viernes, 31 de enero de 2014

LA PRESENTACIÓN DEL SEÑOR - FIESTA


FIESTA DE LA PRESENTACIÓN DEL SEÑOR
2-2-14 (Ciclo A)

 

Celebramos hoy la fiesta de la Presentación del Señor en el Templo, y en ella la Jornada de la Vida Consagrada.

José y María van a cumplir con lo establecido en le Ley de Moisés, y así a los ocho días de su nacimiento, es presentado en el Templo al Señor, ofreciendo para ello dos tórtolas.

Es la ofrenda de la acción de gracias a Dios por el hijo que ha nacido, y es la ofrenda de los pobres, ya que las familias más pudientes entregaban ofrendas más generosas.

Pero en este gesto sencillo y habitual, ocurren otros hechos que lo hacen excepcional. Un anciano que “aguardaba el consuelo de Israel”, es empujado por el Espíritu Santo a acercarse a ese niño insignificante, y se produce la primera revelación de su identidad. Es aquel de quien ya ha hablado el profeta Malaquías y que anunciaba que iba a “entrar en el Santuario, el Señor a quien vosotros esperáis”.

Simeón siente su vida colmada, y en sus días finales, vive con gozo el cumplimiento de la promesa de Dios que acaba de visitar a su pueblo de manera definitiva, por eso el anciano ora agradecido sabiendo que ya el Señor “puede dejar a su siervo irse en paz, porque sus ojos han visto a su Salvador, a quien ha presentado ante todos los pueblos”.

Junto a esta acción de gracias, Simeón profetiza el destino de este niño, que será “bandera discutida” y que pondrá al descubierto las intenciones de muchos corazones, haciendo que muchos caigan y se levanten.

Acoger al Señor supone la conversión total de nuestras vidas, las cuales han de pasar por una radical transformación que sólo será posible experimentarla desde la confianza y abandono en su amor.

Y los gozos de este momento en el que unos padres presentan a su hijo, es también teñido por la sombra del dolor futuro; “a ti una espada te traspasará el alma”, le dice a la madre en medio de su alegría.

Poco sospecharía María el alcance de estas palabras, las cuales sólo comprendería al vivirlas a los pies de su hijo en la cruz.

 Los dos ancianos, Simeón y Ana, representan a la humanidad anhelante que espera confiada la intervención de Dios en la historia. Es el cumplimiento de la promesa del Señor, que se realiza para siempre en la persona del Hijo y que por él la humanidad entera es reconciliada en el amor.

Ahora es el momento de que pasemos de los anhelos a las concreciones, de las esperanzas a los compromisos, de los sueños, al ejercicio de la responsabilidad en el seguimiento fiel del Señor. Y ello conlleva asumir la vocación a la que Dios nos llama de manera que seamos con nuestra vida testigos de la Buena Noticia de su reinado.

En este día, la Iglesia celebra la Jornada de la Vida de especial consagración. Toda vida es consagrada al Señor, y este rito de las candelas, es lo que significa, que somos propiedad de Dios y que nuestra vida ha sido entregada a aquel de quien la hemos recibido, para que sea Él quien la bendiga y consagre.

Pero junto a esta celebración comunitaria, está la especial gratitud de la comunidad cristiana por el don de la vida religiosa. Hombres y mujeres, que por la acción del Espíritu Santo, entregan sus vidas al Señor, para vivirlas en torno a un carisma concreto que el mismo Espíritu ha suscitado en su Iglesia. Carismas que son dones, regalos de Dios, de manera que desarrollados en la comunión eclesial, y mediante la opción por la fraternidad vivida en castidad, pobreza y obediencia, promueven el anuncio del Evangelio de Cristo a todas las gentes y pueblos de la tierra.

La vida religiosa es la riqueza de la comunidad cristiana, que por medio de la vocación de sus hijos e hijas, extiende la mano generosa de Dios, en la sencillez de la multitud de manos humanas serviciales y entregadas.

La efusión del Espíritu Santo en Pentecostés, no ha cesado de responder en cada momento de la historia a las necesidades de los hombres de cada tiempo y circunstancia.

Multitud de órdenes e institutos religiosos, de vida activa y contemplativa, han desarrollado el mandato del Señor de anunciar el Evangelio hasta los confines de la tierra.

Un anuncio que se ha concretado de manera especial compartiendo la vida de los más necesitados y de los espacios sociales más deprimidos.

Multitud de religiosos y religiosas dedicados a la educación de niños y jóvenes, a los enfermos y marginados, a los pobres y desheredados. Congregaciones cuya vida de acción se sustenta en la contemplación y oración, de la cual nutre su alma para entregarse de manera total y servicial a los hermanos.

La vida religiosa vive ya en este mundo la novedad del Reino de Dios, haciendo de sus comunidades concretas, espacios para la fraternidad auténtica, desde la sencillez y el respeto, creando espacios de auténtica libertad en la comunión y de rica pluralidad en la común misión.

Las comunidades religiosas nos enseñan que Dios regala una inmensa familia a quienes en su opción personal han renunciado a crear una propia, que da una gran riqueza por la libertad que supone el desprendimiento de quien abraza la pobreza, de que nadie es más dueño de sí mismo que quien entrega voluntariamente la capacidad de sus decisiones al acoger la voluntad de Dios mediante la obediencia confiada.

La vida religiosa es en nuestros días un semillero de auténtica humanidad, donde con sencillez y alegría se viven los valores del Evangelio de manera que cada día vayan configurándose con Jesucristo casto, pobre y obediente.

