sábado, 27 de septiembre de 2014

DOMINGO XXVI TIEMPO ORDINARIO


DOMINGO XXVI TIEMPO ORDINARIO

28-9-14 (Ciclo A)

Acabamos de escuchar la Palabra de Dios y como siempre es su núcleo fundamental el Evangelio de Jesús. En él vemos la respuesta de dos hijos a la petición de su padre, y la manera de concluir del Señor sobre lo que significa cumplir la voluntad de Dios.

Este es el tema central de este domingo, el cumplimiento de la voluntad de Dios, de lo cual va a depender toda nuestra vida.

A simple vista el hecho narrado no es nada novedoso, cuantas veces decimos una cosa y hacemos otra, unas para bien y otras para mal, pero de nuestros actos concretos podemos percibir las actitudes fundamentales que animan nuestra vida y sus opciones.

Cumplir la voluntad de Dios es la vocación a la que cada uno de nosotros hemos sido llamados en el amor. Dios no tiene una voluntad arbitraria y contraria a la dignidad del hombre. Precisamente la voluntad de Dios, tantas veces expresada por Jesús, es que todos sus hijos se salven y lleguemos a la plenitud de nuestra existencia en el amor. Los mandamientos divinos, no son normas de conducta contrarias a nuestra condición humana, sino precisamente la condición de posibilidad de que seamos plenamente humanos, y por lo tanto imagen y semejanza de nuestro Creador. Dichos mandamientos Jesús los va a resumir en dos; amar a Dios con todo el corazón y con toda el alma, y al prójimo, nuestro hermano, como a nosotros mismos. En definitiva, la voluntad de Dios es que seamos perfectos en el amor, un amor que en Jesucristo ha encontrado su plena encarnación, porque en todo momento buscó y cumplió la voluntad del Padre.

En nuestros días, eso de ser orientados por otros, y no digamos cumplir la voluntad de un extraño, resulta a todas luces escandaloso. Las cotas de autosuficiencia  e independencia son muy elevadas.

Nuestra sociedad valora y exhibe la independencia y autonomía del hombre, sobre cualquier ente externo a él, como una máxima de su indiscutible libertad.

Y aunque ciertamente la libertad y autonomía del hombre es un gran valor, en tanto en cuanto le dignifica, su mala comprensión puede albergar en sí misma su mayor sometimiento y esclavitud.

Es más libre un niño, porque sus padres le permitan no comer lo que no le gusta? Es más libre un hombre porque las leyes le permitan acabar con una vida indeseada, como el aborto? Es más libre y autónoma una sociedad, carente de principios éticos y morales, y en la que priman  intereses de rendimiento económico o materiales?

La libertad humana es un instrumento al servicio de la dignidad de la persona, y como cauce para encontrar su pleno desarrollo en armonía con sigo mismo, con los demás y con Dios, su creador y Señor.

Echar de nuestro lado a Dios porque puede condicionar con su Palabra y sus llamadas nuestra independencia, concluye siempre con el arrojo de nuestra vida en manos de ídolos esclavizantes, que mediante ideologías vacías nos seducen y oprimen.

Descubrir que Dios sólo quiere el bien de sus hijos, que desde el momento de crearnos nos ha sellado con su amor paternal, y que jamás se desanima en la búsqueda de aquel que se le ha extraviado, es poner en nuestra vida la gran alegría de sabernos amados y protegidos por su divina Providencia.

Jesús, como nos dice el autor de la Carta a los Hebreos, también “aprendió sufriendo a obedecer”. No debemos entender esto como una experiencia impositiva en la vida del Señor, sino que conforme a su condición humana, y siendo semejante en todo a nosotros, supo lo que era optar por la voluntad de Dios y a la vez verse sometido a las fuerzas de nuestra concupiscencia, de nuestros deseos, de los estímulos del ambiente, del poder, de la riqueza, del prestigio. No olvidemos cómo el Señor, también fue tentado, como nos narra el evangelio.

No es fácil cumplir la voluntad de Dios. Y no lo es no porque sea mala o contraria a nuestra naturaleza, todo lo contrario, como he dicho somos imagen y semejanza de Dios. Nos es difícil cumplir la voluntad de Dios porque estamos permanentemente influenciados por el poder del pecado. De ese pecado en el origen y del pecado que por nuestra permanente debilidad y condición tantas veces nos invade y somete. De nuestras debilidades personales y del ambiente que muchas veces pretende maquillar la verdad de las cosas, o simplemente pretende imponer su mentira.

Cumplir la voluntad de Dios es la razón de nuestra existencia, porque si todos comprendemos con facilidad, que cualquier padre o madre desea lo mejor para su hijo, y que todo el amor y educación que le darán irá orientado a que sepa valerse por sí mismo, desde unos valores humanos auténticos, con mucha más rotundidad debemos decir que ese amor y esa pedagogía de Dios para con nosotros, buscan nuestra plenitud personal y comunitaria desde el ejercicio de la auténtica libertad.

Para aceptar la voluntad de Dios es necesario poner en él nuestra confianza, nuestra esperanza y dejarnos modelar de nuevo.

Sólo bajo la acción de la gracia es posible escuchar atentamente lo que el Señor nos dice, y en el sacramento de la curación interior, de la reconciliación personal, encontramos el medio eficaz para ponernos en sintonía con Dios.

