viernes, 30 de enero de 2015

IV DOMINGO TIEMPO ORDINARIO


DOMINGO IV DEL AÑO

1-02-2015 (Ciclo B)

       “Este enseñar con autoridad es nuevo”. En esta frase se expresa el sentir de quienes acogen la Palabra de Dios con un corazón abierto y confiado. Jesús va despertando entre las gentes algo más que la admiración o el asombro. Va calando en lo profundo de sus corazones por la unidad existente entre su vida y su palabra, entre lo que dice y lo que hace.

       Ya en el antiguo testamento se nos muestra esta necesaria coherencia entre la palabra que en nombre de Dios se pronuncia y la vida de quien la transmite. “Suscitaré un profeta de entre tus hermanos, pondré mis palabras en su boca y les dirá lo que yo le mande”. Dios ha puesto en nuestras manos una misión extraordinaria, una tarea apasionante: transmitir con fidelidad y valor su palabra salvadora. No somos dueños de ella ni podemos subordinarla a nuestros intereses. De ahí que la severa advertencia resulte amenazante para el profeta infiel que manipula, utiliza o profana la palabra de Dios, “el profeta que tenga la arrogancia de decir en mi nombre lo que yo no le haya mandado, o hable en nombre de dioses extranjeros, es reo de muerte”.

       Dios es celoso de su palabra y no puede consentir que en su nombre se pervierta la justicia y la verdad. Dios jamás bendice ni ampara la injusticia que tanto dolor provoca y se rebela contra quienes en su nombre oprimen, esclavizan o causan sufrimiento a los demás.

       Esa fidelidad absoluta a la palabra de Dios es la narrada en el evangelio de hoy. Jesús manifiesta la plena unidad entre la palabra y el obrar de Dios, entre lo que Dios anuncia y su acción salvadora. Es a la luz de esta vida de Jesús donde nosotros hemos de asentar nuestro testimonio evangelizador.

       La palabra de Dios transmitida con fidelidad siempre será una palabra consoladora, una palabra de esperanza, de sosiego y de paz. Una palabra que denuncia la injusticia y la muerte, la violencia y el egoísmo, el sufrimiento que unos infringen a otros.

       La palabra de Dios es liberadora de toda opresión, y así el evangelista nos narra cómo Jesús devuelve la vida a quien la tenía arrebatada, liberándolo de las ataduras del maligno.

El personaje del endemoniado que de tantas maneras aparece en el evangelio como un claro caso de marginación social y denigración personal, no sólo está sometido a la imposición de un ser opresor, se encuentra bajo el dominio de su voluntad perdiendo cualquier capacidad de decisión sobre sí mismo y obrando bajo la influencia del pecado y el mal.

La sanación que Jesús ofrece abarca a toda la persona. Sus gestos de acogida y misericordia, nos muestran ante todo el gran amor que Dios nos tiene y que en medio de nuestras limitaciones no nos abandona y nos sigue llamando a una vida digna y dichosa. Para ello el primer gesto que realiza es liberar al hombre de su opresor, imponiendo el silencio a quien usa la palabra para engañar y someter; “cállate y sal de él”.

Cuando la mentira y la falsedad se abren camino en medio de nuestro mundo, y pretenden ocupar el lugar de los valores fundamentales que conducen nuestra vida, entramos en una pendiente que nos va hundiendo como personas y como sociedad. Las palabras que en otro tiempo tenían claros significados y nos ayudaban a configurar un estilo de convivencia, ahora se desvirtúan y relativizan.

Conceptos tan esenciales como la familia, el matrimonio, la concepción de la vida, la violencia y el terrorismo, la solidaridad en tiempos de crisis, todos ellos tan de actualidad, o son contemplados e interiorizados a la luz del evangelio de Jesucristo, o serán manipulados conforme  a los intereses de las ideologías dominantes. De manera que lo que ayer tenía un valor absoluto hoy se pueda relativizar o suprimir si con ello se recaudan los votos necesarios.

Jesús nos muestra un camino nuevo basado en el amor de Dios, pero a la vez construido sobre las bases de la fidelidad y la entrega personal para mantener siempre viva la dignidad inalienable de la persona creada a su imagen y semejanza.

Dios nos avala con su autoridad cada vez que nos entregamos al servicio de los demás transmitiendo con nuestra palabra y testimonio la verdad de la fe que profesamos. Y aunque sintamos la incomprensión o el rechazo de quienes desean imponer su propia amoralidad, el Espíritu del Señor nos anima y sostiene para que compartiendo el don de la unidad seamos fieles testigos del evangelio en medio del mundo.

Somos portadores de una palabra de vida y de esperanza, y con esa convicción debemos ofrecerla a nuestros hermanos “a tiempo y a destiempo”. Eso sí con la sencillez y el respeto de quienes saben que sólo tenemos capacidad para proponer y no para imponer. Los medios por los cuales hemos de anunciar el evangelio jamás pueden desdecirse de su contenido esencial, que son la fe, la esperanza y el amor.

Hoy recibimos del Señor una llamada a la fidelidad. La Palabra de Dios no puede subordinarse a nuestros intereses. Y en nuestros días podemos caer en el riesgo de querer reinterpretar el evangelio para adaptarlo a la conveniencia del oyente moderno, lo cual puede llevarnos a ofrecer una palabra agradable al oído autocomplaciente de nuestra sociedad de bienestar, pero que nada tiene que ver con el Evangelio de Cristo. El único modo de evitar este riesgo, y la garantía de autenticidad a la que todos tenemos derecho está en la comunión eclesial, que animada por el amor, la comprensión y la búsqueda fiel de la voluntad del Señor, se nos transmite por medio de nuestros pastores, sucesores de los apóstoles del Señor.