Hoy la Iglesia agradece al Señor este don inmenso de la vida religiosa, sin la cual sería impensable el desarrollo de la misión confiada a ella por el Jesús. Todos los carismas y ministerios, todas las vocaciones y estados de vida en la Iglesia, tienen una común convergencia, vivir con entusiasmo, fidelidad y entrega, la alegría del evangelio de Jesucristo. Todos estamos en la misma barca y con una común tarea; compartirla de manera consciente y agradecida, valorando a cada uno de nuestros hermanos y hermanas, nos ayuda a todos a agradecer el tesoro que hemos heredado de aquellos que nos precedieron y cuyo testimonio y entrega hoy agradecemos.

Pedimos al Señor que siga suscitando en su Iglesia muchas vocaciones a la vida religiosa y sacerdotal, para que sean en medio del mundo testigos y animadores de las distintas comunidades cristianas, para que la gran familia de los hijos e hijas de Dios, que es la Iglesia, desarrolle con amor y entrega la tarea que el Señor la ha confiado.

Que María, la mujer que aceptó siempre la voluntad del Señor, incluso cuando la espada del dolor atravesaba su alma, siga acompañando y protegiendo a quienes con semejante entrega desean escuchar la llamada de Dios en su vida.

viernes, 24 de enero de 2014

DOMINGO III TIEMPO ORDINARIO


DOMINGO III TIEMPO ORDINARIO
26-01-13 (Ciclo A)

     El evangelio que acabamos de escuchar, nos muestra el comienzo de la vida pública de Jesús. Y el evangelista San Mateo, discípulo del Señor, ha querido unir por medio del profeta Isaías, la misión que desempeñaba Juan el Bautista, con la que Jesús va a iniciar. “El pueblo que habitaba en tinieblas vio una luz grande; a los que habitaban en tierra de sombras de muerte una luz les brilló”.

Si el apresamiento de Juan suponía una gran decepción para el pueblo que había esperado en sus palabras, el comienzo de la misión de Jesús va a avivar la llama de la esperanza con una fuerza renovada. Y así la llamada a los primeros discípulos que acabamos de escuchar en el evangelio, nos sitúa en el origen del nuevo pueblo de Dios del cual somos hoy sus herederos. La invitación de Jesús a sus discípulos, personal y directa, se ha ido repitiendo a lo largo del tiempo hasta llegar a nosotros, con la misma propuesta de hacernos pescadores de hombres. Lo cual supone dejar nuestras redes y preocupaciones personales a un lado y asumir la nueva tarea que el Señor nos encomienda y que no es otra que la de transmitir la Buena Noticia del Evangelio a los demás.

Sin embargo en nuestros días esta misión eclesial, con ser labor importante, no está exenta de dificultades que afectan a su desarrollo. San Pablo en su primera carta a los corintios detecta un problema serio en el interior de la comunidad cristiana. Al ir creciendo el número de los creyentes y formar grupos comunitarios distintos, unos se ven más cercanos al estilo y predicación de algunos de sus líderes que al de otros. Y aunque las peculiaridades de cada persona son algo inevitable y hasta bueno, ya que no somos hechos a troquel, todos iguales, las cuestiones accesorias a veces se situaban en primer plano, llevando al olvido de la misión fundamental y creando discordias en la comunidad.

Las distintas maneras de exponer el mensaje de la fe, así como los destinatarios del mismo no pueden condicionar, hasta el punto de dividir, a la comunidad cristiana. Por eso Pablo, en el ejercicio de su ministerio apostólico, va a realizar una llamada a la unidad, que ante todo se ha de basar en la fidelidad al evangelio, del cual el apóstol es su servidor y fiel intérprete en la comunión con los demás apóstoles.

Y esta cuestión es de una relevancia y actualidad extraordinarias.

La experiencia de fe de cada uno de nosotros, se basa además de en la relación personal con Dios por medio de la oración y la vida sacramental, en el conocimiento de la Sagrada Escritura y la tradición eclesial heredada. No somos los aquí presente los primeros creyentes de la historia, y formamos parte de un largo proceso de reflexión y profundización teológica que nos ha llevado a confesar un mismo Credo, compendio de las verdades que los cristianos creemos y que son fundamentales para nuestra fe.

De hecho como todos sabemos, las distintas interpretaciones que en momentos concretos de esa historia se han realizado por diferentes grupos eclesiales, han causado serias divisiones que todavía perduran entre nosotros.

Sin embargo la Iglesia Católica a la que pertenecemos, bajo la guía pastoral del sucesor de Pedro y en comunión con los demás obispos del mundo, ha compaginado el desarrollo teológico realizado por los distintos pensadores y maestros de la fe, con el cuidado permanente de la comunión. De tal manera que ante cuestiones novedosas, donde no ha existido una acogida suficientemente amplia por parte del pueblo de Dios, y que tampoco el evangelio explicita de forma clara, se ha preferido mantener la unidad antes que provocar la división.

Y esta garantía de unidad es la misión que los pastores de la Iglesia tienen especialmente encomendada. Muchas son las funciones que cada uno de los cristianos debemos ejercer, pero el ministerio de la comunión ha sido conferido a los Obispos, y éstos a sus colaboradores.

Este asunto adquiere mayor relevancia, cuando a través de los medios de comunicación hoy resulta sencillo acercarnos a un elenco de opiniones, que colocadas todas ellas en el mismo plano, carecen de una justa discriminación. Podemos escuchar argumentos sobre problemas de fe, tratados con el mismo rango a teólogos, obispos, políticos y personas de cualquier condición. Y si bien es verdad que como creyentes todos podemos y debemos expresar y compartir la fe, no tenemos que confundir lo que es opinar libremente sobre algo, de lo que supone proponer autorizadamente la verdad de la fe católica.