Es imposible que quien está bajo la acción del mal, del pecado, pueda realizar la voluntad de Dios, si previamente no se arrepiente y cambia de vida. El mal sólo lleva al mal, y quien se introduce en ese camino, es un peligro para sí mismo y para los demás. Sólo la bondad saca de sí lo bueno, y quien tiene en su corazón esta grandeza, incluso cuando tropieza y cae, sabe buscar, con la ayuda de Dios, la salida a su debilidad.

Por eso la frase final del evangelio de Jesús. Hay personas que a pesar de sus debilidades y pecados, buscan siempre superarlos, y con el corazón arrepentido vuelven su mirada hacia Dios, para que él con su misericordia nos devuelva la salud del alma. Otras sin embargo, se mienten a sí mismas y a los demás para permanecer en su sitio, víctimas de la ambición de poder.

Que nosotros estemos siempre abiertos a la conversión; que a pesar de decir muchas veces no, al Señor, abramos nuestra alma al arrepentimiento y acojamos el don de su misericordia y de su amor. Así viviremos en la dicha de los hijos de Dios, nos haremos comprensivos con los demás, y poco a poco, transformaremos nuestra vida por la acción de su gracia.

Que nuestra madre, la Virgen Santa María, nos ayude a reblandecer la dureza de nuestro corazón, y nos haga humildes para escuchar la voluntad del Señor y ponerla en práctica.

sábado, 20 de septiembre de 2014

DOMINGO XXV TIEMPO ORDINARIO

DOMINGO XXV TIEMPO ORDINARIO
21-9-14 (Ciclo A)

         Muchas veces al escuchar este evangelio nos fijamos en el comportamiento final de aquellos jornaleros que reprochaban a Jesús su trato de igualdad. Y tras las palabras del Señor comprendemos su llamada a la gratuidad con la que hemos de desempeñar nuestra misión y no hacer las cosas sólo por interés.

Dios va llamando a cada uno, en un momento determinado de su vida  para una misión conforme a sus talentos, y sólo a él corresponde decidir el salario justo que merecemos.

         Al contemplar esa generosidad desbordante de nuestro Padre Dios, vamos a centrar nuestra mirada no en la actitud del hombre, que siempre está limitada por su egoísmo y deseo de privilegios, sino en el obrar del Señor, en su llamada. Dios, en este simbolismo del dueño de la viña, sale continuamente a buscar operarios. Desde la primera hora de la mañana hasta la última del día. Dios se acerca a nuestra vida, desde el inicio de su existencia hasta el último momento de la misma, y siempre con igual afán, convocarnos a su Reino, a su construcción y desarrollo, a ser sembradores de su misericordia y de su amor, para que demos frutos de vida y de esperanza en medio de esta humanidad tan amada por él.

         Y la viña de Dios hay que comprenderla desde dos realidades. Su extensión territorial, el mundo entero, y su realidad comunitaria en la cual desarrolla su vocación, la Iglesia. Dios nos llama a trabajar por su Reino en el mundo, pero no de forma individual y solitaria, sino como grupo humano, el Pueblo escogido por él. La llamada de Dios no se produce al margen de la comunidad de los creyentes que es la Iglesia, y sólo en ella y a través de ella podemos discernir con fidelidad el camino que el Señor nos invita a recorrer.

En esta Iglesia de Jesús, a la que nosotros pertenecemos por nuestro bautismo, es en la que recibimos la llamada de Cristo para hacernos sus colaboradores en su proyecto de vida y de amor. En la medida en la que vamos tomando conciencia de nuestro ser cristianos y convencidos seguidores del Señor, también sentiremos su llamada para continuar su labor con entrega y fidelidad.

         El Señor nos llama a todos a una vocación concreta, bien en la vida familiar, religiosa, misionera, sacerdotal o  seglar, hombres y mujeres entregados a su proyecto salvador conforme a nuestras posibilidades y con la garantía de su presencia alentadora. Y a esta permanente llamada de Dios, que dura toda la vida,  se le ha de dar una respuesta. Nuestro seguimiento de Cristo, en ocasiones nos traerá el duro trabajo de soportar todo el día, como a los jornaleros de la primera hora, y en otras ocasiones, será más liviano. En cualquier caso, sabemos que en el presente es más probable tener que vivir las inclemencias de una sociedad indiferente e incluso hostil a la fe, que encontrar fáciles caminos por los que echar a andar.

         Todos convocados a la misma misión y por el mismo salario. Y es que no se puede esperar otra cosa del Señor más que una misma promesa y un mismo destino. Qué otro pago puede realizar un padre a sus hijos.  Qué otra cosa puede ofrecer Dios más que un mismo Reino en el que tengamos cabida por igual y donde se rompan para siempre las divisiones existentes entre los hombres y que tienen como base el egoísmo y la ambición que diferencia a unos de otros y oprime a los más débiles.

         Son curiosas las preguntas que Jesús pone en labios del Propietario de la viña dirigidas a quienes se quejan de que el salario sea para todos el mismo, ¿es que no tengo libertad para hacer lo que quiera en mis asuntos?, ¿o vas a tener tú envidia porque yo soy bueno?

Preguntas que muchas veces las debemos sentir dirigidas a nosotros porque consciente o inconscientemente podemos caer en una valoración mercantilista de nuestras acciones para con los demás. Tanto hago, tanto merezco, y nos gusta que se nos destaque igual que no aceptamos que nos equiparen a otros considerados menos dignos.

