sábado, 24 de octubre de 2015

DOMINGO XXX TIEMPO ORDINARIO


DOMINGO XXX DEL TIEMPO ORDINARIO
25-10-15 (Ciclo B)

       El canto de júbilo que el profeta Jeremías nos proclama, introduce el gozo que se produce ante el encuentro sanador con Jesús. “Gritad de alegría por Jacob,... porque el Señor ha salvado a su pueblo”.

       El pueblo al que anuncia Jeremías esta visión se encuentra en el destierro. Abatido por la esclavitud a la que se ve sometido y humillado por la injusticia que está sufriendo.

       Ante esto el profeta no deja que su pueblo se hunda en la desesperación; Dios ha dicho una palabra salvadora, y su promesa pronto se cumplirá. Tal vez el momento sea desolador, tal vez el sufrimiento del presente nos debilite la esperanza, tal vez la tragedia de tantos hermanos sufrientes nos conduzca hacia el desengaño por el futuro. Es en esta situación donde se necesitan profetas del consuelo y de la misericordia que devuelvan la ilusión y el vigor para cambiar el presente. Dios nos congrega como pueblo suyo para vivir la dicha de la salvación.

       Así escuchamos el relato de Marcos que nos muestra una escena de la vida de Cristo donde el encuentro con Bartimeo va a cambiar para siempre la vida de éste.

       La pobreza y la enfermedad en tiempos de Jesús eran consideradas excluyentes de la vida del pueblo. Los leprosos, los ciegos, sordos, mudos, deficientes, eran alejados del centro del pueblo y condenados a mendigar de por vida. La enfermedad no sólo era sinónimo de exclusión social, sino también de castigo de Dios por algún pecado propio o de familia.

       Cómo no va a gritar ese hombre, Bartimeo, cuando escucha que Jesús, el hijo de David, el Salvador, va a pasar a su lado. Cómo no aferrarse a ese “salvavidas” que se aproxima cuando todo el mundo habla de que Jesús hace maravillas entre los pobres y excluidos.

       No puede dejar pasar esta oportunidad única. Sus fuerzas las orienta a hacerse notar por el Señor, y aunque todas las voces del mundo lo recriminen y quieran silenciarlo, él gritará más y más hasta ser oído. Es la señal de socorro de un náufrago en medio del mar que ve acercarse un barco, su salvación.

       Y se produce el encuentro, primero el diálogo y la acogida, ¿qué quieres que haga por ti?  Jesús no rechaza a nadie, mira de frente reconociendo la dignidad de todos. Para él Bartimeo no es un excluido sino un hermano que clama su misericordia y su amor. “Señor, que pueda ver”; tu fe te ha curado.

       La fe, que no es otra cosa que acoger el don del amor de Dios y agradecerlo con la propia vida de entrega y servicio a Dios y a los hermanos, es lo que nos salva, nos cura, nos llena de vida y de gozo eterno. Así, Bartimeo se convierte en discípulo de Cristo, le sigue por el camino dando gloria a Dios y ofreciendo su testimonio a favor del Señor con quien se ha encontrado.

       Esa es también nuestra historia de salvación. Todos tenemos pasajes de nuestra vida en los cuales hemos notado de forma especial que Cristo nos ha abierto los ojos. Ante un problema familiar grave, la muerte de un ser querido, la enfermedad de un hijo o tal vez su adicción a las drogas. Todo eso puesto en las manos de Dios nos ha ayudado a seguir luchando y a ir dando pasos de sosiego y paz a nuestra vida.

       Tal vez no hayamos visto una curación milagrosa entre nosotros. Pero sí es cierto que el milagro se ha producido en nuestro corazón al ser capaces de seguir adelante con esperanza y amor.

Las situaciones de mayor precariedad pueden ser para nosotros espacios de especial encuentro con Dios. Allí donde todas las señales nos muestran desolación y amargura, es posible dejar que emerja la esperanza si escuchamos la palabra salvadora de Jesucristo.

Son tantos los hermanos que necesitan escuchar esta palabra iluminadora de la vida, que los cristianos debemos tomarnos muy en serio nuestra dimensión misionera.

Bartimeo gritó a Jesús porque sabía quién era y el contenido de su mensaje. Difícilmente pueden poner sus esperanzas en el Señor quienes desconocen su existencia. Por eso debemos ser nosotros quienes fieles a la misión recibida del Señor anunciemos con valor y fidelidad su Reino de amor, de justicia y de paz.

Y después igualmente importante es no poner barreras al encuentro personal con él. A Bartimeo le insistían para que se callase y no molestara al Maestro. Nadie molesta al Señor, al contrario, él desea el encuentro con sus hermanos para compartir generosamente su gracia salvadora.

Todas nuestras acciones apostólicas y proyectos pastorales, han de estar abiertos a esta posibilidad de encuentro del creyente con Jesús. Y los medios son buenos en tanto en cuanto nos ayudan a este objetivo.

Acaba de terminar el Sínodo de los Obispos, cuyo centro ha sido la misión evangelizadora de la Iglesia en el presente actual. También estamos ya en este Año de la Fe, que llama a cada uno de nosotros a revitalizar este don que Dios nos ha concedido, y que en Jesucristo ha encontrado su centro y esperanza. Pues bien, mis queridos hermanos, vivamos este momento como una oportunidad nueva en nuestra vida de encuentro con el Señor. Que el gozo de nuestra fe, y su vivencia coherente en medio de nuestro mundo, sea para nosotros motivo de alegría, y para aquellos a quienes somos enviados como discípulos de Jesús, una razón nueva para encontrar consuelo y esperanza en medio de sus dificultades.

