jueves, 14 de marzo de 2013

V DOMINGO DE CUARESMA

 "Yo tampoco te condeno;
vete y no peques más"

DOMINGO V DE CUARESMA
17-03-13 (Ciclo C)

El domingo pasado la parábola del hijo pródigo nos presentaba la misericordia de Dios ante la actitud arrepentida del hijo que vuelve. Se nos narraba a través de una historia conmovedora, cómo en el pecado del hijo menor y a pesar de haber llevado una vida alejada del hogar paterno, siempre hay lugar para el arrepentimiento, y si somos capaces de buscar en lo profundo de nuestro interior reconociendo la verdad de nuestra vida, encontraremos la misericordia de Dios que nos abre sus brazos para llenarnos de su amor.

Pero en este seguimiento de Jesús, todavía hay lugar para las sorpresas. Si la parábola del hijo pródigo nos muestra el colmo de la misericordia divina, la vida misma de Jesús se nos presenta como la realización actualizada y eficaz de ese perdón.

Y así hoy nos situamos ante un acontecimiento en la vida del Señor que no nos deja lugar a dudas sobre su compasión.

Según el relato evangélico, a Jesús le presentan una mujer sorprendida en un grave pecado. Y además se le recuerda, que la Ley de Moisés, fundamento de la vida social y religiosa del pueblo de Israel, deja clara la sentencia que cae sobre la pecadora, la muerte por lapidación.

Desde nuestra mentalidad actual, nos parece desproporcionada e injusta semejante sentencia. Pero no olvidemos que el momento y las circunstancias en las que se produce, hacía que esa ley fuera observada por todos como justa e indiscutible.

Sin embargo, ya el evangelista nos muestra la intencionalidad con la que los acusadores presentaban la cuestión a Jesús, no tanto para que prolongara la ley mosaica, sino para que como bien sospechaban, dictaminara una resolución contraria a ella y así tuvieran algo de qué acusarlo.

Realmente el pecado de adulterio les importaba menos que la posibilidad de tener algo serio contra Jesús, ya que su forma de vida y los argumentos de sus palabras, les descubría la falsedad de sus prácticas religiosas y la incoherencia de su proceder.

Y Jesús ciertamente no va a dejarse amedrentar, y aunque deba medir su intervención, lo que en ningún caso permitirá es que en el nombre de Dios se ajusticie a nadie, aunque la ley lo consienta. Y esta actitud no es irrelevante para nuestra experiencia de fe. La ley de Dios nos muestra el camino que conduce a la vida, desde la fidelidad, el amor y el respeto al prójimo, imagen y semejanza de Dios.

El mandamiento de la fidelidad matrimonial, lo que está custodiando ante todo es el núcleo del amor conyugal, donde han de favorecerse el desarrollo de la vida de los esposos y la transmisión de ese amor y educación a los hijos. Faltar a este principio no sólo supone un pecado ante Dios, sino que en cada ruptura provocada por el egoísmo de uno de los cónyuges, se hiere lo más íntimo del otro rompiendo la unidad familiar, la confianza depositada en ella, y perjudicando gravemente la vida y el desarrollo de los hijos.

El adulterio no es una anécdota en la vida del ser humano, es una traición a las promesas realizadas en libertad, y que rompe la armonía y la estabilidad de la vida de los afectados.

Pero de la aceptación de esta verdad y del compromiso que la pareja y la sociedad han de adquirir para cuidar el vínculo matrimonial, no se deriva que haya que preservarlo a costa de la vida de nadie.

Y esto es lo que Jesús reprueba.

No la verdad de la fidelidad matrimonial establecida y comprometida por el amor de Dios, sino la injusticia de la ley humana que la pretende custodiar.

Por eso quien se crea libre de todo pecado y debilidad que se atreva a arrojar la primera piedra. Cuando alguien en la vida tropieza y cae, comete un error por grave que sea y fracasa como ser humano, siempre hay que buscar la forma de recuperar su dignidad y de que vuelva a dirigir su vida conforme a los valores fundamentales que la fe en Dios nos propone.

Y Jesús ofrece esa posibilidad porque nos mira a cada uno desde el amor, no desde la condena. Aunque nuestro mal y nuestro pecado sean graves, él no retira su mirada de nosotros y busca siempre la conversión del pecador y no su aniquilación.

Qué fácil le hubiera sido a Dios desentenderse del hombre cuando en tan innumerables ocasiones le hemos vuelto la espalda. Qué necesidad tenía de buscar una y otra vez nuestra conversión, él no necesita nada de nosotros para seguir siendo Dios. Y sin embargo, si en vez de procurar en todo momento nuestro regreso al hogar paterno, hubiera deseado la ruptura definitiva con el hijo que lo abandona, para qué nos envió a su Hijo Jesucristo como camino de salvación, verdad que nos regenera y vida en plenitud.

“Dios no quiere la muerte del pecador, sino que se convierta y viva”, y si este es el deseo de Aquel que nos ha creado, nadie tiene potestad para modificar su vivificante desarrollo. La dinámica del perdón de Dios, manifestado en Jesús, nos regenera y nos rejuvenece. Nos ayuda a recuperar la mirada limpia y confiada, y sobre todo nos posibilita que al retornar a la casa del Padre, podamos acogernos como hermanos y sintamos la dicha del encuentro en fraternidad.

