sábado, 29 de noviembre de 2014

I DOMINGO DE ADVIENTO


I DOMINGO DE ADVIENTO
30-11-14 (Ciclo B)

 
         Hoy la liturgia de la Iglesia inaugura un tiempo de gracia para todos los cristianos, el Adviento. O lo que es lo mismo, el tiempo de la esperanza gozosa por lo que de forma inminente está por llegar; la Salvación de Dios encarnada en su Hijo Jesús, Señor nuestro.

         Un tiempo que nos invita a revitalizar en nosotros las actitudes de acogida, apertura y confianza. Todo ello desde la escucha de la Palabra de Dios que interpela y prepara nuestras vidas para disponerlas adecuadamente y así poder recibirle. De este modo, por medio del profeta Isaías y de los diferentes personajes que nos han precedido en esta historia de nuestra salvación, iremos escuchando la voz del Señor cuyo “nombre de siempre es `nuestro redentor”.

          Y la primera llamada que en este tiempo escuchamos es la de estar en vela; “vigilad, pues no sabéis cuando es el momento”. Muchas veces recordamos la realidad sorpresiva de la vida. Nuestras capacidades para controlar todos los movimientos y determinar imprevistos, se ven superadas por la constante incertidumbre que encierra todo futuro humano. Nadie puede determinarlo, ni decidirlo de forma permanente, por mucho que se empeñe. Siempre nos sorprende la libertad individual y la responsabilidad que de ella se deriva.

         Somos previsores de nuestro futuro y responsables del presente. Y por esta razón debemos saber interpretar bien cada momento y circunstancia a fin de resolver la conducta precisa que más conviene a nuestra vida y a la de los demás. No podemos perder las referencias a la comunidad cristiana y humana porque todos participamos de un mismo destino.

       La vigilancia del cristiano está marcada por la confianza plena en ese Dios que pasa continuamente a nuestro lado. Comparte nuestra vida y se implica en ella de forma constante y fiel. Vigilar para descubrirlo, acogerlo y escucharle. Vivir en permanente atención a la realidad porque en ella se encarna Dios con la finalidad de transformarla y sanarla en su raíz más profunda. Dios nos habla en cada acontecimiento, en cada situación personal y social. Habla en el susurro de una vida serena y en el drama de quienes sufren. Y sólo si tenemos a punto nuestra capacidad para atenderle podremos encontrarnos con él.

         Pero también hay espacios donde esa palabra de vida pretende enmudecerse y silenciarse. La llamada del adviento a estar atentos también nos previene frente a las situaciones donde los contravalores que oprimen y tiranizan al ser humano se extienden bajo falsas promesas de felicidad.

         Nuestra sociedad acomodada del primer mundo se arroja en los brazos de los ídolos del dinero, el poder y el placer, cuyas amplias redes pretenden someter a todos ofreciendo un porvenir donde sólo tengan cabida los valores estéticos y de mercado. Así se comprende el adoctrinamiento de la sociedad con propuestas de familia difusa, de devaluación de la vida en sus estadios menos vigorosos o cuando resultan una molestia indeseada, el establecimiento de las relaciones interpersonales desde la conveniencia individualista y el rechazo de cualquier autoridad que imponga el debido respeto para el desarrollo equilibrado de la convivencia, bien sea familiar o social.

         Muchas veces da la impresión de que andamos a la deriva por haber renunciado a unos valores que, a pesar de sus limitaciones, garantizaban la estabilidad de nuestro entorno personal y social, y habernos lanzado a la búsqueda de una libertad vana exenta de responsabilidades para con los demás.

         Cuando rechazamos a Dios como el referente absoluto de nuestra vida enseguida se apropiará de su lugar alguna ideología totalizadora que nos someterá a su antojo.

         Dios no es el enemigo del ser humano, ni un rival para su desarrollo. Al contrario, es su razón de ser y aquel que garantiza su progreso y plenitud. Desde esta realidad podemos comprender el porqué de su encarnación. Cómo sólo desde el amor incondicional y generoso del Padre se puede comprender el deseo de compartir una naturaleza limitada y frágil como la nuestra. Dios se ha comprometido tanto con nosotros que se ha hecho uno más de la humanidad de forma que esta historia humana nuestra es también historia de salvación. Y a pesar de que como nos recuerda el profeta Isaías, muchas veces hemos andado extraviados, y que “nuestra justicia era un paño manchado”, podemos tener la certeza de que “sin embargo, Señor, tú eres nuestro padre, nosotros la arcilla, y tú el alfarero: somos todos obra de tu mano”.

Vivir con esta convicción no nos ahorra las dificultades del presente, pero sí nos impulsa a afrontarlas con esperanza y confianza, de forma que desde nuestro compromiso cristiano y responsabilidad para con el mundo que Dios ha puesto en nuestras manos podamos dar testimonio de Jesucristo y preparar su venida a nuestros corazones y a los de aquellos que lo quieran acoger con apertura de corazón.

Son muchas las personas que andan en la vida buscando una razón profunda por la que vivir y un sentido auténtico que dar a su existencia. Y si no reciben una propuesta clara, sencilla y generosa por nuestra parte, desde el testimonio personal y comunitario auténtico y gozoso de ser testigos de Jesucristo, la buscarán en otros lugares con falsas promesas de dicha y libertad.

Cuando Jesús en el evangelio nos llama a la vigilancia, no sólo nos previene a nosotros contra la falsedad del ambiente, también nos llama para que realicemos la tarea que nos ha encomendado y no caer en la comodidad irresponsable de quien se acompleja en su fe y oculta su identidad apostólica.