       En las manos de María, nuestra Madre de Begoña, ponemos este deseo, con la ilusión de quienes somos conscientes de que es Dios quien nos envía, y la confianza de que Él permanece siempre a nuestro lado.

jueves, 15 de octubre de 2015

DOMINGO XXIX T.O. - DOMUND


DOMINGO XXIX TIEMPO ORDINARIO
18-10-15 (Ciclo B – DOMUND)

       “El Hijo del Hombre ha venido para servir, y dar su vida en rescate por todos”. Con esta frase entresacada del Evangelio que acabamos de escuchar, quiero centrar nuestra atención para acoger la Palabra de Dios y así vivir este Día del Señor. Día en el que la Iglesia nos muestra su dimensión universal y misionera en el Domingo Mundial de la Propagación de la fe, el Domund.

       El seguimiento de Jesucristo es una opción personal que aún vivida con entusiasmo y generosidad, no está exenta de serias dificultades. Aquellos discípulos de Jesús estaban entusiasmados con su Maestro. Lo seguían con sinceridad, le querían de verdad y acogían su palabra con un corazón abierto e ilusionado.

       Pero por muy dispuestas que estaban sus almas para recibir la Buena Noticia del Evangelio, y por grande que fuera su voluntad a la hora de ponerlo en práctica en sus vidas, eran hijos de su tiempo y como todos tenían sus limitaciones. Una de las mayores y que a todos nos afecta siempre, es sentir y desear las cosas del mundo. Somos barro de esta tierra con sus luces y sombras, grandezas y miserias. Y a la vez que podemos lanzarnos a la aventura de construir un mundo más justo y fraterno, también nos deslumbran los destellos del poder o del lujo.

       Santiago y Juan no eran más interesados de que el resto de los apóstoles, tal vez fueran más osados a la hora de atreverse a manifestar sus aspiraciones e inquietudes. De hecho Jesús no les reprocha a ellos nada en particular, sino que su advertencia es general y para todos. “Sabéis que los grandes (los jefes) de los pueblos los tiranizan y los oprimen”; es decir, echad una mirada a vuestro entorno: no tenéis más que contemplar el mundo y las relaciones entre las personas, los ricos con los pobres, los señores con sus siervos... Allí donde hay poder hay luchas, y donde hay dinero hay intereses y ambiciones. Todo ello en vez de humanizar al ser humano lo envilece, y las grandezas que se anhelan conllevan la degradación de los más débiles.

       El seguimiento de Jesucristo sólo se puede realizar por el camino que él mismo ha recorrido y no existe ningún otro. Ese camino es el servicio y la búsqueda del bien común. Es la entrega de la propia vida por amor a los demás y no exigir nada a cambio de ella. Es el camino del abandono de uno mismo para anteponer las necesidades de los más humildes y pobres.

       Esta opción de vida cristiana puede parecernos demasiado exigente en un mundo donde se nos está educando en la primacía del bienestar personal sobre todo lo demás. Y sin embargo quienes han sido fieles a la llamada de Dios nos han demostrado una felicidad inmensa en sus rostros, en esa vida vivida en plenitud desde el servicio.

       Y es que como nos dice San Pablo, nuestro Sumo Sacerdote, Cristo, no es incapaz de compadecerse de nuestras debilidades, al contrario, él mismo ha sido probado en todo y por eso conoce nuestra masa y nos ama como somos. Y porque nos conoce y nos ama nos da su confianza y su gracia para que desarrollemos la enorme capacidad que ha puesto en nuestros corazones el Creador. Unos dones que entregados con amor a los demás son capaces de cambiar el rumbo de la historia. Así lo han manifestado vidas sencillas que hemos tenido la dicha de conocer y admirar. Vidas gastadas generosamente y silenciosamente en lugares lejanos y sumidos en la miseria más absoluta; son las vidas de nuestros misioneros y misioneras, que en este día del Domund agradecemos a Dios como un don de su amor a la humanidad entera.

La jornada del Domund es mucho más que un gesto de solidaridad.

El Domund ante todo es la propagación universal de la fe, a las gentes y pueblos que desconocen el amor de Dios porque nadie les ha revelado a Jesucristo el Señor.

Este es el centro de la vida del misionero; anunciar a Jesucristo muerto y resucitado, que sigue sembrando amor y esperanza en todos los lugares de la tierra. El misionero desarrolla su vocación en este anuncio explícito de Cristo a las personas que lo desconocen, o que tienen una idea difusa del Señor y su mensaje. Y después, porque la fe se ha de concretar en las obras, también ejercen la solidaridad material con aquellos que carecen de lo necesario para vivir con dignidad.

No podemos reducir la jornada del Domund a un espacio de solidaridad material olvidando la dimensión evangelizadora. Los cristianos, viviendo en coherencia nuestra fe en Jesús, compartiendo la experiencia vital del seguimiento de Cristo, es como podemos y debemos experimentar la dimensión fraterna del amor compartiendo nuestros bienes con aquellos que carecen de ellos. Y aunque los bienes materiales son necesarios para vivir, el bien de la fe es indispensable para nuestra salvación.

En este día de fiesta acercamos al altar del Señor la vida y la entrega de nuestros misioneros, auténticos heraldos del evangelio cuyas vidas nos recuerdan que siguen existiendo espacios donde la Palabra de Dios aún no ha sido revelada. De este modo nosotros nos hacemos solidarios con su misión, y nos comprometemos con ellos para que la Luz de Cristo ilumine la vida de aquellos que lo buscan con sincero corazón.

Y también desde nuestra realidad cotidiana, pedimos al Señor que nos ayude a ser misioneros de este primer mundo, que olvidando muchas veces sus raíces cristianas, se va echando en las manos de los ídolos del dinero, del egoísmo y de la ambición.

