viernes, 31 de mayo de 2024

CORPUS CHRISTI - SOLEMNIDAD

 


 SOLEMNIDAD DEL SANTISMO CUERPO Y SANGRE DE JESUCRISTO

CORPUS CHRISTI 2-06-24

 

       Un año más celebramos la fiesta del Cuerpo y la Sangre de Jesucristo. Memorial de su Pasión, muerte y resurrección, y Sacramento de su amor universal. Precisamente por ese amor entregado para nuestra salvación, podemos unir en esta fiesta del Corpus el día de la Caridad. Al compartir el alimento que nos une íntimamente a Cristo nos hacemos partícipes de su mandato "haced esto en memoria mía", aceptando su envío en medio de los más pobres para compartir con ellos nuestra vida y nuestra fe.

En esta fiesta litúrgica de hoy, la Iglesia nos invita a profundizar en el don inmenso de la Eucaristía. Como nos enseña el Vaticano II, "Nuestro Salvador, en la última Cena, la noche en que fue entregado, instituyó el sacrificio eucarístico de su cuerpo y su sangre para perpetuar por los siglos, hasta su vuelta, el sacrificio de la cruz y confiar así a su Esposa amada, la Iglesia, el memorial de su muerte y resurrección, sacramento de piedad, signo de unidad, vínculo de amor, banquete pascual en el que se recibe a Cristo, el alma se llena de gracia y se nos da una prenda de la gloria futura" (SC 47).

Desde esta fidelidad al don recibido de manos del Señor, no podemos separar la eucaristía de la caridad. Los cristianos que nos reunimos para escuchar la palabra del Señor y compartir el Pan de la vida que él nos da, hemos de prolongar esta fraternidad eucarística en el mundo nuestro, junto a los hermanos que carecen de afecto, de medios, de una vida digna y feliz.

No todo el mundo vive dignamente, de hecho somos una minoría los que en el mundo actual podemos agradecer esta vida digna. La mayoría de la población mundial carece de los recursos necesarios para una subsistencia adecuada. Y en vez de acoger su precariedad para sentirnos solidarios con ellos, muchas veces nos fijamos en aquellos que se enriquecen con facilidad y rapidez poniéndolos como modelos a seguir, y hasta envidiándolos por su opulencia.

Una cosa es luchar legítimamente por alcanzar esa vida digna a la que todos tenemos derecho y otra muy distinta la ambición desmesurada que al final nos endurece el corazón hasta llevarnos al egoísmo y a la idolatría del dinero.

La entrega de Jesucristo en la cruz, nos abre la puerta de la redención. Y aquella entrega viene precedida de una vida sensible para con los necesitados, los enfermos, los pobres y los marginados.

A Jesucristo resucitado se llega por medio de una vida ungida por el Espíritu de Dios para anunciar la Buena Noticia a los pobres, la libertad a los oprimidos, la salud a los enfermos y la salvación para aquellos que acogen este don de Dios.

Cristo nos dejó su testamento en el cual nos ha incluido a todos y no sólo a unos privilegiados. La vida en este mundo es injusta y desigual no porque Dios lo haya querido sino porque nosotros lo hemos causado. Dios no quiere que haya pobres y ricos, rechaza la injusticia que causa este mal, y nos llama a su seguimiento a través del camino de la auténtica fraternidad y solidaridad.

Este testamento de Cristo lo actualizamos cada vez que nos acercamos a su altar. Su Cuerpo y su Sangre entregadas por nosotros, y compartidos con un sentimiento fraterno y solidario, nos unen a la persona de nuestro Señor Jesucristo y a su proyecto salvador. Por eso "cada vez que comemos de este pan y bebemos de este cáliz, anunciamos tu muerte y tu resurrección hasta que vuelvas".

Por eso, cada vez que comemos y bebemos el Cuerpo y la Sangre del Señor, nos unimos vitalmente a Cristo para prolongar con nuestra vida y entrega, su obra misericordiosa en medio de nuestros hermanos más necesitados, a los cuales somos enviados como testigos del amor de Dios.

La caridad no se hace, se vive. No hacemos caridad cuando damos dinero a un pobre, vivimos la caridad cuando nos preocupamos por su vida, buscamos cómo atenderla mejor, y nos esforzamos por acompañarle a salir de su situación para siempre.

Vivir la caridad es prolongar la Eucaristía del Señor, su cuerpo y su sangre derramada por amor a todos, para la salvación de todos. Las palabras que día tras día escuchamos en la Consagración nos muestran que Jesús no economizó su entrega sino que fue universal y por siempre.

Desde aquel momento en el que nacía la Iglesia, ésta siempre tuvo como acción primera y fundamental, unida al anuncio de Jesucristo, la vivencia de la caridad. Atender a los pobres y necesitados estaba unido a la oración y a la fracción del pan de tal manera que no se podía permitir que en la comunidad de los cristianos alguien pasara necesidad.

En esta fiesta debemos también recuperar la conciencia del don que el señor ha puesto en nuestras manos. La Eucaristía hace a la Iglesia y la Iglesia hace la Eucaristía (nos enseña el Concilio Vaticano II). Por eso la celebración eucarística trasciende nuestra realidad local y se une a la vivencia universal de la Iglesia. No podemos celebrar la eucaristía más que en la comunión eclesial, ya que es el Señor quien se hace presente en medio de su pueblo, congregado en la unidad del Espíritu por el vínculo de la paz.