Pidamos en esta eucaristía el don del Espíritu Santo. Que Él nos ayude a vivir la fe de tal manera, que demos testimonio auténtico de Jesucristo, y transmitiendo con generosidad su evangelio, pueda ser reconocido por todos como su único Señor y salvador.

sábado, 17 de enero de 2015

DOMINGO II TIEMPO ORDINARIO


DOMINGO II DEL TIEMPO ORDINARIO

18-1-2015 (Ciclo  B)

       Inmersos ya en el tiempo ordinario, tras las fiestas navideñas, la Palabra de Dios nos muestra la vida adulta del Señor y su misión al servicio del Reino de Dios. Para lo cual va a ir llamando de forma distinta, pero siempre cercana y personal a sus primeros discípulos.

       Desde la Palabra que hemos escuchado varias son las llamadas que recibimos. La primera de ellas parte del mismo Dios, quien se acerca a nuestro lado con respeto y delicadeza, esperando que lo acojamos con entera disponibilidad.

Samuel, uno de los grandes profetas del Antiguo testamento puede representar a tantas personas en búsqueda de Dios y que necesitan de alguien que les ayude a discernir dónde está realmente el Señor. Cada uno de nosotros, en distintos momentos de nuestra vida podemos sentir alguna llamada y creer que Dios nos habla en lo más íntimo de nuestro ser; pero necesitamos de personas que nos acompañen a discernir lo que nuestro corazón y mente van sintiendo, personas honestas y autorizadas, verdaderos guías del espíritu, que nos ayuden a reconocer a Dios a nuestro lado, a saber escuchar su voz, e interiorizar su palabra para acoger su voluntad. Toda nuestra espiritualidad va a depender de ello, y en la medida en la que me sienta acompañado por Dios y así lo celebre con el resto de los hermanos creyentes, mi fe se verá reforzada.

       Dios ha querido entrar en diálogo con el ser humano, y ese momento encuentra su realización plena en la vida de Jesús, el Hijo amado del Padre. Él nos llama a cada uno de nosotros como lo hizo con aquellos discípulos suyos. Y al igual que ellos, también nosotros necesitamos saber dónde está él, “¿Señor, dónde vives?”. Pregunta que se hace más urgente en los momentos de oscuridad o de cansancio espiritual por el que tantas veces podemos pasar en la vida.

       La respuesta de Jesús es una invitación a seguirle y conocerle personalmente: “venid y lo veréis”. En ese seguimiento vamos descubriendo la entrañable persona de Jesús. Un hombre capaz de implicarse en la vida de los demás compadeciéndose de los que sufren, comprensivo con los débiles, que no rechaza a los excluidos sino que come con ellos. Un Jesús que sana el corazón abatido por la vida y que ama a todos sin distinción mostrando el camino de la entrega, el perdón y la reconciliación como garantía de encuentro con Dios y recuperación de nuestra más auténtica humanidad.

Pero hay algo mucho más impresionante. En el  seguimiento de Jesús los discípulos van descubriendo el rostro de ese Dios al que él llama Padre. Es un Dios misericordioso y compasivo, pero que se revela ante la injusticia y cualquier clase de opresión, máxime cuando se comete contra los más indefensos. El Dios de Jesús no se desentiende del mundo, no puede abandonar la obra de su amor, y por ese mismo amor creador se ha encarnado en él. Ese es el gran descubrimiento que transforma por entero nuestra existencia, no el haber encontrado sólo a un hombre extraordinario, sino sobre todo haber encontrado a Dios hecho hombre en la persona de Jesucristo nuestro Señor y Salvador.

Desde esta experiencia fundamental escuchamos una vez más una carta apostólica de San Pablo. Pablo que vivió esa experiencia de encuentro con Jesucristo sintió la transformación de su existencia, de modo que todo su ser y la comprensión de la realidad que le rodeaba quedarán traspasados por la fe en el Señor. Así afronta en esta carta que hemos escuchado un tema de permanente actualidad, y con el valor de quien se sabe asistido por el Espíritu de Dios realiza una seria llamada a la renovación de las relaciones interpersonales más íntimas y que han de estar orientadas a la mutua donación de los esposos desde el amor sincero, respetuoso y libre, propio del matrimonio entre el hombre y la mujer.

Si miramos cómo está siendo tratado este tema en nuestros días, podemos darnos cuenta de que se siguen cometiendo abusos que lejos de humanizarnos nos envilecen. La sexualidad se ha banalizado tanto que se quiere mostrar como algo normal lo que en el fondo a todos nos abochorna y escandaliza.

Matrimonios rotos por la infidelidad de los esposos. Mujeres inmigrantes explotadas y oprimidas sacadas de sus países bajo engaño de trabajo digno y que al llegar aquí se ven condenadas a la prostitución. El comercio de la pornografía infantil que destruye la infancia y marca para siempre la vida de niños y niñas por dar enormes beneficios a sujetos aparentemente respetables, pero carentes de escrúpulos. La frivolidad del modo de vida de algunos famosos que airean su vida más íntima buscando la fama a cambio de su propia dignidad.

       Todo esto va configurando un modelo de sociedad donde se pierden los valores más elementales, de respeto a uno mismo y a los demás cambiándolos por el hedonismo egoísta e irresponsable.

       Ante esta situación, la voz de la Iglesia ha de anunciar el evangelio de la vida, desde el amor a Cristo y a los hombres. Y al igual que S. Pablo también nosotros debemos ofrecer una palabra acorde a la moral cristiana, que ilumine toda nuestra vida así como las relaciones que establezcamos con los demás, desde la verdad y la fidelidad para con los fundamentos de nuestra fe.