Hoy no están tan lejos de nosotros los espacios de increencia. En ocasiones es mucho más difícil hablar de Dios a quienes por inconstancia o desidia, voluntariamente le han dado la espalda, que a quienes lo desconocían porque nadie les había hablado de él

Pidamos en esta eucaristía que poniendo ante el Señor nuestra vida confiada, sintamos cómo la fuerza de su Espíritu nos sigue enviando para ser en medio del mundo sal y luz que haga germinar la semilla de su Reino.

viernes, 9 de octubre de 2015

DOMINGO XXVIII T.O. - SOLEMNIDAD DE LA VIRGEN DE BEGOÑA


SOLEMNIDAD DE NTRA. SRA. LA VIRGEN DE BEGOÑ
11-10-15 (DOMINGO XXVIII T.O.)
En este domingo celebramos la solemnidad de la Madre de Dios de Begoña, y así tenemos la ocasión de poder venerar y honrar a la que sin duda es tenida por todos los cristianos de Bikaia como Madre y Patrona.
Esta vinculación profunda de todos nosotros con Ntra. Sra. de Begoña, se debe ante todo al afecto y el cariño que nuestras madres y padres nos han sabido transmitir hacia ella desde nuestra más tierna infancia. Sigue siendo costumbre elocuente, el que cada 15 de agosto, al celebrar la Asunción de la Virgen, miles de vizcaínos nos congreguemos a lo largo de la jornada ante nuestra Amatxo, para presentarle nuestras vidas con amor y sencillez, confiando con filial afecto en que ella sigue extendiendo su manto para darnos protección y cobijo. Y es muy significativo que a esta fiesta acudan familias enteras, padres con sus hijos, en un gesto que además de mantener una entrañable tradición, transmite de generación en generación el tesoro precioso de la fe.
La Virgen de Begoña es para nuestra diócesis de Bilbao la principal advocación mariana, símbolo de fraternidad cristiana y modelo en el seguimiento de Jesucristo. Es la imagen que transmite de forma permanente y serena que el contenido de la fe es el fruto bendito de su vientre que a todos nos muestra desde su regazo. La Madre de Dios de Begoña nos presenta en toda ocasión al Señor Jesucristo, que en su imagen de niño, acoge con misericordia y ternura a todos los que peregrinamos en este valle de lágrimas y esperanzas.
Por eso al contemplar hoy a Ntra. Señora, lo hacemos a la luz de la Palabra de Dios que se nos acaba de proclamar. María junto a su esposo y su hijo, acude a las fiestas de Pascua en Jerusalén, y al regresar de las mismas hacia su pueblo, se encuentra con que han perdido a Jesús. La angustia experimentada la recoge el evangelista S. Lucas: “Hijo, ¿por qué nos has tratado así? Mira que tu padre y yo te buscábamos angustiados”.
Y la respuesta del niño no es ni mucho menos un desplante hacia los padres, sino una constatación de lo que va a ser el desarrollo de su vida y misión: “¿No sabíais que yo debía estar en la casa de mi Padre?”
El texto concluye con la actitud vital de María ante las cosas de Dios; “Su madre conservaba todo esto en su corazón”.
S. Lucas es el evangelista que más nos habla de María. Comienza su evangelio con la intervención de Dios en la historia preparando la Encarnación de su Hijo. Después de abrir el camino al nacimiento de Juan el Bautista, su precursor, se va a dirigir a María para llamarla a una vocación, por una parte muy normal y común, la maternidad, pero por otra una vocación única e irrepetible, la Maternidad Divina.
Sus planes de formar una familia junto a José no son en absoluto despreciados por Dios, pero sí van a ser transformados de forma radical. Lo primero porque ella ha encontrado gracia ante Dios, de tal manera que su vida está colmada de dicha en el Señor. La adolescente que desde niña había crecido en el ambiente del amor divino, ahora se encuentra preparada para acoger con confianza la propuesta de su Señor, de modo que puede decir con libertad y entereza, “aquí está la esclava del Señor”.
Después de este episodio el evangelista narrará la visita a su prima Isabel, la cual la llamará “bendita entre las mujeres”. Tras el nacimiento de Jesús y el asombro ante lo que los pastores y los Magos profetizan de su hijo, se verá forzada a vivir la huída y el exilio por la amenaza de perderlo a manos de Herodes.
María como cualquier madre lucha sin dudarlo por su hijo. Pero además se va haciendo consciente de que la misión anunciada por el ángel en el momento de concebirlo se ha de abrir paso de forma silenciosa e inevitable. Por eso las palabras del niño, aunque probablemente le sorprendieran, no le extrañaron tanto. Más bien se preparaba para comprenderlas en toda su amplitud y así poder seguir los pasos de su hijo desde el pesebre de Belén hasta el patíbulo de la Cruz en Jerusalén.
Contemplar de este modo a María nos ha de llevar a descubrir en ella no sólo la grandeza de su maternidad divina, sino sobre todo la fidelidad y entrega de su discipulado. Ninguno de nosotros podremos experimentar jamás los sentimientos de la Madre de Dios, pero sí podemos compartir con semejante alegría y confianza su experiencia de discípula del Señor.

María recibió de manos de su Hijo el testamento de ser la Madre de todos los creyentes. En la hora de la muerte y cuando apenas quedaban momentos para dar instrucciones a nadie, Jesús dona con generosidad a su propia madre para que nos acoja a nosotros como a él mismo. “Mujer ahí tienes a tu hijo,/.../ ahí tienes a tu madre” (Jn 19,26-27)

En la entrega de María como madre nuestra, Jesús no sólo intercedía para que también ella perdonara a los causantes de su suplicio, además le encargaba que nos acogiera con el mismo amor y misericordia que sentía hacia él. Y María aceptaba una vez más la nueva misión que Dios le solicitaba por medio de su Hijo, aunque este nuevo escenario fuera tan radicalmente distinto de aquel de Nazaret donde dio su primer sí.