“Yo tampoco te condeno. Vete y no peques más”. Este fue el final del diálogo entre Jesús y la mujer. Seguro que ante lo sucedido y al verse salvada de la muerte, aquella volvería a nacer. Jesús no sólo la ha salvado de un morir certero, sobre todo experimenta como quien sí podía condenarla como Maestro y Mesías, no lo hace, “yo tampoco te condeno”. Y estas palabras pronunciadas hace más de dos mil años, hoy se nos siguen diciendo a nosotros cada vez que con humildad y confianza acudimos sacramentalmente al Señor para pedir su misericordia.

Que no desaprovechemos las oportunidades que él nos da. Este tiempo cuaresmal que pronto concluye, es un recorrido por la verdad de nuestra vida para que contemplada con los ojos misericordiosos del Señor, la sintamos regenerada por su amor y, con vitalidad nueva, se sienta impulsada para ser sus testigos en nuestro mundo.

Que al acoger el perdón del Señor en nuestra vida, abramos siempre el corazón para responder con semejante grandeza a nuestros  hermanos en vez de hacernos sus jueces y verdugos. Y nunca olvidemos que la misericordia que se recibe de verdad, ha de ser entregada a los demás con generosidad.

sábado, 9 de marzo de 2013

IV DOMINGO DE CUARESMA

DOMINGO IV DE CUARESMA
10-03-13 (Ciclo C)
Pasamos el ecuador de este tiempo cuaresmal en el domingo de “laetare”, de la alegría ante la proximidad de la Pascua del Señor. Y al caminar junto a él escuchamos en este día la que sin duda es el alma de las parábolas. Si el domingo pasado contemplábamos la paciencia del Viñador para con la higuera infecunda, por la cual se volverá a desvivir a fin de que dé frutos de vida, hoy nos sorprende ante la misericordia de un Padre que sufre la marcha del hijo, y que lo espera siempre con los brazos abiertos.
Muchas veces al escuchar este evangelio concedemos excesivo protagonismo al hijo menor, de hecho todos la conocemos como “la parábola del hijo pródigo”. Y sin embargo lo que Jesús nos está diciendo con ella es la inmensidad del amor del Padre, que tras sufrir el desprecio de un hijo que el exige en vida su parte de la herencia, se marcha de su lado para malvivir lejos de él.
El personaje citado, muchas veces representa con fidelidad nuestras actitudes ante Dios. Hemos recibido todo de Él, la vida que es su mayor don, el amor de la familia que nos ha acogido en su seno, la fe que se nos ha transmitido como fundamento de nuestra existencia y el seno de la comunidad eclesial en la que hemos crecido y profundizado en nuestra condición de hijos e hijas de Dios. Y como respuesta a este regalo del Señor, respondemos exigiendo nuestra parte de forma egoísta para dilapidarla viviendo perdidamente. Es decir: la vida regalada, la poseemos egoístamente como si nos perteneciera a nosotros, decidiendo la viabilidad y el destino de otros seres humanos, y subordinando su valor absoluto al interés particular, llegando a devaluarla si no me conviene su existencia.
La misma realidad familiar en la que todos subsistimos como personas de pleno derecho es despreciada y quebrada por el egoísmo y la violencia de algún miembro sobre los demás; rupturas entre esposos, imposiciones caprichosas de hijos malcriados o la violencia machista que subyuga a la mujer bajo la tiranía del hombre. La unidad familiar está siempre a merced de la entrega personal de sus miembros, y si alguno de ellos se impone de forma indigna, la dolorosa ruptura a todos afecta y amarga por igual.
O bien podemos asemejar la herencia derrochada por el hijo menor con nuestras actitudes de desafecto e incluso rechazo para con la comunidad eclesial a la que pertenecemos y en la que nacimos a la fe. Cuantas veces perdemos el tiempo y la paz discutiendo sobre ideologías particulares, creando problemas donde no existen y sospechando los unos de los otros. Cuantas veces fomentamos la división en el hogar eclesial avivando conflictos superfluos por las simpatías o rechazos que suscitan personajes de moda.
La fe sin comunión es pura falacia que concluye en el sectarismo y la ruptura de la unidad, sólo la unidad que nace del amor, de la comprensión y la obediencia al evangelio del Señor, expresado en la autoridad conferida por el mismo Cristo a los Apóstoles y sus sucesores, es garantía de autenticidad en el seguimiento de Jesús.
Aquel hijo menor del evangelio, no sólo se marchaba de su casa a vivir una aventura personal propia de la edad. Rompía los fundamentos de la vida familiar, humillaba al Padre que todo lo había puesto en sus manos, escandalizaba a los empleados que observaban la osadía de su acción, y abría un abismo de desencuentro con su hermano mayor, quien se presenta al final del relato evangélico con una dureza extrema, incapaz de perdonarle su pecado.
Y en toda esta realidad está la persona fundamental, el Padre que vive con dolor de corazón, tanto la actitud irresponsable de su hijo menor, a quien además lo pierde sin saber de su destino, y la amargura del hijo mayor quien se va desmoronando en un odio hacia su hermano lo que sume en mayor angustia si cabe al Padre de ambos.
Cómo afectan nuestras decisiones individualistas al conjunto del hogar. Cuán grande es la ruptura que provoca la acción de uno sólo y cómo repercute sobre la vida de todos. El Padre preocupado, dolorido y angustiado por el hijo que no ve por la distancia; y también sufriendo y sintiendo la pérdida del otro hijo que pese a estar a su lado vive como si no existiera para él.
Sólo la conversión sincera y auténtica cimienta la nueva relación. Cuando el hijo vuelve, tras reconocer su maldad y la indignidad de su vida, lo hace de corazón. Él sabe que no es digno de ser hijo, y que lo justo será tratarlo como a un siervo.
Pero una vez más es el Padre quien nos sorprende; el dolor y la injusticia sufrida no le han dañado el corazón. Él ante todo es su Padre y eso nada puede cambiarlo, y como tal lo acoge con un amor inmenso, que supera cualquier comprensión. Ciertamente el pequeño merecerá cualquier castigo por su acción; pero cuando un hijo muerto vuelve a la vida, un hijo perdido es recuperado, lo único que cabe es celebrarlo por todo lo alto, porque se ha vuelto a restañar la unidad familiar, y el gozo de la conversión es mucho mayor que el dolor del pecado.
De hecho la actitud del hijo mayor nos deja bien claro lo infecundo e inútil del rencor. Su rechazo a compartir la fiesta por su hermano recuperado expresa el resquemor de su alma en esta historia. En realidad, y a tenor de sus palabras, él también vivía lejos de su padre aunque compartiera el mismo techo; no había sido capaz de sentirle cerca y de vivir como un auténtico heredero ya que al reprocharle que no le hubiera dado nunca un cabrito para celebrar algo con sus amigos, en el fondo reconocía su desafecto filial.
De qué le servía vivir como hijo, si en realidad se comportaba como un esclavo. Por qué ahora aprovecha para reprochar la generosidad de su padre cuando él no ha sabido cogerla diariamente en su vida.
Además el mayor abunda en su mezquindad al rechazar al hermano diciendo “ese hijo tuyo”. Si el padre había acogido a su hijo, el hermano lo sigue rechazando, y por eso no puede entrar en la fiesta común. El relato del evangelio se queda aquí. No nos dice el final de la historia, si hubo abrazo fraterno, o el padre sigue sufriendo la ausencia de uno de sus hijos.
Nosotros somos quienes debemos terminar esta historia en cada momento de nuestra vida. No tenemos nada que envidiar a los hermanos de la parábola; sus actitudes por una u otra parte son causantes del dolor del Padre y de la fractura familiar. Sólo la vida del Padre es digna de ser compartida; una vida de amor, de búsqueda, de espera, de misericordia y de perdón. Una vida que genera gozo y que construye la unidad esencial del hogar donde todos podamos tener sitio en la misma mesa donde se celebra el único banquete pascual.
Si no somos capaces de perdonarnos no podremos compartir la misma fiesta. Que este tiempo cuaresmal nos ayude a purificar nuestras actitudes personales y comunitarias, de manera que nos lleven a una auténtica conversión para volver al hogar como hijos de Dios y hermanos entre nosotros.