Vamos a pedir en esta Eucaristía que el Señor nos ayude a vivir con gratitud este don esencial para nuestra vida espiritual. Sin eucaristía no hay Iglesia, y por lo tanto la fe se descompone. Esforcémonos también, por recuperar nuestra capacidad solidaria y fraterna para poder compartir con autenticidad el pan de la unidad y del amor.

sábado, 25 de mayo de 2024

SOLEMNIDAD DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD





SOLEMNIDAD DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD

26-5-24 (Ciclo B)

 

Celebramos hoy la fiesta en la que la comunidad cristiana vive de forma unitaria el ser de nuestro Dios. Un Dios que es Padre, Hijo y Espíritu Santo.

Diferentes Persona, presencias y maneras de actuar en la historia del mismo Dios que se hace uno con nosotros, acompaña nuestra vida y nos llena de sentido, alegría y esperanza.

Muchas veces hemos escuchado que la Santísima Trinidad es un misterio. Y es verdad porque todo lo que hace referencia a Dios desborda nuestra comprensión y entendimiento. Todas las personas somos un misterio y siempre hay algo en el otro que nos queda por descubrir. Hemos sido creados distintos, libres, capaces de recrear nuestra realidad y forjarnos nuestro ser y nuestro futuro.

Esta experiencia, siempre novedosa y distante, es mayor si nos referimos a Dios. Nadie puede acapararlo en su mente o en su corazón. Dios siempre escapa a nuestra capacidad de comprensión o de explicación.

Nuestro mayor acercamiento a la realidad divina sólo ha sido posible a través de Jesús. Él es el Hijo de Dios, y como tal nos ha mostrado quién es ese Dios a quién él se dirigía como su Padre. El Dios revelado a nuestros antepasados en la fe, Abrahán, Moisés, David... y anunciado por los profetas, es el mismo a quién Jesús llama Abba, Padre.

Así lo reconocieron los mismos discípulos de Jesús cuando le pidieron que les enseñara a orar. "Cuando oréis hacedlo así, Padre nuestro del cielo...".

Parecía que estaba claro que Dios era padre y sólo eso.

Pero a medida que transcurría la vida de Jesús, aquellos discípulos fueron viendo en él la misma presencia e imagen de Dios. Él era el Hijo amado a quien había que escuchar, seguir y anunciar a todos los pueblos.

La muerte y resurrección de Jesús, es el momento trascendental para aquel grupo de hombres y mujeres creyentes. Jesús no sólo era el Hijo de Dios sino que era el "Dios con nosotros" anunciado por el profeta Isaías. Dios mismo se había encarnado para asumir nuestra condición humana y así llevarla a su plenitud. Y esta experiencia vital hace de los discípulos testigos de la Buena Noticia a la cual entregar su vida con gozo y esperanza.

Pero cómo hemos podido nosotros, casi dos mil años después, llegar a comprender y acoger este don de Dios. Y aquí resuena la promesa del Señor que tras su resurrección anuncia dos acontecimientos, el primero en forma de regalo "recibid el Espíritu Santo", y el segundo en el momento de su Ascensión en forma de promesa, "yo estaré con vosotros todos los días hasta el fin del mundo". El Espíritu Santo es el Dios que permanece a nuestro lado para seguir animando nuestro peregrinar por este mundo.

Es el Dios que nos orienta en la vida para dar testimonio de su palabra y de su Gloria. El Espíritu Santo mantiene viva la llama de la esperanza frente a los momentos de temor, duda o angustia, y es el que nos une de forma vital al Padre Dios a través del Hijo Jesús.

La llamada que cada uno recibimos no es la de elucubrar cómo es el misterio que encierra el ser de Dios en sí mismo, lo realmente importante para nuestras vidas, es descubrir cómo está actuando ese Dios que me ha hecho hijo e hija suyo, en mi vida, en mi entorno personal, familiar y social, y qué me pide en cada momento de mi existencia para entrar en plena comunión con él.

La definición tradicional de la Santísima Trinidad como Tres Personas distintas y un solo Dios verdadero, podemos comprenderla mejor sintiendo que es el mismo Dios quien de manera distinta y a través de su ser paternal y fraterno entrega todo su amor en nuestra historia para realizar en ella su obra salvadora.

Nosotros hemos sido constituidos hijos de Dios, y como hijos, herederos de su reino. Pero también somos mensajeros de su Buena Noticia y es aquí donde la fuerza de su Espíritu Santo nos sigue animando e impulsando en el presente.

Nuestra vida de oración nos ha de unir más a Cristo y a la comunidad para que podamos desarrollar nuestra misión, tal y como él nos la encomendó, "id al mundo entero y anunciad el Evangelio".

por eso es de vital importancia la dimensión contemplativa y orante de la Iglesia. No en vano unida a la fiesta Trinitaria, está la vida de tantos hombres y mujeres cuya vida está dedicada a la oración por la Iglesia y la humanidad entera.

Los monjes y monjas contemplativos han descubierto que en la escucha de la Palabra de Dios, en la profundización de su enseñanza y en el diálogo personal e íntimo con él se pueden realizar plenamente como personas y a la vez ofrecer un generoso servicio al Pueblo de Dios.

Pecado su testimonio y entrega vocacional, todos los servicios y compromisos apostólicos quedarían desvirtuados. No hay entrega cristiana si no viene animada por la acción del Espíritu Santo que nos manifiesta en todo momento cuáles son los cimientos de la fe. Y este pilar central del edificio cristiano no es otro que la vida de oración y de escucha del Señor. Sólo así podremos orientar bien nuestra acción comprometida a favor del Reino de Dios, y bebiendo de la fuente que es Jesucristo, podremos ofrecer a los demás el agua viva que sacia la sed de sentido y de esperanza que tanto ansían.