Qué gran intercesora y compañera de camino nos ha dado el Señor. Cuanto amor podemos tener la dicha de sentir quienes somos hijos de María, porque ella nos ha engendrado con los dolores de la Pasión de su Hijo, mucho mayores que los sufridos para darle a luz a él.

Por eso podemos tener la absoluta confianza de que si bien la salvación nos viene sólo por la muerte y resurrección de Jesucristo nuestro Señor, quien nos puede preparar adecuadamente para acogerla con un corazón bien dispuesto es la mujer en quien esa gracia se ha dado de manera desbordante.

Los cristianos no estamos solos en el camino de la fe. El Señor camina a nuestro lado “todos los días hasta el fin del mundo” (Mt 28, 20), y además nos ha entregado a su Madre Santísima como apoyo y pilar en esta apasionante experiencia de ser discípulos del Señor resucitado.

Hoy nos sentimos agradecidos por la Madre de Dios de Begoña, quien a lo largo de los siglos ha acompañado y sostenido la fe de nuestro pueblo. Una fe que a pesar de las dificultades de antaño y de las del presente, sigue queriendo vivir en fidelidad a Jesucristo para el bien de nuestros hermanos.
Por eso con filial confianza podemos pedir a la Virgen de Begoña una vez más, que mire a su pueblo que sube hasta sus plantas, y que lo mire y lo proteja con amor.

viernes, 2 de octubre de 2015

DOMINGO XXVII TIEMPO ORDINARIO


DOMINGO XXVII TIEMPO ORDINARIO
3-10-15 (Ciclo B)

Las lecturas de este domingo, en especial la primera y el evangelio, centran su atención sobre lo que constituye el núcleo de la realidad familiar, el amor de los esposos, la relación establecida por Dios entre el hombre y la mujer, en aras a la complementariedad de sus vidas y al mutuo desarrollo de su existencia.

Tema de permanente actualidad, porque ese deseo de Dios expresado en el libro del Génesis como origen de la creación, donde se establece la alianza nupcial entre el hombre y la mujer, ha sido en nuestros días seriamente transformado.

Desde cualquier planteamiento antropológico, y ciertamente desde las realidades culturales más antiguas, podemos observar cómo la institución familiar pasó por momentos de aceptación de la poligamia, para asentarse de forma definitiva en una realidad monógama, donde la unión entre un hombre y una mujer, no sólo garantiza la supervivencia de la especie, sino que ha sido entendida como la complementariedad que ambos sexos necesitan para su pleno desarrollo humano.

De tal modo ha sido importante esta realidad matrimonial que costumbres, tradiciones y leyes han avalado y protegido este vínculo, conscientes de su trascendencia social y humana.

Así nosotros, herederos de una tradición bíblica e iluminados por la palabra de Jesucristo, seguimos valorando la unión entre el hombre y la mujer, como el fundamento de la existencia humana, y la manifestación visible del amor generoso y entregado del uno para con el otro, que encuentra su máxima expresión en la transmisión de la vida a los hijos, fruto de ese amor.

Todos somos conscientes del valor de la familia, de ese núcleo personal en el que hemos nacido a la vida, en el que también hemos crecido rodeados del amor de nuestros padres, y desde el que nos hemos desarrollado como personas adultas. Todos sabemos lo que supone tener un padre y una madre que nos han querido, y también comprendemos la enorme pérdida que supone el carecer de alguno de ellos, sobre todo en las edades más tempranas.

Por todo ello la Iglesia, en su grave responsabilidad de iluminar la vida de los creyentes a la luz del Evangelio de Jesucristo, no ha cesado en hacer múltiples llamamientos en defensa de la familia, de la protección que hace de la vida de sus miembros desde el momento de su concepción hasta su muerte natural, y en la sacramentalidad del matrimonio como algo propio y exclusivo entre un hombre y una mujer.

Y es que la comunidad eclesial ni es dueña de la Palabra de Dios, ni puede interpretarla conforme a su voluntad y mucho menos manipularla por la presión que pueda infringir una determinada ideología imperante. Porque  una cosa es que tengamos que respetar las diversas formas de entender la vida, y otra muy distinta anular la realidad familiar en aras a una ideologizada defensa de derechos más que cuestionables.

Todos tenemos, ciertamente, derecho a vivir conforme a nuestros principios morales y antropológicos, y nadie puede juzgar ni marginar por ello, a quienes han optado por una convivencia distinta a la suya. Las marginaciones homófobas y excluyentes están fuera de toda justificación, y el respeto a la dignidad de los demás es una exigencia cristiana.

Pero una cosa es el derecho a desarrollar la vida adulta como cada uno lo considere conforme a sus convicciones, y otra muy distinta el derecho a la paternidad o maternidad. La vida humana es un don de Dios, un regalo fruto del amor de los padres que han podido transmitir esa vida distinta de la suya y que no les pertenece. Por esta razón no existe ningún derecho a ser padre o madre, sino que en cualquier caso es un regalo que supera su voluntad.

 Este respeto a la vida del nuevo ser, nos ha de llevar a evitar cualquier manipulación que ponga en peligro su normal desarrollo, porque desde el momento en el que ha sido concebido, ya no es una parte de mi ser sino alguien distinto de mi, y que en su debilidad y dependencia necesita y merece mayor respeto y cuidado.

Ciertamente hay matrimonios que no pueden tener hijos, y que sienten esa falta con gran dolor por el mucho amor que podían entregar y que la naturaleza se lo ha denegado. Para ellos el camino de la adopción se abre como una puerta de esperanza, en la que no sólo van a encontrar el desarrollo de toda su capacidad de padres, sino que además, y pensando en el niño, van a dar un hogar y un entorno familiar digno a unas criaturas que carecían de ello.

Porque no olvidemos que si bien no es un derecho del adulto el ser padre o madre, sí es un derecho del niño el tener padre y madre que le quieran, le cuiden y le ayuden en su desarrollo como persona.