         Dios es totalmente libre y plenamente dueño de desarrollar su providencia. Puede que muchas veces no comprendamos sus planes, y que nos sorprenda su palabra misericordiosa con todos por igual. De hecho cuando en el evangelio nos llama, una y otra vez, a perdonar siempre al hermano arrepentido, nos parece un tanto excesivo, y enseguida buscamos explicaciones que rebajen tanta gratuidad.

         Jesús, por medio de sus parábolas y enseñanzas,  nos va mostrando el gran corazón de Dios. Un rostro lleno de ternura y compasión que se desvive por congregar a todos sus hijos en su Reino de amor, de justicia y de paz.

 
         Esa generosidad inmensa nos desconcierta y muchas veces nos sonroja porque tenemos demasiados prejuicios e intereses que nos impiden asemejarnos a él. Sin embargo sigue llamándonos y confiando en nuestras posibilidades de cambio interior para acoger con mayor grandeza a los demás, de tal modo, que hagamos posible el crecimiento de la semilla de su Reino.

Que acojamos hoy esta llamada de Dios para servir con entrega en su viña. Es una llamada de amor que nos abre un camino de gozo y felicidad plenas, porque sólo en la respuesta generosa y favorable al plan de Dios puede el hombre sentirse realizado.

Que nuestra vocación vivida con fidelidad y alegría, sirvan de testimonio elocuente ante el mundo, de que el Señor sigue cuidando de su viña para que de frutos de auténtica justicia y misericordia en medio de este mundo tan necesitado de su amor.

sábado, 13 de septiembre de 2014

FIESTA DE LA EXALTACIÓN DE LA SANTA CRUZ


 
DOMINGO XXIV TIEMPO ORDINARIO

FIESTA DE LA EXALTACIÓN DE LA SANTA CRUZ

14-09-14

       Dios no ha enviado a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por él”.

Con esta esperanzadora afirmación concluye el evangelio que acabamos de escuchar, y de esta forma tan sencilla, nos revela el evangelista el Plan salvador de Dios, la razón última por la cual asumió nuestra condición humana, para que el mundo se salve por medio de Jesucristo.

Y porque en aquel madero seco y terrible estuvo calvado el Hijo amado del Padre, es por lo que desde entonces podemos exaltar la Cruz, “escándalo para los judíos y necedad para los gentiles”.

       La fiesta de este día nos recuerda a todos nosotros la realidad más decisiva de la vida de Jesús. Una vida que fue sellada con su propia sangre, por amor a la humanidad entera y por fidelidad al Padre. Las palabras dichas, su forma de vivir y relacionarse con todos, en especial con los más pobres y necesitados, van a quedar avaladas en su autenticidad por la entrega de su vida, sin reservas ni reproches.

La liturgia de hoy nos ayuda a comprender cómo Dios ha ido escribiendo la historia de la salvación de una forma generosa y llena de misericordia. La conciencia que el pueblo creyente ha tomado de este hecho, se ha visto contrastada con sus respuestas negativas e incluso desleales para con su Creador. Siempre hemos vivido en nuestro interior esa lucha entre el bien y el mal, entre la vida de la gracia y la del pecado, entre vivir como hermanos o enfrentarnos como enemigos, rompiendo así la fraternidad que ha de brotar de nuestra común condición de hijos de Dios.

Esta permanente controversia va a quedar vencida para siempre por medio de Jesús, quien a pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios, al contrario, se despojó de su rango, pasando por uno de tantos. Así nos lo describe S. Pablo en este bello himno a los filipenses.

Cristo ha cambiado para siempre la dinámica infecunda e injusta que el mal provoca en el mundo. Si es verdad que ese mal persiste con obstinación y que sigue causando dolor y sufrimiento a tantos inocentes, igualmente cierto es que por medio de su entrega, de su pasión, muerte y resurrección, aquel instrumento de tortura que infringía  la peor de las muertes, va a ser desde entonces puerta de salvación.

       Una cruz que lejos de ser un adorno o talismán vacío de sentido, supone para los cristianos el signo de nuestra identidad y compromiso.

Al igual que la serpiente que causaba el desaliento entre los israelitas, se convertiría en estandarte de curación para quienes confían en Dios, la cruz tenida como el mayor de los suplicios va a ser desde aquel primer Viernes Santo, el signo identificador de quienes han seguido y seguimos a Jesucristo ayer, hoy y siempre.

Cada vez que contemplamos la cruz de Jesús, y en ella a Cristo crucificado, se nos llama a profundizar en nuestra vida de servicio y amor a los demás. La cruz es reverenciada cada vez que por fidelidad al Señor nos acercamos de forma fraterna y solidaria a los crucificados de nuestro mundo. Las cruces de esta vida nos dignifican, cuando al tener que sufrir cualquier adversidad somos capaces de unirnos a Cristo y lo ofrecemos por los demás.

En la cruz de Jesús se rompió para siempre la dinámica destructora del odio y del mal, que sólo engendran más dolor y rencor.

En la cruz, el Justo víctima de la injusticia, se compadece de todos los hombres y sella su entrega con el perdón. Con aquellas palabras de misericordia y compasión hacia quienes no éramos dignos de ellas, Jesús completa su misión salvadora, porque no vino al mundo para condenar el mundo sino para que el mundo se salve por él.