Hoy pedimos por todas las vocaciones cristianas, solicitando al Señor que siga llamando obreros a su mies, que con generosidad y confianza se entreguen al servicio de los hermanos. Damos gracias a Dios por el don precioso de la vocación contemplativa, que acerca los ruegos y necesidades de los hombres hasta Dios, a la vez que va sembrando con sencillez la semilla del Reino de Dios en medio de este mundo, haciendo germinar espacios de esperanza, amor y paz.

Que en esta fiesta del Señor, sintamos con agradecimiento el don de nuestra fe, y por medio de la oración confiada nos sintamos animados y alentados para ser sus testigos en medio de los hermanos. La fiesta que el próximo domingo celebraremos, nos recuerda dónde está el alimento fundamental de esta vida interior. Que cada vez que participamos del Cuerpo y Sangre de Cristo, sintamos nuestras vidas más unidas a él, y sepamos entregarlas al servicio de su reino.

sábado, 18 de mayo de 2024

SOLEMNIDAD DE PENTECOSTÉS

 


DOMINGO DE PENTECOSTES

19-05-24 (Ciclo B)

 

          Celebramos hoy la fiesta de Pentecostés, el día en el que por la acción del Espíritu Santo la Iglesia de Cristo recibe la gracia necesaria para desarrollar su misión, y es enviada a llevar la Buena noticia del Evangelio de todos los pueblos.

          Si en la fiesta de la Ascensión del Señor recibíamos el mandato misionero, “Id por todo el mundo y anunciad el evangelio....”, hoy recibimos el don del Espíritu Santo de quien dimana la fuerza necesaria para poder desarrollar esta misión desde la fidelidad al amor de Dios y en comunión con toda la Iglesia.

          Pentecostés es la fiesta del Espíritu Santo, el Dios siempre a nuestro lado que sostiene, anima y alienta nuestra fe y nuestra esperanza para que sea germen de inmensa alegría en nuestros corazones y estímulo para seguir siempre al Señor en cada momento de la vida.

          Muchos son los dones que del Espíritu recibimos, sabiduría, entendimiento, consejo, fortaleza, ciencia, piedad, santo temor de Dios, todos ellos orientados a la construcción del Reino de Dios en la comunión eclesial. El Espíritu  Santo es quien anima y da valor en los momentos de debilidad, quien sostiene y alienta ante la adversidad, quien mantiene viva la llama de la esperanza cuando todo parece oscurecerse en nuestra vida, quien nos inunda con un sentimiento de gozo interno desde el que contemplar la vida con ilusión y confianza.

          El Espíritu Santo es quien garantiza que nuestra fe está unida a la vida de Jesús que se hace presente en medio de su Pueblo santo, y quien en cada momento de nuestro existir nos conduce con mano amorosa para vivir el gozo del encuentro personal con él, fomentando la experiencia de la auténtica fraternidad entre todos los hermanos.

          El Espíritu Santo nos une al Padre a través de su amor, y nos hace conscientes de que hemos sido transformados en herederos de su Reino a través de su Hijo Jesús.

          Fue el Espíritu quien acompañó a Jesús en todos los momentos de su vida. El mismo Espíritu que lo proclama el Hijo amado de Dios en su bautismo. Fue el Espíritu Santo quien ayuda a comprender a los discípulos que aquel a quien siguen por Galilea no es un hombre cualquiera, sino que es el Salvador, el Mesías.

          Será el Espíritu Santo quien mantenga en la agonía de Jesús la fuerza para entregar en las manos del Padre el último aliento de su vida. Y es que el Espíritu Santo no deja jamás de su mano a quienes han sido constituidos hijos de Dios.

          Pero esta experiencia personal, profunda y desbordante, la tenemos que vivir en la Iglesia y a través de ella construir nuestra comunidad. Ningún don de Dios es para fomentar el egoísmo personal. Todo don del Espíritu está orientado a construir la comunidad desde la fe, la esperanza y el amor.

          Así vemos, según nos cuenta el libro de los Hechos de los Apóstoles, cómo al recibir el don del Espíritu Santo, los Apóstoles salen a anunciar la Buena Noticia a todos los congregados en Jerusalén, y lo hacen de modo que todos les comprendan.

          Desde el momento de la Creación ha sido voluntad de Dios, que todos sus hijos se salven, para lo cual fue acompañando bajo su mano amorosa a la humanidad de todos los tiempos. Y cuando llegó el momento culminante, envió a su Hijo amado para que por medio de su palabra, su testimonio y la entrega de su vida, todos sintiéramos el amor de Dios y acogiéramos ese don en nuestras vidas.

La vuelta del Hijo de Dios a su Reino, no nos deja abandonados, sigue con nosotros por medio del Espíritu Santo sosteniendo y alentando nuestra esperanza de manera que en nuestro corazón crezca cada día la certeza de participar un día de su promesa de vida eterna.

          Este sentimiento será más fuerte en la medida en que afiancemos en nosotros la comunión eclesial, la unidad fraterna entre los hermanos. La comunión, el sentimiento afectivo de unidad y concordia, es la garantía de que nuestra fe es auténtica. Donde hay división y enfrentamiento, no está el Espíritu Santo; el individualismo y la discordia no están alentados por el Espíritu Santo. Las palabras del Señor “que todos sean uno, como tú, Padre, y yo somos uno”, han de resonar siempre en el corazón de la Iglesia como el único camino para abrirnos al don del Espíritu Santo.

          Hoy volvemos a acoger este don que ya en nuestro bautismo recibimos de una vez y para siempre. En el Espíritu Santo hemos sido hechos hijos de Dios, y aunque ese amor jamás nos será arrebatado, de nosotros depende en gran medida que cada día crezca y madure en lo más hondo de nuestra alma. Así nos llenará de dicha y alegría, nos identificará ante los demás como seguidores de Jesucristo, y nos sostendrá en cada momento de nuestra existencia.

