. Pablo les recuerda que según la ley de Cristo todos somos hijos de Dios, y por lo tanto la dignidad humana está por encima de cualquier ley. Filemón deberá acoger a Onésimo como a un hermano, y así lo hará porque su corazón ha sido transformado por la fe en el Señor. Onésimo ya no será esclavo sino libre, y con él, muchos creyentes darán los primeros pasos para defender la dignidad y la libertad de todo hijo de Dios.
Este relato tan breve, contiene una transformación social y religiosa de enorme magnitud. La nueva religión establecida por Jesús y sus discípulos es el germen de una nueva humanidad, donde las relaciones entre las personas se basarán en la auténtica fraternidad, fruto de nuestra condición de hijos de Dios.
     En el presente, también tenemos muchos esclavos que liberar. Personas que viven sometidas por la opresión de las drogas, la miseria y pobreza, la enfermedad o el estigma de la inmigración, la marginación y la violencia.
     Personas que en ocasiones son víctimas de la irresponsabilidad y desorden de su propia vida, pero que en otras muchas lo son por el egoísmo y la insolidaridad de los demás. En cualquier caso los cristianos tenemos una seria responsabilidad para con ellos a fin de liberar y trabajar por la defensa de su plena dignidad, desarrollo y respeto.
     Hemos de apoyar a organizaciones que como cáritas se entregan y trabajan en favor de los desheredados, potenciando proyectos de integración o de atención para quienes más marginados y excluidos se encuentran en nuestro entorno. Así estaremos acercando la misericordia de Dios que sana y dignifica, y a la vez viviremos con mayor vigor la autenticidad de nuestra fe.
 
     Somos seguidores del Señor, y también hemos calculado nuestras fuerzas. Sabemos que no siempre tendremos el ánimo suficiente ni el valor necesario para seguirle sin vacilar. También nosotros somos esclavos de nuestros prejuicios y miedos y eso nos vuelve más egoístas de cara a los demás, en especial hacia aquellos que sentimos como amenaza.
Pero esto no nos justifica. Ante el miedo ha de situarse la confianza en Jesús, y ante los prejuicios contra los demás, la certeza de que somos hermanos e hijos del mismo Padre que nos llama a la caridad y a la misericordia.
     Sólo así estaremos en condiciones de participar en la mesa del Altar y compartir el pan que alimenta nuestra alma.
     Los esclavos de este mundo, los pobres y marginados, claman a Dios y él los escucha. A nosotros nos pide que les abramos el corazón y que no les cerremos las pocas posibilidades que les quedan de vivir y morir con dignidad.
 
También pedimos al Señor, haciéndonos eco del llamamiento que el Santo Padre ayer realizaba a todo el mundo, el don de la paz.
La guerra sólo engendra mayor sufrimiento y desolación, en especial entre las víctimas civiles indefensas. Los abusos de los tiranos han de ser reprobados de otra manera, y no a costa de la sangría de la población inocente.
     Pidamos al Señor, por intercesión de la Stma. Virgen María cuya fiesta de su natividad hoy recordamos, este anhelo tan urgente de paz y concordia entre los pueblos y las personas. Ella que es Madre de los desamparados y consuelo de los afligidos nos ayude a todos a ser discípulos del amor y heraldos de la justicia y la paz, dando con nuestra calidad humana testimonio de Cristo, a quien confesamos como único Señor.