sábado, 2 de marzo de 2013

III DOMINGO DE CUARESMA

DOMINGO III DE CUARESMA
3-3-13 (Ciclo C)

  El centro de la Palabra de Dios que acabamos de escuchar es su radical llamada a la conversión, al cambio de vida y a la toma de conciencia de nuestra responsabilidad en la marcha de este mundo.

Jesús tiene una clara percepción de la realidad que lo rodea, de cómo la acción de las personas repercute de forma directa en su situación vital, para bien y para mal. Y junto a ello también percibe cómo la conciencia humana ha ido alejando de sí esa responsabilidad pasándosela incluso a Dios como explicación de los males y de los bienes. Si a uno le va bien en la vida, eso quiere decir que su comportamiento moral es el adecuado y que Dios le premia con bienes materiales, con salud, con prosperidad. Pero si por el contrario la vida de una persona está marcada por la desgracia, la enfermedad, la miseria y la marginación será que algo habrá hecho mal y que su situación es consecuencia y castigo por ese pecado cometido, bien por él o incluso por sus antepasados. El bien se premia y el mal se castiga. Este pensamiento estaba profundamente metido en la experiencia religiosa del pueblo de Israel, de tal manera que Jesús con su pregunta “¿pensáis que esos galileos eran más pecadores que los demás galileos para acabar así?” va a afrontar la cuestión de forma directa y clara.

Y lo primero que deja fuera de toda duda es que las desgracias del ser humano, las catástrofes naturales y cualquier mal que afecte al hombre no son la respuesta vengativa de un Dios justiciero que nos paga según nuestro obrar. Lo que nos sucede a nosotros, es fundamentalmente consecuencia de lo que hacemos o dejamos hacer a nosotros mismos, a otras personas o al entorno natural.

  El ser humano es responsable de lo que sucede a su alrededor y nuestro trabajo cotidiano va asentando y cimentando el futuro de nuestra vida, para bien o para mal.

  En el relato del libro del Éxodo,  Moisés va a descubrir algo asombroso, e insospechado, Dios se preocupa por el sufrimiento de su pueblo. Dios padece con él y se compadece de él; no se mantiene ajeno a la historia del hombre, y el lamento del oprimido ha llegado hasta su presencia. Esa situación se le hace insoportable y en el clamor del oprimido la creación entera se está lamentando. Por eso hay que actuar, pero no de forma ajena al desarrollo de la historia, interviniendo de manera sobrenatural y al margen de la libertad de las personas. Dios va a intervenir por medio de su criatura, el hombre, imagen y semejanza suya, para que asumiendo su propia responsabilidad y tomando conciencia de su ser, regenere la humanidad y la libere de sus opresores.  Y así Moisés va a comprender que por encima de sus limitaciones y temores, por encima de sus capacidades y virtudes, está la mano bondadosa de Dios que le anima, sostiene y fortalece para asumir su responsabilidad de hermano y lidere la liberación de su pueblo.