En el evangelio, S. Marcos expresa con claridad cómo Dios ha dejado su casa en nuestras manos confiando a cada uno su tarea. Pidamos para que en todo momento estemos dispuestos a dar razón de nuestra fe y esperanza, comprometiéndonos en el servicio evangelizador y así podamos preparar su venida a nuestras vidas.

Que este tiempo de adviento sea realmente un tiempo de gracia y de encuentro con Jesucristo nuestro Señor.

viernes, 21 de noviembre de 2014

SOLEMNIDAD DE JESUCRISTO, REY DEL UNIVERSO

 

 
SOLEMNIDAD DE JESUCRISTO REY DEL UNIVERSO
23-11-14 (Ciclo A)

      El tiempo llamado ordinario culmina en esta fiesta de Jesucristo Rey y Señor del Universo, y así la semana que viene comenzaremos el tiempo de Adviento preparatorio de las fiestas de Navidad.

      La Palabra de Dios que hoy se nos proclama, nos evoca el final de todos los tiempos. Ese momento de la historia en el que toda la realidad sea acogida por el Creador y llevada a plenitud en su Reino. No conocemos el cuándo ni el cómo, pero sí sabemos que un día Dios reunirá en torno a sí a todos sus hijos para transformar de forma definitiva este mundo conocido y dar paso a esa realidad anunciada por Jesús, esperada por quienes formamos su Pueblo santo, y ya compartida junto al Señor, por los hermanos que nos precedieron.

      Proclamamos a Jesucristo como único Señor de nuestras vidas. Sólo a él le rendimos culto y sólo en él ponemos nuestras esperanzas y anhelos sabiendo que como Buen Pastor sale al encuentro de los perdidos y abandonados, para congregarnos a todos en una misma familia fraterna y abierta, donde descansen los agobiados, se reconcilien los enfrentados y juntos alabemos a Dios nuestro Padre por siempre.

      El reinado de Cristo comenzado en su vida mortal, se manifiesta también en cada corazón que lo acoge y en cada uno de sus discípulos, llamados a prolongar su obra y a anunciar la Buena Noticia de su Reino. Jesús nos habla siempre en cada situación cercana y próxima. Y nuestra dicha y bienaventuranza se hace realidad si somos capaces de reconocerlo en el hermano necesitado, en el enfermo y abatido, en el hambriento y marginado. Dios mismo se nos acerca a cada uno de nosotros con semblante humilde y frágil, y seremos dichosos si lo reconocemos tan real y tan humano.

El reinado de Cristo no se asemeja al de los poderosos de este mundo. Su trono se asienta en el calvario junto a las cruces y sufrimientos de todos los crucificados. Su corona se clava en sus sienes con las espinas de la opresión, la violencia y la injusticia que padecen tantos inocentes,  y cuyo dolor es recogido y elevado ante el Padre. Reconocer en Jesús crucificado el reinado de Dios emergente, implica de nosotros una respuesta solidaria y fraterna.

      Jesús llama bienaventurados a quienes son capaces de mirar con el corazón el rostro de los demás y superan sus prejuicios raciales, ideológicos o culturales, porque por encima de todo prevalece el amor al prójimo, al ser humano, al hermano. Cada vez que a uno de estos hacemos cualquier bien, que no cerramos nuestra puerta a su llamada ni volvemos el rostro a su mirada, a Dios mismo hemos asistido y jamás quedará en el olvido del Señor.

      Pero si en la generosidad y la solidaridad está nuestra ventura, en el odio o la indiferencia se encuentra nuestra desgracia. Cada vez que cerramos el corazón al necesitado y su llanto cae en el desprecio y en el olvido, es a Dios mismo a quien damos la espalda y aunque su amor todo lo puede y perdona, le cuesta olvidar el sufrimiento de sus hijos a causa de la dureza de sus hermanos.

      Al proclamar hoy a Jesucristo como nuestro Señor, hemos de revisar con fidelidad el lugar que realmente ocupa en nuestras vidas, buscando esos espacios en los que todavía no ha podido entrar porque hemos dejado que los acaparen otros señores o ídolos.

      Nuestra cultura y forma de vida, son muy propicios para vivir en la fragmentación.

      Son muchos los que reducen su fe a la práctica de unos ritos religiosos más o menos arraigados en nuestras costumbres, pero carentes de profundidad espiritual, lo cual conlleva la ruptura entre la fe y la vida, relegando la experiencia religiosa al ámbito de lo privado y evitando que toda nuestra existencia sea iluminada por ella.

Dejar que sea Cristo el centro de nuestra vida ha de suscitar en nosotros la necesidad natural de estar en diálogo permanente con él. Llevando a la oración diaria lo que somos y sentimos, nuestros proyectos y problemas para que a la luz de su Palabra experimentemos el gozo de su cercanía y podamos seguir el camino que nos conduce hacia él, en el encuentro con los hermanos.

      Nuestra libertad y responsabilidad han de desarrollarse desde la comunión con el resto de la comunidad cristiana. Todos nosotros formamos parte del mismo grupo de creyentes y aunque no podamos conocernos unos a otros, sí nos sentimos cordialmente unidos en la misma alabanza y oración al Señor. Desde esta pertenencia comunitaria y fraterna, colaboramos mutuamente para atender a los más necesitados, acompañamos el crecimiento en la fe de los más jóvenes y celebramos una misma esperanza en el amor. Esta experiencia de la fe vivida en unidad va construyendo el reino de Dios por medio de su Iglesia presente y actuante en el mundo a través de la implicación comprometida de sus miembros.