Un cristiano no puede llevar una vida disoluta e inmoral, tan semejante a los modelos del ambiente que en nada se diferencie de los demás. Porque para eso qué tiene de especial su supuesta fe. Nada.

San Pablo nos enseña cómo ha de ser Cristo quien viva en nosotros, abriendo nuestra vida a su amor y misericordia para dejarnos transformar por él y favorecer que emerja el hombre nuevo al que estamos llamados a convertirnos por su gracia.

La vida cristiana debe iluminar con su autenticidad la totalidad de  nuestras relaciones, y por la forma de vivir la vocación matrimonial se ha de transparentar el amor puro y verdadero del Señor, que en la fidelidad de los esposos expresa su permanencia y cercanía.

En la escuela del hogar, los niños y los jóvenes se abren a la vida, a sus posibilidades futuras y al modo como orientar su existencia desde el modelo integrado desde pequeños por el amor recibido. Crecer en un entorno familiar sano y equilibrado, donde los roles de la maternidad y paternidad están claramente definidos y asumidos, experimentando que el amor, el respeto y la fidelidad de sus progenitores son valores que asientan y fundamentan la felicidad del núcleo familiar, es la mejor garantía para un desarrollo adecuado de sus personas.

Todos necesitamos de acompañantes que nos ayuden a madurar en la vida, personas que desde la cercanía, el amor, el respeto y la comprensión nos acerquen a Jesús nuestro maestro. Él nos habla al corazón e ilumina nuestra vida con su amor, para que vivamos la dignidad de los hijos de Dios.

Que el Señor nos ayude para vivir con madurez nuestra experiencia cristiana, desde la coherencia y la fidelidad con el evangelio que anunciamos.      

sábado, 10 de enero de 2015

FIESTA DEL BAUTISMO DEL SEÑOR


FIESTA DEL BAUTISMO DEL SEÑOR
11-1-2015 (Ciclo B)

       La fiesta del Bautismo del Señor cierra este tiempo de gracia que es la navidad. Aquel anuncio que los ángeles ofrecían a los pastores “en la ciudad de Belén os ha nacido un Salvador”, es hoy ratificado por el mismo Dios, “Tú eres mi Hijo amado, mi preferido”. El Dios que tantas veces se manifestó ante su pueblo por medio de sus profetas y enviados, habla ahora por sí mismo ante el Hijo adulto que se dispone a asumir su vocación y misión en perfecta fidelidad al Padre.

       El bautismo de Jesús supone el comienzo de su vida pública y ministerial. Hasta ahora ha vivido en su pueblo, junto a su familia y seres queridos, completando su formación humana y espiritual; un tiempo discreto y silencioso que ha ido construyendo su ser y madurando su personalidad.

       De este espacio entre su infancia y madurez, no tenemos más que un pequeño relato, donde S. Lucas nos muestra a un Jesús adolescente en el Templo entre los doctores de la Ley. Aquel niño perdido y encontrado por sus padres regresa con ellos a Nazaret, y el evangelista terminará diciendo, que “iba creciendo en estatura y en gracia ante Dios”. Es decir, que la vida del Jesús adulto viene precedida por todo un tiempo largo de maduración personal, vivencia interior y riqueza espiritual. Y así, comienza su tarea con un gesto simbólico, su bautismo.

De la misma manera que todos aquellos hombres y mujeres animados por el mensaje de Juan quieren prepararse para acoger el don de Dios, Jesús se pone en la fila de los pecadores para cambiar el rumbo de nuestra historia. Y aunque no necesite del bautismo como remisión de los pecados, sí nos muestra que por este gesto, el mismo Dios se nos manifiesta como Padre y nos agrega a su pueblo santo.

Los bautizados somos incorporados a la familia de Dios, nos hacemos hijos suyos por medio de su Hijo Jesucristo, y asumimos la misión de anunciar el evangelio que vivimos, entregándonos en la construcción del reino de Dios en medio de nuestro mundo y ofreciendo nuestras vidas al Señor para ser portadores de su esperanza desde el servicio a los más necesitados.

Cada uno de los cristianos debemos este nombre a nuestra vinculación a Cristo, sacerdote, profeta y rey, y que nos une a la gran familia de la Iglesia. El pueblo santo de Dios existe mucho antes de mi incorporación personal al mismo, y al ser admitido por el bautismo, como miembro de pleno derecho en él, me comprometo a configurarme junto a mis hermanos, conforme a la persona de Jesucristo  nuestro Señor.

       El sacramento del bautismo, por unirnos a la comunidad cristiana, también compromete a ésta para el desarrollo y maduración de la fe de sus miembros. No en vano vamos a celebrar el bautismo de estos niños en el marco de la eucaristía dominical, momento donde la vida de la comunidad se manifiesta. Y este modo de celebrarlo quiere ser expresión de la acogida eclesial que se les hace y de nuestra alegría ante la gozosa experiencia del nacimiento de una nueva vida, fruto del amor de sus padres y signo del amor de Dios.

       Hoy es la fiesta de nuestro bautismo, y al recordarla también podemos mirar cómo está siendo nuestra vivencia de fe. Vamos a recuperar la fuerza de Dios en nuestra vida y así vivir animados por él para entregarnos a los demás. No nos vayamos apagando poco a poco cayendo en la rutina y perdiendo el sentido de nuestra fe.