Los gobiernos tienen la capacidad de hacer las leyes, pero dicha capacidad legislativa no siempre conlleva la justicia, y su autoridad moral queda seriamente dañada cuando al querer otorgar derechos inexistentes e innecesarios, malogra y perjudica derechos fundamentales y universales.

Ciertamente la realidad matrimonial y familiar pasa por momentos de grandes dificultades. Cada vez son más frecuentes las rupturas entre los esposos y las uniones con nuevas parejas. Los niños reparten su tiempo entre el padre y la madre. Y por muy acostumbrados que podamos estar a ello, sabemos que siempre, detrás de cada ruptura hay dolor y sufrimiento para todos, y en este sentido la comunidad cristiana debe saber acompañar para en la medida de lo posible ayudar a superar las dificultades, y también acoger a quien atraviesa por ellas con sencillez y comprensión.

Como nos dice Jesús en su evangelio, muchas veces es la dureza de nuestro corazón la que nos impide reconciliarnos y superar las barreras que nosotros mismos ponemos en el camino del amor.

Los egoísmos, las individualidades, la falta de comunicación, la frivolidad e irresponsabilidad, nos llevan a situaciones irreversibles que no sólo nos cuestan la felicidad a los adultos, sobre todo tiene graves consecuencias para los hijos que se convierten en las víctimas silenciosas de todo ello.

La familia es el gran tesoro que todos poseemos, y por el que merece la pena entregarse a fondo perdido. De su salud depende nuestra dicha y si ésta nos falta nuestra desgracia es inmensa.

De esta realidad familiar no podemos excluir a Dios. Si ante los problemas y dificultades prescindimos de él, nuestra soledad y debilidad son absolutas.

Dios bendice la unión de los esposos cuando éstos se prometen amor, fidelidad y respeto, y si el matrimonio es vivido desde esta conciencia de ser bendición de Dios, y cada día en medio de la oración de los esposos es presentado al Señor con confianza, seguro que las dificultades se superan fortaleciendo aún más los vínculos de ese amor prometido.

Si todas las bodas son hermosas porque en ellas se enuncia el amor como proyecto confiado, mucho más lo son las celebraciones de las bodas de plata y oro, manifestación del camino recorrido y expresión de un amor probado.

Hoy comienza en Roma el Sínodo de la Familia, vamos a pedir a Dios para que los Padres Sinodales estén asistidos por el Espíritu Santo de manera de manera que sepan dar respuesta a los grandes interrogantes que se ciernen sobre la vida familiar, y con su palabra alienten a todos los matrimonios, para que sean vividos como la preciosa vocación a la que han sido llamados. Que el Señor fortalezca sus momentos de debilidad, y que puedan encontrar en la comunidad cristiana el espacio donde alimentar su fe, esperanza y amor conyugal.

sábado, 26 de septiembre de 2015

DOMINGO XXVI TIEMPO ORDINARIO


DOMINGO XXVI TIEMPO ORDINARIO
27-09-15 (Ciclo B)


                   Un domingo más somos invitados por el Señor a compartir el gozo de nuestra fe, alimentándola con el pan de su Palabra y de su Cuerpo y su Sangre. Y esta Palabra de hoy nos ayuda a contemplar con verdad, la realidad de nuestra manera de vivir la dimensión comunitaria de la fe, bien sea en aquel pueblo en marcha hacia la tierra prometida, sea en la actual comunidad eclesial. La primera lectura habla de la donación del Espíritu de Dios a los setenta jefes del pueblo en camino por el desierto. En el Evangelio se reflejan ciertos aspectos de la vida de los discípulos y de los primeros cristianos en sus relaciones internas y con aquellos que todavía no pertenecían a la comunidad cristiana. Santiago se dirige al final de su carta a los miembros ricos de la comunidad para recriminar su conducta y hacerles reflexionar sobre ella a la luz del juicio final.

                   Lo primero que salta a los ojos, leyendo los textos de hoy, es que la comunidad cristiana primitiva y ya antes la comunidad judía del desierto están marcadas por la limitación e imperfección. Resulta llamativa la actitud de recelo respecto de quienes no pertenecen al propio grupo sea por parte de Josué: "Mi señor Moisés, prohíbeselo" (primera lectura) sea por parte de Juan: "Maestro, hemos visto a uno que expulsaba demonios en tu nombre y no viene con nosotros y tratamos de impedírselo" (Evangelio). Otro punto es el escándalo que algunos miembros "fuertes" y "grandes" de la comunidad dan a los "pequeños", poniendo en peligro su fe sencilla y su misma pertenencia a Cristo. Entre quienes causan un escándalo especialmente grave están los ricos, que ponen su seguridad en sus riquezas y alardean de ellas ante los pobres. Pero además el apóstol va a denunciar su injusta forma de enriquecimiento, porque se aprovechan abusivamente de los pobres, no pagando diariamente el salario a los obreros, entregándose al lujo y a los placeres, pisoteando en perjuicio del pobre la ley y la justicia (segunda lectura). Aprendamos una cosa: ninguna comunidad cristiana concreta está exenta de debilidades y miserias. Cuando la comunidad eclesial resulta a las claras tan imperfecta nos ha de hacer vivir más conscientes de que es el Espíritu de Dios, y no nuestro interés, el alma que la vivifica y santifica con su presencia y sus dones.


                   Ante todo, se ha de recalcar la gran apertura de espíritu de Jesucristo frente a quienes no pertenecen al grupo, a la comunidad creyente y sin embargo realizan gestos cargados de caridad y justicia; a quienes así obran, y además lo hacen en el nombre del Señor, Jesús les dice "No se lo impidáis". Este comportamiento de Jesús halla su prefiguración en el de Moisés, al saber que su espíritu ha sido comunicado a Eldad y Medad que no pertenecían al grupo de los setenta, y ante la oposición que le plantea Josué, responderá con claridad: "¿Es que estás tú celoso por mí? ¡Ojala que todo el pueblo de Yahvé profetizara porque Yahvé les daba su espíritu!".