      Jesús promovió con insistencia la experiencia de la auténtica fraternidad, un cristiano ante todo es hermano y hermana de los demás, debe asentar sus relaciones en el amor, y fundamentar sus opciones en la justicia, la solidaridad, la misericordia y la búsqueda del bien común. Y aunque la realidad de inseguridad y violencia se mantengan dramáticamente en nuestro mundo, no por ello podemos olvidar la esencia de nuestro ser creyente, porque si dejamos de vivir este principio fundamental que cada día repetimos en el Padre nuestro, Cristo será el sujeto de una bella idea, pero no el Señor de nuestras vidas.

Hoy como en cada eucaristía, volveremos a rezarlo justo antes de disponernos a compartir su Cuerpo entregado por nosotros. Hagamos un esfuerzo para sentir con autenticidad que somos hermanos, y aunque nos cueste muchas veces vivirlo, y tengamos que aceptar nuestra mala conciencia asumiendo nuestra necesidad de conversión por ello, no dejemos de repetir y anhelar día tras día, que el Dios Padre de todos, nos ayude a construir los puentes que nos acerquen y a evitar todo aquello que nos separe.

      La fe se transmite con la palabra unida al testimonio de la vida, que al ofrecérsela a los demás como el proyecto que merece la pena ser vivido por todos, lo avalemos siempre con la autenticidad de nuestro corazón que confiesa a Jesucristo como nuestro Señor y Salvador.

sábado, 15 de noviembre de 2014

DOMINGO XXXII T.O.- DIA DE LA IGLESIA DIOCESANA


DOMINGO XXXIII DEL AÑO

15-11-14 (Ciclo A) Día de la Iglesia Diocesana

         Como se nos ha indicado al comienzo de esta eucaristía, celebramos hoy el día de la Iglesia Diocesana, bajo el lema “Comparte tu parte”. Una jornada especialmente indicada para renovar la conciencia eclesial y revitalizar nuestro compromiso comunitario y misionero.

         La Iglesia de Jesucristo instaurada por él hace casi dos mil años y desarrollada por la predicación apostólica y pastoral de sus discípulos, llega hasta nuestros días con fidelidad y espíritu renovado. Queriendo ser fiel al mandato del Señor de anunciar su Evangelio a todos los pueblos, comparte el presente de las gentes de hoy con sus luces y sombras, gozos y esperanzas, y prepara el futuro de esta humanidad construyendo con ilusión y confianza el reinado de Dios; un reino de justicia, de amor y de paz.

         Aquella Iglesia que nacía en Pentecostés con la fuerza del Espíritu Santo es la que hoy se hace realidad en los lugares concretos del mundo, congregadas en torno a un Obispo, sucesores de los apóstoles y animadas por los presbíteros colaboradores de éstos en corresponsabilidad con los laicos y religiosos, partícipes todos de la misión de la Iglesia por su bautismo.

         La Iglesia Diocesana de Bilbao, pastoreada por nuestro Obispo D. Mario, es nuestra Iglesia local en la que cada uno de nosotros vivimos y celebramos nuestra fe, compartimos nuestra esperanza y desde ella vamos construyendo el reino de Dios.

         Todos nos sentimos Iglesia porque somos miembros de la misma familia-comunidad. Hijos del mismo Dios que nos congrega ante su altar, y hermanos llamados a vivir la auténtica fraternidad desde la vinculación eclesial y en comunión con ella.

         La Iglesia es más que nuestra parroquia o unidad pastoral, aunque sea en su interior donde sentimos su calor y cercanía. La Iglesia la formamos todos los cristianos que caminamos en este pueblo y deseamos transformarlo para que sea más justo y fraterno, superando sus miserias y violencias y dejándolo mejor de lo que lo hemos encontrado. Como nos recordaba nuestro Obispo: “En Ella hemos nacido a la vida nueva, somos alimentados con el pan de la Eucaristía, sanados en nuestras heridas y levantados de nuestras caídas. En ella hemos conocido el amor, la misericordia, el perdón y la fraternidad. Formamos un solo Cuerpo con Jesús, una familia de hijos e hijas, discípulos de Jesús, escuchando su Palabra y sumergiéndonos en el misterio de su vida. Y somos enviados gozosamente, como testigos y misioneros, para hacer presente su misterio de salvación que redime y sostiene la dignidad de toda persona herida en los avatares y caminos de la vida”.

         Desde esta experiencia eclesial vivimos nuestra pertenencia a la Iglesia de Bilbao con espíritu comunitario y responsable. Espíritu comunitario que estimula nuestra sensibilidad para con aquellas comunidades más necesitadas que las nuestras, bien por la debilidad de sus miembros o por las necesidades económicas por las que atraviesen. Las comunidades ricas han de compartir con las más pobres por eso la colecta de hoy será para equilibrar esas necesidades, de forma que ninguno padezca una penuria que debilite su apostolado.

         Pero también hemos de compartir nuestra potencialidad pastoral, nuestros talentos de forma responsable. Es el Señor quien nos ha dotado a cada uno de capacidades esenciales que debemos desarrollar y poner al servicio de los demás. La fe no es una ideología egocéntrica ni una teoría individual sobre la vida. La fe es una experiencia de encuentro personal con Jesucristo de la cual brota espontáneamente la necesidad de vivirla y comunicarla en el seno de la comunidad cristiana y fuera de ella. En este sentido todos somos necesarios para desarrollar la misión de la Iglesia, cada uno desde sus capacidades, desde los dones que ha recibido del Señor, y viviendo la comunión fraterna para ser en medio del mundo testigos del amor de Dios y transmisores de su esperanza.

