sábado, 11 de mayo de 2019

DOMINGO IV DE PASCUA



DOMINGO IV DE PASCUA

12-05-19 (Ciclo C) Jornada de oración por las vocaciones



       “Yo soy el Buen Pastor, dice el Señor, conozco a mis ovejas y ellas me conocen”. Con esta antífona previa a la proclamación del evangelio, acogemos el don de Dios que nos ha hecho hijos suyos, y sentimos la alegría de sabernos acompañados en todo momento por la presencia de Cristo resucitado, el Buen Pastor.



Y en este domingo de pascua, en el que seguimos celebrando la alegría de la resurrección del Señor, la Iglesia nos invita a orar de forma especial por las vocaciones. Estas son un don de Dios para quienes son llamados por él a la misión evangelizadora, y un regalo también para las comunidades cristianas a las que son enviados.



En el tiempo pascual no sólo se nos cuenta la experiencia gozosa que vivieron aquellos discípulos ante la resurrección del Señor. Unida a ella está el nacimiento de la Iglesia como continuadora de la obra de Jesús.



En la resurrección de Cristo, y tras la recepción del Espíritu Santo, los creyentes adquieren su madurez espiritual y ahora nos toca a nosotros proseguir el camino trazado por el Señor viviendo conforme a su enseñanza y trabajando unidos para la transformación de este mundo. Así van surgiendo las primeras vocaciones entre los creyentes. Ese grupo que escucha a los Apóstoles narrar sus vivencias, se siente alentado a seguir sus mismos pasos y abrazan con entusiasmo la fe en Jesucristo. Todos son llamados a la fe. Todos han de ser convocados a participar de la misma comunidad creyente, vivir una misma esperanza y construir el Reino de Dios. Pero para esto hacen falta más brazos.



Dios nos llama a cada uno de forma personal, para lo cual se ayuda de mediaciones. Todos los creyentes hemos nacido a la fe por medio de la palabra y del testimonio de otros creyentes que nos han precedido. Nuestros padres, los catequistas y educadores que tuvimos, la misma comunidad cristiana en la que cada domingo celebramos la eucaristía, todos ellos son piedras vivas que sostienen y alimentan el edificio de nuestra personalidad creyente.

Ninguno de nosotros podría mantener su fe si no contara a su lado con otros hermanos que nos sostengan en la debilidad, fortalezcan en la adversidad y nos ayuden a compartir la misma esperanza.



Pues hoy la Iglesia se hace especial eco de una necesidad cada vez más interpelante. Hacen falta una clase muy peculiar de obreros en la mies del Señor. Si todos los brazos y vocaciones son igualmente importantes para la vida de la Iglesia, en nuestros días hay unas vocaciones que necesitan ser suscitadas con extraordinaria urgencia; la vocación a la vida religiosa y la sacerdotal.



La vocación religiosa es un estímulo de renovada humanidad. En medio de un mundo donde cada uno se preocupa de lo suyo, donde crece el individualismo y donde muchos ponen su esperanza en el materialismo, se puede contemplar también espacios humanos donde la comunidad, la generosidad y la disponibilidad se abren camino y se entregan al servicio de los demás.

En medio de la sequedad del desierto, brotan oasis de vida que no piensan en sí mismos sino en los más necesitados. Que no se preocupan de su bienestar sino del bien de los más pobres, y que por encima de sus vidas ponen las vidas de aquellos a los que sirven con amor porque viven en el Amor de Jesucristo camino, verdad y vida.

No tenemos más que echar la mirada a los países más pobres donde tantos religiosos y religiosas han regado con su sangre la semilla de su entrega generosa. Y entre nosotros hay múltiples comunidades que encuentran su sentido en el servicio, tanto a los cristianos que atienden como a los más desterrados, pobres, enfermos, ancianos, niños abandonados, marginados... Son una muestra de la mano abierta y generosa de Dios que sigue entregando su amor al ser humano sin pedir nada a cambio, sin reproches ni condiciones, simplemente por amor.



Y junto a las vocaciones religiosas también está la vocación sacerdotal. Vocación esencial para la Iglesia, sin la cual ésta sería imposible. Si es verdad que en una época era un estado de vida reconocido socialmente y que muchas familias se alegraban de tener un hijo sacerdote, hoy es una posibilidad poco contemplada, generalmente rechazada e incluso vilipendiada.

Ser sacerdote hoy no conlleva ningún reconocimiento ni privilegio, y eso es bueno. El sacerdote ha de serlo para sostener y alentar la vida de los creyentes en medio de su comunidad, y en ese servicio debe encontrar su propia realización personal al vivir con gratitud el don recibido por Dios.



Nuestras comunidades necesitan de sacerdotes; quién si no las va a acompañar en su camino de vida y de fe, las va a confortar y sostener por medio de los sacramentos y las va a mantener unidas conforme a la voluntad del Señor. Los sacerdotes tenemos que ser reflejo del Buen Pastor, entregados al bien de la comunidad que se nos ha confiado, para que en el encuentro con Jesucristo, mediante nuestro anuncio y testimonio, construyamos la gran familia eclesial.



En un tiempo de conflictos, donde incluso en la Iglesia es fácil caer en la controversia y la división, necesitamos de personas que nos ayuden a encontrar lo fundamental de la fe y sean un referente de unidad comunitaria. La única manera de conservar viva esta llama es mantenernos unidos en la fe, la esperanza y la caridad, y si perdemos a las personas que pueden ayudarnos a ello, corremos un serio peligro de arbitrariedad y de egoísmo.



       El ministerio sacerdotal prolonga la vida del mismo Jesucristo en medio de la comunidad cristiana y de nuestro mundo. Su misión consiste en ser garantes de la autenticidad evangélica de y de la unidad comunitaria, sin la cual es imposible que la familia eclesial subsista y sea creíble.

Hoy pedimos al Señor por las vocaciones, para que los jóvenes se abran de corazón a su llamada, y encuentren en el seguimiento de Jesucristo la razón y el gozo de su existencia.