       Muchos somos los bautizados y no tantos los que vivimos con plena conciencia este don gratuitamente recibido. De hecho en nuestros días nos ha de causar enorme tristeza contemplar cuantos hermanos nuestros han ido abandonando su vivencia eclesial, y cómo algunas incluso lo justifican diciendo que son creyentes pero no practicantes. La planta de la fe que no se nutre con el riego de la Palabra de Dios y se alimenta con el pan de la eucaristía, se muere de forma irremediable.

       Es misión de nuestras comunidades eclesiales, favorecer el retorno a la comunidad de aquellos que por cualquier causa se han distanciado de ella, desde un proceso de acogida y de recuperación de su experiencia espiritual.

       El bautismo de los niños siempre se celebra condicionado a la fe de sus padres o tutores, y con el acompañamiento permanente de la comunidad cristiana que lo alienta y sostiene. Un sacramento celebrado por el mero interés o costumbre social, no favorece a nadie además de poner en serio peligro  su autenticidad.

La gracia de Dios se ofrece a todos, pero vivir bajo la acción del Espíritu sólo es posible si acogemos el don de Dios y lo vamos desarrollando con nuestra disponibilidad y entrega. Para ello está la comunidad eclesial, que como madre y maestra, acompaña y fortalece la fe de sus hijos para que sean discípulos de Cristo en el mundo.

       Al igual que el bautismo de un adulto ha de ir precedido de un tiempo de formación que le ayude a recibir la Palabra de Dios y acogerla en su corazón, estos niños necesitan de un entorno familiar donde les sea posible conocer a Dios, aprender a dirigirse a él con la confianza de los hijos e ir sintiéndolo como el amigo cercano que nunca falla. De la transmisión de la fe de los mayores depende la apertura a la misma de los pequeños. De la buena siembra, depende la abundante cosecha.

       Que en esta fiesta del bautismo de Jesús, recuperemos la alegría de sentirnos parte de su familia y pueblo. Que podamos recuperar la fuerza misionera en nuestras vidas y así vivir con ilusión nuestro ser cristianos.

Ser cristianos no es algo vergonzante o a ocultar, sino un don de Dios que hemos de comunicar con nuestro testimonio y con nuestra palabra agradecida. Se nos tiene que notar desde lejos que vivimos gozosos por nuestra fe, y que Jesucristo colma de dicha nuestra vida y esperanza.

       Que Dios nos ayude para que día tras día vivamos esta fe con ilusión, con gratitud y con generosa entrega a los demás. De ese modo estaremos impregnando la vida de nuestros pequeños del rocío fecundo que los ayudará a crecer no sólo en estatura y fortaleza física, sino sobre todo en la gracia de Dios.

sábado, 20 de diciembre de 2014

IV DOMINGO DE ADVIENTO


DOMINGO IV DE ADVIENTO
21-12-14 (Ciclo B)

       Al llegar al final de este tiempo de Adviento, la Palabra de Dios nos regala con una de las páginas más bellas de la Escritura. El diálogo entre el enviado de Dios y María, nos descubre una experiencia llena de ternura, de confianza y de disponibilidad.

       Alégrate llena de gracia”; con este saludo tan denso, el ángel se presenta ante María, una humilde joven de Nazaret, que del anonimato más absoluto, va a pasar a ser protagonista fundamental de la Historia de la Salvación.

       La vida de María, desde el momento de su nacimiento, ha estado bendecida por Dios. Y es la profundidad de su vida espiritual, su experiencia de fe y su capacidad de servicio, lo que capacita a María para recibir esta propuesta de Dios con responsabilidad y entera disponibilidad.

       Pero seguimos desgranando este Evangelio tan hermoso; Ante el sobresalto de María, por esta presencia inesperada, el enviado de Dios, Gabriel, prosigue con el contenido fundamental de su misión. María es la elegida por Dios para ser la puerta de su Encarnación en la historia. Y aunque todos los elementos humanos estén en contra de esta posibilidad, el ángel explica cómo acontecerá esta acción divina: “la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el que va a nacer se llamará Hijo de Dios”.

       Para Dios nada hay imposible, no tiene más que mirar la situación de su prima Isabel. Ella también ha sido elegida por Dios para que de sus entrañas nazca quien preparará el camino al Señor.

       Y el diálogo concluye con esta frase que tantos creyentes han ido repitiendo a lo largo de su vida, “aquí está la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra”.

       En un texto tan breve, se condensa toda una vida orientada por entero al Señor. Y ante el inmenso amor que María siente por parte de Dios, se llena de ilusión y de esperanza al recibir de su mano la misión más importante que jamás nadie haya recibido.

       Ser la madre de Jesús, el Mesías, el Salvador, se contempla ahora como una bella responsabilidad, llena de gozo y de futuro esperanzador.

       La vida de la madre estará siempre unida a la de su hijo, vivirá pendiente de su suerte y se convertirá en víctima inocente del mismo destino que a él le aguarda. Desde el momento de su concepción y hasta el pié de la cruz en el Calvario, María acompañará a su hijo, compartiendo su misma vida y su misma muerte.

       En María todos hemos puesto nuestra mirada como modelo de creyente. Ella nos muestra el camino que conduce hasta su Hijo, nos alienta en todos los momentos de nuestra vida y nos sostiene ante las dificultades.

       El pueblo de Dios la ha otorgado los más hermosos títulos que adornan su figura, y también aquellos por los que busca su amparo. Ella es abogada nuestra, aquella que vuelve sus ojos misericordiosos en medio de este valle de lágrimas.

Y en ella encontramos los cristianos a la madre que el mismo Señor Jesús nos regaló para que alentara nuestra fe y nuestra esperanza.

En nuestros días siguen siendo muchas las personas que a ejemplo de María entregan su vida al servicio de los demás. Con su generosa disponibilidad van sembrando de amor y de ilusión este mundo nuestro a través de múltiples servicios dentro y fuera de la Iglesia.