La libertad de expresión, no conlleva la autoridad moral sobre lo expresado, la cual proviene del ministerio legítimamente recibido en la comunión eclesial. 

La fe y la tradición eclesiales son un bien común de todo el pueblo de Dios, y no le es lícito a nadie por su cuenta erigirse en portavoz universal de una interpretación meramente personal. Las opiniones individuales, por sí solas, no conducen a la construcción de la comunidad, y cuando éstas pretenden imponerse como verdades al margen de la fe común, generalmente son un fraude.

 
La comunión eclesial es la única garantía que podemos tener de vivir la fe en lealtad al evangelio de Jesús. Una comunión que sostenida y alentada por el Espíritu Santo, busca siempre el bien común, la promoción de las personas y la construcción de la convivencia fraterna, en el amor y la esperanza.

El trabajo ferviente y paciente de tantos teólogos y pensadores cristianos a lo largo de los siglos, nos han ayudado a comprender mejor los designios del Señor. La fe necesita comprenderse, razonarse, y ser propuesta a los demás en un lenguaje actualizado a fin de que en diálogo con la cultura, podamos compartir un horizonte de justicia y dignidad humana para todos. Pero la fe siempre es don, y como tal no es algo de lo que el hombre pueda apropiarse egoístamente, llegando a manipularla para que responda a sus criterios individualistas e ideológicos. Como don que proviene de Dios, la fe siempre ha de estar referida a Él, y ha de ser vivida con gratitud y humildad, en la madurez de la vida comunitaria de la Iglesia.

La unidad eclesial es nuestra garantía de autenticidad. La división sólo conduce al ensoberbecimiento de uno mismo, al enfrentamiento teórico y existencial con los hermanos, y a la ruptura con el deseo de Cristo de que todos seamos uno, “como él y el Padre son uno”.

En la eucaristía es el Señor quien se entrega por todos, para que viviendo la auténtica fraternidad de forma gozosa y agradecida, seamos enviados al mundo para convocar a otros hermanos a esta mesa del amor. La unidad de los creyentes es la mejor visibilización y testimonio de fidelidad a Jesucristo, nos ayuda a sentirnos hijos de la Iglesia que él fundó, y favorece nuestra misión evangelizadora.

Que por medio de esta celebración, el Señor nos ayude a saber vivir con humildad y generosidad el don de la fe recibido, y así valorar con agradecimiento la unidad de la familia cristiana de la cual formamos parte por medio de nuestro bautismo.

viernes, 17 de enero de 2014

DOMINGO II TIEMPO ORDINARIO - A


DOMINGO II DEL AÑO
19-1-14 (Ciclo A)

 
        Una vez que hemos dejado atrás las fiestas navideñas, tras el Bautismo de Jesús damos comienzo a este tiempo litúrgico llamado “ordinario”, un espacio en el que se resalta la vida cotidiana del Señor, su palabra y su obra misionera de anuncio del Reino de Dios.

        Es el momento de marcar la diferencia con el estilo de vida y de fe vividos hasta entonces, y cuyo cambio va preparando el gran profeta Juan  con su llamada a la conversión.

        El va a ser el primero en señalar ante todos que el tiempo se ha cumplido, y que la promesa de Dios de instaurar su reinado, se ha realizado en Jesús; “Este es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo”. Una frase que para nosotros puede parecer extraña, pero que en aquel contexto enmarcado en la tradición judía, manifestaba claramente que ese Jesús, era el Hijo de Dios.

        El Cordero de Dios, en la simbología bíblica, muestra la inocencia, la pureza y la bondad más plenas. Los corderos sacrificados en el Templo de Jerusalén eran la mejor ofrenda a Dios, porque eran animales puros, sin mancha.

        Pues en esta experiencia religiosa, definir a uno como el Cordero de Dios era lo mismo que señalarlo como el enviado de Dios, el Mesías, el Salvador. El único capaz de salvar a su pueblo y de redimirlo de sus pecados. Y si es muy importante que sobre alguien recaiga esta señal, igualmente fundamental es quien lo señala.

        Juan no es un personaje cualquiera, es el profeta del momento, con gran ascendencia sobre un pueblo sediento de Dios.

        Su palabra no dejaba indiferente a nadie, ni tan siquiera a los poderosos alejados de la fe. Hijo de un gran sacerdote, Zacarías, Juan va a constituir el nexo de unión entre los tiempos en los que Dios enviaba mensajeros delante de él, hasta este momento central de la historia donde él mismo va a irrumpir en la persona de su Hijo amado.

        Al señalar al Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, Juan está anunciando que la entrada de Dios en la historia  ya se ha hecho realidad, y que ahora es cuestión de seguir a su elegido porque su bautismo no será sólo de agua, sino que el mismo Espíritu Santo se derramará sobre todos realizando en ellos la salvación.

        Aquel anuncio de Juan tuvo consecuencias inmediatas. Sus seguidores comenzaron a acercarse a Jesús haciéndose sus discípulos. Ya no necesitaban de alguien que les hablara de los designios de Dios porque Jesús transparentaba su amor y su misericordia.

        Juan aceptó el final de su misión, y supo menguar en su protagonismo personal para favorecer el seguimiento de Jesús por parte de todos, para que encontraran en él, el único camino, verdad y vida.

        Jesús asume así su papel en la historia, comenzando como uno de tantos al recibir el bautismo, signo de su misión, y aceptando el testimonio que Juan ha dado de él, sabiendo que su vida ya no será la misma. El tiempo se ha cumplido y ahora con su vida va a mostrar que el Dios con nosotros camina al lado de sus hijos para llevar la creación a su plenitud.