  Y lo primero que debe hacer es observar la realidad con los mismos ojos de Dios, lo cual exige una primera conversión. Por mucho que pretendamos sintonizar con Dios, si no somos capaces de salir de nosotros mismos, lo único que conseguiremos será moralizar esa mirada, pero no se verá transformada. Ver con los ojos de Dios es situarse al lado del que sufre, del oprimido, del pobre para escuchar sus lamentos y compartir sus sentimientos. De lo contrario nos pasará como a Moisés que se resiste a la llamada de Dios.

  La resistencia de Moisés nos revela que muchas veces nosotros también ponemos excusas para vivir tranquilos, sin meternos a fondo en la realidad. Pero a la vez, sabemos igual que Moisés, que una vez que nos hemos dejado atrapar el corazón por Dios, ya no nos pertenece porque le pertenece a él, y una y otra vez le sentimos que insiste para que colaboremos generosamente en su obra de salvación.

Cuántas veces sentimos que el alma se nos conmueve ante las injusticias del mundo y que aunque apaguemos el televisor o cerremos el periódico, esa realidad nos atormenta. Sentimos la impotencia de no saber qué hacer, el miedo al futuro que se nos va presentando, la intranquilidad de saber que este mundo no es el que Dios quiere para el desarrollo de sus hijos.

Por eso Jesús asume su misión como una urgente llamada a la toma de conciencia de sus hermanos, haciéndonos saber que el mal y el bien de este mundo no es obra directa de Dios, sino nuestra, y aunque él se empeñe en sembrar el amor, la justicia y la paz, si nosotros nos empeñamos podemos sofocar su crecimiento y favorecer el germen del odio, la injusticia y el terror.

Ante esta situación, no podemos quedarnos cruzados de brazos, porque “tres años llevo viniendo a buscar fruto en esta higuera y no lo encuentro, así que córtala”.

La parábola de Jesús no es una amenaza vacía y gratuita, es una seria advertencia de lo que está por llegar. Si bien es cierto que la salvación de nuestras vidas viene por la fe en Jesucristo, igualmente cierto es que esa fe ha de manifestar su autenticidad a través de las obras que realiza. O dicho con palabras del apóstol Santiago, “muéstrame tu fe sin obras, y yo por las obras te mostraré mi fe”.

  La paciencia de Dios llega a su culmen en la entrega de su Hijo, quien una y otra vez ha ido intercediendo en nuestro favor como el viñador de la misma parábola “déjala todavía este año”. Pero esa intercesión de Jesús tiene destinatarios concretos, aquellos que aunque sea tarde, estén dispuestos a acoger la llamada a la conversión y den los frutos propios del árbol de la vida en el que han sido insertados. Todas las personas podemos superar nuestros egoísmos y acoger la misericordia de Dios. Y si ese cambio real se produce, y abrimos las puertas de nuestro corazón a los demás dejándonos conmover por sus necesidades, entonces daremos el fruto esperado.

Ahora bien, quien se obstine en mantener la miseria de sus hermanos oprimiendo y ultrajando su dignidad, destruyendo hasta lo más sagrado que es su vida, por la ambición y la opulencia, entonces tendrá que afrontar la misma sentencia del Señor, “córtala”. Porque si a pesar de los esfuerzos del Hijo de Dios por salvar el corazón enfermo de odio y de egoísmo de aquellos que han puesto su confianza en el ídolo del poder y de la riqueza, no se suscita en ellos el cambio y la conversión, entonces se han forjado su destino, que tal vez en esta vida les deslumbre con un falso brillo, pero cuyas consecuencias deberán asumir ante Dios.

Vivimos en una realidad donde la idolatría se abre paso como una nueva religión. Los diferentes ídolos, a los que de una u otra forma podemos rendir culto, se unen para hacernos creer que somos como dioses, y que todo lo podemos con nuestras propias fuerzas. Provocando que el corazón se nos vaya muriendo al amor, y responda solamente a los impulsos de su egoísmo.

Sin embargo Dios no está dispuesto a perder la gran obra de su creación que es el ser humano, por eso una y otra vez sale a nuestro encuentro para llamarnos y atraernos hacia sí. Cómo no va a derrochar en esfuerzos el que no escatimó la entrega de su propio Hijo para que fuéramos rescatados por su amor.

Queridos hermanos. La Palabra del Señor ilumina siempre nuestra vida, aunque a veces lo que nos descubre esa luz no sea de nuestro agrado. Eso quiere decir que el Espíritu Santo sigue actuando en nosotros y que de forma constante y fecunda, trabaja nuestro corazón para transformarlo. Que sigamos viviendo este tiempo cuaresmal con gratitud y confianza para poder llegar a la Pascua con una vida renovada en esperanza y caridad.