Esta es la luz que irradia la cruz de Cristo, y que para nosotros los discípulos del Señor se convierte en gracia y tarea.

Unidos todos en la cruz de Jesús, anhelamos la promesa de la vida en plenitud. Sabemos que la muerte no es el final, que aunque nos cueste cruzar el umbral de este mundo, nuestro futuro no es incierto sino promesa realizada ya en la multitud de los bienaventurados.

Y también en la cruz descubrimos nuestra tarea misionera y evangelizadora, a favor de todas las personas, en especial los más necesitados, siendo para ellos testigos de la Buena noticia de Jesús.

La tentación más frecuente que los creyentes solemos padecer es la de ocultar nuestra identidad para evitar la cruz de la incomprensión, el rechazo y la burla a la que tantas veces nos vemos sometidos. Caer en ella es como apagar la vela que ilumina el mundo. Si nosotros, que debemos ser la sal de la tierra nos volvemos sosos, quién dará sabor de auténtica humanidad a este mundo.

La fidelidad al evangelio sabemos que conlleva sus dificultades, no en vano el santo Papa Juan Pablo II entregó la cruz a los jóvenes a quienes convocaba a las Jornadas Mundiales de la juventud, para que en todo momento tuvieran presente a quién y por quién entregamos la vida. Sólo por Cristo.

Sólo en Jesús podemos descansar seguros y vencer las adversidades, porque cuando nos creemos capaces de superarlas por nosotros mismos, confiando sólo en nuestras fuerzas, es cuando más débiles somos y mayor es nuestro fracaso. Asumimos la cruz de Cristo no por nuestras capacidades personales, sino por la gracia de Dios que nos asiste y conforta en todo momento. El Señor la ha llevado primero, y como buen cireneo se acerca para compartir las nuestras y sostenernos con su amor.

Las Cofradías de la Sta. Vera Cruz, que hoy celebran su fiesta mayor, y con ella las demás hermandades penitenciales, encuentran en la Cruz de Cristo el baluarte desde el que vivir la fe, sabiendo que la entrega amorosa del Señor, demanda de nosotros una respuesta fiel y generosa para con nuestros hermanos, los hombres y mujeres de hoy, que necesitan una palabra de aliento y esperanza.

La fiesta de este día precede a la memoria de Ntra. Sra. de los Dolores que celebraremos mañana. Nadie como María supo acoger en su alma el contenido de la Pasión de su Hijo.

Que ella nos ayude a vivir en fidelidad a Jesucristo, sabiendo asumir las cruces de nuestra vida y también acompañar a quienes las padezcan, pero que sobre todo nos muestre siempre que la cruz no es la realidad definitiva, ya que la certeza de la resurrección es el fundamento de una espiritualidad auténticamente cristiana.

Jesús crucificado nos muestra el camino, la verdad y la vida, que en Cristo resucitado gozaremos para siempre, a él el honor y la gloria por los siglos de los siglos amén.

sábado, 6 de septiembre de 2014

DOMINGO XXIII TIEMPO ORDINARIO


DOMINGO XXIII TIEMPO ORDINARIO
7-09-14 (Ciclo A)

Tras el periodo estival, poco a poco vamos volviendo a la rutina cotidiana, que tras este tiempo de descanso vacacional se retoma con nuevas fuerzas e ilusión. Los adultos volvemos al trabajo, los niños y jóvenes a los estudios, y todo ello, como cada domingo lo ponemos en la presencia del Señor, para que nos siga fortaleciendo la fe, la esperanza y el amor.

Y así, entre las labores que debemos recomenzar, está la que recibimos por parte del Señor, que nos envía en medio de los hermanos para ser mensajeros de su Buena Noticia. Así nos lo recuerda a través del profeta Ezequiel “a ti, hijo de Adán, te he puesto de atalaya en la casa de Israel”.

Los cristianos debemos de vivir nuestra fe en medio del mundo con la plena consciencia de tener una misión personal y comunitaria consistente en ser mensajeros de Jesucristo para bien de toda la humanidad.

Como hemos visto tantas veces a través del Antiguo Testamento, los profetas sentían muchas veces la desazón por el desprecio y la indiferencia de los suyos. Ellos entregados a propagar la palabra de Dios en medio de su pueblo, eran rechazados, perseguidos y maltratados cuando sus profecías no eran del agrado del oyente. El desánimo calará tan hondo en su ser, que la Sagrada Escritura nos muestra cómo Jeremías, Isaías y Jonás llegarán a pedir a Dios que les retire de esa misión, que no cargue sobre sus hombros un peso tan difícil de llevar y que les causa tanto sufrimiento.

Sin embargo el Señor les anima a continuar con esa labor porque si ellos tampoco se entregan al servicio de los demás, nadie sembrará en medio del mundo la semilla del Reino de Dios.

Por otra parte, debemos caer en la cuenta, de que la fe es una experiencia personal pero no individualista; íntima pero no exclusivista; basada en el encuentro entre Dios y nosotros, pero siempre por medio de Jesucristo, de su palabra y de su vida,  y que animados por la acción del Espíritu Santo, nos impulsa a vivir la comunión entre los hermanos de forma solidaria y fraterna.

De este modo podemos comprender la profundidad que la Palabra de Dios contiene, y que es ante todo una llamada a vivir la fe con responsabilidad y fidelidad.