        Este comienzo de la vida pública del Señor, en el que nuevamente se remarca el papel fundamental de Juan, nos ayuda a comprender la importancia de las mediaciones en la transmisión de la fe.

        Al igual que Juan el Bautista, también nosotros tenemos que señalar al Cordero de Dios que pasa a nuestro lado, favoreciendo el encuentro de los hermanos con él, y ayudando a que muchas personas alejadas de la fe puedan sentir que Dios les ama y les llama.

        Esta vocación misionera y evangelizadora es un don de Dios que siempre debemos agradecer como comunidad cristiana. Una gratitud que hacemos extensiva a tantos hombres y mujeres que desde los diferentes servicios y ministerios comparten su vida y su fe con los demás; catequistas, monitores, animadores de grupos de jóvenes, adultos, matrimonios, liturgia. Y junto a ellos también destacamos el servicio tan necesario para con los más pobres, enfermos y necesitados, a través de cáritas y pastoral de la salud.

        Pero no acaba en estos servicios eclesiales la misión de la Iglesia. Todos los cristianos estamos llamados a anunciar la Buena Noticia de Jesucristo en cualesquiera de los ambientes de nuestra vida, personal, familiar y social, para que el don de la fe que hemos recibido sea también experimentado por aquellos que buscan a Dios en sus vidas. Por eso debemos vivir nuestra fe con sencillez y verdad.

        Sencillez porque no podemos ni debemos tratar de imponer nada a nadie. La fe para que sea auténtica ha de nacer de la libertad de la persona.

        Pero también hemos de ser cristianos en verdad, es decir, sin temor ni vergüenza ante nadie. No tenemos una fe para ocultarla a los demás, ni para devaluarla a fin de que sea aceptada por todos. Seguir a Cristo exige del cristiano fidelidad y coherencia, y porque sabemos que ambas virtudes nos cuestan, por las limitaciones de nuestra condición humana, no debemos caer en la cobardía de quienes siempre quieren quedar bien ocultando los fundamentos de su vida para no ser criticados. La fe que no se vive, se muere, y los valores que se disimulan no convencen.

        Cuando S. Juan anunciaba la presencia del Mesías, no era una mera información; era una invitación a seguirle a él y sólo a él. Y esta misión de señalar al Señor en medio de nuestra vida para que le puedan reconocer los demás, la hemos de acoger como propia en nuestro corazón. Hoy somos nosotros los testigos de Jesucristo en medio de nuestra sociedad.

        De este modo, cada vez que nos reunimos para celebrar nuestra fe, le sentimos presente en medio de nosotros, y por eso antes de recibirle en el Sacramento de la Eucaristía le reconocemos como el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Que este sacramento que a todos nos une como hermanos, nos ayude a seguir los pasos de Jesucristo con esperanza, y con la fuerza de su Espíritu seamos testigos de su amor en el mundo.

sábado, 21 de diciembre de 2013

IV DOMINGO DE ADVIENTO


DOMINGO IV DE ADVIENTO
22-12-13 (Ciclo A)

     Llegamos al final de este tiempo de preparación para la navidad, y echando la mirada a estas cuatro semanas podemos ver si hemos dispuesto nuestra vida para acoger con esperanza y alegría al Señor.

     Como nos decía Juan el bautista al comenzar el adviento, “el tiempo se ha cumplido”. Dios entra en nuestras vidas para revitalizar en ellas todo el amor que él puso en el momento de nuestra creación. Dios viene a compartir nuestra historia para vivir, gozar y sufrir a nuestro lado. No quiere quedarse al margen de lo que nos suceda, sino acompañar nuestro camino de manera que siempre sintamos su fuerza y su ánimo renovador.

     El tiempo se ha cumplido y mirando nuestro corazón vamos a descubrir si estamos en disposición de recibir y acoger su palabra que se hace carne, y le dejamos transformar nuestras vidas.

     Este recorrido personal y profundo lo tuvo que realizar el mismo S. José. El evangelio de estos días nos situaba ante la generosa entrega de María; ahora volvemos la mirada hacia la otra persona fundamental en la vida de Jesús, aquel que le entregó su amor paternal, y por medio de quien descubrió que Dios era su verdadero Padre, Abba.

     José, era justo y no quería denunciar a María, nos cuenta el evangelio de Mateo. Cualquier hombre justo y cumplidor de la ley de Moisés tenía la obligación de denunciar a su mujer si ésta le había sido infiel.

     El evangelio recalca con especial sencillez que José era justo, pero según la justicia de Dios, que es ante todo bondad y misericordia. El supo mirar más allá de las leyes que tal vez eran y son demasiado frías y poco misericordiosas. Denunciar a María hubiera sido la ruina para ella, la hubieran condenado a morir.

     La actitud de José muestra que el amor auténtico es capaz de mirar más allá de lo que aparentemente acontece y descubrir desde la confianza, cuáles son las verdaderas actitudes del corazón. María, la mujer a la que amaba, no podía haber olvidado la promesa de amor fiel que le había hecho. Algo escondido a su entender tenía que estar pasando en ella. Y aquí entra la acción directa de Dios.

     “José, no tengas reparo en llevarte a María, tu mujer, porque la criatura que hay en ella viene del Espíritu Santo”. Si María había mostrado su plena disponibilidad para acoger la propuesta de Dios, de ser la madre de su hijo, José muestra su fe auténtica al confiar en la palabra del Señor y recibir como propio, al Hijo de Dios.