 No en vano en esta solemnidad, celebramos también el día del Apostolado seglar. Multitud de fieles organizados en movimientos y asociaciones laicales, van sembrando el Evangelio de Cristo a lo largo y ancho del mundo, animados por el Espíritu del Señor y deseando vivir con coherencia su fe, celebrándola entorno al Sacramento del Amor de Dios que es la Eucaristía, para que en ella, y desde ella, se vaya configurando una humanidad nueva y esperanzada.

Los cristianos tenemos que vivir con plena consciencia nuestra fe, conociendo en profundidad sus contenidos, en especial la vida del Señor, acercándonos a la Sagrada Escritura con la frecuencia de quien se siente hambriento de la Palabra de Dios, porque sólo Él puede aplacar nuestra sed. Y sobre todo nutrirnos del Pan de Vida que es Cristo que se nos entrega en el Sacramento eucarístico.

 

jueves, 9 de mayo de 2024

SOLEMNIDAD DE LA ASCENSIÓN DEL SEÑOR

 


SOLEMNIDAD DE LA ASCENSION DEL SEÑOR

12-05-23 (Ciclo B)

 

       Con la fiesta de la Ascensión termina la presencia del Señor entre los suyos y nos abrimos a la misión evangelizadora de la Iglesia animados por el Espíritu que recibiremos en Pentecostés. Es esta una fiesta en la que la comunidad cristiana recuerda el momento en el que Jesucristo resucitado culmina su misión en el mundo y regresa al Padre para vivir la plenitud de su gloria.

       El simbolismo de este día, nos quiere introducir en la profundidad del sentido último de nuestra existencia de la cual Cristo es primicia y fundamento. En la Ascensión del Señor, y su vuelta a la plenitud de su gloria antes de su Encarnación, se ilumina el final de la historia de la humanidad donde Dios nos acogerá con su amor de Padre. Jesucristo nos abre el camino, y nos preparará un sitio, para que donde esté él, estemos también nosotros, como nos anunció en su vida terrenal. En la fiesta de la Ascensión, podemos descubrir el final del camino, de la verdad y de la vida del Señor, que nos ha abierto las puertas de la eternidad de forma amplia y generosa.

       Pero a este final glorioso se llega a través de la vida concreta, limitada y frágil, a la vez que confiada y gozosa, de nuestra historia humana. Una historia traspasada muchas veces por el dolor y el sufrimiento que provoca la injusticia, y otras sostenida por la  esperanza de la entrega y la solidaridad de tantas personas que aman de verdad a sus semejantes. Pero sobre todo, una historia compartida por nuestro Dios en la persona de su Hijo, Jesús, camino, verdad y vida, que nos acompaña y sostiene en nuestro peregrinar hacia la meta prometida por el Padre.

       El tiempo pascual que los discípulos del Señor vivieron junto a Él, y que se nos ha aproximado durante estos días a través de la Palabra de Dios proclamada, ha sido ante todo un tiempo de formación personal y espiritual, para afrontar el gran reto que ahora se les presenta. Ser ellos testigos y misioneros del evangelio.

       La muerte de Jesús y su posterior resurrección, fueron dos hechos de tal magnitud que hacía falta un proceso para poder asimilarlo, comprenderlo y confesarlo con fe y gratitud. Los primeros momentos del tiempo pascual nos mostraban las grandes dificultades que tenían para aceptar esa verdad. Las dudas de Pedro y Juan que van corriendo al sepulcro para ver si es verdad lo que dice María Magdalena; Las palabras incrédulas de Tomás que necesita palpar y ver para creer. El silencio de los demás que no se atreven a preguntar en medio de sus dudas e incertidumbres.

       Todo eso requiere ser madurado en el corazón, contrastado por la experiencia de los hermanos y acompañado por el Maestro que sigue vivo, animando y sosteniendo la fe de los suyos. Jesús realiza esta labor catequética para ayudarles a entender y prometerles la gran ayuda permanente del Espíritu Santo que pronto recibirán.

       Este Espíritu completará en ellos la acción salvadora de Dios transformando sus temores en confianza y cambiando sus miedos por el compromiso misionero y evangelizador del mundo.

       En la fiesta de la ascensión de Cristo, se nos está mostrando el destino último de nuestras vidas, el cielo y la tierra se unen en la persona de Jesucristo, y el camino que nos conduce a su gloria se nos ofrece como posibilidad futura y cierta.

       Jesucristo desaparece de su mirada, pero no de sus vidas. El Señor que promete su presencia entre nosotros hasta el fin del mundo, será quien aliente sus trabajos y desvelos.

       Ahora les toca a ellos proseguir con su misión; anunciar la Buena noticia a los pobres, la libertad a los cautivos, la salud a los enfermos y proclamar el año de gracia del señor. El mismo proyecto que Jesús ya anunció en aquella sinagoga de Nazaret.

       Y esta misión evangelizadora cuenta con un gran potencial, la experiencia de ser testigos de lo acontecido. Ellos no hablan por puro sentimentalismo, ni defienden una idea vacía; ellos son testigos de una persona con la que han compartido su vida y que los ha transformado interiormente llenándoles de gozo  de esperanza y haciendo de ellos hombres y mujeres, nuevos, libres, entregados y dichosos.

       Todo ello desde la convicción de que el Reino de Dios no es de este mundo, y por eso Jesús vuelve al lugar que le corresponde. Pero sabiendo que ese Reino ha de comenzar en este mundo y que lo que pasa en la tierra no le es indiferente al Creador. Por eso no podemos desentendernos del presente ya que esa falta de amor y entrega a la obra realizada por Dios, nos haría indignos herederos de su promesa.