En este mundo nuestro, donde tantas veces podemos sentir la frialdad de un ambiente un tanto hostil para con la Iglesia, se hace más necesario vivir esta unidad de fe, de amor y esperanza. Y en este año vamos a iniciar un camino de discernimiento diocesano para elaborar el V Plan diocesano de Evangelización. El proyecto pastoral común a todos, que nos impulse a desarrollar nuestra misión evangelizadora y misionera en medio de la sociedad a la que pertenecemos.

         En este día de nuestra Iglesia diocesana, debemos recuperar con vigor el sentimiento de la fraternidad cristiana. Por el bautismo fuimos un día incorporados a esta Iglesia, y aquel gesto que fue decisión de nuestros padres en coherencia con la fe que ellos profesaban y que nos han transmitido, lo debemos revitalizar y alimentar cada día con nuestra maduración personal. Porque ahora somos nosotros los que seguimos a Cristo, no sólo por lo que nos han contado nuestros mayores, sino porque de alguna manera hemos sido protagonistas del encuentro personal con Él en el seno de esta Iglesia de la que formamos parte y que nos ha ayudado a razonar, expresar y sobre todo vivir este don que llena nuestra vida con su gracia.

Sentirse Iglesia diocesana es tomar conciencia de nuestra identidad. Somos familia, comunidad y pueblo de Dios, que vivimos con gozo nuestra pertenecía sabiendo que es el Señor quien nos ha incorporado a él por medio de nuestro bautismo. Nadie puede sentirse ajeno en esta realidad eclesial. Nadie puede creerse ciudadano de segunda o sin los mismos derechos y responsabilidades, porque en el hogar eclesial todos contamos dada nuestra común fraternidad.

Hoy pedimos al Señor con confianza y gratitud que nos ayude a revitalizar nuestra vida cristiana. Confiamos en que su Espíritu seguirá animando la misión de su Iglesia que camina por este pueblo nuestro con ilusión y esperanza, y agradecemos de corazón el don de la fe recibido por el testimonio de tantos hermanos que nos han precedido y supieron cimentar esta Iglesia nuestra sobre la roca de los apóstoles.

sábado, 8 de noviembre de 2014

DOMINGO XXXII - T.O. DEDICACION CATEDRAL DE S. JUAN DE LETRAN


DOMINGO XXXII TIEMPO ORDINARIO
DEDICACIÓN DE LA BASILICA DE S. JUAN DE LETRÁN
9-11-14 (Ciclo A)

La fiesta que hoy celebramos en este domingo, tiene dos referencias fundamentales que han de centrar nuestra atención. La primera y que se nos presenta a través de la Palabra de Dios proclamada, se refiere a nuestro ser “templo de Dios”. Las personas no somos sólo un cuerpo material provisto de necesidades físicas que han de satisfacerse para poder subsistir, como si de un mecanismo locomotor se tratara. Ante todo somos un lugar donde habita el Espíritu de Dios, y que la tradición cristiana ha llamado “alma”, y que si bien forma una unidad con nuestra realidad material para constituir nuestro ser personal, esta dimensión espiritual nunca está subordinada a la materialidad.

Es el Espíritu que habita en nosotros el que nos constituye en hijos e hijas de Dios, un Espíritu que nos abre el corazón para acoger la llamada de Dios y dispone nuestra voluntad para responderle positivamente.

Es el Espíritu del Señor que nos habita el que nos ha hecho imagen y semejanza suya desde el momento de nuestra creación para llevar adelante su plan salvador en cada uno de nosotros. Y esta realidad humana en la que habita Dios mismo, es la que nos hace templos suyos y por lo tanto santuarios de su amor.

El ser humano no es una materialidad caduca y dejada al libre albedrío de los elementos que lo componen. El ser humano tiene conciencia, libertad y voluntad para orientar su existencia hacia horizontes de plenitud capaces de superar el obstáculo mayor de lo puramente material como es la enfermedad y la muerte.

Por esa razón, nuestro ser templos de Dios, donde su Espíritu mora y nos impulsa a reconocerlo como Padre y Señor, conlleva la responsabilidad de cuidarlo y respetarlo conforme a su dignidad.

El hombre no puede hacer lo que le da la gana con su cuerpo, aunque emerjan con fuerza defensores de esta falsa libertad. Y todos sabemos lo que sucede cuando uno pierde el respeto sobre sí mismo, que inmediatamente lo desprecia respecto de los demás.

La consideración cristiana por la cual se defiende el respeto de nuestro ser corpóreo, incluso mucho antes de tener una conciencia desarrollada como es el caso de los no nacidos, y más allá de quienes la han podido perder por razón de cualquier enfermedad o limitación, encuentra su fundamento en esta realidad teológica que afecta a nuestra antropología más básica, somos templo de Dios. Así el mismo Jesús cuando se enfrenta con dureza contra aquellos que profanan el templo sagrado de Jerusalén, convirtiéndolo en “cueva de ladrones”, nos muestra que el mejor lugar donde Dios habita está en el corazón del hombre que lo acoge, lo ama y reverencia.

Y el segundo aspecto de la fiesta de este día, se une estrechamente al ya expresado. Todos nosotros que somos templos de Dios, y que por esa razón vivimos el gozo de sentirnos portadores del Espíritu Santo que nos anima, alienta y sostiene, conformamos el Pueblo Santo que es la Iglesia.

Una Iglesia que también se manifiesta en su dimensión externa y simbólica, constituida por templos de piedra que reconocemos como nuestra casa, a los que venimos con frecuencia, que los sentimos como propios y donde unidos en la oración, compartiendo nuestras vidas a la luz de la Palabra de Dios, y celebrando los sacramentos que nos alimentan y confortan en el caminar de cada día, vamos creando lazos de auténtica fraternidad.