     La persona de José es de trascendental importancia en la vida de Jesús. Todos los relatos de su infancia nos muestran la unidad de la Sagrada Familia. José y María junto al pesebre; los dos  contemplando la adoración de los Magos; los dos huyendo al exilio en Egipto para salvar la vida de su hijo; los dos regresando a Nazaret tras recibir José en sueños que Herodes había muerto. Los dos volviendo angustiados a Jerusalén para buscar al hijo perdido en el templo.

     Son relatos muy elaborados por la tradición cristiana, pero que si algo nos quieren dejar claro es la verdadera humanidad de un Dios que entra en la historia en el seno de una familia humilde pero unida, y que en esa unidad superarán las dificultades que vayan surgiendo.

     Así al terminar este adviento también nosotros hemos de revisar nuestra vida de fe y de entrega a los demás, y descubrir si estamos preparados para acoger al Dios que quiere acampar en medio de nosotros.

     Ver si nuestra disponibilidad y entrega son al estilo de María, capaces de acoger una nueva vida que nos haga vivir agradecidos a Dios por lo que somos y tenemos, a la vez que entregados a los demás, especialmente a los más pobres y necesitados. Ver si nuestra confianza en la acción de Dios es como la de José, que se deja cambiar el corazón para que sea Dios quien actúe a través de él.

     Así celebramos hoy una jornada especial de cáritas. Una de tantas, podemos creer. Pero no es una más, es la que en medio de estas fiestas tan opulentas para algunos, llaman nuestra atención ante la penuria de muchos hermanos.

     Preparar el camino al Señor se realiza desde la solidaridad, sabiendo que tal vez no tengamos medios para cambiar la historia, pero confiando que sí tenemos capacidad para hacer llegar un poco de esperanza a hogares cercanos, necesitados y que claman a Dios ante la injusticia que sufren.

     No podemos acabar sin recordar tantas situaciones de guerra, violencia y pobreza, que se sitúan ante el pesebre de Belén esperando que Dios con su nacimiento las llene de esperanza y amor. Al vivir esta jornada de solidaridad agradecemos al Señor todos los trabajos y esfuerzos de tantos voluntarios y personas anónimas que cada día, a través de Cáritas diocesana, llevan la esperanza y el consuelo a los hogares de los más desfavorecidos. Ellos son los mensajeros del Salvador en medio de la miseria, y son estrellas que brillan en medio de la oscuridad de un mundo que muchas veces se olvida de los pobres y marginados.

     El tiempo de Navidad que dentro de dos días celebraremos con alegría, ha de ser para el creyente un tiempo nuevo de reconciliación entre todos, buscando estrechar los lazos familiares y vecinales, sabiendo vivir la tolerancia y buscando que sea la palabra de Dios la que oriente nuestra vida en todo momento. Que nuestros hogares sean espacios de amor y escuelas de humanidad, así el mundo descubrirá la gloria de Dios por la paz que viven los hombres y mujeres que él ama desde siempre.

viernes, 13 de diciembre de 2013


DOMINGO III DE ADVIENTO
15-12-13 (Ciclo A)

      El tercer domingo de adviento que hoy celebramos, es vivido por la comunidad cristiana como el domingo del gozo “Gaudete”.

      Y es que el camino que nos conduce a la celebración del nacimiento del Señor, cada vez es más corto, y esa cercanía la debemos vivir con ese sentimiento profundo de gozo y esperanza. El mismo sentimiento que llenaba de dicha la penuria de Juan en la cárcel, anhelando la manifestación del Esperado de los pueblos.

      El evangelio de hoy centra su contenido en la persona de del Bautista, el mayor nacido de mujer, según el mismo Jesús.

      Juan fue de esas personas especialmente tocadas por Dios. Desde niño acogió en su alma la fe que sus padres Isabel y Zacarías le transmitieron. No en vano ellos mismos se habían visto agraciados por Dios en su ancianidad al recibir el gran regalo de su hijo.

      Los relatos del nacimiento de Juan lo asemejan mucho al del mismo Jesús. Y su madre Isabel va a comprender que este don de Dios tiene una misión concreta, ser el precursor del Mesías.

      En el encuentro entre María e Isabel, se entabla un diálogo profundamente creyente; ahora comparten algo más que el parentesco de la sangre. Por su fe se han hecho merecedoras de portar en sus entrañas la obra salvadora de Dios, Isabel dará a luz a quien anuncie al Salvador, María será la llena de gracia, porque de ella nacerá el Dios con nosotros, Jesucristo el Señor.

      Juan comprendió por esa fe recibida y madurada en su alma, que Dios le llamaba a una misión especial. Según nos relata el evangelio, pronto vivió la soledad del desierto y en austeridad para entrar en una comunión más plena con Dios, conocer su voluntad y proclamar su palabra. Retomar la misión de otro gran profeta del Antiguo Testamento, Isaías, y volver a clamar, “en el desierto preparar el camino al Señor”.

      Una preparación que a todos alcanza y urge para cambiar la vida y así acoger de corazón el gran regalo que Dios hace a la humanidad entera, a su propio Hijo encarnado en la persona de Jesús y por quien toda la creación será reconciliada para siempre con su Creador.

      La vida de Juan fue acogida por muchos como un don de Dios. Su llamada a la conversión y a recibir un bautismo que abriera la puerta a un estilo de vida nuevo, basado en la misericordia y en el amor, fue seguido por aquellos que anhelaban una vida más digna y fraterna.

      Pero la voz de Juan no sólo anunciaba la cercanía del Salvador. También denunciaba la injusticia y la opresión; y no sólo en el plano de la vida social, también se enfrentará al mismo rey Herodes por llevar una conducta indigna de quien ha de ser modelo y ejemplo para los demás.

      Juan no será encarcelado por su anuncio del Reino de Dios. Ni por llamar a la conversión de los pecadores, o señalar próximo al Mesías.

