viernes, 24 de febrero de 2017

DOMINGO VIII T.O.



DOMINGO VIII TIEMPO ORDINARIO

26-2-17 (Ciclo A)



Seguimos recorriendo la enseñanza de Jesús en este largo Sermón de la Montaña, que comenzando con las Bienaventuranzas, en las cuales el Señor nos muestra el sentido último de nuestra vida, prosigue entrando en los detalles cotidianos donde se aplican de forma concreta los valores adquiridos.

Fuimos llamados a ser sal y luz en medio de un mundo necesitado de un fermento nuevo que lo aliente y transforme; asumiendo la ley de Dios no como algo extrínseco a nosotros, sino como la ayuda necesaria para vivir una auténtica humanidad, sabiendo que debemos llevarla a su plenitud teniendo como modelo a Cristo. Esa llamada adquiere cotas de fraternidad plena en el perdón y la reconciliación, amando de corazón a todos, incluso a nuestros enemigos. Y hoy se nos invita a poner nuestra confianza en Dios, superando los agobios y los intereses inmediatos, por muy importantes que parezcan.



La idea fundamental, es que el ser humano es mucho más importante que sus necesidades materiales, por muy urgentes que sean éstas. Y no podemos olvidar que la palabra de Jesús está dicha en un entorno plagado de miseria, pobreza y carencia de lo esencial. El desapego material al que el Señor nos llama, no es escuchado por las gentes opulentas y satisfechas, sino precisamente por aquellas, que dada su precariedad, con mayor angustia viven esa situación, y que sin embargo son destinatarias de una promesa mayor: vosotros valéis mucho más que los pájaros y los lirios del campo.

Dios tiene perfecta cuenta de nuestras necesidades, Dios es conocedor de lo que necesitamos para subsistir con dignidad, y todo nos ha sido dado para poder desarrollar así nuestra vida, de modo que no estemos obsesionados con el dinero, idealizándolo y otorgándole una categoría que termina por oprimir el corazón desde el egoísmo y la ambición.

Vivir la libertad de los hijos de Dios conlleva el rechazo a cualquier ídolo que pretenda erigirse en tirano de nuestras vidas. Y no cabe la menor duda de que en tiempos de Jesús como, en el nuestro, el poderoso don dinero siempre ha querido constituirse en dueño y señor de quien sucumbe a su brillo tentador.



Así comienza el evangelio de hoy con esa llamada a tomar conciencia de a quien entregamos nuestra alma, porque no podemos servir a Dios y al dinero.



Pero la llamada que el Señor nos hace a experimentar esta libertad del corazón, de modo que sólo en él pongamos nuestra confianza, para tomar conciencia de nuestra dignidad de hijos e hijas de Dios, es asimismo un ejercicio de responsabilidad en la justa distribución de los bienes, de manera que por tener garantizado el sustento y demás necesidades que nos llevan a vivir con dignidad, estemos libres de la tiranía de la pobreza.

Para despreocuparnos de la ropa y del alimento, debemos estar alimentados y vestidos. Para vivir libres de los agobios materiales, debemos liberarnos de la angustia de ver a los nuestros en la miseria y precariedad, porque, cómo no va a agobiarse un  padre o una madre que ve cómo su hijo padece hambre corriendo peligro su vida.

Una cosa es vivir obsesionado con el dinero, y otra agobiado por su ausencia más básica, y nunca debemos pretender tranquilizar el ánimo de quien padece graves e injustas necesidades con falsos espiritualismos que nos despreocupen de nuestra responsabilidad para con la justicia y la solidaridad.



Nuestro mundo vive hoy las mayores cotas de desigualdad de la historia, donde la riqueza acumulada por unos pocos, daría de sobra para alimentar a la población mundial con creces. Es precisamente ese cúmulo desproporcionado de bienes en unas manos, el ansia de aumentarlos, y la defensa de los mismos, lo que lleva a la muerte y destrucción del hombre.

Y para desagracia de todos, de esta ambición desmesurada que  levanta barreras y abre abismos entre los seres humanos, no estamos libres nadie. Todos, ricos, y pobres, quienes carecen de lo básico o quienes viven sobradamente, corremos el riesgo de dejarnos llevar por caprichos superfluos que poco a poco se van convirtiendo en necesidades y en estilos de vida contrarios al evangelio. No olvidemos la primera de las bienaventuranzas que Jesús nos propone, “dichosos los pobres en el espíritu, porque de ellos es el Reino de los cielos”. Difícilmente nos haremos pobres en el espíritu si vivimos bajo el yugo de la abundancia insolidaria.



Dios no se olvida de sus hijos más necesitados, y aunque aquellos que deberían subsanar sus necesidades vitales los abandonen, el Señor no los abandona, como nos ha dicho la primera lectura.

Dios no los abandona porque nos ha hecho a todos responsables de las vidas de nuestros semejantes, de manera que lo que le sucede a un hermano, me debe interpelar para salir de inmediato en su socorro y protección. No caigamos en el grave pecado de Caín, que además de ser el homicida de su hermano, pretendía excusar su responsabilidad, diciéndole a Dios que “¿acaso soy yo el guardián de mi hermano?”.

Pues sí, somos los guardianes de nuestros hermanos, y sus vidas son también responsabilidad nuestra en una doble dimensión igualmente importante: primero en la satisfacción de sus necesidades más apremiantes de manera que puedan vivir sin peligro y en dignidad; y en segundo lugar, porque si dejamos que la pobreza se convierta en miseria oprimiendo su existencia, les estamos condenado a vivir en la marginación y en la degradación de sus personas.



San Pablo nos ha dicho que “el Señor pondrá al descubierto los designios del corazón”, y es en estas intenciones profundas es donde se van gestando las opciones fundamentales de nuestra vida, desde las cuales deberemos dar cuenta al Señor.

Que don más grande poder vivir con esa actitud abierta, desprendida y despreocupada por el futuro que nos ha mostrado el evangelio de hoy. Qué felicidad sentir que nuestra existencia está en las manos de la Providencia y que Dios proveerá en cada situación, porque somos importantes para él. Pues que esta confianza sea una realidad en nosotros, porque ciertamente Dios nos ha creado para una vida en plenitud, y no para vivirla sometidos por el yugo de nuestras propias insatisfacciones.