Que nuestra madre la Virgen María, acompañe y sostenga con su amor maternal la vida de los que se entregan al servicio apostólico.

jueves, 2 de mayo de 2019

DOMINGO III DE PASCUA




DOMINGO III DE PASCUA

5-05-19 (Ciclo C)



Como vamos percibiendo a lo largo de este tiempo de Pascua, la Palabra de Dios nos va desvelando las diferentes maneras con las que Jesús se manifestó a los suyos, de forma que pudieran comprender que tras esa nueva apariencia, gloriosa y desconcertante, estaba el mismo que había compartido sus vidas.

No hay ruptura entre el Jesús crucificado y el Cristo resucitado. Son la misma persona, y aunque la mente humana no tenga capacidad para escudriñar esta experiencia desbordante, la fe y la adhesión al Señor nos hace capaces de acoger y asimilar en lo más profundo de nuestro ser esta verdad que nos une y nos llena de gozo.



En este tercer relato de la presencia de Jesucristo en medio de los suyos, son varios los elementos que el evangelista San Juan ha querido dejarnos como testamento de vida. Primero la unidad entre los discípulos. Necesitan estar juntos porque han sido demasiado grandes y fuertes y las experiencias que acaban de compartir. En la soledad se dan demasiadas vueltas a la cabeza para nada, y aunque todos necesitan de un respiro que les ayude a asimilar todo lo vivido, se necesitan los unos a los otros para compartir sus temores, sus dudas y sobre todo esa ilusión que empieza a brotar con toda su fuerza.

Pedro, Natanael, Tomás, Juan, Santiago y los demás, compartirían esa mezcla de alegría e incertidumbre que la muerte y resurrección de Jesús les ha llevado a sus vidas. Y lo que han de seguir haciendo es continuar la tarea, van a pescar, que en el lenguaje evangélico de Juan significa echar la red en el mar del mundo para congregar a nuevos hermanos que sumar al Pueblo de Dios que es la Iglesia de Jesús.



Y en esa labor surgen los sinsabores y los fracasos. No han pescado nada. Por más que se esfuerzan en transmitir su experiencia y mostrar con el ejemplo de sus vidas que el reino de Dios ya ha llegado en la persona de Jesucristo, los comienzos apostólicos resultan infecundos.



Y en la oscuridad de la noche se hace presente el Señor, que les anima a volver a echar la red sin demora porque tarde o temprano habrá quien escuche en su corazón la llamada de Dios y acoja la invitación a formar parte de la comunidad eclesial. Alentados por el Señor resucitado, la pesca, nos narra el evangelista, se vuelve abundante y fecunda, 153 peces grandes, que en el mismo lenguaje simbólico del evangelio expresa todas las clases de peces conocidas hasta ese momento. Es como si el autor sagrado nos estuviera diciendo que con la presencia del Señor en la acción misionera de su Iglesia, todas las gentes y pueblos van a ser convocados a formar parte del único Pueblo de Dios. Nadie quedará excluido de esta invitación que transformará la vida del mundo porque el Reino del amor, de la paz y de la justicia ya ha sido plantado y sus frutos comienzan a emerger con vigor y fecundidad.



Y el tercer signo esencial del evangelio que hemos escuchado se nos muestra en la cena de los discípulos junto al Señor. Jesús toma el pan y se lo da, y lo mismo el pescado. Quedan en el recuerdo aquellas comidas donde en medio de la escasez se produjo el milagro de la abundancia. Y sobre todo aquella cena última en la vida de Jesús donde se nos entrega como alimento de salvación.

Desde entonces la comida fraterna junto al Señor no es un aspecto más de la vida cotidiana, es la Cena del Señor, la Eucaristía, el alimento que nos une a Jesucristo y a los hermanos, para ser en medio del mundo sacramento de salvación.



Este tiempo pascual nos va a ayudar de diferentes maneras a percibir estos aspectos fundamentales de nuestra fe. La necesaria unidad entre quienes formamos parte de la familia eclesial, y cómo en esa comunión existencial, en la manifestación explícita de nuestro ser hermanos los unos de los otros, es donde se hace presente el Señor. Jesucristo resucitado se ha vinculado de forma efectiva en medio de su comunidad de discípulos que le seguimos con fidelidad y esperanza. Y aunque entre nosotros puedan expresarse diferencias legítimas fruto de nuestra diversidad cultural, generacional e incluso ideológica, todas ellas han de ser revisadas a la luz del evangelio del amor y de la justicia que nos ha hecho hermanos en Cristo e hijos de Dios. Porque en la división y en la ruptura de la comunión eclesial no está presente el Señor.



Esa presencia de Jesús es la que nos anima una y otra vez a trabajar con generosidad y entrega en la misión evangelizadora a la que hemos sido enviados por nuestro bautismo. No somos portadores de una tradición vacía e inoperante. Somos testigos de Jesucristo resucitado, protagonistas de nuestra historia y colaboradores en la construcción del Reino de Dios, bajo la acción del Espíritu Santo.



Todo esto es lo que cada domingo vivimos y celebramos como comunidad cristiana entorno al altar del Señor. La Eucaristía es fuente y culmen de nuestra vida creyente. En ella recibimos la fuerza y el estímulo que Jesucristo nos entrega en su Cuerpo y su Sangre. Y a ella traemos nuestras vidas y las de nuestros hermanos más necesitados para que al ponerlas ante el Señor, él las transforme con su amor y nos llene de gozo y de esperanza.



Comunión fraterna en la unidad eclesial, entrega generosa en la misión evangelizadora de la Iglesia y participación plena en la celebración eucarística, son los pilares fundamentales de nuestra experiencia cristiana. En ellos se sustenta el sólido edificio de nuestra fe y por medio de ellos percibimos la clara presencia del Señor resucitado en nuestras vidas.