Jesús motiva su postura con dos reflexiones importantes:

1) Quien invoca su nombre para hacer un milagro, no puede luego inmediatamente hablar mal de él. La persona de Jesús ejerce un influjo universal, no puede quedar encerrada dentro de los límites humanos.

2) Quien no está contra nosotros, está con nosotros. Y esto es verdad, incluso cuando no se pertenece a la misma comunidad de fe. Por otra parte, dentro de la comunidad las relaciones entre los diversos miembros han de regirse por el mandamiento de la caridad. Esa caridad que podríamos llamar "pequeña", ha de ser  la moneda corriente para la convivencia diaria. Jesús pone el simple ejemplo de dar un vaso de agua con la intención de vivir la caridad cristiana. Otra forma de vivir la caridad es evitando el escándalo. Por amor hacia el hermano uno debe estar dispuesto a acabar con cualquier cosa que lo pueda dañar. Así, en las relaciones entre cristianos, máxime si se pertenece a la misma iglesia local, debe reinar también la justicia entre los empresarios y los asalariados. Los ricos, por su parte, han de ser muy conscientes de que sus riquezas no son tanto para gozarlas y despilfarrarlas egoístamente, cuanto para vivir responsablemente poniendo sus bienes al servicio de los necesitados.   
                   En el catecismo de la Iglesia se nos enseña que "Una teoría que hace del lucro la norma exclusiva y el fin último de la actividad económica es moralmente inaceptable. El apetito desordenado de dinero no deja de producir efectos perniciosos. Es una de las causas de los numerosos conflictos que perturban el orden social” (C.E.C. 2424). Y bien podríamos concluir, que la crisis que actualmente padecemos, y que tantos parados origina, es consecuencia de este desorden y ambición desmesurada.


               El Espíritu es el alma de la Iglesia, que la regenera y configura a la persona del Señor Resucitado. Por eso es posible confiar en las posibilidades de conversión que cada uno de sus miembros puede realizar en su vida, incluso aquellos que tanto peso cargan por su pecado de avaricia y codicia.

               Qué necesario se hace en nuestros días ampliar la mirada más allá de las propias necesidades o intereses. No podemos echar la culpa de todos los males sólo a los que de forma evidente ostentan tanta riqueza. En el fondo todos nosotros participamos del mismo pecado aunque sea a menor escala porque menor es nuestro poder, y no porque menor sea nuestro deseo. Junto a la acción del Espíritu y mezcladas con ella están las acciones humanas, con todas sus limitaciones. Por eso, es necesario el discernimiento, para saber distinguir y separar lo que el Espíritu del Señor quiere realizar en nuestro corazón y cuyos frutos serán la concordia, la generosidad y la misericordia para con los demás, de aquello que nos aleja y divide fruto del egoísmo.

               Pidamos en esta eucaristía que el Espíritu del Señor reavive en nosotros el don del amor fraterno para que seamos sensibles a las necesidades de nuestros hermanos más débiles, especialmente en estos tiempos adversos. Y que este mismo Espíritu sane el corazón enfermo de quienes están sumidos en el materialismo pernicioso causante de la desigualdad y la injusticia. No sea que como concluye el apóstol en su carta, un día el Juez del Universo les tenga que  decir “os habéis cebado para el día de la matanza”.

 

sábado, 19 de septiembre de 2015

DOMINGO XXV TIEMPO ORDINARIO


 
DOMINGO XXV TIEMPO ORDINARIO
20-09-15 (Ciclo B)

Un domingo más nos reunimos para celebrar nuestra fe, realizando la acción más importante que como cristianos podemos vivir, participar de la mesa del Señor, que reparte su Cuerpo entre nosotros, y derrama su Sangre como entrega absoluta en el amor.

Pero la Eucaristía se ha de centrar en la Palabra proclamada, y a la luz de ella, contemplar nuestra vida desde los ojos de Dios. Así hoy recibimos una clara llamada a vivir la fidelidad a Cristo asumiendo que conllevará también la aceptación de las dificultades y de la cruz.

Resulta extraordinaria la experiencia que el libro de la Sabiduría nos presenta. Con una sencillez nítida, nos expone la visión que el malvado tiene del justo. Según él, el justo se opone a las acciones del mal, lo denuncia y reprende la injusticia. El justo declara que conoce a Dios y se reconoce hijo de Dios. Lleva una vida distinta de los demás y su conducta es diferente, apartándose de las sendas por las que transita ese mal. Se gloría de tener a Dios como Padre, y sabe que su final es participar de su gloria. Una vida así da grima, y repugna a quien opta en su ser por el mal y vive sumido en él.

Es más, el libro de la Sabiduría prosigue mostrando la resolución que toma el malvado respecto del justo: “si el justo es hijo de Dios, Él lo auxiliará y lo librará del poder de sus enemigos; lo someteremos a la prueba, a la afrenta y a la tortura”.

Es terrible esta realidad, y sin embargo qué cierta se nos presenta en medio de nuestro mundo.

Este libro sagrado no hace más que mostrarnos en toda su radicalidad una de las realidades más claras y permanentes en nuestro vivir. La relación entre la fe y la vida del creyente, con el mal y la cruz como consecuencia del mismo.

Y desde una mirada superficial, parece claro que si Dios es tan bueno y nos ama, y nosotros somos sus hijos, ningún mal puede acechar nuestra existencia. O dicho con las palabras del hombre increyente, dado que el mal afecta a todos por igual, a buenos y malos, justos y pecadores, eso quiere decir que todos estamos sometidos a un mismo destino y que Dios no cuenta para nada en él.