Esta Iglesia tiene como lugar simbólico de unidad y comunión la Basílica de S. Juan de Letrán, primer templo del mundo cristiano, catedral del Obispo de Roma, el Papa, y que en este día nos invita a estrechar los lazos que a toda la comunidad cristiana del mundo nos une en el Señor.

Lo mismo que comprendemos que nuestra realidad personal es portadora de la dignidad de los hijos de Dios, también reconocemos que no somos los únicos en ostentar esta cualidad, y que todos los que hemos sido constituidos en hermanos por Jesucristo, formamos la gran familia eclesial. Una familia en la que todos contamos y a la que cada cual contribuye con los dones que del Señor ha recibido. Una familia en la que los diferentes ministerios y carismas se articulan animados por el Espíritu Santo para vivir con fidelidad la misión que hemos recibido de Jesucristo.

Hoy pedimos de manera especial por aquellos que han sido llamados al servicio ministerial. Por nuestros Obispos, sucesores del colegio apostólico, que en medio de las dificultades del presente nos ofrecen el testimonio de sus vidas, la entrega servicial de sus personas y, sobre todo, el anuncio permanente de la Palabra de Dios de forma autorizada y fiel.

La fiesta de la dedicación de S. Juan de Letrán nos vincula de forma especial al sucesor de Pedro, el Papa. Nuestra Iglesia católica reconoce en el Primado de Pedro una función esencial para el desarrollo de la misión encomendada por el Señor. El Papa es garante de la comunión en la Iglesia, “principio y fundamento perpetuo y visible de unidad” (LG 23), es Vicario de Cristo y Pastor de toda la Iglesia. Esta sucesión ininterrumpida desde que el Señor encomendara a S. Pedro que “apacentara a sus ovejas y cuidara de sus corderos” ha llegado hasta nuestros días en la persona del 266º sucesor del Pescador de Galilea, el Santo Padre Francisco.

Que importante es para el sano mantenimiento de nuestra fe y comunión eclesial agradecer el don del ministerio pastoral. La Iglesia, a pesar de haber vivido situaciones delicadas en su larga historia, ha contado siempre con personas entregadas y dedicadas por entero al Señor y a los hermanos, viviendo con fidelidad su misión evangelizadora. Ese generoso servicio ministerial, sostenido por la oración de todos los fieles, por el fraternal afecto hacia sus pastores y por la corresponsabilidad que nace del bautismo común, es lo que contribuye a la construcción del Reino de Dios en medio de nuestro mundo.

La profecía de Ezequiel sigue haciéndose realidad cada vez que un corazón generoso escucha con confianza la llamada de Dios; “Vi que manaba agua del lado derecho del templo y habrá vida dondequiera que llegue la corriente”.

Porque del templo que somos cada uno de nosotros, y de este templo que es la Iglesia de Cristo sigue manando agua cada día. Un agua capaz de regar la aridez de nuestro mundo para hacer que emerja con vigor la fuente de la fe, la esperanza y el amor.

Que la vivencia personal y comunitaria de nuestra fe nos hagan generosos en la transmisión de la misma a los demás.

sábado, 25 de octubre de 2014

DOMINGO XXX TIEMPO ORDINARIO


DOMINGO XXX DEL AÑO
26-10-14 (Ciclo A)

 
Al igual que el domingo pasado, en el breve relato del evangelio de hoy, vemos como la intención de la pregunta, tan importante por cierto, que plantean a Jesús, no es tanto el contenido de la respuesta, sino ponerlo a prueba. El domingo pasado esa prueba consistía en arrinconar a Jesús ante el delicado tema de pagar el impuesto al imperio romano; una cuestión más política que moral. Pero hoy el paso dado es más grande. Ahora se trata de que Jesús se defina ante la cuestión fundamental para un judío, cuál es el mandamiento más importante de la ley.

Y Jesús contesta resumiendo la ley de Moisés en dos preceptos fundamentales, y que además los equipara por su semejanza. Lo primero amar a Dios con todo el corazón, con toda la mente, con todas las fuerzas (alma, corazón y vida). Y al prójimo como a uno mismo.

Amar a Dios y al prójimo desde el sentimiento y la empatía, desde la razón y la consciencia, desde la justicia y la verdad. No se trata de palabras vacías, sino de tomar postura ante la opción fundamental de nuestra vida, y situarla bajo la mano amorosa de Dios orientándola a la vez, a vivir ese amor en la auténtica fraternidad. Y Jesús no une estos mandamientos por casualidad, de hecho en el libro del Éxodo que hemos escuchado en la primera lectura, después de que el Señor entregara el Decálogo con los mandamientos de la Ley, los desarrolla concretando su contenido en el texto que hemos escuchado. “No maltratarás ni oprimirás al emigrante, pues emigrantes fuisteis vosotros /…/ No explotarás a viudas ni a huérfanos. Si los explotas y gritan a mí, yo escucharé su clamor, /…/ Si prestas dinero a alguien de mi pueblo, a un pobre que habita contigo, no serás con él un usurero cargándolo de intereses”. Y concluye “Si gritan a mí yo los escucharé porque soy compasivo.”

¿Con quién es Dios compasivo?, con el emigrante y con el necesitado.

Dios manifiesta su ira y su justicia frente a quienes oprimen y explotan a su pueblo. Y estas palabras dichas hace más de tres mil años, siguen siendo la voz de Dios en el presente, y una responsabilidad para quienes hoy somos sus testigos y discípulos.

Porque también en nuestros días hay emigrantes, hay viudas y huérfanos, hay oprimidos por los intereses usureros, hay personas desahuciadas que no tienen donde caerse muertas. Y podemos correr el riesgo de contentarnos con explicar la situación por la crisis económica y quedarnos tan anchos, mientras la injusticia subyacente a la misma se mantiene.