Que hoy, sintamos esa presencia del Señor que nos vuelve a pedir que echemos las redes de la esperanza, del amor y de la fe en medio de nuestro mundo, y que al realizar esta misión dentro de la comunión fraterna, contribuyamos a la construcción del Reino de Dios en medio de nuestra historia y de nuestros hermanos.

miércoles, 3 de abril de 2019

DOMINGO V DE CUARESMA



DOMINGO V DE CUARESMA

7-04-19 (Ciclo C)



El domingo pasado la parábola del hijo pródigo nos presentaba la misericordia de Dios ante la actitud arrepentida del hijo que vuelve. Se nos narraba a través de una historia conmovedora, cómo en el pecado del hijo menor y a pesar de haber llevado una vida alejada del hogar paterno, siempre hay lugar para el arrepentimiento, y si somos capaces de buscar en lo profundo de nuestro interior reconociendo la verdad de nuestra vida, encontraremos la misericordia de Dios que nos abre sus brazos para llenarnos de su amor.



Pero en este seguimiento de Jesús, todavía hay lugar para las sorpresas. Si la parábola del hijo pródigo nos muestra el colmo de la misericordia divina, la vida misma de Jesús se nos presenta como la realización actualizada y eficaz de ese perdón.

Y así hoy nos situamos ante un acontecimiento en la vida del Señor que no nos deja lugar a dudas sobre su compasión.



Según el relato evangélico, a Jesús le presentan una mujer sorprendida en un grave pecado. Y además se le recuerda, que la Ley de Moisés, fundamento de la vida social y religiosa del pueblo de Israel, deja clara la sentencia que cae sobre la pecadora, la muerte por lapidación.



Desde nuestra mentalidad actual, nos parece desproporcionada e injusta semejante sentencia. Pero no olvidemos que el momento y las circunstancias en las que se produce, hacía que esa ley fuera observada por todos como justa e indiscutible.



Sin embargo, ya el evangelista nos muestra la intencionalidad con la que los acusadores presentaban la cuestión a Jesús, no tanto para que prolongara la ley mosaica, sino para que como bien sospechaban, dictaminara una resolución contraria a ella y así tuvieran algo de qué acusarlo.



Realmente el pecado de adulterio les importaba menos que la posibilidad de tener algo serio contra Jesús, ya que su forma de vida y los argumentos de sus palabras, les descubría la falsedad de sus prácticas religiosas y la incoherencia de su proceder.



Y Jesús ciertamente no va a dejarse amedrentar, y aunque deba medir su intervención, lo que en ningún caso permitirá es que en el nombre de Dios se ajusticie a nadie, aunque la ley lo consienta. Y esta actitud no es irrelevante para nuestra experiencia de fe. La ley de Dios nos muestra el camino que conduce a la vida, desde la fidelidad, el amor y el respeto al prójimo, imagen y semejanza de Dios.

El mandamiento de la fidelidad matrimonial, lo que está custodiando ante todo es el núcleo del amor conyugal, donde han de favorecerse el desarrollo de la vida de los esposos y la transmisión de ese amor y educación a los hijos. Faltar a este principio no sólo supone un pecado ante Dios, sino que en cada ruptura provocada por el egoísmo de uno de los cónyuges, se hiere lo más íntimo del otro rompiendo la unidad familiar, la confianza depositada en ella, y perjudicando gravemente la vida y el desarrollo de los hijos.



El adulterio no es una anécdota en la vida del ser humano, es una traición a las promesas realizadas en libertad, y que rompe la armonía y la estabilidad de la vida de los afectados.

Pero de la aceptación de esta verdad y del compromiso que la pareja y la sociedad han de adquirir para cuidar el vínculo matrimonial, no se deriva que haya que preservarlo a costa de la vida de nadie. Y esto es lo que Jesús reprueba. No la verdad de la fidelidad matrimonial establecida y comprometida por el amor de Dios, sino la injusticia de la ley humana que la pretende custodiar de forma desproporcionada.

Por eso quien se crea libre de todo pecado y debilidad que se atreva a arrojar la primera piedra. Cuando alguien en la vida tropieza y cae, comete un error por grave que sea y fracasa como ser humano, siempre hay que buscar la forma de recuperar su dignidad y de que vuelva a dirigir su vida conforme a los valores fundamentales que la fe en Dios nos propone.



Y Jesús ofrece esa posibilidad porque nos mira a cada uno desde el amor, no desde la condena. Aunque nuestro mal y nuestro pecado sean graves, él no retira su mirada de nosotros y busca siempre la conversión del pecador y no su aniquilación.



Qué fácil le hubiera sido a Dios desentenderse del hombre cuando en tan innumerables ocasiones le hemos vuelto la espalda. Qué necesidad tenía de buscar una y otra vez nuestra conversión, él no necesita nada de nosotros para seguir siendo Dios. Y sin embargo, si en vez de procurar en todo momento nuestro regreso al hogar paterno, hubiera deseado la ruptura definitiva con el hijo que lo abandona, para qué nos envió a su Hijo Jesucristo como camino de salvación, verdad que nos regenera y vida en plenitud.



“Dios no quiere la muerte del pecador, sino que se convierta y viva”, y si este es el deseo de Aquel que nos ha creado, nadie tiene potestad para modificar su vivificante desarrollo. La dinámica del perdón de Dios, manifestado en Jesús, nos regenera y nos rejuvenece. Nos ayuda a recuperar la mirada limpia y confiada, y sobre todo nos posibilita que al retornar a la casa del Padre, podamos acogernos como hermanos y sintamos la dicha del encuentro en fraternidad.

“Yo tampoco te condeno. Vete y no peques más”. Este fue el final del diálogo entre Jesús y la mujer. Seguro que ante lo sucedido y al verse salvada de la muerte, aquella volvería a nacer. Jesús no sólo la ha salvado de un morir certero, sobre todo experimenta cómo quien sí podía condenarla como Maestro y Mesías, no lo hace, “yo tampoco te condeno”. Y estas palabras pronunciadas hace más de dos mil años, hoy se nos siguen diciendo a nosotros cada vez que con humildad y confianza acudimos sacramentalmente al Señor para pedir su misericordia.