viernes, 22 de febrero de 2013

II DOMINGO DE CUARESMA

DOMINGO II DE CUARESMA
24-02-13 (Ciclo C)
En nuestro itinerario hacia la pascua, vamos avanzando a la luz de la Palabra de Dios que cada domingo se nos proclama. Es el día del encuentro con el Señor y con los hermanos, que congregados entorno al altar, compartimos la vida cotidiana para que iluminada por el Evangelio y fortalecida con el Cuerpo del Señor, vuelva renovada a las tareas de cada día.
Y en este segundo domingo de cuaresma podemos detener nuestra mirada en la experiencia de los grandes personajes de la Sagrada Escritura. En todos ellos se nos muestra con sencillez y claridad, cómo ha sido su relación con Dios; una relación cercana, personal, fluida y entrañable. Relación que no sólo afectaba a los protagonistas principales de cada momento histórico, sino que era compartida por toda la comunidad creyente.
La historia de Abrahán que se nos narra en el Gn., es mucho más que la experiencia de nuestro padre en la fe. Son los cimientos de una relación paterno-filial que en Jesús encontrará su momento culminante, pero que desde siempre ha distinguido la fe del pueblo de Israel.
Porque esa fe no se sustenta en un compendio de ideas y teorías sobre la divinidad, sino en la experiencia concreta, personal y comunitaria que nace de una relación existencial y vital. Ningún protagonista bíblico creía en el dios de otro por oídas, sino en el suyo propio con el que entraba en esa relación mística y eficaz. Una relación real que estaba fuera de toda duda, aunque  el fruto de la misma conllevara una respuesta confiada y radical.
Abrahán fue conducido por esa relación con Dios hacia caminos insospechados para él, y en ocasiones aparentemente contradictorios. Cuando Dios le promete una descendencia como las estrellas del cielo, y él asiente entregándose a la alianza, tendrá que vivir la prueba de ofrecer a su único hijo como sacrificio a Dios.
Sólo en la relación sólidamente edificada en el amor y la fe, es posible responder con generosidad y convicción.
Así nos lo muestra también el evangelio de este día. Los discípulos de Jesús van profundizando en el conocimiento del amigo que los ha llamado. Hasta este momento narrado por S. Lucas, han compartido momentos desconcertantes. Han visto y oído cosas totalmente nuevas y que superan su capacidad de entendimiento. Se van dando cuenta de que Jesús no es un maestro al uso, como los escribas y fariseos.
También viven con especial desconcierto esa actitud de Jesús en la que trata con una familiaridad inaudita al Dios de la Alianza, reinterpretando la Ley de Moisés de forma novedosa y, para algunos, escandalosa.
Unos versículos anteriores a los que hoy se nos han proclamado, el mismo Pedro, ante la pregunta que Jesús le lanza sobre su identidad, le responderá con firmeza; “tú eres el Mesías de Dios”. (v.20)
En este contexto, Jesús decide compartir su experiencia espiritual de forma especial con algunos de ellos, y tomando a los tres discípulos que van configurando el núcleo de los íntimos, Pedro, Santiago y Juan, sube al monte a orar.
Y en esa experiencia de intimidad con el Padre, el relato evangélico nos muestra a Jesús en su identidad divina, dentro de la relación intra-Trinitaria. Su rostro transfigurado, unido a la voz de Dios Padre que identifica y señala a su Hijo amado, reconocido como tal por la Ley y los profetas representados en Moisés y  Elías, envuelve la vida de los discípulos que se encuentran desbordados. Ellos sólo podían expresar lo bien que se sentían, y únicamente después del encuentro con el Resucitado pudieron entender en su profundidad esta experiencia.
Ellos vivieron por anticipado el encuentro con el Cristo glorioso pos-pascual, lo cual les ayudó a reconocerlo tras la dureza de la Cruz.
La oración de Jesús a la que en este momento asisten, deja en ellos un poso esencial en su vida y que más tarde se revitalizará en su propia experiencia personal. Sólo en la oración íntima, cercana y confiada, se produce el encuentro con Dios. Encuentro que transforma la existencia del hombre porque nunca le dejará indiferente.
Dios se da de forma plena al corazón que con sencillez y humildad se abre a su amor, y su gracia desborda de tal manera cualquier previsión humana, provocando en el hombre un cambio radical que lo transfigura, para configurarlo más profundamente al modelo de Hombre Nuevo que es Cristo.
Los discípulos que acompañaron al Señor en este momento de su vida, vieron experimentar en él un cambio inexplicable, pero en todo momento lo reconocieron con claridad. Era el mismo Jesús con quien compartían su vida cotidiana, pero a la vez, se abría entre ambos un abismo de identidades incapaces de comprender.
Compartir esa experiencia les convertía en unos privilegiados y a la vez en portadores de una tarea nueva. Su deseo de permanecer en ese ambiente divino que todo lo envuelve y conforta, contrasta con la misión de seguir anunciando la novedad del Reino de Dios, del cual ellos se han convertido en testigos oculares.
La transfiguración del Señor, revivida de forma vigorosa tras su resurrección, les ha llevado a comprender que su destino último, como nos enseña S. Pablo en su carta a los filipenses que hemos escuchado, es que “Cristo nos transformará, según el modelo de su cuerpo glorioso”. Es decir, que nuestro destino no está condenado al fracaso de la muerte, sino a la promesa cierta de nuestra futura inmortalidad.
Lo acontecido en este momento de la vida de Jesús y sus discípulos, nos ayudará a asumir el tramo que queda de camino hacia la Pascua. Para eso hay que bajar de la montaña sagrada, para introducirnos en la senda de la entrega y el servicio hasta el extremo.
Ahora hemos recuperado fuerzas en el encuentro con el Dios vivo y todopoderoso. Es momento de acompañar a Jesús, en su entrega salvadora.
Si el domingo pasado, el Señor vivió la dura experiencia de padecer la tentación humana que desconcierta y angustia, hoy recibe la fortaleza y el aliento que su relación con el Padre le infunde, de manera que pueda llevar hasta el final su proyecto de vida.
Nosotros también recibimos esta misma fortaleza en nuestra vida de discípulos, si como Jesús, dejamos que Dios nos inunde con su gracia. Si dejamos que la oración personal y comunitaria sea fundamento de nuestra vida; si nutrimos nuestra alma con el alimento vivificador de su Cuerpo y de su Sangre, sacramento de su redención.
Los discípulos del Señor, que vivimos en esta hora y tiempo, necesitamos de una espiritualidad asentada en los fundamentos de la experiencia personal de encuentro con Jesucristo, de lo contrario no podremos superar el camino hacia el Calvario al que cada envite de la vida nos introduce. Que sepamos buscar esos espacios vitales, para que reanimados y fortalecidos por su gracia, vivamos con gozo nuestra fe, y la transmitamos con generosidad a los demás.

sábado, 16 de febrero de 2013

DOMINGO I DE CUARESMA


DOMINGO I DE CUARESMA
17-02-13  (Ciclo C)

         Con el rito de la imposición de la ceniza, comenzábamos el pasado miércoles este tiempo de gracia que es la cuaresma. En él vamos a prepararnos personal y comunitariamente para que convirtiendo nuestra vida al Señor, podamos vivir la experiencia central de nuestra fe, la Pasión, muerte y resurrección de Jesucristo, fundamento de nuestra vida cristiana.