Nuestra condición de seguidores de Jesucristo nos lleva a asumir la misión que él nos ha encomendado y que tiene claras consecuencias para la vida cotidiana. No podemos pasar por la vida como si lo que en ella ocurre no fuera con nosotros. No podemos dejar abandonada a su suerte a esta humanidad de la que formamos parte, y por eso debemos sentir con fuerza la necesidad de hacer partícipes a los demás de este proyecto de nueva humanidad, cuyos valores se asientan en el Evangelio de Cristo.

Para que la experiencia cristiana pueda ser vivida por otros, necesita de testigos y transmisores que muestren con su vida que vale la pena abrazar este camino. Si los cristianos no nos convertimos en maestros de la fe, difícilmente convenceremos a nadie del sentido auténtico de nuestra vida.

Por lo tanto, proponer explícitamente nuestra fe a los demás, con verdad y sencillez, no es un favor que hacemos al mundo, sino una exigencia que brota de nuestro bautismo por el cual hemos sido constituidos en discípulos del Señor y evangelizadores de la sociedad.

Esta misión evangelizadora ha de vivirse en fidelidad al Señor, siendo conscientes de que la verdad del evangelio, al confrontarse con la realidad presente, va a provocar por nuestra parte una clara denuncia de las injusticias aunque eso nos comporte conflictos e incomprensiones.

No podemos sustraer del debate social sobre los temas más diversos y controvertidos que actualmente se suscitan, como son la indefensión de la vida en su origen y la aniquilación de la misma en su deterioro, la enseñanza religiosa, la familia y otros, la voz que sobre los mismos ha de expresar la Iglesia en fidelidad a Jesucristo.

Y debemos manifestar públicamente nuestra clara oposición a aquellas cuestiones que atentan contra la dignidad del ser humano, por muy maquilladas que se presenten bajo falsas formas de derechos inexistentes.

El derecho a la vida es el primero y fundamental sobre el que han de descansar los demás, y si este no es defendido, ningún otro tiene sentido ni se puede desarrollar con dignidad.

Los cristianos no podemos silenciar nuestra voz por miedo a la crítica, a la manipulación  o a la incomprensión que podamos sufrir por parte de quienes optan por otra forma de vida. Ni debemos apoyar con nuestro silencio complaciente a quienes dirigen los destinos de nuestro pueblo, cuando no se hacen dignos de esa confianza.

Cuando un hermano nuestro atenta tan gravemente contra la vida, debemos ayudarle a retomar el camino de la conversión y el arrepentimiento, así si nos escucha, habremos colaborado en la salvación de nuestro hermano. Y si persiste en su camino de muerte y rechazo de Dios, él será quien de deba dar cuentas por ello.

Qué necesidad tenemos de escuchar la voz del Señor. Una voz de amor y de misericordia que si bien reprende con firmeza el pecado y se resiste ante el mal, con mayor ternura se apiada del arrepentido y de aquel que humildemente desea retomar la senda del bien y de la vida.

Dios no quiere la muerte del pecador, sino que se arrepienta y viva.

Hoy es un buen momento para reconvertir nuestro corazón, y así comenzar este periodo nuevo que pastoralmente iniciamos con una ilusión renovada y asentada en Cristo, que nos ama y nos envía para ser testigos de su amor en medio del mundo.

jueves, 24 de julio de 2014

APÓSTOL SANTIAGO

 
SOLEMNIDAD DEL APÓSTOL SANTIAGO

       Celebramos hoy con alegría la fiesta de nuestro Santo Patrono, el Apóstol Santiago, Titular del primer templo diocesano, esta S.I. Catedral, y de la Villa de Bilbao. El primero de los apóstoles del Señor en sellar su fiel seguimiento de Cristo con el martirio. Como hemos escuchado en el texto de los Hechos de los Apóstoles, su tesón, su entrega y su lealtad por la causa de Jesucristo, hace que sufra las iras del rey Herodes y sea ejecutado.

       Su muerte será el comienzo de una dura persecución contra los discípulos y seguidores de Jesús, pero que en vez de acabar con la llama de la fe, será el riego fecundo de una tierra que vería crecer con vigor la semilla del Reino de Dios instaurado por Jesucristo, el Señor.

       Desde aquellos tiempos apostólicos, hasta nuestros días, han transcurrido muchos siglos, con sus noches oscuras y días de luz para la historia de la Iglesia y de la humanidad entera. Pero siempre, y a pesar de las dificultades y penurias por las que nuestra familia eclesial ha podido atravesar, la fe de los apóstoles, su vida y su obra, son el fundamento y el ejemplo de nuestro seguimiento actual de Jesucristo.

       De Santiago sabemos muchas cosas conforme a los textos neotestamentarios; era pescador, el oficio de su familia, de posición acomodada dado que su padre Zebedeo tenía jornaleros; su recio carácter le hizo merecedor junto a su hermano Juan, del sobrenombre de “los hijos del trueno” (Boanergers). Como también hemos escuchado en el evangelio, su madre, Salomé pretendía situar a sus hijos en los puestos principales en ese reino prometido por Jesús y muy mal entendido por ella. Lo cual les acarreó las críticas de los otros diez discípulos, más por envidia que por virtud, ya que todavía no comprendían bien el alcance del mensaje del Señor.