      Juan será apresado y ejecutado por denunciar la infidelidad matrimonial de un rey, y entrar así con su denuncia en la dimensión moral de la vida personal y privada de quienes por su cargo debían de ser modelos y ejemplo para los demás.

      Preparar el camino al Señor para favorecer que su reinado se implante en nuestras vidas, no será posible si no conlleva la conversión individual, la de todos sin excepción.

      Ciertamente que la meta no es quedarnos en el intimismo. Que la fe ha de vivirse y desarrollarse en comunión con los demás de forma que sus frutos redunden en la transformación de toda la realidad. Pero la única manera de poder transformar este mundo nuestro e implantar en él el Reino de Dios, es haciendo que primero Dios reine en nuestros corazones y así, con nuestra vida renovada en su totalidad, transparente y testimonie la verdad de una existencia totalmente entregada al servicio del Señor y de los hermanos.

      Jesús termina diciendo en el evangelio escuchado, que no ha nacido de mujer uno más grande que Juan el Bautista. De nadie ha dicho jamás cosa semejante. La admiración que mostraba Jesús por la obra y la vida de Juan, nos hacen ver la gran importancia que tuvo para el desarrollo del plan salvador de Dios.

      Sin embargo Jesús concluye, que el más pequeño en el Reino de los cielos es más grande que él. Una afirmación que debemos entenderla como el anuncio de una nueva era que se abre ante el mundo y que va a ser instaurada por él. Con Jesús ha llegado el Reino de Dios tantas veces anunciado, y sus signos ya van apuntando a una nueva humanidad; los ciegos ven, los inválidos andad, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los muertos resucitan, y a los pobres se les anuncia la Buena Noticia.

      Juan vivía angustiado en su cautiverio por no poder seguir sembrando el camino por el que venga el Salvador. Pero ante la respuesta de Jesús a aquellos discípulos por él enviados, le hará comprender que su vida y su muerte han tenido un sentido, y ciertamente ha merecido la pena dedicar su existencia a preparar el camino al Señor.

      Esa alegría de Juan es la que hoy celebramos y es preludio de lo que estamos llamados a vivir con el nacimiento de Jesús.

      Nosotros debemos acoger  con ilusión los mismos rasgos de la esperanza del Bautista. Posiblemente nunca lleguemos a ver realizados nuestros sueños de una humanidad renovada, fraterna y solidaria. Pero seguro que si nos dejamos transformar por el Espíritu de Dios contemplaremos grandes signos de su amor en nuestra vida y en nuestro entorno, familiar y social.

El tiempo de adviento canta constantemente “Ven Señor Jesús”. Y Jesús ya vino hace dos milenios, viene hoy en nuestro presente concreto, y vendrá a nuestro encuentro en la consumación de nuestra vida. Pero su venida sólo es gozosa si es acogida. Pedirle al Señor que venga, supone abrir nuestra vida para que entre en ella y así habitados por su Espíritu, prolonguemos con nuestros gestos sencillos pero eficaces, su obra de salvación.

      Dios sigue enviando su mensajero delante de los hombres para prepararle el camino. Y ese mensajero somos cada uno nosotros. Que nos dejemos sorprender por su venida y así nos sintamos renovados en la esperanza y el amor.

jueves, 5 de diciembre de 2013

INMACULADA CONCEPCIÓN DE LA VIRGEN MARÍA


SOLEMNIDAD DE LA INMACULADA CONCEPCIÓN DE LA VIRGEN MARÍA – DIA DEL SEMINARIO

 
Un año más, en medio de este itinerario gozoso y esperanzado hacia la fiesta del nacimiento del Señor, la liturgia nos ofrece un alto en el camino para ayudarnos a fijar la mirada en quien tan plenamente participó en la obra salvadora del Creador, la Bienaventurada Virgen María. Su vida y su plena entrega al servicio que Dios le pedía, inserta en nuestra historia humana el momento culminante esperado desde la creación del mundo.

Esta experiencia de gozo y de gracia, ha sido posible por pura bendición de Dios, que en María la Virgen obró de forma admirable para que desde el momento de su concepción, estuviera preparado el camino a fin de posibilitar la Encarnación del Verbo en medio de nuestra realidad humana. Por eso también nosotros hacemos nuestro el gozo del apóstol Pablo expresado en este himno que la Carta a los Efesios nos ofrece “Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido en la persona de Cristo con toda clase de bendiciones espirituales y celestiales”.

Porque si bien en la persona de Jesucristo encontramos el camino, la verdad y la vida que nos trae la salvación, ofreciéndonos una existencia en plenitud, la vida de su Madre santísima nos muestra un modelo de seguimiento que ciertamente nos aproxima al discipulado y a la experiencia del encuentro íntimo con el Señor.

Y es que toda la vida de María ha estado especialmente bendecida por Dios. Siguiendo el contenido del evangelio que acabamos de escuchar, el primer saludo del ángel la define como la “llena de gracia”. En ella Dios ha depositado su amor de tal manera, que desde el momento de ser engendrada por sus padres María fue preservada sólo para Dios. Seguro que desde su infancia iría descubriendo la bondad y la misericordia del Señor. Seguro que en la transmisión de la fe por parte de sus progenitores, María se abriría por completo para acoger cuanto Dios le pidiera, y así podemos comprender cómo María se sobrecoge ante la irrupción personal de Dios en su vida. Algo que por mucho que se anhele y para lo que se esté preparado, siempre desborda nuestra capacidad de comprensión.