Cada vez más los gobiernos pretenden blindar sus fronteras para reprimir al inmigrante. Nosotros mismos amparamos y compartimos esas leyes buscando con ellas proteger nuestro nivel de vida y bienestar, olvidando que hubo un tiempo en el que también tuvimos que salir de nuestra tierra para buscarnos la vida en otros lugares.

A medida que ganamos en cotas de progreso personal y familiar, tenemos bienes suficientes y buena posición social, en vez de vivir una mayor solidaridad, nos encerramos egoístamente creyendo que así nos aseguramos para siempre el futuro.

Estamos perdiendo la capacidad de ver en el rostro del otro a un hermano, para considerarlo una amenaza. No digamos nada ahora con la enfermedad del ébola, que cualquiera que venga de África es ya un considerado un peligro de salud pública.

Una cuestión bíblica y que hoy nadie la valora en su realidad moral es la usura. Cobrar intereses por el dinero prestado, es algo que ha entrado en nuestra vida como lo más normal y cotidiano. Los bancos de otro modo, no podrían subsistir. Pero se ha hecho de una práctica que en su origen busca la solidaridad, el “modus vivendi” de una clase todopoderosa que condiciona la economía mundial hasta el punto de desestabilizar y arruinar economías nacionales. Porque dónde está el origen de esta crisis económica, sino en la escandalosa manera de gestionar la economía por parte de los grandes de la banca.

Y mientras unos pocos se han enriquecido por medio del robo a espuertas y sin ningún rubor por su parte, millones de familias soportan la miseria viendo a sus hijos pasar toda clase de necesidades y penurias.

Pues la Palabra de Dios de antaño, sigue resonando con fuerza en medio de su Iglesia hoy y siempre, mientras nosotros tomemos conciencia de que nunca nuestra cómoda posición puede silenciar la verdad ni acotar los límites de la justicia de Dios.

Repetimos con suma frecuencia, que Dios es compasivo y misericordioso, pero la compasión de Dios no es algo con lo que se pueda jugar o  tomarse a la ligera. Porque como hemos escuchado, la primera compasión de Dios es para con los que sufren y claman a él en medio de las injusticias padecidas. Y Dios escucha ese clamor prometiendo su justicia, la cual caerá, casi implacable, sobre los causantes de tanto sufrimiento. ¿Qué es lo que aplaca esa ira de Dios, y que hace que también sea misericordioso? el arrepentimiento y la conversión.

En nuestra sociedad frívola y superficial, podemos caer en el error de confundir a Dios con un títere a nuestro antojo, y que viviendo como nos dé la gana, él siempre nos perdona, creyendo que eso significa tolerancia total. Y no, mis queridos hermanos, tolerancia cero contra la injusticia y el abuso. Tolerancia cero contra la soberbia y la opresión. Tolerancia cero contra la explotación y la rapiña para con los más débiles del mundo. Dios perdona al pecador arrepentido, pero es implacable contra el pecado. Así que tomando las palabras de S. Pablo que hemos escuchado, ya podemos empezar a ser un modelo para todos los creyentes, convirtiéndonos a Dios, abandonar los ídolos y servir al Dios vivo y verdadero acogiendo con amor y solidaridad a nuestros hermanos más necesitados.

La comunidad eclesial de la que formamos parte, estamos llamados a ser sal y luz en medio del mundo.

Y eso significa caminar entre la fidelidad al evangelio y la mirada crítica a nuestro entorno. Dios nos llama a vivir en el amor auténtico y fecundo que brota de la vida de Jesús. El amó por encima de todo, con todo el corazón, con toda la mente y con toda el alma, al Padre cuya voluntad buscó cumplir siempre. Y esa voluntad del Padre se encarnaba en el amor al prójimo hasta entregar la vida por él.

Que también nosotros podamos vivir esa espiritualidad encarnada que además de ser la única auténticamente cristiana, es la que puede dar de verdad sentido a nuestra vida.

domingo, 19 de octubre de 2014

DOMINGO XXIX TIEMPO ORDINARIO - DOMUND


DOMINGO XXIX DEL AÑO

19-10-14 (Ciclo A – Jornada del Domund)

 

         Celebramos en este domingo, la Jornada mundial de la propagación de la fe, el Domund. Y lo hacemos en un momento donde la vida, la entrega y el sacrificio de los misioneros, es noticia de gran actualidad, aunque por desgracia no se debe a su labor encomiable, sino por haber contraído la grave enfermedad del ébola.

Qué espacio tan apropiado para centrar nuestra atención en la misión que todos tenemos de ser transmisores de la fe. Comenzando por el hogar familiar donde debe volver a resonar la experiencia religiosa como el nexo fundamental de unidad, y dejar que sea Dios quien vaya sembrando con su amor todas las relaciones familiares y sociales.

Esta es la llamada que Jesús nos hace en el evangelio y que en su diálogo con los que intentan manipular la fe, les deja bien claro que  “Al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”.

         Una frase que lejos de querer diferenciar los campos de los social y lo religioso, sentencia la primacía de la fidelidad a nuestra vocación sobre los intereses políticos o económicos. Que ser seguidor de Cristo conlleva poner por delante la autenticidad de la fe y buscar siempre la voluntad de Dios y no las conveniencias individualistas.

         El poder social que ejercían los fariseos abarcaba todos los campos tanto económico, político y religioso. Y para Jesús, la vida entera del ser humano ha de ser orientada conforme al plan liberador de Dios y no dejarse condicionar por los criterios partidistas o estratégicos.