Que no desaprovechemos las oportunidades que él nos da. Este tiempo cuaresmal que pronto concluye, es un recorrido por la verdad de nuestra vida para que contemplada con los ojos misericordiosos del Señor, la sintamos regenerada por su amor y, con vitalidad nueva, se sienta impulsada para ser sus testigos en nuestro mundo.



Que al acoger el perdón del Señor en nuestra vida, abramos siempre el corazón para responder con semejante grandeza a nuestros  hermanos en vez de hacernos sus jueces y verdugos. Y nunca olvidemos que la misericordia que se recibe de verdad, ha de ser entregada a los demás con generosidad.

viernes, 29 de marzo de 2019

DOMINGO IV DE CUARESMA



DOMINGO IV DE CUARESMA

31-03-19 (Ciclo C)



Pasamos el ecuador de este tiempo cuaresmal en el domingo de “laetare”, de la alegría ante la proximidad de la Pascua del Señor. Y al caminar junto a él escuchamos en este día la que sin duda es el alma de las parábolas. Si el domingo pasado contemplábamos la paciencia del Viñador para con la higuera infecunda, por la cual se volverá a desvivir a fin de que dé frutos de vida, hoy nos sorprende ante la misericordia de un Padre que sufre la marcha del hijo, y que lo espera siempre con los brazos abiertos.

Muchas veces al escuchar este evangelio concedemos excesivo protagonismo al hijo menor, de hecho todos la conocemos como “la parábola del hijo pródigo”. Y sin embargo lo que Jesús nos está diciendo con ella es la inmensidad del amor del Padre, que tras sufrir el desprecio de un hijo que le exige en vida su parte de la herencia, se marcha de su lado para malvivir lejos de él.

El personaje citado, muchas veces representa con fidedigna claridad nuestras actitudes ante Dios. Hemos recibido todo de Él, la vida que es su mayor don, el amor de la familia que nos ha acogido en su seno, la fe que se nos ha transmitido como fundamento de nuestra existencia y el seno de la comunidad eclesial en la que hemos crecido y profundizado en nuestra condición de hijos e hijas de Dios. Y como respuesta a este regalo del Señor, respondemos exigiendo nuestra parte de forma egoísta para dilapidarla viviendo perdidamente. Es decir: la vida regalada, la poseemos egoístamente como si nos perteneciera a nosotros, decidiendo la viabilidad y el destino de otros seres humanos, y subordinando su valor absoluto al interés particular, llegando a devaluarla si no me conviene su existencia.

La misma realidad familiar en la que todos subsistimos como personas de pleno derecho es despreciada y quebrada por el egoísmo y la violencia de algún miembro sobre los demás; rupturas entre esposos, imposiciones caprichosas de hijos malcriados o la violencia machista que subyuga a la mujer bajo la tiranía del hombre. La unidad familiar está siempre a merced de la entrega personal de sus miembros, y si alguno de ellos se impone de forma indigna, la dolorosa ruptura a todos afecta y amarga por igual.

O bien podemos asemejar la herencia derrochada por el hijo menor con nuestras actitudes de desafecto e incluso rechazo para con la comunidad eclesial a la que pertenecemos y en la que nacimos a la fe. Cuantas veces perdemos el tiempo y la paz discutiendo sobre ideologías particulares, creando problemas donde no existen y sospechando los unos de los otros. Cuantas veces fomentamos la división en el hogar eclesial avivando conflictos superfluos por las simpatías o rechazos que suscitan personajes de moda.

La fe sin comunión es pura falacia que concluye en el sectarismo y la ruptura de la unidad, sólo la unidad que nace del amor, de la comprensión y la acogida fiel del evangelio del Señor, es garantía de autenticidad en el seguimiento de Jesús.



Aquel hijo menor de la parábola, no sólo se marchaba de su casa a vivir una aventura personal fruto de una inmadurez existencial. Rompía los fundamentos de la vida familiar, humillaba al Padre que todo lo había puesto en sus manos, escandalizaba a los empleados que observaban la osadía de su acción, y abría un abismo de desencuentro con su hermano mayor, quien se presenta al final del relato evangélico con una dureza extrema, incapaz de perdonar su pecado, tal vez más por envidia que por virtud.



Y en toda esta realidad está la persona fundamental, el Padre que vive con dolor de corazón, tanto la actitud irresponsable de su hijo menor, a quien además lo pierde sin saber de su destino, y la amargura del hijo mayor quien se va desmoronando en un odio hacia su hermano lo que sume en mayor angustia, si cabe, al Padre de ambos.

Cómo afectan nuestras decisiones individualistas al conjunto del hogar. Cuán grande es la ruptura que provoca la acción de uno sólo y cómo repercute sobre la vida de todos. El Padre preocupado, dolorido y angustiado por el hijo que no ve por la distancia; y también sufriendo y sintiendo la pérdida del otro hijo que pese a estar a su lado vive como si no existiera para él.



Sólo la conversión sincera y auténtica cimienta la nueva relación. Cuando el hijo vuelve, tras reconocer su maldad y la indignidad de su vida, lo hace de corazón. Él sabe que no es digno de ser hijo, y que lo justo será tratarlo como a un sirviente.

Pero una vez más es el Padre quien nos sorprende; el dolor y la injusticia sufrida no le han dañado el corazón. Él ante todo es su Padre y eso nada puede cambiarlo, y como tal lo acoge con un amor inmenso, que supera cualquier comprensión. Ciertamente el pequeño merecerá un serio castigo por su acción; pero cuando un hijo muerto vuelve a la vida, un hijo perdido es recuperado, lo único que cabe es celebrarlo por todo lo alto, porque se ha vuelto a restañar la unidad familiar, y el gozo de la conversión es mucho mayor que el dolor del pecado.