María ha sido llamada por el mensajero de Dios “la llena de gracia”, y este saludo la desconcierta, de tal manera que el ángel Gabriel debe aclarar la razón de su visita, “no temas María, porque has encontrado gracia ante Dios”.

Y en ese corazón joven, ilusionado ante la vida y sobre todo abierto de par en par a la voluntad del Señor, se abre paso la confianza y la plena disponibilidad, para acoger una propuesta única e irrepetible en la historia. Será la Madre del Hijo de Dios, y aunque no acabe de entender el cómo y el porqué de su elección, y sin sospechar las consecuencias de su respuesta, ni el alcance que en la historia de la humanidad tendría la apertura de su corazón a la propuesta divina, ella se pone en las manos del Señor sabiendo que son manos buenas y que al abandonarse en ellas iba a encontrar una dicha sin límites.

       “Aquí está la esclava del Señor”. Las dudas y los temores dejarán paso a la confianza y a la disponibilidad porque su entrega no es una renuncia a vivir, sino una apuesta por hacerlo en plenitud, teniendo a Dios como aliado, amigo y Señor. María no arruinó su vida al ponerla en las manos de Dios sino que la vivió con responsabilidad siguiendo los pasos de su Hijo Jesús porque en ellos estaban las huellas de Dios en nuestra historia.

El sí de María no estuvo exento de dificultades. Pero sin duda la prueba más dura llegará cuando teniendo que asumir la libertad de su Hijo lo siga desde muy cerca como fiel discípula por un camino que la llevará al pié de la cruz sin que nada pueda hacer para evitarlo.

       Creyente y madre se funden en un mismo sentimiento de dolor que busca en Dios la respuesta al porqué de aquel final para quien es llamado “Hijo del Altísimo”.

       María comprenderá entonces que los planes de Dios se realizan en los corazones que como el de ella se dejan modelar por su amor. Y que la semilla del reino de Dios ya ha sido plantada en la tierra fecunda de los hombres y mujeres que a imagen de María se abren por entero a su amor. Experiencia ésta que encontrará su realización gozosa tras la resurrección de Jesús. “No está aquí, ¡ha resucitado!”; este anuncio ante el sepulcro vacío, será el cumplimiento de aquellas palabras que en su concepción recibió por parte del ángel, “su reino no tendrá fin”.

       María unida a la comunidad de los seguidores de Jesús recibirá la fuerza del Espíritu Santo para seguir alentando al nuevo pueblo de Dios nacido en Pentecostés y del cual todos nosotros somos sus herederos y destinatarios.

Ella sigue sosteniendo y alentando la familia eclesial, y desde hace muchos años, la experiencia vocacional y en concreto la vocación sacerdotal, ha sido puesta en nuestra diócesis bajo el amparo de la Inmaculada Concepción.

       Nuestro Seminario Diocesano celebra hoy su fiesta, y nosotros nos unimos a los seminaristas, formadores y a quienes trabajan en la pastoral vocacional, para orar insistentemente al Señor, por medio de María, para que siga llamando trabajadores a su mies.

Nuestra Diócesis de Bilbao, al igual que otras muchas Iglesias locales, atraviesa momentos de escasez en la disponibilidad de los jóvenes para este ministerio fundamental en la Iglesia. Nuestro presente y entorno, no son muy propicios para las decisiones valientes y generosas que implican la existencia completa de cada uno en aras a ofrecer un servicio entregado y permanente a los demás.

Sin embargo, hoy siguen haciendo falta sacerdotes que acompañen con amor y fidelidad la vida de sus hermanos. No somos ministros del evangelio para nosotros mismos. Los presbíteros ejercemos un ministerio que proviene de Jesucristo, para prolongar su obra redentora en medio de la humanidad por medio de la íntima comunión con él, entregándonos al servicio de los hermanos, y manifestando esa unidad en la comunión eclesial.

       Dios sigue llamando hoy, como lo ha hecho tantas veces en la historia, a niños, adolescentes y jóvenes que sienten en su corazón esa apertura y alegría que brotan de una fe sincera y gozosa. Y esa llamada de Dios, requiere por nuestra parte una respuesta generosa y valiente. Por eso, confiando en la intercesión de nuestra Madre la Virgen María, debemos seguir animando a nuestros jóvenes cristianos a que se planteen su opción vocacional con confianza y generosidad. Que nuestros hogares sean escuelas  de experiencia religiosa, donde se sienta como un don de Dios su llamada a nuestra puerta, a la vez que se viva con entusiasmo la vocación sacerdotal entre nosotros.

       Nuestro modelo de seguimiento de Cristo es María, nuestra Madre. Ella experimentó ese amor de Dios de una forma extraordinaria, y aunque el camino por el que anduvo Jesús muchas veces se muestre tortuoso y difícil, debemos saber que nunca nos dejará solos. Él está con nosotros todos los días hasta el fin del mundo, y su Iglesia, constituida sobre el cimiento de los apóstoles, prevalecerá para ser en medio del mundo sal y luz, que irradie frescura y calidad humana por medio del testimonio y de la entrega de todos los cristianos.

       Que Santa María la Virgen, siga protegiendo bajo su amparo las vocaciones sacerdotales de nuestra diócesis de Bilbao, y que al asumir la responsabilidad de transmitir la fe en Jesucristo a las generaciones más jóvenes, también suscitemos con valor la pregunta por su propia vocación como camino favorable de auténtica y plena felicidad.

sábado, 30 de noviembre de 2013

I DOMINGO DE ADVIENTO


DOMINGO I DE ADVIENTO
1-12-13 (Ciclo A)

 
     Comenzamos hoy este tiempo especialmente significativo del Adviento. Palabra que significa advenimiento, venida, es decir aquello que está a punto de llegar y que hace que quien lo espera, se sienta ansioso e inquieto por su tardanza, preparándose adecuadamente para recibirlo, con el corazón lleno de esperanza, ya que nadie puede anhelar lo que no espera.