       “Vosotros sois testigos de esto”. Testigos de la vida de Jesús, de su entrega, de su palabra y de su resurrección. Jesús nos envía ahora a cada uno de nosotros para prolongar su reinado cambiando radicalmente el presente para acercarlo al proyecto de Dios.

       Jesús abrió con su vida un camino de esperanza y al acoger en su cruz a todos los crucificados por el sufrimiento y la injusticia, nos introduce en su mismo reino de amor y de paz. Esta esperanza que nos mantiene y fortalece se verá sostenida y fundamentada por la acción del Espíritu Santo que recibiremos en Pentecostés.

Que él nos ayude para seguir trabajando por transmitir esta fe a nuestros hermanos más alejados  a fin de que ellos también sientan el gozo y la alegría que nos da el Señor. Y que nuestra entrega generosa y confiada sirva para sembrar la paz y la justicia entre nosotros, sabiendo que el Señor está y estará junto a nuestro lado todos los días hasta el fin del mundo.

miércoles, 1 de mayo de 2024

DOMINGO VI DE PASCUA - PASCUA DEL ENFERMO

 


DOMINGO VI DE PASCUA

5-05-24(Ciclo B) Pascua del Enfermo

 

El tiempo pascual que estamos viviendo camina hacia su punto culminante que será la fiesta de Pentecostés, y desde la perspectiva de los domingos que hemos celebrado, podemos recordar lo esencial de este camino. Los tres primeros domingos de pascua nos mostraban la alegría del encuentro con Cristo resucitado. Desde diferentes experiencias personales y comunitarias, los discípulos dispersados por el miedo y la frustración, vuelven a reunirse tras su encuentro con el Resucitado y la evidencia de que el Señor está vivo. El triunfo de Jesús sobre la muerte, será el núcleo de su mensaje, el fundamento de sus vidas y la única verdad por la que merece la pena entregar su existencia.

Así van caminando inicialmente de la mano del Señor quien les ayuda a comprender los gestos y las palabras expresadas y realizadas en su vida mortal.

Los siguientes domingos nos han ido mostrando, a la luz de esa experiencia pascual el rostro del Buen Pastor que da la vida por sus ovejas, y la necesidad de permanecer unidos a Jesucristo como el sarmiento a la vid, ya que sólo desde esa unidad esencial y fecunda, podremos dar fruto abundante y mantener vivas nuestra fe y esperanza.

Hoy la palabra de Dios nos abre la puerta a una experiencia aún más profunda en este camino de encuentro con el Señor, mostrándonos la esencia misma de Dios. “Dios es amor”. Y todo lo demás que podamos decir de nuestro Dios deberá ser interpretado a la luz de esta certeza fundamental. Dios es amor, y por eso comprendemos que su desvelo por el ser humano, hechura de sus manos, le llevara a encarnarse en nuestra naturaleza e historia para compartirla y redimirla para siempre.

Que Dios es amor nos lo ha estado repitiendo incansablemente Jesús en todos los momentos de su vida, cuando se acercaba a los enfermos, o bien acogía a los marginados. Cuando reinterpretando los preceptos y leyes enseñaba que el centro de toda conducta ha de estar en hacer el bien a los demás y evitarles cualquier mal.

Que Dios es amor se transparentaba en su mirada cuando conmovido por el dolor de los débiles, se entregaba a ellos en cuerpo y alma. Así se entienden con toda verdad sus palabras que aún resuenan en nuestra mente, “Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos”, y es que Jesús sí entregó su vida, pero no sólo por sus amigos, sino por todos, incluso por quienes provocaron su condena y jalearon su muerte.

Esta seña de identidad de Jesús no sólo es un rasgo de su persona, es además para todos nosotros mandamiento novedoso y esencial de la fe; “esto os mando: que os améis unos a otros”. La vida y la muerte de Jesús no son una representación para los anales de la historia humana. Para muchos que no han encontrado al resucitado en sus vidas sí se ha quedado en las notas de la vida de un hombre del pasado. Por eso andan tan preocupados en buscar sólo su humanidad y si no tienen suficientes datos que les agraden se los inventan dándolos al mundo como primicias de sus propias proyecciones.

Pero la vida y la muerte de Jesús han de ser contempladas a la luz de su resurrección. Porque es desde ella como podemos entender que sus palabras y sus obras tienen sentido y siguen siendo camino, verdad y vida para todos nosotros.

Jesús nos ha amado como el Padre le amó a él. Sin límites ni condiciones, con absoluto desprendimiento de sí mismo y con entera disposición para entregar la propia vida. Y como medio eficaz para poder desarrollar ese amor sólo nos muestra un camino, cumplir la voluntad de Dios, sus mandamientos, condición de posibilidad para lograr una auténtica humanidad. Los mandamientos de Dios no son un código de normas desencarnadas; para amar a Dios sobre todo, y al prójimo como a uno mismo, debemos antes recorrer un camino de respeto, de mirada limpia y corazón honesto, que nos haga capaces de reconocernos como hermanos e hijos del mismo Padre Dios.

Los mandamientos de Dios no son un tratado para mentes infantiles, son el reconocimiento adulto y maduro de que aquello que haga a los demás o deje de hacer por ellos, repercute de forma positiva o negativa en mí mismo y en quienes me rodean, haciéndome responsable de ello, para bien y para mal.

Para amar a Dios debo conocerle, y para conocerle necesito escuchar su palabra y contemplar sus obras en la persona de quien es claro reflejo de su ser, Jesucristo su Hijo amado. Si desconozco la vida de Cristo, si no me acerco a su evangelio narrado por aquellos que compartieron su vida y que fue escrito poco después de su muerte y resurrección para alimentar y sostener la fe de las comunidades cristianas nacientes, si no dejo que el testimonio de aquellos creyentes que entregaron su vida por amor al Señor vaya calando en mi vida, entonces seguiremos caminando como ovejas descarriadas, a merced de los lobos que destrozan y dispersan el rebaño del Buen Pastor.