Esta es la respuesta que todos debemos dar al Señor en medio de nuestra vida, que se haga siempre su voluntad. El no nos va a pedir cosas imposibles ni que superen nuestras capacidades. Y si se fija en nosotros para una tarea concreta bien en la vida laical, sacerdotal o religiosa no es para complicarnos la existencia, sino para hacernos responsables de ella siendo plenamente felices en la entrega generosa al servicio de su Reino.

La fe no es una realidad que pueda reducirse al ámbito de lo privado, al silencio y oculto del corazón. Ciertamente es una experiencia de encuentro personal con Dios, pero que de forma inmediata se pone en camino, en apertura a los demás y en comunión fraterna con quienes sentimos arder en el alma la misma llama del amor del Señor. No en vano la colecta de este día es la gran llamada a la solidaridad que todos recibimos desde la urgencia de quienes padecen el sufrimiento que la pobreza y el abandono les ocasiona. Hoy es el día de mirar más allá de lo individual y sentir la necesidad de ser generosos con los necesitados, porque en ellos Dios nos llama a socorrer su necesidad.

       Queridos hermanos. Nos acercamos a vivir el nacimiento del Señor. Y año tras año lo rememoramos con la ilusión y la esperanza de  que por fin sea una navidad de paz y de felicidad para todos. Pero este deseo permanente depende en gran medida de nuestra disposición personal, de nuestra acogida a la llamada que Dios nos hace y a la que debemos responder con generosidad. El nos señala con su estrella el camino que nos conduce a su presencia para que lo recorramos unidos en una misma fraternidad. De este modo podremos cantar la gloria de Dios, que llena de paz la vida de los hombres y mujeres de buena voluntad.

Que María, la mujer que se hizo servidora del Señor, y desarrolló plenamente su libertad al ponerla confiadamente en las manos amorosas de Dios, nos enseñe a vivir la entrega personal desde la confianza y así podamos como ella alegrarnos en Dios nuestro Salvador, cuya misericordia cantamos por siempre, dando testimonio con nuestra vida de Jesucristo, cuya venida a nuestras vidas anhelamos.

sábado, 13 de diciembre de 2014

III DOMINGO DE ADVIENTO


DOMINGO III DE AVDIENTO
14-12-14 (Ciclo B)

       “Estad siempre alegres en el Señor”, este domingo llamado precisamente así, “Gaudete”, el del gozo, nos sitúa ante la cercana venida del Señor. Cómo no estar gozosos cuando sentimos cada vez más próximo el nacimiento del Salvador. Es el gozo de aquellos a los que van destinadas las palabras del profeta Isaías, los pobres, los cautivos, los enfermos. Estar alegres en el Señor porque en medio de la oscuridad e incertidumbre, hemos de hacer brillar la luz de la esperanza que se sostiene sobre la siempre viva antorcha de la solidaridad.

       El adviento cristiano debe preparar la venida del Señor de forma efectiva y para todos. Al igual que Juan el Bautista hace dos mil años, nosotros hoy somos los precursores, los que allanamos el camino al Señor. Y allanar el camino al Salvador supone rellenar los huecos y recortar las montañas.

       El Espíritu del Señor ha sido derramado sobre nosotros para anunciar la Buena noticia a los que sufren, vendar los corazones desagarrados, proclamar la libertad de los cautivos y el año de gracia del Señor.

       De esta forma vamos preparando el camino por el que el Mesías quiere acercarse a cada ser humano para morar de forma permanente en él y colmar así de esperanza y dicha  su existencia.

       Pero como decía hemos de rellenar los huecos y vacíos que hay en nuestro entorno y a la vez tirar abajo aquellos muros o montes que dificultan el desarrollo del reinado de Dios.

       En estas fechas donde tanto se consume, hemos de vivir la caridad cristiana con los hogares vacíos de lo imprescindible para subsistir. En momentos donde nos deseamos de corazón los mejores sentimientos entre los amigos y familiares, tenemos que llenar de fraternidad y de misericordia los huecos que la marginación y el desarraigo provocan en tantas personas alejadas de sus seres queridos.

       Pero también hay que derruir lo que nos impide ver el horizonte de Dios. Ante los muros que levantan la violencia y el odio, hay que cimentar la justicia y la paz desde bases sólidas de convivencia y respeto en la solidaridad con las víctimas. Ante las barreras que suponen los miedos y recelos para con aquellos que viven excluidos y en la calle, hemos de limpiar la mirada del corazón y descubrir en ellos a unos hijos de Dios, y por lo tanto a hermanos nuestros.

       La vida de Juan el bautista fue acogida por muchos como un don de Dios. Su llamada a la conversión y a recibir un bautismo que abriera la puerta a un estilo de vida nuevo, basado en la misericordia y en el amor, fue seguido por muchas personas que anhelaban una vida más digna y fraterna.

       Pero la voz de Juan no sólo anunciaba la cercanía del Salvador. También denunciaba la injusticia y la opresión; tanto en el plano de la vida pública, como en los comportamientos morales individuales donde se gestan las acciones que condicionan nuestra vida y las de los demás.

       Preparar el camino al Señor para favorecer que su reinado se implante en nuestras vidas, no será posible si no conlleva la conversión individual, la de todos sin excepción.

       Ciertamente que la meta no es quedarnos en el intimismo. Que la fe ha de vivirse y desarrollarse en comunión con los hermanos de forma que sus frutos redunden en la transformación de toda la realidad. Pero la única manera de poder transformar este mundo nuestro e implantar en él el reino de Dios, es haciendo que primero Dios reine en nuestros corazones y así, con nuestra vida renovada en su totalidad, transparente y testimonie la verdad de una existencia totalmente entregada al servicio del Señor y de los hermanos.