De hecho la actitud del hijo mayor nos deja bien claro lo infecundo e inútil del rencor. Su rechazo a compartir la fiesta por su hermano recuperado expresa el resquemor de su alma en esta historia. En realidad, y a tenor de sus palabras, él también vivía lejos de su padre aunque compartiera el mismo techo; no había sido capaz de sentirle cerca y de vivir como un auténtico heredero ya que al reprocharle que no le hubiera dado nunca un cabrito para celebrar algo con sus amigos, en el fondo reconocía su desafecto filial.



De qué le servía vivir como hijo, si en realidad se comportaba como un esclavo. Por qué ahora aprovecha para reprochar la generosidad de su padre cuando él no ha sabido acogerla diariamente en su vida.

Además el mayor abunda en su mezquindad al rechazar al hermano diciendo “ese hijo tuyo”. Si el padre había acogido a su hijo, el hermano lo sigue rechazando, y por eso no puede entrar en la fiesta común. El relato del evangelio se queda ahí. No nos dice el final de la historia, si hubo abrazo fraterno, o el padre sigue sufriendo la ausencia de uno de sus hijos.



Nosotros somos quienes debemos terminar esta historia en cada momento de nuestra vida. No tenemos nada que envidiar a los hermanos de la parábola; sus actitudes por una u otra parte son causantes del dolor del Padre y de la fractura familiar. Sólo la vida del Padre es digna de ser compartida; una vida de amor, de búsqueda, de espera, de misericordia y de perdón. Una vida que genera gozo y que construye la unidad esencial del hogar donde todos podamos tener sitio en la misma mesa donde se celebra el único banquete pascual.



Si no somos capaces de perdonarnos no podremos compartir la misma fiesta. Que este tiempo cuaresmal nos ayude a purificar nuestras actitudes personales y comunitarias, de manera que nos lleven a una auténtica conversión para volver al hogar como hijos de Dios y hermanos entre nosotros.

lunes, 18 de marzo de 2019

SOLEMNIDAD DE S. JOSÉ



SOLEMNIDAD DE S. JOSÉ

19-3-19



Dentro de la austeridad cuaresmal, celebramos hoy con solemnidad la fiesta de S. José. La humilde vida y obra de este hombre que supo desarrollar un papel fundamental en la historia de Jesús, ocupando un lugar discreto pero eficaz en la educación del Hijo de Dios.

Los relatos sobre S. José son muy escasos, sólo aparece en los evangelios llamados de la infancia, de S. Mateo y S. Lucas, los cuales nos narran varios aspectos de su vida y misión.

El primero su vocación, correspondiente al relato que hoy se nos ha proclamado; José comprometido en firme con María, al estilo propio de su tiempo en que tardaban un periodo en convivir juntos después de realizado el desposorio, se encuentra con la terrible sorpresa de que la mujer a la que ha unido su vida espera un hijo que no es suyo. La consecuencia inmediata de esto la describe el evangelista con absoluta claridad; ha de denunciarla a las autoridades y que la justicia de la ley de Moisés siga su curso.

Pero el narrador sagrado nos muestra un rasgo fundamental de José, era justo, era bueno. José entablaba su lucha interior entre la decepción sufrida y la decisión que ha de tomar, y opta por la que ocasione menor daño a la mujer que quiere, decidiendo repudiar en secreto a María. Así evitaría un juicio severo y una condena durísima para ella.



Sin embargo la última palabra no está dicha, y lo mismo que María se vio sorprendida por la irrupción de Dios en su historia personal, José va a ser llamado por Dios a una misión igualmente única e irrepetible, asumir la condición de padre de quien es el Hijo de Dios. El Señor ha tejido su proyecto de Encarnación con cuidadoso esmero, poniendo los pilares fundamentales sobre los cuales asentar su entrada en nuestra historia. La familia formada por José y María, gestada en el amor esponsal, desde la bondad y el respeto mutuos que les ha ayudado a vencer las dudas y los recelos, tiene la solidez necesaria para que en ella nazca el mismo Dios.

José es un eslabón necesario en la cadena sucesoria de David. Él es descendiente de esa genealogía citada en el evangelio, y ahora la profecía llega a su plenitud al nacer el renuevo del tronco de Jesé, el Mesías. José será el encargado de poner nombre al Hijo de Dios, un nombre cuyo significado contiene la esperanza del pueblo, Jesús, que significa “Dios salva”.



En el sueño envolvente que el trato con la divinidad conlleva, José comprende que el estado de María también responde al designio de Dios, y que la mujer a la que ha unido su existencia no le ha sido infiel, sino que es la elegida por el mismo Creador para llevar a su culmen la creación entera; “Mirad la virgen concebirá y dará a luz un hijo, a quien pondrán por nombre Enmanuel, que significa “Dios con nosotros”.



José responderá con su obrar fiel y confiado a la palabra que de Dios ha escuchado en su alma, y desde ese momento será para Jesús el padre que mejor representa la paternidad divina. Por su relación paterno-filial, Jesús llamará a Dios “Abbá”, término que con seguridad emplearía para dirigirse, cada día de su vida, al mismo José.



Otros rasgos que la Sagrada Escritura nos ofrece de S. José, los encontramos en el momento de tener que empadronarse con María, antes del nacimiento del niño. O cuando en medio del desconcierto ocasionado por quienes van a Belén para encontrarse con la gloria de Dios en el recién nacido, debe huir a Egipto para salvarlo de la persecución de Herodes.

La vivencia de la penuria y el desarraigo, la escasez y el desconcierto, no causan mella en la sencilla Familia Sagrada, al contrario, todo es vivido en la confianza de que Dios protege con su mano la obra que él mismo comenzó, y que a su vez ha colocado en las del humilde carpintero.

Un último rasgo de la vida de José lo encontramos en el episodio de la subida por la pascua al templo de Jerusalén, donde el niño es extraviado. Y aunque la elaboración del relato evangélico viene a mostrar el crecimiento de Jesús en su dimensión humana y espiritual, también puede representar otra experiencia vital en la persona de S. José. Ciertamente él era el padre de Jesús a los ojos de todos, su dedicación, educación y responsabilidad para con el niño no se diferenciaría demasiado de la de otros padres de familia.