       Y al margen de las anécdotas, lo fundamental es que era amigo del Señor. Santiago pertenecía junto a su hermano y Pedro, a ese círculo de los íntimos de Jesús. Él será testigo privilegiado de los hechos y acontecimientos más importantes en la vida del Maestro; asiste a la curación de la suegra de Pedro; está presente en el momento de la transfiguración, en el monte Tabor; es testigo de la resurrección de la hija de Jairo; y acompañará a Jesús en su agonía, en Getsemaní.

       Pero Santiago también vivirá de cerca los momentos de amargura, el prendimiento de Jesús y la huída de todos ellos. Conocerá en su corazón el dolor de haber abandonado a su amigo y el don de su conversión motor y fuerza de una nueva vida entregada por completo al servicio del evangelio y a dar testimonio de la resurrección de su Señor.

       La tradición que vincula a Santiago con nuestra tierra se remonta a los primeros tiempos de la expansión cristiana por el mundo, hasta hacer de su sepulcro en la ciudad  Compostelana, lugar de encuentro universal de culturas y razas unidas por una misma fe.

       Precisamente esta devoción popular nos ha situado a nosotros desde antes de la fundación de nuestra villa de Bilbao allá por el año 1300, en paso obligado a los que desde la costa peregrinaban a Compostela. Y así de los cimientos de aquella primitiva iglesia de Santiago, se edificaría la que hoy es nuestra Catedral, colocando el origen y el final de este largo peregrinar, bajo el patrocinio del mismo apóstol, quien por petición del Consistorio municipal al Papa Urbano VIII,  se convirtió en patrono principal de la Villa de Bilbao en el año 1643.

Y en un mundo como el nuestro tan necesitado de referentes que nos ayuden a conducir nuestro destino desde criterios de amor, de justicia y de paz, damos gracias al Señor por tener a su santo apóstol como intercesor.

       Santiago experimentó en su corazón una gran transformación que le llevó a cambiar su existencia de forma radical para configurarse a Jesucristo. Su oficio de pescador lo cambió por el de misionero y pastor del pueblo a él encomendado. De aspiraciones y pretensiones de grandeza, pasó a buscar sólo la voluntad de Dios y ponerla por obra.

       De esta forma el que en la vida buscaba la gloria llegó a alcanzarla aunque por un sendero bien distinto al soñado en sus años de juventud. Y el poder que en su momento ambicionó lo transformó en servicio y entrega generosa, en el amor a Dios y a los hermanos.
       Nadie es tan poderoso como aquel que siendo completamente libre y dueño de su vida, es capaz de entregarla a los demás movido, únicamente, por la fuerza del amor en el Espíritu del Señor. Las ambiciones, los honores y el prestigio son efímeros y muchas veces engañosos, porque nos hacen creernos superiores a los demás y en el peor de los casos, como nos ha advertido Jesús en el evangelio, el mal ejercicio de ese poder lleva a algunos a erigirse en tiranos y opresores.  Quienes son portadores del poder temporal deben ejercerlo con mayores cotas de responsabilidad, servicio y coherencia, ya que siempre deberán dar cuentas del mismo a su pueblo y a Dios. Y quienes anhelan servir de este modo a la sociedad, en el presente tan complejo que nos toca vivir, han de contar no sólo con el apoyo de sus conciudadanos, sino sobre todo con la fuerza y la sabiduría que proviene del Señor de la justicia, del amor y de la paz.
       En un tiempo donde los conflictos entre las personas y los pueblos siguen provocando dolor y angustia a tantos inocentes, se hace muy necesario el surgimiento de una auténtica vocación de servicio público que lejos de buscar el propio beneficio, se entregue de manera generosa a la consecución del bienestar de sus semejantes, siendo especialmente sensibles con los más indefensos y necesitados. Por eso pedimos con frecuencia por nuestros gobernantes, para que el Señor les ilumine en su difícil misión de ser quienes nos conduzcan por el camino del bien.
En esta fiesta nos congregamos no sólo los fieles cristianos que habitualmente celebramos nuestra fe en el hogar comunitario de la parroquia; hoy también nos reunimos representantes de instituciones públicas y privadas, del consistorio y de asociaciones relacionadas con la devoción a Santiago y su camino compostelano.
Todos compartimos los mismos deseos de trabajar por una sociedad construida sobre los valores irrenunciables de la libertad, la justicia y la paz, desde las legítimas y plurales ideas, siempre que sean cauce de cuidado y respeto a la dignidad de la persona. En esta labor no sobran brazos, y los cristianos tenemos además una razón de más que brota de nuestra fe en Jesucristo que nos envía a ser testigos de su amor y de su esperanza en medio de nuestro mundo.
       Todo ello hoy lo ponemos a los pies del apóstol Santiago para que siga velando por quienes honramos su memoria con filial devoción. Que nos ayude a fortalecer los vínculos de hermandad entre todos los pueblos que lo celebran como su patrón, que nos anime en la construcción de una convivencia en paz y concordia, y que tomando su vida como ejemplo y estímulo, seamos fieles seguidores de Jesucristo, nuestro único Señor y Salvador.

viernes, 18 de julio de 2014

DOMINGO XVI TIEMPO ORDINARIO


DOMINGO XVI TIEMPO ORDINARIO
20-07-14 (Ciclo A)

El domingo pasado escuchábamos en el evangelio de S. Mateo la parábola del Sembrador. En ella se nos mostraba el trabajo de quien siembra y la necesidad de que lo sembrado caiga en buena tierra para que de fruto. Todo ello con la confianza de que el dueño de la mies la hará germinar en la tierra buena que hay a nuestro lado.