Esta llamada a la conversión y al cambio radical de nuestras vidas, también va a encontrar serios detractores. Personas que como a Juan nos cuestionen con qué autoridad nos permitimos los cristianos denunciar comportamientos asumidos socialmente e incluso justificados y amparados legalmente.

Cuando la Iglesia, a través de sus pastores, ofrece una palabra iluminadora de la vida cotidiana, sus primeros destinatarios somos los cristianos, pero no los únicos. También se ofrece a todo el que lo desee una palabra de esperanza y una doctrina que ayude a vivir en plenitud.

Y el hecho de que otros dirijan sus vidas por caminos distintos y contrarios no nos desautoriza en absoluto, sino que nos diferencia, lo cual además de bueno es necesario.

En una sociedad como la nuestra que tantas veces atenta contra la vida y la dignidad de las personas, no sólo tenemos que denunciar las agresiones que padecen quienes gozan de plenos derechos; tenemos que defender con valor a los indefensos y a los sin voz. Así lo hacemos cada vez que nos situamos frente al odio y la violencia, contra los malos tratos que tantas mujeres padecen a manos de los hombres, cada vez que alzamos nuestra voz en contra del aborto o de la eutanasia. No es más digna una vida por el hecho de haber concluido su proceso de gestación, o por gozar de buena salud, o por contribuir al bien común. La vida o tiene dignidad siempre, porque así se la ha dado su Creador, o nadie puede otorgársela de forma arbitraria.

La llamada del adviento a nuestra propia conversión, exige de nosotros una conciencia clara de nuestra responsabilidad personal y social. Y por muchas que sean las dificultades que hoy encuentran quienes se comprometen en esta defensa de la persona en su totalidad, no por ello su misión se ve deslegitimada o desprotegida. La comunidad cristiana la bendice, sostiene y anima con su oración y aliento.

El tiempo de adviento canta constantemente “Ven Señor Jesús”. Y Jesús ya vino hace dos milenios, viene hoy en nuestro presente concreto, y vendrá a nuestro encuentro en la consumación de nuestra vida. Pero su venida sólo es gozosa si es acogida. Pedirle al Señor que venga, supone abrir nuestra vida para que entre en ella, de modo que habitados por su Espíritu, prolonguemos con nuestros gestos sencillos pero eficaces, su obra de salvación.

       Dios sigue enviando su mensajero delante de los hombres para prepararle el camino. Y lo mismo que ayer Juan el Bautista se entregó con eficacia y valor, anunciando a tiempo y a destiempo la venida del Salvador, ese mensajero hoy somos cada uno nosotros. Que el Señor nos sostenga en este empeño y nos dejemos sorprender por su venida, para que así nos sintamos renovados en la esperanza y en el amor.

sábado, 6 de diciembre de 2014

LA INMACULADA CONCEPCIÓN DE LA VIRGEN MARÍA


SOLEMNIDAD DE LA INMACULADA CONCEPCIÓN DE LA VIRGEN MARÍA – DIA DEL SEMINARIO

 
Un año más, en medio de este itinerario gozoso y esperanzado hacia la fiesta del nacimiento del Señor, la liturgia nos ofrece un alto en el camino para ayudarnos a fijar la mirada en quien tan plenamente participó en la obra salvadora del Creador, la Bienaventurada Virgen María. Su vida y su plena entrega al servicio que Dios le pedía, inserta en nuestra historia humana el momento culminante esperado desde la creación del mundo.

Esta experiencia de gozo y de gracia, ha sido posible por pura bendición de Dios, que en María la Virgen obró de forma admirable para que desde el momento de su concepción, estuviera preparado el camino a fin de posibilitar la Encarnación del Verbo en medio de nuestra realidad humana. Por eso también nosotros hacemos nuestro el gozo del apóstol Pablo expresado en este himno que la Carta a los Efesios nos ofrece “Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido en la persona de Cristo con toda clase de bendiciones espirituales y celestiales”.

Porque si bien en la persona de Jesucristo encontramos el camino, la verdad y la vida que nos trae la salvación, ofreciéndonos una existencia en plenitud, la vida de su Madre santísima nos muestra un modelo de seguimiento que ciertamente nos aproxima al discipulado y a la experiencia del encuentro íntimo con el Señor.

Y es que toda la vida de María ha estado especialmente bendecida por Dios. Siguiendo el contenido del evangelio que acabamos de escuchar, el primer saludo del ángel la define como la “llena de gracia”. En ella Dios ha depositado su amor de tal manera, que desde el momento de ser engendrada por sus padres María fue preservada sólo para Dios. Seguro que desde su infancia iría descubriendo la bondad y la misericordia del Señor. Seguro que en la transmisión de la fe por parte de sus progenitores, María se abriría por completo para acoger cuanto Dios le pidiera, y así podemos comprender cómo María se sobrecoge ante la irrupción personal de Dios en su vida. Algo que por mucho que se anhele y para lo que se esté preparado, siempre desborda nuestra capacidad de comprensión.

María ha sido llamada por el mensajero de Dios “la llena de gracia”, y este saludo la desconcierta, de tal manera que el ángel Gabriel debe aclarar la razón de su visita, “no temas María, porque has encontrado gracia ante Dios”.