En la experiencia de perderlo en medio de las multitudes que acuden a Jerusalén, el desasosiego y el temor se apoderarían de él. Bien podría sufrir el miedo al fracaso en la responsabilidad que asumió ante Dios de cuidarlo y educarlo. Y la sorpresa vencerá sus dudas ante la respuesta del niño recién encontrado y recriminado por su madre María; “¿No sabíais que yo debía ocuparme de las cosas de mi Padre?”. El obrar cotidiano de José tal vez le hubiera hecho olvidarse por algún momento de quién era el Padre de Jesús, porque su entrega y dedicación eran absolutas para con el niño como si fuera suyo. Claro que sí, que el niño ha de ocuparse de las cosas de su Padre, y aunque la respuesta sea un tanto difícil de comprender, y concluya el evangelio con que Jesús “bajó con ellos a Nazaret y vivía bajo su autoridad”, estaban asistiendo de forma misteriosa pero privilegiada, al crecimiento humano y divino del Hijo de Dios, quien “progresaba en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y los hombres”.

Después de estos episodios descritos por el evangelio nada más sabemos de S. José. Sin embargo la devoción popular ha concluido la vida de este hombre singular de un modo natural y dichoso. José acabaría sus días y su misión antes de iniciarse la vida pública del Señor, ya que en el comienzo de su ministerio no hay ninguna referencia al Santo Varón. S. José ha sido por ello reconocido como el “abogado de la buena muerte”, porque tuvo la dicha de culminar su existencia asistido por el amor de su esposa y del Hijo amado de Dios.

Hoy en su fiesta solemne, celebramos no sólo su onomástica, sino desde hace muchos años, el día del padre. Qué enormes enseñanzas podemos recoger de la vida de este modelo de esposo y padre. Cuantos rasgos elocuentes para buscar nuestra identificación con quien es ejemplo de creyente y servidor confiado de Dios.

S. José supo abrir su corazón a la palabra de Dios y configurarlo por completo a imagen de la paternidad divina que se le proponía asumir con entrega y disponibilidad. Por esa intervención de Dios en su vida, pudo confiar en el amor prometido de su esposa frente a todas las sombras de duda que se cernían sobre él, superando así los temores, comprendiendo la misión que se le ofrecía, y asumiéndola con libertad, entrega y confianza.

S. José supo desprenderse del hijo que no era una propiedad suya, sino de Dios; que en Dios tuvo su origen y hacia Dios se orientaba su destino, y que su papel no debía interferir en la vocación del hijo querido, sino que por amarlo de verdad, debía dejarle “ocuparse de las cosas de su Padre”.

Hoy nosotros nos ponemos bajo su amparo. Y de manera especial quiero hacerlo yo, en el 25 aniversario de mi ordenación sacerdotal. Pido al Señor, por intercesión de S. José, que me siga bendiciendo con su amor y su misericordia, para que le sea siempre fiel en el ministerio que me ha confiado. Y pido también por todos los padres y esposos, para que encuentren en S. José el modelo perfecto, que les ayude a vivir con plenitud, y reciban por su intercesión el estímulo necesario para desarrollar su misión con entrega y dedicación en el amor.

jueves, 14 de marzo de 2019

DOMINGO II DE CUARESMA



DOMINGO II DE CUARESMA

17-03-19 (Ciclo C)



En nuestro itinerario hacia la pascua, vamos avanzando a la luz de la Palabra de Dios que cada domingo se nos proclama. Es el día del encuentro con el Señor y con los hermanos, que congregados entorno al altar, compartimos la vida cotidiana para que iluminada por el Evangelio y fortalecida con el Cuerpo del Señor, vuelva renovada a las tareas de cada día.

Y en este segundo domingo de cuaresma podemos detener nuestra mirada en la experiencia de los grandes personajes de la Sagrada Escritura. En todos ellos se nos muestra con sencillez y claridad, cómo ha sido su relación con Dios; una relación cercana, personal, fluida y entrañable. Relación que no sólo afectaba a los protagonistas principales de cada momento histórico, sino que era compartida por toda la comunidad creyente.

La historia de Abrahán que se nos narra en el Génesis, es mucho más que la experiencia de nuestro padre en la fe. Son los cimientos de una relación paterno-filial que en Jesús encontrará su momento culminante, pero que desde siempre ha distinguido la fe del pueblo de Israel.

Porque esa fe no se sustenta en un compendio de ideas y teorías sobre la divinidad, sino en la experiencia concreta, personal y comunitaria que nace de una relación existencial y vital. Ningún protagonista bíblico creía en el dios de otro por oídas, sino en el suyo propio con el que entraba en esa relación mística y personal. Una relación real que estaba fuera de toda duda, aunque  el fruto de la misma conllevara una respuesta confiada y radical.

Abrahán fue conducido por esa relación con Dios hacia caminos insospechados para él, y en ocasiones aparentemente contradictorios. Cuando Dios le promete una descendencia como las estrellas del cielo, y él asiente entregándose a la alianza, tendrá que vivir la prueba de ofrecer a su único hijo como sacrificio a Dios.

Sólo en la relación sólidamente edificada en el amor y la fe, es posible responder con generosidad y convicción.



Así nos lo muestra también el evangelio de este día. Los discípulos de Jesús van profundizando en el conocimiento del amigo que los ha llamado. Hasta este momento narrado por S. Lucas, han compartido momentos desconcertantes. Han visto y oído cosas totalmente nuevas y que superan su capacidad de entendimiento. Se van dando cuenta de que Jesús no es un maestro al uso, como los escribas y fariseos.

También viven con especial desconcierto esa actitud de Jesús en la que trata con una familiaridad inaudita al Dios de la Alianza, reinterpretando la Ley de Moisés de forma novedosa y, para algunos, escandalosa.