Pero el evangelista continúa el relato con este pasaje de hoy, donde se nos muestra que a pesar de la bondad y fertilidad del terreno en el que cae la semilla, y en contra de todo lo previsto, crece también la cizaña.

Cómo es posible que en medio de la buena tierra y habiendo sembrado la semilla adecuada crezca también la cizaña.

La simbología de la siembra nos ayuda a comprender lo que tantas veces sucede en la vida cotidiana y real. En medio de la familia y de la sociedad, por muy buena que sea la tierra y lo sembrado, muchas veces vemos con tristeza crecer el mal.

Hay padres que sufren con impotencia ante el mal de sus hijos. A pesar de sus desvelos y de la excelente educación que les dieron, ellos tomaron otro rumbo y han abandonado hogar, amigos y valores, para adentrarse en el mundo de la droga, la delincuencia o la violencia.

También sienten el reproche disimulado de quienes les preguntan “¿no sembraste buena semilla?” (Como al Sembrador del evangelio). Viviendo con dolor la incomprensión de los demás.

Aunque todos somos responsables para sembrar el bien, la justicia y la concordia en el mundo, no podemos cargar con las consecuencias  del mal hacer de otros. La libertad de la que todos gozamos conlleva la grave responsabilidad de ejercerla para el bien personal y común, y quienes optan por caminos de perdición son los que han de dar cuentas de ello y no sus progenitores, educadores o la misma comunidad.

También podemos caer en la tentación de querer eliminar la cizaña a golpe de fuerza. Arrancarla de raíz y echarla fuera. Y el Sembrador nos dice que no, que hay que esperar hasta que todo haya madurado, entonces se verá con claridad cada cosa y el mal caerá por su propio peso.

Qué bien lo narra el libro de la Sabiduría que hemos escuchado en la primera lectura. “No hay más Dios que tu, que cuidas de todo, para demostrar que no juzgas injustamente”.

Ante los problemas que vive el mundo en general y nuestro entorno más cercano en particular, muchas veces nos constituimos en jueces de los demás. Y antes de comprender la realidad de los acontecimientos en su complejidad ya hemos dictado nuestra dura sentencia.

Sin embargo Dios, “poderoso Soberano, juzga con moderación y nos gobierna con gran indulgencia”.

La parábola del sembrador junto con el evangelio que hoy escuchamos, no sólo es una llamada a ser tierra buena y apartar de nosotros aquellos matojos y estorbos que impiden crecer con vigor el buen grano. Es también una llamada a sembrar siempre paz y concordia, bondad y esperanza, consuelo y misericordia entre todos para que no dejemos nunca que crezca la mala hierba de la envidia, el rencor, la violencia o la división entre quienes estamos  llamados a compartir un mismo presente y preparar un futuro mejor.

Con todo sabemos, que pese a nuestros esfuerzos y desvelos, el mal es una realidad que quiere imponerse y que su aceptación es imposible. Que un campo tenga cizaña es una cosa, pero que esta crezca en el hogar, en la familia y en la sociedad, con el silencio resignado y la apatía infecunda,  es otra muy distinta. La actitud frente al mal, es combatirlo con el bien.

Y una manera eficaz, es tener la capacidad suficiente para sembrar las reglas de una convivencia adecuada desde el respeto, y saber ofrecer oportunidades para la conversión sincera, lo que constituye un reto para todos y a la vez una tarea a desarrollar con esperanza.

Como nos dice el libro de la Sabiduría, “el justo debe ser humano”. Y Dios nos ha dado “la dulce esperanza de que, en el pecado, da lugar al arrepentimiento”.

La justicia sin corazón y sin misericordia se convierte a la larga en revancha. Y si no ofrecemos al pecador o malhechor una oportunidad para la conversión jamás podremos hablar de un Reino de Dios entre nosotros tal y como lo entendió Cristo.

Con todo no olvidemos que el evangelio termina con una clara advertencia. Al final la cizaña será cortada y echada al fuego. Cada uno dará cuenta de sí ante Dios, y el hecho de que su amor ofrezca siempre una nueva oportunidad para la conversión y el perdón, no mitiga la clara y rotunda advertencia a quien persiste en el mal, que de seguir así y no convertirse, acabará de la misma manera.

La misericordia de Dios dura por siempre, pero no se impone al obstinado que decida arrojar su vida por el abismo alejándose de él por el camino del odio y la muerte.

       Esta es nuestra esperanza y nuestra responsabilidad, confiar siempre en la bondad y misericordia del Señor, y poner todo de nuestra parte para que su Reino crezca entre nosotros. Que su Espíritu nos ayude para seguir sembrando su evangelio en medio de este mundo, sumido en la injusticia, el odio y las guerras.

jueves, 10 de julio de 2014

DOMINGO XV TIEMPO ORDINARIO


DOMINGO XV TIEMPO ORDINARIO

13-07-14 (Ciclo A)

       El domingo pasado escuchábamos en el evangelio, cómo Jesús daba gracias a Dios porque se había revelado a los sencillos y humildes, y no a los que se tienen por sabios y entendidos. Esa revelación divina, se nos ofrece por medio de la palabra del Señor, quien adaptaba su lenguaje para que pudieran entenderle todos, utilizando parábolas, ejemplos de la vida concreta y cercana que cada uno podía comprender con mayor facilidad.