         Por delante tenemos cuarenta días en los que la Palabra de Dios busca empapar nuestros corazones, para que situados ante nuestro propio ser nos veamos con sencillez y con verdad, descubriendo aquello que nos va alejando del amor de Dios y de la auténtica fraternidad con los demás.

Dios nos ayuda a colocar ante nuestros ojos la realidad de nuestra vida y sobre todo nos anima a asumirla con responsabilidad y gratitud. El Espíritu del Señor es el que nos introduce en nuestro desierto interior para descubrirnos tal y como somos con nuestras luces y sombras, fracasos y logros, situaciones de gracia y de pecado. En este desierto del alma, Dios sale a nuestro encuentro para llenarnos con su amor y misericordia, y así ayudarnos a entender la vida que cada uno tiene por delante como un proyecto que está por realizarse y que lo podemos desarrollar siguiendo el camino de su Hijo Jesús, nuestro Señor y Salvador.

         En este itinerario cuaresmal no estamos solos. Jesús nos abre el camino y se sitúa a nuestro lado para hablarnos al corazón y llenarlo con la fuerza de su Espíritu. Y qué mejor maestro que aquel que pasó por similares penalidades en su vida.

Como nos narra la Sagrada Escritura, Jesús tiene ante sí su futuro. Sabe que su existencia está marcada por esa relación cercana, personal e íntima con su Padre Dios. El siente que su persona entera está en las manos de Dios y nadie más que él puede ser dueño de la misma. Ni el poder, ni la gloria o el dinero, son lo suficientemente grandes como para traicionar a Dios. “Al Señor tu Dios adorarás y sólo a Él darás culto”. Con esta frase termina su lucha interior con el Tentador, y marca de forma definitiva el rumbo de su vida.

         Sólo Dios es el Señor, sólo a Él se le debe adoración, y sólo en Él está la vida en plenitud, aquella por la que merece la pena entregarse. Los señores de este mundo, los poderosos y satisfechos, sólo se sirven a sí mismos y se valen de los demás para detentar su gloria. Muchos son los que desean ocupar esos puestos, tal vez todos en el fondo de nuestro corazón vivamos más de una vez esa poderosa tentación. Pero no hay más que ver la realidad circundante para darnos cuenta de que es muy difícil unir justicia y verdad, con  el ansia de poder y riqueza; generalmente estas ambiciones son causa directa de la injusticia y de la violencia que sufren los débiles a manos de los fuertes, y están en la base de todas las desigualdades y opresiones.

         La cuaresma nos ha de ayudar a depurar nuestras intenciones profundas, descubrir la verdad de nuestra vida y orar con confianza a Dios para que sea Él quien nos oriente y acompañe en el camino hacia su Reino. No en vano las tres actitudes que tradicionalmente nos propone la Iglesia, ayuno, caridad y oración, son un medio muy adecuado y eficaz para este fin. La austeridad y el ayuno nos ayudará a comprender mejor las necesidades de los demás, a sentirnos cercanos a ellos y a liberarnos de tantas ataduras que nos van esclavizando y apropiándose de nuestros sentidos. El amor auténtico se concreta en obras de caridad para con los pobres y necesitados. No somos austeros para ahorrar sino para compartir con aquellos que pasan necesidad, reconociendo que los bienes que poseemos no son propiedad nuestra de forma exclusiva e individualista, sino que han de servir al bien de todos porque Dios ha puesto en nuestras manos su creación para que desarrollándola de forma justa y respetuosa, a todos nos aproveche por igual. Es el egoísmo instaurado en el corazón por el maligno, lo que tantas veces  infunde en nosotros deseos de acaparar, cayendo en la idolatría que nos somete y esclaviza.

Estas dos actitudes primeras, que el mismo Jesús va imponiendo frente al tentador que pretende desviarle de su camino, encuentran su fuerza y fundamento en la tercera, la oración. Toda la vida del Señor discurre bajo la acción del Espíritu de Dios. En Él descansa nuestra existencia, y sólo a Él pertenece nuestro ser. El mismo Espíritu que empujó a Jesús al desierto y que lo fortaleció constantemente en la búsqueda de la voluntad del Padre, es el que ahora nos ayuda a iniciar este recorrido cuaresmal.

Y lo debemos emprender desde nuestras realidades concretas, en el seno familiar, en el mundo laboral o de estudio, en nuestras relaciones afectivas y sociales; todo nuestro ser ha de ponerse en situación de vuelta hacia Dios. Porque de esta experiencia gozosa de encuentro personal con el Señor, sentiremos renovada nuestra fe para poder ser en medio del mundo testigos de la esperanza cristiana.