Para poder comprender con vitalidad evangélica esta realidad humana y cristiana, tenemos que detener nuestra mirada en Jesucristo. En su subida a Jerusalén, anuncia sin reparos lo que el cumplimiento de la voluntad del Padre le va a suponer; “El Hijo del Hombre va a ser entregado en manos de los hombres, y lo matarán; y después de muerto, a los tres días resucitará”.

Jesús asume con libertad la totalidad de su existencia. Vivir desde Dios y para los demás, conlleva aceptar el sacrificio del amor. Porque amar de verdad y sin reservas, supone vivir desde el otro, entregando la totalidad de la vida y vaciándose por completo en favor de la persona amada.

Cristo no nos ha amado a medias, en los ratos libres de una vida reservada para sí. Cuando Jesús se acerca a las personas, su amor y misericordia lo vacían de sí mismo para llenar la existencia del enfermo, del esclavo, del pecador o del marginado, de una ternura y bondad tales, que transformará para siempre sus vidas sanando, liberando, perdonando y devolviendo la plena dignidad de los hijos de Dios.

Y cuando el amor se entrega de esta manera, también asume con libertad y fidelidad los costes que conlleva y que pasa por el servicio y el sacrificio. Porque el amor, cuando es verdadero, duele, y ese dolor lo damos por bien sufrido cuando es en favor de aquellos que amamos.

El anuncio de la Pasión de Jesús, sorprende a los discípulos hasta el punto de no atreverse a preguntarle. Sus palabras son tan radicales y la respuesta que le dio a Pedro cuando intentó disuadirle fue tan fulminante, que cualquiera se atreve ahora a decir nada al respecto. (No olvidemos que el domingo pasado, cuando Jesús les pregunta sobre lo que la gente dice a cerca de él, y les plantea quién es Jesús para ellos, Pedro muy resuelto le manifiesta que él es el Mesías. Pero cuando anuncia por primera vez su pasión, éste intenta disuadirle, a lo que Jesús responde con un rotundo “apártate de mí Satanás, porque tú piensas como los hombres no como Dios”).

Pues bien, en esta ocasión, al volverles a repetir que su vida, vivida en fidelidad y en profunda unidad con el Padre Dios, le va a llevar a tener que entregarla hasta sus últimas consecuencias, ellos prefieren desviar la atención sobre quién es el más importante en el Reino.

Y Jesús no reprocha su falta de sensibilidad, por no haberle hecho el menor caso en ese abrir su corazón al mostrarles su gran preocupación. Es más, dado que tanto les preocupa quién será el mayor en el reino de Dios, les va a contestar con paciencia y claridad: “quien quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos”. Y por si todavía no queda clara su respuesta, la acompaña de un gesto inequívoco al colocar en el centro a un niño. Todo lo que significa un niño de inocencia, dependencia, desvalimiento y ausencia de poder u honor, quién así se presenta ante Dios, con su debilidad y sencillez, ese será el primero.

Las cuentas de Dios no son como las nuestras. El no mide ni valora su amor y su misericordia en función de nuestros parámetros o intereses. El seguimiento de Jesucristo supone vivir como el justo descrito en la primera lectura, poniendo toda nuestra vida en las manos del Señor, haciendo que sea Él el fundamento de la misma, a pesar de que también nosotros vamos a sufrir la incomprensión, la burla, el rechazo e incluso la persecución por parte de quienes no aceptan voces discordantes que denuncien su injusticia y maldad.

Así por ejemplo, cuando los cristianos defendemos la vida en medio de una cultura de muerte y egoísmo, y nos definimos con valentía contra el aborto, la eutanasia, y la opresión de los débiles, la necesidad de responder con urgencia a las personas que huyen de la guerra o de la miseria, debemos asumir los costes que nuestro compromiso creyente conlleva. Y si los gobiernos o los poderosos imponen leyes que en conciencia consideramos injustas, deberemos asumir los costes de su legítima desobediencia. Porque hay que obedecer antes a Dios que a los hombres.

Esta es la cruz que también nosotros debemos estar dispuestos a asumir como precio de nuestra fidelidad, porque la llevamos junto al Señor en el camino de la vida. Y podemos cargar con ella, porque es el mismo Cristo quien nos sostiene y conforta.

Pidamos en esta eucaristía, que la unidad de los hermanos nos sostenga en las adversidades, porque la fe compartida y vivida en comunión, sostiene la esperanza en medio de la prueba.

Que Santa María la Virgen nos ayude en esta lucha continua de vivir en coherencia nuestra fe, a pesar de las dificultades de la vida.

sábado, 12 de septiembre de 2015

DOMINGO XXIV TIEMPO ORDINARIO


DOMINGO XXIV TIEMPO ORDINARIO
13-09-15 (Ciclo B)


         Acabamos de escuchar un evangelio sobradamente conocido por todos ya que es de esas escenas que se repiten en los tres evangelistas llamados sinópticos (Mateo, Lucas y Marcos), y que en los tres ciclos litúrgicos se nos proclaman.

San Marcos sitúa este pasaje en el centro de su evangelio, justo cuando Jesús ha concluido el tiempo de anunciar el Reino de Dios junto a sus discípulos por tierras de Galilea, y se dispone a consumar su misión en Jerusalén. Por eso además de preguntarles sobre la imagen que de él tienen, les va a anunciar la proximidad de su pasión.

Situándonos nosotros en el centro del relato, y una vez interrogados sobre la persona del Señor, seguro que no hubiéramos diferido demasiado de la respuesta de Pedro “Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios”. Nuestra experiencia de fe, que en cada momento de la vida hemos ido madurando con la asistencia del Espíritu Santo, así nos lo revela. Jesús es el Hijo de Dios, nuestro Mesías y Salvador.