       Durante estos domingos Jesús nos va a hablar del Reino de Dios, ese va a ser el centro de su mensaje, a la vez que el motivo principal de su misión, procurar que ese Reino vaya emergiendo en medio de nosotros y su búsqueda se convierta en el objetivo fundamental de nuestras vidas.

       Y lo primero que nos enseña el Señor, es que para posibilitar el desarrollo del Reino de Dios, es prioritario preparar el terreno donde su semilla debe germinar, para lo cual nos propone esta hermosa parábola que acabamos de escuchar, y que no por muy oída acaba de calar en nuestro ser.

       Ante todo Jesús nos muestra cómo ese Reino de Dios no es obra del hacer humano, ni tan siquiera por mucho que lo anhele su corazón. El Reino de Dios es un regalo que se nos da por pura gratuidad y generosidad de Aquel que nos ha creado para compartir su misma vida en plenitud. Y como nos cuenta la parábola, es el Sembrador quien sale a sembrar, y su semilla es esparcida por toda la tierra con idéntica abundancia y generosidad.

       El Sembrador no escatima en su esfuerzo, y no repara en gastos a la hora de procurar que sobreabunde el fruto en la tierra. Y como nos ha recordado el profeta Isaías en la primera lectura, Dios confía en que al igual que como baja la lluvia y la nieve del cielo, y no vuelven allá, sino después de empapar la tierra, de fecundarla y hacerla germinar,…, así será su palabra que sale de su boca, no volverá a él vacía sino que hará su voluntad.

       Sin embargo, como sigue diciendo Jesús, parte de esa semilla cae al borde del camino, o en terreno pedregoso, o entre zarzas. En unos casos será pisada por la gente o alimento para pájaros, en otros se secará por falta de profundidad y en otros casos la fuerza de las zarzas que la rodean la ahogarán antes de que se desarrolle.

       Así siente Jesús que está resultando la siembra de su Palabra en medio de su pueblo. Un pueblo que inicialmente parecía estar abierto y dispuesto a escucharle, que animados por el testimonio de Juan el Bautista y ante el asesinato de éste, van en busca de Jesús para sentir revitalizada su esperanza, pero que ante las dificultades que comienzan a surgir, las aspiraciones que se habían creado y que no llegan a cumplirse, y la presión de los poderosos que atemorizan y amenazan cualquier atisbo de cambio y de justicia, hacen que se pierdan por el camino y comiencen a abandonar el entusiasmo original.

       La semilla del Reino de Dios no desarrolla su fruto de forma inmediata e inminente. Requiere también de nuestro trabajo confiado y paciente, para lo cual es imprescindible que hunda sus raíces en la profundidad de una tierra buena, fértil, fecunda, limpia de otras yerbas o intereses creados que puedan ahogarla antes de crecer.

       Y esa tierra también ha sido encontrada por el Sembrador dando fruto abundante y generoso.

       Los creyentes debemos ser buena tierra donde germine con vigor la semilla del Reino de Dios, porque en la vida concreta del cristiano es donde han de darse los frutos del amor, la misericordia y el servicio que transformen por completo toda la realidad social y eclesial. Esta tierra humana y limitada que somos, ha de velar para protegerse de dos peligros siempre presentes, uno externo y otro interno.

El externo no es otro que las dificultades que se derivan de este mundo nuestro tan materialista e indiferente ante las necesidades de los demás. En él la semilla de la fe encuentra la aridez de una tierra que sólo se preocupa del bienestar egoísta y donde los valores de la generosidad y la sencillez difícilmente pueden arraigarse ante la dureza del corazón.

Pero también se encuentra con dificultades internas y que al igual que la cizaña amenazan con ahogar los espíritus débiles e inmaduros. En ocasiones los mismos cristianos ponemos graves dificultades  al desarrollo del Reino de Dios. Fomentamos la división entre nosotros, acogemos ideologías contrarias  al evangelio y facilitamos con nuestro silencio propuestas deshumanizadoras. Es verdad que muchas veces las presiones del ambiente nos hacen experimentar la debilidad de nuestras convicciones, pero estas sólo sucumben cuando han perdido sus sustento y fundamento, es decir cuando nos lanzamos a los brazos de otros dioses que nos han deslumbrado con su brillo superficial. Si nuestra fe es débil, y no la alimentamos adecuadamente, pronto se diluirá en la nada. La semilla del Reino de Dios que hoy nosotros debemos esparcir con generosidad y en abundancia requiere de permanentes cuidados para que, limpia de obstáculos, arraigue primero en nosotros, y así germine en frutos de vida y de esperanza.

Hoy también nosotros debemos salir como sembradores a sembrar. Sembrar la semilla de la fe en el hogar y en el trabajo, entre nuestros niños, jóvenes y mayores. Sembrar una palabra de denuncia de las injusticias que atentan contra la dignidad del ser humano y el respeto de las vidas más débiles. Sembrar la esperanza gozosa de Cristo resucitado, para que encuentre corazones dispuestos donde el Señor haga germinar abundantemente su gracia y su amor, y así el fruto que cada uno coseche, redunde en beneficio de la humanidad entera. Que él bendiga nuestro servicio generoso, arraigándolo en la tierra fecunda de nuestros corazones, y lo premie con el gozo inmenso de sabernos fieles colaboradores suyos en la instauración de su Reino de amor, de justicia y de paz.