Y lo que nosotros vivimos en este tiempo litúrgico es la renovación de esa esperanza primera que colmó los corazones de los creyentes, ante la promesa cierta de la venida del Hijo de Dios, encarnado en la persona de Jesús, el Dios-con-nosotros.

Porque esta es la grandeza de la liturgia cristiana, que nos acerca de forma siempre nueva y actual, lo que ya aconteció una vez en el pasado, pero que por la acción del Espíritu Santo presente en su Iglesia, volvemos a revivirlo con gozo para el crecimiento del Pueblo de Dios.

     El adviento es por tanto un tiempo de esperanza en el que se renueva el corazón y brota con fuerza el optimismo ante la vida. Eso mismo nos narra la profecía de Isaías que acabamos de escuchar en la 1ª lectura. En un momento en el que el pueblo de Israel sólo ve ruinas y desolación a su alrededor; en medio de su destierro y abandono más absoluto, surge una voz que les hace levantar la cabeza y mirar muy hacia delante con esperanza. Dios no se ha olvidado de nosotros, Dios camina como peregrino y exiliado junto a su pueblo y aunque el presente nos desconsuele y abata, llegará pronto el día en el que su reinado se haga realidad para todos; ese momento en el que las armas destructoras se conviertan en herramientas constructivas, en el que el odio se transforme en amor y en el que sólo haya un pueblo de hermanos y un único Señor.

     El adviento anhelado de Israel tardó desde entonces casi ochocientos años en llegar. Y muchos lo fueron preparando y esperando al recoger de sus padres el testimonio y la esperanza de una fe que iba construyendo lazos de fraternidad entre las personas.

     Otros, sin embargo, se hundieron en su desesperanza y sucumbieron ante la fuerte presión de su momento porque no supieron ver más allá de lo inmediato dejándose vencer por las adversidades y penurias. Así sucede en nuestros días.

     Los cristianos nos disponemos a preparar la venida del Señor con una ilusión que se renueva cada año, y que sólo podemos contemplarla en su pureza a través de la mirada confiada de los niños, siempre asombrada y muy abierta para no perderse nada.

     Tenemos que recuperar esa segunda ingenuidad para que el corazón sienta el calor del amor de Dios encarnado en nuestra historia y que una y otra vez vuelve a recordarnos este acontecimiento, para compartir, sufrir, y gozar a nuestro lado porque este mundo cuenta con el sí definitivo de Dios.

     Adviento no es tiempo de tristeza, ni de penitencia, ni de aburrida rutina navideña. El adviento es una nueva oportunidad que todos tenemos, mayores y jóvenes, para dar un giro a nuestras vidas y provocar en ellas el milagro del nacimiento de Cristo, para lo cual sí tenemos que estar debidamente preparados.

     Dios puede pasar a nuestro lado y no darnos cuenta. Él se acerca de muchas maneras y generalmente no lo hace de forma llamativa. Su lugar privilegiado está junto a los que sufren cualquier penuria; su rostro sólo puede verse a través de los rostros humanos, y en especial en aquellos que muchas veces evitamos mirar, los pobres, enfermos y marginados, auténticos sacramentos de la presencia de Jesucristo.

     Dios viene a nuestra vida cuando menos lo esperamos y por no esperado puede resultar molesto o inoportuno, cerrando nuestras puertas a su llamada y renunciando sin darnos cuenta a su encuentro.

     Es preciso espabilarse, como nos recuerda San Pablo en su carta a los romanos, porque “nuestra salvación está más cerca”. La rutina y la monotonía también hacen su mella en la experiencia de la fe.

     Podemos repetir oraciones sin rezar, dar limosna sin ser caritativos, trabajar por los demás sin abrirles el corazón, celebrar la navidad pero sin felicitación navideña.

Podemos caer sin darnos cuenta en la repetición de unos gestos heredados del pasado pero que han perdido su sentido para nuestra experiencia creyente.

     Hay que recuperar la fe de quien ama y el compromiso de quien se siente enviado por Dios a transformar este mundo en su reino, y para eso es necesaria la confianza permanente junto con la apertura a la novedad que siempre nos trae Dios en cada acontecimiento de nuestra vida.

     Este es el reto para este adviento, revitalizar nuestra experiencia de fe y seguir esperando con ilusión de niño la navidad inminente. Sólo de esta forma prepararemos nuestra vida para favorecer el encuentro personal con el Señor, y así sentiremos aquella inmensa alegría que los pastores vivieron ante el anuncio del Ángel, que daba gloria a Dios en el cielo, y anunciaba la paz para los hombres amados por él.

     Nuestro mundo sigue esperando con anhelo la venida de su Salvador. Si oscuro resulta muchas veces el presente, más necesario se hace que surjan profetas que ofrezcan la luz de la esperanza. Y este servicio tan necesario en nuestro tiempo tenemos que asumirlo los seguidores del Señor. Preparando el camino de la paz, la verdad y la justicia, y ofreciendo una palabra de aliento y de esperanza a nuestros hermanos que más sufren. Si es verdad que hay mucha tarea por hacer, también es cierto que son muchos los signos de solidaridad y de vida que van emergiendo con la entrega generosa de todos.

     Que este tiempo de adviento nos ayude a mirar nuestro mundo con esperanza, porque en él nace cada día el mismo Dios, preparemos su venida con auténtico espíritu fraterno y solidario, para poder cantar con el salmista, “vamos alegres a la casa del Señor”.