Y en ese corazón joven, ilusionado ante la vida y sobre todo abierto de par en par a la voluntad del Señor, se abre paso la confianza y la plena disponibilidad, para acoger una propuesta única e irrepetible en la historia. Será la Madre del Hijo de Dios, y aunque no acabe de entender el cómo y el porqué de su elección, y sin sospechar las consecuencias de su respuesta, ni el alcance que en la historia de la humanidad tendría la apertura de su corazón a la propuesta divina, ella se pone en las manos del Señor sabiendo que son manos buenas y que al abandonarse en ellas iba a encontrar una dicha sin límites.

        “Aquí está la esclava del Señor”. Las dudas y los temores dejarán paso a la confianza y a la disponibilidad porque su entrega no es una renuncia a vivir, sino una apuesta por hacerlo en plenitud, teniendo a Dios como aliado, amigo y Señor. María no arruinó su vida al ponerla en las manos de Dios sino que la vivió con responsabilidad siguiendo los pasos de su Hijo Jesús porque en ellos estaban las huellas de Dios en nuestra historia.

El sí de María no estuvo exento de dificultades. Pero sin duda la prueba más dura llegará cuando teniendo que asumir la libertad de su Hijo lo siga desde muy cerca como fiel discípula por un camino que la llevará al pié de la cruz sin que nada pueda hacer para evitarlo.

        Creyente y madre se funden en un mismo sentimiento de dolor que busca en Dios la respuesta al porqué de aquel final para quien es llamado “Hijo del Altísimo”.

        María comprenderá entonces que los planes de Dios se realizan en los corazones que como el de ella se dejan modelar por su amor. Y que la semilla del reino de Dios ya ha sido plantada en la tierra fecunda de los hombres y mujeres que a imagen de María se abren por entero a su amor. Experiencia ésta que encontrará su realización gozosa tras la resurrección de Jesús. “No está aquí, ¡ha resucitado!”; este anuncio ante el sepulcro vacío, será el cumplimiento de aquellas palabras que en su concepción recibió por parte del ángel, “su reino no tendrá fin”.

        María unida a la comunidad de los seguidores de Jesús recibirá la fuerza del Espíritu Santo para seguir alentando al nuevo pueblo de Dios nacido en Pentecostés y del cual todos nosotros somos sus herederos y destinatarios.

Ella sigue sosteniendo y alentando la familia eclesial, y desde hace muchos años, la experiencia vocacional y en concreto la vocación sacerdotal, ha sido puesta en nuestra diócesis bajo el amparo de la Inmaculada Concepción.

        Nuestro Seminario Diocesano celebra hoy su fiesta, y nosotros nos unimos a los seminaristas, formadores y a quienes trabajan en la pastoral vocacional, para orar insistentemente al Señor, por medio de María, para que siga llamando trabajadores a su mies.

Nuestra Diócesis de Bilbao, al igual que otras muchas Iglesias locales, atraviesa momentos de escasez en la disponibilidad de los jóvenes para este ministerio fundamental en la Iglesia. Nuestro presente y entorno, no son muy propicios para las decisiones valientes y generosas que implican la existencia completa de cada uno en aras a ofrecer un servicio entregado y permanente a los demás.

Sin embargo, hoy siguen haciendo falta sacerdotes que acompañen con amor y fidelidad la vida de sus hermanos. No somos ministros del evangelio para nosotros mismos. Los presbíteros ejercemos un ministerio que proviene de Jesucristo, para prolongar su obra redentora en medio de la humanidad por medio de la íntima comunión con él, entregándonos al servicio de los hermanos, y manifestando esa unidad en la comunión eclesial.

        Dios sigue llamando hoy, como lo ha hecho tantas veces en la historia, a niños, adolescentes y jóvenes que sienten en su corazón esa apertura y alegría que brotan de una fe sincera y gozosa. Y esa llamada de Dios, requiere por nuestra parte una respuesta generosa y valiente. Por eso, confiando en la intercesión de nuestra Madre la Virgen María, debemos seguir animando a nuestros jóvenes cristianos a que se planteen su opción vocacional con confianza y generosidad. Que nuestros hogares sean escuelas  de experiencia religiosa, donde se sienta como un don de Dios su llamada a nuestra puerta, a la vez que se viva con entusiasmo la vocación sacerdotal entre nosotros.

        Nuestro modelo de seguimiento de Cristo es María, nuestra Madre. Ella experimentó ese amor de Dios de una forma extraordinaria, y aunque el camino por el que anduvo Jesús muchas veces se muestre tortuoso y difícil, debemos saber que nunca nos dejará solos. Él está con nosotros todos los días hasta el fin del mundo, y su Iglesia, constituida sobre el cimiento de los apóstoles, prevalecerá para ser en medio del mundo sal y luz, que irradie frescura y calidad humana por medio del testimonio y de la entrega de todos los cristianos.

        Que Santa María la Virgen, siga protegiendo bajo su amparo las vocaciones sacerdotales de nuestra diócesis de Bilbao, y que al asumir la responsabilidad de transmitir la fe en Jesucristo a las generaciones más jóvenes, también suscitemos con valor la pregunta por su propia vocación como camino favorable de auténtica y plena felicidad.

II DOMINGO DE ADVIENTO


DOMINGO II DE ADVIENTO
7-12-14 (Ciclo B)

         En este segundo domingo de adviento, la llamada del Señor a través de los personajes de la Sagrada Escritura, es la de “prepararle el camino”. Una tarea a la que el pueblo de Dios ha sido siempre urgido y que en diferentes momentos de densidad espiritual, la ha vivido con esperanza e ilusión.