         Es verdad que cada vez resulta más complicado hablar de Dios en el ambiente actual. Muchas veces parecemos cristianos anónimos, o lo que es peor, vergonzantes. Podemos llegar a ocultar nuestra fe hasta en los ambientes de mayor confianza, como son el mismo núcleo familiar. Y sin embargo no cabe duda de que el testimonio personal y la constancia, junto con la conciencia dichosa de pertenecer a una comunidad eclesial en la que hemos nacido y crecido a la fe en Jesucristo, son el mejor ejemplo que podemos ofrecer para evangelizar.

 Cuantas veces debemos recordar esa frase del evangelio; “lo que rebosa en el corazón, lo habla la boca”. Esta es la muestra de una vida cristiana vivida con alegría y esperanza. Tal vez seamos menos los que nos confesamos creyentes hoy, pero no cabe duda de que en esa confesión valiente y sincera de muchos hermanos nuestros, se va robusteciendo la fe de los más débiles, consolidando la de quienes atraviesan por penumbras, y dando testimonio auténtico de Jesucristo.

         Estamos comenzando un tiempo privilegiado para volver la mirada hacia el Señor y descubrir lo que nos pide a cada uno en este momento. Todos necesitamos convertirnos: renunciar al odio, al egoísmo o la injusticia; no sólo evitar causar cualquier daño al prójimo, sino procurar siempre hacerle el bien.

La oportunidad de acercarnos a vivir sacramentalmente esta experiencia del perdón, es una puerta santa que se nos abre de forma preeminente en este tiempo. Para ello la Iglesia nos muestra el camino adecuado para celebrar la conversión; contemplar desde la verdad nuestra vida, reconocernos necesitados de la misericordia del Señor, y sentir con dolor el mal que hemos podido causar con mayor o menor responsabilidad. Acercarnos al sacerdote, ministro de la Iglesia, y a quien Jesucristo ha encomendado escuchar y acoger al pecador para transmitirle sacramentalmente su misericordia, es indispensable para poder celebrar con autenticidad este sacramento. En ese diálogo auténtico y sencillo, recibimos el consuelo del Señor, quien a través de su Iglesia nos estimula y la fortalece para cambiar de actitudes e iniciar una vida bajo la acción de su gracia.

Que el Señor nos ayude para que este camino cuaresmal nos acerque más a él. De este modo podremos llegar a la experiencia pascual con el corazón renovado y vivir con gozo y gratitud la alegría de su resurrección, en la cual se fundamenta nuestra fe y nuestra esperanza.

miércoles, 13 de febrero de 2013

LA RENUNCIA DEL PAPA. UN GESTO DE AMOR


Un gesto de amor.

La renuncia del Santo Padre Benedicto XVI, ha conmocionado al mundo entero. Las noticias volaban en la mañana del lunes, dejando atónitos a fieles y ajenos a la vida de la Iglesia. Y es que como todos los medios han divulgado, hacía más de 600 años que un hecho así no ocurría. Aunque creo que lo extraordinario de la noticia no es su escasa repetición en la historia, sino el valor en sí mismo que tiene para nuestro presente.

El Ministerio Petrino, no es cualquier servicio. En sí mismo es una vocación única e irrepetible, ya que el Señor Jesucristo, llama personalmente a un miembro del Colegio Apostólico para que asuma la responsabilidad de sostener en la fe y en la caridad al resto de sus hermanos, siendo principio de comunión universal.

Cada momento de la historia ha tenido diversos Papas, y en ellos también se han podido ver las debilidades humanas, incluso sus pecados. Sin embargo, esa Nave eclesial, siempre ha tenido el mismo dueño y Armador, Nuestro Señor Jesucristo. Por eso podemos decir con verdad, que nunca se ha quedado huérfana, y que jamás le ha faltado la asistencia del Espíritu Santo, ya que el mismo Señor prometió su permanencia en ella hasta el fin del mundo (Cfr. Mt 28, 21)

Sin embargo ahora nos toca recibir y analizar desde el afecto creyente, la renuncia de Benedicto XVI. Él mismo ha manifestado lo que le ha costado, y cómo en conciencia y ante Dios, ha llegado a la firme conclusión de que eso es lo que debe hacer  por amor a Dios y a su Iglesia. Es por lo tanto un gesto elocuente de amor perfecto, reconocimiento humilde de su propia realidad; mirar con verdad sus fuerzas y la ingente tarea que tiene por delante, para concluir, que el mejor servicio que puede realizar es dejar que otro le suceda en la Silla de Pedro.

La coherencia y libertad del Papa, son un ejemplo elocuente de lo que supone vivir para Dios, sin importar las voces o los intereses que desean hacerse paso en un mundo y una Iglesia en ocasiones condicionados.

Lo primero no es el Papa, sino el Ministerio de Pedro. No es tan importante la persona como la misión, y no olvidemos que tratándose de favorecer la emergencia del Reino de Dios, sólo una persona está ontológicamente vinculada a ese Reino, el Señor Jesucristo. Todos los demás somos siervos inútiles, aunque necesarios, porque así lo ha querido Jesús al contar con nosotros en esta historia de salvación.

Se abren nuevos tiempos para la Iglesia. Otro hombre, también consciente de sus limitaciones, asumirá la pesada carga de aferrarse al timón de la Iglesia para conducirla en los próximos años. Será el  266 sucesor de S. Pedro, y contará como sus antecesores con la oración, el afecto y la obediencia de todo el orbe católico. Cuando en la Loggia de S. Pedro se pronuncie el nombre del elegido, estallaremos de júbilo porque Habemus Papam, y sentiremos que la oración del pueblo de Dios ha sido nueva y generosamente escuchada por el Señor.

viernes, 8 de febrero de 2013

DOMINGO V TIEMPO ORDINARIO


DOMINGO V TIEMPO ORDINARIO
10-2-13 (Ciclo C)

        “En aquel tiempo, la gente se agolpada alrededor de Jesús para oír la Palabra de Dios”. Qué frase tan extraordinaria para centrar hoy nuestra celebración. Oír la Palabra de Dios era para aquellos hombres y mujeres del tiempo de Jesús, algo importante, necesario para sus vidas y por lo que merecía la pena dedicarle el tiempo suficiente.