Unos versículos anteriores a los que hoy se nos han proclamado, el mismo Pedro, ante la pregunta que Jesús le lanza sobre su identidad, le responderá con firmeza; “tú eres el Mesías de Dios”. (v.20)

En este contexto, Jesús decide compartir su experiencia espiritual de forma especial con algunos de ellos, y tomando a los tres discípulos que van configurando el núcleo de los íntimos, Pedro, Santiago y Juan, sube al monte a orar.

Y en esa experiencia de intimidad con el Padre, el relato evangélico nos muestra a Jesús en su identidad divina, dentro de la relación intra-Trinitaria. Su rostro transfigurado, unido a la voz de Dios Padre que identifica y señala a su Hijo amado, reconocido como tal por la Ley y los profetas representados en Moisés y  Elías, envuelve la vida de los discípulos que se encuentran desbordados. Ellos sólo podían expresar lo bien que se sentían, y únicamente después del encuentro con el Resucitado pudieron entender en su profundidad esta experiencia.

Ellos vivieron por anticipado el encuentro con el Cristo glorioso pos-pascual, lo cual les ayudó a reconocerlo tras la dureza de la Cruz.

La oración de Jesús a la que en este momento asisten, deja en ellos un poso esencial en su vida y que más tarde se revitalizará en su propia experiencia personal. Sólo en la oración íntima, cercana y confiada, se produce el encuentro con Dios. Encuentro que transforma la existencia del hombre porque nunca le dejará indiferente.

Dios se da de forma plena al corazón que con sencillez y humildad se abre a su amor, y su gracia desborda de tal manera cualquier previsión humana, provocando en el hombre un cambio radical que lo transfigura, para configurarlo más profundamente al modelo de Hombre Nuevo que es Cristo.



Los discípulos que acompañaron al Señor en este momento de su vida, vieron experimentar en él un cambio inexplicable, pero en todo momento lo reconocieron con claridad. Era el mismo Jesús con quien compartían su vida cotidiana, pero a la vez, se abría entre ambos un abismo de identidades incapaces de comprender.



Compartir esa experiencia les convertía en unos privilegiados y a la vez en portadores de una tarea nueva. Su deseo de permanecer en ese ambiente divino que todo lo envuelve y conforta, contrasta con la misión de seguir anunciando la novedad del Reino de Dios, del cual ellos se han convertido en testigos oculares.



La transfiguración del Señor, revivida de forma vigorosa tras su resurrección, les ha llevado a comprender que su destino último, como nos enseña S. Pablo en su carta a los filipenses que hemos escuchado, es que “Cristo nos transformará, según el modelo de su cuerpo glorioso”. Es decir, que nuestro destino no está condenado al fracaso de la muerte, sino a la promesa cierta de nuestra futura inmortalidad.



Lo acontecido en este momento de la vida de Jesús y sus discípulos, nos ayudará a asumir el tramo que queda de camino hacia la Pascua. Para eso hay que bajar de la montaña sagrada, para introducirnos en la senda de la entrega y el servicio hasta el extremo.

Ahora hemos recuperado fuerzas en el encuentro con el Dios vivo y todopoderoso. Es momento de acompañar a Jesús, en su entrega salvadora.



Si el domingo pasado, el Señor vivió la dura experiencia de padecer la tentación humana que desconcierta y angustia, hoy recibe la fortaleza y el aliento que su relación con el Padre le infunde, de manera que pueda llevar hasta el final su proyecto de vida.



Nosotros también recibimos esta misma fortaleza en nuestra vida de discípulos, si como Jesús, dejamos que Dios nos inunde con su gracia. Si dejamos que la oración personal y comunitaria sea fundamento de nuestra vida; si nutrimos nuestra alma con el alimento vivificador de su Cuerpo y de su Sangre, sacramento de su redención.



Los discípulos del Señor, que vivimos en esta hora y tiempo, necesitamos de una espiritualidad asentada en los fundamentos de la experiencia personal de encuentro con Jesucristo, de lo contrario no podremos superar el camino hacia el Calvario al que cada envite de la vida nos introduce. Que sepamos buscar esos espacios vitales, para que reanimados y fortalecidos por su gracia, vivamos con gozo nuestra fe, y la transmitamos con generosidad a los demás.

viernes, 8 de marzo de 2019

DOMINGO I DE CUARESMA



DOMINGO I DE CUARESMA

10-03-19  (Ciclo C)



       Con el rito de la imposición de la ceniza, comenzábamos el pasado miércoles este tiempo de gracia que es la cuaresma. En él vamos a prepararnos personal y comunitariamente para que convirtiendo nuestra vida al Señor, podamos vivir la experiencia central de nuestra fe, la Pasión, muerte y resurrección de Jesucristo, fundamento de nuestra vida cristiana.

Ante nosotros tenemos cuarenta días en los que la Palabra de Dios busca empapar nuestros corazones, para que situados frente a nuestro propio ser nos veamos con sencillez y con verdad, descubriendo aquello que nos va alejando del amor de Dios y de la auténtica fraternidad con los demás.

Dios nos ayuda a contemplar la realidad de nuestra vida y sobre todo nos anima a asumirla con responsabilidad y gratitud. El Espíritu del Señor es el que nos introduce en nuestro desierto interior para descubrirnos tal y como somos con nuestras luces y sombras, fracasos y logros, situaciones de gracia y de pecado. En este desierto del alma, Dios sale a nuestro encuentro para llenarnos con su amor y misericordia, y así ayudarnos a entender la vida que cada uno tiene por delante como un proyecto que está por realizarse y que lo podemos desarrollar siguiendo el camino de su Hijo Jesús, nuestro Señor y Salvador.



       En este itinerario cuaresmal no estamos solos. Jesús nos abre el camino y se sitúa a nuestro lado para hablarnos al corazón y llenarlo con la fuerza de su Espíritu. Y qué mejor maestro que aquel que pasó por similares penalidades en su vida.



