jueves, 9 de febrero de 2017

DOMINGO VI T.O.



DOMINGO VI TIEMPO ORDINARIO

12-2-17 (Ciclo A)



La temática que aborda en este domingo la Palabra de Dios, en especial la primera lectura y el evangelio, incide directamente en la manera de vivir hoy la fe por parte de muchos cristianos. “No he venido a abolir la ley, sino a darla cumplimiento”, dice Jesús en este largo Sermón de la montaña, y que desarrolla ese precioso proyecto de vida que contienen las Bienaventuranzas.

El ser humano establece sus relaciones con Dios y con los demás, no de forma arbitraria y caprichosa, sino desde un compendio de leyes y valores, que le ayudan a entender la propia vida y su manera de desarrollarla en la comunión fraterna y filial. Desde nuestro más temprano conocimiento vamos asumiendo unos principios morales que nos ayudan a favorecer el bien y a rechazar el mal. Y no como algo extrínseco y ajeno a nosotros, sino como la manera de conducirnos de forma libre y responsable, para un mejor crecimiento humano y espiritual.

Cuando nuestros padres corrigen y reprenden aquellas actitudes negativas nuestras, lo hacen desde sus propios valores, y sabiendo que es su obligación velar por nuestro bien, porque nos aman y desean lo mejor para nosotros.

Lo mismo sucede con Dios. Él no ha impuesto al ser humano una ley carente de humanidad, todo lo contrario. Si nos acercamos con madurez y responsabilidad a cada una de las Leyes divinas, vemos cómo son la condición de posibilidad de un desarrollo fraterno y auténtico entre nosotros. Para ello, es necesario que reconozcamos la primacía de Dios sobre todo lo demás. Sólo podemos aceptar la Ley de Dios, si amamos a Dios sobre todas las cosas, y si respetamos su nombre y su gloria desde el amor de hijos que él mismo nos tiene.

Es imposible vivir los valores del evangelio, y conducir nuestra vida bajo la guía de nuestro Señor Jesucristo, si previamente no reconocemos la autoridad absoluta de Dios en nuestra existencia personal y colectiva.

Como nos enseña el libro del Eclesiástico, “delante de nosotros está la vida y la muerte, elige lo que quieras”. Somos responsables de nuestro presente y de nuestro futuro. No podemos cargar sobre otros hombros la carga que cada uno debe llevar como consecuencia de sus actos y decisiones, de las cuales deberá dar cuentas ante Dios.



Es curioso cómo en nuestros días, si bien es verdad que cada vez más nos levantamos contra las injusticias y males que se cometen en el mundo, con mayor vehemencia juzgamos los comportamientos ajenos y con facilidad nos erigimos en jueces de la vida del vecino, sin embargo con mayor celo queremos proteger nuestro ámbito de decisiones y obras.

Podemos hablar y juzgar a los demás, pero a mí que nadie me toque, que soy libre para hacer lo que me da la gana. Incluso entre muchos creyentes se da la paradoja de si bien aceptan y dicen seguir con afecto a Jesús, en quien creen de corazón, sin embargo, la manera de vivir esa fe en Cristo la realizan “a su manera”; soy creyente, pero no practicante, yo me confieso directamente con Dios, no necesito de intermediaros humanos...



Y aquí es donde debemos volver a escuchar la voz del Señor; “no creáis que he venido a abolir la ley y los profetas; no he venido a abolir, sino a dar plenitud”.

Las herramientas que el Señor ha puesto en nuestro camino son una ayuda, y como tales debemos acogerlas. Claro que lo importante es la fe y la fidelidad a Cristo, claro que por encima del pecado está la gracia, que como nos dice S. Pablo sobreabunda con creces allí donde pretende imponerse el mal. Pero este ejercicio de conversión y de vida bajo la acción del Espíritu, no se da de forma casual ni individualista, y mucho menos autojustificando comportamientos comodones y caprichosos.

La ley y las normas que Dios ha establecido, han de ser acogidas como medios pedagógicos para conducirnos de manera personal y comunitaria, hacia una convivencia en el amor y en la comunión fraterna. Nunca son una carga si son acogidas en la libertad y responsabilidad de los hijos.

Jamás los consejos de nuestros padres, sus correcciones y hasta a veces los castigos, que sabemos han partido con certeza de su amor por nosotros, nos han causado ningún trauma ni odio hacia ellos, al contrario, precisamente porque nos han amado con toda su alma, han asumido su grave responsabilidad de evitarnos males mayores, educándonos primero en la responsabilidad para que un día hiciéramos el uso adecuado de nuestra libertad.



La conciencia rectamente formada, debe contemplar con claridad las consecuencias de cada decisión que tomamos. No es igual una que otra. Toda acción humana conlleva unas consecuencias para uno mismo y para los demás, y si por nuestro comportamiento hemos causado algún daño, debemos repararlo, tanto con el hermano herido como con Dios.

Para eso existe el sacramento del perdón, en el que el mismo Jesús ha querido vincular la misericordia divina mediante la mediación humana “lo que ates en la tierra, quedará atado en el cielo”, dirá a Pedro y demás apóstoles.

La Iglesia no es una institución sin más. Es la familia de los hijos de Dios que animada por el Espíritu Santo, sigue las huellas de Jesucristo nuestro Salvador.

Dios no ha querido que el ser humano camine en la oscuridad y el sin sentido, abandonado a su suerte y condenado a las consecuencias de su comportamiento irresponsable. “Dios predestinó la sabiduría antes de los siglos para nuestra gloria” nos ha dicho S. Pablo. No estamos solos. Tenemos la asistencia permanente del Señor quien nos ha dado una conciencia por la cual entramos en diálogo con él, y que formada desde el contraste y el discernimiento con el resto de la familia cristiana, nos ayuda a encontrar el camino de vuelta al Padre, cuando por cualquier causa nos hemos separado de él y de los hermanos.

Los sacramentos son medios eficaces por los que recibimos la gracia de Dios. En ellos se nos entrega el mismo Jesucristo que nos redime con su amor y nos envía a prolongar su obra salvadora.

Ningún cristiano puede prescindir de ellos, porque sin el bálsamo del perdón sacramental que sana y regenera nuestra vida cuando el pecado la ha degradado, y sin la fuerza renovadora del alimento que nos da la Eucaristía, Pan de vida eterna y Cáliz de eterna salvación, nuestra existencia espiritual languidece y muere. Y quien piense lo contrario se engaña inútilmente.

Uno de nuestros mayores males como cristianos en un primer mundo autocomplaciente, es la desidia e indolencia religiosa. Como nada nos cuesta ni tenemos que sufrir por vivir libremente la fe, corremos el riesgo de devaluarla y acomodarla a las modas del ambiente. Así tampoco chirría en medio de una sociedad opulenta y hedonista.



Pidamos en esta celebración, que el Señor nos conceda la fortaleza de nuestra identidad cristiana, para vivir nuestra fe con gozo y coherencia, de manera que seamos auténticos testigos de su amor, en medio de nuestro mundo.