Todas las palabras y las obras de Jesús, tienen una única finalidad: “os he hablado de esto para que mi alegría esté en vosotros, y vuestra alegría llegue a plenitud”.

El amor del Señor es de tal magnitud y pureza, que no se ha guardado nada de su experiencia de Dios. Su deseo más intenso es que nosotros, sus discípulos y amigos, lleguemos a experimentar en nuestra vida sus mismos sentimientos, gozos y horizontes; compartiendo junto a él una vida verdaderamente plena en la que nuestra humanidad se identifique tanto con la de Cristo, que participemos de la plenitud de su vida divina.

Este es el verdadero amor, el que no se racionaliza ni se sopesa, el que no calcula sus beneficios o se resguarda ante posibles agresiones. El amor de Dios, como nos recuerda el apóstol S. Pablo, “disculpa sin límites, cree sin límites, espera sin límites, aguanta sin límites. El amor no pasa nunca”. (1 Co 13,7-8a)

Hoy celebramos también la Pascua del enfermo. La Iglesia desde siempre ha tenido especial cuidado y ternura para con sus miembros más necesitados y débiles, conforme al estilo de vida de Cristo, salud de los enfermos.

Es en las situaciones de mayor debilidad, de sacrificio y penuria donde se manifiestan los verdaderos amores. Amar al sufriente, al dependiente, a quien nada puede hacer ni tan siquiera por sí mismo. Amar, cuidar y compartir la vida de nuestros enfermos, es abrir el evangelio del Señor y mostrar al mundo lo que significa la sacrosanta palabra “amor”.

Y esta experiencia cristiana de proteger y amar a los débiles, es en nuestros días un clamor irrenunciable. Cuando pervertimos la mirada sobre el otro, y condicionamos su existencia a nuestro bienestar o beneficio, entonces se resquebraja el valor de la vida humana hasta denigrarla y hacer de ella un medio para mis fines; de tal manera que si me sirve la conservo y si me estorba la suprimo, silenciando la propia conciencia que denuncia la crueldad de esta agresión mediante leyes ideológicas e inmorales que amparan la supresión del indefenso. Quienes promulgan estas leyes, o las consienten con su silencio cómplice, pretenderán justificar este crimen como el ejercicio de un derecho, pero la evidente maldad de aniquilar una vida humana indefensa, deja a la intemperie la realidad de su mentira e injusticia.

Dios, que es amor, nos ha creado en el amor, para que al ser amados primero por Él, vivamos en la dinámica creadora del amor al prójimo como a uno mismo. Porque el amor a los demás es el crisol del amor auténtico ya que “Si alguno dice: “Amo a Dios”, y aborrece a su hermano, es un mentiroso; pues quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios a quien no ve”. (1Jn 4,20)

Que el Señor nos ayude para saber dar siempre razón de nuestra fe, no sólo de palabra, sino especialmente con las obras del amor a los hermanos más débiles, a fin de que nuestro compromiso por su defensa y dignidad, les llene de vida y de esperanza.

viernes, 26 de abril de 2024

DOMINGO V DE PASCUA

 


DOMINGO V DE PASCUA

28-4-24 (Ciclo B)

 

      “Yo soy la vid, vosotros los sarmientos; el que permanece en mí y yo en él, ese da fruto abundante”.

      Esta frase del evangelio, podemos acogerla hoy como el resumen de toda la Palabra proclamada, y además como el principio de la comunión en la Iglesia, nota fundamental de nuestro ser Pueblo de Dios.

      Durante estos días vamos celebrando con alegría el tiempo gozoso de la Pascua. En el que recordamos el núcleo de nuestra fe, la resurrección del Señor. Somos cristianos porque reconocemos en Jesús a nuestro Salvador, el Dios con nosotros que ha vencido a la muerte y nos ha abierto el camino de la vida en plenitud.

      Toda la liturgia de este tiempo de gracia nos muestra cómo vivieron aquellos discípulos este momento tan importante. Unos se encontraron la tumba vacía, otros descubrieron a Jesús resucitado cuando huían hacia Emaús. Otros reciben su visita cuando encerrados por el miedo a los judíos más necesitaban de la fuerza del Señor.

      Hay quien a pesar de todo no lo cree y necesita tocar personalmente al Señor para aceptarlo. Y también habrá quienes crean en él sin haberlo visto nunca y se fíen del testimonio de otros creyentes.

      Nuestra fe no es sólo la crédula aceptación de lo que otros dicen. Es una fe personalizada en nuestro encuentro personal con el Jesucristo, y avalada por el compromiso auténtico de otros hermanos que a lo largo de los siglos han vivido la unidad de la fe, sabiendo compartir su esperanza y buscando honestamente la voluntad de Dios en cada momento.

      Aquí está la única garantía que los cristianos tenemos de andar por el camino de la verdad, la comunión eclesial. Todos somos libres para pensar, decidir y optar en la vida, pero todo ello ha de estar iluminado por nuestra fe cristiana, la cual será auténtica y verdadera si se vive en la plena unidad eclesial. La comunión entre los cristianos que formamos la Iglesia es la única garantía de autenticidad y fidelidad a Cristo.

      S. Pablo comprendió muy bien esta necesidad de comunión eclesial. Él se sentía elegido por el mismo Jesús en aquel camino hacia Damasco. En su encuentro con el Resucitado experimenta una transformación vital, de modo que de perseguidor de cristianos pasará a ser testigo cualificado de la fe. Elegido personalmente por el Señor para abrir el evangelio a los gentiles, a los alejados.