Como nos narra la Sagrada Escritura, Jesús tiene ante sí su futuro. Sabe que su existencia está marcada por esa relación cercana, personal e íntima con su Padre Dios. El siente que su persona entera está en las manos de Dios y nadie más que él puede ser dueño de la misma. Ni el poder, ni la gloria o el dinero, son lo suficientemente grandes como para traicionar a Dios. “Al Señor tu Dios adorarás y sólo a Él darás culto”. Con esta frase termina su lucha interior con el Tentador, y marca de forma definitiva el rumbo de su vida.

       Sólo Dios es el Señor, sólo a Él se le debe adoración, y sólo en Él está la vida en plenitud, aquella por la que merece la pena entregarse. Los señores de este mundo, los poderosos y satisfechos, sólo se sirven a sí mismos y se valen de los demás para detentar su gloria. Muchos son los que desean ocupar esos puestos, tal vez todos en el fondo de nuestro corazón vivamos más de una vez esa poderosa tentación. Pero no hay más que ver la realidad circundante para darnos cuenta de que es muy difícil unir justicia y verdad, con  el ansia de poder y riqueza; generalmente estas ambiciones son causa directa de la injusticia y de la violencia que sufren los débiles a manos de los fuertes, y están en la base de todas las desigualdades y opresiones.



       La cuaresma nos ha de ayudar a depurar nuestras intenciones profundas, descubrir la verdad de nuestra vida y orar con confianza a Dios para que sea Él quien nos oriente y acompañe en el camino hacia su Reino. No en vano las tres actitudes que tradicionalmente nos propone la Iglesia, ayuno, caridad y oración, son un medio muy adecuado y eficaz para este fin. La austeridad y el ayuno nos ayudará a comprender mejor las necesidades de los demás, a sentirnos cercanos a ellos y a liberarnos de tantas ataduras que nos van esclavizando y apropiándose de nuestros sentidos. El amor auténtico se concreta en obras de caridad para con los pobres y necesitados. No somos austeros para ahorrar sino para compartir con aquellos que pasan necesidad, reconociendo que los bienes que poseemos no son propiedad nuestra de forma exclusiva e individualista, sino que han de servir al bien de todos porque Dios ha puesto en nuestras manos su creación para que desarrollándola de forma justa y respetuosa, a todos nos aproveche por igual. Es el egoísmo instaurado en el corazón por el maligno, lo que tantas veces  infunde en nosotros deseos de acaparar, cayendo en la idolatría que nos somete y esclaviza.

Estas dos actitudes primeras, que el mismo Jesús va imponiendo frente al tentador que pretende desviarle de su camino, encuentran su fuerza y fundamento en la tercera, la oración. Toda la vida del Señor discurre bajo la acción del Espíritu de Dios. En Él descansa nuestra existencia, y sólo a Él pertenece nuestro ser. El mismo Espíritu que empujó a Jesús al desierto y que lo fortaleció constantemente en la búsqueda de la voluntad del Padre, es el que ahora nos ayuda a iniciar este recorrido cuaresmal.

Y lo debemos emprender desde nuestras realidades concretas, en el seno familiar, en el mundo laboral o de estudio, en nuestras relaciones afectivas y sociales; todo nuestro ser ha de ponerse en situación de vuelta hacia Dios. Porque de esta experiencia gozosa de encuentro personal con el Señor, sentiremos renovada nuestra fe para poder ser en medio del mundo testigos de la esperanza cristiana.

       Es verdad que cada vez resulta más complicado hablar de Dios en el ambiente actual. Muchas veces parecemos cristianos anónimos, o lo que es peor, vergonzantes. Podemos llegar a ocultar nuestra fe hasta en los ambientes de mayor confianza, como son el mismo núcleo familiar. Y sin embargo no cabe duda de que el testimonio personal y la constancia, junto con la conciencia dichosa de pertenecer a una comunidad eclesial en la que hemos nacido y crecido a la fe en Jesucristo, son el mejor ejemplo que podemos ofrecer para evangelizar.



 Cuantas veces debemos recordar esa frase del evangelio; “lo que rebosa en el corazón, lo habla la boca”. Esta es la muestra de una vida cristiana vivida con alegría y esperanza. Tal vez seamos menos los que nos confesamos creyentes hoy, pero no cabe duda de que en esa confesión valiente y sincera de muchos hermanos nuestros, se va robusteciendo la fe de los más débiles, consolidando la de quienes atraviesan por penumbras, y dando testimonio auténtico de Jesucristo.



       Estamos comenzando un tiempo privilegiado para volver la mirada hacia el Señor y descubrir lo que nos pide a cada uno en este momento. Todos necesitamos convertirnos: renunciar al odio, al egoísmo o la injusticia; no sólo evitar causar cualquier daño al prójimo, sino procurar siempre hacerle el bien.



La oportunidad de acercarnos a vivir sacramentalmente esta experiencia del perdón, es una puerta santa que se nos abre de forma preeminente en este tiempo. Para ello la Iglesia nos muestra el camino adecuado para celebrar la conversión; contemplar desde la verdad nuestra vida, reconocernos necesitados de la misericordia del Señor, y sentir con dolor el mal que hemos podido causar con mayor o menor responsabilidad. Acercarnos al sacerdote, ministro de la Iglesia, y a quien Jesucristo ha encomendado escuchar y acoger al pecador para transmitirle sacramentalmente su misericordia, es indispensable para poder celebrar con autenticidad este sacramento. En ese diálogo auténtico y sencillo, recibimos el consuelo del Señor, quien a través de su Iglesia nos estimula y la fortalece para cambiar de actitudes e iniciar una vida bajo la acción de su gracia.



Que el Señor nos ayude para que este camino cuaresmal nos acerque más a él. De este modo podremos llegar a la experiencia pascual con el corazón renovado y vivir con gozo y gratitud la alegría de su resurrección, en la cual se fundamenta nuestra fe y nuestra esperanza.