         El gran reto para nuestra fe y vida diarias, no es darle al mundo lo que es del mundo. Ya se encarga él de cobrarse cada día más de lo que le pertenece. Lo importante es dar “A Dios lo que es de Dios”. Y entonces conviene que nos preguntemos, ¿qué es de Dios?

         Y de Dios es todo lo que afecta a su creación y a sus criaturas. Si Dios es Padre de todos, a Dios le afecta todo lo que les suceda a sus hijos. Y cuando decimos todo, no hay exclusión ni excepción.

         A Dios no sólo le afecta la experiencia religiosa de los hombres. A Dios le afecta la realidad social, económica y política de este mundo, porque es ahí donde se deciden los destinos de las personas, su promoción y desarrollo o su exclusión, esclavitud, opresión y muerte injusta.

         La fe tiene mucho que decir a este mundo nuestro y a todas sus relaciones. Cuando la Iglesia se pronuncia sobre temas sociales y políticos, enseguida salen quienes se sienten aludidos atacándola de injerencia, buscando trapos sucios que echarle a la cara y manipulando su desprestigio público. Las armas para su defensa son mucho más endebles y sólo la autenticidad de su vida y el continuo servicio humilde y silencioso es lo que puede hacer.

         Cuando la Iglesia condena los abusos de leyes que oprimen a los más pobres y limitan los derechos de los inmigrantes, no cae en saco roto su denuncia.

         Pero aquellos que tienen la responsabilidad de resolver los graves problemas del pueblo, se sienten molestos y amenazados por la libertad de una Iglesia que no se pliega a sus intereses. Y esto tampoco se olvida. Es cuando se arremete contra ella porque no comparte los objetivos de quienes imponen sus tesis o proyectos.

         Escuchar hoy la llamada de Dios, nos ha de llevar a buscar su reino y su justicia. También nosotros tenemos que darle a Dios lo que es suyo, y esto es transformar este mundo nuestro en su reino de amor, justicia y paz, desterrando todo aquello que lo divide y esclaviza. Somos hermanos los unos de los otros, y en este día del Domund es cuando más claramente aparece la fraternidad universal.

Mencionaba el inusual protagonismo que en estos días han acaparado algunos misioneros. Es cierto que sólo aquellos que por desgracia se han contagiado del mismo mal contra el que luchaban cuidando, acompañando y compartiendo su vida con los más pobres, el ébola. A nadie le ha importado el desgaste de sus vidas, se ha cuestionado la oportunidad de traerlos a España, algunos hasta les ha criticado de imprudentes. Y muy pocos, salvo la misma familia misionera a la que pertenecían los afectados, ha destacado sus vidas de entrega generosidad y amor.

Porque esa es la verdadera causa de su muerte, el amor. Por amor dejaron la comodidad de su tierra y la seguridad de nuestro primer mundo. Por amor se fueron donde la miseria se palpa, se huele y se impone. Por amor se acercaron sin reparos a los últimos, los enfermos y excluidos. Por amor compartieron tanto sus vidas y destinos, que contrayendo su misma enfermedad, dieron su vida y su aliento.

Escuchar algunas declaraciones que los medios de comunicación destacan son un insulto a su memoria y una vergüenza para una sociedad que se autodefine como civilizada.

El destino de toda la humanidad es el mismo. Este salto a nuestras fronteras del mal que padecen tantos millones de seres humanos, nos ha de enseñar que en el mundo no existen barreras, ni fronteras, ni mares que aíslen la miseria y el mal que sufren nuestros hermanos. Y que si no les ayudamos por amor, lo haremos por temor.

Gracias a Dios, los misioneros son del grupo primero. Por eso son ejemplo de la grandeza del corazón humano, que sólo encuentra su explicación en la fuerza del Espíritu de Dios que alienta, sostiene y hace germinar con extraordinaria abundancia, el fruto del amor que se desborda y se entrega hasta el límite.

Hoy celebramos el Domund; ayudaremos con nuestras aportaciones económicas, los trabajos de nuestros misioneros.

Que sepamos alentar su labor, más que con el dinero, que siempre es necesario, con nuestra oración, apoyo y solidaridad, las cuales son imprescindibles.

Y que al contemplar su entrega y sacrificio, demos gracias a Dios que sigue suscitando en medio del mundo, personas que desarrollan hasta el extremo lo mejor de la condición humana.

sábado, 11 de octubre de 2014

DOMINGO XXVIII TIEMPO ORDINARIO


DOMINGO XXVIII TIEMPO ORDINARIO

12-10-14 (Ciclo A)

 
      A lo largo del evangelio son varias las comparaciones con las que Jesús describe las características del Reino de Dios, y una de las más expresivas es la de la comida festiva.

El profeta Isaías ya anunciaba que Dios prepara un banquete generoso y universal, donde todos somos invitados para vivir el gozo de la salvación. Una alegría que hemos cantado con el salmo 22, sintiendo cómo el Señor nos va conduciendo hacia su Reino de amor y de paz, a través de “fuentes tranquilas en las que repara nuestras fuerzas”.

De este modo entendía el pueblo judío su propia historia, donde toda ella era fruto del amor de Dios que les había elegido como su Pueblo santo y preferido.

Sin embargo el apego y acomodo a las realidades temporales,  muchas veces provocan en nosotros la ingratitud al creernos autosuficientes, y así el evangelio de hoy nos lanza una llamada de atención frente a la apatía y la desidia en la que muchas veces cae el pueblo creyente.