Pero la pregunta, Jesús la formula de manera más abierta. “¿Quién dice la gente que soy yo?” Y bien podríamos detenernos un momento en responderla desde nuestra realidad inmediata. Si preguntáramos a muchos que se consideran cristianos hoy en día, que están bautizados, y que en su momento asistieron a una primera iniciación cristiana, pero que a la vez se manifiestan como no practicantes, su respuesta no sería muy distinta de la de aquellos contemporáneos de Jesús. Para muchos, Jesús fue un buen hombre, que hizo cosas buenas, cuyos valores de justicia y solidaridad enganchan a muchos, y que murió en la cruz de manera injusta y cruel.

Y aún siendo verdad, es muy poco. Se queda en la superficie de una humanidad entregada a los demás pero que terminó en un estrepitoso fracaso. Hablan de un hombre, pero que realmente desconocen.

Por eso la pregunta directa a los discípulos es fundamental, es decir, la pregunta a cada uno de nosotros.

Y no basta con reconocer en Jesús a una persona excepcional, con unas cualidades humanas extraordinarias y que cautivan el corazón.

Pedro junto a sus hermanos apóstoles, ha experimentado esa atracción de Jesús desde los comienzos de su relación personal. A cada paso recorrido, más cautivado se sentía por este hombre que un día lo llamó junto al lago de Galilea. Pero lo que ha hecho que siga a su lado contra todos los inconvenientes y dificultades, no sólo es su humanidad, sino la naturaleza escondida en su ser y que revela a Alguien mucho mayor que un simple hombre. De ahí su confesión de fe y su adhesión más íntima “Tú eres el Mesías”.

Quienes hemos llegado a esta confesión en nuestra vida, podemos decir con sencillez y gratitud que hemos completado un primer camino de madurez cristiana. No somos seguidores de un profeta, ni de un buen hombre, sino discípulos del Señor, del Hijo de Dios.

Y llegar a esta conclusión conlleva consecuencias inmediatas, como las que tuvieron que experimentar aquellos apóstoles de la primera hora. Reconocer a Jesús como el Mesías, el Hijo de Dios nuestro Salvador y Señor, significa que también tenemos que entender su mesianismo de forma adecuada y conforme a su voluntad.

Cuando Jesús empieza a desgranar lo que aquella confesión de fe significaba en realidad, y cómo el Hijo de Dios ha de instaurar su reinado pasando por la cruz redentora, el proyecto que inicialmente había sido recibido con agrado se trunca en decepción. Y la tentación que tantas veces nos invade quiere evitar el camino que Jesús nos muestra para dar un rodeo que rechace la dura realidad de la cruz.

 Es más, al igual que Pedro pretendemos decirle al Señor cómo se deben hacer las cosas, y que tal vez sus modos no son los más acertados en nuestro tiempo.

Esta semana en la liturgia diaria hemos escuchado cómo Jesús llama dichosos a los pobres, a los que lloran y sufren o pasan cualquier penalidad por su causa. Hemos sido invitados a amar a los enemigos y a orar por quienes nos persiguen o violentan, y a no juzgar a los demás si no queremos ser juzgados con igual severidad. Y estas llamadas del Señor las realiza desde esa invitación a “ser perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto”.

El camino que el Señor ha de recorrer, y por el que somos invitados a  acompañarle, conlleva cargar con la propia cruz de cada día, siendo fieles a la misión por él confiada y adoptando en nuestro ser sus mismas actitudes de servicio, entrega, amor y sacrificio.

Tomar caminos alternativos es separarnos del único que nos conduce hacia Él, rompiendo la unidad entre la fe en Jesucristo y la vida que de esa fe debe derivarse.

En definitiva se traduce en lo que el apóstol Santiago denuncia en su carta, “¿De qué le sirve a uno decir que tiene fe, si no tiene obras?”. ¿Es que podemos separar las prácticas religiosas de las consecuencias que de su vivencia se han de extraer?

El anuncio del Evangelio de Jesucristo a sus discípulos no es un compendio de ideas hermosas sobre Dios, ni teorías sobre una mejor marcha del mundo. El Evangelio es la Palabra de Dios encarnada, que materializa la transformación radical de toda la realidad asumiendo con fidelidad los costes, que una vida coherente con este plan salvador, requiere. Y Jesús nos invita a seguirle con la firme promesa de que él acompañará nuestro camino y nos sostendrá en la adversidad.

Si aceptamos su llamada con entrega y confianza, se notará de forma inmediata, ya que nuestra fe en Jesucristo se traducirá en obras de amor y misericordia para con los demás. Obras que en un mar de incertidumbre y penurias, como las que nuestra realidad actual vive, pueden parecer insuficientes, pero que si todos los discípulos del Señor las desarrolláramos con generosidad, seguro que se notaría.

La confesión de Jesucristo como el Mesías y el Salvador por parte de un grupo tan insignificante como aquellos Doce Apóstoles nada presagiaba en su tiempo. Es más el anuncio de la pasión y muerte de Jesús no hacía sino agudizar la sensación de fracaso.

Pero la última palabra de la historia no la pronuncian labios humanos, sino que es Palabra de Dios, y ciertamente la confesión de Pedro es hoy para nosotros fundamento de nuestra fe.

Hoy, en esta eucaristía, pedimos al Señor que nos sostenga en el camino que con confianza deseamos recorrer a su lado. Que al confesar su divinidad no olvidemos nunca la entrega de su persona en favor de los necesitados, los pobres y humildes. Y que aquellos que hoy viven alejados o al margen de la fe, puedan descubrir por la grandeza de nuestras obras el rostro de un Dios que les ama y les invita a ser miembros de su Pueblo Santo. De este modo no sólo viviremos con coherencia nuestra fe en Cristo, además lo estaremos anunciando con la elocuencia de nuestro comportamiento fraterno.