        La Palabra de Dios es para el creyente alimento de vida que despierta los sentidos más humanos y nos sitúa en la senda del Señor. La Palabra de Dios es alentadora de nuestro vivir, horizonte de esperanza, bálsamo en medio del cansancio, noticia siempre nueva y buena, sentencia que se cumple de forma permanente, como experimentará el profeta que la anuncia con su vida fiel.

        La Palabra de Dios no es cualquier palabra. Es el mismo Dios quien entra en diálogo con nosotros para mostrarnos su ser creador y amoroso. Dios dialoga con sus hijos, a través de la oración y la escucha,  y se muestra cercano en todo lo que vivimos. No es una palabra vacía o falsa. No busca el halago o la complacencia. En su Palabra es Dios mismo quien se entrega y se vincula para siempre con su pueblo. La Palabra de Dios construye su reino en aquellos que la acogen y la viven con fidelidad.

         Cómo no querer escuchar esa Palabra cuando además es pronunciada por el mismo Hijo de Dios. Jesús ha ido mostrando a sus discípulos y a su pueblo, que su palabra va acompañada de obras que la avalan y ratifican como auténtica. Él no habla como los escribas o fariseos, habla con “autoridad”.

        En ese contexto, nos presenta el evangelista la labor cotidiana de sus discípulos que todavía se dedicaban a la pesca, y en aquella jornada de trabajo, sólo han sacado desasosiego y fracaso. No hay peces que pescar, y eso que eran expertos. Ante el asombro y desconcierto de Pedro, Jesús le pide que vuelva a echar las redes en el mar, y por su palabra lo hará, aunque algo cegado por las dudas.

        Fiarse de la Palabra de Dios provoca de inmediato sus frutos. Tras la pesca milagrosa, hay toda una enseñanza que será para aquellos discípulos el fundamento de su fe. La Palabra de Jesús cumple las promesas de Dios y con él ha llegado de forma definitiva su reinado. Ahora os toca a vosotros transformaros en pescadores, pero de hombres y mujeres que llenen las redes del Señor.

        A Jesús muchos lo buscaban por sus milagros, otros lo aclamaban por su lucha contra la injusticia y la opresión, pero sólo lo siguieron hasta el final y hasta nuestros días quienes acogiendo su Palabra nos hemos fiado de ella y por ella hemos descubierto la fe que profesamos como camino, verdad y vida en plenitud.

        Ser seguidores de Jesús es ante todo ser testigos de su vida, de su muerte y resurrección, y junto a ello mensajeros de su Palabra, la cual hemos de anunciar de forma permanente y explícita. Este es el testamento que hemos heredado de los Apóstoles, La Sagrada Escritura es para el cristiano referencia permanente, fuente de la que ha de beber para nutrir con su riqueza las entrañas sedientas de verdad, amor, justicia y paz.

        Cuántas palabras escuchamos y leemos carentes de sentido, que sólo distraen nuestra mente o enturbian los sentimientos del corazón. Cuantas veces escuchamos palabras hirientes, acusadoras, insultantes que destruyen al ser humano y envilece ese maravilloso medio de la comunicación interpersonal.

        La Palabra de Dios es creadora y transformadora. Quien la escucha con fe, sale confortado en su ser más profundo y es capaz de ir cambiando el rumbo de su vida si así se lo pide el Señor.

        Hoy damos gracias a Dios por su Palabra, especialmente por aquella en la que se resume todo el ser del mismo Dios, Jesucristo, Palabra eterna del Padre. Y también le damos gracias por este don que tenemos los cristianos y que hemos leído y cuidado durante casi dos mil años. La Sagrada Escritura debe ser el libro que jamás falte en nuestros hogares y no para decorar la estantería, sino para colmar con su vitalidad renovadora los estantes de nuestra alma.

        Leer diariamente un pasaje del evangelio o de las cartas apostólicas nos ayudará a entender mejor a Jesús, conocerle y amarle. Leer pasajes del Antiguo Testamento, nos mostrará cómo era la misma oración de Jesús. A través de los salmos, el pueblo creyente ha plasmado sus sentimientos religiosos, unas veces suplicantes, otras agradecidas y otras muchas sufrientes. Son retazos de nuestra vida con lenguaje a veces complejo, pero que encierra toda una historia de Dios con su Pueblo.

        Pedro cambió su vida por esa Palabra de Jesús, de pescador pasó a evangelizador y pastor del Pueblo de Dios. Porque sólo desde el conocimiento y la vivencia coherente de la Palabra del Señor se puede ser discípulo suyo. Sabiendo que va realizando su transformación regeneradora en nuestra propia vida. Hoy se nos han presentado tres personajes principales, Isaías, Pablo y Pedro; tres personas que se reconocen limitadas y pecadoras, pero en los que la gracia de Dios, transformará sus vidas renovándolas y preparándolas para su misión profética y evangelizadora.

 Que también nosotros podamos vivir la dicha del encuentro con el Señor a través de su palabra, y que ésta nos ilumine en el camino de nuestra vida hasta el encuentro definitivo con él.