      Sin embargo, y pese a saberse enviado por el mismo Jesucristo, siente que le falta algo fundamental, el reconocimiento del grupo de los discípulos de Jesús, y en especial de aquellos que el mismo Señor colocó al frente de su pueblo, los Apóstoles con Pedro a la cabeza.

No se puede ser cristiano por libre, al margen de la Iglesia. Una cosa es creer en algo, y otra muy distinta creer en Jesucristo. Las creencias u opiniones subjetivas no conllevan la entrega de toda la vida. La fe en Jesús implica su seguimiento, la adhesión vital a su persona y la vinculación al grupo de sus seguidores que es la comunidad cristiana, la Iglesia, fraternidad de hermanos que comparten su fe, congregados en el amor.

      Así es como debemos vivir nuestra experiencia cristiana. Necesitamos de los demás para sentir de forma afectiva que somos parte de la gran familia cristiana. Por Jesús hemos descubierto el rostro paterno de Dios. En Jesús hemos sido adoptados como hijos por Dios y así nos reconocemos hermanos. Y es en esta fraternidad donde recibimos el envío misionero por el Espíritu Santo que se nos ha dado en el bautismo.

      Fuera de la Iglesia se hace muy difícil vivir la fe en Jesús; y al margen de ella, es imposible asegurar que esa fe nuestra sea auténticamente cristiana.

      La unidad entre la vid y los sarmientos es tan esencial, que si nos separamos del tronco que nutre la fe, que es Cristo, acabamos secando nuestra esperanza y vaciando de sentido nuestras opciones. Y esa unidad con Jesucristo sólo se puede garantizar si vivimos unidos entre quienes nos reconocemos sus discípulos y hermanos en el amor del Señor. Lo cual no es por capricho nuestro, sino por expreso mandato suyo.

      Para asegurar esta dimensión comunitaria, Jesús instituyó el grupo de los Doce. Aquellos discípulos del Señor que vivieron a su lado y recibieron de Él el envío de anunciar el Evangelio a todas las gentes, fueron sucedidos por otros hermanos en la fe, los obispos. Y en esta sucesión apostólica que llega hasta nuestros días, se sustenta la misión de velar por la unidad de la Iglesia, la comunión entre sus miembros y la garantía para que todos seamos realmente fieles seguidores de Cristo.

      Los ministerios en la Iglesia no son motivo de poder, ni de orgullo, ni de prestigio social. Son servicios para la unidad, la verdad y la esperanza de todos. Ni el Papa ni los Obispos han de ser vistos como modelos de jefes o mandatarios a la usanza del poder civil. La autoridad en la Iglesia no es sinónimo de poder sino de sacrificio y entrega a los demás, y en todo caso su ejercicio no es para un beneficio personal sino como disponibilidad y entrega para el bien de los hermanos.

      Cuando nos distanciamos del sentimiento unitario de la comunidad eclesial, y elevamos a categoría de absoluto nuestro propio pensamiento individual, cerrando la puerta al contraste y a la escucha de los hermanos, al final también nos cerramos a la palabra del mismo Dios. Y si perdemos esta necesaria referencia al evangelio de Jesús, convertiremos la fe en ideas sonoras, pero vacías de contenido real.

      Precisamente esta falta de atención a la voz de los hermanos y de los pastores de la Iglesia, es lo que nos lleva a situarnos ante problemas cruciales del presente de una forma superficial y excesivamente a-crítica, dejándonos llevar por la marea del pensamiento hedonista, y perdiendo capacidad de ser luz y referente para los demás.

La identidad cristiana ha de unir la confesión de la fe en Jesucristo con el testimonio de una vida que se desarrolla en coherencia con su Evangelio. Y cuando surgen dudas legítimas en el ejercicio cotidiano de nuestras responsabilidades familiares y sociales, es más que razonable el intentar dirimirlas a la luz de la fe, mediante el contraste con otros creyentes en la comunión eclesial.

Vamos a pedir hoy al Señor por esta unidad esencial en su Iglesia, para que en medio de tantos intereses personales e ideológicos, no olvidemos nuestra vocación de hijos de Dios en permanente atención a su llamada, y dejemos que sea Jesucristo, el Señor, quien nos ayude a descubrir que nuestra dicha está en este proyecto de hermanos que él nos ofrece.

Que sintamos siempre que la comunión eclesial es similar a la unidad del sarmiento a la vid, y así vivamos una fe vigorosa y fecunda en medio de nuestro mundo, siendo luz que ilumine con la verdad del evangelio, y sal que dé sabor por nuestro testimonio generoso y fiel.

 

viernes, 12 de abril de 2024

DOMINGO III PASCUA

 


DOMINGO III DE PASCUA

14-4-24 (Ciclo B)


El domingo pasado, destacábamos la actitud alegre como exponente de la realidad pascual que vivimos los creyentes. Una alegría serena y realista que sin perder de vista la verdad de nuestro mundo, con sus muchas oscuridades, no por ello se dejaba arrebatar el gozo que siente nuestro corazón al celebrar el triunfo de Cristo sobre la muerte.

Esta alegría pascual puede parecer empañarse ante la llamada a la conversión que la Palabra de Dios nos invita a vivir hoy. Y esto porque hemos reducido la realidad de la reconciliación a momentos puntuales como la cuaresma o el adviento, mientras que si profundizamos en la experiencia pascual, la verdadera conversión se suscita en el encuentro con Cristo resucitado.

Pedro en el relato de los Hechos de los Apóstoles inicia su predicación arrancando de la dramática realidad vivida ante el martirio del Señor. “Matasteis al autor de la vida”, con esta contundencia denuncia la responsabilidad de la que todos participan. Unos por ser instigadores, otros ejecutores y todos complacientes espectadores que sin hacer nada, dejaron ajusticiar a Jesús, como si de un criminal se tratara.