San Mateo dirige su evangelio a la comunidad judía. El conoce muy bien su tradición personal y comunitaria y sabe en qué terreno se mueve. Tras manifestar con claridad que el Reino de Dios es un don, fruto del amor y de la misericordia divina, pasa con igual verdad a mostrar su exigencia y la respuesta personal que Dios nos pide a su llamada.

Jesús nos ha transmitido el verdadero rostro de Dios. En su persona se ha hecho realidad lo ya anunciado por los profetas, de manera que su reinado ha comenzado a emerger entre nosotros. Un reino al que todos somos convocados para colaborar en su construcción, bien a primera hora del día o a última, pero con el mismo salario. Un reino donde no existan barreras que nos separen egoístamente, porque todos somos invitados con igual generosidad por parte del Señor, pero como hemos escuchado en el evangelio no siempre acogemos la invitación con entusiasmo ni gratitud.

Jesús reprocha a sus oyentes esa actitud mezquina y prepotente de quienes se creen merecedores del don de Dios. Un don que siempre es gratuito y que brota del amor que Dios nos tiene, pero que ni es fruto de nuestros méritos ni un derecho que podamos exigir.

El Señor manifiesta su tristeza por la falta de respuesta en aquellos que han sido elegidos por Dios. Ese pueblo suyo que tantas veces ha experimentado las pruebas del amor de Dios y que sin embargo sigue endureciendo el corazón ante sus llamadas, cerrándose a la conversión y prefiriendo caminar por la senda del egoísmo y la indiferencia para con los demás. Una actitud que S. Mateo les recuerda con dureza ya que muchas veces ese pueblo escogido, en vez de aceptar y escuchar la palabra de Dios expresada por boca de sus profetas y mensajeros, los han despreciado, maltratado y asesinado.

De esta forma el evangelista apunta a la misma vida de Jesús. Él ha sido el Dios con nosotros, y sin embargo “los suyos no lo recibieron”.

Por todo ello la invitación inicialmente ofrecida al pueblo elegido, se entregará a “otro pueblo que de sus frutos a su tiempo”, el nuevo pueblo de Dios que somos la Iglesia. En ella toda la humanidad es convocada al Reino de Dios llegando hasta los confines del mundo para que nadie quede excluido de su proyecto salvador.

Los cristianos debemos tener clara conciencia de ser el nuevo Pueblo de Dios instaurado por Jesucristo. Sin rechazar a nadie y sin creernos más que nadie, pero sintiendo con gozo y vitalidad fecunda, que el Señor camina a nuestro lado y que somos portadores de una misión evangelizadora, que ha de transmitirse a los demás con generosidad y respeto, pero ante todo con fidelidad y valentía.

Desde esta toma de conciencia de nuestra vocación cristiana, acogemos la llamada que hoy se nos realiza para ver en qué medida no nos hemos acomodado también al bienestar del presente, cayendo en el mismo pecado que nuestros padres en la fe.

¿Somos los cristianos auténticos mensajeros de la vida del Señor, viviendo los valores del evangelio en medio de nuestra sociedad, o por el contrario también estamos cayendo en la desidia y superficialidad que nos aleja de una vida auténticamente cristiana?

Ya el Papa Benedicto XVI, en su momento, y también ahora el Papa Francisco, en varias ocasiones han apuntado que nuestro mundo moderno se ha acostumbrado a consumir religión, pero que cada vez se aleja más de Dios. La moderna sociedad ha convertido el fenómeno religioso en otro producto de consumo, pero carente de contenido y hondura para la vida del ser humano.

Hay quien consume sacramentos como expresión de una costumbre social, o por aparentar ante los demás sin una preparación previa adecuada y transformadora en la conversión personal, desvinculándolo de su sentido profundo, y pervirtiendo así su contenido esencial.

Es como el invitado a la fiesta del evangelio, a quien el Señor le reprocha su vestido. “¿Cómo has entrado aquí sin vestirte de fiesta?”. Cuantas veces asistimos a celebraciones matrimoniales, bautismales o eucarísticas donde una gran parte de los invitados, e incluso de los protagonistas principales, viven al margen de la fe. Y no lo digo desde el punto de vista moral, que todos somos pecadores y estamos necesitados de la misericordia de Dios, sino desde una realidad existencial de pertenencia auténtica a la familia eclesial.

Es una gran desgracia para la vivencia cristiana, el que la celebración de los misterios de la fe se convierta en un mero signo ornamental. Un matrimonio celebrado sin fe es inválido, lo mismo que el bautismo que recibe un niño, sin el concurso de la fe de sus padres, resulta a la larga infecundo. Para vivir plenamente la fiesta del banquete del Señor debemos estar vestidos adecuadamente para la ocasión.

Vestido que no es otro que el de nuestra actitud interior. La fe no es cosa de apariencia externa, sino de autenticidad interna. Celebramos los sacramentos porque en ellos sentimos la presencia de Dios, quien por medio del bautismo nos acoge en su familia eclesial haciéndonos hijos suyos. Por medio de su Palabra y de la Eucaristía nos nutre con el pan de la vida, y también bendice el amor conyugal cuando los esposos comprometen sus vidas para siempre.

Desde esta fe recibida y vivida con autenticidad y coherencia vemos cómo en todos los momentos fundamentales de nuestra vida Dios se hace presente para alentarnos y colmarnos con su amor, sintiendo cómo su gracia nos conforma cada día teniendo como único modelo a Jesucristo nuestro Señor.

Hoy le pedimos por intercesión de la Stma. Virgen María, en su advocación del Pilar, que nos ayude siempre para hacer de la comunidad cristiana fermento de una humanidad nueva y entregada al servicio de su Reino, y que los seguidores de Jesús llevemos siempre el traje de fiesta, propio de quienes han acogido y agradecido el don de la fe.