         Ciertamente si echamos una mirada a nuestra historia podemos comprobar con tristeza que la realidad humana actual no difiere demasiado de la de otros tiempos. Sí que la sociedad ha evolucionado en la tecnología y la ciencia, que los adelantos actuales permiten salir de la propia tierra hacia el espacio algo inimaginable para generaciones pretéritas. Pero en el fondo del ser humano, en su forma de vivir y relacionarse con los demás, en sus anhelos más profundos ¿podríamos decir que hemos cambiado tanto? Todos buscamos la felicidad, luchamos por sobrevivir y fundamos nuestra dicha en las relaciones más personales y cercanas, con los nuestros. Algo que desde siempre ha procurado desarrollar el hombre con igual intensidad.

         Sin embargo los mismos problemas afectan a esta humanidad en el discurrir de los tiempos. A la luz de la Sagrada Escritura vemos cuantas veces se nos narran sucesos que oscurecen el Plan salvador de Dios. Enfrentamientos, opresiones, injusticias, abusos del inocente, guerras… Hechos que a pesar de distanciarse de nosotros en miles de años, sin embargo destacan en nuestra mente con una frescura singular.

         Cómo no vamos a comprender el sufrimiento del pueblo hebreo en medio de una guerra que lo aniquilaba, cuando en nuestros días son demasiados los pueblos en guerra que se acercan a nuestro hogar por el televisor. Cómo no vamos a saber lo que sufre el inocente oprimido cuando en nuestros días millones de seres humanos mueren en la miseria y el abandono. Cómo no vamos a sentirnos cercanos al dolor de los enfermos y desahuciados que buscaban con desesperación quien les acogiera cuando en medio de esta sociedad tan avanzada hay ancianos y enfermos que acaban sus días en el olvido hasta de sus familiares más cercanos. Cómo no vamos a comprender y solidarizarnos con el dolor de las víctimas de la violencia, cuando el fanatismo religioso o  político sigue dejando regueros de sangre a la vista de todos.

         Y a la luz de esta realidad podemos preguntarnos, ¿dónde está la salvación de Dios? Qué es lo que celebramos en navidad, el acontecimiento histórico de la entrada de Dios en nuestra vida, o el recuerdo de una promesa incumplida. Y es entonces donde ha de abrirse paso con fuerza la luz de la esperanza y de la fe.

         “No perdáis de vista una cosa: para el Señor un día es como mil años y mil años como un día. El Señor no tarda en cumplir su promesa, como creen algunos”, nos ha recordado el apóstol S. Pedro en su carta. La historia contemplada con los ojos de Dios supera el tiempo y sus acontecimientos concretos. La navidad no es la manifestación de un deseo imposible, sino el recuerdo de un hecho que cambió la historia humana porque Dios entró en ella para asumirla y sanarla, compartirla a nuestro lado y regenerarla de modo que la semilla de su reino ha sido sembrada y su crecimiento, aunque lento y costoso, es imparable.

         Por ese motivo en este tiempo de gracia recordamos tantas veces el mismo estribillo, “preparad el camino al Señor”, o como también insiste el profeta Isaías, “consolad, consolad a mi pueblo dice vuestro Dios, habladle al corazón”. Si nuestra experiencia de fe nos presenta con toda su fuerza esta cercanía del Señor en medio del tiempo presente, hemos de desbrozar el camino para favorecer su encuentro con los hombres y mujeres necesitados de esperanza.

         Preparar el camino al Señor no es una frase añeja en un libro caduco. Es un imperativo moral vivo y actual, que brota de la misma persona de Jesucristo de cuya Buena Noticia somos nosotros sus testigos.

         Es verdad que la realidad social, humana, política y económica no ha sido saneada en su totalidad.

         Que por mucho que nos esforcemos los cristianos nada nos garantiza un cambio radical de la historia. Pero esta triste limitación no debe vencer nuestra esperanza ni la adhesión vital al proyecto de Jesús. Él tampoco modificó la historia inmediata de su pueblo, pero con su entrega nos abrió la puerta de la salvación. Una realidad que trasciende los límites de nuestra historia, pero que hunde sus raíces en nuestra realidad presente.

         Sabemos que es difícil cambiar la realidad de forma inminente, y que por muchos gestos de solidaridad y justicia que tengamos para con los más necesitados, no vamos a erradicar el hambre y la miseria de inmediato, o expulsar la lacra de la violencia y el odio con la ignominia que supone para toda la humanidad. Pero también sabemos que en cada signo de fraternidad que tenemos para con nuestros hermanos más pobres e indefensos, estamos cimentando de amor y de esperanza las relaciones humanas. Y aunque sean aparentemente insignificantes, son expresión real de que algo en este mundo se va transformando en la línea del Reino de Dios.

         El adviento es para nosotros los cristianos tiempo de esperanza y de compromiso. Con el recuerdo vivo y fresco de lo acontecido en la historia humana en aquella primera navidad, sabemos con certeza que Dios está entre nosotros. Que su amor se ha derramado de forma plena y permanente en su Hijo Jesús y que en él hemos sido tomados como hijos e hijas todos nosotros.

Esta experiencia nos ha de llenar de gozo y de consuelo, a la vez que nos ayuda a vivir cada día con ilusión a pesar de las dificultades y penurias que podamos padecer. Y a la vez, porque somos conscientes del don de Dios que hemos recibido por la fe, tomamos con responsabilidad la tarea de preparar el camino al Señor, para que por medio de nuestro testimonio creyente, de nuestras palabras y obras, podamos acercar a los demás nuestra propia esperanza y compartir la auténtica fraternidad.

         Es lo que en esta eucaristía le pedimos al Señor, por intercesión de su madre bendita, cuya fiesta de su concepción inmaculada vamos a celebrar mañana. Que ella nos asista siempre en esta misión de sembrar de esperanza nuestro mundo, y así vivamos con gozo nuestra vocación cristiana.