La denuncia del apóstol exige una gran valentía para asumir por una parte, que él mismo lo había negado y por otra que el perdón de Dios se extiende a todos sin distinción, si con sinceridad asumimos nuestra vida y la reorientamos hacia el amor que Dios nos ofrece.

Pedro anuncia a Jesucristo muerto y resucitado, fin último del plan salvador de Dios anunciado desde antiguo, y en quien se han cumplido todas las promesas del Creador. Nuestro actuar humano está muchas veces empañado por la ignorancia, el miedo o la desidia. Pero la luz pascual ante la resurrección del Señor, nos ayuda a contemplar nuestras vidas con una actitud nueva, con esperanza y fidelidad.

Esperanza porque ahora nuestros temores han sido superados ante la experiencia de encuentro con Jesucristo resucitado, y confianza dado que sabemos que Dios no nos ha abandonado, y que su Espíritu permanece alentando la fe y el amor de su pueblo.

Así lo experimentaron aquellos discípulos del Señor en los diferentes encuentros con él vividos. Los evangelistas nos narran cómo muchas veces permanecía la duda o el temor, cómo la sorpresa les deja sin palabras y lo que les cuesta abrir el corazón para creer que su Maestro sigue vivo.

Pese a todo el saludo del Señor es siempre el mismo, “paz a vosotros”. No les reprocha ni su abandono ni su temor. Jesús comprende la dificultad humana para entender con tantos prejuicios como tenemos. Por eso necesitamos que él nos abra el entendimiento y que nos ayude a profundizar desde la fe, en el misterio del destino último de nuestras vidas.

Y aunque queramos acoger sin recelo la novedad de esta experiencia gozosa que nos ayuda a esperar un futuro en la plenitud de la vida divina, también debemos asumir que es necesario pasar por el trance de la cruz; “era necesario que el Mesías padeciera, resucitara de entre los muertos al tercer día, y en su nombre se predicara la conversión y el perdón de los pecados”.

Una tentación de todos nosotros es querer esquivar la cruz. A nadie le gusta el sufrimiento ni el dolor, como tampoco a Jesús. Cuando la comunidad cristiana habla de asumir la cruz, no lo hacemos como elección positiva, buscando el sufrimiento gratuito. Asumir la cruz significa afrontar con valor las consecuencias de una vida coherente con la fe confesada. Aceptar los costes que conllevan en nuestros días ser discípulos de Jesucristo, y no negarle o traicionarle como tantas veces, desde el comienzo mismo, hacemos los que a pesar de tener un corazón bien dispuesto, nos vence el temor o la duda.

Eso es lo que aquellos discípulos, con Pedro a la cabeza, intentan transmitirnos. Ellos mismos siguieron al Señor con entusiasmo, lo conocieron y amaron como nadie, y sin embargo en el momento fundamental le fallaron. Ahora nos intentan transmitir con su predicación que estemos alerta en la vida, que nosotros no somos mejores que ellos ni tenemos una fortaleza especial por mucho que sepamos que Cristo ha triunfado sobre la muerte. De hecho podía parecer que para la comunidad nacida tras la resurrección de Jesús le sería más llevadero soportar las dificultades del camino porque conocía el final victorioso del Señor. Y sin embargo no fue así.

Por eso es necesario mantener viva la confianza en la misericordia del Señor. Y la llamada a la conversión que hoy se nos hace es para aceptar con humildad el peso de nuestras cobardías y temores, y ponerlos ante el Señor para que él nos ayude a superarlos con valor.

Los discípulos de Jesús volvieron a mirar al Señor con entereza y sencillez. Y en el cruce de sus miradas no sólo no encontraron reproches ni condenas, sino una acogida llena de amor por parte de aquel que entregó su propia vida por ellos y por toda la humanidad.

También nosotros debemos saber levantarnos cada vez que tropezamos y caemos, sabiendo que si grande es el mal cometido o la distancia que nos separa de Dios, mayor es su amor y misericordia que todo lo vence y regenera para la vida eterna.

Si creemos de verdad que Cristo ha resucitado no podemos desconfiar de su poder salvador, que a todos nos acoge para reconciliarnos con él y entre nosotros.

Esta llamada pascual a la conversión, exige por nuestra parte dos actitudes esenciales, humildad y generosidad.

Sólo la humildad nos ayuda a reconocer la responsabilidad de las acciones cometidas y sus consecuencias para los demás. Los egoísmos, las violencias, los odios y rencores, todo ello precisa de grandes dosis de humildad para ser afrontadas con verdad por nuestra parte a fin de que el Señor las purifique y transforme.

Y la segunda actitud es la generosidad. Tal vez no nos cueste demasiado pedir perdón, pero ¿estamos también dispuestos a perdonar? ¿Somos generosos con los demás, en la misma medida en que deseamos que lo sean con nosotros?

Esta es la gran cuestión que a la luz de la Pascua debemos responder en lo profundo del alma. Cristo murió perdonando a quienes lo mataban, y en su resurrección no buscó la venganza divina. Al contrario. El perdón que descendía de la cruz, en la resurrección de Jesucristo regenera a la humanidad entera y le abre el camino de la vida en plenitud.

Pidamos al Señor en esta eucaristía que nos ayude a experimentar el don del perdón en nuestra vida, porque vivido como él nos ha enseñado, asentado en el amor sincero, es camino de encuentro y de reconciliación sanadora. Y así seremos los cristianos en medio de este mundo nuestro tan necesitado de esperanza, mensajeros de la vida y de la paz.